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COLECCIÓN SAVACE

BOLSILIBROS


LEM RYAN

KATHAM Y LAS SOMBRAS DEL CAOS Colección SAVAGE nº 1 Publicación aperiódica

MISKATONIC UNIVERSITY PUBLISHERS, Inc ARKHAM ­ BARCELONA ­ YUGGOTH ­ GANÍMEDES


ISBN: Depósito Legal:

Impreso en España ­ Printed in Spain 1ª edición: noviembre, 2013 ©Lem Ryan ­ 2013 texto ©Jose Baixauli ­ 2013 cubierta

Concedidos derechos exclusivos a favor de MISKATONIC UNIVERSITY PUBLISHERS, Inc, Arkham, Massachusetts, USA.


Capítulo Primero Mahmoud Nader no se movió de su puesto de guardia mientras vio a los tres turistas extranjeros escarbar a centenares de metros de donde él se encontraba, y no lo hizo porque en teoría estaban fuera del perímetro que la Dirección General de Antigüedades y Museos consideraba que él debía vigilar. Aún así, estuvo tentado de llamar a su superior, el jefe de la policía local de Minet El­Beida, para informarle de las extrañas actividades que estaba observando con sus prismáticos. Normalmente se notificaba a los vigilantes acerca de las expediciones arqueológicas que fueran a trabajar por la zona, cuando no a las propias ruinas que custodiaban, y en esta ocasión no habían recibido ninguna advertencia. Además, él había presenciado las suficientes de aquellas expediciones, con toda la parafernalia que llevaban detrás, como para darse cuenta de que aquellos individuos no formaban parte de una. Dudaba entre telefonear o no, cuando llegó un vehículo de la policía estatal y se encargó de solucionar el problema, con lo que suspiró aliviado y se dijo que aquello de todas maneras nunca había sido de su incumbencia. Sin embargo, dos horas después, y ya con el incidente casi totalmente olvidado, mientras se adormecía en el interior de su caseta bajo el sol del mediodía, volvió a advertir movimiento en aquella zona. Mahmoud cogió de nuevo los prismáticos y se dijo que, definitivamente, ése no estaba siendo un día normal. Años atrás, cuando todavía aquel lugar formaba parte de algunos circuitos turísticos, la afluencia de visitantes que querían contemplar los restos de la otrora grandiosa Ugarit era lo suficientemente intensa como para no dejarle dormir a


uno mientras trabajaba, pero esos tiempos habían pasado desde el mismo momento en que un tal Bin Laden decidiera asomar la nariz por un sitio tan alejado de allí como Nueva York, y el resto del mundo considerara a su vez que todos los musulmanes tenían la culpa. Él era suní, y despreciaba a los alauís que estaban llevando a su país a la miseria, pero no tenía nada contra los infieles cargados de dólares que podían traer la prosperidad si se les motivaba a volver con algo más aparte del petróleo. Algún día, se decía a menudo, Siria se levantaría contra sus tiranos y necesitarían la ayuda de esos infieles contra los que tanto despotricaban los imames por su depravación, pero que eran capaces de atravesar el mundo para recuperar y contemplar los restos de una historia que a los sirios mismos no interesaba. Era otro de aquellos descreídos europeos lo que descubrió de nuevo hurgando en las cercanías de un viejo árbol como un perro buscando un hueso, justo en el mismo sitio y de la misma manera que como lo hiciera el trío que se había llevado la policía anteriormente. Mahmoud estuvo observando un buen rato a aquella figura encorvada que, a pesar de ser humana, parecía en efecto moverse como un animal; sólo que ahora ni siquiera se le pasó por la cabeza llamar por teléfono a nadie. Se preguntó qué estarían buscando todos ellos, si lo que había visto que los primeros envolvían en un paño y luego requisaba la policía sería lo único o quedarían más cosas allí. Bajó los prismáticos y cogió el viejo AK­47 que era su única compañía allí dentro además de un transistor. No, aquél no estaba siendo un día normal, así que también requería actuaciones anormales. Cerró la puerta de la garita con llave, se colgó el fusil al hombro y atravesó las piedras desperdigadas aquí y allí que los 6


arqueólogos decían que, más de cuatro mil años antes, fueron la cuna de la civilización, el lugar en que el hombre aprendió a escribir y donde nacieron los primeros dioses de la humanidad. El individuo seguía husmeando alrededor de aquel árbol, en un promontorio elevado situado fuera de las ruinas de la colina Ras Shamra. Estaba claro que debía ser un ladrón de antigüedades, pero ninguno de los numerosos grupos que había visto excavando y desenterrando durante los años que llevaba allí se había interesado por aquel lugar, y ahora Mahmoud Nader se dijo que aquel hecho era curioso de por sí, ya que el resto de los alrededores había sido horadado, cribado y sondeado al milímetro. Sudaba bajo el uniforme cuando alcanzó su objetivo. Desde lo alto de Ras Shamra se veía el Mediterráneo en su inmensidad y una parte del litoral hasta Latakia, pero ahora la atención del vigilante de las ruinas no podía centrarse en aquellas panorámicas, sino en la cosa que, entre saltos, aspavientos y gruñidos, socavaba las raíces de aquel árbol antiguo, quizás también milenario como los restos de la propia Ugarit. Mahmoud empuñó el fusil, no muy convencido ahora de que hubiese hecho bien acercándose. Su intención era asustar a quien suponía un turista codicioso, pero ya no estaba siquiera seguro de que aquello fuera un hombre. Y aún lo estuvo menos cuando aquel ser le miró. *** Andrew Benson hacía mucho que había dejado de ser humano. No sólo su mente había cambiado, obsesivamente fija en la última orden recibida de sus siniestros amos: encontrar el Necronomicón y matar a Lewis Miller; sino que hasta su aspecto físico se veía 7


alterado y el que había sido un hombre fornido y hasta apuesto, ahora se había convertido en una criatura simiesca y lampiña, con zarpas duras como garfios y rostro de rata incluso provisto de largos incisivos. Los ojos, negros, pequeños como cuentas de ébano, brillaban llenos de maldad en medio de los rasgos horriblemente deformados de aquel híbrido obsceno. Al escuchar acercarse al vigilante, esos ojos se clavaron en él, y en aquel instante la prioridad de Andrew Benson dejó de ser arrancarle el corazón a Miller y la suplantó el deseo de devorar el de aquel hombre, el de desgarrar su carne, quebrar sus huesos y revolcarse en sus entrañas. Sin embargo, aunque su inteligencia estaba muy mermada, reconoció de inmediato el arma terrible que llevaba en las manos y el instinto de supervivencia pudo más que el hambre atroz. Mahmoud Nader vio cómo dejaba de mirarle para reanudar con más vehemencia aún su tarea de excavar. El vigilante gritó que se detuviera y lanzó un tiro al aire, arrepintiéndose al instante de no haberle disparado directamente. Pero aquella cosa no se detuvo. Entonces, de repente, desapareció. La tierra cedió y se lo tragó. Mahmoud se acercó arma en ristre y vio el foso oscuro y bordeado de raíces que se había abierto junto al árbol. Era alargado, como un tajo, y desde allí no se veía el fondo. Dio un paso más... y él también cayó. Intentó agarrarse, pero sólo consiguió lacerarse las manos con las raíces y arañarse con las piedras, que con su peso también se desprendieron y le acompañaron a la oscuridad. Aunque no duró mucho. Con un golpe terrible, alcanzó el fondo y sintió un dolor inmenso en la pierna derecha cuando ésta se quebró. Sus gritos retumbaron alrededor. 8


Apretando los dientes para aguantar el dolor, se arrastró a tientas buscando el Kaláshnikov, pero no logró encontrarlo. Volvió a gritar, ahora también de desesperación. No podía creer tanta mala suerte. Intentó serenarse. Faltaba poco más de una hora para el cambio de turno y, cuando su compañero no le viese, informaría y le buscarían. Debía hacer mucho ruido, intentar incluso iluminar aquello de alguna manera (tenía cerillas, así que le bastarían cuatro raíces), pero recordó que no estaba solo. Y, justo cuando lo recordaba, Andrew Benson, el ser que antes se llamaba así, se abalanzó sobre él y le desgarró de una dentellada la yugular. *** Cuando terminó de alimentarse, Benson dejó los despojos ensangrentados y, acuciado por el instinto, buscó alguna forma de salir de allí. Veía a la perfección en aquella oscuridad y trepar por las paredes de granito surcadas de gruesas raíces no le supondría demasiado problema. Pero en el momento en que iba a ponerse a ello encontró algo atrapado entre un montón de zarcillos, un objeto de arcilla decorado con signos que reconoció al instante. No era lo que buscaba, pero tenía relación con el Necronomicón sin la menor duda. Se trataba de una jarra, o un vaso, aunque no tenía ninguna abertura, pues su parte superior estaba también sellada. Con sus zarpas arrancó su nuevo hallazgo de aquella especie de capullo hecho de raíces secas que lo había preservado quién sabía durante cuanto tiempo, y lo observó con tal atención que cualquiera habría dicho que lo que brillaba en sus ojillos diabólicos era inteligencia. Del mismo modo que cualquiera hubiera dicho que, en su torpe intento de leer los símbolos trazados, lo que brotaba de su garganta 9


animalesca podían ser palabras. Benson sintió un frío repentino. De pronto la temperatura de la gruta se tornó glacial. Y, en sus manos, el vaso de arcilla empezó a agitarse como provisto de vida. Sorprendido, lo dejó caer. Estalló nada más tocar el suelo y algo que parecía ceniza le envolvió hasta sofocarle. Tosiendo, se dejó llevar por el pánico y trepó a toda prisa por la pared vertical, con la facilidad de los roedores con los que durante muchos días había compartido prisión cuando sus amos le capturaron y de los que en su momento se alimentó para que formasen parte de él. Miró por un momento hacia abajo al tiempo que alcanzaba la salida, y vio que la nube de ceniza surgida de aquella jarra, o vaso, o lo que fuese, se movía lentamente hasta detenerse por fin ante el cadáver despedazado de Nader. Entonces, la nube se desplomó de golpe sobre el cuerpo, sobre la sangre encharcada, sobre los restos amputados y medio devorados. Benson salió. No quería seguir viendo lo que sucedía. No quiso ver la avidez con que la carne, la sangre y los huesos absorbieron esas cenizas. No quiso ver las sacudidas que luego animaron aquellos fragmentos lastimosos y rotos, ni cómo las partes separadas se desplazaron hasta reunirse, ni los filamentos que brotaron de cada una de ellas para juntarlas; ni luego cómo las horrendas heridas se curaban, agitándose tejidos, huesos, músculos y tendones en oleadas cada vez más violentas. Benson estaba muy lejos ya cuando aquel hombre volvió a levantarse. Sólo que ya no era Mahmoud Nader. El hombre resucitado permaneció durante un momento quieto en la oscuridad. Luego, se dirigió a donde estaban los trozos de arcilla rotos en que se había visto reducido el vaso. Allí aún quedaba algo, y el hombre 10


lo cogió. Era un collar de plata muy antiguo, con un amuleto en forma de calavera y dos rubíes por ojos. Se lo puso al cuello y entonces se sintió por fin completo. Después, también él empezó a trepar por la pared con casi la misma facilidad que lo había hecho Benson.

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ConsĂ­guelo en: lemryan.blogspot.com y lemryan@gmail.com 12


Capítulo II Katham ignoraba dónde se encontraba, ni qué diabólicas hechicerías le habían traído hasta allí. Lo último que recordaba era estar combatiendo, a la vanguardia de las tropas de su reino de Oquendo, contra las hordas de hombres batracio de la sumergida R'lyeh que el rey de los Magos Negros de Urania, el terrible Eresh­Azathoth, aliado de los espantosos Dioses Otros, había invocado para invadirlos. A partir de ahí su memoria se volvía confusa: el ataque de aquellas horribles criaturas, que surgían del mar por millares y eran muy difíciles de matar, apenas podía ser contenido y sus fuerzas retrocedían, diezmadas; él mismo fue herido de gravedad y tuvo que ser arrastrado por sus propios hombres para que abandonase el campo de batalla. Después, sólo había oscuridad. Y ahora este despertar doloroso en un lugar desconocido. Incluso el cielo le resultaba ajeno, con aquel azul pálido y mortecino; el mar que se veía muy cercano le pareció sucio y oleoso, y el aire, denso, maloliente, le quemaba en los pulmones. ¿Dónde estaba? Cansado tras el ascenso para abandonar el foso en el que había recobrado la consciencia, se apoyó en el árbol junto al que había surgido al exterior y permaneció unos instantes mirándose a sí mismo y a las ropas que llevaba. Harapos destrozados y manchados de sangre. Su sangre, pensó. Así que le habían dejado allí mientras se recuperaba de las heridas, quizá para mantenerle escondido de aquellos seres demoníacos que escupía el océano, y la lucha tal vez continuaba muy lejos. Debía volver junto a los suyos. Era su rey y debía estar a su lado 13


hasta la victoria o morir en el intento. Escuchó gritos a lo lejos y se fijó entonces en los restos ruinosos sobre los que se alzaba aquel pequeño promontorio donde se hallaba. Una garra helada le oprimió el corazón, pero no, aquello no podía ser Oquendo. Nada de lo que veía alrededor le resultaba familiar. Una pequeña estructura de madera sobresalía entre todas aquellas ruinas, lo único intacto entre tanta desolación, y a su lado había un hombre que le hacía gestos a él. Llevaba unas vestiduras del mismo color que los andrajos que le envolvían y un nombre acudió a su mente. Ahmed. Se llamaba Ahmed. ¿Y quién era Mahmud...? Recuerdos que nunca habían sido suyos le golpearon hasta aturdirle. Una esposa, un hijo... Rostros que le provocaron dolor. Vivencias de otro hombre que ahora eran también parte de él. Jirones de sueños que se agitaban en algún lugar de su interior. Sin pensar, se dirigió hacia aquella voz amiga y aquellos gestos perentorios que le llamaban. Al principio no entendió lo que le decía Ahmed, pero a medida que se acercaba las palabras fueron adquiriendo significado. No hablaba en oquendio, y por eso de pronto se detuvo. —¿... qué estás...? ¡...no eres Mahmud...! ¡Quieto o...! Comprendió su error demasiado tarde. Aquel hombre no era un soldado oquendio, aunque de algún modo le conocía. Vio que agarraba con rapidez un palo largo que hasta entonces había llevado colgando de una correa en su hombro, y también de alguna manera misteriosa supo lo que era y lo que podía hacerle. Los gritos de Ahmed ahora fueron agresivos, exigiéndole que no se moviese, ordenándole que levantase las manos. Y 14


Katham no aceptaba órdenes de nadie. Así que echó a correr en dirección contraria. Un trueno estalló a su espalda, seguido de más gritos conminándole a detenerse. Luego, un nuevo trueno, y esta vez un proyectil de 7,62x39 milímetros, un cilindro puntiagudo de acero y cobre, le alcanzó en el costado, fragmentándose mientras le atravesaba. El violento impacto, inesperado, le hizo girar sobre sí mismo en plena carrera y caer. Temblando por el esfuerzo, Katham se puso de rodillas. En su costado derecho había aparecido un agujero del tamaño de un puño que dolía a rabiar, pero ya la carne hervía en su interior, agitándose con hebras de tejido nuevo que rellenaban el hueco ensangrentado. Magia. Un hechizo poderoso le protegía. Se incorporó, volviéndose hacia aquel insolente hombrecillo vestido de caqui que le había herido, los ojos inyectados en sangre. En su pecho, los dos rubíes que adornaban la calavera de plata de su amuleto parecieron brillar con la misma furia que se apoderaba de él. Otro disparo, que casi le hizo caer de nuevo, le pulverizó parte del hombro izquierdo, y casi de inmediato surgieron como tentáculos fibras de carne y hueso que se anudaron para reemplazar lo perdido. Pero dolía. Dolía mucho. Vio el miedo en los ojos de Ahmed. En otra vida (ahora sabía que había sido otra vida), aquel hombre había sido su compañero y amigo, pero ya no eran nada. Para Katham de Kaal, rey de Oquendo, Asesino de Reyes y de Dioses, azote de brujos y de monstruos, el guerrero más temido de un mundo olvidado, Ahmed Ben Yamil no era nada. Por eso, sólo por eso, se dijo Katham, echó a correr alejándose. Porque no era nada y no valía la pena matarle. 15


Ahmed tampoco le disparó más veces. Se quedó allí quieto, estremeciéndose de pánico ante lo que había contemplado. *** Durante varios días, el bárbaro permaneció oculto, escondiéndose durante las mañanas en madrigueras de animales y establos para enmascarar su olor a los perros que pudieran seguirle, y saliendo sólo de noche para obtener comida y alejarse cada vez más del lugar en que había recobrado la vida. Entretanto, se acostumbraba a aquel nuevo mundo tan extraño y a la vez tan familiar. Con la fatalidad propia de las gentes de su raza, asumía su situación sin desesperarse: que todo lo que conocía no era ya más que polvo, que jamás volvería a ver a su amada Annay y que ahora no gobernaba ni siquiera en su propio cuerpo. Oquendo no existía desde hacía milenios, no era ni tan sólo un recuerdo en la historia. Encontró ropa tendida en la parte trasera de una vivienda del poblado de Ras Shamra, con la que reemplazar los tristes harapos que le cubrían y poder confundirse entre las gentes de aquel reino que algo en su cabeza llamaba Siria. Aunque pronto comprobó que su envergadura no era nada común allí y se preguntó con preocupación si tendría que pasarse el resto de su existencia encorvado bajo un thawb para pasar desapercibido, pues ni aún así creía que pudiese ser tan bajo como el resto. También se hizo, en aquella misma casa, con un cuchillo de cocina que usó para cortarse los largos cabellos a la usanza de los sirios, pero aquella magia endemoniada que le curaba las heridas también se empeñaba en hacerle crecer el pelo, por lo que tuvo que desistir y atárselo en una coleta que metió bajo el cuello de su túnica. 16


Odiaba la brujería. Siempre la había odiado y temido, y por eso tal vez sus crueles dioses le martirizaban poniéndosela siempre delante. Deseaba que también esos dioses se hubiesen desintegrado como le había sucedido al resto de su mundo, y que en ese proceso hubiesen sufrido mucho. Algo le decía que por lo menos una parte de ellos aún persistía, encerrada en objetos y sepultada por el tiempo. Su amuleto, por ejemplo. Alguien había trazado en el dorso unos símbolos en la lengua prohibida de los reyes­brujos de Oquendo, símbolos que, por considerarle la casta sacerdotal un advenedizo que sólo servía como semental de la reina, nadie había intentado enseñarle. Imaginó a la propia Annay grabando aquellos signos en la plata junto a su cuerpo moribundo, recitando conjuros y frotándole con ungüentos con la intención de restablecerle la salud. No habían servido, al parecer. No entonces... Annay... Si hubiese sido la clase de hombre capaz de llorar, lo habría hecho al recordar el amor tan grande que había conocido a su lado. Annay le entregó su alma, su cuerpo, su reino, todo lo que poseía, a él, un salvaje sin educación ni fortuna, hijo de la violencia y del odio, un mercenario que vendía su espada al mejor postor y que lo único que sabía hacer en la vida era matar. A su lado había descubierto la paz, la dicha que se podía encontrar en las pequeñas cosas, en los detalles hermosos. Y todo eso se había marchado, borrado para siempre en el implacable transcurso de las eras. Cuando aquel hombre, Ahmed, le disparó, casi había creído oír su voz diciéndole que le perdonase. Bendita Annay. Llevaría siempre su recuerdo grabado en el alma, tan profundo y duradero como aquellos signos de su amuleto tribal. Confiado como antaño al capricho de su incierto 17


destino, vagó durante aquellos días por el territorio sirio, dirigiéndose hacia el norte y procurando evitar todo contacto humano. Llegó de ese modo a las proximidades de un monte que los recuerdos de su cuerpo anfitrión identificaron como Aqraa, y al que por algún extraño motivo se sintió impelido a acercarse. Entendió que desde el principio había sido conducido en esa dirección, que había algo allí que le llamaba. No sintió miedo ante esa certeza, sólo le molestó no ser por completo dueño de su suerte, pero a esas alturas su suerte había dejado de importarle. En el bosque que rodeaba la falda de la montaña, encontró un campamento militar abandonado. Era de noche y, a pesar de la quietud del lugar, se acercó silenciosamente, con la rapidez y el sigilo de los gigantescos leopardos de las nieves de Kaal, mientras mantenía escondido el brillo lunar del cuchillo de cocina tras su espalda. Revisó uno a uno los barracones metálicos. Había un "Land Rover" en mitad del campamento, y armas y comida suficiente como para abastecer a un pelotón de infantería, pero nadie vigilando los alrededores. Muy confiados tenían que estar los que hubiesen dejado todo aquello, y ningún militar auténtico lo está hasta ese extremo, ni en el mundo extinguido del que él provenía ni en ninguno. Como si esos hombres no pensasen en regresar, se dijo. ¿Estaba en guerra aquel país?, casi preguntó al hombre cuyo cuerpo usurpaba, sin obtener la menor respuesta. ¿Había dado tal vez con las pertenencias de unos desertores? Aprovechó, claro está, para darse un buen banquete, pues no sabía cuándo podría volver a encontrar tanta comida junta, y luego cogió varios petates y los llenó con todas las latas de conserva que pudo. Abandonó también 18


el cuchillo y se hizo con un machete y una Glock 17, que estaba seguro de que sabría utilizar si llegaba la ocasión, más varias cajas de la munición correspondiente. Después se entretuvo en buscar las llaves del "Land Rover", pensando en llevárselo y recorrer con él aquellas nuevas tierras que se abrían ante él. Fue así como encontró el libro. Estaba metido en el cajón de un archivador, que tuvo que forzar a golpes para abrirlo, dentro del que era sin duda el barracón de los mandos del campamento. Al verlo, sintió que se le erizaba el vello de la nuca. Era muy viejo, con las cubiertas de piel, y aquellos símbolos... Tan parecidos a los que adornaban el dorso de su amuleto... Por unos segundos, y mientras un frío pavoroso se apoderaba de todo su ser, estuvo seguro de estar ante algo que de alguna manera le pertenecía, que venía del mismo lugar recóndito y olvidado que él. —Ishtar se me lleve —murmuró en la penumbra sólo iluminada por los escasos rayos de luna que entraban por un ventanuco—, ¿qué es esto? Tocarlo fue como palpar la espalda de una serpiente, algo desagradable, repugnante. Supo que estaba lleno de maldad. De magia también. Comprendió que a aquel libro no le gustaba que nadie lo tocase, y él menos aún. Le rechazaba. Si pudiese, le mordería incluso, pero era una cosa inanimada y sólo podía demostrar su disgusto provocándole sensaciones. Invadiría sus sueños con pesadillas horribles, estaba seguro. Pero aún así lo cogió, desafiante. Sin embargo, no se atrevió a abrirlo. Aún no. Y lo metió en otro petate, junto a la munición de la Glock. Así que era aquello lo que debía encontrar, por eso se había visto atraído hasta allí... Notó el medallón de plata extraordinariamente cálido en su pecho, como si le 19


estuviese dando alguna respuesta. Las llaves del todo­terreno las halló en otro cajón, el de un escritorio repleto de papeles y en el que también descansaba un ordenador portátil. Ya no le sorprendía saber lo que era cada cosa aparentemente nueva que descubría; poco a poco se iba acostumbrando a toda la información que almacenaba aquel cerebro ajeno que era ahora suyo, salvo por algún repentino dolor de cabeza que le asaltaba de vez en cuando. Decidió que no tenía sentido continuar allí y decidió marcharse. Averiguaría más cosas de aquel libro y de su relación con él en algún sitio donde pudiese estar más tranquilo y sin el temor a ser sorprendido por soldados armados hasta los dientes. Katham se dirigía al "Land Rover" con todo lo que había sustraído a cuestas cuando advirtió las luces en el monte Aqraa. Era un cordón de pequeñas luciérnagas desfilando por su ladera, una procesión de linternas dirigiéndose a la cima. Las miró durante un buen rato, diciéndose que no tenían nada que ver con él. Pero sabía que no era así. Dejó todos los sacos en la parte trasera del vehículo, cogió el machete con una mano y la pistola con la otra, y echó a andar hacia la montaña.

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Katham y las sombras del caos