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~ Un joven rebelde ~ Me llamo Francis Softly pero todos me dicen Frank, y quiero contarles mi vida, que ha sido bastante singular. Les aseguro que no carece de aventuras, y por eso su lectura puede ser entretenida. Pero además, quizás les resulte útil porque, sin pecar de vanidoso, soy un ejemplo de cómo no se debe actuar. Sí, confieso que he sido un bribón gran parte de mi vida y que me he divertido mucho, aunque también he pagado las consecuencias. Cierta vez alguien me dijo: “Un bribón no nace, se hace”. Así que para comenzar, tengo que hablarles de mi familia porque, en mi opinión, ella influyó bastante en las malas decisiones que tomé. No quiero eludir mis responsabilidades, pero creo que los valores con los que me educaron no me ayudaron a ser una persona respetable. 11


La vida de un bribón

Mi madre pertenece a la nobleza: sus padres eran el Barón y Lady Malkinshaw. Como todos saben, los aristócratas solo se relacionan con gente de su misma clase social o con personas de muchísimo dinero. El caso es que mi padre, el doctor Francis James Softly, no era ni noble ni rico, sino simplemente un médico. Pero los Malkinshaw lo aceptaron como marido de su hija, porque supusieron que sería el médico de la nobleza. Por otra parte, él también quería alcanzar una reputación de persona distinguida y ser aceptado en ese círculo exclusivo. Entonces, desde que se casó con mi madre, simuló que tenía dinero y solo aceptaba atender a los nobles. Nunca supe cómo hizo para mantener el nivel de vida que llevábamos. Vivíamos en un barrio elegante, teníamos muchos criados y él hacía sus visitas médicas en un costoso carruaje. Sin embargo, los pacientes notables brillaban por su ausencia. De vez en cuando, solo uno o dos lo llamaban para que los examinara. Además, mi madre y él se desvivían por que los invitaran a las casas aristocráticas y antes de dar cualquier paso, siempre consultaban con mi abuela, Lady Malkinshaw. Ella era, en definitiva, la que conducía a la familia. Y ahora, les dedicaré unas palabras a esta anciana y a mi tío, pues directa e indirectamente tuvieron 12


CAPÍTULO 1. UN JOVEN REBELDE

mucho que ver en mi vida de bribón. Cuando murió el Barón Malkinshaw, mi abuela se vio en serios aprietos económicos. Entonces mi tío, que nunca había trabajado (como todo noble que se precie de tal), se hizo cargo de las finanzas de su madre. Trató de especular en la bolsa, pero fracasó. Así que no le quedó otro remedio que trabajar. ¡Imagínense la vergüenza que sintió mi abuela! Sin embargo, eso no fue lo más grave. Lo peor de todo fue que se dedicó al poco elegante negocio de vender jabones y velas. Y aunque logró amasar una fortuna, Lady Malkinshaw lo consideró una ofensa personal. Si lo piensan bien, estarán de acuerdo con la venerable anciana. Los Malkinshaw jamás se habían ensuciado las manos trabajando. Y ahora su hijo no solo lo hacía sino que, además, se ocupaba de algo ¡tan vulgar! Era una deshonra para el apellido. Así que, a partir de ese momento, lo despreció y lo expulsó de su círculo íntimo. Es cierto que, con frecuencia, le pedía dinero prestado. Pero no la juzguen mal: estoy seguro de que era su forma de demostrarle que aún lo quería. Creo que ya tienen un panorama bastante claro de mi familia. Tanto para mi abuela, como para mis padres, las apariencias eran lo único importante. Así que no les sorprenderá cuando les cuente qué decisiones tomaron respecto de mí. Llegado el momento 13


La vida de un bribón

de que yo fuera al secundario, en lugar de mandarme a un colegio barato, donde me enseñaran algún oficio, mis padres le preguntaron qué hacer a Lady Malkinshaw, como siempre. Y ella dictaminó que fuera a una de las escuelas más famosas y caras. No les diré su nombre, porque no creo que nadie se enorgullezca de haber sido mi maestro. Para hacerlo breve: nunca fui un estudiante destacado. Es más, me dediqué a hacer travesuras. Entre otras, puedo ufanarme de haberme peleado a golpes de puño con cuatro ricachones, aunque solo vencí una vez. También me escapé tres veces. Fue muy divertido burlar la vigilancia de mis maestros y vagabundear por las calles. Lamentablemente me pescaron y más lamentablemente aun, me castigaron con unos buenos azotes. En fin, al recibirme de bachiller sabía jugar al cricket, odiar a los ricos, curar las verrugas, escribir versos en latín, nadar, lustrar los zapatos y hacer caricaturas de mis maestros. ¡No pueden decir que no aprendí nada útil en esa elegante escuela! Luego, se presentó el problema de elegir una profesión. Mi temperamento aventurero y hasta algo vagabundo me impulsaba a ser viajante de comercio. Me atraía ir de lugar en lugar, ver todos los días caras nuevas y ganar dinero divirtiéndome. Pero eso no era lo adecuado para el nieto de Lady Malkinshaw, quien 14


CAPÍTULO 1. UN JOVEN REBELDE

nuevamente decidió mi destino. Esta vez dictaminó que debía estudiar medicina. ¡A ver si por fin lograba lo que no había conseguido mi padre! Por supuesto que a mí no me gustaba esa carrera ni tampoco estudiar. Sin embargo, me resigné y, cuando recuerdo la dedicación con la que la inicié, me considero casi un héroe. Pero esa no fue la peor parte del asunto: más odiaba las reglas que debía acatar para triunfar en la alta sociedad. Mis padres me obligaron a asistir a las comidas y los bailes que se daban en las casas aristocráticas, y a comportarme como un caballero de la nobleza. Esa fue una prueba muy dura y les aseguro que en prisión, nunca me sentí tan incómodo como en esas reuniones. Hasta que mi paciencia llegó al límite. Entonces, durante la segunda temporada de estos encuentros sociales, tomé la firme decisión de abandonar la carrera, aunque eso significara frustrar las expectativas de mi familia de convertirme en un médico rico y famoso.

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~ Un joven descarado ~ La oportunidad de abandonar la carrera se presentó de un modo bastante raro. Ya les conté que, entre otras ramas del saber, en la aristocrática escuela aprendí a hacer caricaturas. Tenía un talento natural para el dibujo y, al comenzar la universidad, progresé mucho, practicando en secreto. Luego, empecé a ganar un dinerito con ellas, también en secreto. ¿Qué otra cosa podía hacer? La posición social de mi familia me impedía trabajar, y mi padre me daba una suma tan insignificante, que no vale la pena mencionarla. Un compañero de la universidad me sugirió ofrecerle mis caricaturas a un editor para que las vendiera. Fui a verlo y, para mi sorpresa, se interesó en varias. Acepté entregárselas, con la condición de no firmarlas con mi nombre. Desde ese momento, con el 16


CAPÍTULO 2. UN JOVEN DESCARADO

seudónimo de “Tersites Junior”, me convertí en uno de los más implacables caricaturistas ingleses. La aristocracia era el blanco de mis burlescos y groseros dibujos, que tenían un éxito enorme entre la gente común, pues reconocían en ellos a sus patrones. Durante más de un año y sin que mi familia tuviera la menor sospecha, obtuve una buena ganancia. Pero llegó el día en el que todo se descubrió. Una mañana, mi padre recibió una carta de Lady Malkinshaw. En ella le informaba, con una letra torcida por la indignación, que “Tersites Junior” era, nada más y nada menos, que yo. Y adjuntaba una caricatura de ella, en la que aparecía dibujada como si fuera una cacatúa. Lo negué todo, por supuesto. Inútilmente. La cacatúa también había incluido pruebas evidentes de mi culpabilidad. Entonces mi padre, que por lo general era un hombre muy cortés y pacífico, tuvo un acceso de ira. Afirmó que con mi oficio insultaba el honor de la familia, insistió en que no hiciera más caricaturas, y me ordenó que fuera de inmediato a ver a Lady Malkinshaw y le pidiera perdón humildemente. Respondí que lo obedecería si aumentaba mi mesada. O si mi abuela me nombraba su médico personal, con un buen sueldo. Como verán, eran unas condiciones muy modestas. Sin embargo, la cólera de mi padre creció y amenazó 17


La vida de un bribón

con echarme de casa. Le respondí que le evitaría el trabajo y esa misma noche me fui. A pesar de lo que pudiera creerse, mi salida del hogar paterno fue bien vista por mi madre. Ella no quería que mi mala reputación se convirtiera en un obstáculo para el porvenir de mi hermana. Les sorprende que no haya mencionado antes a mi querida hermana, ¿verdad? Bueno, ha llegado el momento. Se llama Annabella y fue educada en el arte de pescar un novio rico. Gracias a su paciencia y habilidad, logró atrapar a un cincuentón avaro, de apellido Batterbury, que había acumulado una fortuna en las Antillas. El sol tropical lo había arrugado tanto, que parecía una momia. Y sus temas de conversación eran dos: la fiebre amarilla y las ventajas de hacer caminatas diarias. Había sido un pez difícil de hacerle tragar el anzuelo, y no nos visitaba con frecuencia, porque yo le caía mal. Ahora comprenden por qué mi partida del hogar paterno era tan conveniente para el bienestar de la familia. Una vez que abandoné mi casa, naturalmente me dediqué, con renovado entusiasmo, al noble arte de caricaturizar. Logré cierta fama y mi billetera engordó. Durante un año viví una vida alegre y despreocupada, hasta que varios comerciantes tuvieron el atrevimiento de enviarme a la cárcel por no pagarles lo que les debía. 18


CAPÍTULO 2. UN JOVEN DESCARADO

Cuando les informé a mis familiares dónde estaba, no se dieron por enterados. Luego leí en un diario que mi querida hermana finalmente se había casado con Batterbury y que a mi padre lo habían nombrado suplente del consultor del cirujano del Rey. No volví a pensar en ellos: estaban felices con su vida y yo, bastante cómodo con la mía. Entonces le pedí al carcelero lapicera y papel, y le escribí a mi editor diciéndole que le enviaría caricaturas de mis compañeros de prisión. Ese mismo día, empecé a observarlos. Los prisioneros pronto descubrieron que yo estudiaba sus rasgos para diversión del público y para llenar mis bolsillos. Algunos lo tomaron bien, y a muchos de los que se opusieron, los calmé regalándoles bebidas y cigarrillos. Y me vengué de los que no pude convencer, ridiculizándolos con feroces caricaturas. En esa época, yo era quizás el joven más descarado de Inglaterra, y todos esos pajarracos enjaulados se acobardaban frente a mi audacia. Solo uno me desafió: el Caballero Jones. Lo habían apodado Caballero por su aspecto fino, su correcto modo de hablar y sus modales muy corteses. No era viejo, pero estaba totalmente calvo. Tenía una eterna sonrisa, siempre llevaba las mangas de su camisa arremangadas y jamás perdía la calma. Se había mantenido aparte de mis asuntos artísticos, hasta que se corrió la voz de que protagonizaba una de 19


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mis caricaturas. Entonces, se me acercó y, delante de todos, me dijo con su acostumbrada cortesía y su invariable sonrisa: –Señor, me hará un gran favor si no me retrata. Tengo la desgracia de carecer de sentido del humor. Por lo tanto, si usted me caricaturiza, mucho me temo que no le veré la gracia al asunto. –Señor –le contesté con mi acostumbrado descaro–, poco me importa que usted entienda o no el chiste. El público sí lo hará, y eso me basta. Y con esas palabras tan civilizadas, le volví la espalda, en medio de las risotadas de los otros presos. Sin alterarse en lo más mínimo, el Caballero Jones se bajó las mangas de su camisa, sonrió y se fue. A la noche me encontraba solo en mi celda dibujando, cuando oí un golpecito en la puerta, y luego vi entrar al Caballero Jones. Me levanté y le pregunté qué diablos quería. Sonrió y, arremangándose la camisa, me dijo: –Solo quiero darle una lección de cortesía. –¿Qué dice, caballero? ¿Cómo se atreve a…? Una rápida bofetada me interrumpió. Lleno de furia, levanté el puño para devolvérsela. Pero paró el golpe con gran agilidad y esta vez me pegó en la cabeza. Caí, medio atontado. Y mientras permanecía en el piso, el Caballero Jones se bajó las mangas de su camisa y me dijo amablemente: 20


CAPÍTULO 2. UN EXTRAÑO PASAJERO

–Señor, tengo el honor de informarle que acaba de recibir su primera lección de cortesía. Siempre sea amable con quienes son amables con usted. En cuanto al asuntito de la caricatura, lo arreglaremos más adelante. Le deseo muy buenas noches. El ruido de mi caída atrajo a otros prisioneros. Pero por suerte, cuando llegaron a mi celda, yo ya estaba sentado en una silla. Rápidamente me acomodé el pelo para ocultar la marca roja que me había dejado la bofetada y preparé mi versión de la pelea. Entonces, cuando me preguntaron qué había pasado, les respondí que el Caballero Jones había intentado golpearme, lo cual me había obligado a arrojarlo al piso. Yo era tan respetado como él, así que me creyeron. Al día siguiente, estaba muy ansioso por saber cómo reaccionaría mi cortés y pugilístico instructor. Al encontrarnos en el patio, me saludó con la amabilidad habitual. No desmintió mi versión de la historia y, cuando los otros se burlaron de él por haber sido golpeado, ni se inmutó. De todos modos, esa noche me pareció conveniente invitar a un amigo para que pasáramos un rato juntos. El tipo se quedó hasta que la bebida se acabó. Justo estaba cerrando la puerta, cuando la empujaron suave, aunque firmemente, y el Caballero Jones entró. Traté de armarme con lo que tenía cerca, pero él fue más rápido. 21


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–Esta vez, vengo a darle una lección de moral –me dijo, y levantó la mano derecha. Detuve la primera bofetada, pero antes de que pudiera asestarle un golpe, su terrible puño izquierdo cayó sobre mi cabeza, y me vi de nuevo en el suelo, aunque sin hacer el ruido de la noche anterior. –Señor –agregó el Caballero Jones, haciendo una reverencia–, acaba de recibir su primera lección de moral. Diga siempre la verdad y, cuando mienta acerca de una persona, jamás lo haga a sus espaldas. Mañana, con su amable permiso, arreglaremos el asunto de la caricatura. Buenas noches. Tuve la suficiente prudencia como para no dejarlo arreglar ese asunto a su manera. Así que lo primero que hice a la mañana siguiente fue escribirle una nota muy amable, informándole que no haría ninguna caricatura de él, y que le daba permiso para que inspeccionara todos mis dibujos antes de que salieran de la cárcel. Recibí una respuesta muy cortés, en la que me agradecía mi amabilidad y me felicitaba por mi extraordinaria capacidad para aprender tan rápido unas lecciones tan incompletas y sencillas. En ese momento pensé, y todavía lo pienso, que yo merecía esa felicitación. Ambos nos habíamos comportado honorablemente. Fue muy honorable de parte del Caballero Jones corregirme cuando yo 22


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estaba equivocado. Y mi honorable sentido común hizo que yo sacara provecho de esa corrección. No volví a ver a este gran hombre desde que salió de la cárcel, pero siento un profundo respeto por él. Me brindó la única enseñanza útil que hasta ese momento había recibido. Así que, si el Caballero Jones lee estas líneas, reciba mi más sincero agradecimiento por haber empezado y terminado mi educación en dos noches, sin que a mi familia ni a mí nos costara un centavo.

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~ El fin del falsificador ~ No quiero aburrirlos contándoles mis fracasos. Solo les diré que, finalmente, logré pintar un Rembrandt que satisfizo por completo a mi patrón. Era un cuadro pequeño que Pickup vendió por doscientas libras, aunque a mí solo me pagó diez. Y estaba a punto de ganarme la absoluta confianza del anciano (tal como lo había planeado), cuando ocurrió una catástrofe que lo obligó a cerrar el negocio y que puso fin a mi experiencia como imitador de Rembrandt. La pintura había sido comprada por un caballero, supuestamente gran conocedor de arte. Al hombre le encantó el cuadro, pero en su opinión, estaba muy sucio. Pickup sabía que si lo limpiaba, descubriría que era falso. Entonces, cuando el caballero le consultó cómo hacerlo, mi patrón le aseguró que no se podía, 42


CAPÍTULO 6. EL FIN DEL FALSIFICADOR

sin arruinarlo. El comprador quedó satisfecho con esta explicación, y se fue a su casa. Durante tres semanas no volvimos a oír nada de él. Hasta que una tarde, un amigo de Pickup que trabajaba en un estudio de abogados nos dio una noticia que nos aterrorizó. Nos informó que el comprador había ido a ver al abogado para iniciarnos un juicio, pues un pariente le había dicho que el Rembrandt era falso. Pickup y yo nos quedamos helados. Pero pronto se me ocurrió un plan. –¿Me dará veinticinco libras si lo saco de este enredo? –le pregunté a mi aterrorizado jefe. –Sí, amigo mío –me respondió, retorciéndose las manos. Mi plan consistía en emplear mis conocimientos de química y mi poder de convencimiento. Salí del taller y compré una botella de cierto líquido poderoso. Le puse un rótulo que decía: “Preparación para limpiar cuadros”, y me encaminé hacia la casa del caballero comprador. Al llegar, me recibió con desconfianza. Pero gracias a mis modales corteses (fruto de las enseñanzas del Caballero Jones), aceptó escucharme. Le dije que me enviaba el señor Pickup, con una preparación recién llegada de Holanda, que le permitiría limpiar el cuadro. Le aseguré que la habían usado con sorprendentes resultados en los museos de todo el mundo. 43


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El caballero se mostró convencido, entonces le indiqué cómo usar la preparación. Le dije que pusiera el cuadro en posición horizontal, y que cubriera toda la superficie con el contenido de la botella. Una vez hecho esto, debía dejar que el líquido actuara durante seis horas. Por último, tenía que pasar un paño suave para sacar el resto de polvo. Así, aparecerían los colores originales. Le dejé la botella, me despedí de él y regresé al taller, a esperar el resultado de mi treta. A la mañana siguiente, nuestro amigo del estudio de abogados fue a vernos y apenas entró, soltó una carcajada. El caballero había seguido al pie de la letra mis instrucciones, borró toda la pintura y con ella, la prueba de que el cuadro era falso. Sin embargo, Pickup tuvo la prudencia de cerrar su negocio e irse al extranjero. Yo recibí mis veinticinco libras, pero nuevamente me había quedado sin un trabajo que me permitiera ganarme la vida. Y lo peor de todo: seguía ignorando el nombre y la dirección de mi amada. Regresé decepcionado a la casa de mi amigo Dick. Luego de saludarme, me dio una carta que me enviaba mi cuñado Batterbury. En ella, me ofrecía trabajar como secretario de un Centro Cultural y Científico que se inauguraría en la ciudad de Duskydale. 44


CAPÍTULO 6. EL FIN DEL FALSIFICADOR

Después de leer tan generoso ofrecimiento, desconfié. ¿Cuáles serían los verdaderos motivos que lo llevaron a escribirme esa carta? Seguramente se relacionaban con la salud de mi abuela. Así que me dirigí de inmediato a su casa, para averiguar si nuevamente se había salvado de morir antes que yo. –Mucho mejor –me respondió su mayordomo–. La salud de Lady Malkinshaw ha mejorado bastante después de su último accidente. –¡¿Cómo?! –exclamé–. ¡¿Un nuevo accidente?! ¿Otra vez las escaleras? –No, señor, esta vez fue la ventana de su alcoba –aclaró el mayordomo, con toda la seriedad que le era posible–. La vista de la señora no es muy buena. Hace tres días fue a asomarse por la ventana, no se dio cuenta de que estaba cerrada y atravesó el vidrio con su cabeza. Por fortuna, tenía puesta una cofia, que protegió su cráneo. Pero un pedazo de vidrio se le clavó a medio centímetro de la yugular. El médico dijo que la vida de Lady Malkinshaw estuvo pendiente de un hilo. Pero no hay mal que por bien no venga. Como la señora tiene presión alta, la pérdida de sangre fue una bendición para ella. Desde el accidente, su apetito ha mejorado mucho. Y en este momento, está dando un paseo.

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Ya no me quedó ninguna duda. Ahí estaba la clave de la generosa carta de mi cuñado. La perspectiva de recibir la herencia se había alejado más que nunca. Mi abuela había sobrevivido a un nuevo accidente y él temía que yo muriera de hambre o por meterme en problemas. Por eso, me ofrecía un trabajo que, además, a él no le costaba ni un centavo. Todo lo vi claramente. Y agradeciendo la admirable resistencia de Lady Malkinshaw que me daba la oportunidad de un trabajo, decidí aceptarlo. Ya no me importaba alejarme de Londres, pues había perdido la esperanza de volver a ver aquellos adorables ojos marrones.

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~ Un encuentro inesperado ~ Al día siguiente me dirigí a Duskydale y me presenté ante la comisión directiva del Centro Cultural y Científico. Inmediatamente me informaron que mi primera tarea como secretario era organizar el baile de inauguración de la institución. Me alegré de que me encargaran algo tan divertido y puse toda mi energía en el proyecto. Además, lo que me distrajera de la idea de haber perdido para siempre a mi bella desconocida era bienvenido. Como el salón donde se realizaría el baile era enorme y se habían vendido pocas entradas, decidí que había que llenarlo de cualquier modo. Entonces, se me ocurrió ir de casa en casa ofreciendo los tickets. Y, a pesar de que la comisión directiva se opuso, lo hice. 47


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En la puerta de la primera casa a la que llegué, había un cartelito con el apellido de la familia: Dulcifer. Me resultó extraño y hasta me causó un poco de gracia. Pensando en qué clase de gente sería, toqué la campanilla y… ¡oh, deliciosa sorpresa: allí estaba mi amada! No puedo describirles todo lo que sentí en ese momento. Su rostro ya no tenía la expresión triste de la última vez y lucía un precioso vestido color maíz. Fui el primero en recobrar la sangre fría y le dije: –Ya ve que no es fácil deshacerse de mí. Esta es la tercera vez que nos encontramos. Y como el destino parece empeñarse en reunirnos, ¿se negará a recibirme? Ella sonrió, se sonrojó y me respondió: –Estoy tan sorprendida, que no sé qué decir. –¿Desagradablemente sorprendida? –le pregunté. –¡No! Pero… ¿qué hace usted en Duskydale? Le expliqué el motivo de mi visita y me hizo pasar a una habitación muy bien amueblada. Evidentemente, habían superado los problemas económicos. En cuanto me senté, apareció su padre, quien despertó mi curiosidad. Era un hombre alto y robusto, de aspecto respetable y bonachón, excepto por los ojos, que revelaban astucia, confianza en sí mismo y, tal vez, cierta falsedad. Su hija le contó a qué había ido y él me dijo con excesiva cortesía: 48


CAPÍTULO 7. UN ENCUENTRO INESPERADO

–Caballero, le estamos muy agradecidos por la invitación. Pero mañana regresamos a Barkingham, el pueblo donde vivimos. Vinimos aquí solo para que la salud de mi hija se restableciera. Y como ella ya está bien, partiremos sin demora. Al escuchar estas palabras, la joven se entristeció. ¿Esa tristeza significaba desilusión por no poder asistir al baile? No, era algo más. Mi interés se despertó de inmediato. Le supliqué al padre que no nos privara de la presencia de su hija; le dije que la gente de Duskydale se extrañaría al no verla en el baile. El doctor se rió con desdén. –Nosotros no conocemos a nadie aquí –dijo–, por lo tanto no nos echarán de menos. Al contrario, me parece que se alegrarán con nuestra partida. Perdóname, Alicia, no quise decir que se alegrarían con tu partida, sino solo con la mía. ¡Así que se llamaba Alicia! ¡Su nombre era tan sugestivo, tan adecuado a su gracia y belleza! –Los respetables habitantes de esta ciudad –continuó Dulcifer, pronunciando “respetables” con ironía– desconfían de mí. Le explico: desde que dejé de ejercer la medicina, hago experimentos químicos. Pero hasta que no esté seguro de que los resultados son importantes, los mantengo en secreto. Y también les exijo discreción a mis empleados. Este misterio 49


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hace que tanto mis vecinos de Barkingham como los de aquí sospechen de mí. Todos creen que busco la piedra filosofal y que, para hacerlo, recurro a la magia negra. Entonces, a pesar de ser un hombre sencillo, tengo fama de brujo, algo así como un doctor diabólico. Y mi hija no tiene amigas porque, según dicen, vive con un alquimista, en un laboratorio que puede explotar de un momento a otro. ¿No es absurdo? Podía ser absurdo, pero la encantadora Alicia estaba sentada con la mirada fija, profundamente triste. Y como quería alegrarla, decidí no preguntar nada más acerca de los misteriosos experimentos del doctor, y cambié de tema. Les conté que también sabía algo de química porque había estudiado medicina, y el doctor se mostró gratamente sorprendido. Luego, saqué a relucir a mis distinguidos parientes, a Lady Malkinshaw, y les dije que en ese momento no vivía con ellos, debido a ciertas caricaturas humorísticas y a otras travesuras juveniles. Alicia se sonrió y la luz de su belleza volvió a brillar. Después, hablé de otros temas, y hasta me hice el gracioso. Ella se reía y los trinos de su risa sonaban encantadores en mis oídos. Su rostro se animó, sus mejillas se tiñeron de rosa. ¡Pobre joven! Era evidente que no estaba acostumbrada a divertirse. No puedo decir cuánto tiempo prolongué mi visita. Y cuando 50


CAPÍTULO 7. UN ENCUENTRO INESPERADO

finalmente decidí partir, los bellos ojos de Alicia me miraron con amabilidad, y el doctor me dio su tarjeta. –Si usted no teme a los brujos –dijo sonriendo–, tendré mucho gusto de que vaya a visitarnos. Le agradecí la invitación y salí de allí, decidido a renunciar a mi trabajo después del baile y a trasladarme a Barkingham. Iba tan feliz que, sin darme cuenta, tropecé con un anciano. Era el tesorero de la comisión directiva del Centro Cultural y Científico. –Lo estaba buscando –me dijo–, para recordarle que le prohibimos vender tickets casa por casa. Y veo con horror que acaba de salir de lo de Dulcifer. ¡No me diga que lo invitó al baile! ¡Nadie quiere relacionarse con ese hombre! –¿Por qué? El tesorero me tomó del brazo con aire confidencial y nos alejamos de la casa. –En primer lugar –me contestó–, el doctor Dulcifer no figura en la Guía médica. –Tal vez se debe a un error, o a que estudió en el extranjero –argumenté, sin saber en realidad lo que decía. –En segundo lugar –continuó, misteriosamente–, las persianas del segundo piso de su casa en Barkingham siempre están cerradas y las ventanas tienen rejas. Más aun: dicen que todo el segundo piso, donde hace sus 51


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experimentos, está aislado del resto con puertas de hierro. Los empleados que trabajan allí no hablan con nadie. A veces salen ruidos y olores extraños. El doctor, si es que se trata de un doctor, no tiene amigos. Y su infortunada hija lleva una vida muy solitaria. ¿Qué le parece? –Me parece que la gente de Barkingham es la más chismosa de Inglaterra –respondí con indiferencia–. El doctor hace sus experimentos en secreto, porque no es tonto y no quiere que otros le roben sus descubrimientos. Su laboratorio está aislado para impedir accidentes. Él es muy agradable y su hija, una joven encantadora. ¿Por qué ven misterios donde no los hay? Me invitó a Barkingham, así que pronto iré. Supongo que eso también le parece sospechoso. –¡No vaya! El doctor Dulcifer es extraño: nadie lo conoce ni aquí ni en su pueblo, y hay muchas dudas acerca de él y de su casa, que no quiere aclarar. ¿Y si lo invitó por algún motivo oculto? Yo, en su lugar, no iría. Creo que se arrepentirá. –Si usted estuviera en mi lugar –le contesté–, haría lo mismo que yo. El tesorero no agregó nada más y continuó su camino.

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