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Datos técnicos: ©Autora: Laura Morales Tejeda Editorial: Ediciones Parra Primera edición: Septiembre 2011 ISBN:978-84-937499-7-2 ©Portada e ilustraciones interiores: Beatriz González ©Ilustración final: María Parra Corrección del texto: Elena Mesa, Lucía Arca y María Parra

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AGRADECIMIENTOS Tengo tanto que agradecer a tantas personas que tendría que utilizar varias páginas para hacerlo… En primer lugar, tengo que dar las gracias a mi alma gemela, Carlos, por aguantar tantas preguntas, tanto “lee esto, anda”, o por no quejarse de que me dieran las tantas de la madrugada escribiendo. Tú eres mi Tristán. Hay dos personas que también son especiales en mi vida: mi hermana Eva y Josué, que se leyeron el primer manuscrito y me ayudaron mucho. Seguro que cuando la lean ahora, ni la reconocerán. Por otro lado, no puedo olvidarme de mi “amor zaragozano”, alguien a quien conocí hace un par de añitos. Jamás pensé que nuestra amistad llegaría a tanto, y sin embargo ahí está. Lu, eres la mejor, ya lo sabes. Ah, ¿Qué no sabéis quien es? Pues mi queridísima Lucía Arca, que me ha ayudado con la novela, no os podéis imaginar cuanto. Dani Ojeda, ¡no creas que me olvido de ti! Tu ayuda ya sabes que es muy especial para mí y no sabes cuánto te lo agradezco. Por último, gracias a María Parra y Ediciones Parra por haber hecho realidad mi sueño, pues sin ella, no estaría cumpliendo uno de mis sueños… Qué decir de Bea González, la ilustradora… Pues que ha plasmado con exactitud cada detalle de la portada e ilustraciones interiores… Y a todos los que no os he mencionado, sabéis que os tengo en mi corazón. Gracias a todos.

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Desperté sobresaltada, cubierta de sudor, había tenido una horrenda pesadilla. No era la primera vez que aquel mal sueño me atormentaba. Aquella niña inocente que no imaginaba cual iba a ser su destino. Intenté incorporarme en la cama. Notaba la boca pastosa y reseca. Necesitaba beber agua, tal vez ésta lograra llevarse lejos de mí ese malestar, esa desazón que me recorría el cuerpo. Pero apenas pude moverme, un dolor lacerante recorrió mi estómago y me obligó a volver a tumbarme. En un acto reflejo llevé mis manos al lugar donde sentía el dolor y noté algo húmedo y pegajoso. Encendí como pude una vela y observé horrorizada mis manos. Era sangre. El miedo comenzó a apoderarse de mi. No. No puede ser verdad. Las visiones comenzaban a ser cada vez más reales. ¿Quién es esa muchacha? Necesito encontrarla. Necesito comprobar que está bien. He de ayudarla… Aunque para ello tenga que morir…

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—¡Venga Tristán, no me digas que con esta oscuridad eres capaz de cazar…! — protestó Adrier en un susurro. —¡Shhhh!, calla, si sigues hablando se escaparán las presas. ¡Y agáchate! —musitó Tristán, molesto. —¡Pues yo no veo nada! —persistió insistente el joven. —¡Adrier! ¡Mira! Yaco está quieto —dijo Tristán señalando al robusto perro. —¿Y eso qué quiere decir? —refunfuñó el muchacho sin comprender. —Pues que ahí está nuestra comida para unos días, ¡y agacha esa cabezota que al final nos descubrirá y saldrá huyendo! —bufó su hermano mayor. Tristán y Adrier se agazaparon tras unos matorrales, al acecho de su ignorante víctima, un joven ciervo que les serviría de cena. Ambos prepararon sus flechas, tensaron los arcos y apuntaron al lomo del animal. —Cuando yo te avise —susurró Tristán—. Una…dos…tres… De repente, un caballo que galopaba velozmente se cruzó en su camino ahuyentando al ciervo. —¡Maldita sea!—gritó Tristán, tirando su arco al suelo con rabia. —¿Qué era eso? —preguntó sorprendido su hermano menor. —¡Alguien que nos ha dejado sin sustento! —refunfuñó Tristán, que escuchaba a sus tripas rugir demandando con insistencia alimento. —Además parecía que tenía mucha prisa —observó el jovencito también desilusionado al haber perdido su posible provisión para varios días. —Demasiada, diría yo —añadió Tristán de modo sarcástico. —Pues si sigue ese camino va… directo…. a…. —¿A la cabaña de la bruja Sasha? No creo que nadie esté tan loco como para atreverse a ir hasta allí… —comentó Tristán, sintiendo que se le erizaban los pelos de la nuca al pensar en la temida hechicera. —¿A dónde si no va a ir tan tarde y con esta oscuridad? Tal vez esté escondiéndose de alguien. De repente, algo empezó a moverse entre los matojos y Yaco comenzó a gruñir y a enseñar los dientes, dotándole de un aspecto mucho más fiero. —Tristán, Yaco me da miedo… —susurró Adrier. Después de tantos años, aún no se había acostumbrado a su feroz aspecto. —Creo que esos gruñidos no son buena señal…. —expresó con un hilo de voz su hermano mayor. ~8~


—¿Y si….? Ambos se miraron y echaron a correr al unísono, invadidos por el terror que no se percataron de que iban en la misma dirección que el misterioso jinete. De repente Adrier paró en seco. —Vamos rumbo a la cabaña de la bruja… —observó el muchacho alarmado. —Creo que eso ahora no importa, ¡corre! —gritó Tristán tirando de su hermano. Continuaron hasta que a lo lejos vieron una luz. —¡La cabaña de la bruja! ¡Aprisa! ¡Nos ocultaremos en las cercanías! —dijo Tristán. —¡Estás loco! —recriminó su hermano cada vez mas temeroso. —¡Mejor loco que muerto! —sentenció éste con decisión. Corrieron tanto como sus fuerzas les permitieron, hasta esconderse tras unos espesos arbustos. —Creo que se ha marchado el animal que nos perseguía, o lo que fuera eso — musitó Adrier algo tembloroso. —Sí, Yaco ha dejado de gruñir —corroboró Tristán. —Quizá era un oso. —Puede ser, porque si hubiera sido un lobo, nuestro Yaco hubiera corrido a jugar con él. —Tristán sonrió y acarició el lomo de su fiel compañero de cuatro patas. A Yaco, el perro pastor, lo encontraron hacía ya más de cuatro años cerca de la orilla del río. La madre había parido en el bosque, muriendo poco después, junto con sus hermanos. Por fortuna, una manada de lobos lo encontró y le criaron, hasta que los muchachos le dieron un nuevo hogar. Tenía más pinta de lobo que de perro pastor, lo cual le daba un aspecto de lo más amenazador. Ambos salieron lentamente de su escondrijo y se acercaron un poco más a la cabaña. Las paredes eran de piedra gris, plagadas de musgo reseco. El techo de paja presentaba importantes desperfectos y cubría solo una pequeña parte de la destartalada vivienda, sin duda debido a una gran falta de mantenimiento por parte de la hechicera. Desde allí no corrían riesgo de ser vistos, pues estaban bien ocultos. —Mira, el jinete misterioso está ahí hablando con la bruja—señaló Adrier. —Tiene pinta de ser alguien noble, mira su capa, es de terciopelo —observó su hermano mayor forzando la vista en la penumbra de la noche. —Sí, alguien rico, y creo que es una mujer, he visto asomar la falda de su vestido.

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De pronto Adrier resbaló y pisó por descuido una rama, que crujió al quebrarse. La joven desconocida se volvió, alertada por el ruido. Miró en torno suyo, temiendo que les espiaran, pero no vio nada. —Hechicera ¿has oído eso? —preguntó la joven, inquieta. —Vamos pequeña, estás en medio de un bosque, lo más seguro es que sea un lobo o cualquier otra alimaña —dijo la bruja sin darle importancia. La joven, cubierta en todo momento con su oscuro manto, cogió un farolillo que tenía la hechicera sobre una piedra para iluminar donde se encontraban, caminó temblando, revisando los alrededores. El bosque estaba repleto de robles, pinos, hayas, cedros, matorrales varios y helechos. Al no ver nada inusitado, volvió a su conversación con la bruja, dejando nuevamente el farol en su sitio. Adrier y Tristán salieron de su escondrijo con precaución de no ser vistos. —Por qué poco…—comentó Adrier cogiendo su arco, que había soltado al asustarse. —Si nos hubieran descubierto ya no estaríamos aquí, te recuerdo que Sasha es una bruja, podría matarnos sin mover un dedo y nadie encontraría nuestros cuerpos… Adrier tragó saliva. —No consigo escuchar lo que dicen —exclamó Tristán lleno de curiosidad. —Yo tampoco, estamos demasiado lejos —corroboró su hermano menor. —¡Shhhh! La doncella en ningún momento se quitó la capucha de la capa, por lo que Tristán y Adrier no pudieron descubrir su rostro. Los muchachos sintieron deseos de conocer la identidad de tan misteriosa y valerosa dama que osaba visitar la casa de la temida hechicera. Mientras tanto, la joven se acercó a ésta. —¿Qué haces aquí en esta noche tan oscura? —preguntó la bruja, cabizbaja. —No te he dado permiso para tutearme, bruja. —contestó la joven con marcada soberbia. —No lo necesito. ¿Qué quieres de mí? —preguntó la mujer impertérrita. —Escapé de palacio cuando escuché a mi padre hablar con el sacerdote. Quieren concertar mi boda, pero casarme no está en mis planes de futuro, al menos no por ahora. Quiero que leas mi destino, en unos meses cumpliré diecinueve años —le informó la muchacha. —¿Qué me das a cambio, pequeña? —inquirió la hechicera sin dejarse impresionar por una mocosa altanera. ~ 10 ~


—No tengo dinero —pareció pillarle por sorpresa la respuesta de la mujer. No había pensado en ello cuando decidió visitar a la hechicera. —No te he pedido dinero —alegó ésta con voz penetrante. La joven meditó unos instantes que podía entregar a la bruja a cambio de sus servicios. Levantó la manga de su vestido, se quitó la hermosa pulsera que ceñía en la muñeca y se la entregó. Tras 18 años, se deshacía de su pulsera favorita. La bruja observó la joya con admiración. —Vaya, oro y rubíes. Con esto compraré bastantes ingredientes para mis pócimas y algo de comida —Se la guardó en el viejo zurrón que llevaba colgado—. Dame tu mano — ordenó sin levantar la cabeza. La joven la extendió recelosa. En ese momento, la hechicera reconoció a la muchacha como la protagonista de su repetitiva y dolorosa visión. Había sido fácil encontrarla. Ni tan siquiera había tenido que buscarla, ésta había acudido a ella. Desde luego, había sido cosa del destino. Colocó su mano sobre la de la doncella, palma con palma, tras lo que ambas dieron un grito. Era como si hubiesen recibido mil pinchazos en la mano. —¡Aaaah! ¿Qué me has hecho? —chilló la joven con una mueca de dolor y llevándose la mano al corazón—. ¿Es uno de tus hechizos? —Ay, niña, tienes mucha energía, eso es lo que ha pasado, no es ningún hechizo. — La agarró de la muñeca bruscamente—. Veamos tu porvenir. La bruja volvió a colocar su mano sobre la palma de la muchacha. La misteriosa doncella cerró los ojos con fuerza, embargada por un repentino temor, y enseguida sintió que

le soltaba la muñeca. Cuando abrió los ojos descubrió una enigmática sonrisa

reflejada en el rostro de aquella extraña mujer. —¿Qué has visto? —preguntó la joven ansiosa. —Pequeña, no solo has venido para que te lea el futuro. Tienes poder —le anunció la bruja. —¿Poder? —preguntó la muchachita sin entender nada. —Magia… por eso estás aquí, el destino quiere que yo te guíe en las artes arcanas. —¿Magia? ¿Te refieres a hechizos? ¡Estás loca! —expresó convencida la chica que a cada segundo se arrepentía mas de haber ido a ver a tan extravagante mujer. —Sí, y tu sabes a qué me refiero ¿me equivoco? —la hechicera sonrió. —No… —enmudeció pensativa unos instantes —Bueno… tal vez tengas razón… desde que era pequeña siempre he podido hacer cosas que nadie más podía hacer… Creí ~ 11 ~


haberlo olvidado, pero desde hace unas semanas noto como si algo en mi interior me diese fuerzas, aunque esté agotada. —reconoció la joven en un susurro. —¿Lo sabe tu padre? —¿Mi… padre? ¿Qué tiene él que ver con esto? —esa pregunta si que la desconcertaba. —Ay, niña, tu padre es un hechicero, por eso corre por tus venas tanta fuerza y energía —le informó la bruja, sabiendo que tales revelaciones cambiarían la vida de la muchacha para siempre. —¿Mi padre un hechicero? Imposible, debes estar equivocada, mi padre solo es… —El rey Deniel, lo sé —le cortó la bruja—. Uno de los hechiceros más poderosos que existe en Drakenia. Nadie sabe que Deniel posee dicho poder, o casi nadie. La muchacha no daba crédito a lo que oía. —No importa si me crees o no. ¿Por qué has venido, si no? —Siento curiosidad por mi futuro —musitó la chica envuelta en dudas. —¿Conoces La Profecía? —Claro que la conozco, todo el mundo conoce esa estúpida leyenda: «Se librará una batalla por el bien del reino de Drakenia, un ejército se unirá y será liderado por una joven de noble corazón en su décimo noveno cumpleaños» — recitó con visible disgusto. —No es ninguna leyenda. Tampoco es un cuento. Es real y se cumplirá. Tú eres esa doncella de la que habla la Profecía. Tú, Gabrielle, princesa de Drakenia, junto con un ejército, lucharéis en esa batalla —vaticinó la bruja—. Lo he visto en mis visiones. —¡Estás loca! ¡Solo soy una mujer! ¿Cómo iban a seguirme? —negó la muchacha con rotundidad. —Lo harán —afirmó tajante la bruja. —En caso de ser cierto… ¿Cómo se supone que voy a reclutar un ejército? — preguntó la muchacha, incrédula. —No lo sé. El tiempo lo dirá —admitió la hechicera, que sabía por experiencia que las cosas siempre acababan por revelarse por si mismas. —Creo que no ha sido buena idea venir. ¡Vaya estupidez! ¡Solo son cuentos de viejas! —renegó la doncella, no queriendo admitir las palabras de la enigmática mujer pero sintiendo en su interior un intenso miedo. ¿Y si la bruja no estaba loca? La hechicera, enfadada, tomó de nuevo su mano con brusquedad y la obligó a extenderla boca arriba. Hurgó unos instantes en su zurrón, sacó algo y lo depositó en la palma de la muchacha cerrándola con la suya. ~ 12 ~


—Por ser quien eres, princesa Gabrielle, serás mi aprendiz. Pero debes tener mucho cuidado, nadie debe saber que eres la Princesa. Hace días soñé contigo. Yo te protegeré. —¿Protegerme? ¿De quién? —preguntó Gabrielle más desconcertada que nunca, no haciendo mucho caso a que la bruja soñara con ella. La hechicera no contestó, soltó la mano de la muchacha y ella la abrió. Sus ojos esmeralda se encontraron con un magnífico colgante de plata vieja. Tenía una hermosa piedra azul engarzada entre dos medias lunas, una a cada lado de ésta. Gabrielle se quedó maravillada. —¡Gracias, hechicera! ¡Es precioso! —reconoció admirada por el bello objeto. —Jamás te lo quites, Princesa, te ayudará con los conjuros, te dará fuerza y energía. Tiene todo el poder de la luna. La piedra es un zafiro, creado con las lágrimas de un dragón. Si tienes problemas, apriétalo con fuerza y acudiré en tu ayuda, estés donde estés —explicó, mientras le abrochaba el colgante al cuello—. También te servirá como escudo protector. Gabrielle apretó con fuerza el colgante, maravillada. La muchacha miró incrédula a la bruja. —El colgante tiene un gran vínculo conmigo. No preguntes porqué, pues no puedo revelártelo. No por el momento. Pero eso no es todo, tengo otro regalo para ti. Tienes que deshacerte de ese caballo —dijo la mujer bruscamente. —¿Trueno? —Se acercó al equino y le acarició el lomo—. Pero, ¿qué dices?, lleva conmigo casi desde que nací. No puedo… —Está viejo y cansado, debes darle reposo. Espera un momento, ahora vuelvo, pero primero, cierra los ojos. Gabrielle los cerró con cierto disgusto, preguntándose qué estaría tramando. La hechicera se alejó y fue hasta la parte trasera de la cabaña. Tardó poco en volver. Le pidió que abriera los ojos y ella obedeció. Al abrirlos se encontró con una yegua, blanca como la nieve y con una lustrosa crin rubia. La miraba fijamente con sus ojos azabaches. Gabrielle se acercó para acariciarla, pero el equino se apartó de ella dando unos pasos atrás. Gabrielle miró a la mujer, interrogante. De repente, la yegua dio un paso al frente y se inclinó, en lo que parecía una reverencia. La muchacha no se lo podía creer. —Pero… —Sabe quién eres —le cortó la bruja mientras acariciaba al animal—. Selene sabe que eres la princesa Gabrielle, también percibe tu poder. ~ 13 ~


Gabrielle no la había escuchado, se había quedado hipnotizada por la bella yegua blanca que ahora era suya. Se acercó nuevamente y le frotó con cariño el morro. Esta dio otro paso más y volvió a inclinarse, dando a entender que quería su silla de montar y que Gabrielle fuese su nuevo jinete. Sasha entendió a la yegua, le puso su silla de montar y le acarició las crines. La mujer le comunicó que Selene deseaba que fuese su nuevo jinete. La princesa se acomodó en la silla. El animal recuperó su postura y se volvió hacia su anterior señora, que se abrazó a su cuello, en señal de despedida. —Adiós, pequeña, sé buena con Gabrielle. Siempre debe ir contigo —le dijo ahora a la Princesa. La joven asintió. —Bruja, no me he despedido de Trueno —recordó de pronto Gabrielle. Guió a la yegua hasta el caballo. Ambos equinos se frotaron los hocicos a modo de saludo. Gabrielle desmontó y se acercó a su viejo corcel, abrazándolo. Trueno, el hermoso caballo negro, había sido un regalo de sus padres por su cuarto cumpleaños, desde entonces, jamás se había separado de él, hasta ese momento. —Adiós, Trueno, has sido un gran caballo, espero que aquí descanses con Sasha. —Niña, está amaneciendo, deberías marcharte. Además volverás a ver a Trueno si sigues viniendo a visitarme, aún le queda mucho tiempo. Gabrielle elevó la mirada hacia el cielo, donde el sol comenzaba a despuntar entre las montañas. Montó a toda prisa sobre Selene y se arrebujó en su capa, pues ahora sentía escalofríos. —Nadie debe ver ese colgante, y mucho menos tu padre —le explicó la bruja, haciendo gran hincapié en este último punto. —¿Por qué? —No más preguntas. Márchate —dijo la hechicera, indicándole el camino. Gabrielle tiró de las riendas de la yegua, haciéndola correr todo cuanto pudo hasta el palacio. Adrier y Tristán lo habían visto todo, asombrados, pero sin oír ni entender nada. Ninguna de las dos mujeres había mostrado su rostro, por lo que no pudieron averiguar quién era la joven que visitaba a la hechicera. Habían visto cómo la bruja le entregaba algo a la joven, pero tampoco pudieron distinguir qué era. Recogieron sus arcos y flechas y emprendieron camino a casa antes de que saliera el sol. No hablaron en todo el camino. ~ 14 ~


En el castillo del rey Deniel, Gabrielle descansaba sobre su lecho agotada por las emociones de aquella extraña noche, sin tan siquiera despojarse de su vestido. Se había desplomado sobre su gran cama de roble con dosel, quedando dormida en cuanto su cabeza tocó el almohadón. El colgante que la bruja le dio, comenzó a irradiar una luz, que pareció discurrir por las venas de la Princesa, haciéndolas brillar. La joven sonreía en sueños. En la cabaña donde habitaban los muchachos, Tristán no podía dormir, se moría de curiosidad por saber quién sería esa dama, tan estúpida, o tan valiente, como para visitar a la bruja. Él tenía miedo de aquella mujer. Decían que era tan hermosa que todo hombre que osara mirarla directamente a los ojos, quedaba irremediablemente enamorado de ella, para después morir de amor. Y nunca aparecían los cuerpos de sus amantes. ¿Sería verdad? Desde luego, no estaba dispuesto a comprobarlo…

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Una mañana, durante el desayuno familiar de los monarcas y sus hijas, el rey Deniel notó algo extraño en su hija mayor. —Gabrielle, pareces distinta —comentó el Rey, entornando los ojos, escrutador. —¿Diferente? No sé a qué os referís, padre —dijo la aludida. —¿Te has hecho algo en el pelo? —interrogó en busca de aquello que le desconcertaba. —No… —La joven se tocó el cabello algo confusa. —Oh, quizá…—continuó el monarca, escudriñando a su hija—. Puede que sea ese colgante que adorna tu cuello, ¿es nuevo? Gabrielle lo asió con fuerza en un acto reflejo, y recordó de pronto las palabras de la bruja advirtiéndole que debía ocultarlo a la vista. —Es el regalo de una amiga… Un amuleto de la buena suerte —inventó apresuradamente. —Es muy bonito —concluyó el Rey, con un tono misterioso en su profunda voz, llevándose de nuevo a la boca el tenedor. —Gracias, padre —contestó escueta.

Desde aquella mañana, el Rey comenzó a comportarse de manera inusitada con su primogénita, no dejaba de mirarla y cuando ella descubría sus ojos siguiéndola, bajaba la vista… Gabrielle se preguntaba qué le sucedía, pero no le dio mayor importancia, pues su padre a veces se comportaba de forma extraña con todos, incluso con su propia esposa. Habían transcurrido varios meses y la princesa continuaba visitando cada noche a la hechicera, la cual le enseñaba algunos conjuros, pero Gabrielle era incapaz de aprenderlos, todo cuanto intentaba le salía mal. Además de hechizos, le estaba instruyendo en el manejo del arco, lo cual se le daba muchísimo mejor que las artes mágicas. Una noche, Sasha permitió a su pupila realizar un conjuro con fuego, pero la muchacha se puso tan nerviosa que acabó quemando algunas flores del descuidado jardín de la bruja. Cómo no, esta se enfadó con ella. —¡Eres una…! —comenzó a protestar en voz alta—. Olvídalo —continuó, tras respirar profundamente con el fin de apaciguarse—. Dejemos por hoy la magia, prosigue

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con el arco. Has mejorado mucho en esta disciplina, pero debes alcanzar la perfección. Mientras, apagaré el fuego — dijo la bruja, aún algo disgustada con Gabrielle. —Lo seré, no te preocupes. Y lamento lo del fuego —se disculpó la muchacha con vergüenza, sabía que era una absoluta inútil cuando tenía que enfrentarse a un hechizo. —¡Bah! —rezongó la mujer. Cogió el arco, colocó el carcaj cruzado a su espalda y se dispuso a disparar al espantapájaros que la hechicera había colocado con el fin de servir de blanco en las prácticas de tiro. Tensó el arma. Tenía que clavar la flecha en el sombrero del espantapájaros y arrancárselo con la fuerza del impacto. No se lo pensó dos veces, tensó la cuerda y disparó, dando en el objetivo. El muñeco se quedó sin sombrero. Rápidamente tomó otra flecha y disparó de nuevo. Esta vez tampoco erró. La flecha se incrustó entre los botones que simulaban ser los ojos del espantapájaros. Tras el ejercicio, Gabrielle recogió sus pertenencias, ya era hora de marcharse, pero antes de montar en el caballo, se acercó a la bruja. La muchacha tenía una gran duda y habló con la mujer. Le preguntó porqué nunca le llamaba Princesa, pero Sasha ignoró su pregunta. —No te marches aún, intenta hacer un conjuro. Debes revivir y hacer florecer mi pésimo huerto. —¿Y cómo lo hago? —Deséalo. La muchacha se acercó al huerto y arrugó la nariz. Todas las plantas estaban pochas o secas. No quedaba ni una brizna de hierba verde. Deseó con ganas que la tierra fuera fértil e intentó que algunos matojos comenzaran a crecer, algunos con éxito y otros no. Cuando ya creía que lo había conseguido, su alegría se esfumó. La planta del tomate había crecido demasiado, era incluso mucho más alta que ella. —¡Sasha! —gritó desesperada la muchacha. La hechicera, al escuchar el chillido de la chica corrió hacia ella. Al ver la planta tan alta, se rió con ganas. Pero por supuesto a la princesa no le hizo ninguna gracia y se alejó temerosa de que le cayera encima la exuberante planta. Irritada, Gabrielle montó en su yegua y tras espolearla, se dirigió rauda hacia el castillo sin siquiera despedirse de su maestra. Tristán había salido de caza, y distraídamente, llegó hasta la destartalada cabaña de la hechicera, no pudiendo resistir la tentación de esconderse y espiar a ambas mujeres. Al ~ 18 ~


haberse marchado aquella misteriosa y osada doncella que visitaba a la bruja, decidió irse él también. Cuando salió de su escondrijo y regresó al camino que conducía a su cabaña, algo le entorpeció el paso, dándole un susto de muerte. La hechicera estaba frente a él. —¡Bruja! —dijo el chico dando un respingo y llevándose la mano al pecho. —Buenas noches, Tristán, ¿qué haces aquí a estas horas? —preguntó ella con intimidadora voz sin levantar la capucha de su capa. —Yo… venía…Salí a cazar y por curiosidad me acerqué y vi a…—tartamudeó sin atreverse a mirarla. —¿Estabas espiando? —interrogó disfrutando un poco del miedo que observaba en el jovencito. —¿Espiando? Yo… no… —continuó mirando al suelo avergonzado y también bastante amedrentado. —Olvídalo. Ya que estás aquí, dame tu mano —inquirió con desenfado. Tristán no tuvo tiempo de negarse, pues la hechicera le agarró con fuerza la mano, obligándole a mostrársela. Le dibujó unas líneas con el dedo sobre su palma. —Vaya… —¿Qué ocurre? —preguntó temeroso el muchacho. —Veo algo…Veo sonrisas… y también lágrimas, tiene que ver con algo de lo que podrías arrepentirte terriblemente en el futuro —profetizó sin despegar la vista de las líneas que cruzaban la palma de Tristán. —¿Arrepentirme? ¿De qué? —preguntó él, confuso. —No puedo ver la razón, pero sí que podrías evitarlo… Tiene algo que ver con un secreto que escondes —continuó crípticamente —Por otro lado… la batalla llegará antes de lo que esperáis. —¿Cuándo? —Pronto. De improviso, la hechicera le dio la espalda, y tras alejarse de él, entró en la cabaña, cerrando la ruinosa puerta tras de sí dejando al muchacho allí plantado. Durante unos instantes, Tristán se quedó desconcertado frente a la casucha, sin saber qué pensar, al final decidió regresar a su casa, no parecía que la bruja fuera a volver y estaba claro que no era de las que se despedían. Cuando llegó, dejó el arco y el carcaj

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sobre la mesa, intentando no hacer ruido. Cortó una rebanada de pan y se sentó en una silla meditabundo mientras roía el duro pan. Poco después, Adrier se levantó. —Tristán ¿dónde has estado? —preguntó somnoliento. —Yo… he ido a cazar… —musitó el chico sin prestarle mucha atención a su hermano. —Venga, duerme un poco, estarás cansado, además vienes con las manos vacías, mañana saldremos a cazar los dos —dijo Adrier volviendo a su cálido catre. Tristán le hizo caso, siguió a su hermano menor y se tumbó en su camastro. Adrier quedó dormido al instante, pero a Tristán le costó mucho caer en los brazos de Morfeo. No podía dejar de darle vueltas a las palabras de la bruja. A la mañana siguiente, después de haber salido a cazar unos conejos, los hermanos arreglaban su pequeño huerto cuando llegó un grupo de jinetes montados en sus fornidos caballos y les rodearon, pisando y estropeando cuanto contenía su cultivo. —¿Quiénes sois? —preguntó Tristán furioso ante aquel atropello. —¿Acaso no reconocéis a vuestro jefe? —¿Uriel? —preguntó Adrier, extrañado. —El mismo —contestó el hombre con una socarrona sonrisilla, que dejaba entrever sus podridos dientes. —Vaya, te noto muy cambiado. —El tiempo pasa, Tristán, sin embargo vosotros no habéis cambiado en nada… —Nos cuidamos, no como otros, borrachos todo el día y abusando de las mujeres — recriminó el joven, sin inmutarse ante la imponente presencia del robusto hombretón. —Muchacho, no continúes o puede que acabéis mal —contestó con malicia y un evidente deseo de poder dar una lección de obediencia a Tristán. —¿Nos amenazas, Uriel? No nos dais miedo ni tú, ni tu ejército de pacotilla — continuó su embestida verbal. Uriel desenvainó su espada, viendo la oportunidad de usarla. —Si queréis problemas los tendréis —afirmó casi carcajeándose y dispuesto a desmontar. —Capitán, no vinimos a pelear, le recuerdo que tenemos otro cometido —intervino Bera’ch, el segundo al mando, con el fin de apaciguar a su jefe, tan propenso a involucrarse en trifulcas por puro placer. —Cierto —guardó su espada—. Venimos a encargaros un trabajillo. ~ 20 ~


—Vaya, así que ahora necesitáis nuestra ayuda, después de tanto tiempo — continuó atacando Tristán. —Sí, aunque me duela reconocerlo, sois duchos con la espada, además de bastante discretos, no tenéis aspecto de asesinos, y eso a veces es útil. —Vaya, vaya, ¡nos vamos a ruborizar! —bromeó el joven. —Tristán, déjale que nos explique cuál es ese trabajo —pidió Adrier. —Queremos que matéis a la princesa Gabrielle —desveló el hombre. —¿A una princesa? ¡Estáis locos! Matar a un miembro de la realeza no es cosa precisamente fácil, siempre están muy protegidos en sus castillos rodeados de guardias — dijo Tristán lleno de asombro. —Pues ésta va al mercado todos los días a comprar telas, frutas y todas esas zarandajas. —¿Sin escolta? —preguntó Adrier. —Sin escolta, su única compañía es su hermana menor, la princesa Kiara, y dos criados que se ocupan de cargar las compras. —En tal caso necesitamos todos los detalles, nunca hemos visto a las princesas, os recuerdo que llevamos poco tiempo viviendo en estas tierras, no hemos tenido oportunidad de conocerlas —expuso Tristán, viendo más posible la realización del encargo—Siempre hemos evitado asistir a fiestas o audiciones. Sabes que somos discretos. —Tomad. —Su jefe les tiró de malos modos un pergamino enrollado—. Ahí tenéis algunos detalles, como horas de visita al mercado o el camino que recorren. Y con respecto a reconocer a vuestro objetivo, bueno… no esperaréis que lo haga todo por vosotros. Buscaros la vida —soltó divertido. —No parece un trabajo difícil, pero… ¿Por qué queréis que muera? —preguntó Adrier, curioso. —Ni lo sé, ni me importa, mi trabajo no consiste en preguntar y tampoco lo es el tuyo —respondió con una mirada fiera que hizo temblar al muchacho—. Un mensajero me entregó un pergamino con las instrucciones del trabajo y el pago, y eso es cuanto necesita un buen mercenario —remató el hombre. —Por cierto, Uriel, nosotros matamos a la princesa, pero ¿qué obtenemos a cambio? — preguntó Tristán. —Sabía que me olvidaba de algo —rió—. Tomad. Les tiró una bolsa. Tristán la abrió y contó el contenido. —Vaya, quince monedas de oro… pero esto me parece poco ¿no? ~ 21 ~


—Creo que habéis olvidado las reglas de los mercenarios, primero cobras la mitad, y el resto después de haber cumplido con vuestro encargo —les recordó el hombre con una fiera sonrisa que más parecía una mueca de dolor. —Pensé que después de tanto tiempo habían cambiado —comentó el joven con ironía. —Como veis no ha sido así. Tenéis un mes para realizar vuestro trabajo. —¿Un mes? ¿Habéis recortado el tiempo? Cada vez hay menos plazo —recriminó Adrier, preocupado. —Así es la vida, muchacho. No os quejéis tanto, no es tan difícil matar a una niña. —De acuerdo, antes de un mes la Princesa estará muerta, no lo dudéis. Pero… ¿qué hay de la princesa Kiara? —comentó Adrier mientras leía el pergamino. —No nos han dicho nada sobre ella. Matad a Gabrielle y ya está. Dentro de un mes volveremos a vernos las caras. Espero que hayáis cumplido vuestro trabajo. —Volvió a sonreír con maldad, imaginando qué haría con aquel joven tal altivo si no cumplía lo mandado. Los mercenarios se alejaron galopando a toda prisa levantando una gran polvareda a su paso. —Mañana iremos al mercado a comprar y vigilaremos los pasos de las princesas— propuso Tristán a su hermano—. ¿Por qué querrán matarla? ¿Y por qué solo a ella y no también a su hermana Kiara? —No lo sé, es todo muy raro, pero cuanto antes lo hagamos, antes cobraremos el resto del oro. —Cierto. Con este oro tendremos para vivir muy bien durante un par de años — afirmó Tristán deseoso de poder despreocuparse del dinero durante un tiempo. —Incluso podrías usar tu parte para construirle una bonita casa de piedra a Ángela donde vivir tras el casamiento. ¿Por qué en vez de ir mañana al mercado no vamos ahora? —propuso su hermano menor. —Tienes razón, aún es pronto, además, creo que ahora la princesita estará allí —dijo leyendo el pergamino que aquel rufián les había entregado. —Pues allá vamos. —Adrier sonrió alegremente, pensando en el próspero porvenir que les aguardaba, y saltó sobre su hermano juguetonamente, rodeando el cuello de Tristán con su brazo.

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Mientras tanto, en el mercado, Gabrielle y Kiara buscaban telas para sus vestidos, frutas y verduras para sus cocineros. El mercado no era muy grande, aunque tenía más de quince puestos. Varios de frutas, otros de verduras, pescados, joyas, telas, flores, artesanía, dulces, hierbas para cocina y medicina, una gran herrería… incluso una falsa vidente que leía las cartas. Ambas muchachas vestían unos sencillos atavíos propios de campesinas, para no ser reconocidas. Gabrielle dejó su largo cabello negro y rizado suelto, únicamente adornado con unas flores campestres, mientras que Kiara tenía su melena castaña recogida en una trenza, igualmente adornada con flores. Kiara tan solo era un año menor que Gabrielle lo que hacía que estuvieran muy unidas, en realidad eran inseparables. —Kiara, ¿Te gustan estas telas para el vestido de mi fiesta de cumpleaños? —Son espléndidas, con ellas te harán el más lindo vestido que hayas soñado jamás. —Eso espero, es muy importante para mí esa fiesta. Imagínate, podría encontrar a mi futuro esposo y próximo rey de Drakenia, además, todos los caballeros que participan en estas fiestas siempre son de lo más apuestos —dijo con una risilla pícara, sonrojándose sus mejillas. —Tienes razón. Mira, en aquel puesto hay joyas. Vayamos a ver qué tienen — propuso Kiara tirando de su hermana. Se acercaron al tenderete. Aunque iban disfrazadas de campesinas, el dependiente las reconoció al instante. —¡Princesa Gabrielle! ¡Princesa Kiara! Sed bienvenidas a mi humilde puesto — saludó el hombre algo regordete y de rostro jovial, haciendo una educada reverencia. —¡Shhh! No quiero que nadie sepa que estamos hoy aquí —protestó Gabrielle por lo bajo, pero al mismo tiempo halagada al ver el respeto que su gente les procesaba. —Es difícil, Princesa, sois muy hermosas y destacáis fácilmente, además, todos los días estáis aquí. ¿Por qué esconderse hoy? —Debemos pasar desapercibidas, o si no, nos abordarán con peticiones y felicitaciones, todos sabéis que en pocas semanas será mi cumpleaños… —Sí, mi señora, lleváis toda la razón. Admirad mis joyas, creo que habrá alguna que os guste — cambió de tema el mercader. —Gabrielle, entre estas alhajas hay un anillo muy hermoso, este —dijo Kiara cogiéndolo entre sus finas manos. —Es cierto. —Acarició su colgante de plata y zafiro, pues el anillo también estaba decorado por la misma piedra—. Me gusta —confesó mientras se lo probaba—, además, me va exacto. Me queda muy bien. ¿Cuánto cuesta, buen hombre? ~ 23 ~


—Nada, Princesa, os lo regalo como presente por vuestro cumpleaños —contestó el orondo hombrecillo. —Os lo agradezco, mercader, de cualquier forma este es vuestro trabajo y serás recompensado por tu generosidad. Dale unas cuantas monedas de oro —le indicó a Kiara—. Adiós, amigo comerciante. —Adiós, Princesa…y gracias —dijo, mientras guardaba complacido el dinero que Kiara había depositado en sus rechonchas y curtidas manos. Kiara corrió hasta su hermana, que ahora se encontraba en un puesto de flores admirando su belleza. — Kiara, mira qué flores más delicadas y qué sutil es su perfume —dijo acariciando una radiante rosa de color blanco. —Es muy bella. Mira —dijo Kiara cambiando de tema— ¿has visto aquel joven tan apuesto? —¿Cuál? —preguntó Gabrielle girándose. —Aquel que está examinando las armas en el puesto del herrero. —¿El muchacho de pelo rubio oscuro? —Sí —afirmó su hermana menor. —Me parece más apuesto el que le acompaña, el que tiene el cabello color oro — dictaminó Gabrielle. —Es cierto, también es un muchacho de buen ver. Acerquémonos un poco más — sugirió curiosa Kiara. En el otro lado del mercado… —Tristán, mira qué flechas tan bien fabricadas. —Creo que me las llevaré —miró a Adrier—. Nos pueden ser útiles. De repente, la mirada de Tristán se cruzó con la de una hermosa desconocida de ojos esmeraldinos. Ambos sonrieron algo azorados, pero la dueña de esa mirada, de súbito desapareció de su vista. La buscó entre la multitud, pero no logró hallarla. Gabrielle y Kiara se habían esfumado. Se había hecho tarde y habían retornado al castillo. Durante todo el día y toda la noche, Tristán no pudo olvidar aquellos penetrantes ojos verdes. ¿Quién sería aquella hermosa dama? ¿Era extranjera? Nunca la había visto en el pueblo… ~ 24 ~


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Día tras día, Gabrielle y Kiara visitaban el mercado, no solo con el fin de hacer sus compras, sino también para conocer a la gente del poblado. Los campesinos que las reconocían, juraban guardar su secreto. Las jóvenes se sentían integradas entre sus sencillos súbditos. Eso las hacía sentirse seguras y queridas. Además, con la simpatía que derrochaban, hacían amigos con facilidad, sobre todo con chicos de su misma edad, que las cubrían de presentes. —Kiara… —Dime, Gabrielle. —¿Qué ocurriría si me enamorara de alguien antes de mi cumpleaños? —preguntó, sumida en ensoñaciones. —¿Crees que es posible? —preguntó Kiara, que era una muchacha mucho más realista que su hermana mayor. —No lo sé, a mi me gustaría casarme por amor, no por conveniencia. Es muy triste contraer matrimonio por obligación. De improviso, alguien chocó contra Gabrielle, haciéndola caer al suelo. —¡Lo lamento! —oyó que alguien se disculpaba con ella. Gabrielle abrió los ojos y se topó con una mirada color miel que le sonaba de algo. El muchacho ayudó a incorporarse a la algo polvorienta jovencita. —Disculpadme, lo siento mucho ¿os encontráis bien? —preguntó el muchacho con sincera preocupación. —Eso creo… —respondió algo aturdida, no solo por el tropiezo, sino también por estar cerca del joven. —Me llamo Tristán, Tristán de Lianh —se presentó e hizo una ligera reverencia como correspondía al conocer a una doncella. —Gabrielle. Sin apellido —dijo sonriendo ella. Tristán sonrió, pero no dijo nada, lo único que hizo fue mirar sus cautivadores ojos verdes, tan verdes como esmeraldas. No se habían percatado, pero aun estaban cogidos de la mano. Gabrielle bajó la mirada al sentir cómo la sangre se agolpaba en sus mejillas. Tristán también lo hizo e instintivamente soltó la mano de Gabrielle. —Me disculpo, Gabrielle Sin Apellido —repitió Tristán—. hecho daño. —Estoy bien —afirmó con un hilillo de voz. —Me alegro. Y ahora he de marcharme, mi hermano me espera. ~ 26 ~

Espero no haberos


—Tristán… —¿Sí? —¿Por qué corríais tan distraído? —Esto… —se agachó, cogió una manzana que había en el suelo y se la mostró —. Me la lanzó mi hermano y yo intenté cogerla al vuelo, pero tropecé con vos. —No tenéis muy buena puntería. —Normalmente sí la tengo…—dijo él, encogiéndose de hombros. De pronto alguien llamó al joven. —¡¡Tristán!! —Debo irme, es mi hermano. Lo siento de nuevo, y encantado de conoceros. Gabrielle y Kiara se encogieron de hombros y tras un breve paseo por el mercado, volvieron al castillo. Durante varios días seguidos, Tristán obligaba a Adrier a ir al mercado para ver si se volvía a encontrar con Gabrielle y su hermana, pero no tuvieron éxito. Una mañana, como todos los días, Adrier y Tristán recorrían el mercado, ansiando de una vez por todas encontrar a la Princesa para concluir su trabajo, pero parecía imposible; era como si se la hubiese tragado la tierra. —Tristán, me estoy empezando a cansar de tanto venir al mercado, ya ha pasado casi una semana y ni la princesa ni tu misteriosa dama han aparecido. —Venga Adrier, ten paciencia, de un momento a otro aparecerán. Tanto Gabrielle como la princesa. —¿Cómo vas a reconocer a tu dama? Solo la has visto una vez —preguntó Adrier molesto ante el proceder de su hermano mayor. —Tiene el pelo negro, con largos rizos, sus ojos son dos brillantes esmeraldas y su belleza es… es imposible de olvidar —describió soñador Tristán. Adrier ya estaba muy cansado de tantas tonterías. —Por cierto Tristán, ahora que estoy pensando… ¿no te habrás enamorado de ella, verdad? —interrogó inquisidor. —¡Claro que no! —¿Seguro? —insistió Adrier. —Seguro, solo quiero volver a pedirle perdón por haberla tirado al suelo. Creo que le hice daño y no quiso decírmelo…

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—¡Pero qué pesado eres! No me extraña que Ángela aceptara comprometerse contigo —comentó Adrier resoplando. —¿Tan pesado soy? —pregunto Tristán extrañado. —Demasiado. —Vaya… —miró hacia atrás y vio a Gabrielle—. Allí está, ahora vengo —medio gritó, mientras se alejaba raudo. Tristán se dirigió veloz hasta donde se encontraban Gabrielle y Kiara. —Mira, Gabrielle, tu joven se acerca a nosotras. Ella sonrió, secretamente complacida. —Buenos días, bellas damas —saludó Tristán, sonriente—. ¿Admiráis las flores? —Buenos días, joven —respondió cortés Kiara. —Sí, son muy bonitas —dijo Gabrielle. —No tanto como vos —afirmó Tristán, mientras compraba un ramo de flores, donde incluyó unas elegantes rosas, las que le gustaron a Gabrielle—. Son para vuestra merced, como muestra del arrepentimiento que siento por haberos golpeado. —Gracias, son muy hermosas. Vuestro nombre era Tristán, ¿cierto? —preguntó, cada vez más contenta de que el muchacho se hubiera cruzado en su camino. —Sí, y aquel es mi hermano, Adrier —dijo señalando hacia atrás—. Y vos sois Gabrielle, si no recuerdo mal… —Sí, y ella es mi hermana… Kara —inventó rápidamente, al caer en la cuenta que si decía el nombre real de su hermana, se haría evidente quiénes eran en realidad y lamentó su inicial torpeza al no inventarse un nombre ficticio para sí misma. —Un momento… ¿Gabrielle? ¿No se llama así nuestra princesa? —preguntó al caer por primera vez en la cuenta. —Ss...sí…—titubeó nerviosa, Gabrielle—. Mis padres me llamaron así en honor a nuestra princesa —apostilló, sintiéndose orgullosa de su improvisado ingenio para justificar su nombre—Ella es unos años mayor que yo. —Me han dicho que la princesa es muy bella, pero no creo que lo sea tanto como vos —alabó el joven. —Gracias, sois muy gentil —dijo halagada—. Lo siento, pero tenemos que marcharnos. —¿Podré veros otro día, y así compensaros de nuevo por mi torpeza?

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—No lo sé, acabo de conoceros —miró a Kiara buscando secretamente su aprobación, y esta sonrió—. Quizá… Mañana, aquí en el mercado, a esta misma hora — propuso presurosa, temiendo resultar descarada. —Mañana os veré aquí, pues —la tomó de la mano y la besó con suavidad—. Adiós, bellas damas —repitió el gesto con Kiara. —Adiós, joven Tristán —se despidieron al unísono. Kiara y Gabrielle se marcharon mientras Adrier se acercaba a Tristán. —¿Ya se marcha? —Sí, parecía que tenían prisa. —Por cierto, Tristán, no me has dicho en ningún momento el nombre de la muchacha. —Gabrielle. —¿Gabrielle? ¿Cómo la princesa? —Sí. —¿No será ella la princesa, no? —No, le pusieron ese nombre por la Princesa, pero no es más que una campesina. Además, tú mismo has podido ver que no traían criados. —Si tú lo dices… ¿Y quién era la muchacha que le acompañaba? —Es su hermana Kara. En ese momento, una dulce jovencita de ojos marrones y pelo castaño largo y liso se acercó a ellos. —¡Hola! —saludó con voz cantarina. —Hola, Ángela —dijo Tristán algo sobresaltado por su inesperada aparición. Ángela era bajita y delgada, pero aún así era muy bonita. Tuvo que ponerse de puntillas para besar la mejilla de Tristán. La muchacha era su prometida, y en poco tiempo esperaba ser su orgullosa esposa. Solo faltaban cuatro meses para las nupcias, pero el joven estaba muy nervioso. Tenía que hacerle un gran regalo y no sabía qué comprarle. Tristán conoció a Ángela dos años atrás, año y medio después de haberse instalado en Drakenia. Fue amor a primera vista. Tristán la admiraba en secreto hasta que un día ella se acercó a él y desde aquel día estuvieron juntos. Tras un año cortejando, Tristán le pidió en matrimonio, pero la muchacha siempre le decía que era joven y no estaba preparada, hasta que, tras seis meses insistiendo, ella al fin le dio el sí. —¿Qué hacéis aquí? —preguntó la joven, sacando a Tristán de su letargo.

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—Íbamos a comprar algunas cosillas que nos hacen falta —contesto él, sin saber muy bien qué excusa poner. —¿Puedo acompañaros? —Claro —dijo Tristán cogiéndole la mano. Ángela les ayudó a elegir verduras y otras viandas. Era una muchacha encantadora, y contagiaba su alegría a todo aquel que la conocía. —Me tengo que marchar —dijo su prometida al rato—. ¿Puedes pasarte mañana por casa? —No puedo, tengo que ayudar a Adrier a terminar de arreglar el huerto y plantar algunas semillas, llevamos una temporada un poco mala con la recolecta, ¿verdad, Adrier? —buscó el apoyo de su hermano. —Cierto, y creo que es la tierra, que no es muy fértil —comentó éste. —No importa, te veré pronto ¿no? Tenemos que ultimar los detalles de la boda. —Claro. Aún queda mucho por hacer. —Mira estas flores, Tristán. —Ángela señaló unas calas, cerca de las rosas que le habían gustado a Gabrielle—. Son muy hermosas, ¿te gustan para mi ramo de novia? —Sí, son muy bonitas. —Tengo que marcharme, papá me estará esperando, como siempre. Se volvió a poner de puntillas para besar a Tristán, pero esta vez lo hizo en los labios. Ángela se marchó, y poco después los muchachos también regresaron a casa, cargados con las compras. Aquella noche, Sasha preparaba su cena en un pequeño caldero, en el fuego de la chimenea medio derruida, cuando alguien asomó la cabeza por un hueco de la estropeada puerta. —¿Has cenado? —preguntó Sasha, sin inmutarse ante el camuflado visitante. —Sí, gracias —respondió un sorprendido joven, pues la bruja le daba la espalda y hubiera jurado que había sido de lo más sigiloso al acercarse a la cabaña. —Entra, no te quedes ahí. Aún no muerdo. Tristán pasó dentro, evidentemente nervioso, pero con temor a ofender a la bruja si se negaba, y estaba seguro de que era mejor no crispar a una mujer con sus artes. Observó detenidamente el interior de la cabaña: un camastro, una mesa pequeña, dos sillas que no

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tenían aspecto de poder soportar el peso de una persona, la chimenea y un viejo baúl al lado del catre, era cuanto había entre aquellas mohosas paredes. —¿Qué quieres, Tristán? —interrogó la mujer. —Me asustaste la otra noche cuando me dijiste que la batalla llegaría pronto. ¿Sigue siendo así? —Sí, eso no cambiará. —¿Y lo de que me arrepentiré? —Ya te lo dije, tiene algo que ver con un secreto que escondes. —¿Un secreto? No escondo ningún secreto… —Claro que lo haces. Todo el mundo tiene secretos. Incluso yo. Tristán guardó silencio unos minutos. —Sé lo que eres, Tristán. Y que no estás orgullo de ello. —Tristán se sobresaltó— Deberías marcharte, tu hermano se preguntará dónde estás. —¿No vas a contarme nada más? —preguntó muy preocupado. —No. Debes descubrirlo por ti mismo. Tenéis que entrenar. Sé que lleváis tiempo parados. Debéis prepararos. Tristán se volvió y salió por la puerta. Se giró para decirle algo a la bruja, pero esta le cortó. —Buenas noches, Tristán. El joven se marchó enfadado. Sasha regresó a su caldero, cuando alguien entró corriendo en la casa y se escondió tras la mesa. —Buenas noches, niña —dijo la bruja sin volverse. —¿Quién era ese muchacho que estaba aquí? Por poco me descubre… —preguntó, ridículamente escondida. —Pero no lo ha hecho. Eres buena ocultándote —dijo la hechicera sonriendo, mientras echaba un cucharón de sopa en un cuenco. —¿Quién es? ¿Lo conozco? ¿Qué hace aquí? ¿Qué quería? —interrogó, atropellando sus palabras. —Demasiadas preguntas y no pienso contestar a ninguna. Al igual que tú, no quería ser descubierto —respondió la bruja sin dignarse en prestar atención al histerismo de Gabrielle. —De acuerdo, no me digas nada —dijo enfurruñada. —¿Has practicado? —quiso saber la mujer. —Sí, pero no he sido capaz de mejorar. ~ 31 ~


—Hoy te enseñaré a fortalecer tu colgante para que el hechizo de protección funcione sin problemas. Sasha dejó el cuenco en la mesa, cogió a Gabrielle de la muñeca y la arrastró afuera. —Quítate el colgante y déjalo sobre esta piedra —ordenó. Gabrielle hizo lo que la bruja le indicó, sin decir palabra. Sasha se sentó en la mullida hierba y la muchacha la imitó. La bruja sacó de su inseparable zurrón cinco pequeñas velas. —¿Velas? ¿Para qué? —preguntó Gabrielle, curiosa. —Para el hechizo, una vela por cada uno de los elementos, agua, tierra, viento, fuego y espíritu. Enciéndelas con un conjuro. —¿Yo? —¡Claro! No voy a hacerlo siempre yo todo. Gabrielle cerró los ojos de mala gana. Sasha colocó las velas alrededor del colgante, formando un círculo perfecto. —Piensa en el fuego —indicó Sasha—. Desea de todo corazón que las velas se enciendan. Siente el calor del fuego. Y pronuncia el hechizo. Gabrielle percibió que le invadía una dulce sensación. Notaba el calor de la llama. —Fiream medir —recitó la joven. Una vela hizo amagos de prenderse, pero se apagó al instante. —Inténtalo de nuevo. Casi lo consigues —le animó la hechicera. —Fiream medir. —Lo intentó nuevamente, esta vez con éxito. Se encendieron las velas, todas a la vez. —Bien. Ahora solo queda que la luna llena se asome entre las nubes. Ella es el elemento principal. No tardará mucho en hacerse ver. Tras unos minutos en silencio, las nubes comenzaron a desplazarse y dejaron paso a la gran luna llena, que hizo su majestuosa aparición en el cielo estrellado. La bruja se arrodilló y se sentó sobre sus talones. Gabrielle la imitó. —Dame tus manos, ponlas boca abajo, sobre las llamas. —¡Pero me quemaré! —se quejó la muchacha. —Tranquila, confía en mí. Gabrielle puso las palmas de las manos sobre las llamas. Notó el calor, pero no llegó a quemarse. —Ahora cierra los ojos y repite conmigo: tierra, fuego, aire, agua y espíritu. Yo os invoco en esta ceremonia de purificación. Necesitamos vuestro poder, para dar fuerzas a ~ 32 ~


este colgante. Gracias a vosotros, los cinco elementos, este colgante protegerá a su portadora. ¡¡Erim main!! —Respiró hondo y prosiguió—. Ahora tú. —¿Qué significa Erim main? De pronto una luz surgió del zafiro y enseguida se apagó. —Demasiado curiosa eres… Repite el hechizo. Ya —ordenó la bruja impaciente. Gabrielle la miró. No quería hacerla enfadar y tras cerrar los ojos, repitió el hechizo. Ambas mujeres, en silencio, notaron la presencia de los elementos. Una suave brisa meció sus cabellos y sintieron un suave frescor en la cara. La tierra tembló ligeramente bajo sus pies. Una dulce ola de calor las arropó, y una reconfortante sensación las abrazó. Abrieron los ojos a la vez y vieron que los rayos de la luna se reflejaban en la piedra del colgante. Cuando el brillo se extinguió, Sasha se levantó y apagó las velas. Sin decir nada recogió sus cosas y entró en la cabaña, dejando allí a la princesa. Gabrielle, al ver que no volvía a salir, dio por hecho que su aprendizaje había terminado por esa noche y recogió el colgante. Al ponérselo, notó una sensación muy extraña, pero aún así sonrió. Montó sobre su hermosa yegua y regresó al castillo. Al día siguiente, Tristán, Adrier, Gabrielle y Kiara se volvieron a encontrar en el mercado. Los muchachos les invitaron a comer y ellas aceptaron sin dudarlo. Mientras comían, no podían parar de reír. —Adrier, ¿te acuerdas de la primera vez que usaste un arco? —dijo Tristán sin parar de carcajearse. —¡Claro que me acuerdo! Cómo olvidarlo... —contestó el muchacho, con una ligera sonrisa en los labios. —¿Nos vais a contar la historia, o no? —preguntó Kiara, ansiosa por saber qué era tan gracioso. —Oh, claro… —prosiguió Tristán—. Adrier tenía cinco años cuando nuestro padre y yo le llevamos a cazar al bosque, encontramos un jabalí y le dijimos que disparara. El pobre estaba tan nervioso que apuntó y disparó, pero la flecha en vez de ir en dirección al jabalí, salió disparada hacia arriba y un cuervo cayó al suelo. —Y ese fue el primer animal que cacé —concluyó Adrier, orgulloso, a la vez que divertido. A las muchachas les hizo muchísima gracia y no pararon de reír. Se lo estaban pasando tan bien, que las horas parecieron volar. Cuando se dieron cuenta, comenzaba a oscurecer. Ellos, tan corteses como siempre, las acompañaron hasta el viejo puente. ~ 33 ~


Al día siguiente, horas después del amanecer, los cuatro jóvenes se volvieron a encontrar en el mercado, pero en esta ocasión, el encuentro no resultó igual. Tristán vio a Ángela comprando en uno de los tenderetes y se acercó a hablar con ella. Sin decir nada, se marchó, dejando a las muchachas y a Adrier solos. —¿Dónde va? —preguntó Gabrielle, sorprendida ante aquella inesperada descortesía. No era galante irse así, sin más. —No lo sé… —Adrier vio a Ángela por el rabillo del ojo—. Habrá visto a una amiga y habrá ido a saludarla. —¿Y no nos presenta? —insistió ella molesta. —No la conozco…—mintió. Mientras, Tristán se acercó a Ángela, besándola fugazmente en la mejilla. —Hola, Tristán. —Hola, querida, ¿qué haces aquí? —Necesitaba fruta, y tú ¿qué haces aquí? —Yo… intentaba… comprar algo para ti, pero claro, si estás aquí en el mercado, no tiene gracia, descubrirás la sorpresa —inventó el joven, aunque realmente no mentía. —¿Un regalo? —Sí, pero si no te marchas, y no quiero que te enfades, no podré comprarlo. —Oh, está bien, pagaré estas cosas y me marcharé. ¿Es bonito? ¿Cuándo me lo darás? —Te gustará, y hasta el día de la boda no podré entregártelo. Te acompaño. Tristán la condujo fuera del mercado, hasta el puente que separaba el pueblo del bosque. Ángela vivía con sus padres en una pequeña casita al principio de la foresta, muy lejos de la casa de los muchachos. —¿Cómo estás? —preguntó Tristán. —Ya sabes que tengo el corazón débil. Llevo unos días decaída, aunque te daré guerra durante mucho tiempo, no te preocupes —afirmó sonriéndole con su habitual dulzura. Tristán sonrió a su vez, y la abrazó. Ángela nació con un corazón muy débil, decían que viviría poco tiempo, pero habían pasado veinte años desde entonces. Llevaba unos meses algo cansada, pero seguía adelante.

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Una vez se hubo despedido de su prometida, Tristán volvió corriendo al mercado, donde las muchachas y Adrier le esperaban sentados a la entrada de una taberna. —Ya estoy aquí, siento la tardanza —se excusó jadeante. —¿Quién era? —corrió a interrogar Gabrielle, sintiendo la punzada de unos celos que ni ella misma sabía que tenía. —Ángela. —¿Quién es Ángela? —insistió ella. —Tomemos algo —propuso Adrier cambiando de tema. —Sí, gracias, una refrescante cerveza me vendría bien—dijo Tristán aliviado por la rapidez de su hermano. El posadero les trajo unas pintas bien frías. —Debemos marcharnos —anunció Adrier al poco—. Todavía tenemos muchas cosas por hacer. Pero pedid lo que deseéis y que lo apunten a nuestra cuenta. —¿Os acompañamos? —quiso saber Gabrielle. —No os preocupéis, no vivimos tan lejos, llegaremos enseguida. —¿Nos veremos mañana? —Nos veremos en el puente, después de comer. Las muchachas se marcharon y ellos hicieron lo mismo. De camino a la cabaña de los jóvenes, Tristán avasalló a su hermano con preguntas. —¿Qué puedo comprarle a Ángela para la boda? —No lo sé… ¿qué te parece un anillo? —No, un anillo no, ya tendremos los del casamiento… —¿Y una gargantilla? ¿O un collar para que lo lleve en la boda? —¿Un collar? Mmm, me parece buena idea. —Siempre tengo buenas ideas —se jactó su hermano. Adrier rió y Tristán le empujó, sonriendo también.

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Primeras páginas de "La Profecía"  

Primeras páginas de "La Profecía", escrita por Laura Morales y editada por Ediciones Parra

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