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Al del precipicio

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LETRA NEGRA


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Al del precipicio Leo De Soulas


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Al borde del precipicio

D.R. Leo De Soulas © Leo De Soulas © para la presente edición, Letra Negra Editores 2010 11 avenida 2-49 zona 15 C.P. 01015. Ciudad de Guatemala. Teléfonos: (502) 2369-6950 Correo electrónico: letranegra2k@gmail.com I.S.B.N.: 978-9929-557-60-4

No está permitida la reproducción total o parcial de este libro, ni su tratamiento informático, ni la transmisión de ninguna forma o por cualquier otro medio, ya sea electrónico, mecánico, por fotocopia, por registro u otros métodos, sin el permiso previo y por escrito de los titulares del copyright.


Prólogo

Eduardo Villalobos* El panorama literario de cualquier tiempo y lugar, desde ciertas lluvias hasta acá, suele configurarse alrededor de unos cuantos nombres, generalmente circunscritos a algunos grupos literarios, talleres, publicaciones o ámbitos académicos. A partir de una actividad que generalmente abarca también labores extraliterarias, algunos escritores logran construir eso que se llama “prestigio literario” y que a veces está acompañado de una incuestionable realidad y otras es más bisutería que el tiempo se encargará de borrar. Los lectores llegan por medio de esta parafernalia, pero es la calidad del autor la que hace que se vayan pronto o se queden para siempre. No obstante, cada cierto tiempo surge algún nombre que ha permanecido alejado de tanto bombo y platillo. A veces, ocurre que el surgimiento es fugaz y el autor vuelve a la sombra. Otras, pasa lo contrario. Lo que quiero decir es que a veces la penumbra insular de un escritor cuestiona los valores de su generación, arremete contra su temprana autocomplacencia, los confronta e incluso los vence. Leo de Soulas (Ciudad de Guatemala, 1971) es un narrador que bien podría ubicarse junto a la generación que empezó a publicar sus trabajos en la ya no tan cercana posguerra guatemalteca. Es *Poeta guatemalteco 7


decir, comparte el mismo imaginario o, por lo menos, los mismos espacios vitales con la mayoría de autores de la desaparecida Editorial X, o con aquellos que se insertaron en el escenario a partir de proyectos como Mundo Bizarro o Libros Mínimos, por dar dos ejemplos incompletos o tal vez inexactos y arbitrarios. Pero la aparición de su primer libro sucede no en aquellos años sino en este 2012, y lo que nos presenta son seis relatos reunidos en un volumen que lleva por nombre Al borde del precipicio. Para empezar, quiero decir que el título, que en primera instancia parecería un lugar común, es en realidad un acierto dada la naturaleza de los textos que aquí se incluyen. Porque lo que identifica de entrada a Leo de Soulas, el hilo subterráneo que atraviesa los entramados que construye con sus historias, es un deseo que implica una caída libre a las profundidades del alma humana. Desde el insoslayable placer oculto que se nos presenta en “El tarado”, pasando por la naturaleza aplastada por las convenciones sociales de “Las sombras dell internado” y “Una esquina con filos”, hasta la violencia explícitamente sexual de “El equilibrio en la pista”. Construidos con un lenguaje de reminiscencias clásicas, los textos de este libro hablan de muchas cosas, pero fundamentalmente del deseo. Y aquí quisiera detenerme. Nadie se confunda. Acá no hablamos de una literatura pseudoerótica, de esa que está de moda y vende libros como si fueran tomas, sino de un deseo que duele, intenso, humano y, como tal, animal y demoníaco. Lo que ensaya De Soulas en estos cuentos es un conflicto existencial, ya diseccionado por Sartre: está lo que queremos ser y lo que 8


terminamos siendo debido a las convenciones sociales, a instituciones que nos terminan castrando. En esa lucha nos debatimos, y en esa lucha ubica el escritor a sus personajes. Pero en el camino también encontramos otras sensaciones: la ironía, el desconsuelo, la soledad, la individualidad, el amor. Y una pasión evidente por contar historias. De ahí que se logre una tensión bastante especial en los relatos que componen este espejo. De muchas maneras, Al borde del precipicio es una invitación a la caída, al vértigo que significa hundirnos en nosotros mismos, en nuestro inabarcable abismo. Al leer este libro uno descubre a un autor cuyos valores estéticos difieren significativamente de los de algunos de sus contemporáneos. Y no me refiero solamente al lenguaje sino a la visión del mundo, a la concepción estructural y a los recursos narrativos. De entrada es una señal saludable. Faltará ver qué más nos entrega Leo de Soulas en el futuro, cómo va encontrando un lenguaje más personal y cómo construye sus nuevas historias para ubicarlo en este panorama en incesante construcción que es la literatura guatemalteca actual.

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El Tarado En el pueblo todos nos habíamos acostumbrado a ver pasar cada mañana a Mardoqueo, el Tarado, con la cabeza baja y la mirada perdida. Era común verlo detrás de su madre, cargando el canasto de la compra. La rígida doña Felisa siempre parecía que andaba rezando. Movía los labios en una actitud solemne y cuando se le cruzaba una parroquiana, apenas si levantaba la vista para dar un “buenos días” y seguir en su santa letanía. A nadie en el pueblo le causaba extrañeza ya aquel par de figuras lúgubres que todos los días cruzaban la plaza a la hora de la compra. Doña Felisa caminaba con su acostumbrada solemnidad, acentuada por el distinguido moño que le sujetaba el cabello por detrás y con su luto rígido que había adoptado desde la muerte de su marido, seis años atrás. Y todas las chachalacas del pueblo, siempre que la miraban pasar, exclamaban: —¡Pobrecita! Sin duda que todavía reza por el alma perdida de su finado marido. —¡Que en paz descanse El Tuerto González! —Se persignaban como si hubiesen evocado al mismísimo demonio. Le decían así porque había perdido un ojo en una riña con la Rosita, una de las meninas más folclóricas del pueblo. Cuentan que, en una ocasión, llegó a requerir los servicios de la Rosita en completa borrachera. Luego de satisfacerse 11


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se salió del cuarto tan fresco como los tomates manzanos que vendía la nía Pepita. Entonces la Rosita, que era de armas tomar, lo sujetó del cuello para cobrar sus honorarios. Pero como más puede la fuerza que las alharacas de locataria, la Rosita se vio pronto tumbada de manera violenta en la cama. Entonces, en un ataque de completa histeria puteril, acompañada de una marejada de insultos e improperios, que bien pudieron enriquecer el diccionario de la lengua española si un hábil lingüista hubiera tomado nota de ellos, tomó el primer envase de vidrio que encontró a la mano era su agua florida-, lo estrelló en el piso y arremetió contra el rostro del Tuerto hasta sacarle el ojo. En la cárcel, la Rosita había dicho que tan solo quería dejarle marcada la cara para que aprendiera que los servicios se pagaban. Luego pasó tres meses divirtiéndoles la vida a los oficiales de turno de aquel cuchitril mugroso. Pero al cabo de ese tiempo, andaba de nuevo en sus correrías en la Casa Grande y en otras cantinas de la vida alegre. Nadie se explicaba cómo doña Felisa, quien era casi una santa, había ido a parar en las manos de aquel macho aguardentoso que tenía fama, entre las meninas -así le llamaban a las putas de madame Charlotte, la dueña y administradora de la Casa Grande-, de ostentar un estandarte fálico tan grande como el de los burros. Madame Charlotte siempre decía, con un tono irónico y burlón -más bien de envidia, decían las muchachas-, que bien sabía la Felicita el tesoro que tenía en su casa. La fama de macho del Tuerto González había traspasado las fronteras 12


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de la vida alegre. Las hembras lo deseaban de forma oculta y los hombres lo respetaban por eso. Sin embargo, como siempre habían celosos que no podían presumir de los 22 centímetros y medio de los que alardeaba el Tuerto, muy pronto empezaron a tramarse todo tipo de intrigas, mitad verdad, mitad mentira, acerca de la estupidez del pobrecito de Mardoqueo. Así, unos decían que era consecuencia de la gonorrea que había adquirido con una de las meninas; otros, que lo había concebido en una borrachera; y los más sagaces opinaban que así como el Tuerto había heredado aquel hermoso y espléndido miembro de sus antepasados los burros, Mardoqueo apenas había alcanzado a heredar la inteligencia. Pero de doña Felisa nadie se atrevía a hablar. Todos los domingos era la primera en llegar a la iglesia, con su madrileña, como Dios manda. Se reclinaba y entraba en profundo estupor místico, mientras la misa seguía su cantaleta como agua en el río. Entonces, Mardoqueo se contentaba con cazar las moscas que pululaban muy cerca de sus ojos, para después darse un delicioso banquete. O bien se quedaba ido, con la baba hasta el pecho contemplando un haz de luz que se colaba por alguna ventana. Aunque doña Felisa casi no le hablaba a nadie -hablarle, hablarle como buena comadre-, todas las mujeres admiraban el valor que había tenido al empezar -para disgusto de los machos, pero para tranquilidad de sus sumisas hembraslos trámites en la alcaldía y en la sencilla parroquia. Su 13


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objetivo era bien claro: cerrar la Casa Grande, con el pretexto de que no dejaban dormir con sus escándalos, amén de corromper las buenas costumbres de las familias y ser un mal ejemplo para los chirises. El día en que las meninas, comandadas por Madame Charlotte, salieron del pueblo, con sus cajas llenas de vestidos brillantes de la más vulgar lentejuela y sus vaporosos tocados con plumas, fue un día de emociones encontradas. Las mujeres de bien colgaron sábanas blancas en sus balcones como símbolo de pureza y salieron orgullosas a las puertas de sus casas a quemar cohetes y a tocar despeltradas cacerolas, acompañadas de los más crueles comentarios y vituperios. Por supuesto que doña Felisa había creado todo un ejército para combatir la lujuria en el pueblo y había organizado a las mujeres para presionar a los maridos, quienes por supuesto se oponían a esta iniciativa. Las mujeres de bien no cocinaban, no hacían sus oficios ni se encontraban dispuestas cuando sus esposos las requerían. La que más apoyaba la causa era la propia mujer del alcalde. En este desfile de colores encendidos que lucían las meninas, con su femenino andar, patético entre los charcos y las cloacas de las calles que conducían a la salida del pueblo, había sido el triunfo total. Las mujeres idolatraban a doña Felisa y los hombres, metidos en sus madrigueras, la maldecían. De esto, hacía dos años que había muerto el Tuerto González. Mardoqueo, por ese entonces, tenía dieciséis años, pero su comportamiento era el de un niñote de cuatro. Si doña Felisa no le compraba las paletas que vendían en la tienda de don 14


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Heriberto, zapateaba, brincaba, gritaba y comenzaba a echar densa espuma por la boca. Ahí se abría de nuevo el monedero de doña Felisa y, acto seguido, recibía el empalagoso caramelo. Los galenos habían dado su veredicto desde hacía mucho tiempo. El pobre nunca sería una persona normal. Conforme pasaban los años, las manos y los pies le crecían, la cara se ensanchaba en una proporción descomunal, los dientes se salían de su boca y la baba que fluctuaba de la comisura de sus labios se hacía cada vez más pastosa. Sus olores desagradables y su fobia al baño pasaron inadvertidos durante la niñez. Al fin, era visto como cualquier rapaz de su edad. Pero conforme se fueron liberando los primeros humores de la pubertad, los olores se hacían más desagradables. Los fétidos sobacos, el cabello grasiento y el calzoncillo de ochos días molestaba a las comadres que se juntaban bajo el sol de mediodía en las esquinas del mercado popular. Pero ninguna de ellas se atrevía a mostrar su desagrado ante doña Felisa, que seguía con la cabeza baja, como rezando sus oraciones. Y cuando por fin respiraban tranquilas de aquel tufo que se quedaba flotando en el ambiente, se atrevían a hablar: —¡Pobrecita doña Felisa! —¡Ese es castigo de Dios! ¡Así como era el marido!... —Lo peor es que no fue él quien terminó por aguantar a la cría. —¡Cada quien con su cruz! —¡Esa mujer es una santa! 15


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—Por eso dicen que ya no quiso tener otro güiro. —¡La paciencia que ha de tener con el pobre Tarado! —¡Cada quien con su cruz! Mardoqueo nunca salía de su casa si no iba acompañado de doña Felisa. Decían que era porque a ella no le gustaba que los patojos se burlaran de él. “¡Y tenía razón!”, decían las comadres de bien, “¡Con lo crueles que son las burlas de los niños!” Pero Mardoqueo era como un chiquillo terco y difícilmente se resignaba a su monótona prisión doméstica. Principalmente para los meses del verano, cuando el calor provocaba que los parroquianos colgaran las hamacas en los solares de sus casas y se espantaban las moscas con los periódicos que apenas llegaban de la ciudad. Una tarde calurosa se desató el escándalo. Las mujeres se horrorizaron de labios para afuera del espectáculo que Mardoqueo ofrecía en la fuente del parque central. Inmediatamente desviaban la mirada, pero de reojo y con cuidado de no ser vistas por su vecina chismosa, lanzaban una mirada furtiva a la fuente. El muchacho había crecido y exhibía, como un David inocente, un vigoroso y galante miembro, más grande, más grueso y más leñoso que el de su padre. Mientras chapoteaba el agua que lo refrescaba, con el placer de sentirse visto por los demás, como si hubiera hecho cualquier gracia de bebé en busca de aprobación, el portentoso animalejo que tenía entre las piernas crecía orgulloso como un colosal Polifemo.

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Entonces, de nada valieron los disimulados pudores de mujeres escandalizadas. Aquellas miradas que, en un principio era tímidas ráfagas, se habían convertido en desfachatadas luces de lascivia. Por un momento quedaron pasmadas como habría quedado el mismo Mardoqueo ante el vuelo de las palomas frente a la parroquia del pueblo. La boca se les secó y una golosa sed las hizo jadear desde su pecho. Las más santurronas apenas si tuvieron fuerzas para santiguarse, más por el quebranto que les causaba aquel priapismo que por el pecado que presenciaban sus ojos vírgenes, ojos que antes no habían visto lo que era una verga en su máxima expresión. Pero esta escena solo duró unos momentos, tan breves, que ninguna de aquellas comadres dio lugar a que se hablara mal de ellas. Doña Felisa irrumpió en el parque con gritos efervescentes, mientras sostenía encolerizada un varejón en su mano temblorosa de ira. De un salto, Mardoqueo abandonó las cristalinas aguas de la fuente y se echó a correr, calle abajo y como Dios lo trajo al mundo, como adivinando la paliza de la cual no se podría liberar ante la bestial expresión de doña Felisa. Las mujeres, con cierta nostalgia, vieron alejarse aquel blanco trasero con incipiente vellosidad que ocultaba la feliz y despreocupada pelleja. Con un suspiro de añoranza, las que se atrevían a tejer sueños más traviesos, compararon con desilusión la bestialidad de aquel monstruo primitivo con los sosegados y cristianos gusanitos que tenían en sus casas.

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Los niños, entre ellos yo, que por ese entonces tenía 10 años y otros vecinos chismosos nos acercamos a la casa de doña Felisa, pero solo se oían los gritos del Tarado y los zumbidos del chicote de caballo. Hasta que no se escuchó nada más que un silencio pesado. Al otro día nadie vio a Mardoqueo. Al mercado solo iba doña Felisa con su luto riguroso y la madrileña cubriéndole la cara en señal de vergüenza. Compraba lo necesario y se regresaba directo a su casa. Entonces, el corillo de comadres volvía a dar su opinión. —¡Pobre doña Felisa! —¡La vergüenza que debe sentir!... —Pero hay que ver lo que le hacen pasar los hijos a una... —Deberían de comprender que el muchacho está enfermo —Pero el Mardoqueo se mira muy saludable. —Shttt. Esas cosas no se dicen... —¡Y ella que es como una santa! —¡Pobre doña Felisa! —¡Cada quien con su cruz! Todo mundo estuvo de acuerdo en que, quizá, todo aquello era una exageración. Coincidían que pasaría a los días. Pero la tenacidad de doña Felisa era tal que pasó el primer mes, el segundo y el tercero y seguía sin quitarse la madrileña de la cara. Esto contribuyó a acentuar la creencia de que doña Felisa estaba a punto de convertirse en santa por su castidad. Lo peor era que al pobre Mardoqueo no se le veía por la calle. Apenas y dejaba asomar su rostro entristecido desde la ventana del segundo piso, al frente de un viejo encinal de 18


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aquel gris caserón. Por esos días fue cuando empecé a sentir curiosidad. Todas las mañanas, camino a la escuela, pasaba frente a aquel cascarón viejo de casa y extendía una mano a Mardoqueo en señal de saludo, quien -desde bien temprano- tenía pegado el rostro a los cristales, como añorando la libertad. Entonces fue cuando empecé a preguntarme cómo no lograba escaparse como lo había hecho tantas veces. La gente comenzó a murmurar ante esta notable ausencia pública del hijo. Hasta que un día, desesperada ya por las intrigas, doña Felisa se presentó ante el párroco de la iglesia. —Padre, la gente siempre trata de verle mal a una. Sus lenguas son como cuchillos. —¿Qué pasa hija? —Hay rumores de que trato mal a Mardoqueo, que lo tengo apresado... —¿Y por qué no se deja ver en la calle? —Es que no comprenden padre. Luché tanto por sacar a las meninas del pueblo y porque cerraran la Casa Grande. Dejarlo salir es un atentado contra la moral. —Pero él es un inocente, no sabe lo que hace... —Por lo mismo, padre. No quiero exponerlo al pecado ni tampoco quiero que se diga que de mi casa sale la tentación. Él ya es grande y, lamentablemente, —lanzó un sollozo— el infeliz no entiende lo que pasa. —Tranquila, hija. Dios sabrá recompensarte.

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La fama de doña Felisa se acrecentó más cuando el domingo en la homilía, el venerable sacerdote llamó la atención de las lenguas maledicientes que trataban de levantar cizaña contra la pureza de doña Felisa. Pronto las personas del pueblo decidieron olvidarse de todo y volvieron a lo suyo. Nadie parecía acordarse del pobre Mardoqueo. Y entre una y otra nimiedad, pasó un año. Solo yo parecía recordarme de aquel infeliz. Mi curiosidad por su suerte aumentaba conforme pasaban los días y el pobre se resignaba a verlos pasar desde su opaca prisión. Un día me subí al viejo encino y comencé a hacerle señas. Me dejé deslizar por una suave rama con la intención de ayudarlo a abrir aquella ventana, pero estaba sellada. Fue grande mi sorpresa cuando alcancé a ver que su pierna estaba amarrada a una gruesa cadena al pie de la cama. Para mi mala suerte, la rama crujió como queriéndose quebrar. En ese momento se abrió la puerta de la casa y doña Felisa me echó, amenazándome con sacarme a guacalazos limpios la próxima vez que me sorprendiera merodeando. Al otro día, la ventana estaba sellada con tablas. Pero esto solo consiguió encender mi curiosidad y mi deseo por liberar al pobre desgraciado. Entonces, comencé a estudiar la casa. La observaba desde todos los ángulos, tratando de adivinar cuál sería el mejor lugar para introducirse sin que la dueña se diera cuenta. Mi plan lo llevé a cabo al día siguiente del último domingo de feria patronal. Creí que ese era el mejor día porque el pueblo volvía a su vida normal. Salí de mi casa, engañando a 20


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mi familia de que iría a estudiar. En vez de cuadernos, llevaba en el bolsón un mazo para quebrar la cadena. En lugar de ir a la escuela, me mantuve cerca de la casa de doña Felisa. Ella salió, dejando con llave la puerta principal. Apenas dobló a la esquina, corrí a treparme por el viejo encinal hasta alcanzar la última rama. Mi curiosidad logró resistir el vértigo de péndulo que me provocaba aquella altura. Di un salto ágil y pronto estuve sobre la lámina oxidada. Entonces corrí a buscar por dónde poder descender al interior de la casa. Después de todo, no era tan difícil. Solo era cuestión de arriesgarse, colgar los brazos y dejarse caer sobre la orilla de una pila que estaba en el patio trasero. Lo demás fue muy sencillo. Entrar en la casa y localizar el cuarto en la planta alta. Pero cuando moví la manecilla, sucedió algo que no esperaba. Estaba cerrada con llave. Ni modo, tendría que esperar a que llegara doña Felisa y abriera. Sin duda le daría de comer y, en un descuido, me lograría escabullir. Entonces busqué dónde acomodarme. Me metí debajo de la cama que, al parecer, era de doña Felisa, en la habitación que estaba enfrente y tenía las puertas abiertas de par en par. Sentí bien cuando doña Felisa llegó. De hecho, entró a su cuarto un par de veces, pero nunca oí que abriera la puerta del cuarto del Tarado. Pasaban largos ratos sin que sucediera nada. Hasta logré salir de la cama, estirarme e intenté forzar la puerta. Pero cualquier ruido me habría delatado. No me quedó otro remedio que volver a mi escondrijo cuando 21


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escuché el crujir de las gradas de madera y los pasos que se acercaban. No volví a salir y sin querer, me quedé dormido. No sé cuánto tiempo pasó, pero cuando desperté había oscurecido. Sentí cómo una mano, muy cerca de mi rostro, sacaba el orinal y lo arrastraba hacia fuera. Tenía que buscar la manera de salir de allí. Vi sus tobillos varicosos abandonar la cama. Quise aprovechar ese momento para huir, pero fue entonces cuando escuché el tan esperado sonido de la puerta de enfrente. Oí sus pasos que entraban al cuarto. Pasado un instante, en el que me sentía más asustado que atrevido, salí de la cama y con mucho cuidado, entre la oscuridad, me fui asomando a la puerta del cuarto vecino. Fue allí cuando me llevé la gran sorpresa. La mujer aullaba peor que una perra. Al principio y mientras me acostumbraba a la penumbra de una veladora que alumbraba la imagen del Tuerto, me costó reconocer aquella masa grasienta que cabalgaba sobre los muslos desnudos de Mardoqueo. Este yacía tendido en la cama todavía encadenado. No pude ver su expresión, pero la de ella fue clara como el agua. En una mueca contrita exhalaba el último gemido de placer mientras su cuerpo se ondulaba en contracciones convulsas como una yegua salvaje. Juro que la vi, en aquel ambiente de penumbra, convertida en una yegua. Entonces, sin importarme ser descubierto, bajé corriendo las gradas, me tropecé con varias cosas que no logré distinguir 22


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en la oscuridad, provocando un ruido descomunal; me dirigí a la puerta, quité la tranca y salí corriendo horrorizado. Cuando por fin me atreví a volver la vista, casi en la esquina, noté que se encendía la luz de la sala. Seguí corriendo y no fue hasta que llegué a casa que me di cuenta que había dejado mi bolsón. A la mañana siguiente no había nadie en la casa. Pasada una semana, un pesado camión de mudanza se aparcó enfrente. Yo me atreví a ver desde lejos cómo sacaban muebles y otras cosas. Nadie en el pueblo se explicaba la súbita partida de doña Felisa. Yo jamás volví a saber de ellos y tampoco de mi bolsón que contenía el viejo mazo con el que algún día quise liberar al pobre Tarado.

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Las sombras del internado Los recuerdos de aquella época todavía son muy claros; aunque era una mañana fría, la mesa en la que tomaba el café era bañada por una luz áurea, con ese sol tibio de las siete y media que invita a quedarse un rato más en la cama. Sin embargo, hacía dos horas y media que estaba levantado, bañado y acicalado; con el cabello peinadito hacia un lado y embadurnado con vaselina, como lamido por un lengüetazo de vaca; con el uniforme impecablemente limpio y planchado; con aquel inconfundible olor aséptico, tan rígido y grave, emanando de mi cuerpo recién salido del disciplinado baño con agua fría de las cinco de la mañana. No tardé en verme sentado en un rincón del automóvil, con la cara pegada a los cristales, como tratando de tragar con los ojos las últimas imágenes gratas de mi temporal libertad; despidiéndome de aquel paisaje que presentía nunca volver a ver. Mientras tanto, el vehículo avanzaba y los rayos de sol naciente entraban a raudales por la ventanilla. La gente de la ciudad comenzaba sus actividades con la prisa común de las mañanas: bajándose de un bus y subiéndose a otro; caminando a paso rápido, pero sin correr. Despabilándose mientras se tomaban un jugo de naranja en un puesto popular callejero o lustrando sus zapatos mientras leían el diario en un parque donde parecía que el tiempo se detenía. Por aquel entonces, el centro de la ciudad todavía tenía un no sé qué de provinciano, en cuyas calles desfilaban figuras pintorescas que la modernidad -de nuestros días- ha ido desapareciendo: el anciano en bicicleta con los encargos de pan, las atoleras con sus enormes enaguas, los tenderos de 25


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estanquillos en donde se conseguían las revistas de moda, los voceadores exagerando la nota del día, los chicleros agazapados en cada esquina, las sonrisas de los escolares, la preocupación de los desempleados, en fin, la gente que va y viene. Comprendo bien la necesidad experimentada por los condenados a prisión de devorar hasta el último ápice de la cotidiana realidad callejera. Son capaces de captar hasta el más mínimo movimiento de aquel efervescente bullir citadino. Podrían, incluso, hasta escribir un tratado de la psicología humana común con solo observar el semblante y los gestos de los transeúntes. Porque si algo tienen las personas, momentos antes de ser privadas de su libertad, es esa necesidad de vivir con intensidad hasta el aire que respiran. El vehículo dejaba atrás todas estas imágenes que yo trataba de retener en la memoria, para no olvidar aquel ambiente de animación, que perdería en ese año de cautiverio, que comenzaba ese día. Eran estas imágenes el único consuelo que me hacía más llevadera mi estadía en aquel lugar desprovisto de color, donde mi libertad era cercenada por las paredes de aquellos grises dormitorios. Atrás se había quedado la actividad galopante del Parque Infantil; atrás quedaba el hoyo en donde, algún día, pensaban construir el mercado central; atrás se habían quedado las palomas que revoloteaban en los atrios de las señoriales y sempiternas iglesias y cagaban de la manera más profana a la “Chepona” de la Catedral, que se alzaba soberana entre las techumbres de tejas provincianas que, por aquel entonces, todavía abundaban en el centro. El juego de cúpulas henchidas que custodiaban el apacible amanecer en la tacita de oro, como se le conocía a la zona 1. Atrás se iban quedando los locales 26


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comerciales repletos con los grupos de trabajadores que desde hacía quince minutos esperaban la apertura de sus puertas para irrumpir en estampida y colocarse en sus puestos de trabajo. Recosté mi rostro en la escotilla, como sintiendo pena por no quedarme un rato más en mi cama o, por lo menos, entre aquel corre y vuela de personas simples que comenzaban su día con una sonrisa o con la preocupación cotidiana de cumplir con sus labores lo mejor que pudieran. El tiempo que me tomó bostezar fue suficiente para que el vehículo tomara la carretera rodeada de maleza. Entonces, todo se disparaba de manera automática. Me llegaba aquella extraña sensación, una especie de calor en el estómago que producía náusea, un sudor frío en las palmas de las manos y en las plantas de los pies, aquel temblor de cuerpo que no controlaba y esa dolencia extraña del abandono y el vacío. Así había sido los otros años, ahora no tenía por qué ser diferente. Era un condenado que, con estoica paciencia, soportaba mi propio vía crucis hacia el patíbulo. Al cruzar una curva aparecía, como por encanto y perdida entre la soledad de aquellas hectáreas boscosas, la vetusta fachada del colegio internado. Aunque la ciudad estaba a unos diez minutos en carro, una vez cruzado aquel portón ennegrecido por los años, parecía que todos los caminos se cerraban para volver a ella. Un anciano tembloroso que hacía las veces de Carón a orillas del Aqueronte se encargaba de abrir el portón. Entonces me bajaba del carro junto con el hatillo de mis pocas pertenencias, cosas que en realidad no necesitaba en aquel monstruoso caserón en el que mataba la mayor parte de mi tiempo libre —tiempo que me quedaba después de las clases— en los oficios religiosos, en mis expediciones dentro 27


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de la apolillada biblioteca o en los quehaceres asignados para la limpieza de los dormitorios. Solo un beso de despedida, como marcado por la obligación. Todavía el año pasado mi madre me había acompañado por aquel largo corredor que llevaba hasta la oficina de la Madre Superiora. Pero ahora era como un despojo que llegaban a tirar. Siempre me lo vivía cantando, que moderara mi carácter, que tratara de controlar mis arrebatos, que pusiera freno a mis caprichos y bla, bla, bla. Un poco de disciplina ruda, decía ella que me faltaba. Con ese argumento, justificaba aquel abandono en el que me dejaba. Ni una palabra más ni una palabra menos. Convencido de que la intención de mi madre era hacerme sentir como un hombre crecidito, me abría camino solo entre el jardín de buganvilias que bordeaba el pasillo en cuya entrada descansaba etérea aquella imagen de la Virgen del Rosario. Mientras atravesaba aquel corredor inmenso y solitario que me adentraba al recinto, el sonido de mis pasos se multiplicaba por el eco, provocando la extraña paranoia que hasta el día de hoy me persigue como sombra. Volvía la vista, presintiendo que la Virgen del Rosario se había bajado de su urna para escoltarme, como fiel celadora, hasta el interior de la casa santa a la que el extraño Simón llamaba “El infierno”. Pero la estatua de aquella regenta seguía allí, severa e incólume, observando mis pasos desde la entrada de aquel cascarón viejo de casa. En la entrada del despacho de la Madre Superiora se lucía, enseñoreada y digna en su soledad, aquella campana que servía de árbitro severo entre los períodos de estudio y de descanso. Su repicar seco, como nudo en la garganta, lo tengo aún tan grabado en la memoria sonora como el día en el cual un fantasma se dejó ver colgando al fondo del 28


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corredor de los dormitorios. Esa terrible imagen del fantasma y el tañido de la campana austera quedaron indisolublemente asociados al miedo. ¡Diez minutos tarde! La Madre Superiora me observó con su mirada fulminante, capaz de intimidar hasta a quien se creía el más inteligente. ¡No había excusa que valiera! Comprendía al pasar los años que, a partir del momento en que pisaba aquella mazmorra, era necesario mostrar esa actitud de culpa hasta por la más leve falta a la disciplina. Actitud por la que bien me habría ganado la reputación de un actor consumado, porque -en el fondo- nunca creí en esa disciplina embrutecedora y vivía remilgando contra aquellas mujeres que parecían pingüinos metidas en su monótono hábito azul. De inmediato pasé a la formación, donde todos mis compañeros rezaban la plegaria, en el patio rodeado de arcadas que formaban largos y lúgubres pasillos alrededor de los cuales se atrincheraban las puertas gruesas de madera, que abrían paso a las aulas oscuras y silenciosas como criptas. Los únicos sonidos precisos que se debían escuchar desde aquellos templos del saber eran las notas musicales del apolillado piano de cola, ubicado en el salón de música. Por lo general eran acordes tristes de avemarías arrancados del instrumento que parecía transpirar sangre, acompañados por las voces angélicas de niños escupiendo culpas. De ahí, en los demás salones, todo era un profundo murmullo de imberbes aprendices, muchos de los cuales éramos abandonados todos los años en el internado, con el terrible estigma de niños con problemas de conducta. Siempre fui un campeón cuando se trataba de extraviarse por esos caminos que se alejan de la realidad, ya sea en el pasado o ya sea en mi mundo fecundo de imaginación. Para 29


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perder la atención, solo era necesario que mi vista persiguiera la trayectoria de una mosca, que se convertía en un avión que exploraba todos aquellos lugares desconocidos que deseaba descubrir. Entonces, las líneas monótonas del pavimento en el patio escolar adquirían matices que solo yo podía ver, eran relieves de una geografía caprichosa en donde se alternaban extensas sabanas con tupidas montañas. A veces también cerraba los ojos y me dejaba llevar por el murmullo a corillo de las oraciones a la hora de la plegaria. El sol tempranero acariciando mi rostro junto con el “santamaríamadrededios” dicho de corrido, a medio abrir la boca, como si fuera el zumbido de un zancudo, se me antojaba como el monótono estruendo del tren cuando, desde bien temprano, íbamos camino para la aldea de Sinaca en las excursiones familiares de mis años más tiernos. Mis padres, mis hermanos y yo llegábamos a La Ermita cuarenta y cinco minutos antes de las siete y cuarto, hora puntual en que llegaba el tren de la Plaza Barrios, cargando canastos con comida y las mochilas, donde llevábamos nuestras calzonetas y demás implementos para darnos el respectivo chapuzón en el río. Entonces, nos tronábamos los dedos por la emoción que nos provocaba subir a la locomotora vieja, desvencijada y vernos, en pocos minutos, como suspendidos en el aire cuando abandonábamos la ciudad por el puente de Las Vacas. De ahí, el shaca-shaca-shaca lento e interminable que comía paisajes de montaña y de verdor hasta que la voz aguardentosa y vulgar de un maquinista anunciaba que llegábamos a la estación. Mientras mis pensamientos divagaban felices por senderos insospechados o entre recuerdos tan alejados, sentí el sólido golpe de una regla en mis muslos. Era Sor Mariana quien, acomodándose los espejuelos, me hacía ver que me había 30


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salido unos pasos de la fila. Entonces, decidí volver a lo mío, es decir, a concentrarme en el Padrenuestro y en el Yo pecador que todos mascullaban la fría mañana de enero, exhalando un vapor gélido de sus bocas. Luego de rezar y agradecer por otro año escolar, fuimos conducidos a nuestras habitaciones, en el ala sur de la construcción conservadoramente barroca. Teníamos apenas diez minutos para acomodar nuestras miserias y regresar al aula, donde nos esperaba nuestra tutora, quien se encargaría de enseñarnos lo más elemental de cálculo aritmético, gramática, retórica, ciencia, geografía e historia cristiana, herramientas suficientes, según ella, para reformarnos y enfrentar la vida en el futuro como hombres de bien. Ese año compartiría el cuarto con Manolito, un niño que, a pesar de sus once años cumplidos, parecía de ocho. Bajito de estatura y flaco como un alfeñique, era el centro de burlas de los otros compañeros. El único que no compartía las habladurías era el extraño Simón, quien siempre permanecía incomunicado, abstraído, distante, muy superior en su altiva soledad. Porque la rebeldía de Simón no era explosiva y estúpida como la de la mayoría de niños, quienes habitábamos aquel purgatorio, la de él era sosegada, con su eterna actitud de indiferencia y desprecio ante todo lo que lo rodeaba, incluyendo las monjitas, los pocos profesores laicos y el venerable sacerdote paulista que nos visitaba, una vez por semana, para ofrecer los servicios religiosos en la capilla. Era un alivio compartir la habitación con Manolito, con quien, dada su debilidad de carácter, estaba seguro que nunca habría contradicción ni riña por la cama más blanda, por el espacio más iluminado o por la cómoda más amplia. Sin embargo, esa su mirada de odio y rencor siempre me pareció 31


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una bomba en espera paciente del momento más oportuno para reventar. Parecía que la pobre criatura había nacido destinada a soportar los vejámenes de que era objeto. Si alguien había derramado tinta sobre la cátedra, si alguien había hurtado un lápiz, si alguien había dejado basura fuera del bote, todo era culpa de Manolito. Sobre él caían las reprimendas, los jalones de pelo de Sor Mariana, las orejas de burro detrás de la puerta, los plantones con el pantalón a la rodilla debajo del Sol y cuantos castigos dantescos prevalecían en esa casa del terror. Pero eso no era lo único ni lo más amargo de Manolito, encima tenía que aguantar las cacerías clandestinas que organizaban los otros y donde siempre le tocaba hacer de presa. Así, como buen cristiano en los inmemorables tiempos romanos, era perseguido para hacerle “la estrellita” detrás de la capilla o para encerrarlo en el armario oscuro en donde se guardaban los enseres de limpieza. Él permanecía allí, cansado de gritar y de tocar la puerta hasta que era oído por una de las monjas o un alma caritativa que lo rescataba. Entonces venía el interrogatorio, ¿cómo había ido a parar allá dentro?, ¿quién lo había encerrado?, ¿qué travesuras andaba haciendo?, ¿por qué se quería fugar de las clases? Y todo era su culpa, su culpa y su culpa. ¿Denunciarlos? ¡Ni pensarlo! Una vez lo hizo y perdió por partida doble. Primero, porque las monjas se limitaron a abrir incrédulas sus enormes fauces y poner una mirada de desconcierto al no creer que sus pupilos fueran capaces de tales maldades. Segundo, porque luego de unas cuantas averiguaciones y pesquisas por parte de las hermanitas, el único que salió premiado con una lluvia de cachiporra fue el mismo Manolito, quien había sido ajusticiado por sus verdugos, incidente del cual salió mal parado con más de un chichón. De esta manera, sus 32


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victimarios aplastaron cualquier posibilidad de ser descubiertos al mismo tiempo que se divertían con la angustia perenne que vivían en el rictus del muchacho. Así que todo se lo tragaba el pobre Manolito, hasta sus lágrimas. Porque era increíble que, haciéndole todo lo que le hacían, nunca se veía ni un esbozo de puchero en su cara. Su rostro rebosante de ira reprimida, de rencor y de impotencia no era capaz de sostener ninguna mirada. Por eso siempre se le veía con los ojos postrados en el suelo. Su rebeldía, entonces, tomaba caminos insospechados, a veces, en su aspecto descuidado, en su olor desagradable, en su resistencia al baño, en el mamarracho de sus cuadernos y trabajos escolares. Hasta que un día, Sor Mariana, cansada de batallar con sus consejos de rectitud, ordenó a una cuadrilla de niños que lo capturaran. Para aquellos lances el primero en prestarse y ofrecerse como líder era Andrés, el más temerario de todos. Por más que el pobre Manolito corrió o trató de esconderse, pronto fue cercado y llevado a ajustar cuentas. Entre mofas y gritos de diversión que le daban un poco de color a aquel encierro, lo plantaron a medio patio y le regaron agua hasta que el pobre estuvo a punto de convertirse en pez. Sin embargo, no lloró. Lo único que hizo fue fruncir su gesto contrito en señal de profunda resignación. La primera noche que llegué al internado tuve ese sueño extraño que me siguió atormentando durante el resto del año y del que ahora solo me queda aquel pavoroso recuerdo. Caminaba entre los pasillos oscuros de los dormitorios, corredores que nunca antes había visto. Noche negra y profunda. Tras de mí, pasos secos que me perseguían. Imaginaba el rosto maternal de la virgen -con mirada inquisidora- que iba tras de mí, la imaginaba arrastrando, como cadena, su enorme rosario de cuentas perlinas con el 33


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cual laceraría mi espalda. Aceleraba el paso. Sudor, sangre transpirada, coágulos viscosos que coronaban mis sienes, que se vertía cantarina por mi torso trepidado. Respiración cortada. Pasos torpes que se apresuraban en la oscuridad de los enormes salones desolados. Nuevos callejones. Nuevas puertas que abría y que cerraba. Los pasos de la verdugo pisándome los talones. Oscuridad lóbrega. Profunda penumbra. Negritud sin límites y con la magia de una intuición, como si hubiese sido un haz de luz cósmica y estelar que se cuela por uno de esos ventanales en forma de ojiva, reconocí la puerta de mi habitación. Paso pesado, casi sintiéndome atrapado, hasta que lograba llegar a la puerta. Entonces, en mi desesperación por abrir la puerta, volví a ver para medir la distancia de mi persecutora. Pero a contraluz, de otro ventanal, solo divisaba un bulto blanco, un fantasma con bata blanca que colgaba degollado de una de las vigas mientras la campana repicaba con dolor sus quejas. Sobresaltado, siempre despierto poco antes de que al corazón se le reviente la cuerda. Alrededor solo estaba la oscuridad del dormitorio y la respiración profunda de Manolito. Me quedé un rato despierto, con la mirada fija en el techo. Cuando mis pupilas se habían acostumbrado a la oscuridad, solo alcancé a escuchar la voz fatigada de Manolito que, hasta en sus sueños, era perseguido y apenas se defendía diciendo: —”¡Déjenme, déjenme!” Nunca fui hábil ni aficionado para el deporte ni para los juegos bruscos. Durante los ratos de ocio, los cuales eran aprovechados para un partido de futbol o para entablar una “guerra Púnica”, prefería quedarme viendo las estampas de los libros de geografía para soñar en aquellos lugares encantadores y paradisiacos que, algún día, deseaba explorar. 34


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Eran hermosas playas en cuyas aguas se reflejaba el sol dorado de las tres de la tarde o enormes ciudades con rascacielos en los que podía vagar a mis anchas, perdiéndome entre los promisorios de arquitectura moderna. También había frondosos bosques adornados con lagos glaciares y rodeados de encantadoras cabañas; o poblados coloniales con calles empedradas en las que se respiraba un ambiente de paz. En todas estas estampas me veía abrazado por un enorme regocijo de libertad. Aunque siempre temí que esta falta de participación en las actividades usuales entre niños de nuestra edad podía volverse contra mí, como ocurría con el estoico Manolito, esto nunca sucedió, porque yo tenía un arma poderosa que, de alguna manera, me había granjeado el respeto ante mis compañeros y era mi amor al estudio. Ni Andrés ni ninguno de su pandilla se atrevía a molestarme, porque era yo quien pasaba los “chivos” en los exámenes, quien les ayudaba en las tareas de cálculo o les “soplaba” las respuestas cuando la temible Sor Mariana paraba a alguien al azar para indagar acerca de una encíclica papal. Todos temblaban ante la furia de esta monja cuando una lección del catecismo o un pasaje de la Historia Universal no eran recitados con la circunspección y exactitud académica del caso. Andrés, el líder del grupo, tenía un especial interés por tenerme de su lado y aliarse conmigo. Si sus notas o su conducta ante las autoridades eran deficientes, tenían el permiso firmado con puño y letra de sus padres para que lo metieran en la celda de castigo y podía pasar hasta tres días sin mirar la luz del sol; o los días de visita era zarandeado delante de todos por sus severos padres, quienes amenazaban con llevarlo a un reformatorio o le recordaban que iba teniendo edad para ingresar al ejército, para ver si 35


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así, por las malas, al fin decidía enderezarse. Le jalaban el pelo o le daban una bofetada delante de nosotros, era -hasta ese momento- cuando lograba ver una sonrisa, pero de esas sonrisas perversas en el semblante del pobre Manolito. Pues Andrés siempre trataba de incluirme dentro de su grupo. Dentro de las “guerras Púnicas” tenía un lugar privilegiado. Le llamábamos así a las batallas campales que se organizaban en el antiguo convento, detrás de la capilla. Le habíamos dado ese nombre a nuestro juego por la novedad que había causado entre nosotros los relatos de aquellas gestas heroicas entre romanos y cartagineses. Entonces, algunos se hacían llamar Aníbales y hasta habían los que se denominaban Xerjes, aunque era claro que este personaje pertenecía a otra historia. Pero en nuestro mundo mitad infantil y mitad aventurero, propio de nuestra púber edad, igual nos daba el encuentro entre Héctor y Aquiles con la guerra de los Dardánelos; o el paso de la Termópilas con las conquistas de Atila. Así, Andrés hoy era Alejandro y mañana sería Espartaco. El único apodo que tenía derechos reservados era el de Escipión el Africano, el cual había tenido la suerte de caerle a Enriquillo, por la desgracia de tener una piel tan brillante como el azabache. Digo desgracia, porque ser negro o más que eso, porque tener los destellos de acetona incrustados en la piel lo hacían ver como un espécimen raro en este país en donde o se es mestizo o se es indio. Sin embargo, nadie se lo gritaba abiertamente porque Enriquillo podía enfurecer de tal manera, que con un golpe quedaba demostrada la fuerza de su raza africana. Pues eran estas guerras, pienso yo, el modo de dar escape a toda la represión que vivíamos en aquel infierno, según las mismas palabras del extraño Simón. Inmediatamente se armaban los dos bandos y cada quien ocupaba sus posiciones 36


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en el derruido convento. En un abrir y cerrar de ojos volaban por los cielos grandes pedazos de adobe que habían quedado desperdigados por el suelo desde el terremoto del ‘76. Lluvias de piedras, bolsas con orines, palos, puñados de arena, cualquier artefacto era improvisado y convertido en armamento bélico de primea línea, todo con tal de derrotar al enemigo o salir con vida, como lo habría hecho la flota normanda de Erico el Rojo después de una tormenta en el mar de los Sargazos, o como bien nosotros decíamos, en el mar de los “vergazos”. Solo el pobre Manolito y el extraño Simón se abstenían de participar. ¡El triste grupo de los marginados! Manolito solo era tomado en cuenta cuando se pagaba con su persona por un guerrero valioso que había caído en el bando opuesto. Entonces, para devolver al rehén, pedían la cabeza del infeliz de Manolito. Se nombraban emisarios para que fueran a buscar al niño hasta debajo de la piedras y siempre lo llevaban, callado, sin poderse defender. Intercambiaban a Manolito por el guerrero en cuestión, dejándolo a merced de que hicieran con él lo que les diera la gana. El caso del extraño Simón era diferente. Se limitaba a contemplar con desdén la estupidez de sus compañeros. Nadie se atrevía a meterse con él. No era que tuviera un semblante feroz que amedrentara, no era que tuviera agilidad en la pelea, no era ni siquiera porque tuviera un robusto cuerpo. Porque más bien era del tipo ojeroso, raquítico y asmático. Era, simplemente, por su rareza. Porque al no poderlo comprender, mejor lo evitaban. Porque una de sus miradas podía expresar el rechazo más severo a la estupidez. Porque hasta el mismo Andrés, que gustaba pasarse de listo o Escipión, el Africano, quien acostumbraba a arreglarlo todo 37


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con golpes, se sentían contrariados con el hermético universo del extraño Simón. Digo que mi lugar en aquellas guerras era privilegiado porque tampoco participaba de ellas directamente. Generalmente hacía las veces de centinela, a un lado de la capilla. Mientras que atrás se encarnaban y recrudecían las batallas épicas que estudiábamos en la Historia Universal —y que menos mal no se habían contaminado con los Mazinger Z y los Ultra Seven que salían en la televisión, a la cual no teníamos acceso en la perrera que estábamos abandonados—, yo permanecía atento a la primera persona que se asomara por el camino. Entonces corría gritando “aguas”, “aguas”, y todo volvía a la normalidad. Más de una vez hubo alguna cabeza abierta o corrió la sangre, pero nunca se enteraron que eran heridas de guerra. Siempre se atribuyeron a rencillas personales que terminaron en la enfermería o, en el mejor de los casos, en plantones de unos cuantos implicados debajo de la insolente campana. Del extraño Simón se decían muchas cosas. Que hablaba solo, que tenía contacto con espíritus del más allá, que tenía pacto con el diablo, entre otras ocurrencias. Según recuerdo desde los tres años que yo llevaba metido en aquel hoyo, él siempre había sido raro. Esa su actitud, en apariencia t��mida, bien podría haberle costado las burlas que sufría el pobre Manolito. Pero era diferente, porque en sus ojos no reinaba el zigzag de la inseguridad que caracterizaba a Manolito, sino más bien un arrogante desprecio y una actitud concentrada de escrutinio. No acostumbraba a hablar, pero cuando decía algo era muy certero. Con dos palabras era capaz de cuestionar hasta a la misma Madre Superiora. En varias ocasiones, Sor Mariana lo había obligado a quitar aquel 38


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letrero que colocaba en la puerta de su habitación y que rezaba “Bienvenidos al infierno”. De esa cuenta decidieron, como un acuerdo tácito entre las monjas y los internos, que lo más conveniente era evitar que compartiera su dormitorio con nadie. Todo mundo lo observaba con cierto miedo. Su reputación de clarividente con mezcla de prestidigitador satánico se asentó por completo cuando -en una ocasión-, el año anterior, Paco quiso jugarle una broma que lo humillaría públicamente ante nosotros. Paco siempre se había caracterizado por sus ocurrencias. Como decían, “no dejaba santo parado” con esa su compleja habilidad retórica para seleccionar el mejor apodo o para contar el chiste más rojo. De hecho, fue él a quien oficialmente se reconoció como padrino de bautizo de Enriquillo con aquel mote de Escipión. Para Paco, la Madre Superiora era la enorme morsa que explayaba toda su grasa en la portada del libro de Ciencias; Sor Mariana era comparada con aquella gárgola huesuda que surcaba los cielos del infierno dantesco, en aquellos grabados de nuestro libro de Historia Universal; el senil padre paulista era remedado de la manera más sacrílega cuando cabeceaba durante la lectura del Santo Evangelio a la hora de la misa, dejando escapar un fétido gas con la libertad de quien no puede controlar ni sus esfínteres y cuyo sonido, amplificado por el eco, había resonado como una explosión atómica en medio del silencio de la capilla sacrosanta. Entonces, para cerrar con broche de oro su magistral imitación del venerable pero pedorro anciano, la voz del ocurrente Paco se alzaba entre la risa general y de manera sentenciosa, que rayaba ridículamente en lo profético, exclamaba: 39


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—¡No se rían, hijos míos! ¡Acaban de escuchar un arpegio celestial! Disfruten del elixir de los dioses. Pues esa vez, Paco le hizo no se qué broma al extraño Simón. Hasta ese momento nadie se había metido con él. Contrario a lo esperado, hubo un silencio profundo en espera de la incierta reacción. Pero Simón se le quedó viendo con esa su actitud concentrada y desafiante, sin parpadear, con sus ojos profundos. Pasado un rato, Andrés intentó soltar la carcajada, pero una extraña tensión se percibía y todo intento de broma vino a dar al traste. Simón mantuvo la mirada fija en la figura cada vez más empequeñecida de Paco, que prefirió “hacerse el loco”, como bien se dice, hasta quedar completamente confundido entre nosotros. Pero la cosa no terminó allí. Vuelta que daba Paco y se encontraba aquella mirada fulminante del extraño Simón, como persiguiéndolo, como advirtiéndole que había tocado a Dios con las manos sucias. No sé si fue casualidad, pero aquella noche, Paco cayó en cama con calenturas que no bajaban de cuarenta grados. En sus delirios solo pronunciaba el nombre de Simón. Las monjas fueron avisadas y una enfermera pasó al pie de su cama los tres días que duraron las fiebres. Entonces, el grupo de monjas llamó a Simón para interrogarlo, ¿qué había pasado?, ¿qué le había hecho al muchacho? Pero de los labios de Simón solo salía la palabra “Nada”. Fuimos interrogados uno por uno, pero nadie pudo explicar aquel supuesto daño. Cuando Paco se recuperó, no quiso salir de su dormitorio. El domingo de visita, le suplicó a sus padres que lo sacaran. Les prometió que nunca volvería a portarse mal, que sería obediente y todas esas súplicas de niño asustado. Los padres, quienes estaban enterados de las fiebres inexplicables del 40


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hijo y que temían que su salud empeorara por aquel encierro, prefirieron llevárselo. Así, ese mismo domingo, Paco hizo sus cosas y nos despedimos de él. En esos tres días Paco se había secado, no tenía la mirada vivaracha con la que solía montar sus bromas. Las órbitas de sus ojos eran pozos ojerosos en medio de aquel desierto que era su piel cetrina. Al salir, volvió la vista hacia donde estaba Simón, quien conservó esa ironía mefistofélica, que no era de placer ni de aflicción, sino gravemente neutral. Alterado, Paco se dio la vuelta y salió con paso huidizo delante de sus padres. Nunca más volvió a llegar al internado. A pesar de todo, en Simón había algo que irremediablemente me atraía y me hacía observarlo con cierta admiración. Pero qué era lo que había en aquel cuerpo enclenque que tanto me fascinaba. La mayoría sentía admiración por la imbécil intrepidez de Andrés o, incluso, por la fuerza bruta de Enriquillo. A muchos se les veía caminando por lo corredores con la pavoneada arrogancia que aquel muchacho había instituido para hacerse respetar. Pero yo nunca me sentí atraído por aquel modelo que Andrés había implantado como norma y que se había convertido en ideal entre los demás. Andrés era mi amigo más por conveniencia, pero era tan simple y rústico, que jamás me hubiera gustado imitarlo. Pero Simón era diferente. Todo él era un misterio, una mina que siempre tenía alguna riqueza oculta por descubrir. Una fuerza interior que parecía derrumbar aquellas paredes en donde se consumían nuestros monótonos días. Quizá era ese halo de misterio que había alrededor de él, quizá era ese su modo concentrado de dominar a las personas. No lo sé, pero llegué a admirarlo como nunca he admirado a nadie. Todos comentaban que Simón se había 41


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confabulado con el diablo para producir la desgracia de Paco, pero nadie se atrevía a decírselo a la cara. La noche en que me hice amigo de Simón -si es que amistad se le puede llamar a aquella extraña relación- acababa de despertar del sueño que me atormentaba. La mujer virginal persiguiéndome por todo el recinto, arrastrando su rosario de cuentas sedientas por infringir dolor, los pasillos oscuros, los salones desolados, las campanas suplicantes y, al final, reflejada en el ventanal del dormitorio, la figura del fantasma con bata blanca colgando de la viga. Nuevo sobresalto. Despierto. Sudor. Incontenible deseo de orinar. Hasta creí que tenía fiebre. Fue tan grande mi deseo ir al baño que me sobrepuse al miedo. Entonces vi hacia el ventanal, con temor de ver el fantasma, emergiendo de la oscuridad y bamboleándose en la viga. Pero todo era silencio. Un silencio agónico que tragaba. Una oscuridad eterna que invadía el principio y el fin de la vida, desfigurándola. Cuando regresaba a mi habitación, una figura alargada estaba frente al ventanal, perdida en el vacío de la noche que devoraba hasta el más tenue rayo crepuscular que titilara en el espacio. Me quedé parado, como de piedra. Solo recuerdo encomendándome a las ánimas benditas. Entonces, la figura solitaria, aquella silueta carente de vida, se volteó a verme y un brillo sólido de no sé dónde me hizo reconocer los nudosos zigomáticos del extraño Simón y sus ojos que me miraban de la misma manera extraviada con que, momentos antes, había apreciado a la noche inmensa. —Simón… ¿qué hacés?... —Pensar —respondió seca y tajantemente. —¿No tenés sueño?

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Me volvió a ver con su desprecio característico, antes de comenzar su marcha hacia el cuarto. Entonces, más que curiosidad, sentí que la sangre me borbollaba y un intenso deseo por comprender su silencio, me embriagó. ¿Pero cómo abordarlo si todo en él eran evasivas? ¿Si él mismo, tal vez para protegerse, se distanciaba en su concha de marfil sin permitir el ingreso a nadie? Entonces, como un recurso desesperado, tratando de no perder el único momento que se me ofrecía para explorar su mundo, me apresuré a preguntarle con tono de reproche: —¿Por qué le hiciste eso a Paco? —¿Qué? —Eso… lo de su enfermedad… El año pasado —No me recuerdo. —Pero… —No sé quién es Paco. —Pero… él…Su calentura… Tenés que recordarlo… Sin decir nada, siguió su camino. Entonces, le lancé la pregunta a quemarropa: —¿Por qué sos así?... —¿Cómo? —¿Así… que te gusta estar tan solo? Se sonrió de una manera tan sarcástica que me hizo estremecer. Entonces me sentí como basurita trivial que hace cabriolas en el aire antes de quedar pisoteada en el suelo. Su mirada despectiva me hacía ver lo poco que valía cualquier intento para aspirar a tener algún tipo de intimidad con él. —Quisiera… ser tu amigo… Con esa su sonrisa diabólica de desdén se aproximó unos pasos hacia mí. Me observó de la cabeza a los pies, como midiendo mi fuerza interna y luego se dibujó en su rostro 43


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una mueca de desprecio. Reinició su camino, tratando de olvidar el incidente. Entonces mi voz se convirtió en verdadera súplica: —¡Simón! Se detuvo. Su mirada tuvo la suficiente fuerza para decirme, sin emitir una palabra, que lo siguiera a su cuarto. Una vez dentro me enseñó sus dibujos diabólicos de hombres con rasgos bestiales y cuerpos de animales escupiendo culebras. Dibujos que no podría describir, pero cuya carga emotiva era tan elocuente que me hacían sentir escalofríos al mismo tiempo que me atraían irremediablemente. —¿Todavía querés ser mi amigo? —…Sí. Silencio profundo. Su mirada de acero me volvió a escrutar hasta dejar mi debilidad de espíritu completamente desnuda. Bajé la mirada. No podía soportar aquel brillo luciferino que me retaba. Estuve a punto de sucumbir cuando una fuerza extraña dentro de mí me invitó a erguir la vista y enfrentarlo. Entonces no vi aquella pedante mirada satánica, sino un vacío estremecedor. Un vacío más pesado y seco que el de una tumba, una vida convertida en bagazo yermo. Así pasamos un buen rato, hasta que me extendió su mano, como sellando una amistad. —Bueno, ya viste bastante. Otro día volvemos a hablar. Contradicción de novia despechada. No supe qué contestar. Yo quería más, quería seguir reconociendo en su mirada aquel vacío estéril que veía reflejado en mi propia vida, quería seguirme viendo a través de sus ojos. —Pero… —Andate a dormir, si no van a seguir tus pesadillas….

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Me quedé perplejo. No entendía si aquel gesto era para perpetuar la amistad o para deshacerse de mí. Entonces comprendí que lo más prudente sería volver a mi cuarto. Antes de salir, me volví intrigado y le pregunté: —¿Cómo sabés que tenía una pesadilla? —Yo miro cosas, cosas que nadie ve, y soy capaz de ver las pesadillas que te atormentan, que nos atormentan a todos acá, que atormentan hasta al idiota de Andrés y que esconde tras esa su máscara. No dijo más. Su gesto frío me indicaba que debía salir. Pero su mirada de amargura me hizo descubrirlo, comprender el sinsentido de su existencia, tan árida de cariño y de humanidad, tan lejana de un gesto de ternura, tan fría y seca, simplemente dejándose llevar por el capricho de un destino superior que lo había reducido a aquella vulgar vida que vivía, sin alas para volar. Tras esa extraña entrevista nocturna mi forma de percibir la vida cambió completamente. En cada rincón presentía que había alguien observándome, tratando de impedir que volara, condenándome por las aspiraciones de salir del internado, para recorrer aquellos lugares que mi imaginación ardiente creaba y que con tanto deseo añoraba conocer. Sin embargo, Simón no me pareció un ser insensible y despiadado. Siempre que lo miraba era seguro que me dirigiría una sonrisa de complicidad. De ahí nada. La vida transcurría monótona entre las paredes áridas, llenas de rigor y disciplina monástica. Una tarde, el grupito comandado por Andrés me paró en seco en uno de los corredores del dormitorio. En realidad sentí mucho temor, porque me dijeron que se me estaba pegando lo mariconcito de Manolito. Me intimidaron. Dijeron 45


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que para demostrar mi hombría me iban a llevar donde “las Tinas”. Yo me quedé boquiabierto sin imaginar qué era eso de “las Tinas”. Como respuesta ante mi inocencia, escuché sus grandes risotadas. Estuve de acuerdo con ellos en hacer la extraña visita. En realidad habían despertado mi curiosidad con ese cuento que se negaban a contarme. Quedamos de ir después de la cena. Todo el día pasé imaginando qué podía ser eso de “las Tinas”, pero no logré acertar ni siquiera por casualidad. El tiempo, como enemigo cruel, se me hizo eterno. Al fin, después de la cena, escuché el chiflido de Andrés. Bajamos de puntillas, tratando de escondernos de alguna monja, a quien se le hubiera ocurrido hacer ronda. En el fondo, deseaba que la monja apareciera. Así me ahorraría pasar por esa prueba. Parecía que se habían puesto de acuerdo para recogerse -desde bien temprano- a rezar sus oraciones. Atravesamos los patios con una soledad que martillaba similar a la de mi sueño. Ingresamos a un abandonado huerto, donde solo se dejaba escuchar, confundidos con la maleza, el canto de los grillos. Llegamos a uno de los cercos donde se dividía el lugar que, hasta entonces, había sido prohibido con la más celosa rigidez de las monjas: el internado de las niñas. —Aquí no podemos pasar. Está prohibido, —dije con vos tímida. —¿Y quién nos lo prohíbe?, —contra argumentó Andrés —Bueno, las monjas dicen, —exclamé con una voz ahogada. Carcajada colectiva. Mi cuerpo se desbordó de pura vergüenza y la sangre me ardió en el rostro. Ellos me advirtieron que si iba andar de “soplón” con las monjas era mejor que llegara hasta allí. Decidí seguir más por amor 46


Contenido Pr贸logo ................................................................................. 7 El Tarado ............................................................................ 11 Las sombras del internado .................................................... 25 Una esquina con filos ........................................................... 65 El secreto de Ferdinand ...................................................... 103 El equilibrio en la pista ..................................................... 121 Los ojos de la muerte .......................................................... 137


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