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Se solicitan científicos de cualquier tipo,

sin experiencia

Emilia Perujo Lavín

Después de trabajar tres días en una tienda de ropa, ir a probar en una academia de clases de inglés para que me dijeran que era muy dócil, y considerar el modelaje de pies, si hubiera visto un letrero que dijera: Se solicitan vendedores de perfumes, hubiera llamado. Pero el anuncio al que llamé decía área de ciencias sociales, sin experiencia, y ofrecía un sueldo que no creí real y me hubiera conformado con mucho menos que la mitad. Me comuniqué con la licenciada Florencia y me citó al día siguiente. Sentada junto a mí, una persona respondió a otro anuncio que solicitaba gente de ciencias básicas. Nos citaron con diez minutos de diferencia en la misma dirección, con excelente presentación. Contando con todo el tiempo libre del desempleo y teniendo más curiosidad que desconfianza, conseguimos el atuendo y asistimos a la cita. El onceavo piso del número 122 de Reforma es difícil de describir si no se ha estado ahí. Al bajar del elevador, hay una recepción desorganizada con varias personas atendiendo. Te anotas y te sientas en una sala de espera que en realidad ocupa todo el espacio del piso. Lo que hay alrededor es un salón, dos oficinas pequeñas, y una serie de escritorios que dan la cara a la pared en donde la gente, con cara de preocupación y concentración, da la impresión que se está aprendiendo de memoria unos textos. Al oír tu nombre, caminas por la alfombra sucia y oscura a la oficina, pero la persona que te llama y te anotó es la misma que se sienta en el escritorio, sólo que ahora se presenta formalmente. Te hace una lista de preguntas que incluyen tu medida, peso y talla – tus aptitudes no son tan interesantes- y te recorre el cuerpo entero con los ojos. Por alguna razón es importante que no tengas relación con los que siguen en la sala de espera. Tras las preguntas, que terminan con la firma de una hoja y que el licenciado ponga un sello donde le correspondería firmar, te piden volver en media hora porque pasaste la primer etapa. Las dos personas que fingíamos no conocernos, nos citamos a la vuelta del edificio para esperar. Dudamos en volver, no sabíamos por dónde empezar a compartir comentarios, porque acabábamos de salir de un lugar tan misterioso que hasta el tono de piel del licenciado y sus lentes parecían formar parte del escenario armado para provocar sensaciones raras. Alimentados por la extrañeza del primer encuentro, volvimos en plan de simplemente observar de qué se trataba eso hasta ese punto incomprensible. Los que esperaban antes, eran de nuevo nuestros acompañantes, todos parecimos agradar a la mirada intimidante. 10

Revista La Libélula No. 12  

Numero 12 de Revista La Libélula...

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