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LUCERO Cuento: Suspenso, Crimen. Rafael Sanabria 18 A単os Venezolano


LUCERO

La Bala Éramos siete. Al “Hombre”, el “pran” de la cárcel mejor conocida como “El Patio”, nuestro jefe, parecía tener cierta afinidad por esos temas esotéricos y mágicos. Debíamos ser siete y solo siete, era el número mágico por excelencia. Sin embargo, el Hombre no creía en Dios, más bien él se sentía como uno. Nuestra única conexión era una “Biblia” que había creado para los Luceros. Pero yo sé quién es, entenderán después cómo. Fui la única en el mundo que pudo entenderlo verdaderamente. Un alma rota. Los Luceros son los protectores de los pranes. Todos creen que son sólo sus guardaespaldas. Están totalmente equivocados. Yo no soy un simple guardaespaldas, me entrené para matar y de mi mente fueron despojados todos los signos de piedad. Pero me obligaba a llevar una máscara invisible a todas partes. Los Luceros somos una parte del pran “su religión los obliga a convertirse en un fragmento del alma del Hombre” especifica nuestra biblia. Cada uno era esencial para él, le “ofrecíamos luz” según él mismo. Los siete, de diferentes religiones cada uno, nos convertimos en una suerte de iglesia que veneraba cada aspecto del Hombre. Él nos había atrapado a todos con una razón: a todos nos habían quitado una vida y él, después de ser libre, nos lo devolvería. Cuando te quitan algo tan importante, no hay religión o creencia que pueda alejarte de hacer lo que sea para recuperarlo. Una vez que no tienes nada que perder, el miedo, la compasión, los sentimientos, se desvanecen como humo de cigarrillo. Trabajábamos para él y sólo por el peor veneno que ha conocido la humanidad: la esperanza ciega. Cumplíamos cada una de las misiones esperando que llegara el día en que nos devolvieran lo que nos quitaron, esperando a que el Hombre moviera cielo y tierra para dejarnos libre al entregarnos nuestra vida perdida. Cada uno cumplía una función fundamental para el Hombre. Carlos, evangélico ortodoxo, y Marcos, perteneciente a la iglesia pentecostal, eran sus guardaespaldas en El Patio. Martin, santero de esos que llaman “palero”, se encargaba de traficar la droga del pran, mantener el negocio. Pablo, un muy cerrado islamita, era el abogado que se encargaba de preservar la tranquilidad y bienestar del Hombre en la cárcel junto a Ingrid, una practicante del budismo entallada en un puesto que tenía que ver con las penales, sólo así podían mantener las apariencias mientras inclinaban la balanza de la justicia a favor del pran. Nineska era la “narcomodelo”, era creyente católica, era cantante, bailarina,


actriz, presentadora, de todo. Era de esas personas influyentes que llevan su equipo de personas de confianza y que no trabajan sino es con ellos. Pues la realidad es que todos trabajaban para el Hombre. Ese era el modus operandi: los compradores, debían encontrar algún modo de brindarle la oportunidad a Nineska Ozun para presentar un show, hacer un papel, representar una marca o dar un concierto. La mercancía llegaría a ellos junto al equipo de la señorita Nineska. Era un secreto a voces tal modalidad pero con dinero e influencias ¿Quién puede ser detenido? Nineska era la mujer del pran, ella hacia lo que le pedía y podía acostarse con todo aquel que el Hombre ordenara. Yo me convertí en su sicario, me nombraron como La Ejecutora. Me encargaba de cualquier objetivo por más pequeño o por más grande que fuere, no discriminaba ni cuestionaba si eran mujeres, niños o ancianos, solo debía cumplir con el trabajo. Tal vez no creer en una religión o en un dios fue lo que me salvó y me hizo mano derecha del hombre encarcelado con más poder. Más que un lucero, llegué a ser un pilar de luz cegadora. La responsabilidad de todos caía sobre mí, debía mantenerlos a raya, que cumplieran con sus misiones, con sus trabajos. Por otro lado, debía mostrar una cara distinta a la sociedad del showbusiness, una cara sonriente, una mirada carismática y una sonrisa encantadora. Debía cuidar, desde lejos, a Nineska. Pero nunca logré acostumbrarme a la máscara que llevaba ante las cámaras. Cuando colocaba las balas en el tambor, tensaba el percutor, apretaba el gatillo y veía el disparo salir, cuando me observaba reflejada en la sangre, allí era cuando mi verdadero rostro se asomaba. La piel tersa pero quemada de dolor, ojos verdes pero ardiendo en rencor y los labios que murmuraban palabras llenas de locura y resentimiento.

El Hombre tenía una gran historia. Su padre, un empresario muy reconocido en el país, tenía negocios de narcotráfico con Viktor Taroff, candidato a la alcaldía de un municipio importante en el país. Una periodista muy audaz descubrió lo que escondía el político, y la relación que sostenía con el empresario. En periodos de recesión, las empresas se vinieron abajo y la última oportunidad que tenía constaba de la verdad entre él y Viktor. Fue muy inteligente, logró borrar la evidencia que lo incriminaba antes de vender la historia a la periodista y su periódico. “VIKTOR TAROFF, NARCOTRAFICANTE” decía en letras gigantes en la primera portada. Un título denigrante y sin miedo, aterrador y destructivo. “El empresario Emmanuelle de Lena confesó la propuesta que el político le sugirió ante la recesión que comenzó a azotar al país” comenzaba la reseña. Ante esto, Viktor Taroff tuvo que tomar cartas en el asunto. Su carrera política se desplomó y


ninguno de sus títulos ni favores debidos lo ayudarían, la nueva ley de justicia era infalible. Pero era sólo esa ley, el país había quedado flotando con la ausencia “temporal” del presidente, su partido tomó las calles como suyas, eran los nuevos dueños de nuestro destino, nos mantenían engañados con un hilo de esperanza. La delincuencia y la inseguridad crecían con el precio de las cosas. Viktor usó eso como arma para efectuar su plan de venganza: cobró ciertos favores para poder matar a la familia de Emmanuelle de Lena. Pero les faltó uno, quizás el más importante. Como un efecto dominó, las piezas cayeron. El hijo bastardo de Emmanuelle heredó toda su fortuna, todas sus deudas. Y cargado por el dolor de venganza, el mismo que consumió a Viktor, divisó la estrategia para acabar con aquello que lo había llevado a la desgracia. Ni corto ni perezoso, logró alzar un imperio que lo ayudaría a disfrazar el ajuste de cuentas que tenía pendiente. No sólo acabó con el clan de Viktor sino que logró también matarlo desde la cárcel. Pero algo quedo guindando, un peso que todavía sentía, una insatisfacción en la mente, en la consciencia. Entendió que su venganza todavía no terminaba. Mireya Essalier, dueña del periódico “La Voz Amarilla”, faltaba por recibir su dosis de castigo. Sufrió más, aún más que el propio Viktor al ver, desde la cárcel, que su familia se esfumaba, que los suyos empezaban a morir. La acosó por mucho tiempo, entre cartas, llamadas, persecuciones y asechos, el heredero del traidor consiguió el sufrimiento que buscaba para la periodista. Mireya nunca supo su nombre, por eso en el video que grabó al secuestrarla ella se refería a él sólo como “el hombre”, de allí su enigmático sobrenombre. Luego mató a toda su familia, en diferentes modalidades pues parecía aburrirse con facilidad.

Mi historia comienza con la muerte de mis hermanos. Éramos tres niños adinerados, tratando de vivir entre la frivolidad y la inseguridad de la pequeña ciudad. Yo era la mayor, producto de una relación que terminó en divorcio, típico en dos bebes que tienen un bebe demasiado pronto. Ellos eran gemelos nacidos en el nuevo matrimonio de mi padre. Salían casi todas las noches a clubes nocturnos y antros que no faltaban en la ciudad. Fue en una de esas salidas apuradas y desenfrenadas cuando los mataron para robarles el carro. Los golpearon hasta dejarlos sangrando en diferentes partes del cuerpo. Los dejaron tirados como perros muertos en la redoma que precedía el lugar más vivo de la ciudad. No los pude ver pero en las fotos del periódico los mostraron como nunca quisieron verse. Desnuditos, despeinaditos, con el cuerpo feo, hinchado y morado. Nada podía acabar con el dolor tan fuerte que me golpeaba el pecho. Un momento estaba bien, luego podía llorar mares y reírme al instante. Algo no quedó bien en mi mente, ni en mi alma ni en ningún aspecto de mi vida. Todo se iba cayendo a


pedazos mientras seguía atada a su recuerdo, a sus sonrisas, a sus ojitos verdes tan iguales a los míos. La vida quiso que mi vida acabara, así de fácil. Mi padre fue enjuiciado e inculpado por estafa. Dos cadenas perpetuas. No entendía cómo podía pasarme esto a mí. Pero la respuesta me bofeteo la cara: hasta los más grandes caen, hasta los inmortales sangran. Pero mi pobre viejo no llegó ni a la primera, también me lo mataron allí, en El Patio. Nada pudo detener el horror que le siguió. Todas las personas que me importaban comenzaron a caer una por una. Parecía que sobrevivía a una especie de ajedrez macabro en donde todas mis piezas caían bajo la mano de un jugador fantasmal tan maquiavélico como sus piezas que se burlaban de mí. Aún sigo preguntándome a mí misma quién es ese terrible jugador ¿Dios o el Diablo? Porque definitivamente alguien debía tener la culpa. Pero ninguno de los dos encajaba en lo que había pasado, no había cupo para lo celestial o lo infernal en mi vida. El diablo no los sacó del auto, no los golpeó sin cesar, no los violó sin pena, no los mató sin piedad. Y, sinceramente, Dios no aceleró el carro para salvarlos, tampoco aguantó los golpes por ellos, no los separó cuando les quitaron la voluntad de sus cuerpos y mucho menos aceptó la pena de muerte. Todo es por la simple y sencilla razón de que ni Dios ni el Diablo existen. Los saqué de mi vida para siempre porque sus nombres, ni sus milagros, ni sus fechorías, entallaban en el horror que sufría con cada día que pasaba porque ni Dios me dio fuerzas ni el Diablo me pisoteó. Fue el mundo que está lleno de piltrafas, fueron las personas que no albergan algún sentimiento de dolor. La existencia se está pudriendo y nosotros nos pudrimos con ella, como larvas que alimentan al hedor a muerte. Pero no se detuvo. Todavía mi tortura no llegaba a su fin. Se llevaron a mi esposo, cuando estaba dando a luz en un putrefacto hospital. Sin embargo, entendí más tarde que había muerto para siempre. En ese mismo instante, me bloquearon la mente y al despertar no vi la dulce princesa que llevé nueve meses. En mis brazos, en vez de encontrar a Elizabeth, una muñeca de porcelana, de rulos marrones y mejillas rosadas, se regocijaba en mi regazo. La abracé con fuerza, como para no dejarla ir. Pero el dolor me nubló los sentidos y terminé rompiéndola. Allí entendí que me la quitaron para siempre. No me llené de odio, nunca seré como el resto de los malditos humanos. Después de que la muerte te persigue, empiezas a aceptarla, a brindarle un trago, a conversar sus razones. Mi corazón creó una especie de muros de concretos, mi consciencia vomitaba aquellos sentimientos de culpa, de piedad, de compasión. Y mi alma, esa que un día brilló, se volvió tenue y oscura, pero fuerte. Tan fuerte que logró traspasar sus límites y atravesó las murallas del cuerpo que la mantenían


cautiva. Matar se convirtió en lo único que me mantenía viva, ese efímero momento en el que la vida se escapa en un último espasmo. Debido a Nineska, mi gran amiga de la infancia y mi amor secreto, entré en este mundo que me mantenía viva, aun cuando desde sus inicios ha fallecido, sujeto al miedo y a un halito de muerte que no desaparece, pero aprendes a vivir con él. Su hombre, al que odiaba por poderla tener y no yo, me ofreció la redención que buscaba, me ofreció devolverme a Elizabeth. Con cada bala sembré mi camino hacia la venganza que se había gestado dentro de mí como un bebé endemoniado: lucharía contra el mundo que me quitó todo, acabaría con la plaga que lo habitaba y lo purificaría de todo el mal, así eso constituyera mi inevitable fin.


El Tambor Nos veíamos mensualmente, los cinco acudíamos a un bar llamado “El Escozor” en el sur de la ciudad, donde abundaba nuestra gente. Ese lugar albergaba en su interior un cuarto en donde Albania, una vieja y desgastada mujer, nos leía las cartas del tarot. Pero sabíamos que nunca lo hacía, que nunca habíamos conocido a tal mujer. En cada reunión se nos encargaban tareas que contribuirían a una misión específica. Sentí algo distinto esta vez, como el aura de un presentimiento. Una luz tenue guindando del techo alumbraba la mesa vestida con el mantel purpura. Las cartas en el centro parecían despedir un resplandor glorioso. De la oscuridad, el cuerpo de los Luceros se acercó a las sillas. Nineska se sentó primero, luego los hombres a su alrededor. Entonces tomé la silla al lado de Pablo. Yo, la Ejecutora, me encargaba de repartir una carta a cada uno. Luego yo tomaría una. Las cartas, colocadas por un emisario del Hombre, albergaban un mensaje, una tarea para cada uno. Cuando todos hubiésemos develado lo que nos tocó, una última carta seria colocada en la mesa, la carta de las instrucciones. Todos observaron con temor el mensaje de su carta. Rápidamente entendí la verdad que tenía que descifrar del mío. “Es el final” rezaba la carta de El Diablo. Luego todos giraron sus cartas y leí los objetivos “Matar” y abajo un específico nombre. Faltaba la última carta. Leí en voz alta las mínimas letras inscritas en la carta de El Tonto. “Ha llegado el momento de ser libre. He desarrollado la última de sus tareas. Me harán libre y encontraran su libertad al hacerlo. Pero para lograr eso deben aceptar la última petición: un ajuste de cuentas. Mataran a aquellos que saben la verdad sobre mí, aquellos que pueden venderme, aquellos que pueden jugar al papel de Judas. Pero les pediré un espectáculo digno de presentarle a su Dios. Se convertirán en un asesino bíblico, religioso. Cada uno deberá hacer uso de su creencia e inventar un asesino serial que hará de sus cadáveres un altar para el dios de sus plegarias. Así nadie sabrá la identidad de lo que pasará. Todos los Judas deberán arder. Solo así les devolveré las vidas que prometí. En cuanto a mi escape, deberán saber que con un último baile bastará” por último, una fecha que prometía ser el día más oscuro para nosotros. Asentimos sabiendo lo que haríamos, seguros de que encontraríamos una manera de lograr nuestro cometido. Nos levantamos aceptando el precio de la libertad. Ni si quiera Nineska chistó. Como de costumbre, la Ejecutora cargaría el mayor de los pesos, debía ayudar a cada uno, monitorear a cada uno. En el momento exacto, cuando hayan cumplido su labor, yo actuaria.


El Percutor Martin murió unos días después de realizar su misión. Le aplaudí la simplicidad de los detalles y la infalibilidad de su plan. Además, cumplió con creces mis expectativas y las del Hombre con una gran pieza atribuida a un asesino que realizaba un altar de sacrificio a sus santos. El hombre que le tocó matar, un funcionario de la policía, apareció en la construcción de un edificio con la garganta degollada, los diez dedos removidos de las manos, enchumbado en una extraña bebida espirituosa y rodeado de retratos de santos e ídolos de vírgenes llenas de sangre por las gallinas muertas que se encontraban a los lados de su cuerpo. Sólo el pran sabía por qué había muerto y quién lo había matado. En las noticias causó gran revuelo la muerte de dos hombres de edad avanzada, al parecer ladrones experimentados. Pablo no encontró otra manera para sembrar su religión que dibujando un santuario islámico alrededor de sus cuerpos, muy parecido al modelo de altar que creó Martin. Grandes símbolos con inscripciones árabes que describían aspectos que le daban un cambio de sentido a este “Asesino Religioso” Con la muerte de Pablo, los Luceros entendimos la gravedad de nuestra misión. Si la cumplíamos, nos veríamos en el puesto de víctimas, ese ajuste de cuentas desencadenaría otro en nuestra cuenta. El miedo los hizo presa, desistían de la idea de cometer el asesinato. Las calles se inundaron de un prometido castigo severo para el asesino. No podía dejar que limitaran mi oportunidad de ser libre. Tuve que actuar. Mis objetivos eran cinco. Secuestradores muy cotizados en el gremio de este mundo de sombras. Nadie y todos sabían quiénes eran. Los secretos, en este universo paralelo, valían más que el dinero, podían valer vidas, segundas oportunidades, convenios, alianzas y muertes. Pero eran más un grito que un susurro. Comprendí que ese era el fin de nuestra última operación: callar los secretos del Hombre. Mi obligación era matarlos, debía hacer cualquier cosa para llevarlos a la muerte. Y mi plan tomó el camino que debe tomar, mi arma cambió sus balas por la munición más fuerte de una mujer: su seducción. Les ofrecí una noche inolvidable a los cinco. En El Escozor hice uso de la habitación de los Luceros, ya no la usaríamos más nunca. Gracias a Nineska, descubrí lo que puede hacer un movimiento de caderas en un hombre. Hice acopio de todos los instrumentos que una mujer puede emplear para conseguir sus objetivos. No tuve que tocar sus cuerpos desnudos, ni sus sexos erectos. Recordé las historias de la Grecia antigua, donde el veneno solo


significaba una cosa: una mujer asesina. Una cruz quebrada en el centro de la meza, un rosario volteado colgando de sus cuellos y en sus frentes un crucifijo al revés sería suficiente para demostrar el odio que sentía por la imagen de Dios.

Conseguí devolverles la seguridad que necesitaban para cumplir sus tareas. De una u otra forma conseguiría mi libertad, mi plan continuaría a cualquier costo. -No podemos continuar solos – protestó Ingrid – te necesitamos. Ingrid, debido al papel que desenvolvía en los medios judiciales, tenía que matar al juez Felipe Carmona, quien dictó varias sentencias pagadas por el Hombre. Definitivamente era un Judas demasiado peligroso. Le sugerí entonces el método que use para matar. Y la regordeta y desaliñada Ingrid Lerab se convirtió en una Femme Fatale. Cada día que pasaba le coqueteaba al viejo Carmona mientras que planeaba con detalles la muerte del mismo. El juez, un desgastado anciano de esos que necesitan recordar lo que alguna vez fueron mediante jóvenes insulsas, cayó en las redes de Ingrid. Tanta era la confianza que había ganado que la Femme Fatale que creé obtuvo las llaves de la mansión del viejo. Supimos que era el momento de ejecutarlo. Ingrid creó todo un paraíso budista en el cuarto principal de Carmona.

Con el mismo veneno en la botella de vino tinto se lo obsequió al viejo. Pero él, debido al indescriptible y extraño sabor y a la decoración que le hacía honor a Buda, descifró nuestras intenciones. Yo me encontraba en la sala, saboreando un dulce champan de victoria, esperando a que Ingrid saliera triunfante y airosa del cuarto. Escuché un disparo y cuando subí a la habitación los dos ya habían dejado este mundo. No podía llevarme su cuerpo, pero decidí que ella seria parte del altar del asesino- les confesé a la Lucero que quedaba. Parecía que nuestra luz se extinguía. Volví a pensar en la esperanza de sostener a mi bebé en mis brazos, de poder ser libres fuera del mundo de sombras. Si ella estaba conmigo, podía quemar el mundo y dejarlo arder para siempre. No sentí miedo por lo que estaba pasando a nuestro alrededor, por las muertes de los Luceros. Yo sabía lo que pasaba. Nineska y yo éramos las últimas Luceros que quedaban fuera de la cárcel. Teníamos que matar a un sicario, por fin alguien a mi altura. Fue extremadamente difícil llegar a él, su cara no figuraba en ninguna información. Ofrecimos dinero a nombre del pran de El Patio, entonces la información de esa persona indicada salió disparada más rápido que la bala que la mató.


Vivía fuera del país, más bien en la frontera entre los dos, en una mansión de la que muy pocos sabían. Era increíble cómo ese hombre había llegado a prestar servicio a ambos países. Por gratitud, lo escondieron entre los dos gobiernos como un arma clandestina de alto calibre. Ingrid era la clave entre el Hombre y el sicario, era su intermediario. Fuimos referidas por ella – él no sabía que había muerto – como damas de compañía. Seguramente ya había oído hablar de Nineska. Pensó que el Hombre se la había regalado como recompensa por su lealtad. Sinceramente logré entender que era lo que le habían quitado: la voluntad sobre su vida. Su cuerpo no le pertenecía, era del Hombre y con él hacia lo que le diera la gana. No hubo hombre en sus fuerzas que no hubo sentido la perfección física de Nineska. Yo que la quise tener siempre, fui la única que no pude. Al conocerlo por primera vez, recordé cuando me mataron a mi madre en mis brazos. Nunca pude olvidar esos ojos azules y penetrantes de la capucha, ni las características arrugas que los acompañaban. Era él. Pero no fue por cuenta propia, no. La persona que le quitó a Nineska su vida fue el Hombre. La persona que le quitó sus hijos a Ingrid fue el Hombre. La persona que logró encarcelar a Marcos y a Carlos fue el Hombre. La persona que alejó a Martin de sus padres fue el Hombre. La persona que separó a Pablo de su mujer fue el Hombre. Y, por supuesto, la persona que mató a toda mi familia, la persona que me arrancó a mi bebé del vientre fue el Hombre. ¿A quién matábamos? A cada miembro de nuestra esclavitud: el policía padre de Nineska, a los jóvenes que le entregaron a Martin, a la abogada que encarceló a mi padre, al juez que metió a la cárcel a Marcos y Carlos, a los secuestradores que tomaron a la mujer de Pablo y por último al sicario que acabó con mi familia. El hombre estaba cerrando sus círculos. Yo me encontraba en otra habitación con el comandante de las fuerzas de él. Le prometí que la pasaríamos bien y así lo hicimos. Maté a todos y cada uno de los Luceros del sicario. La primera muerte me brindó la posibilidad de una pistola con silenciador. Lo usé con mucha astucia, pero nada se comparaba con mi Taurus 4510, nada se podía comparar a ese último sonido que acababa con la existencia. Y me sentía más viva que nunca, todos esos efímeros suspiros de muerte me brindaban más vida. Sólo él faltaba por morir. Cuando me aproximé a su habitación para acabarlo antes de que Nineska manchara sus manos, la encontré en la cama con él. El sicario acostado y ella sentada sobre él. Su espalda lisa no se movía, no sentía mi presencia. Hasta que la vi lanzar el cuchillo ensangrentado al suelo. Con sus manos cubiertas de sangre se enfundó la bata de seda blanca.


Alcé mi revolver hacia ella cuando terminó de colocarle las batas de cura, el rosario, la biblia, el cáliz y las hostias alrededor de él. -¿Qué haces? -Solo faltan Marcos y Carlos. Fue un ajuste de cuentas Nineska ¿No lo entendiste? todas las muertes, toda la misión, todo era para mí. Ustedes eran mi verdadero objetivo ¿No recuerdas el mensaje de la carta? “Matar” no era para ustedes, era para mí. Luego de cumplir sus muertes, heredaban el Judas. El Hombre está cerrando sus círculos, Nineska. Esas personas que mataron eran sus círculos, ustedes mismos los cerraron. Los Luceros son el último círculo del Hombre. Martin y Pablo fueron mis obras. Ingrid, la maté yo, no el viejo Carmona. Pero tú todavía tienes que cumplir la última petición, debemos sacarlo para poder salvarte.


El Gatillo El gran evento de Nineska Ozun, un regalo para los guardias que precedían la celda del Hombre. Enfundadas en ropa de seda blanca y negra, nos presentamos en el cuarto de visita conyugal. Nineska lo observó con asco pero se lo sabía de memoria, allí donde perdió la voluntad sobre él, donde tantos hombres lo hicieron suyo tantas veces como quisieron. Nos dejamos caer en sus regazos, sintiendo la tensión en sus sexos y la libido en la lengua que relamía sus labios. Pero no podían tocarnos. Eran seis. Tomé a tres en una esquina y bailé como Nineska me había enseñado. La vi removiendo el sostén de encaje que resguardaba sus perfectos y voluptuosos pechos. En medio de mi erotismo, logré soltar la pistola sin que se diera cuenta. Sabía la marca y modelo exacto que era, así como también el silenciador que le calzaba. Entonces solté el sujetador de mi sostén. El silenciador cayó en el regazo del hombre, el cual no lo notó. Logré deslizarlo al lado de la pistola mientras cambiaba de pareja. Sentado en sus piernas y dandole la espalda, le pedí a uno de ellos que desatara el corpiño. Cuando cayó al piso, logré tomar los abrecartas que había escondido allí. Clavados directo a la yugular de los dos a nuestro lado. En ese efímero momento, desnuqué a mi pareja y caí al suelo, tomando la pistola. Enrosqué el silenciado de un solo golpe y disparé a los opresores de Nineska. Sonreí al verlos muertos. Nos acercábamos más a la prometida libertad que nos profesaba el hombre. Nineska me estiró la mano, como llamándome. Estreché la ternura de sus frágiles y delgados dedos. Su cuerpo había quedado desnudo, su perfecto y delgado cuerpo. Su mirada bondadosa me escrutó de una manera que podía sentir a su mente hablándome, pidiéndome que la bese. Su brazo me acercó hacia ella. Rodeó mi cuello con sus manos, acercando mis labios a los de ella. Mi respiración se detuvo, pero mis labios seguían el ritmo de la temperatura de los suyos. Suaves, dulces, desenfrenados. Nuestros cuerpos desnudos sintieron su tacto. Me sumergí en los movimientos de su beso. Entonces el tibio silenciador tocó su cien. Se detuvo. Abrió los ojos. Su mirada tan cercana me taladró la consciencia. A pesar de que la amaba con locura, mi alma ausente nunca podría perdonarla. Nunca. Tiré del gatillo. Sus ojitos quedaron abiertos mientras su cuerpo le daba espacio a su espíritu para marcharse. Aspiré su último suspiro. Cerré para siempre aquella mirada vacía que me preguntaba un porqué que nunca podría responderle.


El Disparo Soné la alarma que tocaban para abrir las celdas para ir al patio. Me recordó a una escuela, una hostil y macabra escuela. Me imaginé a la radio de uno de los guardias emitiendo la voz de otro. Ya debería haberse dado cuenta que algo estaba mal. El timbre a destiempo fue la señal para el Hombre, sabría que debía mantenerse en la celda. Con la bata de seda y las piernas enfundadas en el liguero que recorría mi muslo hasta llegar a las botas de cuero. Al final del largo corredor observé a los Luceros custodiando la entrada. Me sonrieron, en sus ojos pude notar esa chispa de esperanza. Me aproximé a ellos, sintiendo la densa nube de asquerosidad y la lúgubre y hostil situación a la que fueron condenados. No muchos llegan a cumplir su condena, mueren prematuramente. Aquí no existe la pena de muerte, pero una cadena perpetua representa lo mismo que una inyección letal. Todos mueren. Con sus armas en mano se lanzaron a mí en un abrazo maternal. No querían soltar a la Ejecutora, a la salvadora de sus vidas, a la que por fin los liberaría. Se apartaron, dándome paso al umbral de la celda. Su cabello largo, lacio y rubio caía sobre sus hombros. Entonces me dio la cara. Una lágrima se deslizó por mi mejilla. -Ya estoy aquí – le susurré cuando entraron los Luceros. Luego entré yo, develando mi cara en la penumbra de la celda. -L’esecutore – me dijo, recordando perfectamente la primera vez que me secreteó aquel apodo al oído, cuando nuestros cuerpos desnudos se encontraban amándose el poco pudor que les quedaba – Por fin juntos. -Fui la única que entendió el plan. Seriamos sólo tú y yo- clavé el puñal en el cuello de Marcos y la pistola que guardé a mis espaldas disparó tres balas en silencio a Carlos. Una última al puñaleado. Sus brazos se abrieron de par en par, aproximándose hacia mí. Dudé un segundo ante sus ojos claros, la mano me temblaba. Recordé el amargo que llevaba en la garganta y el sinsabor en mi alma. Alcé la pistola y el silenciador caliente quemó su frente. Lentamente, se sentó en el banco al lado de su cama. -Nunca recuerdo una cara, Mazzimo. Cómo podría olvidar la cara del abogado fiscal, Martin, que luchó con mi padre en las audiencias. Cómo podría olvidar a Pablo, quien testificó para inculparlo por el fraude. Cómo podría olvidar a Nineska, la puta que lo demandó. Cómo podría olvidar a Ingrid, la jueza que aceptó las pruebas incriminatorias y dictó una sentencia inexpugnable, a ella que con el ultimo martillazo dictaminó no sólo la condena de mi padre sino que también dictó


el declive de lo que conocía como mi vida. Y, por supuesto, los hombres que lo mataron sin siquiera haber cumplido un mes. Pero entendí completamente quien eras tú, qué querías conmigo. Entendí que aquel hombre que martirizó a Mireya Esselier, mi madre, no podía ser más que mi esposo, Mazzimo de Lena, el heredero del grandioso empresario Emmanuelle de Lena, el que acabó con toda mi familia, el que me robó a mi hija, el Hombre. Aun así, Irene Esselier se alza como la última. No pudiste, Mazzimo. -Porque no quise. Logré que cerraran todos los círculos, logré hacer que nadie nos recordara más nunca, nos di una oportunidad de redención, de ser felices. -Y por eso entraste en mi vida, mataste a toda mi familia, toda mi gente, torturaste a mi madre, me dejaste en un hospital donde lo que hicieron fue una carnicería para quitarme a mi hija, dejándome con la imposibilidad de procrear – el temblor en mi mano había cesado, la pistola alzada en el aire se notaba decidida, erguida sin ninguna duda. -Sólo conmigo puedes ser libre. Todos los círculos se han cerrado para ti. -No. Estoy a punto de cerrar el único círculo que me mantuvo presa: nosotros, tú y yo. Veras, aplico tu razonamiento: cierra tus círculos y un portal de luz te abrirá el camino a un nuevo despertar. -¿Quién aceptará tu pasado? ¿Quién aceptará tu obsesión con la muerte? Nadie pudo entenderme de la manera que tú lo haces, Irene. Nadie puede entenderte de la manera en yo lo hago ¿No lo ves? Tú y yo, ambos, somos monstruos. -Jugamos el peor juego de ajedrez con nuestras vidas. Fui tu reina por tanto tiempo, me llenaste de peones y artillería para cumplir mis retos. Jugaste a ser Dios, a decidir quién vive y quién muere, y yo jugué al ángel ejecutor. Jugaste a ser el destino y yo a ser el azar aniquilador. Pensamos tener el control sobre los vivos, que los muertos no tendrían derecho sobre nuestras almas, que no clamarían por ellas. Estábamos demasiado equivocados. Somos bestias descorazonadas, Mazzimo. Somos demonios tan repugnantes como para que el propio inframundo nos escupiera de su suelo ardiente. Fuimos condenados desde el día en que nacimos. Contigo no cierro mi círculo, pero sólo al ver que vive, solo al ver sus ojitos, su sonrisita, dejaré que el mundo se queme y arderé con él. Estiró su brazo, sus dedos me entregaban con cuidado una tarjeta dorada que albergaba una dirección. Le debía la bala. Abrió de par en par sus brazos, esperando que la bala cerrara su círculo para siempre.


El Impacto Regresé al cuarto de visita conyugal y coloqué el arma en las manos tensas de Nineska. Ya nada me dolía. Finalmente, una última capa de hierro se había vertido en mí. Un muro que sólo la mirada de Elizabeth podría romper. -Sólo estaba haciendo mi baile cuando escuché el balazo… Ella les disparó y los dejó tirados, entonces me escondí debajo de la cama y vi que sus pies desaparecieron… vino y yo salí. Se me quedó viendo y se disparó – dije al declarar. Pero a nadie le importó ya. Cuando se es una escoria en el mundo, ni siquiera la muerte más terrorífica puede ablandar el alma. Regresé a mi antigua identidad. La Ejecutora murió junto con Mazzimo, quizás estén bailando un tango infernal mientras se queman eternamente. O quizás sólo estén muertos, no lo sé. Con el tiempo descubrí que de la vida aun no sé nada pero ¿Quién lo sabe? No puedo juzgar a nadie por sus actos, ni a un mortal, ni a un dios, ni a un diablo pues de los tres he sentido un poco. Nadie sabe lo que oculta un alma vagante, nadie sabe lo que oculta un alma perdida en sí misma. Pasó mucho tiempo hasta que encontré el lugar que describía la dirección. Diez años habrían de pasar desde que luché para sacarla de mi vientre. Pude oír su risa en mi mente, sentir cómo su mirada de ojos claros se metía debajo de mi piel. De cabello negro, como yo, y lacio, como el de su padre. Acerté en los ojos claros heredados de Mazzimo. Desde el patio me observó mientras la contemplaba. Con una muñeca de porcelana en su mano, alzó el brazo y me saludó. Me faltó la fuerza para devolverle el gesto y la voz para confesarle que su madre era yo. De la puerta de la casa salió una alta mujer con rulos rojos y salvajes. Me vi al espejo una última vez, observando una mujer extraña. Creo que sentí a la Ejecutora mezclándose con Irene Esselier ¿Quién sería ahora? Ya no había cabida para mí en el mundo, estaba sobrando. Espero que algún día, cuando descubra que el mundo se está cayendo a pedazos, se refugie en estas letras que se mantendrán malditas en la historia, condenadas al olvido. Ahora que estas líneas terminan a la sombra de un oscuro recuerdo, desenterraré el Taurus 4510. Abriré la caja de balas que guardé por si necesitaba algún día defenderme. El tambor del revolver la abrazaría como su mejor y más antigua amiga. Al tensar el percutor sentiría la horda a mis espaldas, esperando mi muerte. Halaría del gatillo, esperando el disparo. El impacto despojaría de mí los últimos vestigios de espíritu que quedaban en mi cuerpo. Sentiría el último espasmo de vida, el último respiro que permitía al alma desdoblarse del cuerpo y volar hacia un eterno descanso.

Lucero  

Cuento del género suspenso, crimen, narra la historia de un grupo de siete personas conocidos como "Los luceros" Y su jefe, el "pran"

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