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EXCLUSIVA: “Todo eso que era y fui”, de Carlos Sánchez Hernández

LETRASADOS

MENTALES Cuaderno de disparos fallidos

año uno/número cero: junio, 2010

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TEXTICULOS

Corrales y clavos Allá La ternura que me doy BENDITOS MALDITOS

Con y sin adiós Mis pulgas, y la tristeza

ESTA BOCA ES SUYA

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Entrevista con Martín Caparrós

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INVENTARIO DE , LOS PEORES DIAS

Tengo la nostalgia estacionada, la pereza acostada, la rabia a flor de piel y en la frente estas arrugas prematuras con vida propia. El sábado colgué un anuncio en el Aviso Oportuno de El Universal: «Rento mi vida amueblada mientras no estás». Pedro Ibarrola


CONTENIDO

Yo no debería escribir

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El hombre que me mira

ESTA BOCA ES SUYA

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Martín Caparrós

TEXTÍCULOS

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Corrales y clavos Allá La ternura que me doy

GENTE SIN GLORIA

28

La vida breve de Miguel Hernández

LETRAS CON RUIDO

34

El eclipse no fue parcial

BENDITOS MALDITOS

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Inventario de los peores días Con y sin adiós Mis pulgas y la tristeza

(IN)VERSOS

50

César Vallejo

BERRINCHES EN LETRAS

56

Mis raros humores Eres y soporto Todo eso que era y fui Que me abandonen mis hadas

QUÉ LÁSTIMA

60


EDITORIA 6

En el amor, saber perder es de hip贸critas. Consejo Editorial


Mariana Castro

Roberto Zabala

Alejandro Pizarro Mario Hidalgo

Carlos Sánchez

Francisco Ojeda Manuel Saldaña Hernández

César Vallejo

Ignacio Ruiz

Sergio Solís

LETRASADO

Fermín Blanco

Oliverio del Real

Pedro Ibarrola

Julio Ramírez Reyes Juan Alberto Pereyra

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EL HOMBRE

QUE

ME MIRA Oliverio del Real


YO NO DEBERÍA ESCRIBIR

E

l hombre que me mira —no lo sabe— es un tonto a la deriva, un idiota sin remedio que de vez en cuando sonríe mientras se vuelve loco por completo, es un arquitecto de mentiras, un amigo al que no quiero. Es un hombre de café frío por las mañanas, de cigarro y pan dulce, amarrado a la costumbre de enamorarse de quien no le va a hacer caso y de alejar a quien ya quiso quererlo. Despierta de madrugada porque escucha llorar a un celular que sólo le cuenta malas noticias de un número desconocido. El hombre que me mira es de estatura promedio y adoptó a una estrella por mascota, carece de imaginación,

no sabe hacer letras minúsculas y tiene los ojos pequeños. Es un amargado que ríe todo el tiempo, se le antoja una nube y volar y ser lo que quiso ser y no ha sido. Duerme poco y le angustia crecer, por eso nunca apaga la luz: no vaya a ser que se quede a oscuras y no vea el tiempo pasar. Brinca para ver si le da un mordisco a la luna y luego, por pena, entierra la cabeza en la banqueta. Se pasa el rastrillo por donde no tiene barba, se acomoda los sueños entre el cabello y de la oreja se saca un conejo. Hace enredos con palabras y de vez en cuando escribe la vida que no tiene (o la que se inventó para ella). El hombre que me mira tiene el humor

rancio y dos agujeros negros por ojos, sonríe de medio lado y las pestañas son paraguas ineficaces contra su llanto. El hombre que me mira compra —está seguro— los boletos de lotería que ya se jugaron, porque no gana ni reintegros, y si fuera repartidor de pizzas, las entregaría crudas o gratis. Cada vez que quiere volverse loco se acuerda que no puede, le gustaría quedar demente, preferentemente por amor. El hombre que me mira ve la estupidez cuando el común de la gente habla de fortalecerse, de mejorar su vida, de ser más felices que ayer. El hombre que me mira —lo sabe— soy yo en el espejo. 11


Mart铆n Caparr贸s/escritor


ÉSTA BOCA ES SUYA

Escritor y periodista, el argentino Martín Caparrós es una de las voces más importantes de su generación. Con novelas como La historia y Valfierno —ganadora del Premio Planeta 2004—, y sus libros de no ficción Larga distancia, La guerra moderna y El interior, entre otros, se ha consagrado como uno de los narradores que mejor cuenta historias en América Latina. Por Mariana Castro.

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ÉSTA BOCA ES SUYA

¿Qué olor le devuelve a la infancia? El olor a mierda. Es mi Magdalena. ¿Cuál es su autor favorito? Dios. Lástima que exageró un poco porque quería vender muchos libros. ¿Cuál es la mejor película que ha visto? La llegada del hombre a la Luna. Aunque se notaba que era de bajo presupuesto. ¿Qué invento casero lo sigue deslumbrando? La tortilla de papas. ¿Cuál es su sueño recurrente? Que despierto. ¿Qué obra de la arquitectura lo emociona? La tortilla de papas. ¿Cuál ha sido la peor imprudencia de su vida? Vestirme de verde clarito. ¿En dónde le gustaría estar sentado? En la falda de Júpiter. ¿Qué le acompleja? Tenerla tan chiquita. ¿En qué amuleto sigue creyendo firmemente? En mi huevo izquierdo. ¿Qué obra de arte se llevaría del museo a su casa? Si se lo digo, vendrían a buscarla.

¿Cómo le gustaría morir? Vivo. ¿En dónde queda el paraíso? En donde no existe. Digo, por segunda vez: se dice dónde, no en dónde. ¿Cuál es el único ritual imprescindible en su vida? Pensar pavadas. ¿De qué se sigue arrepintiendo? De no haber matado. ¿Cuál es el insulto que más le ha dolido en la vida? Famoso. ¿Qué miedo de la infancia conserva? El de la tontería. ¿Cuál es el motivo de su último desvelo? Mi novia, claro. ¿Cuál es el aparato que quiere que inventen? La máquina de hacer tortilla de papas. ¿Qué se ha robado? ¿Dónde está mi abogado? ¿Cuál es el régimen político ideal? Ninguno. Digo: que no haya ninguno. Anarquía es orden. ¿Qué acto político le enfurece? La falta de furia, la apatía. ¿En el amor y la política, todo se vale? ¿Y en el resto no?

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R O E P LO DEL AMOR

CUANDO

TERMINA... 18


CORRALES Y CLAVOS Francisco Ojeda

P

or las mañanas camino la colonia e imagino que alguien sale de entre los autos estacionados, me toca el hombro y me dice «oye» con tu tono. Luego me acompaña por un café. Pero hoy estoy sin saber yo no sé cómo. Los pájaros hicieron un aeropuerto del árbol del vecino y desde la ventana los veo despegar y aterrizar peligrosamente, y me asusto porque seguro traen bombas en las patas. Me escondo en Internet y Facebook es la soledad acompañado. Si pongo atención, mis paredes son un corral de clavos; de clavos y agujeros, de agujeros donde hubo clavos. Y en cada agujero hubo un cuadro colgado que se volvió recuerdo. Ahí se guarda una hormiga, en mi corral de recuerdos y agujeros. Pero no me saluda. Mañana cuando sea ayer y yo mate mi futuro tendré una manada de hormigas en lugar de recuerdos, y entonces taparé los agujeros y pondré de nuevo clavos con nuevos cuadros. Pero hoy no, hoy estoy sin saber yo no sé cómo. Lo peor del amor cuando termina es la duda, no saber qué tanto de lo que uno recuerda fue real y qué tanto inventamos, si mentimos o soñamos o cerramos los ojos o pasó o no, si los clavos existieron, si vale la pena tener un corral de agujeros en el corazón. Pero qué te voy a contar si lo sabes todo; si fuiste todo: mis papalotes rojos y mi cara de autista. 19


AerlglioáSolís

TEXTÍCULOS TEXTÍCULOS

S

M

e fui para allá. A ese lugar que sólo vive con palabras. Ni siquiera sé si exista. Tal vez el lugar es arbitrario y lo que le dé forma sean las circunstancias. Estoy en camino. ¿Te acuerdas? Te decía que me iba a ir y que no estaría aquí por mucho tiempo. Allá, en el lugar con edificios grises y con jardines impecables. Con días sin luz que se hacían de noche. Con calles obscuras y frías. En un cuarto viejo y pequeño donde los libros en otro idioma formarían escaleras de caracol con osteoporosis. Allá, puede que haya frío. Para eso te robaría una de esas bufandas hippies con las que te cubrías del calor. Y si el clima es más cálido, me llevaría los recuerdos de tu costa, para enfriar mi mal humor. ¿Recuerdas? Como le comentaba a tu ombligo, en secreto, que mi alimentación allá sería con galletas y refresco de manzana. O cuando escribía en tu espalda la dirección de mis lugares favoritos para nunca darles la espalda. O de los insomnios que pasaba junto a tus pecas tratando de agregar la palabra dos al singular de su nombre. Ahora tomo un retorno. Regreso al principio. Trato de explicar los sucesos. Lo hago para no confundir tus miradas. Porque puede que imagine tu mirada de ilusión, como si hubieras planeado mi indiferencia. O tu mirada de nostalgia, con la que te hubiera gustado verme mientras otros ojos te comían. Quizá, he de confesar, me hubiera gustado que acabaras con tu mirada de satisfacción, como pensando en en todas las cosas que no hicimos pero eran las que nos mantenían juntos. Ya estoy allá. Sigo sin identificar nada. Creo que me quedé acá.

20 20


21


Alejandro Pizarro

LA TERNURA QUE ME DOY


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TEXTÍCULOS

Harto de escribir para ti,, c puse a tirar, letras misera harto de mAS¡me , , puse a re los ojos,me , dejE mis ojeras feliz, le di una sonrisa idio

H

arto de ser tanto yo, me fui a soñar un mundo sin mí. Mi casa tenía arañas en las esquinas que eran mis amigas y todos los mañanas se llamaban ayer. Harto del calor, del sopor, de hacerme agua, me fui a la fuente a bañar con un perro que se alimenta del sentimiento de culpa, como yo. Harto de escribir para ti, como todo mundo sabe, me puse a tirar letras miserables 24

de mí. Harto y harto y harto de más, me puse a restar. Me quité lagañas de los ojos, me dejé mis ojeras marchitas, me disfracé de feliz, le di una sonrisa idiota a la vida. Lo hice por ti. Imagino a un hombre (que no soy yo) en la explanada del Zócalo, con una bomba en el corazón y lágrimas en los codos, apurado de tener prisa, amenazando con detonarse porque no lo quisieron querer. Harto de

eso, pienso en mí viéndome al espejo, encontrándole forma a las costras de la pared, rasurándome mi barba en crisis. Tengo recuerdos que no retengo, una mosca puesta a molestarme y unas ganas chillonas de no hacer nada hoy. Voy al sillón, me vuelvo un molote enamorado, busco en algún libro rabioso un poema compasivo y me doy ternura de ser como soy. Busco agresividad, talento, descaro. Busco


TEXTÍCULOS

,

como todo, mundo sabe,, me ables de mI.Harto . , y harto y estar, Me quitE lagaNas, de s marchitas,me , disfracE de ota a la vida.Lo . hice por ti maneras de estar sin ti. No quiero ser un despojo de humano, aunque, bueno, si me lo pides… abro un blog. Sigo cumpliendo días a diario. Me canto las mañanitas en do menor. Siempre amanezco despierto, queriendo ser el personaje que escribo que soy. Afuera la luna sonríe, seguro se burla de mí. Tengo los ojos más pequeños que ayer. Yo no existo y tú no me inventas.

En la calle todo es un sueño: el cansancio del día, este calor y todas esas personas cansadas de sí mismas, embarrando en las ventanas del metro su violenta miseria, heridos, hambrientos, soñando que el mundo se acaba. Yo le cambio al iPod, le encuentro forma a la mugre del vagón, me escondo en la esquina, me bajo en Chapultepec. Tengo ganas de tomar el primer avión disponible y una

cerveza del refrigerador. Tengo los mismos mails que leí hace una hora y todas las heridas que abro cuando quieren cerrar. Tengo una botella de agua y un protector de pantalla con Osama Bin Laden riendo. Tengo ácaros por mascotas. Tengo lo tanto que no tengo y que aunque tuviera no lo tendría porque no estás. Tengo ganas de blindarme el corazón, pero es el corazón el que debe blindarse contra mí. 25


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MOLESKINE

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GENTE SIN GLORIA

LAVIDA BREVE

DE

A

Miguel Hernández todo le pasó en un tiempo muy breve, pero su vida es una larga cadena de esperas. Habría que sustraer, de los pocos años que vivió, todas las horas, los días, los meses que se pasó esperando algo, desesperando de que no llegara, enviando peticiones de ayuda a personas siempre mejor situadas que él que no tenían el tiempo o las ganas de contestar a sus demandas. Otros disfrutaban el resguardo de una posición social o de un privilegio literario o político: Miguel Hernández se supo siempre a la intemperie, en la paz y en la guerra, en la literatura y en la vida, en la cárcel y en la cercanía de la muerte. Esperó tanto, hasta el final, que los últimos días de su vida los pasó esperando a que lo trasladaran a un sanatorio antituberculoso, que le trajeran a su hijo para poder verlo por última vez. 28

Escribía cartas y aguardaba respuestas con expectación angustiada: cartas a su novia, Josefina Manresa; cartas a los amigos, a los que pedía favores apremiantes, dinero prestado, influencias; cartas a los poetas célebres, a los que asediaba con una mezcla de orgullo insensato y tosco servilismo; cartas desde la cárcel, en los últimos años de su vida, solicitando avales políticos, gestos de clemencia, noticias sobre el hijo demasiado pequeño y demasiado frágil que tal vez acabaría teniendo el mismo destino del hijo anterior, muerto a los 10 meses, amortajado con los ojos abiertos, con el mismo gesto atónito que se le quedó a él mismo cuando velaban su cadáver: unos ojos muy grandes, desorbitados por la enfermedad de la tiroides, sobre cuyo color exacto no hay acuerdo entre los testimonios de quienes


GENTE SIN GLORIA

MIGUEL

à HERN NDEZ lo conocieron. Qué podemos saber de verdad sobre la vida de alguien que murió no hace tanto, en 1942, si los testigos ni siquiera concuerdan en el color de sus ojos: Miguel Hernández los tenía verdes y muy claros, o muy azules, resaltando más en su cara morena; o los tenía pardos, según dice uno de sus biógrafos, Eutimio Martín, aportando la prueba de su ficha militar y la de su filiación de prisionero. El detestado Lo que atestiguan sin duda las fotografías es el tamaño y la expresión de los ojos, la atención fija en todo, la mirada de una desarmada franqueza que es todavía más visible en el dibujo que le hizo Antonio Buero Vallejo en la cárcel. Fue ese dibujo el que convirtió a Miguel Hernández no en un hombre real, sino en un icono reverenciado de algo, de

Juan Alberto Pereyra

muchas cosas, demasiadas, cuando lo veíamos reproducido en los pósters del antifranquismo, en nuestras galerías de retratos de la resistencia, junto a Lorca, junto a Antonio Machado, tal vez también junto a Salvador Allende, Che Guevara, Dolores Ibárruri. En ciertos bares, en ciertos pisos de estudiantes, la cara y la mirada de Miguel Hernández formaban parte de un paisaje visual que también incluía las reproducciones del Guernica. Era difícil pensar entonces que aquel retrato hubiera sido el de un hombre real, no un santo laico ni un mártir ni un símbolo, un hombre, además, que si hubiera vivido no sería entonces muy viejo, porque había nacido ya bien entrado el siglo, en 1910. Estremece siempre hacer las cuentas de su edad: con 22 años hizo su primer viaje a Madrid y publicó su primer 29


GENTE SIN GLORIA

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Empezó a escribir poemas con una voz y un despojo que no se parecen a nada en la literatura española.

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libro de poemas; no había cumplido 26 cuando logró por primera vez la maestría indudable de El rayo que no cesa; tres años después, la guerra ya perdida, entró por segunda vez en la cárcel y no volvió a salir de ella. Pero la rapidez de todo se vuelve más asombrosa cuando contrastamos la altura de sus logros mejores con su punto de partida. Hacia 1937, Miguel Hernández empezó a escribir poemas con una voz y un despojo que no se parecen a nada en la literatura española, y muy poco antes había alcanzado ya un dominio de lenguaje y de las formas poéticas en el que estaba comprimida por igual la disciplina de la tradición clásica y la libertad del surrealismo: pero sólo unos años atrás, a finales de los veinte, su horizonte poético era todavía el de la retórica averiada de los juegos florales, cuando no el todavía más horrendo de la poesía entre sentimental y rústica en dialecto comarcal, muy imitada, de Gabriel y Galán. El mismo hombre que publica en 1937 la Canción del esposo soldado había presentado en 1931 un Canto a Valencia a un concurso oficial en dicha provincia, en el que, bajo el lema Luz, Pájaros y Sol, se sucede una catarata de versos que incluye el siguiente pareado:

Con emoción agarro/el musical guitarro. El pobre Tenía desde que encontró su vocación, en la primera adolescencia, la desvergonzada capacidad de mimetismo de los grandes autodidactas, el amor agraviado por el saber de quien fue apartado demasiado pronto de la escuela. Una leyenda que él mismo se ocupó de alimentar ha exagerado la pobreza de sus orígenes, y contribuido fatalmente al malentendido paternalista y populista que hace de él un talento rústico, una especie de diamante en bruto. Es verdad que Miguel Hernández dejó la escuela a los 14 años y se puso a cuidar cabras, pero las cabras pertenecían a los rebaños de su padre, que era un hombre de cierta posición. Más que la pobreza, lo que debió de herirlo cuando tuvo que abandonar la escuela fue la vejación de verse a sí mismo pastoreando cabras mientras otros con menos inteligencia natural que él continuaban en las aulas; también la sinrazón de una brutal autoridad paterna que no por ser propia de la época era menos hiriente para su espíritu innato de rebeldía y de justicia. El padre despótico veía la luz encendida a altas horas de la noche en el cuarto del niño lector y lo castigaba a


GENTE SIN GLORIA

El verbíboro Pero se marchaba el padre y Miguel Hernández volvía a encender la luz y recobraba el libro escondido, muy usado, alguno de los que encontraba en la biblioteca pública o en la de un sacerdote de Orihuela, el padre Almarcha, que empezó siendo su protector y fue luego uno de sus muchos verdugos. Leía de noche a la poca luz de una bombilla o de un candil, y cuando salía con las cabras llevaba el libro escondido en el zurrón y seguía leyendo, devorando toda la poesía española que encontraba, la buena y la mala, lector omnívoro a la manera de los autodidactas que no tienen más guía que su propio entusiasmo, originado quién sabe dónde. Nada de lo que a otros les estuvo siempre asegurado fue fácil para él: nada de lo más elemental, el papel, la pluma, la tinta, la mesa. Escribía versos en papel de estraza con un cabo de lápiz. Quería escribir y no tenía dónde apoyarse. Una piedra, el lomo de una cabra. Hay que leer sus poemas juveniles para darse cuenta de la penuria estética de la que

partió, de la clase de talento y de furiosa voluntad que le fueron necesarios para sobreponerse a limitaciones invencibles. Entre la retórica mal digerida de la poesía barroca y de los atroces versificadores tardorrománticos y tardomodernistas, en esos poemas aparece un fogonazo de realidad observada de cerca, de naturaleza y vida animal y exasperación humana de soledad y deseo: Miguel Hernández, pastoreando cabras, copia laboriosamente los lugares comunes más decrépitos de la poesía pastoril, pero le sale de pronto una desvergüenza sexual campesina, una claridad expresiva que con el paso del tiempo será uno de los rasgos más originales de su voz poética, el arte supremo de hacer literatura llamando a las cosas por su nombre. Tampoco tuvo vergüenza para medrar cuando le fue necesario: para cultivar un personaje que al despertar simpatías le beneficiaba en sus propósitos, pero también lo hacía vulnerable a la condescendencia, bienintencionada o malévola. Empezó jugando a ser el “pastor poeta” del primitivismo pintoresco, y en la sociedad literaria de Madrid en vísperas de la guerra siguió siendo, entre hijos de buena familia con inclinaciones

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correazos y a patadas (20 años después su hijo estaba muriéndose de neumonía y tuberculosis en la prisión de Alicante y no se molestó en visitarlo).

De pronto le sale una desvergüenza: el arte supremo de hacer literatura llamando a las cosas por su nombre.

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GENTE SIN GLORIA

izquierdistas, damas de sociedad y diplomáticos, el campesino moreno y exótico, el inocente y bondadoso que llevaba alpargatas y pantalón de pana que podía ser entrañable, pero no siempre era invitado a las reuniones de buen tono. Miguel Hernández, que persiguió con calculada adulación y sincero fervor a tantos de sus contemporáneos -la adulación y el fervor, en su caso, eran compatibles-, quizá no tuvo entre los literatos de Madrid ningún amigo de verdad salvo Vicente Aleixandre. En la intemperie de su vida había una soledad que no aliviaba nadie: Ya vosotros sabéis / lo solo que yo voy, por qué voy yo tan solo./ Andando voy, tan solos yo y mi sombra. Provocaba cierta incomodidad, cuando no abierto rechazo. Rafael Alberti en verso y María Teresa León en prosa le atribuyen sin demasiados eufemismos un olor poco adecuado para las cercanía sociales. García Lorca no se presentaba en una casa si sabía que Miguel Hernández estaba en ella. Llamó por teléfono a Aleixandre con la intención de ir a visitarlo, y al enterarse de la presencia de Hernández no se contuvo: “Échalo”. Demasiado inocente o muy aturdido por la derrota, elige la peor huida posible y va a 32

meterse él solo en la boca del lobo. Como Lorca buscando refugio en Granada, Miguel Hernández regresa con cabezonería suicida a su pueblo y a la cercanía de su mujer y su hijo, y en septiembre de 1939, ni siquiera con 29 años cumplidos, cae en la red de las cárceles y los procesos sumarísimos para no salir ya nunca. Nadie mejor que los paisanos y los convecinos de uno para abatirlo a traición con la quijada de Caín. El trato que recibe de los vencedores -civiles, militares, eclesiásticos- revela la catadura de un régimen construido expresamente sobre la venganza de clase. Miguel Hernández es el retrato robot del vencido, el enemigo perfecto. El anacrónico Pero en la ansiosa modernidad de los años ochenta, de pronto, ya no había sitio para Miguel Hernández: los mismos rasgos que habían contribuido a su consagración ahora lo volvían anacrónico. En un país donde no hay actitud intelectual más celebrada que el desdén, nada era más fácil de repente que desdeñar a Miguel Hernández: había que ser cosmopolitas, y él resultaba demasiado autóctono; neuróticamente urbanos, y Hernández parecía demasiado rural; adictos a las modas capilares e indumentarias, y


GENTE SIN GLORIA

él permanecía congelado en su cabeza rapada y sus ropas de pana. En una época, los años ochenta, en la que estaba de moda despreciar con un mohín a Antonio Machado, Miguel Hernández tenía algo de antigualla embarazosa. No era un poeta: era una letra de canción anticuada. En una literatura tan pudibunda y tan temerosa de lo sentimental como la española, él escribió sin reparo sobre el deseo sexual, sobre su ternura masculina de esposo y de padre. Su mejor poesía política conserva una fuerza de belleza y rebeldía que la hace muy superior a la de Neruda. Neruda no habría escrito jamás, por ejemplo, El tren de los heridos. Le faltaba empatía verdadera hacia los seres humanos, y no había compartido sus padecimientos. Neruda se declaró siempre maestro de Hernández, y sin duda lo fue en algún momento, pero yo tengo la sospecha de que el Canto General le debe a Vientos del pueblo mucho más de lo que el propio Neruda habría estado dispuesto a reconocer. En Miguel Hernández lo más íntimo y lo más político, la emoción privada y la arenga pública, se conjugan más estrechamente que en ningún otro poeta. Y en el Cancionero y romancero de ausencias, la hondura y el

despojo provocan un estremecimiento que es el de las cimas más solitarias de la literatura, el del Libro de Job y las Coplas de Jorge Manrique y François Villon y Fray Luis de León y la Balada de la cárcel de Reading y Antonio Machado. Toda retórica ha sido abolida, todo rastro de amaneramiento. Los versos tienen a veces una impersonalidad desnuda de poesía popular, de letra flamenca o de romance antiguo; en ellos se nota la doble sombra triste de Machado y de Lorca, los otros dos poetas aniquilados por la guerra: Písame,/ que ya no me quejo./ Ódiame,/ que ya no lo siento./ No me olvides/ que aún te recuerdo/ debajo del plomo/que embarga mis huesos.

Písame, que ya no me quejo. Ódiame, que ya no lo siento. No me olvides, que aún te recuerdo debajo del plomo, que embarga mis huesos.

” 33


LETRAS CON RUIDO

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EL ECLIPSE NO FUE PARCIAL FERMÍN BLANCO

“Las tazas sobre el mantel”. Tú con ese rostro de “no pasa nada”, yo sin control, insomne, en descomposición. En la radio, esa vieja canción. “La Soda” me clavó un cuchillo mientras callabas: el té para tres. Sentados en un rincón del café que en otras circunstancias solíamos frecuentar, te sometías al interrogatorio. Mi voz entrecortada, las manos inquietas, las preguntas nerviosas e imprecisas. Tú, taciturna, concentrada en tus jugueteos con la cuchara, que se perdía y emergía del agua enturbiada. Al final, la respuesta esquiva. “El eclipse no fue parcial…”. No entendí la razón del maquillaje en “la versión oficial”. “Un sorbo de distracción, buscando descifrarnos”. La verdad en tus ojos habló en tu ausencia. Incomodidad a la carta. Me tomaste de la mano. Tu

supuesto gesto de buena voluntad insultaba. “Un poco de miel no basta”. El trago amargo en mi paladar. -¿Por qué? –pregunté. Palideciste. El murmullo general nos dejó en la soledad y después enmudeció. Nos concentramos en esa triste canción. La que no volveremos a entonar en adelante: “Te vi que llorabas, te vi que llorabas por él”. Saqué la billetera. La cuenta, por favor. Me levanté sin pronunciar algo más. No hacía falta. Caminaba hacia la salida a paso lento. Pensé que me tomarías por el brazo y ahí mismo me dirías que eras real. No te moviste. Tu mirada firme hacia la silla desocupada. El final mordaz de una historia que resultó ficción. Afuera, “La lluvia derramada”; una cortina grisácea en la tarde agonizante.

Moverse era más que difícil. Tenía puesta la cadena de la necedad. La necedad generada por la costumbre, y ésta, a su vez, por un sentimiento que ya estaba fuera de lugar. El confort se fue volando sin intención de regresar. Un vacío en el estómago se escondía entre un par de tazas, y de té negro. Volteé hacia el aparador del café. Aún seguías ahí. El rostro descompuesto en claroscuro. Tus ojos ennegrecidos por el maquillaje corrido. Los comensales presenciaban el último acorde en la guitarra. El fin de la canción. 35


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BENDITOS MALDITOS

INVENTARIO DE LOS PEORES DIAS ´

Soy un conato mal logrado mezcla de naufragio y salvavidas. Me acicalo la greña si te recuerdo y le grito a un rato cualquiera que me faltan minutos para ser más sensato. Y me tiro al sillón pero tengo frío. Y rescato dos tragos de una coca cola de dieta. Y me acuesto pero tengo hambre. Y sueño pero tengo sueño. Pero no me hagas demasiado caso, son estos pinches lunes en los que no encuentro consuelo.

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Pedro Ibarrola.


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Soy un conato mal logrado mezcla de naufragio y salvavidas. Me acicalo la greña si te recuerdo y le grito a un rato cualquiera que me faltan minutos para ser más sensato. Y me tiro al sillón pero tengo frío. Y rescato dos tragos de una coca cola de dieta. Y me acuesto pero tengo hambre. Y sueño pero tengo sueño. Pero no me hagas demasiado caso, son estos pinches lunes en los que no encuentro consuelo. Tengo tres pesos en la bolsa que han sobrevivido a devaluaciones y dos lunares en el brazo izquierdo desde que me acuerdo. Me subo a la azotea para fumar y esperar a que se me caiga el cielo. Y me asomo a la calle y pienso en aventarme. Para qué, me pregunto, con tanta basura que ya hay en el suelo. Tengo ganas de que la Wonder Woman me salve un día, llevarla a Covadonga, al Xel Há o terminar en el tugurio más

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on malos versos y peores rimas, mentiras furtivas, golpes bajos. Lo que escribo es pan con mantequilla, jugo y café, el cigarro de mediodía. Sigo siendo el hombre que fui y soy, un poco disléxico, medio sinvergüenza, tísico y con ojeras si me arranco los lentes. Un muerto vivo que se quiere morir viviendo. Ya no tengo ganas de salvar el mundo ni aporto dinero para ayudar a las ballenas ni proteger a los manatíes. No contesto a las ciento treinta y tres Causes en Facebook, que me perdonen mis 54 amigos, pero ya me da igual la Presa El Zapotillo o que el mar se contamine más. Ustedes disculpen, soy un hombre triste y sin metas a mediano ni a largo plazo. Este fin de semana lo pasaré babeando la ventana para ver si rompo el cristal. Ya no me importa el cielo que hemos llenado de agujeros y francamente no estoy en contra del 16% al IVA ni el 3% a Telecomunicaciones, tampoco defiendo al SME. Qué más da. Para qué protestamos si en 15 días se nos va a olvidar, como pasó con Chiapas, con Marcos, los sueños y la libertad. Y mientras, yo sigo de hipócrita: si me preguntan por qué tengo una mac, digo que por la sustentabilidad ecológica.

BENDITOS MALDITOS

romántico que podamos encontrar, que me regrese a casa porque me puse borrachote con los amigos y que use su látigo mágico para hacerme perder la memoria o decir la verdad. Tengo un blog que tiene más éxito que yo, los zapatos al revés y una lágrima estilo cocodrilo atorada desde hace once meses que revienta por salir a ti. Tengo la nostalgia estacionada, la pereza acostada, la rabia a flor de piel y en la frente estas arrugas prematuras con vida propia. El sábado colgué un anuncio en el Aviso Oportuno de El Universal: «Rento mi vida amueblada mientras no estás». Tengo el corazón quebradizo, dos ocurrencias y una revista que ya leí y ahora subrayo (porque nunca hago las dos cosas a la vez). Tengo una escalera que no sube, un paracaídas que no abre, la gotera que no termina y una Bic que sí supo fallar.


BENDITOS MALDITOS

Ya no respiro, sólo suspiro, y mañana voy a comprarme una playera que diga: «todo está bien». Tengo amigos que ya no son y algunas promesas que se parten en dos. Conservo los sueños que tuve a los seis años y que otros cumplieron por mí. Porque no puedo ser mejor de lo que nunca he sido. Porque me tocó una vida común que insisto en no mejorarla. Porque me salgo a caminar, a terminarme un Delicado, y encuentro a un perro que me pega su tiricia, que es como una enfermedad terminal. Y tú, carajo, eres especialista en tener malos ratos, en fingir la sonrisa, en mirarme de lado, en abusar de mis pasos, en decirme que no. Tienes la vida que cualquiera quisiera, pero por eso ya no la quieres tener. Lloras con disciplina dos veces por semana. Siempre

lunes y jueves. Te arrancas las flores que te adornan, las marcas que te visten, las horas que no cuentas. Pero eres perfecta precisamente porque nunca lo has sido. Deja, entonces, de pensar en lo que más te agobia. Olvídate de todo lo que tienes que recordar. Ya no sumes días. Para la cuenta de las horas. Que si el día se va, que se joda. Sujétate a mí. Porque yo, si te vas, hago plegarias y renglones que comienzan igual. Repito palabras y uso sinónimos para no escribir tan mal. Me guardo algunas rabias que aquí no puedo escupir y sólo si pienso que pasarás me pongo la playera de los Red Hot Chilli Peppers para llamar tu atención. Rompe tus espejos, que nadie te vea querer ser más bella. Aquí todos somos feos. Unos, como yo, más que otros. Aquí todos somos tontos y medio

Rento mi vida amueblada mientras no estás »

tercos. Unos, como yo, más que otros. Aquí todos somos misóginos que aman a las mujeres, feministas que odian a sus congéneres, machos sensibles, féminas malencaradas. Aquí todos somos aburridos, medio apáticos, con lágrimas que escondemos. Aquí todos tenemos la sonrisa imitada, fácil, a modo. Aquí se está llorando a mil pupilas. ¿Quién quiere mejorar un país históricamente podrido? Yo no. ¿Quién tiene ganas de progresar? Yo no. ¿Quién va a organizar marchas para detener el calentamiento global? Yo no. ¿Quién se volverá vegetariano para salvar el planeta? Yo no. No se esfuercen. No sonrían si no quieren. Nadie los obliga a mejorar. Hoy tengo lo tanto que no tengo y que aunque tuviera no lo tendría porque no estás. ¿Quién se quiere enamorar de ti como lo hice yo? Yo no. Ayer me dormí vestido y con zapatos. Hoy desperté, preparé café y prendí la compu. Le di (por fin) “Aceptar” a todas las Causes de Facebook y me robé una foto de tu perfil. Tu cabello es el mismo y yo estoy con mejor ánimo. Limpio mis lentes con el mismo trapo que ayer sequé el cereal que derramé y el resultado es un desastre. Me quito un cornflakes de la oreja. 41


BENDITOS MALDITOS

CON Y SIN ,

ADIOS Julio Ramírez Reyes

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BENDITOS MALDITOS

A

prendía a poner la letra F en el teclado sin mirar y a matar mosquitos que aprendieron a picarme en el codo. Porque no salgo, se me olvida a qué huele la noche y las venas del día. Miro al techo del mundo y la luna es el sol de los muertos. Huelo a prestado y a ropa encandilada de frío. Soy el periódico de antier, la sección de espectáculos, que vive de morder gente que se siente agredida y no se mira. Qué falta de humildad, la mía; qué papel de víctima mal ensayado, el suyo. Qué dejo de tristeza, qué melancolía, la del periódico de antier, tirado afuera del Oxxo y a medio leer. Huelo al celular que suena aunque nadie llame y a la mañana siguiente que no llega. Huelo a prestado. Soy lo que

me dice el espejo roto, que corta mi cara en dos, cada una con su pedazo de nostalgia e hipocresía. Hoy es la tercera noche que no duermo, pero tampoco quiero hacerlo, porque al despertar voy a darme cuenta de que el mundo no se arregló mientras dormía. Y como mal y fumo más. Y estoy triste pero también quiero estarlo, que nadie me quite esa felicidad. Voy camino a la banca más escondida de un camellón bien arbolado, con un insolente sol a cuestas y esta pinche tristeza, que ni el humo de un camión ni el del cigarro despejan. Y me hago a la ilusión de que el mundo me necesita, me doy mi cuota de importancia, de egolatría, para no terminar siendo un emo crónico en el país de los emos. 43


BENDITOS MALDITOS

Camino con mis pasos/ brincos y más lento que un día cualquiera. Terminé por amarrarme a mis piojos y no creer en la esperanza para no atenerme a ella. Cada día pongo en marcha la fábrica de huesos y piel que soy. Y miro los portales de noticias y los pobres de ayer ahora son más pobres, los políticos de ayer ahora son más ladrones e inmorales, los gobernantes de ayer son hoy más soberbios y salpican la baba que (no lo saben) los hace caer. Las iglesias de ayer predican hoy a un dios que está en oferta. Y un país dejó de existir. Se llamaba Haití. Y me da miedo. Igual que ayer. Lo mismo, aunque más intenso. Así regreso a casa, con esas noticias. Y la cerradura está descompuesta, o eso pienso, hasta que caigo en la cuenta de que la llave no era la de mi puerta. Pendejo, me dice el perro que no tengo. Luego se echa a mis pies, pero parece cansado, tanto o más que yo, que lo mantengo vivo de inventarlo. Le pongo la mitad

de mi té en su tazón verde que tiene escrito debajo un verso de algún poeta maldito. Los libros que no tienen orden sobre el sillón son la imagen de mi estado de ánimo; mi falta de imaginación sólo ve tardes de mercado y gritos en los vagones del metro y en el pesero. El calendario es un ruin jardinero de días que se adelantan hasta envejecer y después la muerte. Y yo siempre dejo las cosas en el peor momento. Por ejemplo, justo cuando me salgo de Facebook, se me curre la mejor frase para mi estado de ánimo; si me rindo, había ganado; si odio, me quieren; si la olvido, regresa; si pago la cuenta en el bar y me largo cargado de tequilas, ha de entrar alguien a quien no conozco, pero a la que mi vida estaba esperando. Escogí a las mujeres que tenían compromisos. Abandoné a las que me querían para arrastrarme por el suelo, apenado, detrás de alguna a la que no le intereso. Y además soy tímido, bobo, lento y feo.

Y luego, nada. Mis feroces minucias, polvo en la escalera y baba en el ropero. Leche descremada, pan tostado y medio galón de jugo de naranja sin tapa. Mis hojas destartaladas y unas letras cansadas de ser analfabetas. Y este texto, escrito en 27 minutos, para convencerme de que ya no te quiero. Soy el todo de mi nada. Mi pequeño dictador, un golpe de Estado a mi tristeza. El presidente de un valle de lágrimas infértil y poco bondadoso (y ridículo y exagerado). Lo que más duele es haber dado todo cuando no te dieron nada. Es el despertar del descuido, la simulación malbaratada, minutos de un reloj cabizbajo y con prisa. Es darte cuenta que a quien quisiste era más bien un capricho de tu propia naturaleza. Y cuánto tiempo desperdiciado, con ganas de ir a la basura, cuántas cosas en vano, qué tiempo mal usado. Porque sí: quererte fue una mala inversión, me lo dice la bancarrota en la que estoy.

Escogí a las mujeres que tenían compromisos. Abandoné a las que me querían para arrastrarme por el suelo, apenado, detrás de alguna a la que no le intereso. Y además soy tímido, bobo, lento y feo. 44


BENDITOS MALDITOS

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MIS

PULGAS, y la trizteza Manuel Saldaña Hernández

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BENDITOS MALDITOS

C

ómo quisiera, en serio, cómo quisiera que tú fueras mis pulgas, que todas las tardes me sacaras a pasear, revolcarme en tus blusas y orinar frente a ti. Cómo sería si un día despertaras y te dieras cuenta de que duermo a tu lado, que mido cuarenta centímetros, peso 19 kilos y que soy raza Beagle orejón, que mi pelo es corto y requiere mínimos cuidados, como cepillarlo de vez en cuando con champú seco o jabón suave. Cuánto daría por ser el perro que no tienes y gozar de tantos privilegios, que me rasques la panza, que me acicales la oreja, que por lo menos me mires todos los días, que te vea desvestirte cuando vuelvas de la universidad, que te escuche cantar si te bañas, que te vea llorar y me abraces porque con tus padres otra vez todo va mal. Cómo me gustaría que para hacerte reír bastara con rodar en la alfombra, hacerme el muertito o perseguirme la cola. Cómo quisiera dejar de escribir y hacerme tu mejor amigo otra vez. Cuánto anhelo que me dejes las croquetas a diario, que me saludes, te despidas, te preocupes por mí y que me quieras aunque no tenga educación ni pedigrí, aunque muerda tus zapatos, me beba 48 48

el agua del escusado y no tenga porvenir. Cómo quisiera cambiar a Verlaine por un hueso, olvidar a Faulkner y entretenerme con el cesto de tu ropa sucia, y que mi meta del día no sea escribir dos cuartillas sino verte llegar. Ven, ponme el nombre que más te guste, bésame en la trompa y dame la vitamina que no me quiero tomar. Cúrame la fractura de mis patas y cómprame un nuevo collar. Cómo disfruto escucharte llorar cuando chillo porque al cabrón del veterinario le caigo mal y me quiso castrar, y después verte celosa porque me entretuve olfateando a una Cocker Spaniel Inglés. Siempre tan perro, pensarás. Cómo quisiera besarte los tobillos, babearte el antebrazo, mirarte con ojos falderos, que interrumpas tu lectura por mí. Pasearme por tu recámara, ser dueño de un poco de tu espacio vital, contar tu respiración cuando duermas, velar tus sueños, cuidarte de mí. Cuánto daría por apestar a mojado, enfermar de moquillo y que me vacunes y desparasites. Joder. Cómo sería si ladrara en lugar de escribir. Pero no. Pasa que no puedo ser menos perro que lo que ahora soy. Duermo debajo de un puente, en el cruce de Insurgentes y Nuevo León. Tengo roña y mis patas traseras

ya no responden. Me arrastro a donde quiera que voy y diario doy más lástima que ayer. Todos los días te espero echado debajo de tu Chevy plateado o afuera del zaguán de tu casa. Aquí estoy, para cuando quieras que esté. Te digo que te extraño ladrando y me revuelco por ti. Me gano enemigos. Me asoleo y comienzo a cesar. Me lamo mis heridas. Me echo de nuevo. Me rasco el lomo. Me sangra el hocico. Me duelen los ojos. Me amenaza la perrera delegacional. Es martes de nuevo y ya lo sé: nunca seré tu perro. Tengo cuatro mensajes de texto en mi celular: dos invitaciones al cine, una para tomar un café y las [siempre malas] noticias del día que borro sin siquiera mirar. Tengo un look de presidiario mal logrado y estoy ronco de tanto fumar. No me dejo ayudar y hoy, después de casi seis años, volví a llorar. Perdona mi pesimismo, pero hoy no me quiero levantar. Veo un mundo tan mundo, tan cansado de girar, tan harto de tener días y noches, que huele a tedio, a humedad, a falsa solidaridad. El metro apesta a culo, a la grosería que es la humanidad, a todo el sudor que se les cae de la cabeza, a pelo con grasa, a codos mugrosos, a gente que es basura que es gente.


BENDITOS MALDITOS

Tengo mal humor, posiblemente rabia y tiricia. A nadie me acerco. Cuento la vida que no tengo. Todo esto es quien no soy. Me arrimo al espejo. Me digo pendejo. Me río. Me acuesto. Leo. Escribo. Despierto. Digo verbos. Cambio adverbios. Vacuno proverbios. Confundo sintaxis. Enredo

predicados. Blasfemo sujetos. Me callo. Me duermo. Te pienso. Y ya. Y ya. Cómo quisiera, en serio, cómo quisiera que tú fueras mis pulgas, que todas las tardes me sacaras a pasear, revolcarme en tus blusas y orinar frente a ti. Pero eso ya lo había escrito.

Cuánto daría por dejar de fumar, hacer un poco de ejercicio y comer a mis horas, por dormir más y mejor, por tener todas mis vacunas. Cómo sería si dejara de untarme en la ventana pensando que pasarás y me olvidara de hacer dibujos con el vaho que dejo en el cristal.

Tengo mal humor, posiblemente rabia y tiricia. A nadie me acerco. Cuento la vida que no tengo. Todo esto es quien no soy. Me arrimo al espejo. Me digo pendejo. Me río. Me acuesto. Leo. Escribo. Despierto. Digo verbos. Cambio adverbios. Vacuno proverbios. Confundo sintaxis. Enredo predicados. Blasfemo sujetos. Me callo. Me duermo. Te pienso. Y ya. Y ya. 49


(IN)VERSOS

50

yo nací un día que dios estuvo enfermo, grave.

VALLEJO

(

CèSAR

)


(IN)VERSOS

Espergesia

Espergesia

Heces

Yo nací un día que Dios estuvo enfermo.

Esta tarde llueve, como nunca; y no tengo ganas de vivir, corazón.

Todos saben que vivo, que soy malo; y no saben del diciembre de ese enero. Pues yo nací un día que Dios estuvo enfermo.

Esta tarde es dulce. Por qué no ha de ser? Viste de gracia y pena; viste de mujer.

Hay un vacío en mi aire metafísico que nadie ha de palpar: el claustro de un silencio que habló a flor de fuego.

Y otras pasan; y viéndome tan triste, toman un poquito de ti en la abrupta arruga de mi hondo dolor.

Heces

Por eso esta tarde, como nunca, voy con este búho, con este corazón.

Esta tarde llueve, llueve mucho. ¡Y no tengo ganas de vivir, corazón!

Yo nací un día que Dios estuvo enfermo. Todos saben que vivo, que mastico... y no saben por qué en mi verso chirrían, oscuro sinsabor de ferétro, luyidos vientos desenroscados de la Esfinge preguntona del Desierto. Todos saben... Y no saben que la Luz es tísica, y la Sombra gorda... Y no saben que el misterio sintetiza... que él es la joroba musical y triste que a distancia denuncia el paso meridiano de las lindes a las Lindes. Yo nací un día que Dios estuvo enfermo, grave.

Intensidad y altura

Intensidad y altura

Quiero escribir, pero me sale espuma, Quiero decir muchísimo y me atollo; No hay cifra hablada que no sea suma, No hay pirámide escrita, sin cogollo. Quiero escribir, pero me siento puma; Quiero laurearme, pero me encebollo. No hay toz hablada, que no llegue a bruma, No hay dios ni hijo de dios, sin desarrollo. Vámonos, pues, por eso, a comer yerba, Carne de llanto, fruta de gemido, Nuestra alma melancólica en conserva. Vámonos! Vámonos! Estoy herido; Vámonos a beber lo ya bebido, Vámonos, cuervo, a fecundar tu cuerva. 51


(IN)VERSOS

Los dados eternos

Los heraldos negros

Dios mío, estoy llorando el ser que vivo; me pesa haber tomado de tu pan; pero este pobre barro pensativo no es costra fermentada en tu costado: ¡tú no tienes Marías que se van!

Hay golpes en la vida, tan fuertes... ¡Yo no sé! Golpes como del odio de Dios; como si ante ellos, la resaca de todo lo sufrido se empozara en el alma... ¡Yo no sé!

Los dados eternos

Dios mío, si tú hubieras sido hombre, hoy supieras ser Dios; pero tú, que estuviste siempre bien, no sientes nada de tu creación. ¡Y el hombre sí te sufre: el Dios es él! Hoy que en mis ojos brujos hay candelas, como en un condenado, Dios mío, prenderás todas tus velas, y jugaremos con el viejo dado. Tal vez ¡oh jugador! al dar la suerte del universo todo, surgirán las ojeras de la Muerte, como dos ases fúnebres de lodo.

Los heraldos negros

Son pocos; pero son... Abren zanjas oscuras en el rostro más fiero y en el lomo más fuerte. Serán tal vez los potros de bárbaros atilas; o lo heraldos negros que nos manda la Muerte. Son las caídas hondas de los Cristos del alma, de alguna fe adorable que el Destino blasfema. Esos golpes sangrientos son las crepitaciones de algún pan que en la puerta del horno se nos quema. Y el hombre... Pobre... pobre! Vuelve los ojos, como cuando por sobre el hombro nos llama una palmada; vuelve los ojos locos, y todo lo vivido se empoza, como charco de culpa, en la mirada. Hay golpes en la vida, tan fuertes... ¡Yo no sé!

Dios mío, y esta noche sorda, obscura, ya no podrás jugar, porque la Tierra es un dado roído y ya redondo a fuerza de rodar a la aventura, que no puede parar sino en un hueco, en el hueco de inmensa sepultura.

( 52

fuiste tan buena para mí, hasta dolerme. no debiste.

)


(IN)VERSOS

Mentira

Piedra negra sobre una piedra blanca

Mentira. Si lo hacía de engaños, y nada más. Ya está. De otro modo, también tú vas a ver cuánto va a dolerme el haber sido así.

Me moriré en París con aguacero, un día del cual tengo ya el recuerdo. Me moriré en París -y no me corrotal vez un jueves, como es hoy, de otoño.

Mentira. Calla. Ya está bien. Como otras veces tú me haces esto mismo, pero yo también he sido así.

Jueves será, porque hoy, jueves, que proso estos versos, los húmeros me he puesto a la mala y, jamás como hoy, me he vuelto, con todo mi camino, a verme solo.

A mí, que había tanto atisbado si de veras llorabas, ya que otras veces sólo te quedaste en tus dulces pucheros, a mí, que ni soñé que los creyeses, me ganaron tus lágrimas. Ya está.

César Vallejo ha muerto, le pegaban todos sin que él les haga nada; le daban duro con un palo y duro

Mentira

Piedra negra sobre una piedra blanca

también con una soga; son testigos los días jueves y los huesos húmeros, la soledad, la lluvia, los caminos...

Mas ya lo sabes: todo fue mentira. Y si sigues llorando, bueno, pues! Otra vez ni he de verte cuando juegues. Setiembre

Setiembre

Aquella noche de setiembre, fuiste tan buena para mí... hasta dolerme! Yo no sé lo demás; y para eso, no debiste ser buena, no debiste. Aquella noche sollozaste al verme hermético y tirano, enfermo y triste. Yo no sé lo demás... y para eso, yo no sé por qué fui triste... tan triste...! Solo esa noche de setiembre dulce, tuve a tus ojos de Magdala, toda la distancia de Dios... y te fui dulce! Y también fue una tarde de setiembre cuando sembré en tus brasas, desde un auto, los charcos de esta noche de diciembre. 53


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BERRINCHES EN LETRAS

mis raros humores ROBERTO ZABALA

H

ay una guerra entre mí y yo. Jugamos a entendernos para poder compartir un cuerpo sin explotar, pero no nos soportamos. Yo quiere una rehabilitación para la tristeza, pero a mí siempre le vuelve la nostalgia. Yo y mí no se quieren, casi se odian. Mis cortinas están hechas en China, debajo del sillón viven pelusas y pulgas, boletos del metro perdidos, un chicle y mi mal humor. En la jarrita de agua supuestamente purificada se acaba de suicidar una mosca, pienso que por amor. Mis amigos me quieren, a mí y a mis raros humores. Me emborracho más si no tomo y todas las noches, a las diez de la mañana, busco debajo de la cama, por ver si apareces entre los monstruos que 56

no me dejan dormir. Recordar, por más que lo digan, no es volver a vivir. La angustia es ver que sigues creciendo y vas tachando los sueños que no pudiste cumplir. Te duermes, si puedes, respiras la almohada y mañana todo va a seguir igual. Los ojos siguen donde siempre y ven los (benditos) horrores de ser humano. Me río de los que dicen “quiero ser mejor”. La vida debería ser un reloj que se vuelva loco, y a veces avance y otras vaya hacia atrás. ¿El calendario? Un manicomio. ¿Cumplir años? Qué risa. ¿Día y noche? Caprichos del sol. El amor receta enfermedades: yo tengo el primer estornudo y cojeo del corazón. Hacen falta drogas duras que curen la ironía de sentirse

bien. Escribo porque estoy harto de todo y de mí. Si supiéramos que lo que vivimos hoy, mañana serán recuerdos, haríamos mejor las cosas: haría mejor las cosas. Pero no. Esperamos a que la vida nos dé los pellizcos necesarios. Vamos a mirarnos en el espejo: traemos en los ojos bombas nucleares, celos, enojos, caricias que no entrenamos. Narramos las mil y una noches por ser lo que no fuimos, la cosa que somos. Qué hubiera sido de mí si fuera otro. Por dónde andaría. Me gusta cuando llueve, y la ciudad es nueva. La lluvia, pienso, es la anestesia para hombres como yo. Un día voy a levantar los cerros al cielo y poner orden entre las olas y los continentes. Hoy no. Qué arrogante soy.


BERRINCHES EN LETRAS

ERES Y SOPORTO MARIO HIDALGO

A

brir paréntesis. Estos ojos, sin tus ojos, son dos hormigueros oscuros y de paja, y estas manos, sin las tuyas, dos manojos de odios compartidos, de nervios, angustia y olor a tabaco y té de yerba buena con miel. Eres la marcha de mi respiración, la sonrisa que no es perfecta pero igual necesito, el peso de mi voz cuando no hablo, el ir y venir de mis ojos si leo. Eres un rayón sobre mi cuaderno limpio y un descanso para este cansado de tanto. Todo es un sueño: mi carisma caído, sombrío, austero. Mis laberintos privados y mi tristeza de medio pelo.

Sigues con veintipocos, ando en veintialgos, nos comemos la ciudad, cantamos a Dylan borrachos desde el balcón. Eres yo en mí, y nada y tanto como te extraño: soy humo y tú el suspiro que me detiene. Eres cambio de rumbo si soy tu río, o suelo firme si soy un árbol. Hago berrinche por haber nacido y algunas pataletas por haberte conocido. Yo soporto la lactosa, guardo una guitarra sin cuerdas, la planta del escritorio se secó. No quiero ahorrar para comprar una casa ni ser viejo. Los sueños que tuvimos son los que rompimos. Afuera la gente sigue siendo tan común.

Me voy al cuarto a ver la tele, a reírme de mí. Mi perro no asusta a ningún gato, al vecino le gusta Juan Gabriel, qué bien te ves de negro, qué lindos tus aretes cuando son largos. ¿Mi cara? La de siempre, por favor. El pasado no existe y el futuro es lo mismo, siempre lo mismo. Sigue lloviendo. Da tristeza. Me aburro de mí. Ya me voy. Me regreso. Aquí sigo. Yo soy el mismo de siempre, el que conociste, el que no cambió: los libros son la única patria que no me parece despreciable y cuando felicito al novio en una boda, a mí siempre se me antoja la novia. Cerrar paréntesis.

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BERRINCHES EN LETRAS

, TODO ESO QUE ERA Y FUI CARLOS SANCHEZ

O

jalá fueras tú con quien escuchara esta música y ojalá, en serio, ojalá fueras tú quien marchitara mis días. Ojalá vivieras tres segundos en este texto que no tiene sentido. Ojalá tomaras esta luciérnaga de papel que guardo. Ojalá te sentaras un rato a mi lado a soplar hormigas 58

con un popote, a rascar la barriga del perro que no tengo, a tronar cuetes en el techo del vecino. Ojalá me dieras dos minutos de tu tiempo para resumirte todos estos días sin ti: qué he hecho, a qué me atengo, por qué escribo. Ojalá dejaras de cumplir años si no estoy contigo. Ojalá que fue-

ras de nuevo mi calendario desabrido. Ojalá me ayudaras a ponerle dinamita a todas las sucursales bancarias de la ciudad para que nos atrapen, pasa salir en televisión, para ir a la cárcel y levantar el puño en alto, para lanzar una consigna por una causa que, si no eres tú, ¿entonces qué me queda?


BERRINCHES EN LETRAS

QUE ME ABANDONEN MIS HADAS ignacio ruiz

O

jalá que alguien me llame, que toquen la puerta, que suene el teléfono, me interrumpan y no tenga que comenzar. Ojalá que no sea tarde para contarlo y que todavía le importe a alguien — aunque no seas tú—, que por lo menos hoy camines despacio o que te detengas porque pienses que algo se te olvidó. Ojalá que el miércoles se repita cuatro veces por semana y que nunca vuelva el lunes, que no me acuerde de nada —aunque sea de todo— y que salga descalzo y nadie me quiera avisar. Ojalá que camine despacio por una calle

sin rótulo, me fume un cigarro, escupa de lado y mire hacia cualquier parte. Ojalá que no vuelva a soñar. Ojalá que me abandonen mis hadas con todas sus montañas, que no imagine que vuelo y que caigo, que digo y desdigo, que ando y desando. Ojalá que a la una sean las seis y el futuro no se rinda por nosotros, que lo que hablamos sea silencio y una mancha azul nos opaque porque sí. Ojalá que no tenga que confesarme ni heredar tus manías, que me salve de nadie y de ti, que me tire cuando todo parezca perdido, en el

justo minuto, con un paracaídas que no pienso abrir. Ojalá que sigas y pares y sigas y no sepas que escribo de ti. Ojalá que nunca me leas. Ojalá que duermas y respires y despiertes y vivas y vuelvas a dormir. Ojalá que te quedes así, como quieres que sea, o como quise que fuera y ya nunca fue. Ojalá que mientas como yo lo hago, te disfraces de nadie y finjas tan mal. Ojalá que cambies y seas la misma. Ojalá que este documento lo guarde y después lo pueda encontrar. Ojalá que me olvides sin darte cuenta y ni siquiera lo puedas recordar.

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QUÉ LÁSTIMA

el amor

que no atormenta,

aburre.

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Letrasados Mentales