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Revista literaria del Instituto Sinaloense de Cultura AĂąo 2 | NĂşmero 6 | Agosto de 2012


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Contenido 3 Presentación 4

Transparencias de Fuentes | B á rbara Jacobs

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Unica Zürn o el salto mortal de la escritura | A na C lav el

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Evocación de Juan García Ponce | H ern á n L ara Z avala

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Notas revisitadas | R icar d o Yá ñ ez

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Onetti o el lenguaje de la melancolía | Juan José Rodr íguez

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La vida larga | S andino G á mez Vá z q uez

14

Historia de una pasión. Mi autor favorito. Quiero tanto a Julio | Dina G rijalva

16

La promesa del caos | F rancisco M eza S á nchez

18

Bárbara Jacobs. Los rituales de la escritura | E . Y é piz

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Salmo del inmigrante que recoge la fresa en California | Javier Acosta

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Pl e xo | Verónica G . A rellano

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A las orillas de un jardín: una aproximación a La escuela de Wallace Stevens | J osé M ar í a E spinasa

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A prox imaciones a la Nu e va m e m or i a de l t ig r e de E duar d o L izalde | J uan L ópez C ort é s

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Una conversación con el pintor Antonio Rembao | RU BÉ N R I V E R A

27 Pe n u mb r a de Daniel S ep ú lv e da | S ilvia M a dero 28

L a c i u da d y l os pe r ros cincuenta a ñ os despué s | Daniel S ep úlv e da

29 Diario de la embriaguez | Rubé n R i v era 30

Eduardo Antonio Parra. El placer de morir | M elly Peraza

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Cua derna ví a . C arta a mi escritor favorito | V íctor Luna

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L a tinta del calamar . Qu é hacer con un k ilo de camarón seco | J uan E smerio

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Ojos detopo. «Yo soy tu oficio » | José A ntonio Monterrosas Figueiras

Las imágenes que ilustran el presente número son obra del artista A N TON IO R E MB AO. Pertenecen a la serie Viajeros, técnica mixta.

Este número de Timonel está dedicado a la memoria de nuestro amigo

Hiram Orlando Sepúlveda Heredia 1989-2012, entusiasta de la literatura.


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presentación

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n un mes de julio que se va y deja sus soles ardientes, los nublados efímeros y las lluvias repentinas —casi paradisíacas— a un agosto que comienza y promete aguaceros y tormentas por venir, publicamos el nuevo número de Timonel y si bien, previamente han publicado en nuestras páginas poetas, ensayistas y narradores de la talla de José Emilio Pacheco, Elsa Cross, Juan Domingo Argüelles, Eduardo Langagne, Felipe Vázquez, Mario Bojórquez, Pablo Molinet, entre muchos otros; en esta ocasión nos congratula publicar a Bárbara Jacobs, una de las escritoras más connotadas y representativas del quehacer literario en México, que en un emotivo ensayo saluda a Carlos Fuentes. Ana Clavel comparte con nosotros su devoción por la mítica escritora Unica Zürn, quien el 19 de octubre de 1970, después de dejar el hospital psiquiátrico, se suicida. Hernán Lara Zavala escribe sobre la figura de Juan García Ponce, un clásico de la literatura mexicana. Ricardo Yáñez diserta sobre los principios de la escritura y el lenguaje de lo poético. Juan José Rodríguez nos presenta a Juan Carlos Onetti, como el más melancólico de los escritores. Sandino Gámez, ensayista y escritor bajacaliforniano, aborda el clásico poema de Jorge Manrique Coplas a la muerte de mi padre. Dina Grijalva hace un recorrido por las obras literarias de su preferencia y elige como su escritor favorito a Julio Cortázar. Frank Meza hace una puntual reseña de Cartas ajenas, la novela de Geney Beltrán. Ernestina Yépiz aborda el tema de los rituales de la escritura a partir de Lunas y Leer, escribir, obras de Bárbara Jacobs. Javier Acosta con «Salmo del inmigrante que recoge la fresa en California», se manifiesta como el gran poeta que es. José María Espinasa, excelente ensayista y crítico literario, nos presenta La escuela de Wallace Stevens de Harold Bloom, en donde se hace un recuento de la poesía estadounidense contemporánea y sus influencias. Juan López Cortés expresa su admiración por la obra de Eduardo Lizalde. Rubén Rivera entrevista a Antonio Rembao. Daniel Sepúlveda escribe sobre La ciudad y los perros de Mario Vargas Llosa y Melly Peraza reseña Los límites de la noche de Eduardo Antonio Parra. Víctor Luna dialoga con los escritores anónimos y Juan Esmerio nos dice qué hacer con un kilo de camarones secos y de tan solo leerlo nos halaga el paladar. Bon appétit y sin más preámbulos, degustemos este sexto número de Timonel.

Fraternalmente M arí a L u i s a M i r a n da M on rre a l Directora General del Instituto Sinaloense de Cultura

M ario L ópe z Valde z

| Gobernador Constitucional del Estado de Sinaloa

F r ancis co F rí a s C a st ro

| Secretario de Educación Pública y Cultura

M arí a L uis a M ir anda M onrre al

| Directora General del isic

É lme r M end oza

| Director de Literatura y Publicaciones

E rne st ina Yépi z

| Jefa del Departamento Editorial

Consejo Editorial

J uan J o sé R odrígue z | A le y da R ojo | C l audi a B añuel o s | C arl o s M a ciel | D ina G rijalva J uan E sme rio Navarro, M ari tza L ópe z Wendy F éli x

|Redacción Diseño

| Coeditores

Timonel es una publicación trimestral del Instituto Sinaloense de Cultura y del Gobierno del Estado de Sinaloa. Es de distribución gratuita y los contenidos que aquí se publican son responsabilidad de sus autores. Todos los derechos reservados, ninguna parte de esta publicación deberá reproducirse total o parcialmente sin citar la fuente. Culiacán (Sinaloa), agosto de 2012. Correspondencia y colaboraciones dirigirlas a timonel.isic@hotmail.com


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Transparencias de Fuentes

B á rbara J acobs

A mis diecisiete años, en 1964 leí Aura en un par de viajes en autobús de mi casa de familia en San Ángel al banco en el que trabajaba, en la esquina de Uruguay con Isabel la Católica. Hace poco recuperé mi ejemplar, que es de la segunda edición, está subrayado con tinta azul y en los márgenes tiene anotaciones intelectual y materialmente convulsas y temblorosas, tanto las notas como las líneas de los subrayados. Se estaba deshojando. VR, que fue su primer editor, me lo reparó, ahora que él mismo ha acompañado con nuevas imágenes la edición que en 2012 conmemora sus primeros cincuenta años. (Todo este tiempo, mi ejemplar estuvo entre los libros que mi hermana, hermanos y yo dejamos atrás cuando crecimos y nos dispersamos por la ciudad y por el mundo, y quien me guió hacia el estante en el que se encontraba mi Aura, desvencijándose y empolvado, pero aguardándome, fue mi mamá, desde su invalidez en la silla de ruedas y desde sus noventa años.) Asocio la impresión que me dejó la lectura de esta novela breve de Carlos Fuentes con las casas viejas de piedra en el centro de la ciudad de México, y al ambiente, a la atmósfera de temores y silencios, que a partir de ese relato yo imaginaba detrás de las altas puertas de madera gruesa que recorría de ida y vuelta a lo largo de aquella época, cuando de día supervisaba bilingüemente a los investigadores del departamento de crédito del First National City Bank y por la tarde era estudiante en la preparatoria Maestro Isaac Ochoterena, en la calle de Lucerna, y en donde se derramó la gota que hizo estallar el Movimiento Estudiantil de 1968, pero también la institución en la que estudió el Tibio Muñoz (Felipe el Tibio Muñoz Kapamas, de padre de Aguascalientes y madre de origen griego, nacida en Río Frío), que en las Olimpiadas de 1968 ganó la medalla de oro en no sé qué predestinada categoría de nado. Cerca de ahí, en la calle de Londres, en la Embajada de España en el Exilio, un 14 de abril de aquellos años, durante la celebración que se hacía en esa fecha del Día de la República, y a la que entre los invitados se contaba mi familia, por mi papá, como miembro que había sido de la Brigada Lincoln de las Brigadas Internacionales, que lucharon contra el fascismo en la Guerra Civil de España, por primera vez vi a Carlos Fuentes en persona. Igual que a toda la gente, lo admita o no, pero que lo llegó a ver alguna vez o a tratar, a mí me deslumbró su presencia, y me deslumbró siempre, no nada más aquella primera vez que lo vi, y por buena fortuna llegué a verlo y a tratarlo en innumerables ocasiones. Me pareció un hombre, como diría mi tía abuela, de cortar la respiración y trabar la lengua, si es así como se dice cuando alguien te deja sin aliento y provoca que la luenga se te trabe. Era muy guapo, muy elegante, con perfectas maneras sociales, completamente seguro de sí mismo: o esa fue la personalidad con la que se desenvolvió ante los demás, capaz de observar en una cena de embajada, y hacerlo con gracia, frente a los doce o catorce otros concurrentes alrededor de los anfitriones, que eran los embajadores, que él y Fulano de Tal —otro hijo de embajador ahí presente y embajador él mismo, igual que Fuentes— eran los únicos mexicanos perfectamente trilingües, en español, inglés y

francés, y demostrarlo. No solo hablaba, cantaba, contaba, leía y probablemente pensaba y soñaba en los tres idiomas, sino que también escribía en las tres lenguas. De hecho, y sin pretender ser más que una lectora tímida de su literatura, el libro suyo que más me gusta, en el que siento que escribió como un escritor inseguro y apasionado, o como un verdadero artista, que son así porque así es la cosa, incierta y pasional, es Myself with Others, que escribió directamente en inglés. En muchos sentidos, aquel primer encuentro personal marcaría gran parte de los innumerables que le siguieron. Habría querido acercarme a él por mi propia iniciativa y mis propios medios, aunque no hubiera sido más que para observarlo de cerca, estudiarlo de la manera más directa a mi alcance, tratar de retener alguna de sus frases al pie de la letra. Pero, dados mis impedimentos naturales (nacidos todos de la inseguridad y el miedo), permití que me acercaran hacia él los dos o tres amigos con los que me encontraba, para limitarme a ser admiradora y testigo dócil e inactiva de lo capaces que eran ellos, jóvenes prometedores, sin duda, pero entonces unos torpes desconocidos, de molestar a Fuentes con alguna crítica, según ellos, o cualquier temeraria observación. El asunto a mí me puso muy nerviosa, tanto así que no recuerdo sino que Fuentes permaneció impávido con los brazos cruzados contra el pecho delante de mis valientes amigos, apretando un poco los labios, quizás aguantando el impulso de reírse, hasta que se acercó a él alguien más, que podía haber sido Siqueiros, cuya sola presencia hizo a un lado la nuestra, que a los ojos de Fuentes habrá pasado, como un mosquito, apenas si advertida, o este fue siempre mi deseo, que nos espantó antes de que llegáramos a rozarlo, no digamos picarlo. Me pregunto, ¿pasar inadvertida por Fuentes fue siempre mi deseo? ¡Hasta dónde es uno capaz de engañarse! El tiempo fue revelando, más bien, que lo que siempre quise fue lo contrario: que Fuentes advirtiera mi existencia. Pero también admito que no hice nada por propiciar que se cumpliera este anhelo, insegura y temerosa como he sido, pasiva y carente de iniciativa. Me instalé detrás de otros, descansé en que los otros, AM, mi esposo, por ejemplo, durante más de treinta años, o cuando él murió, VR, mi pareja, fueran quienes determinaran la relación. Ver a Fuentes o no, con el deseo de que, si lo veíamos, o si los veíamos, a él y a su esposa, pues Silvia Lemus, a quien aprecio independientemente de Fuentes, por paradójico que parezca, es consubstancial con mi apreciación de Fuentes, el encuentro no resultara desafortunado, lo que solo rara vez no nos fue concedido por las circunstancias. Podría puntualizar uno tras otro los episodios en mi relación, un tanto a la sombra, pero de unas cuatro décadas, con Fuentes, incidentes en los que pasé inadvertida o casi inadvertida por él, oculta, velada, pasiva ante situaciones que pueden considerarse desprendibles de él, como cuando las palabras que un periódico me pidió de pésame tras su muerte no aparecieron en el reportaje a la mañana siguiente, o que en una revista de circulación internacional dedicada in memoriam íntegramente a Fuentes, se publicara una fotografía conmigo a su lado pero sin mi nombre


De la serie Mudanzas. Técnica: Mixta / tela 140 cm x 80 cm.

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al pie. Pero mejor que esto, voy a optar por la oportunidad de referirme a la ocasión en que Fuentes advirtió y hasta con énfasis mi existencia, tan abiertamente que no hubo duda, no solo de que yo no fuera alguien que le pasara inadvertido, sino que nunca le había pasado inadvertida. Mis velos y mis ocultamientos fueron en todo momento completamente transparentes para él. Fue en ocasión del Premio Formentor de las Letras, cuando él, como su presidente, me invitó a formar parte del jurado, que para esta segunda emisión se reunió en la ciudad de México, en el mes de marzo de 2012, es decir, a dos meses de que Fuentes muriera. Y de todo el acontecimiento no voy a tocar sino los escasos instantes, por fugaces que hubieran sido, en los que me transmitió que a sus ojos yo no era, ni había sido nunca, invisible, ni para sus consideraciones mi existencia espantable a la manera en la que es y debe ser la de un mosquito. Horas después de la deliberación, en lo que, para cenar, nos volvíamos a reunir otra vez los jurados, solo que ahora con las autoridades del premio recién llegadas de Formentor y de Madrid, más uno que otro invitado especial, que incluía a Silvia Lemus y los embajadores de España, quedé en contraesquina pero muy cerca de Fuentes, en dos sillones en un ángulo de una mesa larga y, no sé por qué, repito, no sé por qué, vacilantemente y en voz baja, pero audible para Fuentes, cité la frase de Thoreau, como si buscara que Fuentes precisara para mí si dicha oración empezaba con Most men..., o con The mass of men..., porque lo que no dudaba yo era que la reflexión continuaba con estas palabras: Most men/ The mass of men lead lives of quiet desperation and go to the grave, with the song still in them... (La mayoría de los hombres lleva vidas de silenciosa desesperación y llega a la tumba con la canción todavía en su interior...) Fuentes puntualizó: «Most men...» (¿o fue, «The mass of men...»?), pero lo que retuve, lo que contenía el verdadero significado de ese instante de mi relación con Fuentes, fue que al oírme alzó muy ligeramente la ceja y despegó apenas los labios antes de pronunciar Most men... o The mass of men, porque fue el gesto de un maestro que finalmente, después de años y toda una vida de lecciones, advierte que el alumno algo ha aprendido, y al maestro esto es lo que más gusto le da, piensa que todo su esfuerzo valió la pena y que la respuesta del alumno, si lo sorprendió, fue solo de pronto, pues la esperaba de un momento a otro, de un momento a otro a lo

largo de algo más de cuatro décadas de trato, ¿o me atreveré, sin abusar, sin darme aires, a llamarla amistad? A la mañana siguiente, antes de anunciar el premio ante los medios de información, entré temprano en la sala indicada y me encontré con Fuentes solo, había sido el primero en llegar y estaba esperando que diera la hora para empezar. Yo llevaba conmigo el ejemplar conmemorativo de los primeros cincuenta años de Aura. Le pedí que me lo firmara. (Antes de salir de casa, VR me recordó que a fin de año, en el cumpleaños de Fuentes, se celebraría una gran presentación del libro cincuentenario, pero yo insistí en que prefería que Fuentes me lo firmara de una vez.) Unos meses atrás, en una librería VR y yo nos habíamos abierto paso en una cola que llevaba horas esperando la firma de Fuentes. VR le tendió su ejemplar de la primera edición de Aura, y Fuentes se sorprendió de que la tuviera y de que la conservara en tan buen estado. Detrás de VR, me acerqué a darle un abrazo a Fuentes y felicitarlo. Me sonrió y me preguntó, como viejos amigos, qué estaba escribiendo ahora. Me sentí tan existente para él como cuando en su casa en San Jerónimo, en ocasión de la muerte de su hija, al acercarme a darle mis condolencias, abrió los brazos y exclamó «¡Qué gusto me da verte en esta casa!». Fueron muchos años de encuentros (incluidos algunos dramáticos y uno que otro no menos afortunado), como digo, y muchas clases de ocasiones, como digo también, aunque por otra parte fueron relativamente pocas las instantáneas en que yo llegué a saber vívidamente que para Fuentes no pasaba inadvertida. Él pudo no haberse enterado de un texto que yo escribí con él en mente como lector, pues ni él ni nosotros —AM y yo— llegamos a ir a no sé qué encuentro de escritores en Suecia en el que yo lo iba a leer como ponencia, pues se trató de una ocasión a la que él tampoco llegó. Pero sí se enteró, y plenamente, y esto es lo que más gusto me da a mí, de que yo lo admiraba y lo conocía y lo reconocía, aun si el sol o la luz me daban de frente y me cegaban. Acumulé, quiero decir, el deseo de agradecerle a Carlos Fuentes haberme dado tiempo, el tiempo que yo necesitaba, para atreverme a darle las gracias. De niña, el título de uno de los libros de mi papá me llamaba especialmente la atención. The long goodbye, una novela de intriga de Raymond Chandler, el libro que la crítica consideró el mejor de Chandler, como lo consideraba el propio autor. No la leí entonces y no la he leído ahora, de modo que no sé exactamente a qué pueda referirse la expresión que, literalmente, en español se traduciría como El largo adiós. Se presta a la imaginación. Pero yo la asocio directamente a una observación que hacía mi papá cuando mi mamá despedía a los invitados a sus fiestas. Mi papá se refería a esas despedidas dilatadas, demoradas, retardadas, aplazadas, postergadas, como «Mexican goodbyes», porque duraban más que la reunión que las hubiera antecedido o, en otras palabras, porque ¡no terminaban nunca! Ni los amigos querían irse, ni mi mamá quería que sus amigos se fueran del todo. Por otra parte, The Beatles tienen una canción que no recuerdo cómo se titula, pero que en un momento dado dice, «Hello hello, I don´t know why you say goodbye, I say hello» (Hola hola, no sé por qué dices adiós, yo digo hola), que expresa lo que yo le habría dicho al oído en su féretro, en la sala de su casa en San Jerónimo. No sé por qué te despides, Carlos Fuentes; yo a ti te saludo. Bárbara Jacobs. Narradora, ensayista y traductora. Premio Xavier Villaurrutia (1987). Autora de Las hojas muertas, Vidas en vilo, Nin reír, Lunas, entre otras novelas, cuentos y ensayos.


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De la serie Personajes. Elektra (fragmento).

Unica Zürn o el salto mortal de la escritura A na C la v el

Sabía de ella porque fue la última mujer del artista Hans Bellmer y porque la incluí como personaje en el último tramo de Las Violetas son flores del deseo (2007). Más concretamente, porque imaginé su suicidio como uno de los castigos que la Hermandad de la Luz Eterna había infligido al artista alemán, obsesionada en acosarlo por haber soñado sus muñecas perversas. «Spring!» fue la orden que hice escuchar a Unica cuando se colocó en el pretil de la ventana antes de arrojarse al vacío, mientras Bellmer, que la había dejado unos instantes sola después de una fuerte discusión, regresaba con un té de arándanos para que se calmara. Una orden que solo escucharon el artista alemán —aunque durante un tiempo creyó que se había tratado de una alucinación—, las palomas de las cornisas aledañas y la anciana del piso inferior. «Spring!» quiere decir en alemán: «¡Salta!». El 19 de octubre de 1970 Unica Zürn salió del hospital psiquiátrico de Blois, adonde la habían internado luego de su último brote psicótico. Apenas se vio libre acudió al piso de Bellmer en París y momentos después se lanzó por la ventana. Como si de verdad le hubieran dado la orden de saltar, de ejecutar por fin el acto funambulesco en que podría resumirse ese delgado y tenso equilibrio emocional en que se tambaleaba su existencia. En libros recientes sobre la vida y obra del artista alemán (Hans Bellmer. The Anatomy of Anxiety y Behind Closed Doors. The Art of Hans Bellmer) hay poca información sobre ella: «artista y escritora» son los datos que acompañan a su nombre al consignar en las cronologías el primer encuentro de la pareja en una exposición en París que data de 1953. Un año más tarde se menciona la publicación de Hexentexte (literalmente «escritos de las brujas»), colección de anagramas que vio la luz con un postfacio de Bellmer. Casi diez años después aparecerá traducido al francés con el título de Oracles et Spectacles. Y no se menciona ninguna obra más, aunque Primavera sombría vio la luz cuando la autora aún estaba viva y aunque aparecieran póstumamente tres libros más: El hombre del jazmín, El blanco con el punto rojo y La casa de las enfermedades. Es comprensible: aunque las investigadoras feministas alemanas abrieron el expediente de su obra en los años ochenta y editaron sus obras completas, en otras lenguas Unica Zürn está siendo apenas traducida y comentada, a pesar de que acompañó con Bellmer al grupo de los surrealistas y fue admirada especialmente por Man Ray, Max Ernst, Jean Arp y Henri Michaux. Confieso que nunca había reparado en su rostro hasta admirar la fotografía de su perfil, tal y como aparece en la hermosa edición de Siruela de El trapecio del destino y otros cuentos (Siruela 2004), volumen que recoge, con prólogo y brillante selección de Cecilia Dreymüller, cuentos y relatos que la escritora berlinesa publicó en periódicos alemanes de la época que va de 1949 a 1955. Solo había contemplado, con dolor y fascinación, su cuerpo acordonado y deformado en la serie fotográfica que Bellmer tituló Unica —una de cuyas imágenes terribles apareció en la portada de Le Surréalisme, même en la primavera de 1958—. Un cuerpo sitiado y, voluntariamente, ultrajado. Un cuerpo conver-

tido en anagrama demencial de palabras y de miembros —como a su modo, también, lo son las muñecas sexuadas y desarticuladas de Bellmer—. El correlato de vida y obra parece anudarse inextricablemente en el caso de nuestra autora. Primavera sombría es, en palabras de Zürn, la vida erótica de una chica basada en su propia niñez, en la que la iniciación sexual y la enfermedad mental consiguen atarse en una tajante metáfora del «amor loco» bretoniano. Aparte de Bellmer, Henri Michaux marcaría la vida y la literatura de Unica: a partir de su encuentro en 1957 —y su reconocimiento como el Hombre Jazmín de sus sueños de infancia—, ella se abriría a la experiencia de dejar libre al inconsciente en los terrenos cercados de su escritura y de su vida. Mientras en la mayoría de los surrealistas el método se convertiría en un recurso artificial, Unica ofrendó su propia lucidez y equilibrio mental: intermitentes crisis esquizofrénicas, por las que tendría que someterse a prolongados y dolorosos tratamientos, dieron a luz una narrativa escalofriante por sus registros de alucinación y locura. «Si alguien le hubiera dicho que habría que volverse loca para tener estas alucinaciones, en especial la última, no habría tenido inconveniente en enloquecer. Sigue siendo lo más asombroso que ha vivido nunca», declara en El hombre jazmín. Sin embargo hubo saltos preparatorios, como lo demuestra el volumen de cuentos con que Unica Zürn volvió a circular entre los lectores de habla hispana. Concebidos en gran medida como cuentos de hadas inusitados, los relatos y viñetas de la selección El trapecio del destino y otros cuentos poco nos hablan de la Europa de la posguerra, pero sí de la experiencia humana por debajo de la piel: con sus sueños y desencantos, con su necesidad irrenunciable de la pureza. De entre los cuarenta textos incluidos —todos fascinantes, de una estética sonámbula y delirante que tiende lazos de familia con ese otro funámbulo de la escritura que fue Felisberto Hernández—, recuerdo especialmente «El encantamiento», relato extraordinario de una mujer que se despierta habitando el cuerpo de un maniquí, después de haber sido objeto de una violación innombrable; y «Encuentro en la valla», incursión furtiva de dos niños en el jardín oculto de las primeras prohibiciones. También, por supuesto, el texto que da título al libro: «El trapecio del destino», cuento imposible de una saltimbanqui y un dorador de cúpulas que se encuentran en las alturas, el cual resume las primeras habilidades de Unica Zürn, con sus descorrimientos entre realidad y fantasía, deslizamientos hacia un horizonte otro donde la magia y la inocencia se dan la mano con la crueldad y el horror, adonde la razón y su mundo de imposible orden se deslizan por la cuerda floja, o cuelgan de cabeza columpiándose en el trapecio de una escritura y una imaginación fatal y poderosa como el destino. Ana Clavel. Autora de: Amorosos de atar, Los deseos y su sombra, Cuerpo náufrago, Las violetas son flores del deseo, El dibujante de sombras, entre otros libros.


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De la serie Personajes. Ángel.

Evocación de Juan García Ponce H ern á n L ara Z a v ala No quiero siquiera imaginar qué habría sido de un escritor cualquiera si a los 34 años le hubieran diagnosticado que estaba desahuciado y que le quedaba tan solo un año de vida. Sobre todo para alguien que había cifrado todas sus esperanzas en su obra literaria, como le sucedió a Juan García Ponce cuya Autobiografía inicia: «cuando uno siente que la tarea por realizar es todavía mucho más amplia que la terminada y se alimenta como escritor de este conocimiento… [la sensación] es de absoluto desamparo». En efecto, cuando a García Ponce le informaron, allá por el año de 1967, que padecía una enfermedad irreversible, «arterioesclerosis en placas», que lo iría minando en sus funciones motrices, paralizándolo progresivamente hasta morir de asfixia, debe haber sufrido una enorme angustia y un terrible desconcierto. No obstante, él no se dejó vencer por la enfermedad. Pronto se vio en la necesidad de utilizar una silla de ruedas para transportarse y luego tuvo que dictar en lugar de escribir y más tarde fue perdiendo la voz, aunque nunca su prodigiosa memoria. Pero Juan jamás claudicó a escribir y mucho menos a tratar de completar la obra que se había propuesto al inicio de su carrera. Casi milagrosamente García Ponce logró sobrevivir hasta los 72 años, un poco más del doble de la vida que le habían augurado cuando inició su penosa enfermedad y produjo una vasta y original obra literaria de más de cuarenta libros —cuento, novela, ensayo, crítica de arte y teatro— que a la postre se convirtieron en un solo libro. Cuando ya éramos amigos, un día Juan García Ponce me preguntó que si cuando yo soñaba con él lo visualizaba caminando o en silla de ruedas. Le tuve que confesar que yo lo conocí cuando él ya estaba paralítico y por consiguiente las raras veces que soñaba con él lo veía en su silla. De hecho la primera vez que lo vi en persona fue en julio de 1969 a raíz de que se conmemoraban 80 años del nacimiento de Thomas Mann, en el Instituto Goethe, en donde García Ponce fue el conferencista. Para entonces Juan se ayudaba de un bastón aunque para desplazarse ya iba en silla de ruedas. Siempre lo acompañaba, solidariamente, Michelle Alban quien fuera su musa y el amor de su vida y así lo reflejan sus cuentos y novelas.

Las primeras referencias que tuve de Juan fueron a través de un pariente suyo yucateco y amigo mío, Alejandro Ponce, quien siempre me hablaba de él y de Fernando —su hermano— con admiración y reserva pues en Mérida eran considerados como «niños terribles de espíritu bohemio». Así lo empecé a leer y a interesarme en su obra y en su personalidad. Lo primero que leí de él fue su Autobiografía con la que me sentí plenamente identificado al grado de que definió mi vocación hacia las letras. Lo seguí leyendo, Figura de paja, Cruce de caminos, La cabaña hasta que finalmente, en el año de 1972, tuve la oportunidad de conocerlo personalmente un día que fui a su casa, en la calle de Ramón Corona, a entregarle una colección de revistas Siempre! de parte de Alberto Dallal. La impresión que me causó fue extraordinaria. Era una tarde lluviosa y él estaba en compañía de su hermano Fernando vestido, como siempre, de negro, bebiendo gin and tonics sonriente, de buen humor, con el cabello lacio y abundante sobre la frente. Tan pronto le entregué las revistas me invitó una copa y empezamos a conversar. Juan poseía una hipnótica personalidad que cautivaba de inmediato a sus interlocutores a pesar de que su voz era más bien tipluda aunque no tanto como la de Elizondo o Paz. Me llamó la atención también que nunca se comportaba como si estuviera enfermo ni hacía la menor alusión a su padecimiento. Llevaba su enfermedad con una enorme dignidad y hombría: sin quejarse, sin aludir a sus dolores o limitaciones. Y a pesar de su delicado estado de salud se emborrachaba todas las noches bebiendo martinis («¡Es tan placentero estar borracho!») y reflejando una gran vitalidad. Al día siguiente, sin embargo, se levantaba temprano a hacer sus terapias luego de lo cual se sentaba a dictar pues el alcohol nunca se impuso sobre su voluntad. Bromeaba siempre que se refería al status quo, calificándolo, fueran quienes fueran —políticos o intelectuales— como «unos pendejos». Su muletilla al hablar era «verdaderamente» que repetía sin ton ni son. Poseía un gran sentido del humor y muy «mala leche» pero una de sus muchas cualidades que admiré siempre fue su valor, su integridad y su enorme libertad física e intelectual. García Ponce era un hombre libre y valiente. No le importaba el éxito, ni la buena fama o fortuna. Le importaba escribir, leer, las mujeres y su lado erótico. Tal vez por eso su novela favorita era El hombre sin cualidades de Musil con cuyo protagonista, Ulrich, se identificaba plenamente. Esto se refleja de manera muy clara en toda su literatura pero también en su vida. Juan tenía fama de mujeriego. Un día me atreví a preguntarle: «Juan, ¿has sido fiel alguna vez?», se entendía ante alguna de sus mujeres. A lo que él contestó de inmediato y muy quitado de la pena: «solamente a la literatura.» Y fue cierto: dedicó su vida a leer y a escribir. Entre mis libros favoritos están Crónica de la intervención, Pasado presente, Autobiografía, Cruce de caminos, Las huellas de la voz, Visiones y repeticiones, Personas, lugares y anexas y Tajimara y otros cuentos eróticos.

Hernán Lara Zavala. Narrador y ensayista. Autor de: Equipaje de mano, Viaje al corazón de la península, El guante negro y otros cuentos, entre otras publicaciones.


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Notas revisitadas

R icar d o Y á ñ ez Oyó que le hablaban; fue que dejaron de nombrarlo. Como cuando uno despierta porque se acaba el ruido. Siempre se es lo que se es, pero siempre detrás de lo que se es hay aún más ser. La disolvencia, la única solvencia. Ese retazo de lenguaje en que está todo el lenguaje. Haz lo que haces hasta encontrar el cielo del hacer. Haz a fondo lo que haces, buscando lo que haces. Quedarse en lo que se va. ¿Qué el azar te propone? Ser retirada de lenguaje, eso que no se es sino cuando la distancia permite ver. La pertinente distancia, la pertinente cercanía. No da paso sin música. Quise hallar una música, y no la hallé, me ha hallado. Hizo de su futuro su pasado, y regresó al presente. ¿Enfrentarse, confrontar? Afrontar, nada más. Borrón, sin cuenta nueva. La música: otra parte.

No le llames tristeza a tu falta de decisión.

Trabajaba lo que la forma le decía que formara.

No es que no sepas a dónde ir, es que no sabes estar en ti.

No te interese el logro, sino su verdad.

Poema: compañía.

Saber no le era exigido, sino dado. La única exigencia: actuar según lo dado.

Ser lo que colma, lo que desborda, atemoriza. La soledad, si comprendida, acompañada.

Volvió de los infiernos en la flor de la vida. Ceder al todo sabiendo que todo es ceder a veces me sucede. Hablaba a pájaros, la fuente de que el pájaro bebía. No temas al riesgo, si sabes que te cuida. Voz que no viene de aquel tiempo, ¿para qué voz? Extrañeza de todo, cuando todo nos dice. Estaba con lo que estaba y no con lo que no estaba, pero era con todo.

No creía en él, creía en lo que en él creía.


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Ceremonia y ritual: social y metafísico. Un lenguaje que al decir yo diga lenguaje. No escribía para permanecer, sino para irse contento de no haberlo hecho. Estar en situación de llanto es estar en situación de verdad, mas solo en situación, no necesariamente en la verdad. La palabra inspiración, tan devaluada y prestigiada. Poesía es, con alguna frecuencia, sentido del (o en el) caos. Un orden atento al azar, sentido del humor de la armonía. ¿Para qué ser músico, si se puede ser música?, solía decir el músico.

Quien escribe de alguna manera es como el mago que una a otra anudadas extrae de su boca una larga serie de mascadas coloridas. Mas si como el mago se queda, se quedará en el espectáculo. Tales tersos, sorpresivos cuadrángulos, tales palabras, tales voces —no desde luego sea como sea, pero tal vez sí a como dé lugar—, algún uso deben, alguna utilidad deberán tener. Cuántas y cuántas canciones que no nos cantan. Anhela algo más que vivir o sobrevivir. Cree, tiene fe, en algo más que eso. Como si se tratase de una flor proliferante, de su vocación de vivir o sobrevivir nace otra vocación, el llamado a otra cosa, nada espectacular, nada epatante, que sin embargo conlleva su no sabemos qué de trascendencia. Poesía es el arte de decir lo que no se puede, lo que sin poesía no dicho quedaría.

Irradiación del ser: muerte sin fin.

Vocación: es mi certeza de que por apagado o confuso que se escuche el llamado, el llamado se escucha, se deja y se hace oír.

El sentido de la vida no es una dirección, es una irradiación.

La vocación impulsa, conduce. La profesión, el oficio, asientan.

When the music’s over es que la música comienza.

«Los cuervos se tiñen», dice Gómez de la Serna. ¿Los poetas también?

Resuelve tu ignorancia, si pudieras, en sencilla inocencia. Comience allí, y nunca deje ese lugar, tu, poco a poco, ir aprendiendo. Inocencia, sabiduría del que no sabe. Poesía es lo que queda después de que lo poético se ha ido.

Hay quienes tienden más a la escritura de poesía que a la poesía. La permanencia de la poesía no es, decididamente, voluntaria. No sobresalir, sino encajar, entrar en el espacio en que se cabe y nada más.

Cuando la palabra se excede a sí misma (pero se trata de un excedente, no de un exceso) la poesía, que siempre ha estado ahí, se hace patente.

Toda creación es diálogo, apertura del propio lenguaje a los demás lenguajes.

El sentido del sentido no ocurre ni se descubre: traspasa.

No sobresalir, sino encajar, entrar en el espacio en que se cabe, ocuparlo con gracia, y nada más.

Escribir que no es leer no es escribir. Pero leer no solo las palabras que se escriben, sino lo que esas palabras evocan, convocan, traen, conllevan. Que así como imposible es que el agua del río no conlleve cielo, imposible resulta que las palabras que se escriben no lean en sí mismas lo que por sí mismas no sólo no escriben, no podrían escribir, pero escrito traen.

Algo de conciencia escénica hay en el acto de dialogar, y —por tanto— del momento. Si Sócrates no creía en la escritura, en la palabra fijada, no es improbable que fuera precisamente por ello.

El que lee pone en sí palabras en general de otros que al parecer le estaban destinadas, para él eran, son. Y ahora, ¿qué hacer, qué podrá, con sus nuevas palabras?

De la serie Personajes. Sin título. Técnica: Tintas y carbón.

La intuición del momento, pero la intuición del momento como escencia de tiempo. Por una fresca regularidad, por una geométrica irregularidad.

Ricardo Yáñez. Periodista y poeta. Autor de Ni lo que digo, Dejar de ser, Antes del habla, Prosaísmos, Estrella oída, entre otras publicaciones.


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Onetti o el lenguaje de la melancolía

J uan J os é R o d r í guez El verdadero dolor, el que nos hace sufrir profundamente, hace a veces serio y constante hasta al hombre irreflexivo; incluso los pobres de espíritu se vuelven más inteligentes después de un gran dolor. F. Dostoievski

N unca hay q ue confun dir la tristeza o a la melancol í a con la depresión , al menos en los fu gaces t é rminos q ue rigen la literatura y sus v i das . L a melancol í a como ser vi viente pro v isto de sistema anatómico propio ha sid o una preocupación des de la baja E da d M e dia hasta las aira das discusiones de los e x istencialistas . Pero Juan C arlos Onetti no es un trata dista o alguien q ue asumiera dicho esta d o del ser tan solo como una tem ática : detr á s de sus ojos tristes , disminuid os por unas gruesas gafas y el peso deshoja d o de enigm áticos recuer d os , Onetti fue y es la melancol í a en persona .

Pocos autores de la literatura en lengua española asumieron ese compromiso con valor tan suicida como el narrador uruguayo. Hoy ya es común que leamos novelas de temática desconsolada y participemos del arte que recrea una posición de alta sensibilidad —incluso los jóvenes se agrupan en tribus donde la emotividad es lo definitorio— pero en el momento que Onetti inició su trayectoria, el gusto y los cánones se fijaban en historias agrestes, epopeyas donde el hombre desafiaba la irredenta naturaleza del continente americano. En el universo de las novelas estilo Rómulo Gallegos (Doña Bárbara, Canaima) o demás sagas telúricas (Don Segundo Sombra, La Vorágine, Gran Sertón: veredas) aparece con Onetti el callado sufrimiento de los invisibles hombres de provincia. No es sorprendente que por años su vida y confesiones permaneciesen relegadas a la sombra, a lo clandestino, a lo dudoso.

Emir Rodríguez Monegal definió a los lectores de Onetti como los practicantes de un culto secreto. Incluso en los años setenta no faltaba quien le acusara de falta de compromiso con el ideal latinoamericano, ante las mediáticas y diversas actividades de García Márquez, Julio Cortázar o Ernesto Sábato. Vargas Llosa afirma que: «antes de Onetti, no hay ninguno que utilice la técnica moderna narrativa como lo hace él, que además utiliza una prosa desligada de la prosa tradicional, convencional. Onetti inventa una prosa a partir de un lenguaje oral, una prosa que simula la oralidad». La atmósfera es un personaje invisible en sus libros, así como un tono narrativo sedante y parsimonioso, capaz de conferir a sus historias un aura de poética indescifrable. El poeta español Dionisio Ridruejo reconocía en él una capacidad para darle valor a los sustantivos, a base de una acumulación de frases no necesariamente adornadas, pero provistas de un ritmo hipnótico en cuya bruma flotan personajes sonambulescos, duros, atrapados en vidas decrecientes. Esa es su especialidad: los seres despojados de esperanza que, condenados en un mundo sórdido, cumplen con su destino con un desencanto que no necesariamente revela resignación. También fue de los primeros en crear un universo propio. El escenario de Santa María antecede al Macondo garciamarquino y demás microcosmos que hoy se cartografían en las universidades y las mentes de sus lectores. Ahí la vida no importa y al mismo autor tampoco le importaba gran cosa el destino de su literatura. Cosa curiosa, su novela El astillero, que representaría su consagración y reconocimiento, fue publicada antes que Juntacadáveres, cuya trama le antecede y explica, pero su edición se difirió y a Onetti nunca le preocupó ese detalle. Sabía que ambas historias nacieron autónomas y capaces de leerse plenamente sin la otra. De hecho podían existir sin que nadie las leyera. En El astillero vemos la decadencia de toda una región, simbolizada en el taller de construcción de navíos abandonado, erizado de grúas herrumbrosas, oficinas de ventanas astilladas y cajones trabados por el óxido. El propio Río de la Plata —que en la novela no se llama así— es uno más de sus ambiguos personajes. Una cosmovisión donde cada capítulo abre y cierra numerosos secretos interiores. En esa neblina resuenan los pasos de Larsen mientras, a lo lejos, el ronco lamento de un ballenato llega hasta la finca del doctor Díaz Grey. Ahí la fantasmal Angélica Inés suelta su carcajada metálica, echando la cabeza hacia atrás, como si pudiese ver a su risa cristalizarse frente a ella Juntacádaveres narra la penosa creación de un burdel en un pueblo en agonía. Cómo en el momento que se


Serie Viajeros. Del norte al sur.

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planeó tuvo que cancelarse debido a la presión de una sociedad pudiente, capaz de enviar cartas de protesta con la misma caligrafía del colegio del Sagrado Corazón; Larsen permanece varado en una marea de indiferencia. La historia no narra solo esa derrota, sino el patético momento en que el burdel al fin es realizado, cuando ya a nadie le importa, cuando Larsen se arriesga con mujeres que vieron mejores tiempos porque esa es su última oportunidad de hacer algo con su destino y su miseria. Muertas en vida que le confieren el apodo que da nombre a la novela. Caso aparte son los cuentos de Onetti, pequeñas joyas de desconsuelo y cerrada tensión e ignominia. «Tan triste como ella», «El infierno tan temido», «Bienvenido Bob» o «La casa en la playa». Mi favorito es «Jacob y el otro»: la historia de un falso príncipe que va de pueblo en pueblo, acompañado de un viejo luchador que reta en pelea pública a los rivales locales, hasta que un día se topa con uno que no está dispuesto a dejarse vencer en el ring. Otros prefieren «La novia robada», esa melancólica recreación de Moncha Insurralde, asfixiada en la dilatada medianía de su existencia… En 1941, Onetti perdió un premio internacional ante El mundo es ancho y ajeno del peruano Ciro Alegría, tumultuosa historia en la que se cimbra el mundo andino y lo mismo vemos una pelea de toros que una descripción minuciosa del cultivo de la coca. El jurado había preferido premiar una literatura de afirmación en vez de una dudosa propuesta existencial. Ciro Alegría —cuyo centenario celebraremos también este mismo año, el 4 de noviembre próximo— un poco es la némesis del narrador uruguayo. Hoy el tiempo ha sepultado un poco la obra de Alegría, la cual ya se revalora por méritos muy distintos a los que en su momento le hicieron un autor consentido de revistas como Life y el Reader’s Digest. La melancolía de Onetti resurge poderosa al tiempo que se aclara un poco la eterna sonrisa de Ciro Alegría. Desde entonces ya se decía que los premios no confirmaban la existencia de grandes escritores. Como Hemingway, Onetti tuvo cuatro matrimonios, uno de ellos con la hermana de la anterior esposa. Salió de Uruguay durante el gobierno de Juan María Bordaberry, justamente aquel que se enfrentó a la guerrilla urbana de los Tupamaros. Aprovechó un viaje a España y radicó en Madrid el resto de su vida, aunque eso era casi un decir, ya que pasó buen tiempo recluido en una alcoba

cerrada, acompañado de pocos libros y amigos bien escogidos, además de un vaso siempre lleno de whisky. Pocas veces saldría de ahí, salvo para recibir galardones como el premio Miguel de Cervantes. Varios escritores que lo visitaron hicieron crónicas mínimas donde lo describen recostado en cama, charlando con su voz de estanciero, mientras su único diente amarillo sube y baja al ritmo de su memoria. Y él, como todos sus derrotados, escapa de la vida a través de la justiciera magia de la ficción.

Onetti: Decálogo más uno, para escritores principiantes I. No busquen ser originales. El ser distinto es inevitable cuando uno no se preocupa de serlo. II. No intenten deslumbrar al burgués. Ya no resulta. Este solo se asusta cuando le amenazan el bolsillo. III. No traten de complicar al lector, ni buscar ni reclamar su ayuda. IV. No escriban jamás pensando en la crítica, en los amigos o parientes, en la dulce novia o esposa. Ni siquiera en el lector hipotético. V. No sacrifiquen la sinceridad literaria a nada. Ni a la política ni al triunfo. Escriban siempre para ese otro, silencioso e implacable, que llevamos dentro y no es posible engañar. VI. No sigan modas, abjuren del maestro sagrado antes del tercer canto del gallo. VII. No se limiten a leer los libros ya consagrados. Proust y Joyce fueron despreciados cuando asomaron la nariz, hoy son genios. VIII. No olviden la frase, justamente famosa: 2 más dos son cuatro; pero ¿y si fueran 5? IX. No desdeñen temas con extraña narrativa, cualquiera sea su origen. Roben si es necesario. X. Mientan siempre. XI. No olviden que Hemingway escribió: «Incluso di lecturas de los trozos ya listos de mi novela, que viene a ser lo más bajo en que un escritor puede caer».

Juan José Rodríguez. Narrador y ensayista. Autor de las novelas: El náufrago del mar amarillo, El gran invento del siglo xx, Sangre de familia, Mi nombre es Casablanca y La casa de las lobas. Su próxima publicación es La isla en llamas, un libro de ensayos sobre el oficio de leer y escribir.


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La vida larga

S an d ino G á mez V á z q uez Todo es mentira en este mundo. Todo es mentira, la verdad. Manú Chao I Decir algo nuevo sobre el poema famoso de Jorge Manrique a la muerte de su padre don Rodrigo se antoja bastante difícil para el neófito, necio para el erudito y pobre para el sabio, tanto se ha escrito ya sobre el mismo tema, en muchos lugares y de inigualable forma. Cualquier edición que cuente con un estudio preliminar o introducción mostrará en su bibliografía una copiosa cantidad de títulos de libros destinados a entender algún o todo aspecto de la obra del castellano. Indudable es entonces que sería extraño dar alguna nueva perspectiva de su obra, sobre todo cuando su tema central, la muerte y la vida efímera, es la misma preocupación de los hombres en cada época, en cualquier lugar. Absurdo es, así, el decir más, pues un «quién como yo» que pudiera expresar con arrojo una nueva necedad, escudada en la soberbia que campea y se enseña en nuestros días, sería atenazada de inmediato por el nemésico «quién como Dios» de un mejor, mayor y discreto intelecto. De cualquier forma, no obstante, luego de leerlas, las Coplas que hizo don Jorge Manrique a la muerte del Maestre de Santiago don Rodrigo Manrique, su padre, invitan a glosarlas con lápiz suave sin presión sobre el papel a un lado de los versos. Ello es por la fijeza de cada imagen, por la certeza de sus pensamientos. Incluso las noticias particulares, que necesitan de un libro de historia que las aclare, se convierten en figuras de algo mucho más grande y así consiguen quedarse. Pero hay algo más notable al lector ingenuo que busca colar un ensayo en donde ya hay más de mil representaciones. Cuestión de azar quizá, o que se encontró el justo medio (de la Biblia, es de aclarar): una somera lectura del libro de Eclesiastés consigue hacer parecer que Jorge Manrique tenía un ojo puesto en él a la hora de componer sobre la muerte la obra que lo haría inmortal. Eclesiastés o el Predicador, se titula, «libro canónico del Antiguo Testamento atribuido a Salomón, de gran interés literario y filosófico», precisa mi diccionario enciclopédico franquista. En sus primeras palabras, el libro dice: Palabra del Predicador, hijo de David, rey en Jerusalén. Vanidad de vanidades dijo el predicador; vanidad de vanidades, todo es vanidad.

Tal es el tema que se precia de ver en gran parte del dos veces libro Eclesiastés. En cierta medida también este es

el tema de las coplas manriqueñas: lo vano de todo ante la muerte inexorable. II Como ha demostrado la multitud de autores que han profundizado el tema, el poema de Jorge Manrique se ocupa de muchos otros lugares comunes que eran sustento del pensar medieval, como el menosprecio del mundo, el desengaño del amor y la gloria, la fortuna, y la muerte, como principal. Lo que relaciona, a mi parecer, el Eclesiastés con las Coplas, no es únicamente que ambos fueran contemporáneos, sino que en numerosas partes se observa fundado el sentir de estas en aquel aunque resulta evidente que la concepción judeocristiana del mundo en Manrique no es ya la misma que la de los escritores del Antiguo Testamento. ¿Qué provecho tiene el hombre de todo su trabajo con que se afana debajo del sol? Generación va, y generación viene; mas la tierra siempre permanece. Sale el sol, y se pone el sol, y se apresura a volver al lugar de donde se levanta. El viento tira hacia el sur, y rodea al norte; va girando de continuo, y a sus giros vuelve el viento de nuevo. Los ríos todos van al mar, y el mar no se llena; al lugar de donde los ríos vinieron, allí vuelve, para correr de nuevo. (Ec. 1:2-7.)

Esta última metáfora, bastante socorrida en la literatura medieval (p. e. en el Rimado de Palacio, La Celestina y el soneto 28 de Petrarca), dentro del contexto del primer capítulo del libro bíblico señala lo cíclico del mundo — su permanencia— en oposición al escaso tiempo que el hombre transita por él. Manrique escribe una figura parecida, pero que en significado toma alguna distancia: Nuestras vidas son los ríos que van a dar en el mar que es el morir; allí se van los señoríos derechos a se acabar y consumir; allí los ríos caudales, allí los otros, medianos y más chicos, allegados son iguales, los que biven por sus manos y los ricos. (vv. 25-36.)

Ambos se ocupan de la brevedad de la vida humana, pero mientras que en el Eclesiastés se menciona el mun-


13 do como elemento de comparación y contraste, Manrique utiliza el mundo como analogía. El mundo también es efímero; posee un principio —la Creación— y tiene un final; así los ríos, así los hombres, «allegados son iguales». Es en este sentido como pueden percibirse muchas de las ideas comunes a ambas obras, como una redefinición, una vieja búsqueda o —si atrevemos— un desafío. No hay memoria de lo que precedió, ni tampoco de lo que sucederá habrá memoria en los que serán después. (Ec. 1:11.) Porque ni del sabio ni del necio habrá memoria para siempre; pues en los días venideros ya todo será olvidado, y también morirá el sabio como el necio. (Ec. 2:16.)

A esta vanidad de la misma historia, a este olvido inexorable, Manrique enfrenta todos sus versos, en una búsqueda de memoria que conserve la fama de su padre —tal parece ser el fin—, tan importante, pero de todas maneras tan vana también. Tantos duques excelentes, tantos marqueses y condes y varones como vimos tan potentes, di, muerte, ¿do los escondes y traspones? Y sus muy claras hazañas que hizieron en las guerras y en las pazes, cuando tú, cruda, te ensañas con tu fuerça las atierras y deshaces. (vv. 265-276.)

Manrique se enfrenta a la muerte y el olvido con la única arma que considera imperecedera, la palabra. III No obstante, fiel a su época, Manrique acepta como propios los valores presentes en el Eclesiastés. En ningún momento se expresa como Job antes de la reprensión de Jehová: «No me condenes; hazme entender por qué contiendes conmigo» (Job 10:2). Manrique no pregunta los motivos de su aflicción. Nunca un por qué la muerte, nunca un por qué el olvido. Nunca digas: ¿Cuál es la causa de que los tiempos pasados fueron mejores que estos? Porque nunca de esto preguntarás con sabiduría. (Ec. 7:10.)

y acabado, si juzgamos sabiamente, daremos lo no venido por pasado. (vv. 10-18.)

Las preguntas tan famosas del ubi sunt («¿Qué se hizo…?» «¿Qué se hicieron…?») no buscan una respuesta, no son una reflexión, son mera noticia de lo que siempre ha sido, del «todo es vanidad». No hay posibilidad de cambio. Eso es dicho. ¿Qué es lo que fue? Lo mismo que será. ¿Qué es lo que ha sido hecho? Lo mismo que se hará; y nada hay nuevo debajo del sol. (Ec. 1:9.)

El hombre medieval lo acepta, aunque añora una posibilidad que sabe incierta. Si fuese en nuestro poder tornar la cara fermosa corporal como podemos hazer el ánima gloriosa, angelical, ¡qué diligencia tan viva toviéramos toda ora y tan presta en componer la cativa, dexándonos la señora descompuesta. (vv. 73-84.)

Entonces, ¿cuál es el sentido de contar, de la memoria si es fugaz, de los poetas si cantan a los que ya no están, de Manrique y el mismo Salomón (aunque parezca impiedad) que se desplazan de la contradicción a la amenaza, de la pasión a la simple desesperanza? Finalmente, si todo es vanidad, ¿para qué dejar constancia entonces de ello? Tal vez —se quita una sombra de mi pensamiento— lo único no vano sea decirlo. «Vanidad de vanidades. Todo es vanidad.» Tal vez haya sido que, aunque de poco valor son las cosas tras que andamos y corremos que, en este mundo traidor, aun primero que muramos las perdemos (vv. 86-90),

al poeta medieval le consolaba el mismo consuelo del predicador del Antiguo Testamento: Mejor la fama que el buen ungüento; y mejor el día de la muerte que el día del nacimiento. (Ec. 7:1.)

Serie Viajeros. El poeta.

Manrique solo atestigua. Y quizá sea, porque aún siguen aquí. cómo, a nuestro parescer, cualquiera tiempo pasado fue mejor. Y pues vemos lo presente cómo en un punto es ido

Sandino Gámez. Narrador, editor y ensayista. Autor de La ciudad y los campos, y de El árbol que da moras.


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Historia de una pasión. Mi autor favorito. Quiero tanto a Julio

Sin título.

Dina G rijal v a

Confieso ser una mujer apasionada. En mi vida me he sentido atraída por muy diversas actividades y causas. Tal vez poseo lo que actualmente llaman una personalidad adictiva. El tabaco, ciertas bebidas, los movimientos sociales para transformar el mundo y cambiar la vida, la solidaridad internacional, los Beatles, Edith Piaf; en los últimos tiempos el feisbuk, las tardes de café, son algunas de las aficiones que por algunas temporadas parecen absorber mi vida. Pero de todas esas atracciones solo una ha estado siempre presente en mí: la lectura. Desde que de niña leí Mujercitas, Hombrecitos, La cabaña del tío Tom y otros libros que hace algunas décadas se consideraban apropiados para niños; pero sobre todo las versiones condensadas de la Ilíada, la Odisea y el Quijote que aparecen en El tesoro de la juventud; el placer de ausentarme de la vida de reloj-despertador, tareas y café con leche y de sentir que ante mis ojos se desplegaba la guerra de Troya con Aquiles dolido por la muerte de Patroclo o de sentir que era partícipe de las aventuras de don Quijote fueron esenciales en mi infancia. Ya en la adolescencia los versos y las leyendas de Bécquer, los cuentos de Edgar Allan Poe y Frankenstein atraparon mi atención. Recuerdo nítidamente que fue una mañana en la clase de Español de la secundaria mientras el maestro repetía datos de un autor que he olvidado y yo leía un cuento que no he vuelto a leer jamás (creo que se titulaba «La hoja azul») cuando decidí dedicar mi vida a la literatura. Después fue el descubrimiento de los cuentos de Maupassant, Chejov, Quiroga, Borges; y, en la misma época: Dostoievski, Cien años de soledad, Entre Marx y una mujer desnuda. Y es entonces cuando un amigo me habla con un brillo inusitado en sus ojos de Rayuela. El leer esta novela baúl y algunos de los cuentos de su autor signaron mi vida. Confieso ser una de las tantas muchachas en toda nuestra América que deseó ser la Maga y recorrer como ella las calles de París buscando a Oliveira y hacer del deshacerse de un paraguas inservible una ceremonia. Y confieso que tal vez el bebé que más he amado es Rocamadour. Bebé bebé Rocamadour. Con Rayuela descubrí que había otra forma de vida, a contrapelo de los horarios de escuela y renuncié para siempre a aplastar desde abajo la pasta de dientes y al papel rayado para escribir mis cartas (porque en esos años escribía cartas desde la Puebla de los Ángeles en donde acompañada de Cortázar y de otras aventuras fascinantes descubría otra vida). Para fortuna de sus apasionados lectores, como si Rayuela le hubiera confirmado la legitimidad de su poética, nuestro autor favorito siguió diseminándola hasta el final de su vida en su obra sin dejar de ser fiel jamás a su propuesta central: la búsqueda de los intersticios en la vida cotidiana donde puede resplandecer un

relámpago para revelarnos un nuevo sentido, punto luminoso que puede penetrar por el ojo de una cerradura, a través de una puerta condenada, en el teatro en el intermedio de un concierto de Stravinsky, en el metro parisino o en cualquier otro sitio. Me es difícil elegir de entre los muchos cuentos del autor de «Casa tomada» que he leído y vuelto a leer sin dejar de gozarlos a lo largo de ya varias décadas. «Carta a una señorita en París», «Circe», «Continuidad de los parques» donde sentí que aquello que leemos es parte esencial de nuestro mundo y donde el acto de leer es capaz de convocar lo leído: literatura y vida son lo mismo; «El río», «La puerta condenada», referentes siempre presentes en mi vida, en la de mis amigos, mis hermanas y mi madre. Llegamos a hablar de los personajes que habitan las páginas de los libros del gran Julio como si fueran más cercanos a nosotras que las personas de carne y hueso que nos rodeaban. Recordemos que desde sus inicios como escritor la literatura fue para Cortázar «una forma de vivir», la ruta hacia «una realización humana» y así leímos cada uno de sus textos. Lugar importante han tenido en esta pasión los cronopios. Una y otra vez me he acercado a ellos. Sus instrucciones para llorar y para subir una escalera me han hecho reír una y otra vez. La frase «qué risa, todos lloraban» que el autor dejó en alguna página de un texto de cuyo nombre no puedo acordarme, la he citado en muy diversas épocas. Las Historias de cronopios y de famas me han permitido viajar ligera por la vida, alejada de la solemnidad y de la gran costumbre hasta donde su aliento me ha permitido. Imposible ceder hoy a la tentación de evocar aquí palabras del «Discurso del oso»: Soy el oso de los caños de la casa, subo por los caños en las horas de silencio, los tubos de agua caliente, de la calefacción, del aire fresco, voy por los tubos de departamento en departamento y soy el oso que va por los caños. Creo que me estiman porque mi pelo mantiene libres los conductos, incesantemente corro por los tubos y nada me gusta más que pasar de piso en piso resbalando por los caños… Y en verano nado de noche en la cisterna picoteada de estrellas, me lavo la cara primero con una mano, después con la otra, después con las dos juntas, y eso me produce una grandísima alegría.

¿Y como no evocar aquí la alegría de leer los libros misceláneos del autor de Fantomas contra los vampiros multinacionales? En La vuelta al día en ochenta mundos —libro lúdico, irreverente, lúcido, que iniciará la serie de publicaciones almanaque donde todo puede ser incluido: sueños, notas, remembranzas, críticas, la risa que estalla en carcajada, poemas, cuentos, piantados— descubrí que la crítica literaria puede no ser aburrida ni solemne,


15 con ese acercamiento fascinante a Paradiso. Y en este deslumbrante libro (este adjetivo para cualquier texto de JC es casi un pleonasmo) reaparecen esos seres verdosos y volátiles en «Viaje a un país de cronopios», en donde vuelvo a leer, en estos días en los que renace el deseo de una nueva manera de vivir: Los cronopios viven en diversos países, rodeados de una gran cantidad de famas y de esperanzas, pero desde hace un tiempo hay un país donde los cronopios han sacado las tizas de colores que siempre llevan consigo y han dibujado un enorme Se acabó en las paredes de los famas, y con letra más pequeña y compasiva la palabra Decídete en las paredes de las esperanzas, y como consecuencia de la conmoción que han provocado estas inscripciones, no cabe la menor duda de que cualquier cronopio tiene que hacer todo lo posible para ir inmediatamente a conocer ese país.1

En la época de mi descubrimiento de Cortázar, cuando leíamos una y otra vez Rayuela, vieron la luz sus últimos tres libros de cuentos: Alguien que anda por ahí, Queremos tanto a Glenda y Deshoras. En algunos cuentos de ellos, el autor permite que un nuevo ingrediente se sume a lo lúdico, lo fantástico y la experimentación lingüística: los vientos de la historia y de la realidad latinoamericana. En esos primeros años de la década de los ochenta —que fueron los últimos de él— vimos cómo en su obra de creación se introduce el tema de la violencia que asolaba a los países del cono sur, como en su novela más controvertida, El libro de Manuel, que representa un punto clave en una larga búsqueda, su reencuentro con el destino latinoamericano, la reconciliación entre imaginación e historia, un diálogo entre literatura y política. La censura militar argentina no permitió la publicación de Alguien que anda por ahí y cuando fue publicado en México, lo prohibieron allá. En algunos de los cuentos de ese libro, desde la literatura y desde la imaginación sin renunciar a esa exigencia de alto nivel que acompaña toda su obra, Cortázar dice mucho más de la violencia infligida por los gorilas militares a los habitantes de Buenos Aires y otras regiones de ese país de lo que la prensa internacional sospechaba y hasta mucho más de lo que los espeluznantes y valientes informes de Amnesty International podían transmitir. La fascinación que despertaban sus cuentos y novelas iba acompañada siempre de curiosidad y admiración por la vida misma del autor. Así nos enteramos de que a la par de su escritura y de su trabajo como traductor en la unesco, dedicaba cada vez más de su energía vital a labores de solidaridad con la recién nacida Revolución sandinista y a labores de denuncia de la represión de los regímenes militares, en todos los foros internacionales a los que su prestigio de escritor le permitía asistir. Veíamos cómo el apoyo de Cortázar a la Revolución cubana primero y a la revolución sandinista después, así como su enérgica condena a las dictaduras del cono sur, y la doble influencia que ello tiene para su vida y su literatura, eran en él ante todo una posición ética y humanista. Recordemos que Cortázar dice que sí, que «las cosas andarían mejor si Marx hubiera leído a Holderlin»2 —como quería Thomas Mann—, pero que era igualmente necesario que Holderlin leyera a Marx.

1 Julio Cortázar, La vuelta al día en ochenta mundos, tomo II. México, Siglo Veintiuno Editores, 1967, p. 173. 2 Julio Cortázar. Prosa del observatorio. Barcelona, Lumen, 1972, pág. 73.

En 1981 mis amigos y yo, admiradores todos de Cortázar, viajamos de Puebla a Xalapa a escuchar deslumbrados una conferencia de nuestro autor de culto. Recuerdo que el tema era cómo introducir en el texto literario el tema de la violencia ejercida por las dictaduras militares sin perder de vista que la escritura es creación estética. Permanece desde entonces en mí, junto con el recuerdo de ese memorable día, la frase con la que concluyó: «Debemos de aspirar a escribir una literatura en donde ni la verdad le gane a la belleza ni la belleza le gane a la verdad». En algunos de los relatos de Queremos tanto a Glenda y Deshoras, Cortázar consiguió amalgamar discurso político y discurso literario; logró además que el discurso literario alcanzara, fecundado por la preocupación política, algunas páginas dignas de sus mejores cuentos. Es cierto que cuando escribe esos relatos de tema político es un escritor fogueado por muchos años de oficio y muchos libros de prueba y crecimiento, pero creo que su conciencia política contribuyó también —y poderosamente— a esa urgencia e intensidad de sus últimas colecciones. El autor vivió (y nos enseñó a vivirlo así) la relación entre realidad y literatura; entre arte y vida siempre buscando pasajes o puentes que permitieran incorporar los juegos de la imaginación a los fuegos de la historia, defendió siempre su plena libertad de creador de otras realidades que se suman a la realidad cotidiana, pero también propició que la realidad latinoamericana, incluyendo sus genocidios y pesadillas, entraran en ese espacio de la literatura que escritores sin su ética siguieron considerando un espacio aséptico y ahistórico. Cortázar enriqueció su literatura como búsqueda siempre de una realidad multiforme que incorpora los vientos de la historia, sí, pero sin renunciar jamás al sueño, al juego, a la aventura en lo que tienen de profundamente humanos. Su modo de aproximarse a una literatura que corresponda a las urgencias de nuestra historia inmediata, será siempre complejo; entra en ella sin renunciar ni a sus fabulaciones ni a su visión múltiple ni a sus búsquedas formales. El último libro que leímos mientras Cortázar vivía es: Los autonautas de la cosmopista. Un viaje atemporal París-Marsella. Allí comprobamos que nuestro autor jamás dejó de vivir y de escribir asombrado y con ello no deja de asombrarnos. Poco después nos enteramos con dolor de la muerte de Julio en París, el 12 de febrero de 1984. Leímos sobre su entierro en el cementerio de Montparnasse en una fría mañana parisina. Su ausencia física no me ha impedido seguir leyendo sus cuentos en donde gatos, migalas, misteriosos personajes que habitan en el interior del metro, botellas en el mar y vampiros son posibles y ellos permiten explorar la realidad y sus fisuras, mostrándonos —como solo él ha sabido— que los pasajes entre lo cotidiano y el asombro son puentes que pueden ser cruzados por quienes no buscan solo certezas. Sigo y seguiré leyendo a quien supo primero incorporar lo fantástico en lo cotidiano, la seriedad de lo intensamente lúdico, el humor de lo insólito, una crítica antisolemne de la solemnidad y de la Gran Costumbre y fue capaz de incorporar también una ética. En su literatura y su vida, estética y ética dejaron de estar disociadas y marcharon juntas. Julio Cortázar es también el autor que supo abrir la puerta para ir a jugar y miles de lectores seguimos jugando y lo seguiremos haciendo gracias a sus textos. Dina Grijalva. Ensayista y narradora. Doctora en Letras por la unam. Ha publicado El dorado: evocación y mito en la narrativa de Inés Arredondo, Eros: juego, poder y muerte, el erotismo en la narrativa femenina de Inés Arredondo, Goza la gula y Las dos caras de la luna.


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La promesa del caos F rancisco M eza S á nchez

Geney Beltrán Félix es uno de los escritores jóvenes con mayor peso en la narrativa y la crítica literaria mexicana actual. Su mirada penetrante ante la literatura y la relación que esta sostiene con la realidad lo han llevado a convertirse en un crítico audaz y certero. El constante ejercicio de una inteligencia sensible y sin concesiones puede verificarse en su libro de ensayos El sueño no es un refugio sino un arma (2009), en el que se compendian años de lectura y de reflexión sobre la cultura impresa. A su vez, en su libro de relatos Habla de lo que sabes (2009), el autor muestra con una prosa ácida su talento como hacedor de historias. Ahora, con Cartas ajenas, entrega una novela que apuntala esa mirada cruda con la que acostumbra trabajar su obra y la realidad. Marioralio, el personaje principal, es un individuo absolutamente gris, arrinconado en el mundo de la lentitud; se convierte en un secuestrador de epístolas, acto que será el inicio de una épica que lo hará transitar por la vida con una velocidad antes insospechada. Este personaje transformará no solo su existencia, sino también la de quienes lo rodean. Las cartas, que en esta novela son los detonadores de la evolución compleja del personaje (Marioralio antes de ser un violador de correspondencias era un hombre enfermo de vacío, un ser que no podía sentir), son un elemento que Beltrán ya había trabajado con estremecedores resultados en «El cuerpo de Sicrano», texto con el que cierra su ya mencionado libro de cuentos. En una entrevista donde se le cuestionó al autor el por qué tomar como eje narrativo un oficio que venía en desuso como la correspondencia postal y no el mundo de la red, del ciberespacio; respondió: «Ser deliberadamente pasatista provoca un extrañamiento en el lector: permite relatar el presente como si estuviera compuesto por hechos pretéritos y, al mismo tiempo, sugiere el desafío de que el pasado sigue vivo en eso que creemos lo más real». Peculiarmente, Beata María, el personaje femenino de mayor relevancia, es una vidente, es decir, ciertos actos del futuro son trabajados dentro de la novela como hechos del pasado. Marioralio obtendrá, a razón de vivir la existencia de los otros, la capacidad de conocer el futuro. En ese sentido, es verdaderamente interesante la manera en que Geney Beltrán va construyendo su arque-

tipo de héroe, un ser que es capaz de amputarse la mano derecha por sus ideales y que esa misma amputación, lo distinga de los demás hombres, digamos una suerte de Jacob después de su lucha contra el ángel. Es importante mencionar que al igual que el Caballero de la Mancha y Madame Bovary, Marioralio transforma y trastorna su mundo interior y exterior a partir de la lectura, en su caso, no es a través de novelas de caballería o amor, sino de cartas. En fin, la aventura del caudillo tiene su origen en las palabras que cuentan la historia de los otros. En esta obra es destacable la cantidad de relatos que se sobreponen al momento en que Marioralio abandona su estado pasivo de voyerista y decide involucrarse en la vida de los verdaderos dueños de las cartas. Así, la gran aventura comienza por pequeñas cosas, en este caso concreto, abrir un sobre. Por ejemplo, nuestro héroe, frase que se repite constantemente en la novela y que está construida con los ecos de la novelística del siglo xix, inicia su aventura epistolar con una carta dirigida a Helena. Posteriormente llega hasta la dirección de esa mujer desconocida para descubrir que ha fallecido y que su amante sigue visitando su departamento. Entonces Marioralio decide tomar, en este caso no la vida sino la muerte de la mujer, y escribirle una carta a Omar (su amante) en nombre de ella. Finalmente, los resultados de tal profanación —cavar en el nombre de los muertos es como cavar en sus tumbas— tendrán consecuencias fatales en el amante. Este relato que se encuentra dentro de otro relato, es decir, composición en abismo, plantea subyacentemente que las criaturas de la imaginación son municiones que impactan lo real y lo pueden precipitar. Quizá, dicho planteamiento es la dirección de sentido con mayor peso en Cartas ajenas. En uno de los últimos capítulos, «El desencanto furioso», Marioralio imagina: «La Ciudad y su gente, toda ella atrapada en la guerra civil incruenta, inmersa en su existencia de capitulación y mezquindad, viejos y niños, hombres y mujeres que ya nada esperan, ya no vuelven la mirada hacia ningún lado que no sea el instante inmediato, ese que les exige ser esclavos obedientes de su hambre, su avaricia, su lujuria, que los lleva a esconderse a sí mismos la realidad de su penuria propia, su corrupción


17 íntima, todos ellos sin futuro, sin dioses dentro de sí». Este fragmento es una posición crítica ante la decadencia y agotamiento de las ideologías y las religiones en nuestra época; una radiografía frenética sobre una sociedad absolutamente depredadora e impúdica. En voz del personaje, el desencanto se nos presenta como la epidemia del siglo xxi, y donde la liturgia de la moral es el acto cotidiano de lavarnos las manos frente al mar de cadáveres y la veloz globalización de la injusticia. Así, Geney, con su personaje principal, pone el dedo en la llaga en una época regida por el ponciopilatismo y el vasallaje. Por otro lado, George Steiner señala que la muerte de los dioses deja un inmenso vacío en los hombres, una nostalgia de absoluto. En Cartas ajenas, la fabulación del porvenir es una necesidad, precisamente una forma de llenar los páramos después de los derrumbamientos de la fe. Estilísticamente, la prosa de Geney, como él mismo lo ha declarado, tiene muchas influencias que van desde Flaubert, Macedonio Fernández y Daniel Sada, por mencionar a algunos. Es destacable ver cómo nuestro autor trabaja la oralidad; incluso, quizá de esa palabra provenga el nombre de su personaje principal; su prosa se mueve entre los registros de un profundo monólogo interno, diálogos veloces y las reconstrucciones del habla cotidiana, es decir, Marioralio puede abandonar una reflexión honda sobre la náusea de la existencia para mentarle la madre a Poza. Como lo advierten varios de sus críticos, la sintaxis de esta novela es compleja, incluso podríamos denominarle extraña, y le exige a su lector un grado de disciplina y concentración; sin embargo, el libro ofrecerá sus recompensas. Se intuye que la búsqueda del extrañamiento en el discurso, como la adverbialización de adjetivos (por cierto uso común en el habla de la gente del campo y la sierra: siempremente) es reflejo de una búsqueda paralela en la historia. Es decir, que el lector por una turbación al lenguaje convencional se intrigue, se desconcierte y se detenga con mayor atención en lo que se está contando. Geney arroja esta novela como un cartapacio; en él, los lectores encontrarán un personaje cuyo conjunto de características y transformaciones durante su travesía lo destacan y lo hacen memorable. Un personaje catalizador de la violencia contenida de los avasallados. A la vez, la orfandad, las bajas pasiones, los crímenes de estirpe, y otros tantos temas, estarán manteniendo la tensión dramática entre una revolución que no termina de explotar y la promesa, casi segura, del caos. Geney Beltrán Félix, Cartas ajenas. Ediciones B, México, 2011, 139 pp. Frank Meza. Poeta y ensayista. Su último libro es Memoria de marzo (La Otra/ uas, 2012).

De la serie Personajes. El loco. Técnica mixta / papel.


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Bárbara Jacobs

Los rituales de la escritura

E . Y é piz B á rbara Jacobs a lo largo de casi me dio siglo ha v eni d o construyend o un discur so literario de indu dable valor est é tico y es autora de al menos una decena de libros de cuentos , ensayos y nov elas , entre ellos : D o c e c u e n t o s e n con t r a , Es c r i t o s e n e l t i e mp o , Ju e g o l i m pio, Ni n r e í r , At or m e n ta d o s , A dió s h u m a n i da d , Vi da con m i a m ig o, L a s hoja s mu e rta s ( nov ela con la q ue obtu vo el premio Xav ier Villaurrutia ) y sus m á s recientes publicaciones — a las q ue ahora aludimos— son L e e r , Es c r i b i r ( libro de ensayos ) y L u na s , la nov ela de un escritor con final tr ágico, q ue ante la impo sibilida d de realmente escribir lo q ue de sea , opta por suici darse . Bárbara Jacobs es además una escritora que ha estado en contacto con algunas de las más prestigiadas figuras de la literatura latinoamericana, entre ellas: Augusto Monterroso, Julio Cortázar, Carlos Fuentes y no se diga Gabriel García Márquez, quien, por cierto, ha escrito en la contraportada de Lunas: «Creo que ella no es solo uno de los buenos escritores en estos tiempos de libros fáciles, sino que no conozco muchos que sepan anticipar con la misma honradez, casi suicida, el largo y doloroso calvario de su gestación y escritura». Y termina, añadiendo: «Soy uno de sus muchos lectores puntuales, y mi admiración por sus libros es apenas comparable con la que tengo por su fidelidad a sí misma». Ciertamente, la autora de Lunas no escribe libros fáciles: no es una escritora de moda, no parece hacer novelas por encargo, ni publica por publicar, vamos ni siquiera existe una editorial que le publicite y promocione su obra. Escribe sin prisas, pero no deja de escribir. Al igual que Pablo Lunas su personaje, escribe a

mano en una libreta y después de revisar y volver a revisar pasa a máquina el texto sin dejar de corregir y reescribirlo, pues asume que toda escritura es una reescritura y sobre todo concibe el acto de escribir como búsqueda y autoconocimiento. «Ahí está la clave, muchachos. Interprétenla y póngase a escribir. O simplemente póngase a escribir: escribir será el medio de su búsqueda. Recórranlo con los ojos abiertos.» Recomienda Lunas a sus estudiantes de preparatoria. El oficio de escribir, el ser escritor y el cómo asumirlo es uno de los temas más recurrentes en la obra de esta escritora y uno de los dilemas de su personaje Pablo Lunas, un frustrado profesor de literatura que escribe sin publicar y conforme se adentra en los terrenos de la escritura se va convirtiendo en un ser de lo más solitario, ajeno al mundo, tanto que termina por quitarse la vida y deja inconclusa la versión final de la novela que en ese momento trabaja sin poder concluir. En realidad Lunas está escribiendo siempre la última línea, como si todos los días fueran su último día e incapaz de poner punto final al texto, se suicida. Escribir conduce al abismo y quien se abisma corre el riesgo de dejarse caer. Pablo Lunas, enfermo de literatura, no puede habitar el mundo e imposibilitado para mantenerse sobre la superficie se adentra en las aguas profundas de la escritura y un día, simplemente, decide desaparecer, dejando como constancia de su existencia sus cuadernos escritos, en donde estuvo escribiendo una especie de autobiografía: el relato de un escritor frustrado. No podía esperarse menos de él. Aurora Ossip (¿bailarina, traductora, loca o escritora oculta?, viuda de Pablo Lunas) se niega a dejarlo morir y continúa la tarea inconclusa: sigue escribiendo en nombre del ausente. Ya vieja y semi inválida deja la casa —una cabaña situada en un lugar apartado denominado Pueblo Quieto— y emprende un viaje del que no habrá de retornar. Se hospeda por unos días en un convento de cartujas, donde, diariamente, escribe sobre una pizarra blanca y a la hora de la víspera o cuatro de la tarde, hace colgar de la pared externa de la puerta de la celda que ocupa, para que las hermanas conversas, novicias y demás religiosas puedan leerla, a las ocho de la noche descuelga la pizarra y borra lo escrito. Cuatro horas, ni un minuto más, es el tiempo en que lo escrito por Aurora se ofrece a la vista de sus potenciales lectores, las religiosas cartujas. «Si mis escritos tienen algún valor es el de escribirlos. Eso es todo. Una vez escritos, bien pueden desaparecer.» Es la respuesta que da Aurora a sor Hildegarda de Tortosa, su amiga la abadesa, quien le pregunta qué hace con lo que escribe. Nada, simplemente escribo y borro —responde— y le agradece que le permita ofrecer sus líneas para que puedan ser leídas, aunque «te confieso que cuatro horas al día de exposición a la luz ya me parece un exceso». Lo cierto es que escribe para salvarse del suicidio y de la muerte que la acecha.


19 Aurora al igual que Pablo Lunas y otros personajes de Bárbara Jacobs, entre ellos, la figura paterna de Las hojas muertas, son frágiles en extremo, habitados por una lúcida locura o enfermos de melancolía, se asumen como parte de una realidad que les resulta ajena y si bien tratan de cambiarla o al menos adecuarse a sus circunstancias, todo intento termina en el fracaso, aun así no dejan de combatir, aunque viven conscientes de que al final solo les aguarda la derrota, pero no por ello aman menos la vida, al contrario: quieren vivir intensamente, para muestra el caso de Aurora, quien, después de dejar el monasterio cartujo, ya muy enferma, llega a Nueva York para ejecutar por última vez La muerte del cisne de Saint-Saëns y al hacerlo, su viejo cuerpo no resiste y moribunda se desploma sobre el escenario. «La danza de la bailarina moribunda era la expresión de un descaro de vida, de una descompostura intencional, de una impertinencia premeditada que a un tiempo desconcertaron, repelieron, aterraron pero maravillaron a los espectadores» cuenta la voz narrativa en el último capítulo de Lunas, al referirse a Aurora, quien, después de su intrépido acto en el Estudio de la Fundación Isadora Duncan en Chelsea —mítico barrio neoyorkino—, cuando los camilleros la levantan para llevarla al hospital, expresa: «Solo quería estar contenta, ver las sombras que mi danza proyectara contra la escenografía de una noche invernal, nebuloso y sin estrellas». Y sí, en realidad, Aurora, al igual que la

Maniquíes.

mayoría de las criaturas de Bárbara Jacobs, lo único que quieren es estar contentas, morirse de vida, que los dejen ser. La lectura, la escritura y el acto de escribir son, sin duda, algunas de las obsesiones de los personajes creados por Jacobs y algunos de los temas más recurrentes en sus diferentes obras. Así lo vemos, no sólo en Lunas sino también en Las hojas muertas, donde el padre no quiere hacer otra cosa que no sea leer y en Vida con mi amigo, donde los protagonistas son una pareja de escritores que viajan por el mundo y el tema más recurrente es el literario. Y como bien lo señala Gabriel García Márquez, la mayoría de los libros de la creadora de Lunas, parecen haber pasado por un largo proceso de gestación, este es el caso de Leer, escribir, una serie de ensayos que —al igual que un plato exquisito se cocina; es decir a fuego lento— su autora estuvo escribiendo y publicando durante quince años en las páginas de la revista Armas y Letras de la Universidad Autónoma de Nuevo León y ahora podemos leer en un libro, hermosamente ilustrado con imágenes del Alfabeto secreto del artista plástico Vicente Rojo. En Leer, escribir, la ensayista se asume como un moderno Bartleby y prefiere no hacer nada que no tenga que ver con la lectura y con la escritura y así, según señala en la obra aludida, es como puede pasar semanas y meses enclaustrada con un libro en las manos, leyendo a los escritores de sus preferencias. Por supuesto, el enclaustramiento es metafórico, pues quien lee viaja y habita espacios que rebasan las cuatro paredes que lo guardan del «mundanal ruido». Y es así como el escritor busca en su memoria, se abisma, dialoga con los otros y con los muchos yo que lo habitan y regresa cargado de palabras que imprime sobre la hoja en blanco. En Leer, escribir, su autora se dice poseedora de al menos tres bibliotecas. 1. La de los libros que guarda físicamente. 2. La de los que leyó y por diversas razones nunca guardó. Y 3. La de los libros que quiere leer, pero que no ha encontrado todavía. Además se confiesa devota absoluta de los diccionarios, los cuales consulta frecuentemente, pues a parte de entretenerla, despiertan su imaginación y ponen a prueba sus conocimientos. Entre las lecturas de juventud que más aprecia, herencia de su madre —anota en Leer, escribir—, destacan: Las confesiones de San Agustín. Mi vida de Santa Teresa. Don Quijote, las Confesiones de Rousseau y una antología del poeta inglés Alfred Tennyson. Además, tuvo dos abuelas lectoras y de ellas recibió como herencia libros de Jorge Luis Borges y Leopoldo Lugones, así como algunas de las novelas de Jane Austen, entre otros. Así también, dice haber hecho suya la biblioteca completa de su padre, quien, a su vez, mantenía la del abuelo y de otros ancestros de la familia. Y es así como la autora de Leer, escribir parece no haber hecho otra cosa que asumir su destino y si bien no leyó durante su infancia a Julio Verne, sí lo hizo en su juventud con Julio Cortázar y al leer a Cortázar leyó a Verne y así ha leído a tantos otros a través de los otros y es esto, esta locura de leer, lo que la ha llevado a la escritura e incluso dice: «A veces se me antoja escribir la historia de cada uno de los libros que tengo en mi biblioteca, lo cual no es sino una locura más». Y entre locura y lectura, locura y escritura, Bárbara Jacobs se ha convertido en la excelente escritora que ahora es y a la que resulta placentero poder leer.

Ernestina Yépiz. Narradora y poeta. Su último libro es El café de la calle Mulberry.


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Salmo del inmigrante que recoge la fresa en California

Serie Viajeros. Viajeros con paraguas. Técnica: Mixta sobre tela.

J a v ier A costa Nos han hecho la guerra mil y una veces y siempre fuimos derrotados. Su Dios es nuestro Dios y ha optado por ellos. Nuestra tierra es su tierra, siempre más tierna y más fértil cuando la cultivamos bajo sus minuciosas instrucciones. Para dibujar nuestros ángeles copiamos su perfil, tomamos apuntes de sus graciosas cabelleras. Son altos mis vecinos, rubios y fuertes; rápidos en la carrera, moderados en la justicia. Para dar buena suerte a nuestros hijos, los bautizamos con los más bellos nombres de nuestros vecinos. Tienen la voz gruesa de mando y las palabras llenas de duras consonantes. Sé bien Señor, que los protegerás también si osamos levantar la mano contra ellos. Son altos, son fornidos, son ricos, como nunca soñaron los reyes de las escrituras. Han preferido mantenernos con vida,

por si alguna vez vuelven a necesitar nuestro servicio. Han recibido tu señal de la prosperidad sin fin, nuestro Señor amado. Nos pusimos a un lado, a esperar las sobras de tu gracia. Y sobró la pobreza, y nos la diste toda. Y sobró la impiedad y nos la diste toda, y sobró el desierto y nos lo diste todo, y sobró tu impaciencia y nos la diste toda, y sobró el hambre y nos la diste toda, y sobró la envidia y también nos la diste, y sobró la sordera y nos la diste, y la última palabra que tenías te sobró, y nos la negaste, al final de todo. Son hermosos y frágiles, nuestros altos vecinos. Javier Acosta. Poeta y traductor. Premio Nacioanl de Poesía Ramón López Velarde 2006, y premio Aguascalientes 2010. Autor de: Melodía de la i, Largo viaje al presente, Libro del abandono, entre otros.


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Plexo

Ver ó nica G . A rellano Yo es siempre otro. Pero también distinto. Luis Alberto Arellano

Doblando la voz de l’enfant terrible, Rimbaud; Luis Alberto, despliega una serie de voces cóncavas y convexas en su ya cuarta publicación: Plexo. Antecedido por los poemarios Erradumbre (Mantis Editores, 2003), De pájaros raíces el deseo (edición bilingüe al francés en Ecrits de Forges, Mantis, 2006) y la coautoría de poesía mexicana, El país del ruido (también traducido al francés en la editorial Mantis y Les Temps de cerises, 2008). De acuerdo con la referencia a la palabra o wordreference y otras fuentes, la anatomía de plexo podría definirse como: una «red formada por varios filamentos nerviosos o vasculares entrelazados». «Todos los plexos (o poemas) presentan entrelazamientos complejos de mallas que forman variadas y numerosas anastomosis [—es decir embocaduras, uniones—], de las cuales emanan otros ramos que van a los órganos o a otros plexos» (a otros poemas). El epígrafe de Edmond Jabès dicta el umbral del libro: Mundo lento, «Le Désert es mon lieu —disait-il­­—. Et ce lieu est un poignée de sable». «Mi lugar, el desierto, él dice. Y ese lugar es un puño de arena.» Mundo lento está escrito en el polvo, con ceniza, en el aire, escrito en el polvo; una fugaz escritura, poemas que son autodestruidos como un mensaje en la contestadora o la cinta de una proyección cinematográfica en la pantalla. Hay poemas kamikazes —de tono confesional unos, vivencial, otros—; implosiones y locura, en donde se revelan rasgos de una escritura telegráfica con falsas coordenadas espacio-temporales, en las que se cuestiona la transmisión entre pensamiento y lenguaje. Gira la pregunta en torno al orden del mundo, a la convención del nombrar las cosas, experimentación que va no hacia la forma sino al fondo, el sentido-contrario a donde irá la segunda parte del libro: Plexo. «Cada hombre es una garganta» y «Quemado el ojo polifémico» corresponden al orden invertido en el epígrafe de Juan Carlos Plá: «quemado el ojo polifémico,/ cada hombre es también una/ garganta.» «El universo era legible/ y en todo lo que se necesitaba/ era un sistema»,1 que va en dirección contraria, inversa al Mundo lento como una locomotora en el mismo riel dirigiéndose velozmente frente a nosotros. «Cada hombre es una garganta» se convierte en un crucigrama invisible en el que nos detenemos a pensar la palabra faltante, los recuadros vacíos. La sintaxis rota, tras un choque de trenes, la voz lírica busca «escribir como si 1 Luis Alberto Arellano, Plexo, Fondo Editorial Tierra Adentro, 2011. Todas las citas de los poemas en Plexo.

Serie Viajeros. Nido. Técnica: Mixta sobre papel.

fuera otra lengua». Ya no el poema en su forma sino una prosa cortante, experimental; una serie de imágenes que ya no se condensan en la fugacidad, sino la fuga en cada una de ellas; una detonación en el despliegue de voces cóncavas y convexas, que se intersectan negando el sentido. Fragmentario. «Todo boca arriba. El mundo y la cosa», que es también otra cosa, pero siempre el ritmo. Probando los límites del lenguaje, Luis Alberto Arellano tensa la telaraña del poema en constantes alusiones a elementos dentro del texto (intertextos) como: anotaciones, apuntes, figuras retóricas nombradas, silogismos falsos, se devela la construcción del verso y la elección del tiempo verbal. Fuera del texto (aunque dentro) se encuentran referencias bibliográficas, moraleja y anécdota, evocaciones a otros autores, textos, la mass media y una nave especial. Así como elementos fuera de este mundo: hay aliens, ovnis (objetos voladores tampoco identificados por el poeta) que, afirma «estas líneas/ no tienen ningún mensaje oculto/ ni nada que se le parezca/ aunque haya quien/ lleno de esperanza/ afirme lo contrario». El libro incluye la afirmación: «ufo its Art/Art its ufo», un «Autorretrato a los 31 con empleo» y «un miedo personal a los aviones». Verónica G. Arredondo. Ensayista y poeta.


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A las orillas de un jardín: una aproximación a La escuela de Wallace Stevens J os é M ar í a E spinasa Cuan d o, por los a ñ os treinta , los poe tas hispanoamericanos volvieron a mirar la l í rica q ue se escrib í a en E sta d os U nid os , empezaron por leer o releer a Walt W hitman , y se prod ujo una e x tra ñ a con fusión , se pens ó q ue simplemente se deja ba de la d o la influencia francesa , q ue en ese momento alcanzaba su cenit en M é x i co con la presencia de G i de y Val é ry entre los C ontempor á neos , por ejemplo. Pero la l í rica norteamericana estaba apenas fra guá n d ose en su o sus tra diciones , y no le ocurr í a como a la francesa , q ue m á s bien parec í a llegar a un esta d o de agotamien to, despué s de un a dmirable siglo X I X .

El proceso fue lento, todavía en los años cincuenta era palpable el «afrancesamiento» de Octavio Paz, Juan José Arreola y Tomás Segovia, pero en la década de los sesenta, gracias en parte a la aparición de las primeras manifestaciones de los espectáculos colectivos y su divulgación masiva, los hispanoamericanos se sintieron muy cercanos al movimiento beat y eso hizo pensar en que la tradición americana era esa, con un trono común en Hojas de hierba y con un aliento rebelde, semiprofético y ligado al presente, con cierto rechazo de esa poesía para el porvenir o para la permanencia que tanto obsesionó a Jorge Cuesta y a su grupo. Eso llevó a que se perdiera de vista la posibilidad de otras lecturas de ese mismo corpus lírico. Pound y Eliot avasallaron. Se impusieron y volvieron vasallos a sus seguidores y solo el genio

propio de cada poeta pudo en ocasiones salvarlo del desastre (y no del todo). Con Ginsberg y compañía pasó más o menos lo mismo, solo que uno o varios escalones cualitativos más abajo. La publicación de Aullido fue un momento clave. Si la tradición Pound-Eliot se prolongaba en Inglaterra en poetas como Dylan Tomas y W. H. Auden, en Estados Unidos lo hacia con Ginsberg. En México solo ahora, más de cincuenta años después, se puede empezar a pensar objetivamente sobre el valor y el sentido de ese poeta y ese poema. Un tema aparte, que excede estas notas, sería la contraposición y combinación de las tradiciones inglesa y gringa en el crisol de la lengua y con sus heterodoxias centrales, como la poesía irlandesa. La poesía en Estados Unidos es como una olla de vapor que tiene a mano varias válvulas de recambio para liberar el exceso de presión. Muchas veces poetas que migran a Inglaterra, justamente con su viaje liberan presión y abren nuevas posibilidades. Igualmente, aunque con menos riqueza, sucede al revés. Por otro lado, hay ciertas piedras angulares, de las que no se puede prescindir en un lado o en otro, Pound y Eliot, por ejemplo. La misma expresión «dos orillas», que en español usamos con frecuencia para diferenciar la tradición española de la latinoamericana, debe ser tomada con importantes diferencias, pues en el caso nuestro, la orilla es lugar de llegada, sitio de producción,


23 Serie Viajeros. Emigrante. Técnica: Mixta / tela.

mientras que en inglés más bien es final de lo contenido, su sentido no está en una u otra orilla, sino «entre» las dos orillas. Véase por ejemplo lo que dice Ernesto Cardenal en la reedición actualizada de 2005 de la Antología de la poesía norteamericana, que hizo junto a José Coronel Urtecho en 1963, y en donde dice —sin pestañear— que, citando a Selden Rodman, «la poesía norteamericana es la única poesía del mundo dedicada a cantar la democracia. Y podría haber dicho también que es una poesía preocupada casi toda ella por la justicia social». Quien quiera deleitarse con generalizaciones dogmáticas vaya a ese prólogo: no tiene desperdicio. Pero esa visión simplista sigue prevaleciendo incluso entre lectores avezados. Tierra baldía fue muy bien leída en español, al grado de que casi no hay poeta importante de la segunda mitad del siglo en que no se vea su influencia, más, mucho más, por ejemplo que El cementerio marino, texto medular para la generación anterior. ¿Ocurrió lo mismo con Aullido? Creo que no. Y es que debemos pensar en las razones del equívoco al acercarse a esa tradición. Otras líneas de desarrollo, por ejemplo y de manera notoria, las que plantea La escuela de Wallace Stevens estaban más en clave mexicana que la de los beats y la escuela de San Francisco. Pienso, por ejemplo, en un poeta como Charles Olson (aunque no tanto en la Black Mountain School).

Hay que notar que la lírica gringa ha sentido una enorme nostalgia por tener una escuela, es decir, una tradición propia, y la ha incomodado el encontrarse con muchas posibles, a veces notoriamente contrapuestas. Y además, en ocasiones, mezcladas sin lucidez. Por ejemplo, su tendencia religiosa a, por un lado, vincularse a la tradición cristiana protestante —de la cual son buenos ejemplos los mormones— y, por otro, la de fascinarse, a veces demasiado fácilmente, con tentaciones exóticas —Japón, la India, el propio México— o con exotismos interiores (la poesía indígena, por ejemplo). Es muy distinto, para poner un punto de comparación, la manera en que Octavio Paz se acerca a la literatura de la India y del Japón, a como lo hace la generación beat, ciertamente con nostalgia de certezas y hasta de dogmas, sobre todo si no eran los de occidente. Por razones naturales Bloom ubica su mirada bajo la sombra de Stevens y la llama escuela, pero no estoy seguro de que en español el término tenga las mismas resonancias que tiene en inglés. Cuando vemos en una ficha de un cuadro en un museo la palabra escuela, la vinculamos más al oficio, es decir, equivalente de «taller», que en un terreno escolar, de enseñanza y prolongación de las búsquedas hechas en conjunto. La escuela, al menos en español, sugiere que hay una continuidad de temas e inquietudes, y Bloom encuentra el hilo conductor en la preocupación formal, lo cual me parece bien, pero la enhebra con el elemento religioso, y eso me parece un poco forzado. Lo que sí me queda claro, y de allí la importancia de la publicación de La escuela de Wallace Stevens para México, es que la tradición descrita por Bloom posibilita un diálogo mucho más hondo con la poesía americana que lo que los beats habían impulsado. Algo hay de eso ya en el trabajo de Eliot Weinberger, hecho veinte años antes, pero creo que aquí es por un lado más radical y por otro más actualizado. Y la poesía norteamericana ha dado un viraje en los últimos años, en dirección a una poesía menos de cara al público y más de cara a la página. Cuando algunos poetas franceses descubren el palo de lluvia y el acordeón, los gringos vuelven a centrarse en la palabra. Una de las cosas que en ese decurso habrá ganado la lírica gringa, y con ella en buena medida la lírica occidental, pues la condición de nación dominante hace que lo que ocurre en Estados Unidos influya en todo el mundo, incluso cuando se trata de un arte minoritario como la poesía, será una nueva condición de la oralidad. El «ante todo la música» de Valéry habrá que releerlo con otra óptica. Pero no hay que confundir lo oral con lo prosaico o lo conversacional —que son solo una parte de lo oral—, como se hizo en los años cincuenta y sesenta. Es curioso, por ejemplo, que las simplificaciones conceptuales de Ernesto Cardenal no le impidan ser un notable traductor, y es que tiene buen oído para lo oral en su conjunto. Para el español, la curva que va de la obra seminal de Rubén Darío y el modernismo en su conjunto hasta la generación de Jeannette Clariond, traductora, o mejor coautora de La escuela de Wallace Stevens, pasando por la de Octavio Paz y su época —un arco de cien años— es una nueva edad de oro de las letras. Pero es obvio que a mediados del siglo xx la crisis se veía venir y el interés de los poetas nacidos en los años treinta y que empezaban a probar sus plumas por entonces, buscaron en esa efervescencia optimista de los beat un remedio anticipado. De allí la importancia de la revista El Corno Emplumado. Se habían explorado las posibilidades musicales del español en el modernismo y las visuales en la vanguardia, también las conceptuales en las generaciones del 36 y de medio siglo. Un poema


24 como Piedra de sol es límite de lo que se había originado cien años antes con José Martí. El cambio de la orientación se muestra en dos elementos: a la lírica norteamericana le empieza a ocurrir lo que a las europeas: tienen una importante aportación de la periferia no solo lingüística sino también geográfica y cultural. Por ejemplo: Derek Walcott desde las Antillas y Charles Simic desde Yugoslavia. Esas aportaciones enriquecen el mosaico ya de por sí diverso de culturas que alimentó Estados Unidos en el siglo xix y prácticamente todo el xx. Ante los afanes por estandarizar el habla la lírica se vuelve el receptáculo reivindicatorio de la maldición de Babel. Incluso con derivaciones como la literatura chicana y el spanglish. Son terrenos movedizos en los que hay que moverse con tiento. El recorrido de la lectura nos debería llevar de antologías como la de Weinberger y la de Bloom/ Clariond a Más de dos siglos de poesía norteamericana (Alberto Blanco), como marco mayor, o incluso a la ya mencionada de Cardenal, pero esto no ocurre de manera sencilla. Cuando El Corno Emplumado presenta a los lectores mexicanos e hispanoamericanos la poesía de su momento no lo hace tanto estableciendo un canon, ni siquiera una nómina de lectura, sino una poesía viva, como si estuvieran los lectores inmersos en el mismo contexto en que se produce. De allí su éxito. Es una apuesta arriesgada y poco usual. Entre las revistas mexicanas creo que solo Mandorla lo intentó y terminó emigrando a Estados Unidos. La cercanía física —Tijuana está más cerca de San Francisco que Nueva York, Boston o Chicago— y la comunicación constante (muchos beats viajaban a México y pasaban largas temporadas en el país) contribuyeron a ello. Ahora, en cambio, y solo han pasado cuatro décadas, la poesía norteamericana nos parece tan de otro tiempo como la francesa del siglo xviii, su divulgación es a trompicones y depende la mayoría de las veces de esfuerzos individuales de traductores y/o editores. Las razones: ya no existe, para bien o para mal, un movimiento lírico con un mínimo de unidad, también la poesía de Estados Unidos se ha fragmentado a la manera de la francesa e hispanoamericana. ¿Qué explica, por poner un ejemplo, el que se traduzca a Charles Simic al castellano en México? En buena medida el empeño de Rafael Vargas para traducirlo y hacerlo editar. Otro ejemplo: en Xalapa se publica Boleros de Wrigth, traducido por Jorge Brash, sin que nadie se entere. Lástima, es un libro notable. La razón: el autor pasa temporadas en Xalapa. La importancia de los beats se debió también en parte a su influencia en el rock. El hecho de que hoy se premie a Bob Dylan o a Leonard Cohen con premios importantes en la cultura hispánica (e incluso el primero suene con cierta fuerza para el Nobel de literatura) es a la vez uno de los pocos momentos en que la poesía recupera espacios cuantitativos y un gesto que provoca confusión. Sin embargo la lírica del país vecino ha encontrado maneras de conservar esa estructura grupuscular sin que se vuelva un precipicio, a través de revistas, pequeñas editoriales, lecturas en público y nichos de eso que se llama escritura creativa en las universidades. La multiplicidad de opciones trajo aparejado la abundancia de poetas, y el lector gringo lo ha aceptado mejor que el mexicano, sin pensar —como ocurre aquí— que la cantidad es un defecto. Resumamos escuela, grupo o incluso colegio, la poesía gringa cuando opera como un colectivo y con un funcionamiento creativo susceptible de ser promocionado influye pronto y rápido en otros contextos e idiomas. Parece ser, en parte, una nostalgia de

las operaciones vanguardistas, en especial la del surrealismo. Al fin y al cabo el rock tiene algo de eso. La situación del lugar de llegada también cuenta. Por ejemplo, esa recepción es distinta en Centroamérica que en México, y en ambos lugares distinta de Argentina o España. Mientras que en Nicaragua, Guatemala y Honduras el contenido oral echó raíces más firmes en México se transformó en una versión apenas distinta de la escritura a la francesa. Razones no literarias vuelven el caso cubano un verdadero enigma. Pongo un ejemplo: Wallace Stevens tuvo trato directo con los miembros de Orígenes a través de José Rodríguez Feo, extraño personaje de clase alta que escoge estar con la Revolución. Cuando este rompe con Lezama la relación cultural de la literatura gringa con la poesía de la isla no se interrumpe —es famosa la visita de Ginsberg a La Habana, de donde es deportado de inmediato después de declarar que se quiere acostar con Fidel Castro— y poetas oficiales, como Roberto Fernández Retamar, y otros no tanto, como César Rodríguez, muestran clara influencia de la lírica beat. Lo que se podría decir, a riesgo de ser injusto, es que El Corno Emplumado y su época escuchó el retumbar de tambores pero no alcanzó a oír por debajo de ellos a los matizados instrumentos de viento ni a los violines en pleno. Se fueron con la finta, una admirable finta, pero finta al fin. Lo que el trabajo de Harold Bloom y Jeannette Clariond dejan escuchar tiene más que ver con una música interior que entonces no era siquiera imaginable. Es allí donde el sentido espiritual que Bloom y Clariond dan a su «escuela» es muy pertinente. El poeta suele ser un testigo privilegiado del abandono o muerte de Dios, debido a que su ausencia le duele de manera más profunda. Borges, o aún mejor, Álvaro Mutis, sabían que la fe de su agnosticismo (soy consciente de la paradoja) les dolía profundamente. ¿Qué poeta puede creer en Dios, qué poeta puede no creer? La escuela de Wallace Stevens viene a cumplir una obligación que debería cumplirse cada cierto tiempo: revisar desde el español lo que ocurre en la lírica norteamericana. Han pasado quince años, un lapso demasiado largo, desde que apareció la antología de Eliot Weinberger. Ese lapso se volvió un vacío enorme que hoy viene a cubrir este libro. No debemos dejar que pase tanto tiempo sin que volvamos sobre el asunto, es más La escuela… debe servir para que nuestra relación de lectores con el vecino país sea más fluida, menos volátil, no condicionada por las modas o la publicidad. No quiero concluir sin antes agradecerle a Jeannette su trabajo. Los traductores hacen algo invaluable para el lector: lo introducen en poetas que desconoce, ya sea porque no los puede leer en su lengua —ella, por ejemplo, me «presentó» a Alda Merini—, ya sea porque no está enterado de su existencia. Una posible historia de la literatura se puede escribir a través de la historia de sus traductores y traducciones. Se dice muchas veces que para traducir a un poeta es necesario otro poeta. Ya sabemos que el atractivo de la frase no le quita que sea un generalización (hay notables traducciones hechas por personas que no son poetas y otras bastante malas hechas por buenos poetas). Pero ante el trabajo de Jeannette uno siente el impulso de volver a decirla. Y, desde luego, darle las gracias por La escuela de Wallace Stevens de la que no solo es antóloga y traductora, sino también admirable editora en Vaso roto. José María Espinasa. Editor, poeta y crítico literario. Su libro más reciente es Al sesgo de su vuelo.


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Aproximaciones a la Nueva memoria del tigre de Eduardo Lizalde

J uan L ó pez C ort é s

I Eduardo Lizalde posee una página en blanco; va viviendo en busca de una palabra que la llene, que la contenga. Da con ella en un sueño, debajo de una piedra, enredada en las ramas de un árbol, o en el mirar inmóvil de un tigre. Nuestro poeta tiene muchas palabras, con las cuales nombra las cosas del mundo, sus enlaces difíciles, sus abiertos cauces, sus repetidos fracasos. Como todo poeta va en busca de un símbolo, así sea este fugaz, perecedero. Se da una tregua para ver al tigre que apacienta y alienta en él, fraguando su indocilidad. Describe en sus poemas la bestia, el animado resplandor de la piel, sudorosa, empapada en sangre, tibia aún; de casi viva, ardiente. Es elocuente, al ir contando, del tigre, sus pormenores, la amenidad y varia poética desde el principio de los tiempos de la poesía, ya en Blake, en Rilke, del mismo modo que las memorables Mil y una noches… pero el tigre no se hizo de un solo zarpazo; la bestia transitó una serie de dolorosas metamorfosis que llevaron al tigre a ser lo que es. Previamente ya estaban en Lizalde, el lince, la pantera, hermanos o primos hermanos del felino. II Hace un cuarto de siglo leí, por ocasión primera, a nuestro poeta. Lo recuerdo, sin excusa; me descubrí ya, entonces, como un privilegiado, y lo era. Recuerdo que a la altura de las calles Leyva y Cárdenas, de la ciudad de Los Mochis, algo parecido a una librería me esperaba, en las soleadas tardes citadinas. Esa librería ya no existe, y no volverá a existir. No por cusualidad, ni un golpe de dados les prometería su azaroso retorno; no por casualidad traigo esto a la memoria de estas palabras, a este acercamiento a la obra de un poeta. Gracias a esas tardes, supe de Cada cosa es Babel. Libro que conservé, por años, pero un día se me ocurrió prestarlo, en fin. De ese libro —que formó parte de mi inquietud de lector inicial e iniciático— recuerdo sobre todo aquellos versos en los cuales el poeta le preguntaba, casi con desesperación, a las cosas, que le dijeran su nombre. III Vuelvo a leer, veinticinco años después, Cada cosa es Babel que fuera para mí como un trueno en cielo sereno. Ya están ahí, cada uno de los animales, de la zoología Lizaldiana. La mosca y la oveja, el oscuro ladrido del perdido perro, la luciérnaga y su esperma al rojo vivo, lo mismo que aquel gallo —con su cresta guerrera— al cual el poeta preguntaba: ¿acaso dices Eduardo, cuando cantas? Pregunta no solo de humores que, también con cierta dosis de inquietud reflexiva. No recuerdo haber visto al tigre, en Cada cosa es Babel; pero ya latía con sus garras y dentelladas el hondo rugido de tan tremendo animal. Al releer ahora, veo que están el lince y la pantera, allanando el camino al tigre. Ahora, al volver a Eduardo Lizalde me detengo ante su obra Nueva memoria del tigre.

Y pronto aparece el felino. No es necesario que el tigre te vea, él sabe que estás ahí, cerca; temor y temblor a un mismo tiempo, pero seducido por la fascinación que su estampa inaugura o redescubre. El tigre siente ese esencial terror humano que provoca, como si supiera las leyendas que su fiereza ha multiplicado. En mi renovada lectura de Lizalde, el tigre aparece, se asoma por los doscientos puntos cardinales de su piel, que palpitan ya en esa otra piel que es la piel de la palabra. Bellamente dorado y esperando saltar sobre una bestia real o imaginaria, como dentro de un sueño, de la selva de un sueño, delatado por los deslumbrantes lunares de sangre que adornan su piel yuxtaponiéndose, recordando las pasadas y recientes eternidades que lo han dispuesto. Metido en su piel de poeta, Eduardo pormenoriza —en metaforizados versos y poemas— la poética tigricidad. Ferozmente, discretamente, y con licenciosa reserva, cada palabra del poeta devora el silencio y baja al sótano de nuestra memoria. Al entrar y salir al oscuro círculo de la palabra, resultó una mimesis divertida, y con ciertas dosis de carga erótica y seminal. Pero nuestro poeta no se contentó con dar el salto del tigre. Quién sabe cuántas veces saltó hacia la bestia, en la intimidad de su estar a solas, en la cueva, en su guarida interior. ¿Fue ese uno de los caminos o el camino por el que nuestro poeta llegó, parafraseando a Nietzsche, a ser lo que es? Y tal vez él, Eduardo Lizalde, lo sepa. Mi condición de lector me lleva a seguir a Eduardo Lizalde más allá de su sombra, queriendo ver o entrever, qué de su sombra se repite en mí: puntos, lunares, manchas o un indiviso zarpazo existencial. Pero la Nueva memoria del tigre también es otras memorias que ya se encontrarán en otras palabras, cuando el alba oscura de otras fechas me lleve, a la orilla de esa jungla verbal del celebrado y celebrable tigre Lizaldiano. Ya está. Juan López Cortes. Su libro más reciente es Después del presente.

Trompo.


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La ciudad era un silencio perdido cuando llegué con el pintor Antonio Rembao. Subí dieciocho escalones para tocar la puerta donde se enreda el viento. Abrió la puerta y entramos para conversar. Después llegaron nuestros amigos con un ceviche de camarón, y más tarde llegó Benito González. Yo fui por veinticuatro botes de tecate para acompañar los alimentos y disipar las penas. La música corría entre los lienzos y las voces desempolvaban los cuadros. Reíamos y el día se desvanecía entre el ruido de los carros. El estudio de Rembao es sencillo. Dos libreros, donde brota un remolino de grandes pintores: Picasso, Van Gogh, Schiele, Giacometti, Matisse, y otros que aún quieren seguir soñando. Una mesa con lienzos, papeles, acrílicos, pinceles, carbones, aerosoles, lápices, fijadores, siluetas, bocetos. Todo en un desorden ordenado. Y en esa mesa, es donde empieza el camino para despertar al demonio y a Dios, para conversar con la sombra y el hastío. Al mover mi mirada veo una recreación de René Magritte y me alegro. Rembao pinta y dibuja con los objetos que están a su alcance y con ellos consigue crear cuadros donde la imaginación cobra sentido y donde la realidad se fragmenta en otra realidad más bella. Es decir, una silla que empieza a echar raíces para borrarse en la niebla, un manojo de globos elevando a un poeta hacia ninguna parte, rostros que dejan de ser rostros al momento que los miras, superficies abstractas que toman miradas que se pierden y que te pierden sin darte cuenta, una serie de viajeros que se multiplican en el camino del aire. Su creación es espontanea y fresca, parecida a veces a un haikú, esa brevedad de trazos que te hermanan y te abisman a otra realidad del universo. Amigo Rembao, ¿para ti qué es el arte? No te puedo echar mentira, el arte es aquello que va más allá de lo que uno es. Aún no sé descifrarlo, la vida sigue sin prisa y me pierdo en ella, el arte, ah, el arte, cómo descifrarlo, Dios mío. Benito, ¿podrías traernos otras cervezas? Las miradas chocan unas con otras y las sombras guardan silencio. Rembao, ¿por qué pintas? Porque soy un pintor, me gusta jugar todavía. Pintar lo considero como un juego o un rollo informal, pintar es un acto inconsciente al momento de hacerlo. Entre más eres, más libre te vuelves y el pintar te hace viajar. Al pintar hay que ser como un niño. Si a un niño le preguntas por qué pinta, no te contesta, porque no está pintando, él lo vive o lo está viviendo, es su realidad. Pintar me hace feliz, me relaja. Es una manera de comunicarme con los colores, con el lienzo y con el mundo. Llega un canto de pájaro despertando al silencio y Úrsulo Santos está inquieto por otra cerveza.

¿Qué tan importante es el color para ti? Rembao sonríe. Hay colores que llego a odiar, que me indigestan, como los rojos, los lilas, los amarillos, los verdes y otros que vacían mis ojos. A veces quisiera pintar sin colores fuertes, es decir, pintar con una gama de grises, ser una bruma, una sombra. Ser de repente un Monet, que ya no miraba y hacía sus mejores cuadros con una gama de grises. Quisiera ser un horizonte sin color, porque a veces los ojos no están para mirar. El hielo que protege a la cerveza chilla y se retuerce. ¿Qué pintores admiras? A Benito González, Gaspar González y Úrsulo Santos. Esto lo decía mientras se tomaba una cerveza. Admiro a Matisse, Monet, los expresionistas alemanes, Giacometti y otros que en este momento se extravían de mi mente. Más que tener predilección por un pintor, me gusta la obra de muchos pintores que aún no conozco y que están en alguna parte del mundo haciendo su obra. Benito tiene el mismo diálogo desde que llegó, está más enfadoso que nunca. Dios mío, ¿por qué no lo pones a pintar? ¿En qué momento del día te gusta pintar? Me gusta pintar por la mañana, porque es el instante donde los cuadros se resuelven solos, es decir, como que tienes toda la noche para descifrar una idea y hacerla florecer en la luz del lienzo o del papel. El zumbido de una mosca dispersa los colores y la luz del foco nos escucha. ¿Cómo traduces el material que utilizas a la creación plástica? Cada material tiene un lenguaje propio, es decir, el material te va enseñando el proceso de lo que quieres hacer o a hacia donde quieras llegar. Siempre estoy dibujando, como trazando pequeños mapas para llegar a la realización de un buen cuadro. Aunque siempre los termino perdiendo, pero sé que están en alguna parte esperando. En el techo cuelga un panal de alambre con broches sin ropa y un ténabari esperando volar. Amigo, me han atrapado tus dibujos que conservas en las libretas que reposan en tu librero. ¿Qué puedes decirme acerca de esos sueños que no se recuerdan, de esos dedos que se mueven sin memoria, de esa líneas que se pierden y se encuentran? Amigo, son libros de viaje, algunos los bautizo como matatiempo uno, matatiempo dos y así sucesivamente. Es una especie de bitácora donde voy haciendo mis bocetos y anotando direcciones y lugares de amigos que voy conociendo. En ellos plasmo el viento, la ira, el amor. Dibujos que nunca llevaré a la pintura, pero que allí están. Benito, no te duermas, tráenos otras cervezas.

Serie Viajeros. Vagabundo.

Una conversación con el pintor Antonio Rembao RUBÉN RIVERA


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Penumbra de Daniel Sepúlveda

S il v ia M a d ero ¿Cómo se te da el proceso creativo para realizar un cuadro? A veces llega una imagen y la vas madurando. Antes me era más emocional el realizar un cuadro, porque hacía mas abstracción, es decir, la abstracción es más emocional y el cuadro que estás realizando te va enseñando el camino hacia donde quieres ir. En estos momentos estoy trabajando más con temas figurativos. Benito, cambia de tema por favor y ve a traernos otras cervezas. ¿Son importantes los premios como alicientes para el pintor? El premio siempre será un aliciente para el que lo gane, pero el premio solo llega hasta allí, no hay una continuidad para el creador en el sentido de que no se le promueve más allá del premio. Dos alebrijes nos miran desafiantes afiebrados de color. ¿Crees que ya llegaste a una madurez en lo que estás creando? Nunca se llega a una madurez total, porque no se refiere solamente al virtuosismo de lo técnico, sino a una filosofía de la vida, emparejada con las contradicciones que uno puede encontrarse en el camino del destino. ¿Cómo cuáles? Qué sentido puede tener lo que haces, hacia dónde va. Tráenos otra cervezas, amigo Benito. ¿Qué opinas de los pintores de Sinaloa? No tengo nada que opinar. No hay una tendencia, yo me siento aislado de lo que están trabajando los otros pintores, excepto Gaspar y un grupo de contemporáneos, como Luis Brito, el de los encobijados, ah el que tiene una mirada de atención para el muerto. El hielo no deja de chillar. ¿Hacia dónde va lo que pintas? Reconozco el destino, pero la pintura tiene vida propia, está en el corazón del fuego, en la mirada del hombre que viaja, que duerme, que sueña. En alguna parte está la obra que no me doy cuenta, y me alegra. La pintura tiene su camino propio y está donde debe estar. Un cuadro que se apodera de una pared es alguien que te mira. ¿Tú lo miras? Antonio Rembao es un pintor de la abstracción en líneas y figuras, y de personajes que ya estaban allí esperando la mirada que los hiciera brotar de nuevo. El hielo se retuerce, las voces huyen y nada más placentero que estar ebrio.

En medio de toda esta obtusa oscuridad, existe aún la luz persistente del resplandor de los que todavía sueñan, los rayos apenas perceptibles para los ojos de la ciudad que duerme, que no ve más allá de las ideas. Daniel Sepúlveda nos muestra magistralmente en su poemario Penumbra, a los seres que habitan el espacio de una ciudad que se esconde en lo más oscuro de las sombras, esto plasmado estilísticamente y sin llegar a transgredir. El poeta hace una creación exquisita a partir de los sucesos banales que se viven en el transcurrir de la vida, acontecimientos que se subvierten en la monotonía secular diaria. El poeta nos envuelve con su pluma en otros espacios creados con magia, a partir de una urbe donde habita el asfalto, el smog, los cafés que pudieran mimetizarse con el occidente y las personas que lo habitan. El gran mérito de este escritor, es que desde un simple punto de partida, crea una isla donde el lector funge como espectador de la vida. En este poemario, el hombre, como individuo, es parte fundamental en el que se subyace la vida misma. Desde la vista interna y espiritual hacia uno mismo en el poema «Dolor», donde existe la alteridad del ser y el difícil reconocimiento de la esencia, pasando por el desprendimiento material y el retorno a la infancia como símbolo de desnuda inocencia en «Solo detalles». En «Escena sabatina» el hombre funge como espectador de los actores y bufones del circo de la vida. Finalmente se llega a la conclusión de que el hombre está solo con su deshumanizada humanidad. Y me atrevería a decir que Daniel Sepúlveda tiene un tanto de poeta maldito, como les nombraría Verlaine a un grupo de poetas franceses simbolistas excelsos, que retrataban la decadencia del mundo que los arrojó y del cual ellos hacían crítica con versos crudos, pero realistas. En poemas como «Pugilato», «Nebulosa» y otros más, se puede apreciar lo anteriormente dicho. Además de la aparición del hombre, aparece el personaje que funge como la contraparte: Dios, quien es expuesto como un triste espectador de la monotonía inferior. El filósofo Bruno Bauer alguna vez dijo que al reconocer a Dios se estaría negando al hombre, por tanto no existiría, sin embargo la relación Dios-hombre, siempre existirá, el hombre acechado, Dios espectador, esto lo podemos ver en «Zen» y en «Extravío», donde el hombre tiene que padecer el perderse y olvidarse de lo que es y de que existe, para encontrarse con el ser supremo. Daniel Sepúlveda muestra en Penumbra la sordidez humana y su devenir vejatorio. Muestra al hombre y el papel que asume ante la vida, muestra una ciudad, que bien podría ser cualquiera que es habitable por seres que caminan, dormitan, sienten y piensan acerca de su existencia, a veces vacía, a veces vasta.

Rubén Rivera. Poeta y fotógrafo. Su libro más reciente es Fulgor del regreso.

Silvia Madero. Ensayista y estudiante de literatura en la Universidad Autónoma de Sinaloa, publica por segunda vez en Timonel.


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La ciudad y los perros cincuenta años después

Daniel S ep ú l v e d a

Maniquí en monociclo.

Veintiséis años de edad tenía Mario Vargas Llosa cuando publicó en 1962 La ciudad y los perros. Lo sorprendente es que desde entonces, esa lejana juventud, muestra ya un dominio pleno de los recursos de la narrativa moderna (monólogo interior, intercalación de planos y tiempos, cambio de persona narrativa de un capítulo a otro, etc.), maestría adquirida en sus lecturas de Faulkner y su transcripción a lápiz como él mismo ha expresado reiteradamente, influenciado también por Gustave Flaubert, del que aprendió la disciplina como base para poder llegar a ser un escritor de renombre, y además habría que mencionar entre sus modelos a seguir al autor de Viaje al final de la noche y Muerte a crédito, el polémico Louis Ferdinand Céline. La morada del héroe es el nombre que el hoy premio nobel peruano había pensado originalmente para su novela, sin embargo en pláticas con su editor Carlos Barral acuerdan cambiarlo por el que hoy es conocido mundialmente después de sus múltiples traducciones a varios idiomas. La idea primaria del autor seguramente concebía al colegio militar Leoncio Prado, donde se desarrolla la historia, como una especie de nicho de este reconocido militar sudamericano que libró patrióticas campañas contra el ejército chileno y que al ser derrotado y condenado a muerte pide de gracia a sus enemigos dirigir la orden de su ejecución. Pero sin duda, el papel preponderante que juega la ciudad de Lima a lo largo de la trama viene a desplazar el concepto original del autor, porque la historia no se reduce a las instalaciones de la milicia, sino que cobra sentido en lo que los personajes hacen o hicieron fuera de esas paredes, en la gran urbe en la que coexisten mundos tan contrastados, como puede ser la opulencia de los barrios

de alcurnia y los muchos otros donde sobreviven como Dios o el diablo les da a entender millares de pobres. Indudablemente, se trata de un fresco, un mural que pulsa el latido social y lo expone para que sea sentido por todo aquel que tenga sensibilidad para ello. La ciudad y los perros es la primera obra maestra de Vargas Llosa que no desmerece con las que escribió en los años siguientes, La casa verde y Conversación en la catedral, naturalmente ya más asentado en el oficio. Como queda dicho la trama se desarrolla en el colegio militar Leoncio Prado, que no es una institución para formar militares, sino que los jóvenes bachilleres son ahí internados por sus padres para que reciban una educación como en cualquier otro plantel civil, solo que sometidos a una estricta disciplina militar, que de acuerdo a sus familias es lo que requieren para encauzarse por el recto camino, dado que una parte de ellos, a ojos de sus progenitores o tutores, son ovejas negras o carentes de la virilidad necesaria para desarrollarse como ciudadanos de provecho para la sociedad. Los alumnos de nuevo ingreso son llamados despectivamente con el mote de «los perros», siendo sometidos a todo tipo de vejaciones por los alumnos de los otros dos grados restantes, los de cuarto y quinto. Los maltratos van desde tundas brutales nada más por diversión, vejación sexual, obligaciones serviles como alistar ropa, tender camas, aseo de la cuadra y baños, además de ser objeto de robo y daño en sus pertenencias. Se trata de jovencitos de entre quince y diecisiete años que viven la inconsciencia propia de esa edad, con las compulsiones de violencia y sexualidad que les dicta el instinto, de tal suerte que los actos por ejemplo de zoofilia son cosa común, dado que en las instalaciones hay cría de gallinas y se tolera la existencia de alguna mascota, ejemplo una perra, La malpapeada, que duerme con un joven conocido como el Boa, mote ganado en virtud de la proporción colosal de su falo. Otros personajes importantes son, en primer término el Jaguar, que es el que rompe con la tradición de sometimiento de los de nuevo ingreso al negarse a recibir el «bautizo» por parte de los alumnos de más antigüedad, además de ser el fundador de El círculo, grupo defensivo primero, y luego mafia que obtiene provecho de la venta interna de alcohol y cigarrillos, del que forman parte el serrano Cava y el Rulo, aparte del ya mencionado Boa. El círculo practica también el robo de exámenes y el punto de quiebre ocurre cuando en un juego de dados se decide que el serrano Cava entre a uno de los salones a extraer el examen de química que va a ser practicado próximamente. Sin embargo al huir rompe un vidrio y esto delata la maniobra, lo que da origen a una investigación por parte de los directivos militares que en una primera instancia, al no lograr dar con los culpables, cancelan las salidas de fin de semana, en la que los jóvenes además de visitar a sus familias, principalmente les ilusiona reunirse con sus amigos de infancia y adolescencia y alguna chica que los espera para ir al cine, pasear por ahí y hasta besarse. Y también la


29 muy ansiada visita a un burdel donde oficia una prostituta que ellos llaman la Pies Dorados, sacerdotisa iniciadora en los rituales de la primera sexualidad juvenil. El encierro y la desesperación de no poder ver a una jovencita de la que está enamorado es lo que lleva a el Esclavo Arana a denunciar ante el teniente Remigio Huarina al autor del robo del examen de química. El serrano Cava es expulsado del colegio después de ser sometido a humillación pública ante sus compañeros. De nuevo pueden salir al pulmón de la ciudad y oxigenar sus vidas que se marchitaban entre las paredes del colegio leonciopradino. Sin embargo, posteriormente, el soplón es asesinado durante la realización de unas maniobras militares a campo traviesa en las inmediaciones de la institución, ejercicios que forman parte de la preparación de los bachilleres a efecto de inculcarles un sentido patriótico y dotarlos de carácter militar para enfrentarse con estoicismo a las contingencias de la vida. La víctima recibe un balazo en la cabeza proveniente de las líneas posteriores sin que los tenientes Gamboa y Huarina, además del capitán Garrido, el Piraña, encargados de esas prácticas, se enteren de quién es el culpable, pues casualmente este último tropieza con el joven cuando yace entre los altos hierbajos de las faldas del cerro en que se encuentran. Este es en líneas generales el argumento de La ciudad y los perros, pero ¿qué es lo que subyace en esta historia? En primer término la rebelión juvenil que conlleva la imposición de una forma de existencia que coarta sus impulsos, que los aleja de sus necesidades de satisfacción de la libido y su sentido personal y colectiva de la libertad. El enfrentamiento y alianzas que establecen a partir de sus intereses y afinidades. En este caso el bachiller Ricardo Arana, el Esclavo, es eliminado no por su acto de delación, sino porque no era partícipe de la conducta de sus compañeros, era el débil machucado por todos, ingresado al colegio por la voluntad de su padre que lo consideraba de carácter afeminado, atributo según él de la crianza que le había dado la madre y una tía, aprovechando la separación temporal del matrimonio, cuando vuelven a reunirse se plantea hacer de su hijo un hombre fuerte y templado. El Esclavo Arana cuenta únicamente con un amigo que siente profundamente su muerte, Alberto Fernández, el Poeta, que no cabe duda es la encarnación novelesca del propio Vargas Llosa, autor en el colegio de cartas de amor y novelitas pornográficas de las que obtiene de sus condiscípulos unos cuantos soles que le permiten salir de los apuros económicos que se derivan del pleito entre sus padres clasemedieros. Es el mismo Alberto Fernández el que revela al asesino del joven Ricardo Arana. En una crisis posterior al entierro de su amigo, después de vagar sin rumbo por la ciudad, acude ante el ejemplar teniente Gamboa, al que todos los bachilleres admiraban y respetaban en el colegio por su sentido de honorabilidad, y le dice que es el Jaguar quien ha matado al Esclavo. Pero cabe al lector descubrir si en realidad esto es cierto. Han transcurrido ya cincuenta años de la aparición de La ciudad y los perros, siendo objeto de una publicación conmemorativa por parte de la Academia de la Lengua Española, como reconocimiento a una obra maestra en el idioma nuestro. Y vendrán otros cincuenta e indudablemente seguirá siendo saludada con el júbilo que hoy despierta, y provocará mientras la tierra gire y exista literatura.

Diario de la embriaguez R ub é n R i v era Para Omar Khayyam, Li Po, Bukowski y mis amigos Renuncia al éxito. Conduce tus pasos a la cantina. No desees nada, salvo cerveza y mujeres. Bebe y olvídate de los pesares del mundo. Culiacán, Sinaloa, 2 de mayo de 2012 | Cantina El tío Pepe

Siéntate amigo, goza la cerveza. No tortures tu vida con tristezas y engaños. Bebe, antes que la tijera de la muerte te desaparezca. Culiacán, Sinaloa, 10 de mayo de 2012 | Cantina La Ballena

Amigo: saborea despacio la cerveza. Es bálsamo para el corazón. Si te sientes perdido en un mar de pesares, sujétate sin miedo del eslabón del líquido. Es tu timón de salvación. Culiacán, Sinaloa, 18 de mayo de 2012 | Cantina La Valentina

Hoy enrollaré el manto de la mentira y me entregaré a la frescura de la cerveza. Es el momento de beber, quizá mañana sea demasiado tarde. Culiacán, Sinaloa, 22 de mayo de 2012 | Cantina La Gaviota

Amigo, bebe y disfruta. Nadie renace de nuevo en este mundo enfermo de engaño. Culiacán, Sinaloa, 28 de mayo de 2012 | Cantina La Avenida

Aprovechemos este día para perdernos en los brazos del amor. Pidamos cerveza, ya que la cama nos espera. Salud, la flor que te regalé ya se marchitó. Bebamos, lo único que importa es este instante que nos acompaña. Culiacán, Sinaloa, 03 de junio de 2012 | Cantina El Guayabo

Bebo con mi amigo el filósofo. Le pido que hable del destino, de los hombres que murieron. Para empezar, quiero una cerveza bien helada. Luego me dice: nadie volverá de los que se han ido, nadie, no perdamos tiempo. Culiacán, Sinaloa, 5 de junio de 2012 | Cantina La Primavera

Amigo, acompáñame a beber. Tú sabes que la tierra gira, gira y no envejece. Acompáñame, antes que llegue la hora fatal de la partida. Culiacán, Sinaloa, 8 de junio de 2012 | Cantina Las Glorias.

Daniel Sepúlveda. Narrador y poeta. Su libro más reciente es Penumbra.

Rubén Rivera. Poeta y fotógrafo. Su libro más reciente es Fulgor del regreso.


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Eduardo Antonio Parra

El placer de morir M elly P eraza

Jugar con la perversión, la lujuria y la descomposición del ser humano, es el género narrativo en muchas obras de Eduardo Antonio Parra. En su libro de cuentos Los límites de la noche sus protagonistas son individuos insatisfechos, degenerados, escabrosos y violentos. Discurren dentro de sus historias enredados en pasiones descarnadas y deseos prohibidos. Los desnuda y los obliga a recorrer un mundo viciado y oscuro, donde predomina la venta de todo lo prohibido. Un escaparate de carne femenina, y el oficio tan antiguo como la misma humanidad. Una destreza narrativa y una sensibilidad extraordinarias sobresalen en su cuento: «El placer de morir», una historia que extrae desde el interior del lector todo lo prohibido. Lo hace sentirse un animal y emergen de él los apetitos más lóbregos y ocultos, y lo coloca en el borde de un abismo. Roberto se considera un cazador de placeres. Experimentó el goce sexual cuando apenas era un niño, entre los brazos de una sirvienta de veinte años que lo empujó por ese tobogán fatídico del alcohol, el tabaco y el sexo. Ese hecho lo marcó porque cada vez que está con ella en la cama, él se agigantaba, se concebía un rey colmado de placeres. Pasa muchos años buscando ese deleite, ese máximo regodeo, esa sensación de que volaba, que sintió a los doce años. Cada vez que tiene sexo, recuerda su primera vez. Es en un cuarto de un motel de paso, que huele a sexo, humo y alcohol, y con una mujer a lado, cuando Roberto, ebrio y drogado, se atreve a regresar a ese pasado suyo que aún no entiende. Sus padres muertos en un accidente, la orfandad, una herencia que ya dilapidó, un colegio exclusivo para varones, unos padres recelosos como perros guardianes que lo orillaban a robar cigarros y licor y beberlo encerrado en el baño. Se dio cuenta a muy temprana edad, que el alcohol es un sustituto ideal de la libertad. Es hijo único. Mueren sus padres y se descubrió tan sereno y frío ante su deceso, que ni siquiera pudo llorar. Se sintió el ser más odioso y odiado por sus parientes. Por su insensibilidad y su mezquindad al indagar detalles sobre la herencia el mismo día del sepelio, las miradas reprobatorias no se hicieron esperar. Lo catalogaron como un buitre hambriento. Gozar de dinero y poder tan repentinamente, lo llevó esa misma noche a recorrer la ciudad y a tragarse una buena dosis de libertad. Amaneció en un hotel metido entre los brazos de dos mujeres, ebrio y vacío. Su pasado y su presente chocan, divagan, no logran acomodarse. No logra identificarse como un ser solitario en su enorme casa. ¿Qué le falta por vivir? Ya experimentó la agonía y la enajenación de los orgasmos, el infierno de la lujuria, el éxtasis al que lo conducen las drogas. El polvo blanco, que ya forma parte de su cerebro y de su vida, yace sobre el buró. Le otorga los momentos más excitantes con distintas mujeres, que igual, bajo el efecto de la droga, permiten la sodomía, la flagelación y las fantasías que su carácter de sádico le ordena.

Pero… necesita algo más fuerte, algo que no ha sentido aún, algo que lo lleve a cierto lugar que no conoce, algo así como experimentar el placer de arrebatarle la vida a alguien, sí, ver morir a otro, de cerca, muy cerca. Una noche, después de quince años, en un prostíbulo de mala muerte, encontró a su primera amante de los doce años rodeada de soledad y de tuberculosis. Se acostó con ella pensando que sentiría la misma emoción de antaño, pero le pareció que realizaba una labor mecánica y sintió asco. Jamás la buscó. Borró de su memoria la imagen distorsionada que había rebuscado en todas las mujeres y se olvidó de ella. Se sintió libre, al fin. El cuarto huele a humo, a semen y marihuana. La mujer se mueve. Él va al espejo y ve sus ojos, su imagen se desdibuja, tiene moretones, los ojos rojizos cruzados por venas bermejas, la nariz herida. Tres líneas blancas sobre un pequeño espejo en el buró le devuelven la vida, el vigor, la alegría. Renacen sus recuerdos, los alinea, los acomoda a su antojo. La muchachita virgen que lo amó y él destruyó, más sirvientas, una anciana, prostitutas, muchas, muchísimas prostitutas que se montaron sobre su virilidad, dejándolo sentir cada vez más vacío y perturbado. Sabe que el tiempo cobra caro y pudre todo, que acaba con todo. Él ya agotó el placer, el dinero, sus recuerdos, su energía y hasta el asombro de su juventud. Compartió su vida con las mujeres en descarada promiscuidad, pero ellas nunca estuvieron ahí, solo cobraron su dinero y pasaron de largo. La soledad y su gran confusión no lo abandonan. La mujer que está su lado, despierta amodorrada y pregunta: —¿Aún hay coca? —Sí, no te la acabes, guarda poquita. En ese instante su cerebro lo manipula y la mira, le toca la vagina, los pezones y, por fin, sabe cuál es el placer que le falta experimentar… el de sentir la muerte simultánea al orgasmo. De solo pensarlo se excita y se estremecen sus manos. Lo enerva ese no conocer lo que hay al otro lado, esas necias especulaciones apocalípticas, de las reencarnaciones, paraísos o infiernos. Sus ojos buscan el vaso de licor, el cigarro de marihuana, y una sensación de arrobo y agonía se prende de sus sentidos. Sí, morir durante el coito, probar la sensación de morir en el momento del clímax, debe ser fabuloso. La mujer pide, pide más… El polvo blanco sobre la vagina y sobre la punta de su pene, amenazan volverlos locos: gritos, jadeos, palabras soeces, golpes, mordiscos, arañazos y sangre, ¡una bacanal de dos! Entre el insoportable y angustiante placer, Roberto se ve a sí mismo viviendo una vejez tranquila. También acude a su mente lo que sería su vida de presidiario, la sentencia de un juez. Luego, el escándalo del asesinato. Su cuerpo desnudo montado en la mujer, así, en primera plana. Nada importa ya, el pequeño cuchillo brilla entre las sábanas, la mujer grita de gozo, y al instante sus gritos se convierten en alaridos de dolor. La presencia de la muerte queda plasmada sobre un cuerpo húmedo y pegajoso, cuyo último gemido fue de placer y agonía.

Melly Peraza. Escritora y promotora cultural. Autora de las novelas: La rama seca, Cazador de sombras y Se le hizo tarde al tiempo. Ha participado en los talleres de Elmer Mendoza, César López Cuadras, entre otros.


CuadernA Vía

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Carta a mi escritor favorito V í ctor L una Estimado «A»:

Sin título.

Le escribo para felicitarlo por la enorme calidad de su obra, por el placer que nos ha dado a infinidad de lectores y sobre todo por su enorme modestia. Hoy día en que cualquier tinterillo publica libracos que la industria editorial trata por todos los medios de meternos por las narices, usted, oh, probo ejemplo de pureza y rectitud, se afana como santamente tras un despintado escritorio tramando con paciencia su última obra. Debo decir que desde la aparición de Antiguo testamento su personaje Yavhe me sedujo, me subyugó y sobre todo me sorprendió como creo le sucedió a sus numerosos lectores, el subterfugio de hacer a Yavhe pedirle a Abraan que sacrificara a su único hijo, tan solo para ganarse una letra más en el nombre, fue genial, ni a Shakespeare se le hubiera ocurrido de haber sido anterior a usted; el Antiguo testamento es para sus lectores, incluido su humilde servidor, una verdadera obra maestra (no podemos olvidar el éxito de crítica que obtuvo usted con su obra anterior, Sha naqba īmuru, sin embargo la edición dejó mucho que desear) y, confieso, que muchos esperábamos que su pluma no superara tal perfección literaria estimado A, es más: creímos que ni siquiera se acercaría un poco a la calidad del Antiguo testamento considerado por todos como su libro de madurez; sin embargo, grande fue nuestra sorpresa cuando de su pluma salieron, una tras otra, obras geniales, aunque no de largo aliento, sí de gran encanto y entretenidas para sus lectores, una de las que más recuerdo con placer es ‫דומלתה‬, donde usted querido A, crea una serie de personajes que mediante el subterfugio de recoger la supuesta tradición oral del pueblo judío, van dando forma al libro, lo que puedo criticarle es la monotonía en los personajes, me explico. Mete usted puros rabinos cuando bien pudo echar mano, como en su obra de madurez, de algún pastor, un rey que

también los hay sabios, o un guerrero, vaya hasta un poeta le hubiera servido bastante bien para quitarle el monocromatismo a la obra, sinceramente esa es mi opinión, con todo y que mi admiración no disminuye apreciable A. Sé que es muy probable que no lea esta carta, pues desde la aparición de Cantar de mío Cid, se sabe poco de su vida, y usted tiene fama de no contestar cartas a nadie, pero si acaso le llegan estas líneas tenga usted por seguro que hablo a nombre de sus lectores cuando digo que Rodrigo es un personaje digno de su invención y que nos parece propio de su genio estimado A, el hecho de que usted haya dado a la publicación una versión de las mocedades de su héroe, aunque hay ciertos pasajes en esa obra que no concuerdan con la calidad moral de su personaje y sobre todo con la brillantez espiritual del Cid. Una pregunta: en El lazarillo de Tormes ¿por qué no extendió la historia haciéndola más compleja? Creo, y disculpe el atrevimiento, que si en Calila y Dimna, había hecho hablar a los animales (esos leopardos son estupendos), pudo haber utilizado a un perro parlanchín para que dialogara con los otros personajes, y ya entrados en cuestiones de crítica literaria, siendo su lector creo que eso me da derecho a opinar, considero que exige usted demasiado de nuestra imaginación cuando nos narra que su personaje Yavhe crea un mundo en seis días, pero el colmo de la incongruencia es que usted lo haga descansar al séptimo día, en una descarada muestra de apoyo a los contratos colectivos de trabajo, ¡sofismas laborales! No debió haber hecho eso, aparte: ¿en qué empleó su ocio Yavhe en su día de descanso, todos hacemos algo cuando descansamos, por ejemplo, yo, gracias al estímulo de mi mujer, desperdicio mi descanso llevando a cabo sus ideas para la casa, así, me habría gustado cuando menos unas apostillas donde usted nos hubiera explicado qué hizo Yavhe mientras descansaba; por otra parte en ‫ דומלתה‬debió agregar más descripción de paisajes, si bien, la región en la que se localiza la historia es semidesértica, un poco de fantasía paisajística no habría estado tan mal, si lo hizo en su exitoso Antiguo testamento por boca de Salomón, hubiera podido hacerlo en su ‫דומלתה‬, por boca de uno de esos engorrosos rabinos. No quiero alargar esta misiva, se que debido a su edad no gusta usted de textos largos, solo me resta reiterarle mi admiración y ofrecerle una disculpa por mis críticas. Me despido a la espera de su nueva obra, no sin antes animarlo a que publique más, necesitamos libros como los que usted escribe con todo y sus pequeños errores; sé que cualquier cosa que publique en lo sucesivo será un éxito, y si ocupa que su nueva casa editora le ponga una cintilla a su nuevo libro, podría yo sugerirle varias y hasta escribirle una que diga más o menos así: «La más reciente obra maestra de un escritor que puede escribirse una cintilla a sí mismo». Me despido esperando algún día ser como usted, su S.S. en B. L. y C. Víctor Luna. Crítico y poeta. Su libro más reciente es Canción de juventud. Antología poética de Gilberto Owen.


LA TINTA DEL CALAMAR

Qué hacer con un kilo de camarón seco J uan E smerio Los aborígenes cercanos a la costa del Océano Pacífico emplearon la técnica de «salar para conservar» en los camarones —y los peces— que literalmente desbordaban los esteros del sur de Sinaloa. Hay depósitos salinos en el rumbo, sin descartar que también podían hacer sal tomando el agua para sus cocciones directamente del estuario, luego de espantar un flamingo crepuscular. La técnica se mantiene hasta hoy, y consiste en medio cocer, salar y luego orear (poner al sol) el crustáceo, lo que garantiza que el animalillo sea comestible durante muchos meses. Hay varias maneras de comer el camarón seco. Empecemos por la más sencilla, que consiste en remojarlo en un plato que contenga limón y salsa Guacamaya; si a usted no le gusta el picante, un buen sustituto es salpicar el jugo con salsa tipo inglesa; nunca lo haga con salsa de soya. Esta forma es preferida por quienes gustan de botanear. Así servido es un excelente tentempié. Hay quienes tratan de pelarlo (la cascara adherida al cuerpo, fuente de calcio, rara vez queda totalmente suelta) y otros comensales solo le quitan la cabeza para degustarlo. Es curioso ver a ciertas mujeres —y hombres— que mientras comen en casa el aperitivo, sea a medio día o a media tarde, van guardando en plato aparte las cabezas, a las que días después despojarán de los ojos —transparentes cuando estaban vivos, rojos al cocerlos y al final negros— para, una vez que las muelan, destinar a otro antojo. Una nueva receta es hacer ceviche. Pero cómo, dirá el lector, si la esencia del ceviche es que el pescado o el camarón estén crudos. De hecho en su preparación se siguen las mismas instrucciones del ceviche: luego de moler el camarón seco (sin cola, sin patitas y sin cabeza) se le agrega el limón y enseguida la zanahoria, el pepino, la cebolla morada y un toque de cilantro (todo finamente picado). Como no es necesario que la carne se cueza en el jugo de limón, con esta entrada se puede empezar a comer relativamente en poco tiempo; aunque claro, es mejor dejarlo que pierda temperatura en una hielera o en el refrigerador. Si sus invitados privilegian el sabor por encima de las formas, guarde el ceviche en una bolsa de plástico —sobre todo si lo enfría en hielera, lo que es altamente recomendable— y no en esa hermosa ensaladera que ya había lavado y que tan bien iba a lucir al centro de la mesa; ese es uno de tres secretos que los marisqueros de carreta tienen para hacer de la pulpa de un modesto pescado, el ceviche que lo hace a uno no medir las tostadas que debora. Esta receta es la perfecta síntesis de las aportaciones de mazatlecos (que hacen así el ceviche de sierra) y escuinapenses a la cocina de México. Escuinapa es uno de los pocos lugares, en Sinaloa, donde la carne asada perdió desde hace tiempo la apuesta a la hora de decidir qué comer. Al momento de moler el camarón hasta pulverizarlo recomiendo que no se haga con una licuadora pues yo he estropeado así dos aspas y la paciencia de mi roomate y de mi vecina. Con los años yo he ido ganando flexibilidad al momento de

cocinar —y de comer—, así que ya puedo sugerir, aunque suene raro, que este ceviche se sirva con corazones de lechuga y aguacate (aparte: claro), incluso con cuadritos de betabel a manera de entrada. Pero en lo que no puedo ceder es en que a la tostada se le unte mayonesa pues esta tiene la virtud de desaparecer los otros sabores conseguidos no sin esfuerzo. ¿Y qué decir de los tacos dorados? También se hacen con este animal que es considerado por algunos legos respetables como un gusano de mar. Afortunadamente en tierra caliente no tenemos problemas, desde Juan el Bautista hasta los indígenas del sureste mexicano, para comer insectos, sean de mar o sean de tierra. Cuando se trata de tacos yo prefiero que se hagan de machaca, pues me parece que con el camarón seco no hay una auténtica integración entre la tortilla dorada y la carne que alberga; cosa que sí sucede si antes se guisa el camarón crudo (los abuelos agradecen que sea así: es más blando) en aceite de oliva; de ser así este debe ser de talla pequeña. Empero el taco me sigue pareciendo un ingenio de nuestros cocineros del sur (son hombres los que los sirven pero seguro es obra de mujeres) que han hecho de él una comida de precio accesible por la escasa verdura con que es servido: lechuga, cebolla morada curtida y partida en tiras y un caldo donde predomina el sabor a orégano. Este taco, a diferencia de los tacos dorados de tierra adentro, se sirve a todas horas, y es posible comerlo en los alrededores de la iglesia de Escuinapa, acompañado de un tejuino, sin nieve por favor, de don Popochas. La polémica principal, no obstante, es si a la orden se le rocía el caldo o se sirve por separado; quedan excluidos, por una vieja creencia de salud y por diacronía, la crema y el queso de Cotija rayado encima que tan bien le van a los otros tacos dorados (los de carne con papa y de papa sola). Miguel Ángel Manzano prefiere no estropear la vista del platillo —una mezcla de colores siempre grata— y pide le pongan la tacita aparte para beberla a sorbos como si fuera un café; lo cual es una manera, me parece, de anticipar la sobremesa. Antes él mismo le exprimió unas gotas de limón, que una muchacha de ojos chispeantes y caderas saltonas le trajo del huerto mismo del restaurán. (Bendito limón, ¿qué sería de los pescados y mariscos sin este cítrico del sureste asiático traído por los jesuitas, enterados como estaban de los estragos que causaba el escorbuto en los navegantes españoles, aunque en nuestra región estos encontraron en las aguamas un manantial de vitamina C —aunque doloroso— para aliviar sus encías ennegrecidas; y que quizá hayan sido los últimos sabios occidentales en querer entender la ciencia de los árboles y las plantas? ¿Cuántas hectáreas de bosques y toneladas de gas hemos ahorrado con esa forma de cocer el camarón y el pescado? ¿Qué otro ingrediente es el perfecto amigo/ enemigo de las glándulas salivales?) Otro platillo de lujo son las tortas. Se emplea aquí la misma técnica que se usa para cocinar tortas de papa o de calabacita

Serie Viajeros. Personaje con paraguas.

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LA TINTA DEL CALAMAR

(batir el huevo, capearlo y freírlo con la masa del ingrediente que se ha elegido). Si son tiempos de bonanza se hacen del cuerpo del camarón, pero también se pueden hacer de las cabezas que guardamos al principio. El caldo se prepara, como en los dos casos citados arriba, con tomates cocidos y licuados, y se sirve con un arroz blanco a la mantequilla sin sal, cuyo color contrastará y matizará el sabor a sodio de las tortas. Una ocurrencia fue hacer pasta con camarones. Pero la receta no alcanzó la mayoría de edad entre mis comensales, culichis demasiado sensibles de olfato que se quejaron del perfume de yodo que yo avivé al llevar mi aportación al bufet diario que hacemos en el trabajo en un recipiente cerrado. Esa mañana en la oficina los ventiladores no pararon hasta el cierre del Instituto. En Isla del Bosque, un raro pueblo de agricultores cercano a Teacapán, yo he comido el camarón seco con frijoles a la hora de la cena a falta de un buen queso ranchero; curiosamente antes de servirlos, la señora Marina, mi infatigable anfitriona durante mis años de universitario, los calentó en un comal. Ya oigo las quejas de mis amigos cincuentones para los que el colesterol es un azote que luchan por mantener a raya. Pero yo he comido pescados y mariscos a deshoras y nunca he sentido el más leve hormigueo de indigestión. Incluso luego de una de las frecuentes comilonas en casa de mi hermano Chori en Mazatlán he estado tentado a hacerme al regreso una prueba de laboratorio para conocer mis niveles de grasa en la sangre. Pero no he cedido a la curiosidad, confiado en que al día siguiente caminaré por la vega meridional del bajo Tamazula en Culiacán, río arriba y río abajo, algo que siempre disfruto, no importa que sea el verano. Además, cuando estaba a punto de marcharme temprano y en ayunas al laboratorio, mi mujer me detenía: Atiéndeme: hazme el desayuno para ahorrar tiempo. Es lunes y quiero llegar sonriente a mi trabajo. Mi mujer no era del sur (donde hombres y mujeres, atentos además a las lunas y a las mareas, y a la temperatura de la cerveza, viven entregados a sus cuerpos, y donde un aroma sensual en el ambiente compite con el de las congeladoras) pero bien podría serlo. Cuando se cocine el ceviche y las tortas se obvia la sal. Pues el sabor dulzón de la zanahoria, en el primer caso, es un excelente contrapunto para el paladar, y el caldo de tomate, en el segundo, neutraliza su poder de erosión en la boca.

Claro que la lengua protesta por la aspereza con la que es tratada, por eso es recomendable tomar agua de jamaica mientras se come en familia, y despachar de postre conserva de calabaza; o, si se tiene aún cierto ánimo de niño, tomar un helado de pitahya, frutilla mítica que tiene que ver con los orígenes de Sinaloa, y que la señora Juana, del pueblo de San Javier, ha rescatado en sus paletas inigualables para deleite nuestro. Como todos los placeres, este fruto granate es efímero como un relámpago, y nada más se come el mes de mayo (lo mismo que la ciruela amarilla y roja, y la lichi), previo a la temporada de lluvias, que obra en su contra. Pero la rudeza tiene sin cuidado a los hombres del mediodía, que con un ocho pueden devorar hasta un kilo, y mandar por otra bolsa a la marisquería más cercana. Aunque el camarón seco se come todo el año, antes de que hubiera sistemas de refrigeración se reservaba para el piojo, ese tiempo demoledor —no solo por el clima húmedo sino por la falta de empleo, antes de la apertura de la veda— que pone a prueba el instinto de sobrevivencia de las culturas del sur de Sinaloa. Desde hace una década hay granjas acuícolas que han visto un sustituto excelente en el camarón de cultivo, con lo que las bolsas han ganado en vista, aunque para los ortodoxos el de estero —por su tamaño juvenil— sea insuperable. Ahora una autopista bordea la ciudad, y los puntos de venta están a la salida norte. Pero cuenta Dámaso Murúa, el narrador que inmortalizó la picaresca de un personaje del lugar, que el trazo de la carretera cruza el centro del pueblo porque un alto funcionario federal prometió a su novia que aquella pasaría justo fuera de su casa. Para el viajero que pasa por Escuinapa el ingrediente —y plato en sí mismo— se ofrece en dos presentaciones: en bolsa de plástico y, cada vez menos, en barcina, invento autóctono también, que es un envoltorio redondo hecho de palma tejida que lo preserva de bichos; el camarón —crudo, cocido o en congelación— no pierde nunca ese tufo a raíz de mangle y lecho de estuario, afrodisíaco irresistible para las moscas —y para ciertos glotones que percibimos en ese olor las esencias puras de los minerales salinos de la arena. Esta técnica de deshidratar se ha extendido a las frutas, y ahora del excelente mango Kent, que rodea al pueblo en cientos de huertas como los ejércitos del gran Khan, se hacen, lo mismo que las manzanas y duraznos de la sierra de Chihuahua, unas tiras con chile en polvo que son realmente adictivas. Nota bene para el cocinero y algunos puntillosos comensales: el olor de los camarones en las manos se quita, además de con bagazo de limón, con tomate fresco y lavándose en seco con tortillas hechas a mano, si es posible conseguirlas. Aunque de pronto este pervive bajo las uñas, como ciertos aromas de amor que sobreviven, en los hombres, incluso después de bañarse. Si usted no quiere arreglar (verbo usado solo en ese municipio —a medio camino entre la costa y la montaña— como sinónimo de cocinar, como si esta actividad fuera un complejo proceso de alta ingeniería mecánica y los productos de la naturaleza piezas a las que nada más hay que darles una vuelta de tuerca para convertirlos en una delicia irreprochable), si usted no quiere tocar por hoy un kilo de camarón seco, guárdelo (que sea en un lugar apartado) y si cambia de opinión a la vuelta de un año, aún puede disfrutarlo con alguna de las sugerencias de este texto. O con aportaciones de su propia imaginación. Juan Esmerio. Narrador y poeta. Su último libro es Mantarraya (H. Ayuntamiento de Culiacán, colección Palabras del Humaya, 2010).

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Ojosdetopo

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«Yo soy tu oficio»

J os é A ntonio M onterrosas F igueiras He visto cosas que ustedes, humanos, ni se imaginan: naves de ataque incendiándose más allá de los hombros de Orión. He visto rayos C centellando en la oscuridad cerca de la Puerta de Tannhäuser. Todos esos momentos se perderán en el tiempo, como lágrimas en la lluvia. Es hora de morir. Roy Batty, Nexus 6, Replicante.

Serie Viajeros. Sin título.

No hace mucho, el tercer filme dirigido por el cineasta británico Ridley Scott, Blade Runner, cumplió un año más de haberse exhibido por primera vez. Su estrenó fue en Estados Unidos el 25 de junio de 1982 —aunque en México fue hasta el 11 de noviembre de ese mismo año— y desde esa fecha la cinta, basada en la novela ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?, de Philip K. Dick, largometraje también dedicado a su memoria, ha sido una de las películas de culto para sus seguidores y apreciada por muchos cinéfilos. En ese mismo año varias películas importantes para ese género cinematográfico se estrenaron. Algunas de ellas son: E.T.: The Extra-Terrestrial, Star Trek II: The Wrath of Khan y Tron. Sin embargo, Blade Runner, aunque no tuvo el éxito taquillero de las mencionadas (advertir que Scott ya había filmado otro clásico del cine de ficción científica: Alien, el octavo pasajero, 1979), sí conserva esa mística, ambigüedad y vigencia que ninguna de aquellas —en mi opinión— ha mantenido en décadas, siendo filmes ubicados solo para un espectador nostálgico e infantilizado de nuestros días. No la dolorosa experiencia de ser humano y también ¿por qué no?, de ser robot. De eso han pasado treinta años y en este 2012, a sus 74 años de edad, el cineasta británico presentó Prometheus, una película con la que se intenta despejar dudas y orígenes de ese alien de la década de los años setenta del siglo pasado. Si bien la crítica no ha recibido con demasiados aplausos el Prometheus de Ridley

Scott, después de su filme Robin Hood, de 2010, su largometraje número veinte nos invita a hacer una pausa y mirar su trayectoria, desde su imprescindible filme Blade Runner que como ya se dijo, este año cumple tres décadas de que por vez primera se exhibió, y la posibilidad de que Scott haga una precuela o secuela de esa conmovedora historia para los próximos años, francamente da igual, Blade Runner es una pieza fílmica única y por ello indispensable en la segunda parte del cine del siglo xx, por lo que no necesita la sombra de las explicaciones pasadas o futuras cinematográficas (aunque los hijos de Rachael y Deckard podrían tener entre veinte o treinta años). Y aunque pareciera de sobra decir en estas páginas el contexto de esa película, habrá que mencionar que Blade Runner sucede hipotéticamente el año de 2019, en Los Ángeles, y la Corporación Tyrell llevaba la evolución de los robots a la fase Nexus, que son seres casi idénticos a los humanos, conocidos como replicantes (o réplicos), intentado que sean «más humanos que los humanos», «diseñados para imitar a los humanos en todo, menos en sus emociones». Siendo empleados como esclavos para las exploraciones o colonizaciones de otros planetas. Tras un sangriento motín de un equipo Nexus 6 en una colonia espacial se prohibió a los replicantes que habitaran la tierra bajo pena de muerte, entiéndase «retiro», no ejecución. Así los escuadrones espaciales de policías —unidades conocidas como blade runners— tenían la orden de matar a todo replicante que se encontrara en la tierra. Ese es el preámbulo y la historia inicia en la huida de cuatro de aquellos «modelos» peligrosos y para ello es necesario «la magia» del policía en retiro —un blade runner— llamado Rick Deckard (Harrison Ford) para que los elimine. En su investigación conoce a un quinto elemento, Rachael (Sean Young), replicante que está al servicio de su inventor, Eldon Tyrell. Deckard se da cuenta que los replicantes viven las mismas crisis humanas como el miedo a la muerte o el enamoramiento. En algún momento, Rachael le expresa a Deckard palabras que parecerían meramente racionales, pero cuando ella se percata que su labor es matar replicantes fugitivos, la bella mujer le dice: «yo soy tu oficio». Al correr la película veremos que esa frase va más allá de un revelación fría y calculadora de un androide con un porta piel de mujer a un blade runner, tenía un doble sentido que, tal como lo expresa el periodista cultural y editor de la revista Replicante, Rogelio Villarreal, en su artículo «Los hijos de Rachael y Deckard», esta relación tal vez sea «el origen a una nueva humanidad, híbrida, con vidas, experiencias y recuerdos reales […] Blade Runner es hasta ahora la culminación de un género cinematográfico que propicia el acercamiento a la reflexión filosófica en torno al origen y el destino de la especie humana y sobre temas como el sentido último de la vida». Así sea, por los siglos de los siglos.


B á rbara Jacobs A na Clav el Herná n L ara Zavala R icar d o Yá ñez Juan Jos é Rodr íguez S andino G á mez Vá zq uez Dina G rijalva F rancisco Meza S á nchez E . Yépiz Javier Acosta Verónica G . A rellano Jos é M ar í a E spinasa Juan L ópez C ort é s RUBÉ N R I V E R A Silvia M a dero Daniel Sep úlv e da Rubé n R i v era Melly Peraza Víctor Luna Juan E smerio José A . Monterrosas Figueiras

Revista Timonel, número seis  

Sexto número de la revista Timonel, del Instituto Sinaloense de Cultura.

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