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CAPÍTULO 1

El viejo de los Alpes Desde la aldea de Maienfeld, un sendero atraviesa las verdes praderas y lleva hasta el pie de las montañas. El camino se vuelve más sinuoso a medida que sube, y pronto empieza a sentirse el aroma del prado y las plantas silvestres. En una mañana clara de junio, Heidi y su tía Dete escalaban la cuesta empinada, tomadas de la mano. Los cachetes de la niña delataban que tenía calor. Es que, a pesar de ser verano, iba vestida como para aguantar el frío más intenso de los Alpes: llevaba puestos tres vestidos, uno encima del otro, y una pesada capa de lana roja. Después de una larga hora de caminata, llegaron a una aldea llamada Dorfli, a mitad de camino 11


Heidi

hacia la cima. Desde todos lados llovían los saludos de amigos, porque Dete regresaba al que había sido su hogar. Pero el plan no era detenerse ahí. –Supongo que Heidi es la hija de tu hermana, ¿verdad? –le preguntó Barbel, una vieja amiga que se unió a la caminata porque también iba hacia arriba. –Sí –respondió Dete–. Ya tiene cinco años. La llevo para que se quede a vivir con su abuelo. –¿Con el viejo de los Alpes? ¡Debes estar loca, Dete! ¿Cómo se te ocurre? –Bueno, él es su abuelo. Me hice cargo de ella hasta ahora, pero conseguí un trabajo muy bueno en Frankfurt y no puedo llevarla conmigo. –¡Pobre niña! –se apiadó Barbel–. Nadie sabe qué hace el viejo ahí arriba. No tiene trato con ninguna persona y ni siquiera va a la iglesia. Cuando baja al pueblo, todos le huyen porque ya su aspecto da miedo: esa barba tan blanca y larga, y sus cejas tan tupidas… Se cuentan muchas historias sobre él. Pero tú debes conocer la verdad por tu hermana. ¿Fue siempre un ermitaño? Antes de responder, Dete se dio vuelta para cerciorarse de que Heidi no escuchara lo que iba a decir. ¡Recién entonces se dieron cuenta de 12


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que la niña no estaba! Fue Barbel quien, después de mucho buscar, la alcanzó a ver en un punto muy alejado del camino y gritó: –¡Allí está! Va subiendo la cuesta con Pedro, el pastorcito, y sus cabras. Mejor, así cuidará de ella mientras me cuentas la historia. –Esa chica no necesita muchos cuidados. Es bastante despierta para sus cinco años –comentó Dete–. Observa y registra todo lo que pasa a su alrededor. Dicho esto, las amigas se dedicaron con total libertad a eso que se llama chismear. –Ese viejo que ahora solo tiene una cabañita y dos cabras alguna vez fue dueño de una de las granjas más grandes de Domleschg. Pero después de que sus padres murieron, perdió su fortuna. Muchos dicen que la malgastó porque le gustaba la buena vida. Lo cierto es que se fue de soldado a Nápoles y ahí pasó como quince años. Cuando regresó, se instaló en Dorfli con su hijo Tobías y le enseñó el oficio de carpintero. Tobías se casó con mi hermana Adelaida. Desde chicos habían estado enamorados y fueron muy felices, pero murieron jóvenes. El viejo no pudo tolerar la pérdida de su familia y se vino a vivir a los Alpes, 13


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para no tener que ver a nadie. Y mi madre y yo nos hicimos cargo de Heidi, que en esa época tenía apenas un año. –Ya veo. Eso explica muchas cosas –comentó Barbel y se despidió–: Aquí nos separamos, Dete. Voy a ver a Brígida, la madre de Pedro. Le compro lana para el invierno. Las dos jóvenes se detuvieron en el camino. A unos metros, en una pequeña quebrada entre las rocas, había una casucha bastante destartalada. Si no hubiera estado protegida por esa hondonada, los fuertes vientos del sur la habrían hecho muy insegura, ya que su estado era lamentable. Ahí vivía Pedro con su mamá y su abuela. Y cada mañana, el pastorcito de once años bajaba hasta Dorfli a buscar las cabras de la gente que vivía en la aldea, y las llevaba montaña arriba, para que se alimentaran de las deliciosas hierbas que crecían en esos prados. Heidi intentaba seguir a Pedro, que ascendía por caminos que solo él conocía, donde estaban los mejores arbustos para sus cabras. Agotada por el calor y agitada, observaba los pies descalzos del chico y las patas ágiles de las cabras que saltaban las rocas y trepaban las cuestas empinadas. Sin decir una palabra, de pronto se sentó en el suelo 14


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y, tan rápido como sus deditos se lo permitieron, se quitó los zapatos y las medias. Entonces se paró, se sacó la capa roja y después, un vestido y otro (Dete le había puesto toda su ropa para que no tuviera que cargarla). Al final, la apiló y se quedó en enagua, con los brazos al aire, feliz. Al verla liberada, Pedro sonrió de oreja a oreja y, a partir de ese momento, anduvieron correteando con las cabras un buen rato, mientras Heidi le hacía toda clase de preguntas. Hasta que al fin regresaron hacia la cabaña. Allí los esperaba la tía Dete. Como era de imaginarse, Dete puso el grito en el cielo cuando vio el nuevo atuendo de Heidi. Y como la niña se negaba a vestirse, tuvo que ofrecerle una moneda a Pedro, para que cargara con el bulto de ropa hasta la casa del abuelo. Así, después de tres cuartos de hora de ascenso, llegaron a la cima de la montaña. La casa del abuelo estaba allí, expuesta a los vientos, pero también bañada por cada uno de los rayos del sol. Desde ella se podía ver, abajo, todo el valle. Detrás, se elevaban tres abetos de largas ramas espesas y, más allá, otra montaña cubierta de verde y sembrada de flores. 15


Heidi

Contra la cabaña, del lado del valle, el abuelo había colocado un banco, y allí estaba sentado, fumando su pipa. En cuanto Heidi lo vio, fue hasta él, le tendió la mano y le dijo: –Buenas tardes, abuelito. –Pero ¿qué significa esto? –preguntó el viejo con voz seca, mientras alzaba la vista. Quería ver quién venía detrás de esa niña que, impactada por su aspecto, no podía sacarle los ojos de encima. –Buenos días –le dijo Dete, cuando llegó hasta él–. Le traigo a la hija de Tobías y Adelaida para que la cuide. El abuelo no salía de su asombro y solo atinó a ordenarle a Pedro que, de una vez por todas, se llevara sus dos cabras y se fuera. Lo único que Dete agregó fue que ella ya no podía cuidar a Heidi y que ahora era su responsabilidad. Después, dio media vuelta y, mientras le gritaba un saludo a la niña, tomó el camino montaña abajo, a toda velocidad. El abuelo volvió a su banco y a su pipa, sin decir una palabra. Mientras, Heidi exploraba su nuevo hogar. Espió dentro del cobertizo donde guardaban las cabras y que ahora estaba vacío. Detrás de la cabaña, descubrió que entre los 16


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abetos soplaba una brisa fuerte que hacía crujir las ramas. Cuando vio que su abuelo permanecía inmóvil, fue a pararse frente a él y lo miró con sus curiosos ojos negros. –¿Qué es lo que quieres? –gruñó el abuelo. –Quiero ver lo que hay adentro de la casa. –¡Entonces vamos! –respondió él y, de un salto, se puso de pie. Entraron en una amplia habitación que ocupaba toda la planta baja. En el centro, los únicos muebles que había eran una mesa y una silla. En un rincón estaba la cama del abuelo. En el otro, una cocina. Más allá, había un armario donde guardaba todo lo necesario para la vida en los Alpes: su ropa, los platos, tazas y vasos, un pan, queso y carne ahumada. Allí, Heidi metió su equipaje hecho un bollo y lo más atrás que pudo, para que no fuera fácil volver a encontrar esos vestidos. –¿Dónde dormiré yo, abuelito? –Donde más te guste –respondió él. Heidi examinó las opciones. Vio una escalerita al lado de la cama, que la llevó a un desván donde se almacenaba el heno para las cabras. Una montaña de hierba fresca perfumaba el lugar. Por una ventanita redonda se veía todo el valle. 17


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–¡Quisiera dormir aquí arriba, abuelito! ¡Es hermoso! ¡Sube a ver lo lindo que es! –¡Ya lo conozco! –gritó el abuelo desde abajo. –Me estoy preparando la cama, pero necesito una sábana. –Muy bien –dijo él, mientras buscaba un trozo de tela que pudiera servir de sábana. Cuando subió a dársela, Heidi terminaba de acomodar una pilita extra de heno que le serviría de almohada. Había ubicado su cama de modo de poder mirar por la ventana. El abuelo completó su obra con otro gran montón de heno, para que fuera más mullida, y una gruesa bolsa de algodón que serviría como manta. Heidi estaba tan fascinada que exclamó: –¡Ojalá ya fuera de noche para dormir en esta cama tan hermosa! –Antes deberíamos comer algo. ¿Qué dices? Y ella, que no se había dado cuenta del hambre que tenía, respondió sin dudar: –¡Claro que sí! –Qué bueno que estemos de acuerdo –dijo el abuelo, mientras seguía a Heidi escaleras abajo. Entonces, encendió fuego en la cocina y tostó un buen pedazo de queso. La niña observaba 18


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todos sus movimientos con gran curiosidad. De pronto, tuvo una idea y comenzó a moverse de aquí para allá. Cuando el queso estuvo listo, el abuelo encontró la mesa puesta. –Muy bien, veo que eres una chica decidida. Pero ¿dónde te sentarás? Heidi pensó un momento y fue a buscar el banquito que había visto junto a la cocina, donde el abuelo se sentaba para avivar el fuego. –Bueno… no llegas a la mesa, pero tampoco llegarías si te dejara mi silla. Lo más importante ahora es que comamos. Dicho esto, se levantó y llenó un tazón de leche que colocó sobre su silla, justo enfrente de Heidi. También le dio una buena rodaja de pan y un trozo del queso tostado. Ella bebió toda la leche de un solo trago. –¡Nunca tomé una leche mejor! –dijo cuando terminó. –Entonces toma otro poco. Mientras Heidi untaba el pan con el queso, que estaba blando como la manteca, el abuelo volvió a llenar el tazón. Y cuando terminaron de almorzar, en un santiamén, bajo la sorprendida mirada de su nieta, cortó unos palos de madera, 19


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tomó una base redonda, clavó unos clavos y, como por arte de magia, apareció un banco alto para ella. Por la tarde, cuando la niña bailaba de alegría bajo los abetos agitados por el viento, se oyó un silbido agudo. Era Pedro que regresaba con las cabras. Las dos de la casa, una blanca y una marrón, corrieron hacia el abuelo, y el pastorcito siguió su camino con los otros animales. –¿Estas son nuestras, abuelito? ¿Las pondrás en el cobertizo? ¿Y se quedarán siempre aquí en casa, con nosotros? –preguntaba Heidi mientras las acariciaba y saltaba a su alrededor. –Sí, sí –respondía el abuelo, aturdido por tantas preguntas. –¿Y cómo se llaman, abuelito? –Ella es Blanquita y ella, Diana. Poco después de la cena (que también consistió en leche y pan), Heidi se acostó en su nueva cama, como si fuera la de una princesa. Hacia la medianoche, comenzó a soplar un viento tan fuerte que hacía temblar la cabaña. El abuelo se levantó. –La niña debe tener miedo –se dijo y subió a verla. 20


Heidi

Pero Heidi dormía plácidamente bajo la manta, con una expresión de felicidad en su cara rosada. Él la contempló un buen rato, antes de volver a su cama.  

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CAPÍTULO 2

Con Pedro en la montaña A la mañana siguiente, un silbido la despertó. El sol entraba por su ventana y todo relucía. Abajo estaban Pedro y el abuelo con las cabras. Heidi se vistió y enseguida se reunió con ellos. El abuelo le preguntó: –¿Quieres ir con Pedro y las cabras a la montaña? Eso era lo que más quería en el mundo. Entonces, el abuelo llenó la bolsa del pastorcito con unos buenos trozos de pan y queso, y le dijo que debía darle a la niña dos tazones de leche, además de cuidar que no se cayera por ningún precipicio. No había una nube en el cielo y la luz del sol resaltaba la belleza y el color de las flores en la ladera. Heidi corría y daba gritos de alegría entre 23


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los parches rojos, azules, amarillos que dibujaban las flores. Por momentos, se echaba en el suelo para respirar mejor aquel aire tan perfumado. Y las cabras la seguían de aquí para allá, mientras Pedro intentaba mantener reunidos a todos esos animalitos inquietos. –Heidi, ¿dónde te has metido? –le preguntaba cuando no la veía–. Vamos, que tenemos que llegar arriba, donde está el águila que chilla. A medida que subían, el rebaño iba ordenándose. Las cabras ya olían esas plantas que crecían en lo alto y que tanto les gustaban, y querían llegar hasta ellas cuanto antes. Los ojos de Heidi se llenaron de aquella quietud, que solo rompía el viento cuando movía las flores. Pedro se recostó a descansar (cuidar a la niña lo había agotado) y enseguida se durmió. Ella pensó que nunca había sido tan feliz y que quería quedarse en los Alpes para siempre. En eso estaba, cuando escuchó un chillido sobre su cabeza. Alzó los ojos y vio el pájaro más grande que había visto jamás, volando en círculos y lanzando gritos agudos sobre ella. –¡Pedro, Pedro, despierta! –le gritó a su nuevo amigo. 24


Heidi

Pedro la escuchó y se sentó. Juntos, vieron al águila elevarse en el aire azul y desaparecer detrás de los picos de las montañas. –¿Adónde se fue? –preguntó la niña, que había seguido el recorrido del pájaro con gran interés. –A casa, a su nido. –¿Su casa queda ahí arriba? ¡Ah, qué lindo estar tan alto! Subamos hasta allá para ver su nido. –¡No, no, no! –exclamó el chico, asustado–. Ni siquiera las cabras pueden trepar tanto. Entonces, lanzó un silbido especial, que al principio Heidi no entendió. Pero las cabras sí y, una tras otra, fueron acercándose, mientras se empujaban, se daban topetazos con los cuernos y saltaban. La nena nunca había visto jugar a las cabras y se puso a correr entre ellas. Rápidamente, las fue distinguiendo, pues cada una tenía alguna característica propia. Mientras tanto, Pedro preparó el almuerzo y ordeñó la cabra blanca para llenar de leche el tazón de Heidi, tal como había indicado el abuelo. Sin duda, las cabras eran más obedientes a su llamado que ella: estaba tan contenta y entusiasmada jugando, que no lo escuchaba. Pero él sabía cómo hacerse oír, y gritó hasta que todas 26


2. CON PEDRO EN LA MONTAÑA

las rocas repitieron su voz en un eco. Al fin, Heidi apareció. –¿La leche es para mí? –le preguntó. –Claro, y después tomarás otro tazón. El almuerzo que el abuelo le había preparado era muy suculento, así que quiso compartirlo con su amigo. Al principio, Pedro dudó: no podía creer tanta generosidad. Pero ella insistió y, como él no tomaba lo que le ofrecía, puso el pan y el queso sobre sus rodillas. –Dime los nombres de las cabras –le pidió. El chico sabía los nombres de todas y se los enseñó. Y así, entre una cosa y otra, fue pasando el día. El sol ya se ocultaba detrás de las altas montañas, cuando Heidi gritó: –¡Pedro! ¡Todo se está prendiendo fuego! ¡Las rocas están en llamas, y las montañas nevadas, y el cielo! ¡Mira, mira! ¡Aquella roca tan alta está roja de fuego! ¡Ven a mirar, Pedro! ¡El fuego alcanzó el nido del águila! ¡Todo, todo se está prendiendo fuego! –Pasa cada tarde –dijo él sin alterarse, mientras le sacaba la corteza al palo que usaba de cayado–. Pero no es fuego de verdad. 27


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–¿Y entonces qué es? ¡Mira! ¡Ahora todo se puso rosa! ¿Cómo se llama aquella roca que está cubierta de nieve? ¿Y esa puntiaguda? –Las montañas no tienen nombre –le explicó el chico. –¡Es tan hermoso! ¡Ahora todo se vuelve gris! ¡Ahora se apaga el color! ¡Se acabó! –Y Heidi se sentó angustiada, como si realmente hubiera acabado para siempre. –Mañana volverá. Levántate, que ya es hora de ir a casa –dijo Pedro y, con un silbido, reunió las cabras y se pusieron en marcha. Cuando llegaron, el abuelo estaba sentado bajo los abetos. Heidi corrió hasta él, seguida por Blanquita y Diana, que conocían bien a su amo y su hogar. El pastorcito le gritó: –¿También vendrás mañana, no? Ella se lo prometió. Mientras cenaba, sentada en su banco nuevo, el abuelo le explicó lo que sucedía al atardecer. –Cuando el sol se despide de las montañas, arroja sobre ellas sus más hermosos colores. Es para que no lo olviden durante la noche y lo dejen volver al día siguiente. 28


2. CON PEDRO EN LA MONTAÑA

La niña quedó deslumbrada con esa explicación. Estaba ansiosa por vivir otro día allá, entre las cabras, y ver al sol despedirse de las montañas. Esa noche, soñó con montañas brillantes, cubiertas de rosas rojas, por las que paseaba Copito de Nieve, la cabrita más joven del rebaño.  

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CAPÍTULO 4

El regreso de la tía Dete Desde que la niña llegó, los inviernos en la montaña pasaron rápido y mucho más los veranos. Ya estaba por terminar el tercer invierno y Heidi había aprendido muchas cosas, pero nada que tuviera que ver con el colegio. Dos veces, Pedro había llevado mensajes del maestro de Dorfli, en los que le decía al abuelo que debía enviarla a la escuela. Y las dos veces, el abuelo había respondido, a través de Pedro, que solo le interesaba que Heidi aprendiera lo que la naturaleza le enseñaba. Pedro la envidiaba por eso. Un día, antes de que levantaran la mesa del almuerzo, inesperadamente llegó la tía Dete. 39


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Lucía muy elegante y hasta tenía una pluma en el sombrero. El abuelo la miraba de arriba abajo, mudo. Dete, en cambio, no paraba de hablar. Comentaba lo linda y saludable que veía a Heidi y cuánto trabajo le había costado encontrar dónde ubicarla, pues sabía que no podía pasar el resto de su vida allí, en la montaña. Ahora había surgido la gran oportunidad: unos parientes de sus jefes eran dueños de una de las casas más lujosas de Frankfurt. Y tenían una hija que solo podía moverse en silla de ruedas, por lo que salía poco y estaba siempre sola. Finalmente dijo que, cuando se enteró de que le buscaban una compañera, propuso a Heidi y todos estuvieron de acuerdo en que era la candidata ideal. –¿A eso vienes? –le preguntó el abuelo, cuando logró salir de su sorpresa–. No me interesan tus propuestas. La niña está bien donde está. Frente a esta respuesta que no esperaba, Dete saltó de su asiento como un cohete y gritó: –¡Todos en Dorfli están de mi lado, porque dicen que no mandas a la niña a la escuela! Tiene ocho años y no sabe nada. Traigo una oferta excelente, que solo alguien como tú, a quien no le importa nadie, puede rechazar. La niña es mi 40


4. EL REGRESO DE LA TÍA DETE

sobrina y me la llevaré. Y si se te ocurre ir a ver al juez, fíjate antes si encuentras algún aliado que atestigüe a tu favor. –¡Cállate! –ordenó el abuelo, con los ojos llenos de furia–. ¡Vete y no quiero volver a verte, ni a ti ni a ese ridículo sombrero con plumas! –gritó después, y se alejó de la cabaña. –Hiciste enojar al abuelo –dijo Heidi, en un tono muy cariñoso. –Ya se le va a pasar –respondió Dete, apurada–. Ahora junta tu ropa, que nos vamos. –No quiero irme. –¿No oíste que tu abuelo no desea volver a vernos? Vas a conocer toda clase de cosas hermosas en Frankfurt. Y además, podrás regresar en cualquier momento. –¿Puedo volver esta tarde? –¿Esta tarde? –se rio Dete–. Hoy viajaremos hasta Maienfeld y mañana temprano tomaremos el tren. Pero ese mismo tren te traerá de vuelta cuando quieras, a la velocidad del viento. Mientras le hablaba, Dete reunía los vestidos de Heidi, la tomaba de la mano y ya caminaban montaña abajo. Había logrado convencerla de que podría volver cuando quisiera y traer cosas 41


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para la abuela y para Pedro. Así que tuvo cuidado de no detenerse en Dorfli: temía que la gente empezara a preguntar y metiera ideas en la cabeza de la niña.  

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