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1 DOS NACIMIENTOS

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oy a contarles una historia que a mí me contó una persona hace ya algún tiempo. A ella se la había contado su padre, a quien se la había contado su padre y a este, el suyo y así sucesivamente. Tal vez sea verdad; tal vez, una leyenda. Quizá sucedió, quizá no… pero podría haber ocurrido. El caso es que cuentan que, a mediados del siglo XVI, en Londres nació un bebé en el hogar de una familia muy pobre. Su nombre era Tom Canty. Ese mismo día y también en Londres, otro bebé llegó al mundo. Pero, a diferencia del primero, su familia era muy rica y poderosa. Aquel niño era nada más y nada menos que el heredero de la corona real, el príncipe Eduardo Tudor. El nacimiento de Tom no fue recibido con alegría y solo le importó a la familia Canty. Para su padre, un hombre malo, borracho y ladrón, el niño 11


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era una carga. Y a su madre, una buena mujer acostumbrada a los maltratos de su marido, este bebé la preocupaba, pues solo tenía para darle una vida llena de privaciones. En cambio, Eduardo había sido esperado con mucha ansiedad, no solo por sus padres, sino también por toda Inglaterra. Así que, durante varios días y noches, aristócratas y vasallos, ricos y pobres celebraron su nacimiento con danzas y canciones. Todos hablaban de Eduardo, el príncipe de Gales, que dormía entre ricas sábanas de seda, mientras el otro pequeño, Tom Canty, lo hacía envuelto en miserables andrajos.

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2 LA VIDA EN EL BASURAL

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asaron los años y Tom creció en El Basural, el miserable barrio en el que había nacido. Vivía en una casa pequeña y destartalada, en la que compartía su triste destino con sus padres y sus hermanas, las gemelas Bet y Nan. Su padre, como ya hemos dicho, era un vago que obligaba a sus hijos a mendigar y les pegaba cuando volvían a su casa con las manos vacías. A Tom no le gustaba pedir limosnas, por eso era quien recibía los golpes más a menudo y se iba a la cama sin comer. Pero su madre, a escondidas y aunque ella estuviera muerta de hambre, siempre le guardaba un mendrugo de pan. Sin embargo, el pequeño Tom no era desdichado. Entre tanta miseria y maltrato, había encontrado un lugar donde lo pasaba realmente bien: la casa del padre Andrés, un bondadoso sacerdote, quien le enseñó a leer, a escribir y hasta algo de latín. Allí Tom se aficionó a leer cuentos 13


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de hadas, de genios y de poderosos reyes, y su cabeza se fue llenando de fantasía. Por las noches, acostado en su pobre cama de paja, se olvidaba del hambre y de las palizas, y daba rienda suelta a su imaginación. Soñaba despierto con la vida en un palacio, entre príncipes y nobles y, poco a poco, fue sintiendo un fuerte deseo de vivir como ellos. Entonces dejó de ir al río Támesis sólo para divertirse, y comenzó a hacerlo para asearse. Cambió su manera de hablar y sus modales y, lentamente, empezó a actuar como un príncipe y no como un mendigo. Al principio, sus amigos se sorprendieron; luego, se rieron de él. Pero Tom estaba convencido de lo que hacía y, como sus lecturas y su inteligencia lo habían convertido en un chico fuera de lo común, con el tiempo, los otros niños llegaron a tratarlo con respeto, como a un ser superior. Impulsado por sus deseos, Tom organizó una corte imaginaria, en la que él era el príncipe. Pero lo que realmente deseaba era ver un príncipe verdadero, de carne y hueso.

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3 DOS CHICOS IDÉNTICOS

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na invernal mañana de enero, Tom se levantó hambriento y, como no había nada para comer, hambriento salió de su pobre casa. Vagabundeando de un lado a otro de la ciudad, sin fijarse hacia dónde iba, llegó a una zona de enormes mansiones, con hermosos parques. Allí divisó un edificio imponente, protegido por rejas doradas. Dos guardias vestidos con brillantes armaduras custodiaban la entrada, adornada con magníficos leones de piedra. Sí, era el palacio de un rey. Tom se acercó a un grupo de personas que, junto a las rejas, admiraba los espléndidos carruajes que entraban y salían del palacio. Y desde allí vio a un chico vestido con traje de seda y raso que se paseaba por los jardines. El niño llevaba una espada en la cintura y, en la cabeza, un elegante sombrero rojo con plumas y piedras preciosas. Junto a él, varios caballeros, que seguramente eran sus criados, lucían 15


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vistosos trajes. ¡Era un príncipe de verdad! ¡Por fin el Cielo había escuchado los deseos de un desdichado chico mendigo! Tom casi no podía respirar por lo emocionado que estaba y, para ver mejor, colocó su cara entre dos barrotes. Pero en eso, un guardia lo descubrió, lo sacó de allí con violencia y lo empujó hacia la multitud de curiosos mientras le gritaba: –¡Ten mucho cuidado con lo que haces, mocoso harapiento! ¿Acaso crees que tu cara puede irrumpir en el palacio de Windsor? La muchedumbre soltó una carcajada, pero el joven príncipe, que había visto lo sucedido, corrió a la puerta y exclamó, indignado: –¡Cómo te atreves a maltratar a este pobre chico! ¡Aunque sea el más insignificante de los vasallos de mi padre!... ¡Abre la reja y déjalo entrar! Ante la cercanía de Eduardo, los curiosos se sacaron el sombrero respetuosamente y luego aplaudieron y aclamaron: –¡Viva el príncipe de Gales! Los guardias abrieron la reja y Tom, el harapiento Príncipe de la Pobreza, entró en el palacio y estrechó la mano de Eduardo, el Príncipe de la Riqueza Ilimitada. 16


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–Te ves cansado y hambriento. Ven conmigo –le dijo Eduardo Tudor y lo condujo hasta su habitación, un rico aposento del palacio. Una vez allí, ordenó que le sirvieran manjares como Tom no había probado ni visto jamás, y que solo conocía por los libros. Los criados se retiraron y, mientras el mendigo comía, el príncipe se sentó a su lado. La vida de ese chico tan diferente de él lo intrigaba y comenzó por preguntarle su nombre. –Soy Tom Canty, para servirlo, señor. –¿Dónde vives, Tom Canty? –Mi casa queda en El Basural. –¡Qué nombres raros! Y dime, ¿tienes padres? –Sí, señor, y dos hermanas gemelas, Nan y Bet. –¿Y cómo son tus padres? –Mi madre es muy buena, señor. En cambio mi padre tiene un corazón perverso y siempre me pega. –¡¿Cómo?! ¿Te pega? –se indignó el príncipe. –Así es, señor –respondió Tom con naturalidad. –Te aseguro que antes del anochecer ese hombre estará encerrado en la cárcel. A mí, mi padre no me pega, aunque a veces me grita… Y tus hermanas, ¿qué edad tienen? –Quince años, señor. –Mi hermana, la princesa Isabel, tiene catorce y 17


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mi prima Juana, la misma edad que yo. Son muy buenas, tanto que tratan muy bien a sus criadas. ¿Cómo son tus hermanas con las suyas? –¿Mis hermanas? ¡Oh, señor, mis hermanas no tienen criadas! –respondió Tom, asombrado por la pregunta. –¿No? ¿Y quién las ayuda a vestirse? –preguntó el príncipe, más asombrado aún por la respuesta. –Nadie, señor. No necesitan que nadie las ayude a ponerse su vestido. –¿Su vestido? ¿Acaso tienen uno solo? –Claro –respondió Tom con naturalidad. ¿Qué harían con más de uno, si cada una tiene un solo cuerpo? –¡Es increíble que alguien tenga un solo vestido! Pero no tomes a mal mis comentarios, no me estoy burlando. Pronto tus buenas hermanas tendrán muchos trajes; mi mayordomo se ocupará de eso. Sin duda, los dos niños eran muy diferentes y ambos estaban descubriendo que había una vida que ellos ni sospechaban. –Noto que, a pesar de tu aspecto, hablas muy bien. ¿Quiénes son tus maestros? –continuó preguntando Eduardo. –El padre Andrés me enseñó todo lo que sé. 18


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–¿Y has aprendido latín? –Sí, pero muy poco, Su Alteza. –Apréndelo. El griego es más complicado, pero ningún idioma es difícil, creo yo. Ahora cuéntame de El Basural. ¿Llevas allí una vida agradable? –Sí, excepto cuando paso hambre –respondió Tom–. Pero lo bueno de vivir en El Basural es que nadie se ocupa de los chicos y nosotros siempre encontramos con qué divertirnos. Por ejemplo, jugamos a los soldados y peleamos con palos, o corremos carreras… –¡Caramba! Eso no me desagradaría –comentó el príncipe a quien se le iluminaron los ojos. Continúa, continúa. –En verano, señor, nadamos en el río, hacemos piruetas y jugamos con barro… –¡Qué divertido! Si yo pudiera vestirme con unos harapos como los tuyos, andar descalzo y chapotear en el barro, aunque fuera una sola vez, creo que sería capaz de renunciar a la corona –dijo Eduardo, ilusionado. –Y si yo pudiera vestirme como usted, señor, únicamente una vez... –agregó Tom, esperanzado. –¡Ah! ¿Te gustaría? Entonces lo haremos –afirmó el príncipe–. Quítate tus andrajos y ponte mi ropa. 19


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Durante unas horas nos divertiremos tanto como nos sea posible y volveremos a cambiarnos los trajes antes de que alguien se dé cuenta. Eduardo tenía un plan: hacerse pasar por un chico común, y los dos estuvieron de acuerdo en llevarlo a cabo. Acto seguido, el Príncipe de Gales se vistió con los harapos de Tom y Tom se puso el lujoso traje y el sombrero real. Una vez que realizaron el cambio, se miraron en un espejo y ¡oh, milagro: no había ninguna diferencia entre ambos! –¿Qué te parece? –preguntó, asombrado, el príncipe. –Generoso señor, no me atrevo a decir lo que pienso –respondió Tom, confundido. –Lo diré yo, entonces. Tienes el mismo cabello, los mismos ojos, la misma voz, estatura y rostro que yo. Si nos vistiésemos igual, nadie sería capaz de reconocer cuál es el Príncipe de Gales… Los dos habían descubierto que se parecían mucho. Cuando salieron de su asombro, Eduardo le ordenó a Tom que se quedara en aquella habitación hasta que él regresara. Pero antes de irse, tomó un objeto que había encima de la mesa y lo guardó en el brazo de una armadura. Luego salió del aposento vestido con los andrajos de Tom, llegó a 20


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la puerta del palacio y ordenó que la abrieran. El guardia que un rato antes había maltratado al mendigo obedeció inmediatamente. Pero el príncipe y Tom eran tan iguales que creyó que estaba frente al mendigo. Y, cuando lo tuvo a mano, le dio un coscorrón que lo hizo rodar hasta el barro. –¡Toma eso, demonio de pordiosero. Por tu culpa Su Alteza me retó! –le gritó el guardia, enojado. Los curiosos que estaban en la puerta soltaron una carcajada. Entonces el príncipe se levantó y le advirtió furioso: –¡Soy el príncipe de Gales! ¡Mi persona es sagrada y te van a ahorcar por haberte atrevido a ponerme la mano encima! –¡Saludo a Su Graciosa Majestad! –se burló el guardia. Y en seguida añadió, irritado–: ¡Largo de aquí, pequeño rufián! Entonces, la multitud rodeó al chico y, en medio de risotadas, lo empujaron por la carretera, mientras le tomaban el pelo a gritos: –¡Paso a Su Alteza! ¡Paso al Príncipe de Gales!

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4 UN MENDIGO LOCO

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duardo caminó por aquella carretera durante varias horas, entre la gente que se burlaba de él cada vez que les daba alguna orden o los amenazaba con la cárcel. Hasta que se dio cuenta de que estaba perdido. Siguió caminando y llegó hasta un lugar que le pareció conocido. Era el Asilo para niños pobres y abandonados al que su padre el rey, siempre ayudaba. Así que supuso que ahora lo ayudarían a él y esto lo alegró. Entró en el patio dispuesto a ordenar que lo condujeran de regreso al palacio y se encontró con unos chicos que jugaban a la pelota. Se acercó y les dijo: –Buenos niños, díganle al director que Eduardo, príncipe de Gales, desea hablarle. Todos soltaron una risotada y uno exclamó: –¡No creo que tú, pobre mendigo, seas Su Alteza, el príncipe!

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Eduardo se enfureció e, instintivamente, su mano buscó la espada. Pero no la encontró. Se había olvidado de que no la tenía, pues estaba vestido con los andrajos de Tom. Entonces, nuevas carcajadas resonaron en el patio del asilo hasta que uno de los niños osó empujarlo. ¡Aquello era demasiado! Eduardo le respondió con una patada y todos los chicos se abalanzaron sobre él, y le pegaron. El príncipe se defendió como pudo y cuando tuvo oportunidad, huyó. Llegó la noche y seguía vagabundeando por los barrios pobres de Londres, cada vez más perdido. Estaba muy cansado y los golpes que había recibido le dolían en todo el cuerpo. Quería llegar a El Basural y encontrar a los padres de Tom. Suponía que en cuanto les contara lo que había pasado, ellos lo llevarían de regreso al palacio y todo se aclararía. Y cada vez que recordaba a los chicos del asilo, pensaba: “Cuando yo sea rey, no solo tendrán casa y comida, sino también educación, porque la educación hace mejores a las personas”. De repente, se largó a llover y sopló un viento helado. En medio de la oscuridad, apareció un robusto rufián que lo tomó por el cuello y le dijo:

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–¡Otra vez en la calle a estas horas! ¡Y seguro que no llevas ni un céntimo a casa! ¡Ya verás la paliza que te daré al llegar! ¡Como que me llamo Juan Canty! El príncipe se desprendió de sus garras de un tirón, y exclamó angustiado: –¿Eres el padre de Tom? ¡Qué suerte que te encontré! –¿Qué dices? ¿El padre de Tom? Sí, soy tu padre, y enseguida lo vas a comprobar... –¡No te burles! Estoy muy cansado y herido. No puedo más. ¡Ayúdame! ¡Llévame con el rey, mi padre, y él te recompensará! ¡Te hará rico! Soy el príncipe de Gales. Juan Canty estaba convencido de que aquel niño era su hijo. Por eso, después de oír estas palabras lo miró asombrado, movió la cabeza y masculló: –Se ha vuelto loco... –y tomándolo otra vez por el cuello, soltó una feroz carcajada y añadió–: ¡Pero loco o cuerdo, te castigaré igual!

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5 UN PRÍNCIPE LOCO

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ientras Eduardo comenzaba sus aventuras o, mejor dicho, sus desventuras como mendigo, Tom se había quedado solo en la habitación del príncipe. Allí se miró en el espejo, admirando su elegancia. Luego caminó imitando al príncipe, desenvainó la espada e hizo una reverencia. Después examinó la armadura y probó uno por uno los lujosos sillones. “¡Si pudieran verme mis amigos de El Basural!”, pensó y se preguntó si, a su regreso, le creerían el relato de aquella maravillosa aventura. De pronto se dio cuenta de que ya hacía mucho rato que el príncipe estaba ausente, y empezó a ponerse nervioso. Si lo encontraban allí, vestido con la ropa de Su Alteza, ¿cómo podría explicar lo que había sucedido? Seguramente lo encarcelarían por impostor. ¿Qué hacer? Justo en ese momento, la puerta se abrió y un paje anunció la visita de la princesa Juana.

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Cuando la jovencita lo saludó, Tom se creyó perdido y pensó que lo mejor era decir la verdad. Entonces se arrodilló ante ella y exclamó: –¡Princesa, téngame compasión! No soy el príncipe, sino el pobre Tom Canty, del barrio de El Basural. La joven se horrorizó y salió gritando: –¡El príncipe se ha vuelto loco! La noticia corrió rápidamente por el palacio hasta llegar a oídos del rey, quien prohibió que se diera a conocer semejante calamidad. Luego, mandó llamar a su hijo. El pobre Tom no tuvo más remedio que obedecer y caminó lentamente por los pasillos del palacio. A su paso, los cortesanos lo saludaban con respetuosas reverencias y él los miraba asombrado, sin saber qué responder. Hasta que llegó a una suntuosa sala. Allí vio a un hombre recostado sobre almohadones. Su pelo y su barba eran completamente blancos y su cara, ancha y seria. Se notaba que estaba muy enfermo. Tom no sabía que ese anciano era Enrique VIII, el rey de Inglaterra, a quien todos temían. Su crueldad era famosa, pero al dirigirse al chico, lo hizo con cariño. –¿Cómo estás, Eduardo? –le preguntó–. ¿Por 27


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qué dices que no eres el príncipe?¿Es una broma? ¿Quieres burlarte de mí, el buen rey? Cuando Tom oyó “el buen rey”, empalideció, cayó de rodillas y preguntó tímidamente: –¿Usted es el rey? –¿No conoces a tu padre, hijo mío? –dijo el monarca con tristeza. Y luego suplicó–: ¡No destroces el corazón de este anciano, di que me conoces! –Sí, lo conozco: usted es mi temido señor rey. –Está bien, no te preocupes. Ahora dime quién eres tú. –Soy Tom Canty, el más humilde de sus vasallos, Su Majestad. Le suplico que me crea: soy un mendigo y estoy aquí por casualidad. Cuando el príncipe regrese, le explicará todo. Hasta entonces, le ruego que no me mate. El rey no podía creer lo que estaba escuchando. ¡Entonces era cierto: su hijo había perdido la razón! ¡Creía ser otra persona!… ¡Y qué persona: un mendigo! Pero quizás el chico solo había olvidado algunas cuestiones y no estaba completamente loco. Para salir de dudas, decidió hacerle algunas pruebas. Primero le preguntó algo en latín y Tom le contestó. El rey expresó su satisfacción y lo mismo 28


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hicieron los cortesanos. Luego, le hizo un comentario en francés. El muchacho dijo con timidez: –No tengo la menor idea de lo que me dice, Majestad. El monarca se desplomó en el trono. Evidentemente, la dolencia del príncipe era grave. Sin embargo, no perdía las esperanzas de que su mal fuera pasajero y de que pronto recobrara la salud. Era muy importante que eso ocurriera, pues él iba a morir y Eduardo debía ser el próximo rey. Entonces, tomó una decisión y se la comunicó a los cortesanos. –¡Óiganme todos! –dijo, enérgico–. Mi hijo está loco, pero es mi hijo y, loco o cuerdo, reinará. Así que mañana mismo lo declararé oficialmente heredero del trono de Inglaterra. Tom escuchó horrorizado este anuncio pero no se atrevió a abrir la boca para oponerse. Pensaba que si lo hacía, su vida correría peligro. Entonces el monarca agregó: –Hijo mío, tu cabecita está un poco trastornada, pero pronto mejorarás. Y para lograrlo, deja tus estudios por un tiempo, pues tanto esfuerzo te debe haber dañado el cerebro. Vete a jugar un rato y regresa más tarde. Ahora no me siento nada bien. 29


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Tom salió del aposento real acompañado de lord Hertford, el tío del verdadero príncipe. Estaba muy triste, porque lo que había comenzado siendo un juego se complicaba cada vez más. Nadie creía que él era Tom Canty. Por el contrario, todos estaban convencidos de que era Eduardo Tudor que se había vuelto loco. Y por esa confusión, a pesar de estar rodeado de lujo, él era un prisionero en una jaula de oro.

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