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EL PARQUE DE LOS ULTIMOS REGRESOS

GUILLERMO LOPETEGUI

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Los encargos en el estío Lo incierto podría comenzar cuando él llegó allá, a medida que el indefectible viento del mediodía acababa por despeinarlo. Divisó el grupo sentado en círculo junto a la orilla. Divisó la distancia a la Península y la distancia a la Ballena, para luego dejarse caer. Extendido sobre la arena espejeante, boca abajo, miró con disimulo: alternaba las impresiones, lo quieto del mar y lo agitado del grupo, prestando inadvertida atención al timbre agudo de una de aquellas voces. Pensó en cómo podría haber sido el día anterior de la voz; cómo sería el de mañana. Por un momento pretendió volverse a ella para otorgarle una piel, una figura que necesariamente tenía que ser atrayente, unas manos curtidas por los varios mediodías en el mismo punto blanco y caliente del lugar, un manto por encima de la espalda y un perfumen que ahora no le llegaba. Cambió los pensamientos, caminando hasta sentir las ondas de espuma y agua bajo sus pies. Siguió la trayectoria que lo llevaría al frío repentino a la altura de la cintura. Y por fin se buscó a sí mismo en una primera zambullida que reabrió ojos entre algas y rayos de luz oteantes en la profundidad. Miró hacia el área de más claridad sobre su cabeza, hizo un impulso con las piernas, y poco después estaba de nuevo en la superficie, aunque más lejos. La línea colorida de la costa, la pequeña metrópoli nítida como el horizonte, la isla a sus espaldas. Y un pensamiento anterior; un deseo de ubicarla de nuevo entre aquellos puntos policromos que parecían hacer posible ese día. Aún no quiso retornar a la toalla aplastada entre y sobre los granos húmedos que formaban su rincón. Hubo otra zambullida, otra y otra, antes de que el recuerdo lo obligara a volver, para hacer un buen uso de lo que le fuera entregado una semana atrás, a 120 kilómetros y donde las calles no se interesaban por su ausencia. Imaginó que el desinterés se generalizaba, sonriendo ante la mentira o suposición. Por fin se permitió una tregua a la broma: él permanecía más acá de los médanos parado sobre la arena que no veía y dando brazadas sin importancia. Se movió pesadamente cortando y haciendo a un lado los contoneos de las algas, con los ojos cerrados – donde aún chorreaban restos de las zambullidas- y de frente al sol intenso. Si es que hubo sucesión de acontecimientos, podría seguir cuando él terminó el whisky y no pidió otro: marearse estaba de más. Posteriormente sólo le interesó individualizar lo que –a través de paseos que se seguían con prudencia de pocas cuadras; entre las mesas de los casinos; cabalgando por el Parque del Golf- empezó a ser Mercedes, Mercedes Francet, Mecha. Y lo anotó entre paréntesis, en una libretita que cada día que pasaba le resultaba más incómoda. “20 años, 1,70 mts!”… Ojos demasiado verdes como para que él no tuviera que hacer un esfuerzo por contrarrestar su naciente deseo de largar todo y desaparecer, recomenzando pero en Costa de Marfil o a los fondos de Notre-Dame. Luego de la primera llamada que hizo al otro lado de los 120 kilómetros, no pudo más que aceptar la fidelidad de los datos y su propia eficiencia. Entonces y restaba seguir: un restaurante y otro, una whiskería y otra, una porción de arena y otra. Siempre la misma playa. También alquiló un caballo y lo dejó galopar por entre senderos que se extendían hasta la misma costa, hasta el mismo aeropuerto y bajo los montes de pinos inclinados. Muchas veces pasó cerca de mercedes – “Mecha hoy sola; Mecha hoy con el grupo; Mecha…”-, hasta que comprendió que siempre sería 4


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inocentemente ignorado, relegado al plano de no existir por las copas, el acompañamiento de la preparación – “Come muy poco; dice que está gorda, lo que traducido al lenguaje de los hombres…”-, la música de las discotecas y los que parecían estar allá desde siempre. Porque empezaba a descartar la posibilidad de inventar un diálogo o monólogo similares a aquellos de Túnez o Santorini. Por eso en la segunda llamada que hizo, dejó escuchar su voz mucho más reanimada y aguda; se rió junto a quien lo hacía desde el otro lado del tubo; anotó los próximos lugares a los que acudir y dejó sin anotar los que ya tenía previstos, los que iba aprendiendo a conocer con quien no necesitó hablarle de su vida porque tampoco supo que, a lo largo de casi dos meses, le había ido mostrando los detalles más y menos relevantes de su personalidad, arrastrándolo a tardes de más de 35 grados –un whisky que jamás era seguido por otro-, cabalgatas por los bosques que lo tornaban desapercibido; que la afirmaban en su juventud y hermosura: sacerdotisa de un único sacrificio celebrado a instancias de la metrópoli, las olas algueantes y la isla imaginariamente desierta. Para la tercera llamada retornó a su antigua seriedad. Fue monosilábico y demostró tener poco interés en el asunto. No contestó a la risa con otra, para colgar de inmediato. De haber algo de verdad todo esto pudo comprobarse cuando él rememoró la cita en la capital. Siguió con comercial respeto a la telaraña de arrugas, la voz ronca y el juego nervioso de las manos. Se levantó del sillón de diseño ultramoderno, recibió un cheque por la mitad de lo convenido y se retiró, dejando la puerta entornada. Sabía que la otra mitad lo estaría esperando a la vuelta de aquel “viaje de placer”, como se lo habían rotulado con una risa de aburridos y conocidos entredientes. Hubiera querido preguntar cómo alguien de 20 años pudo pasar tanto tiempo en la cama ajena dejándose tocar, lamer, introducir por un montón de poca y casi nada de vida que gemía secretamente la realidad de sus muchas décadas que sin embargo aparentaban más. Hubiera querido preguntar qué tanto le interesaba retenerla y por qué, ya que con un chasquido de los dedos –un agitar de la American Express o la London Card- podría retornar a la seguridad de nuevas fantasías, aunque con otras. Pero uniendo frases, tonos de voz, ademanes que el viejo de traje impecable había dejado traducir en aquella cita; cuando ya estaba aprontando su bolso de pocas pertenencias y pagaba un hotel céntrico al que no volvería, pudo presentir la respuesta y los restos de saliva que caerían de los labios, entumecidos y colgantes. “Le di todo y jamás pasó mejor que conmigo. La familiaricé con los secretos del negocio y después, una madrugada, ya no la encontré a mi lado. Ahora se quiere hacer la de los buenos modales; la que sólo anda con amiguitos de su edad; la que quiere recomenzar su vida como que no hubiera pasado nada y olvidándose de que la mantenía más a ella que a mi familia. Qué mejor que un buen susto que le recuerde quién es el ofendido… Y, por favor: en cualquier parte del cuerpo menos en la cara, porque el lo más lindo que tiene esa borreguita. Claro que, si usted antes quiere … Bueno, antes o después, me comprende. Usted tiene experiencia en esto.” Costa de Marfil, Francia o Arabia Saudita. Podría regresar allá con la mitad de lo convenido. Pero hubiera sido ir en contra de sus principios. “Menos en la cara… En cualquier parte del cuerpo, menos en la cara.”. No podía hablar de integridades pero sí de un contrato, un dinero, un trabajo por hacer. Había que esperar el momento, la soledad de la muchacha, el lugar escondido bajo los montes de pinos inclinados. Y como en otras oportunidades –Rabat, Alicante, Oportola noche dejaría su rostro en el anonimato, como también la poca sangre de la arribista 5


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que había tenido la mala idea de escaparse de la cama de un Señor –con mayúscula- que la mantuvo como no lo hubiera hecho su propia familia. La muchacha volvería o no al viejo, pero los golpes le iban a producir unos vómitos inolvidables. Hablan de un epílogo-tal vez inventado- y no fue durante la noche, ni al amparo de los montes, sino a pleno día, sobre los médanos y con los inevitables 35 grados de calor. El grupo caminó hasta la orilla – donde seguramente todavía estarían las huellas de los primeros mediodías- y se volvió para invitarla a las profundidades abrigadas de las espumas eternas. Ella alzó un brazo y no aceptó. El es quitó los lentes negros y la recorrió en su indiferente frescura. Dejó su bolso inclinado sobre el médano y bajó en buzo de manga corta, pantalón de hilo blanco y descalzo. Hacía girar un cigarrillo entre los dedos. SE agachó junto a ella y trató de absorber el instante aquel, porque comprendió al fin que, durante todo ese tiempo, la había seguido de pura curiosidad primero y felicidad después. Las esferas verdes apenas se asomaron bajo el cerquillo azabache y una sonrisa le corrió la crema de cacao del labio inferior. El observó el movimiento de las manos buscando en el bolso de mimbre la caja de fósforos o el encendedor; le importó poco si ella tenía o no tenía fuego. Porque ese era el clásico cigarrillo que él prendía, que había prendido siempre, cuando en pocas oportunidades sabía que finalmente no iba a haber paliza y que otra mitad de dinero ya no le interesaba. Ya no le importaba la reacción del viejo porque no lo pensaba volver a ver. Para ese entonces, él ya andaría nuevamente mezclado con los caminantes, los cantos y losoros, en los mercados estrechos de Jeddah. Fue subiendo el médano mientras meditaba una pitada a espaldas de la muchacha. Se agachó lentamente, apoyando una mano en el poco equipaje. Minutos después el paisaje circundante empalideció del otro lado de los lentes negros y él volvió a la costanera, al auto alquilado, al oeste de aquella temporada. Esta vez se le iba a hacer difícil olvidar a la muchacha que permaneció en la arena, junto al lápiz de labios, el pareo y su bolso, entre el viento que se levantaba de vez en cuando, barriendo con algunos granos de arena que se pegaban a la crema de cacao, y revoloteando los cabellos que, por momentos, dejaban entrever –ignorado y humeantemente perfumado- el orificio rojovioláceo a la altura de la nuca.

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Intihuatana Quizá piense que Beto esté por llegar de un momento a otro, de un día a otro, de un año a otro. Quizá sueñe y Beto nunca llegue y prefiera quedarse allá abajo, en la ciudad, poer entre los corredores de un instituto a los que el sol de julio a veces salpicaba de una vida más clara y menos fría. Claro que puede estar rememorando las otras épocas -apenas distantes-, el intercambio de fotocopias, el bolillado, las próximas clases. Lo que ahora me pregunto es por qué me decidí yo antes que él. Allí estaba Laura para obligarme a permanecer en mi asiento, atento a la realidad de la siguiente materia. Pero estoy aquí y sigo sin recibir carta de Beto, aunque prometió llegar para la Primavera. Y la Primavera está llegando y no el número veintiocho de Literatura Primer Año. En la carta él podría poner que estuve equivocado y que le tendría que haber hecho caso a Laura. De lo contrario, ¿para qué observarla desde los primeros meses, cuando la seguía hasta la cafetería y me prometía tomar los cafés que fuera necesario, con al de estar cerca de ella?... Beto podría anotar que yo siempre elegía las mesas dispuestas en fila contra la pared de ladrillos, cercanas a la salida trasera, la que daba a las insinuaciones del verde pálido del jardín, en aquellas imprevisibles mañanas de junio y julio. Luego de los primeros sorbos, la sangre parecía volver a circular por las manos y los rostros lívidos. Se recuperaban la sonrisa, las palabras; Laura volvía a recuperarse para sí misma, para nosotros y el transcurso de una mañana más colorida, despojada ya de las entreluces y la debilidad de la madrugada. Pero las mañanas seguían siendo frías, tan frías como las otras, las que Beto contemplaba desde la habitación 18 del Sanint Michel, cuando la Rue de Cujas se volvía blanca y entonces Beto estaría decidiéndose antes de encender el segundo cigarrillo, luego del desayuno. Volvería y nos encontraríamos, conociéndonos sin suponerlo. Hubo dos bancos de por medio y una Laura que prácticamente nos ignoró durante los dos meses que le arrancaron restos al verano que se terminaba, para arrastrar los últimos calores sobre las baldosas amarillas, como nosotros nos arrastrábamos a través del corredor, a las ocho de una mañana que nos obligaba a estar dispuestos para pasar ese trago relativamente amargo de los tres años y un título que no ofrecía demasiadas posibilidades. Y ahora aquí, con el tiempo otorgándome quién sabe cuántas horas de evocación, de oscuridad, cuando las facciones de Laura sean difíciles de rearmar en la precariedad del recuerdo. Beto haría hincapié en que no pensara en eso. ¿Sería cierto? Lo que también puede ser muy cierto es que, a esta hora, Beto y Laura estén intercambiándose fotocopias -cafés de por medio- , porque ya son las nueve menos cuarto y tienen cinco minutos para bajar a la cafetería... y quién sabe: hablar de mí. Entonces, ¿qué diría Laura? Es muy lícito que me mande una buena relajada y diga que siempre fui un imbécil. Pero Beto, en su carta, tendría el tino de aclarar que ella "llegó a la conclusión" de que yo era un imbécil; tendría la suficiente capacidad de mentirme por carta. No le podría escribir pidiéndole que me relate el modo de sonreir de Laura, el modo de agarrar el asa del pocillo, los libros, los textos. Beto sabría que no estoy en condiciones de pedir que me relaten lo que yo ya sé; lo que ahora prefiero imaginar, 7


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adornar, soñar por las noches, cuando también sueñan las aves que por la tarde -y bajo el sol intenso- zumban a ras de la vegetación y mi cabeza. Le podría escribir para informarle que me acostumbré al acento lugareño sin mayores posibilidades de comunicación, como la que establecíamos con él, con ella, cuando ya la luz natural empezaba a iluminar las cúpulas de los edificios novecentistas que, seguramente, seguirán rodeando la manzana del instituto. Laura podría advertir la silueta chamuscada de la columna hablando humo, emergiendo impávida contra el horizonte gris de las pocas fábricas distantes, que a veces nos apartaban de la realidad de la clase; nos llevaban a un paisaje decididamente falto de color, bordeando la franja angosta de la playa sucia en la bahía. Seguirá siendo... Son más de tres mil quinientos kilómetros, pero seguirá siendo así. Y los cursos aún no terminan. Beto podría escribir maravillado: pensar que hace apenas un mes y medio, ambos teníamos la posibilidad de bajar juntos a esa cafetería desprovista de estilo pero renovada de recuerdos constantes, cotidianos, siempre y cuando Laura imprimiera vida a lo que intuíamos allí, entre las mesas de cármica, multiplicándose luego en la conversación que entablábamos con Beto y los indefectibles dos cafés. Beto recordará que después fueron tres los cafés. Aprendió a estudiar mis reacciones más imperceptibles, eso supongo. Laura no lo advertía y era una suerte para ambos. A él le tocaba la parte por cómplice; por inventar situaciones que jamás había vivido en la Rue de Cujas o Ruelle de la Fonderie, como tampoco imaginaba que alcanzaría decidiéndose por hacer ese curso de una buena vez. Pero todo aquello prolongaba la estadía de Laura entre nosotros; prolongaba su interés ante las verdades que inventaba Beto; prolongaba ese silencio que mediaba entre el próximo timbre de entrada y el regocijo de Laura traducido en sus labios siempre cercanos a la sonrisa, más allá del viento exterior y la aridez de julio. Hoy llegué hasta la piedra sagrada. Intihuatana. Sería bueno comentarle a Beto, a Laura, que aquí hay un terrible contraste: ojso oblicuos -voces dialectales- y gente muy rubia y muy llena de rabia que escupe palabrotas en inglés. Llegué solo, aunque antes habían llegado otros. Por allí la vegetación debe estar ocultando más cabezas rubias dispuestas a seguir hasta la muerte. Por allí escuché que están armados hasta lo más profundo de su odio y la vida no les significa mucho. No sé si habrán experimentado lo mismo que yo al caminar por el sendero de piedra zigzagueante, rumbo a Intuhuatana. Beto, Laura, se dispondrán a abordar la Poesía Mélica. Seguramente se ayudarán entre sí. Laura escuchará con atención y encorvará parte de su metro setenta sobre los apuntes que Beto le muestre. Prepararán las clases siguientes y yo prepararé el rincón que elegí en medio de una noche que se aproxima. No se me había ocurrido, pero podría ser que me estén creyendo muerto y no haya apuntes ni clases por preparar. Cierto: no se me había ocurrido que me pudieran estar llorando. Y Beto rehusó acompañarme por creer que toda esta empresa era una inmensa mentira y nosotros no teníamos que ver con el asunto. Otro país, otra circunstancia. Nosotros aún teníamos que caminar por aquellos corredores en dirección a un clásico hontanar; en dirección a ella. Me gustaría escribirle para anunciarle que Intihuatana fue apenas una suposición, y que la única realidad era aquella que nos circundaba a los tres, a los cuarenta de la clase que volvían a ser tres, que volvía a ser una: Laura. 8


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En esta situación los recuerdos y los sueños escapan a mezclarse de manera muy estúpida, como la idea que terminó arrancándome del asiento adonde a veces llegaba cierto perfume, cierto abrir y cerrar de cuadernos, cierto descanutar del bolígrafo. Yo no sé dónde se bifurcan la verdad y la mentira. Quizá Beto, Laura, el instituto, las fábricas, las cúpulas novecentistas, jamás existieron. Quizá yo empiezo a dejar de existir. Sobrevino otra mañana. Mañana apacible de no sé qué mes. He vuelto a recordar las facciones de Laura. Creo que puedo llegar a materializar la delgadez de su silueta y el metro setenta; la frescura de su presencia cuando me enviaba, desde su banco, aquella certeza de estar existiendo. Camina algunos metros delante de mí y lleva los textos y los cuadernos entre las sedas de su blusa sin cuello. Seguramente nos estamos acercando al instituto y estos son los últimos días, las últimas mañanas de pocos profesores y mucho tiempo para compartir rincones de un jardín que ahora parece más próximo a las mesas, los pupitres, los corredores. Y Laura continúa caminando y a veces se vuelve a mí que la sigo silencioso, expectante de los nuevos e imprevisibles rumbos que ella elige entre ruinas dóricas, rostros de cariátides borrados y fragmentos de anfiteatros que resurgen en las montañas por donde ahora ella me lleva, desapareciendo y reapareciendo unos metros más adelante, ya sin libros, ya sin cuadernos; apenas mirándome distante; apenas visible y siempre diluyéndose. (*) Cuento Premiado en el concurso organizado por el diario "La Mañana" en 1983.

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Presenciar la ausencia Sin suponerlo. Como llega una estación y se traduce en el reverdecer de jardines, o la caída de hojas sobre veredas sombreadas de plátanos, subridos de tanto caño de escape y edificios nuevos estrechando calles. Así me detuve una tarde - por las aceras de la calle Justicia - y con una mueca aceptando pasados algo más allá luminosos, recibí los cuarenta años. No había títulos ni viaje a Srinagar buscando la Verdad. O tal vez la Verdad tenía una cara de una ciudad cambiante por capricho; una ciudad que ahora me limitaba a reconocer siempre a través del recuerdo, lo que era o pudo ser. La Verdad hablaba por boca de una oficina: el escritorio señorial y la Underwood de 1923, en donde tenía que hacer malabarismos para que el texto saliera enmarcado correctamente. La Verdad estaba pasando la puerta de un apartamento céntrico -seguramente el único consuelo que me quedaba- en donde sabía que los otros habitantes habían resuelto convertirse en los infaltables ecos rememorando la felicidad de cuando en el apartamento éramos muchos. La herencia que me correspondía por cumplir el papel de sobreviviente. Lo mismo decir -o que cierto numen sentenciara, riendo desde los retratos-: "Te tocó a ti. Simplemente quedás con el apartamento céntrico porque tus padres ya no están, tu hermana se casó y vive en Barcelona, y tu hermano hace tiempo que no te escribe desde Louisville. Quedás para morir en el apartamento céntrico". No me gustaba jugar con la idea de morir; morir donde había nacido. Entonces trataba de pasar lo mejor posible las seis horas de hojas de copia, carbónicos y cantina. Después salía de todo eso y caminaba con la misma lentitud del sol y su viaje de apagarse tras la línea del horizonte o del río. Sierra, Nicaragua e indefectiblemente Justicia. Me detuve frente a una vidriera que mostraba electrodomésticos, y cierto reflejo reencontró mis rasgos denunciando los imprevistos cuarenta años. Después que un ómnibus de COOMOCA ronroneó la vuelta de Los Cerrillos a mis espaldas; después de ese humo al que me había acostumbrado-como al trabajo, la soltería, las noches sin sueño con sonrisas de una irretornable novia desde su inocenciapensé que me quedaba la casa de Robert en Villa Muñoz. Nuestro encuentro el día 30. El haberme acostumbrado a su forma de estar solo hasta las 8 de la noche. Golpeé con mi llavero en un barrote de la verja ferruginosa y luego pasé una mano por las rositas rococó que caían por encima del muro, dando un toque de felicidad - ¿de otro tiempo?- a la calle Lima. Robert caminó por el patiecito de baldosas grises y me saludó desde su metro ochentaiocho con ese casi callado "¿Qué hacés Julio?" Y esta vez el saludo fue todavía más apagado. Me quedé mirándolo antes de poner un zapato en el umbral. El se inclinó y me habló a un oído: "Está durmiendo. Vino más temprano y se acostó a dormir la siesta. Me parece que llegó el momento". No entendí lo último, pero entonces supe que ese día no habría más cartas que yo le dictara a Robert. El extremo de la mesa ovalada, el mate, dos sillas y una máquina de escribir: último testimonio de su época de estudiante, con monografía prometida para mañanas más propicias. Había sido un buen alumno, aunque tendiente a caer en esos laberintos divagatorios tan propios de los que eligieron Humanidades o Ciencias, o más concretamente Antropología Filosófica. El me aseguraba que todo aquello no era más que la gran mentira; que la única verdad de los últimos tiempos se asociaba con el día 30, mi visita, la máquina de escribir y todo lo que a mí se me iba ocurriendo, para que 10


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Robert tradujera - con rapidez metálica - en la hoja de copia que ya estaba puesta en el rodillo, cuando yo dejaba atrás las rositas rococó y la acritud de la calle. Su cara y el tono de voz me transmitieron, una vez más, que hoy no habría cartas. Y lo lamenté (de manera censurablemente morbosa) porque me empezaba a acostumbrar a ese juego o mentira o válvula de escape a través de donde Robert se confesaba "de una vez por todas", volcando en una carta todo el odio, todo lo guardado a lo largo de diez años. "Yo te doy el material y vos hacés el verso", me había dicho seis meses atrás. Y a partir de ahí me fui familiarizando con un ser que en invierno andaba protegido - en toda la acepción de la palabra, al decir de Robert- con un abrigo negro que prendía hasta el cuello. El otro detalle -concluyente por las cartas que se me fueran ocurriendo- era su inseparable portafolios, también negro. En otra carta mencioné sus idas y venidas de un piso a otro de los juzgados, metidos en la vetustez burocrática de los edificios anquilosados que hacían deprimente una parte de la Ciudad Vieja; irrespirable un tramo de 25 de Mayo. Después mencioné los perfume que no usaba; la melenita con la prolija raya al costado de lo que no tenía vida (que la había ido perdiendo); el único tema que apenas rozaba con Robert y en donde siempre se barajaban miles de dólares o el comentario acerca de algún abogado elevado a la categoría de dios. Muy propio de los que se aferran a su título de Procurador... que rimaba con Doctor pero estaba unos pasos atrás, en el sitio justo donde muchos se sentaban a descansar, o donde intentaban trabajar el doble para justificar con creces los tres años del "pretíbulo", como lo llamaba Robert con asco. En fin. Se hacía difícil elegir nuevas frases que hirieran a ... Robert jamás encabezaba las cartas con el nombre de pila, y la palabra esposa - o mujer- había desaparecido de su estricto vocabulario. Sin suponerlo-como el arribo de la cuarta década también habían pasado los seis meses: Villa Muñoz con Robert tecleando mientras yo le dictaba ese odio de prestado: referencia a ojos inexpresivos y dedos aferrando un portafolios, donde era imposible descubrir un fragmento de papel en el que se leyera lo que Robert ya no soñaba: "Te quiero". Hoy era distinto y él me pidió que no habláramos en voz alta, señalándome la puerta entornada del dormitorio. Por un momento me incomodó cierto nerviosismo y hubiera deseado estar en mi casa, olvidado del único amigo que me quedaba. Pero -siempre en susurros- Robert me avisó que teníamos veinte minutos para preparar té, charlar sobre algún libro rescatado de la juventud, prender la radio y escuchar lo que estuviera pasando el SODRE, y finalmente entrar al cuarto. Primero él y después yo. "¿Te acordás del juego Falkenburg? Me quedan tres tazas, dos platitos y la tetera" sonrió, con trazos anémicos en lso pómulos hundidos. Le contesté que sí y él fue a la cocina a poner agua en la caldera, prender la garrafa con fuego bajo y volver para invitarme a que nos sentáramos junto a la mesa ovalada, casi pegados al radiograbador que encendió con un volumen apenas suficiente para nosotros. "Si se despierta está todo perdido... ¿Cómo anda tu familia?" Una y otra vez le recordaba que ya no tenía familia. "Claro, me olvidaba" asintió, meneando la cabeza con un gesto de afectación. Después se paró y caminó en silencio hasta un aparador. De uno de los cajones sacó un libro. Volvió con "Lavorare stanca" y recitó en voz baja su predilecto " Hai viso di pietra scolpita". Pausado, sin ese apuro que nos otorgaban los veinte minutos para todo, Robert me señaló con un índice cerca del parlante el segundo movimiento de un cuarteto de cuerdas beethoveniano. "Es lo bueno de este país, pese a todo: podés estar alegre o como el traste, pero el SODRE sigue estando allí, sorprendiéndote con un cuarteto de cuerdas de Ludwig. Es inalterable". 11


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Tomamos el té y él me pidió que lo convidara con uno de mis cigarrillos. Yo de vez en cuando miraba para el dormitorio, apenas presente tras la puerta entornada que entornaba presencias dormidas. A Robert jamás se le podría haber ocurrido que aquella presencia no era más que el continuo estar de la ausencia. Fumó tranquilo, respirando profundamente a medida que los veinte minutos se nos iban agotando. Y fue cuando resolví preguntarle qué pensaba hacer... ya que no habría otra carta. "El tecleo la va despertar y no quiero que se despierte" me contestó, mirándome con firmeza amarilla de tiempo que nos hablaba sin palabras anunciándonos que sigue corriendo y seguirá corriendo siempre, cuando nosotros ya no estemos. "Seguramente", agregó, "el trabajo de hoy fue más liviano y el estudio la escupió en dirección a casa antes de las ocho." Y el asunto es que me empezaba a preocupar un detalle que recién se aparecía ante mí: Robert empezaba a hablar de la misma forma en que yo le dictaba las cartas de la odiada confesión. Miró la hora de su reloj y me anunció que ya era tiempo de entrar al dormitorio. Antes fue hasta la cocina para volver acomodándose algo detrás de la espalda. "Mejor...pasá vos primero" me dijo. Caminé lo más silenciosamente posible y abrí del todo la puerta. No caía ningún resplandor del living sobre el cuerpo que dormía casi sin respirar. Robert me puso una mano en el hombro, cuando ya estábamos los dos parados a los pies de esa plaza y media en donde jamás había jadeado un verdadero matrimonio (expresión que también se instertó en alguna de las cartas de los tres primeros meses). Robert me dejó nuevamente solo y tardó algún par de minutos en retornar a la oscuridad del dormitorio, o la entreluz que fue naciendo a partir de los pasos que di para acercarme más... y empezar por ver aquel cabello negro que caía sobre la almohada. La sombra de mi amigo entró a la pieza y me llamó con cuatro dedos que parecían excavar la atmósfera de encierro. "Puse todas las trancas y cerré las celosías: nadie se va enterar." Asentí inclinando mi frente, mientras de nuevo me invadían aquellas ganas de estar en mi apartamento, aunque más no fuera por la compañía de los ecos, los retratos y todo el tiempo de la noche para recordar las ráfagas tibias de otras estaciones. Porque me bastaba con volverme a la cama y mirar el cabello negro. Casi tuve ganas de llorar y sacudir a Robert, pero sbía que si hacía eso le quitaba la única esperanza que le quedaba; la ilusión que tal vez se repita o no, ésa que lo mueve a seguir existiendo después de diez años y que me mueve a seguirlo visitando cuando se cumplen los treinta días de obediencia, con el gotero del sueldo a fin de mes: único remedio del que no me moriré jamás por exceso de dosis. Miré a mi amigo y le palmeé un hombro. Miré luego la cama y pensé en la realidad de la vida que se construye de momentos de felicidad sorpresiva, como sorpresivamente también se va y sorpresivamente un día nos volvemos a encontrar solos. Al menos eso era lo que charlábamos cuando él salía de la facultad; porque ciertas temas no duele hablarlos en la juventud, y es preferible soslayarlos cuando uno sólo no encuentra a sus espaldas que casi se le pasó la mitad de la vida. Robert se llevó una mano a la espalda y sacó una cuchilla. "Vos agarrás el almohadón y la ahogas; yo la perforo con dos tajos y asunto concluido" me sugirió con voz temblorosa. No pude más que contestarle que perfecto. Ambos caminamos hacia la cabecera, colocándonos a cada lado de la cama. Estiré un brazo y -como enganchándolo- agarré el almohadón. No demoré nada en abalanzarme sobre aquello y apretar fuerte, con rabia que me hizo salir lágrimas, mientras Robert daba un grito-un quejido de impotencia-y saltaba sobre la cama, clavando la cuchilla una y otra vez. 12


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Una y otra vez hasta que la frazada empezó a ser jirones; hasta que el pelo negro se fue achatando entre la almohada sin perfume y el almohadón con olor a humedad; hasta que el reloj del living se aprontó para dar las ocho campanadas y restarían pocos minutos más, antes de que volviéramos a oír-como en anteriores e irreversibles oportunidades la puerta liberándose de las tres trancas. Pero esta vez no había máquina de escribir para guardara, o sobres que esconder ocultando cartas que sólo Robert y yo leíamos. Todavía, una vez más, él asestó otra cuchillada a las bolsas que contenían los papeles de seis meses, bajo lo que seguía quedando de la frazada que en un extremo - y sobre la almohada- había sido ornamentada con los cabellos de seda enmarcando rasgos que no estaban; sonrisas o lamentaciones que no existían; ternuras que Robert jamás había podido encontrar. Nos quedaban algunos minutos para dejar la cama bien tendida. La puerta de calle volvería a estar completamente abierta. El tapado y el portafolios se recortarían, negros, contra la noche artificial de la calle Lima.

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Texto para una amiga, antes de París A Nelsa Sans. Difícil es reconocer en esta noche, otra cualquiera; antepasados de menguantes o último arroyito hileando desperdicios a la bocatormenta sin semáforo. Difícil trocar a junio en setiembre, convirtiendo nubarrones en definitivos efluvios que hagan más límpida la limitación del cuarto. Sin embargo, es junio con nubarrón y noche; sin embargo, suerte, es el cuarto clareándose de a poco a través de Couperin o el Passecaille en Si menor, la salamandra enrojeciendo su hierro ferruginoso, la taza con el manchón de café en el fondo y una Hermes abierta sin suponerlo, sin suponer que lenta y firmeante toca la vuelta a la otra esquina, en esta urbanización de encanto-desencanto y múltiples destinos. Volverse atrás atisbando objetos que hoy, tal vez con seguridad, sólo sigan existiendo a partir de una sonrisa o el inicio de la penúltima lágrima de la tristeza, o alegría encubierta. Despedirme entonces de los recovecos de la infancia, en donde era previsible reconocer las otras presencias. Podía ser aquel ropero que alineaba viejas formas de chiffones y lentejuelas; podía ser aquel baúl amontonando restos de un "Baile Rosa" en el carnaval desintegrado de 1911; podían ser, por qué no, los vitrales de una puerta angosta entornando policromía de jardines que se imaginaron o creyeron ver, en una tarde hace veinticinco setiembres atrás. Y es todo atrás: una interminable confitería Americana de entreluces descendiendo a la porcelana de sobrios aromas; los ángeles de la fuente perpetuando en sus sonrisas fantasías de matrices y cabildos; el zaguán de piedra precediendo el centenario museo de maravillas, preguntas, manos pequeñas aferrándose a las otras que conocían el secreto de las vitrinas, la imposición de los arcabuces y la controversia de los lienzos dimensionando el propio sentir, desprovisto de palabras y con tan solo pupilas que no cesaban de dilatarse ante tanta imponencia de caballos, espadas, heridos y llanuras de combates afantasmados. Y es todo atrás... Hasta ese mismo caminar redescubriendo la ciudad que indefectiblemente se fue perdiendo poco a poco, tan acompasadamente como aquellas luces en el horizonte, que evolucionan lentas hacia la boca oscura de la bahía acollarada de casas humildes, fábricas detenidas en sus chimeneas apagadas, cafetines en declive y boliches de mármoles veteados por el empecinamiento de la amargura. Y es todo atrás... Como los tantos besos finales que despidieron -una mañana de avenida, o bajo las gaviotas de la Punta Brava en las tardes que no tuvieron noche- a los rostros que posteriores días fueron destiñendo en la precaria tela que trazó lo que sí, sucedió alguna vez... pero ya no. Así entonces ese retorno a lo que es calor en el cuarto de clavecín, hojasoficio, cigarrillo que se prende con la persistencia de la esperanza en el próximo día. Porque no hay vestigios de albores más allá de los visillos y llegando a la calle yaciente bajo el mercurio; asfalto abandonado entre edificios que ahora sólo cumplen con otorgar siluetas desiguales a la carencia de constelaciones que se arquea sobre los ladrillos, el cemento, la carne de alguna soledad. Aunque es de suponer que no suceda aquí, donde Couperin cede a Frescobaldi o a la Toccata undécima en Sol que trapa las dimensiones de la pieza; donde los cuadros, los retratos y los libros justifican las paredes; donde los otros leños esperan turno para caer en la fragua cóncava, retornando en calor que haga rezumar alguna que otra imagen, alguno que otro palpitar de la jornada pasada... Porque el amanecer que viene no se avizora sino en acertijos que anticipa ese silencio exterior de una noche que nos penetra 14


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en parte, en certezas de un frío redoblado que la salamandra aleja en chispas y murmullos de mil duendes carboneros. Y nada nos prohíbe hablar, entretejer, dibujar tecleos llamando a bahía de pesqueros escorándose junto a muelles de contrabando, marineros semidormidos o polacos retornando, entre tumbos, a sus camarotes de fotos, cervezas y nostalgias de Szcsecin, que borren a la mujer que quedó contando dinero en un hotel de Juan Carlos Gómez, o quizá camine apresurada rumbo a recuperar su sombra entre las otras que se agitan al son de cumbias tras los luminosos del "Universal", o "Brooklyn Bar" si es que todavía está allí, muriéndose entre sus dialectos o caras de sueño. Seguramente que nada nos prohíbe hablar, entretejer, dibujar un calor de clavecín, una música de salamandra, un cigarrillo de imágenes que no queremos que se apague, un tecleo de voz que sentimos muy cerca - desde otra noche, como siempre próxima y distante-, enmarcada en el perfume que baja del peinado diferente a aquel otro, el de hace veinticinco primaveras, que sin embargo arriba a las arenas que remueve la memoria. ES el retrato de uniformes grises y expresiones inocentes; es la inocencia de esa sonrisa especial que advertimos entre las otras, muy en el fondo de ese momento vuelto papel encuadrado; aproximando el recuerdo de la amiga; rubricando similitudes de los primeros años, con ojos que también se abrieron a este mundo de guerras, multinacionales y miseria... mundo que en su caos reabrió senderos de imprevistos caminares llevándolos al reencuentro. Y ya no fue la clase con el jardín de juegos del otro lado del ventanal. Fue en cambio cualquier sonata para cello y piano, dos butacas con los programas descansando sobre los abrigos doblados, y finalmente un cóctel que después fueron las dos cervezas de la invitación, cerrando veladas con ese "Ley Seca" de Capones, Dillingers, incautaciones y masacre ornamentando las paredes -en donde antes hubo viejos lobos de mar y monjes violinistas-, nuestra mesa de madera y por encima el diálogo que nunca cesa en su incansables descubrimientos de que, felizmente, estamos existiendo... ...Como Frescobaldi, las brasas que siguen cayendo, la noche que perdura fuera y cierto atisbo de claror que nace dentro; aunque por ahí resuene la pregunta inesperada: ¿dónde quedarán los libros, los discos, los cuadros y el té sin preparar cuando ya no estemos? Y la pregunta inservible es dónde quedará ella cuando este cuarto ya no sea vahos de música e imagen, cuando ya no sea presencia de robe de chambre encorvada sobre el tecleo que machaca las horas nocturnas llamando a ese otro día, aunque sin gritos y con calmada entrega. Porque se acerca la habitación de un hotel en París 5; Père-Lachaise en las primeras horas de una tarde particular o 22 de febrero depositando emociones bajo el perfil de Frederic Chopin; caminares por Champs-Elysèes de las infaltables sillitas y las copas blanqueadas en lso despertares de invierno; la baguette compartida con el recuerdo de esa otra ciudad a orillas de estuario que por un tango adormezca; el detenerse breve en Pont-Neuf, girando Place Pigalle o de frente a la conciergerie de futuras fiestas medievales, con arco de salterio acariciando frótolas y bajadanzas que nos devuelvan su rostro. Y finalmente, llevados por ese recuerdo y pasadas lecturas, Luxemburgo nos ofrecerá un rincón de flores, par que en él abramos la botella festejando nuestra íntima consagración del vino blanco, en honor al Miller desfachatado en los destiempos de Clichy o Ville Seurat.

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Porque entonces no habrá pregunta de adónde quedó la amiga del ballo in maschera, en ese viernes brumoso y frío por donde surcaron reminiscencias de casltillos, ecos de The Clash e indiferencias de alguna ninfa o bruja. Ella seguirá estando en ese camiar por la Ile de la Cité; entre arbotantes y burla de gárgolas asomándose al mercado de acuarelas y turistas; en se prender del cigarrillo augurando reflexiones del viejomundo, o cuando, liviana la botella, le dediquemos el postrer sorbo al igual que se dedican las palabras postreras de un tecleo fermentado en lo que antes fu noche de junio y que ahora, en la evocación que viene desde su auspiciante sonrisa, trae consigo primaveras que inundan el cuarto, penetrándonos. Setiembre de picos apuntando a las nacientes tonalidades del óleo mañanero, con sonidos dulces como la palabra amiga, ésa a la que confirmamos siempre desde un saludo, dos butacas, cuatro cervezas; ésa que nos responde siempre desde su serena altivez y en cuya mirada volvemos a corretear uan infancia, anhelando jardines junto al ventanal eterno de una clas; intimando la calidez de una mesa de madera, por encima de la que el diálogo le da la bienvenida a nuestro reencuentro de Montevideo... de París.

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El enfermo Cuando me abrieron la puerta de su cuarto lo vi tapado hasta la cintura. tenía los ojos puestos en el techo, y por entre los dientes -la boca semiabierta- un ronquido escapaba a ratos. Me senté a los pies de la cama y, estirando las piernas, lo llamé en voz baja. Papá. Y no me contestó. Las manos le temblaban continuamente. A lo lejos, gras la puerta entornada, se escuchaban las risas de su esposa, una prima y alguien más que parecía mellado. Pororeaban en la cocina: bueyes perdidos o por encontrar. Lo observé detenidamente y me sentí solo; sin embargo, él irguió un poco la cabeza y me saludó desde sus manos, cruzadas sobre el pecho flaco y blanco de pelos. Bueno, no tenía por qué sentirme solo. Allí estaba él para demostrarme lo contrario. En las paredes, en el cielo raso, la humedad formaba espectros por donde subían y bajaban en procesión, miles de hormigas oscuras. Nacían en los zócalos y desaparecían por unos agujeros allá arriba, casi imperceptibles, casi imaginados. Mi padre se incorporó y apoyó la cabeza contra el respaldo de la cama... Sonidos metálicos, como a bronces. Lo volví a mirar y estaba encendiendo un cigarrillo, entre toses y con ojos de desgraciado. Le hacía mal, pero no se lo impedí cuando dio la primera pitada. Aspiró y se quedó perdido en los espectros. El ronquido se acentuó en mis oídos. Como estábamos en silencio preferí caminar hasta la ventana. Bajaba el sol y subían las sombras por las fachadas vecinas. Retorné a la cama y, con cierta dificultad, traté de adivinar la expresión de mi padre. Una pitada, aún más profunda e intensa, le descubrió el rostro perdido quien sabe en qué tiempo. Circunscripto a la atmósfera viciada, el cigarrillo que subía y bajaba en la oscuridad, evoqué a mi padre en la niñez de mis años: la mano fuerte, la voz enérgica, el paso seguro cuando paseábamos juntos. ...Y el cigarrillo resplandeció nuevamente, iluminando los contornos vagos de los muebles que nos rodeaban. Pensé en acariciarle la frente, pero algo retuvo mi propósito... Allí está él, arrinconado en la penumbra, acechando la venida de mamá. No sé si habrá visto la puerta entornada de nuestro cuarto. Mientras Susanita duerma no pasará nada y lo podré seguir observando. Algo masculla entre dientes, pero no lo sé. ¡Este maldito oído...! Me voy a enfriar pero no importa; las baldosas están heladas y las sigo aguantando. Deben ser las dos de la mañana y... Bueno, ahí oigo pasos que vienen subiendo la escalera. Si tuviera el valor correría hacia él; le pediría que se fuera a acostar y no le molestara; que nunca hay que fiarse de los cuentos de una sirvienta. Justo ahora que se encuentran, Susanita empezó a llorar... y ahora los llantos se confunden. Corro en puntas hasta su camita y tanteo el chupete. Se durmió de nuevo. Cerraron la puerta del comedor: pude sufrir el portazo. El cigarrillo cayó al suelo y rodó hasta los zapatos. Enseguida un quejido me hizo saltar de la cama. Entraron su esposa, la prima y la mellada que resultó ser una vieja que no conozco, como tampoco conozco la mayoría de los elementos que configuran el mundo adonde un día decidió emigrar. Le sostuvieron la cabeza y la esposa le dio masajes en el pecho, cada vez más fuertes. Yo estaba contra la pared viendo cómo él luchaba por aferrarse al envarillado del respaldo. Me 17


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pareció que me estaba buscando, con la mirada amarilla y desgraciada. No sé si por un momento pronunció mi nombre entre toses y gemidos. Las mujeres, fastidiadas, me ignoraban desde que entraron. - ¡ Este viejo me tiene harta ! - gritó la esposa con los pelos desgreñados sobre los ojos mientras continuaba apretando a mi padre contra la cama. Salí corriendo a la calle. Tras de mí los gemidos se hacían más agudos. Bajo la noche no vi a nadie: el pueblo relegado dormía su chatura rural. Al volver la mirada por el camino recorrido, divisé la ventana de aquella casita y, a través de ella, el perfil en sombras de un rostro que se desdibujaba. Los gemidos se fueron espaciando, hasta apagarse con la madrugada. Seguí corriendo, decidido a abandonar el pueblo.

(*) Cuento Premiado en el concurso organizado por el diario "La Mañana" en 1983.

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Palacio Salvo Acabaron poniendo barreras hasta el medio de la avenida y por la calle Andes al sur. Sí, tarde o temprano se va a venir abajo; pedacito por pedacito, en un mes o diez días, pero se viene abajo. Sobre el otro cuerpo él deja de besar, morder, acariciar; no escucha el clásico “Apretame fuerte”. Sobre el otro cuerpo él estira su cuello a todo lo que puede y alza la mirada más allá de la terraza: sabe que está allí enfrente; que primero serán pedazos de mampostería desde los arcos a las ventanas, hasta que un buen día… Vuelve a escuchar el “Apretame fuerte” y junta voluntades para besar, morder, acariciar de nuevo. Y así todos los fines de semana. El anterior había sido similar aunque el rostro, el cabello, los ojos, la voz, todo fuera distinto; igualdades conformadas por otros momentos y nombres. “Venite para acá. Tengo una amiga que te quiere conocer. Es muy mona, más que Chunga, y estoy segura de que se van a entender. No demores.” Entonces dejó su incierto deseo de ir a la casa de un viejo amigo al que hacía tiempo, mucho tiempo que no veía; entonces no habría evocaciones en un parque; conversaciones retrotrayendo la adolescencia; la vuelta de nombres femeninos que ya no se pronunciaban. No. El amigo y los planes quedarían postergados. El pensó que en todo caso esto era mejor que pasarse hablando de los acontecimientos pasados. No era desechable. “Lucy salió con un amigo, así que me dejó de dueña de casa” El fin de semana anterior, las palabras habían sido: “Lucy salió con un amigo. Me dijo que utilicemos la cocina, el living.. bueno: ¡todo! “ Aquello fue más directo; la voz era menos aguda y ella menos atractiva. Tomar café, jugar a las cartas, hablar de numerología, de la tercera guerra, del trabajo, del feminismo; luego prender el pasacasete y el inevitable tema de la música disco en contraposición con el canto popular y la inevitable invitación a raíz de “Este tema me gusta, ¿vamos a bailarlo?” Sí, claro, ¿por qué no? De lo contrario, ¿qué sentido tendría este otro fin de semana tan poco diferente al anterior; a excepción de que tú sos morocha, algo más alta, con los pechos más desarrollados, con tu interés por la numerología, el peligro de la guerra y el próximo tablado; por tu caminar esbelto y ese cigarrillo que prendés con la colilla del otro?... Sí, claro que vamos a bailar. Ella estrujó en una mano una caja de cigarrillos y la tiró en el tarro forrado con cualquiera de los suplementos dominicales de siete días atrás. Volvíó al living con dos vasos llenos de hielo y alcohol, tomó un sorbo del suyo, lo rodeó con sus brazos por detrás de la nuca y lo miró por algunos segundos, para luego amagar a dejar un primer mordiscón en el cuello salpicado del infalible “pour hommes”. Bailaron junto al ventanal. El torció la mirada, el camino que sabía adónde los conduciría; amenguó la intensidad, la conocida y tantas veces experimentada intensidad del momento, para detener sus ojos en la perspectiva monolítica de la otra cuadra, la que iniciaba las muchas veredas de galerías enormes y desiertas, resplandores sonoros bajando de los juegos electrónicos, bares de poca gente y precios remarcados de la avenida principal. Recorrió cada uno de los pisos, descubriendo fisuras que antes no estaban; pedazos de mampostería a punto de desprenderse. El primero, el sexto, el noveno, el trigésimo hasta allá, casi donde comienzan los miradores. “Si todo se viniera abajo, los escombros y el polvo subirían hasta el décimo piso de este edificio y…” Trató de recordar cuándo se había iniciado esto; cuál fue el primer fin de semana: cómo se 19


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llamaba la primera muchacha que luego no volvió a ver; cómo se llamaría la siguiente y cuándo terminaría todo. Acercó su rostro a la oreja de quien era mucho más linda que Chunga y consideró que la cuota con el baile ya estaba cumplida. Entonces comenzó a suceder allí mismo, entre el sofá y la mesa ratona, sobre la alfombra de motivos florales. Días atrás, el lugar había sido la cocina, como también el asunto llegó a desarrollarse en la cama de Lucy, mientras ella estaría haciendo lo propio en otra casa, en otro rincón de la ciudad, que quizá estuviese doblando la esquina o por Bulevar Artigas o cerca de 8 de Octubre o… Nunca se habían planteado cuándo pondrían punto final a “Yo voy a salir con… Así que vos venite que aquí se queda… y estoy segura de que te va encantar”. El pensó que podría llegar el momento de que se sentaran frente a frente, un día de la semana cualquiera, con vasos de leche caliente y música de cámara de por medio o sin música, si es que para Lucy el Rasoumovsky No.2 era “un bodrio”. “Apretame fuerte.” “Mordeme toda.” “Soy tuya.” La luz pálida del nuevo día iluminando las vertientes del Solís, como tantas otras veces y como tenía que suceder cuando no estaba nublado; el cansancio en su cuerpo y el ardor incómodo en los labios. Volvió a contemplarla para luego desviar los ojos abajo, a la avenida, olvidándose de los otros labios que lo seguían recorriendo en saliva, olvidándose de los párpados entornados, el par de piernas que apretaba la cintura. Prestó atención al nerviosismo sonoro, a las corridas, a las cabezas que miraban a lo alto; escuchó los primeros lamentos y estiró en cuello de a poco… Ella parecía desmayarse y él por momentos efectuaba breves movimientos con las caderas. Tendrían que haberse sentado frente a frente – sin leche ni Rasoumovsky – para pensar en la fecha, la hora y el cierre definitivo de todos aquellos fines de semana. Y su amiga podría estar doblando la esquina o muy lejos. Quizás ella siguiera con el vértigo de los sábados y domingos por disipar, pero entonces tendría que discar otro número, pronunciar el nombre de otro amigo y asegurarle que no quedaría defraudado con la muchacha que tenía para presentarle. Por fin se decidió a clavar la mirada donde comenzaba la cúpula, luego los miradores… Y sonrió. La muchacha no oía los gritos, las corridas. Tampoco advirtió los escombros y el polvo.

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La corta historia de Joaquín A Enrique Estrázulas y Alejandro Zorrilla (h) Conocí la historia una tarde, cuando Joaquín se presentó en el boliche. Que yo me encontrara allí ya no empezaba a ser casualidad. No sé si incluirme entre los demás concurrentes, pero el asunto fue que allí permanecí yo: acodado en el mostrador y dispuesto a escuchar la historia contada por Joaquín. Se conocieron una noche –ella pretextó que ya se habían visto antes, hacía tiempo-, cuando él cenaba solo en un restaurante de última categoría. Salieron de copas dos noches seguidas- mientras, ella seguía ¿inventando? Recuerdos pasados- y a la tercera él se encontró en el apartamento de la muchacha o más precisamente en su dormitorio. “Yo empezaba a sentir algo más por ella”, nos dijo, “pero la muy yegua sólo quería o se contentaba con la cama”. Vivía cerca del boliche y pensé en la proximidad de esa mujer. Porque Joaquín no dejó de referirse a la soledad que la rodeaba. “Pero me siento desilusionado, hermano”, nos confesó tangueramente. Otra tarde la vi dirigirse a la parada del ómnibus. Algún dedo anónimo –apuntando desde el boliche- la señaló como rescatándola de la habitual monotonía de entre semana. La seguí con la mirada y después me fui a cumplir con lo que ya empezaba a ser tradición: tomarme tres “Old Times” durante el mediodía; porque cuando se trataba de whisky –antes del almuerzo- siempre era mediodía y todavía restaba un tiempo para imaginar comidas suculentas, sabiendo lo precario del guiso de ayer que nos estaba esperando. Es cierto que elegí esto y también es cierto que temo cualquier forma posible de una “futura trascendencia”. La historia de Joaquín se acababa un día sin fecha, en el momento que resolvió abandonarla o que ella lo abandonara. Y en el boliche seguíamos estando nosotros, hartos de política y soluciones venideras para todos. Sólo Vidal no descuidaba sus pinturas, sin importarle otro entorno que aquel que sostenía el motivo de sus cuadros. Me acerqué a él – siempre sentado junto a una mesa desde donde nos llegaban los mecidos del parque cercano y le pedí permiso para hacerle compañía. -No hay problema-contestó, absorto en el trazado. -Tú también conocés las historia de Joaquín- le dije, haciendo una seña para que el mozo nos trajera dos nuevos whiskies. -Y dejó de ser íntima cuando Joaquín la sacó a relucir –agregó Vidal, apartando los ojos del dibujo y enfrentándolos a los míos-. Mejor hubiera sido que la muchacha ésa siguiera en el anonimato y Joaquín se mostrara menos sentimental. -Bueno –reflexioné-, nadie pudo aportar nada de nuevo a lo dicho por él. -No nos interesaba el asunto. – Vidal miró a los costados y se tranquilizó de saber que nadie nos escuchaba- ¿O a ti sí? Continuó su trabajo creativo y yo seguí su mano presurosa, intentando encontrar alguna respuesta en el movimiento firme y apenas audible; en sus propósitos de acabar con aquel cuadro. Cierto: al menos Vidal no parecía estar interesado en la historia. -No creo que tú y yo podamos llegar a mucho en esto- hablé, desilusionado. -Claro. ¿Qué ganaríamos? – preguntó él, apartando la mano que sostenía el lápiz, de la cartulina amarilla. 21


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Me volví a levantar y asomé medio cuerpo por la ventana buscando la parada, el ómnibus que se la llevara quién sabe adónde, ella misma caminando por la repechante calle adoquinada en dirección a su trabajo, su estudio o la propia interrogante de su figura pequeña y delgada. Como solía suceder con cualquiera de los parroquianos, Joaquín dejó de asistir al boliche por algún tiempo que dura hasta hoy. Sabía que no había vuelto a ver a la muchacha y esto, en parte, me tranquilizaba por ambos. Alguien averiguó que ella estudiaba Antropología. “Eso ya es algo”, pensé. Lo otro me había empezado a quitar horas de sueño: ¿por qué ella se fijó en un tipo como Joaquín? Lo especial, lo singular, no eran su sello. Nuevamente fue Vidal el Cristo que me escuchó. Le palmeé el hombro y él no dejó de darle los toques finales a una acuarela: la calle, nuestra calle que se perdía en las rocas de la costa, con su recuerdo de pescadores y casas que ya no estaban. Vidal se empeñaba en retocar una de las fachadas de los dos edificios que intentaban, desde hacía unos meses, hacer crecer la cuadra. -Hace tres horas que estoy aquí-hablé. -Y yo me quedaré tres horas más. -La muchacha se sentiría sola… - largué, con un claro e inocultable interés-. Entonces la equivocada era ella. -Podría ser- musitó Vidal, echándose contra el respaldo esterillado. De nuevo el medio cuerpo saliendo por la ventana. La vi dirigirse a la parada con paso lento y tres carpetas contra su pecho. Pensé en lo poco y nada que la podría haber unido a Joaquín; en lo poco y nada que suele unir a un ser con otro, cuando se intenta levantar sobre un hilo el edificio ilusionado de imposibles futuras convivencias; pensé en lo beneficioso de que Joaquín no hubiera regresado al boliche. Así, las horas y los días fueron pasando hasta que llegó la mañana aquella: la muchacha entró al boliche apenas con un “Buenos Días” a todos los que estábamos presentes. -Nevada con filtro- pidió, cerca de un mostrador colocado unos centímetros por debajo de su cuello y la cadena de plata que lo adornaba. Se demoró buscando cambio y chistó fastidiada. Dejé mi vaso a un costado y caminé dos pasos hasta ella, con un lado de mi cuerpo pegado al mármol de la barra. -El eterno problema del cambio- hablé con confianza-. ¿Cuánto te falta? Ella me miró desconcertada y yo esperé cualquier tipo de respuesta. Pensó unos segundos y luego muequeó. -Diez pesos… que no encuentro – contestó; tomándose de la frente tapada por el cerquillo. -Uno siempre los tiene y no sabe donde.- Busqué en el bolsillo de mi campera y saqué una moneda que puse encima de aquel mármol con las curvas del trapo húmedo que acababan de pasar-. Ya está solucionado.- Ella miró la moneda e intentó decir algo que me encargué de que no dijera.- No hay problema. Mañana me tocará a mí y entonces puede ser que te busque o esperaré hasta verte caminando en dirección a la parada. -Claro- dedujo ella, mirando a una de las ventanas-, desde aquí observan todo. -Cierto. Siempre te veo caminar, venir desde “algún lugar”, con dos o tres carpetas que algún infidente aseguró que se tratan de Antropología. -Joaquín- dijo, seria y secamente. -Joaquín no – repliqué-. Pero Joaquín vino, tomó algo y lo notamos preocupado. A veces –agregué, cómodo de la situación que ambos vivíamos – uno no encuentra respuestas a los enigmas insoportables que lo rodean. 22


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- O se hace muchos problemas cuando en realidad no hay ninguno- intervino, segura de sí misma. Me gustaba prolongar aquella conversación, pero recordé imágenes anteriores en las que aparecía ella dirigiéndose quién sabe adónde. No tenía ganas de alterar lo que ya era cotidiano, aceptado y ajeno a mí. -Al menos tu nombre – hablé, antes de que nos despidiéramos. -Me dicen Niana. -¿Diana? -Niana, con “ene”. Ya no recuerdo- intentó finalizar despreocupadamente – cómo hicieron involucionar Angélica hasta llegar a Niana. -En todo caso es más corto y estoy seguro que no lo voy a olvidar. -¿Y por qué lo tendrías que olvidar?- atacó ella imprevisiblemente. Creí comprender algo a Joaquín, pero recordé que antes estaba yo. -Porque otra vez te lo podré decir: “Aquí tenés diez pesos, Niana”; o “Prestame diez pesos, Niana” Luego de un breve “Chau”, la muchacha entró al sol de mediodía y yo seguí con mi vaso de whisky. Ese día no volví a casa, sino que me quedé deambulando por la parte de la rambla que me recordaba, vagamente, el antiguo pueblo de pescadores; un recuerdo que hoy no podía más que llegar a las dimensiones pequeñas del boliche, los banderines noruegos, la mandíbula de tiburón, el ancla, el timón y una foto amarillenta de un bolichero de cabello más negro y silueta menos gruesa. Me acercaron aquella foto y la observé detenidamente. -Yo no era pescador –rememoró el bolichero, cruzando los brazos encima del mostrador-, pero había algo que nos unía a todos por igual. Ellos se iban hasta altamar y volvían por la noche o de madrugada. No quedaron ni los botes; no quedó ni aquella posibilidad de zarpar hacia una pesca eterna. Yo recién empezaba en el boliche y esto era otra cosa. Al menos, si parte de la clientela fuera de pescadores… Pero no me quejo: vos, Vidal, Joaquín cuando venía, me recuerdan en cierta medida a los otros. Y a veces me hago la idea de que efectivamente existió un zarpaje de botes que ya no regresarán. El bolichero puso otra medida en mi vaso. Me fui a sentar, esperando su regreso a la hora que fuera. Joaquín seguía sin aparecer y Vidal avisó que estaba “jodido de salud”. Así que me acomodé, pero contra el alféizar de la ventana. Aguardé las horas más allá del mediodía, la caída de la tarde y los ómnibus que volvían de la zona céntrica –entre ruidos de escapes y primeros cantos de grillos-, retornándola quizás hasta el rincón éste donde yo seguía tomando y a veces picaba alguna rodaja de longaniza; harto por momentos de mi propio empecinamiento; desnudo de ideas que me siguieran acercando a ella. Bajó del ómnibus y caminó sola cerca del cordón de la vereda, siempre sobre el adoquinado. Su imagen cobraba otra dimensión y apreté fuerte mi enésimo vaso de shisky, al que me negué que le pusieran soda. Vidal se perdía esto y a Joaquín ya no le podían quedar fuerzas para que algo le pudiera hacer retornar el interés por la existencia. La muchacha miró –la misma despreocupación del “Ya no recuerdo…”-hacia la ventana y se detuvo a mitad de la marcha. Alcé mi vaso disimuladamente y ella inclinó la cabeza con una sonrisa que la poca luz exterior me obligó a imaginar. Siguió caminando y se volvió a detener. Tal vez yo le quería comentar lo de Joaquín; tal vez ella recordaba que me debía diez pesos que yo no le iba a aceptar. 23


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El bolichero anotó en la cuenta de la amistad y me despidió, desde el otro lado de un mostrador apoyado en el telón de fondo de la foto, el ancla, el timón, los banderines noruegos y la mandíbula abierta para un ataque que se venía demorando. Ambos oímos un ruido seco y en el sitio donde estaba la mandíbula, sólo vimos el clavo grueso que la había sostenido durante años. El bolichero recogió el recuerdo de tiburón, las fauces que acababan de cerrarse, trancándose a toda posibilidad de un ataque que ya no asestaría. Recordé que el bolichero era nieto de franceses. -No sé si la Legión Extranjera sigue existiendo- le dije, cuando él se agachó para recoger la mandíbula y yo le hablaba a las botellas y mi propia imagen reflejada en el espejo picado del aparador. -Sigue existiendo, sí-escuché desde los fondos del boliche-.Creo que el Cuartel General está en Córcega. Volví a mirar a través de la ventana. El reflejo débil de una bombita de calle caía de lleno sobre la silueta pequeña; los brazos cruzados apretando carpetas contra un pecho en el que yo no había querido pensar. Dejé el boliche a mis espaldas y caminé de frente, sin argumentos, hasta donde la silueta empezaba a ser de nuevo Niana. Niana aclarándose y de regreso; Niana del cabello castaño y corto, por la calle adoquinada a la que me estaba llevando metido en la noche y hasta su sonrisa, distinta a la anterior: aquella que me prometió la vuelta que sellaban los diez pesos… o cierta historia de un tal Joaquín. El viento de un otoño avanzado se dejó sentir, cuando ya estábamos cercanos a la rambla. Pensé que ella no sabía la otra historia: los pescadores que ya no volverían sino en la risa del pasado en un papel amarillo, como el whisky, las baldosas que pisaban los parroquianos o mis dedos luego de treinta años de cigarrillo, que en los últimos cinco iban acumulando sabores negros, apestosos y compañeros de reclinaciones en el alféizar de una ventana. No hubo Joaquín ni diez pesos; no hubo cuentos de pescadores ni posibilidades de comentar una partida a la Legión Extranjera. Hojeé sus libros y pasé mis manos a lo largo de dos telares mejicanos: regalo de otro Joaquín que había quedado lejos, como el que ya no aparecía en el boliche. Con sus ojos verdes oleándome confesiones de una noche-amargamente silenciosa- mi hizo entender que ya no quería compañías para siempre. Destendió la cama y supuse que ya antes Joaquín había conocido el rosa estampado de las sábanas; el perfume que su pelo dejaba en la almohada; la resignación buscada, ante otra mañana que solía llenar con ella misma. Aquellos, sus años – traducidos en la tersura de los brazos-, me atrajeron a la región donde ya no podían existir preguntas y respuestas, historias y leyendas. Sólo la madrugada de próxima distancia y acompañada en soledad; el vaso de whisky cerca de la ventana –ya sin suposiciones-y su andar despreocupado en dirección a un ómnibus que la llevaría en vueltas hasta donde se perdía una ciudad que yo iba olvidando de a poco; trayéndola de regreso a sus sábanas y a la boca de algún otro Joaquín que ella – con dos dedos en los labios del hombre –se encargaría de acallar, borrando ilusiones de una historia duradera. El penúltimo día que pisé el boliche no hablé con casi nadie. Apenas un nuevo cliente que se acercó a mí, saludándome con un apretón de manos. Era joven y también venía de algún lugar necesariamente abandonado. No le pregunté su nombre y sólo me bastó revisar su mirada, para comprender lo que era preferible, luego, matar con el siguiente sorbo de whisky. 24


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Sólo me llegaron las preguntas susurradas del muchacho, cuando se arrimó a la mesa de Vidal. El acuarelista permaneció con la cabeza gacha, inmerso en la única respuesta que podía dar; la que fue trazando sin palabras. Sólo el delinear una calle adoquinada; una silueta llevando entre los brazos pena, temor, dureza o carpetas, seguida por los trazos difusos que tal vez evocaran el comienzo de todo: los cigarrillos, la sonrisa, los diez pesos que no encontraba, no tenía o había ocultado.

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La primavera más allá de la ciudad Aquello era el pasado, El presente estaba abajo. Sólo Dios sabe dónde estará el futuro. D. H. LAWRENCE. Ahora llueve casi todos los días. Indiferencia de gotas cayendo pesadas sobre un cajón, un papel, un abrigo. Bajo el cielo manchado de diferentes grises, dos hombres de la Administración levantan una plancha de granito. El agujero ahogado de sombra recibe a uno más de los pocos privilegiados que han tenido la suerte de elegir: panteón familiar o incineración; no importa averiguar cuál es la diferencia. Lo que sí importa es que, en todo caso, cerró los ojos con la secreta esperanza de que yo no le fallara. Porque veinte años atrás me vino con la noticia inesperada: escribir un largo poema hasta ese día que es hoy, y que ninguno de los dos pudimos prever. Pero allí están los siete mil y un tantos versos, repartidos en tres paquetes que ubiqué en un rincón de mi biblioteca. “¿Será difícil mantener la misma fuerza inspiradora hasta el último momento?” El montón de versos y yo nos tendremos que buscar otro sitio; el documento que la lluvia alcanzó con tres gotas es muy claro: “Matrimonio ANULADO. Plazo para abandonar la casa: 12 (doce) horas”. Levanto las solapas de mi sobretodo y camino apurado por entre columnas de neones que de vez en cuando se prenden, cuando la cerrazón juega a armar breves noches en el decurso impreciso de la mañana. Al menos estas horas que me quedan en el hogar las pasaré solo. Mi flamante ex – mujer está en sus clases de rejuvenecimiento prematuro; mis hijos hace tiempo que se casaron y viven en la Parte Nueva de la ciudad: grupos habitacionales que la Administración mandó construir no hace mucho tiempo para sus funcionarios más jóvenes. El Gran Predio está dividido entre los edificios oficiales, los comercios, cines, teatros y plazas, y las viviendas particulares en donde vivimos todos aquellos que pertenecimos al aparato gubernamental. La Parte Vieja sigue albergando las dos construcciones más importantes: la ADMINISTRACION, propiamente dicha, y la Central de Informática, donde se procesa todo y un grupo de computadoras ha pasado a suplir los antiguos ministerios, aunque existen funcionarios encargados de alimentar constantemente la llamada Terminal Ministerial. Uno de esos hombres es el que yo despedí, sin palabras; tan sólo la lealtad del silencio y recordando que hace dos días él me había dicho que yo no podría seguir, por que el poema estaba concluido. Es difícil detectar dónde exactamente la ciudad toca a su fin, porque en las dos últimas décadas se le unieron tres urbanizaciones que antes fueron ciudades pequeñas y todo empezó a extenderse a Este y Oeste, con lo que desapareció un gran predio boscoso, quedando otro, hoy más pequeño, llamado Padrón Clásico. La Centra de Informática posee un registro de todas aquellas casas, aparte de los datos correspondientes a los pocos habitantes que viven allá. Pero todo tiene que ser reprocesado, me dijeron hace algunas horas, porque los elementos más viejos acaban de morir, y sólo queda una persona viviendo en una de esas casas: la destinataria de ese largo poema que ahora guardo en la única valija que me llevo. Y mientras dejo el que fue mi hogar, pienso en mi casi medio siglo y pienso también en ese otro privilegio de haber permanecido en el Padrón Clásico, sin ser molestado; privilegio del anonimato de esa zona casi olvidada y absolutamente prohibida para la mayoría de quienes viven en esta ciudad… Y antes de 26


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irme cumplí con la rutina de dejar una fotocopia del recibo de anulación del matrimonio, en el lado de la cama perteneciente a mi ex – mujer, lo pegué con cinta plástica sobre su almohada. Lo positivo de todo este asunto es que el conflicto de mi casa coincide con mi Retiro de la Administración, y en caso de estar solo la Terminal de Vivienda autoriza a que nosotros, los Retirados, elijamos el lugar donde acabar nuestros días. Por supuesto que la posibilidad de elección no es para cualquiera; por supuesto que nadie elige el Padrón Clásico, por considerarlo una especie de páramo o fantasma de la Villa que alguna vez fue. En el interior del país el asunto es más difícil: la campaña está dividida en granjas, y en los cascos de las antiguas estancias –hoy desaparecidas- funciona una sucursal de la Central de Informática que se encarga de supervisar la denominada Parte Agrícola; aquí también tiene su centro de acción la División Demolición-ReconstrucciónDemolición, que se practica con los viejos caseríos antes de proseguir con su tarea sistemática de echar abajo los pocos edificios que van quedando en la Parte Vieja, construidos muchos de ellos a principios del siglo pasado. “Tecnología en Comunidad”, es como llaman ciertas potencias a este plan destinado a desarrollar los países “en expansión” como éste. Una forma de unir esfuerzos; una forma de olvidar la guerra que al fin no vino, si bien los misiles quedaron allí, clavados en las fronteras; herrumbrándose; apuntando a ese plomo abovedado en donde es casi imposible aventurar amaneceres o constelaciones. “En el caso de perturbación mental por anulación de sociedad conyugal, dirigirse a uno de los Bares Disipatorios más próximos a su circuito.” Como Retirado de la Administración tengo la libertad de elegir el sufrimiento, la pesadilla, el consuelo en la soledad, o de lo contrario tomarme una de esas bebidas que preparan en los Bares Disipatorios. El líquido de color indefinido es obligatorio para los Anulados que no pertenecen al Bunker administrativo; yo prefiero llevarme los sufrimientos, como me llevo todo ese poema del que no leí ni una palabra. Mi amigo lo fue escribiendo cuando ella ya no estaba en su vida. Las causas de la separación no importan tanto, en todo caso lo singular fue la persistencia de la escritura: un verso dedicado a la mujer que renacía de su pulso, en los giros de la lapicera y en los golpes que iban crucificando en el papel, el ritmo de los pensamientos; una imagen cotidiana durante veinte años. El auto oficial me lleva al fin de la ciudad. Releo los datos que él dejó para mí, celosamente guardados en la Central de Informática, para ser retirados una vez que se cumplieran sus exequias. Y la letra condensada va formando palabras, frases que lentamente reorganizan otra mañana bajo la que “ella cultiva jazmines y rosas. Empezó no hace mucho y me regaló uno de aquellos jazmines: el primero que floreció en la tierra, junto a su dormitorio”. El condensamiento computarizado también hace referencia a una gata que se plegaba a los deseos de la mujer “de estar allí, sentada en el banco de plaza, de frente a los bosques que se extienden a los fondos de la casa”. El motor se detiene frente a la vivienda que elegí, de las tantas que agonizan en el Padrón Clásico. Es de las más chicas, pero igual surge o se hunde en esa maleza por encima de la que se ven los tejados desprendiéndose de a poco. Sucede así o con la mayoría de techos bajo los que casi nadie vive. El chofer-de los tantos de la Administración- me entrega el letrero de acrílico escrito con la palabra “RETIRADO”; lo tengo que colgar en “lugar visible”. Abro el portoncito y juego con la llave de la puerta entre dos dedos. Seguramente el auto ya dobló por lo que primero es avenida olvidada, luego naciente autopista 27


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ensanchándose, para finalmente bifurcarse en viaductos que se entrelazan al costado de las torres comunitarias de la Parte Nueva. “…porque es casi rubia y tiene los ojos verdes, si bien se tornan amarillentos cuando es de madrugada y le viene sueño. En otras noches, los dos nos quedamos buscando discos: a veces son viejas melodías que nos ponemos a bailar.” Ella preparaba algo de comer; le daba forma a una cena de otro tiempo: madrugada de calor bajo una recordable luna surgiendo nítida entre los eucaliptales… De todo eso hace veinte años, cuando ahora acondiciono parte de la casa y pienso cómo y cuándo entregar esos miles de versos. Y me pregunto qué me quedará por hacer después, en un mundo del que estoy “retirado”; aunque prefiero esa incertidumbre a quedarme en la ciudad, con sus espectáculos culturales” que hace tiempo están comprometidos con el “Arte cibernético-Administrativo”. “Caminando por la pendiente que lleva a su casa, apuraba el paso con la secreta ilusión de reencontrarla primero en las flores, luego en aquella gata estirando su silencio sobre la pollera a cuadros.” Esa pollera…Me detengo a pensar en las imágenes pasadas, suponiendo las futuras: realidad de casa semiderruida, ya sin perfumes ni suavidades. Por eso preferí llamarla por teléfono antes de estar aquí, calculando lo que pudo haber sido el jardín, la vida de ambos con sonrisas de media tarde y tibiezas de una mano buscando la otra. Mintiendo premuras por instalarme, dejé los tres paquetes sobre un banco de piedra colocado a un costado del camino interior que lleva a su casa, y regresé a la calle, todavía mojada de la lluvia que se había descolgado por la mañana. Pero las nubes se volvían a amontonar de manera lenta cuando, doblando una esquina de muros agrietados, divisé a lo lejos los tejados de mi nueva vivienda. Han pasado tres meses. Para lo único que voy a la ciudad es para cobrar mis haberes de “Retirado”. Cuando cesa la lluvia aprovecho la tranquilidad del porche, en donde leo algún libro de mi juventud. Suponiendo crepúsculos tras los nubarrones, me preparo una taza de té y entre sorbo y sorbo observo a lo lejos la confluencia de esquinas que no dobla nadie; los tejados opacos que se siguen cayendo. Ciertas formas de árboles se mecen como empujadas por el lamento de la brisa, y desde el alero trato de rememorar viejas presencias de plantas y de pájaros. Trato de rememorar a qué hora estuve dormido, cuando alguien dejó un paquete al pie de mi puerta. Y pasaron tres meses más en los que he venido leyendo cartas y amontonando, en la ciudad, jubilaciones que ya no me interesan tanto como saber que un hombre le escribió a la muchacha de hace veinte años… hablándole de mí, de mis gustos y hasta de este crepúsculo futuro en donde apoyo los codos sobre la baranda del porche, detectando con cierto nerviosismo un cambio que se da en el ambiente; un resurgimiento de manifestaciones que los que me siguieron sólo llegaron a conocer a través de los datos climáticos que figuran procesados en la Terminal Meteorológica, en esos largos rollos de papel computarizado. Pero ahora me importa que esos últimos rayos naranjas penetren el verde renacido de un bosque repoblado de aromas y piares; me importa seguir escuchando esa música que viene de algún lado y que quebró el silencio de las construcciones vacías. Entre visiones de santarritas teloneando las esquinas y brisas llevándose las nubes al Oeste, vuelvo a poner la mesa en el porche, mi taza de té y el almanaque señalando un íntimo advenimiento: 21 de setiembre de 2005. Antes de tomar asiento, mi casi medio siglo se yergue para mirar a lo lejos, correspondiendo al saludo de la figura que se 28


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acerca al parecer con una maceta bajo el brazo… Pero no me importan los detalles –la silueta felina siguiendo a la mujer unos pasos atrás; lo que vuelve a ser murmullo de las enramadas y triángulo de golondrinas estelando el día.; me basta con el conjunto que resplandece tan cerca de la primavera y mi hogar; tan lejos de esa ciudad a la que no rememoraremos cuando intercambiemos las primeras cartas comentando la paz de este día en el que buscaremos un lugar para la flor, un ovillo para la gata, un lugar en las calles de eucaliptus, en donde seguramente volveremos a descubrir la luna entre destellos constelados. (*) Este cuento se hizo acreedor del Segundo Premio en el Concurso organizado en 1986 por el Club de Leones de Montevideo.

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El acompañante Tú mi dolor y tú mi vana espera. APOLLINAIRE Nos conocimos hace tiempo. Con resplandores violáceos ascendiendo desde los zócalos, vasos de diferentes tamaños, diseños y bebidas, y cierta reverberancia de The Police -ganando penumbra de rincones y parejas- su silueta llegó hasta mí. Poco después su invitación de bajar a la playa pese al invierno. Daba vueltas cerca de la orilla, mirándome por momentos desde la espuma pesada y sucia de la que se alejaba con dos pasos de costado. Retornó negando algoque yo ignoraba - con un chistido sonriente. Se agarró de mi brazo: "Vamos a volver a esa fiesta". Mis llamadas telefónicas se fueron sumando, como también los intentos de aproximación en un comienzo frustrados, las citas postergadas. Un día, sin embargo, el llamado fui yo: "Amoroso, te invito a almorzar a casa. Anotá la dirección". Y a ese almuerzo le sucedieron otros. en uno de ellos la copa de vino se sustituyó por la de champagne. Puso una mano en mi hombre, se paró irguiendo toda su figura reminiscente de una primera y lejana impresión-, volcó un poco del Laurent Perrier sobre mi cabeza y con pocas palabras me ungió su acompañante. Los fines de semana empezaron a llegar por su cuenta, anunciados con voz dulce y orden de que ese sábado estuviera temprano de la tarde. Así, paulatinamente, fui desestimando invitaciones de mis amigos y una madrugada escribí la renuncia a mi empleo: tocando con un pie esa valija, de poca ropa, con la que cualquiera deja la casa paterna para comenzar de nuevo; impulsando el tecleo con el recuerdo de otras palabras: "Tú no necesitás ese bodrio de seis horas leyendo y corrigiendo no se qué. Me tenés a mí, ¿no?" Sí, era cierto. Sobre todo en la actitud de permitirme penetrar, cooperando, en esa ceremonia vedada a la mayoría de los hombres cuando la luz natural todavía declina, precediendo el artificio de una nueva disipación. Porque abro las dos canillas dejando que la bañera se cubra de vapores, entre los que esparzo las sales con silente unción. Luego quito el jabón del envoltorio y acomodo las dos toallas. Finalmente le aviso que todo está pronto; y me acostumbré a su andar cautivante bajo la salida de baño, blanca y de ribetes dorados. Mientras se baña no hago más que ordenar los implementos de maquillaje, los perfumes y las alhajas junto al espejo ovalado del toilette. Ella se aparece de improviso - el pelo llovido, la salida húmeda delineando la esbeltez - y entonces tomo asiento a su lado. Observo su pulso firme llevando la línea del rimmel; los labios entreabiertos realzándose con el caoba o mate, el rosado fuerte o el rojo -clásico y siempre vigente-; el colorete que va naciendo de los círculos que ella frota contra las mejillas. No hace falta adivinar que después girará noventa grados desde su banqueta, dejando un pie en punta sobre la moquette, una parte del rostro apoyada en la mano de dedos largos y uñas todavía sin esmaltar: hay que pensar en su vestimenta. Y súbitamente me echa una mirada interrogadora. Podría ser el vestido de chiffon, los guantes de encaje negro, las sandalias italianas; o el foulard de gasa recogiéndole el cabello por debajo (me gusta observarla cuando se lo anuda: los brazos extendidos hacia arriba, el gesto agresivamente atento a las traiciones de cualquier espejo) con la solera de jersey y el écharpe haciendo juego. A propósito, antes me movía el respeto de dejarla sola vistiéndose; pero una noche, con un "Esperá", me pidió que me quedara para alcanzarle un par de mitones de algodón. En otra oportunidad fueron las medias con costura -por 30


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humilde sugerencia mía- hasta ese sombrero con tu que entre los dos, riéndonos, logramos que quedara sugestivo ladeándole el rostro. En mi caso todo se soluciona más rápido (no sé si será rapidez o simpleza masculina hasta el modo de vestir): conforme nos acercamos al verano ella porfía con que me ponga los pantalones blancos, el saco azul y los zapatos de lona. "Ninguna loca de esas se aburre nunca de ver a un tipo vestido así", me aseguró una vez, con expresión que no admitía réplicas. el smoking negro -regalo de ella: se apareció con él una mañana, recordándome que cumplíamos aniversario de conocidos-no se descarta en caso de que los anfitriones sean excéntricos o peque de europeístas. Resta llamar un taxi; gastar algunos minutos buscando la invitación que ella no sabe si olvidó en el apartamento, más cuando se embarca en la aventura riesgosa y femenina de cambiar todas las pertenencias de una cartera a otra. Y todavía queda algo por resolver, porque se echa contra mí y me habla al oído mientras me acomoda las ya acomodadas solapas del saco: "¿Qué nombre te gustaría hoy?" Yo sonrío, pienso, de cara a las rayas luminosas que ondean junto a mi ventanilla. Siempre se me ocurrieron nombres que para mí resultan sofisticados... Pero esa noche me agarraban poco creativo, si bien "Roxanne" me recuerda una canción y no sonaba mal a ella. Se apartó de mí -mirando hacia el techo de tapiz viejo del 220 D- y moduló en voz baja, casi maliciosamente: "Roxanne...". La rueda metálica girando sus seis spots sobre tubos de luz negra, golpes de flashes y rayos láser cortando atmósferas de perfiles, humo y brillos alcohólicos. Las primeras miradas dirigiéndose a "Roxanne" y ella codeándome tentada. Siempre lo mismo. Y a una guiñada suya comprendo que tenemos que romper filas: alguien -con cara de infalible- se viene acercando y yo me repliego contra una pared, agitando los hielos de ese whisky que una sombra me hizo llegar. Tomo despacio; pensando en lo único -¿lo más importante?- que conozco de "Roxanne": su presente; buscándola con disimulo hasta descubrirla con su mentón -que el tul sugiere- descansando en la hombrera anónima. La mano enguantada deja alzar un índice en señal de que me ha visto. Después, juntando fuerzas, acepto la invitación de la muchacha que se acerca, empujada a mí por la voz de Cyndi Lauper. Bailamos... y no me opongo cuando me conducen a lugares ocultos adonde la música llega con dificultad; conformándome cada vez menos con amar la espontaneidad de los pocos minutos. La muchacha desaparece, como desaparece "Roxanne" -con su pareja - a veces por un par de horas, a veces hasta el domingo de tarde en el que escucho las llaves girando con cansancio, su caminar acompasado a medida que se descorre el tul mostrando los restos de maquillaje. Casi arranca sus caravanas, descalzándose despaciosamente al pisar la moquette de su cuarto, en donde duermo cuando tengo la certeza de que no regresará; en donde me pregunto qué es lo que les dice a sus elegidos, para que ellos se dejen llevar tan dulcemente. Entre semana se dedica a sus alumnas de gimnasia jazz y a la contabilidad hogareña; supermercado y algún objeto decorativo quedan por mi cuenta. Y de vez en cuando la televisión acierta con una buena película que la hace recostarse contra mí, aunque jamás sabe los finales porque a la hora está dormida, pegada a mi pecho. La observo natural e inocente en el buzo de lana apelotonada, las medias can-can, las zapatillas de media punta que utiliza de entre casa. Limpia en la ausencia de esmaletes y pintura; apenas un toque perfumado que me hace acercar a su cuello, acariciarle el cabello despeinado y minalmente llevarla a su cama, desnudándola y corriendo la sábana hasta un poco más arriba del busto. 31


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Como otras veces enciendo el cigarro, agarro el diario y me voy al living. Meto el casette en el compacto y allí surge Sting y El sueño de las Tortugas Azules con el que me siento en el sofá, junto a la lámpara que arroja sus cuarenta voltios sobre la noticia que releo cuando estoy solo; la foto que automáticamente me hace pensar en la próxima fiesta, con creciente tristeza e impotencia, con lágrima que no puedo detener en su recorrido incómodo, delator. Porque ella duerme sin soñar con el siguiente elegido. Incógnita a develarse dentro de algunos días que nos seguirán aproximando al verano, de fiesta y luego playa en donde la mujer -rebautizada por mí- se dejará amar con verdadera ternura; con eso que yo imagino desde la perfecta sensación de lejanía que se sugre al obesrvar siempre, admirando el silencio. Sólo mi solitaria responsabilidad -bajo luces de de colores, vaso de whisky y pocas ganas de bailar- de ser el eterno acompañante. Seguro que no será mi foto la que estará ilustrando la próxima noticia de que otro cuerpo -de última expresión placentera- apareció semienterrado en la arena, con la marca de dos guantes -de encaje perfumado- que no se cerrarán jamás alrededor de mi cuello.

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Fin de fiesta a A.R. Hubo una calle a la que cruzaron – como un arcoíris refulgente bajo la noche- las tres luces de los semáforos, la pesadez de los camiones al dejar las fábricas – que luego sólo guardaron los ecos de la tarde-, al andar sin rumbo de autos que no volvieron y un caminar de gente que partía a la vida, retornando de soledades por fin abandonadas. Pero también hubo una calle desierta, apenas iluminada por el titilar de constelaciones que descendían hasta los techos de las casas pequeñas, en aquel barrio lejano y silencioso. Ellos caminaban intercambiando sonrisas, miradas y un beso, vacío de sufrimientos. Llevaban consigo el recuerdo próximo de los saludos, las copas, la trascendencia fugaz de momentos que ahora sólo eran imágenes, proyecciones al pasado, distante apenas unas horas de ese caminar lento, abrazado y solitario; un caminar que a veces los transportaba bajo las ramas de los árboles que de nuevo dejaban mostrar los latidos nacientes de la primavera, el frotar de un grillo dialogando con lo que parecía eternizarse a lo largo de horas sin principio, horas que ya no necesitaban de un fin. Entonces, él renovó la fuerza de su abrazo, volviendo a disfrutar los pliegues de la vida, los pocos encajes insinuando las formas, los contornos, el relieve en movimiento de la mujer. La evocación de ambos-que no necesitaba de palabras, adjetivos o exclamaciones- se seguía sucediendo como un carrusel que apenas anticipaba la última vuelta, las botellas vacías rodando por el césped de un jardín desconocido, las miradas instantáneas que ahora subsistían a sus espaldas, la propia mujer vestida de un encantamiento que él no habría podido encontrar, sino en aquello para lo que era difícil hallar un nombre. Y caminaron, siguieron caminando e intercambiando besos, miradas, una sonrisa luciendo eternidades, como el vestido bajo el que la mujer recordaba sus formas, sus deseos confiados a la calle sin luces, a la madrugada y a él. -Pensé en el lugar aquel adonde levantaríamos la casa y al que llegaríamos luego de quince minutos de lancha. Me acordé que hay miles de pequeños, medianos y grandes lugares como ese. Lo pensé hoy, cuando nos fuimos al balcón y yo descorché la botella que pude rescatar de una de las mesas. Te lo iba a comentar cuando brindamos… ¡pero brindamos tantas y tantas veces!... Y se fijaban en tu vestido, tu piel, las sonrisas que me regalabas a cada nuevo llenarte la copa; y yo pensaba que en esos momentos tú les pertenecías un poco. Por eso lo del pensamiento puesto en la casa que habíamos proyectado juntos, las puestas de sol, las veladas de música y libros… que no podrían ser veladas completas sin ti. Fue cuando se insinuó la posibilidad bajo los árboles o en el siguiente jardín por descubrir. Ella dejó sentir más intensamente el perfume de su frente contra la hombrera del saco azul. No quiso mencionar el otro sueño ni recordar su cama bien tendida ni los resplandores plateados que venían de afuera, tamizándose en los cortinados inmóviles, perfumados sólo cuando ella los descorría en las mañanas. -Sí, yo también pensé en el imposible de que esta noche fuera seguida de otra noche y así hasta siempre, en una sucesión de oscuridades que me obligaran a aferrarme de tu brazo sin dejar la luz y amando sin objetividad toda nuestra existencia solitaria, porque no necesitaríamos de nadie más… El encendió un cigarrillo, siempre renovando el abrazo, el sentimiento de considerarla suya, sin querer pisar la frontera entre lo que vivía y donde empezaban a aventurarse los 33


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posibles distanciamientos, las posibles pérdidas… Porque ya estaban llegando a la otra calle – igualmente oscura a la que pronto dejarían – y luego él volvería a caminar por ésta con las manos en los bolsillos, el saco sobre el hombro, la mirada y los pasos arrastrándose por el asfalto, en el intento de redescubrir, aprehender sensaciones de besos a lo largo de una constelación única e infinita; lo devolvería sobre la tierra, sobre las calles y por entre los árboles, todavía más pequeño. Y la recorrería una y otra vez –la sonrisa sin decidirse-, porque la constelación le hablaba de un último abrazo; le hablaba de pensamientos puestos en un rincón lejano- y cercano por el deseo y una lancha-, cuando por fin estuvieron a pocos metros de la casa, donde la cama aguardaría tendida el peso caliente y tembloroso de la mujer; le hablaba de la corrida casi murmurada de esa mujer, rumbo al rincón prohibido que le reservaba la noche. Sí, una y otra vez vio la necesidad de recorrer la constelación, porque ella representó la perfecta línea de los labios, el polvo lácteo que le retornaba las ondulaciones del cabello singularmente centelleante, la ausencia del vestido, los encajes, donde ahora él podía corroborar las curvas exactas que antes habían sido una cercana posibilidad de palpar y abrazar para siempre. Dejó para nunca más un último recorrido, aceptando su propio caminar sin rumbo, el carrusel ya detenido decretando la mañana indeclinable, decretando un ya olvidado fin de fiesta.

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Las primeras luces de una próxima lluvia a Gabriela Lopetegui. Fue una tarde para el arrepentimiento, porque ella se había soltado de mi brazo y caminaba en dirección al mar. Tal vez por querer mostrarse con el misterio que nunca tuvo, o por intentar una farsa de alejamiento que me moviera a seguirla y sonreír en medio de una noche carente de bromas y futuros. Porque la Luna seguía estando allí, como los cuarenta kilómetros de arena y oleaje agolpándose en orillas bordeadas por el último tramo de una cadena de barrancas, ahora difusa o directamente sombría. Por supuesto que la tuve que observar y batir palmas, para luego –silencioso, con una seña en mi brazo en alto-rogarle que siguiera intentando aquellos sueños de ballet o de movimientos que ahora empalidecían el resplandor solitario de la misma Luna -¿o sería otra? – que hizo descender hasta mí una reposera, una botella de vino y la certeza de dos figuras alejándose por la costa, al Este de eternidades plateadas. Volvió dando saltitos; intentando borrar los quince años que nos separaban con una muestra de agilidad que yo no necesitaba ver, sufrir, lamentar. Con un movimiento brusco se echó contra mi brazo y recostó su cabeza en mi hombro, cerca del cuello. No habló y respiraba agitada. Buscó una mano en la mía y se la llevó al pecho. Palpé los latidos abriéndose paso entre la llanura estrecha que armaban sus dos enormes senos. No pudo ocultar la extenuación y la disfrazó con una sonrisa que yo ya estaba cansado de encontrar, conocer, aceptar con remordimiento. Elegí apartar mi mano y entrecruzarla con la otra, ocultando mi rostro entre las piernas recogidas, con la frente apoyada en los antebrazos. Por un momento creí flotar, estar a medias borracho, como la vez de la noche aquella: Viernes de Pasión que nos vio a los tres bajando por el camino de grava serpenteante, sobre la barranca más próxima a la arena, el mar y posiblemente el infinito de momentos que ahora, sólo el oleaje o las cenizas de un antiguo fogón recordarían. Nadie más que nosotros dos había arribado al lugar. Sobre las lomas boscosas emergían los vértices de donde caían los techos a dos aguas, en casas olvidadas o abandonadas hasta una próxima estación estival de la que ahora nos hallábamos muy lejos. Sobre las terrazas de aquellas construcciones –paulatinamente descoloridas- se había desarrollado la música del darbonka y la guitarra morisca, llenando lo que primero eran silencios expectantes; espacios que se plagaban de otros sonidos, copiando lo que antes fueron pájaros invisibles y susurro de enramadas, búsquedas de atajos o presencia de bosques al encuentro de aguas subterráneas. Y siempre nuestro caminar en dirección al paisaje nocturno, las perspectivas de fuegos encendidos por entre los eucaliptus, el misterio aceptado de la próxima mañana: yo me volvía y mi mirada franqueaba el piso embaldosado y tibio, subiendo por las patas de una de las camas, luego por la otra. Los tres nos revolvíamos –pesados de tanta alegría interior- bajo las sábanas que se iban reavivando en sus estampados con el avance de la claridad que nos llegaba de fuera. Primero era un mechón castaño y espeso que caía vertical cerca de las puntas de los Dunlop, embarrados y olvidados por una noche bajo la parrilla de madera casi centenaria. De las otras sábanas asomaba un brazo, un bostezo… y enseguida una carcajada general. Tal vez por festejar que seguíamos estando allí; tal vez por sentirnos unidos en la cercanía, en el tiempo, en las circunstancias vividas en medio de días que no planificábamos. 35


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Seguí con la frente apoyada contra los antebrazos y pensé que ella también creía que todo se daba fuera de la planificación; que lo nuestro era espontáneo, como la vez que recogí una gruesa arma y me fui a caminar a lo largo de la mañana que nacía a los fondos del Parador Viejo, sobre la barranca coronada a veces por los perfiles de las gaviotas. La lluvia me encontró cercano a un tronco olvidado, paralelo a la orilla. Volví a trepar por entre cardos y flores ocultas por los yuyos, en dirección a los sempiternos caminos principales. La lluvia se convirtió en granizo y corrí saltando charcos, temiendo rayos que quebraran algunos de los eucaliptus que formaban las largas y estrechas avenidas; piso de hojas donde resonaba cierta soledad. Me oculté bajo el alero de una choza abandonada y recordé que ya antes, los tres habíamos estado allí. Respiré hondo de saber que la lluvia, el casi vendaval, no las habría agarrado a ellas; que ellas seguían durmiendo; soñando portés y fuetés bajo un cielo raso inclinado que ocultaba lo bruscamente nublado del día. Fumé un cigarrillo y pensé que prefería este tiempo y la rama que permanecía fiel a mi mano, dibujando ahora el piso de tierra dos caras de muchachas que se hacía necesario imaginar. Levanté mi frente y la observé sin tener palabras, argumentos. Con un dedo escribía nuestros nombres sobre la arena húmeda y los encerraba en un corazón del que enseguida me reí, sonreí o casi lloro. Ella no lo advirtió y me miró de frente, con el torso girando hacia mí, con la amenaza de sus dos enormes senos siempre prontos para mis labios. Encendí un cigarrillo y el humo de la primera pitada lo dispersé de cara al manto sereno, acuoso y conocedor de secretos ocultos en alguna parte. Pensé que también se podría llevar secretos míos; secretos que a nadie más podrían interesar. -Desearía que nuestros nombres jamás se borraran; que el mar no llegara hasta aquí – dijo ella, con una voz fresca y casi apartada de su tosquedad; su cuerpo rollizo y sus casi cuarentaicinco años que, lógicamente estaban plagados de sufrimientos, injusticias, soledad y supuesto salvador que tendría que ser yo -. Porque no me interesa nada más que nosotros; porque ahora te tengo a ti y todo lo demás, hasta el mismo mundo, puede desaparecer. No hablé y le acaricié el rostro, movido por el tedio estático que nos encontraba a los dos como bultos ovillados de un pasado picnic. Ella era eso que tenía a mi lado: único presente de una noche sin festividades; una noche que se iba haciendo larga y vacía como aquellas casas de donde la música había escapado, dejando en su lugar una extensión de mi propio silencio; fantasmas de otras fiestas moviéndose por interiores revestidos de una madera que se pudría inevitablemente; pensamientos que giraban desarticulados dentro de un cuerpo entregado a los cuarenta kilómetros de arena, las piernas recogidas, la brasa del cigarrillo que no iluminaba nada. Señalé un resplandor al pie de la barranca. Me paré y le dije que me esperara. Ella continuaba escribiendo, reescribiendo nuestros nombres, cuando me alejé sin volverme a lo que dejaba: el cuerpo encorvado, el perfil en sombras metido sin importancia en la oscuridad plomiza de la playa. Del resplandor pasé a divisar algunas llamas escapando de paredes cóncavas armadas en la arcilla. Después, todavía lejos pude ver al hombre o la cosa que quién sabe cuándo, había decidido residir allí: perpetuo diálogo uniendo curvas arenosas, con Alfa Centauro que casi rozaba el horizonte. El hombre o la cosa movía las brasas con una rama a medias tiznada. Cuando me vio llegar se paró de frente y agarró otra rama, seca, que blandió en la otra mano. Me detuve y gasté algunos minutos, observándolo en silencio. Tal vez pudiera haberse repetido la otra escena, cuando en aquel Viernes de Pasión dejé la reposera y me fui en busca de las 36


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muchachas. Tal vez lo hice por sentirme menos solo; por desear seguir disputándolas en aquellos movimientos que trazaban bocetos efímeros contra el suelo de arena y lo azulado del resplandor lunar. Franqueé algunos troncos entrecruzados y me acerqué a la cueva de donde emergía aquel color terracota. El hombre comprendió que yo no venía por represalias y soltó la rama seca. Se sentó de frente al fuego y siguió escarbando, removiendo brasas que respiraban un fuego ancestral, difícil de extinguir para siempre. Junto a ese fuego las encontré a ellas la noche que acepté verlas, descubrirlas menos siderales y arrimadas al rostro y a las manos grasientas que evocaban el miedo a lo secreto. Volví a mirar aquellas manos y el hombre se inclinó hacia mí, dejando que la proximidad de las llamas calentara las arrugas en la frente y bajo los ojos inexpresivos. -Mirá mis manos. -Las mismas que acariciaron a mis amigas. -Bailaban cerca de la orilla. Después, las dos vinieron corriendo con las ropas empapadas. Me preguntaron si se podían sentar alrededor del fogón. -No era necesario que las recostara en sus rodillas y las acariciara. -Podría haber hecho mucho más, pero… -¿Se sintieron incómodas cuando me vieron llegar? - Habrán creído que usted lo tomaría de otro modo. Pero optó por quedarse alejado de nosotros… -“Nosotros”… -…y no aceptó que yo las acariciara y que ellas se dejaran besar por un hombre muy viejo y barbudo. -Algo de miedo, quizás. -Pensó que hasta podría matarlas… o matarlos a todos. -Tal vez. -Usted me hace reír. El hombre o la casa continuó jugando con aquellas brasas. De vez en cuando me miraba y agitaba los hombros, sonriendo. -No vine solo-continué. -¿Muchachas de nuevo? ¿Muchachas de ropas empapadas? -No. Una mujer madura que alguna vez fue linda o al menos agradable. -¿Y? -La dejé sola, no muy lejos. Tarde o temprano saldrá a buscarme. Pensé que los dos podríamos estar un rato aquí. El hombre miró al fondo de la cueva –corroborando, quizá, la existencia de ecos; recuerdos de otras noches, prolongadas ahora en una larga ausencia- y movió la cabeza de derecha a izquierda. -Sí, aquí hay bastante lugar. Tengo algunas mantas. No van a tener frío. -Por eso no hay problema. El hombre me miró fijo y comprendió la ayuda que yo necesitaba y que le pedí, en la primera y única sonrisa que aventuraron mis labios, resueltos. Con una mueca intentó decirme que saliera a buscarla; que no esperara a que ella lo hiciera. No fue necesario caminar mucho. Su cuerpo grueso y rollizo venía ganando la noche. Oí pisadas cacheteando el agua de la orilla. Corrió hasta mí y me abrazó sin decir palabra. Le señalé la cueva y enseguida miré sus senos asomando por la camisa de dos botones desprendidos. El hombre no se paró. Apenas se estiró para alcanzarle una manta sobre la que ella depositó su trasero, enfundando en los pantalones de gabardina negra y modelo 37


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viejísimo. Sólo su pelo –la tintura entre roja y amarilla – brillaba junto al fuego. Lo demás era naciente temor. El hombre o la cosa me miró y sonrió. Ella –sin apartar sus ojos de aquello que había dejado de jugar con las brasas y de vez en cuando miraba al fondo de la cueva- se acercó a mí, agarrándose fuerte de mi brazo. NO la miré y busqué el horizonte, cuando tras él, relampaguearon las primeras luces de una próxima lluvia. -Queda poco lugar para el firmamento-opinó el hombre, caminando hasta la entrada ovalada-. En cualquier momento todo será como una inmensa caja llena de viento frío y agua. El hombre se acercó a mí y sentí una de sus manos grasientas en mi antebrazo. Comprendí que estaba conmigo. El hombre o la cosa sabía –al igual que yo-que estaba dispuesto a dejar de ser realidad, sueño o pesadilla. Entonces retornarían aquellos otros silencios, los que se revolvían bajo sábanas estivales, en otras madrugadas. Mentí que iba en busca de troncos y ella ni pude dejar de pedir el clásico deseo de que no demorara. Trepé la barranca ignorando la proximidad de los restos de la escalera de madera. Agarré con fuerza los yuyos más gruesos y lentamente me fui acercando a lo serpenteante de uno de los caminos principales. A cada nuevo paso iba desapareciendo una estrella, luego toda una constelación, hasta que una fina llovizna cayó sobre las ondulaciones del balneario. Corrí en dirección Este y busqué una de aquellas casas. Se sucedieron los truenos y los relámpagos, y me pareció oír más de un grito, cuando ya la lluvia y el vendaval borraban las huellas que yo había impreso en el camino, mitad grava y arena. No sé cuánto tiempo estuve durmiendo, recostando contra una de aquellas paredes de madera. El Sol pálido se asomó tras un cúmulo de nubes que serían blancas. Salí de la casa sin volverme para atrás a cerrar la puerta. Todavía guardé la esperanza de encontrarla; saberla cambiada y odiándome; o quizá más cercana a mí que nunca. Desde lo alto de la barranca –y entre cardos- miré lo que la lluvia había dejado en la playa. A lo lejos – lentamente iluminado por el nuevo día-el hombre se fue acercando a la orilla. Echó su cuerpo contra la popa del bote y éste se deslizó sin dificultad sobre el ondear del río. El hombre y el bote se fueron alejando, escorándose suavemente en dirección a altamar… Y así esperé la otra noche; la reposera de estampado desteñido que saqué de otra de aquellas casas vacías; la botella de un vino incoloro que la noche, la lluvia anterior, dejaron enclavada en algún lugar de los cuarenta kilómetros de arena que volvería a ser blanca y ondulante. Me instalé para esperar el próximo estío, olvidando el secreto que un mar se había guardado para siempre, cuando a alguna hora del otro día, otro día ya afirmado, el hombre volvió en el bote que se deslizaba más liviano en dirección a la cueva, al fuego que volvió a encender; en dirección a ese último saludo que ambos nos dimos a la distancia, donde nuestras sonrisas no se distinguían. Tampoco se distinguieron las preguntas y las respuestas; si fue con las manos grasientas, la rama tiznada, el fuego o las mantas. Ambos nos empezábamos a olvidar para siempre. Sólo restaron la reposera desteñida y un sorbo de vino incoloro; sólo la certeza de lo que podría llegar a ser cuando a lo lejos, el Este plateado, el oleaje sereno, la brisa apenas sentida en el rostro, me trajeran de nuevo las dos figuras retornando de un largo paseo; girando sobre sus pies y habiendo ignorado la silueta oscura, la cueva de arcilla, el resplandor rojizo que esta vez las figuras no llegarían a descubrir. Cuento premiado en el Concurso del diario “La Mañana” – 1983. 38


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El parque de los últimos regresos Para Victoria, finalmente. Soy el último en tu camino La última primavera la última nieve El último combate por no morir. PAUL EDUARD: El Fénix. El parque comenzaba allí, donde los atardeceres de setiembre solían dejar un vago color ocre en el hierro blanco de las tres sillas; donde el sendero bordeado de acacias se iba tornando una sugerencia de inviernos olvidados en los restos de las hojas secas aplastados contra el pedregullo. Como otra jornada declinante, la brisa de entreluces agitaba los pétalos, desparramando apenas el perfume de las primeras rosas. Entonces, bajo el piar último descendiendo de las arboledas, dos dedos finos y alargados quebraban la mitad del tallo, la flor que Augusta se llevaría en silencio, retornando los pasos a la noche de su dormitorio. Como si fuera el comienzo; el instante ese en el que mi amigo decidió imaginar. Cuando otra carta –el matasellos de Glyfada que alcancé a leer- quedaba oculta en uno de los cajones del escritorio: rincón elegido para guardar o enterrar las postergaciones disfrazadas de fotos, postales, billeteras en desuso o sobre de aspirinas que no se llegó a abrir. Supongo que ese cajón podría ser el de Enrique. Algo teníamos en común, aunque acepto cierto orden personal que justamente no me permitió experimentar lo extraño de recibir cartas con mensajes cifrados, y hojas de laurel prometiendo la coronación de nuestra frente, en un punto elegido al azar en las extensiones –arena o piedras, no sé- de una playa a pocos kilómetros de Atenas. Enrique sonreía, asegurándome que tarde o temprano se tendría que dar. Entonces se nos venía otra noche para escoger el bar de las confidencias, ratificando en un saludo, apretón de manos o infaltable abrazo etílico, la amistad con aquellos rostros que renacían cuando ya la avenida no era más que monotonía de neones llegando a la vereda, por donde corría el cauce de agua y jabón clausurando otro espectáculo diurno. Nosotros dábamos saltos, volviéndonos el uno al otro para retomar conversaciones iniciadas en el trago de las pocas barras que van quedando con mármol. -¿Tengo algo más que hacer aquí? -No sé. Es tu elección. -Pero fijate que casi le cuento todo a ése que trabaja de mozo; el que nos habla del problema que tiene con la esposa y con uno de los hijos. -Sí, siempre está diciendo que lo va meter pupilo. -¡ Y yo que casi le largo el asunto de la carta! Pero también estuve tentado de hablarle de otras cosas más recientes. Así seguíamos. Así seguía yo-entre whisky y cerveza- prestando atención a todo eso que él tenía para contarme, aunque terminara por inventar algunos detalles. Y ahora que lo pienso, inventar, a veces, no es una variación de la hipocresía; es la forma que por ejemplo tenía Enrique de dimensionar los días de su existencia. Para otros asuntos, feliz o desgraciadamente, no fue necesario inventar. La realidad estaba a una quincena de kilómetros; la lejanía movía seleccionar los sueños, las dulces suposiciones que a Enrique lo acercaban –todos los días un poco más- a la esperanza en el reencuentro. Los tantos pasos, los tantos caminares, las tantas cuadras hasta llegar a la eternal agonía de las quintas, en esa villa o único reposo-sobresalto que la ciudad reservaba en sus confines. De a poco Enrique fue conociendo la dificultad de recostar la cabeza en la almohada, para dormirse enseguida; de a poco lo fui presintiendo en aquellas horas: la colilla aplastada en el cenicero humeante; la divagación sin punto de apoyo en su dormitorio a oscuras. Se me antojó pensar en las correspondencias. Porque la noche llegaba para todos y seguramente otorgaría la distracción de un libro. La lámpara perteneció a mi bisabuela. 40


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La luz caía sobre la misma página que otro papel ocultaba: el poema que la sobrecogía y a la vez se presentaba como un hermetismo para el que ella no podía encontrar explicación. Augusta no lo revelaba a nadie más, sino que se contentaba con releerlo hasta que sus párpados le avisaban que toda ella empezaba a fatigarse. Su cuerpo corría por debajo de la sábana, su cabellera castaña caía de costado y cierto miedo o saldo de la lectura la hacía dormirse rápido, confiando un poco más en las delimitaciones de su dormitorio. Más de una madrugada la habrá visto parada junto a su ventana, estableciendo diálogo de luciérnagas con ese parque, su parque de niña, que con ella de camisón y pantuflas era contorno desigual, enramada sin fin, porciones de constelación, resplandores de una luna que respiraba – acompasando intensidades- contra los muros descoloridos que enmarcaban el portón centenario y siempre abierto. Más de una vez habrá tenido ganas de ponerse cualquier tapado, para caminar apurada a lo largo de los corredores internos que intercomunicaban el conjunto de casas, la historia familiar, la suma de generaciones hasta llegar a ella: los trazos cruzados contra la delgadez de un pecho proclive a enfermarse, si Augusta decidía abrir esa otra puerta que la depositara en otro ángulo del parque, muy cerca de aquellas porciones desérticas que durante el día se llamaban cancha de tennis, cancha de polo, picadero, campo de golf… Retornaría entonces, todavía con paso más apurado, aproximándose casi con respiros entrecortados al resplandor saliendo de su dormitorio o del cuarto ese donde existían una cómoda, un ropero de roble, una mesa de luz con plancha de mármol y lámpara de dos bombitas, y una silla tapizada de terciopelo que alguien había dejado allí desde 1923. Y claro que estaban siempre sus libros, sus revistas de modas, siempre desordenadas sobre la alfombra ovalada y marrón que ella sentía bajo sus pies descalzos cuando el parque recobraba su presencia de luz, con jardineros rondando las rosas y mucamas evolucionando por el sendero de pedregullo, a los costados de la mujer alta, de ademanes delicados, y de la que Augusta había recibido la herencia del pelo castaño y la piel ligeramente pálida. A veces la veía acercarse a la ventana y ya suponía que su madre daría los tres golpecitos clásicos contra uno de los paneles, invitándola a tomar el té bajo la circunferencia umbrosa del tilo. Señal de que su madre se encontraba óptima para hablar, porque de lo contrario no revisaba su catálogo de conjeturas: la madre podría estar dedicada las estudio del Tarot egipcio, “Los esposos Arnolfini” – y cuando los detalles de Van Eyck no la dejaban sumida en una de sus tantas depresiones-, “Porcelanas del Siglo XVIII” o “La interpretación de los sueños”, libro que empezó a ocupar un lugar importante en su existencia a veces susurrada. Porque hubo un sueño en donde ella aparecía junto a los barrotes del portón, de cara al conjunto de casas, con la sensación de que empezaba a formar parte de los árboles, la mesita del té, el rosal cultivado por su hija, el escarabajo que sobrevivió a la corrida infantil y los caminares lentos como lenta seguía llegando la promesa del verano a las extensiones del parque. Allí estaba la mujer, muda y con los brazos abiertos, observando al dúo de figuras que estaba parado en otro punto de esa primavera tardía. Lo único que pudo rescatar fue el aspecto general de la escena: la pareja difusa, la tetera de plata, los respectivos lugares –algo distanciados – que las dos figuras habían elegido, en esa vaga sensación de que todo el predio pasaba a vivir una época de absoluto silencio, sin visitas numerosas ni partidos de polo. A los treinta años es difícil detenerse por mucho tiempo en ciertas características de nuestra personalidad. Pero a partir de Enrique –con las cartas llamándolo a deambular por Micenas, Tirinto y Epidauro-empecé a notarme lento en mis preparativos, para presentarme en mi trabajo como siempre afeitado, bañado y con ese traje gris que me hace pasar por seudoelegante de última hora. Lo noté porque jamás me imaginé con el codo en la mesa de mi escritorio, mirando a diferentes regiones de la pared, donde trataba de encontrar –tal vez escrita con letras góticasla respuesta a qué era lo que le sucedía a Enrique y el grado de influencia de sus realidades y ficciones, en el marco inalterable de mi vida. Se había aparecido de improviso, una mañana nublada (en este país, en esta ciudad, las mañanas nubladas vienen desvirtuando aquella feliz cronología de las estaciones, que otorgaba definidas variaciones climáticas al ocio de nuestra niñez) y casi me obliga a que prepare otro termo, con lo que ambos nos fuimos para mi dormitorio. 41


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-En enero o febrero tengo la guita y compro el pasaje. Después me aguanto seis meses más y a otra cosa. Tengo miedo de que no me esperen por mucho tiempo.- Chupaba la bombilla y me alargaba el mate. Mientras yo lo cebaba él se paraba y caminaba dos pasos, recostándose contra mi ropero y mirando hacia la mañana que se iba resolviendo entre grises suaves y fuertes del otro lado del ventanal abierto a la azotea, de donde nos llegaba, lejano, todo el murmullo callejero-. No sé si hay cancha de tennis o de polo, no sé si hay rosal o mesita con el té de las seis. No sé. Pero de no haber sido por aquel sábado… La sonata en Sol menor opus dos número seis. -¿Qué- aparté el codo de la mesa de mi escritorio para volverme con cansancio a Enrique. -Albinoni. Una sonata –muequeó. Pienso en el cuarto movimiento: Allegro. La música ideal. Pensé que eso tendría que ver con cierta noche en la que Enrique buscó la soledad, en el barullo de un bar céntrico. Entre codeos se abrió paso, pero no llegó a la barra circular. Alcanzó a divisar la robustez del barman y le gritó una cerveza, en el mismo momento en que los músicos la emprendían con media hora de Vinicius, Charly García y el Negro Rada. Dio una vuelta de cabotaje alrededor de la barra y volvió al mismo punto, entre parejas jóvenes, bebedores daneses y alguna que otra mujer mayor que de a ratos lo miraba, invitándolo a lo desconocido de una mesa junto a la pared de madera, con labios que se repintaban cada dos sorbos del ananá fizz. Enrique apenas tenía ganas de sonreír para sí mismo, hasta que sintió que alguien le tocaba un hombro. Al girar reconoció en el rostro a ese tipo de amiga que, en determinadas ocasiones, uno menos desea encontrarse. Porque sabía perfectamente que ella lo iba a agarrar de un brazo para llevarlo a otro rincón, con el propósito de contarle la inacabable crónica invernal: tres meses en los que, para felicidad de Enrique, no se habían ni telefoneado. Sin embargo, la crónica se cortó bruscamente. -¡Me muero!¡Quién está allá!-exclamó la amiga en voz baja, mirando para otra mesa. Enrique también miró, aunque sin adelantar nada: esa noche, a excepción de su amiga, no conocía a nadie más. Enrique miró de nuevo y el resplandor que venía de la azotea pareció iluminarle un poco más aquel rostro inalterable, aunque lleno de confesiones que le iban afirmando la voz a cada nueva palabra que pronunciaba. -Primero saludó ella y después me presentó. Me incliné y besé el cachete de una gorda con cara de amargada que se pasaba mirando el reloj. Me olvidé de su nombre y la verdad es que no me importaba demasiado, porque casi sin darme cuenta me senté frente al otro ser que de a ratos le decía a la gorda que si no quería estar más allí, se podía ir. Seguro que el bar o tuvo que desaparecer por completo dejando sólo la mitad de una mesa, con dos sillas y dos seres que hablaban como si hubieran recuperado la animosidad después de muchos siglos de letanía, o fue adquiriendo características de palacio barroco, por entre cuyos interiores de molduras recargadas iban ellos resbalando en la madera reluciente, descubriendo terrazas o pasando rápidamente los dedos por las teclas de un clavecín, abandonado hasta el arribo de los dos. Pero era Enrique que sabía de esas cosas –asuntos de estilo que gustaba de hablarme, a mí, que casi nunca tenía tiempo para otra actividad que no fuera la de ir a justificar mi sueldo en el empleo público- y sólo él era el señalado para otorgar determinada escenografía, determinada música y determinado libreto improvisado a los días que siguieron. Al fin de cuentas, me animo a pensar que él tuvo la seguridad de que el bar empezaba a ser menos sofocante y su amiga menos insoportable, si es que todavía estaba allí junto a él; si es que todavía sonaba la pequeña banda y los mozos iban y venían con manijas de cerveza, negronis y picadillos suculentos. Las dubitaciones empezaron cuando no contestó la tercera carta. Guardó las tres hojas de laurel en uno de los sobres y cerró el cajón, impulsándolo con una sonrisa indirecta. Le pregunté cuándo se iba a sentar a escribir los debidos acuses. -En estos días, no te preocupes. Me tranquilizó o al menos me dio la pauta de que seguía interesado en su viaje, el hecho de que una tarde me pidió que lo acompañara a comprar doscientos dólares. Ya era algo. Pero después me agarró de un brazo y me metió en la primera librería que encontró. Inmediatamente imaginé otro libro sobre el tema del que me veía hablando, tal vez desde la época en que ambos 42


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compartimos un banco en el colegio. Sin embargo pasó de largo junto a los estantes de títulos referentes a la cultura griega. Se lo señalé, pero me contestó que no hacía falta y siguió pasillos de estantes adentro, mientras yo me quedaba hojeando un manual de Informática. Pensé que él retornaría con alguna novedad bajo el brazo , pero lo novedoso lo traían sus ojos, mirando a un lado y otro de la librería angosta a la que seguía llegando gente, en mitad de esa tarde ya sin fecha ni hora exacta. Enrique se colocó de perfil, frunciendo el ceño sobre los manuales. -Estuve leyendo un poema de Eluard; está en una antología. Pero si hubo poema fue el que escribió él. Lo metió en un sobre y lo mandó por correo a aquellas suposiciones que recuperaban la certeza a quince kilómetros de donde él y yo vivíamos, con noche respirando su brisa fresca junto a la ventana del dormitorio y Augusta cerrando la puerta, para sentarse en la cama con cierto temblor en los brazos. Tomó el libro, lo abrió por la misma página y desplegó la hoja escrita a máquina. Fue cuando empezó a aceptar que las horas nocturnas podían prolongarse a su voluntad, ya que el desamparo era menos intenso. Leía y releía aquellos versos, creyendo encontrar el inicio de cierta explicación. No le interesaba que nadie más colaborara en la dilucidación del mensaje oculto en la escritura para la que ella, de vez en cuando, recurría al diccionario. Importaba el poema, la naciente sensación de compañía y el suponer que alguna vez podría llegar a quedarse sola en la casa, rodeada apenas por las presencias silenciosas de los mayordomos y mucamas. Levantó los ojos del papel y observó que la puerta se abría lentamente: una figura en la que no había reparado; una figura que hacía tiempo no la visitaba. Camisa blanca y pantalón negro. Seguramente porque así lo encontraron la tarde que él decidió salir en compañía de los dogos, a pasear por los alrededores de la propiedad ubicada a quince kilómetros de donde Enrique no dejaba de conjeturar, mientras yo me iba acostumbrando a la fraternal tarea de simplemente escuchar. No tenía otro modo de colaborar con alguien que seguía amontonando cartas y hojas de laurel, y todos los días me hablaba un poco menos de su, en un principio, tan ansiado viaje. Por otro lado, cada dos semanas me pedía que lo acompañara: compraba dólares y yo era testigo de cuando el cajero escribía a máquina en la columna de Haber de la libreta: “100,200,300,400,500…” Luego Enrique se la guardaba en el bolsillo trasero de su pantalón. Yo no entendía mucho, pero lo cierto es que todos los días él se acercaba un poco más a la cantidad suficiente de dólares para comprar su pasaje de ida, aunque hablara cada vez menos de lo que él siempre había considerado que era “renacer del otro lado del océano”. Tal vez renació, pero fue a la media tarde de un día cuya fecha me es imposible recordar. Yo estaba en mi casa, decidido a leer algo de aquel manual de Informática que acabé comprándome. Subimos a mi dormitorio –a Enrique le gustaba ese cuarto que no tiene nada de especial- y lo observé cuando se recostó en mi cama, hablando para el cielo raso. -El día señalado- pronunció de manera bastante seca, para la forma suave que tenía de expresarse. -¿El pasaje?- pregunté con timidez. -NO, eso todavía no. Otra cosa que por el momento es más importante. Porque en la vida de Enrique existió una jornada de mucho sol y creciente calor en la que ambos se fueron lejos, a una de las playas que iniciaban la cadena de balnearios. Ella llevaba la cesta y la depositó sobre la arena. Los dos se sentaron frente a ese río de aguas imbañables, aunque para Enrique, desde sus ojos, volvió a ser un agua verde hacia la que caminó Augusta, descalzándose poco antes de llegar a la orilla. El, mientras tanto, servía el vino en las dos copas y trozaba las presas de ese pollo frío que ella había mandado preparar durante la mañana. Augusta retornó con parte de la pollera blanca empapada y los dos comieron casi sin hablar, comprendiendo que el silencio no hacía más que atraerlos entre esporádicas sonrisas y las copas que cualquiera de ellos volvía a llenar. Después, Enrique señalaba las siluetas difusas de las Sierras, adonde había ido en exploraciones de los veinte años y cuando la vida de Augusta no era más que ser trasladada, en el auto de la familia, del colegio a su casa y de su casa al sitio que su madre y la figura de camisa blanca y pantalón negro –que a veces se sentaba en la cama de Augusta; a veces permanecía junto a la ventana del dormitorio de la muchacha; a veces le recordaba, con cierta reverberante voz, que en definitiva ella nunca había vuelto a pintar aquellas paredes con 43


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otro color que no fuera ese amarillo fuerte que a la figura no le gustaba –decidía que era el más adecuado para la hija luego de que ella hubiera terminado con sus deberes, tarea que a Augusta no le interesaba en absoluto. Su atención estaba dirigida a lo que Enrique le contaba de sus recuerdos de explorador, con paisajes de cascada que se desintegraba en un lago rodeado de maleza creciendo en las laderas que se alzaban tras la lejana bruma salitrosa. Luego se miraban y ella pensaba en lo bueno de estar una semana viviendo en aquellas sierras, junto al cauce limpio de un arroyo. Esto sólo le bastaba para mirarlo y llegar a él en otra sonrisa. Como no sonrió cuando resolvió aceptar la presencia pasajera en los interiores de su dormitorio. La figura iba y venía; miraba retratos, los cuadros; abría el ropero y pasaba una mano por los vestidos y trajecitos de Augusta. Después se acercaba a ella, le pasaba una mano por la espalda y la atraía. Ella primeramente se tornaba medio reticente, pero finalmente se recostaba en ese hombro que hacía tiempo no sentía, poniéndose a llorar. -¡Bueno, bueno!¿Cuándo fuiste capaz de llorar? -Ahora-contestaba ella, apartándose de la figura que la quedaba mirando con un semblante en donde era difícil detectar el comienzo del cariño o la comprensión venida de muy lejos en el tiempo. -¿Dónde está tu madre?- preguntaba la figura, echada hacia atrás sobre la cama, con las manos apoyadas en la colcha. -¿Y dónde puede estar a esta hora de la madrugada?-contestaba Augusta, poniéndose de pie y guardando el libro con el poema mecanografiado, dentro del cajón de su mesa de luz. -No cambiás, ¿eh? -Me alegro de escucharte eso. Cuando vivías apenas te fijabas en nosotras; lo único que te interesaba eran los perros y las exposiciones; mamá y yo que nos partiera un rayo. Augusta empezaba a dar vueltas por su dormitorio, ante la figura que no dejaba de observarla. -Tenés razón. Pero me gustaría que me acompañaras: vamos a ver a tu madre. Los dos transitaban el largo corredor hasta llegar adonde la madre de Augusta había logrado conciliar el sueño y ya no se despertaría hasta la siguiente mañana. La hija abría la puerta y la figura se colocaba un paso más adelante, volviendo a dejar descansar un brazo sobre la espalda de quien había olvidado cazarse, vestía camisón y llevaba el pelo castaño suelto, cayéndole hasta doblarse encima de los hombros. La figura meneaba la cabeza. -¿Qué te pasa? – preguntaba ella, con voz casi inaudible. -Desde aquí pienso que todo pudo haber sido distinto. No sé cuándo me voy a reencontrar con tu madre. –La figura miraba luego a Augusta y le besaba la frente-.¿Qué pasó con los perros?¿Cuándo murieron? -“Sofisticated Lady” hace dos años y “Taf” hace seis meses. A ella la arrolló una motocicleta, pero el motociclista fue a dar a la cuneta; a “Taf” lo mataron unos tipos que quisieron asaltarnos. Por suerte no lograron llevarse nada porque se asustaron cuando vieron al perro. Le pegaron un tiro en el pecho y salieron corriendo. Jamás los encontraron. -Podrían volver, ¿no te parece? -No me había planteado eso. -¿No te enamoraste de nadie? Augusta desvió la mirada, dirigiéndola al recuerdo distante del poema. Podía ser algo, pero no todo. La última pregunta –mientras la figura la seguía atrayendo hacia sí en el vano de la puerta –la hizo poner algo nerviosa. Después resurgía el poema a pocos pasos; allí donde su dormitorio era resplandor recortando el contorno de la puerta entornada, hacia la que ella sintió deseos de regresar por más que la figura, en silencio, se lo impidiera. -No sé. Tal vez no sea muy importante. -Bueno, me voy. Vos volvé a tu cuarto. -Sí, va ser lo mejor. Retornó a su dormitorio con más frío y dispuesta a dormirse. Pero cuando ya estaba nuevamente sentada en su cama abrió el cajón, sacó el libro y releyó aquello que a Enrique le resultaba algo doloroso de recitar o de decir. -Escribimos, metemos en un sobre, enviamos-habló, con un suspiro profundo-. Queda ese destiempo de la espera, la elucidación. Y a veces desearía que ese sobre se perdiera, que no 44


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llegara. Y a veces no veo la hora de que llegue, sea abierto por cualquiera de sus lados, y que lo que nosotros escribimos se lea cuanto antes, luego se tire o se guarde. Calculo que me lo dijo días antes de que ambos eligieran la noche, como entorno propicio a lo que al menos Enrique empezaba a descubrir de la muchacha del pelo castaño, que siempre tenía una extraña mirada dulce para el hombre que la invitó a chocar las copas de champagne. En todo caso Enrique buscó determinada noche, para reservarle a ella un lugar en esa constelación de luna, reflejo en el estuario y terraza cerrada por ventanales refractarios a los colores que venían de la pista de baile. Sólo así él podía aceptar ese recinto, con una barra que quedó libre para ellos y adonde llegaron algo sofocados, dispuestos a pasar a otra bebida cuando el champagne se convirtió en anécdota interminable. El barman aguardó en silencio el pedido. Enrique la miró y ella, tomándolo de un brazo, le habló casi rozándole la oreja. -Podría ser vodka con jugo de coco. El resto fue amanecer lento de abrazo intensificando el perfume en el cuello de la muchacha, con la voz de un Charles Trenet inesperado, como ese cielo despoblado de nubes y con creciente luminosidad avanzando por Oriente, y que rescataba para Enrique los rasgos cansados, pero armónicos, de la mujer que él seguía tomando por la cintura. Fue el momento en que sintió – y yo me lo imaginé desde mi cuarto, ya que para esa hora el sueño no me llegaba- que la escenografía en donde ambos bailaban se desmoronaría, apenas él resolviera pagar la consumición para salir con ella al reencuentro de una ciudad que empezaba a moverse con sonidos lejanos, vuelos de gaviotas y un gajo de dalia que él robó del sueño mañanero que aún transcurría en un jardín brillante de rocío. Y en mi insomnio pensé en la prolongación de los momentos; en la posibilidad de arribar una y mil veces a una barra, para repetir la acción de recrear la felicidad: la presencia de la muchacha; los dos vasos que iban y venían de la mixtura del vodka y el jugo de coco, hasta donde ellos se seguían encontrando en pequeñas confesiones y beso que él dejaba siempre en la frente de quien corría el riesgo de volver a ser sólo suposición, incógnita o feminización de la soledad, retomando a él en un sueño incómodo de la madrugada de día lunes. Así la madrugada que yo vivía desde mi cama, ocupándome tan sólo de ver cómo las paredes de mi dormitorio iban absorbiendo lentamente la luz de una nueva jornada. Me quedaba pensando en qué los lazos de una relación a veces son el producto de lo que vamos trazando, accionando; que en definitiva los días compartidos se conforman de minutos en los que buscamos las palabras acertadas y los gestos ideales: ese duelo peligroso con el que siempre, a cada momento, estamos acercando o alejando a esa persona de nosotros. De a poco las siluetas de las acacias se fueron redibujando del otro lado de la ventana, con primeros pájaros que no llegaron a oídos de quien finalmente se había dormido, la mitad de la cabellera cayendo junto a la mesa de luz. Creo que a esa misma hora recibí el llamado telefónico y ya no me preocupé de dormirme o no, porque al poco rato Enrique se aparecía acompañado de albores que se asentaban sobre la línea del mar, en una lenta y fría mañana de octubre. El sobretodo pelo de camello, la camisa blanca desprendida en el primer botón y una botella de vino que balanceaba suavemente en su mano derecha. -No es lo mejor para un desayuno, pero es lo exacto para un brindis –habló, antes de que me diera tiempo a saludarlo, y adelantando un pie a las baldosas del hall-. Tienen que ser copas. Te acompaño a buscarlas.- Luego sacó de un bolsillo una casette y me la alargó-: Frescobaldi… Piezas para clavecín. Nos vamos para tu cuarto y listo. Lo que vino después fue revelación entre sorbos de vino rosado y un profundo deseo de que el mediodía se presentara cálido; que el almuerzo tuviera la armonía de una estación que necesariamente se tendría que definir. Cuando acabamos la botella Enrique me invitó a que la firmáramos en su etiqueta, anotando la fecha de aquello, que no fue borrachera sino íntima comunión entre sus esperanzas y mi siempre disposición para escucharlo, acompañándolo por los recovecos de sus resoluciones inesperadas. Así fue que la mañana siguió transcurriendo, hasta que Enrique me dijo que me quitara la robe de chambre y me vistiera pronto. -¿Qué pasa? -Te voy a pedir que me acompañes hasta algunas cuadras antes de su casa. Iríamos en tren. -¿En tren? 45


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-¡Claro! Nos bajamos en la plaza y yo después me voy caminando los dos kilómetros que restan. En esa forma de prolongar la separación entre lo que hablábamos y lo que sucedió después, fue que ambos nos encaminamos a la Estación Central. Enrique sacó los boletos y corrimos hacia el vagón. Le dejé la ventanilla y apoyé mis codos en una mesa que teníamos junto a nosotros y que nos separaba del otro asiento; reminiscente de desayunos pasados que otros habrían saboreado, en un tiempo para el que el vagón tenía ahora un recuerdo de maderas gastadas y puertas con vidrios opacados, en donde sin embargo seguían luciendo las iniciales de la Estación, en líneas artísticamente finiseculares. Después de un trayecto para el que tuvimos diálogo de quintas y Prado que felizmente seguía estando, opté por una mesa del bar ubicado frente a la plaza. El pitazo anunció una vuelta del tren a la ciudad, en ese aceptar que nuestro viaje nos perdía un poco para lo que habíamos sido todos esos años; reconociendo que en esa sensación de pérdida limitada, nos quedaba la secreta posibilidad, de renacer, por ejemplo, en una mujer que ahora estaba a dos kilómetros, preocupándose ella misma de poner la mesa bajo la sombra del tilo, aunque con la ayuda de ese personal de servicio que hacía poco tiempo se había convertido en su única compañía. Nadie quería volver sobre el tema de la muerte, la carta de quien había pasado a ser figura, las líneas que le había dejado a Augusta, rogándole que la comprendiera. Y el pensamiento de la muchacha acababa siempre dirigiéndose a lo mismo: el sentimiento de soledad que lentamente había ido invadiendo esa figura, cuando todavía era voz, manos que querían abrazar a la hija y arrebatos de misantropía producto de divagaciones en torno al Tarot egipcio, en donde esa figura intentó rescatar a la Augusta niña, siempre proclive a salir en largas caminatas de la mano de su padre, aunque después las caminatas se fueron haciendo cada vez más esporádicas. Por eso la madre sólo tuvo lágrimas cuando llegó al otro dormitorio, procurando el despertar con un beso en la frente y la hija tradujo los buenos días en otra frase. -La otra noche me vino a visitar. Me pidió que lo acompañara hasta tu cuarto. Nos quedamos los dos allí, viendo cómo dormías. Me preguntó si me había enamorado de alguien y le contesté que no; además, lo único que tengo es un poema bastante difícil de entender. -Me hubiera gustado que me despertaras como yo te desperté a ti- habló la mujer, con la voz entrecortada. -Tenía miedo de lo que pudiera hacer él. Se preguntó cuándo se reencontrarían ustedes. -Tal vez… Tal vez muy pronto, pero yo también tengo miedo-contestó la madre, intentando abrazar a su hija quien se apartó sentándose del otro lado de la cama. De alguna forma, aquel llanto que Augusta sintió a sus espaldas la reconciliaba con días lejanos: los aprontes para otra fiesta a la que Augusta niña recorría en sus pequeños detalles de bouffet junto a la piscina y botellas de whisky que despaciosamente se irían agotando, al tiempo que la noche avanzara como las borracheras de todos en el parque, en la piscina, en la madre que Augusta niña no podía buscar desde su dormitorio ya a oscuras, pero que andaría por ahí: la risa, el vaso en su mano tambaleante, su odio redoblado a las presencias acechantes de los dogos. De alguna forma, aquel llanto fue el mismo que movió a Augusta a mirar a un costado, cuando estaba disponiendo los platos sobre la mesa que el personal de servicio había llevado hasta el rincón sombreado en los inicios del parque. La mesa se fue cubriendo con los brillos de Christofle, Baccarat contendiendo la añejada textura del vino familiar, la salsera, las servilletas blancas inicialadas contra un ángulo hacía varias décadas y dos rosas amarillas, de las doce que había recibido a las diez de la mañana y para lo que todavía estaba buscando una forma de traducir en palabras su agradecimiento. Porque muy lentamente –y desde el fondo de aquella mediana soledad, llegando a ella desde los confines boscosos –Augusta empezó a comprender que Enrique la había considerado huérfana mucho antes de que la madre, la mujer, la figura, resolviera dejar la esquela con el infaltable perdón justificando decisiones de último momento. Augusta miraba a lo lejos: el parque bifurcándose en canchas donde el pasto crecía desordenadamente; caballerizas vacías donde las palomas, volando de un lado al otro, habían ido estableciendo allí sus nidos; la piscina cubierta de hojas resecas; las extensiones de una construcción dentro de la que algunos cuartos ahora sólo conocían las presencias matutinas de las mucamas, limpiando sillones donde ya no se sentaba nadie, o paseando la franela por el teclado de un piano que Augusta mandó arrinconar contra un extremo del living, familiarizado 46


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desde hacía tiempo con las sombras creadas por las ventanas cerradas y recreadas por las sucesivas noches que tarde o temprano descendían sobre el parque. Y no sólo fue la duda ante el llanto que creyó volver a escuchar. También fueron ladridos siguiendo la corrida – hasta la calle empedrada – de una figura de pantalón negro y camisa blanca. Augusta miró hacia el portón en el mismo momento que los ladridos se disipaban, el llanto se detenía y los pasos apurados se iban enlenteciendo o se desviaban en dirección a las inmensidades de un cielo que se abría, en promesas de una estación camino de definirse. Bajo el portón todavía no pasaba nadie, pero Augusta sintió el deseo infinito-un deseo metido todo en el prevé lapso fácil de atrapar, de la desesperación momentánea de que quien fuera a entrar por el sendero de pedregullo se quedara ahí, con ella, y para siempre. Porque tarde o temprano volverían las siluetas de los dogos siguiendo el caminar de cabeza gacha de su padre; y volviéndose a la casa vería asomarse, por una de las ventanas largas y angostas, el perfil de su madre buscando remedar los deseos de que su hija la vaya a acompañar, metiéndose con la mujer en un tiempo de barajas, incienso y fotos desparramadas en donde aparece la Augusta niña sentada en las faldas de la mujer; la mentira de un bienestar para el que los años suelen crear pasatiempos de desdicha; desilusiones que sobrevienen en ese instante casi imperceptible que separa a la Augusta niña de la Augusta adolescente. Y con once años tener que conocer el frío de las baldosas del corredor, cuando caminaba descalza hasta esa otra puerta cerrada, tras la que dos seres discutían acaloradamente hasta que Augusta volvía corriendo en puntas de pie a su dormitorio y trataba de autoconvencerse de que estaba durmiendo; que esa noche-como tantas otras- ella estaba durmiendo, sin saber que tarde o temprano su padre saldría del cuarto prendiéndose el sobretodo y dando portazos cada vez más lejanos que acababan depositándolo en el parque, de cuyas profundidades, ladrando, emergen los dogos para colocarse junto al paso apresurado del amo. Es el deseo de agarrar la camioneta en procura de unos de esos bares que ya conocen su presencia, cuando el señor aparece de madrugada y los dogos esperan en la caja de la camioneta y allí acaba su octavo whisky, para luego dejarse caer sobre el volante, maldiciendo a su esposa y buscando en el desvarío del alcohol la figura adolescente de una hija para la que ya no había tenido más invitaciones para salir a caminar. Deseaba que pronto llegara el día; el reunirse con los amigos de las exposiciones; el programar asados los fines de semana que lentamente lo iban alejando de sus posesiones, a las que retornaría sólo como una sombra, ya sin pasados ni futuros; apenas el recuerdo vago de una hija que aguardaba con la mirada en el portón y una jarra de vino apretada entre los brazos y el pecho delgado, cuando ya la brisa del mediodía le trajo hacia adelante su pelo suelto y apenas sostenido en dos broches que brillaban por encima de sus sienes. La mentira, el engaño se vistió de ese día que vio llegar a Enrique, quien se detuvo bajo el portón tal vez preguntándose qué era lo que lo llevaba a la naciente verdad que Augusta empezaba a revelarle a partir de la curva que hacía el sendero de pedregullo, separando acacias a ambos lados de un camino que pasaba junto a las sillas de hierro blanco, de las que la muchacha eligió dos para llevar junto a la mesa. Luego caminó hacia él, resolviendo en ese instante que las revelaciones sólo se pueden dar a través de los hechos. Por eso no habló sino a través de las fotos que dejó encima del piano; el paseo que ambos hicieron por las canchas; las casillas en donde Augusta hizo la rápida historia de aquellos perros- premiados en varias exposiciones-, deslizando por ahí que ellos se habían convertido en el único consuelo del padre, poco tiempo antes de que el mayordomo lo encontrara cerca del portón, tomándose fuerte del pecho con una mano, y dejando caer de la otra el que fuera último vaso de whisky. Después ambos fueron al amplio dormitorio vacío y Augusta lo invitó a escoger una baraja del mazo del Tarot egipcio. Enrique alargó dos dedos, sacando una baraja para la que Augusta se otorgó el recreo de inventar significados: la soledad, las presencias que retornaban de un más allá delimitado por otro parque que crecía dentro del que Enrique veía desde la ventana del dormitorio en el que estaban. La cama de dos plazas lucía bien tendida y tres almohadones rosados coronaban el espacio en donde ya nadie recostaba la cabeza para dormir o simplemente llorar. El recuerdo oculto que quedaba de ese lecho, en donde dos seres que ya no estaban habían despertado la atención de la niña, obligándola a que caminara descalza hasta apoyar el oído junto a la puerta que esta vez, Augusta volvió a cerrar, mientras Enrique la observaba 47


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silencioso-dos dedos sosteniendo la figura del Tarot-, pensando en que les debía tres respuestas a los sobres que habían quedado escondidos dentro del cajón de su escritorio. Yo también lo recordé cuando resolví pagar los dos cafés que me tomé y tuve ganas de seguir tras la sensación del caminar apurado que Enrique había dejado a lo largo de la calle poblada de granjas, sobre las que se alzaba, a lo lejos, el girar suave de las aletas de los molinos. Fue cuando decidí justificarlo y tuve que empezar por el principio de todo: nuestra amistad. Enrique siempre había sido el mismo y yo fu su amigo desde un principio difícil de detectar, como paso de la tarde a la noche cerrada; como un almuerzo bajo el tilo y el momento en que Augusta quedó dormida sobre un hombro de Enrique, quien comprendió que todo se había dado de manera acelerada. No le importó esto porque estaba preocupado ante la certeza de un dormitorio que se cernía sobre él: amenaza venida de cortinados, cuadros, retratos y las mismas sábanas que los cubrían a ambos, y ese perfume extraño que emanaba del cuerpo delgado de Augusta, la que en sueños o pesadillas se aferraba más a él. Enrique rememoró su caminar a lo largo de la avenida bordeada de eucaliptus. Detuvo la evocación en el momento en que cruzó el puente y fue con paso más apurado ganando la curva que hacía el camino hasta el definitivo fin de la ciudad, en donde tendría que pisar el pedregullo del mediodía, dispuesto a almorzar con Augusta; dispuesto a aceptar que ella ya no podría ir más allá de aquel portón supuestamente abierto. Fue cuando Enrique releyó en su pensamiento aquello de que “Glyfada es una playa en el Atica, bordeada por el Egeo”. Augusta dormía y él se autodictó en voz baja las tres o las mil respuestas a aquellas cartas que aguardaban dentro de un cajón perdido para su memoria. Al promediar la entreluz de la tarde y antes de separarse, ella le prometió un té con lecha para la próxima visita. Lo acompañó hasta el portón y lo despidió con un beso en la mejilla. Enrique la abrazó y por encima de la cabellera larga y castaña, tuvo un penúltimo mirar para el parque que se volvía a aprontar en otro recibimiento de la noche, con el paso de Augusta de retorno a su dormitorio… o a ella misma. Y la forma que Enrique tuvo de volver a sí mismo fue al otro día o uno de esos días. Me pidió que lo acompañara al correo, y no le dije nada cuando lo vi que echaba por la ranura de madera tres cartas dirigidas a cierta dirección ubicada en Atenas. Después ambos nos fuimos caminando hasta una agencia de cambio y él eligió cambiar casi todo su dinero. Del otro lado de la ventanilla fueron echando los cuatro billetes de cien dólares, con lo que el viaje estaba cada vez más cerca de sus posibilidades y de cierta extraña sensación de tranquilidad que yo experimentaba, pero de la que preferí no hablar. El ritmo céntrico lo mostró contento, saludando a aquel mozo que- retornado a su papel matutino de servir cervezas y gritar docenas de panchos- nos pedía que por la noche lo esperáramos en la barra de mármol del bar oculto en una de las adyacencias decliveantes hacia la avenida. Pero Enrique, sonriendo, le decía que no sabía cuánto tiempo más iba a estar allí, entre nosotros. Después seguimos caminando bajo los luminosos apagados, en sentido contrario a una manifestación que ninguno de los dos sabíamos a qué gremio estaba representando, ya que las pancartas marchaban muy alejadas de nuestros pasos, escritas del lado opuesto a aquél hacia donde nosotros dirigíamos nuestra charla, nuestras sonrisas y algún recuerdo que nos llevaba a determinado instante de nuestra pasada adolescencia. Sugirió que nos fuéramos a sentar a la rambla y llegamos allá en el mismo momento en que un carguero se aparecía nítido e inmóvil sobre la línea del horizonte, en un mar calmo que continuamente llevaba sus olas de poca espuma en dirección occidental, desintegrándose en la bahía de dársenas, grúas y pitazos, por donde la proa de un nuevo pesquero avanzaba abandonando las aguas oscuras del puerto. -Quince, veinte días más y compro el pasaje, pero creo que no me voy a aguantar medio año más- me reveló, encendiendo un cigarrillo. No dije nada y simplemente me incliné hacia él para palmearle un hombro. Se irguió, pitó profundamente y me miró de reojo-.Nunca opinaste sobre ella… Lo miré y pensé por un momento: Augusta o como se llamara, era eso que nosotros podemos llegar a tener como necesaria realidad que llene los vacíos deambulares en torno a nuestra existencia. Al menos la de Enrique, temo, necesitaba de Augusta. O tal vez yo me equivocara y todo venía a través de un recuerdo: el dormitorio; el respirar profundamente cuando se aceptaba 48


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que toda la verdad podía estar circunscripta a un parque que volvió a recibir la presencia de Enrique. Augusta corría al reencuentro. El mediodía le otorgaba la posibilidad de apurar el paso hacia el hombre que la hacía sentirse menos sola; el hombre que la vio venir y que se guardó la cuarta carta en el bolsillo interno de su saco. -¿Sabe algo del viaje?- me animé a preguntar. -Nada-contestó él, mirando hacia el sur de estuario calmo y contorno de carguero volviendo de China, a Corea o a esos lugares que se nos representaban lejanos desde el granito de la rambla. -¿Se lo pensás decir?-tanteé, luego de algunos minutos. -Se lo tengo que decir. No podría mentirle.- Enrique se paró y puso una mano en mi hombro, prohibiéndome que lo copiara en aquella acción de pararse, mirando brevemente hacia la rapidez de los autos que pasaban frente a nosotros. Después de volvía a mí-: Simplemente le voy a decir: “Augusta: me voy de viaje”. Pensé en la honestidad de la teoría – que nos acercaba aún más en aquella conversación – y en la práctica de ese acto que fue alejando a Enrique, conforme los días transcurrieron cada vez más cálidos, con caminares que parecía empujar una suave brisa que nos venía de dentro, arrimándonos a un objetivo que no sabíamos que pudiera acabar existiendo. Que al menos empezó a ser realidad para Enrique, en otra mañana que lo vio llegar por la calle eucaliptada y agitada por un cantar de enramadas que alababan la alegría y la desdicha juntas, la compañía y la soledad de ese transitar que lo hacía mirar a un lado y otro de la calle mitad piedra y asfalto, henchida por las raíces que hacía un siglo intentaban quebrar aquel rumbo. Alcanzó a ver la figura que lo observaba muy de cerca de los barrotes del portón sombreado. Después la vio alejarse corriendo; el sol le clareó la pollera a cuadros, el buzo de cachemere y lo que parecía collar de perlas agitándose a todos lados, como un lazo blanco que parecía querer atrapar aquel brillo castaño que el sol seguía desde su imperturbable distancia. Ella corría pasando junto al núcleo de casas, doblando tras un recodo de santarritas, supuso Enrique que en dirección a las canchas o a esos cuadros verdes y vacíos que recibieron el paso ligero de la muchacha y su preocupación de llegar rápido a las caballerizas pobladas de palomas. Indudablemente que mi amigo se tuvo que echar el saco al hombro y apurar él también el paso, para luego correr franqueando el portón, las tres sillas de hierro y el jardinero agachado junto a los rosales, frente al que Enrique se detuvo removiendo el pedregullo y la quietud de aquella mañana con aquel ruido. -Buenos días. ¿Era Augusta la que salió corriendo? El jardinero asintió en silencio, con algo de miedo frente al tono resuelto de Enrique. El hombre maduro se volvió a las suposiciones de las canchas y alzó la mano que sostenía la tijera. -¿Tal vez se haya ido para las caballerizas? -¿A qué?- habló Enrique, mirando él también para donde señalaba el brazo tosco en el que se balanceaba la tijera con restos de savia y brotes aplastados en las dos hojas de acero. -No sé… Por ahí es una broma de la señorita Augusta- contestó nervioso el hombre de mameluco gastado-. Si usted la conoce, sabe que ella necesita divertirse, distracción… Está muy sola desde que… -Sí, ya lo sé – cortó Enrique fastidiado, pensando rápidamente en el motivo de su visita. Cuando se disponía a seguir corriendo tras la figura en dirección noreste decliveante, se detuvo nuevamente frente a una puerta que estaba abierta y que conducía a la porción interior que había correspondido a los padres de Augusta. Se metió casa adentro y echó el saco encima de piano Bechstein. Levantó las fotos que estaban apiladas sobre el atril: Augusta niña con sus padres, observó Enrique, frente a aquella pareja: la mujer sentando a Augusta en sus faldas; el hombre peinado a la gomina, de golilla al cuello y gesto inexpresivo, y junto a él un cachorro dogo. Tiró las fotos encima del piano y una de ellas quedó mostrando el dorso: la letra pequeña parecía haber sido escrita recientemente. Enrique leyó. Después, olvidando su saco, salió a la mañana del parque que acogía su regreso desde la vegetación reverdecida. Fue caminando a medida que iba reconociendo por primera vez aquellas canchas de las que le hablara la muchacha en las tardes de picnics improvisados y en noches de vodka junto a la barra de un lugar que parecía haber apagado sus luminosidades, para sólo encenderlas en el recuerdo de Enrique. 49


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A veces alzaba la mirada al cielo y en él parecía volver a leer aquello que encontró en una de las fotos: “Todo era una mentira y ahora ellos no están. No sé hasta cuándo seguirán ausentes. Pero tú tenés que regresar de un momento a otro, ¿no?” Una mano de Enrique estaría apartando la cortina de santarritas – para abrir panoramas de caminos que se angostaban entre bocas de sapo y petunias-, cuando llegue a mi casa desanudándome la corbata y sentándome para apoyar un codo en el escritorio, sosteniendo en una mano el sobre grueso en donde leí mi nombre escrito con drypen. Sin dejar de mirar aquel sobre tanteé hasta encontrar el cortapapeles. Puse el sobre en el escritorio, apoyé una mano en él y con la otra fui cortando despacio… Así Enrique se fue acercando a las caballerizas de huecos desde donde lo señalaban los picos inquietos de palomas a punto de volar a los interiores. Puso un pie en el piso de tierra y lo invadió un escalofrío cuando por encima de su cabeza cruzó una paloma oscura, rasante, en dirección a otro hueco, por donde se asomaba la luz del parque que parecía haber quedado lejano, casi en otra dimensión. Junto a la luz que venía del exterior reconoció la figura de Augusta: sus hombros agitándose; una mano que ella ses pasaba por los ojos. Todavía no llegaba el mediodía, cuando en mi cuarto acabé de cortar aquel sobre, oyendo la presencia de los grillos de la madrugada que venía desde la azotea. Lo primero que encontré fue un papel en el que Enrique me escribía la dirección de Augusta y que fuera para allá cuanto antes. Miré la hora y no pude hacer más que negar con la cabeza y una mediasonrisa, con lo que trataba de solidarizarme con él. La mañana de Enrique lo siguió acercando a la figura de sombra, que dejaba oír su llanto tras el cono luminoso que atravesaba el hueco, por donde la paloma había escapado. Ella alargó los brazos y volvió hacia arriba sus manos, esperando encontrar las de él. Enrique rozó aquellos dedos, luego acarició las manos y la abrazó en silencio, evocando sin hablar nuestro encuentro en la rambla: “Augusta: me voy de viaje”. -No llores y permanecé así, apretada contra mí. El había leído lo escrito en una de las fotos: la pasada indiferencia de los engendradores de Augusta; y con un beso en los labios le hizo comprender por qué no tenía que seguir llorando. Lo que Enrique no podía comprender era justamente por qué besaba a aquella muchacha que había quedado sola, con la única compañía de una mucama, un mayordomo y un jardinero que venía dos veces por mes. Ambos salieron caminando tomados de la cintura. Augusta sonrió con dificultad, mientras apoyaba su cabellera castaña en el hombro de Enrique. Mi amigo soltó un suspiro mientras observaba las extensiones de yuyos donde alguna vez el padre de Augusta había jugado al polo y también había matado de un tiro a uno de los caballos- que tuvo la desgracia de mancarse en pleno partido-,tirando a un lado a su esposa que no pudo más que llorar, en silencio, la muerte, el adiós a ese caballo que ella misma había visto nacer. De pronto, algo hizo que Enrique mirara a Augusta, casi dormida sobre su hombro. La besó en la frente. Ella abrió los ojos y él le habló con una expresión seria en su rostro. -Ladridos…¿Tenés otros perros? -Deben ser perros de la calle; los míos ya te dije que murieron hace un tiempo. -El parque-en su quietud cuando el jardinero y las dos personas de servicio ya se habían idodejó entrar el lento transcurrir de la tarde, abriendo un claror de mañana auspiciosa para mi dormitorio. Remoloneando en mi cama, me volví al sobre distante que había dejado sobre el escritorio. Enrique le hizo caso a Augusta y se sentó en una de aquellas sillas que ella había llevado hasta la mesa sombreada por el tilo. Mi amigo miró hacia el portón: seguramente fue el jardinero quien lo cerró cuando acabó su trabajo; él fue quien puso la cadena entre los barrotes y alguien, tal vez Augusta, pasó llave al candado ferruginoso que colgaba, inmóvil, en su contorno grueso. Enrique volvió a oír aquellos ladridos, cada vez más cerca de donde él se hallaba. Casi se pone de pie ante la risa y el lamento que parecían estar rondando el parque; estarlo rondando en la tarde de tazas de té y espera de Augusta trayendo entre sus manos la tetera de lata. Enrique reflexionó en que no había casas rodeando a la de Augusta, sino hasta tres cuadras 50


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después. Los ladridos se oían cada vez más cercanos, como las risas y los lamentos parecidos a los de un hombre y una mujer. Enrique frunció los labios y recordó que su saco había quedado arrugándose encima del piano, junto a aquellas fotos de papel opaco que mostraban lo que había dejado de ser. Recordó la letra pequeña, las entrelíneas anunciando la certeza de que tarde o temprano él regresaría. Se paró resuelto a ir a buscar su saco, pensando que dentro estaba aquello de lo que Augusta se tendría que enterar. Pero cuando se vio nuevamente parado en medio de aquel salón, no encontró su saco ni las fotos ni a Augusta. Miró hacia los ventanales cuando ya los ladridos parecían estar recorriendo las extensiones del parque. Se recostó contra el piano y miró hacia las bocas oscuras de aquellos corredores que confluían en el salón casi desprovisto de muebles. De uno de esos corredores tendría que regresar Augusta con la tetera humeante. Cuando los ladridos parecieron disminuir, Enrique se acercó al ventanal y desde allí se inclinó a la visión del parque por entre las celosías; a la corroboración de que él había llegado allí en la mañana de su último regreso, sin interesarle de qué forma recordaría luego ese momento, cuando se acercara a la ventanilla para desde allí sonreírle a la ciudad que desaparecía tras las nubes. Consideró que tal vez fuera doloroso prolongar aquello en un té para el que luego no podría hacer otra cosa que besar a Augusta por última vez, echándose nuevamente su saco por encima del hombro y cuidando que su pasaje no cayera al pedregullo cuando franqueara el portón. Resonaron los ladridos, las risas y los lamentos en todos los rincones del parque. Enrique miró a ambos lados y luego detuvo su interés en una de las dos sillas colocadas junto a la mesa de té. Alguien había puesto allí su saco, colgado cuidadosamente sobre el respaldo de la que le correspondía. Se apartó del ventanal y caminó con paso apurado al reencuentro con la extraña exterioridad de los árboles y los rosales, sin importarle los muchos perros rabiosos que pudieran haber y de los que sólo le llegaban los ladridos cada vez más audibles, acompañados de risas, lamentos y cierta vaga idea de que había escuchado pronunciar el nombre de Augusta, con desesperación. Enrique cruzó el sendero que separaba a la casa, del té y los fragmentos brillosos que el tilo esparcía sobre el mantel a cuadros. Se agachó junto a su saco y enseguida buscó en los bolsillos internos, luego en todos, sin encontrar aquel pasaje. Levantó la cabeza y oteó en la cercanía de los otros árboles, en donde parecía que se ocultaba alguien que lloraba. Otro árbol le trajo unas risas con gusto a borrachera y la orden de que los perros se limitaran a gruñirle… a Enrique. Porque comprendió que todos esos acontecimientos tenían que ver con su presencia en el parque. Después, sin apartarse de esa silla, miró hacia el portón que ya no sabía quién había cerrado. Se irguió, caminó hacia él y se detuvo frente al candado grueso y antiguo. Siguió la dirección de los barrotes y le pareció que todo- los muros y el portón – habían adquirido proporciones que antes no existían o no le habían llamado otra atención que aquella habitual, de cuando nos vamos acercando despacio a las extensiones de un predio viejísimo y releemos la dirección que nos anotaron con letra casi ilegible y apurada. Cuando Enrique se volvió, vio venir caminando a Augusta – llevaba entre sus manos la tetera cubierta a medias por una servilleta blanca- quien se detuvo a cierta distancia suya, con el rostro congestionado y un leve temblor en su cuerpo. Para mi amigo era difícil reconocer en esa muchacha a la que le había pasado una mano por el brazo, la noche que ambos se fueron a refrescar junto a la barra de un lugar que había quedado destruido bajo sus escombros de pasadas músicas y luminosidades. Enrique empezó a caminar hacia ella y Augusta se fue replegando en su miedo, apretando las manos contra la tetera humeante. Ambos se detuvieron en medio del sendero de pedregullo, cuando unas risas resonaron junto al portón y los lamentos se colocaron tras la figura de Augusta. Los ladridos iban y venían por las extensiones de eucaliptus y de tilos, y adonde era que Enrique mirara no encontraba otra realidad que aquella que tenía en su entorno, en el cual la muchacha era apenas el recuerdo lejano de una mañana que lo vio llegar a él, dispuesto a decir lo que había olvidado; dispuesto a aceptar que aquel candado ya no se volvería a abrir porque no había llave, porque no había pasaje en el bolsillo interno de ese saco que todavía pudo divisar a lo lejos, con las mangas agitándose por la nueva brisa que anticipó otro atardecer de reflejos vagos. Las dos figuras permanecieron frente a frente en ese lugar al que empezaron a recorrer algunas hojas secas, mientras las risas, los lamentos y los ladridos, se fueron apagando como ese día. 51


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Improbable volverlo a encontrar. Improbable racontear los acontecimientos junto a su presencia, para preguntarle si él intuía lo que podría suceder. Apenas toqué ese candado del que no había apartado la mirada cuando me fui acercado al mediodía de ese rincón, delimitando sus tres cuadras por los muros descascarados y la silueta opresiva del portón ferruginoso. Metí mi cabeza entre dos barrotes, asomándome al silencio que ahora poblaba la sucesión de construcciones antiguas, sin sillas de hierro blanco esperando la resolución de otro día; sin mesa bajo el tilo, en donde ya nadie aguardaba otro té. Secretamente siempre deseé conocer un lugar así y jamás pensé que llegara ese momento, con pájaros que piaban delatando mi soledad junto al empedrado de la calle y sin apartar una de mis manos de los barrotes verticales. Pensé en aquel parque al que volvía a dar la espalda y en el último regreso de Enrique. Seguramente que él no se lamentará de que yo haya llegado tarde, porque sólo me basta con mirar y remirar ese sobre en el que él me había dejado una dirección que ya no me interesaba. Que rompí y eché hacia atrás por encima de mi hombro. Antes de surgir al embaldosado desparejo de la vereda, repetí una vez más la acción de sacar lo otro que contenía el sobre. Después me guardé todo en el bolsillo interno de mi campera blanca, dispuesto a llegar pronto a la anchura de la avenida eucaliptada; aceptando que ya no era necesario volver a mirar aquel paisaje; para leer en él las letras que formaban mi nombre.

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EL PARQUE DE LOS ULTIMOS REGRESOS  

El parque de los últimos regresos reúne grandes producciones narrativas de Guillermo Lopetegui.

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