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Febrero 2016

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Dirección general E. J. Valdés Mercadotecnia y ventas Editorial Sad Face Diseño editorial Jovany Cruz Brenda Zavala Edición Mayte Romo Enid Carrillo

Ilustración de portada

Fecha de circulación Febrero-marzo 2016

Digital (2016)

Letras Raras es una revista mensual, creada por Sad Face, producida en México. Editorial Elementum, Allende 717, interior 3, colonia Centro, Pachuca, Hidalgo. CP 42000. Todos los contenidos originales aquí vertidos son propiedad de sus respectivos autores y están protegidos por indautor todopoderoso. Empero, comprendemos tus ganas de copiar parcialmente los textos o las ilustraciones. Si lo haces, tienes que publicar el título de la obra copiada, el nombre de su autor y decir que lo tomaste de Letras Raras, febrero-marzo 2016. Si no lo haces así, contrataremos al bounty hunter más conocido de la galaxia, para que te ajusticie.

Sergio Vázquez Heredia

Técnica


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Yareli y la abuelita Agustín Cadena

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Reflexiones de un dejado Oscar Raúl Pérez Cabrera

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Declaración de amor Liz Bell

De aromas originales Luciano Pérez

Dinero Fácil Jesús Pacheco

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Pulque para dos Enrique Taboada

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Quién fuera el océano @Batimexicano

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Petra y Rosa Victor Miguel Gutiérrez Pérez

El amor de Pancho Héctor Ponce Poemillas Dante Vázquez M.

Minificciones Daniel Zetina


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Ella y él María Luisa Deles

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Silencio en la farmacia Ana Luisa Vega

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Coger con una mujer Brenda Garza

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El deseo Mario C. González

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La bajada es por atrás Fernando Silva Silverio

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Lugar común Thalía Azyadeth Osorio R.

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Algo por decir Joel Rodríguez Ortiz

La pareja de mi padre Daniel Marfiles

Reclinatorios reservados Melissa Moctezuma Princesa de los arabescos ojos A Isaura Victor Miguel Gutiérrez Pérez

Guarromancero Vicente Varas

50 Colaboradores

Un caballero guarro José Luis Barrera


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Letras Raras

Si escribes narrativa, poesĂ­a o artĂ­culo, la revista Letras Raras tiene un espacio para ti. EnvĂ­a tus trabajos a: tribeprod@gmail.com

Convocatoria abierta permanentemente

/LetrasRaras

@LetrasRaras


Editorial

“¿Qué es guarromance?”, dices mientras clavas en mí tu pupila azul. ¿Qué es guarromance? ¿Y tú me lo preguntas? Guarromance es el cortejo de un enamorado de barriada. Guarromance es la cursilería de los novios que se conocen hasta el ombligo. Guarromance es el deseo del hombre que mira pasar a una mujer. Guarromance es el placer que vierte una boca en algún húmedo e íntimo recoveco. Guarromance es morbo, picardía y cachondez. Guarromance... Eres tú. El pinche editor


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Especial Guarromance

Agustín Cadena Ilustración: Brenda Zavala

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uve mi primera novia cuando ya estaba en segundo año de la preparatoria. Se llamaba Yareli y era una rubia que tenía la cara llena de barros. Le gustaba excitarme contándome cómo fue cambiando su cuerpo cuando entró en la adolescencia: —Ya se notaba bajo mi blusa que me estaba desarrollando. Mi mamá me llevó a la Comercial y me compró dos corpiños. Luego se salió a contarles a todas la vecinas. No sabes qué coraje me dio. Un día se sentó en mis piernas y empezamos a acariciarnos. Estábamos en la sala de su casa viendo la televisión. Su cintura se sentía firme y tibia bajo la camiseta de algodón. Sin embargo no pude tocarla más allá, por la posibilidad de que su mamá entrara.

A Yareli se le ocurrió forzar la complicidad de su abuela para quedarse a solas conmigo. La señora ya estaba muy vieja y no oía nada ni podía hablar. Se comunicaba con los ojos y con algunos movimientos. Se desplazaba en una silla de ruedas que alguien debía hacerle el favor de empujar. La idea de Yareli era muy simple: dijo que su abuelita y yo nos habíamos caído muy bien y que mejor íbamos a ver la televisión con ella. Así de paso le haríamos compañía. De modo que esa tarde invadimos la recámara de la anciana. En cuanto nos quedamos solos los tres, Yareli acomodó la silla de ruedas mirando hacia la puerta, dando la espalda a la cama, y advirtió: —Aquí se va quedar un rato, ¿eh, abuelita? Pórtese bien.

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Y empezó a quitarse la ropa. No traía más que una camiseta y, debajo de los jeans, revelando sus bordes a través de la mezclilla, una tanga blanca. —Ándale, güey, que no tenemos tanto tiempo —me ordenó. Yo me sentía como un pájaro atrapado en la jaula de un gato. Y estaba avergonzado: la puerta tenía en la parte interior un espejo de cuerpo entero a través del cual la abuelita veía todo. —¿Piensas hacer el amor vestido? Me quedé mirando a Yareli incrédulo, pávido. Estaba esperándome en la cama, ya desnuda. Tenía las piernas cerradas y en medio de ellas su sexo formaba un triángulo rojizo. La observé largamente, en parte porque nunca había visto desnuda a una muchacha y en parte porque no atinaba a hacer otra cosa. Recorrí con la vista su cuerpo —sus muslos delgados, sus tetas— y luego miré su cara: sus ojos me reclamaban impacientes. Los barros casi se le habían quitado y su cabello brillaba más que antes. —Ven —extendió su mano hacia mí.

Yo no podía evitar sentir que lo que estábamos haciendo era una falta de respeto hacia la abuela, quien no podía acusarnos. Y era un abuso y una crueldad y... —Te estoy esperando, güey. En ese momento reaccioné y, aunque no pude olvidarme de la incómoda presencia, desabroché mi cinturón con un movimiento decidido. La anciana nos observó hasta el final, con una expresión amable, bondadosa, que me hizo sentir comprendido y un poco menos inseguro. Y desde entonces y hasta el final de la relación, fue nuestra cómplice.


Especial Guarromance

Oscar Raúl Pérez Cabrera Ilustración: Vanessa Espinoza

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uántas veces me contuve de gratinar el mollete, de hacer que se mojara la concha con el roce de mi lengua, de meter los dedos a la cueva del oso. Cuántas veces quise decirte que me dejaras pepinearte la papaya, que le pondríamos Jorge al niño, y que te bautizaría al chiquito. Pero no, como imbécil, busqué que el amor llegara a ti de la forma más simple y más complicada: los detalles y las buenas palabras. Y te busqué las mejores rosas, cuando lo que quería era rozarte toda, te dije lo hermosa que eras mientras discretamente, tras abrazarte, mi mirada caía sobre tus salientes nalgas. Entonces me hablaba de otras cosas para evitar que te diera un picotazo forrado de mezclilla y al llegar a casa, con sólo recordar la forma en que podría embarrar los aguacates en la torta, como diría la canción, leche tu té, chocolate, sobre el retrete… Si para mí eras como una princesa, intocable, era impensable poder decirte que te bajaras a los chivos, que fueras por los chescos, que me hicieras unos wawis, que te echaras unas chupachups, que hicieras un mameluco, o de plano ya en lo más discreto que te hicieras una endodoncia, pero nada de karaoke, de una paletita, ni de plátanos pelados, sólo unas caricias, unos besos y el adiós.

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Si hubiera sabido que te gustaba que te metieran el muñequito en la rosca, y que por las mañanas preferías la torta con tamal… Seguramente habríamos: rellenado el pavo, azucarado el churro, glaseado la dona y echado el animal al horno para hacerlo barbacoa. Pero no, ahí tenías a tu pendejo, diciendo cositas lindas, hablando de lo felices que éramos, de lo que tendríamos que hacer juntos, de lo que pasaríamos tomados de la mano. El mismo que te llevó a casa una y otra vez, que estuvo contigo en las buenas y en las malas, el mismo que te dio su hombro para llorar… Y todo para que te fueras a despeinar la cotorra con el primer animal que encontraste. Para que mojaras la brocha con el macuarrín que nunca te quitó la mirada de las chichis, y te fueras a meter la leña porque según iba llover. A todos les diste por igual, le echaste mayonesa al camarón, ni porque era

el mendigo chalán de la pescadería lo dejaste pasar. Y yo haciéndote sentir una reina, mientras tú empeñabas tu corona, empanizabas el huanzontle y de paso le colgabas los aretes al tortugo. No faltó el güey de informática al que le quemaste el disco duro, ni el de los chorizos que te rellenó la chapata. Pero a ver si así se me quita lo pendejo, yo llevándote serenata para decirte cuanto te quiero, y tu tensándole la cuerda al mariachi bigotón, de haber sabido que eso era lo que querías, desde un inicio te hubiera medido el aceite, te hubiera dicho lo que se me antojaba y no me hubiera hecho pendejo diciéndote esas babosadas “que vamos por un helado”, “que vamos al cine, mi amor”, “que qué bonitos ojos”, ¡ajá! Todo se hubiera dado, si al chile te hubiera hablado, pero en verdad que yo te quería, y no sólo dar… ¡Pinche culera! ¡Puta barata!


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DE

ORIGINALES Luciano Pérez Ilustración: Jovany Cruz

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uando se coleccionan pantaletas tiene uno que olerlas primero, para asegurarse de que cuentan con los aromas originales de la dueña. Cierto, ahora el dueño es uno, pero cabe cuidar eso, que cada pieza conserve el olor primigenio, lo que distingue a una fémina de otra, pues ellas no huelen igual, siempre hay algo especial en cada una que se impregna en la prenda. Desde mi niñez me dio por esa colección (también tengo de brasieres, medias y pantimedias, pero de esto hablaré en otra oportunidad), así que he tomado cuanto puedo, así de señoras como de niñas y muchachas, a ninguna cabe menospreciar. Claro, existen preferencias, siempre las habrá, pues las pantaletas de las mujeres hermosas son de mí más apreciadas, es como poseerlas, como tenerlas con uno. Una regla fundamental es no practicar ritos onanistas con el material. No quiero decir que no he sentido la tentación

de hacerlo, pues hubo ocasiones en que lo hice. Sin embargo, es conveniente que todo se conserve como lo dejó la chica o señora al quitarse las pantaletas (además de que puede haber algún esperma del novio, o marido). No me gustan para designarlas las palabras “calzones” o “bragas”, si bien las “tangas” pueden conformar una especialidad por derecho propio. El sonido del vocablo “pantaletas” me subyuga hasta lo más entrañable de todas las vísceras. Es posible reconocer los perfumes con que las mujeres rociaron las prendas. Hay ahí Shalimar, y hay Nina Ricci; y hay, por supuesto y como es natural, otros perfumes que para alguna gente no son recomendables, pero yo no objeto nada a los olores considerados “sucios”, dado que ellos nos hablan del origen de la humanidad. Alguna vez San Agustín, o quizá fue Lutero (luego les doy la fuente), dijo que los seres humanos no deben envanecerse de nada, puesto que nacieron entre excremento y orines. Todos

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procedemos de ahí, así que las chicas más lindas, ellas menos que nadie, no pueden estar exentas de ello. Claro que pretenden borrar el olor echando bastante perfume en los calzones, si bien es cierto que las chicas feas, de acuerdo a mi experiencia, son las que más cuidan ese aspecto, quizá porque cuentan con más tiempo para hacerlo. La pantaleta adquiere un olor exclusivo, sólo para narices y paladares que gustan del refinamiento, que sólo por eso vale la pena haber vivido. Shalimar con orines, Nina Ricci con excremento, son maravillas para coleccionistas. Y aún se puede decir más acerca de los colores, de las texturas, de la suavidad, pero no tenemos ya mucho tiempo. Así que inicien pues, amigos, su propia colección. Cuídense de no ser atrapados. A veces no es fácil lograr las piezas, pero el esfuerzo, incluso el peligro, le da mayor valía a lo que se colecciona. Hay que tener bien envueltas las pantaletas, en bolsas nuevas de plástico, que hay que renovar constantemente para que se conserve el aroma. No se olvide

nunca a quién perteneció cada calzón, y si por algún motivo (que no tenga que ver con que lo descubran a uno) hay algún disgusto con la antigua propietaria, no por ello se tire la prenda a la basura, pues se arrepiente uno. Y si es porque te pescaron, niégalo todo, por supuesto. Y una última cosa, muy importante: si las pantaletas están lavadas, olorosas a jabón o a detergente, no las tomes, pues perdieron su aroma original. Es como si se hubieran comprado nuevas, y no se trata de eso, pues sólo valen si alguna chica se las quitó. Un coleccionista bien puede envanecerse de su material, porque, a diferencia de lo dicho por el santo de Hipona (o tal vez fue el monje alemán), es un honor para la humanidad haber nacido así, entre los excrementos y los orines de la mujer que se bajó las pantaletas para que la vida no se extinguiera y la muerte pudiera continuar.


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Declaración de amor Liz Bell Ilustración: Galilea Guerrero del Villar

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e he armado de valor para escribirle esta carta porque, desde hace mucho, hay dentro de mí un pensamiento que me arrebata el sueño. Ya sé que no es de damitas decir estas cosas, que debería de ser como otras señoritas y esperar que las propuestas románticas broten de su boca. Pero debo confesarle, Señor mío, que desde que lo conozco no puedo dejar de imaginar el suculento manjar que se encuentra muy debajo de su rostro. Desde nuestro primer encuentro, un pensamiento pecaminoso no abandona mi mente, cada vez que me cruzo frente a usted me dan ganas de encajarle el diente; de darle un beso intenso, de esos que revientan los labios, un abrazo inmenso hasta dejarlo muy acalorado y, por qué no, ceder a nuestros deseos más perversos, y después de tres o cuatro besos desflemarle el cuaresmeño.

Pero no se sorprenda caballero, por lo atrevida que parece mi proposición, si ambos sabemos que desde hace mucho nos morimos de ganas de ir a rechinar el colchón. Por favor no demore en enviar su respuesta. Suya siempre Su eterna enamorada


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Jesús Pacheco Ilustración: Ayme Ramírez

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a ocasión en que llegué a sentarme en una banca de Paseo de la Reforma iba pensando en las cosas que podría comprar con el cheque de alguna jubilada. Mientras mi boca sonreía a cuanta anciana veía pasar, mi mente se concentraba en hacer presupuestos para posibles futuros derroches. La mayoría de las mujeres me respondía el gesto, y aunque a todas parecía no importarles el tiempo, ninguna mostró señales de estar dispuesta a verlo pasar sentada en el mismo asiento que yo ocupaba. Entonces decidí buscar una banca que ya incluyera una viejecita. Tuve que caminar varias cuadras hasta hallar lo que buscaba. Justo donde Reforma hace esquina con Río Amazonas encontré a la mujer con quien —pensaba— haría el amor a cam-

bio de dinero. De inmediato puse a trabajar la estrategia que había planeado a lo largo de cuatro o cinco días. Las cosas se facilitarían por tratarse de una banca para dos o tres personas, en lugar de una de las otras, considerablemente más largas. Caminé hasta encontrarme a un paso del lugar donde la anciana se entretenía forzando su artritis con un par de agujas de tejer. En el tono más formal que logré le di los buenos días y le pregunté si no le molestaba que me sentara a su lado por algunos minutos. Su atención dejó el tejido para observarme con mueca de fastidio. Me recorrió de arriba abajo con la mirada; poco a poco le fue cambiando el semblante hasta expresar indiferencia y, finalmente, dijo:


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—Está bien, no me molesta. Había tenido buen efecto una parte de mi táctica: vestirme de camisa de algodón y pantalón con pinzas (nada de mezclilla), además de mocasines y un libro bajo el brazo. La idea me la dio mi abuela. Con sus comentarios acerca de mi ropa, me hizo saber involuntariamente a quién le tendría desconfianza o quién de plano le rehuiría. Entusiasmado por ese primer punto a mi favor, me acomodé en la banca, a escasa distancia del cuerpo de la vieja. De inmediato llegó a mi nariz un tenue olor a orines. Podían ser de la anciana o del borracho que seguramente pasó la noche tendido en la banca. Dejé de pensar en ello. Abrí el libro sin que me importara la página donde lo hacía y fijé la vista en él. Se me había ocurrido exhibirme como un lector habitual también por lo vivido con mi abuela: cuando me veía leyendo, decía que yo era el único de la familia que había madurado, que los demás preferían la televisión por ser poco juiciosos. “Ojalá que esta anciana piense igual”, dije para mis adentros (otra expresión que le aprendí a la abuela). Trataba de adivinar qué otra cosa podría haberle

gustado a la abuela cuando mi futura víctima me pidió la hora. Miré el reloj y volteé para decirle que en diez minutos darían las once. Aproveché este momento para observar su rostro y calcular su edad. Parecía que cada uno de los estados de ánimo por los que había pasado se había empeñado en dejar registro con múltiples arrugas. Todos esos pliegues sólo podrían haberse acumulado a lo largo de sesenta o sesenta y cinco años. Comencé a pensar que tal vez en unas horas estaría recorriendo su piel llena de surcos con los dedos y la lengua. Sí, aunque mi intención era despojarla de algunos pesos, deseaba también darle a cambio la experiencia de revisitar el placer, seguramente ya olvidado por ella. Imaginarme de pronto en una casa ajena y a punto de obtener dinero fácil me provocó una erección. La anciana se agachó a buscar algo en su bolsa de estambres y el olor a orines se intensificó. Eran de ella. De nueva cuenta se formó en mi cabeza la imagen de una casa extraña. Me vi convenciendo a la vieja para que me permitiera limpiarle los genitales antes de hacerle cualquier cosa. La mujer aceptaba tras breves minutos de tímidas negativas.

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Observé las nalgas que me mostraba mientras, distraída, desenredaba sus madejas. Al cabo de los años había acumulado carne y grasa en abundancia. Me pregunté cómo le haría para hundir mi sexo en el suyo, porque con seguridad estaría muy limitada la posibilidad de adoptar distintas posturas. Concluí que la penetraría por detrás, estando ambos de pie, mientras con una mano le acariciaba el clítoris, que ya tendría la textura de una pasita.

viéndola y, en vez de sentirse halagada, metió las agujas y el tejido en la bolsa, se levantó y se fue. Caminó sobre Reforma y dio vuelta en Río Rhin. Ahí la perdí de vista. Entonces me juré que la próxima vez sería más cuidadoso y procuraría iniciar la conversación lo más rápido posible. Hablaría del clima, los árboles, la gente… De las cosas que solía disfrutar mi abuela.

Pasé la hoja del libro para evitar sospechas. Enseguida fijé la mirada en sus pantorrillas; parecían tensas y estaban llenas de várices. Me prometí que le daría un pequeño masaje en las piernas después de agotarla con un par de orgasmos. Para mi mala suerte, la anciana me sorprendió

Relato incluido en el libro La sonrisa del gato Félix (editorial Moho)


Especial Guarromance

Enrique Taboada Ilustración: Victor Hernández

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arto del trabajo, los nuevos memes, el tren del mame, las horas como Godínez en la oficina del señor Míreles, de ir a misa los domingos, del café malo de oficina, de los piropos de Lupita, de las bajadas de chescos de Ramón, de la ciudad, de la moral misma, Ramsés tomó su saco y abordó el metro. Destino: Iztapalapa. Con fastidio, descubrió que no era único: en el vagón iban otros tres cabrones con el mismo traje, un tipo con la misma camisa y dos señores con los mismo zapatos que él. —Carajo —apuntó a decir el pobre Ramsés mientras llegaba a su destino. Al salir del metro vio el cerro de la estrella con sus cruces en lo alto, pero no era allí a donde se dirigía; se perdió por un callejón para ir a dar al lugar prometido: El cien fuegos. Sonaba lo de hoy: alguna bachata maricona seguida del nuevo disco de Los Ángeles Azules. Había mujeres —para ser precisos, “las quedadas”—; le habían dicho que mandaban a las “señoritas ya entradas en edad” para que fueran desposadas. Existía el riesgo, desde luego, de que quedaran embarazadas, pero el riesgo, a fin de cuentas, era un premio para combatir la soledad.

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—Uno de ajo. —¿De medio o de a litro? —De a litro. Pero apúrele, que tengo sed. Le sirvieron lo que pidió. El líquido, blanco y espeso, le resbaló por la garganta. De un trago acabó con la mitad. Por los parlantes, comenzó a sonar un danzón de los que bailaba con su abuela. —¿Vas a querer o se la echo al perro? Era la señal para invitar a bailar a aquel redondo monumento de mujer que tenía al lado. —Claro que quiero. Bailaron, de a cajón, “Juárez no debió morir” y, para rematar, “Perfume de gardenia”. La oficina no existía, el trabajo tampoco; él mismo no existía pero embonaba perfecto en ese mundo. Tres litros después, ya la estaba besando, le metía la mano a la panocha y, ya húmedos los dedos, los metía al pulque, los agitaba y daba un trago. No era tan desagradable como la actitud con que la gorda se sacaba una chichi para que Ramsés se terminara de criar. —¿Vamos a un lugar más privado? —¿Solos? —Solos, cariño. A mis hijos ya los encargué con su abuela. —¿Está lejos?


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—No muy lejos. Pidió cuatro litros para llevar. Todavía no estaba mareado, pero había algo en ella que le resultaba irresistible; quizá sus grandes nalgas, quizá sus grandes senos que se desparramaban por todos lados. Para él, la mujer estaba bien sabrosa y el pulque hacía un buen afrodisíaco. La casa era muy pequeña. Juguetes en exceso, trastes sucios… Qué importaba: quería coger, quería sentirse parte de ese mundo al que no pertenecía, quería ser normal, morir de amor, no preocuparse por las buenas costumbres, quería tirarse al mundo, eructar después de tomar una Coca-Cola, echarse un pedo sin que nadie le dijera nada, ser como todos aquellos que andan en el metro comprando música sonidera. Quería encontrar en ese cuerpo todo lo que no podía hablar. Quería sentirse aceptado por esa gente promedio a la que le vale madre la política pero se ilusiona con la novela de la pobre que se supera en un dos por tres; quería irle al Azul, que llegara a la final y que nunca ganara; quería tatuarse el nombre de la gorda, quería hacerla su esposa y mantener a sus muchos hijos, recuerdos de sus amantes. No importaba qué tan mal

olieran su sudor y su aliento; todos tenemos defectos. —Llámame puta… Mejor putita. No tuvo que repetírselo: la trataba como tal. La gorda respondía con buenas mamadas. Sus pezones, negros, maltratados y caidos —mamados por tanta criatura— florecieron en la boca de él. Estaba teniendo una tremenda cogida —mucho mejor que la de su novia Yamile, aquella güerita hermosa de labios rosas—. —¿Dónde quieres tu lechita? —En mi cara. El orgasmo se aproximaba. La muerte chiquita. Ahora sabía en qué mundo encajaba; sabía qué era lo que quería, a quién quería y para qué la quería. La amaba. Después de que la obligara (si es que ella no lo hacía sola) a tragarse el liquido seminal, le pediría matrimonio. Tendrían un hijo llamado John o, si era niña, Rebeca. Muchos le tomarían por un tremendo idiota, pero el amor era un estado de felicidad y él se sentía de poca madre en la pequeña jungla de Iztapalapa.

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El amor

de Pancho Héctor Ponce

Poemillas Poemillas Dante Vázquez M.

Palabritas más, palabritas menos, son una hermosura: tus nalgas y senos. La uva es deliciosa, también la frambuesa, mas sabe más rica tu vulva con fresa. Eres mi todo, eres mi nada; ¡qué lindo es verte toda encuerada! La uva es deliciosa, también la cereza, mas saben más rico tus besos de fresa.


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Quién fuera el

Océano @Batimexicano

Quién fuera el océano que te acaricia en la playa pa’ jugar con tu piel y mojarte la papaya.

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Daniel Zetina

Inmunes —¡Qué rico! Oye, pero, ¿te pusiste condón? —No, pero no importa: entre hermanos no pasa nada.

Vengador —¿Por qué te acostaste con la mujer de tu enemigo? —Es que yo disfruto mucho cuando me vengo.


Especial Guarromance

Cosmopolita Dos lesbianas: —Amiga, ¿por qué te dicen “la 11 de septiembre”? —Porque me tiré a dos gemelas en Nueva York.

Enculados —Amiga, ¿te gusta el sexo anal? —¡Ay, sí, claro, me encanta, me fascina, me enloquece! Pero cada vez que un güey me la mete por el culo se enamora… y eso sí me caga.

Religioso arcoíris Por la noche, un bello seminarista católico llamado Fernando le dice a Carmelo, su compañero de litera: —Ya, no seas puto y métemela, por el amor de Dios.

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Petra

&Rosa

Víctor Miguel Gutiérrez Pérez

En soledad estival se encontraban Petra y Rosa, ¡qué alegres están las dos! ¡Qué alegres y qué dichosas! Mas la calor es tan fuerte; quema el aire, arde la ropa, ¿qué las podrá remediar en tarde tan calurosa? Rosa, que es la morenica, dice a Petra socarrona: «Ay, amiga, si esa blusa tan fina y conservadora un poquito más abierta fuera la calor ahora no padecieran tus pechos». «¡Qué cosas me dices, Rosa!» estalla la blanca Petra, cuya piel es tan lechosa que el solo calor del día basta para hacerla roja. «Digo lo que es cierto. Mira, ven que te arreglo la ropa»,

dice la morena y calla; con mueca de estar dudosa se aviene la blanquecina, «¡Ay!», respinga. «¡Escandalosa!», la regaña y con la mano de la blusa el cuello toma. «Vas a arruinarlo» se queja, «¡Quédate quieta, chillona!» vuelve a regañar y el cuello estira hasta hacerlo boca. Los blancos pechos de Petra los pezoncicos asoman, Rosa con húmedos labios tiernamente los succiona. Petra se ha quedado muda, Rosa se llena la boca, una mano los cabellos oscuros le peina y toca. ¡Qué alegres están las dos! ¡Qué alegres y qué dichosas! «¿Te remedia la calor?», de súbito inquiere Rosa.


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Petra, sin poder hablar, quiere decir tantas cosas; quiere decir que la alivian las mamadas primorosas que le propina su amiga y quisiera que sus ropas, sus camisas, sus blusones, y que sus solapas todas las arreglase también, y quiere decir que ahora tiene una calor distinta que la incendia cual estopa, mas la consume por dentro y aunque arde, siente que moja. Con solo verla a los ojos Rosa sabe lo que implora en su sáfico mutismo Petra sin abrir la boca, y con un beso profundo que labios y lenguas choca vuelve la voz a su amiga de gemidos en la forma. Mas Rosa no está conforme; la calor aún la acosa y decide que es momento de sacar su fina copa. «Pero, ¿dónde vas, amiga?» inquiere Petra curiosa, la morena no contesta y cual liebre presurosa entra a la cocina y vuelve, un respiro la acción toda;

entre sus oscuras manos de cristal lleva una copa y en el hermoso semblante una chispa lujuriosa parece hacer de rubí la piel ha un rato tizona. Sin más palabras entrega a Petra la dicha copa y ella sin saber por qué no la suelta ni la arroja, expectante o confundida, o puede ser que ambas cosas. En tanto, Rosa la espalda le da a Petra, quien ignora el motivo de la abrupta interrupción enfadosa. «Sostén bien la copa», indica Rosa mientras desabrocha de sus ceñidos vaqueros cada botón sin demora; los deja caer al suelo, con firme mano despoja del calzón la rabadilla y así desnudo acomoda el culo y puja violenta hasta que bestial cacota emerge del ano prieto y el interior de la copa llena hasta haber rebasado el cristal y se desborda. Petra mira hipnotizada,

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con firmeza bruta Rosa empuja a los blancos labios la mierda que, de cremosa, el albo rostro de Petra cual maquillaje decora; de entre los labios manchados tímida lengua se asoma y prueba de las entrañas de la morena las obras; saborea el gusto amargo, inhala el hedor, y goza sin atinar a entender que cosa tan asquerosa le proporcione placer y le parezca sabrosa. La morena se aproxima, que no quiere estar ociosa, y lame también la mierda; ambas con lenguas golosas se atragantan y se afanan, engullen, tragan, devoran y después con tiernos besos se limpian labios y bocas. ¡Qué alegres están las dos! ¡Qué alegres y qué dichosas! Han vaciado el contenido de la ya manchada copa pero la tarde no acaba ni la calor aminora; Petra entonces piensa es bueno ofrecer una sabrosa

bebida a la morenica y un dedo lleva a la boca, explora tras su garganta y las amígdalas toca, entonces de sus entrañas, cual fuente, chorrea y moja un cúmulo tal de basca el cuerpo y rostro de Rosa que bien pasase por lluvia si fuese tan deleitosa. Rosa pide más bebida, Petra la da generosa; dentro de la boca abierta de su amiga va copiosa del viente la revoltura a parar hasta la fosa intestinal y se besan nuevamente lujuriosas. Y después de un bello día de juegos, risas y bromas la calor no las molesta ni nada más las incordia. ¡Qué alegres están las dos! ¡Qué alegres y qué dichosas!


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CONVO CONVO

CATORIA CATORIA

¿Te gustaría COLABORAR con una ILUSTRACIÓN para LETRAS RARAS? Contáctanos en: editorialelementum@gmail.com


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Editorial

Buenas las tengan. (En especial las lectoras de esta revista). Puesto que febrero es el mes del amor y la amistad, en Letras Raras no quisimos quedarnos atrás y les traemos una excelente selección de textos románticos como segundo tiempo, y es que si esta edición doble fuera un postre, sería sin duda un banana split. Los textos que leerán a continuación, por supuesto, vendrían siendo las bolas (de helado) encima del plátano. Que lo disfruten. El pinche editor

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Ella María Luisa Deles Ilustración: Karla Reyes

&Él

Nos merecemos. Todo lo demás es mera circunstancia.

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n lunes de quinta lo vio por primera vez. Todavía no eran las nueve y ella ya había perdido el camión y se había tirado el café sobre la falda. No tenía para acabar la quincena, debía dos litros de leche en la tienda de la esquina y le apretaban los zapatos, pero estaba estrenando empleo a poco tiempo de navidad. Su suerte no era del todo mala. Había coincidido con decenas de hombres más guapos que Él, aunque a la distancia, porque todo apunta a que Ella no es el tipo de mujer que puede interesarles. Éste en particular era de la clase que más valía dejar pasar de largo. Visto de frente: buena estatura, brazos enérgicos y sonrisa cínica. Visto de espaldas: excelente trasero y un aviso en letra de molde sobre los hombros: “No voy a quererte y no va a importarme que me quieras”. Con estos antecedentes, Ella: lindos ojos, buenas piernas, corazón de condominio, se dejó acosar, consciente de que para cosas como aquella se requería de dos. Él tuvo la decencia de no hablarle de amor para que no hubiera malos


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entendidos, pero la llamaba a todas horas y se le aparecía en los lugares más incómodos y oscuros para toquetearla. Ella se lo creyó casi todo y le pidió muy poco, aunque después se conformó con menos. No recuerda si fue un martes o un miércoles cuando se encontraron por fin a solas y Ella descubrió lo peor de todo: Él era en verdad muy bueno. Que besaba despacito pero con cadencia y se veía mucho mejor sin trapos encima. Él se dejó querer como seguramente hacía con todas, porque su corazón no era un condominio sino un dispensador de fichas para tomar turnos. A Él lo querían la recepcionista morena de cara preciosa, la vecina de piernas largas y la novia oficial —de todas, la más terca—. Tres o cuatro “ex”, que no alcanzaron a olvidarse de ciertos detalles, que esperaban sus llamadas esporádicas y no le hacían el feo a la hora de aceptarle un café. Ella miraba hacia otro lado y ponía muy buena cara para no hacer el caldo gordo. Él nunca le ofreció algo diferente. Ella se enamoró un jueves entre las seis y las ocho. Tenía la ropa en el suelo y unas copas encima, pero no

hizo amago de abrir la boca con tal de no desperdiciar la tarde. “Pídeme que me detenga, que esto no está bien”, cantó Carreira —de lo más oportuno— y Ella se escondió bajo las sábanas. Él contribuyó ignorante a esos sueños locos y la agarró a besos. #BrazosEnérgicos y #BuenasPiernas siguieron encontrándose con regularidad y agrado. Semanas iban, veranos venían y el paisaje no cambiaba en absoluto. Ella, con gusto porque en el fondo estaba acostumbrada a la mala vida, y Él, alivianado y contento en el transcurrir de tan buenos encontronazos. Ella lo dejó un viernes de quincena. Había abierto una cuenta en el banco y llenado el clóset con varios pares de zapatos del mismo color. Ya no debía en la tienda de la esquina de su nueva colonia, manejaba un Tsuru color plata y bebía el café en un vaso con tapa. Partes de su cuerpo se rehusaban a seguirla pero de todas formas se fue caminando en dirección opuesta a #BrazosEnérgicos. Él se lamentó por la pérdida y se fue a jugar un partido de tenis, para olvidar. Ella volvió con Él el lunes siguiente.

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La pareja de mi padre Daniel Marfiles Ilustración: Berenice Lozano

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omencé a dudar de la procedencia de la pareja de mi padre cuando, al mirarla, se pintó los labios de manera provocativa, como si quisiera seducirme. Abría la boca en un óvalo perfecto mientras pasaba el labial lentamente por los bordes, con el espejo en una mano para poder apreciarse. Al terminar, me lanzó un beso, me guiñó un ojo y se acomodó los pechos, como para hacerlos más notorios. Esto sucedió en una comida en casa de mi padre, planeada por él en la víspera. Me contó que por fin, después de tanto tiempo, estaba saliendo con alguien, cosa que me alivió muy en el fondo, pues desde que tengo memoria lo recuerdo como una persona solitaria y, conforme yo crecía, los momentos para compartir escaseaban cada vez más. Me llamó por teléfono antes de la medianoche.

—Estuve marcándote. —Lo siento, papá, andaba ocupado. —Tengo que contarte algo —un silencio lo invadió. Permanecimos así hasta que lo ayudé a retomar la plática. Siempre había sido de esa forma. —Y bien, ¿qué vas a contarme? El silencio continuó. — ¿Papá? —Estoy saliendo con alguien. — ¡Me alegro por ti! ¿Desde cuándo? No obtuve respuesta. —Debes conocerla. Sus palabras fueron imperiosas pero también contenían un rastro de súplica. Según él, ya tenía todo planeado para el día siguiente. Llegué a su casa a la hora fijada. Me abrió ella; era menor que él, tal vez unos años mayor que yo. Me saludó con un abrazo afectuoso, como de grandes amigos. Mi padre terminaba de preparar la comida. Lucía jovial. Ella y yo nos sentamos a


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esperar en el sofá. Me contó las historias que mi padre le dijo acerca de mí. Algunas ya las había olvidado, como aquella en la que, a una corta edad, decidí irme caminando de la escuela a mi casa debido a que él tardó en ir por mí. El resultado fue un susto de muerte que casi lo lleva al hospital. Todos nos reímos por esa inocencia tan furtiva de los menores. La comida estaba lista. Pese a mis esfuerzos, me fue imposible no apreciar sus caderas y sus piernas, insinuándose a través de su entallado vestido cuando caminaba, contoneándose, frente a mí. Era generosa de carnes. Ya en la mesa, comencé preguntarme dónde y cómo la conoció. No sé si mi padre ignoraba su actuar o si eso había pasado a segundo plano, pues ahora él tenía el mando de la reunión. La última vez que lo viera así me parecía remota. Yo asentía a cada una de sus palabras sin digerirlas, pues en realidad observaba a la mujer. El escote permitía contemplar sus generosos senos; no pasaron desapercibidos, ni su cuello, tan fino y terso. Ni su aroma, dulce y suave. Me sobresalté al sentir el roce de su pie en mi pierna. Lo pensé una casualidad. No era así: ella continuó. Me fue imposible dejar de lado mi excitación.

Por fortuna, el final de la reunión llegó. Pude calmarme tras mucho empeño. Nos despedimos. Me sentía alegre por mi padre. De regreso, en mi casa, la excitación se reavivó. Mi única escapatoria era regresar a un sitio que ya había frecuentado. En las más oscuras calles de la ciudad, en donde hay un espacio destinado a los encuentros amorosos esporádicos o a los asaltos, todas ellas hacían fila como una triste mercancía. No encontré a mi favorita, sin embargo, me asombré al verla a ella: las mismas piernas, el mismo escote, el mismo vestido, el mismo aroma a lo lejos. Sólo pude suspirar y pensar: “Ay, papá, en qué te metiste”. Me le acerqué con sutileza. La saludé. La acorralé en una esquina. Ceñí su cintura con ambas manos.

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Silencio en la farmacia Ana Luisa Vega Ilustración: Alejandro H. Jiménez

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ue el sábado que salí tarde del trabajo y acordé pasar por Jaime al crucero. Sí, fue ese fin de semana, el mismo en que mi madre me avisó que iría a su pueblo para darle una revisadita a su casa y visitar a mi madrina. Regresaría hasta el lunes, dijo. Entonces comencé a imaginarlo todo: una cena, el antro y una noche inolvidable. Tan pronto me fui del trabajo me di una manita de gato y le llamé para avisarle que se alistara. Unos minutos después, tras un beso, llegamos a cenar a una taquería de paso, y después, al bar que con sus luces anunciaba el nombre: La Soñadora. ¡Ja! Bonito nombre para esa situación. Un par de horas, unos tragos, el bacachá del diablo y, de pronto, la carretera de regreso a casa. Sentí un cosquilleo cuando su mano recorrió mi pierna, mariposas revoloteaban en mi estómago con los besos implantados en mi

cuello en cada luz roja del semáforo. Éxtasis de adrenalina, de necesidad, de saciedad. Las piernas me temblaban. El camino se me hacía cada vez más largo. Era urgente llegar, pero por alguna extraña razón la luz blanca de una farmacia hizo un llamado de alerta en mi subconsciente; bajé la velocidad y me estacioné. Con voz baja y entrecortada por el calor del carro y de la cercanía de su cuerpo, le pregunté: — ¿Traes condón? —No, contestó agitado. — ¿Puedes bajar y comprar un paquetito? —le sugerí. —Está bien —replicó con seguridad. Entonces suspiró, abrió la puerta, bajó del auto, caminó hacia entrada de la farmacia, empujó la puerta y, de momento, se quedó pasmado ante la mirada y cuestionamiento de la encargada


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que, por el movimiento de sus labios, expresó: “¿En qué puedo servirle?”. Jaime se mantuvo estático. Después de unos minutos, dio la vuelta, jaló la puerta, salió del establecimiento, caminó hacia el carro y subió con un ligero rubor en sus mejillas. Mi mente imaginaba la forma en que mi cuerpo se estremecería una vez más en el lecho donde se hace más que el amor. Entonces con dijo: — ¡No pude! ¡Me dio pena! — ¿Cómo pudo darte pena? —pregunté. Pero, tras imaginarme en la misma situación, no dije más. El alcohol, que había convertido mi cuerpo en una hoguera, y la erección, que podía verse a través de su ajustado pantalón, hicieron que continuáramos el camino entre besos, caricias y manos inquietas. “No pasará nada, sólo será esta vez”, pensé entre beso y beso. Claro que fue mágico:

hubo un estallido parecido al Big Bang que mi cuerpo de milagro, soportó. Después creí ver estrellas: sí, pequeñas estrellas destellando por todo el cuarto, antes de caer dormidos. Fue ese día, ese fascinante pero fatídico día en el que erróneamente pensé que no pasaría nada, en el que creí, por la calentura, que por esa única vez la protección no sería necesaria. Siempre supe que era casado, que no era nada serio, que podríamos revolcarnos una y otra vez sin que lo supiera su esposa, y ahora, ahora no quiere verme; ahora sabe que sus hijos tendrán un hermanito, y que cuando nazca le diré que es producto del amor de una madre que sigue soltera mientras, en mi mente, después de echarle una mentada a ese cabrón, yo sabré que ese hijo fue fruto de la pinche pena que lo paralizó aquella noche en la farmacia.

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Coger con

una mujer

Brenda Garza

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e aborrezco. Pero me aborrezco más a mí. No sé cómo me metí en esta puta situación que puede destruirme en cualquier momento y aniquilar la vida apacible que me he construido. Para colmo, creo que me gusta. Pero tal vez soy egoísta y en realidad soy yo la que está arruinando nuestras vidas. ¡Qué más da! Ya me harté de pensarlo tanto. ¡A la chingada con todo! Mi vida pasada ahora parece lejana. La recuerdo como una época en la que todo era pacifico, un poco aburrido, es verdad, pero me sentía bien; estaba conforme. Entonces llegaste, con tus ojos de muñeca triste y tu carácter tierno. Y tenías algo... Un no sé qué de ti me perturbaba, que me provocaba a veces odio y a veces simpatía hacia ti. ¡Cómo odiaba no tener claros mis sentimientos! Decidí que me serías indiferente. Tenías que arruinarlo. Tenías que llegar a la oficina con ese vestido amarillo

que te convertía en un pequeño y hermoso sol de cabellos castaños y vivos ojos verdes. Sentí que la primavera se personificaba. No pude negarme cuando me invitaste a tomar un café. Fue ése el comienzo de tu embestida para arruinarme. Te sentaste frente a mí y mordiste tu labio coquetamente, como para incitarme a besarte. Me pareció tonto imaginar que yo pudiera hacerlo. Yo no tenía ese tipo de tendencias. Pero, maldita sea, volviste a hacerlo y no pude soportar más: una explosión de deseo recorrió mi cuerpo. Saqué un billete, lo puse sobre la mesa, y tiré agresivamente de tu muñeca para sacarte de ese lugar. Tú abriste demasiado los ojos, como sorprendida, pero no diste señales de pánico. Te llevaba jalando del brazo como a una niña berrinchuda. Caminamos varias cuadras hasta llegar a mi casa, abrí la puerta bruscamente y


Especial Guarromance

con una mirada furiosa te indiqué que entraras. Poco a poco comencé a volver en mí: el deseo se había apaciguado. Pensé decirte que dejaras de comportarte así, que yo no deseaba ser como tú, que si no salía con alguien era porque no sentía que estuviera en el momento adecuado para una relación y no porque yo fuera una desviada. Quería decirte que me atraían los hombres, pero que aún no había encontrado a uno que me gustara de verdad; que el trabajo me lo había impedido, pero que no estaba tan desesperada como para coger con una mujer. Quise echarte de mi casa. Cuando levanté mi índice, amenazante, y estaba a punto de lanzarte mis reproches, te abalanzaste sobre mí, no sé cómo pasó, pero me pusiste contra la pared, me miraste a los ojos con una sonrisa triunfal y me besaste. Todas mis certezas se fueron por un agujero negro. Tus besos eran rabiosos, como si quisieras comer mis labios desesperadamente. Tus caricias eran agresivas, ya habías tocado gran parte de mi cuerpo. Ni siquiera sé cómo terminaron mi falda y mi blusa en el suelo. Saltaste sobre mí y pediste que fuéramos a mi habitación. Estaba tan eufórica que te arrojé sobre la cama y te rompí el vestido. Apresurada, te

quitaste el sostén mientras, con mis dientes, te despojaba de las bragas. Yo estaba desnuda. Me arrojé sobre ti con una pasión devastadora, como si fueras un sueño que pudiera esfumarse en cualquier momento. Tenía que aprovecharte. Repasé todas las escenas lésbicas que había visto en películas para darte el mayor placer posible. Pronto me di cuenta de que no hacía falta: nuestras caricias eran automáticas, como si ya lo hubiéramos hecho mil veces antes. Estábamos en mi cama, acariciándonos como estúpidas enamoradas, imaginando qué haríamos a futuro. Lo único que quiero es seguir gozándote. Todo lo demás me importa un centavo. Sólo quiero cogerte a pesar de que hace un mes juraba que no quería. Ahora me coqueteas, descarada, todos los días; me haces gestos obscenos y sugestivos en el trabajo, a los que respondo con risitas tontas. Hace un mes que no observo a los hombres, hace días ruego que alguno me guste para dejar de sentir esto que siento por ti. Ahora sólo quiero coger contigo aunque arruines mi vida o yo la tuya. Eres mi capricho o mi desgracia, da igual. Ilumíname, querido sol, que ya no puedo ignorarte. Ahora sé lo que es coger con una mujer.

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Reclinatorios Reservados Melissa Moctezuma

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oña Conchita se arrancó los ojos un buen día para nunca más tener que ver nuestras manos entrelazadas.

Tan entrelazadas como las trenzas de las primeras Barbies que desvestimos. El trabajador del Estado nos dibujó un triangulo negro e invertido en la frente y nos empujó hasta que estuvimos en mitad de la calle. Basta decir que hasta el perro nos meó encima. Ángela, con todas sus lonjas desparramadas sobre el sofá de mi infancia y los [labios mal pintados] me preguntó que cómo cogíamos. Mi respuesta fue subirle la falda y meter la lengua entre sus pliegues sudorosos. Fue la primera vez en años que se vino con gusto.


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Princesa de

los arabescos ojos Soneto

Soneto

Víctor Miguel Gutiérrez Pérez

Víctor Miguel Gutiérrez Pérez

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rincesa de los arabescos ojos, ilumíname de noche el camino para llegar a Burger “El Vecino” y calma dar a dos o tres antojos. Traigo billetes puestos en manojos, que nunca fue el dinero tan dañino que me negase la hamburguesa, el vino o un picorete de tus labios rojos. En tu belleza —extraña, interesante, y más que interesante, interesada, perfecta sí, como cuenta cerrada, que ñapa tras pagar busca rampante— te encuentro, por robusta, una hamburguesa; por delicada y exquisita, un plato. El motel en un rato te encontrará, por lo batida, espesa; y por el precio, ganga o bien barato.

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tisbo entre reflejos tu figura, anhelo de fantástica silueta que la luz misma atónita respeta, apenas sugiriendo tu hermosura. Pálida tu mirada me apresura al beso, al chupetón, a la indiscreta mordida y, ya calientes, la cajeta que cate quieres en tu raja oscura. Recorre ya mi lengua delirante tus formas ficcionales con denuedo, mas ¡qué estruendo temible y desafiante! Lóbrego es este beso, lo concedo, sin valer agasajo ni desplante que al fin por premio da tan solo un pedo.


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deseo Mario C. González

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l deseo es la incansable búsqueda de mi reflejo en tus ojos. El deseo es la necesidad de encontrar tu entrepierna húmeda, de escuchar mi nombre entre gemidos, de sentir el que parece tu último aliento después del orgasmo. El deseo es la llama ardiente que calcina el miedo, la fuerza de mi cuerpo que me lleva a ti. El deseo son las palabras que no digo y las que digo cuando te poseo o las que murmuro pensando en ti. El deseo está en las caricias que nos damos, en los besos largos cuando entro en ti y tu alma es la que me atraviesa. El deseo nace donde tu vientre, emerge en un estallido, recorre tu cuerpo, llega a tus senos, sigue hacia arriba y vuela en una frase que has pronunciado mil veces. El deseo es tu presencia, tu aroma, tus brazos atados a mi cuello, tu cabeza recostada sobre mi pecho. El deseo es entonces la imagen de ti, ésa que busco y no encuentro porque aún no vives atrapada en mí.


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La bajada es

por atrás

Fernando Silva Silverio

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ueno, ahí les va el cuento. El camino fue igual que cualquier día, hasta que la noté por la ventana del pesero hablando por cel, no tan lejos del semáforo. Estábamos en el alto y me acuerdo haber pensado: “lástima que no se va a subir, una mujer como ella no toma pesero ni de pedo.” Les juro que en ese instante me leyó la mente, pues colgó y de la nada se subió. Para acabarla de chingar, se fue al fondo del camión y se sentó justo a mi lado. Un “no mames” se quedó trabado en mi mente mientras me empapaba con su presencia. Perfume, sudor y cigarro. Me provocó un mareo al sentarse a mi lado y en mi estupor la miré de reojo. El camión saltaba con mis latidos y el mundo se enmudeció para escuchar mis súplicas de clemencia. ¡Pinche calor!, y a 4 grados centígrados. Debí acercarme a ella sin moverme más de un centímetro para no hacer que se desvaneciera. Aterricé mi mano sobre su hombro y ella viró su rostro, atenta. Entonces éramos uno ella y yo, en la última fila del pesero. Sus labios me juraron salvación y su lengua me la cumplió. Justo en el momento de mi renacimiento, frenó el pinche conductor y me despertó de mi trance el hijo de su rechingada madre. En eso la vieja se levantó y con una palabra destrozó mi euforia: “¡Bajan!” Qué mamada.

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Un caballero

GUARRO José Luis Barrera

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iempre fui un perfecto caballero, eso lo aprendí de mi padre. Desde cederle el asiento a una dama, hasta respetarla y no ofenderla por nada del mundo. Nunca un piropo soez, nunca un doble sentido, nunca mirarles el trasero (al menos no tan descaradamente). En la secundaria, tampoco participaba en las contiendas varoniles de quién se atrevía a entrar al baño de las mujeres, o quién “torteaba” a la más buena de las muchachas. Esto siguió siendo así, hasta mi época del CCH y de la universidad, cuando era mucha mi molestia al ver a los compañeros morboseando a las chicas de nuestra carrera, y peor aún, cómo maloreaban a las compañeras de otras carreras como Administración de Empresas o Contabilidad, inclusive a las de Medicina, que también se daban cita en la unidad. Por supuesto que esto nunca fue agradecido por ninguna bella dama, y nin-

guna reconoció en mí al perfecto caballero que fui. Cierto, tuve mis romances, pero al paso del tiempo comprendo que eran más bien simplones y desabridos. Esa caballerosidad, debo decir, rindió frutos cuando me encontraba en mi puesto de tianguis, porque ahí me identificó y me premió con su amor una de las clientas que pasaba con frecuencia, una muchacha muy atractiva y fresona. Ella me dijo que le atrajo lo respetuoso que yo era, a diferencia de mis vecinos del tianguis, que se pasaban maloreando con palabras y miradas a la que a la postre fue mi novia y a su también hermosa hermana. O sea que el premio a mi caballerosidad dio frutos hasta cerca de mis treinta años, pero me fue como al burro que tocó la flauta, ya que por desgracia la dama que premió mi buen comportamiento me hizo ver mi suerte. De ahí en fuera, mi caballerosidad pasó casi desapercibida ante las mujeres que pretendí conquistar con mis “buenos


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modales”. Al final, comprobé que ellas se quedaban con el más patán.

tanto a este juego que era el primero que corría cuando el fiel vigía daba la señal.

Todo era así, hasta que por azares del destino, me topé con la oportunidad de trabajar en las mueblerías de la Lagunilla, donde disfruté mucho el desparpajo y los modos groseros de comportarse de mis compañeros de trabajo. Casi hice un doctorado de albures con el vendedor de café, que a diario acudía con su negro brebaje, o de “piropos” con el vago que parecía tener sólo una misión en la vida: molestar a las mujeres que pasaban (“con esa torta y un refresco alimento a un regimiento”). Eso sí, era un tipo democrático, lo mismo piropeaba a la joven que a la vieja, a la gorda que a la flaca y a la bella que a la fea.

Me hice fanático de mirar de manera puerca las nalgas o a las chichis de las mujeres y me envicié por completo a verles los calzones a las chicas. Ya entrado en esas lides guarras, comencé a ser menos precavido y mucho menos educado de lo que había sido hasta entonces.

En esas circunstancias, fui relajando mi buena educación y comencé a ver con poco disimulo las piernas o las nalgas de las mujeres que por ahí pasaban, por lo que en no pocas ocasiones recibí el famoso “cambio de luces”. Inclusive fui participe de la secta secreta de los “visores de calzones”, los cuales a un aviso oportuno y en clave corrían lo más rápido que podían para acomodarse en el estacionamiento que quedaba debajo del nivel del suelo y delante de la reja que daba a la calle, para verles los calzones a las chicas con faldas cortas. Me aficioné

Y así, me volví admirador de una joven que con frecuencia llevaba falda corta y la cual se percató de las actividades libidinosas de la secta secreta. Lo supe porque la tarea de verle los calzones se repitió un día hasta en tres ocasiones y en la tercera ella volteó hacia el resquicio del estacionamiento que daba a la calle, me descubrió a mí y mostró su aparente descontento y desprecio a mi libidinosa persona. No la vi pasar en los días que restaron de la semana. Y por supuesto supuse que estaba cuidándose de pasar frente a la tienda, porque unos “puercos” le miraban los calzones. Esto no arredró mi nueva condición de lascivo mirón, y seguí morboseando a cuanta nalga y pierna suculenta pasaba por la tienda, y por supuesto que no dejé de correr al estacionamiento a la señal del vigía de la secta. Pero extrañaba a la chica que ya no pasaba,

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porque era la mejor pierna del rumbo; en el fondo el caballero que aún seguía latente en mí me reprochaba haberla amedrentado con mis puercas miradas. Después de dos semanas pasó de nueva cuenta la chica en cuestión y lejos de aquella mirada de despreció que me brindó la última vez, me saludó fría pero cortésmente. Llevaba una falda suficientemente corta como para verle los calzones sin tener que bajar al estacionamiento, sólo hacía falta agacharse un poco para verla. Sin embargo, apenado por mi anterior proceder, actué como el perfecto caballero que antes había sido y le devolví el saludo sin voltear a verle ni las piernas. Aunque no fui al estacionamiento para asistir a la libidinosa sesión de la “secta secreta”, los que sí fueron me comentaron que llevaba una minúscula tanguita color amarillo, y lamentaban el que yo no hubiera estado ahí. Para no evidenciar mi actitud educada y no ser tachado de traidor a la causa, pretexté que me había distraído, y pedí que no dejaran de avisarme cuando la vieran de regreso. Ya por la tarde, de nueva cuenta me negué a ir al estacionamiento y, por no haber ido, tuve la oportunidad de atenderla cuando entró a la tienda pidiendo informes sobre salas. Ya no estaba dispuesto a perder la oportu-

nidad de fisgonear su tanga, así que en cuanto se sentó en un sillón para probarlo, yo me coloqué hábilmente frente a ella para mirarle dentro de la falda. Y cual si ella fuera Sharon Stone en Bajos instintos, descubrí que no traía la tanga, simplemente le vi un pubis perfectamente rasurado en estilo brasileño. Sin inmutarse ante mi lascivia, ella siguió platicando como si nada. Me pidió la cotización y se la entregué. Se retiró comentando que haría cuentas y que en unas semanas compraría la sala. Una vez que se fue, vi a todos los compañeros, atrás de un biombo que había delante de la sala, comentar que no traía calzones. Decían: “de ida sí traía tanga. ¡Se la quitó!”. Y yo me uní a la algazara por el espectáculo visto. Fue algo que no se dejó de comentar en varios días. Yo no pude alargar mi permanencia en la mueblería por las bajas ventas. Y aunque pude decir que la caballerosidad me premió con la escena que vi antes de irme, en realidad fue la guarrez la que me propició la recompensa. A fin de cuentas, las damas seguirán más perceptivas a la guarrada que a la caballerosidad. Por eso, si a las mujeres les pedimos que sean damas y putas a la vez, los hombres bien podemos ser caballerosos y guarros de igual manera, y desde mi paso por el barrio bravo de la Lagunilla, así soy: un caballero guarro.


Especial Guarromance

Vicente Varas

Muchos te quieren llevar a la perdición, mujer. Yo no te quiero perder, nomás te quiero tentar.

Eres como una angelita que vuela sobre las nubes. A ver a qué horas me subes pa emplumarte las alitas.

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Lugar Thalía Azyadeth Osorio R.

Estoy hinchada, llena de gases que huyen escandalosamente por mi boca. La garganta me huele. Le salieron piernas a mis náuseas. Me meto el puño hasta el esófago y sigo sin poder lavarlo con mi jugo gástrico. Poder no es querer y ni tú ni yo queremos esto. Morelos se hace guapo con los años, lloras con el Himno Nacional Mexicano. La imposibilidad comienza a sangrar. Sigues siendo buga: te falta un peso para poder comprar el kilo de tortillas. Me faltan dos para tomar el metro y buscarte. Justo cuando creo que me dejarás en “visto”, me mandas un emoticón. ¡La crisis, Jesucristo, la crisis! No se puede gastar ni una palabra más de las necesarias. Que si los libros tienen IVA… También lo tienen tus catástrofes.

Iba a decirte que siguieras insultándome, ibas a decirme que no me olvidara de ti. Por fin pude vomitar. ¿Por qué lo empeoro todo? Porque no soy yo, eres tú, es la ciudad y su ruido a claxon de Tarzán, es la chaqueta prestada y el sabor mensual a sangre, es un lugar común que comúnmente duele.


Especial Guarromance

Joel Rodríguez Ortiz

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ste día tal vez sea ideal para poder expresarte algunas cuestiones que he contenido por miedo a caer en lo ofensivo o vulgar. Aquel día, al verte pasar, no pude evitar posar mis ojos en las posaderas que cargas. Empezamos a hablarnos y justo así llegamos a estar. Hemos pasado momentos, discusiones, sensaciones, tristezas, alegrías y palabras, en fin. Un mar de emociones despiertas en mí y no puedo resistirme a ellas. Eres bella, inteligente, alegre, atractiva; todo eso me pareces. En ciertos momentos me prendes más cabron que un calentador. Te diré la verdad: desde pequeño fui curioso y tentón. Ahora, en tus glúteos y pechos, encontré el lugar de donde soy, y es que no sé qué tienes que cuando te veo portando vestido, leggins o mallón igual me depravas y, aunque estás lejos, como por arte de magia, sin tocarla, me la paras. Sólo sé que en este momento quiero besarte con locura y pasión, pero la neta va con todo y agarrón para que al

término del día juguemos al piña-coco: piña, tú me abrazas; coco, te beso todo. Creo que nunca te he dicho lo apetitosa que eres, como una chela o una gordita, ten por seguro que te comería todita. Te seré más que honesto: no tengo dinero para comprarte un objeto que sería superfluo, pero te ofrezco un presente más sincero: compartir cuerpo con cuerpo para arrancarte un gemido placentero. Con un condón lo explicaría mejor. Para finalizar, sólo me queda pedirte que este 14 de febrero, ya sea de a perro o misionero, como tú quieras quiero.

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Colaboradores de la edición Agustín Cadena Yareli y la abuelita

Oscar Raúl Pérez Cabrera Reflexiones de un dejado

Ixmiquilpan, Hidalgo, 1963. Es ensayista, narrador, poeta y traductor. Como autor de cuento, ha publicado Fábulas del crepúsculo, Las tentaciones de la dicha y Dibujos a lápiz.

Originario de Tulancingo, Hgo. Estudió Ciencias de la Comunicación en la UAEH y es reportero de Diario Plaza Juárez. Escribe la columna dominical Pedazos de vida.

Luciano Pérez De aromas originales

Liz Bell Declaración de amor

Es editor de la revista en línea Ave Lamia. Ha publicado los libros: Cacería de hadas, Cuentos fantásticos de la ciudad de México y Poetas en lengua alemana.

Médico por convicción y escritora de corazón. Fanática de la lectura y el chocolate. Habitualmente escribe relatos cortos y microficción.

Jesús Pacheco Dinero Fácil

Enrique Taboada Pulque para dos

Periodista, escritor y dj. Forma parte del equipo de Antenna.com.mx y es responsable de “Acúfenos compartidos” en Noisey. Ha publicado La sonrisa del gato Félix y Un hombrecillo en mi cabeza en Editorial Moho.

Escritor, fotógrafo, aventurero. A favor de las malas costumbres como sonreír, ser feliz y estar enamorado. La culpa no es del tlaxcalteca sino de quien lo hizo compadre.

Héctor Ponce El amor de Pancho

Dante Vázquez M. Poemillas

Si no fuera maestro sería maestra. Su vida es una tertulia de cantina, de esas que les gustan a los señores de antes.

Primer lugar en el Concurso Cuentos de Mucho Miedo 2015. Ganador del VI Certamen Internacional de Poesía Fantástica miNatura 2014. Es autor de Apocalipsis hoy en (H)onda Nómada Ediciones (2013).

@BatiMexicano Quién fuera el océano

Daniel Zetina Microficciones

Superhéroe. Para quienes necesitan una brújula moral, un defensor de la justicia, un mal hábito fácil de quitar. El misterioso pervertido.

Ha publicado el libro de poesía Falso amor (Cascada de Palabras, 2013), la colección de relatos Mentiras piadosas (Instituto de Cultura de Morelos, 2012) y la novela Cuarto en renta (Ediciones Clandestino, 2012). Imparte talleres y dirige Ediciones Zetina.


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Victor Miguel Gutiérrez Pérez Petra y Rosa / Princesa de los arabescos ojos / A Isaura Doctor en Estudios Humanísticos, estudioso de la literatura aurisecular. Amigo íntimo, no reconocido, de Baco y Jesucristo.

María Luisa Deles Ella y él Escritora poblana. Cuentos suyos han aparecido en el periódico Intolerancia y en las revistas digitales Insumisas, En Sentido Figurado y Letras Raras.

Daniel Marfiles La pareja de mi padre

Ana Luisa Vega SIlencio en la farmacia

Estudiante de derecho en la UNAM con aspiraciones a escritor. Disfruta de la lectura y procura terminar todos los libros que empieza aunque tarde un poco más de lo previsto.

Estudió de Ciencias de la Comunicación en el CENHIES. Apasionada del periodismo. Actualmente es reportera del Diario Plaza Juárez y mantiene el espacio dominical Relatos de vida, que conjuga narrativa y periodismo.

Brenda Garza Coger con una mujer

Melissa Moctezuma Reclinatorios reservados

Estudia en la Universidad de Guadalajara. Adora los cocodrilos, los cuentos de hadas y nadar con delfines. Es hija de Poseidón y Afrodita. No es Venus; tiene la voracidad de Venus.

Estudiante de Literatura y Filosofía en la Universidad Iberoamericana de Puebla. Su afición por escribir se desprende de su gusto por la lectura, su pasatiempo favorito.

Mario C. González El deseo

Fernando Silva Silverio La bajada es por atrás

Residente del defectuoso con logros destacados como pasar Super Mario Bros, con cien vidas. Participante de algunas revistas electrónicas. Recopila buenas rolas para su estación de radio por internet.

Analista de compras al cual le dicen ser dedicado, desmadroso, honesto, workaholic, buen amigo, compartido...

José Luis Barrera Un caballero guarro

Vicente Varas Guarromancero

Colaboró en la Revista Memoranda del ISSSTE, y en la sección cultural de La Fuerza del Sol. Autor del libro Memorias Dipsómanas.

Ingeniero civil. Música, literatura, cine, pintura, matemáticas, ciencia, filosofía y deportes. Aficionado a la microficción. Last of the Steam-Powered Trains.

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Thalía Azyadeth Osorio R. Lugar común

Algo por decir Joel Rodríguez Ortiz

Fotógrafa de closet. Egresada de literatura en la UCSJ. Su móvil en la escritura y en la vida es todo tipo de hambre. Colaboradora en Revista Libre. Se desempeña como Community manager y tarotista en sus tiempos libres.

Profesor de ajedrez, lector y escritor por placer. Ha tomado talleres en el Museo del Chopo. Amante del jazz, la cerveza, el café y de compartir con los amigos.

Sergio Vázquez Heredia

Brenda Zavala

Amante del dibujo y la pintura, le gustan los temas de leyendas mexicanas, misterios y futbol. Pura buena vibra.

Diseñadora gráfica y encuadernadora. Ilustradora del libro ¿Y dónde están los calcetines? Entre sus áreas de interés están la fotografía y el diseño de interiores.

Vanessa Espinoza

Jovany Cruz

Frustrada ilustradora, oriunda de un pueblo escondido entre las montañas, pero fiel amante del frío de la Bella Airosa.

Diseñador gráfico. A veces ilustra para algunos libros y revistas. Le gustan los cortometrajes, microficciones y la ciencia ficción.

Galilea Guerrero del Villar

Ayme Ramírez

Diseñadora gráfica, amante de la fotografía y la ilustración. Columnista de la revista Eventio.

Estudiante de diseño gráfico. Le gusta la ilustración y la fotografía. Ama las películas y los libros.

Victor Hernández

Karla Reyes

Estudiante de diseño gráfico quien gusta de crear ilustraciones y a veces hacer tipografía, le gusta la fotografía en blanco y negro.

Estudiante de diseño gráfico. aspirante al área editorial, curiosa y quisquillosa. Le gusta la publicidad y la literatura.

Berenice Lozano

Alejandro H. Jiménez

Diseñadora gráfica. Le gusta la fotografía y capturar momentos únicos. Le gusta viajar para conocer nuevos lugares.

Diseñador, trazador de ideas y letras. Creatividad, innovación y marcianadas.


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Febrero 2016

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Revista Letras Raras, febrero 2016  

Revista Letras Raras, febrero 2016. Revista literaria. Una publicación de Editorial Sad Face y Editorial Elementum. Año 4, número 11.

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