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Reto単os de tronco viejo

A

LETRA NEGRA


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Retoños de tronco viejo D.R.Axel Javier Moreira Mazariegos © Axel Javier Moreira Mazariegos © para la presente edición, Letra Negra Editores 2011 11 avenida 2-49 zona 15, Col. Tecún Umán C.P. 01015. Ciudad de Guatemala. Teléfono: (502) 2369-6950 Correo electrónico: letranegra2k@gmail.com Foto de portada: Ana Mercedes Moreira De Paz / Rocío de María Moreira De Paz

No está permitida la reproducción total o parcial de este libro, ni su tratamiento informático, ni la transmisión de ninguna forma o por cualquier otro medio, ya sea electrónico, mecánico, por fotocopia, por registro u otros métodos, sin el permiso previo y por escrito de los titulares del copyright.


Reto単os de tronco viejo Axel Javier Moreira Mazariegos


las palabras del final... armando rivera* Cada ciclo de nuestra vida presenta un derrotero del cual, ni siquiera nos percatamos. Escribir es, sin lugar a dudas, un estado de trascendencia. Esta emoción, la escritura, -muchas veces- nos empuja a los límites imposibles, pero una vez llegamos a ese punto, encontramos nuevos destellos de felicidad. Hemos comunicado un pasado, presentimos un porvenir. En esa acción de compartir la palabra literatura, Axel, nuestro autor, nos deja la fe puesta en la memoria, por lo que se encamina en sus cuentos -como retoño-, para traslucir el arte de la vida misma. Sus narraciones están marcadas por la belleza de lo simple, existe en ellas un juego entre lo cotidiano y ciertos trazos de un realismo mágico que nos dejan en el filo de sus palabras. Por ejemplo, allí tenemos un niño y el deseo más grande, pero ante la brutalidad de la vida, lo hace trascender, vuela en la imaginación de la muerte. Evidencia, en esta breve narración, uno de los grandes problemas de la sociedad guatemalteca, el abandono de la niñez, donde ni los padres ni el Estado es capaz de proteger el futuro del país, solo los dejan morir, pero el autor impone un criterio de esperanza. Habrá un día que volar en la imaginación para entender que es posible la vida. Además, este cuento tiene la característica de narrar, solo nos hace ver la realidad, no intenta, como * poeta guatemalteco 7


toda la obra de Axel, convencernos de posición o de tomar partido. La realidad está allí, usted lector léala en la literatura del autor. Por aparte, otro sesgo en la narrativa de Axel son los recuerdos, eso que fue, pero no se va nunca de nuestros sentimientos, porque siempre se queda con nosotros, tal vez, la niñez sea el lugar preciso, la patria que tendremos hasta un día después del tiempo. Los recuerdos y la memoria en constante comunión, un testimonio de la vida plagada de acciones, algunas bellas, otras son simples banalidades que con los años se hacen vértigo y, en el descanso del otoño que vive el autor, se convierten en maravillosas anécdotas. Por ejemplo, la historia de un cura, quien tenía una prótesis, con el tiempo deja de ser el recurso antojadizo de una pandilla de amigos, el Padre Gancho, para convertirse en un hombre que dejó sentada una visión de fe en la vida de este grupo de muchachos. Entonces, recordar es un recurso –necesario- para el futuro, escribir es la acción de trascendencia. “Yo, soy” es un cuento sobre el tiempo que vive, que todos vivimos, al leerlo nos vemos reflejados en el futuro. Acá el autor, en esta colección de cuentos, nos deja el tiempo a nuestro favor, seremos un retoño de tronco viejo en otras estaciones de la vida.

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Dedicado a todas mis flores, que sé que me aman, y a los seres que se me fueron, amándome. a todos ellos, Si no os encuentro, os delataré ante el dios de los sueños.


Mis chunches del tiempo Todo inicia, luego termina; una vida se cierra con la muerte: un ciclo. Nada es perpetuo en este mundo. Lo que fue útil, dejó de ser. Lo que fue bello desmereció, se volvió “fello”, diría un tío de Don Pancho. ¡Ay, espejo cruel de que te ríes! Después del largo camino, solo quedan los recuerdos. Don Pancho en su juventud fue un tipo alegre, bonachón y simpático, no sé si por naturaleza y por su porte o por ambas cosas. Más aún, cuando se tomaba los traguitos con los cuates de la oficina, esos sábados chiquitos, donde hasta una guitarra aparecía, faltaba a la promesa de llegar a casa a buena hora. Porque a decir verdad, temprano sí llegaba, pero del otro día. Hoy, un tanto sumergido en pensamientos propios, creo, por la edad, alejado de las copas, se prometió vivir más. En estos días, se encierra en un mutismo, el cual considera su espacio inviolable, su mudo confidente que lo acompañará con su espíritu-humo cuando muera. Su esposa Casimira y sus tres hijas, Linda, Quelinda y Relinda constituyen para él su segunda camada. Hogar que ha venido a cimentarse en firme, con treinta abriles. Con el paso de esos hermosos años, las niñas crecieron y con ellas, obviamente, el alboroto de las mariposas y sus intereses cambiaron. De tal suerte que aparecieron los famosos enamorados y, como consecuencia del consejo de los viejos, era mejor traerlos a casa, pero allí empezó otro tipo de problema para don Pancho. 11


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Las niñas aunque un poco desordenaditas con los objetos de la casa, exigían las cosas impecables cuando su visita se anunciaba. No querían nada a la vista que no fuera lo que a ellas les gustaba. De esta suerte, desaparecían hasta los retratos de sus ilustres abuelos y tatarabuelos y las flores plásticas aunque de fina manufactura- con que les recordaban. Asunto que molestaba sobremanera al pacífico Don Pancho. El colmo de los colmos, era querer desaparecerle algunas mercaderías de su bodeguita, porque el señor era comerciante y la querían para convertirla en otra sala para sus amiguitos. Así empezaron las luchas. La casa, relativamente grande, siempre era insuficiente y en algunos ambientes había objetos que podían servir en cualquier momento, pero -para el gusto de las niñas- podían lucir mal ante los ojos de las visitas. Su improvisada oficina era un dormitorio con sus closet, desde luego sin las camas. Tenía un escritorio de fina madera, que no se veía, menos podía lucirlo, por todo lo que tenía encima. Desde luego no solo cosas de Don Pancho, allí se depositaban carpetas de proveedores, revistas, facturas, cajas con clips, pegamentos de todo tipo, limas, llaves, candados, bolígrafos, baterías, linterna, alambres, sierritas, y una cajita de madera, bien tallada, de loción “English Leather” -de su soltería-, en cuyo interior guardaba los ombligos y las pulseritas que las identificaron en la casa de salud, cuando nacieron sus queridas hijas y otra serie de chunchitos. Adornaba, dicho escritorio, también el bote de costura, las agujas de croché y tricot, los conos, bolas de hilos, de lanas y alguno que otro ensayo de tejido de Doña Casimira, lo mismo que algún par de sus medias. Allí apilados los libros de la “U” de las nenas, así como un rimero de papelitos, conteniendo teléfonos y direcciones. Unos collares, 12


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pulseras, cajas de maquillaje, cargadores -de diferente tipode celulares, controles viejos de video, discos compactos, casetes, algún que otro disco de acetato, los viejos long play, de algunos cantantes que su señora admiraba. Por cierto, los ejemplares de cocina y recetas para lo mismo y demás temas y argumentos de la vida cotidiana. Todo lo tenía bien controlado, también el interior de las gavetas. Se podrán imaginar que el único problema era que cuando necesitaba algo no lo lograba encontrar, aunque se dijese, “pero, si aquí lo acabo de ver”. Obligándose a comprar otro. Para poder trabajar cuando era necesario, tenía que sacar la bandeja diseñada para la máquina de escribir. Desde luego, como se comentó, por toda la casa había algún mueble antiguo u objeto familiar de su juventud o de la de sus padres o abuelos. También de la niñez de sus hijas, que representaba para él un patrimonio valioso, sobre todo sentimental. Un día se anunció una visita importante, trataron de meterle sus cositas al cuarto del desprecio, del abandono, donde lo que entraba, terminaba al fondo de la casa. Don Pancho, sumamente molesto al descubrir la acción, contó hasta diez tratando de serenarse en lo posible, luego volvió a contar otros diez y, por último, llamó a su señora y sus tres hijas, les dijo con cierto tono entre indignado, molesto o lloroso, “si tiran al cuarto del desprecio mis chunches, también me tiran a mí, quiero que entiendan, y por última vez se los vuelvo a decir, mis chunches son parte valiosa de mi vida, algunos casi sagrados, con ellos mi vida transcurre normal, mueven mis sentimientos de acuerdo a lo especial, lo que representa cada uno o de quien provenga”, lo dijo con la voz a punto de quebrarse en llanto. “No existe dinero que los pueda comprar, 13


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no pueden ser sustituidos por otros aunque sean de oro”, dijo casi severo en el tono. “Entiendan que ellos me hacen reír o llorar; que me trasladan a diferentes épocas y lugares”. Suspiró agitado y, con una breve inflexión en el habla, continuó diciendo, “me hacen vivir con otros seres queridos que ya no tengo la dicha de tener en este mundo. Les pido esto, por favor. Comprendan, sin ellos habría demasiado eco en esta casa; el sonido de los pasos retumbaría triste en las paredes”. Don Pancho, al final de su alocución, se puso muy sentimental, se sintió un poco mal, por lo que se sentó en la vieja silla mecedora que le quedara de su abuela. Sus ojos se aguadaron, bajó un tanto la cara para que no se dieran cuenta de su amargura. “Les pido paciencia, pocos son los años que me quedan de vida y cuando muera, saquen mis CHUNCHES, sáquenlos conmigo, quémenlos, tírenlos a la basura, o por lo menos regálenlos, si tanta malogra les hacen. Esto, de alguna manera tiene que suceder y será ese día de mi muerte, así la casa al quedar vacía, irá acomodando -poco a poco- los de ustedes”. Luego, guardó silencio y se quedó viendo a la nada. Hace algunos años pasé por un lugar mítico y sagrado, una casa que guardaba unos chunches de un casi olvidado Don Pancho. Al entrar por las habitaciones escuché -en tono quedito- como los recuerdos de aquel señor me hablaban del tiempo. Creo, puede ser nada más mi imaginación, haberlo visto, al final de aquella tarde, en la vieja mecedora de la abuela viendo a la memoria guardar los chunches.

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El libro del día y de la noche ¿Dónde encuentro la máquina del tiempo? Si en poder de alguien está, quiero que me la preste. Un instante, creo que basta para que pueda devolverme a mi principio y oler diferente, a niño, a adolescente. Deseo no sólo verme niño, sino volver a serlo, sentir lo que sentía, corretear por el campo, embriagarme -aunque sea- un instante, sentirme eterno, de formas, colores y fragancias, para abrir el libro del día y de la noche. Del libro del día, deseo recorrer el camino del arroyo límpido, cristalino, de notas suaves y arrullantes, provenientes de sus pequeñas caídas o cascadas, de su suave abrazo con las relucientes piedras; riachuelo gracioso y saltarín, de líquidas carnes frescas que intercambiando frescura por aroma con las plantas ribereñas lo arrastra enfrascándolo en su corriente, haciéndolo inigualable e imposible de imitar hasta por el más diestro perfumista. ¡Ah!, aromas. ¡Ah!, frescura a su orilla que aligera el paso del tiempo, que adormece y me transporta sobre el lomo de bellas y variadas mariposas de alas multicolores, cual corceles, hacen finas cabriolas sobre la multiplicidad de flores de pétalos tejidos con hilos de arco iris. En el escenario magistral de la arboleda oír el más hermoso concierto de aves e insectos, que compitiendo en formas y colores exóticos de plumajes y caparazones sueltan los pentagramas de sus trinos y sonidos, que se vuelven melodías, con linaje, con aliento a frutas frescas. Oír al respecto, la sabia crítica de los loros en ronco parloteo, por alguna ligera falla 15


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del concierto que provoca el filo de una hoja que no supo quitarse a tiempo del camino, en el paso de una nota y el meditar de corte serio desde la oscuridad del agujero del tronco en que habita, de la señora lechuza y el señor tecolote, que medio sacan la cabeza. Juguetonas las ardillas cola blanca, patinando desde arriba para abajo en gruesas ramas, saltando diestramente de una a otra; asustando de repente al pájaro carpintero que de la percusión se encarga en el ensamble. Son ellas las diestras bailarinas del concierto. Los gusanos medidores escribiendo pacientemente los pentagramas en los troncos y las hojas de enseñoreados árboles de caoba, cedro, hormigo, palo blanco, matilisguate, chíchique, plumillo, ceiba, volador y otros. Las aves responsables del concierto: cenzontles, clarineros, chorchas, chachas, chatías, chipes y palomas: veraneras, cachajinas, espumullas, tortolitas, torcazas, son vitoreadas por bulliciosas hurracas, cotorras, pericos, y chocoyos. Las abejas con sus vuelos y zumbidos entre flores, hacen cambios armoniosos en las notas. Siendo el ligero colibrí, el maese batuta del concierto. Entran y salen los violines del señor grillo y la señora chicharra, ligeramente ocultos entre las suaves hojas que alfombran las raíces de los árboles. El señor gavilán y el halcón asisten comportándose muy serios y prudentes por este momento, con toda la concurrencia. ¡Qué concierto!, ¡qué asombro y deleite provoca también en la gran familia cuadrúpeda, asistente!, ahí conejos y venados con las grandes orejas con dirección hacia adelante, capturando hasta el más mínimo detalle de la música. Tepezcuintes, armadillos, zorros y otros, sentados en troncos y raíces, guardando seria compostura; luciendo de etiqueta sus bellos abrigos naturales.

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Del libro de la noche, quiero absorber la humedad cargada de múltiples fragancias emanadas de flores, azahares, de hojas de enredadas o rastreras plantas, de arbustos o de árboles. Asustarme, aunque no soy consciente, de los fantasmas formados por la oscilación de las hojas de la flora con el viento y la luz que se filtra, proveniente de la musa eterna del poeta, la plateada luna en plenilunio. Prestar oído al Concierto de Cámara, en la ribera de los arroyos, de los enamorados batracios muy variados, lanzándose notas húmedas de cortejo prenupcial; velada a la cual asisten situándose en la orilla, camarones, anguilas, pececitos, cangrejos, alacranes y cucarachas de agua y otros, siendo discretamente iluminados por miles de espectaculares luciérnagas cargadas de fluorescente idea de hacer el amor. El señor tecolote y la señora lechuza han salido de sus troncos y se han posado en la punta de una gruesa rama, dándose furtivas miradas, encendidos por las notas, esto por ser viudos, pero hasta ahí, respetuosos y conscientes, de que no se aceptan híbridos en su especie. El tapacamino o caballero de la noche está quieto y atento sobre la húmeda vereda. La ágil comadreja, el gato de monte, el coyote, el tacuacín sensibilizados por las notas, se relamen y relamen, haciendo parada unos instantes, para luego seguir de cacería. Las cotuzas y taltuzas sacan sus cabezas del agujero más próximo al escenario. Todo el entorno se encuentra envuelto de múltiples sonidos provenientes del llamado hacia el cortejo de infinidad de insectos que ocasionan hilos de sensacional música, se hacen hebras o madejas y se desparraman en notas de especial sinfonía, dando como resultado una maravillosa y singular velada.

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Ha sido demasiado el poder de algunas plantas alucinógenas, sonidos, colores y fragancias para mí. Son las seis de la mañana y un acariciante rayo del señor sol llega a mis ojos, los entreabro, levanto simultáneamente mis brazos, bostezo, me estiro. Me he quedado plácidamente dormido sobre la fina pelusa de la grama en la saliente de un montículo, cobijó mi sueño. Debajo y rodeado de árboles de muy variadas y exquisitas frutas: naranjas, mandarinas, chincuyas, guanabas, zapotes, cushines, palales, paternas, caspiroles, caimitos, chicos, mangos, guayabas y otras. ¡Todo ha sido casi real! ¿Quién me prestó esa máquina que solicitara al principio?, que sé yo, pero gracias. En mi cama aún permanecen las fragancias, los olores y debajo de mis almohadas, los sonidos, los murmullos, los trinos y todos los suspiros del campo, que reviviré y gozaré en mi próxima noche. ¡Ah, qué raro!, veo que los ruedos, rodillas y posaderas de mi pantalón están cubiertos de lodo seco y, no solo eso, las suelas de mis zapatos están atascadas de lo mismo. ¡Vaya cosas! ni pensar, me volveré loco.

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La hormiga y yo Tres versiones ¡No!, no debe ser el título del cuento “yo y la hormiga”, está equivocado. Ni se piense, al conocer la historia, sabrá por qué. Primera versión Un agradable domingo por la tarde, sin las prisas, -que aunque parezca raro también se incluyen en estos días- por tanto apretujo económico, sentados a la mesa con mi familia, refaccionábamos placenteramente, comentando los hechos que se habían dado en el transcurso de la semana concluida. Del sagrado panito, algunas migas habían caído en el mantel; atento a lo que platicaban, por un momento bajé mis ojos y con mi dedo índice jugueteaba con los restos, cuando vi que una hormiga también estaba interesada. Aquel ser, escogía la miga más pequeña dando ligeras vueltas alrededor. Surgió de inmediato mi primer pensamiento de alerta y en defensa de mis intereses, mis derechos, mi mesa, mi casa, mis migas y todas las molestias que ocasionan cuando asaltan nuestra despensa, levanté un tanto más mi mano y poniéndole un traje verde olivo con camuflaje a mi dedo, lo bajé con más fuerza que la que se merecía el pequeño bicho. Todavía giré dos tres veces sobre la yema para completar la acción de aniquilamiento. Luego observé la escena para verificar si estaba bien muerta y, la verdad, fue tal la fuerza utilizada que no encontré ni restos, solo un fuerte olor a ácido acético o digamos vinagre, sentí.

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Me consideré victorioso en medio de un campo de guerra, oí trompetas, tambores y, más aún, los gritos de mis otros dedos celebrando la acción, la gran hazaña, la victoria consumada. Al poco rato puse un tanto de más atención en el campo de batalla y me fijé que un grupo familiar de hormigas, había localizado restos de la misma y la llevaban en fila a enterrarla o qué sé yo. Me sentí satisfecho, como un acto de guerra, ¡mis migas quedaban completas!, daba tregua para las honras fúnebres de mi adversario. Segunda versión Un agradable domingo por la tarde, sin las prisas, -que aunque parezca raro también se incluyen en estos días- por tanto apretujo económico, sentados a la mesa con mi familia, refaccionábamos placenteramente, comentando los hechos que se habían dado en el transcurso de la semana concluida. Del sagrado panito, algunas migas habían caído en el mantel; atento a lo que platicaban, por un momento bajé mis ojos y con mi dedo índice jugueteaba con los restos, cuando vi que una hormiga también estaba interesada. Aquel ser, escogía la miga más pequeña dando ligeras vueltas alrededor. Surgió de inmediato mi primer pensamiento de alerta y en defensa de mis intereses, mis derechos, mi mesa, mi casa, mis migas y todas las molestias que ocasionan cuando asaltan nuestra despensa, levanté un tanto más mi mano y poniéndole un traje verde olivo con camuflaje a mi dedo, lo apunté hacía el molesto y ladrón bicho, sin embargo, lo detuve, una fuerza interior en mí lo ordenó. ¡Oye!, le dije, ¿por qué te llevas lo que es mío?, ¿sabes que me fajo toda la semana para poder comprarlo? Date por dichosa, no sé qué fuerza opera hoy en mí, te perdono la vida, pero no te metas en mis lares porque 20


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la próxima no respondo. ¡Anda, vete, vete pronto!, no sea que cambie de idea, cuídate de decírselo a tus hermanas y evita que corran con peor suerte. La hormiga sin chistar palabra, dio la vuelta con la miga en sus tenazas, pero yo, presto a cuidar mis intereses, intervine con prontitud y sentencié: ¡dije que te fueras, que te perdonaba la vida, pero deja, deja ahí la miga! Tercera versión Un agradable domingo por la tarde, sin las prisas –que aunque parezca raro también se incluyen en estos días- por tanto apretujo económico, sentados a la mesa con mi familia, refaccionábamos placenteramente, comentando los hechos que se habían dado en el transcurso de la semana concluida. Del sagrado panito, algunas migas habían caído en el mantel; atento a lo que platicaban, por un momento bajé mis ojos y con mi dedo índice jugueteaba con los restos, cuando vi que una hormiga también estaba interesada. Aquel ser, escogía la miga más pequeña dando ligeras vueltas alrededor. Surgió de inmediato mi primer pensamiento de alerta y en defensa de mis intereses, mis derechos, mi mesa, mi casa, mis migas y todas las molestias que ocasionan cuando asaltan nuestra despensa, levanté un tanto más mi mano y poniéndole un traje verde olivo con camuflaje a mi dedo, lo apunté hacía el molesto y ladrón bicho, sin embargo, lo detuve, una fuerza interior en mí lo ordenó. ¡Oye!, le dije, ¿por qué te llevas lo que es mío?, ¿sabes que me fajo toda la semana para poder comprarlo? Date por dichosa, no sé qué fuerza opera hoy en mí, te perdono la vida, pero no te metas en mis lares porque la próxima no respondo. ¡Anda, vete, vete pronto!, no sea

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que cambie de idea, cuídate de decírselo a tus hermanas y evita que corran con peor suerte. La hormiga que en ese preciso momento tomaba una miguita, la soltó, levantó su cara y me respondió: “¡oye!, ¿qué te crees? Si estás migas que peleas, a la basura van; me agredes por ser grandote, pero, ¿qué tal si yo, de tu tamaño fuera? Además, ¿por qué te crees el dueño de todo lo que existe?, el espacio de todos los seres es propio a todos y tenemos los mismos derechos en la vida. Son ustedes los humanos, quienes han traspasado las fronteras y límites naturales de la vida. A nosotras y otros seres nos denominan irracionales, siendo los de tu especie, los despiadados. Nos sujetan en cautiverio, en colecciones, disecándonos y más barbaridades para lucirnos. Son ustedes los que han causado el desequilibrio en la madre tierra, del cual estúpidamente aún se quejan, como ejemplo, mataron al tigre por malo y con eso secaron inmensos pastizales. ¡Vaya ideas tuyas y de tu gente! Nosotras y otras especies de animales, no somos malas, nuestro comportamiento es natural, por lo tanto bien dirigido. No amasamos fortunas, ni volcanes de comida que se pudre, no nos asalta la gula; tomamos de la tierra lo necesario y nada más, además quiero que quede muy claro, no me vuelvas a decir, te perdono la vida. No eres nadie para hacerlo, no eres dueño de la misma. Cuida de la ruindad y la bajeza; procura morder bien para no tirar las migas y que te aprovechen.” ¡Increíble!, la hormiga sacudió sus manitas, dio la vuelta y se fue. Un gran calor corría en mi cuerpo, en mi rostro; era la vergüenza que sufría por la verdad dicha por otro. Hoy, cada vez que como pan me desobligo un poquito de los buenos modales y muerdo mal para botar más migas, muchas migas en mi mesa. 22


Fuera del límite de lo real Siempre he tenido la duda de creer o no las cosas espectaculares y misteriosas de la existencia, con una tendencia mayor a lo primero. Mi vida no ha cambiado -o lo ha hecho poco- desde aquel suceso. Han pasado dieciséis años de lo ocurrido y continúo acercándome al balcón de mi morada, ese que da a la calle principal, dos veces por día, siempre a la misma hora. No sé si he perdido mi tiempo o he ganado vida al hacerlo, pero creo que moriré con una enorme incertidumbre y, por ende, con una gran preocupación. Ella llegó sorpresivamente una bella mañana en que el sol irradiaba una sensual luz y todo lo que me rodeaba lucía mejor. Una fuerte brisa golpeó su falda y talló sus sinuosas formas, unas hojas doradas corrieron por sus pies. Su cabello largo se meció acariciando la albura de su cuello. Su paso era suave, silencioso. Su vestir un tanto sencillo no podía ocultar la gran personalidad que tenía y menos la sensualidad de su ser. Desde ese día, ella siguió pasando a la misma hora, una vez por la mañana y otra por la tarde. En su brazo derecho llevaba -enlazada siempre- una cesta tejida en mimbre. Nunca me dio por saber de dónde venía o a dónde iba, mi interés se enmarcó únicamente en verle y en sentir el aroma que expelía y dejaba, al pasar debajo de mi balcón. Nunca le hablé y ella nunca me saludó a su paso. Fue una comunicación telepática, extrasensorial, eran nuestros ojos inquietos quienes lo hacían, eran las elocuentes palabras de nuestras miradas. Lo que se dice sin hablar y lo que se siente profundamente sin tocar. Las limitaciones que tenía para 23


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provocar un acercamiento se debían a mi estado de recién casado y por qué no decirlo, felizmente con una mujer llena de muchos atributos. Mi comportamiento era excelente, no podía ser de otra manera. Cualquier desliz se hubiera conocido, en virtud que la villa era relativamente pequeña y casi todos los vecinos nos conocíamos por cualquier relación cotidiana. Transcurrió un ciclo de estaciones y su paso por mi acera nunca se interrumpió, mi fascinación por ella creció cada vez más, hasta empezar a provocarme una extraña desesperación y poderosos pensamientos, pudiese decir pecaminosos, por lo que empecé a llevarla en mi imaginación hasta mi alcoba. Muchas noches de insomnio acudieron a mi vida y en la penumbra de la habitación, la silueta de mi esposa en reposo, a pocos centímetros míos, era la muralla contra la cual se estrellaban mis fuertes inquietudes. Pasado un año de haber conocido a la extraña belleza, mi esposa se embarazó. Consideré que aquel gran acontecimiento en nuestras vidas iba a ser la fórmula para quitar de mi mente la inmensa atracción del otro ser, pero no fue así, contrariamente aumentó, provocando en mí una enorme lucha, pues amaba a mi mujer y, desde ya, al fruto que de ella se desprendería. La mirada sensual de aquella mujer, era fuego en mí. Ese caer de sus párpados, ese ligero instante en que volteaba ligeramente su cabeza para verme y sonreír, entreabriendo sus carnosos labios, constituía lo más grande que mi ser necesitaba para vivir cada día. Empecé a sentir locura, desesperación y mis pensamientos eran una lucha por fraguar un encuentro. Pero, ¿de qué modo? Era, como dije, casi 24


Contenido las palabras del final... .................................... 7

Mis chunches del tiempo ................................ 11 El libro del día y de la noche ........................... 15 La hormiga y yo ........................................... 19 Fuera del límite de lo real ............................... 23 Eutanasia ................................................... 27 Parto asistido por Dios ................................... 28 La Iglesia de La Merced y el Padre Gancho ........... 29 Mateo Puts ................................................. 37 El molinero ................................................ 42 ¡El potro blanco del Carrusel! ........................... 44 Retrospección ............................................. 47 Al final del arcoíris ....................................... 53 El bollo de chucho ........................................ 56 Entre el cielo y el infierno .............................. 59 Yo, soy… .................................................... 62

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Se han omitido algunas páginas de este libro, si desea comprar la versión completa PDF comuníquese a letranegra2k@gmail.com o puede adquirir un ejemplar en las librerías de prestigio de Guatemala. 


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