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Capítulos 1. Navidades tristes 2. Abrumadora Navidad en casa 3. Milagro en Hawthorne Street 4. Errantes invernales 5. El fantasma de la Navidad 6. Cascabeleo infernal 7. Ningún regalo que aportar 8. Navidad macabra 9. Te deseo una terrorífica Navidad 10. Últimas Navidades 11. Sobre la lápida 12. Un paseo de muerte 13. Caballero silencioso 14. Tú eres lo único que quiero por Navidad 15. Una maravillosa vida después de la muerte Epílogo Nota de la traductora Notas Sobre la autora Créditos Grupo Santillana


De vuelta a casa por Navidad Las fiestas navideñas no son solo una época de diversión, sino también el momento de cumplir con las visitas de compromiso. Al igual que el salmón que nada desesperadamente corriente arriba, nos sentimos impelidos —empujados por la culpabilidad o por las buenas intenciones— a realizar ese viaje, sabiendo perfectamente cómo puede acabar. Aunque preferiríamos estar en una playa, en una pista de esquí o posiblemente en cualquier otro lugar, ya que una visita al hogar familiar puede convertir incluso la reunión más sagrada en un absoluto infierno. Las lejanas estrellas titilaban en el frío cielo nocturno. La música inundaba el ambiente. Todo el mundo se apresuraba y trajinaba afanosamente, preparándose para el momento más mágico del año. El complejo de apartamentos, con miles de diminutas velas parpadeantes, se asemejaba a un antiguo cementerio cubierto de nieve. Estaba tan hermoso… Tan lleno de paz… Era casi Nochebuena en el Más Allá. Charlotte Usher estaba sentada en su escritorio, con un montón de trabajos de fin de semestre esperando pacientemente a ser corregidos, cuando por la rendija de su ventana apenas abierta se coló un sonido que la distrajo, empujándola a abandonar la silla por primera vez en todo el día. —¡Qué es ese ruido! —refunfuñó Charlotte. Cerró la ventana de un golpe y escudriñó a través de la escarcha del cristal para descubrir el origen de los molestos tonos. Regresó a su asiento justo cuando otro irritante sonido procedente de la puerta se fundía con el azucarado sonsonete que seguía entrando por la ventana. Era una voz que reconocía. Dejó caer la cabeza sobre las manos y la sacudió. —¿Es que nadie se da cuenta de que estoy trabajando? —vociferó. —¡Abre! Aparentemente no, concluyó al tiempo que surgía un golpeteo desconcertante pero rítmico que venía a añadir un compás de 3 por 4 al barullo circundante. A regañadientes, Charlotte se levantó de nuevo de la silla y se encaminó con lentitud hacia la puerta, sin mostrar especial interés por qué o a quién encontraría al otro lado. Agarró el pomo y abrió. —Es Nochebuena, ¿vas a trabajar todo el día? —preguntó Eric, ataviado con una chaqueta de cuero tachonada, vaqueros, botas altas negras, el pelo engominado hacia atrás y un gorro de Papá Noel negro. —¡Oh, mira! —rezongó Charlotte con sorpresa fingida—. Es Elvis Noel. —I’ll have a blue Christmas without you[1]… —cantó Eric con su mejor voz de Elvis, meneando las caderas y burlándose de Charlotte. [1] «Mi Navidad va a ser triste sin ti…». —¿No es un crimen contra la humanidad imitar al Rey en Navidades?


—preguntó Charlotte. Eric sonrió afectuosamente y entró pavoneándose. Se arrellanó en la silla de Charlotte y con actitud despreocupada apoyó las botas sobre el escritorio, tirando algunos ejercicios al suelo. —Vamos, Charlotte. Hemos trabajado realmente duro para llegar hasta aquí. Es normal que todos queramos divertirnos un poco. —Todos, excepto yo. —Oye, solo he venido a ver si querías tomarte un descanso y ayudarnos con la decoración. Tal vez a traerte un poco de alegría navideña. No tenía ni idea de que iba a encontrarme con Ebenezer Usher. —Tengo demasiado trabajo pendiente —le cortó Charlotte. —Veo que estás de mal humor —dijo Eric simulando consultar un reloj de pulsera imaginario—. ¿Ha pasado ya un mes? Si no estuvieras muerta, pensaría que estás con el SPM, síndrome premenstrual. Obviamente, Eric sabía cómo sacarla de sus casillas. —O tal vez sufras un caso de DAE, desorden afectivo estacional. —Defunción afectiva estacional, quizás —replicó Charlotte, fastidiada—. Tú también estarías malhumorado si tuvieras que enfrentarte a mi volumen de trabajo y a mi responsabilidad. Tratando de preparar para la eternidad a la siguiente promoción de Muertología. Y a la siguiente. ¡Y a la siguiente! ¡Intenta hacer algo con ese espantoso ruido colándose sin parar por la ventana! —¿Espantoso ruido? —la reprendió Eric—. Son ángeles que cantan, Charlotte. Que practican para Navidad. La tenemos casi encima, aunque tú no te hayas dado cuenta. —¿Quién tiene tiempo para la Navidad, Eric? —Y ¿quién no lo tiene? —Eric clavó sus ojos en ella—. A todo esto, ¿qué te pasa? —No lo sé —respondió Charlotte bajito—. Tal vez sea esta cantidad de trabajo, que no me deja ver más allá. O… —O ¿qué? —la interrumpió Eric—. ¿Tal vez que no estamos vivos? ¿Es eso lo que quieres decir? —Es que no es lo mismo. —Tienes razón —afirmó él levantándose para acercarse a ella—. Es mejor. Su entusiasmo era casi contagioso. Casi. —Mira, Charlotte —Eric señaló la ventana.


Charlotte se aproximó, miró al exterior y escuchó a Deadhead Jerry cantando: Angels we have heard when high[2]... [2] «Ángeles a los que oímos en las alturas…».

—¡Eh, Charlotte! —gritó Green Gary —¿Puedes echarme un ojo mientras izo a Call Me Kim a lo alto de este pino? Tengo una dendrofobia bastante fuerte. Ya sabes, después de dar un volantazo con el coche para esquivar aquel árbol y… bueno, matarme y todo eso. —La recepción es mucho mejor ahí arriba —rio tontamente Kim marcando el número del Polo Norte. Seguía siendo incapaz de renunciar a las llamadas navideñas por el móvil, aunque nadie pudiera escucharla realmente, al menos de la manera obvia. Parecía como si los «vicios» de todos ellos, los que habían segado sus vidas, volvieran a surgir en esta época del año. Pero no importaba, porque era Navidad, pensó Charlotte. —No puedo. ¡Estoy trabajando! — exclamó con severidad—. Y ¿qué hay de las llamadas? Pensé que las habíamos superado… —Solo estamos jugando, Charlotte — Kim sonrió—. En Navidad, todo el mundo se vuelve un niño. —Parece más una regresión colectiva —comentó Charlotte a Eric en voz baja. —Gary, yo te ayudo en cuanto termine —se ofreció amablemente Rotting Rita, sacudiendo

la

cabeza

y

esparciendo carne

descompuesta sobre las ramas como si de una pútrida nevada se tratase. Charlotte observó cómo Prue levantaba en el patio una gigantesca cabeza de Kringle, como una especie de Coloso antiguo. —¡Que le corten la cabeza! — vociferó Prue tirando de la cuerda para indicar a los demás que la elevaran por los aires. CoCo lo había planeado todo a la perfección, igual que una organizadora de eventos profesional. Repasó varios bocetos que había creado especialmente para la ocasión y, satisfecha con el modo en el que todo se iba desarrollando, dio la señal a Metal Mike a través de Call Me Kim, que estaba ocupada charlando con un amigo imaginario sobre las actividades de la tarde. —¡Arriba con la cabeza! —gritó Mike entusiasmado, recorriendo como un loco el mástil de su guitarra imaginaria. La cabeza de Papá Noel se elevó en la fría oscuridad, una visión como poco escalofriante, y con la incondicional ayuda de Simon y Simone levitó hasta ocupar su posición como una


carroza en el desfile de Acción de Gracias de Macy’s. Virginia, con los ojos adecuadamente cerrados como un niño que ansía la llegada de san Nicolás, esperaba impaciente. —Ahí fuera todos están alegres, Charlotte. Aquí no existe el sufrimiento, ni el dolor, ni la necesidad. Tampoco hay celos, ni nostalgia por nada. Es como debería ser. —Y tampoco hay vida —Charlotte hizo una pausa y se dirigió hacia la ventana—. Míralos. Corriendo de aquí para allá, fingiendo que tienen algo que celebrar.

La

Navidad

es

sinónimo de esperanza. Y sin vida, no hay esperanza. Estamos muertos y nada puede cambiar eso, ni siquiera la Navidad. Para nosotros no hay esperanza, Eric. —Así que, después de todo, se trata de un SPM, síndrome post mórtem. Vaya. Pensé que ya lo tenías superado y aparcado. —La Navidad anterior a que… viniera aquí fue tan bonita —caviló Charlotte con nostalgia —. Vi cómo Petula, Damen y las Wendys se hacían fotos con Papá Noel en el centro comercial. Yo me quedé al otro lado de la cuerda de terciopelo que mantiene alejados a los que no pueden pagar por la fotografía y me hice una conmigo en primer plano y ellos y Papá Noel al fondo, ya sabes, como se hace cuando no quieres que un famoso descubra que le estás tomando una foto. Charlotte estaba divagando y Eric empezaba a enfadarse. —¿Sabes lo que es triste? —observó él—. Que esa sonrisa sea la mayor que he visto en tu cara en semanas. —¿Por qué te ofendes? Solo estoy contándote cómo me siento. —Exacto, me estás hablando de cómo te sientes respecto a mí, respecto a todos nosotros. Por alguna razón seguimos sin ser lo bastante buenos. —Eso no es justo. —Por supuesto que no. Eric cruzó los brazos y frunció los labios. Estaba cerrado en banda. Nunca la había tratado con tanta frialdad. Charlotte trató de calmar un poco los ánimos y se inclinó para cantarle dulcemente y hacerle cosquillas con su largo y pálido dedo curvado bajo la barbilla sin afeitar. —You better not pout, you better not cry[3]… [3] «Será mejor que no hagas mohínes, será mejor que no llores…».

—¡Para! No me trates como a un niño. No necesito que me consuelen. He pillado lo que quieres decir. —¿Estás celoso? ¿De eso va todo esto?


—Siempre estás que si Scarlet esto y Petula lo otro. Que si Hawthorne High y bla, bla, bla. Y Damen, Damen, Damen. ¡Te has quedado anclada en el pasado! —Eran mis amigos, Eric. No puedes reprocharme que los eche de menos, sobre todo en Navidad. —¿Tus amigos? Te estás quedando conmigo, ¿verdad? Ni siquiera sabían que estabas viva cuando estabas viva. Joder, si prácticamente te asesinaron. Te empujaron a hacer todo tipo de estupideces para seguirles los pasos hasta morir atragantada con aquel osito de goma. —Eso fue hace mucho tiempo. Han cambiado. Yo los cambié. —La gente no cambia. Son como son. Igual que nosotros somos como somos. —Eso no es cierto. Las personas pueden cambiar. —¿De verdad? Pues tú me engañaste al hacerme creer que habías cambiado, pero sigues con lo mismo de siempre. —¿Que yo te engañé? No puedo creer que esté enamorada de alguien tan cínico. —Y yo no puedo creer que esté enamorado de alguien tan insensible e iluso. —No quiero volver a hablar contigo de esto, Eric. —Bien, y ¿qué quieres? —preguntó él, de pie y con el gorro de Papá Noel puesto. —Tú no puedes darme lo que quiero —respondió Charlotte, hiriendo a Eric con sus palabras —. Nadie puede. Se miraron fijamente un instante, esperando los dos una disculpa del otro pero sin tomar ninguno la iniciativa. Eric se dirigió hacia la puerta, la franqueó parcialmente y le dio la espalda a Charlotte. Ambos habían dicho cosas que no podían retirar. —Mañana es Nochebuena, así que espero que se cumplan todos tus deseos —dijo Eric mientras cerraba de un portazo. Charlotte permaneció inmóvil un instante y decidió volver

a casa andando. Estaba

disgustada y se sentía incapaz de concentrarse en el trabajo. De repente, escuchó un agudo bocinazo que interrumpió la cháchara navideña. Al contrario que las armonías que se colaban por la ventana de su oficina, aquellos sonidos le resultaban sin duda alguna familiares. Era Pam, que silbaba mientras Silent Violet conducía. —Hola, Charlotte —dijo Pam saludando afectuosamente a su amiga del alma. Charlotte podía escuchar todavía las notas del flautín fantasma que emanaban de

la

garganta de Pam, aquel que se había tragado tanto tiempo atrás, aunque ya no estuviera ahí. —Hola, Pam. Hola, Violet —contestó Charlotte sin ningún entusiasmo—. Por lo que veo, vosotras también os sentís navideñas.


—Mira a tu alrededor, ¡quién podría resistirse! Estamos ensayando villancicos para la fiesta de esta noche. Vas a venir, ¿verdad? —Probablemente no. —¿Qué pasa? —Nada, que tengo trabajo. Violet frunció el ceño, solidarizándose con ella. —Vamos, Charlotte, ¿dónde está tu espíritu navideño? —bromeó Pam—. No debería resultar muy difícil encontrarlo por aquí. —Muy graciosa —respondió Charlotte, alicaída—. Ahora mismo no lo siento. —¿Por qué no venís Eric y tú al…? —Hemos discutido. —Oh, no. ¿Otra vez? —exclamó Pam. —Nos hemos dicho un montón de cosas y… —No te agobies. Es vuestra primera Navidad juntos. Estoy segura de que haréis las paces. Solo déjale que se calme y luego lo habláis abiertamente. Como siempre. —Si quieres que te diga la verdad, ni siquiera sé dónde está. Violet alargó un brazo por encima de su cabeza, apuntando a lo alto. —¿Qué pasa? —preguntó Charlotte. Violet estiró el dedo hacia arriba con mayor ímpetu incluso, atrayendo la mirada de Charlotte hacia donde estaba señalando. Allí se encontraba Eric, en la azotea de su bloque de apartamentos, sujetando el extremo de una larga hilera de luces que recorría el complejo entero. El cable descendía y cubría todo lo que la vista alcanzaba. Charlotte y Eric se miraron un brevísimo instante e, incómodos, apartaron los ojos. —¡Atención todo el mundo! ¿Estáis listos? —aulló Eric lanzando su grito roquero más primario. —¡Sí! —respondieron desde cada rincón del Más Allá. —Entonces, ¡alumbremos este tugurio! La cuenta atrás comenzó al unísono. Charlotte se llevó las manos a las orejas tratando de aislarse de Eric y de la Navidad. —Uno. »Dos. »¡Tres!


Eric se introdujo el enchufe en la boca e hizo honor a su apodo de Electric Eric. Se encendió como un árbol de Navidad y las tachuelas de su chaqueta y sus botas comenzaron a parpadear. El complejo entero resplandecía con cálidas ráfagas de luz multicolor. —¿Esto es el cielo o Las Vegas? — refunfuñó Charlotte observando el espectáculo luminoso que la rodeaba. Prue se acercó y saludó a Pam y a Charlotte, su rostro, ates avinagrado, ahora mostraba una sonrisa tan luminosa como el programa especial de Navidad que alegraba todo a su alrededor. —Esto es una Navidad de verdad — dijo Prue. —Para mí no —respondió Charlotte lacónicamente. —Déjame adivinar. Os habéis peleado. —Solo está fanfarroneando, Charlotte —dijo Pam—. No seas tan gruñona. —¿Por qué te pones de su parte, Pam? —No lo estoy haciendo, es solo que no estaría mal que dejaras de pensar únicamente en ti durante un minuto. —Tiene razón —agregó Prue. —¿Tú también? —Era un simple comentario. Charlotte estaba furiosa. Corrió hacia la puerta principal. —Divertíos, chicas —gritó—. Pero sin mí. —Espera, Charlotte —la llamó Pam. Charlotte fue a su habitación para acostarse y la cama le pareció un poco más dura y la habitación un poco más fría que de costumbre. Mientras contemplaba cómo bailaban en el techo las sombras de las luces parpadeantes, permaneció totalmente quieta, con los ojos fijos y abiertos de par en par, aunque su mente estuviera corriendo un maratón. En círculos. Hacia el único pensamiento al que regresaba sin parar, inevitable, fantasmales rodándole por el rostro, Charlotte susurró: —Ojalá no me hubiera muerto.

ineludiblemente.

Con lágrimas


Mis recuerdos favoritos Idealizar el pasado es muy sencillo. Como comprar con una nueva tarjeta de crédito sin límite de gasto, elegimos aquello que más nos gusta en una vida llena de altibajos, sin tomar en consideración el precio emocional del recuerdo. Sin embargo, una vez que el carrito está lleno, es necesario dirigirse a la caja, donde finalmente habrá que pagar la cuenta. Un ataque de tos verdadera despertó a Charlotte. —¿Me

estaré

poniendo…

enferma? —se preguntó mientras alzaba la vista hacia

la

lámpara del techo, sin tener claro lo que le sucedía—. ¿Tal vez por eso me estaba tan malhumorada ayer? Estaba perpleja. ¿Cómo era posible que volviera a toser, a enfermar? Había una luz intensa y molesta y le resultaba imposible ver nada en absoluto. —Agh. ¿Es que sigue encendida la maldita iluminación navideña? Pero la luz no era lo único que le hacía sentir incómoda. De repente, sintió un intenso dolor en la espalda. —Anoche noté el colchón bastante duro, pero esto es de locos. Palpó a su alrededor en busca de la mesilla, de algo familiar a lo que agarrarse, en lo que apoyarse mientras se incorporaba, pero no había nada, nada excepto baldosas. —No es posible que me haya caído de la cama, quiero decir, que me habría dado cuenta, ¿no? Y entonces lo comprendió todo. Le debían de haber gastado una broma, en venganza por su mala leche del día anterior. —Está bien, lo habéis conseguido. Me ha salido el tiro por la culata. Supongo que me lo merecía. Esperó un segundo o dos a que alguien asomara por la puerta partiéndose de risa su muerto culo, pero no sucedió nada. —¿Eric? ¿Pam? Vale ya. Habéis ganado. Charlotte empezó a ponerse nerviosa cuando comenzó a enfocar la visión. En el techo, encima de ella, había una bombilla que nunca había estado ahí. Y al incorporarse para quedar sentada, descubrió una puerta de un tamaño y una situación que no eran los correctos, aunque no le resultara del todo desconocida. La puerta no era lo único mal ubicado, pensó Charlotte.

¿Le habrían

despreciar la Navidad?

concedido

una

especie

de tiempo muerto sobrenatural por


Charlotte se aproximó a la puerta con cautela y se inclinó hacia el cristal. Estaba lleno de polvo y resultaba difícil ver a través de él, pero aun así pudo distinguir un pasillo largo y vacío. Un pasillo

flanqueado por…

«¡TAQUILLAS!». —¡Hawthorne! —exclamó Charlotte con un grito ahogado—. Debo de estar soñando. Como una de esas pesadillas del tipo «no llegué a graduarme» o «no he hecho los deberes» o «soy incapaz de encontrar mi clase» que su mente perfeccionista sufría, incluso muerta. Colocó la mano sobre el cristal y reflexionó un instante en silencio. Este era el último lugar en el que realmente había estado. Donde verdaderamente había existido. Damen se había alejado de ella por ese pasillo mientras moría asfixiada; fue lo último que sus ojos humanos contemplaron. Charlotte agarró el pomo de la puerta, lo giró y se internó, titubeante, en el inhóspito entorno del instituto. Siempre le había parecido estremecedor permanecer en un edificio escolar

una vez acabadas

las

clases.

Nunca

había asistido a muchas actividades

extraescolares ni había practicado deportes, pero las escasas ocasiones en las que se había encontrado sola en el instituto, vagando en busca de una puerta abierta por la que salir, fueron suficientes para dejarle una impresión permanente. Sin los alumnos, sin la vida y la energía que ellos aportan, era simplemente un cascarón, un mausoleo sin propósito alguno. Avanzó lentamente, deslizando a su paso la mano por las taquillas. Si se trataba de un sueño, era lo más cercano que había experimentado a uno lúcido. Parecía todo tan real, hasta los fríos tiradores de metal pulido en las puertas de las taquillas y el tufo a cera industrial que subía del suelo. Una sobrecarga sensorial para una chica cuyos sentidos llevaban

sin

transmitirle nada más tiempo del que estaba dispuesta a recordar. De hecho, era algo demasiado auténtico, más parecido a una alucinación, a una exageración de la realidad, que a un sueño. De repente, un discordante e inesperado zumbido inundó el aire, seguido inmediatamente por una vociferante estampida de estudiantes que se apresuraban a salir por todas y cada una de las puertas del pasillo. En un instante, el edificio había pasado de estar muerto a estar vivo. Había resucitado. Portazos en las taquillas, ruido de cisternas en los cuartos de baño, intercambio de cotilleos. Charlotte permaneció completamente quieta, como el ojo en calma de una tormenta que se estaba acercando demasiado como para sentirse cómoda, así que dejó que la rodeara y atravesara su fantasmal cuerpo. Hasta que lo vio. Su pedacito de cielo en la tierra. Damen Dylan.


Conversaba entusiasmado con sus compañeros, trazando jugadas de fútbol sobre la palma de su mano mientras caminaban. Charlotte dio las gracias en silencio a quienquiera que hubiera hecho posible aquel sueño y le miró fijamente. Era igual a como le recordaba y, curiosamente, sus sentimientos hacia él seguían siendo los mismos. Alto, sexy, carismático y fuera de su alcance. Charlotte ladeó la cabeza y clavó los ojos en él como si fuera el centro de una diana, obviando todo y a todo el que avanzaba por el pasillo, y le pareció algo completamente natural. Las viejas costumbres son pertinaces, pensó, así que lo aceptaría sin más. Cuando Damen pasó junto a ella, Charlotte alargó la mano inconscientemente para tocarlo. Eric lo entendería, se dijo racionalizando su reacción al sentir una punzada de culpabilidad. Después de todo, era solo un sueño. Estaba segura de que Eric también soñaba con otras chicas. Al menos en aquel instante, deseó que así fuera. —Damen —dijo Charlotte con disimulo, como si pudiera oírla. Él se detuvo y la miró directamente. No con compasión, comprensión, ni siquiera reconocimiento, sino con confusión. Algún espectador objetivo lo podría haber calificado incluso de desdén. La veía. Tenía que verla, pensó Charlotte, aunque era imposible. Luego reflexionó, tal vez en un sueño todo fuera posible. Era su sueño. Pero antes de que pudiera pronunciar una sola palabra, sintió un dolor agudo en el hombro y su cuerpo salió propulsado de cara hacia las taquillas. Un «Vaya» seguido de una estridente y burlona carcajada fue lo único que escuchó mientras su cuerpo se deslizaba hacia el suelo. Charlotte se sintió dolida. No emocional, sino literal, físicamente dolida. El hombro, la cara, todo el cuerpo. Volvió la cabeza para ver quién le había jugado aquella mala pasada, pero lo

único

que

distinguió

fue

tres pares de piernas perfectamente proporcionadas,

bronceadas con rayos UVA y torneadas que se alejaban por el pasillo caminando con maestría sobre unos altos tacones. Sabía quiénes eran por el movimiento de sus caderas. Las Wendys. Y Petula. Habían logrado apartarla de su camino sin ni siquiera romper el ritmo. Charlotte estaba impresionada, aunque dolorida. Dolorida. Algo no cuadraba. Ya no podía sentir dolor. ¿Por qué iba a tener un sueño en el que sí lo sintiera? El cambio de clases finalizó, los pasillos se vaciaron y Charlotte empezó a notar pánico. Otra emoción que ya no debería haberla invadido. Charlotte se llevó las manos a la garganta mientras el pánico se transformaba en absoluto terror. Pero no miedo a lo desconocido, sino a lo que acababa de descubrir en ese mismo instante. No debería haber tosido. Las chicas muertas no enferman. Damen la había visto. Petula y las Wendys


también. Charlotte contaba ahora con unas magulladuras que lo demostraban. Volvió la cabeza hacia el aula y miró a través de la puerta abierta. Y allí estaba. La respuesta le devolvía la mirada. Era… un osito de goma. ¡EL osito de goma! No se había asfixiado. No se había muerto. Charlotte se palpó los brazos, las piernas y el rostro. Dio tironcitos a su pelo, sus pestañas y sus labios. Estaban cálidos y firmes. —No es un sueño. No solo he regresado a donde todo empezó —gritó —Estoy viva. ¿Estoy viva? ¡ESTOY VIVA! —¿Alguien ha visto a Charlotte? — preguntó Piccolo Pam. —Yo

no

—respondió

Prue—.

Vaya una aguafiestas navideña. Anoche prácticamente

pisoteó la barba de Papá Noel. —Es que hoy no ha ido a trabajar y nadie sabe nada de ella. —Eso no es propio de Charlotte —apuntó Call Me Kim. —Bueno, oí que se había peleado con Eric —añadió Maddy. —¿De verdad? —saltó CoCo. —Me muero por escuchar algún cotilleo navideño —exclamó Violet, sorprendida por su ansiosa reacción ante lo que precisamente la había conducido hasta allí. —Ocúpate de tus asuntos, Maddy — ladró Prue—. ¿Es que no has aprendido todavía a no instigar? —Tal vez solo necesite estar sola un tiempo —comentó CoCo colgando el último de sus vestidos de alta costura para Navidad—. Yo también me siento un poco rara hoy. —Ahora que lo mencionas, igual que yo —corroboró Prue—. La noche pasada fue larga. —Probablemente sea eso —asintió Pam—. Lo más seguro es que Charlotte esté en casa relajándose. —O con Eric —sugirió Prue—. No me cabe duda de que ya se han reconciliado. Maddy sacudió la cabeza como diciendo «no creo», lo que le valió una severa mirada de Prue y las demás chicas. —¿Qué insinúas? ¿Que le está engañando o algo así? —preguntó Pam. Maddy se rio. —Eso se rumorea. —Ignórala, Pam —dijo Prue. No obstante, CoCo y Kim ya estaban intrigadas.


—Mejor le pregunto a Eric —Pam recordó la discusión que habían tenido la noche anterior y notó cómo un ligerísimo atisbo de sospecha asaltaba también su mente. —Solo está tratando de volveros a todas paranoicas —exclamó Prue en un intento de reunir las tropas. —Que tú seas una paranoica no implica que no sea cierto —dijo Maddy. —Dondequiera que esté Charlotte no puede ser muy lejos —espetó Prue. —Sí —dijo Pam—. No la van a pillar mirando embobada a otro tío.


Envoltorio navideño En lo referente a los regalos, se suele afirmar que lo que importa es la intención. Y es cierto. La mayoría de las veces. Valoramos el acto, el propósito, el esfuerzo realizado más incluso que el presente en sí, el cual recibimos con un gesto agradecido, si no con un abrazo entusiasmado. Pero igual que muchas cosas que llegan envueltas en una sonrisa y un bonito papel, algunos regalos, una vez abiertos, pueden dejarnos cavilando sobre qué estaría pensando la persona que los eligió. Charlotte deambuló por los pasillos un buen rato, observándolo todo. Se sentía como una chica con coche nuevo que pasa frente a la casa de sus peores enemigos, y no porque hubiera experimentado esa sensación, por supuesto, sino porque era así como se la imaginaba. Una cosa

era

regresar a Hawthorne de visita, como había hecho en otra ocasión, o como

inquilina, por decirlo de alguna manera, en el cuerpo de Scarlet, pero esto era algo totalmente distinto. Era ella. Absolutamente ella. Solamente ella. Se detuvo para escudriñar varias aulas, con cuidado de que no la vieran. Llamar la atención de los demás nunca le había resultado fácil antes, pero hacía algún tiempo que no debía preocuparse de nada de eso y estaba un tanto oxidada. Miradas enfadadas de profesores, suspicaces vistazos de vigilantes de pasillo y amenazantes ojeadas de «qué estás mirando» de algún que otro alumno la empujaron pasillo adelante, justo cuando sonaba el último timbre del día, el último antes de las vacaciones de Navidad, antes de Nochebuena. El huracán hiperhormonado con el que se había topado antes en el pasillo adquirió intensidad hasta convertirse en una desbandada de categoría 5. Los estudiantes corrían hacia la luz del día, o lo que quedaba de ella, y se desparramaban por todas las puertas, bajando por las escaleras y senderos de cemento en dirección a la zona de césped de la parte delantera del edificio. Parecía lava fluyendo de un volcán en erupción. Se habían terminado las clases. Charlotte encontró refugio contra la fachada de ladrillo del instituto y dejó que

pasara

el

torbellino.

Contempló cómo se congregaba en el

aparcamiento una tribu urbana tras otra, igual que bancos de pirañas hambrientas, observándose

cautelosamente

entre ellas, en una improvisada fiesta navideña a la que

nadie había planeado asistir. Musculitos, empollones, góticos, flipados de la informática, pijos, fumetas, los que iban de pose, seguidores de todo tipo de tendencias cerraban filas con los de su propia especie. Incluso los solitarios se reunían, obviamente sin mezclarse con los demás, salpicados en torno al conjunto, reafirmando su individualidad colectiva, juntos. Charlotte los estudió a todos como en un experimento de laboratorio, confirmando


una vez más que no pegaba con ninguno de ellos, ni ahora ni antes. El problema había sido ella, y seguía siendo ella. La repentina conmoción y los gritos ahogados de la multitud solo podían significar algo que Charlotte se figuraba. Petula y las Wendys estaban de camino. Eran siempre las últimas en llegar al aparcamiento pero las primeras en abandonarlo, entreteniéndose lo justo para lanzar algunos insultos de última hora y quejarse de su falta de dinero para las compras navideñas. Ni Charlotte ni los demás pudieron evitar escucharlas. —Estoy saturada de Navidad —gimió Wendy Thomas. —Yo también —coincidió Wendy Anderson buscando la aprobación de Petula con la mirada. —Pues yo no, así que ni lo intentéis —las sermoneó Petula—. Yo quisiera que pusierais a mis pies algún presente que me agrade. —Pero yo no toco el tambor —dijo Wendy Anderson, tomando literalmente la alusión al villancico del tamborilero. —Entre la cuota del gimnasio, la ropa para Navidad y el precio de los laxantes, nos hemos quedado sin blanca —se excusó Wendy Thomas. Petula la fulminó con la mirada. —Lo que quiere decir es que estamos en un momento complicado —la informó Wendy Anderson—. Ya sabes los esfuerzos que he hecho este año para impulsar mi franquicia de ejercicio y dieta Cintas para Comer. —Tomar todas las comidas sobre una cinta para correr para así quemar el número exacto de calorías al tiempo que las consumes no es un negocio viable — la reprendió Petula—. ¡Lleva un esfuerzo enorme! —Qué dura —susurró Charlotte para sí, encogiéndose un poco. La misma Petula a la que recordaba. Y a la que admiraba. —¿No se supone que lo que cuenta es la intención? —preguntó Wendy Thomas en voz baja, alargando los brazos para darle un abrazo—. Te deseamos feliz Navidad…, que Dios nos bendiga a todos… y todo ese rollo. —Ah, ¿sí? —gritó Petula alejándola de un manotazo—. Y ¿qué pasa si la próxima vez que me pidáis prestado el coche, o los deberes, o una baja de mi médico, os tenéis que conformar con mi intención? Petula agitó un dedo amenazador delante de sus caras y lanzó un ultimátum navideño. —¡Me importa un carajo si tenéis que inventaros una obra de caridad y tocar una estúpida campana para pedir donativos delante del supermercado hasta que se os derritan las uñas de gel! —exclamó—. Quiero lo que quiero, eso es lo que quiero.


Las Wendys la miraron atónitas. —Os he enviado mi lista de regalos —añadió Petula. —¿Con enlaces? —preguntó Wendy Anderson. Petula alzó los ojos ante un comentario tan estúpido. Por supuesto que había incluido enlaces. Lo hacía todos los años. Además de marca, color, cantidad y talla. —Últimamente he tenido algunos problemas con mi correo electrónico… —tartamudeó Wendy Thomas. —¡Sin excusas, Wendy! —gruñó Petula—. Estoy registrada en todas las tiendas de la ciudad. Escarmentadas, ambas Wendys asintieron con la cabeza y se deslizaron hacia el asiento trasero del coche de Petula. —Y mientras estáis en ello, descubrid qué va a comprarme Damen. ¡Si no podéis intervenir, aseguraos por Dios de que pide el tique de compra! —aulló Petula al tiempo que se acomodaba en el asiento del conductor, arrancaba y aceleraba bruscamente para regresar a casa—. Quiero dinero en metálico cuando lo devuelva, no unos estúpidos vales de la tienda. Los estudiantes se apartaron para dejar paso al coche, que salió disparado hacia las tranquilas calles de Hawthorne engalanadas de Navidad. Charlotte sonrió mientras las luces traseras de Petula brillaban a lo lejos como ojos demoníacos, suspirando ante la muestra de absoluto descaro que había tenido el privilegio de contemplar. Charlotte miró al cielo, donde unas luminosas vetas de color rosa y naranja iban desplazando el azul claro. Apenas eran las cuatro y ya estaba oscureciendo. Deseaba más sol. Más luz. Más vida. —¡Malditos cambios horarios! —se enfurruñó. El aparcamiento se fue vaciando con abrazos y deseos navideños para todo el mundo, excepto para ella. Damen se había marchado hacía rato y no había ni rastro de Scarlet. Charlotte se quedó sola. De repente, notó la primera punzada de tristeza. No estaba segura de por qué demonios seguía rondando el aparcamiento. No es que quisiera ser la última en marcharse, sino que no tenía ninguna prisa. Ninguna prisa por regresar a casa. No todos los recuerdos se creaban iguales. Se levantó un ligerísimo viento mientras el sol se ocultaba tras las nubes color granate y, por primera vez en mucho tiempo, Charlotte sintió un escalofrío. No se parecía al frío que inundaba su dormitorio, o la clase de Muertología, o su oficina en el Más Allá. Ese frío no podía sentirlo, no realmente. En vez de cerrarse bien el cuello del abrigo, tiró de las mangas hacia arriba, maravillándose de la carne de gallina que notaba por todo el brazo.


Puedo sentirlo, pensó Charlotte, sin estar completamente segura de si se refería a la temperatura gélida o a la intensa emoción de estar viva de nuevo. Su siguiente pensamiento, instintivo, fue contarle a Eric lo que estaba sintiendo, como hacía siempre. Se alegraría por ella. Pero entonces la realidad, al igual que el frío, se impuso. Miró de nuevo al cielo, esforzándose por verle, a todos ellos, a cualquiera de ellos, a través de las estrellas que empezaban a tachonar el lúgubre firmamento. Parecían tan lejanos… Eric, Pam, Prue, todos. Invisibles. —Mis amigos —susurró Charlotte. La oscuridad lo invadió todo y las nubes se despejaron, desapareciendo por completo junto con el día, revelando el firmamento en todo su esplendor titilante. De repente, una amplia sonrisa se dibujó en su cara. No tenía por qué regresar a casa enseguida. Había una amiga en los alrededores a la que podía visitar. —Scarlet. —¿Eric? —dijo Pam hacia la oscuridad. —No estoy aquí —respondió una voz áspera, interrumpida por un punteo de guitarra. —Qué maduro, Eric. Pam lo encontró desplomado sobre una silla, mirando al techo con ojos inexpresivos. —¿Qué quieres Pam? Espera, déjame adivinarlo. Te ha enviado Charlotte. Pam iba a responderle cuando miró hacia la ventana y vio las luces navideñas que habían colgado por el complejo. Estaban perdiendo intensidad. —Estás flojeando, tío —le reprendió Pam volviéndose hacia él—. Contamos contigo para que des energía a la Navidad. —Si quieres que te diga la verdad, no sé qué sucede. No se trata de mí. —Bueno, ¿qué otra cosa podría ser? Eric sacudió la cabeza con desinterés. —No era de eso de lo que venías a hablar conmigo, ¿verdad? —No. —Entonces —exclamó Eric con enfado al tiempo que se erguía en la silla —puedes transmitirle a Charlotte que si tiene algo que decirme, como, por ejemplo, una disculpa, que venga ella misma. —Lo haré —respondió Pam en voz baja. —Estupendo —gruñó Eric con desdén. —Cuando la encuentre. La actitud de Eric pasó de despreocupación a curiosidad.


—¿Qué quieres decir exactamente? La vi anoche. Igual que tú. —Sí, pero luego no se ha pasado por el trabajo, como aseguró que haría. Eric alzó la cabeza y encontró en el rostro de Pam una preocupada mirada de «eso no es propio de ella». —¿Estás insinuando que ha desaparecido? —No se me ocurre otra cosa. —Bueno, no puede haberle sucedido nada malo. Quiero decir, que ya está muerta. —No tiene gracia. —Tranquilízate, Pam —dijo Eric con dulzura—. ¿Adónde podría ir? Solo está cabreada conmigo. Ya se le pasará. —No solo contigo. —¿Vosotras también os habéis peleado? —Traté de defenderte, si quieres que te diga la verdad. Eric se incorporó y hundió las manos en los bolsillos de sus vaqueros hasta las muñequeras tachonadas de cuero. —Oye, te lo agradezco, pero los problemas entre Charlotte y yo no deberían interponerse entre vosotras. —Es mi mejor amiga, Eric. Solo quería ser sincera. Le dije que tal vez debería ver las cosas desde tu punto de vista, pero no quiso escucharme. Habría sido mejor que no hubiera abierto la boca. —Lo siento, pero no puedo soportar todo ese rollo sobre Petula y Scarlet y Damen. Especialmente lo de Damen. —¿Estás muy celoso? —¿Es que no soy suficiente para ella? ¡Soy un jodido rey del rock! Las chicas se arañaban la cara por mí —afirmó Eric emborrachándose con su propia leyenda—. Soy el maldito Papá Zarpas[4]. [4] En el original, «Santa Claws». Juego de palabras entre claws (zarpas) y Claus (Papá Noel).

—No te pases, Eric. Te electrocutaste tocando en una concha acústica al aire libre durante una tormenta. Eso difícilmente te convierte en un ídolo del rock duro. En un personaje trágico tal vez, pero no en un calavera legendario. —¿Qué es lo último que te dijo Charlotte? —preguntó Eric. Pam caviló un segundo. —Que ojalá no se hubiera muerto. Cuando estas palabras salieron de su boca, Pam se quedó atónita.


—¿Qué ocurre? —Oh, no. —Ni lo menciones, Pam. —El salto navideño. Eric se apartó y se dirigió de nuevo hacia la ventana. Pam se acercó rápidamente a él para agarrarle de los hombros y darle media vuelta. —Admítelo —exclamó Pam con convicción—. Estás pensando exactamente lo mismo que yo. Charlotte no está aquí. ¡Está allí! —Eso es una locura. ¡Estás loca! —¿Tú crees? ¿No decía el profesor Brain que la Navidad era el único momento del año en el que se abría la puerta entre nuestro mundo y el mundo de los vivos? Ambos miraron por la ventana y las luces se atenuaron aún más. Eric cogió el enchufe que colgaba del alféizar y se lo colocó en la boca. En vez de una descarga eléctrica a través de los cables, se produjo un ligero zumbido, algunas chispas, un rápido aumento de la intensidad de la luz y luego una lenta recaída. —Te lo dije, ¿ves? —le espetó Pam. —Ha sido una mera coincidencia —se opuso él. —¿Es que no lo pillas, Eric? Si ella está allí, sana y salva en Hawthorne, nosotros no podemos estar aquí.


Cuento de Navidad Si nuestras vidas son como capítulos de un libro, entonces la Navidad es esa página que releemos con insistencia, buscando una frase, una expresión o incluso una palabra que podamos haber pasado por alto la primera vez y que nos ayude a seguir adelante y aclarar lo que viene a continuación. Quizás ajustemos la iluminación, nos aseguremos de que vemos bien y en última instancia cuestionemos nuestra capacidad de concentración en un esfuerzo vano por encontrarle sentido a todo. Sin embargo, hay ocasiones en las que conviene recordar que el problema tal vez no esté en nosotros, ya que podría tratarse simplemente de una errata. Charlotte paseó por las calles aún familiares de Hawthorne, absorta en sus pensamientos y rebosante de ilusión, deslizando las manos por las vallas encaladas, sacudiendo la nieve de la rama de algún pino, aspirando el aroma dulzón y ahumado de la madera de abedul que ardía en las chimeneas de toda la avenida. Serpenteó con cuidado por el laberinto formado por los montones de nieve apilada a ambos lados de la carretera, cuyo color variaba poco a poco de blanco intenso a gris y luego a negro hollín, como los estratos de una excavación arqueológica. Todo un espectro de colores. De realidad. De vida. Las pintorescas casas aparecían decoradas con bombillas en miniatura que iluminaban la nieve de los árboles desde abajo, difuminando los colores del arcoíris y convirtiéndolos en cucuruchos de granizado de distintos sabores. De puertas y ventanas colgaban delicadas coronas salpicadas de nieve, y Charlotte no pudo sino imaginar las escenas hogareñas y los preparativos de fiesta, por no decir las mágicas expectativas que se iban creando en el interior de cada casa, como intrincados cristales de hielo acumulados maravillosamente sobre su pelo largo y negro. De repente, cuando iba a cruzar la calle, el estridente ruido sordo de un silenciador trucado precedió a una ráfaga de advertencia de unos faros halógenos y a un agudo bocinazo. —Oye —bramó una voz masculina al tiempo que un coche deportivo último modelo se detenía en seco con un chirrido, aplastando sin piedad la nieve bajo las rodadas—. Ten cuidado. Te podrían matar. Charlotte despertó de su ensueño y miró directamente a los ojos del conductor. Sus ojos. Los ojos de Damen. —¿Te conozco de algo? —preguntó él con aire vacilante, entrecerrando los párpados. Charlotte no respondió. Estaba atónita. Paralizada.


—¿Sabes quién eres? —volvió a preguntar Damen. —Sí —tartamudeó Charlotte, incapaz de pronunciar ni una sola palabra. —Eh, ya caigo. Eres la chica de Física que se ofreció a darme clases particulares. Carla, ¿verdad? —Charlotte. —Vale —dijo Damen como si tratara de grabarlo en lo más profundo de su cerebro—. Deberías tener más cuidado. Por suerte estaba frenando para aparcar delante de la casa de mi novia. —Petula —masculló Charlotte. —Sí —respondió Damen, sorprendido—. ¿Vives por aquí? —Sí. Quiero decir, antes. Bueno, sí vivo aquí, pero no en esta manzana. Seguía poniéndose nerviosa en su presencia y la frustraba lo poco que había cambiado ella. Lo poco que había crecido. Una voz estridente y autoritaria interrumpió repentinamente su conversación. Procedía de una ventana en el piso superior de una casa situada tres puertas más abajo. La ventana del dormitorio de Petula. —¡Damen! ¡Ven ahora mismo! Podría estar llamando igualmente a un cachorrillo travieso para que regresara a casa. —Oye, tengo que irme —dijo Damen, avergonzado—. Está oscuro. Sería mejor que te marcharas a casa. Eras totalmente invisible. —Ya había oído eso antes — respondió Charlotte—. Gracias por no atropellarme. —De nada —dijo él con modestia y sin el menor rastro de ironía en la voz. Damen esbozó una leve sonrisa, recorrió cien metros calle abajo y aparcó sobre el bordillo, frente a la casa de Petula. Y de Scarlet. Charlotte se quedó atrás un instante y contempló cómo Damen corría obedientemente por el paseo de entrada y franqueaba la puerta principal. Sin duda, Petula le tenía dominado, pero Charlotte sabía cómo era él en realidad. Lo había visto, lo había experimentado. No merecía que Petula le tratara así. Ella nunca se comportaría de aquel modo con Eric. Probablemente, lo más importante que había aprendido de Petula, reflexionó, era cómo no se debía tratar a las personas. Charlotte avanzó con lentitud por la acera y se detuvo frente a su destino final. Recorrió el paseo de entrada nerviosa y en silencio, como un ladrón, alzó la vista hasta ver dos siluetas en la persiana de la habitación de Petula y se aproximó a la puerta principal.


Permaneció inmóvil, con la mirada fija en el timbre. Ahora que se encontraba delante de la casa, no estaba muy segura de qué hacer. Si quería ver a Scarlet, debía entrar. Charlotte respiró hondo y se abalanzó contra la puerta, de cara. —¡Ay! —exclamó descargando un enfadado puñetazo contra la robusta puerta de madera. La primera vez que estuvo allí, la había atravesado sin más. Ahora, las cosas eran definitivamente distintas. Si necesitaba una prueba adicional de que todo era real, de que ya no era un fantasma, el dolor de la frente se la proporcionó. La discusión que escuchaba en el interior de la casa no le servía de mucha ayuda. —No puedo creer que me hayas hecho esperar de este modo —despotricó Petula mientras daba los últimos retoques al árbol de Navidad color rosa que descansaba sobre el tocador. Los adornos eran pequeños espejos y en lo alto, había una gran estrella también de espejo. —Lo siento. La reunión del equipo se alargó —se disculpó Damen, un tanto intimidado por las diminutas Petulas que se reflejaban desde todos los ángulos posibles del árbol, como una chica popular en una bola de discoteca. —¿Desde cuándo el equipo celebra reuniones en medio de la calle? —bufó ella. «¿Está celosa de mí?», se jactó Charlotte. —Ah, era solo esa chica lista de Física. Yo… —trató de explicar Damen. «Piensa que soy lista», se derritió Charlotte colocándose las manos sobre el corazón. —¿Cómo sabes que hay otras chicas en Física? —No empieces —dijo él con voz severa—. Casi la atropello cuando estaba cruzando la calle. —¿Casi? ¡Así que fallaste! ¡La próxima vez pon más empeño! —escupió Petula. Al final, esa era la mejor baza de Damen, pensó Charlotte. Independientemente de cuánto tratara Petula de asustarle o mangonearle, todo se reducía a inseguridad. Él era el chico. Y para Petula —la hermosa, inteligente y perfecta Petula—, cualquier chica y cada chica que se cruzaba en el camino de Damen era una enemiga y tenía que ser denigrada, derrotada y destruida. Mientras se deleitaba con toda la animadversión que la abeja reina dirigía hacia

ella,

Charlotte recordó su pelea con Eric. Sintió que le resultaba cada vez más y más sencillo regresar con sigilo a su antigua vida, sus antiguas costumbres, sus antiguos amores, incluso después de solo unas horas. Tal vez Eric tuviera razón; quizás él supiera algo de ella que ella no se atrevía siquiera a confesarse a sí misma. No era extraño que se enfadara tanto por todas sus reminiscencias de Hawthorne. En el Más Allá, el razonamiento de Eric era


puramente teórico, pero de vuelta aquí, al mundo real, tenía que admitir que estaba perdiendo la perspectiva. —¡Callaos! —un chillido gutural retumbó de repente por toda la casa y se deslizó hacia el exterior por debajo de la puerta y los cristales de las ventanas. Era escalofriante. Apremiante. El tipo de grito que solo se escucha en la televisión cuando alguien está a punto de ser despedazado. Un grito ahogado terminal. La habitación del piso superior quedó sumida en el silencio. Dios, espero que no la esté matando, pensó Charlotte, pero por si acaso, retrocedió lentamente y descendió por el camino de entrada, alzando la vista hacia la ventana, atisbando y escuchando cualquier posible indicio de asesinato. Pudo distinguir sus sombras en la persiana, de pie y quietos. No había golpes ni estrangulamiento. No era Petula la que había gritado. Lo que solo podía significar una cosa. Antes de que Charlotte pudiera pronunciar su nombre, un

torbellino

de

cuero,

encaje, terciopelo arrugado y botas

militares con labios rojos y melena negra salió en tropel por la puerta principal, todavía en pleno berrinche. —Vuestra estúpida conversación, patéticos maniquíes, me está provocando una crisis de ausencia —les espetó Scarlet—. Me marcho, así que podéis continuar y reconciliaros de una vez con una sesión de sexo salvaje. —Y eso lo dice alguien que equipara la Navidad con el cáncer —le respondió Petula de un grito. —Son lo mismo, te guste o no; agotan la energía y el dinero de todo el mundo y les chupan la vida a sus víctimas — exclamó Scarlet—. En gran parte como tú —añadió cerrando de un portazo. Scarlet descendió el camino de entrada con dificultad, totalmente ajena a la presencia de Charlotte. Esta sonrió mientras Scarlet se aproximaba. Admirando su atuendo y su actitud. Tratando

de

decidir

rápidamente

el orden de

todo

lo

que

quería

contarle.

Preguntándose cuál sería su primera reacción. Pero lo único que se le ocurrió decir fue: —Scarlet. La chica de aspecto gótico dio varias furiosas zancadas más antes de detener su marcha y volverse hacia la frágil y pálida muchacha que la llamaba entre las sombras. —¿Qué quieres? —Scarlet la fulminó con la

mirada

y sus

ojos

brillaron de modo

amenazante, igual que habían hecho las luces traseras del coche de Petula. Charlotte se quedó paralizada. No tenía ni idea de qué responder. ¿Qué podía decir? Pues que he


resucitado para ver cómo les va a mis mejores amigos, así que ¿qué tal estás? Eso no funcionaría. No con esta Scarlet ofuscada. —¿Yo? Bueno, nada —balbuceó Charlotte. —Por favor, no me digas que la estás acechando… Charlotte negó con la cabeza. —Entonces ¿qué haces aquí, de pie frente a mi casa, a oscuras, la noche antes de Nochebuena? —Solo he venido a saludarte. —¿A mí? —Scarlet hizo una pausa—. Eso tiene gracia. —En serio. He venido a ver… Scarlet frunció el ceño como hacía siempre que trataba de decidir si se estaban quedando con ella. Charlotte le pareció suficientemente cándida, sin ninguna intención oscura y oculta que pudiera reconocer. —Ah, claro. Vas detrás de él, ¿no? — exclamó Scarlet satisfecha de haber resuelto el enigma, mirando a Charlotte de arriba abajo—. Acepta un pequeño consejo. Puedes aspirar a algo mejor. Charlotte trató de contener la risa. Esta era la Scarlet a la que conocía y quería, aunque ella no la hubiera identificado. Por ahora. Scarlet se volvió para marcharse. —Soy Charlotte. Scarlet se giró de nuevo hacia ella y alargó la mano. Un gesto esperanzador, pensó Charlotte, que extendió la suya y agarró la de Scarlet. De repente, esta tiró de ella y se inclinó hasta quedar lo bastante cerca como para darle un beso… o lanzarle una maldición. —No me importa cómo te llamas — susurró apretando con fuerza su huesuda mano—. No quiero volver a verte por aquí nunca más. Charlotte se quedó atónita. —Oi to the world! —exclamó Scarlet alejándose y alzando el dedo corazón al aire mientras desaparecía en la oscuridad.

—Atención todo el mundo —gritó Pam tratando de poner orden en el grupo. La sala de reuniones estaba abarrotada de becarios de Muertología, todos confundidos y gruñones. Nadie se sentía del todo bien. —¿Dónde está Charlotte? —vociferó


Mike como un viejo enfadado. —He buscado en todos lados —aseguró Eric—. No la he encontrado por ninguna parte. —En ninguna parte de los alrededores, querrás decir — interrumpió Pam. —Basta ya, Pam —replicó Eric—. No les metas tonterías en la cabeza. —¿A qué se refiere, Pam? —insistió Prue—. ¿Dónde piensas que está Charlotte? —No vamos a encontrarla —empezó Pam—, al menos aquí. —Déjate de acertijos —siseó Prue. —Yo podría hacer algunas llamadas —sugirió Kim. —Cierra la boca, Kim —soltó Prue, obviamente de mal humor—. Pam, ¿dónde está Charlotte? —En Hawthorne. Las conversaciones enmudecieron y la habitación se sumió en un absoluto y estremecedor silencio. —¿Por qué haría una locura así? — preguntó CoCo—. Pensé que lo había superado hacía tiempo. —Lo último que me dijo fue que ojalá no se hubiera muerto. Creo que su deseo se ha cumplido. —¿Viajes navideños? —se sorprendió Mike—. Sé que es posible pero… —Pero ¿la razón de estar aquí no es que no se quiere estar allí? —continuó Gary completando la idea de Mike. —Yo estoy de acuerdo con los chicos —dijo Prue—. Lo que dices es absurdo. —¿De verdad? —respondió Pam—. Conoces a Charlotte tan bien como yo. Si las cosas le fueran realmente mal, ese es el lugar al que trataría de regresar. —Oye, eso no es problema nuestro — añadió Prue, bastante escéptica todavía respecto a todo el asunto. —Yo creo que sí —observó Pam—. Mira a tu alrededor. Las luces de Navidad continuaban su espiral descendente de pérdida de intensidad, pero no se trataba solo de eso. Todos ellos se mostraban lentos, cansados, demacrados, irascibles, algo sin duda insólito en seres en un estado espiritual avanzado, y obviamente estaban recayendo en sus viejos hábitos. Hábitos que los habían conducido a la muerte. Hábitos con los que habían tratado de romper en Muertología. —Nos estamos fundiendo —concluyó Prue.


—Charlotte ocupó la última plaza en Muertología, ¿os acordáis? No podríamos haber cruzado sin ella. Si Charlotte no ha muerto, si ha regresado allí, entonces nosotros no podemos estar aquí. —¿Ha cambiado la historia? Qué guay —exclamó Deadhead Jerry en voz alta, recuperando su ensimismada actitud de fumeta. —Tal vez no toda la historia, pero sí la nuestra —confirmó Pam a su pesar—. Y la suya. —¡De ninguna

manera!

—gritó Rotting Rita espantando los bichos y gusanos que salían

arrastrándose por los poros de su cara—. No voy a regresar a Muertología y a empezar todo de nuevo. —Yo tampoco —coincidió Green Gary. —Tenemos que traerla de regreso —instó Prue—. Rápido. —A mí no me miréis —exclamó Eric repeliendo sus miradas ansiosas—. En estos momentos, soy la última persona a la que Charlotte desearía ver. Pam y Prue sentían lo mismo. —No puedo creer que vayáis a permitir que desaparezcamos sin más — Toxic Shock Sally reprendió a Pam, Prue y Eric—. ¿Es que no hay nadie dispuesto a probar suerte e ir en su busca? De un rincón de la sala, una voz tenue tuvo el valor de ofrecerse voluntaria. —Yo lo haré —dijo Virginia recordando que una vez Charlotte se había arriesgado por ella.


Navidades pasadas Las fiestas navideñas tienen tanto impacto sobre nosotros porque, más que nada, nos recuerdan a celebraciones pasadas. La Navidad nos devuelve a la infancia, aunque no siempre en un sentido positivo. Sin importar lo que esté sucediendo en nuestras vidas en ese momento, en esa semana, en ese año, ni cuánto hayamos progresado o madurado, o el terreno que hayamos cedido durante el viaje, nos podemos ver sencillamente empujados dentro de nuestra propia máquina del tiempo, donde el corazón, la mente o el espíritu tal vez tengan dificultades para concretar en qué instante se encuentran realmente. Quién dice que no puedes regresar a casa —suspiró Charlotte profundamente. Su casa no se encontraba lejos, pero era un mundo aparte en comparación con la otra zona de la ciudad. La zona donde vivían Petula, Scarlet, Damen, las Wendys y la mayoría de los alumnos de Hawthorne. Su sencilla casa de madera era

bastante

agradable,

aunque

necesitaba una reforma. Estaba considerada una residencia infantil, algo que nunca comprendió, ya que ella había sido la única niña que había vivido allí, junto con Gladys, su madre de acogida. El barrio estaba decrépito, y llevaba años así. Se ubicaba discretamente detrás de un centro comercial y el hedor de los contenedores de las escasas tiendas que permanecían abiertas flotaba por las calles, invitando a evitarlas. Ni siquiera la escasa decoración navideña que colgaba de los tejados y puertas de los vecinos añadía un poco de alegría al sombrío entorno. De todas maneras, la mayoría de los adornos permanecía ahí todo el año —olvidados y descoloridos—. Una hilera de luces de Navidad colgaba también de los canalones de su casa, pero apagadas, ya que se habían fundido mucho antes de que ella llegara allí tantos años atrás. Charlotte se aproximó a la puerta, contempló la descolorida corona y, antes de entrar, se paró a leer una nota pegada en la puerta. «Llegas tarde. La cocina está cerrada». —Me quedo sin cena —murmuró Charlotte. Entre todas las cosas estupendas que implicaba estar viva, el hambre era sin duda un inconveniente. No la había sentido en años; sin embargo, la caminata y lo de resucitar la habían dejado hambrienta. Siempre había cereales, pensó esperanzada. Charlotte tiró del pomo de la puerta y descubrió que estaba cerrada con llave. No le sorprendió. Gladys nunca se había preocupado lo suficiente como para esconder una «llave de por si acaso», así que Charlotte miró el árbol situado junto a la casa y se encaminó hacia él, igual que había hecho muchas otras veces.


—¿Cómo estás, viejo amigo? Inclinó

su cansada

cabeza

contra

el árbol, dio unas palmaditas al tronco y se izó

agarrándose de las ramas heladas y sin hojas que sobresalían de él. Parecía que estuviera revestido de hielo, haciendo casi imposible la subida. Fue trepando hacia arriba, resbalando, aferrándose a su propia vida, hasta que finalmente se encaramó al tejado del primer piso. Gateó con cuidado por las tejas de cedro, aflojando algunas al corretear hacia su ventana. Charlotte miró a su espalda, contempló el inclinado faldón del tejado a dos aguas y pensó en todas las veces que había realizado aquella arriesgada subida y en cómo podría haberse caído y roto el cuello en cualquiera de ellas. En comparación, morir asfixiada con un osito de goma parecía más lamentable y cruel. Pero entonces, era de las que se atragantaban con la vida, no de las que corrían riesgos. Eso y que, bueno, ya no estaba muerta, ¿no? Había triunfado. Después de todo, el oso de fructosa no se había salido con la suya. Consideró ponerse en pie para alzar los brazos en señal de victoria, al estilo Rocky, pero las tejas no se lo permitirían. Levantó la ventana de su habitación, que tenía el pestillo descorrido, y se coló dentro. Alargó la mano instintivamente hacia el interruptor de la pared y lo apretó; el intenso estallido de luz de la polvorienta bombilla del techo inundó al instante la habitación escasamente amueblada. —Madre mía —exclamó Charlotte en voz alta, echando un vistazo a su alrededor. Allí estaban, cubriendo por completo las paredes, el techo, el escritorio y la cama, empapelándolo todo, casi del suelo al techo: las fotografías de sus ídolos personales. Petula. Las Wendys. Damen. Mucha gente siente nostalgia del pasado, pensó Charlotte; sin embargo, ella experimentó la original sensación de añorar el presente. —Estaba, quiero decir, estoy obsesionada. Volver resultaba tan desorientador, tan surrealista, pero aun así tan natural… Lo cierto era que todo seguía igual, nada había cambiado, excepto ella. Se había convertido en alguien completamente distinto. Había adquirido perspectiva y sabiduría. Al menos era lo que no paraba de asegurarse a sí misma. Tras ser arrojada de nuevo a su vida anterior, estaba recuperando las viejas inseguridades, y en especial los antiguos sentimientos de rechazo y nostalgia. Los notaba creciendo en su interior, desplazando su raciocinio. Era consciente de ello, pero se sentía indefensa y cada vez le resultaba más y más difícil sacudirse aquellas sensaciones parecidas a arañas dispuestas a picar.


—¿Qué me está pasando? Charlotte apagó la luz e hizo de memoria el trayecto hasta la cama. Se tumbó, se estiró sobre las fotografías y repartió algunas por encima de ella para crear un edredón satinado y tratar de descansar el cuerpo, aunque no la mente. En la

oscuridad, escuchó una

voz que

retumbaba a su alrededor, pronunciando su nombre. —Charlotte. Se levantó para cerrar bien la ventana, con la esperanza de impedir el paso a la voz junto con la corriente, pero estaba perfectamente atrancada. La escuchó de nuevo. —Charlotte. Era una voz dulce, una voz que reconocía, pero que apenas pudo situar. Delicada, débil y suave, sin duda no era Gladys. En todo el tiempo que Charlotte había vivido en aquella casa, Gladys nunca se había acercado a su habitación más allá de la parte baja de la escalera. Escuchó la llamada una tercera vez, más cerca, casi en el oído. —Charlotte. Charlotte miró hacia el escritorio, en donde apareció una brillante y trémula luz blanca que rompió la oscuridad. Allí mismo, delante de ella, una ráfaga de nieve reluciente formó un remolino del suelo al techo. Como una bola de cristal con copos sobrenaturales. Y cuando se asentó, no quedó nada excepto una hermosa y delicada figura. Una diminuta forma espectral con voz de ángel. —Sí, ¿Virginia? Era Virginia, con un sencillo y blanquísimo vestido que rozaba el suelo. Sus largos y ondulados mechones rubios le alcanzaban casi los tobillos, y sobre la cabeza llevaba una corona de rosas blancas y ramas de color verde intenso salpicada con diminutas velas encendidas. —Estábamos preocupados por ti — susurró

Virginia,

mientras

su angelical rostro se

deleitaba con el cálido resplandor que emanaba de su cabeza. Estaba tan cerca, pero parecía tan lejana… —¿Qué sucede? —preguntó Charlotte. —No te asustes, Charlotte. Solo he venido yo —respondió Virginia tendiéndole las manos. —¿Quién estaba preocupado por mí? —Todos tus amigos. —Pues me encuentro bien. Estoy en casa, así que no hay necesidad de inquietarse. —Esta no es tu casa, Charlotte. Hawthorne no es tu casa. Ya no. —¿Es todo un sueño?


—No —respondió Virginia—. Bueno, no lo sé. No, a menos que todos estemos teniendo el mismo. —¿Cómo he llegado hasta aquí? —Formulaste un deseo. En ocasiones, los deseos se hacen realidad. Sobre todo en Navidades. —¿Te envía Pam? —Nadie me ha enviado. Quería hablar contigo. Mostrarte algo. Ven. —¿Adónde vamos? —Al piso de abajo —dijo Virginia señalando la escalera con su espectral dedo. Hizo bajar a Charlotte por los desvencijados escalones y se detuvo al final, mirando hacia el salón. —No quiero ofenderte, pero podría haber bajado los escalones por mí misma. —No, estos no —replicó Virginia—. ¿Qué ves? Charlotte trató de enfocar la mirada. Estaba cansada y le faltaba práctica. —Veo a una niña que contempla un árbol de Navidad —contestó Charlotte en voz baja mientras observaba cómo la pequeña esperaba, expectante y sola, la llegada de Papá Noel—. Soy yo. —¿Qué hay debajo del árbol? —¡Llévame de nuevo arriba! —exigió Charlotte. —Todavía no —insistió Virginia—. ¿Qué hay debajo del árbol? —Nada. —Nada para ti, eso es. Charlotte se sintió invadida por la tristeza, igual que todas las Navidades, y como todas las Navidades, trató de afrontarla con su mejor cara. Intentó ignorar la situación, excusarla. —Gladys está siempre muy ocupada —aseguró Charlotte—. Apenas tiene tiempo de comprar regalos para su verdadera familia. —¿Tú crees? Virginia señaló hacia la cocina y allí estaba Gladys, silbando una melodía festiva y envolviendo regalo tras regalo. Charlotte contempló la alegre escena y le pareció estar viendo a una completa extraña, a una mujer con la que compartía un techo y una nevera, pero a la que casi no conocía. —No siempre ha sido así —añadió Charlotte con poca convicción—. Se preocupaba, quiero decir, se preocupa por mí. —¿De verdad? —cuestionó el pequeño espíritu—. ¿Qué tal has cenado hoy? Charlotte volvió la espalda a Virginia e inclinó la cabeza ligeramente, luchando contra sus lagrimales, conteniendo el llanto. A Virginia le dolía tratar de ese modo a su amiga,


quería abrazarla, consolarla igual que Charlotte había hecho tantas veces con ella, pero se mantuvo concentrada. Había demasiado en juego como para que ella, y Charlotte, se ablandara. —No me culpes a mí del pasado — dijo Virginia estoicamente—. Ven, descúbrelo por ti misma. —¿Adónde vamos ahora? —preguntó Charlotte con una nota de pánico en la voz. Antes de que Charlotte obtuviera una respuesta más concreta, ya habían llegado. —A la casa de los Kensington —dijo —A este sitio no le vendría mal una reforma —comentó Charlotte, desconcertada por el aspecto anticuado de la casa—. ¿Estás segura de que es ahí en dónde estamos? —Estoy segura —respondió Virginia dirigiendo la atención de Charlotte hacia la escena que se desarrollaba frente a ellas. Dos niñas pequeñas, hermanas, se estaban poniendo los abrigos para ir a alguna parte, mientras su madre se quedaba en casa envolviendo regalos. —¿Esas son…? —empezó Charlotte con los ojos de par en par. —Petula y Scarlet —la ayudó Petula vestía un abrigo de piel blanco con un gorro a juego que contenía sus rizos rubios y un manguito para proteger sus delicadas manos. Scarlet, su hermana pequeña, llevaba puesto un abrigo negro con enormes botones del mismo color. Tenía el pelo largo y liso y el flequillo se le metía en los ojos casi en cada parpadeo. —¿Qué sucede? —Escucha —susurró Virginia. Aparentemente, estaban negociando. —Yo pagué el regalo de mamá el año pasado, así que este año te toca a ti. —Pero yo no tengo dinero —exclamó la joven Scarlet. —Entonces ¿qué tienes? —preguntó Petula intencionadamente. Scarlet se encogió de hombros y aferró con desesperación el gato de peluche negro que tenía entre los brazos, el mismo gato que Petula contemplaba como un vagabundo haría con un filete. —¿Qué me dices de Poe? —sugirió Petula. Scarlet apretó su adorado gato con más fuerza incluso. —Eso es lo que tienes, y con eso puedes contribuir —concluyó Petula—. No te comportes como una niña pequeña, Scarlet. —Pero si es una niña pequeña —dijo Charlotte a Virginia. —Shhhh —siseó Virginia.


El pequeño fantasma, entre tanto, señaló hacia la habitación donde la madre, Kiki, estaba ocupada envolviendo los regalos de las niñas, más regalos para dos personas de los que Charlotte había visto jamás. —Vaya —exclamó Charlotte—. ¡Esto sí que es una verdadera Navidad! —Mira —dijo Virginia—. ¿Qué ves? —Mucho rosa. Un montón de muñecas. Ropa con volantes —enumeró Charlotte—. Cosas de Petula. —Eso es. Son todo cosas de Petula. Parece que este año va a recibir todo lo que ha pedido, igual que Scarlet. —¿Por qué le van a regalar a Scarlet lo que le gusta a Petula? —observó Charlotte. —Porque así son las cosas. Kiki no entiende a Scarlet, o sus gustos, así que opta por lo que le resulta más sencillo. No puedes culparla. Sucede constantemente. Charlotte se sintió invadida por la ira. —¡Pues no debería ser así! —Venga, nos marchamos. —¿Volvemos? —preguntó Charlotte con desesperación. —Nos vamos de compras —respondió Virginia. Con otro remolino de nieve y luz aparecieron en una horrible casa de empeño. Frente a la fachada, había degenerados con botellas de licor medio vacías mendigando unas monedas y jóvenes sospechosos que trataban de hacer negocio con mercancías claramente robadas. No resultaba un lugar adecuado ni siquiera para un hombre casado, y ciertamente tampoco para dos niñas pequeñas. Aun así, allí estaban, en el mostrador, Petula y Scarlet. Scarlet agarraba el gato de peluche como si su vida dependiera de ello. —¿Qué nos das por el gato? —¿Por eso? —preguntó el prestamista. —No trates de engañarnos, es una pieza original de arte popular —dijo Petula haciendo chanchullos como una profesional. —Veinte pavos —ofreció el tipo mirando el entristecido rostro de Scarlet —Solo porque me gustan los gatos. Aunque ese no los merece. Tiene muy poco valor. —No para mí —gimoteó Scarlet. —Veinticinco pavos y te llevas una ganga —regateó Petula. —No lo hagas —gimió Charlotte, identificándose con su amiga—. ¿No puedes hacer nada? —Lo pasado pasado está —dijo Virginia.


—Sabes cómo conseguir lo que quieres, ¿verdad? —comentó el prestamista meditando la oferta—. Está bien. ¡Hecho! Petula arrancó el gato negro de los brazos de Scarlet. —Oye, pequeña —susurró el tipo a Scarlet mientras Petula se acercaba a un mostrador en busca de algo para su madre, y para sí misma—. Puedes volver a por él cuando tengas dinero. O mejor aún, ¿no sería increíble que alguien te conociera tan bien que lo comprase para ti y te sorprendiera? Eso sería el destino o alguna mierda de esas, ¿no crees? Scarlet le miró con los ojos abiertos de par en par, antes de deshacerse en lágrimas. —Levanta —dijo Virgina a Charlotte, que se había desmoronado al mismo tiempo que Scarlet. —Tengo frío, estoy cansada… —empezó a decir Charlotte. —Y ¿hundida? —añadió Virginia. —Y quiero volver a casa —terminó Charlotte—. ¡Ahora mismo! —Aún no —dijo Virginia con igual firmeza. Estaban en un lugar que le resultaba familiar. Charlotte reconoció los pasillos, las taquillas, a los niños y los números en las puertas. Su estado de ánimo mejoró considerablemente. —¡La escuela de primaria! —gritó. Virginia asintió con la cabeza y abrió de un empujón la puerta de un aula, revelando una estancia llena de niños escandalosos que tiraban de un saco lleno de regalos. —¡El amigo invisible! —chilló Charlotte—. Los únicos regalos de Navidad que jamás recibí. Virginia permaneció en silencio para que su amiga pudiera meditar sobre sus propias palabras, pero Charlotte permaneció impertérrita, concentrada en la alegre celebración que se desarrollaba frente a ella. —Ahí están Petula y las Wendys — gorjeó—. Y ya llevan aparato en los dientes. Charlotte deslizó los dedos sobre el resalte de su dentadura, recordando cuánto había deseado entonces llevar aparato también, no solo para enderezar su sonrisa, sino para ser como ellas. El recuerdo de no haber tenido ese aparato le produjo más dolor del que le habría provocado el llevarlo. —¿Es lo único que observas? — preguntó Virginia—. ¿Es que no te ves a ti misma, Charlotte Usher? Charlotte alzó los ojos y por supuesto que se vio: colgando del techo, daba vueltas suspendida de un cable que apretaba entre los dientes, con un traje de elfo, regalos de Navidad en ambas manos y enfundada en su abrigo de invierno. La rodeaban Petula, Wendy Anderson

y

Wendy

Thomas, pertrechadas con unos palos de escoba.


—Brujas —exclamó Virginia. Charlotte se mostró más indulgente. —Las Wendys sobornaron al conserje para que les diera las llaves del armario del material, cogieron las escobas y, sin querer, encerraron al profesor en él — recordó Charlotte encogiéndose de hombros—. Querían jugar a la piñata. —Me imagino que era su idea de una fiesta —dijo Virginia para disgusto de Charlotte. Charlotte lo observaba todo, incapaz de apartar la mirada. Una tras otra, las chicas le fueron lanzando escobazos. Petula la primera, por supuesto. —¡Suéltalo! —gritaba golpeando a Charlotte hasta que esta dejaba caer un regalo como una manzana demasiado madura de un árbol. Charlotte se estremecía de dolor y acataba la orden. Cada Wendy hizo lo mismo que Petula con el mismo resultado, provocando las risas y ovaciones de sus compañeros de clase. —¡Por qué no será Navidad todos los días! —vociferó alegremente Wendy Anderson desgarrando como un lobo hambriento el envoltorio de su regalo. —Parece divertido —comentó Virginia. —Yo me ofrecí voluntaria —exclamó Charlotte a la defensiva—. No puedes decir que no me incluyeran. —Es triste ver que la gente no cambia—añadió Virginia. Charlotte sabía que no se refería únicamente a Petula y las Wendys, sino también a ella. —Eso no es cierto. Son buenas personas. En lo más profundo de su ser. Virginia permaneció callada mientras ambas contemplaban cómo la joven Charlotte caía sobre un montón de envoltorios esparcidos por el suelo de la clase vacía; sus compañeros, una vez recibidos los regalos, se habían marchado para iniciar las vacaciones. Charlotte hurgó entre los papeles rasgados y los lazos en busca de algún resto. Le valía cualquier cosa, pero no había quedado nada. Se levantó con las manos vacías, excepto por un trozo de la bonita cinta que había sujetado el pompón del regalo de Petula, con la tarjeta de «De: Para:» aún atada. El regalo del amigo invisible que Charlotte había preparado para ella. La dobló con cuidado y la utilizó para secarse una lágrima antes de guardársela en el bolsillo. —No recibiste mucho por Navidad ese año —dijo Virginia sin rodeos—. Excepto lágrimas y moratones. —¿Adónde quieres llegar, Virginia?—susurró Charlotte—. ¿A que era como un saco de boxeo? ¿A que nadie me quería? Eso no es nada nuevo. —No, solo esperaba que recordaras que existe un lugar donde sí te quieren. —Sí, y donde estoy muerta —soltó Charlotte—. ¿Es lo que tratas de decirme, que estoy mejor muerta?


—Lo que quiero decir no es que estés mejor muerta, sino que hay un lugar donde te esperan tus amigos. Charlotte contempló de nuevo la aparición infantil, con una expresión dolorida en el rostro. Dada la época del año que era, Virginia tenía la esperanza de presenciar una epifanía. —Me imagino que Petula y las Wendys se habrán alegrado de verte, ¿no? —Bueno, nos tropezamos en el pasillo, pero realmente no tuvimos oportunidad de… —¿De qué? ¿De hablar? —No, pero hablé con Damen. Me ofreció darme una vuelta en su coche. —¿Antes o después de que casi te atropellara? Charlotte obvió el sarcasmo. —Y lo mejor de todo, vi a Scarlet. ¡Estaba impresionante! —Me imagino que alegre y acogedora, como siempre. —¡Estás tratando de arrimar el ascua a tu sardina! —estalló Charlotte—. Me estás mostrando únicamente lo negativo. —Estás

sufriendo

un caso

grave

de memoria selectiva —dijo Virginia, frustrada—.

Necesitas quitarte las gafas de color de rosa. Ese es tu problema. —No, ese es tu problema… eh… — inesperadamente, Charlotte titubeó en el nombre de Virginia. —Virginia —la ayudó el fantasma. —Bien,

Virginia.

¿Por

qué

has venido?

—preguntó

Charlotte—.

¿Es que quieres

fastidiarme la Navidad o simplemente estás celosa de que yo esté viva y tú no? ¿Qué pretendes? —He venido para llevarte conmigo. —Entonces has hecho el viaje en balde. No voy a marcharme. —Todo el mundo te echa terriblemente de menos, Charlotte. —¿Es que no te das cuenta? Es mi segunda oportunidad. Sé quién soy y sé que en el interior de esas personas existe bondad. Ahora podemos estar más unidos, pero en igualdad de condiciones. Petula tal vez me acepte. Scarlet y yo podemos convertirnos en verdaderas amigas. Es el mejor regalo de Navidad que podría haber imaginado. —Nada ha cambiado, Charlotte. Y nada cambiará. Tú fuiste la que hizo brotar la bondad del interior de Petula, la que unió a Damen y Scarlet. Pero nada de eso volverá a suceder. Serán tan crueles y egoístas e infelices como siempre, y tú seguirás siendo tan invisible a sus ojos como antes.


—Gracias por el voto de confianza. Ahora puedes marcharte… eh…, ¿cómo has dicho que te llamabas? —Virginia —le recordó la niña—. Pero todos queremos que regreses, Charlotte. —Estoy segura de que a… eh…, mi novio, esto… —¿Eric? El escaso recuerdo que Charlotte tenía de él desconcertó a Virginia. —Sí, eso es, Eric. Obviamente, no le interesa que vuelva. No lo suficiente como para venir a buscarme él mismo. —Solo está siendo testarudo, Charlotte. Se siente deprimido, te echa de menos. —Bueno, al final se acostumbrará. Igual que yo. —Que tú estés aquí nos afecta a todos, Charlotte. ¿Es que no te preocupa? —Claro que me preocupa. Yo soy siempre la que se preocupa. Trabajando horas extra, protegiendo a la gente bajo mi ala, ¿o es que lo has olvidado? ¡Ese lugar no existiría de no ser por mí! Sin proponérselo, Charlotte había expuesto la razón exacta de la visita de Virginia. —No lo he olvidado. —Bien, entonces lo comprenderás. Yo he cumplido mi parte. Así que, por favor, llévame a casa. —¿Al Más Allá? —preguntó Virginia, esperanzada. —A mi habitación —respondió Charlotte apartando los ojos. Virginia extendió la mano una última vez y Charlotte la agarró. Instantáneamente, las dos aparecieron de nuevo en el lugar de donde habían partido. La decepción en el rostro del pequeño fantasma era obvia. Virginia se resistía a explicarle con más detalle la situación en el complejo, ya que, de todas maneras, le entraría por un oído y le saldría por el otro. Charlotte se deslizó dentro de la cama. —He venido solo para contarte que te necesito. Todos te necesitamos. —Y yo necesito estar aquí. —¿Qué voy a decirles a los demás? —Lo mismo que tú me has dicho antes, que a veces los deseos se hacen realidad. Mientras la luz y la nieve se arremolinaban de nuevo en torno a Virginia, esta se despidió de su amiga y mentora con las siguientes palabras. —Ten cuidado con lo que deseas, Charlotte.


Tique de regalo La Navidad es una fiesta para demostrar la generosidad no solo con la cartera, sino también con el espíritu. Una fiesta en la que incluso el más mínimo detalle, como una tarjeta de felicitación, una invitación o una mera sonrisa, dice mucho. Una fiesta en la que un «Feliz Navidad» sentido, sincero, puede significar más que un valioso presente. Podemos dedicar todo el año a buscar el regalo ideal, pero a menudo el mejor, el que llevamos en nuestro interior, es el más difícil de encontrar. ¿Qué vamos a hacer? —preguntó Wendy Thomas mientras bajaba por la avenida principal de Hawthorne, pasando revista a los escaparates en busca de un regalo caro y tratando desesperadamente de imaginar cómo pagarlo. —No lo sé. Yo estoy sin blanca —se quejó Wendy Anderson. —Y ¿qué pasa con el dinero que metiste en la cuenta de ahorro navideño? —preguntó Wendy Thomas. —¿No te acuerdas? Me lo gasté en relleno subcutáneo para los dedos gordos de los pies, para poder ponerme esos tacones superprovocativos que mis padres me van a regalar en Navidad. Wendy Anderson sacó el anuncio de los zapatos y se lo mostró orgullosa. —He oído que te ponen pies de Barbie. —Lo sé, ¿no es estupendo? — coincidió Wendy Anderson con entusiasmo. —¿Crees que alguien nos contrataría? —Wendy Thomas estaba exasperada e inusitadamente concentrada en el asunto que se traían entre manos. —¿En serio estás sugiriendo que busquemos un trabajo? No te reconozco. —Petula no bromea, Wendy. Tenemos que conseguir algo de pasta para su regalo lo antes posible o estamos perdidas. ¡Nochebuena es mañana! —¿Tienes algo que podamos vender? Wendy Thomas se puso su sombrero de fieltro rosa para pensar. —Hummm —caviló—. Tengo esa caja de camisetas negras que íbamos a utilizar para recaudar fondos para el baile de otoño. —¿Te refieres a nuestro proyecto de Cruelmisetas? —Sí, insultos, humillaciones y chismes infundados a medida estampados en una camiseta. Lo recuerdo. —Lleva tu propio comentario sarcástico en la manga —añadió Wendy Anderson con orgullo.


—¡Frases pegadizas! —exclamaron al unísono. Las dos memas estallaron en una risa histérica y chocaron las palmas, impresionadas por su propio ingenio. —¿Te puedes creer que casi nos expulsaran por eso? —Increíble —respondió Wendy Anderson—. Hoy en día es muy complicado abrir un pequeño negocio. —Tal vez fuera porque solo teníamos tallas infantiles —sugirió Wendy Thomas—. No pensé que eso se considerara discriminación por cuestiones de peso, pero qué más da. —Bueno, de todas maneras, ahora mismo no tenemos tiempo para hacer trabajos por encargo. ¡Necesitamos que nos paguen y pronto! —No sé si queda otra opción que no sea la de rezar. —Está bien, cierra los ojos —dijo Wendy Anderson estrechando las manos de Wendy Thomas y apretando los ojos con la cabeza inclinada—. Señor, ¿cómo vamos a conseguir el maldito dinero para Navidad? Wendy Thomas abrió ligeramente los ojos, lo justo para ver un anuncio colgado en la funeraria del otro lado de la calle. —¡Es una señal! —gritó Wendy señalándolo con el dedo—. ¡Gracias, Dios! En llamativas letras rayadas en blanco y negro como bastones de caramelo, se podía leer: ¡Dinero para Navidad! Exactamente igual que cuando encontró un anuncio en el periódico escolar durante la novena hora de clase por el dinero exacto que necesitaban para el regalo del último curso —un estudio sobre el cerebro en el que les congelaron poco a poco la cabeza con unos cascos rellenos de hielo para que luego jugaran a unos videojuegos mientras el investigador medía sus tiempos de reacción cada vez más lentos—. Las Wendys atravesaron la calle corriendo sobre sus tacones, casi ajenas a

que

Damen

había

aparcado

directamente bajo el banderín. —Oye, ¿qué hacéis vosotras dos por aquí? —preguntó él. —Lo mismo digo —respondió Wendy Anderson. —Iba de paso y he visto este anuncio. No me vendría mal un poco de dinero extra para Navidad. —Así que ¿todavía no le has comprado nada a Petula? —No, pero no se lo digáis. La emoción que las Wendys experimentaron al cosechar este pequeño secreto navideño las iluminó como el árbol de Navidad del Rockefeller Center. —No nos iremos de la lengua si tú tampoco lo haces —aseguró Wendy


Thomas mirándole con recelo. —En nuestra defensa podemos aducir que recibimos su lista de regalos tarde. —Y respecto a esto, ¿dónde está el truco? Nadie da dinero por nada — preguntó Wendy Thomas. —¿Alguna vez os habéis sentido invisibles? —susurró a sus espaldas una voz melosa antes de que Damen pudiera responder. Las Wendys sintieron un repentino escalofrío que les subía por la espalda, peor

que

cualquier reacción que un viento invernal pudiera provocar. —Esto…, no —replicó Wendy Anderson, ofendida por la pregunta—. ¿Por qué lo dices? Al volverse, encontraron a un tipo alto, delgado y atildado con una sonrisa deslumbrante, endomingado con un traje de dos piezas negro y ajustado, una corbata rayada como un bastón de caramelo, solapas blancas de imitación a terciopelo y vuelta en el bajo de los pantalones. Llevaba el pelo largo, obviamente teñido de blanco, lacio y recogido en una diminuta coleta que quedaba oculta bajo un gorro de Papá Noel de lana roja, ladeado ligeramente. Tenía la barba meticulosamente recortada. No se trataba de un san Nicolás de todo a cien. Daba la sensación de que le hubieran arreglado y vestido en la mejor tienda de diseño de la Quinta Avenida. Con una imagen más corporativa que la del propio Kringle. Las Wendys, en cualquier caso, se sentían incapaces de apartar los ojos del bulto de su entrepierna, que otorgaba un significado totalmente nuevo a la expresión «paquete navideño». —No te muevas —le ordenó Wendy Anderson dirigiendo la cámara de su smartphone hacia él—. Nunca había visto un Papá Noel metrosexual. El trabajador del fúnebre negocio obedeció la orden, sonriendo de forma amenazadora. —¡Estado actualizado! —vitoreó Wendy Thomas revisando la fotografía —. ¿Nos decías? —continuó. —Queríais saber cómo conseguir nuestro pequeño aguinaldo —dijo el hombre colocándose incómodamente cerca de ellos, con el paquete por delante. —Atrás, Papá Noés —soltó Wendy Anderson arrastrando a Wendy Thomas detrás de Damen y aplastando su nariz contra él. —Te escuchamos —dijo Wendy Thomas—. Siempre que no se trate de sentarse en tu regazo. Él amplió su sonrisa. —Soy el señor Wormsmoth —les explicó—. Dirijo esta funeraria.


—Entonces, lo tuyo ¿no debería ser Halloween? —comentó Damen—. La Navidad no parece el mejor momento para promocionar tu línea de trabajo. —Al contrario, joven, siempre es temporada para mi negocio —respondió el hombre con sequedad—. Por eso cada Nochebuena organizamos la Exposición Funeraria en el centro de convenciones. —Suena espeluznante —añadió Damen—. Tu mundo no es que sea muy alegre, no sé si sabes a qué me refiero. —Nosotros preferimos considerarlo contraprogramación. —Original. Me gusta —dijo Wendy Anderson—. ¿Qué tenemos que hacer? —Posar. —¿Eso es todo? —¿Quieres decir como en una muestra de coches? ¿Simplemente estar de pie y deslizar las manos por un parachoques? —No exactamente —replicó el señor Wormsmoth—. Pero la mayor parte del tiempo solo tendréis que estar tumbadas. —Vaya, entonces has tenido suerte. Son unas expertas en eso —rio Damen —. Es como acaban cada Nochebuena después de hacer la ronda navideña por los bares vestidas de Papá Noel. El director de pompas fúnebres alzó una ceja. —Tendréis que posar con conjuntos de ropa y, bueno, con ataúdes. Pero no unos ataúdes cualesquiera. Ataúdes transparentes. Son el último grito. Forman parte de nuestra nueva línea «Si muero joven» para la convención funeraria. —¡Fiesta fúnebre! —anunció Wendy Thomas. —¡Alta costura funeraria! —chilló Wendy Anderson. —¿Vosotras de negro? —preguntó Damen con escepticismo.


—Yo me visto de negro para ir al gimnasio. Adelgaza —afirmó Wendy Thomas—. Después de todo, es un funeral lucrativo, ¿no? —Espera un momento, entonces ¿solo tenemos que tumbarnos ahí un rato y dejar que la gente nos mire, como si estuviéramos en una pecera? —preguntó Wendy Anderson. —En un tanque de tiburones, diría yo —rezongó Damen en voz baja. —Haceos a la idea de que fuera un joyero —sugirió el hombre—, perfecto para exponer una piedra preciosa como vosotras. Donde ser contempladas. Eternamente. Abrió los brazos como para darles un abrazo. —¿Panteones para vanidosos? —gritó Wendy Anderson—. ¡Trato hecho! —La adulación lo consigue todo — bromeó Damen mientras las Wendys saltaban ante tal oportunidad como delfines amaestrados que realizaran sus trucos por un trozo de caballa. —¡Doscientos pavos! ¡Venid a las manos de Wendy! —ronroneó Wendy Thomas. —Dinero fácil. El mejor —confirmó Wendy Anderson. —Y ¿qué pasa conmigo? —preguntó Damen. —Iba a contarte tu parte ahora — respondió el señor Wormsmoth—. Hay una cosita más. —¿No será esto algo parecido a esos anuncios de teletienda de «espera…, que aún hay más»?, porque ya hemos aceptado la oferta. Wormsmoth soltó la bomba. Literalmente. —Una vez que estéis dentro del ataúd, se os enterrará. —¿Quieres decir como en un truco de magia? —preguntó Wendy Anderson. —No. Se os meterá en una tumba — respondió él—. Por supuesto, es todo un montaje para las cámaras. —¿Dónde? —preguntó Wendy Thomas. —En el cementerio. Pero solo un minuto. Es todo bastante seguro. —¿Bastante seguro? —dudó Damen. —Serás tú, mi joven amigo, el que manipulará el cabrestante. —No me convence —objetó Damen —Maquinaria pesada y ataúdes.


—No te acojones. Dijiste que tú también necesitabas dinero —ladró Wendy Anderson. —O aceptas o le contamos a Petula que lo único que va a recibir por Navidad del amor de su vida es una tarjeta de felicitación —exageró Wendy Thomas. —¿Me vais a chantajear en Navidad? —Es el objetivo de estas fiestas —dijo Wendy Thomas. Damen las apuñaló con la mirada. —De verdad que es bastante seguro —aseveró Wormsmoth. —Si es tan seguro, ¿por qué nadie se había ofrecido hasta ahora? —insistió Damen. —Concéntrate en la recompensa, tío —exclamó

Wendy

Anderson

contando billetes

imaginarios de un fajo imaginario. Damen contempló a las dos detestables adláteres de Petula y fantaseó con bajarlas a un profundo y oscuro agujero y lanzar una palada de fría y húmeda tierra tras otra sobre sus egoístas personas mientras permanecían tumbadas,

indefensas,

rodeadas

de cristal.

Además, la cólera de Petula sería mucho más difícil de manejar que cualquier demanda potencial que le pudiera acarrear el enterrar accidentalmente a esas dos. —Será un placer —aceptó Damen.

Una figura solitaria, con la cabeza gacha, apareció y descendió por el largo paseo que conducía al complejo. —¡Virginia! —gritó Pam al divisar a la pequeña niña—. ¿Has encontrado a Charlotte? —La he encontrado —dijo Virginia. —¿Está en Hawthorne? —Sí. —¿La has traído de regreso? —No —respondió Virginia lacónicamente. —¿No? ¿Por qué no? Se nos acaba el tiempo. ¡Mañana es Nochebuena! —Lo sé, Pam. En ese momento, CoCo, Prue, Gary, Violet, Kim y también Mercury Mary — que había vuelto a engullir cantidades de sushi que rayaban en la toxicidad— las vieron hablar y se acercaron rápidamente. Virginia quedó en medio de la aglomeración, sintiéndose como una bruja sentenciada en los juicios de Salem. —¿Por qué estás tan callada? Pensé que te sentirías realmente entusiasmada.


—He fracasado, ¿vale? He defraudado a todo el mundo. —Pero has dicho que la habías encontrado —insistió Kim. —¿Cómo que has fracasado? —preguntó Prue. —Charlotte no quiere regresar. Asegura que es feliz allí. Un gesto horrorizado, sorprendido y decepcionado cayó sobre cada uno de sus rostros como una tonelada de ladrillos sin asegurar desde el tejado de un edificio en construcción en un día de viento. —¿Le contaste lo que está sucediendo aquí, que estamos sufriendo una regresión colectiva por su culpa? — gruñó Prue. —Me dio la sensación de estar hablando con una sonámbula —dijo Virginia con tristeza—. No quería irritarla más de lo que ya estaba. —¡Este no es exactamente el mejor momento para contemplaciones! —añadió Prue con ironía—. ¡No sé por qué enviamos a una niña a hacer el trabajo de un fantasma! El tono de Prue se iba volviendo cada vez más áspero, pero Virginia se mantuvo firme. Pam colocó un brazo sobre el hombro de Prue para calmarla. —Lo siento, Virginia —dijo Prue respirando hondo—. No puedo evitarlo. —No tienes que disculparte — Virginia sonrió—. Lo entiendo. —Y ¿dices que parecía ajena al daño que podría estar causando? —continuó Pam. —No merecía la pena explicárselo con detalle. No me escuchaba. —¿Ni siquiera al mencionar a Eric? —preguntó Pam. —Es extraño, pero ese asunto era lo único que tenía realmente claro. —Y eso ¿es bueno o malo? —preguntó Kim. Virginia se encogió de hombros, frustrada. —Parece estar olvidando todo lo demás, pero sigue enfadada con él. —Bueno, para bien o para mal, al menos recuerda algo —destacó Pam—. Tal vez podamos trabajar con eso. Eric se acercó sosegadamente para comprobar los progresos de Virginia y el grupo se sumió instantáneamente en el silencio. —Hola, Eric —dijo Gary forzando una sonrisa nerviosa. Los demás becarios de Muertología le imitaron. —¿Qué pasa? —Nada, tío —intervino DJ. Todos bajaron los ojos, balanceando el cuerpo adelante y atrás, aterrorizados por lo que iba a preguntarles a continuación.


—¿Dónde está Charlotte? —Ella… —empezó Virginia lentamente. —Aún no ha regresado, pero tenemos algunas pistas —la interrumpió Pam advirtiendo a los otros con los ojos que permanecieran callados. Incluso Electric Eric trataba de ahorrar energía, así que permaneció tranquilo. —Guay —dijo con aire despreocupado mientras se alejaba—. Aparecerá. Más tarde. —No vamos a ser capaces de ocultárselo —dijo Mike sustituyendo su actitud optimista por otra definitivamente taciturna. —De todas maneras, si esto se alarga mucho más, dará lo mismo —observó Prue. El grupo se dispersó un poco menos esperanzado que antes respecto al regreso de Charlotte, dejando que Virginia, Pam, Prue y CoCo diseñaran una estrategia. —Yo solo tengo una pregunta, tal vez la más importante de todas —dijo CoCo a Virginia—. ¿Llevaba puesta la misma ropa? Virginia alzó los ojos y se alejó. —Estoy cansada. —Necesitamos ayuda de un experto —dijo Pam. —¿El profesor Brain? —preguntó Prue. —El profesor Brain —respondió Pam.


Plata y oro La mercantilización de la Navidad es a menudo considerada por los críticos como una distracción del verdadero objetivo de la fiesta. Sin embargo, enfrentar la una a la otra supone una simplificación excesiva. Son dos caras de la misma moneda. Como los Reyes Magos, que acudieron cargados de presentes, nuestras cartas a Papá Noel nos enseñan, desde nuestra más tierna infancia, que los sueños pueden hacerse realidad, aunque en ocasiones no sea posible. Lo que, después de todo, es el verdadero significado de la Navidad. Y de la vida. — ¿Virginia? —Charlotte se despertó lentamente y miró a su alrededor, aún atascada en la conversación de la noche anterior con la pequeña visitante fantasma—. Qué extraño. Se sentó al borde de la cama, estiró los brazos hacia arriba y bostezó, sintiendo cómo los músculos de la mandíbula, la garganta y el pecho se tensaban y luego se relajaban en el orden correcto mientras soltaba el aire. Parpadeó varias veces y se limpió las legañas de los ojos, con las que no había tenido que lidiar durante años. Virginia estaba en lo cierto, lo que quisiese que estuviera pasando no era un sueño. —Sigo aquí —dijo—. Y sigo teniendo hambre. Charlotte caminó con cuidado sobre las fotografías desparramadas por el suelo, descendió la escalera en dirección a la cocina y fue recibida por otra nota de Gladys. «He salido a hacer compras navideñas. Hay cereales en el armario». —Feliz Navidad para ti también, Gladys. Charlotte agarró el tirador del armario y lo abrió, dejando a la vista varios recipientes de plástico cuidadosamente identificados, todos con indicación de medidas y el nombre de Gladys escrito con rotulador, excepto uno, en el que se podía leer: «Charlotte». Alcanzó su recipiente y suspiró con desilusión. —Agh. Almohadillas de trigo integral. Con lino. Echó un rápido vistazo por la cocina y la nevera, pero fue incapaz de encontrar nada ni remotamente apetecible. Charlotte cogió un cartón de leche, comprobó la fecha de caducidad por si acaso y vertió su contenido hasta que los cuadraditos de trigo integral empezaron a cabecear en un mar blanco. Charlotte sumergió la cuchara en el cuenco y jugueteó con los pedazos de cereal, hundiéndolos, ablandándolos antes de hincarles el diente. Mientras se llenaba la boca con aquel manjar de trigo integral rebosante de fibra, sus ojos se posaron de nuevo en la nota de Gladys.


—¡Oh, Dios mío! —exclamó espurreando leche y trocitos de almohadillas de trigo sobre el cuenco—. ¡Las compras navideñas! La Navidad todavía no se había grabado por completo en su mente. Había estado a punto de dejarla pasar de largo en el Más Allá y ahora tenía la sensación de que le faltaba tiempo, o, más importante, dinero para disfrutar de ella. Durante un instante consideró que daba igual porque no tenía a nadie a quien comprar un regalo, pero de repente se dio cuenta de que sí lo tenía. Scarlet. —¡Esta es mi oportunidad de hacer verdaderos amigos! Scarlet tal vez no la conociera, bueno, aún no, pero ella sí conocía a Scarlet. Charlotte empezó a pensar en ella, en lo que le gustaba, en lo que odiaba. —Necesito, necesito encontrar… — Charlotte intentó con todas sus fuerzas conjurar una imagen en su acelerada mente. La imagen de algo que siempre hubiera deseado pero que nunca recibió—, el regalo perfecto. La cafetería de Hawthorne se encontraba abarrotada de personas que se habían tomado un breve descanso en sus compras navideñas para almorzar. Las ventanas estaban pintadas con copos de nieve, árboles de Navidad, coronas, Papá Noeles, elfos y muñecos de nieve — algunos con pene— realizados por los estudiantes de arte de secundaria. Las Wendys entraron en tropel y fueron conducidas hasta la mesa que tenían reservada junto al ventanal de la fachada. La camarera les endilgó las cartas y su ayudante la siguió con el agua. —¿Se unirá la señorita Kensington a ustedes? —Sí. Algo rondaba a ambas Wendys por la cabeza, y como era habitual, se trataba de la misma cosa. —No sé qué pensar de toda esta maniobra del ataúd —se inquietó Wendy Thomas deslizándose hacia el interior del reservado semicircular—. Que me entierren viva no es exactamente lo que había planeado para Navidad. —Sí —coincidió Wendy Anderson—. Hay algo raro en el asunto. —Querrás decir todo —aclaró Wendy Thomas. —Pero está bien pagado. —Tengo una idea. Vamos a subcontratar a alguien. —¿Cómo?


—¡Vamos, Wendy! ¿Es que nunca atiendes en la clase de Injusticia Económica? Buscaremos a una persona que haga lo del entierro por nosotras y le pagaremos una pequeña cantidad. —Está bien, ¿a quién tienes en mente? —respondió Wendy Thomas repasando su lista de contactos. —Definitivamente, a nadie a quien conozcamos —dijo Wendy Anderson. —¿Qué te parece esa chica que siempre nos está persiguiendo? —Vamos a tener que incentivarla un poco más, ¿no crees? —Podemos decirle que es para comprar algo a Petula. Haría cualquier cosa por caerle en gracia. Y que hará de modelo. ¡Con nosotras! —Imaginas unos usos tan creativos para la gente… Realmente te admiro por eso. El chirrido de unos neumáticos en el aparcamiento cortó su conversación. —¡Es Petula! No digas nada, ¿vale? —¡Sí, señor! Petula irrumpió en el local, pero no sola. Sorprendentemente, llevaba a su lado a Scarlet, al menos hasta que esta divisó a las Wendys y se fue derechita a la barra en vez de dirigirse a la mesa. —¿Cómo es que has sacado a la calle a Batgirl? —preguntó Wendy Thomas. —I’m dreaming of a black Christmas, just like the ones I used to know[5]… —comenzó a cantar Wendy Anderson. [5] «Oh, negra Navidad, sueño / que todo es blanco alrededor…».

—On the thirteen nights of Christmas my beloved gave to me, a raven in a dead tree[6] — añadió Wendy Thomas. [6] «En la decimotercera noche de Navidad, mi amado me regaló un cuervo sobre un árbol muerto…».

—Hemos salido a comprar los regalos de Navidad para mi madre — respondió Petula con desdén—. No se puede elegir a la familia, ¿sabéis? —Gracias a Dios mi madre se ligó las trompas después de que yo naciera — exclamó Wendy Anderson. —Un poco tarde, diría yo —masculló Scarlet para sí misma mientras sorbía lentamente una taza de café solo caliente. —¿Qué vais a tomar, chicas? —Yo quiero un té helado con leche de almendras y perlas de canela y vainilla vietnamita sin azúcar, sin grasa y semidesteinado, pero quitando el té. —Entonces, ¿solo las perlas? —preguntó la camarera. —¡Me has leído el pensamiento! Oh, Dios mío, eres maga. —¡Al menos salió algo bueno de aquella guerra! —metió baza Wendy Thomas.


—Eres una verdadera historiadora, Wendy. Te envidio tanto. —¿Y tú? —preguntó la camarera entre las risitas autocomplacientes. Wendy Anderson soltó la carta que había estado estudiando minuciosamente y pidió: —Déjame pensar. Nata montada. Ketchup. Hielo. Sacarina y una pajita. —Y ¿tú? —¿Hacéis batidos de ablandadores fecales? —preguntó Petula—. ¿No? Entonces, solo una cuchara extra. La camarera huyó horrorizada, mostrando aparente alivio al alejarse de ellas. Petula fue al grano. Estaba ansiosa de novedades. —Bueno, ¿qué me ha comprado Damen? Ninguna de las Wendys abrió la boca. Impaciente, Petula empezó a tamborilear en la mesa con los dedos. Incluso Scarlet, a la que no podría haberle importado menos el asunto, comenzó a sentir curiosidad y prestó atención. —¿Bien? Las Wendys se desmoronaron bajo la presión. La fulminante impaciencia de Petula las había vencido de nuevo en un tiempo récord. —Nada. —¡Vaya! —susurró Scarlet—. Tres. Dos. Uno. Histeria a escena. —¿Nada? —gritó Petula perdiendo el control al tiempo que se ponía de pie en el reservado y descargaba los puños contra la mesa de formica verde—. ¿Me dediqué a escribir una lista de regalos para nada? A Scarlet no le interesaban demasiado los rollos sobre compras navideñas. Además, nunca le regalaban lo que quería. Su madre compraba siempre lo mismo para ella y para Petula: pantalones de chándal de Victoria’s Secret, la colonia del último pseudofamoso, espejos compactos…, etc. Les regalaba a ambas cosas para Petula porque, de todas maneras, Scarlet dejaba sus paquetes bajo el árbol para que su hermana arramblara con ellos. Para su madre, se trataba solo de una visita mecánica al centro comercial. Y es que escoger algo que realmente le gustara a Scarlet habría supuesto pensar demasiado, y posiblemente una visita a algún callejón oscuro. Las Wendys, sin embargo, estaban impresionadas. No tanto por el arrebato, sino por la habilidad de Petula para erguirse por completo con tan poco espacio entre la mesa y su asiento. El asombro las dejó boquiabiertas. La cafetería se sumió en un profundo silencio, a la espera del lanzamiento del siguiente cuchillo.


— N a d a todavía —añadió rápidamente Wendy Thomas, calmando un poco la situación. —¿A qué te refieres con todavía? — despotricó Petula—. ¡La maldita Nochebuena ya está aquí! —Damen está en ello —replicó Wendy Anderson—. Todos estamos en ello. —¡Más vale que sea así! Petula se marchó furiosa y nadie se atrevió a traquetear los tenedores o los vasos hasta que hubo pasado. Scarlet se planteó seguirla, pero decidió que sería mejor regresar a casa a pie, sola. Echó una ojeada a las Wendys y estas la miraron como si hubieran visto un zombi. Muertas de miedo. —Tenemos que encontrar a la Usher —dijo Wendy Thomas. —Lo sé, pero ¿dónde? —preguntó Wendy Anderson. Las Wendys aunaron sus vacíos cerebros para adoptar una estrategia, cuando vieron que Scarlet se levantaba de la barra y se echaba un chal de encaje negro por los hombros. —¡Espera! Scarlet es rara. Tal vez ello lo sepa. Salieron disparadas para interceptar el paso a Scarlet cuando estaba llegando a la caja. —¿Aquí no te dan vales de regalo? —preguntó Wendy Thomas con malicia. —¿En una cafetería? —resopló Scarlet apartándolas a un lado. —Por favor —gritó Wendy Thomas—, necesitamos realmente tu ayuda. Scarlet se detuvo. El tono empalagoso levantó al instante sus sospechas. —¿Mi ayuda? ¿Que vosotras necesitáis mi ayuda? —dijo. —Hay una primera vez para todo —admitió Wendy Anderson. —Me muero por escuchar de qué se trata —dijo Scarlet—. Desembuchad. —¿Conoces a esa chica que no deja de seguirnos por el instituto, haciendo fotografías a Petula y a Damen y tratando de ser nuestra amiga? —¿Charlotte? —preguntó Scarlet. —¡Sí!, esa. —Tenemos que encontrarla. —¿Por qué? —No podemos contártelo, pero tiene que ver con el regalo de Navidad de Petula. —¡Ajá! ¿Estáis planeando ofrecérsela a mi hermana como un sacrificio humano o algo así? — se burló Scarlet, considerando lo poco que significaba para ellas Charlotte. —No exactamente —respondió Wendy Thomas con vaguedad, pero seria.


A Scarlet no le podían importar menos las Wendys y Petula, ni siquiera Charlotte, pero resultaba obvio que maquinaban algo. —Bien, entonces, ¿qué exactamente? —Se nos ha presentado una oportunidad —respondió Wendy Anderson en tono formal. Sorprendentemente, Scarlet sintió curiosidad, y se entregó gustosa a agitar unos segundos más delante de las esculturales narices de las Wendys la zanahoria informativa que estaban buscando. —¿Una oportunidad? —Digamos simplemente que es un asunto de vida o muerte. Scarlet sintió que el vacuo torbellino de las Wendys la absorbía. Como un agujero negro en el espacio exterior, un lugar sin retorno. Lo que tenían planeado para Charlotte tendría que esperar de momento. —No tengo ni idea de dónde podéis encontrarla, pero anoche la vi rondando por delante de mi casa —les comunicó Scarlet—. Se marchó hacia el extremo opuesto de la ciudad. —Mierda —gimió Wendy Thomas—, ¿donde están todas esas tiendas de segunda mano y casas de empeño? —¿Qué pasa? —exclamó Scarlet tomándolo como una ofensa—. Yo compro allí a veces. —Salta a la vista —dijeron las Wendys. —¿Como vuestra celulitis? —replicó Scarlet pasándole su cuenta a Wendy Thomas al tiempo que se largaba.


Angustia bajo el muérdago Se afirma que la Navidad es la época más maravillosa del año, aunque puede convertirse en la más terrorífica. Aglomeraciones, dietas drásticas y demasiados cócteles pueden transformar rápidamente el alegre ambiente navideño en algo sombrío.

La

presión

de encontrar un regalo mejor, organizar

una fiesta mejor o embutirse en un atuendo mejor a menudo pesa más que el llamamiento más elevado de convertirse en mejor persona. En ocasiones, la forma más adecuada de festejar la Navidad es sencillamente dedicarse a uno mismo. Sam y Prue caminaban de la mano por el largo pasillo situado en la parte trasera del complejo de apartamentos. Estaba oscuro, pero no resultaba tenebroso, animado por el sonido de un zumbido desafinado pero alegre que salía por la puerta de la última oficina. Detestaban comunicar noticias tan amargas en una época tan feliz, pero no tenían otra opción. Se detuvieron a escasa distancia de la puerta y se miraron, esperando que fuera la otra la que llamara. Por fin, Prue se adelantó y anunció

su presencia con un suave

golpeteo. —Adelante. —¿Profesor Brain? —dijo Prue a modo de saludo. Brain mostraba un aspecto jovial, ensimismado y desaliñado, como de costumbre. —Hola, chicas. Brain se echó hacia atrás un fragmento de cuero cabelludo que le colgaba de la cabeza para cubrir la brecha de su cráneo, que se había abierto de nuevo tras la desaparición de Charlotte, y procedió a adecentarse para la inesperada visita. Las muchachas se sorprendieron al ver que la herida de su mentor había reaparecido, después de haberse curado tanto tiempo atrás. Daba la sensación de que todas las viejas heridas tratadas en Muertología se habían reabierto, en más de un sentido. Ni siquiera el profesor Brain era inmune a los estragos que Charlotte estaba causando de forma involuntaria. —¿Tiene un minuto? —Por supuesto. ¡Estaba terminando mi lista navideña! —¿Su lista? Pero si nosotros ya no hacemos regalos… —dijo Prue. —Supongo que será la fuerza de la costumbre —Brain sonrió amablemente—. Ya sabéis. Pam asintió con recelo. —¿Qué puedo hacer por vosotras? —preguntó él. Fueron directas al grano.


—Bueno, Charlotte se ha marchado — le comunicó Pam—. Discutió con Eric y lo siguiente que supimos es que había regresado a Hawthorne. Pam y Prue esperaban que el rostro de Brain se cubriera de asombro, que le invadiera el terror, pero en vez de eso, regresó a su lista con actitud indiferente. —Sí, lo sé —dijo. —¿Lo sabe? —preguntó Pam. Se sorprendieron, aunque no deberían haber reaccionado así. Muy poco de lo que sucedía en el Más Allá le pasaba desapercibido a Brain. —No hay por qué preocuparse. —¿De verdad? ¿Que Charlotte esté viva y que nosotros nos estemos desvaneciendo, por si no se había dado cuenta, no le parece ni lo más mínimamente alarmante? —preguntó Prue. —Estas cosas suceden de vez en cuando. Confusas, las chicas se propinaron sendos codazos. Pam y Prue empezaban a preguntarse si la reaparición de la herida en la cabeza de Brain no le habría afectado de algún modo al oído, o al cerebro. —Virginia trató de convencerla para que regresara, pero ella no… —¿Le mencionó el apuro en el que nos encontramos? —preguntó Brain. —No, pensó que la disposición de ánimo de Charlotte no era la más adecuada. —Chica lista —dijo Brain con una voz apenas audible, como si estuviera compartiendo un secreto consigo mismo. —No era necesario que Virginia le contara nada —exclamó Prue, enfadada—. Charlotte debería saberlo. Lo que está haciendo es egoísta. —¿Lo es? ¿Quién de nosotros no ha fantaseado con estar de nuevo allí, especialmente en Navidad? —dijo Brain con nostalgia—. Ver caer la nieve, aspirar el aroma de los pinos, saborear los bastones de caramelo de menta y beber chocolate caliente junto a una hoguera crepitante. Sentir un suave beso bajo el muérdago… —Profesor Brain, me sorprende —le reprendió Pam—. Usted fue quien nos ayudó a aceptar nuestro destino, a superar todo eso. —Tal vez olvidemos muchas cosas en el transcurso de nuestras

vidas anteriores y

posteriores a la muerte. Pero esas no. No hay nada egoísta o sorprendente en ello. La Navidad es recuerdo. —Entonces, ¿no va a hacer nada? —No —respondió Brain con tranquilidad—. Además, no hay mucho que podamos hacer. —Bien, pues ¡gracias por nada! —gritó Prue rezumando frustración.


—Tiene que haber alguna solución. —Olvídalo, Pam —continuó Prue—. El profesor debe regresar a su lista y a colocarse el cuero cabelludo. Tendremos que adivinarlo por nosotras mismas. —¿Sabe?, lo último que Charlotte me dijo fue que ojalá no se hubiera muerto —se quejó Pam —. Yo estoy empezando a sentir lo mismo. Brain sonrió compasivo. —Feliz Navidad. —Ya no estoy tan segura de que vaya a ser así —respondió Pam con desaliento. —No te preocupes —la consoló Prue—. La traeré de regreso, ¡aunque tenga que ir yo misma y volver con ella a rastras! Brain las llamó de nuevo cuando se marchaban. Su voz sonaba despreocupada, a pesar de la gravedad de la información que les transmitió. —Chicas, la cuestión es que la intuición de Virginia era correcta. Charlotte debe regresar antes de la medianoche del día de Nochebuena. Pero por iniciativa propia. —Entonces, estamos perdidos —concluyó Pam.

Charlotte atravesó la ciudad a pie y pasó junto a escaparates y decoraciones navideñas, deteniéndose a cada rato para admirar algo reluciente y vistoso. No para ella. Estaba acostumbrada a no esperar nada por Navidad, ni siquiera una tarjeta de felicitación. Sino para Scarlet. Buscaba algo tan lleno de significado que hablara por ella, que dijera todo lo que Charlotte se sentía incapaz de expresar, que resumiera la relación que nunca habían tenido. Todo en un solo paquete. Era un empeño noble, pero un verdadero reto teniendo en cuenta el poco dinero del que disponía. De hecho, no tenía nada. Antes de morir, nunca habría pensado que fuera a necesitarlo. El alojamiento y la comida los tenía pagados, al igual que los libros de texto y el material escolar, y los desplazamientos los hacía en autobús o a pie. Gladys le entregaba a regañadientes la pequeña paga a la que tenía derecho, la cual gastaba casi íntegramente en ropa. No había manera de que pudiese permitirse nada de aquello. Debía conseguir rápidamente algo de dinero, pero no tenía ni idea de cómo hacerlo. Justo en ese momento, una voz aguda la llamó. La voz de un ángel o… ¡de una Wendy! —Oye, eh…, tú —gritó vacilante Wendy Anderson desde el final de la calle, al tiempo que se acercaba.


Charlotte se quedó atónita y tuvo que mirar a su espalda y a ambos lados, solo para asegurarse de que las Wendys le estaban haciendo señas a ella. —Charlotte. ¡Me llamo Charlotte! —dijo con orgullo. —Eso es —exclamó Wendy Thomas—. ¿Cómo hemos podido olvidarlo? —¿Adónde ibas? —A comprar regalos de Navidad — respondió Charlotte entrelazando las manos vacías delante de ella. Las dos Wendys asintieron con compasión, como si Charlotte estuviera tratando de ocultar una enfermedad terminal o un embarazo. —Iré directa al grano —soltó Wendy Anderson—. ¿Qué te parecería ganar un poco de dinero extra para Navidad? —Sería estupendo. Pero ¿cómo? Mañana es Nochebuena. —¿Te puedo contar un secreto que no puede saber nadie? Charlotte sintió que se moría de nuevo y ascendía al cielo. —Sí, por favor —suplicó colocándose una mano junto a la oreja e inclinándose hacia Wendy Thomas. —Estamos un poco escasas de fondos este año. —Me imagino que te identificas con la situación —sugirió Wendy Anderson. —Por supuesto —dijo Charlotte. —Así que hemos decidido trabajar como modelos. Charlotte estaba absolutamente impresionada. —En la gran convención funeraria que se celebra mañana en la ciudad. —Qué guay —exclamó Charlotte. —¿Has oído hablar de ella? —Es mi plan para Nochebuena. —Pobre desdichada —se compadeció Wendy Thomas—, que celebra la Navidad con un puñado de fiambres. —Entonces, ¿no tienes nada que hacer en Navidad? —Nada que yo sepa —dijo Charlotte ansiando con todas sus fuerzas que las Wendys le propusieran algo. —¿Crees que te interesaría hacer de modelo con nosotras? Realmente necesitamos una tercera persona. Charlotte se quedó totalmente paralizada, incapaz siquiera de hablar. Las Wendys no supieron interpretar su lenguaje corporal, así que continuaron con su trabajo comercial.


—¿Sabes lo que es andar corto de dinero para comprar algo especial a un amigo? —insinuó Wendy Anderson. —¡Lo sé! La vocecita interior de Charlotte le estaba gritando una advertencia, pero cada vez más bajito, más difícil de oír. Conocía a estas chicas. Lo mercenarias y egoístas que eran. Lo poco que la necesitaban a ella, o a nadie, para aquel asunto. Pero se mostraban persuasivas. Y más sinceras

de

lo

que

jamás

las había visto. Tal vez el espíritu navideño estuviera

contribuyendo. Aunque bien pensado, tal vez tuviera algo que ver ella para variar. La pequeña Charlotte. ¿Trabajar de modelo con las Wendys para comprar un regalo a Scarlet y al mismo tiempo hacer algo especial por Petula? Los milagros navideños existen, pensó. ¡Es casi como lo de morirme y resucitar! Charlotte estaba fuera de sí. Como cualquier buen vendedor, las Wendys tomaron el pedido y luego se dispusieron a cerrar el acuerdo. —Podrás incluso firmar la tarjeta de felicitación de Petula. Justo debajo de nuestros nombres. ¿Hecho? —¡Hecho! —confirmó Charlotte.


¿Escuchas lo mismo que yo? Pocas cosas evocan los recuerdos navideños con tanta intensidad como la música. Desde los himnos celestiales hasta los villancicos roqueros, nuestras melodías favoritas son lo que define para nosotros la Navidad. Las historias sobre paseos en trineo, muñecos de nieve, pesebres y Reyes Magos inundan el aire durante un breve período, convirtiéndonos a todos en amables trinadores que cantan su alegría al mundo. Pero mientras entonamos nuestras alabanzas o rocanroleamos alrededor del árbol de Navidad durante ese único día al año, merecería la pena que nos preguntásemos si la banda sonora de nuestras fiestas está en sintonía con nuestra lista de canciones cotidiana. —Te toca —avisó Prue—. ¡Voy a agarrarla por ese nido de ratas al que llama pelo y a traerla de vuelta aquí aunque sea lo último que haga! —Podría ser —dijo Gary dócilmente. —Podría ser ¿el qué? —gruñó Prue. —¿Lo último que haga? —añadieron Simon y Simone al unísono. —Siempre se puede soñar —agregó Maddy. Prue estaba a punto de golpear a la entrometida que trataba de ponerla en evidencia, pero Mike y DJ se abalanzaron para contenerla. La escena se volvió una absoluta locura cuando los alumnos de Muertología la emprendieron los unos contra los otros, tomando partido, señalando con el dedo, empujando y dando empellones. Por fin, una aguda y disonante voz de la razón se abrió paso. —¡Calmaos todos! —gorjeó Pam—. Estaremos muertos, pero no somos unos matones. La desesperación de su voz reflejaba la creciente ansiedad de los demás. —Es cierto —coincidió Gary—. Necesitamos ahorrar fuerzas. —Yo apenas puedo hacer una llamada —gimió Kim dando golpecitos en el teléfono que llevaba incrustado en el lateral de la cabeza—. Estoy totalmente agotada. —¿Es que no ves lo que sucede, Pam? —bufó Prue—. Es casi Navidad y si Charlotte no vuelve pronto, regresaremos todos a lo que éramos y a donde estábamos. ¡A Muertología! —¡Vaya mierda! —masculló Jerry con una voz de fumeta que hizo añicos su sobriedad celestial. —¡No volveré a sentarme en una maldita clase! —chilló Prue. —Ya oíste lo que dijo el profesor Brain —le recordó Pam. —Si esperamos mucho más, será demasiado tarde —urgió Prue—. Mira a tu alrededor. Allí estaban Toxic Shock Sally, con los ojos abiertos de par en par, temblando y sin expresión

alguna,

y Rotting Rita, perdiendo una capa de piel tras otra y a punto de


desaparecer por completo. Suzy Scratcher se rascaba obsesivamente la piel, aprensiva, irritable y respirando con pesadez, mientras que Blogging Bianca tecleaba en un portátil imaginario, salivando visiblemente

por

algún

jugoso

chisme que estaba a punto de

compartir y que arruinaría la vida de alguien. —Por favor, haced algo —suplicó Suzy escarbando aún más en su dermis. Pam no podía soportar ver u oír a sus amigos sufriendo de aquel modo y trataba con todas sus fuerzas de mantener la cabeza fría, y la fe en Charlotte. —No quiero empeorar la situación, Prue. —Sé que tiene que regresar por decisión propia, pero eso no significa que no le venga bien una patadita en el trasero —sonrió Prue alzando la pierna—. Ha llegado el momento de regalarle una noche de miedo, no sé si sabes a qué me refiero. Virginia contempló el desarrollo de la discusión, cómo se sugerían ideas y planes y se descartaban todos, sin lograr alcanzar ningún tipo de consenso. Parecía que estuvieran más preocupados por ellos mismos que por Charlotte. —Lo único que sé es que nada es lo mismo sin ella —dijo Virginia—. La echo de menos. Sabían a lo que se refería. Ellos también la echaban de menos. —No hay nadie con quien hablar de moda —se lamentó CoCo. —Nadie con quien idear extraños bailes para mis actuaciones —se inquietó DJ. —Nadie que toque el chelo invisible en nuestra banda —coincidió Metal Mike. —Nadie que nos enseñe —añadió Virginia. —Nadie que nos comprenda —susurró Rotting Rita. —O nos inspire —concluyó Pam. —Adiós y buen viaje —gritó entusiasmada Maddy—. Tenemos la oportunidad de empezar otra vez. Justo lo que estaba deseando. —Yo también —ladró Prue—. Una segunda oportunidad para odiaros a todos de nuevo.

Charlotte paseó por el salón donde debería haber habido, pero no había, un árbol de Navidad cubierto de luces, adornos y regalos. Gladys no se mostraba muy dispuesta a gastar dinero en nada que no fueran necesidades básicas, sobre todo en lo relacionado con Charlotte.


Se detuvo un instante y contempló con nostalgia el espacio vacío, y le recordó a sus amigos, a Eric, que celebraban la Navidad en el Más Allá, y pensó en lo bien que lo estarían pasando sin ella. Charlotte los visualizó mentalmente pero como imágenes parpadeantes, difíciles de enfocar, igual que los fotogramas rayados de una película familiar olvidada hace tiempo que se está viendo con un viejo proyector. De repente, sintió un golpe de melancolía. ¿No debería haber acudido Eric en su busca? Pero

se

desvaneció

tan rápidamente

como había aparecido, igual que una tortícolis que te recuerda una antigua lesión. Le dolió pensar en Eric, pero no tanto como el día anterior. Así es como funcionan estas cosas, supuso. —El tiempo lo cura todo —se aseguró a sí misma recordando el refrán. Ahora que había regresado, y estaba viva, era difícil albergar cualquier tipo de remordimiento. En aquel instante, el Más Allá estaba perdiendo la batalla por conquistar su mente, aunque todavía controlara su corazón. Charlotte se tumbó en el banco de la ventana, se cubrió con cojines y cerró los ojos. De repente, la habitación en penumbra se volvió negra como boca de lobo. Resultaba fría y aterradora. En un rincón, junto a la cama, apareció un círculo de ondulante humo negro. — Oye , ghostgirl —gruñó una voz espectral a través de la oscura humareda y el pútrido hedor que se expandían por la habitación, sacudiendo los muebles como si un avión sobrevolase la casa a muy poca altura. Charlotte se volvió y descubrió una figura, una chica que no sería mucho mayor que ella y que la miraba fijamente. Vestía una capa negra que caía hasta el suelo, con rosas también negras y plumas de cuervo en torno al cuello. Sus ojos lanzaban destellos verdes. —No me llames así —dijo Charlotte, ofendida y muerta de miedo al mismo tiempo—. Por favor. —¿Por qué no? —siseó Prue—. Esa eres tú. —Ya no —replicó Charlotte con gesto desafiante—. ¿Quién eres? —Prue —respondió airada, dándose cuenta de que la situación era peor de lo que había imaginado—. ¿No te acuerdas de mí? Charlotte miró a la chica de arriba abajo con gesto inexpresivo y después de un minuto se le encendió la bombilla. Más o menos. —Sí. Por supuesto. Solo estoy cansada. —¿Es que piensas que por pedir un pequeño deseo puedes cambiar la vida de todo el mundo?


—En este momento, mi única preocupación soy yo misma. Para variar. Y ahora, si me disculpas, tengo que comprar algunos regalos para mis amigos. —¿Te importa si te acompaño —siseó Prue— para buscar un regalito navideño? Charlotte se encogió asustada cuando el espectro que había delante de ella empezó a girar más y más deprisa hasta convertirse en un torbellino negro. Al alcanzar su máxima velocidad, agarró a Charlotte de la manga y salió volando por la ventana, hacia el vacío, envuelta en una ráfaga de humo acre. En un instante, aterrizaron en la

casa de los

Kensington. En la habitación de Petula, para ser exactos. —Oh, no, fantasma —suplicó Charlotte tapándose los ojos—. Aquí no. —Aquí sí —rio Prue socarronamente, desplegando por completo su terrorífica arrogancia de antaño. —No voy a mirar —insistió Charlotte. —Te digo que mires —le ordenó Prue. Charlotte retiró lentamente los dedos de sus ojos, atemorizada por lo que estaba a punto de presenciar, aunque demasiado familiarizada con ello. Damen se encontraba despatarrado sobre la

cama, hojeando con indiferencia una revista de cotilleos. Esperando. Por fin, una

autoritaria voz rompió el silencio. —¿Pueden vernos? —preguntó Charlotte tímidamente. —No, eres invisible, como siempre. —Entonces, ¿tienes algo para mí? —exigió Petula más que preguntó. —Eso depende —respondió él exhibiendo su mirada más seductora. Charlotte se iba encogiendo, en parte porque estaba invadiendo la intimidad de Petula y Damen, pero sobre todo por los celos. —¿Algo va mal? —preguntó Prue con sarcasmo, interpretando la expresión afligida de Charlotte. —No me refiero a eso —dijo Petula con actitud provocativa, acercándose a los brazos abiertos de Damen y alejándose justo cuando él trataba de atraparla—. Sino a mi regalo. —¡Todavía no es Navidad! —Damen retrocedió. —¡No te vas a librar por un simple detalle técnico! Mucha gente intercambia los regalos antes. Suéltalo. —Cuánta cortesía —gruñó Prue—. ¿Quién no querría ser como ella? Damen estaba desesperado por cambiar de tema, pero Petula decidió presionar en toda la cancha. —¿Qué me has comprado tú? —preguntó él.


—Apuesto a que una entrada para El cascanueces —bromeó Prue. Petula se acercó, contoneándose, y deslizó los dedos por el pelo y los labios de Damen. —El regalo que nunca dejas de disfrutar —dijo ella—. Yo misma. Damen extendió los brazos una vez más. —Felices Fiestas —murmuró con pasión. Petula le agarró las manos y las apartó. —Pero si quieres desenvolverlo… Damen no pudo aguantar más. Y Charlotte tampoco. —Está bien, está bien —se dio por vencido—. Lo cierto es… —¿Sí? —dijo Petula con un tono de voz considerablemente menos romántico. —Que no te he comprado nada. —¡¿Cómo?! —chilló Petula. —Qué considerado —graznó Prue—. ¿Quién no querría un novio como ese? —Tú no le conoces. Prue sintió que estaba tocando la fibra sensible de aquella ruborizada Charlotte. —Tú tampoco. Petula agarró a Damen por el cuello abotonado de su camisa y trató de arrastrarle hacia ella, como un matón cobrando una deuda, pero solo logró acercar más su cuerpo al de él. Lo mismo da, pensó. —¡Todavía! —exclamó Damen—. No te he comprado nada todavía. —¡Por eso las Wendys no me han presentado ningún informe! Soy una chica que exige escuchar las malas noticias al instante. Espera a que las vea. —Andamos todos un poco justos de pasta, eso es todo. —¿Todos? ¿Estás tratando de decirme que las Wendys también tienen las manos vacías? —La cabeza vacía, más bien —dijo Prue riendo como una loca. —¡No te preocupes! Tenemos un plan —aseguró Damen. Petula cruzó los brazos y dio golpecitos impacientes con el pie. —El reloj navideño está avanzando, Damen. —No solo para ti, ricitos de oro — murmuró Prue en voz baja, pero lo suficientemente alta como para que Charlotte la escuchara. —¿Qué habéis maquinado? —exigió saber Petula. —Es una sorpresa —respondió Damen—. No puedo contártelo. Lo prometí. —¿Sabes cuál es mi lema? —preguntó Petula—. Las promesas son para romperlas. Así que dímelo.


La reacción de Petula fue casi una agresión sexual: frotó su cuerpo contra el de Damen, agarrando con fuerza su rostro y metiéndole la lengua hasta la garganta, como si fuera una cánula de intubación. —Va a acabar con él —murmuró Charlotte—. Sácame de aquí. —¿Es que no quieres ver cómo termina? —preguntó Prue con picardía. —Creo que ya lo sé. Prue se la llevó de inmediato, esta vez al centro de la ciudad. Charlotte no pudo evitar atragantarse mientras se dispersaba todo el humo negro. Entonces vio a Scarlet, aparentemente dispuesta a entrar en una agencia de viajes. —¿Adónde va? —Probablemente esté planeando su huida de este agujero infernal, como todo el mundo — respondió ásperamente Prue mientras miraba con desaprobación a Charlotte—. Bueno, casi todo el mundo. Scarlet se detuvo y contempló el escaparate de la agencia de viajes, reflexionando frente a un siniestro cartel de lo que parecía un viaje a Polonia, pero no entró, sino que continuó hacia la tienda contigua de música indie acarreando un saco de CD. Charlotte y Prue la siguieron. La tienda era pequeña y lúgubre, pero estaba bien ordenada y tenía el material distribuido por género, estado —segunda mano o nuevo— y formato —vinilo, CD e incluso casete—. Las paredes estaban empapeladas con carteles de conciertos antiguos y las estanterías aparecían decoradas con recreaciones de tocadiscos y radiocasetes, recuerdos de otra época. Merry Christmas (I Don’t Want to Fight Tonight) [7], de Los Ramones, sonaba a todo volumen por los altavoces. Algunos discos navideños clásicos junto a la caja registradora eran la única concesión a la época festiva. [7] «Feliz Navidad (No quiero discutir esta noche)».

—Hola, Scarlet —saludó el dependiente, de aspecto modernillo. —Hola. —¿Qué te trae por aquí? —Vender algunas cosas. Scarlet le alargó una pila de vinilos y discos compactos. —Un material interesante. Tienes buen gusto, como es habitual —la felicitó—. Debe de resultar duro deshacerse de ellos. Es como tu pasado, ¿verdad? —Siempre lo es —dijo ella—. Pero algunos no son tan buenos como los recordaba, seguro que sabes a qué me refiero. —No.


—En ocasiones, es necesario progresar. —Sabias palabras —dijo Prue. Charlotte simplemente miraba, paralizada ante su amiga. —Además, mi hermana Petula los ha estado cogiendo «prestados» y me los devuelve con todo tipo de manchas originales —se quejó Scarlet—. No quiero proporcionarle la banda sonora para su vida sexual. —Claro —respondió él con gesto de repelús—. De todas formas, supongo que podrás descargártelos en el teléfono. —Podría, pero… —No lo harás. Lo sé. No es lo mismo. El dependiente hizo los cálculos y le ofreció a Scarlet los mejores precios que podía. Le acercó el dinero. —¿Esto es todo? —Es lo máximo que puedo darte — respondió él repasando los vinilos—. A nadie le interesa ya esto. No tienen mucho valor. Las palabras del dependiente le sonaron familiares y un agudo dolor asomó de nuevo su feo rostro desde las profundidades de su infancia. —Excepto para mí —dijo Scarlet—. Bueno, es duro ser una chica analógica en un mundo digital. —El tiempo no se detiene para nadie —sugirió él. —Definitivamente no. Scarlet se guardó el dinero en el bolsillo del abrigo y se dispuso a salir. —¿Vas a comprar regalos de Navidad para alguien? —Para mí —dijo ella—. Tal vez. Charlotte estaba intrigada. —Qué guay —respondió el chaval. —¿No son una locura las estupideces que hace la gente en Navidad? —reflexionó Scarlet—. Cosas que ni siquiera harían por ellos mismos. —Y que lo digas —dijo él—. Hay demasiada presión. —Escucha esto. Las amigas de Petula están planeando engañar a esa tía que las acecha y las sigue por todas partes para arrastrarla a alguna locura. Probablemente lo haga solo para tener la oportunidad de congraciarse con ellas y con mi hermana. Espero que no se lo trague, pero si lo hace, será su funeral. Ni más ni menos lo que se merece. —Qué dura —observó Prue.


Las palabras de Scarlet hirieron profundamente a Charlotte. —Quiero irme a casa —pidió Charlotte con lágrimas incipientes—. ¡Por favor! —Como quieras —aceptó Prue, segura de que finalmente había causado el efecto deseado en ella. Regresaron a casa de Charlotte. —¿Has terminado? —preguntó Charlotte una vez recompuesta—. Porque, como te dije antes, tengo que comprar algunas cosas para mi amiga y se está haciendo tarde. —¿Tu amiga? ¿Qué amiga? ¿Es que no has entendido nada? Nosotros somos tus amigos, Charlotte. —Todo cambiará cuando me conozcan. Resultaba evidente que cuanto más tiempo permaneciera Charlotte allí, más difícil sería convencerla de regresar. Prue tuvo la sensación de estar hablando con una extraña, literalmente. —Siento decírtelo, pero nada ha cambiado en ellos, solo en ti. Tal vez te sientas más cercana a Scarlet, Petula y las Wendys, o incluso al rompecorazones Damen, pero sigues siendo invisible para ellos. Fue ghostgirl quien los cambió, quien los conoce, no Charlotte. —¡Eso no es cierto! Damen habló conmigo ayer en la calle y las Wendys incluso me han propuesto firmar la felicitación de Navidad para Petula. ¡Mi nombre justo debajo de los suyos! —¿Es que no recuerdas todo lo que te han hecho? —le explicó Prue—. Me has contado tantas veces esas historias que me las sé de memoria. —Sí, bueno, pero eso fue antes. —No, ahora, es ahora, Charlotte. Esto es el antes. ¿Es que no lo ves? Al regresar, lo has desbaratado todo. —Pues estupendo, porque había un montón de cosas que era necesario desbaratar —replicó Charlotte con desdén. —No puedo creerlo. Habías progresado tanto… Todos nosotros — exclamó Prue lanzando las manos al aire con frustración. —Supongo que eso depende de lo que signifique para ti progresar. Tengo una segunda oportunidad y no voy a fastidiarla. —Son malos y mezquinos, Charlotte. Te han tratado injustamente toda tu vida. Apenas merecían todo lo que hiciste por ellos, y mucho menos lo que estás haciendo ahora. —Son buenas personas, Prue, digas lo que digas —afirmó Charlotte repasando su aspecto con altanería en el espejo del pasillo—. Estoy segura de que lo son.


—La situación es peor de lo que nos contó Virginia —refunfuñó Prue—. Estás sufriendo una regresión absoluta. Estás atrapada. Te está comiendo viva. Te está consumiendo. —Simplemente tienes celos de que yo esté viva y tú no. Tal vez por eso tus ojos se han puesto tan verdes —se burló Charlotte recorriendo con las manos su rostro, sus brazos y sus piernas—. ¡Tienes envidia de mi cuerpo! El dolor era evidente en los ojos de Prue y Charlotte se sintió mal por haber hecho un comentario tan insensible, pero le molestaba que la criticaran, que cuestionaran sus fantasías. Prue sintió la tentación de soltarlo todo. De explicarle a Charlotte lo que su regreso a Hawthorne podría significar para todos ellos, las personas a las que quería, o a las que al menos había querido. Pero Prue recordó las palabras del profesor Brain y decidió adoptar otra estrategia, una que podría aportarle mejores resultados. —Y ¿qué pasa con Eric? —preguntó Prue—. ¿Estás dispuesta a darle de lado sin más? —¿Eric? No le veo por ninguna parte. ¿Y tú? Esta vez el dolor se reflejaba en los ojos de Charlotte. Prue suavizó el tono. Se consiguen más cosas por las buenas, se repetía sin parar tratando de no estrangular a Charlotte con sus propias manos fantasmales. —Fue solo una pelea de enamorados. No algo por lo que cambiar toda tu muerte. —Para ti, tal vez —se quejó Charlotte mientras se dirigía hacia la puerta principal—. Pero en lo que a mí respecta, Eric ha dejado de existir. ¡Igual que todos vosotros! —¿Te das cuenta?, como ahora estás viva, podría matarte… —la amenazó Prue con la voz temblando de rabia. —Y ¿te das cuenta tú?, como estás muerta, no puedes matarme. Ahora, si me disculpas, tengo algunas compras que hacer —respondió Charlotte, estremeciéndose de miedo cuando los ojos de Prue adquirieron un intenso color rojizo. Prue alzó la capa por encima de su cabeza y el humo negro empezó a rodearla y envolverla como cientos de brazos de almas perdidas en el más allá. Prue se abalanzó hacia Charlotte, que se había hecho un ovillo en el suelo para protegerse, y se precipitó sobre ella. Las manos de humo se aferraron al cuerpo de Prue y tiraron de ella hasta que finalmente desapareció por la ventana. —Terroríficas Navidades —exclamó Prue, mientras las manos la sujetaban y su voz gemía en la helada oscuridad— y un próspero susto para todos.


Scarlet llegó a casa y subió las escaleras a saltos, de forma ruidosa, con la esperanza de interrumpir cualquier actividad ilícita que se pudiera estar desarrollando en la habitación de Petula. Resultaba incluso más nauseabundo al estar tan próxima una fiesta sagrada. Petula y Damen seguían a lo suyo, a juzgar por el ruido que se colaba por debajo de la puerta del dormitorio y se desparramaba por el pasillo. Era imposible ignorarlo, aunque Scarlet no estaba segura de si se trataba del final de una sesión de sexo o del inicio de un interrogatorio. Posiblemente ambos, consideró. —Enfermos —dijo Scarlet al pasar, pero se paró de repente para escuchar a hurtadillas, vencida por la curiosidad. —¡Dímelo! —ordenó Petula. —No te vengas abajo, tío —susurró Scarlet para sí misma. Sin embargo, resistir los encantos de Petula era demasiado, incluso para un capitán del equipo de fútbol. —Está bien —dijo él. —Vamos, Damen, échale bolas navideñas, por Dios —masculló Scarlet. —Las Wendys van a trabajar como modelos esta noche en esa exposición que hay en la ciudad. —¿Como modelos? —exclamaron las dos Kensington simultáneamente. Una mirada envidiosa surcó el rostro de Petula. —Para conseguir dinero para tu regalo —explicó Damen vagamente—. Una historia de ataúdes transparentes y enterrarlas vivas o algo así. Scarlet repasó la conversación que había tenido con las Wendys, deseosa de encontrar alguna pista de lo que tramaban. —¡Alucinante! —gritó Petula enjugándose una única lágrima—. ¿Van a sacrificar sus vidas por mí? Qué festivo. No tendremos esa suerte, pensó Scarlet. —Será un minuto —aclaró Damen—. Además, estoy seguro de que encontrarán a alguna imbécil que lo haga por ellas. —Charlotte —murmuró Scarlet confirmando sus sospechas. —Y ¿qué tienes que hacer tú? —Yo soy el enterrador —respondió Damen con una sonrisa visible desde el espacio exterior —. Las bajaré al agujero. Petula se recompuso rápidamente y regresó al tema que la ocupaba. Aquel cotilleo la había excitado más incluso que el propio Damen.


—Humm —caviló Petula repasando los horarios nocturnos de todas sus tiendas favoritas—. Será mejor que tengáis tiempo para gastaros ese dinero en mí. —Todo

abre

hasta

tarde

—dijo Damen con voz esperanzada—. Solo quería poder

comprarte algo especial. Petula se derritió. —¡Oh, mi pequeño Papá Noel! Scarlet se metió los dedos en la garganta en un intento de vomitar y se escabulló. —Que quede entre nosotros, ¿vale? —dijo Damen atrayendo a Petula de nuevo hacia él—. Les dije a las Wendys que no lo descubrirías. —Te lo prometo.

Scarlet y Petula entraron en la cocina de los Kensington casi al mismo tiempo. —Pareces bastante relajada — observó Scarlet, aludiendo al típico frenesí que mostraba Petula en Nochebuena—. ¿Conseguiste arrancarle los detalles a Damen? —¿Qué detalles? —Los de tu regalo. Ya sabes, por el que casi amenazas su vida. Scarlet no le confesó que lo había escuchado todo a hurtadillas y Petula le restó importancia al asunto, sin querer compartir con Scarlet la información que había cosechado. Era el juego pasivo-agresivo del gato y el ratón en el que solían enzarzarse con frecuencia. —Ah, eso. No exactamente. Parece que es un gran secreto —mintió Petula a través de sus blancos dientes postizos. Estaba ensimismada y apenas concedía un instante de reflexión a sus respuestas mientras repasaba de memoria una vez más una lista de regalos tan larga que se enrollaba en su extremo final. —¿Sabes?, algún día Damen se dará cuenta de que no tiene por qué aguantar tus estupideces y te dejará por otra —se burló Scarlet. —¿Como quién? —preguntó Petula, sin alzar siquiera los ojos—. ¿Como tú? Petula soltó una estridente carcajada de bruja, más humillante que cualquiera que Scarlet le hubiera escuchado jamás, y regresó a su lista. Scarlet empezó a partir ruidosamente los brazos y las piernas de un muñequito de galleta de jengibre que Petula acababa de hornear y se dispuso con regocijo a asistir a la explosión de ira de su hermana. Le encantaba sacarla de sus casillas. Daba igual que fuera Navidad o


su cumpleaños. Scarlet y Petula habían heredado la misma vena malvada, solo que se manifestaba de diferentes maneras. —¡Sesos! —exclamó Scarlet masticando la cabeza del hombrecillo de galleta—. ¡Un hombre de galleta muerto! —¿Puedes dejar de hacer tanto ruido? —dijo Petula, sin atender apenas al comportamiento tipo zombi de Scarlet. —¿Te has tomado un tranquilizante o te han hecho una lobotomía o algo así? —¿Eh? —¿Qué estás haciendo? —Ah, estoy repasando mi lista de regalos para Papá Noel. —Querrás decir para mamá —corrigió Scarlet. —¡Basta ya! —gritó Petula—. Me vas a equivocar. —¿Equivocarte? Con que te regalasen una décima parte de lo que hay en esa lista podrías abrir tu propia tienda en internet. —No es mala idea —respondió Petula concentrándose de nuevo en el rollo de papel—. Les tomaré el pelo a las Wendys con eso, si sobreviven. —¿Si sobreviven? —preguntó Scarlet con timidez. —No se lo digas a nadie, pero Damen me ha contado que las van a enterrar vivas a medianoche para conseguir dinero para mi regalo. Podría ser peligroso. Voy a darles una sorpresa y a mostrarles mi apoyo presentándome allí. —¿Para

ayudarlas?

—preguntó Scarlet, conmovida porque, aparentemente, hubiera

sobrevivido algo de humanidad en la ennegrecida alma de su hermana. —No, para conceder entrevistas — replicó Petula—. Lo van a grabar. Por no mencionar que habrá cámaras por todas partes si ocurre algún infortunado accidente. Y polis y bomberos sexys. —Y eso es el espíritu navideño para ti —dijo Scarlet masticando unos cuantos brazos y piernas de galleta más. —¡Oye!, caníbal navideña —exclamó Petula dándose cuenta por fin del galleticidio que estaba cometiendo Scarlet—. ¡Le estás haciendo daño! Sentía más compasión por una galleta, observó Scarlet, que por sus amigas más cercanas. —No me creo que vayan a hacer nada remotamente peligroso por ti, ni por nadie. —Yo tampoco —coincidió Petula reuniendo algunas migajas de galleta con las puntas de los dedos y llevándoselas a la boca. —Cuidado —dijo Scarlet—, no comas mucho de eso. Podrías engordar.


—¡Scarlet! —Lo siento, quiero decir seguir gorda. Petula escupió de inmediato la papilla de jengibre en una servilleta. No debía romper su famosa dieta navideña. No podía probar todo lo que le apeteciese sin temor a las calorías. —Por cierto, ¿qué has pedido tú para Navidad? —le sonsacó Petula. —Qué más da, de todas maneras nunca me traen lo que quiero. —No hagas pucheros —respondió Petula—. Puedes quedarte con todo lo que a mí no me guste. —Como todos los años —farfulló Scarlet—. Soy la única hermana que conozco que hereda la ropa con las etiquetas puestas.


Tiempo presente Las compras navideñas son una carrera en la que se decide qué se agota antes, si nuestra cartera o nuestros pies. Desde las liquidaciones posnavideñas hasta las campañas anteriores a las fiestas, que cada temporada empiezan antes, se pone a prueba

la

resistencia

de nuestra cuenta bancaria,

nuestra paciencia y nuestro cuerpo a lo largo de casi todo el año. La clave para tener éxito y mantener la cordura es aguantar el ritmo. Optar por correr como si fuera un maratón o un sprint es, en última instancia, decisión de cada uno. Prue regresó al complejo con aspecto exhausto y rostro lúgubre. Abatida. —¿Nada? —preguntó Pam con la voz realzada por un débil sonido aflautado. —No —dijo Prue—. La situación es grave. —Aquí también —la informó Pam señalando a lo lejos a los alumnos de Muertología, que antes preparaban alegremente las fiestas y ahora se encontraban desperdigados, como inservibles, igual que envoltorios de regalo el día después de Navidad. —Lo he intentado todo: hacerle sentir culpable, asustarla, amenazarla de muerte. No le interesa regresar. No nos escuchará. —A mí sí —aseguró Pam reuniendo sus últimas fuerzas. —No sé, Pam. Esto parece ir más allá de los lazos de amistad o hermandad o… cualquier cosa —gimió Prue—. Nos ha olvidado. —¿Qué otra opción nos queda? —Estás demasiado débil para volver allí —alegó Prue—. Existen más posibilidades de que te quedes atrás, de que seas absorbida, que de que Charlotte regrese. —Tengo que intentarlo —dijo Pam. —En estos momentos eres tan vulnerable —insistió Prue—, que haría falta un milagro. Violet solo asintió con la cabeza, regresando al silencio del que se había librado durante tanto tiempo. Rita seguía con su empeño de atrapar las criaturas que salían arrastrándose de las cuencas de sus ojos para colocarlas en ganchos y colgarlas de las ramas del árbol en un vano intento de decoración, pero incluso los insectos le resultaban demasiado rápidos y pesados. De los ojos de Virginia comenzaron a brotar lágrimas. Pam alzó la cabeza y recorrió la escena crepuscular: las luces navideñas perdían cada vez más intensidad, los adornos se quedaban sin lustre, las voces de los ángeles en las alturas se volvían más y más difíciles de escuchar. La fuerza, la esperanza los iban abandonando a todos a gran velocidad.


—Bueno, esta es la época de los milagros —exclamó Pam casi cantando y sintiendo un vigor momentáneo, para luego quedar totalmente aturdida. Se agarró el cuello y emitió una hiperventilada melodía con staccato. —¿Acabo de oír un sonido silbante en tu garganta? —aulló Kim, como si acabara de escuchar el cotilleo más suculento de divulgar. —¡Piccolo Pam ha regresado! — anunciaron juntos Simon y Simone, atrayendo la atención del sombrío grupo igual que un altavoz doble en un partido de fútbol, como solo harían unos gemelos de mente retorcida. —No os acostumbréis —dijo Pam mientras se marchaba, dispuesta a recuperar a su amiga y su futuro. —Ha sido tan bonito escuchar el flautín de Pam… —dijo Gary—. Desapareció antes de que yo llegara aquí. —Lo dices como si fuera algo bueno—comentó Prue con actitud sombría.

La noche anterior a Navidad había llegado. O en este caso, la pesadilla. Hacía cada vez más frío. La temperatura y el sol descendían juntos, como amigos de la escuela que juegan al corro de la patata sobre la hierba amarillenta. Charlotte miró al cielo, hacia la parpadeante luz del atardecer. Ni rastro de él, pensó. Charlotte se abotonó el abrigo hasta el cuello, franqueó rápidamente la puerta principal de la casa y respiró hondo. Retuvo el aire tanto tiempo como pudo, sintiendo circular el frío por sus pulmones, y luego lo soltó, contemplando cómo el aliento se transformaba en bruma para luego disiparse. Era su fantasma, pensó, volviéndose visible, alejándose de ella. La última bocanada de aire de su antiguo yo. Aquello la relajó del mismo modo que un baño caliente después de un día duro reconfortaría a cualquier otra persona. Estaba escapando. Le había costado mucho tiempo dejar atrás su vida, pero ahora era de su muerte de lo que se estaba despidiendo. —Bueno, no serán las primeras Navidades que paso sola —murmuró. Charlotte cruzó la calle, pasó junto a los contenedores y atravesó el fétido callejón que había tras la casa de empeño del centro comercial. Nadie habría dicho que era Navidad, a juzgar por el aparcamiento casi vacío. Por ninguna parte se veía a los vendedores de árboles


navideños que bordeaban las aceras en el centro de la ciudad, ni tampoco a los Papá Noeles del Ejército de Salvación que recogían donativos. Eran muy pocos los que tenían ganas o recursos para las ofrendas o las compras. Incluso las campanas de las iglesias, que se estaban preparando para los servicios matinales de Nochebuena, eran más difíciles de escuchar en el humilde barrio de Charlotte. La celebración al completo, todo, parecía un simple eco en la distancia. No recordaba un ambiente tan tristón en Navidades pasadas, aunque tenía la costumbre de idealizarlo todo, como le había recordado aquel pequeño fantasma. A veces, en extremo. Sin embargo, el pasado no importaba, ya que lo maravilloso de la Navidad era que ofrecía la esperanza de que las cosas pudieran cambiar. Y si alguien lo había experimentado de primera mano, era ella. Charlotte restó importancia al dilema metafísico que se gestaba en su mente y regresó al asunto que tenía entre manos. —Cuando la situación se complica — dijo para insuflarse ánimos—, ¡los duros se van de compras! Sin prestar atención al entorno, Charlotte entró en la casa de empeño prácticamente de un salto. Carecía de dinero para gastar, pero disponía de mucho tiempo para mirar e iba a aprovecharlo al máximo. Lo primero que la sorprendió fue el olor. Era añejo, como dentro del armario de Gladys, que tenía la moqueta del suelo manchada y leves rastros de moho que surgían en las paredes a través de las grietas del yeso. Recorrió las vitrinas de cristal repletas de objetos curiosos y recuerdos de todo tipo: desde reliquias de familia hasta fósiles, algunos humanos. Las joyas heredadas y los instrumentos musicales compartían estantería sin ningún problema con navajas antiguas y coleccionables cursis. Del techo, parecían descender en picado pájaros disecados de todas las especies, congelados en pleno vuelo justo a la altura de los ojos, con adornos navideños colgando al azar de sus garras. Por todas partes se esparcían objetos valiosos y ridículos, compitiendo por la atención de un posible comprador. Piezas que antaño fueron queridas,

necesitadas,

codiciadas, y que ahora se encontraban huérfanas, tras ser entregadas como parte de un pago para ser vendidas a un precio mayor. Una cornucopia de cosas indeseadas, como niños abandonados en el umbral de una iglesia. Charlotte se sintió sorprendentemente cómoda. Se detuvo junto a la primera vitrina, se inclinó sobre ella y empezó a sentir pánico, casi abrumada por la cantidad de mercancía y por no tener ni idea de lo que buscaba en realidad, cuando ¿qué apareció ante sus asombrados ojos? Una figura familiar, vestida con arrugado terciopelo color carmesí y cuero negro, de pie en el extremo opuesto de la tienda, inspeccionando los mostradores con tanta intensidad como ella. Uno en particular.


—Scarlet —dijo Charlotte con una sonrisa. Charlotte deseaba echar a correr y estrecharla entre sus brazos, pero esa chica no era su Scarlet. Al menos, no de momento. Necesitaba abrirse paso de nuevo hacia la conciencia, el corazón, el alma de esta Scarlet. Y qué mejor manera que con un regalo. —Esto…, ¿hola? —dijo Charlotte con cautela. Scarlet volvió el rostro hacia ella. —Vaya, hola —respondió, sorprendida de ver en la tienda a alguien conocido, aunque remotamente. No ha sido un mal comienzo, pensó Charlotte. —¿Qué haces aquí? —preguntó Charlotte sin rodeos, encogiéndose antes de haber pronunciado la última palabra. —¿Tú qué crees? Comprar regalos. A pesar del tono desdeñoso de Scarlet, Charlotte se sintió autorizada a seguir la conversación. Cierto era que Scarlet se encontraba allí sobre todo porque no disponía de mucho dinero, pero cualquiera que fuese la razón, lo importante era que las dos estaban comprando en el mismo lugar. —¿Para Petula? —preguntó Charlotte, emocionada de nombrar a su ídolo venerado. —No —respondió Scarlet burlándose del entusiasmo de Charlotte—. Para mí. —Qué bien —dijo Charlotte, incómoda, recordando a quién se enfrentaba—. ¿Hay algo que te guste? —No mucho. Solo esto. Vengo de vez en cuando a mirarlo. Supongo que es algo así como ir de escaparates. Scarlet dirigió la atención de Charlotte hacia un gato de juguete negro, de segunda mano pero bien cuidado. Charlotte lo reconoció, aunque no supo de qué le sonaba. —¿Solo lo miras? ¿Por qué no ahorras y te lo compras, o algo así? —No se trata del precio —respondió Scarlet—. Es especial. Debería ser un regalo de alguien especial. —Claro —dijo Charlotte—. Recuerdo que él lo dijo. —¿Cómo? —Nada. Charlotte conocía la historia de Scarlet y el gato gracias a Virginia. Esto era exactamente lo que necesitaba. Alzó los ojos en un vano esfuerzo por agradecer a Virginia la revelación, pero solo eso. —Tú eres especial —soltó Charlotte.


Scarlet la miró como a un experimento de laboratorio, tratando de comprender a la extraña criatura que tenía frente a ella. —Lo que quiero decir es que tal vez Papá Noel te lo traiga algún año — añadió Charlotte. —Nunca se sabe —admitió Scarlet—. Aunque no pondría la mano en el fuego por ello. —Estoy segura de que tu madre… —A mí nunca me regalan lo que quiero —exclamó Scarlet de repente. —¿Por qué? —En primer lugar, porque a mi madre no le gusta alentar mis aficiones paranormales, lo que resulta absurdo, ya que la Navidad es probablemente el acontecimiento más paranormal de la historia, si te paras a pensarlo —explicó Scarlet con actitud teatral—. Y en segundo lugar, porque no me llamo Petula. —Estoy segura de que tu madre os quiere a las dos por igual —dijo Charlotte. —Sí, pero Petula absorbe toda la generosidad que hay a su alrededor, y que sale de la cartera de mi madre, no sé si sabes a qué me refiero. Scarlet soltó una carcajada maliciosa y Charlotte sofocó con la mano una leve risita. —Supongo que sí. —Y tú ¿qué haces aquí? —preguntó Scarlet con indiferencia mientras dirigía de nuevo la mirada hacia la vitrina de cristal. —También estoy comprando regalos. —¿Para alguien especial? Una conversación de chicas. Estaban compartiendo cosas. Charlotte tuvo que reprimir el impulso de rodearla con los brazos, de achucharla, de decirle cuánto la había echado de menos. —Sí —respondió Charlotte con dulzura. —Un verdadero detalle —comentó Scarlet. —Gracias —respondió Charlotte—. Sería mejor si tuviera algo de dinero para gastar, aunque pronto lo tendré. —¿De verdad? ¿De dónde vas a sacar pasta justo antes de Nochebuena? Ahora era Scarlet la que dirigía la conversación. —Las Wendys, quiero decir, Wendy Thomas y Wendy Anderson, ¿las conoces? —Sí, las conozco —Scarlet frunció los labios igual que si se hubiera bebido un trago de leche caducada. —Oh, claro que las conoces —dijo Charlotte sintiéndose de nuevo incómoda. —¿Por qué? —preguntó Scarlet, aunque no estaba segura de querer escuchar los detalles.


—Me van a dejar que participe con ellas en una historia que van a hacer más tarde para ganar algo de dinero extra. —Sí, se lo oí contar a mi hermana. —¿De verdad? —Charlotte estaba impresionada. Scarlet y Petula habían hablado de ella. —Oye, lo cierto es que estaba deseando tropezarme contigo. Charlotte empezó a sentirse abrumada. Sin embargo, el estado de ánimo de Scarlet se tornó de repente mucho más sombrío. Esta era su oportunidad de evitar un poco de humillación a Charlotte y de darles unas cuantas cucharadas a las Wendys. —Sabes que las Wendys no son tus amigas, ¿verdad? —¡Todavía no! —soltó Charlotte, sufriendo una regresión casi total. —No lo entiendo —gritó Scarlet—. Por qué tanta obsesión con esa gente. Las Wendys. Petula. Incluso Damen. —Porque lo tienen todo —resumió Charlotte. —¿Qué tienen? —insistió Scarlet—. ¿Belleza? ¿Estilo? ¿Pose? De acuerdo, no es que sean de mi agrado, pero imagino que todo depende del color del cristal con que se mire. Aun así, ¿sabes lo que no tienen? —¿Qué? —preguntó Charlotte sinceramente. —Alma. Charlotte sabía algo de almas. —No sé. Damen y Petula parecen tener una buena… —No tienes ni idea de cómo le trata ella en la intimidad —la interrumpió Scarlet—. Damen no es un novio, es un maldito preso. —Bueno, pues si alguna vez ve la luz, ¡yo estoy disponible! Scarlet ignoró el comentario de Charlotte y continuó con su perorata. —Es una vergüenza, de verdad, porque en el fondo es un buen tío. Un poco corto, pero bueno. —Tal vez le iría mejor con otra persona. Alguien como… tú. —¡Me troncho! —se carcajeó Scarlet. Charlotte simplemente sonrió. Scarlet la observó, allí de pie y con ese aire de inocencia. —Oye, en realidad no nos conocemos de nada, pero siento que necesito decirte esto. Ten cuidado. Esas tías son puro veneno. Se aprovecharían de cualquiera para conseguir lo que quieren. Charlotte se ruborizó de vergüenza.


—No soy estúpida, ¿sabes? —se quejó en voz baja. —Yo no he dicho eso —respondió Scarlet suavizando un poco la dureza de su voz—. Solo trataba de ayudarte. —Gracias por preocuparte por mí —dijo Charlotte. Entonces, alzó la mirada hacia Scarlet y sus ojos se encontraron. Conectaron. —Bueno, tengo que irme. Feliz lo que sea —exclamó Scarlet interrumpiendo aquel instante de intimidad. —Feliz lo que sea para ti también —contestó Charlotte alegremente. —Ah, y solo porque hoy haya sido amable contigo, no esperes que lo sea la próxima vez que te vea. Si se lo cuentas a alguien, lo negaré. —Pero ¿podrías serlo? —Estamos en la época de los milagros. Scarlet se alejó y Charlotte regresó a la vitrina para contemplar el gato que la muchacha había estado mirando. —¿A qué hora cierra esta noche? —preguntó Charlotte al prestamista.


Esta Navidad La Navidad es el momento de recibir aquello que se desea. Aunque también es el momento de no recibirlo. Lanzamos indirectas, elaboramos listas, enviamos cartas a Papá Noel, todo con la esperanza de que nuestros deseos se cumplan, de que nuestros pedidos sean atendidos. Mientras contemplamos con expectación los regalos de debajo del árbol y al abrirlos con la respiración agitada, tenemos toda nuestra ilusión puesta en que nuestros anhelos se hagan realidad, aunque en ocasiones suframos una demoledora decepción al descubrir que nuestros sueños están «agotados». Eric, DJ y Mike estaban alicaídos. Casi no parecía Navidad. —¿Qué pasa, tío? —preguntó DJ—. ¿A qué viene esa actitud? —Lo siento, colega. Es que me siento así —respondió Eric. —¿Así, por qué? ¿Por el gran apagón o por Charlotte? —Por ambas cosas, imagino. —¡Tranquilízate! —Mike lanzó su mejor aullido heavy metal—. Volverá. —No sé, Mike. —¿No sabes si volverá o no sabes si te importa? —Ambas cosas. —Ahora tengo claro que estás mintiendo —dijo DJ—. Lo tienes escrito en la cara. —Ella fue la que se largó, no yo. Yo no voy por ahí haciéndole sentir como si prefiriera estar en otro lugar. —Ya conoces a Charlotte, tío —se lamentó Mike—. Eso son solo palabras. Ella te quiere, tío. — Y tú la quieres a ella —intervino DJ—. No disimules. —No más Electric Eric’s Lonely Hearts Club Band —cantó Mike tratando de relajar el ambiente—. ¿De acuerdo? —¿Qué está haciendo Charlotte allí y con quién lo está haciendo? —preguntó Eric, pero ninguno pudo contestarle.

Las Wendys fueron las últimas clientas del salón de belleza Curl Up N’ Dye[8]. No solo porque la esteticista fuera a cerrar temprano por Navidad, sino porque lo habían planeado así. Para proteger su sesión de maquillaje y peluquería de ojos curiosos, hackers los llamaban ellas, que tal vez trataran de grabar y difundir la encarnación de su último estilo.


[8] «Rizar y teñir» o «Acurrúcate y muere». Juego de palabras entre los dos posibles significados de curl up (rizar y acurrucarse) y los homófonos dye (teñir) y die (morir).

—Chicas, os dejo las llaves —dijo la esteticista—. Aseguraos de cerrar bien. —Es casi la hora —avisó Wendy Thomas—. ¿Qué vamos a ponernos? —No estoy segura —caviló Wendy Anderson—.Nunca he estado en una fiesta navideña barra funeral. Estaba pensado tal vez en ¿una mortaja con rayas como un bastón de caramelo? —¿Y plataformas? —¡Zapatos de elfo negros y con tacón alto! —exclamó Wendy Anderson alcanzando su bolsa de equipaje y sacando el material—. ¡Nada menos que abiertos por delante! —A ver si los detractores de la moda han conseguido sacar una imitación para medianoche —proclamó Wendy Thomas con arrogancia, ofreciendo a su amiga del alma el puño para un rápido choque de nudillos. Mientras las sonrisas de sus rostros quirúrgicamente arreglados dejaban paso poco a poco a su típico gesto mohíno, las Wendys hicieron algo poco habitual en ellas: reflexionaron. —¿Sabes?, estoy empezando a replantearme todo esto. —Ten en cuenta la alternativa, Wendy. No podemos decepcionar a Petula. Además, Damen está de camino para recogernos. —Bueno, gracias a Dios tenemos a esa tía que nos sigue a todas partes. Ella irá primero. Las Wendys se atrincheraron en el baño, se cambiaron de ropa y salieron al salón para darse los últimos retoques en los espejos de la pared. —Estoy lista para derretir algo de nieve —dijo Wendy Anderson repasando su aspecto—. Qué sexy. —¡Este atuendo está garantizado para despertar a los muertos! —añadió Wendy Thomas levantándose un poco el busto entre los botones de la chaqueta. Volaron los halagos, rápidos y frenéticos, seguidos por una competitiva ronda de poses que impulsó una reacción en cadena de autoensalzamiento en las dos artistas del espejo. —You better watch out. You better not try. You have no clout, I’m telling you why. The Wendys are coming to town[9] —cantaron las dos. [9] «Ve con cuidado. Será mejor que ni lo intentes. No tienes ninguna posibilidad y te voy a decir por qué. Los Wendys están llegando a la ciudad».

Una atronadora bocina interrumpió desde el exterior su momento de narcisismo. —Es Damen —dijo Wendy Thomas quitándose el peinador de plástico del pecho y cogiendo su abrigo de piel.


—Me encanta —exclamó Wendy Anderson—. ¿Es de imitación? —No, es de foca bebé. —Qué envidia —respondió desdeñosa Wendy Anderson. Las Wendys se dirigieron con dificultad hacia el coche de Damen y saltaron dentro. La expresión culpable en el rostro de él las alertó en seguida. —Escuchad, tengo algo que deciros. El gesto de las Wendys se congeló en una mueca simultánea, como si les hubieran inyectado a ambas un chute de Botox en mal estado. —No puede ser. —Por desgracia sí. Se lo conté a Petula —admitió Damen—. Me apretó hasta sacármelo. —¡Estoy segura de que o fue lo único que te sacó! —¡Para el coche! —gritó Wendy Thomas—. ¿Tienes el pasaporte en el bolso, Wendy? Tenemos que largarnos hacia la frontera. —¡Para qué! Utilizará toda su influencia y sus recursos para averiguar nuestro paradero. ¡No hay ningún sitio donde esconderse! —Tranquilizaos —les ordenó Damen—. Le pareció bien. De hecho, casi se sintió halagada. El alivio de las Wendys fue instantáneo. Cautelosamente, se acomodaron de nuevo en sus asientos. —Acabo de notar cómo se relajaban cada uno de mis siete chakras interiores —admitió Wendy Thomas. —Hemos estado cerca —dijo Wendy Anderson—. Yo no hablo ni una palabra de canadiense. —Yo ídem —coincidió Wendy Thomas—. Además, habría sido una inmigrante ilegal horrible. Damen aceleró y atravesó la ciudad en dirección al centro de convenciones, fantaseando con que se producía un repentino terremoto o un corrimiento de tierra o una avalancha durante la demostración.

Se estaba haciendo tarde. La Navidad iba a dar comienzo, literalmente. Charlotte se sentó contemplando el bonito paquete que descansaba sobre el escritorio de su habitación. Aún no podía llenarlo con ningún regalo, pero pronto lo haría. Sabía que Scarlet estaba en lo cierto, que las Wendys eran unas manipuladoras, pero por alguna razón sintió que dejaba de importarle, cada vez más. Podrían estar utilizándola, pero al menos iban a pagarle. Era más


de lo que había conseguido jamás. Hasta ahora, todos los abusos sufridos habían sido gratuitos. Cerró los ojos con fuerza, como una persona que cuelga del borde de un acantilado y hace todo lo posible por no mirar hacia abajo, mientras notaba cómo la abandonaban los últimos retazos de su antiguo yo. —Charlotte Usher —una voz melódica le dio la serenata. A lo lejos, escuchó unos lastimeros acordes de flautín acompañando a la vocecilla. —No es aquí. —Llamando a Charlotte Usher. Abrió los ojos y allí, de pie frente a su ventana, había una sombra. La larga melena suelta contra la luz de la luna le otorgaba la apariencia de un delgado y hermoso árbol de Navidad. —¿Qué pasa ahora? —preguntó Charlotte. —Soy yo, Pam. Al aproximarse a Charlotte, resultó obvio que no se trataba de un árbol. Era una muchacha pálida con el pelo largo, rojo y rizado. Llevaba puesto un vestido de gasa color esmeralda oscuro y una banda de resplandecientes estrellas doradas en torno a su preciosa cabellera. —¿Quién? —preguntó Charlotte, atónita. —Pam. Tu mejor amiga. ¿Es que no me reconoces? El gesto aterrorizado y el tembloroso rostro de Charlotte le dijeron a Pam todo lo que necesitaba saber. —¿Eres un fantasma? —Sí, y tú también. —¡Yo no! —protestó Charlotte—. Yo estoy viva. Soy de carne y hueso. Humana. —Pero no debería ser así —dijo Pam—. No te corresponde. —Eso suena horrible. —No he venido hasta aquí para hacerte daño. —Entonces, ¿para qué has venido? —Para salvarte. Para salvarnos a todos nosotros. —Yo no necesito que me rescaten. Creo que se lo dejé bien claro a tus dos amigas. —Nuestras amigas. Pam reparó en la caja de regalo sobre el escritorio, detrás de ella. —¿Para quién es eso? —Para una amiga mía. —Por lo que nos contaste, no tenías amigas cuando estabas viva.


—Pues ahora tengo montones de ellas y da la casualidad de que son las chicas más populares del instituto. —Así que ¿has salido con ellas por ahí? ¿Has estado en sus casas? ¿Has conocido a sus padres? —Algo así, bueno, no, pero… —Pero nada —replicó Pam bruscamente—. Y ¿dónde has conseguido dinero para comprar un regalo? —No tengo dinero. Todavía. Pero estaba a punto de marcharme. Voy a repartir con Damen y las Wendys el sueldo de un impresionante trabajo como modelo. Pam no necesitaba escuchar los detalles para saber que a Charlotte la habían liado. Aquella gente no le habría dado ni la hora. —Simplemente no puedes superarlo, ¿verdad? —preguntó Pam con pesar—. ¿Aún no sabes distinguir quiénes son tus verdaderos amigos? ¿Lo que realmente importa en la vida? —Acabas de pronunciar la palabra mágica. Vida. La vida es lo importante. Mientras hay vida, hay esperanza. Nunca se sabe lo que el futuro te depara. —¿De verdad? —dijo Pam con tono amenazador mientras las transportaba a ambas a través del tiempo y el espacio—. Déjame que te lo enseñe. —¿Qué puedes enseñarme tú a mí? —preguntó Charlotte. —El futuro —resonó la voz de Pam mientras el lastimero sonido de su flautín ponía el fondo musical a su partida. Charlotte advirtió que se encontraba en un lugar desconocido, aunque las personas le resultaran familiares. Más o menos. —¡Damen! —gritó una voz chillona—. Ven aquí. Vio a un hombre alto de treinta y tantos años y ojos cansados que respiraba hondo y se levantaba de su escritorio. Una placa le identificaba como director de campaña en la sede del comité organizador de la campaña electoral de Kensington. Pasó lentamente junto a unos carteles apoyados contra la pared en los que se leía: «Kensington, tu candidata al Senado», llegó a la puerta y la cerró tras él. —Ese ¿no puede ser Damen? —preguntó Charlotte con aire vacilante—. ¿Qué le ha pasado? —Ella le consiguió —le explicó Pam señalando a la rubia de peinado perfecto que esperaba a Damen en la estancia contigua—. Tú no. Damen accedió al despacho perfectamente decorado, donde ya se encontraba un reducido número de consejeros de confianza. Era la viva imagen de las salas llenas de humo de la


política de antaño, donde el verdadero bacalao lo cortaban unos cuantos privilegiados. Excepto que esta habitación rezumaba perfume. Y color rosa. —¿Qué pasa? —preguntó Damen con cierta indiferencia. Petula estaba flanqueada por dos mujeres, su asesora para la recaudación de fondos y la directora del departamento de encuestas, ambas con un atuendo idéntico: recogidos de estilo conservador fijados a la nuca con lápices del número 2, gafas de bibliotecaria, chalecos hasta el ombligo con finas rayas, microminifaldas y tacones altos. Damen no estaba seguro de si se encontraba en una reunión de campaña o en el camerino de un club de striptease. —¿Qué pasa? —se burló Petula—. Oh, nada. ¡Nada excepto que está en juego el futuro de este país! —¿Del país? —exclamó Charlotte, confusa pero impresionada. Damen había tenido que soportar estos ataques de ansiedad desde que Petula anunció su candidatura, pero con la presión que suponía la proximidad de las elecciones, su paciencia se había reducido considerablemente. —Deja de exagerar —dijo Damen—. Solo queda una semana para las primarias y los sondeos nos dan diez puntos de ventaja. —No por mucho tiempo —gimió Petula—. Necesitamos tu ayuda. Los lúgubres semblantes del terrorífico trío advirtieron a Damen de que no se trataba del típico caso de paranoia petuliana. —Los periódicos acaban de llamar —dijo Wendy Anderson con nerviosismo. —Les han dado el chivatazo de que han hackeado la base de datos de donantes de nuestro oponente— añadió Wendy Thomas. —¡Es vergonzoso! —exclamó Damen—. ¿Habéis comprobado los cortafuegos por si existe alguna vulnerabilidad en nuestro sistema? La habitación se sumió en un absoluto silencio. —Han rastreado a los hackers hasta esta oficina —le informó Petula tímidamente—. ¡Es un Wendygate!— gimió antes de desplomarse. Las dos Wendys dejaron caer la cabeza avergonzadas. —¿No habréis sido vosotras? —preguntó Damen, estupefacto. —Yo no puedo ir a la cárcel — sollozó Petula—. Soy demasiado importante. —Pues alguien tendrá que cumplir la condena —dijo Damen mirando a las Wendys—. De tres a cinco a años. —Nosotras tampoco podemos —Wendy Anderson se encogió de hombros—. Yo tengo tres tratamientos de rejuvenecimiento en los próximos seis meses que no se pueden aplazar.


—Ya sabes lo complicado que es conseguir una cita médica en estos tiempos —se inquietó Wendy Thomas. Damen veía cada vez más claro el asunto. Petula se acercó a él con actitud seductora. —Como en los viejos tiempos, ¿eh? —observó Pam. —Damen, cariño, alguien tiene que caer. —¡Yo no! —se quejó Damen. —Sí, creo que vas a ser tú —Wendy Anderson se encogió de hombros en señal de disculpa —. Verás, utilizamos tu ordenador. El rostro de Damen se descompuso. —Me habéis tendido una trampa. —Por amor —susurró Petula dulcemente. —¿A quién? —preguntó Damen, disgustado. —¿A quién iba a ser? A mí. —Incluso hemos diseñado para ti unas esposas especiales de «Vota a Petula» —proclamó Wendy Thomas alargándole orgullosa los grilletes estampados con el eslogan y una carita sonriente—. Sabía que apreciarías que nos adelantáramos a todo el escrutinio mediático que seguramente se nos vendrá encima. —No tienes que darnos las gracias —añadió Wendy Anderson. Damen simplemente las miraba, demasiado atónito para mostrar siquiera enfado o decepción. —Ya sabes lo importante que es para mí este asunto de servir a los ciudadanos —razonó Petula—. He pospuesto lo de tener una familia y todo eso. Tengo que hacer creer que no estaba al corriente de nada. —¿Por eso me pediste que congelara mi esperma la semana pasada? —Escucha, una vez que me elijan senadora anunciaré de inmediato mi intención de concurrir a las presidenciales —le explicó Petula—. Sin duda, saldrás de la cárcel con tiempo más que suficiente para convertirte en mi primera dama. —El voto compasivo será una herramienta increíble para recaudar fondos —comentó Wendy Anderson. —Madre soltera, esposa de un convicto condenado por un delito grave, candidata a la presidencia —teorizó Wendy Thomas—. Es tan mediático. La prensa no podrá resistirse. —Y ¿qué pasará conmigo? ¿Con mi reputación? ¿Con mi vida? —El público es muy indulgente —añadió Wendy Anderson.


—Además, las historias de redención funcionan realmente bien en las urnas — confirmó Wendy Thomas—. Lo hemos comprobado. —¿Presidenta? —susurró Charlotte. —Es el Petulapocalipsis —se estremeció Pam. —He visto suficiente. —No, todavía no —la advirtió Pam, haciendo desaparecer a Charlotte por arte de magia mientras unas diminutas estrellas doradas caían a su alrededor, envolviéndolas. Charlotte miró a su espalda y descubrió que se encontraba al borde de un escarpado acantilado con vistas a un mar infinito. Pam dirigió su atención hacia una casa solitaria, situada en la ladera de una colina, sin ningún vecino a la vista. A través de los grandes ventanales de una oscura estancia se divisaba una única luz, la estrella que coronaba un árbol de Navidad. —Qué tranquilo —observó Charlotte. —Y desolado —añadió Pam. Charlotte y Pam entraron para echar un vistazo y unos sonidos difusos que brotaban del interior de la casa rompieron la serenidad. Scarlet, sentada en un largo canapé negro del siglo XVIII de madera tallada, rasgueaba su guitarra eléctrica, improvisando una lúgubre versión de Have Yourself a Merry Little Christmas[10] con aire pop. [10] «Que tengas una feliz Navidad».

—¿Puedo hablar con ella? Pam negó con la cabeza. —Lo sabía —dijo Charlotte admirando a Scarlet y todo lo que la rodeaba—. ¡Lo consiguió! ¡Mira este lugar! —Sí —dijo Pam—. Míralo. Aparte de varios premios de música alineados en las estanterías y discos de platino colgados de las paredes, no había nada. Ni fotografías de amigos o familiares, ni un teléfono que sonase, ni tarjetas navideñas desparramadas, ni regalos debajo del árbol. Solo Scarlet y su guitarra sobre el canapé. —From now on our troubles will be miles away[11]. [11] «A partir de este momento, nuestros problemas quedarán a kilómetros de distancia».

Scarlet cantó y Charlotte se unió a ella. Pam las acompañó con su flautín. —Otra Navidad sola —dijo Scarlet alargando el brazo hacia una copa de vino casi vacía que había sobre una mesita, frente a ella, para alzarla en un brindis y llevársela a los labios. —Deprimente —exclamó Pam. —No lo entiendo —reflexionó Charlotte—. Lo tiene todo. Belleza. Talento. Fama. Dinero.


—Todo, excepto amigos. Todo, excepto amor —respondió Pam—. Esas fueron las cosas que tú le aportaste. —¿De verdad? Pam permaneció en silencio. —Estoy cansada —dijo Charlotte—.¿Puedo volver ya a casa? —Tenemos que hacer una parada más. El trémulo atardecer de la costa del Pacífico dio paso a la fría noche de Nueva Inglaterra. —¿El cementerio? ¿Por qué venimos aquí? —preguntó Charlotte en voz alta—. ¿Qué hay de mi futuro? —Este es tu futuro —respondió Pam—. Al menos, debería serlo. Charlotte recorrió lápida tras lápida y el lúgubre paseo despertó en ella un recuerdo. —¿Sabías que Scarlet recaudó dinero y encargó la más bonita de las estatuas para mí? —dijo Charlotte—. Estaba justo… —Ya no —la interrumpió Pam. El lugar donde antes se alzaba su hermoso busto se encontraba vacío. Charlotte opuso resistencia a los pensamientos que inundaban su mente. —Era mi futuro. Ya no estoy muerta. —Cierto, pero ellos sí —añadió Pam. El viento sopló con furia, las hojas caídas levantaron el vuelo y las ramas de los árboles comenzaron a temblar. Charlotte lanzó un grito ahogado cuando las lápidas de los becarios de Muertología alcanzaron, hilera tras hilera, la altura de los árboles y la rodearon. JERRY. SALLY. MIKE. DJ. VIOLET. KIM. SUZY. MARY. COCO. RITA. BIANCA. GARY. PRUE. VIRGINIA... Y finalmente ERIC. Todos sus nombres y las fechas de nacimiento y defunción aparecían grabados profundamente en las frías losas de mármol gris cubiertas de nieve. —¿Los recuerdas? Charlotte no respondió. —Pues ellos se acuerdan de ti, Charlotte —continuó Pam. Pam hizo aparecer ante Charlotte una imagen del aula de Muertología al tiempo que las lápidas se transformaban en las figuras de sus compañeros, sentados, deprimidos y sufriendo sus personales tormentos; la clase estaba al completo, excepto una silla al fondo. —¿Por qué lloran? —No hay esperanza para ellos. No tienen a nadie que alivie el dolor de una vida truncada. —¿A qué están esperando? —preguntó Charlotte.


—A que alguien ocupe la silla libre. Para que sus muertes resulten más soportables. Para ayudarlos a cruzar. Pam se dio cuenta de que Charlotte estaba realmente conmovida. —Las cosas no tienen por qué acabar de este modo. Para Damen, para Scarlet, para ellos. Aún queda tiempo para cambiarlo. La elección es tuya. Pam deseaba haberse explicado con claridad, pero Charlotte seguía aferrada tenazmente a la vida. —Y ¿qué pasa con sus elecciones? ¿Por qué todo esto tiene que ver conmigo? ¿Por qué debo sacrificar mi vida para salvarlos a ellos? —Porque tomaste una decisión por ellos. —Yo formulé un deseo para mí. —Al final, todos estamos unidos, Charlotte. ¡Tienes que seguir adelante con tu muerte! —Entonces, como dice el cura, hasta que la muerte nos separe —refunfuñó Charlotte—. Supongo que es aquí donde nuestros caminos se separan. Pam se había quedado sin visiones ni ideas. Lo único que le restaba era una súplica emotiva. —¿Es que no recuerdas aquel primer día en la oficina de admisiones? Lo asustada que te sentías. Sola. Y ¿quién estaba allí para ayudarte? Yo. Durante todo el proceso, Charlotte. ¿Cómo puedes olvidarte de eso? Charlotte rebuscaba en su archivo mental mientras Pam hablaba. Parecía estar tratando de amarrar las palabras de Pam a sus propios recuerdos. Sin lograrlo. —¿Alzheimer juvenil? Pam no estaba para bromas. —¿Es que no te importamos nada? ¿No hay ninguna parte de ti que nos eche de menos? ¿Que nos quiera? —¿Esto es un viaje al futuro o un intento de hacerme sentir remordimientos?—preguntó Charlotte—. Creí que los fantasmas tenían que dar miedo, no ser unos quejicas. —Y ¿qué pasa con Eric? Ese nombre le resultaba familiar. Charlotte se puso tensa y luego, de repente, se quedó en blanco. —Hay más peces en el mar. —Me rompes el corazón, Charlotte — susurró Pam—. Si todavía pudiera llorar, no pararía. —Lo siento… —Charlotte alargó una mano hacia el fantasma, luchando por recordar su nombre— ¿Pam? —Yo también.


—No estés triste. Ahora eres inmortal, ¿no? Se acabó el dolor, el sufrimiento. Solo una eternidad de… —Sí, tienes razón. Solo una eternidad. —Cuídate —añadió Charlotte con lástima—. Si tiene sentido decir eso a alguien que ya está muerto. —Tú también, Charlotte —respondió Pam mientras las brillantes estrellas la rodeaban una última vez antes de desaparecer tras ellas—. Recuerda el futuro.


Necesidades navideñas En Navidad, solemos soñar con lo que queremos, pero no con lo que necesitamos. Amor, respeto y comprensión pueden ocupar fácilmente un segundo lugar respecto al aparato más moderno o a una piedra preciosa, que nos enriquecen materialmente, aunque no en el plano espiritual. ¿Es un objeto o algo de paz lo que realmente andamos buscando? Mientras elaboramos nuestras listas de regalos, merecería la pena prestar atención a lo que escribimos en primer lugar. Petula llegó temprano a la funeraria. No estaba acostumbrada a ser la primera en escena, pero se sentía obligada por ser Nochebuena y, sobre todo, por tratarse de una recaudación de fondos en su honor. Adoraba los secretos, excepto los que le ocultaban a ella, así que sentía cierto orgullo por haberle arrebatado este a Damen, y ahora incluso había llegado con suficiente tiempo para realizar aportaciones al evento en sí. Petula divisó a un empleado que esparcía sal y retiraba la nieve con una pala en las aceras, y se aproximó a él. —¿Quién está al frente de este almacén de carne? El hombre señaló la acera, hacia la entrada principal y la figura vestida de rojo que estaba de pie junto a ella. —¿Hay algún carrito de golf o limusina o cualquier otra cosa que me pueda llevar hasta allí? —exigió Petula. —Solo son unos metros, señorita —el hombre se encogió de hombros. —¿No podrías colocar tu chaqueta o algo así en el suelo para que camine por encima? —se quejó Petula—. Estos tacones cuestan una fortuna y no podré devolverlos si las suelas están rayadas. A pesar del gélido ambiente, el hombre se quitó el gastado anorak y lo estiró en el suelo, arrastrándolo unos cuantos centímetros cada vez para que Petula caminara sobre él mientras realizaba el breve trayecto. Petula se sintió conmovida por tal acto de lealtad y creyó necesario algún tipo de reconocimiento por su parte. —Bien, José Feliciano, o lo que sea que digáis en español en Navidad. —¿Quiere decir Feliz Navidad? —¡Qué grosero! Solo trataba de ser amable. Yo no hablo español. —Yo tampoco —dijo él retomando su tarea. Exasperada, Petula avanzó con dificultad dispuesta a descargar toda su ira sobre el Papá Noel de exposición. En el frío atardecer, lo único que el señor Wormsmoth pudo distinguir fue una figura resuelta, recortada sobre nubes de ondulante vaho levantadas por la gélida


brisa, que se acercaba más y más, como un enfadado dragón salido de una antigua leyenda nórdica. Uno con mucho glamour, nada menos. Uñas afiladas, grandes dientes y una larga melena que se cernían sobre él. —Bienvenida, señorita. Soy el señor Wormsmoth. ¿Puedo ayudarla en algo? —¿Es aquí donde se va a celebrar mi fiesta de Navidad? —preguntó Petula soltando vaho por la boca. —¿Fiesta? —preguntó Wormsmoth confundido, al tiempo que le tendía la mano—. Querrá decir entierro. Petula retrocedió ante su insinuación. —Ah no, me has confundido con las Wendys. —Bueno, todas me parecéis iguales —dijo él—. Es por el tipo de trabajo que hago, ¿sabes? No suelo fijarme demasiado en las caras. Sin ánimo de ofender. —Faltaría más —respondió ella—. Tampoco permito a mucha gente que me mire directamente. —Por cierto, ¿te gustaría ver los ataúdes? —le propuso Wormsmoth. —¿Como un preestreno? Me encantaría. Wormsmoth la condujo a un velatorio donde había

dos

ataúdes

a

tamaño natural

fabricados por completo en cristal. El fondo de los féretros estaba recubierto con un forro de volantes y un almohadón, aparentemente más destinados a añadir elegancia que a resultar cómodos. —Deberías llamar a tu línea de ataúdes «A la moda hasta el final» —sugirió Petula mientras se acercaba al primero y lo rodeaba lentamente, deslizando los dedos por el borde. Estaba frente a su fantasía infantil, sin la parte fúnebre, por supuesto. Ser contemplada, mostrada, presentada como una especie de Bella Durmiente le parecía un destino profundamente deseable. Aun así, el principal propósito de estos ataúdes era irrefutable. Tan rápidamente como la idea la atrapó empezó a repugnarla. Se imaginó embalsamada, flotando en un bote, hinchada, y luego marchita y con un aspecto asqueroso a la vista de todos y para siempre. Como un experimento de laboratorio que se estropea. —¿Te gusta? —¿Estás tratando de vendérmelo? —preguntó Petula. — Tú eres el público al que está dirigido —le explicó Wormsmoth—. Joven, presuntuosa, rica. Petula se sintió tentada, pero retrocedió. —No creo que vaya a necesitarlo próximamente.


Wormsmoth desplegó una sonrisa cómplice, como un bateador de la liga profesional que acaba de lanzar una bola suave por encima de la última base. —En la vida, solo existen dos cosas seguras. —Lo sé, lo sé —le interrumpió Petula con desdén—. La muerte y los laxantes. —Los impuestos. —Lo que sea. —La diferencia está en que los impuestos sabemos exactamente cuándo nos toca pagarlos. Algo en lo que Wormsmoth acababa de decir le tocó la fibra sensible. La ligera incertidumbre sobre su propia longevidad provocó en Petula una inusitada vulnerabilidad que la empujó a sentirse atraída por él. —Para serte sincera, toda esta charla sobre la muerte me está excitando. —Estoy a punto de cargar los ataúdes en el coche fúnebre para llevarlos a la convención — comentó Wormsmoth con una sonrisa similar a la del gato de Alicia en el País de las Maravillas—.¿Quieres que te lleve?

—Hola, Eric —una seductora voz de sirena llamó su atención. Eric estaba sentado en el suelo, rasgueando la guitarra al azar y sumido en sus pensamientos. Apenas reconoció a quien había pronunciado aquel lascivo saludo. Alzó la vista con indiferencia. —¿Qué pasa, Maddy? —preguntó Eric, con una ligera sospecha en la voz. Charlotte y los demás se habían mostrado siempre cautelosos con ella, sin llegar a convencerse nunca de su total rehabilitación en el otro mundo. —Pareces triste. No es bueno sentirse así en Navidad. —Bueno, Charlotte y yo hemos discutido, así que no estoy muy contento. —Algo había oído —ronroneó Maddy con lástima—. Vosotros dos discutís un montón. Eric nunca había reflexionado demasiado sobre ello, pero ahora que lo hacía, Maddy tenía razón. —No pensé que fuera tan obvio. —No es que os esté juzgando ni nada parecido —añadió Maddy—. Solo que, en ocasiones, es realmente difícil entender a Charlotte.


—Dímelo a mí. Maddy se acercó un poco más a él. —Está siempre tan ocupada trabajando o recordando el pasado o cosas por el estilo — continuó Maddy—. Da la sensación de que no se sintiera realmente feliz aquí, como si no estuviera presente. El malestar de Eric comenzó a desvanecerse y, de repente, notó una explosión de entusiasmo. —¡Eso mismo pensaba yo! —gritóEric—. Lo has pillado a la perfección. —Quiero decir que se ha largado. Te ha abandonado a ti, nos ha abandonado a todos — siguió ella—. No le importa lo que nos suceda. —¡Demonios, sí! —Bueno, tal vez su marcha nos venga bien a nosotros —sugirió Maddy. —¿A nosotros? —preguntó Eric. —Necesitas a alguien que te valore —le arrulló Maddy deslizando las manos de forma seductora por el mástil de la guitarra mientras Eric tragaba saliva con impaciencia—. Alguien que pulse el interruptor de Electric Eric. —¿El-el-el interruptor? —tartamudeó él poniéndose tenso. —Considéralo un regalo de Navidad por adelantado —bromeó Maddy. —Yo siempre digo que los mejores regalos vienen en paquetes pequeños — admitió Eric. Maddy se acercó todavía más, retorciéndose un mechón de pelo con el dedo. Las defensas de Eric se iban desmoronando. Estaba perdiendo la calma. —¿Sabes lo que siempre digo yo? — preguntó Maddy con su mejor voz de mujer explosiva. —¿Qu-qu-qué? —balbució Eric mientras Maddy se acercaba lo suficiente para quedar al alcance de su mano. —Que si tuviera un novio como Eric, nunca le trataría así —le susurró Maddy al oído. —Tratarle ¿cómo? —siseó Prue reventando el juego de seducción de Maddy. —Como una mierda, Prue — respondió Maddy enfadada—. Sabes exactamente a lo que me refiero. —Da media vuelta —le ordenó Mike empleando su aullido de registro más grave para sonar más amenazante. —Ocúpate de tus asuntos. —Charlotte es asunto mío —la avisó Prue. Eric reaccionó mientras las chicas discutían y alejaban a Maddy a empujones. —Gracias, pero no necesito ayuda —les dijo Eric. —Al contrario, necesitas mucha ayuda —le reprendió Maddy—. Gracias a ella.


—Es lo único razonable que te he escuchado jamás —exclamó Prue—. Todos le debemos nuestro agradecimiento a Charlotte. —Tranquilo todo el mundo. ¿Qué ha pasado con lo de paz en la tierra y todo ese rollo? — preguntó Eric. —Yo hace algún tiempo que no estoy en la tierra, ¿y tú? —contestó Maddy sin rodeos. —Yo tampoco, pero tengo bastante claro que estar contigo sería un infierno —dijo Eric. —Podemos preguntarle a tu novia todo lo relacionado con la tierra, y con buscarse un rollo allí. Eso si regresa en algún momento. —No hables así de mi novia. —¿Tu novia? Por favor. —Creo que hemos acabado con esto —concluyó Eric lanzándole una mordaz mirada asesina. —Sí, todos estamos acabados — estalló Maddy dirigiendo su atención hacia Prue y Mike—. Esto es una verdadera mierda. Si Eric se preocupara realmente, iría a buscar a Charlotte él mismo. Los demás se quedaron en silencio. —Pero no lo hará —sentenció Maddy. —¿Qué estás insinuando? —preguntó Eric sarcásticamente. —Que tienes miedo. —¿De qué? —preguntó Mike. —De Damen —respondió Maddy con frialdad—. ¿Es que no lo entendéis? Eric no da la talla. Ante la posibilidad de elegir entre los dos, Eric pierde siempre. —No me asusta un recuerdo —alardeó Eric. Maddy lanzó una carcajada y se alejó, meneando el trasero delante de sus caras. —Nos vemos en otra vida, Eric —añadió Maddy guiñándole un ojo y contoneándose. —No, si puedo evitarlo —respondió Eric. —La misma Maddy de siempre —gruñó Prue. —La misma Charlotte de siempre — gritó Maddy mientras desaparecía pavoneándose.

El coche fúnebre llegó al centro de convenciones de Hawthorne con el Jingle Bells sonando en la radio a un volumen tan atronador que se podía escuchar en medio aparcamiento. Petula


salió de un salto, con el pintalabios corrido y el rostro ruborizado, y se alisó el pelo y la minifalda. Se sentía revitalizada. —Gracias por el paseo. —Estoy a tu disposición —respondió Wormsmoth—. Sin duda sabes cómo alegrar un funeral. —Ni lo menciones—dijo Petula—. Me refiero, literalmente, a que ni lo menciones. —Solo se vive una vez —añadió él —Sí, y no querrás pasar tu vida en prisión, Wormhole[12]. [12] Petula confunde el nombre de Wormsmoth (gusanos de polilla) por Wormhole (agujero de gusano).

—Bueno,

será

mejor

que

descargue los

ataúdes

—respondió

Wormsmoth con

nerviosismo poniéndose manos a la obra. Justo en ese momento, aparecieron Damen y las Wendys. Las dinámicas cabezas huecas salieron del coche. —Ya era hora —protestó Petula con vehemencia—. El Papá Porno ese ha estado a punto de meterme mano. —Perdona que te hayamos hecho esperar —se disculpó Wendy Thomas—, pero no te esperábamos. —No importa —Petula le hizo un guiño—. He conseguido llenar… el tiempo. Además, nunca había pasado la noche en un velatorio. —Detestamos tener secretos para ti —se excusó Wendy Anderson. —¿Secretos? ¡Ja! Soy el ninja de la Navidad —exclamó Petula alegremente. —Es guay que hayas venido. —No hace falta que me lo agradezcáis. Después de todo, yo soy el motivo de esta fiesta. Al menos, el vuestro. Con unos besos al aire, las chicas olvidaron cualquier rencor. De momento. —Y ahora ¿qué? —preguntó Petula. —Tengo que realizar el montaje —les explicó Wormsmoth—. ¿Por qué no echáis un vistazo a la convención y os reunís conmigo en el stand en veinte minutos? Damen, a ti te necesitaremos en el cementerio. —Suena bien —respondió Damen. —Os veo dentro, chicas —concluyó Wormsmoth dando unas palmaditas sobre los ataúdes de cristal y lanzando una carcajada casi de maníaco. —¿Realmente vais a seguir adelante con esto? —preguntó Petula con escepticismo. —Esto…, no exactamente.


—¡Lo sabía! —Petula estaba colérica. —Una amiga nuestra se ofreció a sustituirnos —dijo Wendy Thomas. —¿Qué amiga? —preguntó Petula. —Esa tal Charlotte del instituto. —Tienes que estar de broma — vociferó Petula—. ¿Por qué iba a hacerlo? —Por una pequeña cantidad de dinero y… —Y por dejarle firmar tu tarjeta navideña. No te preocupes. El bolígrafo tiene tinta que se puede borrar. —Guau —exclamó Petula con asombro. Las Wendys esperaban con ansiedad el siguiente arranque de ira, pero Petula reaccionó con entusiasmo. —Estoy tan orgullosa de vosotras… —dijo Petula de improviso—. Acabáis de impartir una clase magistral de astucia e hipocresía. Deberíamos haberlo grabado. —Lo hemos hecho —exclamó Wendy Thomas con una sonrisa, abriendo la aplicación de cámara de su smartphone—. Tenemos evidencias. Por si acaso trata de renegociar el acuerdo en el último minuto. —Sí, toda esa pose de perdedora, empollona y flipada de la informática no me ha engañado ni por un minuto — advirtió Wendy Anderson—. Es muy astuta. —Como que el hielo es frío —afirmó Petula alargando su mano de uñas postizas con adornos navideños en plata y oro para recibir el apoyo de las Wendys. Ambas dejaron caer sus zarpas sobre la de su amiga en una muestra de unidad y propósito común: la felicidad de Petula—. Hablando de frío —dijo esta estirando las mangas del abrigo sobre sus manos temblorosas —, ¿dónde demonios está esa chica?

Charlotte tomó el camino largo hacia su destino para pasar por la casa de los Kensington. La anticuada hilera de luces navideñas con descomunales bombillas de intensos colores que iluminaba el enorme abeto emanaba calor a la fría luz de la luna, y la elegante corona de ramas de conífera y lazos rojos que decoraba la puerta podría haber sido también una señal de bienvenida. En esa casa había amor, Charlotte lo notaba. Igual que no lo notaba en la suya. A pesar de las peleas y las diferencias entre Petula y Scarlet, eran una familia.


Tal vez fuera eso y no la ropa guay, la actitud distante, el novio increíblemente sensual y la popularidad desmesurada lo que en verdad le atraía de esas chicas. Eran las dos caras de una misma moneda. Una moneda que ella una vez lanzó al aire y tuvo la suerte de que aterrizara de canto, con ambos lados a la vista. Daba igual lo que Virginia, o Prue o incluso Pam dijeran. Las cosas podían cambiar a mejor. Y ella podía ser quien las cambiara. A su manera y con sus condiciones. No necesitaba ningún poder sobrenatural para hacer brotar en ellos lo que sabía que guardaban dentro. Ya no necesitaba atragantarse nunca más, no necesitaba morirse para demostrarlo. Scarlet miró por la ventana de su oscura

habitación

hacia

la

figura solitaria

que

permanecía de pie en la acera. Parecía una sombra más que una persona. —Identifícate —gritó una enfadada Scarlet desde su parapeto al visitante anónimo. —¡Charlotte Usher! —respondió. —¿Tú otra vez? Charlotte se encogió de hombros con candor. —Lo siento. Scarlet contempló la silueta que temblaba de frío y sintió lástima. —¿Quieres entrar un segundo? —¿Yo? —masculló Charlotte—. ¿Me estás invitando a pasar a tu casa? —Date prisa, antes de que cambie de opinión. La puerta está abierta. Charlotte se apresuró, consciente de que no se trataba de una invitación permanente, y subió el sendero que conducía a la casa antes de que Scarlet hubiera terminado de pronunciar su ofrecimiento. Pasó tranquilamente junto al árbol de Navidad del salón con las luces y los regalos que había admirado desde la distancia. De cerca, resultaban más hermosos incluso. No estaba descolocada ni una sola aguja, ni una cinta, ni un lazo del abeto. —¿Hola? —Aquí arriba —gritó Scarlet. Charlotte ascendió los familiares escalones y se dirigió hacia la habitación de Scarlet, aunque iba a toparse con algo para lo que apenas estaba preparada. De la puerta colgaba una corona fúnebre negra elaborada con una cinta de seda antigua. Y al entrar, encontró adornos, muchos de ellos artesanales, de todas las tradiciones invernales: un gran abeto pintado con spray negro y con brillantes piñas color morado y luces moradas se alzaba majestuoso en un rincón, rematado por unas alas de ángel con plumas negras. Los adornos eran calaveras de cristal soplado de colores fuertes que se intercalaban con bolas elaboradas a mano a base de recortes de antiguas carátulas de


los discos favoritos de Scarlet, todo mezclado con bastones de caramelo en color negro y blanco. Bajo el árbol, descansaban los envoltorios más modernos y originales que jamás había visto. Cada paquete estaba cerrado como si fuera un corsé: la sedosa tela que los cubría quedaba sujeta por una cinta de satén insertada a través de ojetes y atada en el centro con un gran lazo. Era tan atractivo… Tan burlesco… Nunca habían pasado una Navidad juntas, pero la decoración era exactamente lo que Charlotte hubiera esperado. Miró a su alrededor en busca de algo más que pudiera crear un vínculo entre ellas y lo vio, en el escritorio de Scarlet. —¿Qué es esto? —preguntó Charlotte señalando el folleto turístico que descansaba sobre la mesa. —Es sobre el Teatro de Marionetas —contestó Scarlet—. Estoy organizando el viaje de fin de curso del último año. —¿No está en Polonia? —preguntó Charlotte, consciente de que a Scarlet le impresionaría que supiera aquello. —No me puedo creer que lo conozcas. Charlotte estaba fascinada y casi sin habla ante la fantasmagórica decoración. —Feliz Gotidad —murmuró. —Mi hermana se aprovecha de mí para conseguir los regalos que quiere — dijo Scarlet—. Y como yo nunca recibo lo que me gusta por Navidad, pensé que podría aumentar las posibilidades. —¿Por qué no lanzas indirectas? — sugirió Charlotte—. ¿No es eso lo que hace la gente? —Tal vez, pero no lo que hago yo. Charlotte la comprendió. —¿Qué hacías merodeando por mi casa? —preguntó Scarlet—. Mi hermana ni siquiera está aquí. —Voy de camino a…, bueno, a conseguir algo de dinero para Navidad. —¿La historia esa de la convención funeraria? —Sí. —Espero que la persona en la que pienses gastarte ese dinero lo merezca. —Lo merece —afirmó Charlotte. —¿Qué tienes que hacer exactamente? —No estoy muy segura. —Y ¿aceptaste? —Sí. Por cierto, llego tarde.


—¿Es que todavía no te has dado cuenta? —dijo Scarlet—. ¿Todavía no sabes quién es esa gente? —Sí, son mis amigos —respondió Charlotte con orgullo. —Tengo que hacer algunas compras de última hora —concluyó Scarlet—.Me voy contigo.


Morriña navideña La Navidad es una época de renovación y renacimiento, pero también unas fechas para recordar, especialmente a los seres queridos que ya no están entre nosotros. Una época en la que nos reencontramos no solo con los vivos, sino también con los muertos. Una época para sentirlos cerca y honrarlos con nuestras tradiciones navideñas, en nuestras fiestas y álbumes de fotos familiares. Una época en la que todavía tienen un lugar en la mesa. Una época en la que les devolvemos la vida a través de los recuerdos. Una época en la que, sobre todo, los echamos de menos. —¿No ha habido suerte? —preguntó Prue con tristeza. —Un trozo de carbón —respondió Pam—. Creo que deberíamos contárselo a todos. Prue indagó en lo más profundo de su ser y ladró su versión de una alborada. —Escuchad, muertos. Pam tiene algo que anunciar. Los becarios de Muertología se reunieron con diligencia, lentamente y esperanzados. Todos, menos Eric. —¿Has traído a Charlotte, Pam? —preguntó Suzy. —¿Está aquí? —añadió Mike. Pam dejó caer la cabeza. —Charlotte nos ha olvidado —dijo Violet. —Qué inoportuna —exclamó CoCo. —¡Vaya fastidio! —protestó DJ. —Y que lo digas —gimoteó Mike, alargando su intenso lamento hasta casi acallarlo por completo. —Un regalo navideño de parte de Charlotte —dijo Gary. —Ha sido un buen intento —aseguró Prue rodeando el hombro de Pam con su brazo para consolarla—. Casi llegamos allí arriba. Todos alzaron la vista con aire sombrío, hacia el cielo: el destino al que habían dedicado sus esfuerzos y que ahora se les presentaba por siempre inalcanzable. —Todo este trabajo para nada —suspiró Kim pulsando el botón de finalización de llamada en el teléfono que llevaba incrustado en su espectral calavera. —Os lo dije —sonrió Maddy. Ninguno disponía de energía suficiente para discutir. Las luces y los adornos ofrecían un aspecto más lúgubre incluso que antes y se iban marchitando igual que ellos. —Nuestra primera Navidad juntos. Y la última —susurró Pam. —Ha sido estupendo conoceros, tíos —dijo DJ tratando de recobrar algo de energía. —¿Qué tal si coreamos Auld Lang Syne[13]? —sugirió Mike.


[13] «Por los viejos tiempos».

Se agarraron todos de las manos. Una sombra solitaria se aproximaba a lo lejos. Era el profesor Brain, que cojeaba hacia ellos. Fue recibido con caras largas y mal humor. Incluso por parte de Pam. —¡Usted podría haber detenido esto! —le acusó Prue, con una ira y un resentimiento en la voz que recordaron al profesor Brain tiempos muy lejanos. —En ocasiones, es necesario que sucedan estas cosas, Prue —le explicó Brain—. Incluso aquí, nada ni nadie es perfecto. Siempre hay algo que aprender. —¿Quiere decir cosas como mandarnos a todos de vuelta al limbo? —preguntó Pam con tristeza—. ¿Qué le aporta eso a ella, o a nosotros? Charlotte va a regresar a una vida miserable y nosotros, a una miserable vida después de la muerte. —La llamada del pasado, del recuerdo es poderosa —dijo Brain—. ¿Qué elegir, el ahora o el entonces? —A nosotros o a ellos —añadió Jerry, reduciendo la decisión a su mínima expresión. Todos sabían que esa era la esencia del problema, y la razón de que les doliera tanto. —Es una cuestión de elección —los informó Brain—. Y Charlotte tiene la última palabra. —Usted fue quien la convirtió en profesora —le recriminó Prue—. Y mire dónde nos ha llevado. —El mejor maestro te conduce de nuevo a ti mismo —respondió Brain. Un repentino estruendo sacudió el complejo. Las luces parpadearon y algunas coronas y banderolas cayeron al suelo. Comenzaron a abrirse grietas en las fachadas de los edificios y los becarios de Muertología se quedaron boquiabiertos, como si aquello fuera el presagio de un terrible desastre natural a punto de cernerse sobre ellos. Eric escuchaba con atención a Brain y se dirigió hacia el centro del grupo, mientras su mundo comenzaba a desmoronarse. —No sé vosotros, tíos, pero yo no pienso marcharme así —se recobró Eric—. ¿Qué tal un poco de alegría navideña? Dicho esto, Electric Eric deslizó la fiel guitarra que colgaba a su espalda hacia la parte delantera de su cuerpo y empezó a tocar. DJ y Mike se unieron rápidamente. —¡Despídenos con música, Eric! —le animó Gary. —Si todavía puedes oírme, Charlotte, esta es para ti. ¡Que empiecen los créditos! I don’t need a lot of presents To make my Christmas bright, I just need my baby’s arms Wound up round me tight. Oh, Santa hear my plea,Santa bring my baby back to me[14]… [14] «No necesito un montón de regalos / para alegrarme la Navidad, / solo los brazos de mi amor / rodeándome con fuerza. / Oh, Papá Noel, escucha mi súplica, / Papá Noel, devuélveme a mi chica…».


Eric cantó a pleno pulmón. Vibraba con cada nota, ya que era exactamente lo que sentía por Charlotte. Estaba interpretando una canción, pero al mismo tiempo, estaba confesando a todo el mundo lo miserable que se sentía sin ella. Sin el amor de su vida después de la muerte. Marcaron el ritmo con las palmas y las chicas se unieron haciendo los coros. El profesor Brain daba golpecitos con el pie siguiendo los gloriosos compases, e incluso los ángeles en las lejanas alturas cantaban suavemente su aprobación en armonía. Nunca se había escuchado un sonido más alegre ni en el cielo ni en la tierra. La canción terminó y un absoluto silencio sustituyó a los aplausos que Eric habría esperado normalmente. Su rostro adquirió un gesto de determinación. —¿Por qué esperar a que Papá Noel la traiga a casa? —masculló. —¿Qué? —preguntó Prue. —Me voy —respondió Eric totalmente decidido. —¿Adónde? —A buscar a mi novia.

Petula y las Wendys se apiñaron bajo una farola del aparcamiento que brillaba con intensidad, más que las titilantes estrellas de repente oscurecidas por esponjosas nubes cargadas de humedad. Era la única fuente de calor disponible. —Ahí viene —dijo Petula, a quien le castañeteaban los dientes—. Por fin. —Sí, reconocería ese peinado con aspecto de nido de pájaros en cualquier lugar —afirmó Wendy Thomas. —Pero ¿quién viene con ella? —preguntó Wendy Anderson. —¡Oh, no! —chilló Petula—. ¡Pesadilla antes de Navidad! —Mira a quién nos ha traído el viento —rio tontamente Wendy Anderson—. El terror de la Navidad. Scarlet se acercó y las señaló con el dedo a una detrás de otra. —Jou, jou, jou —disparó, convirtiendo la carcajada de Papá Noel en una gran irreverencia. Scarlet les lanzó una mirada de desagrado. Allí de pie, temblando bajo el calor de la bombilla, aferradas a sus caros bolsos y con sus mejores galas navideñas, le recordaron terriblemente a los Reyes Magos a la inversa.


—¡Miradlas! Las tres chicas bobas —soltó Scarlet. —No tenía ni idea de que fuerais amigas, aunque al veros juntas resulta extrañamente coherente —razonó Petula con sarcasmo, dirigiéndose a Scarlet y Charlotte. Charlotte sonrió orgullosa, tomándolo como un cumplido. —¿Qué os traéis entre manos? —preguntó Scarlet con severidad. —Estamos haciendo una buena obra navideña —respondió Wendy Anderson. —Salvando vidas —añadió Wendy Thomas. —Sí, las suyas —dijo Petula con aire de suficiencia. El ambiente estaba cargado de tensión, gélido, a la espera de que alguien rompiera el hielo. —¿Por qué no entramos y echamos un vistazo? —sugirió Damen. Él fue el primero en atravesar las puertas giratorias de la entrada que daban paso a un inmenso vestíbulo repleto de adornos navideños y letreros que anunciaban todo tipo de productos mortuorios y servicios fúnebres. El contraste no podría haber sido más marcado. Las fiestas del nacimiento y la renovación, de la muerte y la descomposición, celebrándose una junto a la otra. Siguieron las

indicaciones hasta el piso donde estaba ubicada la

convención, deteniéndose ocasionalmente para mirar boquiabiertos algún que otro stand. Pasaron junto a servicios de cremación ecológica, fabricantes de urnas funerarias personalizadas, proveedores de rosas secas, muestras de llaveros de coches fúnebres, vendedores de ropa para funerales y ataúdes de diseño, productores de DVD, editores de literatura melodramática, e incluso utensilios de cocina y repostería con tema fúnebre. En el salón central, se alzaba un árbol de Navidad de crepé negro decorado con filas y filas de galletas ornamentales con forma de ataúd y azúcar espolvoreado. —Mirad —dijo Damen al ver unos muñequitos de galleta con el ceño fruncido y sogas de caramelo en torno al cuello—. ¡Un hombre de galleta muerto! —No tiene ninguna gracia —gimoteó Petula secándose una lágrima a punto de rodar por su mejilla al tiempo que sostenía la mirada a Scarlet, que se reía con Damen. —Esto debe de ser como Disneyland para ti… —dijo Wendy Anderson a Scarlet. —Pero ¿dónde están los vampiros, los zombis y los hombres lobo? —preguntó Wendy Thomas, un tanto despistada. —Esto no es una convención de cómics —la reprendió Wendy Anderson—. Es para narcisistas. —Querrás decir narcolépticos — vociferó Petula—. ¡No tenéis ni idea de nada!


Cada stand resultaba más impresionante, y espeluznante, que el anterior. Sin duda alguna, no era el tipo de convención funeraria en la que organizar el entierro de tu madre. Aquí se ofrecía alta tecnología y lo más moderno del sector. Al menos, eso le parecía a Scarlet. Encontraron un sistema de intercomunicadores para ataúdes. —Mirad, para que tus seres queridos puedan hablar contigo… a larga distancia. Eso sí que es mantenerse en contacto —dijo Wendy Anderson. —Esto es sin duda para mí —exclamó Scarlet echando un vistazo al paquete «Melodías eternas», que bombeaba las canciones favoritas del difunto dentro de su ataúd por toda la eternidad—. Qué me decís de este equipo de sonido. ¡Es para morirse! Damen no pudo evitar acercarse y contemplarlo con ella. —Mirad esto —gritó Charlotte llamando la atención del resto—. «Descanse tranquilo»; en las fiestas, te envían flores de manera anónima a tu último lugar de descanso para que nunca seas olvidado. —Una manera mortal de poner celoso a

alguien

desde

la

tumba —comentó Petula

cogiendo un folleto. —¿Y esto? —dijo Wendy Anderson señalando una pantalla plana en la que aparecía Petula—. ¡Televisión necrológica! ¡Un nuevo canal por cable que emite entierros de personas reales durante todo el día y toda la noche! —¡Vamos a grabar nuestro propio obituario! —propuso Wendy Anderson. —Ahora no tenemos tiempo para eso—respondió Wendy Thomas. —Pues a mí me interesa el paquete de tweets y perfil de Facebook post mórtem. Actualizan tus cuentas con regularidad después de que te hayas muerto para que nunca desaparezcas. Virtualmente. —Su precio está justificado —aseguró Wendy Anderson—. Era tan triste que antes la gente se muriera sin más… —Bueno, yo me largo a ver las cámaras para ataúdes —dijo Scarlet tratando de separarse del resto—. ¿Por qué no echáis un vistazo al estilista mortuorio? Y no os olvidéis de las bolsas con muestras promocionales funerarias —añadió dándole vueltas a un collar con un vial de líquido de embalsamar como colgante. —Está enferma —exclamó Petula—. Espera, ¿muestras promocionales? —Deberíamos ir. Quiero decir que es el segundo día más importante de tu vida. Un día totalmente dedicado a ti y ni siquiera estás ahí. Scarlet y Charlotte eran las más sobrecogidas y volvían la cabeza en todas direcciones, decididas a no perderse nada.


—Yo quiero dar un repaso a los últimos accesorios para autopsias —dijo Scarlet. —Suelen estar por allí —le indicó Charlotte. —¿Habías estado aquí antes? —En este día no hay nada más que hacer y está justo al lado de mi casa —dijo Charlotte—, así que vengo todas las Nochebuenas. —¡Yo también! —los ojos de Scarlet se iluminaron—. Nunca lo habría imaginado. —Hay muchas cosas que no sabes de mí —Charlotte sonrió. —Hay muchas cosas que no quiero saber de ninguna de vosotras —las criticó Petula—. Este lugar me está poniendo los pelos de punta. Scarlet alargó la mano con actitud malévola hacia la degustación de cerebros humanos de chocolate. —Ñam, ñam —exclamó dejando que uno se derritiera en su boca—. Muerte por chocolate. ¿Quieres uno? Daba la sensación de que Petula estuviera a punto de vomitar. De repente, las Wendys alzaron la vista, vieron el único cartel de toda la sala que realmente las atrajo y se lo señalaron a Petula, que rápidamente recuperó la compostura. —¡Maquillaje! —gritaron—. Nos vemos en el stand de Wormhole en diez minutos. Scarlet y Charlotte se alejaron hacia los últimos modelos de mesas para exámenes macroscópicos, mientras Petula y las Wendys daban una vuelta por el stand de cosméticos. —Su stand está debajo del árbol — gritó Damen, sin estar seguro de si alguna de ellas le había escuchado—. Os espero allí. Scarlet aprovechó aquel inesperado momento a solas con Charlotte para expresarle sus preocupaciones en privado. —Esto no me gusta ni un pelo. No tienes que seguir con ello. —Quiero hacerlo. No estoy asustada. Y necesito el dinero. —Quédate aquí —le ordenó Scarlet—. Quiero hablar con Damen. Scarlet se volvió y empezó a alejarse con paso casi marcial. —¡Scarlet! —gritó Charlotte—. Gracias. —No me lo agradezcas todavía. —Eres una buena amiga. Scarlet sonrió. —Yo no soy tu amiga —respondió Scarlet mientras se marchaba. —Aún —dijo Charlotte en voz baja.


Petula, Wendy Anderson y Wendy Thomas se abrieron paso por el abarrotado centro de convenciones con tal determinación que igualmente podrían haber estado buscando el Santo Grial. Y entonces lo vieron. Todo un stand repleto de productos de belleza de última generación. Bases de maquillaje, correctores, pintalabios, brillos labiales. Lo tenían todo. Las chicas se quedaron atónitas ante tal espectáculo. Petrificadas. Miraron la hilera de cabezas expuestas. Eran réplicas de personas y estaban todas en fila con un cartel que decía: «¿Te ha quedado el rostro destrozado en un accidente? ¡Elige la cara de tus sueños! ¡Es más barato que la cirugía plástica, y dura más!». —Así que esto es lo que hacen cuando te abres el melón… —dijo Wendy Anderson. —¡Petula, deberías ofrecerte de modelo para una de estas! ¡La gente se moriría por parecerse a ti! ¡Ahora pueden! —Sí, ¡puedes empezar tu propia sociedad perfecta bajo tierra con gente igual a ti! Mientras Petula sopesaba la idea, una voz de mujer la interrumpió. —¡Aspecto vital! —¿Eh? —fue todo lo que Petula pudo responder. —Aspecto vital —repitió la mujer—. Es el nombre de nuestra línea de cosméticos. —Oh, vaya —dijo Petula—. Resulta divertido, porque tus clientes parecen un tanto muertos, ¿no? La vendedora la ignoró. Estaba a lo suyo. —¿Qué es lo primero que dice la gente cuando acude a un velatorio y ve al ser querido que ha muerto ahí tumbado? —No sé. ¿Sacadme de aquí? —¿Hizo testamento? —añadió Wendy Anderson. —No, dicen: «Qué buena cara tiene él o ella». ¿No es así? —Supongo… —Y ¿por qué tiene tan buena cara? —preguntó la mujer. Tres rostros inexpresivos le devolvieron la mirada. —Por lo mismo que vosotras. —¿Por el maquillaje? —preguntó Petula con aire vacilante.


—Por el maquillaje —replicó la mujer—. Y su apariencia será incluso mejor con nuestro nuevo paquete «Aspecto vital». —Cuéntanos más —pidió Wendy Anderson como una infiltrada entre el público en un anuncio de teletienda. —Este kit incluye material de relleno para heridas, adhesivo, humectante labial y maquillaje en todos los tonos de piel posibles, incluido adulto, melocotón, bronceado, anciano, recién nacido y carne intenso. —Este material tiene calidad industrial —dijo Petula, toqueteando el paquete. —Está fabricado para durar una eternidad. —Realmente es así, joven. De hecho, fue creado para los nuevos ataúdes transparentes que la Funeraria Wormsmoth ofrecerá la próxima temporada. Las apagadas bombillas de sus cerebros se volvieron simultáneamente cegadoras. —Charlotte podría acicalarse un poquito, ¿no creéis? —sugirió Wendy Thomas—. Quiero decir que si esto consigue que un muerto tenga buen aspecto, seguramente funcionará con ella. —Nos lo llevamos —dijo Petula; agarró una bolsa de maquillaje de cuero negro con diseño patentado de coche fúnebre y llena de productos «Aspecto vital» y se dirigió en línea recta al stand de Wormsmoth.


Damen «Quiero» es probablemente la palabra pronunciada con más frecuencia durante las fiestas navideñas, algo que resulta increíblemente lógico. Aunque puede ser una época de comportamientos inusualmente caritativos, la Navidad es también el único momento del año en el que la gente puede dejarse llevar por sus instintos más básicos y expresar sus verdaderos sentimientos sin sentirse demasiado cohibida y egoísta. En pocas palabras, la Navidad es casi la única oportunidad que tiene una persona para mostrarse realmente como es. Scarlet se acercó a Damen por la espalda en la abarrotada sala y le pilló desprevenido. —¿Qué haces aquí? —preguntó él—. Creí que estabas echando un vistazo a los últimos modelos de sierras para huesos… —Lo que le estáis haciendo es repugnante —le reprendió Scarlet. —La elección ha sido suya, Scarlet —refutó Damen—. Nadie la está obligando a nada. —No me vengas con esa mierda —insistió

Scarlet—.

Sabéis

que

os idolatra. Haría

cualquier cosa que le pidierais. —Entonces, ¿por qué no hablas con ella? —dijo Damen—. Yo participo en esto solo para conseguir algo de dinero para Navidad. —No atiende a razones. —No, querrás decir que no atiende a lo que tú le dices. —Que te entierren vivo en Nochebuena es una locura. —Eres igual que tu hermana —replicó Damen—, siempre queriendo que las cosas se hagan a vuestra manera. —¡No vuelvas a decir eso! — vociferó Scarlet dándole la espalda—. No podríamos ser más distintas. Damen se dio cuenta de que la había insultado. La agarró por un hombro y la giró hacia él. —No te preocupes —le aseguró Damen—. La subiré en seguida. Es solo un montaje publicitario. Acabará en un minuto, cobraremos y todos contentos. —Querrás decir que Petula estará contenta. Scarlet trató de mirar a Damen a los ojos, pero su expresión era la de alguien a quien le han lavado el cerebro completa y absolutamente. —Vale ya, ¿de acuerdo? —¿Por qué permites que te trate así? —No sé —respondió Damen—. Tenemos un montón de cosas en común.


—¿De verdad? ¿Como qué? ¿Que los dos sois populares? El desasosiego de Scarlet le cogió por sorpresa. Se esforzó por encontrar algún punto de convergencia entre Petula y él aparte del obvio, el sexo, sobre el que no deseaba discutir con Scarlet. Ella activó el cronómetro en su teléfono y esperó. —¿Y bien? —le presionó. Después de rebuscar a tientas un poco más, se le ocurrió por fin otra cosa. —A los dos nos gusta la misma música. —¡Petula no tiene ni la menor idea de música! —Pues cuando estamos solos pone unos discos y unos CD realmente buenos. —Esos son míos. Scarlet hundió las mejillas y frunció los labios, incapaz de decidir si se sentía más ofendida por que Petula hubiera usurpado su gusto musical sin mencionarla en los créditos o por haber proporcionado involuntariamente la banda sonora a sus ruidosas sesiones de morreos. También le resultaba extraño que Damen conectara con algo tan personal para ella. Extraño en el buen sentido. No tenía ni idea de que le interesara la música. La conversación parecía haberse apagado de forma incómoda para ambos. —Tengo que irme al cementerio —dijo él—. Te veré allí. —Asegúrate de que nada salga mal, ¿vale? Damen asintió con la cabeza y, al mirar hacia el enorme ventanal en voladizo del vestíbulo, dejó escapar un grito ahogado. —¡Está nevando! Su entusiasmo era infantil y sincero. Real. Cuando Scarlet se giró para contemplar los copos que caían, su ánimo y su actitud hacia él se descongelaron momentáneamente en medio del intenso frío. —Hablando de música —dijo ella—, parece que vamos a tener una blanca Navidad.

Charlotte, Petula y las Wendys llegaron al stand de Wormsmoth al mismo tiempo. Los fotógrafos y los cámaras de informativos estaban alineados en dos y tres en fondo detrás de las cuerdas de terciopelo que rodeaban los ataúdes de cristal. —Se está haciendo tarde —dijo el director de pompas fúnebres—. Pongamos en marcha el espectáculo, chicas.


Las Wendys se aproximaron vacilantes a los féretros transparentes mientras Wormsmoth abría las tapas. —Solo tenéis que subir y meteros —les indicó. Wendy Anderson fue la primera. Se tumbó y tragó saliva. Wormsmoth cerró la tapa, pero no pudo ajustarla bien. Al forzarla, las puntas de los zapatos de elfo de Wendy Anderson resquebrajaron la tapa del ataúd y la hicieron añicos. —¡No! —exclamó Wendy Anderson, afligida por el estropicio de sus zapatos. —¿Sabes cuánto cuestan estas cosas?—se lamentó Wormsmoth secándose el sudor de la frente—. Bueno, aún nos queda el otro. ¿Cuál de vosotras se anima? —Oh, seríamos incapaces de elegir entre nosotras —aseguró Wendy Thomas con falsedad, al tiempo que se volvía hacia Charlotte—. Así que supongo que solo quedas tú. —¿Yo sola? —¿Por qué no? Piensa únicamente en lo popular que te vas a hacer. En tu fotografía en el periódico y todo lo demás. —Sí, será recordado siempre —añadió Wendy Anderson. —¿Y vosotras? ¿No queréis un poco de fama? Las dos Wendys cruzaron los dedos a su espalda. —Tenemos más de la que merecemos —aseguró Wendy Thomas—. Este es tu momento de gloria. Charlotte se emocionó. —Lo haré. Las Wendys sonrieron y le volvieron la espalda para mostrar a Petula dos pulgares en alto. Charlotte subió al ataúd, se puso de pie dentro y permaneció quieta. Wormsmoth le explicó brevemente que varios de sus porteadores de féretros la colocarían sobre una camilla con ruedas y la escoltarían hasta el cementerio, donde se había excavado previamente un agujero. Ella escuchó con atención, especialmente la última parte. —Esa palanca de apertura que hay junto a tu mano izquierda es por si te entra el pánico o algo va mal. Hará saltar la tapa. El problema es que si la levantaras dentro de la fosa, podría provocar un derrumbamiento. Así que no la toques. Simplemente hazme una seña y le indicaré a tu amigo que te saque. ¿Entendido? Con una inclinación de cabeza, Charlotte le confirmó que lo había entendido y luego recorrió con los ojos la multitud que la rodeaba. Fijó la mirada en las Wendys. —Casi lo olvido —dijo Charlotte—. ¿Tenéis la tarjeta de felicitación de Petula para que la firme?


—Claro que sí —respondió Wendy Anderson metiendo la mano en su bolso de diseño y acercándosela. —Toma. Charlotte cogió el bolígrafo y firmó: «Con todo mi cariño, Charlotte Usher». Petula vio a Charlotte desplegar una sonrisa tan amplia que se sintió conmovida y, por primera vez en su vida, casi invadida por la culpabilidad. Todo este lío por sus regalos navideños. Petula se acercó a Wormsmoth. —¿Puedes esperar un minutito? —preguntó Petula esperando que sus flirteos previos le proporcionaran cierta influencia. —Está empezando a nevar con fuerza y me estoy quedando sin público —protestó Wormsmoth—. Tenemos que llevarla al cementerio. ¡Es casi medianoche! —No tardaré mucho —le aseguró ella. Petula se acercó a Charlotte y le indicó que se sentara en lo alto de la escalerilla. —¿He hecho algo mal? —preguntó Charlotte. —No —respondió Petula, abriendo el kit de maquillaje—. Solo que no podemos mandarte… con ese aspecto. Agarró suavemente la barbilla de Charlotte, la sujetó y se puso a trabajar. Con la maestría, rapidez y precisión propias de un cirujano fue aplicando polvos, líquidos, cremas, brillos y sprays. En un primer momento, las Wendys sintieron celos de la atención que Petula estaba prodigando a Charlotte, pero luego se convencieron a sí mismas de que todo formaba parte de la maniobra del último adiós. Para variar, no la interrumpieron ni se cogieron una rabieta para captar su atención. Petula se apartó un poco y admiró su obra. Charlotte se volvió hacia el ataúd colocado detrás de ella y contempló su reflejo en la tapa abierta, como en un gigantesco espejo compacto. —Estoy… —comenzó Charlotte. —Preciosa —añadió Petula terminando la frase en voz baja para que solo Charlotte pudiera oírla. —Gracias —susurró Charlotte, sobrecogida tanto por la inesperada generosidad de Petula como por su nuevo aspecto. —¿Qué opináis, brujas? —preguntó Petula. —Para caerse muerto —coincidieron las Wendys.


Scarlet llegó justo cuando Charlotte estaba a punto de meterse en el ataúd. —¿Lista? —preguntó Wormsmoth. —Lista —respondió Charlotte. —Adelante. Una vez que Wormsmoth dio la orden, se escuchó un rápido redoble de tambores, como si la multitud estuviera esperando

para

ver

a

un

funambulista ejecutando un número

temerario o a un hombre-bala saliendo de un cañón. Charlotte entró en el ataúd, se sentó y luego se tumbó. La multitud lanzó un grito ahogado y un rugido de aprobación. Entre el barullo, una única voz consiguió hacerse oír. —No lo hagas —gritó Scarlet—. Nadie merece esto. Charlotte le devolvió una sonrisa y con una seña indicó a Wormsmoth que continuara. Él introdujo la cabeza en el ataúd, acercándola a ella para darle las últimas instrucciones. —Recuerda, esto es un truco. No te van a enterrar de verdad, solo a bajarte a una tumba en el cementerio durante unos instantes. No tienes miedo, ¿verdad? Charlotte sacudió la cabeza. —Bien. Y por lo que más quieras, no toques esa palanca. Charlotte palpó el tirador de la apertura de emergencia para asegurarse de que estaba bloqueado. Finalizado el sermón, Wormsmoth devolvió su atención a la multitud. —Aquí la tienen —exclamó con el entusiasmo de un presentador de concursos de belleza—. Su Miss Morgue para el próximo año. Vaya, pensó Charlotte, no me imaginaba que este trabajo de modelo fuera acompañado de un título. Las cámaras fotográficas dispararon sus flashes y las de vídeo empezaron a rodar, capturando a Charlotte en toda su gloria inanimada, rodeada de exuberantes rosas rojas mientras avanzaba a través de la multitud envuelta en cristal. —¡Síganme! —gritó Wormsmoth, liderando el cortejo de medios de comunicación y directores de pompas fúnebres fuera del centro de convenciones, en dirección al cementerio de Hawthorne, que estaba al otro lado de la calle. Las campanas navideñas de la iglesia cercana comenzaron a tañer y la ligera nevada se volvió más intensa al tiempo que Charlotte llegaba.


Eric no encontró ni rastro de Charlotte en el cementerio, solo a un joven que se movía nervioso alrededor de un profundo agujero y con un cabrestante con un cable de acero sobre su cabeza. El tipo tenía ese aire de deportista musculitos que Eric detestaba pero que las chicas adoraban. Pelo abundante, sonrisa luminosa, hombros anchos. El tipo de chico por el que las tías se matarían entre ellas; que merecía un desvanecimiento. Tenía que ser Damen, pensó Eric. Le reconoció simplemente por las historias que había tratado de no escuchar de boca de Charlotte. Los celos le invadieron de repente, pero también sintió crecer su amor y admiración por Charlotte. Pensó que era la chica más bonita del Más Allá, pero la realidad era la que era, y ese tipo estaba fuera de su alcance. Que tanto en vida como una vez muerta Charlotte soñara con perseguirle, por no mencionar con salir con él, era un acto de insensatez o determinación tan extremo que podría considerarse una afección psiquiátrica potencialmente peligrosa. Eric se acercó a él para conseguir una perspectiva mejor. Para tantearle. —Podría acabar con él —masculló convencido, mientras el pulgar le temblaba de manera incontrolable—. No es para tanto. Eric empezó a bambolear el cuerpo lentamente, esquivando puñetazos ficticios de Damen y lanzando algunos golpes invisibles, otorgando un significado completamente nuevo al concepto de boxeo con adversario imaginario. —Estoy aquí —se burló Eric bajando las manos y haciendo señas a Damen—. ¡¿Quieres probar mis puños?! Justo en ese momento, Damen alzó los ojos con expresión vacía y Eric lo tomó como un desafío. Que Eric fuera invisible no significaba que no pudiera hacer sentir su presencia. —¿Es que mi chica no es suficiente para ti? Golpe. Golpe. Golpe. —Así es como solucionábamos antes las cosas. Damen sintió un escalofrío repentino, ahuecó las manos y sopló dentro de ellas. Comenzó a hacer molinillos con el brazo de lanzar para entrar en calor, igual que hacía durante el entrenamiento, y Eric lo consideró una agresión. —A eso me refiero —dijo Eric—. Venga. Eric esquivó cada giro con arrogancia, aunque no era lo que se dice un luchador. Lo suyo era la música. Pero su honor estaba en juego y, al contrario que cualquier otro pretendiente rechazado, su vergüenza sería eterna. Literalmente. Se puso frenético y lanzó un fuerte gancho de izquierda que falló su objetivo, pero que le arrastró hacia el remolino creado por el ejercicio de calentamiento de Damen. Eric giró y giró


como el aspa de un ventilador hasta que finalmente Damen cambió de brazo y él salió disparado hacia atrás y se golpeó contra una lápida. No se hizo daño, solo sintió herido su orgullo, un poquito. —Gracias a Dios, Charlotte no está aquí para ver esto —gruñó. Eric se levantó y se acercó a Damen justo cuando este alzaba ambos brazos. Eric no estaba seguro de si se trataba de un estiramiento o de una rendición, pero prefería no correr riesgos. —Está bien, digamos que quedamos empatados. Eric estiró la mano y acercó los nudillos a los de Damen para chocar imaginariamente los puños, pero al aproximarse, la soberbia se volvió a apoderar de él y se abalanzó de nuevo sobre su adversario. Damen, que en ningún momento se había sentido muy estable sobre el suelo resbaladizo por la nieve, perdió el equilibrio de improviso y ambos cayeron sobre la tierra helada. —Gracias a Dios, Petula no está aquí para ver esto —dijo Damen ruborizado al tiempo que se levantaba y sacudía la suciedad de sus vaqueros. La mención de Petula cogió a Eric por sorpresa. Alzó la vista hacia Damen y, recuperando algo de cordura, se dio cuenta de que había estado peleando consigo mismo. Eric contempló cómo Damen aplastaba con la bota la nieve y la tierra alrededor del agujero para compactarlas, preocupado ante la posibilidad de resbalar durante la puesta en escena. —Esta tierra está verdaderamente suelta. De repente, el señor Wormsmoth captó su atención desde la puerta del cementerio, seguido por un bullicioso séquito que cantaba villancicos con actitud sombría. Wormsmoth alzó un gorro de Papá Noel y lo agitó en el aire, haciendo un gesto a Damen. —No habrá revancha —dijo Eric levantándose del suelo helado. —Guárdate el gesto —respondió Damen devolviendo la seña a Wormsmoth.


Felices rebajas La expresión «Feliz Navidad», al igual que «Te quiero», puede decirse tantas veces que llega a perder su valor. Frases a precio reducido en un contenedor de rebajas con escaso atractivo. Decirlas es casi una obligación, como un regalo de compromiso. Se deslizan por la lengua sin pensar, sin esfuerzo ni sacrificio. Pero cuando salen del corazón, cuando se pronuncian mirando a alguien a los ojos y agarrando su mano, pueden significar un universo. Pueden cambiar el mundo. Mientras el ataúd cruzaba la calle rodando en dirección al cementerio, Charlotte imaginaba que era una especie de reina de la antigüedad a la que estaban transportando en unas andas hasta su último lugar de descanso. ¿Unas catacumbas bajo una ciudad eterna? ¿Una pirámide que se elevaba sobre las arenas del desierto? ¿Quién podría decirlo? Después de todo, era su fantasía, y ahora que estaba de nuevo viva, había empezado a creer que cualquier cosa era posible, así que dejó vagar la mente. Era todo tan romántico… Todos los ojos fijos en ella. Todos los corazones afligidos por ella. Se trataba de una sensación nueva, pues, aunque ya hubiera muerto antes, no tenía ningún recuerdo de su entierro. Algo de agradecer también, pensó. Puede que todo fuera un estúpido montaje publicitario para vender ataúdes y conseguir algo de dinero, pero aun así había cierta solemnidad en todo ello, pensó Charlotte. El silencio dentro del ataúd se veía interrumpido únicamente por retazos del Silent Night[15] que inundaba el aire, cantado con reverencia por la multitud que la seguía, acompañándola solidariamente con velas. Podía oír y ver casi todo lo que sucedía a su alrededor, ya que se encontraba en pleno meollo; sin embargo, se sentía curiosamente alejada del exterior. Los copos que caían parecían tomar velocidad al golpear contra la tapa del ataúd y aplastarse, como moscas en un parabrisas. La muerte lo impregnaba todo, incluso los copos de nieve. [15] «Noche de Paz».

El cortejo fúnebre llegó al fin junto a la tumba, excavada anteriormente, como había dicho Wormsmoth, y con altos montones de tierra cubiertos de nieve muy cerca de los bordes. El primer rostro que Charlotte vio fue el de Damen. Parecía distraído, pero aun así logró enviarle una leve sonrisa de «No te preocupes». Wormsmoth golpeó la tapa con los nudillos y luego la abrió para ayudar a Charlotte a sentarse. La multitud aplaudió de nuevo para animarla y Charlotte los saludó con la mano, asimilándolo todo. La aprobación. La aceptación.


Solo faltaba una cuestión burocrática más que Wormsmoth, como buen vendedor que era, había reservado para el final. Del bolsillo interior de su chaqueta sacó un documento doblado en tres partes y se lo entregó a Charlotte. —Firma este acuerdo de exención de responsabilidad y podremos empezar — dijo él—. Necesito protegerme, ya sabes. Las Wendys también aprovecharon la interrupción para acercarse a Charlotte y Wormsmoth. —Antes de seguir adelante, nos gustaría hacerte una breve entrevista de salida. —¿De salida? ¿Adónde me voy? —Bueno, nunca se sabe. Es una mera formalidad —la informó Wendy Thomas. —En una escala de uno a diez, valora tu experiencia en esta transacción. Charlotte empezó a meditar la cuestión, pero Wendy Thomas la interrumpió. —Diez. Bien. Y ahora… Scarlet estaba que echaba chispas mientras las Wendys sacaban un papel adicional para que Charlotte lo firmara. —Este documento exime expresamente a Wendy Thomas y a mí misma de cualquier responsabilidad legal con respecto a este proyecto ahora y en el futuro y además indica que estás participando en las actividades de esta noche por voluntad propia. Charlotte lo examinó rápidamente. —¿Tenéis un boli? Las Wendys le alargaron los suyos y sonrieron mientras Charlotte firmaba. Luego se volvieron hacia el director de pompas fúnebres. —Ejem, ejem —dijo Wendy Thomas aclarándose la garganta y extendiendo la palma de la mano—. El dinero por delante. —Primero el entierro y luego el dinero —replicó Wormsmoth indicando a Damen que procediera. —Será mejor que no lo fastidie —advirtió Petula. —Señorita, aún está a tiempo de echarse atrás —dijo Wormsmoth compasivamente. —No habrá vuelta atrás —gruñó Petula—. Vamos a empezar. El centro comercial cierra a medianoche. Scarlet las fulminó con la mirada y se volvió hacia Charlotte, hablando cada vez con más inquietud en la voz. —¿Estás segura, Charlotte? —¿Cómo me has llamado? —Charlotte… —respondió Scarlet vacilante—. Ese es tu nombre, ¿no?


Escuchar su nombre de labios de Scarlet la impresionó profundamente e, igual que si fuera una afirmación o un mantra, resonó por todo su cuerpo y su alma. De repente, se sintió invadida por la melancolía. Mucho tiempo atrás, ella fue Charlotte, y mediante algún tipo de intervención sobrenatural lo era de nuevo. La misma Charlotte de antes. Aunque no exactamente. Luchó como una amnésica con un trastorno de doble personalidad

para

confirmar su identidad a Scarlet. —Sí, lo es. —Está segura —insistió Petula apartando a su hermana de un empujón y alargando las manos hacia la tapa del ataúd para cerrarla—. ¿Podríamos, por favor, agilizar esto? Scarlet estaba a punto de arrojarse sobre Petula, pero Charlotte intervino. —No pasa nada —aseguró Charlotte rozándole el brazo con suavidad—. Solo me gustaría pedir un último deseo. —¿De qué se trata? —preguntó Petula con impaciencia. —¿Una foto de grupo? Petula alzó los ojos en señal de aceptación y arrastró a las Wendys detrás del ataúd, con Charlotte sentada justo en medio. Damen y Scarlet se unieron a ellas, de pie el uno junto al otro. —Decid patata —los animó Wormsmoth alzando un dedo en el aire para proporcionarles un foco de atención. —Eso no será difícil —masculló Petula, dispuesta a cualquier cosa para acabar con aquel asunto. Todos mostraron su más amplia sonrisa, incluso Scarlet, cuyo hermoso gesto no había quedado plasmado en ninguna fotografía desde preescolar. —Inmortalizados —susurró Charlotte. Para ella, toda esta historia ya no era cuestión de dinero, si en algún momento lo había sido realmente. El flash cegó a Charlotte y mientras se restregaba los ojos, le pareció distinguir un rostro familiar a lo lejos, aunque decidió rápidamente que se trataba o de un producto de su imaginación o de algún daño en la retina. —Todo listo —anunció Wormsmoth indicando a Damen con un gesto que amarrara el ataúd al cabrestante. Damen pulsó el interruptor y el cable se tensó, levantando el féretro por los aires. Accionó todas las palancas correspondientes y poco a poco lo guio hacia la fosa, encima de la cual permaneció suspendido un instante. Charlotte miró hacia arriba, hacia la nieve que caía, y a su alrededor, a las lápidas, y se sintió invadida no por la alegría o el temor, sino por la tristeza. Como semillas plantadas en suelo fértil, las fantasmales advertencias de Virginia,


Prue y Pam comenzaron a brotar en su conciencia. Cerró los ojos, tratando de ahuyentar los recuerdos de sus visitantes del Más Allá. Entonces, notó una ligera sacudida y empezó a descender. Mientras Damen la bajaba poco a poco, Charlotte abrió los ojos y trató de permanecer conectada al presente mirando fijamente a los ojos de Damen a través de la tapa del ataúd salpicada de nieve. Él hizo lo mismo, esforzándose por mantener una velocidad y una dirección constantes, totalmente concentrado en su tarea aunque se le estaban congelando las manos y sus botas se iban deslizando ligeramente por debajo de él. —Vamos —susurró Damen dándose ánimos—. Vamos. Charlotte aguardó satisfecha, mientras descendía más y más. Lo había logrado, era su sueño hecho realidad. Todos los ojos estaban fijos en ella. Los de Damen, Petula y las Wendys. Los de Scarlet. Charlotte empezó a sentir un cosquilleo por todo el cuerpo y su atención se distrajo momentáneamente del rostro de Damen para centrarse en el espacio que había junto a él, donde apareció una figura solitaria. Con tupé en el pelo, la postura firme, una guitarra en la mano y cantando. Charlotte contempló su rostro. Era un rostro al que amaba. Y entonces le reconoció. Era Eric. Charlotte sonrió, paralizada ante su mirada, y él le devolvió la sonrisa. Eric soltó la guitarra y la dejó colgando mientras abría los brazos de par en par. —Lo siento —dijo él—. Vuelve. Te quiero. De repente, la multitud dejó escapar un grito ahogado tan intenso que incluso Charlotte pudo oírlo. —Maldita sea —vociferó Damen mientras notaba cómo la palanca del cabrestante se movía inexplicablemente hacia delante—. ¡No puedo pararlo! El ataúd se deslizó peligrosamente, fuera de control, y cayó al fondo de la tumba. Aterrizó de golpe y Charlotte hizo justamente lo que le habían advertido que no hiciera. Alargó poco a poco la mano hacia la palanca de emergencia y tiró de ella con todas sus fuerzas, haciendo saltar la tapa y provocando el derrumbe de una tonelada de tierra y nieve sobre su cuerpo. Un entierro prematuro. —Oh, Dios mío —gritó Scarlet abalanzándose hacia el agujero—. ¡Charlotte! Damen ya estaba arrodillado sobre la tumba desplomada, cavando con desesperación. Scarlet se tiró al suelo y empezó a escarbar junto a él. Las Wendys y Petula echaron un vistazo a su manicura y eludieron la tarea. —Dejemos esto a los profesionales —recomendó Petula.


—Juro que no ha sido culpa mía —aseguró Damen. Scarlet tomó la mano de Damen, fría y sucia, y la apretó, transmitiendo un poco de calor a sus dedos y a la gélida y fúnebre escena. Cavaron y cavaron hasta que por fin llegaron a donde se encontraba Charlotte. Juntos, la arrastraron fuera de la tumba y la colocaron sobre la nieve recién caída. Estaba pálida, tenía el pulso débil y respiraba superficialmente. —¿Estás bien? —preguntó Scarlet con desesperación y lágrimas fluyendo de sus ojos. Charlotte sintió cómo el cálido llanto de su amiga se mezclaba con los fríos copos de nieve, llenándola de alegría incluso mientras la vida se le escapaba. Miró fijamente a Scarlet; esta tomó su mano y le limpió la tierra de la cara. —Parece tan tranquila… —dijo Scarlet a Damen entre lágrimas—. Está hermosa. —Es verdad —afirmó Wendy Anderson—. No mienten sobre ese maquillaje. —¿Puede alguien llamar a una ambulancia? —suplicó Scarlet, enfadada por que las Wendys y Petula permanecieran impasibles ante unas circunstancias tan atroces. El señor Wormsmoth se encontraba ya en el teléfono de emergencias para llamar y con las prisas, dejó caer el contrato al suelo. —¡Que alguien llame a un abogado! —bufó Petula a las Wendys mientras repasaba el documento firmado por Charlotte. —¿Por qué? —preguntó Wendy Anderson. —¡Sois unas idiotas, le hicisteis firmar el contrato con tinta invisible! —No importa, aun así recibiremos el dinero, ¿no? —preguntó Wendy Anderson. —Si no hay contrato, no hay dinero —aseveró Wormsmoth rompiendo el documento en sus narices. —¡Y tampoco regalo para mí! — gimió Petula golpeando el suelo con el pie. Las cámaras empezaron a grabar. Petula y las Wendys perdieron el control y cayeron de rodillas junto a Charlotte, formando un círculo de dolor interesado merecedor de una nominación a los premios Emmy. Un torrente de lágrimas, o de suero oftálmico, bañó a Charlotte mientras le quitaban la tierra de la cara. Charlotte les regaló una última sonrisa de complicidad y lentamente se fue apagando. La ambulancia llegó por fin y Damen levantó a Charlotte con cuidado, ayudando al personal de emergencias a tumbarla

en

la

camilla.

Scarlet contempló cómo la metían en la

ambulancia y luego bajó los ojos. En el lugar donde había estado tumbada, se podía ver la impresión de su cuerpo, como un ángel de nieve, junto al que había una bonita caja. Scarlet se arrodilló para recogerla. Levantó la tapa y encontró una etiqueta con un número


de referencia y algo que le sorprendió: su nombre. La metió con cuidado en el bolsillo de su abrigo. Las Wendys y Petula hacía rato que habían desaparecido, al confundir la sirena de la ambulancia con la de la policía. —Tiró de la palanca —confirmó Wormsmoth mientras inspeccionaba el ataúd—. ¿Lo haría a propósito? —¿Cómo? —exclamó Scarlet—. ¿Por qué lo habría hecho? —Hay cosas que nunca sabremos — sentenció Damen. Luego se aproximó a Scarlet, que seguía arrodillada sobre la nieve junto al hueco dejado por Charlotte, y se postró junto a ella. Apenado. —Tal vez —añadió Scarlet bajito. Scarlet estaba empezando a darse cuenta de que ella era la persona especial de Charlotte. —¿La conocías bien? —preguntó Damen en un susurro. —No —respondió Scarlet. —No sé por qué —dijo él—, pero desearía haberla conocido mejor. —Yo también —coincidió Scarlet limpiándose los ojos y la nariz mocosa. —¿Quieres que te lleve en coche? —preguntó él. —Claro —dijo ella. Damen la ayudó a incorporarse y ella se agarró de su brazo mientras caminaban juntos sobre la nieve recién caída. Damen le abrió la puerta y, una vez que Scarlet se hubo deslizado hacia el asiento del copiloto, la cerró. —¿A casa? —preguntó él. —No —dijo ella—. ¿Te importaría acercarme a la casa de empeño?

Charlotte y Eric llegaron de la mano, pasando inadvertidos, justo cuando la fiesta de Navidad del Más Allá se estaba poniendo en marcha. Los ángeles heraldos cantaban a lo lejos, a punto de finalizar su trabajo. —Qué hermoso —dijo Charlotte, sobrecogida por la alegría y el colorido de la escena.


Eric estaba sorprendido de lo rápido que había vuelto todo a la normalidad, y orgulloso del papel que había desempeñado para lograr que aquello sucediera. Pero más que nada, se sentía orgulloso de haber recuperado a su novia y de rodearla con el brazo. —Es Navidad —dijo Eric apretando suavemente la mano de Charlotte—. Ahora sí. —¡Charlotte! —gritó Virginia, entusiasmada. Todos sus compañeros de Muertología acudieron rápidamente para abrazarla. —¡Te hemos echado de menos! —bramó Mike. Querían hacerle un montón de preguntas, pero sobre todo una, teniendo en cuenta lo cerca que habían estado de quedar sumidos en el olvido. —¿Qué tal lo de morirse otra vez? —preguntó Rita con nerviosismo. —Guay, seguro —dijo Deadhead Jerry arrastrando las palabras. —Apuesto a que fue horripilante —opinó Violet, estremeciéndose. —Morirse dos veces, eso mola con creces —rimó DJ. —Ya sabes lo que se dice —añadió Green Gary—, que la principal causa de muerte es la vida. Charlotte meditó un rato la pregunta. La primera vez fue un accidente. En esta ocasión, había sido una elección. —Fue —vaciló Charlotte— como empezar de nuevo. —¡No te vuelvas a marchar jamás! —gritó Kim aferrándose a Charlotte como si le fuera la vida en ello. —Nos estábamos muriendo sin ti, amiga del alma —rapeó DJ. Charlotte estaba abrumada. —Espero que mereciera la pena — dijo Prue dando un golpecito a Charlotte en el hombro. —Creo que sí —confesó Charlotte—. Lloraron por mí. Incluso Petula y las Wendys. —Tal vez tenías razón respecto a ellos, después de todo —añadió Prue abrazándola—. Pero basta de lágrimas, ¿de acuerdo? ¡Es Navidad! Prue salió disparada para unirse a los demás y dar la bienvenida a la Nochebuena. Pam fue la última en saludarla, pero no por ello lo hizo con menos entusiasmo. —Sin ti, nada era lo mismo —susurró Pam estrechando a su amiga con fuerza entre los brazos. —Lo siento —respondió Charlotte también en un susurro. Una voz amable que no era la de Pam le contestó. —No tienes por qué disculparte. —¿Profesor Brain? Brain se acercó lentamente a Charlotte y la rodeó con el brazo.


—¿Qué tal el viaje? —Me alegro de haber regresado. A casa. Brain le devolvió una sonrisa cómplice. —En ocasiones, debemos alejarnos para valorar lo que ya tenemos y es necesario aprender de nuevo lo que ya deberíamos saber. A veces, ignoramos que queremos a alguien hasta que lo perdemos. Charlotte asintió con la cabeza. —¿Qué te empujó a regresar? —preguntó Pam. —Sí, qué fue. Yo estaba completamente segura de que te habíamos perdido —añadió Prue—, igual que todo lo demás. —¿Quién podría resistirse a esto? — fanfarroneó Eric deslizando las manos por su espectral figura. —¡Eric! —le reprendió Charlotte, mientras sus fantasmales mejillas adquirían un ligerísimo tono rosado—. Escuchad todos —respondió—. Estaba tan ocupada en revivir el pasado que me olvidé del ahora. —La Navidad presente —dijo Virginia con una sonrisa. —El mejor regalo que puedes ofrecer—añadió Brain—. Tú mismo. —Para progresar —reflexionó Charlotte—, imagino que es necesario seguir adelante. —Exactamente —confirmó Brain. —Ya no necesito volver a hablar de Hawthorne —dijo Charlotte con tono de disculpa. —Por mí no hay problema —respondió Eric con una sonrisa. —Usted sabía que Charlotte tomaría la decisión correcta —dijo Pam a Brain—. Por eso no intervino. Brain sonrió y les deseó a todos una Feliz Navidad antes de regresar a sus estudios. —Todo ha vuelto a ser como antes —dijo él. —No —discrepó una sonrienteCharlotte—. Es mejor. El coro de voces se elevó in crescendo y una brillante estrella se elevó en el cielo, eclipsando a todas las demás e iluminando el complejo con un rayo de luz dorada. —¿Bailas? —preguntó Eric. —Encantada —respondió Charlotte. Se tomaron de las manos y giraron y giraron bajo el maravilloso espectáculo y los deliciosos sonidos procedentes de las alturas. —Gloria in excelsis Deo[16] —cantaban las voces de los ángeles. [16] «Gloria a Dios en las alturas».


—Qué raro que el cabrestante se rompiera en ese momento. Justo cuando nuestros ojos se encontraron —comentó Charlotte a Eric mientras disfrutaban de su vals navideño. —¿Qué cabrestante? —replicó Eric con una alegría en los ojos casi tan intensa como el brillo de la estrella que refulgía sobre ellos. —Estabas dispuesto a traerme de regreso… —comenzó Charlotte. —Aunque para ello hubiera tenido que matarte. —Mi chico—susurró Charlotte—. Qué dulce. —Pero yo no te maté. Eso lo hiciste tú. —Lo sé. Pobre Damen —reflexionó. —Bueno, ya no tendrás que volver a preocuparte de eso. —¿Por qué? —preguntó Charlotte esperanzada. —Porque nunca sucedió. Eric la hizo girar de nuevo al ritmo de las risas, las ovaciones y los mejores deseos de los becarios de Muertología. Cuando las campanas de medianoche tañeron anunciando la llegada de la Navidad, Eric se inclinó para besarla, pero Charlotte se puso tensa de repente. —¡Oh, no! —gritó—. No he tenido tiempo de comprar regalos para nadie. —Sí que lo tuviste —afirmó él. Eric consiguió su beso y la feliz pareja se separó para desear lo mejor a todos sus amigos. —Hablando en serio —le dijo Pam en confidencia—, ¿por qué has regresado? —Por amor. Tan sencillo como eso —aclaró Charlotte—. Supongo que necesitaba alejarme para descubrir que mi vida después de la muerte es realmente maravillosa. —¿Te han regalado este año lo que querías? —preguntó Eric. Charlotte le abrazó con fuerza, le besó bajo el muérdago sobrenatural y le susurró al oído: —Sí. Tengo todo lo que siempre deseé.


Éxtasis de regalos Pocas cosas resultan más deprimentes que los momentos posteriores a la Navidad, cuando ya se han abierto los regalos, se han terminado las sobras y se han organizado los tiques de devolución. Papeles rasgados, cintas, cajas y lazos, delicados guardianes de secretos ocultos durante todo un año, yacen esparcidos por nuestros suelos y alfombras, desechados como periódicos del día anterior —daños colaterales de la explosión de alegría navideña—. La Navidad es una época en la que intercambiamos símbolos de amor; sin embargo, el único regalo que perdura, que realmente ilumina nuestros espíritus para siempre, es el que se entrega sin necesidad de envoltorio: el propio amor. Scarlet y Damen se habían quedado dormidos frente a la chimenea de la casa de los Kensington, esperando a que el reloj anunciara la medianoche del día de Nochebuena. —Acabo de tener un sueño de lo más disparatado —dijo Scarlet aturdida. —¿Que Papá Noel estaba a punto de llegar aquí? —gruñó Damen, aún medio dormido. —Gracioso, pero no. —Entonces, ¿de qué iba? —He soñado con un objeto. —¿Con cuál? —Algo que siempre he querido por Navidad —le explicó Scarlet acercándose al árbol—. De hecho, voy todos los años a la casa de empeño para verlo. —Y ¿sigue allí? —preguntó Damen—. ¿Cómo un huérfano? —Supongo que nadie más lo quiere—dijo Scarlet—. Pero yo lo adoro. —Y ¿por qué no lo has comprado nunca? —No es el tipo de cosa que te compras a ti mismo. —Y ¿ese ha sido tu sueño? ¿Qué mirabas el escaparate como el pequeño Tim? —No. El sueño era que me regalaban lo que quería, igual que a todos los habitantes de la ciudad. A todas las personas que se sentían diferentes. Fuera de lugar. Invisibles. Todos los que nunca recibieron lo que deseaban porque nadie los conocía lo suficiente como para encontrar los regalos perfectos. —¿Como un Papá Noel gótico? —Sí —respondió ella. Damen señaló el reloj de la pared al darse cuenta de que la manecilla grande y la pequeña estaban colocadas en vertical hacia arriba, a punto de encontrarse en las doce. —Mira —dijo Scarlet —. ¡Está nevando! —Una sincronización perfecta —contestó él.


Damen alcanzó el mando a distancia y pulsó el botón de play. Las cálidas y nostálgicas notas de The Christmas Song llenaron la estancia mientras se inclinaba bajo las ramas del abeto y cogía un paquete con el nombre de Scarlet en la etiqueta que colgaba del lazo. Se lo acercó. —¿Esto es de tu parte? —Supongo que sí —dijo Damen. —Oh, Damen —dijo ella con nerviosismo—. Yo ni siquiera he envuelto tu regalo. Nos quedamos dormidos y… —Feliz Navidad —dijo él. Scarlet tomó el paquete y lo sujetó un instante entre las manos antes de tirar suavemente del lazo. La cinta se aflojó y cayó al suelo al tiempo que la música aumentaba de volumen y el fuego crepitaba. El aroma a bálsamo invadió la estancia. Scarlet levantó la tapa poco a poco, conteniéndose, mirando dentro con indecisión. Y allí estaba. El regalo de Navidad con el que llevaba soñando toda su vida. El gato negro que Petula le había arrebatado, devuelto. —¿Cómo lo has sabido? —susurró Scarlet abrazándole con cariño y agradecimiento. —Podría decirse que ha sido obra del espíritu de la Navidad —respondió Damen con timidez.


Nota de la traductora A fin de que el lector pueda disfrutar cuanto antes de la «banda sonora» de Ghostgirl. Canción de Navidad, se incluye a continuación una relación de los epígrafes originales de cada capítulo (que no son otra cosa que canciones navideñas más o menos conocidas) junto con el nombre del grupo o intérprete en cada caso). Capítulo 1: Blue Christmas (Elvis Presley) Capítulo 1: Angels We Had Heard on High (villancico popular) Capítulo 1: Santa Claus Is Coming to Town (John Frederick Coots y Gillespies Asilo) Capítulo 7: White Christmas (Irving Berlin. Popularizada por Bing Crosby) Capítulo 7: Twelve days of Christmas (villancico popular inglés) Capítulo 9: Merry Christmas. I Don’t Want to Fight Tonight (Los Ramones) Capítulo 11: parodia del villancico Santa Claus Is Coming to Town Capítulo 11: Have Yourself a Merry Little Christmas (interpretada por Judy Garland en el musical Meet Me in St. Louis. Popularizada por Frank Sinatra) Capítulo 11: Have Yourself a Merry Little Christmas Capítulo 13: I don’t need a lot of presents (canción tradicional escocesa. Letra de Robert Burns) Capítulo 13: I don’t need a lot of presents Capítulo 15: Silent Night (villancico tradicional austriaco) Capítulo 15: Gloria in Excelsis (himno del siglo IV)

Sobre la autora Tonya Hurley debutó con Ghostgirl, que de inmediato entró en la lista de los

libros más vendidos del New York Times. Su actividad creativa abarca todos los soportes de entretenimiento para adolescentes: es lacreadora, guionista y productora de dos populares series de televisión; ha sido guionista y directora de varias películas de cine independiente aclamadas por la crítica, y ha desarrollado una innovadora colección de videojuegos.


Tonya Hurley vive en Nueva York con su marido y su hija. Visita su galardonada pรกgina web en www.ghostgirl.com

Ghostgirl Canción de navidad  
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