Page 1

LEM RYAN

MÁS ALLÁ DE LAS SOMBRAS Colección DEEP SPACE nº 1 Publicación aperiódica

MISKATONIC UNIVERSITY PUBLISHERS, Inc ARKHAM ­ BARCELONA ­ YUGGOTH ­ GANÍMEDES


ISBN: En trámite Depósito Legal: En trámite

Impreso en España ­ Printed in Spain 1ª edición: enero, 2014 ©Lem Ryan ­ 2014 texto ©Albert Feldstein ­ 1956 cubierta

Concedidos derechos exclusivos a favor de MISKATONIC UNIVERSITY PUBLISHERS, Inc, Arkham, Massachusetts, USA.


Prólogo

Ahora que todo está a punto de terminar, ahora que por fin este horror que sin querer provocamos con nuestra inconsciencia alcanzará su espantosa conclusión, ha llegado el momento de que cuente todo lo sucedido. Las generaciones que nos sobrevivan merecen conocerlo, entender las razones que me han llevado a tomar esta terrible decisión, el porqué de este desastre que voy a provocar, los motivos de tantas muertes. Porque conmigo morirán muchos, miles, millones, pero no hay otra manera; no encuentro otra manera… Esto debe parar. Esto debe detenerse aquí y ahora. Está en mi mano hacerlo y lo haré. Por mucho que me cueste. Por mucho que pierda. Ellos, los que sobrevivan, merecen una oportunidad. No sería justo el destino que les alcanzaría si yo no actúo pudiendo hacerlo. Lo que nos sobrevendría a todos. Y tampoco sería justo que no supieran la verdad, que no la comprendieran. Es por eso que, cuando termine este relato, lo pondré en lugar seguro, lo esconderé en algún servidor informático lejano, para que sea encontrado por los que vengan después. Y que actúen entonces en consecuencia. Que destruyan las piedras que puedan quedar. Que borren los símbolos que aún se puedan ver. Que sellen todas las puertas por las que esas criaturas han entrado. Nada debe quedar en pie en este lugar. Nada. Todo debe ser quemado, demolido, aniquilado. Que no permanezca ni el más mínimo atisbo de su presencia, de su recuerdo. Porque si no volverán. Como siempre lo han hecho y como siempre lo harán. Y si vuelven… Si vuelven el mundo entero estará condenado. Pero será mejor que empiece por el principio… Capítulo Primero

Me llamo William Adison Alcott y soy oficial de las USSF, miembro de élite de la Unidad Scanner del ejército de los Estados Unidos de América. Un astronauta, en otras palabras, integrado dentro del programa de defensa aero­espacial desde que la antigua NASA, por problemas tanto presupuestarios como de seguridad nacional, fuera absorbida por la jurisdicción militar y todo su personal pasara a depender del Departamento de Defensa. Estoy casado y 5


tengo dos hijos, que también perecerán dentro de poco. Dios mío, mis hijos… Mis hijos… ¿Podréis perdonarme? ¿Alcanzaréis a entender nunca, allá donde vayáis, que fue vuestro propio padre el que os asesinó, el que aniquiló vuestro futuro? ¿Podréis…? ¡Oh, Dios mío, mis hijos…! ¡Os quiero tanto…! Debéis perdonarme. Si habéis sido padres entenderéis este dolor que me desgarra por dentro, esta ansiedad que me ahoga; y, si no lo sois, supongo que igualmente podréis imaginarla. No debe haber nada peor que perder a un hijo, y yo voy a perder a los dos. Tan pequeños aún, tan débiles e inocentes. No tienen la culpa de nada. No han hecho daño a nadie. Y yo voy a matarlos… Kevin, el mayor, tan inteligente y travieso, con su sonrisa pícara y sus ojos vivaces; y Walter, el pequeño, tan rubio como su madre, con esa mirada limpia y su ingenuidad casi angelical… Y Susan… Mi dulce y hermosa Susan… Mi compañera, mi amiga, mi esposa… También a ti te mataré. Pero tú sí sabrás entenderlo. Lo hago por ellos. Por ellos. Debo proseguir. No tengo que desfallecer. Por ellos. Lo hago por ellos… ¿Por dónde iba? Ah, sí: hace unos años, las USSF, entusiasmadas con la invención de los nuevos motores cuánticos Casimir­Polder de propulsión superlumínica, decidieron iniciar misiones de exploración tripuladas al espacio profundo, y para ello se enviaron varias naves con diferentes destinos. Nacía así la Unidad Scanner, que fue un éxito. Todas las naves alcanzaron sus lejanísimos objetivos, realizaron con éxito sus misiones y regresaron a casa. Recordaréis sin duda los titulares. El Universo entero se abría ante nosotros con todas sus posibilidades. El programa aero­espacial recibía así un nuevo ímpetu, más dinero, los motores se perfeccionaron aún más y los viajes al espacio proliferaron sin contratiempos. Hasta que sucedió lo de la Argos… La astronave Argos realizaba una misión rutinaria de exploración; el sector del espacio hacia el que se dirigía ya había sido ampliamente observado mediante telescopios y sondas autómatas, pero se decidió enviar un navío tripulado con la intención de reconocer la zona con más profundidad y preparar las bases necesarias para saltos más remotos. Su tripulación no era tal vez la más cualificada dentro de la Unidad, pero sí reunía las suficientes garantías de eficiencia y nivel técnico que la misión requería como para que no hubiese habido ningún problema. Sin embargo, al parecer lo hubo, y grave, porque la Argos nunca regresó. En sólo unas 6


semanas, se perdió por completo el contacto. Y los nervios se apoderaron de las USSF. Un fracaso era impensable; un accidente, inaudito. Todo había sido medido, calculado, nada podía salir mal. Pero había salido mal. Naturalmente, después de que las alarmas saltaran en todos los estamentos, militares y civiles, y de que la evidencia resultara irrefutable, el siguiente paso fue enviar un contingente armado que investigara, evaluara, encontrara y, llegado el caso, rescatara la nave perdida. Y ese contingente fue el mío. Todas las posibilidades fueron evaluadas, desde el accidente fortuito, el fallo mecánico o humano, el sabotaje, el secuestro… y también, ¿por qué no?, el ataque extraterrestre. Hasta entonces no se habían encontrado evidencias de la existencia de vida en otros planetas, pero no por ello había que descartarla, ni por supuesto dar por sentado que esas hipotéticas formas de vida no pudieran ser hostiles. Como simple posibilidad existía y fue tenida en cuenta. Así que se fletó para la ocasión una de nuestras mejores naves de combate, la Atenea, y yo fui destinado como segundo a bordo. Nuestro objetivo, como he dicho: encontrar la Argos, investigar las causas de su desaparición, repeler por cualquier medio toda amenaza que surgiera y, a ser posible, devolver a la Tierra la nave con su tripulación. Disponíamos para ello de la más avanzada tecnología y armas suficientes como para convertir la luna en un montón de arena de playa. Nuestros hombres eran la élite de la Unidad Scanner, y por extensión de todas las USSF, y estábamos preparados para cualquier eventualidad. ¿Para cualquiera? No sabíamos a lo que tendríamos que enfrentarnos, no teníamos ni idea. No deberíamos haber encontrado nunca aquella maldita nave, ni pisado aquel jodido planeta… Estuvo a punto de suceder, y sin duda que hubiese sido lo mejor. Al principio no hallamos ni rastro, a pesar de las huellas del plasma arrojado por los motores lumínicos, que seguimos y que señalaban, brillante y nítido en nuestros sensores, el correcto rumbo de la nave desaparecida; esa estela, sin embargo, se esfumó de improviso y nos resultó imposible predecir cuál había sido la trayectoria que, a partir de ese lugar, había tomado la nave que buscábamos. Escaneamos los alrededores, mandamos patrullas a planetas y asteroides cercanos, pero todo resultó infructuoso. Ni fragmentos de la nave, ni pulsiones de energía, ni la más mínima señal de radio… La Argos, sencillamente, parecía haberse volatilizado. Y no había singularidades, agujeros negros, nubes interestelares o 7


tormentas solares que pudiesen explicarlo. Pero entonces llegó la llamada de socorro… *** —Proviene de ahí. El general Wallinski, mi superior en el mando dentro de la Atenea, me señaló un planeta en los monitores. Su imagen no resultaba especialmente interesante, salvo tal vez porque recordaba un poco a Venus, con su denso manto de nubes multicolores rodeándolo, estirándose y girando en lentos pero feroces remolinos. Era un mundo como cualquier otro, uno más de los muchos que nos rodeaban en aquel sistema estelar lejano. Tenía un diámetro menor que la Tierra, una gravedad ligeramente superior, atmósfera irrespirable y todo hacía suponer que estaba muerto por completo. Los datos desfilaban interminables en la pantalla. Su nombre era sólo una sucesión de letras y números: X4­302­A­6; no ofrecía el más mínimo atractivo y por eso nunca había sido explorado con detenimiento. Algo que, intuía, estaba a punto de cambiar a partir de aquel momento. —¿Estamos seguros de que la señal proviene de la Argos? —pregunté, pues en cierto modo ése era mi cometido—. ¿Que no se trate de un rebote de señales más antiguas, o nuestras incluso? ¿Hemos descartado la radiación cosmológica de fondo? Wallinski negó con la cabeza. —Se trata de radiofrecuencia, y emite en algoritmos que nuestras computadoras reconocen como códigos que usamos nosotros, aunque la señal es tan débil y se encuentra tan distorsionada que resulta imposible descifrar nada —respondió—. Hemos separado la radiación del propio planeta y su atmósfera y el resultado continúa siendo una jerigonza sin sentido. Pero sin duda su origen es humano. Contiene secuencias que sólo pueden ser humanas, y sólo será cuestión de tiempo poder interpretarlas. —O echar un vistazo —aventuré. —Efectivamente, o echar un vistazo —se mostró de acuerdo el general, un hombre de pelo y bigote gris y rostro adusto, severo, oficial condecorado durante la Tercera Guerra Mundial, la que devastó Oriente Medio—. Ya he ordenado que se prepare un dispositivo para asegurar los alrededores y penetrar en el planeta. —¿Sin un sondeo previo? —Ha sido enviada una sonda robótica, y sus imágenes no deberían tardar en mandarnos los primeros resultados. 8


No sé por qué no me sorprendí de la eficiencia y profesionalidad de mi superior; tal vez porque era eso exactamente lo que se esperaba de él. Pero sí que me molestó que no se me hubiera tenido en cuenta para todas esas decisiones. Preví que no sería la última vez y que mi responsabilidad allí era puramente formal. Wallinski se trataba sin duda de uno de esos individuos que no toleran la más mínima intromisión en sus funciones. Yo, por lo tanto, podía considerarme como una molestia que debía aguantar por orden del Alto Mando y nada más, pero al menor contratiempo me echaría a los perros. Pensaba eso cuando sí dijo algo que me dejó atónito. —¿Le gustaría comandar el dispositivo de rescate? No soy un hombre de acción, por eso su propuesta me dejó descolocado. Soy astronauta, no soldado, y mi trabajo allí consistía tan sólo en prestar servicio estratégico, asesorar en materias de navegación y ciencia, no en coger un arma y aventurarme en lo desconocido arriesgando la vida. Sin embargo, la respuesta que salió de mis labios no me la esperaba ni yo. —De acuerdo. ¿Cuándo empezamos? Wallinski sonrió por primera vez, su mostacho gris ocultándole casi por completo los labios. —Espere. —Se volvió de nuevo hacia los monitores—. Llegan las imágenes de la sonda. Era cierto: los rectángulos de cristal líquido cambiaron su contenido y mostraron escenas borrosas, repletas de parásitos, interferencias y píxeles formando puzzles donde apenas se distinguía nada. La sonda había atravesado la gruesa capa de nubes y volaba ahora filmando la superficie planetaria, su orografía convulsa y tectónica. Ante nosotros aparecieron cordilleras inmensas, volcanes estallando con la furia de bombas nucleares, desiertos interminables, oscuros, terribles, con nubes de polvo monstruosas arrastradas por auténticos huracanes. Lo primero que se me ocurrió pensar fue: “¿Y ahí quiero bajar yo?”. Debía estar loco. Contemplamos la emisión del ingenio robótico en sobrecogedor silencio. Todos los oficiales que nos encontrábamos en el puente habíamos visto multitud de mundos semejantes, hostiles a la vida, violentos, intimidantes; casi todos los planetas, de hecho, son así de una forma u otra. El Universo entero es un infinito muestrario de rocas yermas y estériles, cuando no claramente infernales, donde el milagro de la vida tiene muy pocas posibilidades de surgir, como si al 9


cosmos le desagradase la idea de que por él se arrastrasen formas diminutas y frágiles que algún día pudieran desafiarle. Sin embargo, nunca una de nuestras naves había sido engullida por ninguno de esos mundos hasta hacerla desaparecer, y la probabilidad de que aquél fuera el primero lo hacía más amenazador que cualquier otro que hubiésemos visitado antes. La nave surgió poco después en la grabación neblinosa. Yacía recostada sobre su panza en medio de un valle rocoso, sorprendentemente intacta a pesar de haber dejado parte de su fuselaje atrás al resbalar centenares de metros en su violento aterrizaje. Fuera lo que fuese que hubiera sucedido, los sistemas de emergencia habían funcionado bien, los estabilizadores la mantuvieron horizontal y los retrocohetes debieron detener la enorme velocidad de descenso, haciéndola planear hasta allí. Viendo las montañas que la rodeaban, algún dios bondadoso debía haber actuado también evitando que se estrellase contra ellas. Ahora parecía un brillante pájaro muerto, con las alas extendidas y los terribles relámpagos que sacudían las nubes reflejándose en sus plumas de plata. —Bien, ahí la tenemos —se mostró exultante Wallinski—. Señores, vamos a por ella. Yo seguía mirando las imágenes transmitidas por la sonda. Mientras descendía para inspeccionar mejor los restos, pude ver por un momento un perfil inquietante en la lejanía. Un perfil que no eran montañas ni volcanes, aunque al principio me lo parecieran. El perfil de una ciudad… Capítulo Segundo

—¿Sabe manejar esto? —me preguntó el sargento Hawkins tendiéndome un fusil de asalto. Meneé la cabeza, asintiendo. Había recibido entrenamiento militar y conocía los rudimentos de cómo hacer servir un arma como aquélla, aunque en realidad nunca había llegado a dispararla. La observé durante largo rato intentando dilucidar para qué servían tantos botones, palancas y pestañas como tenía; la pantalla digital en su parte superior parecía reírse de mí con sus números fosforescentes. Sabía que era capaz de vomitar un número increíble de balas por segundo, todas ellas de teflón y expelidas a tal velocidad que dejaban 10

Mas alla de las sombras  

La continuación oficial de la novela "Sombras del caos", de Lem Ryan

Read more
Read more
Similar to
Popular now
Just for you