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EL PARQUE DE LOS ULTIMOS REGRESOS

GUILLERMO LOPETEGUI

llegara. Y a veces no veo la hora de que llegue, sea abierto por cualquiera de sus lados, y que lo que nosotros escribimos se lea cuanto antes, luego se tire o se guarde. Calculo que me lo dijo días antes de que ambos eligieran la noche, como entorno propicio a lo que al menos Enrique empezaba a descubrir de la muchacha del pelo castaño, que siempre tenía una extraña mirada dulce para el hombre que la invitó a chocar las copas de champagne. En todo caso Enrique buscó determinada noche, para reservarle a ella un lugar en esa constelación de luna, reflejo en el estuario y terraza cerrada por ventanales refractarios a los colores que venían de la pista de baile. Sólo así él podía aceptar ese recinto, con una barra que quedó libre para ellos y adonde llegaron algo sofocados, dispuestos a pasar a otra bebida cuando el champagne se convirtió en anécdota interminable. El barman aguardó en silencio el pedido. Enrique la miró y ella, tomándolo de un brazo, le habló casi rozándole la oreja. -Podría ser vodka con jugo de coco. El resto fue amanecer lento de abrazo intensificando el perfume en el cuello de la muchacha, con la voz de un Charles Trenet inesperado, como ese cielo despoblado de nubes y con creciente luminosidad avanzando por Oriente, y que rescataba para Enrique los rasgos cansados, pero armónicos, de la mujer que él seguía tomando por la cintura. Fue el momento en que sintió – y yo me lo imaginé desde mi cuarto, ya que para esa hora el sueño no me llegaba- que la escenografía en donde ambos bailaban se desmoronaría, apenas él resolviera pagar la consumición para salir con ella al reencuentro de una ciudad que empezaba a moverse con sonidos lejanos, vuelos de gaviotas y un gajo de dalia que él robó del sueño mañanero que aún transcurría en un jardín brillante de rocío. Y en mi insomnio pensé en la prolongación de los momentos; en la posibilidad de arribar una y mil veces a una barra, para repetir la acción de recrear la felicidad: la presencia de la muchacha; los dos vasos que iban y venían de la mixtura del vodka y el jugo de coco, hasta donde ellos se seguían encontrando en pequeñas confesiones y beso que él dejaba siempre en la frente de quien corría el riesgo de volver a ser sólo suposición, incógnita o feminización de la soledad, retomando a él en un sueño incómodo de la madrugada de día lunes. Así la madrugada que yo vivía desde mi cama, ocupándome tan sólo de ver cómo las paredes de mi dormitorio iban absorbiendo lentamente la luz de una nueva jornada. Me quedaba pensando en qué los lazos de una relación a veces son el producto de lo que vamos trazando, accionando; que en definitiva los días compartidos se conforman de minutos en los que buscamos las palabras acertadas y los gestos ideales: ese duelo peligroso con el que siempre, a cada momento, estamos acercando o alejando a esa persona de nosotros. De a poco las siluetas de las acacias se fueron redibujando del otro lado de la ventana, con primeros pájaros que no llegaron a oídos de quien finalmente se había dormido, la mitad de la cabellera cayendo junto a la mesa de luz. Creo que a esa misma hora recibí el llamado telefónico y ya no me preocupé de dormirme o no, porque al poco rato Enrique se aparecía acompañado de albores que se asentaban sobre la línea del mar, en una lenta y fría mañana de octubre. El sobretodo pelo de camello, la camisa blanca desprendida en el primer botón y una botella de vino que balanceaba suavemente en su mano derecha. -No es lo mejor para un desayuno, pero es lo exacto para un brindis –habló, antes de que me diera tiempo a saludarlo, y adelantando un pie a las baldosas del hall-. Tienen que ser copas. Te acompaño a buscarlas.- Luego sacó de un bolsillo una casette y me la alargó-: Frescobaldi… Piezas para clavecín. Nos vamos para tu cuarto y listo. Lo que vino después fue revelación entre sorbos de vino rosado y un profundo deseo de que el mediodía se presentara cálido; que el almuerzo tuviera la armonía de una estación que necesariamente se tendría que definir. Cuando acabamos la botella Enrique me invitó a que la firmáramos en su etiqueta, anotando la fecha de aquello, que no fue borrachera sino íntima comunión entre sus esperanzas y mi siempre disposición para escucharlo, acompañándolo por los recovecos de sus resoluciones inesperadas. Así fue que la mañana siguió transcurriendo, hasta que Enrique me dijo que me quitara la robe de chambre y me vistiera pronto. -¿Qué pasa? -Te voy a pedir que me acompañes hasta algunas cuadras antes de su casa. Iríamos en tren. -¿En tren? 45

EL PARQUE DE LOS ULTIMOS REGRESOS  

El parque de los últimos regresos reúne grandes producciones narrativas de Guillermo Lopetegui.

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