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CREATIVO

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Estimado lector: En esta sección encontrarás un cuento corto titulado “La caja”. Cada número de la revista el cuento tendrá una nueva entrega redactada por una persona diferente al de la entrega anterior, conservando partes esenciales de la trama. Si quieres puedes colaborar con una nueva entrega de esta trama inconclusa; para hacerlo manda a la dirección de correo tengolavoz@cencord. com.mx tu propuesta en una extensión de una cuartilla en tipografía Times New Roman 12 puntos a doble espacio.

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LA CAJA 4TA PARTE

POR: VICENTE MONTOYA TITULAR DE PSICOLOGÍA

P

asé parte de la noche explicando a mi tutor sobre la llamada, la cita y la pelea. Traté de no demostrar mi Intermienojo anterior y mis deseos de tener la caja. Intermi tentemente entraba al cuarto aquella mujer. Él la llamaba Mónica. Sé que ella se percataba de que trataba de ver a través de su camisón pero no demostró cuidado alguno, por el contrario, el Sr. Arnoldo mostraba tanta preocupación y hacía tantas preguntas sobre el mismo tema que no ponía atención a las miradas lascivas que le lanzaba a aquella mujer. -¿A qué hora te llamó? ¿En dónde dices que te citó? ¿Cómo era?- realizaba una y otra vez las mismas preguntas hasta el cansancio. Parecía que trataba de hilar los eventos ya que de repente hablaba solo o dejaba escapar alguna idea que pensaba. Le vi muy frustrado y preocupado. Al amanecer, Mónica se presentó en la cama con un una diminuta mesa para el desayuno: traía un par de huevos, pan y un zumo de frutas. -¿Cómo has dormido Joel?- Mejor que mi casa, le respondí. Mis ojos buscaban aquella silueta de la noche anterior. –Te he preparado algo para que desayunes-. Mientras hablaba, colocó la mesita a un costado de la cama y se sentó a la esquina del lecho -Joel, tal vez sea mi única oportunidad de de decirte esto, huye ahora mismo, aléjate de esta casa, de esta gente y llévatela contigo- Mientras hablaba se desabrochó uno de los botones de su blusa y me mostró una llave común y corriente que pendía de una pequeña cadena para el cuello. La colocó en mi mano. -Esta llave es de la puerta del fondo del pasillo. Llévate la caja-. Se incorporó y sin responder a mis preguntas salió del cuarto apresurada. Me dejó desorientado por las palabras y la situación. Salí rápido de la cama y observé en el suelo mis zapatos. Pasé tres veces mis pies en cada uno de ellos, aunque fuera de prisa no podría olvidar mi ritual de la suerte. Abroché las agujetas, me lavé la cara en el baño de la habitación.

TEMPLE BAJO 0°

Abrí la puerta del cuatro, la casa se encontraba en silencio y no había rastro de Mónica. A hurtadillas

Hoy amaneció lento y pesado mis rodillas temblantes parecían postergar en su marcha lo irremediable mientras que la penuria surcaba mi frente, desnuda, ante un viento tóxico que me golpeaba. La marginación de mi entereza se proyectaba en mis manos sudorosas y en el trépido de mis dedos. Era tal la fatiga de mi temple que decidí salir de casa con los ojos cerrados palpando a gatas la circunstancias que me rodeaban orbitando en torno al eje central de mi desventura, en la constelación infinita del arrepentimiento. Fraguábase tu imagen en el centro de mi universo y mis errores fulminaban en tus ojos una sentencia definitiva

me dirigí a la puerta que desde niño me había intrigado, ya que en ocasiones veía al Sr. Arnoldo entrar a esa habitación y le impedía a cualquier persona acercase. La puerta tenía un color tinto, bien cuidada y reluciente, a diferencia de la mayoría de las puertas de la casa, ésta se encontraba perfectamente cuidada y encerada. Al abrirla, me entró una inquietud que pocas veces he deteni experimentado, pero a causa del poco tiempo que tenía para llevarme la caja, no reparé en observar detenidamente las cosas extrañas del cuarto: el ligero olor a humedad y a libros viejos, las inscripciones tan extrañas talladas en distintos relieves de madera y esa enorme imagen de lo indescriptible. Me percaté que la caja se encontraba en el centro de la habitación. Las manos me sudaban, el corazón latía tan rápido que experimentaba una intenso y consecutivo beat en mi pecho que me impedía respirar. La había tomado. Afuera, alguien había tocado la puerta con gran fuerza, escuché un tono de voz grave y gritos de una mujer que supuse eran de Mónica. Un disparo. Silencio. Salí corriendo de la habitación. Por alguna razón que ahora no recuerdo, decidí cerrar una vez más la puerta con llave, no sé cómo carajos lo hice en tan poco tiempo y con tanta adrenalina en mi cuerpo. Apresurado bajé las escaleras que dan hacia el patio. Abrí de golpe la puerta que da al callejón de descarga y corrí hasta el cansancio. No me detuve hasta que quedé sofocado y mareado. Miré mis brazos; la tenía conmigo a salvo. Rápidamente apareció la imagen del Sr. Arnoldo, y me invadió la culpa. Pero era más grande mi curiosidad y mis ansias de conocer el contenido de la maldita caja. Busqué un lugar seguro, alejado de la gente. Decidí entrar al Parque que se encuentra en la calle V. Se encontraba lo suficientemente despejado como para observar mi caja. Sentado, bajo la sombra del primer árbol que encontré, intenté abrirla y así dar por finalizada mi obsesión, no sabía qué seguiría después de abrirla. Ahora la sentía un poco más ligera que antes, con un poco más de brillo, como si la hubiesen limpiado. En pocas palabras la veía renovada. Seguramente me daba esa impresión por la tentación que ella me provocaba. Estuve un par de horas tratándola de abrir. Pasé por la desesperación, por el análisis, cansancio, duda, pero nunca apareció el hastío. Al voltearla, observé que en la esquina de la caja se encontraba una pequeña hendidura de donde se dejaba ver la orilla de un papel. Busqué un pequeña ramita para hacerme palanca y logré sacar un cuadrito de papel corriente con un recado.

“Tres veces imbécil, es una réplica”

continuaban siendo mis horas verdugas y perezosas y los pensamientos se escapaban del juicio cual parvada forastera. No hice más que aferrarme a la poca entereza que me restaba arrojando mis realidades por la borda enfaticé en mi ánimo los pasos que preceden mi ritmo cardíaco: tu proximidad hacia el encuentro con mi alma desnuda... El arte del vocablo, empapado en la atadura de la piedad abrió las palmas de tus manos encerrando mis mejillas y del aliento el erotismo exento de apatía el mundo y sus prejuicios desbordó, mientras, el desvelo frente a tu mirada, ahora falta de imperativo, abogaba tu inmanencia a mi porfiado sistema cardinal de ubicación mas sin embargo, en el espacio del minuto inextinguible y en los efectos embriagantes de recorrer tu cuerpo desnudo las raíces mortíferas del flagelo aún proliferan.

La Voz Concordia  
La Voz Concordia  

En esta edición daremos un paseo por los andadores de la universidad encontrando una gran cantidad de los buenos amigos que hay en ella. Ade...

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