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Martín Del Carmen

En diversas redes sociales en los últimos días y sobre todo tras la masacre perpetrada en un casino de Monterrey, se ha comenzado a convocar a una serie de “movilizaciones” para mostrar la indignación social generada ante eventos como este. Uno de los más sonados es el llamado a dejar solo al representante del gobierno federal la noche del 15 de septiembre en la plancha del Zócalo mientras emita el tradicional grito de independencia. Causa curiosidad que 52 víctimas en un casino de Monterrey sea un catalizador más efectivo que 72 migrantes en San Fernando, que además habla del terrible etnocentrismo del mexicano –léase el artículo de Ángel Sáenz-, 49 niños en Hermosillo, que las periodistas Marcela Yarce y Rocío González Trápaga hayan sido encontradas muertas en un parque de Iztapalapa, o que más de 900 mujeres hayan sido asesinadas durante el sexenio de Peña Nieto en el Edo. de México. Puede que no sea así y que hablemos de la gota que derrama el vaso, y nada más. Una muerte causada por la incapacidad de un gobierno petardista -en todos sus niveles- debería indignar lo suficiente para no esperar a las 50 mil. La reflexión breve –ya que sólo dispongo de 400 palabras- que presento, surge tras una pregunta compartida por un amigo: ¿dónde están los indignados en México? Y es que la realidad es que mientras llegan del otro lado del Atlántico noticias sobre “la primavera árabe” o el movimiento de los indignados en España y Grecia -ya no se diga el inicio de una revolución social en Chile-, en el país la indignación se constriñe a anunciar ser parte de la tibia protesta ante el grito de Calderón que se pregona en las redes sociales. Por otro lado se pide “congruencia con las muertes” y para ello evitar los festejos en plazas públicas. Pero surge la interrogante: ¿Quién, como ciudadano indignado por la crisis política, económica y social que sufre el país –desde hace décadas pero que se ha agudizado en el último lustro-, se atreve a asistir a festejar? Cada vez más voces están de acuerdo en que ni ahora ni el año del bicentenario ni nunca ha habido razón para festejar, es un absurdo el festejo, y es un absurdo épico asistir a las plazas públicas a hacer compañía a un representante del gobierno –sea local o federala quien lo último que le importa es la masa que inconscientemente le rinde pleitesía mediante su presencia. Difícil comprender por qué se hace un llamado a evitar el festejo de una independencia que de entrada es una falacia. 5

Revista La Libélula No. 12  

Numero 12 de Revista La Libélula...

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