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III. LOS TORRES Poco después, un cartel indicó que habían llegado a El Durazno. Cruzaron el pueblo y tomaron un camino de tierra hasta una tranquera. Al mismo tiempo, llegaban cuatro chicos en bicicleta. Seguramente volvían de la escuela porque tenían guardapolvos blancos y mochilas. Uno de ellos abrió la tranquera. Ahora, el camino estaba bordeado por eucaliptos. Los chicos en sus bicicletas se adelantaron y los esperaron en el lugar donde la combi debía estacionar. Allí les dieron la bienvenida y los ayudaron a bajar los bolsos. Shun, Elvis, Paulina y Benito se distrajeron mirando el paisaje: pasto muy verde, flores, árboles de diferentes formas y tamaños, el río y allá, un poco más lejos, las montañas. Los maestros los llamaron para que se reunieran alrededor de un mástil tan antiguo que parecía el de Manuel Belgrano. Allí habían concentrado las mochilas. Benito no vio la suya. “¿Y si no está?”, pensó. La mamá le había pedido que no la perdiera de vista. Pero había dos grupos de bultos: uno con cajas, ollas, y un montón de bártulos que habían llevado los maestros. Y en el otro, donde estaban las mochilas y bolsas de dormir de los chicos, la encontró. ¡Qué alivio! Cuando el grado estuvo completo, llegó la hora del saludo formal de inicio de campamento. Era un juego que hacían de pie, en ronda, como pasándose aplausos. Los maestros decían que servía para unir al grupo. • 42 •


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Benito miró a sus compañeros uno por uno. Con algunos, en esos cinco años de primaria, casi no había hablado. De las chicas, con Lola, Violeta y Mariángeles. Pero con las demás, casi nunca. ¿Y con los chicos? Con Fabio en primer grado, porque se sentaban cerca. Con Félix, a veces, cuando se encontraban en la verdulería. Con Juan, porque eran los dos de Racing, y con Elvis y Shun sí, porque eran los más amigos, pero no tan amigos como Martín. Con Martín era otra cosa. Pero ahora, sin Martín, la ronda tenía un agujero. Además, el juego no servía para nada, pensó. Lo hacían en todos los viajes y algunos igual seguían humillando. Cuando el saludo terminó, los maestros les informaron cómo iban a organizarse: 1º. Almuerzo. 2º. Armado de sus carpas y de la carpa de la comida. 3º. Caminata para conocer el lugar. El punto de encuentro iba a ser siempre ese mástil, y allí había que ir cuando algún maestro tocara el silbato. También les recordaron que se iban a turnar para cocinar, lavar las ollas, limpiar y despertar al resto del campamento con el desayuno listo, y que todas estas tareas eran muy importantes y requerían mucha responsabilidad. Además, dijeron que cada uno tenía que lavar su vajilla, sus medias y sus calzones (risitas). Y lo más importante: bañarse todos los días. Con las últimas explicaciones llegó don Torres, seguido de unos chicos con fuentes de empanadas.


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Don Torres era muy alto. Tenía el pelo marrón y los ojos verdes, igual que algunos de esos chicos. Benito se preguntó si serían descendientes de los comechingones, porque él había hecho un trabajo práctico, sabía que los comechingones eran así y que en Córdoba todavía vivían más de 5.000 descendientes. Se había sacado Muy Bien. (No llegó al Felicitado por las faltas de ortografía). –Esta familia es la dueña del lugar –les dijo Chelo–. Nosotros estamos en su casa, somos sus invitados. Así que tienen que portarse igual que si fueran a pasar unos días a la casa de un amigo, ¿sí? No tirar papeles en el suelo, no arrancar fruta de los árboles sin permiso, no molestar a los animales. ¿Está claro? –¡Sí! –gritaron todos, aunque esta vez no había eco. Entonces habló don Torres: –Estamos contentos de recibirlos en nuestra casa. Esperamos que se sientan cómodos. Si necesitan algo, no tienen más que pedirlo. Los chicos que acompañaban a don Torres comenzaron a repartir las empanadas. ¡Eran riquísimas! En eso, Leo levantó la mano y Pablo le dio permiso para hablar. –¿Usted es el papá de todos ellos? –le preguntó a don Torres. –Sí, m’hijito. –Guau. Todos querían saberlo, pero nadie se había animado a preguntarlo: por algo Leo era Leo. • 44 •


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Como los hijos de don Torres se parecían tanto e iban y venían con sus bandejas, se hacía difícil saber cuántos eran. Por eso, cuando uno de ellos le dio su empanada, Benito le preguntó: –¿Cuántos hermanos son? –Seis –le respondió. Pero inmediatamente se corrigió–: No, cinco. ¡Cinco! “Claro, son tantos que no se acuerda”, pensó Benito. ¡Qué lindo debía ser tener muchos hermanos!


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IV. LA CASA PROHIBIDA A las dos y media empezaron a armar las carpas. Les costaba mucho, porque era la primera vez que lo hacían. Los maestros dieron algunas instrucciones pero estaban ocupados con la carpa grande para guardar la comida. Entonces Shun, sentado sobre una piedra, llamó a los que tenía cerca y les mostró en el celular un video de “Cómo armar una carpa en menos de tres minutos”. Había instrucciones para carpas iglú y para carpas canadienses, que eran las de ellos. Y así, siguiendo el paso a paso (aunque en cinco minutos), armaron todas menos la de Leo. Como ya se sabe, Leo no era de seguir a nadie y, además, no soportaba que en ese momento Shun fuera una especie de héroe. Así que armó la suya y, sin que nadie lo notara, fue desajustando algunas estacas y tientos de las otras. Se salvaron las carpas de los maestros y la de la comida, que era sagrada. Pablo iba revisar que todas hubieran quedado bien firmes, justo cuando llegó don Torres para llevarlos a recorrer el lugar. Mientras caminaban, don Torres les mostraba los árboles y las plantas: –Esta es una algarroba, esta es carqueja, esta es cola de quirquincho. A estos arbolitos bajos y espinudos les decimos churquis. Este es un tabaquillo, estos son helechos, estas son frutillas…”. –¿Frutillas? ¿Podemos probarlas? –preguntó uno. • 46 •


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–Sí, pueden. Son frutillas silvestres, m’hijo –dijo don Torres. Después bajaron al río. –Esto es arena y estas son piedras, m’hijitos –se burló Leo en voz baja. Pero Cecilia lo oyó y le disparó una mirada fulminante. Varios ahogaron una risita. –¡Qué agua cristalina! –dijo Pilar. Algunos la probaron. Estaba fresca y les pareció riquísima. De nuevo arriba, don Torres continuó con su explicación: –Estos son un piquillín y zarzamoras. –¿Así son las zarzamoras? –preguntaron varios, que solo las conocían en frasco. –Sí, y las usamos para hacer dulce –les respondió y siguió señalando plantitas–: Barba de piedra, ortiga de la sierra… –¿Ortiga? ¿También se come? –¡No! Tarde: Nacho ya había intentado cortar una ortiga y se había clavado un montón de espinitas que le dieron urticaria. Las espinitas se fueron, pero la urticaria quedó. Dos de las nenas de don Torres corrieron a buscar una hoja de aloe vera. –Ponete el juguito así, por la mano –le recomendaron, risueñas. Siguieron el recorrido. Pasaron por los baños, las duchas, los piletones para lavar la ropa y la vajilla, el molino y más árboles desparramados entre el pasto y las piedras. En el camino vieron un cuis (grito de Majo) y,


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después, una huerta grande. Don Torres les contó que, con lo que cosechaban, su mujer hacía berenjenas en escabeche y otras cosas, y también dulces que vendían en el pueblo. Él se dedicaba a los animales. Cerca de allí estaba la casa de la familia y, bastante más lejos, un corral con cabras, un chivo y cabritos. Atrás de la casa, de la huerta, del corral, subiendo la sierra hasta perderse de vista, una pirca larguísima indicaba que ahí terminaba la propiedad. –Ahora pueden volver. –¿No hay nada más para ver? –No. –¿Y esa casita de allá lejos? –preguntó Juan, señalando una construcción de piedra junto a la pirca. Don Torres cambió el tono de voz y, muy serio, respondió: –Esa casa está prohibida. Los chicos se quedaron mirándola. Les pareció que algo salía de ella. Pero no supieron si era una persona o un animal. Incluso si era real o si la palabra “prohibida” los hacía imaginar que lo veían.

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/ La casa prohibida era la famosa casa de piedra de la que el hermano de Juan había hablado y de la que los chicos más grandes contaban tantas historias. Unos decían que la habitaba un monstruo. Otros, un loco peligroso, o un fantasma. Muchos aseguraban que no, que nada que ver, que era un extraterrestre con cara de bulldog, venido desde una de las lunas de Saturno. O que la casa estaba maldita y que el que se acercaba tenía vejez prematura y a los ocho días se moría. Muchas historias se contaban sobre la misteriosa casa de piedra. Sonó el silbato: cita en el mástil para dividirse en grupos de trabajo diferentes de los de las carpas. Los maestros los llamaban brigadas y dijeron que eran para fomentar la integración. En la escuela, cada uno había tenido que escribir en un papelito los nombres de tres chicos con quienes quería formar su brigada. Después, los maestros, con un método especial, hacían que por lo menos dos de esos tres estuvieran juntos. Benito habría escrito en su papel: “Mariángeles, Mariángeles y Mariángeles”, pero no tenía ganas de mostrarle al mundo sus sentimientos, así que en vez de Mariángeles, puso a sus más amigos: Martín, Elvis y Shun. Por eso, que le tocara en la brigada con ella fue la sorpresa más grande de los últimos (y únicos) diez años de su vida. ¿Cómo podía ser? ¿Un error? ¿Una falla en el método? ¿Un desbarajuste porque Martín no había ido? • 51 •

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V. PRIMERA VISITA: UNA VOZ


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O… (No, no quería ni pensarlo). ¿O sería que…? (No, no podía ni pensarlo). ¿O sería que Mariángeles…? (No, no podía…). ¡¿O sería que Mariángeles había pedido estar con él?! Se hicieron las seis y media: hora de bañarse. Las duchas quedaban de camino a la casa de los Torres. Benito preparó una bolsa con toallón, champú, peine, ojotas, calzoncillo y medias limpias, jabón… ¿Y el jabón? El jabón no estaba. ¡Ni loco pedía uno prestado! Por eso demoró buscándolo en los bolsillos de la mochila grande y en la de mano, pero no lo encontró. Decidió bañarse con champú, que era casi lo mismo, y por fin salió de la carpa. En el camino se encontró con Leo, Nacho y Maxi. –¡Bañarse todos los días, hay que estar loco! –se quejaba Nacho. –¡Yo, si lo sabía, ni venía! –decía Maxi. –¡Yo menos! –dijo Leo y, cuando lo vio a Benito, le preguntó–: ¿A vos te gusta bañarte, Benito? –Y… más o menos. –¿Más? ¿O menos? –¡Miren, ahí está la casa prohibida! –gritó de repente Maxi, señalando la casa de piedra. –¡Buuuuuu! –le gritó Leo a Benito en el oído. –A mí no me da miedo –dijo Nacho. –A mí tampoco –dijo Maxi. –¡A mí menos! –dijo Leo–. ¿Y vos, Benito? ¿Te animarías a entrar? Silencio. Leo volvió a su pregunta anterior: • 52 •


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–¿Te gusta bañarte, sí o no? –No –dijo Benito, porque le pareció que esa era la palabra que Leo quería escuchar. Y sí, era, porque se puso contento y le dijo: –Entonces es tu día de suerte. Hoy no te bañás. Hoy, en vez de bañarte, entrás en la casa prohibida y nos contás qué hay. Nosotros les decimos a los maestros que te bañaste. Te mojás la cabeza un poco y ya está. ¿Qué dicen? A los chicos, la idea les encantó, pero a Benito… –¿Por qué dudás? ¿No era que no te querías bañar? –Sí… –¿Sí qué? –Sí que no. –Sí que no ¿qué? –¿No qué? –¿Me estás cargando, cabezón? –¡No, no, para nada! ¡Que sí, que sí, que voy! Benito le dio su bolsa a Leo y empezó a caminar. El sol abría sus últimos rayos por detrás de la casa de piedra. Era una luz que pinchaba y no lo dejaba ver bien. Entrecerró los ojos, se puso la mano como visera, y así fue acercándose, paso a paso, de árbol en árbol, reteniendo el aire en sus pulmones. ¿Por qué le había dicho que sí? ¿Porque quería ser su amigo o porque le tenía miedo? Y a la casa, ¿le tenía miedo? Necesitaba ser valiente. No marearse, ni sofocarse, ni temblar. ¡Cómo extrañaba a Martín! Era tan grande, Martín. Con él habría sido más fácil.


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Cuando estuvo cerca, vio que la casa de piedra no era alta, y parecía más baja todavía porque estaba semienterrada. El corazón de Benito sonaba tan fuerte que aturdía. Estuvo a punto de volver. “La recorro por afuera y listo”, se dijo. Comenzó a rodearla. No formaba un cuadrado perfecto: tenía recovecos y esquinas, y ese detalle le dio miedo, porque el monstruo podía esconderse en cualquier rincón, salir de repente y sorprenderlo. Pero iba a ser fuerte y seguir, para que por fin Leo dejara de molestarlos. Después, salir corriendo y no volver nunca más. La casa tenía dos ventanas con postigos de madera viejísima. Estaban cerradas. Dando la vuelta llegó a la puerta, sin picaporte a la vista. Quizás era solo cuestión de empujarla… “Mejor me voy”, pensó. “Mejor le digo a Leo que no había nadie y ya está. Y me mojo la cabeza para parecer bañado”, se dijo. Entonces la oyó. Oyó una voz que no parecía humana. Tampoco de perro o gato. Pero era una voz, sin duda, porque salía directamente de una garganta. Algún otro idioma, tal vez. No. Más bien una especie de ronquido. No eran palabras. Aunque por momentos era como un canto. Benito no se quedó para averiguarlo. Salió corriendo. Quería ir con su mamá… Fue a las duchas. Allí no había nadie. Solo encontró su bolsa, encima de un banco. Temblando, abrió la canilla, se mojó el pelo y se secó con la toalla. El miedo no, no pudo secárselo ni sacárselo, porque todavía chorreaba desde adentro. • 54 •


/ O, le, le, o, la, la, vamos quinto grado del colegio Santa Faz. • 55 •

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Cuando llegó a la zona de las carpas, vio que los chicos de su brigada estaban cocinando fideos con tuco. Él eligió cortar cebollas, así, si el recuerdo de lo que había oído le daba ganas de llorar, podría echarle la culpa a las cebollas. Pero capa tras capa, corte tras corte de cuchillo, Benito fue recuperándose, y la voz adentro de su cabeza fue bajando su volumen. –¡A comer, campamentoooooo! –llamó Chelo, cuando los fideos estuvieron listos. Los chicos se acercaron rápido. No había mesas: para tener un mayor “contacto cuerpo a cuerpo con la madre naturaleza”, habían armado el comedor con unos troncos grandes acostados alrededor de un fogón, y el plato se apoyaba sobre las piernas. Con el postre (quesillo y dulce comprados a los Torres) llegaron las canciones de campamento. La Doc tocó la guitarra, y Lola y Fabio acompañaron con sus flautas. Empezaron tranquilos, pero terminaron saltando al ritmo de: Olé, olé, olé, olé Olé, olé, olé, olá, vamo’el campamentooo, es un sentimiento, ¡soy del Santa Faaaz!


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Después, mientras seguían tarareando, lavaron los platos en los piletones que estaban cerca de las duchas, con esponjitas y detergente. Todos menos Violeta, que usó barro. –¿Con barro? ¿Qué hacés, Viole? –le preguntaron las chicas. –Es un truco que me enseñó mi papá. ¿Les conté que mi papá fue Boy Scout? –¡Ay, yo quiero probar! –gritó Pilar. Las otras chicas también usaron el método y, después de enjuagarlos, los compararon: los platos lavados con barro estaban igual de limpios. –De paso no contaminás el agua” –dijo Violeta, orgullosa. A Benito se le ocurrió que quizás la voz de la casa de piedra era de un mutante que quedó así por tomar agua contaminada, como le pasó al Guasón después de caer en la pileta con ácido. Estaba pensando en eso, cuando Leo se le acercó y le preguntó: –¿Y? ¿Qué viste en la casa prohibida? –Nada –murmuró–. Pero hay algo. Y habla muy raro. –¡El extraterrestre con cara de bulldog! –se entusiasmó Maxi. –¡Qué extraterrestre! –se burló Leo. –¿Pero cómo habla? –preguntó Nacho. Benito imitó el sonido que había escuchado en la casa, porque esa voz todavía giraba adentro de su cabeza. Los tres se quedaron quietos, con la boca abierta. Al fin, Leo reaccionó: • 56 •


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–Seguro fue tu imaginación porque tenías miedo. Y Benito, que no, que de verdad lo había oído. Y Leo, que sí. Y Benito, que no. –Quiero una prueba –le ordenó Leo. –¿Una prueba de qué? –Una prueba de que la casa no está vacía, de que eso que habla raro existe. Una grabación, una foto, algo. Y Benito, que no quería volver. –Sos un bebito, Benito –dijo Leo. –¡Benito es un bebito! –cantaron Maxi y Nacho. –Si no vas, les decimos a los maestros que no te bañaste –lo amenazó Leo–.Y los maestros le van a contar a tu mami –se burló. Entonces Benito, que voy, que voy, que voy. –Esta noche. –Está bien. –A medianoche. –¿Justo a…? Está bien, está bien, voy.


Benito no tenía reloj, pero le pareció que ya era medianoche porque hacía rato que todos estaban adentro de sus carpas. Salió como para ir al baño, pero siguió hacia la casa. Resguardándose en los árboles, encorvado, con la linterna en la mano, se fue acercando. Ya conocía la casa por afuera: sabía dónde estaban la puerta y las ventanas. Pero también sabía que no estaba vacía. Cuando llegó, bajó los escalones, tomó coraje y empujó un poquito la puerta. “Criiiii”, susurró la madera, aunque a él le pareció un grito. Se asomó. Adentro, un sol de noche encendido le daba forma a las cosas. Vio una cama. Estantes con objetos raros, como de barro, puntas de flechas y algo que parecía un hacha. También frascos con una cosa roja adentro. Un armario. Jaulas. Y en la pared, una enorme puerta de hierro, como la del horno de una bruja. Igualita. “Las brujas no existen, las brujas no existen, las brujas no existen”, se repitió. Aunque su mamá siempre decía: “No existen, pero que las hay, las hay”. Sin embargo, adentro no se veía a nadie. ¿Una prueba podría ser uno de los frascos con eso que parecía sangre? ¡¿La sangre de las víctimas del monstruo?! No quiso ni tocarlos. Mejor una flecha, o una de esas cosas de barro. ¿La almohada? No, el monstruo se daría cuenta e iría a buscarlo. ¿Cómo no se

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VI. SEGUNDA VISITA: LA PRUEBA

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le había ocurrido llevar el celular para sacarle una foto a la casa y listo? Quizás algo del armario. Empujó otro poco la puerta… Un nuevo “criiii” lo paralizó. ¿Y si el monstruo lo esperaba detrás? Pero imaginó las burlas de Leo, tomó coraje, se hizo lo más flaquito que pudo y dio un paso hacia adentro. Otro. Y otro. No había nadie. Por suerte el piso era de tierra y no crujía. Iba hacia el armario cuando pasó junto a la cama y, sin querer, tocó la frazada. ¡Tibia! ¡El monstruo o lo que fuera estaba cerca! Las piernas de Benito corrieron solas hacia la puerta. Trató de abrirla de un tirón, ¡pero estaba trabada! Miró el suelo. Algo la atascaba. Lo sacó. Era una hebillita. Entonces la puerta se abrió y, sin mirar hacia atrás, voló hasta las carpas. Cuando fue a abrir la suya, se dio cuenta de que todavía tenía la hebillita en la mano. Subió el cierre y se zambulló en el interior de la carpa. Juan y Elvis, en sus bolsas de dormir, parecían larvas resguardadas de cualquier peligro exterior. Benito también quería estar así de protegido, por eso se metió en su bolsa, con cabeza y todo. Pero pronto se dio cuenta de que estaba demasiado despierto para dormir. Buscó los auriculares y escuchó una, dos, tres canciones. No consiguió calmarse. Con la linterna, iluminó la hebillita. Era anaranjada y tenía una flor roja en el medio. ¿Una bruja con hebillita? ¿Un monstruo? Pensó en Frankestein, en el • 60 •


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monstruo de la Laguna Negra, en el doctor Octopus. No, ninguno usaba hebillita, ni siquiera el yeti, que era tan peludo. Entonces tuvo una idea: ¿Y si el monstruo comía nenas y la dueña de esa hebilla había sido una de sus víctimas? Recordó los frascos, las jaulas y ese enorme horno de hierro metido en la pared. Pensó que quizá las cocinaba, y el corazón se le arrugó. Si era así, en el campamento había ocho chicas y todas corrían peligro. Él era el único que lo sabía y tenía que averiguar si estaban sanas y salvas. Salió de su carpa y se puso las zapatillas. Empezó la investigación en la carpa 4. Subió el cierre despacito y a la primera que vio fue a Mili. Roncaba. A pesar de sus nervios, le causó mucha gracia descubrir que justo ella, la chica por la que todos los varones morían, roncaba como un camión. ¿Cómo podían dormir las otras, con ese ruido? Pero sí, dormían, y estaban todas. Tal vez ni siquiera ellas conocían el secreto de Mili. Bajó el cierre de la carpa 4 y abrió el de la 5. Estaban todas, pero no durmiendo. –¡¿Qué hacés, Benito?! –dijo Paulina enojadísima pero con una voz tan finita que daba risa. –No podés entrar en la carpa de las chicas –la apoyó Mariángeles. –¡No se entra sin permiso! –agregó Virginia, y eso que hablaba poco. Si Benito pensaba que tenía alguna oportunidad con Mariángeles, acababa de perderla. Debía inventar urgente una excusa que lo salvara.


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–Em… perdón, es que… yo… –y abriendo la mano, preguntó–: ¿Es de ustedes esta hebillita? Las chicas tardaron en reaccionar, porque no esperaban esa pregunta por respuesta. Dijeron que no. –¿Dónde la encontraste? –preguntó Mariángeles. –Em… martes 13, día de suerte –se le ocurrió a Benito, con una sonrisa apretada. –De mala suerte, querrás decir –lo corrigió Paulina. –El de mala suerte es el viernes 13, no el martes –la corrigió Mariángeles. –Los dos días –quiso conciliar Benito, y agregó–: Pero sigan, de verdad no quise molestarlas. –No quisiste pero lo hiciste –dijo Paulina abriendo los ojos grandes–. Y no entres más en nuestra carpa, nene. –Sí, nene –repitió Virginia. –Y danos la hebilla. Nosotras nos encargamos –dijo Mariángeles–. Es cosa de chicas. Y Benito… ¿qué iba a hacer?

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