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LA CURVA MUERTA Habitar un espacio es apropiarlo a las necesidades que tiene cada uno y relacionarse con él, creando una vinculación que de una u otra manera está en constante interacción con varias personas, donde ese espacio individual ahora se convierte en un espacio social y emergen diferentes situaciones. La formas en el espacio y lo que hay en él, se convierte en parte de algo, es así como se crea una narrativa, permitiendo una lectura semiótica. Néstor García Canclini dice que las ciudades no se hacen sólo para habitarlas, sino también para viajar por ellas. Entonces un lugar que es transitado frecuentemente es el producto de un ambiente que mezcla el contexto con los personajes. Ahora bien, un espacio verde, lejos de un encierro de cuatro paredes y luz artificial, evoca un ambiente natural que deja al descubierto el contraste que hay entre un espacio urbano y la naturaleza, ya que se encuentran diferentes percepciones que emergen en un punto. ¿Qué pasaría si el espacio donde nos encontramos es intervenido por alguien? Algunos no le darán mayor importancia, otros

se detendrán a ver, otros

observarán y otros, se llevaran parte de la intervención. La cuestión radica en apropiarse de un espacio y llevar a cabo una acción que más que colocarla, es llevar a una reflexión con respecto a la manera como estamos absorbiendo el mundo. Acá no hay reglas, las reglas son al parecer invisibles como el territorio que es separado por fronteras, que unen otros espacios; estamos encerrados en un solo espacio, el cual se le pone un nombre para poderlos diferenciar, tal vez así es como nos podemos ubicar, pero también así, es como nos separa de otros lugares, lugares que nos prohíben atravesar por el simple hecho de existir una línea invisible, la cual, se quiera o no, se mantiene imborrable; tan invisibles son las reglas que cualquier cosa se puede llevar a cabo en este lugar, es un espacio de ocio, juego y tranquilidad.


Los encuentros se vuelven continuos, los sucesos transcurren, las miradas enfocan, las hojas se caen, el pasto se seca, la tierra se pisa, el aire se vuelve frío, las gotas caen, se mojan los árboles, se oxidan, se mueren, se pierden en la madrugada. Una semilla fue sembrada en la curva, fue creciendo y un hilo delgado, producto de varios metales, comienza a aparecer en la tierra, y crece lentamente. Pero no es sólo un árbol de alambre, hay varios, todos son diferentes, al parecen venían de diferentes especies y variedades, luego, en el crecimiento, se comienza a notar la diferencia que tiene cada uno. Son como las ideas, muchas en una nube, pero llevan a algo, viajan, como nosotros en la ciudad. Son árboles muertos, árboles que han perdido su capacidad de producir oxígeno, lo único que brota de sus ramas y curvas tan delimitadas, es un líquido; que para verse, se necesita acercarse a ellos y observar el movimiento que se genera; no brota sangre pero tampoco savia, brota un óxido; el cual es un contraste diferente al natural. Ahora, tampoco da frutos, está muerto e inmóvil; un alguien se acerca a arrancarlo, pero sus raíces son muy fuertes, se agarra de la tierra, pero logra ser desraizado. No tiene voz y no puede ser escuchado. La curva, que antes era verde y evocaba vida, ya no está, se perdió en la mirada fija de un transeúnte, al cabo, sólo era el producto de la imaginación de él. LEIDY NATALIA NIÑO BALLÉN


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