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Las maravillas en el paĂ­s de Alicia

A

LETRA NEGRA


www.letranegra.com

Las maravillas en el país de Alicia D.R.José Barrera © José Barrera © para la presente edición Letra Negra Editores, 2005 11 Avenida, 2-49 zona 15 C.P. 01015. Ciudad de Guatemala. Teléfonos: (502) 2369-2527 / 2369-6950 Correo electrónico: editores@letranegra.com Foto de portada: I.S.B.N.

No está permitida la reproducción total o parcial de este libro, ni su tratamiento informático, ni la transmisión de ninguna forma o por cualquier otro medio, ya sea electrónico, mecánico, por fotocopia, por registro u otros métodos, sin el permiso previo y por escrito de los titulares del copyright.


Las maravillas en el paĂ­s de Alicia JosĂŠ Barrera


A Don Víctor Hugo Cuevas Alfaro

Uno somos los tres, en nuestra soledad, y es profundo, y fuerte y extraño en verdad, el amor que nos une... Khalil Gibran

...and then I’ll tell you my history

Lewis Carroll


AHORA

QUE USTED LO PREGUNTA QUIERO DECIRLE QUE,

la mera verdad,

ya no lo sé muy bien, pero serían las siete de la noche cuando nos íbamos a ese lugar. Esperábamos en la esquina hasta que saliera el dueño, un viejo gordo y barrigón, cara de buey, que le echaba llave a la puerta de vidrio y, después, bajaba la persiana de puritito hierro. Menos mal quedaba una vitrina abierta. Era un almacén un poco raro, así metido, como escondido en el callejón y bajo un portal. Entonces, la Toya, la Polita y yo, corríamos alegres y atravesábamos la calle hasta meternos en el portalito ese, bien oscuro y frío, pero no nos importaba y nos sentábamos a ver la televisión. ¡Ah, qué días, carajo! Y no se oía nada en esos aparatos, sólo veíamos las puras caras hablando mudas, pero nos quedábamos horas y horas, de las siete de la noche hasta las doce, cuando las avenidas y todo el centro de la ciudad se comenzaban a vaciar de gente, y sólo caminaban tipos raros, borrachos o locos por esas calles de Dios o del Diablo, quién sabe. Además, pasaba la jura a cada rato. Se oían los motores o sirenas de las radiopatrullas de arriba para abajo, de abajo para arriba. ¡Y qué frío hacía, mamita de mi alma! Buscábamos periódicos o cartones para sentarnos, taparnos y estar bien, y nos arrimábamos uno al otro. Yo en medio y la Polita y la Toya a cada lado. Hasta muchas veces nos quedábamos dormidos, pegaditos como hermanos frente a los tres o cuatro televisores encendidos del almacén aquel. ¡Qué tiempo! ¿Cuántos años tendría yo?: doce o algo así porque ya me empezaban a crecer pendejos entre las piernas. La Polita tal vez ocho y la Toya diez o quién sabe. Nunca supe bien cuántos años tenía la Polita. Por más que le preguntara y le preguntara... 9


José Barrera nada. No se acordaba de nada o no quería acordarse. En todo caso sería de la misma edad que la Toya, más o menos. Pobrecitas, les agarré lástima a las dos desde que se me pegaron aquella tarde en la feria. Lo recuerdo como si fuera ayer. Yo andaba por ahí, con cara de susto, todo listo por si me levantaba algo que valiera la pena en alguno de los puestos. Se oía un musicón alegre, había payasos, tiro al blanco y juegos por todos lados. Yo tenía las bolsas del pantalón llenas de puños de poporopos y papalinas que se me hacían un puré bajo la tela. Y no sé cuántos merengues más llevaba. Creo que hasta una botella de limonada me había escondido bajo la camisa, prensada entre el pantalón y mi panza bien fría ya. En eso las vi y me cayeron bien. Estaban las dos con un montón de mara chiquita viendo una rueda de Chicago, se reían, entonces, me acerqué y reconocí al Chancleto que andaba de jefe de aquel grupo. Eran veinte patojos en total, digo yo. Y cuando me vieron el Chancleto hizo mala cara, pues no me quería el hijo de puerca. No, no me quería. Lo recuerdo bien ahora con sus pies descalzos, las uñotas y los dedos tierrosos sobre el asfalto mojado. Era invierno, claro, y cómo que no, si me pasaba todo el rato chorreando agua, buscando por eso toldos, puertas o cualquier lugar cabrón donde meterme. En todo caso, esa vez me acerqué al grupo, estuvimos hablando y vi nuevos ahí: estaba uno que venía de no sé dónde, de un pueblo lejano; había llegado a la ciudad caminando por los montes según él contaba. ¡Qué jodido!, y eso que era chiquito, tendría unos once años o algo así y se acababa de quedar huérfano. Viajó en parte a jalón también, pidiéndole a los choferes de camiones que lo llevaran a la capital. En fin, me acerqué y la Polita me regaló un banano medio negro que tenía, estuvimos platicando y después, todo el grupo, decidimos irnos al Cerrito del Carmen que quedaba cerca. Esa tarde la pasamos jugando todo el rato. Teníamos pedazos grandes de cartón y algunas cajas, que no sé de dónde sacamos, y cargándolas 10


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subíamos casi hasta la cumbre, nos sentábamos sobre los cartones para dejarnos ir... ¡chas!... deslizados sobre la grama hasta llegar a las faldas del cerro para volver a subir en una gritería que ni le cuento. Horas y horas en eso. Algunas señoronas del barrio protestaban y hasta llamaban a la polaca para que nos sacaran de ahí. Pero nosotros... ¡ah, patojos bandidos!, lo olíamos y nos íbamos al centro otra vez. Sí, así fue como empezó nuestro grupo. Todo porque el Chancleto trataba muy mal a la Toya y ésta se me pegó desde que me vio. Por eso después también se me pegó la Polita, pues las dos se querían como madre a hija, como hermanas, cuaches o qué sé yo. De ahí en adelante formamos un grupito de tres: yo y ellas. Claro, yo era el jefe, ni hablar, y escogía los restaurantes a los que nos metíamos mientras ningún mesero nos miraba. Llegábamos a veces casi gateando hasta las purititas mesas donde la gente decentona se tragaba lo suyo. Y la Toya era la más aventada, sí señor: “Que por vida suya”, “Que una limosna, por el amor de Dios, porque mi pancita está vacía señora chula”, “Que se lo suplico”; y le daban, vaya si le daban. Como era algo bonitilla, tenía la cara de angelito caído del puro cielo, y el pelo aquel, pues le regalaban y salía cargada de piernas de pollo mordisqueadas envueltas en servilletas, cocacolas a medio probar, pocos de arroz en bolsas plásticas. La Polita, en cambio, no era tan suertuda, como tenía siempre una cara tristona hasta más no poder y los ojazos dejaban ver que estaba jodida siempre, que algo la afligía, y vaya a saber usted qué era. Ni yo lo supe nunca y eso que me tenía confianza, pues al fin de las cansadas me agarró confianza porque al principio ni la mano me daba. Algo le había pasado, seguro. El Chancleto contaba que un tipo le ofreció un billete, que con engaños la metió en un carro y se la llevó. Era como las cuatro de la tarde y cuando apareció otra vez, dos días más tarde, estaba cambiada para siempre. Escupía a cada rato, como si hubiera tenido un asco que nada se lo quitara, y se quedaba viendo al cielo horas enteras con cara de 11


José Barrera perdida. Se volvió seria igual que una piedra... Pues sí, ni modo, lo entiendo, ¿y qué otra?, uno anda por esas calles del Malo, perdido, debilucho, y se acerca algún hijo de quien lo parió... Pobrecita, mejor ni pensarlo. Menos mal el tipo no la destazó como se supo que le pasó a la Juanita y también al Chingolingo, qué digo, se lo llevó un señorón elegante y, cuando lo encontraron, era un esqueleto comido por los zopilotes. Pero a la vejez viruela y olvidar es mejor. Lo bueno para nosotros era que andábamos ahí los tres, saltando de local en local. ¡Si hasta a las cantinas nos metíamos a sacar propinas o algún trago para calentarnos por la noche! Trago para mí porque la Polita ni olerlo quería, pero la Toya sí, daba un tragote y, haciendo pucheros como si hubiera sido purgante, se lo pasaba y... ¡ah, bandida!, se quedaba bien dormida con la cabeza sobre mis rodillas, envuelta en la colcha aquella. ¡Qué colchas, madre! Apestaban a lluvia, a mugre, a gatos que se nos acercaban, a perros callejeros igual que nosotros. ¡Aquellos eran tiempos! Pero la verdad a mí lo que más me molestaba era el frío; siempre tenía frío en las noches, ¡qué huevos! Me entraba por todos lados aunque me tapara bien. Lo sentía sobre todo en las paturrias y, como al principio no usaba calcetines ni zapatos, lo sentía peor. Y también estaban, para acabar de amolarme, las pesadillas mías... ¡Diosito lindo!, ¿qué serían? Soñaba manos peludas igual que tarántulas, polacos alrededor mío, la cara empurrada de mi padre antes de que se fuera para siempre a los Estados Unidos, y la cara de mi vieja antes de que muriera. Las tenía casi cada noche y la Toya, que se acostumbró a oírme despertar gritando, se reía la muy condenada, luego, se me acercaba y nos abrazábamos para volver a dormirnos en el rincón aquel que conseguimos. Así nos quedábamos, como perritos los tres. ¿Pero qué...?, la Toya también se despertaba a veces en la madrugada, bien agitada, temblando de miedo y me decía “Mamá” en la oscuridad. ¡A quién se le ocurre decirme 12


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mamá a mí! Después, conseguimos otro lugar para echar la dormida. Bueno, era más bien un zaguán hondo y, hacia allá, al subir unas gradas, había una puerta a la derecha que daba a un como hoyito que quién sabe para qué servía. Ahí nos quedábamos casi siempre, callados para que nadie nos fuera a sorprender. Ni siquiera una vela encendíamos, sólo si era de verdad necesario. Era un edificio antiguo, grande, que botaron según me han dicho. Sea como sea, nos sirvió mucho ese rincón. Ni la lluvia ni el frío se metían tanto como en el parque o en el portal. Me acuerdo de una noche que la Toya se despertó diciendo que tenía sed. No me dejó de joder toda la noche. Era ya las tres de la madrugada y la botella que dejábamos al lado estaba vacía, hasta que, cansado de tanto oírla, le di un manotazo. Para qué lo hice, me dejó de hablar tres días. Estaba más brava que una chichicúa y la Polita medio la secundaba. Al fin, les pedí disculpas a mi manera, pues un día me levanté un pito de barro de un puesto del mercado. Se lo di a la Toya, pero luego me arrepentí porque las dos no dejaban de fregar soplando y sonando el pito hasta que se dieron cuenta de que llamaban mucho la atención y lo dejaron. Era el mes de marzo, si no me falla la memoria, pues ya había calor y por eso nos íbamos seguido al parque a juguetear hasta que se nos acercaba algún baboso a decirnos que por qué no olíamos pegamento. Menos mal por esas fechas nunca lo hicimos. Y quién sabe por qué no lo hicimos. La Polita decía que era pecado y la Toya decía que no era tan malo, lo decía abriendo los ojos, aquellos ojachos que en alguna parte, dondequiera que estén, se acordarán de mí. Pobrecitas, así nos tocó, pero algo aprendimos. Ojalá les vaya bien, quiero decir, sobre todo a la Pola que ahora ya tiene alguien por quien ver. Éramos tan patojos y ya hace un montón de años de todo esto. Bueno, no tantos, lo que pasa es que uno pierde la cuenta

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José Barrera aquí, en este lugar donde ni el aire quiere entrar, ni la luz ni las tinieblas siquiera. Pero me he de ir de algún modo. Me he de ir...lo juro, lo juro por San Bartolomé y la puta que los parió. *** Ya no podría decir ni el mes ni el año cuando me metí en todo eso. El caso es que yo pasaba por ahí seguido. Era una calle fea, que no me gustaba, pues salían chuchos de las puertas que me ladraban y asustaban. Pero tenía que pasar por ese lugar para dejar las bolsas con colchas y algunas otras cosas donde el zapatero que nos las guardaba a veces. Ese día venía de regreso cuando, desde la ventana, me llamó la señora que le dije. Yo ya la había visto que me miraba, que me observaba desde hacía varios días. Serían las once de la mañana y había sol, un sol del carajo. Cuando pasé frente a su casa, ella, metida entre los barrotes de sus ventanuca, vestida de negro como siempre estaba, me llamó: “Acércate” me dijo con su voz de melcocha. “Vení mijito” dijo y yo, de puro bobo, me acerqué. ¡Lo qué es uno de pequeño! Me preguntó si quería un pan y le dije que sí moviendo la cabeza porque las palabras no me salieron por la boca. Me dio miedo la vieja con su boca picuda, su cara de lagartija y su ropa negra que parecía que alguien se le acababa de morir. Esa vez me dio un pan sabroso que, después de irme corriendo, porque me fui corriendo, me lo tragué en dos bocados de puro hambriento que andaba. Al día siguiente volví a pasar por esa calle y, dale, la vieja otra vez me volvió a llamar desde su ventana embarrotada. Me ofreció otro pan, me dio un refresco embotellado y empezó a hacerme preguntas: que cómo me llamaba, que dónde vivía, que quiénes eran mis padres y un montón de cosas más. Yo, claro, le mentí como le mentía a los polacos que me paraban a cada rato en las calles. Pero uno es necio, sí señor, y en vez de tomar por otro lado, volví a pasar por esa calle y la vieja, que seguro me esperaba, volvió a llamarme desde su ventana. Yo la notaba rara, a pesar de lo distraído que uno es a cierta edad, la notaba algo chiflada. Y 14


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dicho y hecho, esa vez me dijo que por qué no entraba a su casa y me sentaba a la mesa para comer, que hasta podía jugar con sus hijos si quería. Esa vez dijo así: “Mis hijos”. Desde la banqueta, por esa ventana, se podía ver una habitación de muebles viejucos, grises; más allá, un patio donde había un loro parado sobre una rueda que colgaba de las ramas de un árbol de mango. En fin, acepté y entré a aquel caserón frío, lleno de corrientes de aire. Me llamó la atención el techo alto como iglesia y los enormes retratos en las paredes. Había tres gatos y la casa más bien apestaba a eso, a gatos y otras cosas raras que no reconocí. Total, me senté en un sofá. La vieja, sonriendo como si yo hubiera sido una visita muy importante, me pasó la mano por el pelo, me sirvió una taza de chocolate, unas tortillas con huevos revueltos y unas champurradas bien ricas. Me lo zampé todo a la barriga en cuestión de dos minutos. Ella, sentada frente a mí, me miraba y me miraba con aquellos ojos de bruja que no se decide a ser mala. Me miraba con una mirada como ambiciosa que sólo después entendí. Al ratito, cuando ya había terminado de comer y estaba tomándome mi taza de chocolate bien caliente, apareció en esa sala una niña rechula, bonita, vestida con una falda a cuadros y una blusa blanca. Me di cuenta de que era un uniforme de escuela, pero me hice el que no entendía ni notaba nada y seguí tragando, sintiendo la mirada de la vieja sobre mi cara de aquellos días. Me presentó a su hija, según dijo y, cuando ya estaba a punto de irme, la muy bruja se levantó pues tocaron, abrió la puerta y, entonces, los vi. Entraron cuatro o cinco viejas también vestidas de negro, más un tipo vestido con un traje gris color rata. Todos empezaron a hablar y, cuando me levanté de la silla para irme, la vieja, con un tono mandón que no le conocía, me dijo: “Sentate aquí”, y de inmediato cerró la puerta de esa sala. Yo, por curiosidad de niño o tal vez por puro miedo, me senté en el banco a esperar. La vieja sacó a su hija al patio diciéndole: “Venís cuando te llame”. Entonces cerró esa otra 15


José Barrera puerta y, luego de decirles a sus visitas que se sentaran alrededor de aquella mesa redonda, pues era redonda, se lanzó a cerrar las ventanas, una que daba al patio y otra a la calle, y a correr las cortinas color azul marino. ¡Santa Maria de las cachuchas!, la pieza se puso oscura igual que una cueva. Lo único que vi, en medio de mi temblor, fue que apareció una lucecita que era la flama de un fósforo que alguien encendió de inmediato. Todos estaban sentados alrededor de la mesa y yo por ahí, al lado, aplastado en mi banco con los ojos que seguro se me caían de puro susto. “No te aflijás vos” dijo la señora, prendió otro fósforo y empezó a encender las velas de un candelabro que hasta ese momento yo no había visto para nada. Estaba sobre un mueble color de ataúd podrido donde también había unas figuras que, aún hoy que lo pienso, no sé qué eran. Parecían perros con cuerpos de lagartos y otras parecían pájaros con cuerpos de perros. Yo sólo atiné a decir: “Ya me voy”, pero la vieja se me acercó arrastrando su falda larga, tanto que hacía ruido al rozar el piso. Volvió a ponerme una mano en la cabeza pelona y dijo: “Debés esperar hasta que terminemos. Si se apagan las velas o veladoras, aquí tenés” agregó y me dio una cajita de fósforos. “Tu misión es volver a encederlas ¿Entendés?” preguntó como amenazándome. Yo bajé la cabeza y supe que tenía que esperar. Recuerdo que cerré los ojos, me persigné y tragué saliva. Al abrirlos puse la mirada sobre un gato que, bajo la mesa, medio dormía y a ratos, sin abrir los grandes ojos, se lamía todo como si le gustara su propio sabor. Se pasaba la lengua por las patas peludas como si se estuviera relamiendo por algo sabroso que acababa de probar. La vieja, por su lado, soltaba un olor a ajo, a vinagre, a quesos rancios. Las velas, a pesar de ser tantas, apenas alumbraban el lugarejo aquel. Entonces, el grupo empezó a hablar de nuevo. Yo no entendía mucho porque hablaban al mismo tiempo, además, decían palabrejas raras. Vi que se tomaron de las manos y ahora sí, ¡nanita de mi alma!, empezó el merengue: “¡Ánimas, ánimas desatadas!” dijo la vieja con una voz que casi me cagó ahí mismo. Sólo sé que brinqué sobre el 16


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banco y la vieja me volvió a mirar con una mirada como si se hubiera untado chile en los ojos o en el culo, pues tenía los ojos rojos, igual que los del gato bajo la mesa que también a veces me miraba y parecía que tuviera flamas de candela él también, allá lejos, bien metidas tras las pupilas. “¡Ánimas, ánimas del Purgatorio y del más allá!” dijo otra vez la vieja con una voz que más parecía salida de alguna caverna. “Te convocamos, conocedor, Maximón..., te invoco a que sepas hablar, a que sepas decir, a que expreses aquí, a que cuentes ante nosotros, del modo que prefieras contarlo, lo que queremos saber. No nos dejen sin luz, ánimas benditas, ánimas perseguidas de todos los submundos... Ausentes, difuntos y difuntas, conocedores, médicos invisibles, ánimas del mundo celeste o del mundo oscuro...” Ni que decir que yo estaba que se me caían los dientes de puro miedo. Y discúlpeme usted por hablar así. Bueno, gracias por entenderlo. Pero si hasta ahora, cuando se me viene todo eso, aunque ya no creo, se me pone la piel de gallina otra vez. Gallina bien culeca, sí señor, porque aquello no fue nada en comparación con lo que venía. Si lo hubiera sospechado me voy de ahí de cualquier forma. Salgo corriendo aunque hubiera tenido que abrir las puertas a patadas. Pero uno era niño y los niños niños se quedan. *** Por cierto, le decía ayer, me parece que lo estoy viendo todo otra vez: la señora se paró con los ojos cerrados, se quitó un crucifijo que llevaba en el pecho, lo puso en el centro de la mesa y, después, lo cubrió con un pañuelo azul de bordados amarillos. “Por si es de luz o de sombras” dijo. Yo no entendí y creo que tampoco los que estaban ahí. Como cosa rara el tipo de traje gris era el más miedoso. Se le notaba. Aunque lo veía de lado le notaba lo cobardón en los movimientos y en que se pasaba un pañuelo por la frente a cada rato. En eso, después de sentarse

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José Barrera otra vez, la vieja a quien llamaban “Doña Evangelina”, pero que a mí me dijo que se llamaba Carlota, abrió los ojos saltones y curiosos y dio un pujido como si fuera a parir. Una de las señoras medio fufurufas, la que estaba a su lado, dio un respingo de puro susto y se soltó de la cadena de manos tomadas que habían formado, pero al momento la vieja Evangelina, de quien sólo después supe que realmente no se llamaba Evangelina más que en las sesiones, sino de veras Carlota, la volvió a tomar de la mano con un gesto entre comprensivo y dominante, y dijo: “Ahora, lo estoy sintiendo, es el momento esperado...” o algo parecido y empezó a orar. Estuvo así, cuchicheando oraciones medio minuto y, después, hubo un silencio. Yo seguía en mi rincón, con ganas de salir corriendo, pero ya también con algo de curiosidad. Había oído a mi madre contar leyendas, historias de espíritus o aparecidos, y ahora tenía la oportunidad de presenciar alguna. El gato seguía echado bajo la mesa sin enterarse de nada, pero los gatos, ya se sabe, son mensajeros del Malo. Por eso evitaba verlo a los ojos brillosos, no fuera a ser que el animal me embrujara de algún modo. La señora Evangelina —pues había que llamarla así durante las sesiones—, se movió en su silla. El silencio se alargaba en esa sala como si todos esperaran que sucediera algo; a mí me parecía que la ciudad entera estaba pendiente de aquella sesión hasta que, en un momento dado, la vieja habló otra vez: “Aguas de los cielos, del firmamento bendito o maldito. Del Palacio Oscuro o La Casa de la Luz. Médicos invisibles... ¿Cómo se llamaba la niña?”, preguntó, de repente, con una voz de sapo que quiere ser jilguero: “Hortencia” contestó la que estaba a su lado. “Tenía veinticuatro años” aclaró el tipo miedoso. Entonces, la señora Evangelina los hizo levantar las manos sin romper la cadena, volvió a meterse en una oración rara y, luego de que volvieron a dejar descansar las manos sobre la mesa, y de que la vieja soltara un montón de pujiditos trabando los ojos como si un ataque de nervios la estuviera jodiendo, se vio aquello que a 18


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mí, por lo menos, me hizo abrir la boca y empezar a temblar: el pañuelo se elevó medio metro sobre la mesa, se elevó con todo y crucifijo. Luego, el crucifijo de madera y el pañuelo volvieron a caer sobre la mesa. Eso fue suficiente para que una de las viejas gritara ahí mismo: “¡Jesús bendito!” y se volvió a sentar toda alarmada y cacareadora. La señora le hizo un gesto para que se calmara, dio otros pujidos y empezó a canturrear quedito, a decir cosas como: “Aquí estamos, si podemos saber tus palabras, dímelas a mí. Habla, habla a la luz de las velas, habla al viento y a la noche, te oigo... sí, te oigo... di tu palabra. Ah... estás bien, que nadie se preocupe, que te fuiste en paz... Que no es tu alma la que somata puertas o murmura por las noches... Que no es tu alma la que hace ruidos en esa casa. Es justo saberlo... quieres decirlo... decirles... aquí a los presentes, a tu familia... Ah, que estás bien..., que es otra, un ánima chocarrera la que agita los corazones de los tuyos...Entendemos Hortencita... No te preocupes...Vete en paz. ¿Dices que volverás otro día?..., y no sabes cuándo... ¿Que estás bien, pero algo importante quieres contarnos mas ahora no debes ni puedes decirlo?... Entendemos...” Y, al fin, la vieja Evangelina bajó la cabeza como si se la hubieran cortado de tajo, pero no era nada, sólo estuvo así muy silenciosa, con la cabeza igual que un crucificado, con el cuello doblado como pato degollado, hasta que un minuto más tarde, cuando la gente ya se calmaba, respiró hondo, se levantó con los ojos enrojecidos, sonrió y me pidió que apagara las velas, que corriera las cortinas y abriera las ventanas. Tardé por lo menos dos minutos en recuperarme y cumplir sus órdenes, pues estaba más para allá que para acá... Esa vez, después de que se fueron “las visitas” como ella decía, la señora me dio un vaso de limonada y no paraba de reírse tal vez por verme tan pálido de susto. Se sentó frente a mí y volvió a hacerme preguntas, y yo que “Sí, me llamo Lico, vivo con mis padres en las afueras de la ciudad. ¿Que en qué barrio?..., pues fíjese que no sé. ¿Y qué hago aquí?..., pues que no voy a la 19


José Barrera escuela y mi mamá está trabajando en una casa que queda lejos”. Y no sé cuántas mentiras más. Creo que la señora Evangelina o Carlota se las tragaba aunque tal vez no, quién sabe, pues era astuta la vieja. Lo cierto es que me propuso que si quería podía llegar todos los martes y viernes en la mañana, a las diez temprano dijo, después me dio un billete y me despidió porque llegó su hija, que se llamaba Alicia, y las dos tenían que salir. Ya en la calle pensé que iba a regresar, cómo si no, pero no tanto por el billete, ni menos por las “Sesiones de tropas invisibles” como ella decía hablando de los espíritus de difuntos que convocaba, sino por Alicia. Sí, madre mía, pues era la cosa más linda que había visto en la vida, en mi triste vidurria de “patojo callejero” como la misma Alicia me gritó, meses después, un día que estaba brava. De cualquier forma por eso, durante mucho tiempo, llegué cada martes y viernes tal como doña Evangelina me pidió. Llegaba a eso de las diez. Únicamente los martes me tocaba presenciar las sesiones de espíritus o ver cuando tiraba las cartas para leer el destino o adivinar la suerte. Los viernes me tocaba limpiar, pero mi decepción era grande porque la Alicia casi nunca estaba ya que andaba por la escuela y regresaba como a las dos de la tarde. Yo, claro, hacía todo lo posible por retrasarme para poder verla aunque fuera unos minutos. Me quedaba lelo al nomás oír su voz en los corredores y sentir su presencia por las habitaciones o el patio donde el loro decía frases como: “Lorito real de Portugal” más otras gracejadas que Alicia o la señora le habían enseñado. ¿Cuánto duró todo aquello?... ¡Sepa el Diablo!; sólo sé que llegué casi durante dos años, y como a los tres meses de estar por ahí me las arreglé para verla durante más tiempo. Le expliqué a la señora que los viernes ya no podía ayudarla a barrer y trapear su casa o a ir de compras al mercado, sino que mejor los sábados, pues mi mamá me necesitaba también el viernes. La vieja, aunque refunfuñando, aceptó y así empecé a llegar cada sábado a las diez de la mañana y, entonces sí, pude ver a Alicia todo lo

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que me fue posible. Me las arreglaba para estar cerca de ella durante esas horas. La veía hacer sus deberes, sentarse en la hamaca o juguetear con los gatos porque eso le gustaba mucho, juguetear con los animales aquellos, sobre todo con uno color café y manchas blancas al que llamaba: “Titino” y con el que se había aquerendado mucho. Yo no sé si ella se fijó, pero me iba triste siempre, triste por ya no verla hasta días después. Salía de ahí como deshecho, llegaba al parque donde la Polita y la Toya me esperaban y, al nomás verme, me arrebataban la bolsa con panes y comida que la señora casi siempre me daba. No, no quería que la Alicia supiera nunca que yo dormía en las calles, que no tenía más familia que la Pola y la Toya a quienes empecé como a despreciar, pues en mi cabeza únicamente estaba la Alicia. Alicia día y noche, Alicia por la tarde y la mañana, en las paredes y los techos, en el cielo y en la lluvia. Pasaba las noches casi en vela pensando en ella. Y ahí fue donde empezó mi mal, digo yo, porque medio desesperado a pesar de que aún era chiquito y la voz apenas me empezaba a cambiar, me fui una tarde con la Toya a buscar al Chancleto que andaba siempre por la plaza de armas. Lo encontré y, sin necesidad de pedírselo, me ofreció un poco de pegamento y, no sé por qué, por lo tristón o decaído, aunque nunca había aceptado ese veneno, esta vez sí, me llevé el frasco a la nariz sin vacilar y di un primer jalón con fuerza, tal como había visto que lo hacían otros. Sólo sentí un ardor que me subió a la cabeza y, luego, fue bajando hasta cubrirme los ojos. “La primera vez es la que vale” dijo el Chancleto y otros ahí se reían. La Toya enojadísima, aunque a veces también probaba, se fue y ya no la vi todo ese día porque me puse una borrachera de padre y señor mío. ¡Ah, qué carajo! Esa fue la primera vez. Después vinieron el jalón de porros, polvos y pastillas de todos los colores. Todo eso hasta aterrizar aquí donde estoy, enjaulado igual que un mono, entre barrotes y sin señas de salir. Pero que cuento ni cuento, aquello me acabó de ajustar, pues, como le dije, me tiraba los grandes toques, jalones de tíner y hasta tragos de guaro puro y, después, me iba 21


José Barrera a dormir al rincón donde la Polita y la Toya empezaban a estar cada día más enojadas conmigo. Yo ni por enterado me daba, me pasaba las noches en mi rincón viendo cosas, luces de colores igual que flores de fuego en el cielo pero, sobre todo, alucinando con la Alicia, con sus ojos o sus piernas que ya había visto una vez mientras ella estaba tendida en la hamaca balanceándose de un lado al otro. Yo la soñaba, pues, veía la piel suavecita, suavecita de sus muslos, sus brazos y su cara y me ponía a suspirar. “Sálveme el cielo” pensaba a veces en mi rincón y seguía así de niño viejo, meses enteros, tragando gordo en soledad, bien enamorado y bien chingado. Un día, un martes, creo que la señora lo notó. Lo notó porque llegué algo quemado y, en vez de saludarla con el nombre de Evangelina, que era el que debía usarse cuando iban a llegar visitas, le dije “Buenos días doña Carlota” y ella se me quedó mirando. Me lo notaría en la voz o en los ojos, quién sabe. De todos modos, sólo me miró hondo y no dijo nada. Era media bruja pero no era tan mala. O quizá estaba muy ocupada, pues desde dos semanas antes estaba esperando una “visita especial”. Incluso me había obligado a limpiar la sala de arriba abajo, a cambiar las cortinas, a pasar trapos húmedos por cada mueble y hasta a pintar un rincón de paredes descascaradas. Esa vez tuve que empezar a trabajar a las ocho y estuve bien atareado. Total, aquella mañana la casa estaba lista. A las diez dieron tres toquidos a la puerta y ella me dijo toda nerviosa: “Ya sabés”, pues me había instruido en todo lo que se debía hacer. Si hasta ropa me había comprado para tales ocasiones y mentía a las gentes que llegaban diciéndoles que yo tenía “Capacidades de médium”, después, a solas me aseguraba que así un día me podría ganar la vida con un oficio honrado. Esa vez, pues, al abrir la puerta, ¡ah, qué cosa!, me acuerdo que me quedé con la boca bien abierta. Era un militar, un coronel de uniforme y pistolota a la cintura acompañado de un soldado que, ahora que lo pienso, debe haber sido su chofer o guardaespaldas. La 22


Las maravillas en el país de Alicia

señora los invitó a pasar y el acompañante, luego de echarle un vistazo desconfiado a la casa, dijo: “Lo espero, coronel” y se fue a la calle otra vez. La señora Evangelina —en ese momento era más Evangelina que nunca y que ni se me fuera a ocurrir decirle su verdadero nombre—, estaba que se caía de nerviosa y empalagosa: “Que pase a mi humilde casa coronel Rodríguez... Que siéntese, por favor... Que me hace un honor inmerecido al venir a consultarme...Que cómo está su señora quien hace ratos no viene por aquí, y qué tal los niños...” Y así por el estilo hasta que el viejo de espaldas anchas como leñador y mudo como él sólo, pues no dijo casi palabra todo el rato, la interrumpió: “Amable señora no tengo mucho tiempo, procedamos de inmediato” o algo parecido, y ella: “Claro, lo entiendo perfectamente”. Era la primera vez, desde que la conocía, que se había pintarrajeado el rostro. Entonces, como el coronel me miró con desconfianza, ella me hizo una seña para que me acercara y, después, de inmediato, me presentó explicando que era un sobrino suyo que había heredado sus mismas “Facultades espirituales”. Yo sabía lo que tenía que hacer: corrí las cortinas, encendí un volcancito de incienso y, luego, las tres velas negras y las tres velas moradas más el montón de veladoras. La Alicia estaba hasta el fondo de la casa estudiando según parecía, porque sólo después averigué qué era lo que en verdad hacía en aquellos momentos. Pero la sesión empezó ahí nomás, sin ningún retraso. El coronel y la señora “Evangelina” se sentaron, se tomaron de las manos y la “médium” empezó a hablar en musaraña. Decía esas palabras especiales de la lengua celestial que hablaba cuando los espíritus estaban cerca, ya comunicándose o principiando a tomar contacto según ella misma me explicó una vez. El coronel ni se movía, su espaldota de camionero era lo único que yo veía, y su pistola, claro, porque a mí el pistolón me dejó más mareado que todos los toques de pegamento y los porros que hasta ese día me había fumado. Era un pistolón que brillaba a la luz de las candelas y veladoras. Debe haber pesado sus varios kilos porque se le caía 23


José Barrera desde la barriga o cintura hasta llegarle casi a los tobillos colgando sobre las nalgotas enormes de aquel tipo. La señora, mientras tanto, seguía hablando en lengua de espíritus y decía algo como “Mortalis, dobólunus, amén... amén... A sacris er li capondo... capondo”. Jamás lo olvidé, esas eran las palabras exactas que más repetía, que le decían los espíritus, sobre todo, como le dije, al empezar las sesiones. El coronel, bien creído, a ratos abría los ojos y, luego, se notaba que me miraba de reojo, muy atento a lo que yo hacía, pero lo mío era sólo estar ahí, vigilar que no jodieran los gatos, ayudar si a alguien le daban mareos o desmayos, pues a algunas gentes les daban, y encender las velas por si se apagaban. Y cómo no se iban a apagar si la casona estaba llena de corrientes de aire y los corredores de paredes destartaladas, y puertas aún más destartaladas, tenían verdaderos hoyos. La señora, en todo caso, terminó de hablar en musaraña y, al momento, dio un respingo y soltó un pujido que, para ser sincero, era el mejor pujido de todos los que le había escuchado. Sonó en verdad de ultratumba. Fue un aullar de lobo que se vuelve vaca y muge. Un “¡auuggguuuj!” agudo y después hondo, sentido, dado con el alma y los riñones. Esa vez la vieja se preocupó en hacerlo todo bien. En algunas sesiones parecía que perdía interés. Ahora no fue así. El coronel se movió en su silla que traqueteó igual que si le hubiera caído encima un búfalo. Entonces, la señora medio abrió los ojos en la penumbra, los entornó y dijo con voz de muerto que se levanta: “Lo siento... Está aquí muy cerca”. Yo, nanita de mi alma, sentí no una presencia de espíritus sino que se me subían lo huevos a la garganta. Tenía mis manos bien frías y más cuando ella empezó a temblar, abrió la boca, aquella bocaza apestosa suya, soltó como gárgaras y una espuma rala le cubrió los labios. Si no me fui corriendo fue porque pensé que perdía a la Alicia o tal vez porque ya me había habituado un cacho a los ajetreos y trances de la señora. Pero ni con los porros y pastillas había yo vivido algo así. El coronel estaba medio asustado también. Se le notaba en el ir y venir en su silla, en las nalgotas inquietas, en el pistolón 24


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que se le balanceaba con todo y cartuchera. Pero apenas había pasado el primer trance, cuando doña Evangelina volvió a hablar con aquella vozota que sabía dar cuando quería: “Está ya aquí... has llegado... ¿Eres tú, ánima invocada?” dijo. “¿Sí, sí... te siento, entra, puedes, te doy mi voz, mi cuerpo, te lo otorgo” dijo y yo volví a sentir que me faltaba aire mientras las nápiras se me congelaban. “¿Miguelito?” preguntó, entonces, el coronel de pronto. Creo que la señora no se lo esperaba porque abrió los ojos un momento. Pero es que el coronel habló con una vocesita de niño enternecido. Y la señora dijo: “Sí... soy yo... papá”. Ahí nomás, pues, empezó una plática entre la señora o médium con el coronel quien más que preguntar tartamudeaba palabras ansiosas. La señora decía con voz que buscaba ser ronca: “Estoy bien, en el Señor, en el Palacio del Señor y la luz entra por mis poros de espíritu limpio”, cosas así que hacían sonreír a aquel hombrón mientras también soltaba unos suspiros que incluso yo podía escuchar en medio de la oscurana. Hasta que en cierto momento, ¡mejor persignarse!, el pañuelo y el crucifijo sobre la mesa se elevaron juntos un poco y volvieron a caer en un segundo. Eso fue el final, porque el coronel se puso de pie muy nervioso, totalmente alebrestado, con ojos llorosos, rojo como camarón y dijo que era mucho para él, que tanto poder de comunicación “Me vence y rebasa y más vale no provocar así a las fuerzas del más allá”, o alguna pendejada parecida. No me acuerdo bien y eso que cuando uno es pequeño y está muy atento recuerda cada palabrita. La vieja me hizo una seña y yo, medio asustado todavía, corrí las cortinas, apagué las velas y me fui de ahí sin esperar más. *** Mientras él andaba quién sabe dónde, nosotras nos sentábamos sobre la grama y, por lo menos a mí, me gustaba mucho ver a las hormigas ir y venir acarreando cosas. Ponía mi brazo en el suelo y no lo movía, lo dejaba como muerto cerca de donde pasaba alguna fila de hormigas camino de sus hoyitos y, 25


José Barrera entonces, sentía cuando se encaramaban a mi brazo caminando con sus patas flaquitas que me picaban en la piel, me hacían cosquillas, pero yo aguantaba y me estaba así cuanto pudiera, ¡ay, púchica!, no era mucho lo que soportaba y terminaba riéndome de mí misma, de que no aguantaba tanto la picazón de las patas de las hormigas en mi piel. El sol y las hormigas eran lo que más me gustaba y por eso odiaba la oscuridad de los rincones donde nos quedábamos en las noches. La Toya se quejaba pero yo no. Sabía que Lico no lo hacía por mala gente, sino porque lo mejor era buscar lugares solitarios lo más cerca del centro que fuera posible. El sol me gustaba porque es todo lo contrario de la noche y la oscuridad cuando el mundo es otra cosa. El Lico repetía que el mundo es redondo igual que un morro y después supe que es cierto, pero la Toya decía que su mamá le contaba que el mundo era más bien una torta de tierra flotando en el aire, en el puro vacío. ¡Qué cosa! En todo caso, así nos quedábamos, en cualquier parque y, al amanecer, íbamos a veces a alguna casa a limpiar o lavar trastos. Ya ni recuerdo cuántas casas he limpiado en mi vida. La Toya fue quien me metió a eso, pues se quedó de sirvienta en una casa después de un velorio. Iba por las mañanas y, al final, la echaron por algo que hizo. Pero eso de los velorios era cosa de ella. Parece que la primera vez siguió a una familia enlutada al verla salir de un hospital. Desde entonces, si estábamos muy mal, iba algunas veces a pararse a las puertas de iglesias o cementerios para seguir a las familias que regresaban a sus casas después del entierro o de las misas de muerto. No siempre era fácil seguir a las gentes de luto porque muchas llegaban en carro al cementerio o a la iglesia y se iban en carro también, ni modo. Pero otras no, más bien se subían, con los ojos rojos aún, a algún bus. Y ella, la Toya refregada, se colaba al mismo bus para seguir a quien fuera hasta sus casas donde a veces encontraba aún el cajón de muerto rodeado por velas en el centro de una sala y, sobre todo, encontraba lo que buscaba: tortillas, café, 26


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pirujos. Lo malo era que la agarraban y la echaban a gritos a cada rato. La gente, al verla tan mal vestida y su cara sucia y toda despeinada, se daba cuenta de que era una colada. Claro que algunas familias, en su dolor, ni se fijaban y la dejaban que anduviera por ahí olisqueando, mirando las lloraderas y metiéndose a las cocinas que era lo que realmente le importaba. Si la cosa iba de veras mal y ella andaba con la barriga muy vacía, pues se robaba los platos que la gente abandonaba a medio probar. Eso lo aprendí con ella, seguro, pero no me gustaba seguirla tanto en ese negocio. Además, hubiera preferido que Lico estuviera ahí, pero el muy listo nunca estaba en las velas ya que tampoco le gustaba ese asunto. Nos dejaba solas y ni siquiera hablaba de los lugares donde trabajaba en esos días, parecía que fuera su secreto. Entonces, las dos nos la pasábamos esperándolo en algún parque, en alguna plaza, en el atrio de una iglesia. Yo lo veía venir vestido con su pantalón de lona un cacho roto de las rodillas y la camisa de mangas que le quedaban larguísimas como si él hubiera sido un enano usando ropa de gente mayor, o un chavo usando las ropas de los grandes de su casa. Lo miraba acercarse con su carita de aquellos días. Después, por las noches, contaba lo que le había pasado ese día, más bien cada uno de nosotros contaba lo que le había pasado y, aunque casi siempre eran mentiras o exageraciones —y el Lico fue siempre reexagerado—, nos gustaba oírnos contar historias bien chéveres, que nadie le creía al otro o tal vez sí, pues cuando uno es chiquito vive como en otro mundo, igual que si las cosas sucedieran más en la cabeza de uno que en otro lugar. La Toya, sobre todo, se tiraba unas mentiras increíbles como una lica de la tele. Allí, en nuestro rincón, echados en el suelo, tapados con las colchas pesadas y descoloridas, oyendo que allá lejos pasaban los carros o las camionetas, las motocicletas o las ambulancias, ella empezaba siempre, tarde o temprano, por contar del tal Benedicto. Al comienzo, sobre todo yo, le creí, ¡tonta que es uno! Le creí eso de que tenía un amigo, un tipo de unos veinticinco años como decía, que se le 27


José Barrera aparecía sólo cuando ella lo llamaba o lo necesitaba, y que ese príncipe”porque por Diosito que es príncipe” juraba y ponía ojos como si tuviera miedo de que no le creyéramos-, estaba esperando nada más que la Toya creciera para casarse con ella. Y el Lico le decía: “Callate loca”, pero ella seguía contando lo mismo casi cada noche mientras fuimos pequeños, una tarabilla, y dale que dale, pues, con ese tal Benedicto que había vivido en Estados Unidos y quien era a veces un ángel de la guarda o a veces un tipo lleno de aventuras, y lleno de riquezas sobre todo: tenía carros, casas y “Una billetera de al pelo” como la Toya misma decía con los ojos que se le salían de fuera. “Una billetera llena, bien llenita, cargada de billetes de todos los colores, suficientes como para comprar una casa o toda la comida que necesita una familia por un año entero”. Así decía y al decirlo se reía y, después, se iba quedando dormida sobre su petate, tranquila por el cuento que al final se había contado a sí misma. Pero terminó por cansarnos y la oíamos como oír llover, sin creerle ni palabra. Al principio, eso sí, me engañó, y siempre que íbamos por la calle, durante un par de años, le preguntaba: “Vos Toya ¿por qué no visitamos a Benedicto?”. Se lo decía sobre todo cuando teníamos días de no conseguir nada, pero ella aseguraba: “Ahora está ocupado trabajando” o pretextos así. “¿Y por qué trabaja si es tan rico?” le pregunté una vez, ya dejando de creerle, y la muy bruta me dio una manada por respuesta. Ahí dejé de creerle y me di cuenta de que contaba historias parecidas a los chistes de Lico: puras mentiras. Sólo una vez, ya grandecita yo, cuando vio que no le creía casi nada, trató de montarme un buen engañó: íbamos por la Avenida Elena, serían las tres de la tarde, veníamos medio cansadas del cementerio ya que durante cuatro horas de estar allí ni un solo muertecito había aparecido. Entonces, regresando así bajo el sol de fuego, de repente, pasó un carrazo frente a nosotras. Era un carro rojo que brillaba de nuevo, para dos personas, con techo de lona. Adentro iba un tipo bien guapo y elegante que ni nos miró, claro, aunque la Toya se quedó parada, suspiró la 28


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muy bandida y dijo: “Es la segunda vez que le pasa lo mismo”. “¿Qué cosa?” le pregunté y ella dice: “¿Viste?, ese del carro rojo era Benedicto que me anda buscando, pero no me vio porque es muy distraído”. Chucha mentirosa. Esa vez, no me fuera a pegar, le dije que sí moviendo la cabeza, pero me di cuenta para siempre de que todo era un puro cuento de pajera. En esos días dormíamos en la caseta del estacionamiento, al lado de carros de todos los colores, marcas y tamaños. Siempre olía a gasolina y aceite aquel lugar. Lo peor llegaba por las mañanas cuando la gente se metía a sus carros para ir al trabajo o qué sé yo. Empezaba tempranito el ruidazo de motores y teníamos que levantarnos. Yo primero, pues siempre fui la más madrugadora, luego la Toya y por último el Lico, siempre protestando y perreando por tener que levantarse. Antes que nada nos íbamos a alguna pila pública o a algún mercado donde sabíamos que había un chorro y nos lavábamos las caras de prisa, casi siempre sin jabón, ni modo. Lo hacíamos así porque si teníamos las caras sucias nos seguían los moscos y por eso se nos enrojecían los ojos. Eso no le gustaba a la gente. En invierno o en verano era igual. Después empezaba nuestro día y cada vez era diferente porque habíamos aprendido que repetir el mismo lugar, limosnear en la misma calle o esquina dos días seguidos era peligroso, la jura se ponía muy alerta ya que no les gustaba que un sitio se volviera muy visitado por nosotros, pues pensaban que alejábamos a los turistas según Sebastián me explicó. Por eso teníamos que cambiar de lugar a cada rato. A veces debíamos pedir en dos o tres sitios diferentes en un sólo día… Y las horas se nos iban en eso. La vida se nos iba en eso, pues las horas y la vida son la misma cosa, uno lo aprende rápido cuando pordiosea. La vida es una cosa de momentitos que se pegan uno al otro, son momentos pegados con pegamento. Entonces, al oler pegamento la Toya y Lico era como si respiraran la vida, la

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José Barrera vida que nos tocó, pienso yo. Todo fue lo que fue. Éramos como hormigas, creo, y las hormigas solamente están para cargar y vagar... *** Fue una mañana feuca porque llovía y a mí la época de lluvias me ponía nerviosa. El agua en aquella caseta se metía a veces dejándonos atrapados entre charcos que cubrían el piso de cemento. Colocábamos guacales o cubetas plásticas bajo cada gotera, pero siempre se colaba la lluvia. Había que tener cuidado de no mojar las colchas mientras dormíamos. Parecía un agua viva, que quisiera molestarnos por pura maldad. Esa mañana me levanté tarde, ya Lico y la Toya se habían ido. Casi nunca me dejaban sola pero esta vez tenían que hacer algo, no recuerdo qué, y se fueron luego de rogarme que me levantara y que me levantara durante media hora. Al final, se cansaron de esperarme. Pero lo cierto es que yo estaba mal, muy mal aunque nunca dije nada. Soñaba lo que siempre sueño y se me repite peor que pesadilla, que durante años, noches enteras, no me dejó dormir bien. Pero mejor no pienso en eso. Lo cierto es que salí del estacionamiento y me fui por las calles algo sonámbula todavía. Ya hacía calor. El sol pegaba que parecía que hubiera querido arrancarme el pellejo con sus rayos. El pelo lo sentía caliente y busqué donde lavarme. Para mi buena suerte vi una manguera en un jardín, y de la manguera tirada en la grama salía agua, agua desperdiciada porque nadie estaba usándola. Entonces, sedienta y con ganas de sentir fresco, me acerqué, entré al jardín aquel de casa grande, me puse a beber de la manguera y me mojé los pies y la cara. En eso estaba cuando oí la ladradera. Al voltear la cara, gritando ya toda asustada, vi al tremendo animal color negro que venía hacia mí con los colmillos pelados y el hocico abierto, la lengua de fuera, soltando baba y mirándome con ojos de chucho malo. Quise correr, pero las tabas las sentí tiesas como si mis canillas no hubieran sido

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mías sino de algún otro, igual que si mis pies hubieran estado muertos. No, no pude moverme, entonces, grité más, cerré los ojos y caí al suelo. Me despertó el frío del agua en la cara y abrí los ojos. Lo primerito que vi fue el rostro de un señor de bigotes que me preguntó mi nombre, luego, me preguntó también si no sabía que meterse a las casas y jardines privados era un delito. Le dije que no bien asustada. ¿Y qué otra?, era chiquita y temblaba viendo a derecha o izquierda por si estaba el perro cerca, pero lo vi encadenado por allá, aunque el animal aún me miraba con cara de demonio bravo y por eso solté otro grito. El hombre se rió y, entonces, me levantó pues tal vez se fijó en que no podía moverme, y así cargada me llevó hasta una cocina. Aparecieron unos niños que me rodearon. Yo veía borroso. Despuesito, llegó también una señora que me miraba como si pensara que me había metido a su casa con intención de robar o cosa parecida. Pero todos ellos se portaron bien, y en la cocina, que era rechula, me dieron un vaso de leche y me hicieron montonón de preguntas. A cada pregunta que me hacían sentía que me mareaba, pues me di cuenta de que no podía responder cosas mías, no sabía decir cuándo nací, en qué ciudad, dónde estaban mis papás, a cuál escuela iba y ni mi nombre completo. Me fijé, por primera vez, en que eso era algo raro en mí y no estaba segura si toda la gente podía responder esas preguntas. Pensé que le debía contar a Sebastián o a Lico para saberlo bien. ¡Ay, qué tonta soy!, pero esa vez, después de darme desayuno, los señores esos me entregaron una bolsa llena de ropa de mi tamaño y varios jugos enlatados. Me escribieron su dirección en un papelito y me dijeron que podía regresar cuando quisiera, que tendría almuerzos o cenas y me podría lavar siempre que lo necesitara. Me puse recontenta, claro, y me entró una risa que no lograba detenerla, pues cuando quería ponerme seria, allí frente al señor y la señora y los nenes de ellos, no podía, me reía y reía, la boca se me abría como si alguien invisible me metiera 31


José Barrera los dedos entre los labios y me jalara las esquinas de la boca abriéndomela para que me riera o me sonriera, hasta lágrimas de los ojos me empezaron a salir de tanta reidera, pero lo raro es que mi risa era muda, no sonaba, era una risa silenciosa de labios estirados más una tembladera en el cuerpo aunque el chucho ya no estaba ladrando. Estuve en esas un buen rato hasta que la señora, que me miraba preocupada, me abrazó diciendo que lo entendía y que si quería podía quedarme esa noche en su casa. No sé qué me pasó, tuve miedo, un miedo grande que se me metió en el pecho y me llenó hasta los huesos. Salí caminando como jalada por un alambre. Debo haber parecido una muñeca de cuerda. A los tres días, como seguía dura la cosa y no conseguíamos suficiente, le dije a la Toya lo que había pasado y ella me dice: “Buscalos y si va bien, pues a lo mejor hasta yo puedo llegar”. Y así lo hicimos. Caminamos las dos hasta el barrio donde quedaba esa casa y, cuando le preguntamos a alguien para que nos ayudara a encontrar la calle que buscábamos y saqué el papel que me dieron para enseñarlo, me di cuenta de lo que pasaba... ¡La suerte, la condenada suerte!, el papel estaba más arrugado que cualquier chunche y hasta agua le había caído. ¡Maldito invierno! La dirección no se podía leer, las letras eran unas manchitas azules que no decían nada a nadie. “No entiendo nada, no se puede leer” me repetían las personas a quienes les ponía el papel ante los ojos, y nunca, por más que caminara y caminara por ese barrio, encontré la casa que buscaba y, menos, volví a ver a la familia aquella. Pero a ratos creo que fue un sueño mío... Sí, ni dudarlo, y es que aprendí que uno, a veces, sueña lo que quiere vivir, lo que necesita. El Lico se ríe de mí cuando le digo esto, pero es así. Uno sueña, uno ve exactamente lo que en ciertos momentos desea ver con toda el alma y, luego, eso sí, los sueños se pierden, se van como papeles que arrastra el viento. Y esa casa, aquel jardín, fueron así. Ah, pero la vida es otra cosa muy diferente a los sueños. Seguro. Uno cae en medio 32


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de un lugar, de una ciudad, y ni Dios te salva de tu propio camino porque cada quien tiene su camino o su destino. Pero no comprendo bien todo esto que yo misma pienso. Soy muy burra y, aunque no entiendo, veo que uno es lo que es por algo que uno no llega jamás a comprender... ¿Quién sabe? ¡Cómo me gustaría tener claridad alguna vez!, que la Virgén santa me diera algunas clases para aprender por su mano las respuestas a los misterios y cosas extrañas de esta vida. *** Como le decía, el martes siguiente volví a llegar, la señora no estaba, pues había salido a visitar a una amiga o pariente. Alicia estaba sola y yo, que no andaba quemado ya que no quería que ella me fuera a ver nunca así, empecé mis tareas del día. En eso, mientras regaba unas flores, se me acercó la Alicia. Casi nunca me hablaba pero esta vez, quién sabe por qué, fue diferente. El loro, ni que le digo, parecía espiarnos desde su jaula colgada de una viga del corredor. Ella me preguntó si había hablado esa mañana con la señora Carlota. Yo, con la voz toda chiviada, le dije simplemente que no. Se lo dije con un hilo de voz como si hubiera estado jadeando o ahogándome después de una larguísima carrera. Ahí creo que Alicia notó que ella, su voz y su presencia, me ponía a soñar y a ver el mundo de otro color. Se me quedó mirando con burla mientras yo, haciéndome el disimulado, seguía echando agua sobre las colas de quetzal, rosas o claveles. Y es que la casa tenía un jardín grande con arriates y una pileta en forma de cruz que siempre estaba llena de agua. En los días de mucho sol el calor quedaba vencido por aquella enorme pileta llenita de agua fresca. Era agua que tenía un sabor delicioso como si la cercanía de tantas flores la untara de aromas y frescura. La luz, ni que decir, siempre estaba presente en ese patio. “¿Vos sabés leer?” me preguntó la Alicia de repente. Ahora se había recostado en

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José Barrera la hamaca y se balanceaba empujándose con un pie en los ladrillos del piso. La falda le llegaba hasta las rodillas. “No” le dije, aunque no era cierto, pero es que me dio pena que me fuera a pedir que le leyera algo ahí nomás, una revista o un periódico, y que se diera cuenta de que más que leer tartamudeaba las palabras, deletreaba igual que un tartajo. Yo sólo leía los titulares de periódicos que a veces me robaba en los quioscos para revender en cualquier parte. También leía los rótulos de los almacenes, chistes y nada más. Entonces ella, que seguía balanceándose en la hamaca frente a mí, con una malicia muy suya que no le había visto jamás, me dijo sonriente y algo curiosa: “Yo te voy a enseñar”. Era verdad, lo hizo, pero no por mí como quise creer en esos momentos, sino porque a la Alicia le gustaba enseñar, le gustaba dar clases y más tarde me enteré de que pensaba estudiar para maestra y enseñar a los niños, aunque yo, la verdad, ya no era un niño, algo en mí, le dije, estaba cambiando desde hacía meses. Mi voz era otra cosa, me salía a veces como chicle jalado, se me deslizaban algunos sonidos en la garganta y soltaba unos gallitos, unos silbidos que hacían reír tanto a la Pola como a Martino o a cualquiera que me oyera. Y, además, tenía en la cara algunas espinillas. La manzana de Adán se me marcaba ya en la garganta y se me atragantaba el bocado ese de la manzana en el gaznate, como en la Biblia, de sólo pensar en Alicia. De acuerdo, me había vuelto raro desde hacía unos meses. Me estaba volviendo hombre. Ya no era el mismo, tenía como miedo de la gente mayor y me había vuelto medio bobo por andar soñando todo el día, soñando con ser rico, tener dinero para comprarme un carro y mucha comida, toda la comida que quisiera. Soñando también con ropa decente, con viajar a los países lejanos que miraba en los televisores de las vitrinas donde aparecían gentes muy elegantes, edificios soñados, nieve, lujos y qué sé yo qué más cosas. Pero, sobre todo, soñando con Alicia, con sus ojos color café tostado, sus pestañas, su piel de níspero, sus voz suavecita como una caricia o como música; y yo pensaba que así, ni más 34


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ni menos, debía de ser la voz de los ángeles guardianes que mi madre tanto mencionaba. Aquella vez, de todos modos, la Alicia me enganchó ahí mismo: “Entonces, cuando terminés de trabajar los sábados, te venís al comedor, te voy a enseñar a leer. ¿Te parece, Lico?”. Era la primera vez que me llamaba por mi nombre. Siempre me hablaba como si yo no tuviera nombre. Esa vez ni que decir que me puse color de manzana madura, colorado de sólo pensarlo y dije: “Está bien”. Alicia agregó que no me preocupara, que ella tenía cuadernos y lápices que no le servían y que yo aprendería rápido, pues no era tonto. Lo dijo así, sin pensarlo, pero me quedé mareado de alegría, me quedé volando por los aires todo ese día y únicamente tenía cabeza para pensar que pasaría horas sentado junto a ella, mirándola, oyéndola, sintiendo su voz cerca de mí. Y así fue. El próximo sábado, al terminar de limpiar la cocina y el corredor sucio de polvo, caca de gatos y hojas secas, me fui a sentar a la mesa del comedor donde ella ya me esperaba y hasta me había llamado con un “No te olvides”, levántando también un brazo para apurarme. Antes fui a la pileta, me lavé las manos con creolina, pues las tenía llenas de hollín y tierra y, luego, fui a sentarme a su lado sintiendo que un viento cálido se me había metido en la cabeza, un viento que se podía volver frío como ése que, por las noches, no nos dejaba dormir en nuestro rincón a la Pola, a la Toya y a mí. Alicia, sin más ni más, empezó a explicarme aquello del abecedario y me hizo repetir cada vocal: “a, e, i, o, u”. Después repetirlas al revés: “u, o, i, e, a”. Y, luego, leerle algunas consonantes y más tarde todo el alfabeto. Me pidió que escribiera todo eso en un cuaderno que me entregó. Cada vez que yo dibujaba una “b” o una “z” ella me decía: “Está bien, muy bien así”. Hasta que descubrí, ¡vivo que es uno!, que si hacía algún pequeño error ella me tomaba la mano y la guiaba para que dibujara correctamente la letra que me dictaba. Pero si yo dibujaba mal las “u” o las erres era por puritito nervioso que 35


José Barrera estaba, no porque no pudiera, pues de muy pequeño había ido un par de años a la escuela. Total, la Alicia me llevaba a veces la mano que sostenía el lápiz y decía: “Peee”, o bien “Eeemmme”, y yo feliz, feliz hasta casi no poder más. Cometía a propósito errores a cada rato para sentir su mano, suave como si fuera de flores, de hojas de rosas hechas carne de mujer. Me dejaba tomar la mano y cerraba los ojos sintiendo aquella piel tibia que me embrujaba, sí, ni negarlo, me embrujaba cada día más, cada hora más, cada segundo más. Yo era un niño, un niño, quién lo niega, un niño que se está volviendo hombre, pero a los pies de ella cambiaba. Junto a su olor y la suavidad de sus cabellos yo crecía en un segundo. Cuando ella bajaba el rostro para ver mejor las letras, su pelo me caía sobre la mano o sobre el brazo, y algo en mí se descocaba de inmediato. Entonces, incansablemente, quería sentir aquel pelo de gloria, las mechas rozando mi piel, mi piel ya atormentada de enamoramiento. Sí señor, así fue. Duró vaya a saber Satanás cuánto, creo que seis meses o un tiempo parecido. ¿Qué edad tenía Alicia entonces? dice usted. Fíjese que no lo sé bien, calculo que unos dieciséis años o así. ¿Qué importa? El hecho es que sufría pensando que tal vez ella tenía novio en la escuela o en el barrio. Decaía a lo gacho durante días enteros de saber que era mayor que yo y que yo tal vez sólo era un niño ante sus ojos, un alumno mocoso como esos que, después supe, a veces llegaban a su casa para que también les enseñara a leer. Es que Alicia quería ser maestra, le repito, y eso fue más tarde en la vida. Yo, en cambio, quería ser rico ya por entonces. Y por tanto quererlo y luchar de mala manera estoy aquí, ya ve usted, bien jodido, aislado en una isla de crimen y maldad, porque esto aquí es el infierno, amigo. Esto es el reino de Satán y si alguien no me cree es porque no sabe de lo que estoy hablando. Pero a la vejez viruela y mejor vuelvo a hablar de mis mejores momentos. Los sábados, entonces, al terminar la clase, yo salía a la calle medio sonámbulo de contento, alegre y triste 36


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a la vez porque eso solamente se repetiría una semana más tarde. Alicia me despedía con indiferencia: “Terminamos pues” decía de repente, cerraba los libros sobre la mesa, me medio sonreía así de lado, se paraba y se iba ya cansada hasta el fondo de la casona. Yo me levantaba y salía de ahí despedazado, ya le conté. Dos calles más allá, en la esquina del zapatero que nos guardaba las colchas y los cachivaches metidos en el par de bolsas que le dejábamos a veces para no cargarlas por toda la ciudad, me esperaban la Toya y la Polita casi siempre. ¡Ah, pero cuánta diferencia! Venía de ver a Alicia vestida con sus faldas cortitas a cuadros, sus calcetas blanquísimas, sus pantorillas finas, sus aretes y su olor y, de pronto, me topaba así con la Toya más flaca que un perro viejo, y la Polita con sus ojos saltones y su cara de chivo que ha metido la trompa donde no debe. Pero esa era mi familia. Ellas eran mi compañía y yo las protegía y las quería, sí, porque luego de andar juntos más de dos años por esas calles, de dormir aquí o allá, donde nos agarrara la noche, de comer lo que pudiéramos juntar; luego de todo eso, uno está como hermanado. Hermanado ante el peligro porque la ciudad usted la ve ahí, tan bonita la muy malvada, tan llena de edificios, bulevares y diversiones, almacenes, cafés y todo eso, pero la ciudad, créame, es un lugar bien cabrón que si usted no tiene dinero ni familia que lo defienda, la ciudad se lo traga, pues es un lobo, ¿me explico?, un lobo carnicero y sin piedad. La ciudad es una trampa y nosotros a esa edad, sin embargo, habíamos aprendido a defendernos, conocíamos ya cada rincón, cada lugar para dormir o sacar comida. Sí, veíamos los rostros de la gente y ya sabíamos quien era. Se nos había hecho un olfato de perros para reconocer y diferenciar al bueno del malo. Y es que de tanto garrotazo, de tanto abuso o maldad como le pasó a la Polita, de tanto correr para sobrevivir, uno aprende, y aprende hasta más de la cuenta, si no qué hago aquí, dígame usted. Aprendí mucho, demasiado, más de lo que necesitaba para sobrevivir y me volví peligroso, digo yo.

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José Barrera Lo cierto, en todo caso, es que la Toya encontró un lugar mejor para dormir. Ya dije que se había vuelto muy avispada. Y ni cortos ni perezosos allá nos fuimos, pues, con nuestras poquitas cosas, nuestras dos bolsas plásticas con las tres colchas y la botella de agua para beber por las noches. El lugar no era gran cosa, pero sí mucho mejor que el zaguán donde nos quedábamos desde hacía tanto tiempo. Ahora se trataba de un cuartucho abandonado al final de un parqueadero enorme. Era una caseta de vigilante según parece. Estaba construida de adobes y el techo era de láminas viejas, pero nos protegía bastante de la lluvia, del sol, del frío y, sobre todo, nadie nos molestaba. Ya no teníamos la zozobra de que alguien nos descubriera y nos echara a la policía encima. Varias veces nos había pasado que durante alguna madrugada algo sucedía y despertábamos con el alma en un hilo. Como aquella vez que hubo barullo en la ciudad, no sé si usted se acuerda. Al otro día los periódicos estaban llenísimos con esa noticia y nada más que esa noticia. Los televisores de los almacenes pasaban todo el día a cada rato lo que sucedió. ¿Que qué fue?, pues qué va a ser: cuando pusieron bombas en los edificios altos de la Avenida La Reforma. La explosión se oyó hasta en las ciudades vecinas, creo. Nosotros estábamos aún en el zaguanón como lo llamábamos, bien dormiditos, pues esa noche estábamos cansados, habíamos correteado todo el día en un basurero y, después, nos habíamos ido a un parque a jugar con el grupo del Chancleto. Esa noche por eso estábamos medio muertos durmiendo, menos mal hacía calor y no el frío de locos que a veces cae en la ciudad. En eso, ¡racatapúm!, ¡madre!, la Toya despertó llorando y la Polita se quedó muda y ni se movía. Supe que algo grave había pasado, pero no atinaba a pensar en alguna cosa. “¡Es el fin del mundo!” gritó llorosa la Polita y yo la abracé para quitarle esos malos pensamientos que tan fácil se le metían en la cabeza, sobre todo después de que se la llevara aquel tipo que la devolvió días más tarde. En eso estábamos, oyendo como

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Las maravillas en el país de Alicia

los vecinos alarmados abrían puertas, bajaban gradas, y los carros aceleraban en la calle, cuando me atreví a levantarme y salí al corredor donde había una ventana. Al ver a la calle me di cuenta de que se había ido la luz en todo el barrio. Fue realmente en toda la ciudad, pero sólo lo supe despuesito. Ahora que lo verdaderamente fregado, y fregado para nosotros digo, vino después. Al nomás ver por la ventana supe que estábamos en un hoyo, que necesitábamos suerte para salir de eso. Es que las calles se empezaron a llenar de chontes y soldados. Nunca había visto una cosa así. Parecía película aquello. Alguna vecina gritaba: “¡Golpe de estado!”, y una vieja por ahí decía: “¡Revolución!”. Fuera lo que fuera, a mí qué me importa, usted. El hecho es que supe de inmediato que con tanto agente por las calles, con tanto uniformado bravo en aquella madrugada calurosa, iba a ser muy difícil para nosotros tres. Llovía sobre mojado pienso ahora. Éramos tres niños bien jodidos y pasaba eso para acabar de jodernos más. Si los montonones de soldados y policías no se iban de las calles pronto, qué esperanza nos quedaba a la Toyita, a la Pola y a mí. Cómo íbamos a comer al día siguiente, a conseguir agua sin arriesgar a que nos agarraran y nos metieran a una de esas casas que, según contaban el Chancleto y otros, son lo peor: bañarse cada mañana temprano, comida segura pero horrible, y viejas monjas o curas chingando todo el día con que hay que rezar, lavarse los dientes y toda esa molestadera. El Chancleto lo sabía porque lo habían zampado en un lugar así, pero se escapó y andaba otra vez libre. Incluso contaba que pasaban cosas en esos lugares: que manoseaban a las niñas y golpeaban mucho a los niños. ¿Quién sabe?, yo no lo miré, pero puede ser muy cierto como después aprendí. En fin, que esa madrugada es una de las peores de mi vida, ni dudarlo, y yo he tenido feas madrugadas, créame, no lo digo en balde. Como diez minutos pasada la explosión, vi por la ventana que llegaban más jeeps y camiones del ejército con las luces 39


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