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Laura FĂŠlez


1. Escapando de Pierrot...…………………………………………………..…..………………………..3 2. Confesiones y coincidencias………………………………………...……………………..……....8 3. Quiero ayudarte…………..……………………………………………………………….……...……13 4. Primer día…………………………………………………………..………………………..…………….19 5. El conejo de mi liberación y el queso del diablo………..…………………………….….22 6. La chica de las fotos……………………………………………………………………………….……27 7. Tarde con Johnny…….…………………………………………………………………….……………31 8. Vigilados……………………………………………………………………………………………….…….39 9. El picnic…..…………………………………………………………………………………………………… 10. Uno menos…………………………………………………………………………………………………. 11. Hacia L.A.………………………………………………………………………………………….………… 12. En la piscina “J”……………………………………………………………………………………..…….. 13. Sustos…………………………………………………………………………………………………….……. 14. “Halistair”…………………………………………………………………………………………….…….. 15. El anciano consejero…………………………………………………………………………………… 16. ¡Felices 22! ............................................................................................... 17. Michelle…………………………………………………………………………………………

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1 Escapando de Pierrot Corinne Michelle Rousseau era demasiado bajita para su edad, pero eso no era una gran preocupación para ella. A sus 20 años, se encontraba en una pequeña tienda de artesanía en Sausalito, un pequeño pueblo muy cerca de San Francisco, California, observando su reflejo en un espejo probablemente fabricado por algún pobre niño vietnamita. No tenía ni idea de porqué había entrado allí dentro, sin intención de comprar nada. Por alguna razón, tenía un mal presentimiento, y creyendo que el olor a incienso y el silencio de aquella tienda le proporcionarían tranquilidad, en ese momento se encontraba mirándose en aquel espejo, reflexionando sobre los pocos centímetros que desearía haber tenido para que los amigos de su colegio no le apodasen más “Chiquita”. Se observaba una y otra vez: su pelo de color castaño claro con mechas rubias caía sobre sus hombros. Odiaba que le dijeran que sus mechas parecían artificiales cuando eran completamente naturales. Observó su cara blanca ligeramente maquillada y sus ojos azules marinos. Definitivamente, tenía que comprarse un lápiz de cejas urgentemente, para poder disimular la cicatriz de su ceja provocada por el borde de una silla a los 8 años. Aquel era otro motivo de las burlas de sus compañeros. Creían que Corinne era la hija de Harry Potter maldecida por Voldemort que venía a acabar con el mundo. “¡¡¡No me mates!!!”, le suplicaban. Corinne no había tenido una infancia feliz, no. Se alisó un poco el vestido blanquinegro de palabra de honor y se atusó el pelo. Una voz africana la sacó de sus pensamientos. ― ¿Desea algo, señorita?― le preguntó la dependienta. ― No, gracias.― contestó Corinne, con un leve acento francés. Por las venas de Corinne corría sangre francesa, inglesa, polaca y española. Su padre era del sur parisino, su madre de Cambridge, sus abuelos eran del este de Polonia y muchos de sus familiares vivían en España y Colombia. Por lo tanto, dominaba estas cuatro lenguas con un acento insuperable, a pesar de que consideraba el francés como su lengua natal. Vivía en una gran casa en Orleans, al sur de París, donde nació y creció junto a sus padres. Su padre, Jean Rousseau, era el dueño de una empresa colaboradora de Microsoft. Un hombre que manejaba mucho dinero. Para Corinne, era un modelo a seguir. Le envidiaba por la suerte que había tenido durante su vida: por conocer a su madre, por lo bien que le iba en los negocios y por tener esa

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capacidad de nunca estar triste o enfadado, o al menos, sin que se notase. Envidiaba a su padre… hasta hace muy poco. Corinne no estaba de vacaciones en Sausalito, precisamente. Una banda terrorista ultranacionalista francesa , conocida como “Les Mirroirs Noirs” (“Los Espejos Negros”, o MN, abreviado), era responsable de numerosos asesinatos y secuestros de personas relacionadas con la NASA. Varios amigos del padre de Corinne trabajaban en los ordenadores de esta gran organización. Por lo tanto, eran personas accesibles a toda esa valiosa información que se guardaba en aquellos ordenadores. Jean Rousseau fue capturado por los MN, y éstos, creyendo que su hija también tendría algún tipo de información, la comenzaron a buscar con el objetivo de secuestrarla para sonsacarle algún dato sobre los negocios de su padre. Por eso, con el dinero que logró reunir, Corinne pagó un ferry (no cogió un avión, porque necesitaría su coche para desplazarse) a San Francisco, creyendo que sería capaz de encontrar a su padre allí. Ahora estaba completamente arrepentida de su elección. Creyó que con sus 19 años sería capaz de desmantelar a toda una banda terrorista, recuperar a su padre y salvar la NASA. Ya podía leer los rótulos de la prensa: “Corinne Rousseau salva a su padre”, “La chica que salvó la NASA y el mundo”, “Chiquita, la superheroína del siglo XXI”. ¿De verdad pensaba que podría hacerlo?¿Podría salvar a su padre? Corinne denunció la desaparición de su padre hacía ya un año y medio. La policía trabajaba sin cesar buscando a aquellos delincuentes terroristas, pero sin ningún tipo de resultado hasta ahora. Solo tenían un nombre: Pierrot. Era el sobrenombre del cabecilla de los MN: calvo, alto, delgado y de ojos marrones casi negros. Corinne huía de él desde que apareció en su casa amenazando a su madre y a ella con una pistola, mientras sus camaradas esposaban a su padre para secuestrarlo. Allí fue la primera vez que Corinne vio a Pierrot. Y la segunda, aquella tarde soleada de junio en Sausalito. Corinne salió de la tienda de artesanía sin tener adonde ir. Entonces, entre la multitud de la calle, le vio. Pierrot estaba acompañado por otros dos hombres que observaban un mapa, actuando como tres europeos desorientados. De repente, Pierrot levantó la mirada, y le vio a ella, completamente paralizada en medio de la calle, a unos 30 metros de él. ― ¡Eh, mecs, là― bas! ― gritó Pierrot a sus compinches, señalándola. Corinne reaccionó a ese grito en francés. Su corazón se aceleró al máximo, se giró y comenzó a correr como nunca lo había hecho, apartando a la gente que se interponía en su camino. Pierrot y sus dos acompañantes la seguían. Corinne llegó hasta su BMW, lo arrancó y condujo hasta llegar a la autopista hacia San Francisco. Cuando creía que los había despistado, un Chrysler blanco se incorporó desde una carretera secundaria hasta llegar a escasos metros detrás de Corinne. Dentro iban Pierrot y los otros dos hombres. ― Merde…― susurró Corinne, y eso que odiaba decir palabrotas. Se desvió de la autopista con la intención de que Pierrot se saliera por la tangente (nunca mejor dicho), pero Pierrot tuvo buenos reflejos y siguió a

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Corinne. Los dos coches comenzaron a cruzar un puente que atravesaba la bahía, pero se dieron cuenta de que estaba en obras. Corinne miró la velocidad: 195 Km./h. Miró hacia el frente y se dio cuenta de que el puente estaba cortado y que no llegaba hasta la otra orilla. Si continuaba a esa velocidad, caería al agua desde una altura de 20 metros. Si frenaba, Pierrot se chocaría contra ella y se matarían los cuatro. Solo varios metros separaban los dos coches. Corinne tuvo una idea. Era una locura, pero era mejor que morir ahogada o de un golpe contra el cristal delantero de su BMW. Se quitó el cinturón de seguridad, frenó en seco y en tan solo unas milésimas de segundo, saltó del coche y se tiró a la fría agua. Pierrot se estrelló contra el coche de Corinne, lo que produjo una fuerte explosión que creó una gran columna de humo. Todos los bañistas de la playa vecina observaban admirados y asustados el humo. Corinne cayó al agua y se hizo un corte en la rodilla al chocar contra el fondo. Las fuertes olas no la dejaban subir hacia arriba, y no podía respirar. Logró salir a la superficie, y pataleaba en el agua intentando mantenerse a flote. Solamente un joven socorrista se fijó en la caída de Corinne y corrió a socorrerla. Se zambulló en el agua y nadó lo más rápido que pudo hasta ella. La agarró por debajo de los brazos y la llevó hasta la orilla. Varias personas se acercaron a ver qué ocurría, pero el socorrista los apartaba. ― ¡Apártense, no respira bien, déjenla respirar!― gritaba a los bañistas. A Corinne le costaba mucho respirar. Estaba aturdida, mareada y lloraba de miedo. Otro socorrista se acercó hasta ellos. Era rubio y de ojos azules, el típico chico surfista californiano. ― Hay que llevarla a la enfermería.― le dijo al primer socorrista. ― De acuerdo, ayúdame. Cogieron a Corinne entre los dos y la llevaron hasta la enfermería. Allí, la sentaron en un banco. ― Hay que curarle la herida de la rodilla.― dijo el socorrista rubio. ― No, tiene mucho frío, necesita toallas para secarse.― dijo el otro. ― No te hagas el héroe, hay que curarla. ― El único que se hace el héroe eres tú, Chace. ― le dijo enfadado ― No se va a desangrar por esa pequeña herida, lo que más le molesta es el frío… ― Tengo… ― dijo Corinne, susurrando ― Tengo mucho frío… Viendo que no se necesitaba discutir más, Chace se marchó enfadado. El otro socorrista cogió un par de toallas y envolvió a Corinne en ellas, mientras ésta tiritaba de frío. Corinne se fijó en él: era joven y no muy alto, cercano a su edad, de ojos pequeños de color marrón-caramelo que se cerraban bastante a la luz, achinándose. Tenía el pelo corto y rizado, del mismo color que sus ojos. Lo tenía completamente mojado por el agua. Su piel era muy blanca, con muchos lunares, y vestía un bañador rojo hasta las rodillas. ― Sé que no es de mi incumbencia, pero… ¿qué hacías a 200 Km./h en un puente en obras?― le preguntó. Corinne no quería hablarle de Pierrot, por su seguridad y por la de ella misma. ― Tienes razón, no es de tu incumbencia. ― Ah, de acuerdo… ― le dijo, molesto. ― Perdona, no quería ser tan borde ― se disculpó Corinne ― Es que es un tema… judicial. ― ¿Te busca… la policía?― le preguntó él, asustado.

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― ¡¡No, no, tranquilo!! ― ¡¡Uf, me habías asustado!! Los dos se rieron. ― ¿Y entonces… por qué dices que es un tema judicial? ― Estoy buscando a alguien, pero no puedo decirte quién. ― ¿Eres policía? ― No, no lo soy ni me buscan. Si no te importa, no me preguntes más por eso, por favor. ― Claro, no pasa nada. Voy a mirarte la rodilla; estírala. Corinne extendió la pierna y el socorrista la examinó. ― La herida no es grave. En un par de días se te curará. Cogió un bote pequeño de Betadine y un rollo de venda de un armario. Manchó un poco de algodón con Betadine y lo extendió por la rodilla de Corinne. Ésta hizo un gesto de dolor. ― ¡Perdón! ¿Te duele? ― No, me encanta como pica…― dijo Corinne irónicamente. El socorrista sonrió. ― Tengo que desinfectártela. Envolvió la rodilla de Corinne delicadamente. Al acabar, se levantó para guardar todo en el armario. Corinne se fijó en el bañador del socorrista. Tenía escrito el nombre de “Nicholas” en la pernera. ― Gracias, Nicholas.― le dijo. Él se fijó en el nombre de su bañador y sonrió. ― Nick. ― Gracias, Nick. Le volvió a sonreír. A Corinne le empezaba a gustar la mana tan tímida en la que Nick sonreía. Los dos se quedaron callados durante un momento. ― Bueno, creo que debería irme…― dijo Corinne. ― ¡Espera!― le dijo Nick. Se quedó un momento callado, como si hubiera olvidado lo que quería decir. ― No tomes mucho el sol, será malo para la herida… ― Lo tendré en cuenta, gracias.― le dijo alejándose. Nick se quedó solo en la enfermería viendo como Corinne se alejaba. ― ¡Eh, espera! No era eso lo que quería decirte… ― ¿Ah, no, y qué era?― preguntó Corinne, extrañada. ― Creo que como tú sabes mi nombre, tengo derecho a saber el tuyo. ― Es mejor que no te lo diga. ― ¿Por qué, a quién se lo voy a decir? Mira, no sé cual es ese tema judicial del que hablas, pero no voy a decirle tu nombre a la policía, ni voy a denunciarte por conducción temerosa ni nada de eso. Confía en mí.― le dijo Nick, lo más sincero que pudo. Corinne le sonrió, agradeciéndole. ― Corinne, Corinne Rousseau. Dedujo que Nick no había entendido su acento francés por la cara que tenía. Le repitió el nombre más despacio, pero siguió sin entenderlo. ― Co-rinne. C-o-r-i-n-n-e. ― ¿Corinne?

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Ella se rió del pésimo acento de Nick. ― Sí, algo así… ― ¿Eres francesa? ― Oui. ― ¡Te juro que no lo había notado, hablas mejor que yo! ― Bah, no exageres… Mi padre es francés, y mi madre inglesa. ― Qué bien… pero lo que de verdad quería preguntarte era si… ― ¿Sí? ― ¿Te gustaría que… tu… yo… Oh, será mejor que empiece otra vez… ¿Te gustaría si te invitase a cenar conmigo esta noche? Si por supuesto, no tienes ningún plan, claro… Era casi imposible que Pierrot hubiese sobrevivido al accidente. Si Corinne estaba en peligro, el peligro estaba muy lejos. ― Claro, me encantaría. ― ¡Genial! Conozco un sitio estupendo en San Francisco. ¿Quedamos a las 8? ― Sí, aquí mismo. ― Nos vemos en 3 horas. ― Aquí estaré. ― Hasta luego, me voy a salvar vidas. Corinne rió. ― Au revoir. Nick sonrió y corrió a la orilla a socorrer a un niño con una herida en el tobillo. No era precisamente David Hasselhoff, Brad Pitt o Josh Holloway , pero Nick tenía muy buen cuerpo, o al menos, eso era lo que Corinne creía.

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2 Confesiones y coincidencias Después de pagar un taxi para que le llevara al motel donde estaba alojada, Corinne buscó en su armario desordenado un vestido apropiado para su cena con Nick. Al final, después de una media hora de indecisión, escogió la ropa, y después de ducharse, maquillarse y retocarse mas de una quincena de veces, escogió un vestido de colores cálidos y unas sandalias de estilo romano. Dejó su pelo ondulado suelto y se puso unos pendientes de aro pequeños. Cogió su bolso, salió del motel, cogió otro taxi y a las 8 estaba en la playa. A los dos minutos llegó Nick. Estaba guapísimo vestido con una chaqueta negra de estilo ejecutivo, remangada hasta los codos. Se acercó a Corinne y se saludaron. ― Hola. ― Hola, Nick. ― Estás… muy guapa…― le dijo él tímidamente. ― Gracias…― dijo Corinne, completamente sonrojada ― Tú también. ― Gracias… Ven, he venido en mi coche. Era un Jaguar plateado descapotable. Nick abrió la puerta del copiloto y hizo un gesto a Corinne para que entrase dentro. ― Muchas gracias…― dijo ella, actuando como una dama. ― De nada, mademoiselle. Nick arrancó y condujeron por una carretera cercana a la costa. Comenzaba a atardecer, y una luz dorada cubría el cielo y el agua de la bahía. Nick observó de reojo a Corinne. Ésta tenía la cabeza apoyada en el asiento, mirando el paisaje mientras el viento desordenaba su pelo. A Nick le hubiese gustado que ella fuera la primera chica que subía a su coche, en vez de ser la segunda, pero qué le iba a hacer, no podía cambiar el pasado. Entraron en la ciudad, y Corinne observaba con la curiosidad de una niña todos los edificios, las calles, la gente paseando, la luz y el ambiente californiano. Nick condujo hasta aparcar cerca de un pequeño restaurante. En el rótulo de estilo mexicano ponía “Acapulco”. ― ¿Te gusta la comida mexicana?― le preguntó a Corinne. ― Sí. ― Genial, porque si no, no sé donde cenaríamos… Ella rió y entraron en el local. Las paredes estaban decoradas con un papel de un paisaje desértico lleno de cactus, y había cuadros relacionados con México por

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doquier. El ambiente era de un tono rojizo, y los camareros llevaban sombreros de mariachis. Se escuchaba “La Bamba” por el fondo. Un camarero les acompañó hasta una mesa. ― ¿Hablan español? ― Sí, yo sí.― contestó Corinne. Nick se quedó asombrado. ― Estupendo, porque hoy tenemos una oferta especial que consiste en que si piden la carta en español, el postre es gratis. ― ¡Ah, qué bien! ― ¿Qué pasa?― preguntó Nick. Corinne le tradujo, y él sonrió. ― ¿Qué quieren para beber? ― Yo agua y él… una Coca-Cola, por favor. ― ¿El agua, grande o mediana? ― Mediana. ― Ahora les traeré la carta. Muchas gracias. ― A usted por la oferta. El camarero rió. ― Dígale a su acompañante que le envidio mucho. ― Lo haré, descuide…― dijo ella riendo. El camarero se marchó. ― ¿Porqué te reías? ― Me ha dicho que te diga que te envidia mucho. ― ¿Y quién no?― dijo él irónicamente. ― Se refería a que te envidia porque estás conmigo dijo ella sonriente. ― No hay más que verte. Corinne rió, completamente sonrojada. ― ¿También hablas español?― preguntó él, asombrado. ― Sí, con casi toda mi familia. ― ¿Hablas algo más? ― Algo de polaco con mis abuelos… ― ¿Son polacos? ― Sí, viven en Poznan, en el este de Polonia. ― Así que… ¿Francés, inglés, español y polaco? ― Oui… yes… sí… tak. Los dos rieron. El mismo camarero les trajo la carta, y después de varios minutos, Corinne pidió nachos con guacamole, la quesadilla “Acapulco” y brownie de manzana, y Nick, sopa de ajo, burritos de verdura y yogur de frutas. Mientras cenaban, hablaban y reían sin pausa. Corinne le contó varias anécdotas de su infancia en Orleans, y siguieron desvelando los misterios del polaco y el francés. Los dos descubrieron que tenían una gran afición en común: su gran pasión por la música. Corinne cantaba en el coro de la iglesia cuando era pequeña, y hacía mucho tiempo que se le olvidó tocar el piano y la guitarra. Nick tocaba estos dos instrumentos y la batería. ― ¿Sabes quién es Jack Maslow? ― ¿Te burlas de mí? ¡Claro, el de Wall Street! Me encanta ese grupo… ― Pues estás hablando con su hermano pequeño.

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― Quoi, Jack Maslow est ton frère?! Corinne se dio cuenta de su error y los dos se rieron. ― Perdona, es que cuando me emociono hablo en francés… ¿¡Es tu hermano!? ― Sí, me llamo Nick Maslow. ― Pues… no os parecéis mucho… ¿seguro que lo sois? ― Sí, somos hermanos, pero no nos parecemos mucho. Corinne aplaudía y sonreía como una niña pequeña con una muñeca nueva. ― ¿Y cantas como él? ― No, te aseguro que no… Si canto, lo hago para mí solo. ― ¿Por qué? ― Pues, porque me da vergüenza cantar en público. No soy como Jack, tan abierto y alegre… Corinne observó la cara triste de Nick. ― Eso no es un motivo para ser peor persona que él. Los dos se sonrieron mutuamente, pero a Corinne se le borró la sonrisa cuando miró a la televisión. La reportera de los informativos estaba en un puente, rodeada de coches-policía. La cámara enfocaba a dos coches: un BMW negro con la parte de atrás destrozada y un Chrysler blanco con la delantera aboyada. Los dos estaban calcinados. La reportera comentaba que los dos conductores de los coches habían desaparecido, mientras que los dos acompañantes del conductor del Chrysler habían fallecido. Corinne cerró el puño, llena de rabia. ― Vámonos…― le susurró a Nick, sin apartar la vista de la televisión. ― ¿Por qué? ― Vámonos.― le dijo, esta vez mirándole. ― … de acuerdo. Nick pagó la cuenta y salieron del restaurante. Anduvieron unos minutos hasta llegar al paseo marítimo. Corinne andaba cabizbaja, sin decir una sola palabra. ― ¿Corinne, qué pasa? En ese momento, Corinne levanto la mirada, y Nick vio su cara, completamente manchada de maquillaje, y sus ojos, casi cerrados. Corinne cogió una piedra del suelo y la tiró con todas sus fuerzas al agua de la bahía, mientras gritaba de una forma que dejó a Nick helado. Se tiró al suelo mientras lloraba de la rabia. Nick corrió hacia ella y se arrodilló en el suelo, abrazándola. Corinne solamente se hacía una pregunta en su cabeza: ¿Cómo, cómo Pierrot se había podido salvar?

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3 Quiero ayudarte Nick creyó darse cuenta de lo que pasaba.

― ¿El coche que salía en el informativo… era el tuyo, verdad? ― No…― mintió ella. ― ¡No me mientas! Vi la explosión desde la playa, y la reportera estaba en el mismo puente donde pasó el accidente. ¿Por qué huías del otro coche? ― Nick, lo siento, pero no puedo decírtelo…― dijo Corinne entre sollozos. ― ¿¿Pero por qué??― dijo él, casi gritando ― ¿No entiendes que quiero ayudarte? Los dos estaban arrodillados en el suelo, y cuando Nick acabó de hablar, Corinne levantó la mirada, observando sus dulces ojos bajo la luna californiana. ― ¿Y por qué?― le dijo Corinne ― ¿Por qué quieres ayudarme si ni siquiera me conoces ni sabes nada de mí? ― No sé el porqué que te ha llevado a esta situación, pero lo que sí sé es que no puedes soportarla tú sola y que necesitas a alguien que te ayude. Tienes razón, no me conoces, ni tú a mí, pero solo nos tenemos el uno al otro. Nunca he conocido a nadie tan especial en tan poco tiempo… Corinne se quedó en silencio por un momento. ― No puedes ayudarme. ¿Tienes dinero? Porque si lo tuvieras, me quitarías un gran peso de encima. ― ¿Debes dinero? ― No, pero estoy viviendo en un motel y no tengo dinero ni siquiera para comprar algo en un McDonald’s. Nick se quedó callado por un momento, mirando al suelo. De repente, como si una pequeña bombilla se hubiera encendido en su interior, levantó la cabeza y dijo: ― Ven a mi casa. ― … ¿Qué? ― Tengo espacio suficiente. Podrías dormir en mi cuarto de invitados y vivir conmigo. Corinne no sabía qué decir. ― No, no puedo… ― Es lo único que se me ocurre para poder ayudarte. ― ¿¡¿No entiendes que si estás conmigo puedes morir?!?― gritó ella. Nick se quedó sin habla. ― ¡¡Si no puedo contarte lo que me pasa es porque me importas lo suficiente para dejar que mueras por mi culpa!! ― ¿¡¿Y tu no entiendes que si estás conmigo tendrás una mínima posibilidad de mantenerte a salvo?!?― le dijo Nick, agarrándola con fuerza de los brazos ― ¡Nadie sabe quién soy; pasarás completamente desapercibida! Corinne estaba en silencio, mirándole.

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― Necesitas a alguien, Corinne, y ese alguien soy yo. ― De acuerdo… ― dijo, sonriéndole, para después abrazarle ― Eres un verdadero milagro. ― Vamos al coche. Iremos a tu motel para coger tus cosas y luego a mi casa. Se montaron en el coche y condujeron hasta un pequeño motel a las afueras de Sausalito. Corinne subió lo más rápido que pudo a su habitación, recogió toda su ropa, la metió en la maleta y bajó de nuevo al coche. Volvieron a San Francisco, y después de cruzar varias calles, llegaron a una pequeña urbanización de chalets, bastante normales para que el familiar de alguien famoso viviera allí. Pararon enfrente de la puerta de uno de ellos y Nick aparcó en el garaje. Los dos salieron afuera, y Corinne observó la fachada mientras Nick sacaba las llaves: era de un tono verdoso, y el tejado de color negro. Demasiado grande para que Nick viviese solo, pensó. Nick abrió la puerta y entraron: un pequeño recibidor daba a un amplio salón, con las paredes blancas y dos sillones de cuero del mismo color. Estaban a la izquierda de la sala, formando una L, enfrente de un gran estante con una televisión de plasma en el centro. Un gran ventanal se extendía por toda la largura de la sala, con vistas a una pequeña terraza cubierta por una lona blanca, de estilo chill-out, y a un pequeño jardín con piscina. A la derecha de la sala, había una pequeña cocina, con una barra americana rodeada por cuatro sillas altas. A la izquierda de la barra había una escalera de caracol que subía al piso de arriba. Nick ayudó a Corinne a subir las escaleras con la maleta. El segundo piso lo formaban un largo pasillo con un gran espejo al fondo, dos habitaciones y un baño. Corinne abrió la puerta que Nick le indicó: las paredes eran de un verde pastel, muy cálido. A la derecha había una cama de matrimonio de sábanas blancas, situada debajo de un gran cuadro del Parque Natural de Yosemite. Todo estaba decorado con un estilo campestre y rural. Miró por la ventana: los jardines de los vecinos se extendían por doquier, y al fondo se podía ver parte de la ciudad. Corinne se sentía muy cómoda en aquella habitación, pero no acababa de encontrar el porqué. ― Es… perfecta. Muchísimas gracias, Nick.― dijo ella, sentándose en la cama. ― De nada…― dijo sonriendo ― Ahora vengo. Nick se fue, y Corinne se levantó para explorar la habitación más a fondo. Al no encontrar nada de interés, salió de la habitación y entró en la que estaba enfrente de la suya. Enseguida descubrió que era la de Nick: una cama de color negro estaba situada en el centro de aquella habitación de paredes azul cielo, justo debajo de un gran póster de los Beatles. A la derecha de la cama había una guitarra acústica y un pequeño piano. A la izquierda del póster, un gran tablón colgaba de la pared, lleno de fotos. Corinne se acercó para verlas. Muchas eran de Nick con su familia, especialmente con su hermano James. Pero lo que más le llamó la atención era que tenía bastantes fotos con una chica rubia de ojos marrones, bastante guapa. De repente, observó una en la que Nick salía besándose con esa chica. Sin saber porqué,

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aquella foto le produjo una repentina incomodidad que le hizo apartar rápidamente la mirada para dirigirla al escritorio de Nick y a su gran equipo de música. “Está claro que Nick vive por y para la música”, pensó Corinne al ver la gran alfombra, también de los Beatles, que cubría gran parte del suelo. Observó el estante que estaba encima del escritorio. Lo primero que vio fue un pequeño muñeco de su hermano James. Lo cogió, lo apretó y el muñeco comenzó a cantar una de sus canciones con una voz distorsionada. Ella rió; hacía años que no veía un muñeco de esos. En el mismo estante había una gran colección de discos de los Beatles, Stevie Wonder, Elvis Costello… y como no, todos los álbumes de Wall Street. En ese momento, Nick entró por la puerta. ― ¿Te ha gustado el muñeco? ― ¡Sí!― afirmó ella, riendo ― Tienes muchas cosas de tu hermano. ― Ya, le admiro mucho. Es un gran ejemplo a seguir. Corinne miró la guitarra. ― ¿Porqué no tocas un poco?― le preguntó. Hizo un gesto de pereza. ― Venga, por favor… ― No, es tarde. Necesitas descansar, y yo también. ― Estoy bien… Si t oigo tocar, seguro que me siento mejor. No todos los días escucho al hermano de Jack Maslow tocar la guitarra. Nick sonrió, cogió la guitarra y se sentó en la cama. Corinne se tumbó. ― Hace mucho que no practico…― dijo mientras punteaba las cuerdas. ― No me importa. ― Vale… Corinne reconoció enseguida los acordes de aquella canción. Michelle, ma belle. These are words that go together well, my Michelle. Michelle, ma belle. Sont des mots qui vont très bien ensemble, très bien ensemble...

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I love you, I love you, I love you. That's all I want to say. Until I find a way, I will say the only words I know that you'll understand. Michelle, ma belle. Sont des mots qui vont très bien ensemble, très bien ensemble. I need to, I need to, I need to. I need to make you see, Oh, what you mean to me. Until I do I'm hoping you will know what I mean. I love you... I want you, I want you, I want you. I think you know by now I'll get to you somehow. Until I do I'm telling you so you'll understand. Michelle, ma belle. Sont des mots qui vont très bien ensemble, Très bien ensemble. I will say the only words I know that you'll understand, my Michelle.

Corinne se había dormido. Nick no sabía si interpretarlo como un halago o un desprecio, pero viniendo de Corinne, no podía ser malo. Dejó la guitarra en su sitio, tapó a Corinne con una manta y la besó en la frente. Al salir de la habitación, la volvió a mirar y sonrió con su dulce sonrisa. Se alejó a su cuarto tarareando “Michelle”. ¿Acaso Corinne había captado la indirecta de la canción? Corinne se despertó en una pequeña y oscura sala. Estaba atada a una silla, y la luz de una lámpara iluminaba su rostro. Escuchó una voz grave. ― Salut, Corinne… ¿Ça va? Corinne levantó la mirada, y allí estaba él, su peor pesadilla; con sus ojos negros observándola con cara de satisfacción. ― Hola… Pierrot.― le dijo, con más odio que miedo. Pierrot se acercó a ella. ― La situación es la siguiente: nos dices todo lo que sepas sobre la relación de tu padre con la NASA y te liberamos… o si no… despídete de él. Dos hombres que estaban en la esquina de la habitación quitaron a otro l saco que cubría su cabeza. ― ¡¡¡¡¡NICK!!!!! ― Tú decides, Corinne. ¿Qué quieres más: la vida de tu padre o la suya?

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― ¡¡¡¡¡Salva a tu padre, Corinne, no seas tonta!!!!! ― Silence, idiot!!! ― gritó Pierrot, atizándole un puñetazo en la cara a Nick. ― ¡¡¡BASTA YA, POR FAVOR!!! ― Escoge: su vida o la de tu padre. Corinne no podía parar de llorar. ― La de… mi padre. ― ¡¡¡NOOOOO!!!― gritó Nick, antes de que la bala de un revolver atravesara su cabeza. Corinne despertó sudando y jadeando; completamente asustada. Miró a su alrededor y recordó donde se encontraba. Aliviada, se tiró de golpe contra la almohada y comenzó a llorar. Nick entró en la habitación. ― ¡¡¡Corinne!!! ¿Qué ha pasado? ― Una pesadilla…― dijo Corinne entre sollozos ― Tenía que escoger entre salvar a mi padre o a ti… y escogí salvar a mi padre…― comenzó a llorar más ― Ni siquiera me lo pensé… Vi como te pegaban un tiro en la cabeza delante de mis ojos… Lo siento… ― No lo sientas, tranquilízate. Ya ha pasado todo, solo ha sido un sueño… Se acomodaron en el cabecero de la cama, y Nick abrazó a Corinne lateralmente, juntando su boca con la frente de ella, pero sin llegar a besarla. ― ¿Te importa si…?― preguntó Corinne. ― ¿Si qué? ― … si duermes conmigo esta noche? ― Ummm....., pues… la verdad es que… ― Ah, ya entiendo… De acuerdo, no importa… Además, ya no soy una niña a la que tienen que consolar por tonterías… ― Sí. ― ¿… de verdad? ― Sí, de acuerdo. No me importa.

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Nick se metió entre las sábanas. Estaba muy nervioso, pero cuando Corinne se acurrucó en su pecho, se sintió completamente relajado. ― Por cierto, me ha encantado la canción. Deberías ser cantante; te lo juro… Buenas noches…― dijo Corinne bostezando. ― Buenas noches… y gracias. Corinne volvió a dormirse, ya sin miedo, mientras Nick la abrazaba y éste respiraba el olor a vainilla de su pelo. Era una sensación extraña… pero reconfortante. La última frase de Corinne le hizo pensar hasta muy tarde, pero se sintió alguien completamente diferente. La vida de Nick Maslow no iba a ser igual a partir de aquel día.

4 Primer día A la mañana siguiente, Corinne se despertó, pero Nick no estaba a su lado.

Se incorporó y miró a su alrededor, pero tampoco estaba en la habitación. Salió de la cama, se vistió con un albornoz y bajó las escaleras. Olía a tortitas recién hechas. Y no se había equivocado: Nick estaba de espaldas friendo unas tortitas, y detrás suyo estaba la barra americana llena de comida. ― Buenos días.― saludó Corinne. ― Buenos días.― dijo Nick con una sonrisa ― ¿Te gustan las tortitas? ― Sí, mucho. ― Estupendo. ¿Con mermelada o chocolate? ― Lo que quieras.

Nick se dirigió a la mesa. Las tortitas de Corinne llevaban mermelada, pero Nick no llevaba tortitas. ― ¿No te gustan las tortitas? ― No, es que… soy diabético. ― Ah…― dijo Corinne sin saber qué decir ― ¿Pero es de tipo grave? ― Sí, de vez en cuando me pinchar. Tendré que enseñarte si vas a vivir conmigo. 16


― No hace falta. Mi abuela también lo es, y tuve que aprender ha hacerlo. Se quedaron en silencio. ― ¿Qué te apetece hacer hoy?― preguntó Nick. ― Mmm... no sé… ― Hoy es sábado y no trabajo. Si quieres, te puedo llevar a dar un paseo por la costa. ¿La conoces? ― No, hace poco que he llegado… ― Bien. Te puedo llevar por el Golden Gate y la isla de Alcatraz. ― ¿Isla? ¿Vamos en barco? ― Puede que sí… o puede que no… solo te digo que te lleves un bañador. Cogieron el coche y condujeron hasta el puerto. El muelle estaba lleno de yates y barcos lujosos, propiedad de los millonarios de San Francisco. ― Mira, es éste.― dijo Nick. Era un velero precioso: alto, blanco y reluciente; como si fuera de marfil. ― ¿¿¿Esto es tuyo??? ― Fue un regalo de mi hermano por mi cumpleaños. Me encanta el mar. ― A mi también. Orleans está en el interior, así que nunca tuve la oportunidad de verlo muy a menudo… ¿Tiene nombre? ― ¿El barco? No, no se me ocurre nada… ¿Y a ti? ― Pues… no, quizás dentro de un tiempo se nos ocurra algo original. ― ¡Venga, vámonos! Salieron del muelle en dirección a la bahía, y de allí, al Golden Gate y a Alcatraz. Hacía un día espléndido y caluroso, pero con mucho viento que provocaba pequeñas olas. Corinne se sentó en la borda del barco con sus gafas de sol mientras Nick manejaba el timón.

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― ¿Puedes ir más rápido? Abre la vela, que hay viento.― le aconsejó ella. ― ¿Entiendes de náutica? ― Lo suficiente. ― Pues…en ese caso, el timón es suyo, capitana.― dijo, ofreciéndole el timón. Corinne manejó el timón y la velocidad aumentó. ― Si aceleras, el barco se tambaleará por las olas…― dijo Nick, un poco preocupado. ― ¡¡¡¡Eso quiero, yuhuuu!!!! Las olas chocaban contra la proa del velero, que hacían que éste se balanceara de arriba a abajo. Nick y Corinne se reían, agarrándose a lo que podían para no caerse. Corinne descendió la velocidad. ― ¡¡¡¡No vuelvas a hacer eso!!!!― gritó Nick entre risas ― ¡¡Mira cómo me has dejado!! El agua le había dejado completamente empapado. ― Tranquilo, voy a por una toalla… ― dijo Corinne, tratando de distraerse de semejante espectáculo que suponía verle en aquella situación. ― No te molestes… ¿Tienes el bañador? ― Sí. ― Pues venga, vamos al agua. ― ¡Sí!― dijo Corinne, entusiasmada. Nick observó de reojo como Corinne se quitaba el vestido y quedaba en un bikini de tonos azules, se subía a la proa y se tiraba de cabeza. Nick se quitó la ropa y se tiró de la misma manera (él no iba a ser menos, por supuesto). ― ¡Está buenísima!― dijo Corinne. ― ¡Sí, está genial! Corinne se zambulló y volvió a salir a la superficie. Nick la miraba fijamente. Le recordaba a aquellas sirenas de los cuentos fantásticos.

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― Parece mentira que te conozca desde hace día y medio…― dijo él ― Te aseguro que si hubiese conocido a cualquier otra persona no la hubiera invitado a mi barco, ni le habría hecho el desayuno, ni mucho menos, habría dormido con ella . ―¿ Entonces… porqué lo has hecho conmigo? ― No lo sé… será porque… eres diferente a los demás. En el buen sentido, claro. ― No sé cómo agradecerte lo que estás haciendo por mí. ― dijo Corinne. ― Créeme, no me tienes que agradecer nada. Soy yo quien tiene que agradecer el haberte conocido.

5 El conejo de mi liberación y el queso del diablo Los dos volvieron al barco y se secaron. Mientras tomaban el sol, vieron como

otro velero se acercaba al suyo.

― ¡Pero qué pequeño es el mundo! ― Oh, no… ― dijo Nick ― Hola, Chace… Otro velero se acercó hasta ellos, con Chace al timón. ― ¿Esa no es la chica que salvamos ayer, Nicholas? ― ¿Salvamos? ¡Fue Nick quien me llevó a la enfermería mientras tú estabas en tu mundo!― dijo Corinne, un tanto enfadada. ― ¡Vaya, una chica con carácter! ¡Bien hecho, Nicholas!― dijo saltando la borda para darle una palmada a Nick en el hombro ― ¿Puedo saber tu nombre?― pregunto con voz casi insinuante. ― Corinne Rousseau. ― ¡Y francesa, además! Tes yeux sont comme deux oiseaux qui dansent avec le lapin de mon libération!― dijo con un acento pésimo. Corinne rió muy falsamente.

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― Bueno, os dejo para que hagáis cosas de las que no me gustaría enterarme... ― Descuida…― dijeron Corinne y Nick a la vez. ― ¡¡¡Vamos, “Hijo del Viento”, navega hacia el horizonte!!!― dijo Chace, apoyándose en la proa de su barco, actuando como un capitán. Chace se alejó hacia el puerto. Nick y Corinne se miraron, y empezaron a reírse simultáneamente. ― ¿¿Hijo de qué?? ― “del viento”... ― dijo Corinne entre risas. ― Ojala se le hunda... ¿Que te ha dicho en francés ? ― Ah... Creo que me ha querido echar un piropo, pero lo que ha dicho es... Volvió a reír, mas fuerte que la anterior vez. ― ¿Qué, qué te ha dicho ?― preguntó Nick, contagiado por la risa de Corinne. ― Yo he entendido lo siguiente... “Tus ojos son como dos pájaros que bailan con el conejo de mi liberación”. No pudieron contener la risa. ― Creo que le timaron bien... ― Sí… ¿Te llama Nicholas? ― Sí, porque odio que me llamen así. Lo detesto profundamente. ― Pues a mí me encanta… Sonrió tímidamente, tratando de ocultar la rojez de sus mejillas agachando la cabeza y tocándose la nuca ― ¿Vamos al puente?― preguntó, tratando de cambiar de tema. ― ¡Sí, claro! Navegaron por la bahía hasta llegar al Golden Gate. En aquel día tan soleado, el color rojo del puente dañaba la vista, pero valía la pena disfrutar de aquel maravilloso espectáculo. Siguieron hasta

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rodear la isla de Alcatraz, y volvieron al puerto. Cogieron el coche y condujeron por la autopista hasta San Francisco, y aparcaron en el centro de la ciudad. ― ¿Quieres tomar algo? ― Sí… ¿qué tal un “Starbucks”? ― Perfecto; hay uno cerca. mano.

Al cabo de un rato estaban andando por la calle con dos Frapuccinos en la ― ¡Mira allí!― le señaló Corinne a Nick.

En medio de la calle, había un pequeño escenario, con una guitarra y un pequeño teclado. Un grupo de gente observaba a un hombre de rasgos mexicanos que estaba sentado en el escenario. Nick y Corinne se acercaron. ― ¿Qué es esto?― preguntó Corinne a Nick. ― Es un escenario que suelen montar para que cualquiera pueda subir y tocar alguna canción. Es algo que se hace para promover la “cultura”, ya sabes… ― ¡Qué bien, parece divertido! El hombre del escenario comenzó a hablar: ― ¡Hola!― dijo con un acento sudamericano ― Quiero cantar una canción en español, que habla sobre un hombre llamado Cilantro. Dice así: El hombre comenzó a tocar una melodía alegre con la guitarra. Incitó al público a que aplaudiera, y todos aplaudían al son de la música, incluidos Corinne y Nick. El perro, el perro es mi corazón. El gato, el gato el gato no es bueno. Cilantro es cantante, Cilantro es muy famoso Cilantro es el hombre con el queso del diablo. El perro, el perro nunca sin razón. El gato, el gato El gato es obsceno. Cilantro es amante, Cilantro es cariñoso Cilantro te da besos mejor que tu esposo.

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Todos aplaudieron a aquel hombre, excepto Corinne, que no paraba de reírse. ― ¿Pero… porqué te ríes? ― ¿Te traduzco la canción? ― Vale. Corinne le tradujo la canción. ― Vaya tontería… Este tuvo de profesor a Chace, seguro… Los dos rieron. ― ¿Por qué no subes al escenario?― le preguntó Corinne. ― ¿Yo? ¡No! Ya te lo dije, odio cantar en público. ― Tienes la mejor voz de todo este grupo de gente. De eso estoy segura. ― No exageres… ― Subiré contigo. ― ¡Que no! ― Vale, hagamos un trato: tu subes, cantas una canción y luego subo yo. Nick la miró dudoso. ― Hazlo por mí. Tómatelo como un… reto. Nick sonrió. Era increíble la capacidad de Corinne para convencer a alguien. ― De acuerdo, subiré. Nick subió al escenario entre aplausos. ― Hola… La siguiente canción se la quiero dedicar a Corinne, la chica morena del vestido morado…― la señaló para que el público supiera a quién se refería ― A pesar de que la conozco desde exactamente un día y medio… me da la sensación de que la conozco desde siempre. Para ti, “ Another Girl”, de los Beatles. Nick cogió la guitarra y empezó a cantar: For I have got another girl, another girl. You're making me say that I've got nobody but you, But as from today, well, I've got somebody that's new.

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I ain't no fool and I don't take what I don't want, For I have got another girl, another girl. She's sweeter than all the girls and I met quite a few. Nobody in all the world can do what she can do. And so I'm telling you, "This time you'd better stop." For I have got another girl, another girl. Who will love me till the end, through thick and thin She will always be my friend…

Todo el mundo aplaudía al son de la música. Corinne aplaudió y silbó a Nick al final, y sin pensarlo, subió al escenario y le abrazó. Nick se sorprendió pero le dedicó una sonrisa. ― Vale, y ahora como le he prometido a él, le dedicaré otra… Así que, baja…― le dijo a Nick, que obedeció ― Para ti, “Quelqu’un ma dit”, de Carla Bruni. Cogió la guitarra y comenzó a cantar. On me dit que nos vies ne valent pas grand chose, Elles passent en un instant comme fanent les roses. On me dit que le temps qui glisse est un salaud que de nos chagrins il s'en fait des manteaux pourtant quelqu'un m'a dit... Que tu m'aimais encore, C'est quelqu'un qui m'a dit que tu m'aimais encore. Serais ce possible alors ?...

Nick también aplaudió a Corinne cuando acabó. Se quedó anonadado con su voz ; nunca había escuchado a nadie cantar así. Se atrevía a decir que incluso cantaba mejor que su hermano James. Los dos se marcharon del escenario entre silbidos insinuantes. ― ¿¿Quién te ha enseñado a cantar así ??― preguntó Nick. ― Pues... Carla Bruni, supongo... ― Cada día me sorprendes más... En serio, deberías ir a alguna audición o algo... ― ¿Qué ? TÚ eres el que tiene que ir a alguna... En ese momento, Corinne se calló al ver pasar un coche patrulla cerca suyo. Dos policías bajaron y entraron al bar de la acera de enfrente. Al cabo de unos minutos, salieron con un hombre esposado. Corinne se asustó al ver a aquel hombre. ― ¿Quién es ? ¿Le conoces ?― preguntó Nick.

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Corinne miró a Nick con ojos llorosos. ― Es… el hombre que capturó a mi padre…

6 La chica de las fotos Nick y Corinne entraron en la comisaría. Nick se sentó en una de las sillas del área de espera mientras Corinne se acercaba a la recepcionista , una mujer cincuentona de mirada aburrida. ― Hola, me llamo Corinne Rousseau. Tengo información sobre un reciente detenido de la policía. ― ¿Qué clase de información?― dijo sin levantar la mirada de un montón de papeles. ― Muy importante y confidencial.― dijo Corinne, seriamente. ― De acuerdo, le haré pasar al despacho del Comisario Miller. Espere un momento, por favor. ― Todo saldrá bien, no te preocupes…― le dijo en voz baja. ― ¡Srta. Rousseau, ya puede entrar!― gritó con voz grave la recepcionista. Corinne se dirigió a un pequeño despacho. Entró, y sintió un escalofrío al recordarle al despacho de su pesadilla, con la silla y la lámpara. ― ¿Srta. Rousseau, me equivoco? ― No. ― Soy el Comisario Miller, de la policía de San Francisco. Siéntese, por favor. Corinne obedeció.

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― Venía a darle información sobre un hombre que han detenido hace una media hora en un bar. Puedo darles información sobre él. ― Hable. ― Ese hombre secuestró a mi padre junto con otras dos personas. Su jefe se hace llamar Pierrot y está en busca y captura. Los MN tienen intención de secuestrarme a mí también, porque mi padre tiene colegas en la NASA y… ― Sí, conocemos la historia… ¿Qué es lo que usted quiere, Srta. Rousseau? ― Yo… yo solo quiero recuperar a mi padre.― dijo Corinne, tristemente. ― ¿Cómo se llama? ― Jean Rousseau. ― De acuerdo, puede estar tranquila. Trataremos de encontrarle lo antes posible. ― ¿¿Lo antes posible?? Mire, Comisario, con el debido respeto, he denunciado este caso a la policía francesa y americana, y llevan un año diciéndome lo mismo. No me pidan que esté tranquila, porque sé que antes de que ustedes encuentren a Pierrot… no sé lo que será de mí. Corinne se levantó de su silla, cogió su bolso y se marchó por la puerta y Nick se acercó a ella. ― ¿Qué tal? ¿Estás bien? ― No, me piden que espere cuando llevo un año haciéndolo. ― No puedes hacer otra cosa, Corinne. Corinne se sentó pesadamente en una de las sillas de la sala de espera, apoyando la barbilla en sus manos. Nick se sentó a su lado y la rodeó con el brazo, como muestra de apoyo. Los dos salieron de la comisaría. ― ¿Y ahora, qué hacemos?― preguntó Corinne. ― ¿Quieres pasear? ― Vale… Los dos caminaban bajo el sol de aquella tarde veraniega de

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San Francisco. Aquella tarde, cuando el sol y el calor incitaban a reír y a disfrutar, entre Nick y Corinne reinaba el silencio. Corinne miraba al suelo mientras andaba, con las manos metidas en los bolsillos de su chaqueta color café. Nick, por su parte, caminaba de igual manera, mordiéndose el labio tratando de saborear los restos de su Frapuccino. Corinne le miró: estaba jugando con un llavero con forma de Torre Eiffel que sobresalía de su bolsillo. ― ¿Has estado en París? ― Sí.― dijo Nick, dándose cuenta de por qué lo preguntaba. ― ¿Con tu hermano de gira? ― No… Con una chica que en ese momento era mi novia… En ese instante, Corinne recordó a la chica morena de las fotos que Nick tenía en su habitación. ― ¿Y… qué es lo que pasó? ― La dejé… Me engañaba con otro. ― Oh, vaya, los siento mucho… ¿Fue hace mucho? ― Cuatro meses. Corinne le miró sin saber qué decirle. Él la miró y sonrió levemente. ― No te preocupes, lo tengo superado. ― Ya… Corinne recordaba todas esas cosas que Nick le había dicho: “Nunca he conocido a nadie tan especial en tan poco tiempo”, “Me pareces alguien… diferente”… Sentía que eran las palabras más sinceras que alguien le había dicho. Al principio, le parecían exageradas, pero después de saber todo el dolor por el que Nick tendría que haber pasado, comprendió que no podía haberle dicho a nadie algo tan sincero en mucho tiempo. A decir verdad, no sentía lo que le pasaba, ya que ella (afortunadamente) no había vivido la experiencia de ser engañada en una relación. No le daba vergüenza reconocer que a sus 22 años aún no había besado a un chico. Nunca había tenido la necesidad de tener novio. Como le solía decir su madre: “¿Novio? ¡Mejor tener un cerdo, que te da jamones y no disgustos!”. ― ¿Sabes por quién?― preguntó Nick, sin levantar la vista del suelo. ― ¿Por quién qué?

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― ¿Por quién me dejó? Corinne negó con la cabeza. ― Por… Chace. Corinne se quedó sin habla. Sintió que aquellas eran las palabras más duras que Nick había dicho en mucho tiempo. ― ¿Ahora entiendes por qué nos llevamos tan mal los dos? Los dos se quedaron en silencio un momento. ― De verdad que lo siento, ― Ya…― dijo él, irónicamente. ― Lo digo en serio. ― ¿Alguna vez te ha engañado tu novio? Corinne no sabía qué decir. ― No… ― ¡Pues entonces, cállate!― le dijo enfadado. ― ¡No me hables así!― contestó Corinne, molesta. ― Escúchame, no tienes ni idea de lo mucho que he sufrido. Carol fue la persona que más he querido nunca. Era amable, lista, alegre, sincera y muy guapa… Estuvimos un año y medio juntos, y te puedo asegurar que fue el año y medio más feliz de mi vida. Durante todos estos meses, no he parado de preguntarme porqué lo hizo, qué era lo que había hecho mal para que ella se fuera con mi mejor amigo y me dejara solo, como si fuera un pañuelo usado. Carol era la persona en la que más confiaba. ¿Cómo te sentirías si la persona en la que más confías te abandona de tal manera, eh? Me dejó completamente destrozado; no me lo esperaba de alguien como ella… Así que no vuelvas a decirme que lo sientes, porque no es verdad. Nick se alejó varios pasos delante de Corinne, dejándola sola en medio de la calle. Nick le lanzó una llave. ― Ya sabes dónde está el barco. Cógelo y ve a casa. Yo cogeré un taxi. Antes de que Corinne pudiera contestar, Nick se marchó con las manos en los bolsillos, completamente deprimido.

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7 Tarde con Johnny Corinne condujo el barco hasta Sausalito y anduvo hasta la casa de Nick. Al abrir la puerta, lo primero que escuchó fue un sonido extraño. Lo escuchó detenidamente. Eran sollozos. Se asomó por la puerta, y le vio, sentado en el sofá con los codos apoyados en las rodillas y tapándose la cara con las manos. Aquellos sollozos hicieron que Corinne también tuviese ganas de llorar. Sentía que tenía la culpa de haberle recordado a Nick una etapa de su vida que estaba deseando olvidar. Cerró la puerta empujándola para que Nick la oyera al entrar. ― ¿Corinne, eres tú?― dijo Nick. ― Sí. Nick aún seguía en la misma posición. ― ¿Estás bien? ― ¿Qué crees?― le contestó secamente. ― Que no. ― ¡Bingo!― le dijo sarcásticamente, sonriéndola mientras se giraba para mirarla a la cara. Tenía toda la cara enrojecida y los ojos llorosos. Su voz se quebraba al hablar. ― No llores, por favor. ― No lloraba. ― No mientas. Nick calló y se volvió a girar. ― Perdóname, por favor. No era mi intención verte así. Nick seguía sin hablar.

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― Tienes toda la razón. ¿Nunca he tenido novio, sabes? Ni siquiera he besado a un chico y por eso no puedo compartir lo que sientes por lo que Carol te hizo. Te he mentido, y lo siento mucho. ― ¿Nunca has besado a nadie? ― No...― dijo Corinne, extrañada por la pregunta. ― Qué suerte tienes...― dijo sonriendo, pero esta vez, sinceramente. Era una sonrisa sincera y dulce, de esas que hacen sonreír. Corinne se sentó a su lado. ― Je suis désolé ― dijo él. Corinne se rió. ― Non, je suis desolée. ― JE suis desolé! ― Vale. ¿Perdonados mutuamente? ― Perdonados. Nick le extendió la mano, a lo que ella respondió estrechándosela. Rápidamente, Nick tiró de Corinne hacia él y la agarró en un abrazo. ― Gracias…― le susurró a Corinne en el oído. Corinne sentía que su corazón iba a 1000 latidos por segundo. Al fin, sentía eso que la gente llama “mariposas en el estómago”, y entendía a qué se refería. Era una sensación de nerviosismo y placer a la vez, algo contradictorio. ― ¿Comemos algo?― preguntó Nick. ― Sí… ¡Te haré algo! Nick se sorprendió. ― ¿El qué? ― Espera unos… 15 minutos y lo sabrás. Corinne se alejó a la cocina, y al cabo de varios minutos, volvió con un par de platos.

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― ¡¡Tantatachán!! Hoy nuestro menú especial es un taboulé al estilo Rousseau… ― dijo mostrando un plato con acento francés. ― ¿Qué lleva? ― Es una receta libanesa elaborada a partir de cuscús, pepino, cebolla, tomate, pimiento, pimienta y perejil. Délicieux! Nick cogió un tenedor y se llevó un bocado a la boca. ― ¡Umm, qué rico! ¡Está buenísimo! ― ¿En serio? ― Me tomaría… no sé… cinco platos. Corinne se rió. ― ¡Gracias, me alegro que te guste! Cuando terminaron de comer, Nick fregaba los platos mientras Corinne veía la tele. ― Esta tarde va a llover.― dijo ella. ― ¡Pero si hace sol! ― Pues eso es lo que dice el del tiempo.― dijo ella señalando a la tele. ― ¿Entonces… qué hacemos? ― ¿Y si vemos una peli? ― Mmm... Vale, ¿pero cuál? ― ¿Tienes “The Tourist”? No la he visto. ― Pues “The Tourist” se ha dicho. ¿Quieres que haga palomitas? ― ¡Sí, gracias! ¿Te importa si la subtitulo en francés? ― ¡No, para nada! Así al menos aprendo algo más que merci, mademoiselle, monsieur y oh là là… Corinne rió y encendió el DVD. Nick trajo las palomitas al de unos minutos, y la película comenzó. Unas dos horas y media después, Nick apagó el DVD.

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― ¿Así que… Johnny Depp era Alexander? ― Sí.― dijo Nick, sonriente por la incredulidad de Corinne. ― ¡Pero si tenía pinta de idiota! ― Pues no lo era. ― Y Angelina sin tener ni idea de nada… Dirán que es muy guapa, pero de cabeza… ― Bueno, no creas que es tan guapa… ― ¿Ah, no? ¿Y entonces, quién es guapa? ― Pues… no sé… ¡Hay muchas! ― ¿Scarlett Johansson, por ejemplo? ― Mmm… No está mal, pero no es mi tipo. ― ¿Megan Fox? ― Oh, no… Demasiado artificial. ― Mmm... ¿Y Nicole Kidman? ― Es guapa… pero no me convence. ― Venga ya, alguien hay, Nick. ― Vale, pero solo si tú hablas primero. Haz un “Top 5” de los chicos más guapos. Corinne se quedó cortada. ― Vale, pues… El quinto es… Brad Pitt. El cuarto… Ben Affleck. Luego… Ian Somerhalder. ― ¿Ese quién es? ― Uno que salía en “Perdidos” y en “Crónicas Vampíricas”. ― ¿¿Ese?? Bueno, bueno… Sigue. ― El segundo es… ¿Oh, cómo me he olvidado de él? ¡Me falta Johnny Depp! Bueno, pues ése el segundo. Y el primero, sin duda alguna, Orlando Bloom.

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Nick le miró pensativo. ― ¿Qué? ― No entenderé nunca a las chicas… ― Ni yo a vosotros, tranquilo… ¡Ahora te toca a ti! ― Vale, pues… La quinta es… ― ¡Paris Hilton! ― No menciones su nombre, me hace daño en los oídos. Corinne rió. ― La quinta es… Jessica Alba. ― Bien, bien… ― Luego… Eva Longoria… y Liv Tyler. ― Y la segunda y la primera… ― Uf… La segunda… Keira Knightley, y la primera, desde luego, Natalie Portman. ― ¿Así que… Natalie Portman, Keira Knightley y Liv Tyler? ― Sí, así es… ¿Y tú… Orlando Bloom, Johnny Depp e Ian Somerhalder? ― Los tres hombres más sexys del planeta. ― Y las tres mujeres. Se quedaron en silencio. ― Tanto hablar de hombres guapos me ha dado hambre… ¿Y si pedimos una pizza?― dijo Corinne. ― Tengo en la nevera un par. De barbacoa y cuatro quesos. ― ¡Yo quiero la de barbacoa! ― ¡Vale, vale!

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Estuvieron comiendo y hablando hasta la hora de dormir. ― Tengo sueño…― dijo Nick, desperezándose. ― Sí, y yo… Me voy a la cama… Los dos subieron a las habitaciones. ― Hasta mañana.― dijo Nick. ― Hasta mañana.― respondió ella ― ¡Ah, Nick! ― ¿Sí? Corinne le miró tímidamente. ― Me lo he pasado genial hoy… Él sonrió, y entró en su habitación. Corinne hizo lo mismo. Se apoyó en la puerta, sonriendo como una niña pequeña, y suspiró. Mientras, Nick estaba tumbado en su cama, resoplando. ― Yo también, ha sido el mejor día de mi vida… Seré idiota… ― dijo, para si solo. A la mañana siguiente, último día de junio, Nick pasó por el recibidor para recoger el correo. Entre varias cartas, observó una con el remitente de “Un buen amigo”. Estaba dirigida a Corinne. ― ¡Corinne, hay una carta para ti! Corinne le miró asustada. ― ¿Le has dicho a alguien… que vivo aquí? Nick negó con la cabeza, y miró la carta. Corinne se la quitó de las manos rápidamente, la abrió y comenzó a verla mientras caminaba por el salón. De repente, pegó un grito de puro terror, tirando la carta al suelo y llorando. ― ¡¿¡CORINNE, QUÉ PASA!?! Nick recogió la carta del suelo. No había nada escrito excepto varias fotos… sacadas desde el ventanal de su casa. Eran fotos de él y Corinne en el sofá, viendo “The Tourist”, la noche anterior… Nick dejó caer las fotos al suelo, muerto de miedo. Los “Mirroirs Noirs” les habían encontrado.

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8 Vigilados El Comisario Miller levantó

rápidamente la mirada de su escritorio tras

escuchar un golpe seco en la puerta. ― ¡¡Se lo dije, le dije que me encontrarían!!― gritó Corinne, enseñándole las fotos. Éste examinó las fotos detenidamente. ― ¿Cuándo fueron sacadas? ― Ayer a la noche, y hoy las encontré dentro de un sobre en mi buzón. ― Pues entonces, Srta. Rousseau, no me deja otra opción… Siéntese, por favor. Corinne obedeció. ― En vista de su grave situación, me veo obligado a asignarle un guardaespaldas. ― ¿Guardaespaldas? ― Estará vigilándoles a usted y a su… acompañante

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Bajo el puente rojo