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CAP TULO 1 Alquilé la casa de Brentwood en 1872, cuando regresamos de la India. Íbamos a alojarnos allí hasta que encontrara un hogar definitivo para la familia. La casa era justo lo que necesitábamos. Estaba cerca de Edimburgo, y mi hijo Roland podría ir y volver de la escuela todos los días. Sería mejor que mandarlo a un internado o que estudiara en casa con un tutor. A mí me parecía bien la primera opción y su madre prefería la segunda. Pero el doctor Simson, que era una persona sensata, sugirió una posibilidad intermedia. Nos dijo: «Lo más saludable será que suba en su caballo y cabalgue todas las mañanas hasta la escuela. Y cuando haga mal tiempo, que tome el tren». 9


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Mi mujer aceptó la solución del problema más rápido de lo que yo esperaba. Entonces, nuestro pálido chico, que hasta ese momento no había conocido nada más divertido que una pequeña ciudad de la India, se encontró con la intensa brisa del Norte, en el suave clima del mes de mayo. Y antes de que llegaran las vacaciones de verano, tuvimos la satisfacción de verlo tomar el aspecto saludable y bronceado que tenían sus compañeros de escuela. Sentíamos un cariño especial por él, pues era nuestro único hijo varón, y estábamos convencidos de que su cuerpo era muy débil y su carácter, muy impresionable. Poder enviarlo a la escuela y que siguiera viviendo en casa –combinando las ventajas de las dos alternativas– colmaba todos nuestros deseos. En Brentwood, nuestras dos hijas también encontraron lo que querían. Estaban lo bastante cerca de Edimburgo como para tomar todas las clases necesarias y para completar la interminable educación a la que las chicas parecen estar obligadas en la actualidad. Pensar que su madre se casó conmigo cuando era más joven que Agatha… ¡Y ya me gustaría ver si estas niñas son capaces de superarla! Incluso yo, cuando nos casamos, no tenía más de veinticinco años. En cambio ahora, a esa edad, los jóvenes andan a ciegas, sin una idea clara de lo que van a hacer con sus vidas. Pero 10


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supongo que cada generación tiene una opinión de sí misma que la ubica por encima de las que le siguen. Brentwood está en una de las regiones más ricas de Escocia: esa hermosa pendiente que se extiende entre las colinas de Pentland y el mar. Cuando el tiempo está despejado, se ven de un lado los reflejos marinos, como un arcoíris que abraza los campos y las casas dispersas. Y del otro lado, las cumbres azuladas que le dan a esta región montañosa un encanto que no tiene ninguna otra. Edimburgo, con sus colinas y sus torres que penetran a través de la bruma, se encuentra a la derecha. El pueblo de Brentwood se extiende colina abajo, a los pies de la casa, del otro lado de un angosto y profundo valle. Y en el fondo de ese valle corre, entre rocas y árboles, un arroyo que en el pasado debió ser un hermoso y salvaje río. Desde el parque y las ventanas del salón, podíamos contemplar el paisaje. A veces, el colorido era un poco frío. Pero otras, la vista era animada: las casas situadas a diferentes alturas y sus pequeños jardines, la calle principal que desemboca en una plaza, las mujeres que cuchichean en las puertas, los carros que avanzan con movimientos lentos y pesados… Nunca me cansaba de ese paisaje. Siempre resultaba agradable y fresco y lleno de tranquilidad. 11


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Dentro de nuestra propiedad también se podían realizar interesantes paseos. El parque que rodeaba la casa estaba cubierto de hermosos árboles y varios senderos descendían en zigzag hasta la orilla del arroyo y el puente que lo cruzaba. Y en el camino principal, que unía la entrada a la propiedad y la casa, se conservaban las ruinas de la antigua mansión de Brentwood: una construcción más pequeña y menos importante que el sólido edificio que habitábamos y que se construyó años después. Sin embargo, las ruinas eran pintorescas y le daban categoría al lugar. Incluso nosotros, que solo éramos inquilinos temporales, sentíamos cierto orgullo, como si aquellas ruinas nos transmitieran algo de su pasada grandeza. Todavía se conservaban los restos de una torre (una masa confusa de piedras tapizadas de hiedra), y de una edificación grande –o lo que había sido una edificación grande– de la que solo quedaban el esqueleto de los muros, la parte inferior de las ventanas de la planta principal y, debajo de ellas, otras ventanas en perfecto estado de conservación, aunque cubiertas de polvo y suciedad. Allí también crecían desordenadamente zarzas y plantas silvestres de todo tipo. A poca distancia, se encontraban dispersos los fragmentos de una construcción más tosca. Uno 12


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de esos fragmentos daba un poco de pena por su vulgaridad y su lamentable estado de abandono. Se trataba de la fachada: un trozo de muro gris cubierto de liquen, en el que se abría el hueco de una puerta de entrada. Probablemente había sido una entrada a las dependencias de servicio o una puerta trasera. Ahora ya no había ningún ambiente adonde entrar, pues la despensa y la cocina habían sido totalmente destruidas… Y sin embargo, quedaba aquella puerta, abierta y vacía, expuesta al viento y a los animales salvajes. La primera vez que fui a Brentwood me emocionó. Una puerta que conducía a la nada, una puerta que alguna vez fue cerrada precipitadamente y sus cerrojos echados con cuidado, ahora no tenía ningún significado. Sí, recuerdo que me impresionó desde el principio. Tanto, que le di una importancia que, en ese momento, no se justificaba. El verano fue un período de felicidad y descanso para todos nosotros. El calor del sol de la India todavía ardía en nuestras venas, y parecía que jamás íbamos a cansarnos del verde, la humedad y la pureza del paisaje escocés. Hasta la niebla nos resultaba agradable. En otoño, siguiendo la moda de la época, nos fuimos en busca de un cambio que, a decir verdad, no nos hacía falta. Poco después, cuando volvimos a la casa para pasar el invierno y los días se hicieron más cortos 14


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y oscuros, y el frío cayó sobre nosotros, se desencadenaron los acontecimientos… Unos acontecimientos que solo me animo a contar porque fueron realmente extraordinarios. Cuando los incidentes comenzaron, yo estaba en Londres. Después de pasar tantos años en la India, volvía a las actividades de mi vida anterior y tropezaba con viejos amigos a cada paso. Me divertía y eso hizo que no le prestara atención a la correspondencia con mi familia. Lo cierto es que había pasado de viernes a lunes en la casa de campo del viejo Bembow. Durante el viaje de regreso, hice una parada para cenar y dormir en una posada, y me tomé un día más para visitar las caballerizas de otro amigo. Pero siempre es peligroso descuidar la correspondencia porque, en esta vida tan cambiante, ¿quién puede prever lo que sucederá? En casa, había dejado todo en orden y sabía exactamente –eso creía– lo que me dirían las cartas: «El tiempo fue tan bueno que Roland no tuvo que tomar el tren ni una sola vez y disfruta con los paseos a caballo». «Querido papá: seguro que no te olvidarás de nada, pero tráenos esto y esto y lo de más allá…». En fin, una lista tan larga como mi brazo. ¡Mis queridas niñas y mi adorable esposa! No querría olvidarme de sus encargos o perder sus cartas, aunque el mundo 15


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estuviera repleto de viejos amigos. Pero yo estaba convencido de que en mi casa reinaba la tranquilidad. Sin embargo, cuando regresé a Londres, en el hotel me esperaban tres o cuatro cartas, y varias llevaban el sello de “Urgente”, “Entrega inmediata”. Estaba a punto de abrir una, cuando el conserje del hotel me entregó dos telegramas y me dijo que uno había llegado la noche anterior. Como pueden imaginarse, abrí el último y esto fue lo que leí: «¿Por qué no vienes o contestas? ¡Por el amor de Dios, ven! Roland empeoró». A un padre, una noticia así solo puede fulminarlo como un rayo. Cuando abrí el otro telegrama, las manos me temblaban. Estaba escrito en el mismo tono: «No mejora. El doctor teme que sea una fiebre cerebral. No te demores por nada del mundo». Aunque sabía que era imposible, lo primero que hice fue consultar los horarios y ver si había algún modo de regresar a casa más rápido que con el tren nocturno. Después, leí las cartas. En ellas se explicaban los detalles con toda claridad. Mi esposa me contaba que, desde hacía algún tiempo, el muchacho estaba muy pálido y que parecía asustado. Ella lo había notado antes de mi partida, pero no quiso decirme nada para no alarmarme. Este estado se había ido agravando, hasta que un día Roland llegó a casa 16


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galopando furiosamente, con el caballo jadeando y echando espuma por la boca. Estaba «tan blanco como una mortaja», y tenía la frente bañada en sudor. Durante unos días se negó a contestar a las preguntas. Pero como se produjeron cambios tan extraños en su conducta –su falta de deseo de ir a la escuela, el pedido de que fueran a buscarlo en coche (un lujo absurdo), su negativa a salir de la casa, sus sobresaltos frente a cualquier sonido inesperado–, su madre le exigió una explicación. Nuestro pequeño Roland nunca había sentido miedo. Así que, cuando empezó a contarle que había oído voces en el parque y que se le habían aparecido sombras entre las ruinas, mi esposa lo metió inmediatamente en la cama y avisó al doctor Simson. Dejé la ciudad esa misma noche, con el corazón en la boca. Llegué a Edimburgo muy temprano, en la oscuridad de una mañana de invierno, y ni siquiera me atreví a mirar a la cara al hombre que había ido a buscarme. –¿Qué noticias hay? –le pregunté, casi sin respirar. Su respuesta fue la típica respuesta que permite que la imaginación se desborde. Solo dijo: –Exactamente igual. ¡Exactamente igual! ¿Qué demonios significaba eso? 17


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Tenía la impresión de que los caballos se arrastraban por el largo y sombrío camino. Y mientras atravesábamos el parque, me pareció escuchar una especie de lamento entre los árboles. Entonces, apreté los puños, como amenazando con rabia al que lo había producido, quienquiera que fuese. ¿Qué hacía alguien perturbando la tranquilidad del lugar? Si no hubiera estado tan ansioso por llegar a casa, habría parado el coche y habría ido a ver quién era el vagabundo que había elegido mis tierras, entre todas las tierras del mundo, para gemir y lamentarse a su antojo. ¡Y justo cuando mi hijo estaba enfermo! Al menos no podía quejarme de que fuéramos despacio. Los caballos dispararon como rayos a lo largo del camino de entrada y se detuvieron delante de la puerta, jadeando como si hubieran corrido una carrera. Mi mujer me esperaba allí, con un candelabro en la mano. Y cuando el viento agitaba la llama de las velas de un lado a otro, eso la hacía parecer todavía más pálida de lo que estaba. –Duerme –me dijo con un susurro, como si tuviera miedo de despertarlo. Yo también contesté en voz baja, como si los cascos de los caballos no hubieran sido más ruidosos que nuestras voces.

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Durante unos momentos, nos quedamos de pie en la escalinata. Ahora que por fin había llegado a casa, sentía miedo de entrar. Entonces, me pareció notar que los caballos se resistían a volver, y eso que los establos estaban en el otro extremo del camino. O tal vez fueran los hombres los que se resistían a dar la vuelta. Todo esto se me ocurrió después, porque en ese momento lo único que me interesaba era preguntar y escuchar lo que tuvieran que decirme sobre el estado de mi hijo. Lo observé desde la puerta de su habitación, pues teníamos miedo de acercarnos más y perturbar su sueño. Parecía un sueño normal y no esa especie de letargo en el que, según mi mujer, caía a veces. Después, fuimos a la habitación de al lado, que se comunicaba con la de nuestro hijo, y allí me explicó todo. En el relato había muchos detalles sorprendentes y confusos. Al parecer, desde el comienzo del invierno, cuando empezó a oscurecer más temprano, el chico –que regresaba de la escuela ya de noche– había estado escuchando voces entre las ruinas. Según contó después, al principio eran solo unos gemidos. Unos gemidos que asustaron tanto a su caballo como a él. Pero de a poco, se fueron convirtiendo en una voz. Las lágrimas corrían por las mejillas de mi esposa a medida que me describía cómo el niño se sentaba en 20


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la cama de golpe, en plena noche, y gritaba: «¡Madre, déjame entrar! ¡Madre, déjame entrar!», con un dolor que le rompía el corazón. ¡Y ella sentada allí todo el tiempo, con la esperanza de hacer cualquier cosa que pidiera su hijo! Aunque intentaba tranquilizarlo diciéndole: «Estás en casa, mi amor. Yo estoy aquí, ¿no me conoces? Tu madre está aquí», él solo la miraba fijo. Un rato después, volvía a incorporarse sobresaltado y daba los mismos gritos. Otras veces, estaba más razonable y preguntaba por mi regreso con impaciencia. Decía que, en cuanto yo llegara, teníamos que ir los dos juntos a dejarlo entrar. –El doctor piensa que su sistema nervioso debe haber recibido un shock –dijo mi mujer–. ¡Oh, Henry! ¿No será que le exigimos demasiado? ¡Un chico tan delicado como Roland! Incluso tú pretenderías menos éxitos si eso perjudicara su salud. ¡Incluso yo! ¿Qué quería decir eso? Como si fuera un padre inhumano, capaz de sacrificar a mi hijo para satisfacer mis ambiciones. Pero la pobre estaba tan angustiada que resolví no hacer caso de lo que decía. Después de un rato, me convencieron de que comiera y descansara unas horas. Desde que recibí sus cartas no había podido hacer ninguna de esas cosas: estar en casa era lo más importante. Sabía que me avisarían en cuanto el chico se despertara y preguntara 21


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por mí, así que accedí. La verdad es que la tensión de las últimas horas me había agotado y, como Roland se había tranquilizado tanto con la noticia de mi llegada, me dejaron dormir hasta el anochecer. Cuando entré en la habitación de mi hijo, todavía había suficiente luz para verle la cara. ¡Qué cambio se había producido en dos semanas! ¡Me pareció tan demacrado! Tenía el pelo más largo y débil, y los ojos resaltaban en su pálida cara como dos luces ardientes. Me tomó la mano y me dio un frío y tembloroso apretón. Después, hizo un gesto para que todos se fueran. –Váyanse. Tú también, mamá. Váyanse –pidió. A mi esposa le dolieron sus palabras. No le agradaba que el muchacho tuviera más confianza en otra persona, aunque se tratara de mí. Pero era una mujer que jamás pensaba en sí misma y nos dejó solos. –¿Se fueron todos? –preguntó, con ansiedad–. No me dejan hablar. El doctor me trata como si estuviera loco. ¡Papá, tú sabes que no estoy loco! –Sí, hijo, claro que lo sé. Pero estás enfermo y necesitas mucho reposo. Sé que no estás loco, Roland, y también sé que eres razonable e inteligente. Ahora estás enfermo y no puedes hacer muchas cosas. Ya las harás cuando sanes. Roland agitó su pequeña y delicada mano, con un gesto de indignación. 22


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–¡Es que no estoy enfermo, padre! –gritó–. ¡Ay! ¡Yo pensé que tú me dejarías hablar! ¡Pensé que comprenderías! ¿Qué crees que me pasa? Simson es muy bueno, pero es solo un médico. ¿Qué crees que me pasa? ¡No estoy más enfermo que tú! Desde que te ve, un médico piensa que estás enfermo y te manda a la cama. Al final, para eso vino. –¿Y qué lugar es el mejor para ti en este momento, querido Roland? –¡Decidí aguantar hasta que volvieras a casa! Me decía a mí mismo: «No debo asustar a mamá ni a las niñas». ¡Pero, padre –gritó nuevamente, casi saltando fuera de la cama–, no se trata de una enfermedad, se trata de un secreto! Sus ojos tenían un brillo tan salvaje y su cara expresaba tanta emoción, que sentí que el corazón se me apretaba. Su reacción debía ser el efecto de la fiebre…, una fiebre fatal. Lo abracé y lo metí otra vez en la cama. –Roland –le dije, para seguirle la corriente, pues sabía que era la única forma de calmarlo–, para contarme ese secreto tienes que estar más tranquilo. Si te excitas, no dejaré que hables. –Sí, padre –respondió y se tranquilizó en seguida, como si fuera una persona mayor y hubiera comprendido perfectamente. 23


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Cuando lo recosté sobre la almohada, me regaló esa tierna mirada que tienen los niños enfermos, una mirada que parte el corazón. La debilidad hacía que se le humedecieran los ojos. –Estaba seguro de que en cuanto llegaras sabrías qué hacer –me dijo. –Claro que sí, hijo mío. Ahora quédate tranquilo y cuéntame todo. ¡Y pensar que estaba engañando a mi propio hijo! Pero lo hacía solo para conformarlo, porque creía que el cerebro de la pobre criatura estaba trastornado. –Padre, hay alguien en el parque, alguien a quien han maltratado. –Calma, hijo. Recuerda que no debes excitarte. Ahora, dime quién es esa persona y quién lo trató tan mal. En seguida lo arreglaremos. –¡Ah, no es tan fácil como supones! –exclamó–. No sé quién es. Es solo un llanto… ¡Si pudieras oírlo! Se mete en mi cabeza hasta cuando duermo. Y lo oigo tan claro… tan claro. Los demás piensan que estoy soñando o delirando –dijo y sonrió despreciativamente. Ese gesto me sorprendió. Parecía indicar que tenía menos fiebre de la que yo pensaba. –¿Estás completamente seguro de que no lo soñaste? –le pregunté. –¿Si lo soñé? ¿Todo eso? 24


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Estaba a punto de saltar otra vez de la cama pero, de pronto, recordó algo y se recostó, mostrando la misma sonrisa. –Mi caballo también lo oyó y saltó como si hubiera sido un disparo –agregó–. Menos mal que me agarré fuerte de las riendas… porque estaba muy asustado. –No debes avergonzarte, hijo –dije, por decir algo. –Si no me hubiera pegado a su cuello como una sanguijuela, me habría lanzado por encima de su cabeza. Y no volvió a respirar hasta que llegamos a la puerta de casa. ¿También lo soñó el caballo? –preguntó con algo de arrogancia, como si estuviera perdonando mi estupidez. Después, agregó–: Al principio, antes de que te fueras, era solo un grito. No quise decirte nada porque era absurdo estar tan asustado. Pensé que podía ser un conejo o una liebre que había caído en una trampa. Pero a la mañana siguiente exploré por allí y no encontré nada. La primera vez que lo oí decir algo fue poco después de que te fuiste. –En ese momento se incorporó, apoyó el codo muy cerca de mí y me miró fijo a los ojos–. Esto es lo que dijo: «¡Madre, déjame entrar! ¡Madre, déjame entrar!». Tenía los ojos húmedos, los labios le temblaban y los suaves rasgos de su cara estaban totalmente 25


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alterados. Cuando terminó de repetir esa frase, se largó a llorar desconsoladamente. ¿Se trataba de una alucinación? ¿De una fiebre cerebral? ¿De una fantasía producida por la enorme debilidad de su cuerpo? ¿Qué explicación tenía todo aquello? Pensé que lo mejor sería aceptar lo que decía, como si fuera verdad. –Es muy conmovedor, Roland –dije. –¡Ay, padre, si lo hubieras oído! Yo pensé: «Si mi padre lo hubiera oído, seguro que habría hecho algo». Pero mamá llamó a Simson. Ese señor es un médico y a los médicos lo único que se les ocurre es mandarte a la cama. –No debemos culpar a Simson por ser médico, Roland. –No, no. Es su profesión, ya sé –dijo el chico, con tolerancia y comprensión–. Pero tú eres diferente. Tú eres un padre y harás algo… pronto, papá, pronto… Esta misma noche. –Claro que sí. Seguramente es un niño que se perdió –afirmé. Me castigó con una mirada rápida y dura, que examinó mi rostro para ver si, a pesar de su confianza en mí, yo solo era capaz de darle esa desafortunada respuesta. Parecía decirme: «¿Eso es lo único que se te ocurre?». Entonces, me sujetó del hombro, 26


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me apretó con su pequeña mano y me dijo, con un estremecimiento en la voz: –Supón que no estuviera… vivo. –Entonces, mi querido Roland, ¿cómo habrías podido oírlo? Se apartó de mi lado bruscamente. –¡¿Eso es todo lo que se te ocurre?! –exclamó, malhumorado. –¿Quieres decirme que era un fantasma? Roland retiró la mano. Su cara tenía una expresión de gran seriedad y dignidad, aunque los labios le temblaban. –Sea lo que sea (tú siempre nos dijiste que el nombre es lo de menos), estaba angustiado. ¡Sí, padre, terriblemente angustiado! –Pero, hijo –yo estaba a punto de volverme loco–, si fuera un niño perdido o un pobre desgraciado… ¿qué quieres que haga? –Si yo estuviera en tu lugar, sabría qué hacer –me respondió con seguridad–. Es lo que me repetía todo este tiempo: «Mi padre sabrá qué hacer». ¡Ay, papá, noche tras noche tengo que enfrentarme con algo tan horrible, con algo que sufre tanto, y no puedo hacer nada para ayudarlo. No quiero llorar. Eso es cosa de niños, ya lo sé. ¿Pero qué más puedo hacer? Imagínate estar ahí afuera, completamente solo entre las ruinas, 28


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sin nadie que te ayude… ¡No lo soporto! ¡No lo soporto! –gritó mi noble hijo. Se lo veía muy débil. Después de varios intentos por contenerse, estalló en un infantil ataque de lágrimas y sollozos. No recuerdo haber estado tan desconcertado en mi vida. Más tarde, al recordar todo lo que Roland dijo esa noche, me di cuenta de que había algo cómico en el asunto. Ya es bastante desagradable descubrir que tu hijo está absolutamente convencido de que ha visto –o escuchado– un fantasma. Pero que además te pida que ayudes a ese fantasma… Les aseguro que es la experiencia más insólita con que me tropecé en toda mi vida. Me considero un hombre sensato y no soy supersticioso, al menos no más supersticioso que el resto de la gente. Por supuesto que no creo en fantasmas. Pero tampoco niego que hay hechos incomprensibles, que no puedo fingir que entiendo. La sangre se me helaba en las venas al pensar que Roland fuera una especie de vidente, porque ese es un síntoma de histeria, salud precaria y de todo lo que un padre no desea que padezcan sus hijos. Sin embargo, yo tenía que investigar acerca de su fantasma, solucionar sus problemas y poner fin a su angustia. Una misión como esa era suficiente para sacar de quicio a cualquier hombre. 29


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Lo consolé lo mejor que pude, sin prometerle nada sobre un asunto tan increíble. Pero él siguió mostrándose intolerante y rechazó todas mis caricias. Con sollozos que interrumpían a intervalos su voz y lagrimones tan gruesos como gotas de lluvia, volvió a la carga. –Ahora debe estar allí… Estará allí toda la noche. ¡Ay, papá, imagínate que yo estuviera en su lugar! Cuando lo pienso, no puedo descansar. ¡No! ¡Déjame! –gritó, alejando mi mano que pretendía arroparlo–. Ve y ayúdalo. Mamá se ocupará de mí. –Pero, Roland, ¿qué puedo hacer? Mi hijo abrió los ojos, que parecían más grandes a causa de la debilidad y la fiebre, y me lanzó una de esas sonrisas tristísimas, de las que solo los niños enfermos conocen el secreto. –Estaba convencido de que tú lo solucionarías en cuanto llegaras. Me decía una y otra vez: «Papá sabrá qué hacer y mamá… –una expresión de tranquilidad suavizó los rasgos de su cara, sus brazos se relajaron y su cuerpo se hundió dulce y placenteramente en la cama–, mamá vendrá y se ocupará de mí». Llamé a mi esposa y vi cómo Roland la miraba con esa confianza absoluta que los niños depositan en sus madres. Entonces, salí de la habitación y los dejé solos. Creo que en toda Escocia no había un hombre más asombrado que yo. Sin embargo, debo decir 30


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que mi preocupación por el estado de Roland había disminuido. Quizá se encontraba bajo los efectos de una alucinación, pero su cabeza funcionaba bien, y me dio la impresión de que no estaba tan grave como decían. Las chicas se sorprendieron al ver la tranquilidad con que me tomé las cosas. –¿Cómo lo encontraste, papá? –me preguntaron, ansiosamente. –Ni la mitad de lo mal que esperaba –respondí–. Realmente no está tan mal. –¡Papá, eres un cielo! –dijo Agatha besándome, mientras Jeanie, la pequeña, que estaba tan pálida como Roland, me abrazaba, incapaz de pronunciar una sola palabra. Yo no sé nada de medicina, ni la mitad de lo que sabe Simson. Pero ellas creían en mí y tenían la esperanza de que las cosas mejorarían desde ese momento. Cuando tus hijos confían tanto en ti, sientes que Dios es generoso contigo. Pero yo no merecía tanto… Tenía que representar el papel de padre ante el fantasma de Roland y no pude evitar una sonrisa, aunque el asunto era como para echarse a llorar. Realmente era la misión más insólita que se le podía encomendar a una persona. En ese preciso momento, recordé las miradas inquietas de los cocheros en la oscura mañana, cuando les ordené que llevaran el 31


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coche a los establos. Era evidente que no les había gustado. Y a los caballos, tampoco. También al llegar, a pesar de mi preocupación por Roland, había notado cómo corrían por el camino de entrada a la casa y había decidido hablar con los hombres más tarde. Me pareció que lo más conveniente era ir a hacerles unas cuantas preguntas. Es muy difícil entender cómo piensa la gente del campo. Podía tratarse de una broma pesada, o que tuvieran un oscuro interés en que la casa de Brentwood adquiriese una mala reputación. Cuando salí de casa, estaba oscureciendo. Nadie que conozca el campo necesita que le describa lo impenetrable que es la oscuridad de una noche de invierno, bajo las ramas de los árboles. Durante un rato, deambulé entre los arbustos y, perdido, di dos o tres vueltas sin ver nada a pocos centímetros. Hasta que, logré llegar al camino de los carruajes. Allí, los árboles se abrían un poco y se vislumbraba una franja de cielo gris. Bajo ese cielo, los grandes tilos y olmos se elevaban misteriosamente, como fantasmas. A medida que me fui aproximando a la curva donde estaban las ruinas, el cielo volvió a oscurecerse y, a pesar de que mantenía los ojos y los oídos alerta, no podía distinguir nada. Por lo que recuerdo, tampoco se oía ningún ruido. Sin embargo, tenía la impresión de que allí había alguien. Es una sensación que 32


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todo el mundo tuvo alguna vez. Yo mismo he tenido la sensación de que alguien me estaba observando mientras dormía, y ha sido tan intensa que me he despertado. Supongo que mi imaginación estaba afectada por la historia de Roland y que la oscuridad está siempre llena de misteriosas sugestiones. De todos modos, afirmé mis pies con fuerza contra el suelo para darme ánimo y grité: –¿Quién anda ahí? No obtuve respuesta. A decir verdad, no la esperaba, pero no puedo negar que la sensación había existido. Mi estupidez era tal que ni siquiera me atreví a parar y darme vuelta. En cambio, seguí caminando con la cabeza hacia un costado, mirando con el rabillo del ojo la oscuridad que crecía a mis espaldas. Con gran alivio divisé una luz en los establos, que me pareció un oasis en medio de las tinieblas. Me dirigí rápidamente hacia aquel alegre y despejado lugar, y el golpeteo de los baldes de los empleados que se ocupaban de los caballos sonó en mis oídos como música celestial. El cochero era el jefe de ese pequeño grupo, y yo iba a su casa para seguir mis investigaciones. El hombre se llamaba Jarvis, había nacido en aquella región y se había encargado de la casa durante los años en que en los dueños estuvieron ausentes. 33


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Muchos años, por cierto. Conocía todas las historias del lugar y era imposible que no supiera nada de lo que estaba sucediendo. Cuando me vieron aparecer a una hora tan inesperada, advertí que los hombres me miraban con inquietud y que me siguieron con la mirada hasta la casa de su jefe. Jarvis vivía solo con su mujer, pues sus hijos se habían casado y desparramado por el mundo. La señora Jarvis me recibió con preguntas ansiosas: quería enterarse de cómo estaba el pobre niño. Pero sabían –lo leí en sus caras– que lo que me preocupaba y me había impulsado a presentarme allí de forma tan imprevista tenía otros motivos.

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