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ASOCIACIÓN DE VECINOS DE ENCINILLAS Antiguas Escuelas Públicas – 40391 Encinillas, Segovia vecinosencinillas@yahoo.es www.encinillas.es.mw

NÚMERO 10

VERANO 2005

A TODOS Como bien sabéis el sábado tres de julio celebramos una reunión de la Asociación a la que acudieron numerosos socios y socias para pensar en qué hacer este verano. Se acordó celebrar unas actividades que dieran continuidad a lo que ya va siendo una tradición: El II Concurso de Tortillas, La Caldereta y el II Concurso de Microrelatos. Y con los correspondientes bailes, que ya tenemos equipo de música. También hay previstas, de momento, unas conferencias, sobre Isabel la Católica, sobre el Camino de Santiago y sobre como predecir el tiempo observando las nubes. Todas ellas ilustradas con diapositivas. Por otra parte está previsto realizar unos ciclos de vídeo tanto para niños como para mayores. Todas estas actividades se irán concretando a medida que se vayan a celebrar. Pero ir pensado en los Concursos de Microrelatos y de Tortillas. Al tiempo, hay que celebrar una Asamblea General para proceder a la Elección de la Junta Directiva, adaptar los Estatutos de la Asociación a la Ley Orgánica 1/2002, que nos ha sido requerido por la Delegación Territorial de la Junta de Castilla y León y dar de baja a los socios que no han abonado las cuotas de 2002 y 2003. En esa Asamblea se rendirán cuentas, que estarán, por escrito, a disposición de todos y cada uno de los socios.

RELATOS GANADORES DEL II CONCURSO DE MIRORELATOS DE ENCINILLAS

EUGENIO VELASCO DE MARCOS, “LA SIERRA LA VIEJA”


Hace ya tiempo que de cuando en cuando, abro el baúl de los recuerdos. Cada vez resulta más fácil, no se si es porque cada vez el baúl esta más repleto, o porque con el paso de los años tengo mejor memoria (o por lo menos más amplia). Hablando de recuerdos quisiera contaros, sobre todo a los niños, una fiesta que nosotros celebrábamos hace muchos años. Ese día también teníamos vacaciones aunque no era verano, era el 7 de marzo, pero comenzábamos la fiesta mucho antes, concretamente el día de San Antón, el 17 de enero. Desde el 17 de enero hasta el 7 de marzo, los chicos nos juntábamos de vez en cuando para preparar la fiesta. El día de San Antón, todos los chicos nos reuníamos y llevábamos cencerros, incluso “zumbas”, que eran igual que los cencerros pero mucho más grandes. Se empezaba prontito al amanecer (una manía antigua), los primeros en llegar siempre eran los chicos del “tío chaval”, Pablo y Velarde, ellos daban la vuelta al pueblo y nos buscaban a todos para reunirnos a la puerta de la iglesia. Una vez todos juntos, empezábamos la cencerrada. Llevábamos en el cinto el taleguillo colgado con el almuerzo, un buen almuerzo, que consistía en un ramalillo de longaniza (“la cata”) en el que ya se había pensado cuando se hizo la matanza reservando una pequeña vuelta de chorizo para los chicos y el día de San Antón. Una vez todos juntos, sin importarnos la nieve, que entonces era nieve de verdad, y con la merienda a cuestas, nos íbamos a la cueva “el tejón” que estaba en la cotera de Encinillas pero ya dentro del término de Roda de Eresma. Era una cueva muy grande y que según decían en sus tiempos se comunicaba con la sacristía de la iglesia de Cantimpalos, y digo era porque hoy en día ya no existe, se hundió y desapareció como tantas otras cosas desaparecen con el tiempo. Después de almorzar, volvíamos a la puerta de la iglesia cencerros en mano y nos dábamos una vuelta por la carretera para pedir a los escasos coches que entonces pasaban por ella. Se pedía la voluntad y se insistía mucho: -“Buen hombre, buen hombre, denos una perrilla para la vieja la sierra, ande, ande, ..., ande. A quien nos daba algo, que solían ser 5 ó 10 céntimos como mucho, le bendecíamos: -“Muchísimas gracias y que Dios se lo pague”. A quien no nos daba nada, que había muchos, le decíamos de todo: -“Tacaño, agarrao, ...” Y algunas veces teníamos que salir corriendo porque lo que nos daban era leña. Una de esas veces, recuerdo que conseguimos que parara un coche, y de él bajó un señor que lentamente metió la mano en su bolsillo y, para asombro de todos, saco un monedero de plata y nos dio una peseta de las de plata y por supuesto, nosotros nos quedamos con los ojos como platos para toda la tarde. Desde ese día siempre que sacábamos tiempo salíamos a pedir para poder ahorrar hasta el día 7 de marzo. El día de la fiesta los chicos del pueblo dábamos una vuelta por las casas y conseguíamos huevos, chorizo, tocino, patatas, ..., cada uno nos daba lo que quería o tenía y nosotros, como agradecimiento, rezábamos un “padrenuestro” por los difuntos en cada una de las casas. Visita obligada era también el molino, que se encontraba siguiendo el río antes de llegar a Bernuy, allí íbamos para pedir huevos porque tenían siempre muchas gallinas, pero la mayoría de las veces


teníamos que volver corriendo porque, aparte de los huevos que voluntariamente nos daban, nosotros por nuestra cuenta visitábamos el gallinero, pues siempre había alguna gallina perezosa para poner. Todo lo que conseguíamos se lo llevábamos a la “tía Paula” (que tenía por apodo “la tía Zorrilla”), era la caramelera del pueblo y quien nos hacía las tortillas, nos freía el chorizo, los torreznos, en fin, nos apañaba el asunto. Entre los chicos siempre había dos mayorales, solían ser los mayores, que se encargaban de la organización y de pagar a la tía Paula con el dinero que habíamos conseguido pidiendo y por supuesto de invitar al señor maestro a la merienda. Después de tan copiosa y magnifica merienda, pues ¡a jugar¡, que era lo nuestro, a divertirse a lo grande corriendo todo el día por las calles sin importar el agua o el frío, ya nos acordaríamos de las inclemencias del tiempo más tarde, por la noche al acostarnos, con el picor de los sabañones en los pies, pero ese es otro cuento y ya nadie nos podía quitar lo bailao.

JOAQUÍN ROMANO VELASCO, “LAS ÚLTIMAS BARCAS QUE SURCARON EL SAN MEDEL”

Encinillas dista del mar esa distancia que casi nadie en este Pueblo se atrevió nunca a recorrer antes de la llegada de los primeros coches a motor. Eso que ahora parece una tragedia vivida por nuestros abuelos, en realidad era la contra parte de un privilegio que la madre naturaleza concedía a los habitantes de este Pueblo, y de la que pude ser testigo de excepción cuando era niño. ¿Qué necesidad de ir hasta el mar, si el Arrollo que pasa por el Pueblo traía el agua desde el mismísimo Cielo? Por suerte mía, y segura desgracia de las generaciones de niños que me sucedieron, formé parte de la última quinta que vio como el agua corría todo el verano por nuestro Arroyo, llamado de San Medel quizás en honor a un Santo que daba nombre al Pueblo que debió existir camino de Bernuy, y del que apenas quedan restos de su iglesia. Las aguas de nuestro Arroyo llevaban entonces una corriente capaz de arrastrar incluso las blancas sábanas de algodón a nada que se descuidasen un poco las mujeres cuando bajaban a los lavaderos a hacer la colada, con sus toscas pastillas de jabón hechas por ellas mismas a base de sosa y manteca de cerdo. Aquella corriente del agua resultó ser la llave que habría la puerta al mágico mundo de la imaginación y creatividad que teníamos los niños en esos tiempos en los que no había ni pilas ni pelas para juguetes, de modo que había que ingeniárselas para poder tener juguetes con los que jugar, y pilas para darles continuo y automático movimiento. Mucho antes de que en la escuela nos contaran que Newton había descubierto la Ley de la gravedad viendo caer una manzana de un árbol, nosotros viendo caer sobre el agua del San Medel las roñas de los viejos chopos que aun pueden verse aguardando el agua en sus orillas, habíamos descubierto esa Ley no solamente en la teoría, sino mucho mejor aun, en la práctica. Descubrimos sin saberlo, que si el agua era capaz de dar movimiento a esa amorfas roñas, también lo sería de los barcos que con ellas pudiéramos construir. A decir verdad, en realidad, fueron nuestros abuelos, esos que nunca salieron de Encinillas para ir a la mar, ni vieron los barcos o los veleros que la surcan, los que habían aprendido a tener de niños sus propios astilleros, y construir con sus pequeñas navajas, de cachas de madera las más, o de nácar las menos, barcos de roña capaces de resistir proa a favor de corriente y cubierta cara al cielo, los torrentes y rápidos más bravos del San Medel. Todavía mirando el dedo índice de la mano izquierda puedo ver las marcas de los cortes que dejaba la navaja, a modo de rectas y cortas líneas dispuestas en fila, pareciendo hechas a posta para contar las incontables barcas que íbamos haciendo. En la emoción de aquella tarea de armador naval, nunca nos quejamos de esos cortes que se marcaban del rojo de una sangre inocente, como tampoco nunca oímos quejarse a los viejos chopos a los que quitábamos sus arrugadas cortezas, ni el propio Arroyo al que arrojábamos nuestras barcas, y a las que con una


vara larga como timón dirigíamos a la meta que fijábamos en nuestra competición: Del Puente Nuevo a la Presa, de la Presa a la Laguna o el Barranco del Cubillo, de Los Tres Árboles a los Lavaderos, de la Cueva la Zorra al Puente Canto, y a veces incluso llegábamos con nuestros viajes en barca de roña hasta el mismísimo Roda. Los peces y los cangrejos que entonces poblaban el San Medel se apartaban aterrorizados al paso de nuestras barcas, como si de verdaderas barcas de pesca se tratasen, sobre todo al sentir los golpes que dábamos al agua con nuestras varas para desatascarlas de los juncos o las mimbreras en los que con frecuencia se atascaban. ¡No vale tocar la barca, sólo al agua!-, nos gritábamos para impedir que el otro nos hiciera la trampa de ayudar a la barca empujándose con el palo. ¡Sólo se puede mover la barca con la corriente!- decíamos al principio, pero luego aprovechábamos a ayudarnos un poco. No fueron sin embargo los fuertes golpes de nuestros palos los que hicieron daño al San Medel, sino lo palos que le están dando la contaminación y los pozos que han ido secando sus fuentes y sus afluentes. Tanto daño que desde que se ha industrializado todo, ya no nos trae en los veranos el preciado agua de los cielos para que los niños jueguen. Podremos creernos más afortunados que nuestros abuelos por que ahora podemos ir hasta el mar, o ir a comprar los barcos de plástico ya hechos, movidos a pilas alcalinas sin necesidad de la corriente del Arroyo, y sin tener que tallarlos con nuestras navajas. Pero sin el agua en el verano corriendo por el San Medel, no podremos dejar a nuestros nietos el precioso legado de esa tradición tan arraigada en los veranos entre los niños de Encinillas de hacerse uno sus propias barcas con la roña que los chopos nos regalaban, para hacerlas correr río a bajo. Quizás hasta Roda, donde las despedíamos para soñar que con ellas seguíamos el viaje hasta el Eresma, el Duero o, por que no, la misma mar. CARLOS RUDOLF MUR : LA SOMBRA DE ENCINILLAS

La familia Buenaventura fue una de las familias más importantes e influyentes de España a finales del siglo XVI, gracias al hallazgo de una mina de oro al sur del mismo país. Su origen pero era Encinillas donde tenían una suntuosa residencia al lado del río. La familia estaba compuesta por cinco miembros. El patriarca Don Emilio, su noble esposa Doña María, su hijo mayor Fernando, Francisco hermano menor de Fernando y la hija pequeña Eva. Un día, Don Emilio compró una rara estatuilla con esmeraldas como ojos en un pueblo vecino, en San Medel, de un vendedor ambulante. Creyendo haber hecho un buen negocio entró en casa. Aquella estatuilla, quizás una figura pagana de las Indias, llevaba grabada una inscripción en una lengua desconocida por el Patriarca. Don Emilio era una persona agradable, cortés y de naturaleza tranquila, hasta que adquirió aquella estatuilla maldita. Año tras año, el Patriarca se tornó una persona maligna y violenta. Ahora daba paseos nocturnos y no volvía hasta el alba del día siguiente. Su familia estaba preocupada, pues ahora decía cosas sin sentido, bebía de vasos vacíos y ya no se preocupaba por su familia. El resto de la familia, al ver mermar la cordura de Don Emilio decidieron ingresarlo a la torre de los locos en Segovia a escondidas del Patriarca. Al enterarse de esta conspiración, Don Emilio huyó. No tardaron en salir detrás de él los dos hermanos, armados con cuchillos y una pistola por si acaso. Entre las sombras del tenebroso bosque en el río Eresma cerca de Las Huertas por la noche, perdieron la pista del Patriarca y decidieron volver. En el lindero del bosque un desgarrador grito provocó a los familiares de Don Emilio les recorriera un escalofrío por la espalda y se quedasen petrificados, inmóviles, incapaces de mover un solo músculo ante el miedo. Ambos hermanos blancos como sábanas y con una mueca de terror plantada en la cara abandonaron el bosque entre el susurrar de las ramas al viento. Al regresar a casa los ojos verdes de la estatuilla brillaron con una increíble intensidad así que toda la familia supo que estatuilla era la desencadenante, por lo tanto, decidieron destruirla. Para su suerte se trataba de una estatua de madera. Los dos hermanos la tiraron por encima de la madera en la chimenea y con terror observaron como el tremendo calor de los ojos encendió el fuego y el ídolo se quemó. Se quedaron sólo los dos esmeraldas. Justo en este momento alguien llamó a la puerta. Fernando se dirigió a la puerta con paso inseguro y pistola en mano. Al abrir la puerta no encontró a nadie


delante de la puerta y se aventuró a salir un poco del portal. Aquella noche anunciaba una tormenta y una densa capa de niebla cubría la atmósfera, por la cual ni la luz de las farolas conseguía atravesar. Mirando al frente vio aproximarse a una sombra. A poca distancia de Fernando, esa sombra sacó a relucir una enorme guadaña. El hermano mayor de Francisco apuntó hacia la cabeza de la sombra. Al ver que la bala no surtió efecto quiso volver a su casa, pero ya era tarde, estaba perdido entre la inmensidad de la niebla. Con la sombra delante y la niebla detrás, no le quedó más que armarse de valor y cargar con un cuchillo. Pero aquella espectral figura le esquivó y propinó un corte profundo en el abdomen. Su grito de dolor quedó ahogado por un trueno de aquella terrible noche de tormenta. Al amanecer la preocupada familia Buenaventura, encontró muerto a Fernando. Tras haber oficiado el funeral la familia empezó a deshacerse discutiendo violentamente por las esmeraldas. De los Buenaventura no se supo nada más en aquella región y su mansión desapareció misteriosamente. El Patriarca se había transformado lentamente en aquella sombra por medio de aquella estatuilla. Aún hoy, la gente dice ver en noches de tormenta con densa niebla una sombra que vaga por el pequeño río de Encinillas empuñando una enorme guadaña. ELICIO SANZ VELASCO, “EL CACO MONTOYA”

Habían ocurrido misteriosos robos en casa del señor Juan (el tío Gato) que estaba deshabitada. Es la última casa que hay en la calle del Río bajando a la derecha. Se daban las circunstancias de que para entrar en la casa en las dos ocasiones en que había ocurrido, los ladrones habían hecho un butrón o agujero en el tejado, y de que habrían ocurrido el mismo día de la semana, me `parece que la noche de los jueves. Los robos carecían de importancia, algunas gallinas y objetos de poco valor. Habían aparecido unos billetes de tren de Madrid a Hontanares y también algunas inscripciones o mensajes escritos dentro de la casa. Se habían insinuado algunas sospechas. La guardia civil decidida a atrapar a los ladrones montó un servicio especial la noche del jueves siguiente, esperándolos dentro de la casa. A eso de las cinco de la mañana del día siguiente, viernes, (debía ser la primavera del año 1.950), todavía noche cerrada, yo cogí mi bicicleta para ir a Segovia a tomar el primer tren que salía alrededor de las siete, para dirigirme a Madrid, donde tenía que pasar reconocimiento médico para la I.P.S. (Milicia Universitaria). Al dirigirme a la taquilla para sacar el billete, quedé sorprendido al ver en otra cola a nuestro protagonista, Montoya (alias Montgomery) que con otro “colega” llevaba sendos manojos de gallinas o pollos y uno o dos sacos cuyo contenido no se percibía. Procuré que no me viera puesto que me conocía como yo a él y abordé el tren colocándome en otro vagón desde donde pude ver como, de vez en cuando contemplaban, enarbolándolos los manojos de gallinas. Llegué a Madrid, atendí mis asuntos y regresé por la tarde a Segovia, pero antes de venir a Encinillas pasé a tomar una cerveza y a ver a mi amigo Ismael (“Casillas”) que trabajaba de camarero en el bar Agejas, que estaba situado más o menos al comienzo de lo que hoy es la Avenida Fernández Ladreda. Ismael nada más verme y saber que venía de Madrid, me espetó: − ¿Entonces no sabes a quién le han robado gallinas esta noche en Encinillas? − No − Pues a tu tío “Pericasca” (Ignacio Pérez) − ¡No me digas! Pues ya sé quien ha sido −le respondí. Y le conté lo que había visto. Y él me contó los detalles del robo, que no sólo habían robado las gallinas sino también los cabritillos, etc. etc. Cogí mi bicicleta y regresé a Encinillas. Pero apenas había empezado a merendar... cuando una pareja de la guardia civil llamaba en mi casa para interrogarme sobre lo que yo había contado a mi amigo Casillas ¡Qué rápido había corrido la noticia! Y... ¡oh sorpresa mía! Los guardias civiles estaban indignados conmigo porque yo no le había mandado detener mediante la pareja de vigilancia que entonces iba en todos los trenes. Si yo hubiera sabido del robo en casa de mi tío... Parecer ser que nuestro amigo Montoya habría ido como las noches de los jueves anteriores a robar otra vez en la casa del tío Gato, pero debió observar o ver algo sospechoso y decidió no


perder el viaje robando en otra casa, desde luego por el mismo procedimiento entrando por el tejado. Al jueves siguiente el pueblo estaba prácticamente tomado por la guardia civil, pero ya, esta vez, no fue necesaria tanta vigilancia. Una pareja de paisano, le había detenido en el tren cuando desde Madrid se dirigía una vez más a robar en Encinillas. Pero.. ¿Quién era este Montoya y por qué tenía tanto empeño en robar en la casa del tío Gato? Por aquellos tiempos, las duras faenas agrícolas del verano, exigían que la mayor parte de los labradores al menos los más pudientes, tuvieran que contratar mozos de labranza, llamados corrientemente criados, que realizaban las más duras faenas de la recolección de cosechas. Montoya llegó a Encinillas a servir como criado en casa de una familia que tenía una hija de edad más que casadera. Desde el primer momento de sus estancia en Encinillas, su conducta fue ejemplar, modélica como trabajador, como persona educada y respetuosa con todos. Durante algunos años estuvo al servicio de esta familia y se hacían conjeturas de que trataba de camelar a la hija del amo, la cual al principio debió aceptar algunos galanteos. Llegó un día en que no fue contratado y Montoya desapareció del pueblo hasta que ocurrieron los hechos relatados. Por otra parte el tío Gato era familia muy directa de la que contrató a Montoya. Robar en su casa ¿era una especie de venganza por despecho? o ¿era más bien volver a sus andanzas anteriores? Sólo él lo sabría. Lo cierto es que a partir de aquella noche en que se produjo su detención, Encinillas y sus habitantes pudieron recuperar su habitual sosiego y tranquilidad.


Boletin Num 10 Verano 2005  

Boletin de la Asociacion de Vecinos de Encinillas

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