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La isla de sal

A

LETRA NEGRA


www.letranegra.org

La isla de sal D.R. Hugo Bueso © Hugo Bueso © para la presente edición, Letra Negra Editores 2010 11 avenida 2-49 zona 15 C.P. 01015. Ciudad de Guatemala. Teléfono: (502) 2369-6950 Correo electrónico: letranegra2k@gmail.com Fotografía de portada: Erick Barrera

No está permitida la reproducción total o parcial de este libro, ni su tratamiento informático, ni la transmisión de ninguna forma o por cualquier otro medio, ya sea electrónico, mecánico, por fotocopia, por registro u otros métodos, sin el permiso previo y por escrito de los titulares del copyright.


La isla de sal Hugo Bueso


Como todas las cosas importantes de mi vida, do este libro es para Celeste y Hugo Ricar Ricardo do, con todo el amor que soy capaz de sentir.


Dedicado a quienes me han dicho -entre halago y sentenciaque soy un ladr贸n de historias


“La soledad es una enorme isla de sal” H. Magarín


En defensa propia Nunca imaginé que al escribir un libro de cuentos y relatos tendría que explicarle a mucha gente lo que una obra de ficción es o pretende ser. De hecho, cuando publiqué “Graffiti sobre el puente”, mi primer libro, se me hizo necesario repetir, una y otra vez, que los personajes -todos, sin excepción alguna- así como las situaciones en que éstos aparecían en sus páginas eran producto de mi imaginación y nada tenían que ver con ningún pariente, vecino, amigo o conocido de la familia. Ni vivo ni muerto. Mis cuentos, les dije a muchos muchas veces, no son documentos históricos ni nada que se les parezca; en realidad son simplemente eso: puros cuentos. También tuve que dejar bien sentado que cuando yo escribía la palabra yo, no me refería a mi yo, ni a mi otro yo y mucho menos a mi súper yo. Esta forma de escribir es, por supuesto, sólo un recurso literario que a mi me gusta usar y que cuando lo hago no es para hablar de mí -aunque así lo parezca- sino de alguien totalmente desconocido que ni siquiera existe en la vida real. Todo esto viene a colación porque no quisiera pasar el mismo calvario por el que pasé la primera vez, ahora que he decidido publicar de nuevo. Sin embargo, temiendo que exista una probabilidad alta de que algunos pasajes de este libro le recuerden algo a alguien y que entonces empiecen a hostigarme otra vez con odiosas asociaciones, relaciones, comparaciones y recuerdos, quiero advertir a todos mis lectores que ninguno de ellos es protagonista de tan siquiera uno solo de mis cuentos y que es conveniente que comprendan que cuando un autor dice -en defensa propia- que cualquier 13


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semejanza de lo que escribe con la realidad es pura coincidencia o casualidad, lo que en el fondo est谩 diciendo es que no acepta demandas, ni en lo Civil ni en lo Penal, por difamaci贸n, injuria, calumnia o falsos testimonios. Sin embargo, debo recalcar que estoy mentalmente dispuesto a aceptar que -por lo que escribo- me tachen de ser un vil mit贸mano, un vulgar e infame mentiroso, porque ahora que he dejado de ser un primerizo en este oficio de escribir cuentos y de contar historias ajenas, me siento capaz de cargar la pesada cruz de lo que pueda decir la gente, incluso que me llamen escritor. Atentamente, el autor.

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Crónica de un terrible olvido Dedicado a todos aquellos que no entendieron “Había una vez... un cuento” Había una vez un cuento que tenía vida propia y como había sido creado a imagen y semejanza de su autor, también estaba dotado de libre albedrío. Un día, siendo aún muy joven e inmaduro, el mencionado cuento decidió que sería diferente a todos los demás cuentos que existían y que la mejor manera de hacerlo, según él, era oponerse, negarse rotundamente a ser contado. Cuando llegó a la edad en que todos los cuentos son presentados en sociedad, nuestro cuento, siguiendo fielmente su voluntad, fue el gran ausente de la noche. Así, mientras la Caperucita Roja, Blanca Nieves, Hansel y Gretel, Pulgarcito y muchos otros más, fueron de boca en boca, de oído en oído y se volvieron famosos, nuestro cuento -por una decisión irreflexiva- fue condenado, por los siglos de los siglos, al más terrible de los castigos que puede ser sometido un cuento: el olvido. El hecho es que no dejas de vivir cuando te mueres, sino cuando te olvidan.

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La isla de sal Estoy aquí sentado desde hace mucho tiempo, esperando que pase cualquier cosa, por insignificante que sea. Que algo a mi alrededor se mueva o produzca un leve chasquido. Pero no sucede nada. Será porque no hay nadie más que yo en muchos metros a la redonda, en kilómetros, tal vez. Casi amanece, el sol está a punto de salir y el temor a que sea otro día abrasador, con haces de luz -partidos en millones de rayos- que chocan contra mis córneas, me hace estremecer. La soledad que me rodea es tan insoportable como el ardor que siento en la piel, en los ojos, en la boca. Estoy aquí sentado, permanezco quieto y en silencio, como todo lo que me rodea. Espero sin saber qué es lo que espero. ¿Acaso pienso que todavía alguien vendrá a hacerme compañía? ¿Que lloverá hoy, aunque sea un chubasco que dure al menos un segundo? ¿Será la noche tibia y eterna, como yo quisiera? ¿Oiré un aleteo o un suspiro o un crujir de algo? Pero no pasa absolutamente nada y lo que tengo a mi alcance está como suspendido en el tiempo y en el espacio. Todo parece estar curtido, salado, hecho jirones de cecina; hasta mi lengua está reseca y reventada. Quiero gritar, lo intento con todas las fuerzas que aún me quedan. Creo que grito, pero no alcanzo a escuchar nada; ni siquiera un gemido sale de mi garganta yerma de voces, sonidos y palabras. He perdido la capacidad de hablar, no recuerdo cómo suenan las vocales. Entonces rompo a llorar, pero mi cuerpo está tan seco que ni siquiera una lágrima acude a mi angustioso auxilio. Finalmente convulsiono, no sé si será 17


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de frío o de calor porque tampoco sé muy bien qué es lo que siento. Sólo me queda disponerme a soportar la luz, el penetrante ardor del día y después, enroscado en mí mismo, esperar que vuelva la oscuridad, la calma, un poco de brisa. Apenas haya podido calmar la sed con una gota de rocío, intentaré dormir para soñar. Soñaré que he escapado, que estoy en una isla más grande, verde y hermosa, con charcos de agua dulce y fresca, con árboles, pájaros y ardillas. El lugar donde estaré será uno en el que daré rienda suelta a mis deseos más íntimos. Allí por fin seré libre y podré reír, saltar, correr, jugar y hablar a mi antojo. La imagen que dibujo en mi mente me hace sentir emociones que creía olvidadas, grito alborozado y lloro de contento. Me siento vivo, que respiro de nuevo, que no estoy muerto. Que tal vez he resucitado. Ahora río, salto, corro, juego, hablo, grito. Soy un niño otra vez. Estoy riendo, saltando, corriendo... Despierto, convulsiono, grito, lloro. ¿Por qué es tan breve la felicidad? Vuelvo a la realidad de mi prisión, tan blanca y tan grande, en esta isla de sal rodeada de nada por todos lados.

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La Lupercalia Apenas estamos a mediados del frío y vil febrero en el calendario. Aún faltan muchos días para que se declare -oficialmente- la primavera, pero la orden de que empiecen los brutales ritos de la purificación anual ha sido girada. Muy pronto, todo el mundo lo sabe, la sangre empezará a escurrir por todos lados. Yo solo soy un aventurero, un hombre sin fortuna que no pertenece ni a la sociedad de los civis ni a legión alguna. Soy un simple extranjero recién llegado, pero he oído hablar lo suficiente de esta extraña fiesta como para no querer ser tomado por sorpresa. El solo hecho de oír que mencionan su nombre me hace sentir pavor. Ahora mismo siento un sudor helado que me corre por el cuerpo, desde la nuca hasta la rabadilla. Cuando decidí tomar el riesgo de venir, desoyendo el consejo de mi madre, no fue con la intención de quedarme por mucho tiempo dentro de esta ciudad amurallada de la que tanto se habla en la región. Lo único que quería era satisfacer una curiosidad guardada desde mi más temprana infancia; quería ver a la gente importante vestida a la última moda, conocer sus lujosos palacios, entrar a sus espléndidas basílicas, caminar por sus anchas y transitadas vías. Luego -lo más pronto que me fuera posible- volver a la provincia,allá donde todo es tan diferente y la vida, aunque dura, es más tranquila, más segura. Pero mi gran error fue escoger precisamente estas fechas para correr mi aventura urbana. Ahora lo único que quiero es encontrar la forma de salir inmediatamente de esta pesadilla y volver a mi casa, sin marcas ni cicatrices, tal como salí. Todo lo que les pido a los dioses es que me permitan regresar sano y salvo. 19


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Pero creo que mi plegaria no será escuchada; el cónclave fue decretado y las colosales puertas cardinales, las únicas por las que se puede entrar o salir de la Gran Urbe, están cerradas, selladas y bajo estricto resguardo. Es demasiado tarde para escapar. Ni siquiera intentarlo, eso parece ser una tarea inútil y sumamente peligrosa. Los Magnos Sacerdotes, los tristemente famosos y temibles lupercos están listos para salir a la calle con sus largas februas de cuero crudo arrancado a las reses recién sacrificadas, para azotar -con toda la violencia que su sacra investidura les permite- a los hombres enfermos y también a los sanos; a los que son infieles, a los que son promiscuos, a los que escupen y orinan en la calle; a los que mienten y se emborrachan, a los que evaden tributos, a los que pelean y transgreden el orden público. El decreto oficial, la vieja Ley de Numa, no perdona a ningún varón; abarca a todo aquel que no haya sido castrado porque la punis, a través de la sangre derramada, hará que se engendren mejores hijos este año. Las únicas excepciones válidas son las que se hacen con los niños, los ancianos y, claro está, con los mílites. Me han dicho que al terminar el rito, muchos hombres quedan muertos sobre el pavimento hecho de piedras, esa es la prueba inequívoca de su extrema impureza. Pero el castigo recibido no es la muerte propiamente dicha, sino la vergüenza de quedar tirados, como perros callejeros, en plena vía pública. Vienen, están apenas a la vuelta de la esquina. Oigo restallar los látigos, cada vez más cerca de mi espalda; y por más que me afano, no encuentro un lugar seguro para esconderme. Todo es en vano. No hay nada que se pueda hacer por evitarlo. Tengo la certeza -eso es lo que me angustia- de que no será solo sobre mi piel sino más allá de ella, en mis huesos y en mis entrañas, donde quedará estampada -para siemprela horrible huella de esta Lupercalia. 20


Todos los dioses son sordos Saadi Fahrá, un joven de veinticinco años, alto y delgado, salió discretamente de la pequeña sala de cine donde se proyectaban películas pornográficas las veinticuatro horas del día. El local estaba ubicado en un callejón estrecho, oscuro y sucio, muy cerca de la amplia calle peatonal. Se arregló el largo abrigo de lana y se acomodó la bufanda gris alrededor del cuello. Caminó unos cincuenta metros hasta la esquina sorteando toda clase de bultos y cajas de cartón llenas de basura; se detuvo en la bocacalle para dejar que pasara el tranvía, luego atravesó la avenida en dirección a la pequeña mezquita que se perfilaba en la otra esquina. Elevó su mirada al alminar, desde donde la voz del almuecín -magnificada por un moderno megáfono eléctrico- llamaba al último rezo de la tarde. Todos los negocios bajaron el volumen de sus equipos de música en señal de respeto por la hora santa. El hombre se despojó de sus modernos zapatos de cuero negro recién lustrados, se dirigió hacia la fuente -donde corría abundante agua clara- y se lavó las manos y el rostro, como deben hacerlo todos los creyentes antes de entrar a la casa de Dios. Felipe Tun, quien recién había cumplido los veinticuatro años, pero aparentaba menos de veinte; de estatura baja, pero dentro de lo normal; vistiendo una camisola con los colores oficiales del Barcelona F.C. con el número 10 y un nombre brasileño en la espalda, unos jeans desteñidos y unos zapatos tenis rojos con franjas azules, salió calladamente de la cantina donde había estado bebiendo buena parte de la tarde. Después de escupir sobre la acera, cruzó la calle y atravesó 21


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el pequeño parque (que en realidad era un mercado) donde un par de marimbistas hacía esfuerzos por sacarle notas a su instrumento. Felipe no las oía porque, al otro lado de la calle, en otra cantina, un corrido de “Los Tigres del Norte” sonaba a todo volumen. Se había tomado dos octavos de licor y llevaba otro -como ofrenda- en una bolsa del pantalón. Caminó unos cincuenta metros y se encontró con el empinado graderío que conduce al atrio de la vieja y rústica iglesia. Entre la quinta y la sexta grada trastabilló un poco, pero logró mantener la verticalidad hasta llegar a la puerta del templo. Saadi Fahrá -imitando al imán, como hacían los demás fielesbuscó el lugar hacia donde tenía que dirigir sus oraciones; se postró, inclinó su cuerpo hasta alcanzar con la frente el piso alfombrado del recinto y empezó a recitar de memoria las aleyas que había aprendido desde niño. Buscaba bendiciones; pedía protección y ayuda. Felipe, sin ningún rito especial, caminó por el pasillo lateral de la oscura nave, hasta llegar al fondo, donde casi escondido -abajo del altar mayor- se encontraba el santón de palo, ataviado con un sombrero de gangster de Chicago de los años veinte, un traje oscuro y una corbata de un rojo chillante. También le habían puesto un enorme puro en la boca y un octavo de “Indita” en el regazo. El visitante se encontró, cara a cara, con quien siempre parecía escucharlo y hasta le hacía pequeños milagros de vez en cuando. Le puso entre las piernas el octavo que llevaba en el bolsillo y empezó a hablarle, como si lo hiciera con un amigo. Fortalecido por la oración, Saadi Fahrá salió de la mezquita y volvió a la ancha calle que, una vez terminada la hora santa, había recobrado la vida. La gente salía de las tiendas con enormes bolsas llenas de un sinfín de cosas. Todos parecían 22


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hablar al mismo tiempo, casi gritando para hacerse oír por encima de la música. El bullicio era, de nuevo, ensordecedor. Después de la amena conversación con el santón de palo, Felipe salió de la iglesia, bajó con mucho cuidado las veinticinco angostas gradas y se encontró de nuevo con la estrecha y empedrada calle por donde llegó. En el parque todavía dominaba la música norteña sobre la tímida, monótona y triste marimbita. Había gente rubia que caminaba distraída, tomando fotos y regalando centavos a un enjambre de niños, morenos y achinados, que ofrecían quetzalitos verdes y coloridas pulseras de lana. Felipe y Saadi, desde donde estaban, oían a la gente hablar en español, inglés, japonés y otros idiomas. Sólo unos pocos hablaban en su propia lengua. Caminaron unos cien metros hasta divisar su objetivo. Entonces -cada quien al suyo- ya no le quitaron la vista de encima. Lo siguieron por todos lados hasta que, llegado el momento oportuno, decidieron actuar. Se acercaron con sigilo a su presa, sacaron sus cuchillos para infundirle miedo y le arrancaron lo que llevaba en las manos. No sabían qué era, pero estaban seguros de que sería algo de valor. Los turistas siempre cargan algo de valor. Las víctimas gritaron y los paseantes se alborotaron sin tener clara idea de lo que pasaba. Unos corrieron para ponerse a salvo de las cuchilladas que lanzaban los ladrones a diestra y siniestra, y otros, blandiendo palos, se abalanzaron sobre los malhechores hasta acorralarlos en una esquina. Un golpe certero en las piernas y los dos jóvenes cayeron al suelo. Los transeúntes, recuperados del susto inicial y envalentonados por la masa, la emprendieron a patadas sobre los dos cuerpos, inermes, hasta dejarlos maltrechos, desfigurados. Inertes.

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Hubo quien no dejó pasar la oportunidad de tomar fotos para inmortalizar el momento. Muchos siguieron su camino como si no hubiese pasado nada, otros cerraron los ojos o, simplemente, vieron para otro lado con indiferencia. Al fin y al cabo, aquello que acababa de suceder no era un problema de ninguno de ellos; era un asunto local y, sobre todo, ajeno. Testigos, cómplices, asesinos. Todos parecían estar allí; menos aquellos que, desde el suelo y entre charcos de sangre, eran clamados con urgencia de vida o muerte. ¿Dónde se encontrarán los dioses cuando los necesitamos? ¿Qué estarán haciendo mientras uno les pide auxilio? No se dignaron escuchar los ruegos ni las oraciones de Saadi ni de Felipe y tampoco lo hicieron cuando otra chusma enardecida gritaba: ¡crucifíquenlo! Sordos o indiferentes, así son los dioses y los santos, sí acaso existen.

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El llanto El llanto -ese que se deja escuchar ahora mismo- siempre ha sido una parte importante de mi vida. Desde que tengo recuerdos, siempre ha estado muy cerca de mí, haciéndome compañía. Aunque a veces -lo reconozco- he llegado a renegar de su presencia porque me hace pensar que está aquí para vigilarme, para controlarme, para obligarme a hacer lo que él quiera. Lo cierto es que estaba aquí cuando llegué y, desde entonces, no ha pasado un solo día sin que, de una u otra manera, deje yo de percibirlo. Este llanto -el mío- es infalible en su llegada, es ubicuo para encontrarme y, como Dios, también es omnímodo al anunciarse. Cada día llega por la tarde, justo cuando empieza a ocultarse el sol tras los árboles del patio y se va, como un amante furtivo y satisfecho, hasta que está a punto de despuntar la madrugada. Aunque me esconda y a menudo lo hago sólo para divertirme, el llanto siempre me encuentra. Como un sabueso bien entrenado para olfatear a su presa, me busca hasta en los lugares más recónditos e impensables de la casa. Mientras me baño, por ejemplo, lo oigo acercarse, siempre sigiloso, haciéndose sentir por encima del rumor de la regadera. A veces imagino que viene dividido en un millón de notas comprimidas entre las gotas de agua, que al estrellarse contra mi cuerpo estallan y, en ese preciso momento, en un suave movimiento de nado sincronizado se libera y se integra de nuevo para dejarme oír su entrañable melodía. Mientras está en la casa puedo oirlo -a veces fuerte, a veces leve- siempre claro, bien definido. Además, su voz es única e 25


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inconfundible; no se parece en nada a las voces de otros llantos que he escuchado. Mi llanto -éste que ahora viene subiendo las escaleras- está siempre pendiente de mí, sin haberme preguntado nunca si tal cosa me complace o me disgusta. Cuando está adentro de la casa me lo hace saber a cada instante, aunque sea con un débil gemido. Él viene, exprofeso, a buscarme sólo a mí; nadie más que yo puede escucharlo ni notar de ninguna manera su presencia. Llora de alegría o de tristeza, exclusivamente para mi gozo cuando estoy contento, o para solidarizarse con mis penas y mis angustias en mis depresiones. Creo que desde que me encontró, hace mucho tiempo, me convertí digámoslo así- en la única razón de su existencia. Cada tarde, al nomás caer el sol, los dos nos extasiamos con el sagrado ritual de nuestro encuentro. Con sus ayes, unas veces tiernos -como los de un ave solitaria buscando compañía- y otras lastimeros, como los de una mujer bereber en medio del desierto, se pasea por todo el jardín abajo de mi ventana; se entretiene acariciando los pétalos de las rosas, jugando con ellos hasta desprenderlos y hacerlos caer al vacío, en cámara lenta. Además, se retuerce, ronroneando, entre las hojas tiernas y las flores recién abiertas de los limoneros y los naranjales; se impregna de todos los aromas que encuentra a su paso y luego se dirige, flotando muy liviano, hacia donde sabe que yo lo espero. Se escurre por cualquier ventana, por cualquier resquicio y sube por las escaleras lentamente. Se detiene -apenas un instanteen el rellano del entrepiso para hacerse una voluta y, finalmente, sin tocar ni abrir la puerta se cuela en la habitación donde me encuentro. Aún en silencio, cuando todavía no ha soltado ni una sola de sus notas, me percato de que el llanto -ese que es mío,

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sólo mío- está aquí, justo a mi lado. Lo sé, aunque no lo vea ni lo oiga, por el acidulado olor que se percibe en el ambiente. Yo vivo, desde hace mucho tiempo, por el llanto -ese que se escucha ahora mismo, allá afuera-, y él está en este mundo sólo por mí. Nuestra relación es íntima y profunda. Somos el uno para el otro. Si algún día me faltase, lo echaría tanto de menos que me volvería loco por la angustia de pensar que algo malo le impidió llegar a tiempo a nuestra cita cotidiana. Pero ese día nunca llegará, lo sé muy bien. Lo que sí sucederá, tarde o temprano, es que cuando él así lo disponga, sin previo aviso y sin preguntarme si quiero o no, ya no vendrá “por” mí, como lo hace ahora, sino “a” mí. Ese día, mi llanto llegará anunciándose como de costumbre; nada me hará sospechar que trae diferentes intenciones. Mas cuando esté junto a mí, se apoyará en mi espalda y me empujará suavemente hacia el jardín del patio, allí me revelará los sutiles secretos de sus trucos con las flores, me enseñará la manera de dejarse arrastrar por las más leves corrientes de aire y a entrar sigilosamente -como un experto ladrón- por las ventanas entreabiertas, sin enredarse en las cortinas; me tomará de la mano mientras aprendo, ya aliviado mi cuerpo de la fuerza de gravedad, a subir por las gradas sin que ninguna de ellas cruja y, por último, de nuevo en esta misma habitación donde nos hemos fundido tantas veces, me mostrará -con una delicada contorsión- la forma más sublime de estallar en una sinfonía de gemidos y en la más exquisita mezcla de olores de cogollos tiernos y azahares frescos. Entonces sabré que, finalmente, me llegó la hora; que es mi turno de trascender, de cambiar de dimensión. Ese día empezará una paciente espera por alguien para quien yo seré su personal e intransmisible llanto. Y cuando llegue, a partir 27


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de ese momento y por tiempo indefinido, seré yo quien llore, de alegría o de tristeza, exclusivamente para esa persona que ahora ni siquiera tengo idea quién será.

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El testigo Cuando la turbulencia me despertó de un mal sueño, traía la cabeza apoyada en el doble vidrio de la ventanilla. Con los ojos todavía a medio abrir, recorrí instintivamente el ala derecha del Airbus en el que viajaba, como para asegurarme que no faltaba ningún alerón y que las turbinas funcionaran correctamente. Cuando mi vista llegó al extremo, donde titilaba una lucecita roja, vi allí sentado a un enorme ángel. En un parpadeo se me perdió de vista. Se desvaneció en el cielo. Fue apenas un instante, pero fue suficiente para que pudiera ver su clásica figura. Su cuerpo entero y las desproporcionadas alas. Él era de un color gris oscuro, casi negro. Estoy seguro de que tuvo tiempo de verme directamente a los ojos antes de desaparecer en la inmensidad que nos rodeaba. Hasta me pareció que me hacía un guiño, como para que no quedara duda que era a mí a quien estaba mirando. Cuando estuve completamente despierto -en pleno uso de mis facultades mentales- caí en la cuenta que el cielo, allá afuera, estaba lleno de nubarrones de diferentes formas y tamaños. Muchas nubes parecían ángeles, con su albura suspendida en un fondo gris que se iba tornando más y más oscuro en la distancia. Pero el ángel que me había visto a los ojos no estaba volando ni flotando, iba sentado sobre una de las alas del avión. Además, era más oscuro que todo lo que lo rodeaba. Un poco antes de aquella extraña alucinación, venía soñando con un niño moreno, delgado y de cabello ensortijado, que corría por las angostas callejuelas de un viejo cementerio. Sus ojos traslucían la gran angustia que sentía. Lo vi sortear 29


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las tumbas pintadas de blanco y adornadas con coronas de “siemprevivas”, las cuales parecen artificiales porque nunca se marchitan. También se veían, desperdigadas en el suelo, muchas flores naturales secas y deshojadas, otras más resistentes a las inclemencias del tiempo hechas de papel y bañadas en parafina, pero con los colores desteñidos por el efecto de la luz. En mi sueño estaba cayendo la noche y las sombras, como los fantasmas de las historietas de miedo, hacían más ominoso el lugar. Los canelones en la cabeza del niño resorteaban al viento, mientras corría despavorido, saltando sobre algunos nichos recién abiertos. Al caer al suelo enterraba los pies descalzos en los promontorios de tierra húmeda. Sentir que se lo tragaba la tierra aumentaba su pánico, aceleraba el ritmo de su corazón. Con esfuerzo, lograba zafarse del lodo que le cubría los tobillos y seguía corriendo tan rápido como podía. Algunos tiestos vacíos, olvidados entre las tumbas, le hacían estorbo pero los pisaba sin temor y corría. Tenía una expresión de terror impresa en su rostro pálido, mortecino. El sudor le corría desde la frente, le chorreaba por la barbilla. Pero seguía corriendo, a la desesperada, buscando la salida de aquel tétrico lugar. Veía los nombres inscritos en las lápidas pero no le daba tiempo a leerlos. Parecía que todo pasaba vertiginosamente ante sus ojos. Por todos lados se veían cruces y ángeles de mármol compungidos y piadosos. De vez en vez echaba una rápida mirada hacia atrás, pero no veía a nadie. Sin embargo, sabía que lo venían persiguiendo. Tenía la certeza de que alguien quería cazarlo como a un animal y venía tras de él, respirándole en la nuca. El pavor iba aumentando a cada instante, eso lo hacía correr con más fuerza todavía, pero no había forma de encontrar la salida.

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El niño iba descalzo y casi desnudo. Apenas llevaba puesto un calzoncillo que le quedaba flojo y que, acaso por pudor, se esforzaba por mantenerlo en su lugar. De pronto, al dar la vuelta en una esquina, se topó con su perseguidor. Le había jugado la vuelta y ahora le salía por enfrente. El hombre, que en el sueño parecía una sombra larga y deforme, hundió sus enormes y huesudos dedos en el cuello del muchacho y lo empezó a ahorcar. Le gritaba algo a la cara y lo escupía; le volvía a gritar algo y de nuevo lo escupía. Apretaba más y más, hasta sofocarlo. Entonces apareció una joven mujer que primero golpeaba con sus puños la espalda del hombre y luego le clavaba las uñas y lo hacía sangrar. Casi sin respiración, el niño vio que su atacante lo soltaba para poder ocuparse de la mujer que había llegado a defenderlo. Ahora la sombra se ensañaba contra ella. Le daba puñetazos y patadas. Le gritaba algo y también la escupía. La escupía una y otra vez. Por fin, la alzó en vilo y la dejó caer al fondo de una sepultura. El niño, acobardado, aprovechó el descuido del hombre que parecía una sombra y escapó. –“Señores pasajeros...” La voz anunciaba, con fingida tranquilidad, que estábamos entrando a una zona de turbulencia y pedía a los pasajeros que, por su propia seguridad, obedecieran la señal de abrocharse los cinturones que el capitán de la nave acababa de encender. Instintivamente vi hacia fuera, a través de la ventanilla empañada, ahora el cielo estaba completamente negro. Íbamos a entrar de lleno al centro de la tormenta. Entonces sentí un miedo infantil, como aquella tarde en el cementerio, cuando tuve que atravesarlo a carrera limpia, saltando entre tumbas abiertas, tiestos, ángeles de mármol, crucifijos y flores marchitas, tratando de huir del enfurecido 31


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marido de... ¿Cómo se llamaba ella ? Ha pasado tanto tiempo desde que pasó todo eso que por más que me esfuerzo no puedo recordar su nombre. Lo cierto es que venía soñando con ella y con aquel testigo de marmol que me miró cuando tuve mi primer encuentro con el sexo.

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¡Taxi! Acababa de estacionar mi taxi, a mitad de la cuadra, cuando la vi venir. Era evidente que traía prisa, pero no corría, sólo andaba a medio trote, como tratando de no perder la elegancia y el porte de modelo que tenía. Desde el primer momento me di cuenta que venía directamente hacia donde yo estaba a punto de fumarme un cigarrillo. “Sale carrera” pensé, y apagué el fuego del encendedor, posponiendo el placer del humo para otra oportunidad. Conforme se fue acercando la fui viendo mejor. Era una mujer bastante joven todavía, no mayor de treinta, de cara bonita y con un cuerpo de esos que te hacen resollar. Con lo que a mí me gustan las mujeres bien hechitas, “vaya a donde vaya, a ésta no le cobro”, pensé. –¿Libre? –me preguntó, pero yo no le pude responder de inmediato porque ya tenía la cara metida entre sus enormes tetas. –¿Libre? –insistió, y entonces yo le dije algo como “para lo que tú quieras, nena”. O talvez no dije nada, sólo lo pensé. Me apresuré a abrirle la portezuela de adelante (la del copiloto), con la esperanza de llevarla sentadita a mi lado, con sus piernas al alcance de mi mano. Pero ella tenía otros planes. –No gracias –dijo, –prefiero ir atrás. –“Donde gustes, muñeca” –dije yo (o talvez sólo lo pensé) y volví a meter uno de sus pezones en mi boca.

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Abrí la puerta de atrás y la dejé pasar. La tuve tan cerca que hasta sentí su aliento fresco, con olor a dulce de menta. O a chicle de yerbabuena y mentol. Cuando se iba a acomodar en el asiento, le miré el trasero y se me hizo agua la boca. Lo juro, no lo pude evitar. Mientras me limpiaba las babas pensé: “Este culito va a ser mío”, pero a lo mejor no lo pensé sino lo dije en voz alta porque a ella se le puso la cara roja, y bastante indignada, se bajó del carro. Ya estando bien parada en la acera, me atinó un carterazo en la cabeza y casi gritando me dijo: –¡Yo no soy lesbiana, hijeputa!

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Entrevista con John Lennon Mary Ann, la única hija de Bob McCain, es una hermosa niña rubia de enormes ojos verdes, que con apenas siete años cumplidos es ya muy famosa entre parientes y amigos de la familia, porque tiene la extraña capacidad de ver el futuro. Ella no sabe lo que eso significa, pero predice lo que va a suceder, en el corto plazo, en su entorno más cercano. La fuente de sus adivinaciones son los sueños que tiene. Hasta ahora nadie se ha preocupado mucho por ese don tan especial porque lo que ella sueña son todas cosas buenas y bonitas. No puede ser de otra manera dado que es tan solo una dulce e inocente niña. Unas noches antes de navidad o su cumpleaños, para poner un simple ejemplo, sueña que recibe tal o cual regalo, y resulta que eso es exactamente, hasta el más mínimo detalle, lo que su padre le ha comprado días antes, que luego ha escondido en el desván o en algún otro recóndito lugar de la casa. Por supuesto que su padre no puede evitar la sospecha de que ella, después de haber buscado el regalo por todas las habitaciones mientras sus padres están profundamente dormidos, lo encuentra y se queda callada, esperando el momento propicio para anunciarlo como si lo estuviera adivinando. A veces Bob cree que su hija encuentra la factura del almacén donde ha hecho la compra y así es como se entera, pero pronto cae en la cuenta de que su hija apenas está aprendiendo a leer. Otras veces piensa que la niña escucha la conversación, entre él y su mujer, en la que se ponen de acuerdo en lo que le van a comprar. Imagina muchas cosas para explicar el extraño fenómeno, pero lo cierto es que la niña tiene bien ganada su 35


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fama de adivinadora, aunque a él le cueste trabajo entenderlo o aceptarlo. Hay que decir que lo suyo -lo de adivinar- no se limita sólo al asunto de los regalos, también es capaz de indicar el sitio exacto donde se encuentran objetos que todos han dado por perdidos y hasta es capaz de anunciar las visitas que nadie espera. Lo único que le preocupa un poco a Bob es que aquellas predicciones o adivinaciones no se conviertan un día en profecías. No le gusta la idea de tener una pitonisa en casa y mucho menos que sea su pequeña hija. Aquello sería un verdadero desastre para el equilibrio mental de la niña. Un tiempo atrás, corriendo 1980, con veintritrés años y recién casado, Bob McCain era un prometedor reportero, de esos que se dicen llamar free lance pero que la gente llama hoy, un tanto despectivamente, con el curioso nombre de paparazzi. En esa época estaba obsesionado por conseguir una entrevista exclusiva con John Lennon. Tenía ojos y orejas por todos lados. Bares, restaurantes, teatros, parques, almacenes, todo New York estaba cubierto por sus informantes. Se gastaba una fortuna en ellos. Pero valía la pena porque conocía todos los movimientos del superstar, lo que le permitía perseguirlo, como a una presa, fuera a donde fuera. Pero por mucho tiempo y no obstante toda la estructura que había armado, no lograba llamar la atención del famoso divo. Hasta que un día, tal vez harto de tanta insistencia, el gran John Lennon finalmente aceptó darle una entrevista. El astro lo invitó a desayunar al día siguiente, 8 de diciembre, en su apartamento, muy cerca de Central Park. Aquello, sin lugar a dudas, lo iba a catapultar a la cima de su profesión. Podría vender la entrevista, con fotos de Yoko incluidas, a la agencia que mejor le pagara por aquel material, que a decir verdad, valdría oro. 36


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Pero como todo el mundo sabe, aquella entrevista nunca se llegó a realizar. La razón es muy sencilla, Mark Chapman se encargó de mandar todo al diablo la noche anterior. Hoy, ocho años más tarde, Bob McCain vive frustrado por aquel suceso que lo marcó para el resto de sus días. Es más, la entrevista fallida se convirtió en la historia de su vida. A partir de aquella fatídica fecha, todos sus planes se han desvanecido de la noche a la mañana y las historias que ha querido contar -y vender, por supuesto- siempre se le quedan, como se dice en el más clásico argot periodístico, en el tintero. Esta mañana amaneció haciendo mucho frío en New York. Mary Ann no quiere levantarse para ir a la escuela, pero su madre no la deja dormir en paz. –Wake up, little girl –Wake up, my sweet heart... –Wake up.... wake up... La chica, ante la insistencia de su madre, se da por vencida y de muy mala gana se levanta, se mete al baño y a los pocos minutos baja a desayunar. Encuentra a su padre sentado a la mesa, leyendo un diario. Se acerca a él y, con un beso, le da los buenos días. – ...morning, daddy El hombre apenas corresponde al beso, murmura una respuesta y sigue, sin inmutarse, leyendo las noticias del día. La niña le echa una mirada a su plato de cereal con leche y, con evidente desgano, empieza a comer. Mientras tanto, su madre prepara panqueques y huevos revueltos con salchichas y tocino, el desayuno habitual de su padre. Cuando el plato con las frituras estuvo sobre la mesa, Mary Ann le aconseja a 37


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su padre que no coma en casa porque anoche tuvo un sueño precioso donde él era el protagonista y que -de seguro- habría un rico bufé esperándolo en otro lugar. –Soñé que hoy a las diez en punto vas a desayunar con un hombre llamado John Lennon en Central Park, –le dice con tono dulce. Bob duda en salir de casa esta mañana, pero el destino no admite cambios sólo porque a alguien se le ocurra soñar. La suerte, para él, estaba echada.

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Los perros rabiosos Siempre creí que mi madre se había ido huyendo de nuestra casa, harta de tanta barbaridad del marido, quien no era mi padre, sino mi tío. Lo cierto es que ese mismo día, en cuanto me di cuenta de la ausencia, estuve absolutamente seguro que mi vida en aquel lugar iba a cambiar drásticamente. Todo, por supuesto, empeoraría para mí. Años atrás, cuando mi padre murió trágicamente, a mi madre le quedó un montón de deudas pendientes de pagar, por lo que no tuvo más remedio que aceptar el apoyo de su cuñado. Eso fue lo que ella me explicó, con palabras que un niño de diez años pudiera entender. Lo que mi tío le ofreció, “sin segundas intenciones”, porque presumía de tener un gran corazón, era una ayuda completa. Primero, la protegería de cualquier peligro hasta con su propia vida si fuese necesario, ya que “una mujer,sobre todo si es joven y bella no debe andar por la vida sola, exponiéndose al acoso de perros rabiosos que pululan por doquier”. Luego, pondría todos sus recursos a su disposición para que tuviera la solvencia económica para mantener a los hijos, aunque yo era el único que necesitaba alimentación y escuela. Finalmente, la acompañaría noche y día, pero sobre todo en las noches, cuando la tristeza y la desolación puede acabar con la cordura de una viuda todavía en la flor de la vida. Pero pronto me di cuenta que yo era un estorbo para ellos. Sobre todo, para mi propia madre, aunque me duela reconocerlo. Él pasaba protegiéndola y acompañándola todo el tiempo, lo que parecía agradarle a ella al punto de olvidarse por completo de mí. Al fin y al cabo, lo único que yo 39


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necesitaba -pensaban ellos- era comer para no morir de inanición, por lo que ninguno de los dos me prestaba mucha atención. A él se lo perdono, entre otras cosas, porque no tenía ninguna obligación conmigo. Él le había prometido a mi madre la compañía para ella, no para mí. Además, cuando le ofreció mantener a los hijos, su nuevo marido estaba pensando en el futuro, en los hijos que iba a tener con él. Yo no figuraba en sus planes porque era solamente su sobrino, el único hijo de su difunto hermano. A quien me cuesta mucho perdonar es a ella, pero me hace tanta falta, que me bastaría tan sólo una caricia suya para olvidarlo todo. Mis dos hermanos a medias tuvieron mucha mejor suerte que yo. Al menos por un buen tiempo. Hasta que pasó lo que pasó. O, mejor dicho, hasta que yo hice que pasara lo que tenía que pasar. La fecha la he olvidado, pero recuerdo que un día de mi adolescencia, que coincidió con la infancia de mis primos que al mismo tiempo eran mis hermanos, oí discutir airadamente a mi madre. Parecía que estaba a punto de volverse loca mientras que a su marido parecía importarle muy poco lo que ella le decía. Aquel pleito que terminó con un portazo y mi madre hablando sola, fue el primero de muchísimos que tuve que presenciar. Al principio fueron sólo discusiones con gritos y groserías, pero conforme fue pasando el tiempo las cosas se fueron poniendo cada vez más serias. Ella reclamaba las llegadas tarde, su aliento alcohólico, el olor a perfume barato impregnado hasta en su ropa interior, los preservativos en la billetera y los comprobantes de la tarjeta de crédito que no tenían nada que ver con los gastos de la casa. Él se las arregló para poner a sus hijos en contra de ella. Les decía –con palabras que entendieran dos niños de corta edad– que su madre era una perra, una gata, una zorra, una leona. Lo hacía gritando para que lo oyeran todos, incluyendo a los vecinos. 40


La isla de sal

Las patadas y los puñetazos llegaron después, aunque no se hicieron esperar por mucho tiempo. Se nos hizo costumbre verla con los ojos morados y los labios hinchados. Mis hermanos decían que bien merecido se lo tenía por ser una cualquiera, aunque no entendieran lo que significaba ser una cualquiera, como tampoco entendían muy bien eso de ser perra, gata, zorra o leona. Se despertaban con los gritos igual que yo, se asomaban a la habitación de sus padres y, entonces, empezaba para ellos la diversión. ¡Eran tan sádicos¡ Nunca entendí cómo era que gozaban aquellos momentos dramáticos, porque para mí eran un verdadero tormento, una dolorosa tortura. Se divertían igual que un grupo de niños normales cuando uno de ellos, desorientado y con los ojos vendados, le da de golpes ciegos a una piñata. Cuando mi madre caía al suelo, toda desquebrajada y rota, su padre los buscaba para darles los dulces y las sorpresas. Menos mal que a esos malditos locos yo siempre los vi como mis primos y nunca como lo que -muy a mi pesar- eran. Medio hermanos, pero de todas maneras, mis hermanos. Nos habíamos formado en el mismo útero, nutriéndonos del mismo néctar, pero nuestros genes eran diferentes. Yo tenía sentimientos humanos -siempre los he tenido-. Ellos -en cambio- no tenían alma; eran animales, igual que su maldito padre. Gatos hambrientos, zorros tramposos, leones tras una presa indefensa. Eran unos chacales, unos buitres. Hienas que se reían del dolor ajeno, aunque fuera el de su propia madre. El día que mi madre desapareció, me juré que las cosas iban a cambiar para todos, pero especialmente para ellos, los perros rabiosos. Me convencí de que no iba a cometer ningún pecado si acababa con la rabia que había acompañado a la familia. Aunque en realidad, nunca fuimos una verdadera familia, a pesar de estar unidos por lazos de sangre y 41


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parentescos muy cercanos. Talvez alguien podría tachar mis planes de delictivos, pero lo importante para mí era que no fueran pecaminosos. Dios sería mi único juez y Él sabría perdonarme. Me llevó mucho tiempo pero finalmente me encargué de la situación. Justo cuando me deshice de los cuerpos, en el traspatio de la casa, encontré a mi mamá. Tuve que ahogar un grito de emoción y gozar, en absoluto silencio, el momento de reencontrarme con ella. Entonces supe que jamás me había abandonado, que siempre estuvo cerca de mí. Ahora siento envidia de los perros rabiosos porque ellos están con ella y yo no. Además, ahora pasan todo el tiempo juntos y en paz, tal como yo creo que debe ser una familia feliz.

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La luz en la ventana Eran exactamente las cinco de la mañana y ella no quería despegar la cabeza de la almohada. La tibieza de las frazadas la invitaban a quedarse por más tiempo, disfrutando la suavidad de su cama. Además, era sábado y ella dio por descontado que, como casi todos los días de agosto, éste también sería húmedo y gris, ideal para quedarse en casa. Todos los días hábiles la despertaba un radio-reloj eléctrico colocado estratégicamente sobre la mesita de noche. A la hora programada, la misma desde el día que lo compró, un zumbido fuerte y prolongado alteraba el silencio de la habitación. Apenas empezaba a sonar, ella estiraba el brazo y lo apagaba de un certero manotazo. Pero a los cinco minutos el desdichado aparato -automáticamente- volvía a encenderse y entonces las notas de una música estridente, o los gritos de un locutor madrugador, la obligaban a levantarse. Pero el fin de semana y los días festivos la cosa era diferente. Aunque el radio-reloj eléctrico estaba desconectado desde la noche anterior, era su despertador biológico, que no discriminaba fechas, el que se encargaba de sacarla de la cama. Algo en su cabeza se activaba siempre a la misma hora, o sea a las cinco en punto de la mañana. Y este otro despertador, instalado en su hipotálamo, era implacable e imposible de apagar. Odiaba despertarse tan temprano cuando no tenía el compromiso de ir a trabajar. Todavía amodorrada se dio cuenta de que el hombre, su pareja de muchos años, estaba a la par suya, como siempre, tendido panza arriba. Estaba su enorme cuerpo, desnudo e inerte, desparramado a lo largo y a lo ancho de la cama. 43


Contenido En defensa propia ..................................................................................................... 13 Crónica de un terrible olvido ..................................................................................... 15 La isla de sal ............................................................................................................ 17 La Lupercalia ........................................................................................................... 19 Todos los dioses son sordos ....................................................................................... 21 El llanto .................................................................................................................. 25 El testigo ................................................................................................................. 29 ¡Taxi! ....................................................................................................................... 33 Entrevista con John Lennon ..................................................................................... 35 Los perros rabiosos ................................................................................................... 39 La luz en la ventana ................................................................................................ 43 El estruendo ............................................................................................................ 47 A la espera de un milagro .......................................................................................... 52 Consejo para perdonar .............................................................................................. 57 La teoría de la relatividad ......................................................................................... 63 Mars Pater su mujer y sus dos amantes ..................................................................... 64 La vara .................................................................................................................... 66 Alta cocina .............................................................................................................. 68 La Carta .................................................................................................................. 70 La diva y el genio ..................................................................................................... 72 Humores que matan ................................................................................................. 76 “¿Dónde estás corazón?” ........................................................................................... 81 El sueño de una geisha ............................................................................................. 85 La maldición de Musha ............................................................................................ 90 “Gracias a Dios es viernes” ....................................................................................... 95 El hotel del Caballo Loco ....................................................................................... 101 Cronología de un almuerzo gratis .......................................................................... 107 La cabra ............................................................................................................... 112 Diez quetzales ....................................................................................................... 119 La profecía ............................................................................................................ 121 Todo cambia todo .................................................................................................. 122 El arte de la disuasión ........................................................................................... 124 El pozo ................................................................................................................. 125 Todas las medallas de la Pornikova ......................................................................... 128 ¡Encore! ................................................................................................................ 129 Controversia por un aparecido ............................................................................... 131 El extraño mal de Jeremías Cantú .......................................................................... 133 Ya lo pensé bien, me iré a Calcuta .......................................................................... 138 Una frustración de peso ......................................................................................... 139 Un remedio probado para la soledad ........................................................................ 140 La casa de Goya .................................................................................................... 146 Los motivos de Heliconia Magarín ......................................................................... 153


Se han omitido algunas páginas de este libro, si desea comprar la versión completa PDF comuníquese a letranegra2k@gmail.com o puede adquirir un ejemplar en las librerías de prestigio de Guatemala. 


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