Page 1

¿Quién cree a Janet Coooke?

Todo empezó el día en que Janet Cooke, reportera del Washington Post, le dijo a su jefe de redacción que había oído hablar de un niño de ocho años que se inyectaba heroína con la complacencia de su madre. «Encuentre a ese niño», le dijo el jefe de redacción. «Será un reportaje de primera página». En octubre del año pasado, en efecto, el relato revelador y tremendo -bajo el título de «El mundo de Jimmy»- estremeció a Estados Unidos. Hace dos semanas, con sólo tres años en el oficio y veintiséis de edad, Janet Cooke mereció el honor más codiciado del periodismo de su país: el Premio Pulitzer. Aunque sólo por pocas horas, pues el escrutinio inclemente de sus jefes y la presión de su propia alma la obligaron a confesar que el reportaje era inventado y que el pequeño Jimmy sólo había existido en su imaginación. Este incidente plantea, una vez más, el drama del periodismo de Estados Unidos, cuyo rigor casi puritano lo ha convertido en el mejor del mundo, pero cuyas contradicciones traumáticas lo han convertido también en el más peligroso. De allí que toda nota falsa, como la que Janet Cooke acaba de cantar, termine por provocar sin remedio una crisis de conciencia nacional.

Yo tuve una prueba personal de ese rigor, hace unos cuatro años, cuando la revista Harper, de Nueva York, me pidió un artículo exclusivo sobre el golpe militar en Chile y el asesinato de Salvador Allende. Uno de los editores principales de la revista llamó por teléfono de Nueva York a París cuando leyó los originales, y me sometió a un interrogatorio casi policial de más de una hora sobre el origen de mis datos. No aspiraba, por supuesto, a que yo le revelara mis fuentes confidenciales, pero quería estar seguro de que yo estaba seguro de ellas, y de que me encontraba en condiciones de defenderlas. Más tarde vi personificada esa moral en mi amigo Elle Abel -el antiguo director de la escuela de periodismo de la Universidad de Columbia-, con quien trabajé en la comisión especial de l0 a Unesco que hizo un estudio sobre la comunicación y la información en el mundo actual. Elie Abel y yo estábamos a una distancia política de siglos, pero la claridad y la entereza con que se batía por sus principios en aquellas reuniones soporíferas me recordaban a los predicadores iluminados de su compatriota Nathaniel Hawthorne.

Por eso es más sorprendente que un periodismo con fundamentos morales tan drásticos sea también capaz de llegar a extremos inconcebibles de manipulación y falsedad. Hace dos años -por ejemplo-, la revista Time publicó a media página la fotografía de algo que parecía ser dos pantallas de radar implantadas en una colina. El texto decía que había sido tomada en secreto en el interior de Cuba, y que eran unos dispositivos soviéticos muy refinados para captar toda clase de mensajes


originados en Estados Unidos. Yo lo creí, y me pareció un recurso ordinario en la guerra sin cuartel de la información. Pero mis hijos, que se interesan más que yo en la ficción científica, me hicieron caer en la cuenta de que habíamos visto esas pantallas muchas veces en nuestros tantos viajes a Cuba. No debían ser tan secretas si millares de turistas extranjeros podían verlas y fotografiarlas viajando por carretera desde La Habana hacia el oriente del país. La semana siguiente, en efecto, el encargado de la oficina de intereses de Cuba en Washington aclaró en una carta que aquellas pantallas habían sido instaladas allí desde antes de la revolución por una empresa de comunicaciones de Estados Unidos. Veinte años después, a pesar del bloqueo, de los sabotajes y de los desembarcos armados, las pantallas continuaban en su puesto, todavía al servicio de la misma empresa transnacional norteamericana, y bajo su responsabilidad absoluta. La revista Time publicó esta aclaración de una pulgada en la sección de cartas, y quedó en, paz con su conciencia. Nunca rectificó.

Más infame y persistente fue la guerra de información contra Vietnam, hace dos años. La Prensa occidental, instigada por la de Estados Unidos, hizo creer al mundo que el Gobierno vietnamita estaba mandando a morir en alta mar a los residentes chinos. Muy pocos nos tomamos el trabajo de ir a Vietnam a conversar con todo el mundo, inclusive con los chinos que se querían ir, como tanta gente se quiere ir de todas partes. Lo que entonces averiguamos parece hoy muy simple: la solidaridad mundial que Vietnam había conseguido durante la guerra militar seguía siendo un dolor de cabeza para Estados Unidos, y se propusieron aniquilarla con la otra guerra feroz de la información. Lo lograron, por supuesto.

En todo caso, más allá de la ética y la política, la audacia de Janet Cooke, una vez más, plantea también las preguntas de siempre sobre las diferencias entre el periodismo y la literatura, que tanto los periodistas como los literatos llevamos siempre dormidas, pero siempre a punto de despertar en el corazón. Debemos empezar por preguntarnos cuál es la verdad esencial en su relato. Para un novelista lo primordial no es saber si el pequeño Jimmy existe o no, sino establecer si su naturaleza de fábula corresponde a una realidad humana y social, dentro de la cual podía haber existido. Este niño, como tantos niños de la literatura, podría no ser más que una metáfora legítima para hacer más cierta la verdad de su mundo. Hay por lo menos un punto a favor de esta coartada literaria: antes de que se descubriera la farsa de Janet Cooke, varios lectores habían escrito a su periódico para decir que conocían al pequeño Jimmy, y muchos decían conocer otros casos similares. Lo cual hace pensar -gracias a los dioses tutelares de las bellas letras- que el pequeño Jimmy no sólo existe una vez, sino muchas veces, aunque no sea el mismo que inventó Janet Cooke.

Lo malo es que en periodismo un solo dato falso desvirtúa sin remedio a los otros datos verídicos. En la ficción, en cambio, un solo dato real bien usado puede volver verídicas a las criaturas más fantásticas. La norma tiene injusticias de ambos lados: en periodismo hay que apegarse a la verdad, aunque nadie la crea, y en cambio en literatura se puede inventar todo, siempre que el autor sea capaz de hacerlo creer como si fuera cierto. Hay recursos intercambiables. Si un escritor dice que vio volar un rebaño de elefantes, no habrá nadie que se lo crea, porque el buen periodismo le ha


hecho creer al mundo que los elefantes no vuelan. Pero no faltará quien se lo crea si apela al recurso periodístico de la precisión y dice que los elefantes que volaban eran 326. Yo oí contar muchas veces, siendo muy niño, la historia de un cura rural que levitaba en el momento de apurar el cáliz. Intenté contarlo en una novela, pero no conseguía creerlo yo mismo, hasta que cambié el vino por una taza de chocolate, y el cura se elevó como un ángel a dos centímetros sobre el nivel del suelo. Algo de esto debe ser el alcalde de Washington, Marion Barry, pues fue el primero que denunció la falsedad del relato de Janet Cooke. Y no porque creyera que el niño no existía, sino porque le pareció imposible que la madre permitiera inyectarle heroína delante de un reportero.

John Hersey, que era un buen novelista, escribió un reportaje sobre la ciudad de Hiroshima devastada por la bomba atómica, y es un relato tan apasionante que parece una novela. Daniel de Foe, que era también un gran periodista, escribió una novela sobre la ciudad de Londres devastada por la peste, y es un relato tan sobrecogedor que parece un reportaje. En esa línea de demarcación invisible pueden estar los ángeles que Janet Cooke necesita para la salvación de su alma. Pues no habría sido justo que te dieran el Premio Pulitzer de periodismo, pero en cambio sería una injusticia mayor que no le dieran el de literatura.

Copyright 1981, Gabriel García Márquez/ACI

TRIBUNA: LA ÚLTIMA Y MALA NOTICIA SOBRE HAROLDO CONTI

A Haroldo Conti, que era un escritor argentino de los grandes, le advirtieron en octubre de 1975 que las fuerzas armadas lo tenían en una lista de agentes subversivos. La advertencia se repitió por distintos conductos en las semanas siguientes y, a principios de 1976, era ya de dominio público en Buenos Aires. Por esos días, me escribió una carta a Bogotá, en la cual era evidente su estado de tensión. «Martha y yo vivimos prácticamente como bandoleros», decía, «ocultando nuestros movimientos, nuestros domicilios, hablando en clave». Y terminaba: «Abajo va mi dirección, por si sigo vivo». Esa dirección era la de su casa alquilada en el número 1205 de la calle Fitz Roy, en Villa Crespo, donde siguió viviendo sin precauciones de ninguna clase hasta que un comando de seis hombres armados la asaltó a medianoche, nueve meses después de la primera advertencia, y se lo llevaron vendado y amarrado de


pies y manos, y lo hicieron desaparecer para siempre.Haroldo Conti tenía entonces 51 años, había publicado siete libros excelentes y no se avergonzaba de su gran amor a la vida. Su casa urbana tenía un ambiente rural: criaba gatos, criaba palomas, criaba perros, criaba niños y cultivaba en canteros legumbres y flores. Como tantos escritores de nuestra generación, era un lector constante de Hemingway, de quien aprendió además la disciplina de cajero de banco. Su pensamiento político era claro y público, lo expresaba de viva voz y lo exponía en la Prensa, y su identificación con la revolución cubana no era un misterio para nadie. Desde que recibió las primeras advertencias tenía una invitación para viajar a Ecuador, pero prefirió quedarse en su casa. «Uno elige», me decía en su carta. El pretexto principal para no irse era que Martha estaba encinta de siete meses y no sería aceptada en avión. Pero la verdad es que no quiso irse. «Me quedaré hasta que pueda, y después Dios verá», me decía en su carta, «porque, aparte de escribir, y no muy bien que digamos, no sé hacer otra cosa». En febrero de 1976, Martha dio a luz un varón, a quien pusieron el nombre de Ernesto. Ya para entonces, Haroldo Conti había colgado un letrero frente a su escritorio: «Este es mi lugar de combate, y de aquí no me voy». Pero sus secuestradores no supieron lo que decía ese letrero, porque estaba escrito en latín. El 4 de mayo de 1976, Haroldo Conti escribió toda la mañana en el estudio y terminó un cuento que había empezado el día anterior: A la diestra. Luego se puso saco y corbata para dictar una clase de rutina en una escuela secundarla del sector, y antes de las seis de la tarde volvió a casa y se cambió de ropa. Al anochecer ayudó a Martha a poner cortinas nuevas en el estudio, jugó con su hijo de tres meses y le echó una in ano en las tareas escolares a una hija del matrimonio anterior de Martha, que vivía con ellos: Myriam. de siete años. A las nueve de la noche, después de comerse un pedazo de carne asada, se fueron a ver El Padrino II Era la primera vez que iban al cine en seis


meses. Los dos niños se quedaron al cuidado de un amigo que había llegado esa tarde de Córdoba y lo invitaron a dormir en el sofá del estudio. Cuando volvieron, a las 12.05 horas de la noche, quien les abrió la puerta de su propia casa fue un civil armado con una ametralladora de guerra. Dentro había otros cinco hombres, con armas semejantes, que los derribaron a culatazos y los aturdieron a patadas. El amigo estaba inconsciente en el suelo, vendado y amarrado, y con la cara desfigurada a golpes. En su dormitorio, los niños no se dieron cuenta de nada porque habían sido adormecidos con cloroformo. Haroldo y Martha fueron conducidos a dos habitaciones distintas, mientras el comando saqueaba la casa hasta no dejar ningún objeto de valor. Luego los sometieron a un interrogatorio bárbaro. Martha, que tiene un recuerdo minucioso de aquella noche espantosa, escuchó las preguntas que le hacían a su marido en la habita.ción contigua. Todas se referían a dos viajes que Haroldo Conti había hecho a La Habana. En realidad. había ido dos veces en 1971 y en 1974-, y en ambas ocasiones como jurado del concurso de La Casa de las Américas. Los interrogadores trataban de establecer por esos dos viajes que Haroldo Conti era un aaente cubano. A las cuatro de la madrugada, uno de los asaltantes tuvo un gesto humano, y llevó a Martha a la habitación donde estaba Haroldo para que se despidiera de él. Estaba deshecha a golpes, con varios dientes partidos, y el hombre tuvo que llevarla del brazo porque tenía los ojos vendados. Otro que los vio pasar por la sala, se burló: «¿Vas a bailar con la señora?». Haroldo se despidió de Martha con un beso. Ella se dio cuenta entonces de que él no estaba vendado, y esa comprobación la aterrorizó, pues sabía que sólo a los que Iban a morir les permitían ver la cara de sus torturadores. Fue la última vez que estuvieron juntos. Seis meses después del secuestro, habiendo pasado de un escondite a otro con su hijo menor, Martha se asiló en la


Embajada de Cuba. Allí estuvo año y medio esperando el salvoconducto, hasta que el general Omar Torrijos intercedió ante el almirante Emilio Massera, que entonces era miembro de la Junta de Gobierno Argentina, y éste le facilitó la salida del país. Quince días después del secuestro, cuatro escritores argentinos -y entre ellos los dos más grandes- aceptaron una invitación para almorzar en la casa presidencial con el general Jorge Videla. Eran Jorge Luis Borges, Ernesto Sábato, Alberto Ratti, presidente de la Sociedad Argentina de Escritores, v el sacerdote Leonardo Casteílani. Todos habían recibido por distintos conductos la solicitud de plantearle a Videla el drama de Haroldo Conti. Alberto Ratti lo hizo, y entregó además una lista de otros once escritores presos. El padre Castellani, entonces tenía casi ochenta años y había sido maestro de Haroldo Conti, pidió a Videla que le permitiera verlo en la cárcel. Aunque la noticia no se publicó nunca, se supo que, en efecto, el padre Castellani lo vio el 8 de julio de 1976 en la cárcel de Villa Devoto, y que lo encontró en tal estado de postración que no le fue posible conversar con él. Otros presos, liberados más tarde, estuvieron con Haroldo Conti. Uno de ellos rindió un testimonio escrito, según el cual fue su compañero de presidio en el campo de concentración de la Brigada Goemez, situada en la autopista Richieri, a doce kilómetros de Buenos Aires por el camino de Ezeiza. «En mayo de 1976», dice el testimonio, «Haroldo Conti se encontraba en una celda de dos metros por uno, con piso de cemento y puerta metálica. Llegó el día 20. Dijo haber estado en un lugar del Ejército, donde lo pasó muy mal. Dijo que se había quedado encerrado en un baño, donde se desmayó. Apenas sí podía hablary no podía.


MITTERRAND, EL OTRO: EL ESCRITOR

Hace algunos años, al término de una cena oficial en la Embajada de Francia en México, fuimos invitados por nuestros anfitriones a tomar el café frente a la chimenea. Era una reunión muy reducida de franceses solos, a la cual yo asistía por una amable sugerencia del visitante de honor, François Mitterrand, candidato a la presidencia de la República en aquel momento. La conversación en la mesa había tenido el sabor complaciente, pero efímero, de las cenas mundanas, y era evidente que los anfitriones habían propuesto el café frente a la chimenea en busca de un ambiente más propicio para que Mitterrand se decidiera a hablarnos de los asuntos actuales de Francia y el mundo. Parsimonioso y sonriente, como siempre, él ocupó el sillón favorito del dueño de la casa, y todos nos sentamos alrededor para no perder ni una gota de sus palabras. Entonces, Mitterrand, dirigiéndose a mí, dijo:-Muy bien; hablemos de literatura. El ángel de la desilusión se aposentó en la sala. La mayoría pensó que Miterrand, que es un político con las espuelas muy bien puestas, había recurrido a aquel artificio para eludir el asunto central. Pero al cabo de breves minutos todos estábamos fascinados por la sabiduría y el encanto de aquel maestro que se paseaba con un aire propio a través de los grandes nombres y las desdichas eternas de las letras universales. Aquel día lo descubrí. Lo había conocido unos años antes, después de que Pablo Neruda le habló de mí y le llevó algunos de mis libros traducidos al


francés y le dijo tantas cosas enormes sobre nuestra amistad. Cuando nos encontramos por primera vez, ya parecíamos amigos muy antiguos. Pero yo no había podido superar el prejuicio de que Mitterrand era antes que nada un político, y tenía la tendencia a hablarle sólo de política, como lo hace sin remedio la inmensa mayoría de los políticos. Aquella noche, en México, caí en la cuenta de que el equivocado era yo, y que Mitterrand era en efecto un hombre de letras, en el sentido reverencial, y un poco fatalista en que sólo los franceses lo entienden. En realidad no sólo es Mitterrand un escritor excelente, sino de los que escriben todos los días de su vida, como lo hacen los más grandes. En todos sus libros, pero en especial en La paille et la graine, como tantas veces en la vida real, él ha dicho que nunca ha tenido intención de escribir sus memorias. Es comprensible: las memorias son un género al cual recurren los escritores cansados cuando ya están a punto de olvidarlo todo. El propósito de Mitterrand es el contrario: escribe para no olvidar, y su buena costumbre nos ayuda a que tampoco nosotros olvidemos. «Yo tomo notas como demonio sobre algún papel que pierdo más a menudo de lo que me llegan a servir». Son, como él mismo lo dice, anotaciones fugaces escritas a golpes de emoción, y a las cuales acuerda una importancia por razones variables y casi siempre subjetivas. No hay escritor que no lo comprenda. Todos llevamos esas notas escritas en el revés de los sobres, en esquinas de periódicos, en tiques de autobuses usados y aun sin usar, donde hemos escrito una frase que en un momento nos pareció una nueva revelación del mundo, o del alma humana, y, que luego volveremos a encontrar convertidos en pelotitas de cartón piedra, molidos por las aspas de la lavadora eléctrica, macerados por el jabón y petrificados por la plancha. Mitterrand lo sabe y lo dice: «Es una ilusión lírica». Y lo dice con toda razón, porque esas notas fugaces son como los versos que a veces conocemos en sueños, que nos trastornan mientras dormimos, como si fueran la esencia misma de la poesía, y al despertar comprobamos que no era más que una frase de publicidad en la radio de la


casa vecina. Era, en efecto, una ilusión lírica. Pero Mitterrand sabe, como todos los escritores, que de esos minúsculos y continuos fracasos está hecha la buena literatura. A mí me parece que su visión del mundo, más que la de un político, es la de un hombre abrasado por la fiebre de la literatura. Por eso he pensado siempre que sería -¿será?- un gobernante sabio. Es un hombre que se interesa por todas las cosas de la vida, aun las más simples, y lo hace con una pasión, con un gusto y una lucidez que constituyen su mejor virtud. Un hombre al cual le llama la atención, leyendo el diario de los hermanos Goncourt, lo que tal vez a otro lector menos inteligente podía parecerle una frivolidad: que la sociedad protectora de animales, creada en 18.., se anticipó en tres años a la liberación de los esclavos. Cuando visitó a Violete Trefusis, en la casa del Ombrellino de Florencia, lo que más le impresionó, y que había de marcar aquel instante para siempre, fue el eco de sus propios pasos en la inmensa galería de la entrada. De su entrevista con Golda Meir, de quien sabemos que no era bella, nos dejó el testimonio de que era una madre severa y tierna. De todos los recuerdos que se han escrito sobre Salvador Allende, el de Mitterrand me parece el más revelador. Era en 1971, y el presidente le conducía a través de las galerías del palacio de la Moneda, en Santiago de Chile, cuando se detuvo frente a un busto de José Manuel Balmaceda. «Este hombre era un conservador elegido por la derecha de su época», le dijo. «Pero este conservador era también un legalista que no pudo soportar las agresiones al derecho: se suicidó». El presidente Allende concluyó: «Ahora todos los chilenos respetan su memoria. Su acción heroica pertenece a la conciencia de nuestro pueblo». Yo estoy seguro de que Mitterrand no podía quitarse de la mente aquel episodio, una mañana en que desayunábamos en México con las hijas del presidente Allende, apenas un año después de su muerte. «Fue preciso movilizar la aviación», anotó en sus papelitos de bolsillo, «y destruir La Moneda, sólo para asesinarlo».


De esas notas quedará una visión de nuestro tiempo y de la gente de nuestro tiempo sin duda mucho más fiel de lo que suponen sus lectores distraídos. De George Pompidou ha escrito: «Tiene la ambición más alta que su poltrona». Como buen escritor, Mitterrand debe saber que nuestras palabras nos persiguen no sólo hasta la muerte, sino hasta mucho más allá de la muerte. Pero, también como a buen escritor, no le teme a ese destino. Un día, mientras almorzaba solo en la brasserie Lipps, el propietario se le acercó y le dijo al oído: «Dicen que el presidente ha muerto». El presidente era Georges Pompidou. Recordando aquel día, Mitterrand escribió más tarde que, de todos modos, no pudo evitar una cierta piedad por ese muerto olvidado desde antes de que lo sepultaran. De Valéry Giscard d'Estaing, de quien ha dicho tantas cosas, ha dicho una terrible: «Nadie duda que él posea, en el grado más alto, el arte de explicar los fracasos de los cuales derivan sus triunfos». Sin embargo, ninguna indignación me pareció nunca más lúcida que la suya cuando le dieron el Premio Nobel de la Paz a Henry Kissinger. «No tengo nada en su contra», escribió entonces. Pero consideró que darle a Kissinger el Premio de la Paz por haber puesto término a una guerra que él mismo había enardecido era como dárselo a Sukarno porque no mató más comunistas indonesios después de haber matado 300.000, o como dárselo a Papadopoulus, el coronel griego, porque cerró las cámaras de tortura que él mismo había instaurado y abrió al turismo las playas de sus islas de presidiarios; o a Idi Amin Dada, porque no volvió a masacrarle el cráneo a ninguno de sus ministros en los últimos años. «No pongo más ejemplos», escribió, «porque no pienso enemistarme con la mitad del mundo». A Julio César, que también era un escritor grande, Thorton Wilder le atribuyó esta frase feliz: «Yo, que gobierno tantos hombres, soy gobernado por pájaros y truenos». El escritor Mitterrand no podía estar a salvo de estas pequeñas supersticiones que hacen más misteriosa y bella la vida de los hombres. La suya, de acuerdo con numerosas anotaciones en sus libros, es la superstición del mes de mayo. El mes de las flores y de las vírgenes que


suben al cielo en cuerpo y alma, y en el que le han ocurrido a él las peores y las mejores cosas. Hace unos tres meses, cuando apenas se vislumbraba la posibilidad de su candidatura, alguien habló de esto en un almuerzo que nos ofreció Mitterrand en París. «La reelección del actual presidente es probable», dijo, «pero la mía es posible». No sé por qué tuve entonces la impresión de que Mitterrand contaba en aquel momento en los innumerables factores que determinan la victoria de una elección, pero que entre ellos no descartaba uno que era tal vez el menos extraño a su corazón de buen escritor: el mes de mayo. PUNTO FINAL A UN INCIDENTE INGRATO

Nunca, desde que tengo memoria, he dado las gracias por un elogio escrito ni me he contrariado por una injuria de Prensa. Es justo cuando uno se expone a la contemplación pública a través de sus libros y sus actos, como yo lo he hecho, los lectores deben disfrutar del privilegio de decir lo que piensan, aunque sean pensamientos infames. Por eso renuncié hace mucho tiempo al derecho de réplica y rectificación -que debía considerarse como uno de los derechos humanos- y, desde entonces, en ningún caso y ni una sola vez en ninguna parte del inundo he respondido a ninguno de los tantos agravios que se me han hechoo, y de un modo especial en Colombia.Me veo obligado a permitirme ahora una sola excepción, para comentar los dos argumentos únicos con que el Gobierno ha querido explicar mi intempestiva salida de Colombia la semana pasada. Distintos funcionarios, en todos los tonos y en todas las formas, han coincidido en dos cargos concretos. El primero es que me fui de Colombia para darle una mayor resonancia publicitaria a mi próximo libro. El segundo es que lo hice en apoyo de una campaña internacional para desprestigiar al país. Ambas acusaciones son tan frívolas, además de contradictorias, que uno se pregunta escandalizado si de veras habrá alguien con dos dedos de frente en el timón de nuestros, destinos.


La única desdicha grande que he conocido en mi vida es el asedio de la publicidad. Esto, al contrario de lo que creo merecer, me ha condenado a vivir como un fugitivo No asisto nunca a actos públicas ni a reuniones multitudinarias, no he dictado nunca una conferencia, no he participado ni pienso participar jamás en el lanzamiento de un libro, les tengo tanto miedo a los micrófonos y a las cámaras de televisión como a los aviones, y a los periodistas les consta que cuando concedo una entrevista es porque respeto tanto su oficio que no tengo corazón para decirles que no. Esta determinación de no con vertirme en un espectáculo público me ha permitido conquistar la única gloria que no tiene precio: la preservación de mi vida privada. A toda hora, en cual quier parte del mundo, mientras la fantasía pública me atribuye compromisos fabulosos, estoy siempre en el único ambiente en que me siento ser yo mismo: con un grupo de amigos. Mi mérito mayor no es haber escrito mis libros, sino haber defendido mi tiempo para ayudar a Mercedes a criar bien a nuestros hijos. Mi mayor satisfacción no es haber ganado tantos y tan maravillosos amigos nuevos, sino haber conservado, contra los vientos más bravos, el afecto de los más antiguos. Nunca he faltado a un compromiso, ni he revelado un secreto que me fuera confiado para guardar, ni me he ganado un centavo que no sea con la máquina de escribir. Tengo convicciones políticas claras y firmes, sustentadas, por encima de todo, en mi propio sentido de la realidad, y siempre las he dicho en público para que pueda oírlas el que las quiera oír. He pasado por casi todo en el mundo. Desde ser arrestado y escupido por la policía francesa, que me confundió con un rebelde argelino, hasta quedarme encerrado con el papa Juan Pablo II en su biblioteca privada, porque él mismo no lograba girar la llave en la cerradura. Desde haber comido las sobras de un cajón de basuras en París, hasta dormir en la cama romana donde murió el rey don Alfonso XIII. Pero nunca, ni en las verdes ni en las maduras, me he permitido la soberbia de olvidar que no soy nadie más que uno de los 16


hijos del telegrafista de Aracataca. De esa lealtad a mi origen se deriva todo lo demás: mi condición humana, mi suerte literaria y mi honradez política. He dicho alguna vez que todo honor se paga, que toda subvención compromete y que toda invitación se queda debiendo. Por eso he sido siempre tan cuidadoso en mi vida social. Nunca he aceptado más almuerzos que los de mis amigos probados. Hace muchos años, cuando era crítico de cine y estaba sometido a la presión de los exhibidores, conservaba siempre el pase de favor para demostrar que no había sido usado, y pagaba la entrada. No acepto invitaciones de viajes con gastos pagados. El boleto de nuestro vuelo a México de la semana pasada -a pesar de la gentil resistencia de la embajadora de aquel país en Colombia- lo compramos con nuestro dinero. Pocos días antes, sin consultarlo conmigo, un amigo servicial le había pedido al alcalde de Bogotá que hiciera cambiar el horario del racionamiento eléctrico en mi casa, pues coincidía con mi tiempo de trabajo, y tengo un estudio sin luz natural y una máquina de escribir eléctrica. El alcalde le contestó, con toda la razón, que Balzac era mejor escritor que yo y, sin embargo, escribía con velas. Al amigo que me lo contó indignado le repliqué que el señor alcalde cumplió con su deber, y que contestó lo que debía contestar. La gente que me conoce sabe que esta es mi personalidad real, más allá de la leyenda y la perfidia, y que si quedé mal hecho de fábrica ya es demasiado tarde para volverme a hacer nuevo. De modo que no, ilustres oligarcas de pacotilla: nadie se construye una vida así, con las puras uñas, y con tanto rigor minuto a minuto, para salir de pronto con el chorro de babas de asilarse y exiliarse sólo para vender un millón de libros, que además ya estaban vendidos. El segundo cargo, de que me fui de Colombia con el único propósito de desprestigiar al país, es todavía ni ellos consistente. Pero tiene el mérito de


ser una creación personal del presidente de la República, aturdido por la imagen cada vez más deplorable de su Gobierno en el exterior. Lo malo es que me lo haya atribuido a mí, pues tengo la buena suerte de disponer de dos argumentos para sacarlo de su error. El primero es muy simple, pero quiero suplicar que lo lean con la mayor atención, porque puede resultar sorprendente. Es este: en ninguna de mis ya incontables entrevistas a través del mundo entero -hasta ahora- no había hecho nunca ninguna declaración sobre la situación interna de Colombia. ni había escrito una palabra que pudiera ser utilizada contra ella. Era una norma moral que me había impuesto desde que tuve conciencia del poder indeseable que tenía entre manos, y logré mantenerla, contra viento y marea, durante casi 30 años de vida errante. Cada vez que quise hacer un comentario sobre la situación interna de Colombia lo vine a hacer dentro de ella o a través de nuestra Prensa. El que tenga una evidencia contra esta afirmación le suplico que la haga conocer de inmediato, de un modo serio e inequívoco y con pruebas terminantes. Pues también suplico a mis lectores que si esas pruebas no aparecen, o no son convincentes, lo consideren y proclamen desde ahora y para siempre como un reconocimiento público de mi razón. El segundo argumento es todavía más simple, y no ha dependido tanto de mí como de la fatalidad. Es este: tengo el inmenso honor de haberle dado más prestigio a mi país en el mundo entero que ningún otro colombiano en toda su historia, aun los más ilustres, y sin excluir, uno por uno, a todos los presidentes sucesivos de la República. De modo que cualquier daño que le pueda hacer mi forzosa decisión lo habría derrotado yo mismo de antemano, y también a mucha honra. En realidad, el Gobierno se ha atrincherado en esas dos acusaciones pueriles, porque en el fondo sabe que mi sentido de la responsabilidad me


impedirá revelar los nombres de quienes me previnieron a tiempo. Sé que la trampa estaba puesta y que mi condición de escritor no me iba a servir de nada, porque se trataba precisamente de demostrar que para las fuerzas de represión de Colombia no hay valores intocables. O como dijo el general Camacho cuando apresaron a Luis Vidales: «Aquí no hay poeta que valga». Mauro Huertas Rengifo, presidente de la Asamblea del Tolima, declaró a los periodistas y se publicó en el mundo entero que el Ejército me buscaba desde hacía diez días para interrogarme sobre supuestos vínculos con el M-19. El único comentario que conozco sobre esa declaración lo hizo un alto funcionario en privado: «Es un loquito». En cambio, el primer guerrillero que se declaró entrenado en Cuba provocó, de inmediato, la ruptura de relaciones con ese país. Pero hay algo no menos inquietante: a la medianoche del miércoles pasado, cuando mi esposa y yo teníamos más de seis horas de estar en la Embajada de México en Bogotá, el Gobierno colombiano fue informado de nuestra decisión, y de un modo oficial, a través del secretario general de la cancillería colombiana, el coronel Julio Londoño. A la mañana siguiente, cuando la noticia se divulgó contra nuestra voluntad, los periodistas de radio entrevistaron por teléfono al canciller Lemos Simonds y éste no sabía nada. Es decir: casi ocho horas después aún no había sido informado por su subalterno. El ministro de Gobierno, aún más despalomado, llegó hasta el extremo de desmentir la noticia. La verdad es que las voces de que me iban a arrestar eran de dominio público en Bogotá desde hacía varios días y -al contrario de los esposos cornudos- no fui el último en conocerlas. Alguien me dijo: «No hay mejor servicio de inteligencia que la amistad». Pero lo que me con venció por fin de que no era un simple rumor de altiplano fue que el martes 24 de marzo, en la noche, después de una cena en el palacio presidencial, un alto oficial del Ejército la comentó con más detalles. Entre otras cosas dijo: «El general Forero Delgadillo tendrá el gusto de ver a García Márquez en su oficina, pues tiene algunas preguntas que hacerle en relación con el M-19». En otra reunión diferente, esa misma noche, se comentó como


una evidencia comprometedora un viaje que Mercedes y yo hicimos de Bogotá a La Habana, con escala en Panamá, del 28 de enero al 11 de febrero. El viaje fue cierto y públicar, como los tres o cuatro que hacemos todos los años a Cuba, y el motivo fue una reunión de escritores en la Casa de las Américas, a la cual asistieron también otros colombianos. Aunque sólo hubiera sido por la suposición escandalosa de que ese viaje tuvo alguna relación con el posterior desembarco de guerrilleros, habría tomado precauciones para no dejarme manosear por los militares. Pero hay más, y estoy seguro de que el tiempo lo irá sacando a flote. La forma en que la Prensa oficial ha tratado el incidente está ya sacando algunas, y más de lo que parece. Ha habido de todo para escoger. Jaime Soto -a quien siempre tuve como un buen periodista y un viejo amigo a quien no veo hace muchos años- explicó mi viaje en la forma más boba: «El que la debe la teme». Sin embargo, el comentario más revelador se publicó en la página editorial de El Tiempo, el domingo pasado firmado con el seudónimo de Ayatolá. No sé a ciencia cierta quién es, pero el estilo y la concepción de su nota lo delatan como un retrasado mental que carece por completo del sentido de las palabras, que deshonra el oficio más noble del mundo con su lógica de oligofrénico, que revela una absoluta falta de compasión por el pellejo ajeno y razona como alguien que no tiene ni la menor idea de cuán arduo y comprometedor es el trabajo de hacerse hombre. A pesar de su propósito criminal, es una nota importante, pues en ella aparece por primera vez, en una tribuna respetable de la Prensa oficial, la pretensión de establecer una relación precisa, incluso cronológica, entre mi reciente viaje a La Habana y el desembarco guerrillero en el sur de Colombia. Es el mismo cargo que los militares pretendían hacerme, el mismo que me dio la mayoría de mis informantes, y del cual yo no había hablado hasta


entonces en mis numerosas declaraciones de estos días. Es una acusación formal. La que el propio Gobierno trató de ocultar, y que echa por tierra, de una vez por todas, la patraña de la publicidad de mis libros y la campaña de desprestigio internacional. Ahora se sabe por qué me buscaban, por qué tuve que irme y por qué tendré que seguir viviendo fuera de Colombia, quién sabe hasta cuándo, contra mi voluntad. No puedo terminar sin hacer una precisión de honestidad. Desde hace muchos años, el tiempo ha hecho constantes es fuerzos por dividir mi personalidad: de un lado, el escritor que ellos no vacilan en calificar de genial, y del otro lado, el comunista feroz que está dispuesto a destruir a su patria. Cometen un error de principio: soy un hombre indivisible, y mi posición política obedece a la misma ideología con que escribo mis libros. Sin embargo, el tiempo me ha consagrado con todos los elogios como escritor, inclusive exagerados, y al mismo tiempo me ha hecho víctima de todas las diatribas, aun las más infames, como animal político. En ambos extremos, el tiempo ha hecho su oficio sin que yo haya intentado nunca ninguna réplica de ninguna clase, ni para dar las gracias ni para protestar. Desde hace más de treinta años, cuando todos éramos jóvenes y creíamos -como yo lo sigo creyendo- que nada hay más hermoso que vivir, he mantenido una amistad fiel y afectuosa con Hernando y Enrique Santos Castillo -a quienes quiero bien a pesar de nuestra distancia, porque he aprendido entenderlos bien- y con Roberto García Peña, a quien tengo por uno de los hombres más decentes de nuestro tiempo. Quiero suplicarles que digan a sus lectores si alguna vez les he hecho un reclamo por las injurias de su periódico, si alguna vez he rectificado en público o en privado cualquiera de sus excesos, o si éstos han alterado de algún modo mi sentido de la amistad. No; he tenido la buena salud mental de tratarlos como si ellos no tuvieran nada que ver con un periódico que siempre he visto como un engendro sin control que se envenena con sus propios hígados. Sin embargo,


está vez el engendro ha ido más allá de todo límite permisible y ha entrado en el ámbito sombrío de la delincuencia. Me pregunto, al cabo de tantos años, si yo también no me equivoqué al tratar de dividir la personalidad de sus domadores. De modo que todo este ingrato incidente queda planteado, en definitiva, como una confrontación de credibilidades. De un lado está un Gobierno arrogante, resquebrajado y sin rumbo, respaldado por un periódico demente cuyo raro destino, desde hace muchos años, es jugárselas todas por presidentes que detesta. Del otro lado estoy yo, con mis amigos incontables, preparándome para iniciar una vejez inmerecida, pero meritoria. La opinión pública, no tiene más que una alternativa: ¿A quién creer? Yo, con mi paciencia sin término, no tengo ninguna prisa por su decisión. Espero.

Quién cree a janet coooke  
Read more
Read more
Similar to
Popular now
Just for you