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Antología del cuento dañado

recolpilación


O de el por qué Carlos Cuauhtémoc Sánchez, debe tener más competencia. Nos sentiremos muy satisfechos si esta Antología del cuento dañado cae en la manos de algún psicólogo, filósofo, maestro, caricaturista, alguien que considere no haber tenido infancia o alguien que ya no pueda con sus culpas. Y si lo lee, seremos más felices aún. Por supuesto que el público joven es quien más nos interesa. Esta antología surgió como una necesidad que los estudiantes y egresados de la Escuela de escritores de Sogem tenían para dar rienda suelta a su fantasiofrenia, de sacar el Mr. Hyde que todos llevamos dentro. Por tanto, la


galería de personajes enfermos en los distintos textos son responsabilidad de su respectivo autor. Aunque las empresas editoriales siempre serán las culpables del prestigio o desprestigio de los escritores publicados; mientras que éstos nunca se responsabilizarán de la quiebra de una casa editorial. As de corazones rotos toma el riesgo. Se advierte que algunos de los cuentos aquí antologados pueden alterar las buenas conciencias y desestructurar el esquema moral de quienes tengan la fortuna o infortunio de leerlos. Cabe señalar, no obstante, que muchos de estos textos podrían funcionar como ejemplo exacto de ciertas patologías de la sociedad contemporánea, según los especialistas de la conducta humana. Basta mencionar el tipo de información a la que los niños y adolescentes de hoy pueden accesar. Se advierte también que el orden de los textos atendió a las sugerencias de los autores mismos y del consejo editorial. Como el de los hijos, uno nunca sabe cuál será el rumbo que tomarán los libros. De lo que sí estamos seguros es que esta antología resultará provocativa, y, como tal, tendrá un destino persecutivo. Esto nos alegra mucho, más aún cuando sabemos que en nuestra cultura todavía existe un tipo de censura tan inocua como ridícula, como la que se intentó aplicar a un texto ya clásico de nuestra nueva narrativa mexicana. Así, como aquel Secretario del Trabajo, la editorial As de corazones rotos no se hace responsable


¿QUÉ HAY DE NUEVO VIEJO? Vladimir Pallares Leonardito era un niño de diez años como cualquier otro, bueno, casi. Tenía el cuerpo de un niño de trece y su fuerza también. Un poquito regordete y con movimientos bastante toscos. Alguna ocasión lastimó sin querer a su hermana mayor cuando jugaban luchitas y alguna otra vez había hecho la nariz de su papá sangrar. Nunca lo hizo a propósito, simplemente no controlaba su fuerza y a veces ni sus movimientos. Un día hubo una reunión en casa de Leonardito. Sus papás invitaron a sus compadres a comer. Leonardito estaba muy emocionado porque iba a tener amiguitos con quien jugar. Casi no controlaba su emoción. Jugando a "policías y ladrones" con el hijo del compadre, le lastimó el bracito cuando agarró al niño, que tenía un cuerpo normal de diez años. Sus papás se molestaron muy poco porque sabían que estaban jugando y había sido un accidente. El niño ya no quiso jugar con Leonardito así que tuvo que buscar otra cosa qué hacer. Se fue al jardín y empezó a perseguir al perro,el cuall le tenía un temor especial desde el día que le cortó el pelo con las tijeras de la cocina. El perro corría espantado dando vueltas y Leonardito parecía nunca cansarse. Lo llamó entonces su mamá a comer y decidieron sentarlo en la mesa con los grandes, porque a los chiquitos los podía lastimar. Se movía tanto en la silla que se cayó; su papá empezaba a perder la paciencia y lo sentó bruscamente en su lugar. Leonardito se quedó quieto y serio un rato, mirando fijamente su plato. -Come mi'jito y te doy un dulce cuando acabes. Le dijo su mamá. Él se emocionó mucho y comió muy rápido. La comida se le atoró y la regurgitó de nuevo al plato, su papá lo regañó y él con los ojos rojos y asustado empezó a llorar. -A ver chiquito, no llores mira ven, te voy a dar un dulce. Lo consoló su mamá y Leonardito dejó de llorar, se limpió las lágrimas y fue corriendo detrás de su mami. Los invitados


estaban ya a punto de irse, se echaban la del estribo y recolectaban a sus chamacos para marchar a casa. Llegó Leonardito al comedor y chupando su paleta les dijo: -¡Miren lo que tengo! La comadre casi se ahoga con la cuba que tomaba y ruborizada se volteó. El papá se levantó enojado de la mesa y el compadre sólo desvió la mirada. Corriendo llegó la mamá con Leonardito y le subió los calzones y pantalones que se había bajado para enseñarles a todos su pequeño pene de niño. El padre encolerizado lo jaló de un brazo y le dio una nalgada. -¡Muchacho cochino! ¿Porqué haces esas pendejadas?, Vas a estar castigado toda la noche sin cenar y sin más dulces. Le dijo su papá arrancándole la paleta de la boca y cargándolo escaleras arriba hacia su cuarto. El muchacho lloraba y pataleaba poniéndose colorado de rabia, intentó morder la mano de su padre pero él le dio un bofetón. Lo aventó a la cama y después de darle tres cintarazos, le prendió la tele en el canal de las caricaturas y salió azotando la puerta. Leonardito lloraba amargamente mordiendo su almohada y revolcándose en la cama, destendiéndola, hasta que se cayó. Le vino un acceso de tos por tanto llorar y gritar. Se calmó después de un buen rato cuando reconoció la música de su caricatura favorita. Se arrastró emocionado hasta el televisor, subió el volumen y con una sonrisa puso atención a su programa. -¿Qué hay de nuevo, viejo?- Le dijo Bugs al pato que había ido a visitarlo a su madriguera. Lucas le llevaba un pastel que en lugar de tener una vela tenía una dinamita. Entonces el conejo dijo: -Oh, eres muy amable Lucas, pero creo que deberías morderlo tu primero. -Oh no, de ninguna manera, Bugs este pastel es tuyo. Cómetelo tú. -No, no, insisto, Lucas, por favor. -No lo voy a morder. -Sí lo vas a morder. -¡Que no!


-Que sí. -¡Que no! -Está bien, lo muerdo yo. -¡Oh, dame eso acá, maldito conejo! ¿Creíste que te daría de mi pastel? ¡Es mío, sólo mío! Mientras el pato corría con el pastel en las manos, la dinamita estalló y por la explosión se le cayó el pico al suelo junto con todas sus plumas. Parecía que Leonardito ya se había olvidado de todo, pues estaba divirtiéndose de lo lindo con la caricatura. Llegó Bugs con Elmer gruñón, que estaba cazando conejos y después de que lo asustara hablándole por la espalda dijo: -Condenado conejo, ya verás cómo te voy a hacer estofado. Apuntándole su escopeta a la cabeza. El conejo corrió hasta su madriguera y cuando Elmer metió el cañón de su arma, el conejo la tapó con una zanahoria y el pelón disparó. Le salió el tiro por la culata dejándole la cara toda negra por la explosión. Leonardito se moría de risa, le encantaba ver cómo el condenado conejo siempre se salía con la suya. Salió Bugs por otro agujero y corrió por el campo. Llegó entonces a una cabañita donde pensó podría descansar, pero Taz que andaba por aquellos lugares lo vio y lo siguió hasta la casita. Rápidamente el conejo se disfrazó con un vestido, una peluca y unas zapatillas que había en un closet de la cabaña. Se pintó los labios y recibió a Taz cuando éste rompió la puerta de entrada. Se puso colorado cuando dentro vio una mujer que lo detuvo y después de regañarlo lo llevó a la cocina para darle un pavo que había preparado. El conejo disfrazado de mujer, le pidió a Taz que se asomara dentro del horno para que viera si ya estaba la comida y cuando esto hizo el demonio de Tazmania, Bugs lanzó un cerillo dentro y lo voló. El conejo regresó a su madriguera, sacó una zanahoria y después de morderla dijo: -Ah, por fin podré estar en paz. Alguien tocó a la puerta de la casa de Leonardito. Nadie


abría. Cinco minutos después la puerta fue derribada por la policía. Un vecino había escuchado unos gritos, unos sonidos como de disparos y una explosión por los cuales llamó a emergencias asustado. El primer policía que entró no vio nada sospechoso, pero percibía un olor parecido al del cabello cuando se quema, sólo que más fuerte y molesto. Se tapó nariz y boca, sacó su arma y se preparó para cualquier cosa que hubiera ahí. Pasaron el recibidor, cruzaron a través de un pequeño pasillo y atravesaron una puerta corrediza de madera que daba al comedor. El policía se quedó estupefacto cuando vio una jovencita de unos diez y ocho años sentada desnuda con la cabeza entre un pastel en la mesa, que chorreaba sangre desde su sien derecha atravesada con un cuchillo y mostraba los dientes de una boca sin labios. Ordenó a uno de los policías que pidiera refuerzos y una ambulancia. Continuó su camino hacía la cocina. A su izquierda estaban las escaleras al segundo piso. Vio entonces un cuerpo desparramado. Se acercó rápido y vio la figura de un adulto ensangrentado. En el lugar que debía ocupar la cabeza sólo se distinguía una masa deforme con la frente reventada y los dientes destrozados, al parecer le habían volado el rostro con un arma de fuego. La imagen, el olor que desprendía el cuerpo y el hedor que venía al parecer de la cocina casi lo hacen vomitar. Apartó rápido la vista y con náuseas se dirigió a la cocina. No podía creer lo que veía ahí dentro, había una humareda negra y una peste a carne quemada que jamás había olido. En el horno de la estufa había un cuerpo de mujer con la falda desgarrada, las piernas abiertas y todo el rostro y la mitad del tronco, carbonizados, parecía una momia con una expresión de terror. Salió rápido del lugar aterrado tapándose la boca y la nariz. Escuchó entonces la risa de un niño y una televisión prendida en la planta alta de la casa. Corrió a ver quién era, saltó el cuerpo del hombre con la cabeza destrozada, subió las escaleras y en el último peldaño vio tirada una escopeta de doble cañón. Caminó hacía las habitaciones,


sigilosamente, sudando frió y con la pistola temblando en su mano. Llegó al cuarto de donde venía el ruido de la tele y las risas. Empujó la puerta que estaba entreabierta y vio a un niño sentado frente al televisor que se reía divertidísimo. El piso estaba lleno de orines y había heces regadas por toda la habitación, en el suelo y embarrada en las paredes. ¡¿Niño, estás bien?!- Le preguntó a Leonardito que al escucharlo volteó emocionado. Tenía el rostro, las manos y el cuerpo llenos de sangre. Con su mano izquierda llena de excremento masturbaba su pequeño miembro de niño. Se le abalanzó furioso al policía que lo veía inmóvil en el quicio de la puerta. Lo empujó y en el piso le mordió una pierna. El policía le dio una patada que lo regresó al cuarto, se puso rápido de pie y cuando Leonardito tomaba vuelo para atacarlo de nuevo, jaló el gatillo de su pistola y el pobre niño fue lanzado hasta el televisor con el pecho destrozado. El policía se dejó caer al piso, presionando la herida que sangraba en su pierna. A lo lejos se oía la sirena de las patrullas y ambulancias que llegaban al lugar. Sobre el televisor descansaba la cabeza de Leonardito que tenía los ojos bien abiertos mirando al policía con una ligera sonrisa en su rostro. En la pantalla del aparato escurría la sangre, mientras sonaba una musiquita juguetona y un conejo que caminaba con dos patas decía: -¿Qué hay de nuevo, viejo?


MUNDO COOL-ERO Emilia Negrete Philippe Milita gira por el bosque con sus cabellos castaño claro al viento, la luz difumina en su cabeza tonos de arcoiris Lucy in the sky with diamonds... De repente entra en el mundo cool volada como pájaro, se da cuenta de que sus personajes favoritos están ahí, Simón el elefante, el grandilocuente Gregorio que hace su transformación a cucaracha seguido por una avalancha de aplausos de todos los habitantes del mundo cool, el mundo de las caricaturas... sale de las esquina la viuda negra quien se acerca al oído de Milina y le dice cuántas veces se ha comido al mismo esposo que siempre regresa por más¸ luego intentará meterse al tímpano de Milina para cantarle una canción... El mundo cool es maravilloso porque da el viento y tus cabelleras de vuelcan en la distancia como globos de helio rosas y bermellón... Ahhh ahí se aparece un zapato que habla que le habla a Milina: ¿Cómo estás?, y esconde sus agujetas pudorosamente... ¡Claro! Le han gustado tus zapatos de moñitos rosas y azul cielo, quiere venir y jugar con ellos, que no se resistan tus zapatos Milina, galanes así ya no se encuentran a la vuelta de la esquina y menos boleados como este par; pero, esperen, algo perturba a Milina, bueno no es que la perturbe, es que la incomoda un poco, la molesta, bueno, es


el cielo, bueno, está muy oscuro tiene un ambiente ligeramente denso como de ciudad: En ese momento se aparece Freud con su perorata y sus barbotas: Los Niñosss son perrrverrsos polimórrficos, pero Gregorio se aproxima a Milina y le dice ¡No importa! Ya no estás en el bosque, en el mundo cool puedes hacer todo lo que quieras! Milina siente una bocanada de aire que le inflama el pecho siente un pequeño dolor de estómago y luego una sensación de libertad infinita... mira sus manos... ¡Están transformadas en caricatura! Vaya, Milina puede volar puede volar guauuu hasta Gregorio podría mostrarle cómo realizar su acto de transformarse en cucaracha, sólo que Milina sería una mariposa o una luciérnaga o una libélula o tal vez ... mujer ... En ese momento se aparece Freud con sus barbotas: Los niñossss son perrverrsos polimórrrficos... ¡Me cago en las barbotas de Freud!, dice Milina... ahora seré la mujer más bonita del mundo... Milina no termina de pronunciar esas palabras cuando el mundo Cool se estremece, bang shot, tas cuas bing fusssssssssss una avalancha: ¡Ohhhhh, no! ¡que alguien nos salve! ¡Ohhhh no, Freud nos quiere destruir!, dicen los habitantes del mundo Cool, ¡carambolas recórcholis archirrequete recórcholis! ¡Ahí viene Freud con sus barbotas y ahora sí nos va a chingar! Pero esperen, se hace un silencio magnánimo y...... ¡Santas apariciones! ... llega en el cielo oscuro una capa negra voladora con unas diminutas orejitas ¡Pero si es Batman!,


viene a salvar a Milina, eso si que es cool... ¡qué extraño que no venga Robin con él! Batman sube en su espalda a Milina: ¡Ohhh mi héroe!, ahora estaré a salvo, dice Milina... Me llevará a la bati cueva ... y veremos las caricaturas... Volando por los aires de un cielo marrón llegan a la guarida de Batman ... y sin ninguna cortesía Batman conduce a su recámara a su invitada; una recámara inmensa, el edredón de la cama es rojo con manchitas de leopardo , ¡Vaya!, dice Milina, sabía que Batman era extraño, pero jamás vulgar... En la cabecera hay un peluche como los que ponen los taxistas en sus coches para decorar... Santísimas vulgaridades Batman, dice Milina... Batman se quita la capa pero no la máscara, las mayas, pero no la máscara, las botas, pero no la máscara... guauu Batman se encuera... Batman se mete a la cama y se cubre con el edredón. ¡Vamos Caperucita, dice el superhéroe, quema tus zapatos en el fuego que ya no eres una niña... santas situaciones, hasta Batman tiene un precio... Voltea Milina y ve una gran chimenea con leones de mármol en los costados... quema sus zapatos. Caperucita, dice Batman, ahora quema tu delantal porque ya no eres una niña... Milina quema su delantal, pero piensa... Batman está en un error ¿Cómo le digo que no soy caperucita? Batman se aproxima y delicadamente le quita el resto de la ropa. Milina desnuda, Milina blanca como la leche, sus


senos cremosos y suaves, está lista... Ahora vete al espejo caperuza Milina se observa en el gran espejo que aparece en el cuarto... Milina mujer, Milina se excita Estoy en el mundo Cool y ya no me persigue Freud, estoy lista, puedo coger, puedo hacer lo que quiera... en la cama de batman ... -Batman,deja ver tu cara- dice Milina -Nunca le he revelado a nadie mi verdadera identidad -¿Ni a Freud? -A él menos que a nadie... Freud es para mí como la kriptonita para superman -Comprendo -Déjame ver tu cara Batman se descubre, se deja ver una nariz larga, aguileña, la identidad se revela el enigma es decubierto. Papá- dice Milina Qué demonios haces aquí, en mis sueños Estoy aquí para cogerte... mejor Santas equivocaciones, Milina quiere ser niña de nuevo, pero el proceso parece irreversible, en el mundo cool nada es imposible pero hay cosas como el tiempo que nadie puede parar... Las palabras de Freud resuenan en la mente de Milina, una sensación de asco la invade ... lo demás es historia conocida...


FIESTA EN PARÍS Bernardo Hérnandez Ellos ríen en la Suite Imperiale del Ritz, o por lo menos lo intentan. Steven Meisel no para de fotografiarlo todo, aunque sus bostezos delatan lo que en diez minutos podría ser un ataque de aburrición. Sophie, divertida, comenta sobre varios cantantes hallados muertos y sin una gota de sangre en sus mansiones de Bel-Air. Por todas partes brotan charolas Alessi repletas de beluga: nadie las toma en cuenta, como tampoco las botellas de Dom Perignon que un mesero negro pasea sin éxito por la habitación desde hace una hora. Milla Jovovich no mueve un dedo: viste un Christian Dior alta costura y Regine Bedot la ha maquillado. Rosario de Bulgaria, pese a su desnudez, no olvida ni por un instante que es una princesa. Daphne Niarchos se retuerce en el enorme lecho y nadie tiene un gramo que ofrecerle. Ahora, Sophie mira con recelo a Milla; Rosario, sin dejar de observar sus stilettos Sergio Rossi, parece algo preocupada por Daphne; Steven, por sexta vez en lo que va de la noche, se encierra en el baño. Las flores que se habían ordenado a Tulipano Souvenir para decorar la suite jamás llegaron. Es deprimente. Todos parecen ignorar que la música cesó hace treinta minutos; están más o menos atentos al snuff que corre en la video. La pantalla plana del televisor muestra a un Winnie the Pooh que ha olvidado ponerse autobronceador o no se ha parado en la sala de maquillaje. Su ridícula playerita roja ha desaparecido y en su lugar lleva un chaleco de cuero negro con estoperoles. Es patético, susurra Sophie al ver que el dopado osito hace su mejor esfuerzo por romperle la cara a un chico de 15 años. Milla abandona su estado de trance, se despereza y le cuenta a Rosario la historia de un anciano incestuoso que compró en Guatemala a una madre con cuatro hijos para encerrarlos en un cuarto de observación. El viejo no les dio nada de comer, para comprobar los efectos del hambre, comenta


Milla al abrir la polvera Chanel y revisar sus labios. Después de unos días, comenzaron las apuestas: ¿a cuál de sus hijos se comería primero la mamá?, pregunta Milla mientras Winnie ya le ha quemado las dos tetillas al muchacho y lo azota hasta que sus nalgas quedan desintegradas. Después, dos negros eyaculan encima del pobre tipo y parecen bastante divertidos con su trabajo. Enseguida, un Winnie que no para de sudar, reír y jadear le aplasta los testículos al muchacho con dos enormes pisapapeles de cristal y oro blanco de Tiffany's. Winnie duda si cortarle los huevos o no. Tras una pequeña pausa -durante la cual un close-up del niño muestra en sus ojos algo parecido a las lágrimas- Winnie toma unas tijeras y procede a castrarlo con poca gracia. Para justificar su torpeza y la casi absoluta ausencia de fuerza escénica, lo obliga a comerse sus propios testículos. En realidad, ya no queda mucho por hacer con la víctima, pero el verdugo está fuera de sí e insiste en romperle los dientes con un dildo metálico que finalmente le hunde en la garganta. En la recámara, Milla. Rosario y Sophie han decidido colocarse sus lentes oscuros y cambiar Dom Perignon por Courvoisier. Cuando Daphne por fin se levanta de la cama, Winnie ha enterrado por lo menos treinta veces una daga Philippe Starck en el corazón del muchacho. Alguien pone de nuevo la música y Daphne, que no ha viso sino el final del video, agrega cansinamente: me gusta más cuando Winnie the Pooh filma cosas menos, menos... bueno, no sé; es decir, no tan... predecibles, ¿me entienden? ¿Por qué nadie lo invitó a la fiesta? Todos saben la respuesta: él es, básicamente, un tipo bastante aburrido. No tendría nada que hacer aquí


EL QUE SE LLEVA SE AGUANTA. Santos Cuahutémoc López Hoy no voy a jugar a morirme. Voy a ir a un entierro. Hace unos días encontraron a un niño colgado de un manzano, todos estaban sorprendidos;, yo no, el que se lleva se aguanta. Los viejos han repetido este dicho toda la vida. Así siempre ha sido, y así siempre será. Porque a los viejos hay que saberlos escuchar. Todo el pueblo se encontraba en su casa, desde la calle se podían escuchar los rezos. Torre de marfil...ruega por él. Arca de la alianza...ruega por él. Su mamá lloraba sin parar. El pueblo lloraba triste, estaba de luto, su sala tenía muchas cubetas llenas de flores. Hacía mucho calor adentro, su madre se encontraba destrozada se la pasaba llorando sobre la caja del muerto. Me siento un poco mal por el niño que murió, nos conocíamos desde que íbamos a la primaria. Yo era quien le pegaba en recreo, porque no quería jugar conmigo. Su madre no lo dejaba. Con los locos no juegues hijo, búscate otros amiguitos, le decía. Permanecí afuera un rato cuando decidí entrar todos me miraron aterrados, algunos se persignaron, no soporte eso, di media vuelta y salí corriendo. A partir de ese día, nadie quiso jugar conmigo. Mis compañeros me gritaban loco, idiota, tarado. Mi abuela no pensaba así me decía, tu estás sano hijo, no te preocupes, no les hagas caso. Él que esta tarado es tu padre, tú no. Mi abuela y yo siempre estábamos juntos, íbamos a misa todos los domingos, ella jamás faltó a una misa mientras estuvo viva. Asistíamos a la primera misa del día, después comprábamos una torta de tamal con atole para ir a desayunar al panteón sobre la tumba de mi abuelo. Ahí pasábamos muchas horas, yo buscaba las flores más frescas, las más bonitas, para robármelas y ponerlas en la tumba del abuelo. Mientras, mi abuela lo ponía al tanto de todo lo que pasaba en la casa. Regresábamos cuando ella se aburría de platicar con él. Mi madre decía que ella estaba


loca, mi padre no decía nada, él nunca decía nada. En la calle los vecinos nos gritaban. ¡Hay van los locos!. Siempre nos gritaban cosas. Nosotros no respondíamos, seguíamos nuestro camino, siempre juntos, siempre de la mano. Mi madre no quería a mi abuela, desde que la conoció le tuvo miedo, decía que era una bruja, yo por supuesto nunca le creí. Mi abuela era bajita medía como un metro con cincuenta centímetros, su piel era blanca como café con leche, pero con más leche que café. Le gustaba bañarse por las mañanas, hiciera frío o no. Siempre andaba en la calle, guardaba todo lo que se encontraba en el suelo, siempre traía colgando en el cuello toda clase de amuletos, este para protegerse de la muerte, este otro para las envidias, este para cuidarme de tu madre, para todo tenía un amuleto. Mi madre rezaba para que llegara más rápido el invierno. Le gustaban mucho los meses de diciembre y enero. Se ponía de buen humor en esa época. Emocionada le hablaba al oído de mi padre.- el invierno es bueno viejo, el frío se lleva a los inservibles, no lo crees, mejor que sea así y no de otra manera----, mi padre como siempre no decía nada, mantenía la cabeza agachada, tenía los ojos clavados en el suelo, parecía lelo. No abría la boca para nada. Una ocasión mi abuela me platicó que había quedado así desde el día que se cayó de la cuna cuando era pequeño. Por eso mi madre no quería que me acercara a jugar con mi hermanito. Cuando lo llegaba a cargar me gritaba --déjalo que lo puedes tirar--. Puede quedar loco o tarado. No sé porque pensaba eso, yo jamás dejaría que se cayera, si quería mucho a mi hermanito. No se podía quejar de mi, siempre lo quise, siempre jugué con él. Cuando ella se volvió a embarazar lo descuidó, yo me acerqué a él, yo lo cuidé. En ese momento fue cuando pasábamos muchas horas juntos, tantas, que entre los dos inventamos un juego. Jugábamos a morirnos. Mi madre antes cuidaba mucho a mi hermanito, lo bañaba, le daba de comer en la boca, no lo dejaba ni un minuto solo, decía que estaba enfermito. La verdad es que yo no lo veía así. Que no podía caminar era


cierto, hablar, hablar no podía, cuando lo dejaba en el piso y comenzaba a arrastrarse, lo hacía como los caracoles del jardín. Cuando lo llegaba a ver, corría a la cocina por un puño de sal, y se lo echaba encima, quería saber si se retorcía como gusano, pero no pasaba nada. Seguía igual, se arrastraba como si nada. Nada de nada. Me aburría mucho en la casa, pocas eran las ocasiones en las que podía jugar con mi hermano libremente, mi madre siempre nos vigilaba. Para mi mala suerte, mi abuela cayó enferma en esos días y casi no la podía ver, siempre se la pasaba dormida. Como nadie quería jugar conmigo tuve que vagar, no sabía que hacer, si veía un perro, cogía unas piedras y de inmediato lo apedreaba. Me gustaba sacar gusanos de la tierra, pero me gustaba más comérmelos, sabían bien. Cuando me cansaba subía a los árboles a comer manzanas, esas me gustaba también. Mi abuela se recuperó muy pronto, salió de su cuarto muy repuesta. Le propuse que jugáramos juntos. Que jugáramos a morirnos. Ella me dijo que sí. Jugábamos tanto que ya no me acordaba si estaba vivo o muerto. Así pasábamos los días, siempre jugando. Hasta que una tarde mi abuela me dijo que éste era su último juego, yo no le hice caso, pensé que era imposible que se aburría de jugar conmigo. Así que nos acostamos en el suelo y conté hasta diez para saber quien podía aguantar la respiración más tiempo. Yo aguanté hasta el número siete, cuando me levanté fui a buscar a mi abuela y ya no despertó, estaba bien dormida, había perdido. Por primera vez perdí un juego y fue con mi abuela, para mala fortuna de mi madre murió el día en que la iban a nombrar presidenta de la asociación de padres de familia. No pudo ir a recibir su nombramiento, porque mi padre no decía nada, no hacía nada, estaba sentado en su silla, en la silla que ocupaba desde hace quince años, en la silla que esta junto al refrigerador en la cocina. Mi madre estaba mal, muy mal, ella siempre resolvía todos los problemas que pasaban en la casa. Las señoras de la asociación jamás le volvieron a hablar. En el funeral de la


abuela no se me salió una sola lágrima, mi mamá lloró todo el día, no porque se haya muerto mi abuela, sino porque mi papá se había marchado de la casa. Si efectivamente como usted se imagina, se marchó sin decir nada. Solo se fue, se llevó unos retratos de la casa y nada más. Mi madre seguía llorando, lloraba porque no iba a ser presidenta de la asociación de padres de familia, lloraba porque se había ido mi padre, pero lloraba más por que él se había marchado sin saber que ella estaba embarazada otra vez. Estaba embarazada a los cuarenta años. Se la pasaba todo el día en el médico. Todo cambió cuando el médico le dijo que su embarazo era de alto riesgo. Mi hermano dejó de ser importante para ella, se dedicaba en cuerpo y alma a su nuevo embarazo, se pasaba las horas rezándole a San Juan Diego, para que tuviera por fin un hijo normal, no se porque, si nosotros estábamos bien. Qué digo bien, muy bien. Gracias a eso, mi hermano y yo pasábamos muchas horas juntos, tantas, que jugábamos a morirnos. La primera vez que jugamos hice un hoyo en el jardín, después lo metí en él y comencé a rellenarlo con la tierra que había sacado. Cuando iba a terminar llegó mi madre y lo sacó del hoyo dando gritos como loca, a mi me castigó una semana sin salir a jugar al jardín, a mi hermano no le dijo nada, no lo castigó. Encerrado me sentía mal, estaba inquieto. Por la noche no pude dormir, desperté a mi hermano que dormía a mi lado, nos pusimos a jugar;, esta vez le tapé la boca y la nariz al mismo tiempo, lo hice con ambas manos, empecé a contar lentamente, quería saber cuánto tiempo aguantaba sin respirar, u...no...do...os...tres...cuatro...cin...co, primero se puso de color rojo, sentía que le estaba faltando el aire, de inmediato comenzó a patalear, apenas iba en el número se...is cuando se estaba dando por vencido, su rostro se volvió de color morado, estaba casi asfixiándose. Sie...te. Fue entonces cuando mi madre abrió la puerta del cuarto, arrojó la ropa doblada que traía en las manos y corrió a salvar a mi hermano, yo salí rápido hacia el cuarto de mi abuela, mi madre venía detrás, afortunadamente pude


ganarle. Cerré la puerta. Desde afuera me lanzaba amenazas sin parar. ---- Cuando salgas me las vas a pagar, escuincle del demonio, ¡ hijo del diablo !. ¡Maldito loco!. Loco igual que tu abuela. Al escuchar sus gritos pensé que mi madre había venido a este mundo a hacerme infeliz, pues siempre arruinaba los momentos más divertidos que pasaba con mi hermano o con mi abuela. Madre dicen, solo hay una y a mi me tocó una enloquecida. Pasaron varios días antes de decidirme que podía jugar de nuevo con mi hermano, él buscaba a toda hora, yo me hacía el enojado, me escondía en el cuarto de la abuela, él no entraba ahí, pues mi madre le decía que yo era malo, muy malo, quién sabe si sea verdad, pero todos en el pueblo pensaban igual que ella. Él pasaba horas esperándome en el pasillo, yo no salía, me divertía hurgando en los cajones de mi abuela. Ahí encontré sus amuletos que de inmediato me colgué. Por eso en la calle me gritaban cosas, en la iglesia también. Cuando estaba aburrido iba al sótano y buscaba un costal, luego lo llenaba con los gatos de la casa. Salía a pasear con ellos. El rey de los gatos me gritaban, yo no me sentía rey, pues solo tenía veintiocho, mi abuela decía que conoció a otra señora que cuidaba a ochenta, así que quizá ella sería la reina de los gatos, yo no. Cuando se cansó mi hermano de buscarme decidí darle otra oportunidad. Empezamos a jugar de nuevo. Esta vez llené la tina del baño hasta el tope, a los dos nos gustaba mucho el agua, así que esta era una buena oportunidad para disfrutarla. Nos metimos a la tina y comenzamos el juego, le sumergí la cabeza hasta el fondo, y comencé a contar, por primera vez logré contar hasta el número diez, mi hermano pataleo un rato, hasta que se cansó. Yo me enojé mucho. Pues me habían ganado de nuevo, otra vez había perdido, lo que más me apenaba es que había sido vencido por un pequeño de cinco años, molesto salí de la tina y lo dejé ahí solo. Los gritos que daba mi madre me despertaron, lo había


encontrado horas más tarde sin vida en la tina del baño. Sé que si mi padre estuviera con nosotros, no diría nada. Sé que estaría sentado en su silla, sí en esa silla mírenla, en esa silla que utilizó por más de quince años. En su silla de acero inoxidable, hecha en México por fábricas el rosario donde a nosotros si nos importa usted, tenemos todo lo que necesita para su hogar desde una sala hasta una silla. Silla que estaba en la cocina junto al refrigerador frente a la mesa y a unos pasos de la puerta que da al patio por la que salió para no volver, por donde salió acompañado con unos cuadros de la familia. Por donde salió sin decir nada. Nada sentía. No me sentí triste por la muerte de mi hermano, no tuve ganas de llorar, pues recordé lo que mi abuela me decía. El que se lleva se aguanta. Ahora mi madre se la pasa encerrada en su cuarto esperando a que nazca mi nuevo hermanito, yo también lo espero con ansias. La tercera es la vencida. Por el momento juego solo. Aunque hace unos días juegue con un niño al que no le gusto mi juego, enojado me empezó a arrojar piedras, yo le dije--- si te llevas te aguantas--- él solo se reía. Días después lo encontraron colgado de un manzano. Ya nadie juega conmigo, lo hago solo, cuando pierdo voy al jardín agarro un gato por el cuello y lo ahorco, después lo amarro en una rama del manzano, él no se enoja, tiene siete vidas y yo tengo en el jardín muchos gatos. Porque el que se lleva se aguanta o no.


DUERMEVELA Guillermo Vega Lo despierta la voz de la mujer desde la lejana duermevela. Ya, ya, chiquito, ya. Sin abrir los ojos, alarga el brazo sobre el lado derecho de la cama y sólo encuentra la humedad de las sábanas vacías. Abre los ojos. La mujer camina alrededor de la cama con el bulto en los brazos. Ya, ya, chiquito, ya. La mujer lo mira desperezarse con morosidad y rubricar el ritual con un rotundo bostezo. ¡Cht!, sanciona la mujer. Por fin logré que se durmiera. Lo voy a dejar aquí y le echas un ojo en lo que me baño. Ya se me hizo tardísimo. Lo coloca en el lado derecho de la cama. Si despierta y llora le das el biberón. Mmmjá. La mujer se deshace del camisón sin pudor alguno, mostrando al aire los senos rotundos, pesados, las aureolas oscuras y rebosantes. Delgadas líneas bermejas se le habían instalado en el bajo vientre. La preñez la hizo engordar, pero sin perder del todo la figura. La erección aparece, discreta, bajo las cobijas. Dos meses desde el parto y aún no lo habían vuelto a hacer. La mujer desnuda desaparece a través de la cortina de plástico. Escucha el pequeño escándalo del agua cayendo libremente sobre el cuerpo de la mujer, quien emite un discreto gemido de placer. La erección aumenta, desenfadada. Se recuesta sobre su lado izquierdo, dándole la espalda al enredo de cobijas, y se ovilla con las manos entre las piernas. Dos meses. En realidad ya llevaban casi un año, carajo, sin coger. Ella se había negado sistemáticamente a reanudar el intercambio amoroso de frotamientos y fluidos. Cada vez que emprendía el acercamiento con intenciones lascivas, ella encontraba el pretexto para rehuir el cumplimiento de sus obligaciones conyugales. No empieces. Estoy cansada. Mañana tenemos que levantarnos temprano. Me siento triste. Las hormonas. Mi cuerpo está cambiando. No entiendes nada. Nada más piensas en eso. Y lo peor: lo vas a despertar. O:


ya se despertó. O: hay que cambiarle el pañal. O: hay que darle el biberón. Le sobrarían dedos de las manos para contar los días en que no se había tenido que levantar en la madrugada por culpa de eso, que seguía ahí, a sus espaldas, su respiración apenas un diminuto, inocente resuello. Menos mal que logró que se durmiera. Así, mientras la mujer se vestía y arreglaba, podría tratar de recuperar un poco del sueño perdido. Además, no tenía mucha prisa. Podría ir por el periódico y almorzar mientras buscaba algún empleo. Qué lata con eso de encontrar trabajo. En todos lados pedían por lo menos secundaria terminada y él a duras penas llegó al segundo año. Desde la última chamba, en la empacadora de carne, no había vuelto a encontrar nada que le acomodara o que, por lo menos, no le aburriera tanto. Lo único bueno allí era la morena de la recepción. Promesa de placeres sin fin. Qué ojos, qué boca, pero sobre todo, qué culo y qué tetas. Nada más de recordarla, le dan ganas de hacerse una puñeta en su honor. La erección es ya casi completa, dolorosa. Todo hubiera salido a pedir de boca, estaba a punto de caer, ya había aceptado salir a comer con él, nada más faltaba un empujoncito, hasta que ella se dio cuenta del anillo matrimonial. Chin. De eso hacía casi dos meses. Dos meses, justo antes de que el bulto viniera a echarle a perder la vida. En realidad, se la había venido a echar a perder desde que la mujer le informó que estaba embarazada. Cómo, siempre se cuidaban. Pues sí, pero algo falló. Y desde entonces a talonearle para comprar todo lo necesario para el próximo alumbramiento. Qué suerte que la mujer tenía algún dinero ahorrado y conservó su trabajo de cajera en el supermercado. Y qué suerte que la madre de la mujer les prestó ese cuartito, apartado en un rincón de la azotea, hasta con baño, para ellos solos, y no tener que aguantar todas las mañanas los gritos y el ajetreo de los escuincles allá abajo. La mujer tose desde la soledad del baño. A pesar del embarazo, sigue teniendo un cuerpo regio. Tenía miedo de que se pusiera gorda y celulítica, como la madre, porque


si quieres saber cómo se pondrá una mujer a los veinte de matrimonio, sólo tienes que ver cómo está su mamá. Nada más de imaginársela, la erección empieza a menguar. Para evitarlo, se fricciona con mayor intensidad, recordando los lúbricos pechos morenos de la recepcionista. A leguas se veía que le gustaba retozar, que era golosa y que no le hubiera repugnado chuparle la verga, como extrañamente le sucedía a la mujer desde que se embarazó. Cómo quieres que haga eso, qué asco, nada más de pensarlo me dan ganas de vomitar. Si antes lo hacía sin remilgos, hasta le gustaba. Pero ahora ya no. Es sucio. Cómo iba a besar al bebé luego de haber tenido eso en la boca. Y con lo bien que había aprendido a hacerlo. Pero la morena no le hubiera hecho gestos, hasta pediría más, más, papito, así, qué rico. Tenga para que se entretenga, morenota de fuego, hasta que se empache. El frotamiento se vuelve más intenso. La cama se mece, primero, imperceptible y, después, ostensiblemente. El llanto infantil invade el lugar. Escucha a la mujer desde el exilio de la regadera. Qué pasa. Mmmnnnnada, dice una voz destemplada que reconoce parecida a la suya. Ya se despertó. Dale la mamila. Mamila, mama, mámale, morena, así, síguele, más, no te detengas. Sin abrir los ojos y sin cesar la fricción con la mano izquierda en el miembro, alarga el brazo derecho en busca del recipiente láctico. Tantea sin éxito por la suavidad de mantas y edredones, hasta que la mano hace contacto con la calidez de la piel, húmeda por las lágrimas, de lo que supone la pequeña cara. Tú síguele, morena, síguele, así, menéate, se ve que te gusta, te encanta. La mano derecha siente la sedosidad del cabello infantil, las protuberancias del tierno cráneo. El llanto continúa sin remedio. Ya, pinche chamaco, a ver si así te callas. La mano izquierda prosigue en su tarea de excitación, ahora con más empeño. Tú sigue mamacita, vas bien, más rápido, más rápido. La mano derecha hunde la frágil cabeza. La aplasta rítmica, violentamente. Ambas manos en perfecta sincronía durante segundos interminables. Más, más, más, así, así. Ah, ah. La


ESPECTROS Y LLUVIA Ana Laura Lara I María, este es el nombre de la niña que veo ahora. Todas las tardes, cuando el sol da de lleno en la ventana de su cuarto, puedo atisbar a través de mis cortinas y hallarla ahí, donde se encuentra ahora mismo, siguiendo con la mirada la forma cambiante de las nubes y esperando que alguna se pinche con la sima de los cerros. Cuando llueve, ella jamás asoma la sonrisa, ni yo me tomo la molestia de asomarme porque sé que no está, será que los días como hoy, el sol y el cielo se encargan de llamarla y la hipnotizan mientras el día y su paciencia duran. María no lo sabe, pero cuando nació era un día igual a este. Su madre salió de la casa para darla a luz frente al hospital que la esperaba, apenas el color de la mañana daba el primer estirón y alargaba los brazos hacia este lado de la Tierra. No tardaron en traerla. Llenaron la casa con serpentinas de colores y globos que reventaban de gusto. El rostro del padre era como el de un artista temeroso que revela su primera obra, las manos le temblaban al sostener a la tierna María, la voz se le moría entre la garganta y la lengua cuando el compadre le decía: ¿imaginas cuando camine esta niña? Sus ojos se convertían en un opaco cristal en el cual se reflejaba sólo la imagen de la niña corriendo aquí, corriendo allá. Comenzó María a hacerme feliz entonces. La veía dormir, comer, jugar, llorar, soñar por esta ventana. María no lo sabe, pero cuando dio sus primeros pasos, también la vi. Ella cree que no existo. Ella tiene la certeza, en su dulce niñez, que los fantasmas no son más que espectros doloridos o llenos de gozo que no pueden dañarla. Pero yo sé que es feliz cuando entre la tela manchada y roída de mis cortinas, asoma una mirada y la invita a juegos en los cuales no necesita nada más que otra mirada, la suya, sus ojitos desbordados de deseos.


Cuando llueve, como he dicho antes, el único asomo de miedo que le provoco, se hace presente con tal fuerza que no puedo llamarla, no logro hacer que huyendo de sus padres se refugie en la ventana. Entonces me quedo solo, guardo silencio y con los ojos cerrados la imagino, puedo tocarla y romper sin estruendo ese cristal que nos separa. La mañana me encuentra así, postrado en algún sitio de este enorme cuarto que no hace más que fungir como celda, es ella la que le da este fin. Sin saberlo se convierte en el cuerpo por el cual yo, fantasma inservible, puedo tocar la tierra, respirar, llorar como ella llora. II Ya no estás ahí, María. Cometiste un error, muchachita, ¿por qué viniste un día de lluvia?... ¿por qué te llamé un día de lluvia? Esa figurilla que me tenía encantado y cubierto por una nítida esencia de vida la dejaste caer, intentaste regalármela, me tuviste lástima, María, y yo la acepté, te amaba tanto, María. La sonrisa que esperaba cada día, las manos que se quedaban marcadas en el cristal, el aliento que lo empañaba y lo hacía brillar al mismo tiempo, desaparecieron contigo. Te negaste a escucharme, tus pasos se hicieron sentir por un momento en la madera, que sospechando tu emoción y fin, intentaba crujir ruidosamente para que esos padres te notaran tan lejos de ellos y tan cerca de ese agujero llamado muerte. En un segundo te vieron caer, en la mitad de un segundo mis ojos cayeron contigo. Te oí subir por mi escalera, dejando en el piso, allá abajo, el sabor que para mi tenías, dejaste tu cuerpo, dejaste lo que para mí valía. Tocaste mi puerta y desde un rincón contemplamos los dos, espíritus confusos y unidos, los gritos de ellos, la llegada de una sirena azul y roja, el vacío de tu habitación, la muerte de tu casa.


Decidí que no me importaba que fueras como yo, decidí que te quedaras conmigo y enseñarte lo que en esta dimensión se debe saber. Todo era fácil cuando tocaba tus manos de humo y acariciaba la sombra de tu pelo. III ¿Los ves María? Ellos no tienen idea de lo que pasa, cuando te asomes por aquí, esta ventana te servirá como columpio para que disfrutes aún más el espectáculo. Pero no estés triste mi niña, si ellos no sufren, son sus cuerpos que los tienen atrapados, eso que ves ahí, no son más que bultos de masa humana que no puede sentir más que dolor... Si ellos supieran, si pudieran verte ahora, si entendieran el estado distinto en el que te encuentras. ¿Dices que ves a tu madre? Ah, esa mujer que te ayudaba a sobrevivir cuando recién llegaste a ese mundo, no te aflijas, cuando se termine de vaciar esa habitación, todo lo demás también quedará vacío. Cuando el último trozo de madera quede arrancado del piso y la última tira de papel tapiz sea removida, sentirás cómo ya no sufren, aunque no puedas verlo de frente, sentirás un... Pero María ¿qué haces? No recojas la basura que tiran por la ventana, aún no aprendes a andar por el aire como lo hacías por el piso. IV Te dejé sola un día. Eras pequeña pero la vida que habías perdido se te había recompensado con la agilidad que ningún otro espectro tenía. La viste entonces, dijiste que era tu madre, ignoré lo que tu voz adivinaba y me fui, me fui por un minuto... luego caíste, caíste otra vez. María, te dije que no recogieras la basura, ¿qué ganabas con tratar de atrapar esos zapatos?... Esos zapatitos que alguna vez te poseyeron, se quedaron suspendidos en el mismo cable que había tratado de alargar sus finos brazos hacia ti cuando caías... tú, con la mirada


DE TIERNA PIEL Renato Piccini A ella, que se pinta sus labios ufanos con el carmesí de mis entrañas. "I wipe the silver bullet tears And with every tear a dream." Tiamat, Whatever that hurts.

Leobardo Zúñiga con las manos acalambradas, trata de escribir su carta póstuma, siente cómo las piernas se le vuelven rígidas cual troncos y sus párpados se le caen. No ha dormido en seis días y es que ya no aguanta; por cualquier lugar le acosan. -Malditos sean los niños- vocifera con rabia y la mandíbula trabada; porque ni de noche ni de día lo dejan en paz; durante sus sueños veía a cientos de infantes organizados en gran horda carnívora cazándolo a través de un bosque oscuro de extraños y altos pinos. Durante el día es peor, porque sólo los escucha cantar tarareando canciones de cuna; no hay minuto o segundo que lo dejen respirar. -Y todo por la avaricia, ¿Porqué no seguí siendo un simple zapatero? -se dijo entre dientes. Su mente vuela impulsada por la velocidad de sus ideas, tratando de encontrar una respuesta. Pensó: dinero, bienestar; hacer bolsas de mano y carteras de foet. Primero sólo buscaba la satisfacción económica, después la satisfacción dio paso al placer. De inmenso placer se regocijaba su alma cuando el fino tacto de la hoja de un cuchillo surcaba entre las carnes tiernas de los niños; desprender las pieles, curtirlas, pintarlas y zurcirlas, en formas que ni en la ávida y exquisita imaginación de los niños cabrían. Y al final de sus breves existencias les otorgaba el macabro bienestar de la desaparición de su cuerpo terreno con un baño de ácido sulfúrico.


Adjunta a su póstuma carta, añade la lista de todos sus clientes, muchos de ellos personas muy importantes. Ahora, le resta lo último; trabajosamente toma de un pequeño frasco dos píldoras ovaladas y las engulle con un buen trago de tequila... Casi a punto de morir vio a una tierna viejecita vestida de negro y arropada con un chal de encajes color de noche, que cariñosamente extendía hacia él sus brazos y alas de carroña.


LAS MUERTES DE RAMÓN Alejandra Camposeco Cuando Ramón nació se trajo a la muerte con él. Sí te lo aseguro, mira, salió medio asfixiado y pues todos pensamos que ya ni iba a respirar y de repente que empieza a dar unos grititos así medio raros, y yo que pienso ya se viene el agua y las ranas estas no se callan pero no, era el chamaco que estaba de terco y yo toda afligida porque de veras quería un hombrecito, pero no así, con la cara medio chueca y un cuerpecito enano. Pero pues ni modo, me dije, y así lo he querido todos estos años, aunque cada vez que festejamos su cumpleaños se nos muere alguien cercano. Ya estoy acostumbrada, por eso junto una lanita para cooperarme con la caja del que se muere y no sentir tanto remordimiento. Lo bueno es que el hijo me salió bien inteligente y hasta dizque literato, por eso ando hoy por acá, en la presentación de su libro, porque a los hijos hay que apoyarlos siempre, aunque una no siempre los entienda. Respirar la noche es como abrir la densidad del pensamiento, yo no tengo equivalencias del aire, sólo existo entre mazmorras de parias homosexuales y un libro de Whitman entre las manos deformes. Mi madre se tiñe el cabello de rojo, transgrede los espacios vitales de mi mundo y yo se lo permito porque sin ella mi tristeza representaría el deshielo de los días. Estamos ligados de manera cruel, yo soy el tiburón y ella mi rémora, cazadora del alimento cotidiano que nos mantiene vivos. Esta noche escribo en sus talones la vigilia inalcanzable de la muerte, pero ella no comprende, sólo sonríe con esa sonrisa de mares y penurias y me saluda suspendida entre las filas de personas que vienen a escuchar mi poesía, a reflejar sus destrucciones en las mías, a roerme los huesos para dejarme un poco más vacío. Y acerco mi rostro al micrófono y mi voz paralítica llueve metáforas en el silencio, roto apenas por las aspas de los ventiladores, y mi voz paralítica


es una cascada vieja de viento y cristales. El salón medio lleno, las sillas cafés, el mantel verde sobre la mesa de triplay, un micrófono gastado de tanto reproducir voces y la jarra de cristal con el agua recién vertida. La mano izquierda de Ramón anclada en su brazo derecho en un impulso de detener los movimientos involuntarios del cuerpo y el nombre de su madre antepuesto a la lectura. Una pila de libros grises y muchas sombras que llegan tarde. Las sonrisas, algunas compasivas y otras de admiración, y el viento haciendo revolotear las hojas blancas en el estrado. "Ramón es un ejemplo para los jóvenes, una nueva voz que abrirá caminos a futuras generaciones, un luchador", y los aplausos redimiendo el dolor del poeta que ahora se ve más pequeño y estira los brazos hacia la figura de su madre en un intento de contener las lágrimas. Mi casa queda de frente a la cordura, extraviado de mí mismo siento miedo de los días, los pescadores arrojan redes en el mar y cada pensamiento ata a su espíritu un verso muy antiguo, paso mucho tiempo con ellos, hilando metáforas de peces muertos y sargazo rojizo. Pero no se rezar. Para exhalarme necesito proas luminosas y siempre tengo prisa, y envejezco. Dentro de mi casa llueve continuamente y el demonio dicta los espacios que existen entre mi madre y yo. Y sigo sin poder rezar, la casa se deshace, la cuna del monstruo incita a la violencia, desde aquí fluyo, no me atrevo a entrar a esos cuartos donde todo está anegado. No hay bordes ni fronteras. Me golpeo contra los barrotes de la cama y naufrago perdido para siempre en mi interior. ¿Qué crees?, ayer este Ramón me llamó por teléfono dizque para despedirse, y pues que dejo el trabajo y me voy volando a la casa y el muchacho estaba a punto de colgarse del tubo de la regadera. No lo entiendo, si la lectura le salió muy bien y todos dijeron cosas muy bonitas de su trabajo. Esto de ser madre es a veces una carga, si por lo menos tuviera hermanos todo sería más fácil. Bueno, pues que lo bajo del banquito que había puesto y le quité el


mecate y entre tanta lloradera, mía por supuesto, que me dice que es homosexual, que ya no aguanta más y que el otro muchacho ni caso le hace. Y yo ahí, como paralizada por que pues de eso sí que no entiendo nada. Pero a los hijos nomás hay que quererlos, y yo que comienzo a pensar en él como una hija, ¿me entiendes?, ¿qué más me queda?, y a decirle que ya lo querrá, que el muchacho, como se llame, va a reaccionar y a llamarlo porque Ramón es bien listo y buena gente y hoy ando como ida, a ver si no me corren de la chamba con tanta bronca que me da el hijo. La muerte significa deshacerme de la bruma y volver a templos incendiarios. ¿En qué parte del cuerpo se rompen los latidos? Mi madre se sienta en la orilla de la cama y me protege de tu fantasma. Te extraño. Tu tiranía se deshace por los muslos, mis manos prohíben otra herida en la entrepierna. Vencido, después del orgasmo soy el que siempre fui. Después de recorrerte los ángeles censuran el deseo. Este es el tiempo, las horas albergan el veneno. Quise salvarte y mi madre detuvo la fuga. Tengo miedo de soñar y sigo


RESACA Amanda Villarreal - ¡Hey¡ ¿Alguien me escucha? Se incorpora del camastro. Sus entumidos huesos no responden bien. El dolor que le palpita en la cabeza hace que pierda el equilibrio y se vuelve a sentar malhumorado. - Con una chingada ¿dónde están todos? Su vista poco a poco se acostumbra a la oscuridad, como lo hacen los gatos. Los ojos le arden, el cuerpo no le responde, las manos le hormiguean y la sed lo está volviendo loco. - Alguien que me traiga una chela... Huele a vómito. Los escalofríos lo sacuden, suda, tiene hambre. - ¡No sean gachos¡ me está dando el torzón No sabe qué hora es, le sacaron la cartera y le quitaron el reloj. Tampoco tiene las cadenas de oro ni la esclava con sus iniciales. Perdió todos los anillos menos la argolla de matrimonio. - Pinches ratas, ya mero me sacan los dientes. No tiene recuerdos de la noche anterior. Confundido se tira sobre la raquítica cama. Intenta dormir nuevamente mas la resequedad del paladar y el dolor de cabeza no se lo permiten. Busca entre su ropa un cigarro. - Eso no se hace, cabrones. No me dejaron ni un tabaco. Se arrodilla y levanta la cobija, mira debajo buscando colillas, pero la oscuridad no le deja ver mucho. Con las manos tienta el piso y no tiene suerte, solo hay basura. Aturdido se queda sentado en el suelo. - ¡Tengo sed¡ Se da cuenta de que hay cucarachas, le caminan por las manos y los pies. Se sacude y sube al camastro. Alcanza la raída cobija y se la echa encima. Tiene frío. - ¿Qué pasó ojetes? Denme un traguito de lo que sea, no hay que ser.


Lo alarman los temblores de la fiebre. Los dedos se le engurruñan. Y solo ve en sus orines la única oportunidad. Baja la cremallera del pantalón y saca su pene, y con las manos torpes sacude el miembro con frustración. - ¡Puta madre, no tengo ni una meada¡ Se queda aletargado con los ojos abiertos mirando a ninguna parte. Lo despabila la puerta que se abre lentamente. Un hombre entra sin decir palabra, la luz se enciende y lo deslumbra. Ahora con su entorno iluminado observa el cuarto, pintarrajeado y sucio. Se ríe seguro de que si él hubiera tenido un plumón, habría dejado un recuerdo de su estancia en el lugar. Se descubre algunos rasguños en el antebrazo izquierdo y menea la cabeza esbozando una maliciosa sonrisa. - Pinches viejas. Con esa misma sonrisa mira al recién llegado, le cierra el ojo buscando una aprobación cómplice. Se lame sus labios blancuzcos para retirar las costras de saliva seca. - Qué bueno que vino, licenciado. Da por sentado que es el abogado que le envía su esposa. Viste un traje gris, zapatos negros, corbata dorada con camisa azul claro. Y lleva portafolios. - Dígale a mi vieja que me preste pa´ la fianza. Cuando llegue a la casa le pago. Se lo juro. Por sus honorarios ni se preocupe mi Lic yo no me doy por mal servido. Pero sáqueme de aquí, rapidito. Necesito un alcoholazo de volada. - ¿Sabe usted por qué está aquí? - ¿Qué pasó, mi Lic? El borracho soy yo. - ¿Sabe o no? El tono grave del tipo lo pone nervioso. Nada pudo pasar después de ayer que cerró la carnicería a media tarde. Sacude la cabeza mientras saca la lengua amoratada y pastosa en señal de desesperación. - No me friegue con preguntas capciosas, licenciado. Me duele harto la cholla y estoy más seco que un desierto. La mirada fija y sin emociones del hombre lo asustan.


Entonces trata de recordar. Sabe que se le habían pasado las copas como siempre. Empezó a tomar desde la mañana, primero cerveza y luego tequila. Pero eso era normal los viernes. - Mire licenciado, no sé que le dijo mi vieja, pero no le haga caso, está loca. La Malena es bien celosa, siempre inventa. La actitud lejana del tipo lo desquicia. Imagina lo peor. Tiene miedo de mencionarlo siquiera. Malena le advirtió que si le descubría alguna amante, lo dejaba en la calle. - ¡Pos dígale a esa pendeja que no le voy a dar el divorcio¡ ¡No me importa los chismes que le contaron¡ Primero me lo comprueba El silencio del abogado le lastimó. Todo era de ella, la casa, el negocio, las cuentas bancarias, todo. La garganta le cala más que un papel de lija, la lengua reseca se le pega al paladar. Mataría por un trago. - Fue esa pinche Irma ¿verdad? Me amenazó con decirle todo a mi vieja, pero ora sí le pongo en su madre... El portafolios cae sobre la cama de un golpe. El licenciado se sienta a la orilla de la desvencijada cama. - Tiene que contármelo todo para poder ayudarlo. - Y qué dijo, me agarré a mi tarugo ¿no? Ya le dije que no le doy el divorcio. Nada más eso me faltaba, que por un chisme... Resuelto se vuelve a su sitio en la cama. No va a ceder ni una parte del capital así como así. Primero quiere poner las cosas en claro antes de decir nada. - A ver ¿por qué me tienen aquí? ¿Por qué estoy aislado? - Por su seguridad, señor. Se llena de extrañeza. Nunca antes lo separaron de los demás. Ese hombre trajeado lo saca de sus casillas. - Mejor lárguese. Yo consigo mi propio abogado. - Yo soy su abogado. Su rostro palidece y guarda silencio. - Usted es quien debe decirme lo que pasó esa noche en su local señor. Sólo así puedo ayudarlo.


Ese tipo pregunta por algún suceso en particular. Algo que él ignora, que no sabe. Su semblante descompuesto refleja que de verdad no entiende nada. - ¿Bebió mucho el viernes pasado? La pregunta tiene un tinte de compasión, de pena. Ese hombre le tiene lástima por alguna razón. Pero insinúa algo terrible. - Me tomé lo de siempre, y esperé que mi compadre pasara por mí para irnos a la cantina. Todos los viernes jugamos dominó con otros cuates. - Entonces no se acuerda. - ¡Acordarme de qué, con una chingada¡ De pronto el estómago se le revuelve y vomita sobre los zapatos del abogado. La sed se convierte en un verdugo. El pulso en la cabeza se vuelve un tambor. - Mató a su esposa. Esa frase no le dice nada. Su memoria está en blanco. - Lo encontraron dormido junto al cadáver. Le dio muerte con un cuchillo y le sacó las vísceras. Después la colgó de un arnés junto a las reses. Todo lo que se dice ahí no le es familiar. Se da cuenta por primera vez de qué las manchas de su ropa son de sangre seca. La lengua se le pega al paladar. Y enmudece. Mientras mira obsesivo una gota de sudor que corre por el rostro del abogado.


VEN ÁCERCATE Humberto Pérez Ven, acércate. Tiéntale aquí. ¿Verdad que está bien blandito? Anda, así, recárgate. No estés tan nerviosa. No te preocupes, él me dijo que regresaba temprano. ¡Claro que estaba preocupado por ti! Tú y yo sabemos cómo te quiere; por eso me ofrecí a cuidarte. Le prometí que no te quitaría el ojo de encima. Tú conoces como es la cosa con los desconocidos: te ven sola y se aprovechan. Por eso únicamente se debe confiar en los cuates. Sólo los amigos se preocupan por uno. Y para mí tu Mariano es sagrado. Es de esas personas que desde que las ves estás seguro que son derechas: cien por ciento transparentes. ¿Qué?, ¿Quieres poner musiquita? Acércate uno de esos discos. No, esos no, los otros, los de amor. Mariano es una persona honrada y recta. Un poco ingenuo, pero preferible eso a que sea abusivo, ¿no? ¿Quieres hablar por teléfono? Mejor espérate. Si le hablas no lo vas a encontrar, ya te dije que llega al rato. ¿Por qué mientras esperamos no te arreglas? Te ves tan chula con los labios pintados de rojo. Como que te da más personalidad. Mariano dice que así se te quita lo infantil y tomas un aire de princesa. Anda, cúmpleme esa, como si fuera el último deseo de un hombre condenado a la cruz. Yo te ayudo. Así, ya te ves más linda. ¿Y ahora qué? ¿Otra vez? ¿Qué te he estado diciendo toda la noche? No te preocupes por eso. Es mi cuate, yo lo conozco, seguro que no le da mucha importancia. Mira que tienes unos ojos bien bonitos; preciosos cuando no tienen lágrimas. Déjame secarlos. Tranquila. Olvídate de remordimientos. Eres sólo una mujercita, que ante el menor ruido se acongoja. No te preocupes, Dios quiso que para todas aquellas personas que no tienen cómo protegerse en este mundo triste y deshumano existan hombres como yo. Ya verás cuando llegue Mariano, tú le vas a explicar lo que pasó y si es necesario yo le digo que eres el alma más frágil sobre el planeta. Además, él ya sabe que eso es parte de la


naturaleza de todas las mujeres, porque a fin de cuentas ustedes fueron las que se dejaron convencer por la serpiente y dieron al traste con las vacaciones y la fiesta. Ustedes sólo necesitan un cuerpo caliente y fuerte que las tome de la mano y les indique el camino. ¿Oyes? Debe ser él. No, ni te levantes, ahorita sube. Mientras, acércate un poquito más. Eso. ¿Sabes?, me recuerdas a mi prima. Ella y yo nos hacíamos los tontitos y cómo que no oíamos cuando los tíos decían en broma que hacíamos una pareja muy bonita. Nos teníamos mucho cariño, y nos íbamos de la mano y nos besábamos y nos tocábamos y ellos pensaban que era simple afecto fraternal. Pero acuérdate que todos salimos de una misma mujer, así que a fin de cuentas todos somos hermanos y no importa eso de la sangre y de la familia. ¿Escuchas? Ya sube las escaleras. Otra vez estás temblando. Tranquilízate, te estás poniendo bien fría. ¡Cuidado que ya me manchaste el pantalón! Y con lo difícil que es quitar esto. Perdón, no quise gritarte, pero fíjate en lo que haces. Ya casi está aquí tu esposo. Sabes que lo quiero más que a un hermano. Se ha portado tan bien conmigo. ¿Estás cansada? Mejor tápate y duerme que yo te cuento el resto. Él va a entrar y lo primero que notará será el olor. No el tuyo, ni el mío, sino el olor de lo que hemos hecho juntos. Pero eso no es nada comparado con lo que sentirá al vernos aquí. A ti y a mí. Pero un verdadero amigo siempre te desea la mayor felicidad aun a costa de la suya. Y Mariano sabe que lo que yo quería más que nada en la vida era a ti. Por eso le voy a estar agradecido siempre. Sssh. Ya entra. ¿Escuchas cómo empuja la puerta? Ojalá no te extrañe mucho. Sé que va a sufrir. Pero por eso es importante eso del espíritu. Lástima que sospecho que el suyo no es muy fuerte. En cambio el mío soporta todo. Pero no importa lo que pase, yo voy a estar cerca para ayudarlo a levantarse. Y ahora que ya te has ido a alcanzar a tu mamita al cielo él me va a necesitar bastante. Pero ojalá no se aloque demasiado porque entonces te lo mando inmediatamente.


¿Pura ficción? Ana Emilia Felker Puedo percibir a una niña linda a grandes distancias, incluso cuando me distraigo por el hambre o porque se viene la lluvia. Con los años de experiencia puedo sentir sus movimientos: lo lindas, cuando enredan sus cabellos en el dedo índice; cuando deslizan la palma de la mano desde la frente, por el cráneo prefecto, revisando que el viento no estropee sus peinados; cuando caminan en línea recta, un pie frente al otro sin perder el equilibrio. Lo niñas: por esa fijación con sus labios, al mordérselos, al mostrarlos como su estandarte. Se vuelven constantemente hacia atrás temiendo el peligro. Al principio lo hacen con sutileza mas cuando escuchan los pasos y un gargajo formarse, aceleran el paso y cambian de acera si es necesario. Sin discreción. Siempre acomodan sus faldas y jalan sus blusas procurando no mostrar la carne, guardando su belleza para los hombres atractivos, los de su clase. A veces sus ojos se escapan de la pequeña franja por la que ven y aparecemos ante ellas, aparezco, como un hombre del submundo, al que desdibuja la adversidad, sucio por la vida. Ellas les temen a los hombres de estos rumbos. Aceleran el tiempo en sus rostros por parecer más fuertes en las calles difíciles. Resaltan sus ojos haciéndolos más profundos, oscuros, negros. Y sus bocas: esos labios brillantes enmarcando los dientes grandes y buenos. Sus bocas maliciosas, malicia que probablemente ignoran. De esta manera ellas transitan: delante y frente a mí, del otro lado de la acera junto a mi y se me ofrecen con temor, con el ritual de movimientos que no saben público. Intento acercarme, hacer mi parte dentro del coqueteo y estas muchachas olvidan sus primeras insinuaciones, me culpan. Huyen.


Las primeras veces, los rechazos me llenaron de enojo y de sed, no de venganza sino de aceptación. Con los años de su ausencia en mis brazos o de su lejanía, el que no me dejaran ayudar a acomodar sus faldas o a morder sus labios, me enfadó cada vez más. Todos los del barrio, sombras como yo, podían tenerlas y se escuchaban los gritos viniendo de todos los rumbos sin procedencia. Yo pertenecía a las sombras, tenía que unirme a ellos, las niñas lo reclamaban. Entonces busqué a una, nada más quería a una, solamente a una. Para encontrarla, las observé más minuciosamente que antes, escudriñé aún más los detalles de sus cuerpos. Analicé sus rutinas: podían pasar dos o tres veces por mi territorio en una tarde. Hay noches en las que me siento mal porque las calles son hoyos negros, se respira un silencio tétrico y muchas muchachas, tienen que cruzarlas y vivirlas así por sus horarios en el hospital, en el bar, en la esquina. No quería mortificarlas más en este tramo, si el sólo maullar repentino de los gatos, las sobresaltaba al grado de correr a una parte más civilizada. A unas cuatro cuadras una zona contrastante con estos callejones. Cuando las veía escapar y sentía la posibilidad perdida, me dedicaba a vagar. Arrastrar mis pies junto a muros grafiteados con calacas, miles de "¡Puto!" y más formas de nuestro lenguaje. Así no es la ciudad para los trajeados, para los licenciados, en general no es así para los atractivos. Ellos no tienen que forcejear para obtener, hacen uso de estrategias : las palancas. Y si por el tráfico o una manifestación, el lic. tiene que pasar por El barrio como un atajo para llegar a su mansión, cierra las ventanas y los seguros de su lujosísimo coche; casi podría jurar que cierra los ojos y pisa el acelerador por no arriesgar pero también para no crear conciencia de lo que acumula y arrebatan a otros. Creo en el destino, la vida te empuja al lugar que te reclama y te lleva ahí por más que esquives las trampas. Como dicen


, "ya estaba escrito...” No le deseo mal a nadie, los caminos y las divergencias me llevaron a encontrarme con ella. La elegida para hacerme justicia. Y todo se me presentó para que la tomara, por primera vez tenía un objetivo claro, la posibilidad de acertar o equivocarme. Las niñas lindas se ven más hermosas durante el día, cuando no están asustadas porque la luz del sol les garantiza la mínima cantidad de seguridad. Las observaba a estas horas cuando no son tan provocativas. Sólo las contemplaba preparándome para el momento preciso. En uno de mis recorridos diurnos fue cuando la vi, quitando una cartulina del bar Los Pachucos << Se busca muchacha activa y honesta>>. Tenía las piernas más blancas y delgadas que había visto en mucho tiempo. Venía del exterior, seguramente se acababa de mudar ya que no conocía los códigos ni intuía el peligro como las demás. Tampoco cumplía con los movimientos del ritual pero tenía otros, tal vez característicos de sus viejos rumbos. No hacía falta que se insinuara demasiado, todos entendimos que la queríamos. Ellos deseaban escuchar los gritos opacados por sus órdenes. Todos la queríamos bajo uno , sólo uno, de nuestros cuerpos. Inició una competencia de instintos de sombras. ¿quién sería capaz de arrebatarle todo, callar sus gritos y ser el más hombre? Los demás hombres del bario siempre fueron más fuertes que yo por lo que otra vez la injusticia enervaba mi fuerza, mi convicción para cumplir propósitos. Aunque cada vezque la veía salir de aquel bar, mi hombría se afirmaba y estaba convencido a ser el ganador. ¿Cómo vencerlos? ¿Con qué podría sustituir la fuerza faltante? Pensé de nuevo en los hombres de los coches, los licenciados. En sus estrategias . Esto me llevo a advertirle del peligro que corría. Antes de dirigirme a ella tuve que rociar mi cara con agua de una fuente, tratando de lograr que me escuchara antes de acelerar el paso y cerrar la mente. Ella se sintió ofendida, corrió y cerró el suéter. Ahora


al salir del trabajo, no daba dos pasos sin volverse atrás, vigilando, cuidándose principalmente de mí. Pero no abandonaba sus faldas, yo me moría de ganas, sus piernas me guiaban. Las sombras de los hombres acordaron que ya había estado bueno de contemplación, que había llegado el momento decisivo. Alguna sombra reinaría esa noche. Mi desesperación era tanta, no quería que la tocaran, no quería que desperdiciaran su blancura para luego dejarla tirada en el callejón, junto a las demás. La vida no es justa y era mi turno. Mi turno para arrebatar. El día comenzaba, me quedaba poco tiempo para definir la estrategia. Caminé hacia el bar. Perdido en quien yo era. Caminé acusando y agradeciendo. Supe que tenía que actuar mientras los demás planeaban. . Tenía que hacerlo de día aun cuando me perecía un crimen infringir las reglas de la naturaleza. Porque de día ellas son niñas y de noche son nuestras. Esperé horas frente al bar. Salió por un mandado aun sabiendo que yo estaba ahí: listo, dispuesto. Apresuró el pasó, trato de perderme por atajos, acorralándose en el lugar más desolado. Nadie me detenía, como siempre, no había nadie para cuidarlas. Los nervios la traicionaban, lo dejaba todo a mi conciencia. Mientras la perseguía, no lograba siquiera verla, una serie de recuerdos y pensamientos nublaban la calle. Sí, yo fui el que consiguió su cuerpo, sentí los gritos ahogados por mi hedor, sentí su arrepentimiento, sentí su cuerpo, conseguí su cuerpo. Luego, cuando más la estaba amando la sentí abandonar su cuerpo. Después recordé el callejón donde todas las demás niñas lindas yacían. Arrastrándola, arrastrándome a mi mismo, dejando un rastro por los pedazos que caían de mí, la Abandoné.


AMITOSIS PERFECTA Augusto Frontán Hace más de un año que no recibo tus cartas. Podría parecer preocupado pero es que una cadena me une a ti más fuerte que la ordinaria simpatía fraternal: gemelos: nacidos del mismo parto, a la misma hora, con muy pocos minutos de diferencia. Tú fuiste el hermano mayor y el primogénito, y el más amado. Un día fuimos a la playa cuando teníamos nueve años. Te enojaste conmigo porque solté tu mano cuando aterrorizado gritaste mi nombre. Desde ese día tus labios se cerraron para nosotros. Te fuiste a caminar bordeando la playa asido a la mano de la brisa, a dejar tus huellas efímeras sobre la arena. La nostalgia me embargó en tu ausencia. Comencé a decir que tú me hablabas desde debajo de la cama y que pequeños duendes por las noches me picaban la espalda con sus trinches. Han pasado quince años de eso. Ya he dejado de imaginar cosas. Papá murió a mediados de año. Estabas lejos y pensé que merecías saberlo. Busqué entre mis libros la carta que tenía guardada: aquella que escribiste y que al final decía: "Espero que estés mejor, hermano. Saludos a todos. Nos veremos pronto". El remitente: Bulevar de la Luz 213, Ciudad Córdoba. Dos horas después abordé el autobús camino a ti. El viaje duró dos días. En la estación comenzaría a preguntar por el Bulevar pero, sin saber a quién acudir primero, acertó a adivinar mi necesidad un hombre que, súbitamente, me cerró el paso; lo miré con igual precaución con que debe mirarse a un hombre de pueblo. Me habló con esa voz de alguien que acaba de sacudirse el sueño. Dijo que al bulevar podía llegar a pie; me indicó en un mapa que dibujó en una hoja de papel la manera de orientarme; y se esfumó.


Caminé hasta llegar a una avenida poco transitada donde en la esquina se leía, ya con letras imprecisas: Bulevar de la Luz. Sobre las dos aceras, a uno y otro extremo de la avenida, se alzaban altos los cipreses que dejaban pasar escasa luz del mismo modo que si estuvieran resguardando un secreto. Caminé bastante y al fin llegué al 213. La entrada no era un gran portal sino, más bien, parecía la entrada a una cochera. Llamé al timbre y una voz amable de mujer respondió por el interfono. Mencioné que iba en tu búsqueda y mencioné tu nombre y, sin más explicaciones, abrió la puerta. Del otro lado, el portal ocultaba un jardín viejo y descuidado. La casa de madera al fondo parecía llamarme con el negro ahumado de sus ventanas, como tratándose de la casa única en medio del bosque a la que hay que entrar para obtener refugio. Las enredaderas se habían apoderado en un abrazo de los muros interiores y de un par de eucaliptos que crecían muy cerca del portal. El pasto me llegaba a las rodillas. Pensé que te encontraría enfermo; no había otra razón para tal descuido. Una ardilla negra pasó frente a mí surcando el pasto en su carrera. Detrás de cada hoja verde había una sombra y sólo escuchaba el tenue ulular del viento entre las ramas de los eucaliptos. Me invadió el temor como nunca antes en una hora de vigilia, como si el tigre de mis sueños hubiera salido de mi cabeza para acecharme entre aquél pasto espigado. Corrí hacia el refugio: la puerta de caoba antigua entornada como una boca negra y misteriosa. En el umbral, detuvo mi carrera una joven esbelta. Pareció sorprendida al verme llegar tan agitado. Al mirar mis ojos sonrió con dulzura. Su aspecto era un alivio a la multitud de sombras que había dejado atrás. La joven me invitó a entrar y enseguida se disculpó por la obscuridad que invadía el hogar. La noche anterior había soplado el viento y unos cables de luz fueron dañados; tardarían unos días en repararlos. Luego encendió una vela y me invitó a tomar


asiento en un sofá de la sala. Cuando pregunté por ti, ella sonrió divertida como en un juego. "No lo he visto desde hace un tiempo; más de un año. He sido paciente al esperar tanto, ¿sabe? Así que es usted su hermano." La joven me explicó quién era y que tú eras un amigo muy cercano a ella y de una habitación reservada para tus visitas. "Pero es extraño. Antes de partir mencionó que iría a visitarlo." "No. Eso no es posible. Jamás ha ido a verme. Escribe pero tampoco he sabido nada de él desde hace... Papá murió; por eso es que vine a buscarlo." En la obscuridad, la mirada de la joven se tornó a una mezcla de incertidumbre y suspicacia, casi incredulidad. "Se parecen mucho ustedes dos." Comentó con desconcierto. Era tarde. No tenía el ánimo de ir en busca de algún hotel en la ciudad. Ella ofreció alojarme en tu habitación y acepté. La joven cerró la puerta y me quedé solo en tu recámara, con tres velas y una caja de cerillos. Afuera, en el jardín, la noche había caído. Corrí las cortinas para evitar aquella visión de pesadilla. Encendí una vela. Reconocí con la vista tu habitación: una cama y un buró y la ventana hacia el jardín a mi espalda. Aproveché para buscar cosas en tus cajones; quería conocer los recuerdos que guardarías en ellos. Había fotos tuyas de cuando éramos niños pero no había fotos mías. De haberlas encontrado habría sido significativo para mí; ese lazo de similitud, casi metafísica, que nos unía era algo más que afecto fraternal. Sobre el buró había una hoja de papel donde trazaste unas palabras y mi nombre: una carta inconclusa: la prueba de que aún pensabas en mí. Tras aquél descubrimiento fui a tu cama a recostarme. Recordé cuando éramos niños y nos


bañábamos juntos: la curiosidad que sentíamos ante la similitud de nuestros cuerpos, y cada detalle idéntico: el tamaño de nuestras manos, la textura de nuestras pieles, y la inquietante simetría de nuestras sonrisas. Un día fuimos a la playa. Nuestros cabellos fueron despeinados por la salada brisa. Jugábamos a montar olas, cada vez más hondo. Papá nos advirtió que no fuéramos muy hondo pero tú... Dos golpes sobre la puerta de madera interrumpieron mi ensueño. Debía ser tarde porque la vela sobre el buró yacía extinta. Era ella, joven, vestida con una bata de dormir ligera; su cuerpo inquieto dibujado bajo aquella delgada tela. Se abrazó a mí. Conocí lo que buscaba. Con ambas manos la tomé de la cintura y la llevé a tu cama. Recordé cómo tú y yo jugábamos de niños a tener la misma novia, cómo besábamos a escondidas a la misma niña. Me hubiera gustado que estuvieras conmigo para probar a la misma mujer; aunque, probablemente, yo aferraba a una que tú ya habías conocido muchas veces entre tus brazos. Ese pensamiento me daba seguridad. Así sentía que de algún modo me acompañabas, que estabas ahí conmigo besando la misma boca y uniéndonos al mismo cuerpo. Cuando amaneció, ella seguía a mi lado. Me levanté con cuidado para no despertarla. Fui a la ventana y miré el pasto y las enredaderas. Recordé que estarías lejos, rumbo a casa; quizá hubimos cruzado nuestros caminos sin darnos cuenta. Quería verte y conversar contigo: platicar lo sucedido y de nosotros. "Esta vez me hiciste dudar; lo admito." Dijo ella, observándome con atención desde la almohada. "Quizá debamos jugar a esto más seguido, con tal de que la próxima vez no tardes tanto en volver. Al principio sí llegué a creer que eras tu hermano, pero bien algo me decía que eras tú, que habías regresado al fin." A ese comentario respondí con el silencio.


CONTRA EL DOLOR:UNA PASTILLA AMARILLA Itzel Lara Camina uno, dos tres pasos alrededor de la cocina antes de ir a verlo a su cuarto. "Tengo que calmarme" se dice a sí misma para no empeorar la situación. De la alacena saca un vaso, lo llena con agua y desde la bolsa de su falda, una pastilla se dirige a su boca. Se tranquiliza Atraviesa la sala, patea los tenis llenos de lodo, apaga el televisor, respira hondamente, toca a la puerta una, dos, tres veces. Abre Pancho, vamos a platicar. Ya hemos pasado por esto, no me hagas ir a buscar la llave. Silencio. ¡Carajo Francisco!, ¡Apaga ese maldito estereo!. ¡Si no me abres te voy a dejar encerrado ahí los tres días que te expulsaron!. ¡Pancho, sal! Mira, si abres ahorita, tal vez hasta pase por alto que me agarraste dinero de los ahorros. ¡Abre hijo del demonio o tiro la puerta! Rita desesperada da media vuelta. Revuelve una, dos, tres veces cada uno de los cajones de su ropero, busca entre sus suéteres, entre sus faldas, en las bolsas de mano, debajo de su cama. Agotada, regresa a la cocina, llena de nuevo un vaso con agua, otra pastilla amarilla aparece en su mano y se pierde en su boca. Arrastra con trabajos la caja de herramientas y toma un martillo entre sus dedos. Rita respirando una tranquilidad amarilla, camina despacio, deteniéndose ante la puerta para calcular la distancia e intensidad del golpe en la chapa. Deducida la operación, azota el martillo contra el metal y la madera una, dos, tres veces. Abre la puerta. Cuida sus pisadas y llega hasta el radio, lo apaga. Acomoda un poco los libros, dobla los pantalones de mezclilla y echa en el bote de la ropa sucia los calzoncillos.


-No deberías de ser tan rebelde. Coloca una sábana. -Mira que ya no soy tan joven y tú debes de... Acomoda las cobijas. -...sentar cabeza. Vamos, yo sé que ha sido un poco difícil. Tiende la colcha azul marino y voltea para uno y otro lado. -¿No has visto la almohada? ¡Ah sí, aquí está! La pone en la cama. -Pancho, yo sé que estamos solos y, a lo mejor a veces te he hecho sentir que es tu obligación estar a cargo de la casa, algo así como.. Se sienta y lo mira con ternura. -... el padre de familia, pero no, no te preocupes, estás muy chico, yo lo sé. Contiene el llanto y aprieta entre sus manos el pañuelo una, dos, tres veces antes de ir a abrazarlo -Yo lo sé, yo lo sé mi niño. ¿Cuántos años tienes? Dieciséis, diecisietes. Diecisiete ¿verdad? Pero... no pongas esa cara, anímate mira. Acerca una silla, se sube a ella, lo sostiene de las piernas y le quita la cuerda. -Ven con mamá. Lo aprieta entre sus brazos. -Vamos a estar bien, verás como todo va a ir cambiando. Lo sienta en el escritorio y lo peina un poco. Le besa la mejilla. -¡Hay mi Pancho! Si en el fondo eres buen hijo, un poco descarriado eso sí, pero ¿quién estando joven no lo ha sido? ¿verdad?. Del ropero saca un suéter y se lo pone encima. -Tápate, hace frío. Te diré que..voy a calentar la comida y verás que todo va a estar bien, todo. Camina en dirección a la cocina mientras agarra uno, dos, tres fósforos de la caja que Pancho dejó en la repisa. Enciende la parrilla. Alza la voz. -Es mas... ¿sabes qué se me acaba de ocurrir?


Coloca la sopa y saca las tortillas. -¿Por qué no vamos a ver a tus primos estos tres días? Yo puedo pedir permiso en el trabajo. El señor Lorenzo me debe un tiempo de ahora que se fue y tuve que trabajar en Semana Santa. ¿Te acuerdas? Arregla la mesa, llena la jarra con agua. -Así, sales a pasera con el Benja, ya ves como te sigue. Sirve una, dos, tres cucharadas de sopa en el plato. Le grita ¿Ya vente Pancho, ya te serví! Quince minutos después, la tercera pastilla amarilla se desvanece en su garganta. -Esta bien hijo, si no quieres comer, no hay problema. Al rato que tengas hambre vienes. ¿Oíste? Camina hacia el teléfono. -Bueno si ¿señor Lorenzo?. Soy Rita, sí, ya sé es que... tuve que ir por Francisco a la escuela. Otra suspensión. Sí, ya sé que son días muy ocupados, pero verá, yo creo que mi Pancho y yo necesitamos... como le diré... acercarnos mas y lo quiero llevar con mi hermana. Muchísimas gracias. El lunes a primera hora. Se dirige titubeante al cuarto. -Pancho, mi jefe aceptó darme el fin de semana. Prepara tus cosas hijo, nos vamos en la noche. ¿Por qué no dices nada?¿sigues enojado conmigo? Ya te expliqué que todo ira mejor. Ándale, yo te ayudo. Abre el ropero, coloca la maleta en la cama y poco a poco va acomodando una, dos, tres prendas de ropa. -Esta bien si no me quieres hablar ahorita, en el coche tendremos mucho tiempo. Yo voy a prepararme y cuando vayamos a irnos, te toco la puerta. Le besa la frente. -Estás muy frío Pancho. Le pone una gorra. Horas después, con maleta en mano, vuelve a meterse al cuarto. - Pero si no te has levantado ni para comer ¿qué vamos a


hacer? Haber... dime, no quieres ir con tu tía Isabel ¿verdad? Entonces nos quedaremos aquí en la casa, alquilaré una de esas películas que te gustan y la vemos en la sala, o si estás de ánimos , puedes salir con tus amigos. Al regresar del video, prende el televisor, ve una, dos, tres películas antes de quedarse dormida. El frasco de pastillas se va quedando mas vacío y al abrir los ojos ya llego "el lunes a primera hora, gracias". En la mañana del Lunes, Rita llevando un traje sastre, una patilla amarilla y una loción barata, se para en la puerta del cuarto de su hijo, se dirige a la ventana, la abre. Rocía una, dos, tres veces un poco de insecticida, le da la bendición a Pancho y se retira a su trabajo. En la mañana del Martes, Rita llevando dos pastillas amarillas en la boca, un pantalón oscuro y una loción barata, se para en la puerta del cuarto de su hijo, se dirige ala ventana, la abre. Rocía una, dos , tres veces un poco de insecticida, un nudo en la garganta la detiene unos instantes, le da la bendición a Pancho y se retira a su trabajo. En la mañana del Miércoles, Rita llevando tres pastillas amarillas en la boca disueltas, un vestido azul y una loción barata, se para en la puerta del cuarto de su hijo, se dirige a la ventana, la abre. Rocía una, dos , tres veces un poco de insecticida. Voltea a ver a Pancho, la mano derecha se desliza por su frente hasta jalar con ansiedad el cabello aún despeinado y mordiendo la otra mano para no grita, le da la bendición a Pancho y se retira a su trabajo. El Jueves, Rita, portando el mismo vestido azul, con más de seis pastillas amarillas deshaciéndose en su propia saliva y con una loción barata, se para en la puerta del cuarto de su hijo, se dirige a la ventana, la abre. Rocía una, dos, tres veces un poco de insecticida, abraza a Francisco. Desesperada grita mientras se rasguña. Le da la bendición a Pancho y se retira a su trabajo. Por la mañana del Viernes, el DDT ya no sirve, ahora tiene que aplicar "medidas extremas" y pisar con cuidado


debido a las ratoneras. Le suplica, le llora para que le devuelva el habla. Acto seguido, toma un poco de su maquillaje y se lo pone en el rostro, últimamente su hijo ha adquirido un tono de piel casi verdoso. Una máscara perfecta que le pinta una sonrisa color carmín es colocada en los labios de Pancho y luego en los de ella, por último, una loción completa es vaciada en el ahora dilatado cuerpo que al recibirla es testigo de un retorcido movimiento por parte de los diminutos inquilinos que han aparecido. Bendice a Pancho y después de rezar uno, dos, tres padres nuestros, le dice que ya se va a su trabajo. Camina uno, dos tres pasos alrededor de la cocina antes de ir a verlo a su cuarto. "Tengo que calmarme" se dice a sí misma para no empeorar la situación. De la alacena saca un vaso, lo llena con agua y desde la bolsa de su falda, nueve pastillas amarillas se dirigen a su boca. Se tranquiliza. Entra, se para frente a Pancho, le quita uno, dos, tres gusanos. En la manola borla con maquillaje que se incrusta en el rostro de su hijo, coloca una vez mas la mascara que cada día le cuesta más trabajo hacer perdurar. Rita, transpirando una tranquilidad amarilla, se sienta a su lado, lee en voz alta una, dos, tres paginas de un libro, ha renunciado a su trabajo y se ha mudado al cuarto de Francisco. Ahora que tiene todo el tiempo del mundo, lo pasará al lado de su hijo para que cuando Pancho se decida a perdonarla, ella este ahí para escuchar sus palabras.


ES POSIBLE CONGELAR EL TIEMPO Camila Villegas Es posible congelar el tiempo. Lo supe ese mes de agosto cuando todo el asfalto de nuestra calle se levantó y la temperatura la obligó a buscarme en mi negocio más veces que los veranos anteriores. Cuando la conocí lo supo aunque sólo como un presentimiento, el vestido azul dejaba descubiertos sus hombros, parte de su espalda, era el que más me gustaba. Se lo dije, pero eso la puso nerviosa. Después de nuestro primer intercambio no regresó más pero hay cosas que son inevitables y el calor la obligó a aceptar el ritual que presenciaban las cajas de cartón apiladas una encima de la otra, como imitando eso que no podían ver ni contar. Su lengua, inexperta al principio, ganó agilidad con cada visita, mis manos abarcaban sus pechos y rozaba con los pulgares sus axilas, los veranos me parecían demasiado cortos pero la espera, el resto del año, nos salvaba de la rutina. Esas últimas vacaciones, debajo del algodón azul noté las primeras voluptuosidades de la edad, tal vez fue más evidente porque llevaba el cabello atado sobre la nuca con un listón amarillo, le anuncié que estaba por cerrar. -Mañana ven más temprano. Salí a caminar. El pueblo estaba desierto, la gente se refugiaba a la sombra porque más de 20 metros eran intolerables. Mi sudor frío se confundía con otras transpiraciones y me dirigí hasta el parque, quería sentarme al lado de la fuente, debajo de un árbol. Encontré todo vacío, ni una sola niña jugando en los columpios solamente una pareja besándose en una banca. El muchacho acariciaba torpemente el cabello de su compañera y un tirón hizo que cayera al pasto un trozo de tela amarillo. Era ella. Ella. Me recargué en uno de los postes.


"Si no la hubiera corrido". Casi 40 grados me complicaron las cosas pero la sinvergüenza volteó la cara y supe entonces que me había confundido. Fue demasiado tarde, no podía ser más que un presagio. Me senté en la banca un momento pero la mezclilla se adhería a mi entrepierna calentándome artificialmente, así que regresé. Apareció al siguiente día con una blusa blanca casi transparente, más temprano como le había dicho. Su sonrisa era la misma pero yo sabía que el tiempo la perseguía para devorarla y el vestido azul y el parque me lo habían confirmado. Sudaba. Me pidió que la llevara a un lugar frío, casi nunca hablaba pero ese verano nos exigía cosas que en otras circunstancias no se daban. Abrí la puerta trasera y me abofeteó el vapor helado que exhalaban los trozos de carne congelada, entonces comprendí que había una sola forma de rescatarla.


LA HISTORIA DE MI TRIUNFO Sergio Loo ¡Qué nervios! Tengo ganas de hacer pipí ¿voy ahorita o al rato? No, mejor al rato, porque que tal si me llaman y yo estoy en el baño. El recibidor está muy bonito, se nota que la Sra. González tiene muy buen gusto. Ay, ojalá me dé el trabajo. Tengo muchas deudas y ya no puedo pedirle más a mis amigos. Este comercial será mi salto a la fama, lo sé, es mío este empleo, mi corazón me lo dice. Voy a ser famosa, me envidiarán todas mis amigas, me contratarán luego en la tele, igual y hasta grabo un disco. Sí, tengo mucha fe en que me va a ir bien. -¿Señorita Muñoz? -Sí, soy yo. -La señora González la espera. -Gracias Entré muy segura de mí misma ¡ánimo! -Me dije- y, con una cadencia deslumbrante, entré. La Señora González quedó sorprendida con mi porte, lo sé, es una de esas cosas que mi instinto me dice. -¿Señorita Muñoz? -Sí, dígame -dije muy sensualmente- ¿en qué le puedo servir? La Señora González me miró un poco extrañada ¿habré hecho mal en hablarle tan bonito? No, tengo que demostrarle que yo soy sensual hasta para ir al baño. Mi vejiga me está matando. -Bien, he visto su curriculum y sus fotos, parece que nos puede servir. -¿Ah sí? -dije, con mi mejor imitación de Lolita - y... ¿qué le parece? -Bien. -¿Bien? ¿nada más bien? Ella me miró algo molesta. Creo que ahora sí metí la pata. Ay, qué nervios. Tengo muchas ganas de ir al baño ¿le


pido permiso? No, que impropio sería, no, resistiré. -Necesito que te desnudes -¿Perdón? -Necesito que te desnudes para hacerte la última revisión -Pero... -¿Quieres el empleo? -Sí, con toda mi alma, pero... -Desnúdate. Si quieres yo también lo haré, para que no te de pena -Ay no, cómo cree. Al momento se comenzó a desnudar. La Sra. era un poco bajita y obesa. No dejó de mirarme mientras se desnudaba esperando que yo hiciera lo mismo. Me dio más nervios y con los nervios más ganas de hacer pipí. Si tan sólo hubiera una forma de... ¡ya está desnuda y yo aún sentadota! Me desnudé rápido, como si de ello dependiera mi vida, por poco y me caigo cuando me quité los pantalones. Ella estaba un poco harta, estaba sentada en la alfombra, con la cara entre las manos observándome con tedio. Yo me apuré aún más. -Déjate los zapatos. -¿Perdón? -Oye niña, no tengo tu tiempo. Y se acostó boca arriba, tendida, como si tomara el sol. Sus carnes se derramaban a su alrededor y sus senos se iban al mismo extremo. -Siéntate en mi boca. -Per... sí, sí señora. -Ahora... méame. No supe qué hacer al principio, pensé que era una mala broma, pero con la cara malhumorada de la señora, vista entre mis piernas, me indicaban que no. Pronto, poco a poco comencé a soltar unas gotitas. Ella las atrapó con la boca y comenzó a acariciar mi vagina con su lengua de sapo. No me pude contener, tenía muchas ganas y,


entonces, se me salió toda la pipí en un chorro enorme, mi vejiga explotó, como una fuga. Ella se retiró de mi vagina. Yo pensé que le había molestado. -Muge. -¿Perdón? -¡Muge! Y comencé a mugir, como ella me lo ordenó. Mi pipí casi se terminaba. Eso me preocupo por un momento, porque no había forma de dar más si ella me lo llegaba a pedir, pero por suerte no sucedió. Cuando terminé de hacer pipí. Ella se tocó su vagina muy feo, se masturbaba; se veía muy feo ¡parecía que se quería arrancar los labios! -¿Qué me ves niña, sigue mugiendo! Sí señora, lo que usted diga. ¡Mu, Mu, Mu, Muuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuu! -¡Aaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaah! ¡haaaaaaa! ¡haaaaaaaaaa! Bien niña, puedes quitar tus nalgas de mi cara. -Sí señora. -Ahora escúchame. Conseguiste el empleo. Felicidades. La sesión de fotografía es el lunes próximo a las cuatro de la tarde, pero llega desde las dos. -Sí señora. -Y no olvides tomar mucha agua.


SAD SONG Iván Cruz Piel carmesí en el agua, sangre en la bañera como un eco de voces arribando en oleadas que descuelgan del liso y vertiginoso cuello de Aurora, el cual lame la hoja insípida de acero inoxidable de mi navaja Colt Pony. Esa sensación de gozo al partir en dos al quinto chacra de Aurora con mi Colt Pony, el chacra de la laringe que esta situado en la garganta, se prolonga con renuencia aún y cuando ya he dejado de escribir en mi diario esta fantasía que conmueve mis sentidos y me provoca mentalmente. Quizá, Paul Valéry tuvo razón al manifestar que la experiencia poética es el hilo conductor del autoconocimiento, digo quizá, debido a que ni tengo autoridad para afirmarlo, ni creo ser poeta, ni hago poesía. Si fuera lo uno y por correspondencia hiciera lo otro con gusto afirmaría lo dicho por Valéry, pero me considero más que nada un lector y un insípido aspirante a escritor de poemas, debido a esto cualquier afirmación de mi parte sobre la teoría de Valéry resultaría insustancial. Sin embargo, si mi opinión es requerida, con gusto afirmaré que Valéry está en lo cierto, el conocimiento de uno mismo durante el proceso de creación es definitivo. Para muestra basta un botón, en este caso para muestra basto yo, mi experiencia al intentar escribir poemas me ha hecho reconocer que indudablemente siempre he sido un hombre muy ansioso, de lo cual por sí solo no me lamento, si acaso podría lamentarme que a la par de mi ansiedad soy una persona nerviosa que hace


mar de títulos, me dirijo a la cocina, abro el refrigerador, sólo un trío de tostadas, las tomo, cuando uno esta hambriento tiene que comer lo que haya. Camino a la sala, me aproximo al estéreo marca SONY con sistema de alta fidelidad, capacidad para cinco cd´s, reproductor de cassettes con sonido dolby estéreo, surround, con entradas para audifonos, micrófono, y karaoke, no busco un cd en especial pero encuentro uno que de golpe le cierra la vista a mi pereza, lo acomodo en el receptáculo de cd´s, presiono play. In Berlin by the wall, you were five foot ten inches tall, it was very nice, candlenight and dubonnet on ice, canta con nostalgia Lou Reed, mientas me siento frente al estéreo en el sofá para terminarme mis tostadas. Es tonto, quizá, decir que no sabía de mi ansiedad, nerviosismo y dificultad para diferenciar la realidad de la fantasía con anticipación, porque afirmarlo sería una frase vaga, y el uso de frases vagas es tonto. Supe de mi condición desde antes pero no le tomaba importancia o me sumía en la negación, lo que hizo en mi la experiencia poética fue reconocer sin lugar a dudas estas características de mi personalidad. We were in a small café, you could heard the guitars play, it was very nice, oh honey it was paradise. Lo que no sabía era la magnitud de estos rasgos, en mucho quizá porque nunca me había encontrado en una situación límite que me las mostrara de forma plena. Ahora que, considerarme un insípido escritor de poemas, no es más que una pequeña erupción injustificada de mi ego, más bien soy un escritor de versos libres en una especie de diario, mi diario, y en él escribo los deseos, fantasías, impulsos que tengo anudados en la garganta por no poder decirlos oralmente y que me limito a escribir en una especie de verso libre despreciable no malo, que hace constar los bajos instintos de su creador. Pienso que mi verso libre es despreciable por los temas que tocó pero no malo, por verso malo considero el verso elaborado por quienes carecen de pericia suficiente para


hacer que las palabras se muevan al ritmo de la emoción creadora. En esto, por lo menos yo creo que mi verso cumple en moverse al ritmo de la emoción creadora, y por lo tanto considero que no es malo, además que no escribo para codearme con Neruda o Vallejo o Gorostiza, escribo porque al escribir recupero el vigor que me permite seguir viviendo a pesar de la desesperación, la indiferencia, la soledad, la falta de amor y la traición. Traición. Cuando un sentimiento puede hallar expresión adecuada en palabras, muy posiblemente es una perdida de energía expresarla en cualquier otro medio más tangible, como llorar o enfurecerse. No es necesario, sólo hay que limitarse a decir la palabra, en este caso, mi caso: Traición. Aurora me Traicionó. When she walked on down the street, she was like child staring at her feet, but when she passed the bar, and she heard the music play, she had to go in and sing. Voy a mi habitación, me tiendo en la cama con los ojos abiertos. El sueño es un intermitente murmullo. Otra noche de insomnio terco. Otra noche que se alarga hasta el beso matinal. ¿Qué día es hoy?, ¿qué día ayer?. Abre el nuevo día. Domingo, hoy es domingo, ayer fue sábado y fui a la central de abasto después fui a abrir el changarro, hoy es domingo y no fui. Un sentimiento de culpa bordea la desidia que no me dejó levantarme a las cinco de la mañana para echar la carga e ir a abrir el changarro, desidia que aún ahora a las nueve antes meridiano continua plena en su labor. Men of good fortune, often cause empires to fall while men of poor beginnings, often can´t do anything at all. The rich son waits for his father to die, the poor drink and cry. Me levanto de la cama, tan sólo para no dejar que la desidia se regocije conmigo, llego al tocador encuentro mi navaja Colt Pony en su funda echada como un perro lista para entrar en acción en cuanto su amo lo requiera. No dejo de pensar en Aurora, todo me lleva a Aurora, she wants a man, not just a boy, Lou Reed, mi navaja favorita


me llevan a Aurora, y ella se dejo llevar hasta enamorarse de un pusilánime microbusero de la ruta diecinueve que va de la colonia el Reloj a el metro CU. La ruta diecinueve la cual me llevaba de lunes a viernes de El Reloj, del mercado el Reloj al que hoy no fui para abrir la Jugueria al metro CU donde me bajaba para llegar a la facultad, facultad de Filosofía y Letras a la que ya no asisto, a los treinta años ¿para qué?, si la memoria desatina. She treats me like i´m a fool, but to me she´s still a German queen, yeah, she´s my queen. El mercado el Reloj donde conocí a Aurora, donde ella llegó a pedirme trabajo, tenía cuarenta años que parecían veinte. Cuando nuestros ojos se encontraron, supe que no había marcha atrás y la contraté, nos hicimos novios hasta que Él la conoció en la juguería, yo no hice caso, ella siempre coqueteaba para que vendiéramos más jugos, no me di cuenta hasta que fue muy tarde, ella de pronto no llegó a trabajar un día, luego una semana. Todo en mi vida me lleva a Aurora, toda mi vida es de Aurora, ella absorbió toda mi existencia, mi alma entera. How do you think it feels, when you´re speeding and lonely, come here baby, le vendí mi alma a Aurora por un amor, le vendí mi alma por miedo a no estar solo, le vendí mi alma porque no sabía que tenía una alma. Alma, Alma Delfina la lava trastes de la fonda me dio la nota de Aurora, la cual encuentro pegada en el espejo de mi habitación con un diurex, la nota es concisa: Lo siento, lo nuestro no funciona, tú sabías que sucedería esto, ya te habrán dicho que voy a irme a Oaxaca. bueno ya hablaremos. Te veo a las nueve en tu casa. Te quiero mucho. Adiós. Aurora. Arranco la nota del espejo la arrugo, la meto en mi boca, me la trago, es lo que opino de su nota compasiva, me la trago, me trago su compasión. Tomo mi navaja Colt Pony la desenfundo y la muestro a las cuatro paredes que me miran, mango de caoba pulida con un rostro de puma grabado a pulso por los artesanos de Toledo,


extiendo lentamente la hoja de acero inoxidable la cual guarda volutas carmesíes en la totalidad de sus once centímetros. But she´s not afraid to die. Camino hacia el baño, abro la puerta, un extraño olor enrarece el ambiente, el olor asfixia, miro hacia enfrente, las cortinas de la bañera rojas como el atardecer que llena el horizonte, mis piernas se reblandecen y vibran, mi ansiedad y nerviosismo se yerguen en mí como una sombra, me acerco, corro las cortinas, mis ojos miran: Piel carmesí en el agua, sangre en la bañera como un eco de voces arribando en oleadas que descuelgan del liso y vertiginoso cuello de Aurora. Yo no provoqué. Cuando Aurora dijo: "Él sí me ama, trata con cariño, no como a una esclava, él no me humilla. Tú eres un cobarde, un miserable y además un mal amante." las palabras cedieron el paso a las acciones. This is the place where where she took the razor and cut her wrists that strange and fateful night. Avancé dos pasos hacia Aurora y comencé a pegarle. Estaba seguro que Aurora respondía a mis golpes pero no los sentía, sin retroceder, yo la golpeaba una y otra y otra vez hasta que sentí el corazón lleno de júbilo. Ella estaba inconsciente, muerta, quizá, mis nervios me traicionaron, el júbilo cedió paso a la ansiedad. La cargué en vilo la llevé al baño, la metí en la bañera, abrí la llave de agua, y desenfundé mi Colt Pony. Lou canta: I never would have started if i´d known that it´d end this way. But funny thing, i´m not at all sad that it stopped this way, y su voz apesadumbrada me hace sonreír, siento precisamente lo que él canta, no estoy del todo triste porque esto haya acabado de esta forma. Mañana tendré que despertarme temprano, a las 4 de la mañana por lo menos para estar a las cinco en la central de abasto echar la carga e irme al changarro, Sad song, Sad song, Sad song, Sad song, voy a tener que


LOS ELEGIDOS Edgar Omar Avilés Se arranca de la banqueta, un puntapié lo despertó. Por el sol intuye que son cerca de las ocho. Su perro-almohada huye dejándolo solo, con ese maldito tipo enfrente. Limpiar parabrisas, vender chicles, tragar fuego. La ropa algo más raída. Tal vez le den más dinero. Lo que le incomoda de no bañarse son los hongos en los pies. Él no existe, por eso la gente pasa indiferente. Alguien le da una moneda y con ello cree pagar sus culpas. Sube en la camioneta, junto con una decena. Bajan en un transitado crucero. Aferra su bote de refresco lleno de agua jabonosa. Y comienza la otra parte de la rutina. -Ya tengo un chingo de hambre -le dice al Borras, mientras arroja un chorro al parabrisas. -¡No seas maricón! Es en serio, me cae que me tragaría hasta ese pinche perro aplastado -dice señalando unos jirones de piel y sangre seca. -¡Por tus mamadas ya se nos fue sin darnos nada! Cuerpos esmirriados, miradas secas. Hoy tampoco habrá comida, quizás mañana. La saliva segregada al ver que llega la bolsa de resistol se junta y escurre en la playera. Se va con el Borras a una esquina. Sumergen en inconsciencia. No llanto, no hambre, no esperanzas. Vista perdida en éter. Algún bolillo caerá. Es al final de la jornada, a eso de las once y media, al ir a un solitario rincón para orinar, cuando se topa con el ser. Éste, a primera impresión para la mente cansada del niño, no es muy distinto a una hermosa joven enfundada en vestido plateado. -¿Cómo te llamas? -pregunta el ser de dulcísima voz -Yo, pos' soy el Tilico. -Sí, ahora recuerdo quien eres: el de los ojos lejanos, de esperanzas muertas, de cariños truncos. -¡Chale...!, que pendejadas dices... Y si según ya sabes, ¿pa´ qué preguntas?


-Yo soy quien salvará tu vida de la carcoma de las fieras. -Vete antes que te hagan algo... Pue´que yo. -No te enojes. Vengo a mostrarte el lugar donde serás considerado humano. No escupirán tu rostro, tampoco tu alma. Habrá futuro sin vicios, prostitución ni maltratos. ¿Sabes?, mejor dame pa´ un pan o lárgate a..., ¿de qué chingados estás disfrazada? -Te engañas si crees que es un disfraz. Acompáñame, no lo repetiré dos veces. El niño de pronto abre mucho los ojos. Luego se arrodilla y besa las zapatillas del ser. -Levántate y dame tu mano. Sin soltarse corren una infinidad de calles. Las alas devuelven el brillo a la luna, la cual arroja sombras en la calle. Llegan a un lote antes baldío. -Pasa, la puerta está por abrirse. Comprendo que tengas miedo. -S-sí, un poco -expresa nervioso el niño- ¿Ha-ha visto a Dios? -Algunas veces: en nuestro planeta nos visita. Platicamos mucho con Él, pero al parecer a la Tierra ya la olvidó. El cuarto es redondo. En la oscuridad resplandecen miles de puntos blancos. -Esto me recuerda una vez que me llevaron al planetario. -Es el mapa del universo, ahora estamos aquí -pronuncia mientras señala.


Tres en una. Cyntia Tenorio El hombre entró cauteloso en la habitación. Ahí se encontraba ella, sentada frente a la ventana, la mirada perdida en el horizonte. Una figura que se perdía entre la cama y las sombras de la poca luz que restaba del atardecer. Estaba tan delgada, que dudó que estuviera aún con vida. La piel, amarillenta, apenas pegada a los huesos, era lo único que quedaba: un fantasma. Dubitativo murmuró: -Hola. -No te necesitamos...no puedes ayudarnos, así que vete. La voz era áspera, como si hablar fuera lacerante en su garganta. Pero, ¿no me reconoces? -Eso no importa, cruzaste esa puerta y eso basta. Lo que sea que buscas aquí, no lo encontrarás. ¡Vete! - Pero...es que, el doctor dijo que... -¡VETE!¡LARGATE!- unos cuantos segundos, y aquel cuerpo casi inerte se abalanzó hacia el hombre que por algunos segundos sorprendentemente tuvo luchó para quitársela de encima. -¡Teresa! ¡ya basta, Teresa! Como por arte de magia, la lucha cesó. Aquellas escuálidas piernas, hechizadas no respondieron más y cayó al piso. Una voz suave, pero atemorizada voz susurró: -Ya no la molestes...por favor, vete antes antes de que... La tomó en sus brazos y levantó aquel cuerpo desgarbado tan ligeramente, como si se tratara de una de las amarillentas hojas que tapizaban las calles al exterior de ese sombrío lugar. Por unos segundos sus ojos miraron con nostalgia. -¿Se te perdió algo? Aquí no vas a encontrar nada- replicó aquella voz áspera, mientras luchaba por alejarse de élDeberías darme un cigarro, eso deberías hacer, ¡YA DEJA DE MANOSEARME!-después de aquel grito, un suspiro y la


voz susurrante regresó - No le hagas caso, no le des ningún cigarro, los tiene prohibidos, ¿ves?- y le mostró al hombre sus antebrazos llenos de incontables cicatrices de cortadas y quemaduras- Su mano izquierda se levantó, y violenta golpeó repetidamente su propia cabeza, mientras gritaba: ¡Cállate estúpida! ¡Cállate! Él, la dejó nuevamente en la cama en que la encontró mientras tomaba sus manos intentando aplacarla. Una vez calmada, él se acercó y dejó escapar un pequeño beso en su frente. Ella, le empujó suavemente y en otro susurro le suplicó mientras lágrimas escapaban de sus ojos: -Déjanos, por favor. Vete. En un último y desesperado intento por recuperar algo de lo que todos creían perdido, el hombre comenzó a tararear una melodía. El llanto de la mujer se empezó a desvanecer y en su lugar apareció un canto a media voz que se unió al del hombre. -¿Inés? Con infantil voz gritó eufórica: -¡Angelito, eres tú!- y le tendió los brazos como hace los bebés cuando ven a sus madres. El hombre de rodillas dejó caer su cabeza en el regazo de la mujer y suspiró aliviado mientras las lágrimas empapaban el descolorido camisón rosa- ¿Dónde habías estado? Me tenías muy preocupada, pensé que te habías olvidado de mí. ¿Por qué tardaste tanto? Sin ser capaz de articular una sola palabra, Angel apenas atinaba a mover un poco la cabeza, que la mujer acariciaba tiernamente. -Mi Angelito, que bueno que estás aquí, Dime, ¿cómo estás? -Bien, muy bien, ¿y tu? -Bien, extrañándote mucho. -Yo extraño tu voz, cántame otra vez, por favor. Angel, refugiado en los brazos de la mujer, quedó hechizado como si escuchara el canto de las sirenas y navegó entre los recuerdos que aquella melodía le evocaba.


Comenzaba a relajarse, cuando la mujer suspiró y dejó de cantar. -¿Qué pasa?- inquirió él. -Me está empezando a doler la cabeza. El pulso de Angel se empezó a acelerar. Y aunque su primer impulso fue alejarse, le tomó de las manos fuertemente. - No, por favor, espera. -Me estás lastimando...- y aquella apacible voz se llenó de pánico- ya están aquí, las voces...ya están aquí- La dulzura se volvió furia, parecía que un demonio empezaba a apoderarse de la mujer, sus ojos se llenaron de fuego y gritó¡¡SUÉLTAME!! -No, por favor, no me dejes todavía- Angel, desesperado, apretaba aquellas manos, y empezó de nuevo a tararear, pero fue en vano. La mujer escupía insultos y gritos que se clavaban en sus oídos como espinas. Angel la soltó y una vez que se calmó tomó aire y dijo: -Diana,vine a decirte que ese hombre está muerto. Ayer. Así que , ya puedes estar tranquila. No volverá a molestarte jamás. Tu padre no te volverá a tocar nunca mas. Un desgarrador grito fue seguido por una escabrosa carcajada que invadió aquella pequeña habitación y los oídos de Angel. Después , el silencio. Nuevamente, la mujer perdió su mirada el horizonte de la ventana de su habitación. Dobló las rodillas y se abrazó en ellas, refugiándose en sí misma. - Estuve limpiando la casa, y buscando entre tus cosas, encontré esta. ¿recuerdas? La usabas cuando...bueno, cuando era chico, para que yo te entendiera...Mañana salgo de viaje y no sé cuanto tardaré. A mi ya no me hace falta, y pensé que sería mejor que tu la conservaras ahora. Angel tomó una bolsa de plástico y sacó una máscara que colocó en las manos de la mujer. Deseaba darle un beso de despedida, sin embargo, se contuvo. Ella bajó la mirada y una lágrima salió de sus ojos al mismo tiempo que dejó escapar una risa despectiva cuando observó aquellos tres


CAMINO A LA CITA Gilma Luke Por fin volveré a ver a mi Marla, veré sus dulces ojos y sentiré su piel. Otra vez estaré con ese mi gran amor que buscaba sin quererlo y la espera llegó. Cuando la conocí no pensé que ella fuera ser la mujer de mi vida, ese hacer el amor con las palabras y su piel tan suave, esos gestos que la hacían verse como una pequeña niña. El tiempo que compartíamos anulaba el tiempo real. . Yo que insistía en hacerme creer que el amor no existe, que era absurdo olvidarse de sí, que odié el mito más falso de Platón, el del alma gemela, yo que insistí en decir que no era más que una necesidad que te creaba la sociedad,cuando la verdadera esencia era la soledad, eran cuentos de Disney, La bella durmiente, la Cenicienta... Yo llegue a pensar que el amor, "La historia de amor" la componían muchas personas a lo largo de la vida;pero llegó Marla, tan ella, no pude evitar pensar que se trataba de otra farsa, que sería efímera como todas las otras, que ella también era incapaz de amar, que el tiempo deterioraría nuestra relación, gastaría nuestro paraíso, las interminables noches de carne, de olores y formas, que el aire que nos impulsaba a volar sería tragado por la costumbre, pero todo era al contrario. Marla y yo éramos más que todos los ideales que alguna vez tuve del amor y que yo necio negaba por creerlos utopías. Los días me gritaban que todo era real, sus besos, su mirada, sus cuidados, las noches que dormíamos hasta el amanecer por contarnos historias, por hacer planes, por recordar los días en que no sabíamos más que


besarnos... Marla es la mujer más perfectible que he conocido, me ha hecho amarla hasta sangrar, la he tocado tantas veces que mis dedos ya tienen cicatrices de su piel, mi nariz no reconoce más olor que el de ella, los instantes se sumaron, rebasamos el comienzo ya tantas veces y sigue siendo tan perfecto que no puedo maldita sea más que dudarlo, que la felicidad exista, que algo así sea tan real en un mundo tan mierda. La deje hace un año, un tanto por terror y otro por incrédulo, inventé el viaje a Lieksa porque no podía con tanto amor, tanta belleza, tanta verdad, tengo magnififobia... le tengo tanto miedo a lo absoluto y con ella con mi querida Marla encontré un "Topus Uranus". Después de varios ataques de celos que me inventaba, de dudas que impregnaba, de darme cuenta que yo era el veneno en nuestra relación por cobarde, por escéptico, la abandoné con su belleza absoluta, con su sencillez e inteligencia, por ser la mujer perfecta e inventar conmigo el amor. Porque no pude creer que yo iba a dejar de ser un triste personaje de la vida, parecía una broma ella y su voluntad de amarme, ella y su capacidad de hacerme comer grandes dosis de felicidad con mayonesa. La abandoné porque nunca he creído en los paraísos y no quería amar tanto a uno


artificial llamado Marla. Me fui para regresar al dolor, a la melancolía y nostalgia de su ausencia y mi vacío, para demostrarme que la felicidad no existe, para estar ahí donde me siento seguro, más yo, en la depresión. Y si, ceso el miedo a perderla, pues ya la había dejado, concluyó el sentirme perseguido por la tragedia de la felicidad, pues yo había ido a buscar una tragedia más sincera. Pero ésta si fue efímera, apenas y lo pude creer pues la necesidad de Marla, de saber que era en otro lugar sin mi, me hizo llamarla, implorarle perdón, rogarle que no me dejará de amar, ha sido el peor año de mi vida, sin mi, pues no tenía a Marla. Pero ella siendo esa mujer tan extra-ordinaria fue a verme a Lieksa, pasamos otras vez días inolvidables, noches llenas de saliva-necesidad, ella seguía siendo tan ella, tan Marla, tan esa mujer que no puedo más que amar y temer, pero no tarde en hundirme en mi magnififobia y correrla, no era capaz de estar con ella sin dudar de esa felicidad que me daba miedo tener. Ahora voy de regreso a casa, he decidido que tengo que hacer algo, matar mis miedos, acabar con este absurdo, entonces estoy aquí en el tren que me lleva camino a Marla, mi infierno por ser mi paraíso, ya tenemos una cita, la veré en el café de siempre, en nuestro café y no puedo evitar pensar en esa espalda que se congelará de


LOS DEDOS DE TEJUPILCO Carolina Hernández "Si los ojos son el espejo del alma, entonces las yemas de los dedos son los ojos de nuestro cuerpo". -Stanislavski A dos horas de Toluca, se encuentra un pueblo de nombre Tejupilco con no muchas atribuciones, mucho menos habitantes, si alcanzan los 200 son demasiados…y así, cada habitante como todo ser humano contaba con sus cuatro extremidades con un total de 20 dedos cada uno, sumando todos, 4 mil dedos….dedos que utilizaban para todas sus actividades diarias….los dedos eran de tal importancia que se acostumbraba a que cuando un miembro de la familia moría, le cortaban uno y se hacía un llavero que se colgaba en el portal de la puerta principal o en su defecto en el marco de la puerta. Existía otra costumbre, si alguien cometía un caso de impunidad, o no seguía con las tradiciones, les cortaban un dedo de cada mano y lo llevaban a una chimenea que se encontraba al centro del pueblo, donde realizaban un ritual para deshacerse de las malas vibras que pudiera traer al lugar. Por esta razón se podían ver a algunos con un dedo solamente y éste aislado de los demás y que sólo con su dedo se dedicaba a elaborar alguna artesanía o actividad en especial. A un costado de la Iglesia central se encontraba el centro cultural del pueblo, y para identificarlo, el portal contenía una serie de dedos injertados en el cemento de célebres héroes, o bien, los curanderos más famosos que morían, así como también de todos los curas del pueblo. Introduciéndose a la casa de cultura, varios salones donde cada uno laboraba diversas actividades como papeles pintados sin utilizar brochas, sino dedos, se daban clases de


cómo tocar instrumentos musicales elaborados por ellos mismos, entre otras labores. En el último salón con nombre "Tejuano" se encontraba Lisa, quien se encargaba de dar en las fiestas importantes del pueblo un espectáculo de marionetas, y todos los días durante tres horas elaboraba sus propios títeres, los pintaba, los decoraba y después hacía una historia con ellos, y ella misma los manejaba. Todos los niños del pueblo iban a visitarla para que los enseñara y se convirtió entonces en la maestra Lisa de Santiago. Así vivió durante cuatro años, hasta que un día, el cura del lugar le encargó la fiesta del Viernes Santo. Lisa ideaba e ideaba marionetas, se encerró cerca de una semana para preparar el gran espectáculo. Un día antes de la demostración al cura, Lisa reunió a todos los chiquillos que iban a verla y les colocó a cada uno una marioneta, sumaban un total de diez, a todos ellos les puso un número para que entraran en acción al momento preciso, a Lisa sólo le faltaba hacer un títere, el personaje principal que ella iba a manejar….Jesús. Cuando estaba a punto de hacerlo, se le ocurrió a la maestra de Santiago hacer un gran final, la representación de la crucifixión de Cristo en vez de matarlo en una cruz, dirigir la marioneta a un punto de fuego, para simular su muerte, de tal manera que se tostara todo para que las diez marionetas restantes lo salvaran como pudieran… Para conseguir el fuego, Lisa tuvo que ir a recoger una parte de éste a la chimenea central, cuando llegó estaban quemando los dedos de un señor que quiso cortarle los dedos a su esposa para hacerle un ramo de dedos a su amante. La tradición señalaba que durante la incineración, los dueños de los dedos quemados tenían que estar ahí para que se arrepintieran del acto impune cometido, Lisa se


acercó y le dijo al señor, ¿me permite recoger una parte del fuego de sus dedos? El señor se molestó bastante y para compensar el enojo sacó su machete y sobre la pared de la chimenea le dijo: -"No sabes la importancia de los dedos, no sabes lo que significa darle a la mujer que amas los dedos de otra que ya no, es señal de una separación permanente, por eso chiquilla impertinente, irrespetuosa, no tomaré uno o dos tuyos, ni los cinco, sino los diez para hacer el ramo que siempre quise hacer, es más con todo y manos, pues es el mejor tronco de presentación" -No, por favor, mañana es una presentación crucial, se lo suplico, si quiere uno o dos, tómelos, pero no todos y no la manos, no servirán las manos, pues las manos no reflejan ningún significado verdadero cuando no están desarrollados…es más si quiere que su amante quede satisfecha con lo que usted hace córtese los propios, para darle lo más importante de su cuerpo a la mujer que ama. -No chiquilla, no, quiero los tuyos, toda tu mano…. Un sentido de violación no solo a la parte más importante de su cuerpo, sino a su mente, su imaginación, Lisa se defendía… -Es más, sus muñecas son más importantes, puesto que las manos pueden adoptar 20 mil posiciones, pero usted debe saber cómo proporcionar una base justificable para cada una de ellas…lo principal es tener dedos libres y después ellos caerán en el lugar adecuado….desarrollarán una ligereza extraordinaria….no se enoje si no tiene uno o dos, los demás están ligeros, libres como usted quiera. El susodicho la soltó de una mano y se observó la propia, empezó a moverla y adoptó mil maneras que tal vez podía mostrarle a su amante…de un machetazo se la cortó, la tomó del piso y vio que la sangre le daba un color lúcido, se veía mejor. Entonces pensó que el ramo se vería mejor con cuatro manos entonces tomó la mano de Lisa y con la mano de Lisa, y al no poder sostenerla con algo que ya no tenía, la


aventó y con el machete se puso a corretear las manos de Lisa, Lisa se daba vueltas con el fuego al lado de ella, y el machete alcanzaba a cortar uno y otro dedo que quedaban en el fuego…el fuego ardió más y Lisa trató de salvar sus dedos para hacer el llavero, no pudo, el otro se fue encima, forcejeó con su cuerpo y una mano, hasta que por fin le cortó la otra, el susodicho feliz dejó tirada a Lisa, y ella lloraba, no podía ni secarse sus lágrimas, no podía, sólo veía la sangre mezclada en el machete de ella con la del susodicho……gritaba, nadie la ayudaba, todos se alejaron…..decidió caminar y caminar por el valle de Tejupilco, pero se controlaba, y pensaba, no permitía que las lágrimas salieran más porque se restregaban en su cara con sangre…y siempre trataba de pensar y no sentir, el dolor no era sentido ya, sólo pensaba en sus marionetas y cómo iba a manejarlas, cómo iba a conseguir el fuego ahora….el cura ya no le iba a creer porque su final era el crucial….¿qué iba a hacer?. Al llegar al centro cultural, los niños pensaron que era una asesina por la cantidad de sangre que tenía su rostro que la desfiguraba, en la reacción de su susto le empezaron a aventar sus marionetas, ella se defendía, les decía soy yo, esperen, esperen, tantas marionetas que Lisa había hecho durante cuatro años, hasta que fue sepultada por ellas…….Ahora, Lisa y sus marionetas se encuentran sepultadas debajo de la chimenea del patio central de Tejupilco.


TISHA Manuel Cerón Tisha: No me importa que es lo que tenga que hacer para estar contigo hasta el final. Si es necesario que me quede solo en tú compañía lo haré, y lo haré con tanta fuerza que mi corazón romperá en pedazos sólo para que tu y yo podamos comer si el alimento escasea; lameremos cada una de nuestras venas si en una pelea no encontramos consuelo, ni en la saliva elixir que nos alivie. Lo que digan los demás lo escucharé por ti, sentenciando así a mis oídos de por vida, con la única finalidad que en la punta de tus orejas sólo descansen mis labios y mis besos. Yo sé que nunca podrás leer esto, pero también sé, que si tu rabia lo permitiese estarías junto a mí en todo momento, sentada en mis piernas dejando caer tu pelo vistiendo de invierno toda mi ropa cuando se enoja. No me importa que entres en celo y pruebes a todos por instinto o placer. Se que eres así, sincera y te dejas llevar como cuando pierdes tu forma entre mis brazos. Te veo entre todos, te veo en el parque, te veo escondida entre los matorrales en el bosque mientras me buscas sola, nerviosa por estar junto a mí. No puedo dejar de pensar en ti en ningún momento; a veces cuando salgo del trabajo, quisiera entrar contigo a lugares extraños para poder estar juntos donde nadie más se ha amado. En el elevador por ejemplo, y bajar desde lo último, para poder ver en silencio la ciudad tan hermosa en que vivimos. Me gustaría tomarte del rostro en las alturas y morderte el cuello y oler como a una magnolia tu ano que se revienta en hermosura. Yo sé que en algún momento nos


separarán. Yo sé que aunque ahora duermes en mis pies, mis pies serán también un recuerdo que nos una. Los Hombres, Tisha de mis amores, tenemos la desventaja de la inseguridad, de la supuesta verdad y de la risa. Mueren de risa de los demás y nunca de sí mismos; a veces son carcajadas pausadas, espasmódicas hasta el llanto, otras son interminables hasta la mierda. Ni las hienas mueren de risa, ni los lobos de crueldad, Tisha. Al acabar esta carta me la pondré el pito para que se impregne de mí, y una vez que la esconda, sólo tú puedas encontrarla fácilmente; cómela si es necesario, destrúyela rasgándola contra el piso con tus uñas largas. Yo sé que los del hospital me buscan y no dudo que pronto me encuentren, no dudo que quieran matarte junto conmigo o que nos separen, aunque nos desgarremos las entrañas en la pelea, de que nos sirven los hospitales, de que te serviría a ti la muerte . Eres lo que amo en mi vida, eres el delirio y la esperanza, eres aun mejor que las mujeres y los hombres, por que tu alma aúlla con entrega a lo que ama. Perdona a este perro que en el mundo del hombre, nunca su olfato pudo encontrar. Siempre conservo un poco de tu pelo guardado en el bolsillo y está junto a mi corazón, todo el tiempo. Te amo. Leonard Stassy. Francia 1999. P.D. Espero morir antes de verte a ti sin vida. Come.


A LA ROMANA Raúl Olivares Siempre tengo la mala suerte de que el carrito que escojo no sirve. Hoy no es la excepción. El supermercado está lleno. Pregunto a una empleada por las latas de frijoles a lo que amablemente me responde -no sé- . Cruzo el departamento de ropa interior cuando de pronto vuela una cabeza ensangrentada, seguramente hay alguna oferta. Desde hace años me esfuerzo en mantener una dieta balanceada: huevos, tocino, queso Philadefia, Zucaritas, muchas latas de atún, sopas instantáneas y por supuesto pan Integral Bimbo (hay que guardar la línea). Por fin llego a los frijoles. El supermercado es educativo, hoy aprendí que hay 39 tipos de frijoles enlatados, la decisión es fácil, la lata más bonita. Después de un rato la gente me sofoca, tengo que salir de aquí. Me dirijo a las cajas cuando noto un resplandor blanco que emana de un gran refrigerador. Me acerco y quedo anonadado al ver una gran variedad de cajitas azules. Hay pequeñas y grandes, todas tienen unas bonitas fotografías mostrando su contenido: croquetas de pescado, filetitos marinera, camarones capeados, empanadas de jaiba, calamares a la romana. Una variedad que envidiaría el más fino de los restaurantes; además cuentan con una etiqueta amarilla que dice orgullosamente "microweable". Nunca he tenido microondas pero siempre me ha parecido que algo "microweable" debe ser un producto de alta calidad. Calamares a la Romana son los elegidos, no tengo idea de lo que sean, pero en la fotografía se pueden ver unas simpáticas rueditas similares a una dona. Son un poco caros, pero qué caray, está cerca la navidad (claro que esto sólo es un pretexto, porque soy ateo). Al llegar a la caja me invade un pensamiento, ¿cómo he podido vivir 30 años de mi vida sin tener el dispensador de hilo dental super brillante y con sabor a maracuyá que acabo


de depositar en mi raquítico carrito? La cajera me pregunta si mi pago será en efectivo. Le respondo que sí, en efecto…en efecto será en efectivo, la mujer tiene un rictus nervioso al escuchar mi ingeniosa broma. Me alejo rápidamente antes de que el empacador se dé cuenta que únicamente le di dos pesos en monedas de diez centavos. Estaciono mi inválido carrito junto a los demás y no puedo evitar esbozar una sonrisa al ver que una anciana lo toma complacida. La venganza es dulce. En la puerta del edificio donde vivo me encuentro con mi vecino, quien al ver que vengo cargado con bolsas cortésmente cierra la puerta en mis narices. Abro la puerta de mi departamento y me siento excitado porque pronto degustaré mis deliciosos Calamares a la Romana acompañados con un excelente vino tinto que he estado guardando para una ocasión especial. Pongo mi disco favorito de Jazz y me sirvo una copa de vino. Leo cuidadosamente las instrucciones de la cajita azul y las sigo al pie de la letra. Es facilísimo, sólo tengo que precalentar aceite durante cinco minutos y posteriormente cocinar los calamares diez minutos a fuego lento. Pan comido. Abro la caja y grande es mi sorpresa al encontrarme que dentro de una bolsa de plástico sellada se encuentran cinco calamares vivos temblando de frío. Los saco rápidamente y me doy cuenta que están a punto de morir asfixiados. Respiran agitadamente hasta que se les quita lo amoratado. Se ven muy lindos todos vestidos con sus togas romanas. Se ha terminado el vino, ahora que me llega la incertidumbre de qué es lo que voy a hacer con ellos. Busco en el empaque y encuentro la solución, el teléfono de atención al cliente. Marco rápidamente y una bonita grabación con música navideña me contesta. -Estamos para servirle, gracias por esperar- dice una voz femenina. Después de treinta minutos y doscientos setenta y tres Estamos para servirle- considero adecuado colgar. Para entonces los calamares ya están completamente restablecidos. Juegan con mis utensilios de cocina, pero


cuando me ven entrar todos se quedan quietecitos mirándome con sus negros ojos. La cocina me recuerda que tengo hambre; los calamares están muy atentos a mis acciones mientras me preparo un sándwich de atún. Parece que tienen hambre así que les ofrezco de mi sándwich, y emiten un ruidito que supongo es equivalente a un grito y me miran con ojos de reproche. Posiblemente mi sándwich alguna vez fue su amigo. Comprendo su vegetarianismo y les sirvo un plato con Zucaritas. Se acercan con desconfianza pero después de unos segundos uno de ellos se anima a probarlas, ese es el líder. Una vez satisfechos se quedan dormidos y cuidadosamente los transporto cerca del calentador para que no pasen frío. El día siguiente es un lunes, cómo es molesto que después del domingo siga el lunes. Arribo a mi oficina todavía medio dormido y cerca del medio día es cuando llega la irrigación sanguínea al último rincón de mi cerebro; es entonces que me acuerdo de los calamares. Llamo a mi casa y no me contestan, todo debe haber sido un sueño. El día transcurre como todos los lunes, podría apostar que mañana será martes. Por la tarde regreso a mi departamento y al entrar todo está revuelto. La alfombra tiene manchas de chocolate, el baño está inundado y la videocasetera tiene puesto uno de mis videos pornográficos. Entro a la cocina y veo a los causantes del desorden haciendo una pirámide para alcanzar una caja de galletas que está en la alacena. Cuando me ven caen al piso y me miran con lágrimas en los ojos, saben que son culpables. No los reprendo, en parte es culpa mía por olvidarme de ellos. Llamo al teléfono de servicio al cliente y después de treinta minutos y doscientos setenta y tres -estamos para servirle- me parece conveniente colgar. Limpiamos el departamento, todos cooperan exceptuando el más feo. Seguramente piensa que estoy cometiendo una injusticia. Le digo que si no le gusta se consiga su propio departamento, el comentario parece no gustarle por lo que


se da la media vuelta y se va haciendo señas con sus pequeños tentáculos. Necesitan un nombre, busco uno de mis discos y encuentro la solución. Al líder lo llamo John, uno muy bonito lo llamo Paul, el chaparrito George, Ringo uno feíto pero carismático y... me falta uno, el más feo. En un desborde de creatividad lo llamo Yoko. Todos parecen conformes menos Yoko, pobrecito nada lo hace feliz. -Cenemos algo y a dormir- les digo. Amanece martes, debí de haber apostado. Me levanto temprano y les hago de desayunar, les doy un baño y enciendo la televisión en el canal cultural, parece gustarles. Les acerco el teléfono y dejo indicaciones a John de que me llame a la oficina si necesitan ayuda. Se ven todos muy maduros en sus trajes de romano viendo la televisión. Orgulloso de ellos me voy a trabajar. Supuse que no tuvieron ningún problema porque en el teléfono de la oficina la única voz que escuché fué la de mi jefe. Ya de regreso en casa me topo con que John tiene un pliego petitorio para mí. Dentro de la descabellada lista me piden: -Ser afiliados al seguro social. -Una vivienda digna (¿Acaso consideran indigno mi departamento?) -Derecho a estudiar. -Aguinaldo. Y una larga lista de pedimentos por el estilo, incluida otra con productos que piden les compre en el supermercado. Definitivamente la televisión educa. Bajo amenaza de demanda judicial voy al supermercado y accedo a sus peticiones. La pregunta es ¿Para qué necesitan unos pequeños calamares cosas como: una caja de cigarrillos extra light, un mega-pogobol, varios litros de refresco dietético, un rastrillo shick, una caja de preservativos Trojan, un litro de crema reductiva siluette 40, toallas femeninas Always y su propio dispensador de hilo dental super brillante con sabor a maracuyá? Lo único que


tiene sentido son las numerosas barras de desodorante. Al pagar en la caja me doy cuenta que esto no puede llegar más lejos. Una vez en casa entrego los pedimentos y tomo el teléfono. Después de una hora cuarenta y tres minutos y ochocientos setenta y tres -estamos para servirle- me contesta una voz diciendo -estamos para servirle-. Explico mi inusual problema y la mujer se limita a decirme - En la caja viene especificado perfectamente que los calamares vienen crudos señor. Además nuestra compañía tiene los más altos estándares de frescura y cali...- Cuelgo el teléfono y al darme cuenta que estoy sólo en esto no puedo evitar llorar. Tendré que convertirme en un asesino de calamares. Me dirijo a la sala y me topo con que gran parte de mi desagradable trabajo ya está hecho. Paul, después de fumarse seis cajetillas de cigarros extra light muere de enfisema pulmonar; debió haber leído las letras pequeñas. Ringo al intentar usar un preservativo se asfixia accidentalmente. George no soporta la muerte de sus hermanos y se ahorca con el hilo dental super brillante sabor a maracuyá. John es aplastado por el mega pogobol. El único aún con vida es Yoko, pero como nunca me ha caído bien no resultará difícil depositarlo en el inodoro y jalarle.


4x4 Alberto Cascante Nada quedó de cierto en el ánimo de Gerardo. Nada, ningún recuerdo, ninguna imagen. Ni siquiera la silueta perfecta y puntiaguda de Priscila, ni siquiera sus senos pendiendo en absoluta levedad sobre el cuerpo postrado, horizontal y manso. Tampoco la cadera rubicunda y breve, menos su ritmo, su necesidad insondable, la necedad de ambos por absorber al otro, por fundirlo, por afectarlo. Nada, excepto esa agria urgencia de venganza, de cobrárselas a quienes inservibles, habían arrancado a Priscila de su lado. La noche del crimen ambos viajaban dentro de la silenciosa felicidad de una de esas camionetas-tanque, lejos del ruido y el hedor humano. Avanzaban satisfechos, sofocados en el soberbio bienestar de sus posesiones, de sus objetos, de sus bastiones. Su riqueza era de una asepsia inexpugnable; se repartían el botín de una bonanza perfumada. Entonces, el auto que se cierra y les corta el paso. Las armas y sus tenebrosos destellos. Los gritos, los insultos, las amenazas. Las cachas que golpearon sus rostros impolutos, la oscuridad. Gerardo despertó adolorido. Yacía en la mueca del despojo, el desperdicio de una ciudad que vestía humedad y niebla. La memoria comenzó a ejercitarse: el asalto, los golpes, ¿y Priscila? Ella no estaba, ya no regresaría. Las averiguaciones no encontraron rastro de los maleantes. Nadie fue detenido, nadie juzgado, mucho menos condenado. El cuerpo afilado de Priscila apareció en un bosque cercano, sin ropa, sin vida. Gerardo no asistió al funeral. Los padres de Priscila se encargaron de la pompa y de la pena, se dieron -sin remedio, quizás- a la tarea de aborrecer al pueblo, al gobierno, a los demás.


Y mientras los meses y la impotencia se iban lentamente sedimentando, Gerardo apareció un buen día en la casa de su suegro. Nervioso, entusiasmado. ¿Dónde te habías metido muchacho? -Acompáñeme Don, quiero mostrarle algo. El ansia desbordada del joven lo condujo al sótano de una fábrica. Cuando Don Armando cruzó el largo pasillo que enfilaba hacia la bodega se encontró de frente, sin aviso, con dos tipos que se retorcían en la asfixia de su mordaza. Ambos de aspecto humilde, el pelambre crespo, las ropas sudadas y obscenas. -Fueron estos hijos de la chingada... Gerardo los pateaba incesante mientras le explicaba a su pariente cómo los había reconocido, seguido y capturado. -Anímese Don, primero los madreamos hasta que nos duelan las manos y luego los matamos a los hijos de puta. El viejo dudó unos segundos. Su mirada no perdía de vista el rostro pervertido de su yerno. Un charco purpúreo y espeso se filtró debajo de los cuerpos extintos de los asesinos. Sus caras desfiguradas quedaron tendidas sobre el rugoso concreto del cuarto. Don Armando se limpió los puños en los pantalones. Salió de ahí blasfemando, apurando a Gerardo para que abandonaran el lugar. El episodio -con el tiempo- se convirtió en la evocación disimulada y habitual del viejo. Un repaso permanente de cada golpe y cada puntapié, de cada grito descompuesto, del último estertor acalambrado en esos cuerpos moribundos. Cada noche, durante los pesados minutos que le tomaba conciliar el sueño, Don Armando se aferraba a ese recuerdo con la clara certeza de que era el único antídoto para vencer su insomnio, para amansar esa vigilia inacabable que justo después del asesinato de Priscila empezó a desvelarlo de manera irremediable. Así, una rápida revisión de su desquite, le devolvía su preciado letargo, lo dejaba finalmente caer dormido en un afelpado sosiego que si bien no reviviría a su hija, le suministraba la benévola sensación de haber hecho lo correcto: evitar que


LA VENGANZA Juan Segura Sólo se escuchaban sus gritos desesperados. Salvador la miraba con ojos de odio y seguía golpeándola para lograr que callara. "Son ustedes las malditas culpables de mi desgracia y ahora tienen que pagar", le gritaba en plena oscuridad mientras le arrancaba las ropas. La penetración vino después. Lo hacía con tanta furia que ella sentía que todo se le desgarraba por dentro. Ya sin fuerzas dejo de luchar. Quería matarla, sin embargo, ése no era su propósito. Ya que tarde o temprano moriría. Así que la dejo tirada en pleno parque, rodeada de cedros, mudos testigos de los hechos. Al amanecer, Salvador despertaba con ansias de venganza. No se encontraba satisfecho, sino todo lo contrario, tenía que saciar su sed. Entendía que le quedaba poco tiempo; que su enfermedad lo consumía día con día. De alguna manera tenía que acabar con todas ellas y de paso, también con ellos. Así que cada mañana, a la misma hora, tenía cita en el hospital general, donde se le administraba una transfusión de sangre con lo que su estado de ánimo se recuperaba. Sentía que la salud entraba por sus venas y tomaba nuevos bríos. Regresaba a su departamento, reanimado, pero conciente en guardar reposo durante el resto del día. Y sólo esperaba la llegada de la noche. Mientras tanto leía. Las aventuras policíacas le divertían tanto. La novela negra le apasionaba, sin embargo, lo fundamental, entre sus lecturas, era la nota roja. Aquellas noticias sangrientas, con fotos aparatosas, que pudiera, en cierto sentido, tocar la sangre con sus propias manos, oler su pútrido aroma, envolverse en el sufrimiento del ser humano y pensar que la desgracia no sólo era para él. Que su soledad tenía sentido. Que los estúpidos amigos que se alejaban de él, era por la misma razón en que sus familiares lo habían hecho: por


temor. Un temor infundado por la misma sociedad que no entendía nada, por simple ignorancia. Una sociedad enferma de cáncer, carcomida por su propia mierda. Por aquella mierda de la cual también él se encontraba inundado y buscaba la forma de salir de ella. Y la única manera era deshaciendose de ellos. Sólo habían pasado tres años. Pero en la memoria quedaba el recuerdo, como si hubiera sido ayer. Un pasado que le llenaba el alma de tristeza que se convertía en coraje. Las remembranzas venían hacia él. Melancólicamente intentaba tocarlas, acariciar sus cabellos, como en aquella tarde fatídica donde el cuerpo de su amada compañera, dejaba de exhalar y su mundo se desmoronaba entre sus dedos. Las lágrimas brotaban de sus ojos cuando pensaba. Creía tener la culpa de lo acontecido. Si él hubiera llegado a tiempo, nada hubiera pasado y ella estaría con vida. Jamás encontraron a los atacantes de su mujer. Una mujer fuerte y, a la vez, hacia fuerte a Salvador. En esos momentos, Salvador y su mujer tenían la certeza de poder salir avantes de la situación. Las terapias psicológicas les ayudaban y cada día aquel trago amargo, aquella violación que sufrirían, tanto Salvador como ella, porque para él, el sufrimiento de ella lo vivía en carne propia, aunque físicamente el transtorno haya sido para ella, el espíritu de Salvador, quien la amaba intensamente, se encontraba destrozado. Sin embargo, iban superandolo. Y poco a poco su vida volvía a ser como antes. Al principio para ella era difícil. Salvador trataba de comprender por lo que pasaba y le daba paciencia y tiempo. Paso a paso, el amor que le brindaba Salvador le daba confianza a ella. Un día la herida sanaría por completo, aunque la cicatriz quedara por siempre. Hicieron el amor por horas hasta el éxtasis. Y ella de nuevo comenzaba a sonreír . Salvador seguía pensativo. Recostado sobre su cama, la memoria le traicionaba: "Tres años de su muerte y


diez del ataque". Al cuarto año de la violación, la mujer de Salvador se encontraba, animicamente, bien. Pero en cuanto a salud, su cuerpo se debilitaba. Se veía pálida y cada día que pasaba más delgada. Los análisis no esperarían. Y la noticia cairía como un balde de agua fría. "¡SIDA!" Y se tomaba los cabellos y su rostro palidecía. Sin embargo, Salvador tenía que estar tranquilo. Al momento de detectar el virus, la enfermedad se había desatado con tal rapidez que los doctores no lograrían controlarla. Salvador se sentía atado de manos y no encontraba la manera de confortarla. Pero ella no lo necesitaba, porque después de pasar el shock tenía que tomar en su manos las riendas de la situación. Su mujer hablaría con Salvador. Le haría entender que él también tenía que hacerse un análisis y que la vida seguiría con un rumbo diferente y siempre juntos. Eso le ayudaba a Salvador, pero el sentir temor estaba fuera de toda fuerza y sólo se decía: "Por qué nos has abandonado". Porque el consuelo que buscaba en Él, sí, del que carece de nombre, no llegaba y todo lo veía negro. Y la salida quedaría totalmente cerrada cuando abrió el sobre que contenía el resultado de su estudio. De alguna manera conocía el resultado: "0 positivo" y el VIH, invadía su cerebro. Mas el virus que se encontraba en él, seguía pasivo. Los años que vendrían serían difíciles para ambos. Él se derrumbaba, mientras ella, cada día en peores condiciones, le ayudaba a levantarse. Pero era demasiado para su mente y su mirada cambiaba con la presión del sufrimiento. Este sentimiento que abriría la llaga ya sanada lo hacía fortalecer y sólo un pensamiento vivía en su cabeza. La noche llegó. Salvador vestía la ropa acostumbrada para cada noche. Siempre de negro. Un luto que llevaría eternamente. Su plan, el mismo. Un bar, una discoteca, una mujer que ligaría y sexo al calor de unas copas en la habitación de un hotel de paso. Pero no podía olvidar el pasamontañas, en caso último, por si las cosas no


Cuánto de sangre M. Ángel Balansario Me dijeron que hay un charco allá afuera y es ahí donde tiene recargada la cabeza mi hijo. Que es un charco de sangre, me dijeron, y que mi hijo tiene los ojos descompuestos y las manos engarruñadas. Duras. De dolor y de miedo de saberse muerto. Yo no lo dudo, así debe de ser. Pero no quiero verlo ¿Para qué?; si me voy a soltar llorando, dando vueltas sobre mi mismo como borracho de dolor, y al final nada de bueno se puede sacar de todo esto, si ya esta muerto en su charco de sangre donde dicen que tiene recargada la cabeza. Yo no salgo. Aquí me quedo; hecho un revoltijo de viejo en mi cama, con mis sábanas echadas sobre el temblor de mi cuerpo; dicen que está allá afuera tirado, en su charco. Vinieron a fregar en la mañana, dando unos toquidos queditos en la puerta que nunca está cerrada: - ¡ahí esta su hijo tío! - ¡Pues ahí déjenlo, a mi que cabrón me importa! Luego me dijeron que tenia la cabeza en un charco así de grande y ponían las manos como si midieran el reguero del agua cuando se derrama. Y yo pensaba, ¿cuánto de sangre puede ser eso? ¿Qué tanta sangre pudo haber chorreado mi hijo? Con lo flaco que el era y lo mucho que tomaba. Si ya estaba seco el desgraciado de tanta mala vida que se daba y ni parecía que tuviera sangre en el cuerpo; ni cuando le pegaban los otros borrachos y lo dejaban tirado afuera de la vecindad; ni entonces chorreaba sangre. Y yo pensé que era eso, que se lo habían vuelto a madrear y lo habían tirado afuerita del patio como siempre. Pero algo me dijo que no, que ahora si era en serio; me lo dijeron los ojos espantados de los niños y los cuchicheos enrebozados de las viejas chismosas éstas, que sólo sirven para inventar habladurías. Y es que hablaban tan bajito y sin gritos, cuchicheando nomás. Y el tan sin sangre. Tan seco y flaco que parecía que jamás


había tomado ni un vaso de agua. Tenían que matarlo para que le saliera algo. Así son estas cosas. Pero yo no salgo, ya lo digo, no hay ni a qué; si desde aquí le alcanzo a ver las piernas por lo entreabierto de la puerta y se le ven malamente acomodadas, sin rumbo; y hay un montón de viejas enredadas en sus rebozos, hablando bajito y haciendo más tétrico el aire de la muerte de mi hijo. Pareciera como si a un montón de espantos les sorprendiera el recién muerto y ya se les hubiera olvidado la sangre que ellos mismos alguna vez chorrearon. Pero estas son las cosas que digo para no ahogarme de las ganas de llorar que ya siento rondándome en el pecho, como aguijones; son como aguijones, los mismos de la vez que se me murió su madre en las manos de tanto apretarle el cuello. Y es que no quería que se fuera y ella ya se andaba yendo, con no se quién y a no se dónde, dejándome el niño en los brazos berreando como maldito, con un llanto que yo no sabia como callar. Le dije entonces que se quedara, que a qué se iba; y ella me dijo que era mejor y que yo era un borracho; me llene de furia entonces, y de ganas de que no se fuera, aventé al escuincle en la cama y la tomé de los hombros para hacerla entrar en razón, le dije - A donde vas, con quién, que prisa tienes de irte - ella se safó y me vio con los ojos bien nublados de coraje, y como que quiso pegarme y yo no se lo permití, le apreté el cuello, siempre, sin soltar la presa; hasta que sus ojos encorajinados se le nublaron mucho y me llenaron de ternura, como cuando los vi la primera vez; entonces ya no quise que se muriera, pero ya no pude hacer nada. Ya se había desparramado en mis manos. Y ahí está mi hijo tirado. Allá afuera. Rodeado de las gentes que no saben que palabras decir frente a un muerto y ensayan muchas bajito, las mastican antes de decirlas y luego las sueltan y se les resbalan como un salivazo de borracho sobre la figura de mi hijo, que no sabe qué decir, o cómo contestar siquiera...


Ya no se lo que digo, pero es que estos aguijones no me dejan de picar el pecho y mis manos no dejan de dar de vueltas unas sobre otras. Ahí se alcanzan a ver, en medio del resplandor de la puerta medio abierta, las piernas de mi hijo tirado y muerto en el patio de la vecindad. Todas las viejas esas que no se quieren ir; o no saben como hacerlo sin ruido y por eso no se mueven de su lugar. Como si temieran despertarlo. Yo de aquí no me muevo, ya lo dije, no tengo a qué. Si todavía tuviera hijo, pues saldría, como era antes, a recogerlo del suelo y a echarle agua en la cara para que se le pasara la borrachera; a limpiarle las heridas, abiertas y sin sangre, con la camisa más limpia que encontrara. Pero ya esta bien muerto mi hijo, como su madre, la que yo maté casi sin saber cómo, nomás del miedo de sentir que se iba y me dejaba solo con el chamaco. Ya esta muerto mi hijo. Y ahora si chorreó sangre, por que ya casi llega hasta la puerta entreabierta desde donde lo miro, y parece que no deja de chorrear; como si se hubiera estado guardando su sangre y no se la hubiera querido gastar en las golpizas que le daban antes, esperando el día que se muriera de a de veras. Yo ahí lo dejo, a que se agusane si se le da la gana, yo no me muevo por él. Si también quiere irse que se vaya. Yo no le digo nada. Que se vaya de una vez; que se quede envuelto de mujeres que le guardan silencio para no despertarlo de su sueño.


EL MENDIGO Francisco Puente Eran eso de las nueve y media, me subí al último vagón de metro en una o dos estaciones antes o después de la estación Viveros, y entonces lo vi. En el vagón habíamos cuatro gentes y él, todos estaban sentados al frente, y yo, a dos lugares de él. El vagón a pesar de sus enormes dimensiones, que de repente suelen ser chicas, y con todas sus ventanas abiertas se veía inundado de un hediondo olor a pies. Cuando le puse atención, realmente atención, lo miré y vi cada hendidura de su rostro, cada cabello desaliñado de la barba, cada mancha de mugre y su pie desnudo con esas uñas amarillentas y largas. Él estaba vestido con pantalones estilo queso gruyere, tenía pegado a todas su prendas un vivo recuerdo del polvo de todos aquello lugares donde había dormido, al menos últimamente; una playera que en sus mejores épocas fue tan roja como los labios de mi novia pero sólo se podían comparar con el frío que pasaba en mis noches de campamento, cuando la fogata se transformaba en rescoldos que se iban ennegreciendo cuando se acababa la leña; el suéter debió haber sido un pedazo del firmamento nocturno pero hoy, ni la noche más rota y obscura, podría semejarse con esos hoyos que lo cubrían de frío. El vagón avanzaba mientras él, tal vez delirante de hambre, reparaba su bota, más desaliñada que su barba, y le platicaba. Yo siempre supuse que ambos se contaban chistes pues él reía. El vagón bajaba su velocidad, lo que obviamente me indicó que se aproximaba una estación, me di la vuelta y di un paso para situarme en frente de la puerta, al igual que los otros que estaban adelante. Él se dio prisa y trató de ponerle el cordón a su zapato para lograr ponérselo a tiempo y bajar en la siguiente estación. El vagón se detuvo por completo en medio de la nada por un muy breve momento que pareció


largo, él nos miró a todos y esbozó una sonrisa que yo interpreté como "ilusos, perdedores". Seguía pasando el cordón por uno y otro hoyo procurando no equivocarse. El vagón inició su marcha y se detuvo en la estación. Bajé, pero no lo vi bajar, él seguía intentando ponerse el zapato a prisa. No lo consiguió. En el paroxismo que me causó ver toda esa escena: el metro alejándose y él aún abordo; pensé que un mendigo con tanta personalidad como ése no le debía importar si bajaba en la estación que viene, o en la que viene, o en la que viene, o en la que viene, o no bajar. Justo cuando el metro arrancó de la estación Viveros logró ponerse su zapato, se levantó tranquilo y fue al centro del vagón. Estaba mirando la puerta que no abría, miraba las ráfagas de luces que pasaban como flechas frente a él en el túnel obscuro. Sacó un trozo de torta, que seguramente se había encontrado y guardado en la única bolsa del pantalón que no tenía agujeros, le dio una mordida mientras se abría la bragueta, levantó su mano derecha y lanzó el pedazo de torta por la ventana y se incrustó como un bicho de carretera en el tren que pasaba en contraflujo. Orinaba, quitado de toda vergüenza, mirando, los nimios instantes de segundo, a la gente, niños, niñas, hombres, mujeres, viejos, mendigos igual que él. Terminó de pasar el tren vecino. Terminó de orinar. Vio las luces de la próxima estación. Se subió la bragueta. Hizo el mismo movimiento que yo hice una estación atrás para situarse en frente de la puerta. Todo se paró, se abrieron las puertas y bajó del vagón mientras sentía la mirada de dos mujeres recatadas y ancianas que lo vituperaron cuando entraron, por la misma puerta que él salía. Subió a la superficie, se dirigió a una esquina y de la misma bolsa de donde sacó la bichotorta sacó una tarjeta de teléfonos, descolgó, marco ocho dígitos: un timbre, dos timbres -sitio de taxis- contestó otra voz al final de la línea. La noche se comenzaba a inundar de gotas perdidas en el aire. -Necesito un taxi, me han robado y tirado en un bosque por el Ajusco, llegué como pude, les pago en cuanto llegue...


doy buena propina y vivo hasta Anzures- Contestó la otra voz. -No se preocupe, en seguida vamos por usted ¿Nos da la dirección? No tardó mucho en llegar el taxi, dudó un poco al verlo. El taxista pensó "Este tiene cara de que me va a asaltar". Siguió de frente y le dio la vuelta a la manzana mientras pedía indicaciones por radio del cliente. No había duda, era él. La lluvia comenzaba a hacer más cruel su descenso justo cuando abordó el taxi. -Engels 48. Rápido, por favor.El taxista esperó un poco en ese edificio dubitando que apareciera de nuevo. Apareció con cambio justo y con algo más del precio de la tarifa de propina - Buenas noches.Él subió a su apartamento y preparó todo para el gran día. Sus padres vivían en París, la tierra que le fue prometida cuando acabara sus estudios universitarios, creyendo que el dinero que le mandaban para colegiatura, la más cara de México; renta, gastos personales y servidumbre, una chica para los fines mencionados; sin saber que el único gasto que se empleaba correctamente era el de la empleada doméstica, quizá mejor pagado de lo debido. La empleada doméstica le preparó la cena. Cenó con él. Terminando fue a revisar que su equipaje estuviera listo, los boletos de camión y su cuchillo, él nunca viajaba sin su cuchillo. Pasó las cosas a un lado de la cama. Se desnudó. Llamó a la empleada quien llegó ya desnuda y ambos tuvieron sexo de una manera desenfrenada, no habitual, pervertida y casi no natural. Al final, ya los dos, él salpicado de la pulcritud de ella y ella, embarrada del néctar salido de las costras de mugre de él; hablaron del viaje:-¿Ya la convenciste? -Si, fue muy fácil -Como me encabronan las fáciles... ¿A qué hora salen mañana? -A las diez y media. -¿Qué playa es?


-Río Grande. -Qué bueno, ya sólo nos falta por terminar de recorrer Oaxaca y Chiapas para acabar de conocer todo el pacífico. Sonrió el chico y asintió con la cabeza. Continuó hablando la empleada: -Procura matarla el miércoles, así el jueves que llegue todavía está fresca. -Bueno, pero sólo si lo hacemos otra vez hoy ¿de acuerdo? -Bueno -¿Y ya tienes visto quien va a ser la próxima? -Sí, una chica que acaba de huir de casa, me la encontré por Cuautitlán, al norte de la ciudad. -El jueves me pasas los datos, así para el viernes que llegue la comienzo a trabajar. Se armó un gran silencio pues empezaban con su guerra sexual y ella le dijo al final del silencio: -Si la matas antes conserva los pezones aunque se en hielo ¿hecho? -Hecho. -Ayyy ¿Qué dirían tus papis franceses de su querido closhand. Eran eso de las nueve y media, me subí al último camión que se dirigía al estado de México. Me dirigía a Cuautitlán, En el camión íbamos cuatro gentes y él...


Sweet dreams Denise Unos policías intercepta a un adolescente en un callejón, impasible el joven ni siquiera les quiere contestar donde vive, atontado de felicidad, la fiesta ya había durado demasiado, el olor a pegamento les forzó a quitarle sus últimos 200 pesos además de lo único que le había permitido conseguirlos, una pistola rota y sin balas sobre la cual estaba sentado. Jodido Otro feliz, está cerrando un buen contrato, su sonrisa creciente a cada movimiento de la pluma de ese gordo sudador firmando frente a él. Siente crecer y llegar la satisfacción igual que su esposa mientras se la coja su amante. Jodido Y ella trabajando y sufriendo atrocidades para dar luz al tercero tan esperado mientras el mayor llega al hospital, su papá y su otro hermanito a su lado. Ya muertos, en la ambulancia. Frescamente atropellados y jodidos igual como el recién nacido. Jodidos También el gordo este, recién establecido en EEUU. Recién gordo también. Echándose su tercer American Dream Burguer. Su vieja y arrugada madre se murió de hambre hace una semana en Alger en los brazos de su hermano menor que no ha de tardar. Gordo nuca sabrá más de ellos y come y come. Jodidos Y todos los niños que duermen bajo los puentes de las vías rápidas, esperando con hambre una familia. Jodidos Junior tal, estrenando su nuevo convertible del año (su primer coche) con su gata del momento, quién por veloz y precoz pierde el control y se estrella en un poste de luz después de llevarse con él algún niño que andaba por allí. Jodidos Gordito, 13 años y pesa igual que su tierna madre. Afrontando las risas y burlas cotidianas de sus pequeños compañeros de la primaria. En dos años cuando llegue a la secundaria por fin tendrá un amigo con el cual podrá


compartir los recreos escondidos en los baños. Jodidos Y estos recién casados, artistas e intelectuales, esperando con ansias el primer hijo, el cual no será nada menos que un genio, el más amado y consentido. Que decepción inconmensurable tuvieron cuando su doctor les empezó a regalar información sobre el síndrome de Dawn. Jodidos La abuelita, muriéndose lentamente al lado de su viejogordo, olvidada por sus hijos. Esperando pacientemente el próximo golpe mientras la sopa se calienta. Haber cuando vuelve a comprarle su tequila y cambiarle el pañal. A las 5 se lo hace saber. Jodidos Flaquita, 29 años, comprándose un nuevo espejo diario. Ingenua se hace, como si no supiera que la fealdad no es más que otra enfermedad sin cura. Pronto tendrá novio, pronto llegará el amor, pronto será el tiempo, pronto se le quitarán estas cicatrices que llenan su corazón, y su cara. No se preocupa. Por lo mientras se sigue comprando espejos al mayoreo. Jodida La señora, aferrada a ponerse falditas que ya no le quedan desde hace años, hoy también se arregló para salir, a esperar el amor en la esquina. Jodida Ella, que acaba de perder su virginidad a los 35 años, violada. Jodida Y las hormigas, atrapadas el la empalagosa paleta. Y las mariposas nocturnas, quemándose las alas en el atractivo foco. Y el perrito callejero, refugiado confortablemente a la sombra del coche. Comiéndose los restos de su primer bistec. Un ruido de motor, un grito o ladridito ahogado. No más bistec para él. Y no hablemos de todas las demás bestias de este planeta, esperando con paciencia su turno para extinguirse. Ni del escritor del cual le huyen los personajes. Ni del músico sordo. Ni del cineasta ciego. Ni del artesana a quien le acaba de amputar un brazo. Ni de la modelo sin nadie para lucirse. Ni del niño que nace con VIH. Ni del rico sin familia. Ni del campesino sin tierra.


UN MINUTITO DE FURIA Alvaro Bautista Cuando el autobús se detuvo, pensó que algo en él también hacía un alto. Después de todo, la vida no era más que una serie de interrupciones, un detenerse y seguir el mundo, un silencioso andar con la muerte respirando sobre nuestra nuca. Subió los escalones dubitativo, extendió la mano y dejó caer unas monedas sobre la grasosa y sucia palma del conductor y se internó en el pasillo en busca de un rincón para sentirse a solas. Nada hay tan triste y desolado en esta tierra como los rostros desahuciados de los extraños que vagan por las calles, pensó y se reconoció en el desamparo multitudinario. No hay a donde ir, donde esconderse, esa es una de las desventajas de contar con un mundo redondo, de vivir en base a ciclos, de tener los ojos atrapados en pequeños círculos, de estar lleno de formas suaves y circunspectas. Se asomó a la ventana e intentó detenerse en los tacones de una muchacha rubia que andaba con singular soltura por la calle e imaginó su vida con ella: el noviazgo, la boda, los hijos, el desamor y...Mejor no, qué flojera. Decidió volver la vista hacia unos perros que jugaban y que supo más inofensivos, mientras mantenía una sonrisita burlona por lo irónico de la comparación. Después de 10 minutos de trayecto comenzó a desesperarse, a sentirse atrapado, su cuerpo comenzaba a adquirir una consistencia parecida a la goma, la creciente temperatura lo empezó a poner de malas y entonces se dio cuenta de que la vida no era más que un lote baldío lleno de excremento y que él era la víctima. La gente que veía a través de la ventana ya no le inspiraba ningún tipo de ensueño, es más, se convertían poco a poco en su pesadilla. Tenía ganas de gritar, de estrellar su frente en el cristal para encontrar alivio, de tirar de una patada a la venerable anciana que de pie se sujetaba al barandal del colectivo. Se maldijo de estar, de haber nacido y bien dijo


maldiciones a todos aquellos que no lo dejaban solo. Apretó los dientes y comenzó a llorar contenidamente con la vista en las calles y en sus personas. Empezó a odiarlos a todos con todo el infinito dolor que había en su alma. El semáforo detuvo la marcha y él se incorporó y le cedió el lugar a la octogenaria que iba de pie tomada del barandal. La anciana se lo agradeció con una maternal y ridícula sonrisa que Edgar devolvió con todo el asco del que era capaz mediante un escupitajo verderojizo que cegó repugnantemente a la viejita por unos cuantos segundos, mientras emitía maldiciones e improperios al impertinente y estúpido hijo de perra, chinga tu madre pinche chamaco pendejo. Cuando él sintió que ya ninguna mirada de los pasajeros le faltaba y que su madre había sido debidamente maldecida, fue entonces que decidió a sacar de entre sus ropas una revólver calibre 45 y sin responder a las majaderías de la pequeña anciana sintió enseguida cómo el estruendo del rayo lo purificaba y bañaba su rostro de sangre caliente y rojiza. Comenzó a reír. Los gritos desesperados de las mujeres y la valiente disposición a huir de los varones le dio risa. Primero disparo sobre los más inquietos, después comenzó a gritar y a desesperarse al igual que ellos y disparó en todas direcciones porque se sintió un poco loco. Cambió el cartucho y se dio cuenta de que el autobús se había detenido: el cuerpo del chofer mostraba un orificio de bala en la nuca, espectáculo le pareció bello y gracioso cuando el haz de luz rojizo que lo envolvía cambió a verde súbitamente. Volvió a reír y se dio cuenta de que había llegado a su destino. Eran las dos de la tarde y le agradeció a Dios y a los autobuses vespertinos que lo hubieran hecho llegar sano y salvo a casa.


LITERATURA DEL CERCANO ORIENTE. J.R. Anaya Hay hombres del Oriente dijo que son el Oriente Hay hombres de provincia que son esa provincia Hay hombres del valle que son ese valle Wallace Stevens A Martha López Sobreyra Como en la Atenas clásica, moisés del pensamiento filosófico y las artes en Occidente, en la literatura mexicana también ha existido un centro y una periferia. Paulatinamente, la marginación, como tal, ha comenzado a ser parte nuclear de la cultura popular. Ahora un presidente puede sentarse a comer tamales en Tepito, o puede multipremiarse una película que trata el tema de los niños de la calle. Tales hechos no significan mucho. En mis años mozos, me topé con un cuento que se contextualizaba por la zona del Aeropuerto, y cuyos personajes era preadolescentes que decían "puta y pendejo", que trabajaban en la calle y experimentaban su sexualidad como dios les daba a entender. Después supe que se trataba de un texto incluido en una imprescindible antología de Seymour Menton, El cuento hispanoamericano, y que el autor, Emiliano Pérez Cruz, se había inspirado en una historia real para escribirlo. Como adolescente marginado de las colonias del Oriente de la ciudad, el cuento me causó inquietud y aliento. ¿Esto también es literatura?, fue una pregunta que el tiempo me ha ido contestando. "Cada colonia es una ciudad" advierte Nacho Trejo Fuentes, y durante mucho tiempo y en bastante literatura se habían privilegiado ciertas zonas urbanas: el centro y barrios circunvecinos, la Roma y colonias aledañas. La


ciudad es tan grande y tiene tantas ciudades dentro de ella, que, como dijo Salvador Novo, "uno llega, si vive en (la ciudad) muchos años, a no ejercer más que unos cuantos sitios". Quizá por éstas y otras razones fue que hasta finales de los setenta comenzaron a escribirse crónica y narrativa que se refirieran a las colonias de Oriente, una zona tan grande como marginada, tan olvidada como literaria. Así como la ciudad incluye varias ciudades, y el Centro distintos centros (Y retiemble en sus centros la tierra), el Oriente incluye al Oriente Centro: Merced, Candelaria y otras, al Oriente Sur: Iztapalapa, y Oriente Norte: Bondojo, San Felipe, etc. El Oriente es un mundo cuyo centro está en todas parte y su circunferencia en ninguna, diría el Giordano Bruno de la Gertrudis Sánchez. De una manera desordenada, fui revisando algunas crónicas escritas sobre la Ciudad y pocas saltan a la vista que hablen sobre la zona oriente. No sé con qué lógica se me ocurrió comenzar por el siempre joven Novo, de quien encontré un texto publicado a principios de los setenta publicado por el Fondo, Los Paseos de la Ciudad de México, en el que habla de un Oriente más provincial que urbano: Las canoas que regresaban de los pueblos de Santa Anita e Iztacalco, ofrecían un nuevo aspecto por los adornos de las personas que venían en ellas. Las mujeres coronadas de lozanas y frescas amapolas, rojas y blancas, y los hombres con idénticas coronas puestas en los sombreros... Eran dichos pueblos los lugares elegidos en tales días por la gente para su esparcimiento. En las chozas de ramas y zacate, y en las pequeñas huertas se instalaban los paseantes para merendar, unos el tradicional atole de leche y los tamales, otros pato cocido y tortillas enchiladas, renovándose el fandango. De entre los libros de crónicas escritos por Monsiváis, me aboqué a su antología Ustedes les consta, donde el escritor ubicuo, después de hacer un completo estudio sobre la crónica en México, selecciona a un nutrido grupo de "escritores más que periodistas", que van desde


Payno y Prieto, hasta Revueltas y Garibay, pasando por Micrós, Leduc y Novo: de las 52 crónicas escritas por 32 escritores, sólo encontré "Una visita a la Candelaria de los Patos" en la que Ignacio Manuel Altamirano describe "la miseria de cuadros desgarradores" que causan "tristeza, horror y lástima". Luego apareció "Las glorias del Gran Púas" en la que Ricardo Garibay recrea genialmente el habla del ídolo de la Bondojo. En tercer y último lugar, "Iztapalapa, otra vez", de Jaime Avilés, una de las primeras crónicas que refieren la pasión de los Cristos de vecindad. Me parece que una de las ausencias notorias de la antología monsivaíta fue Jorge Ibargüengoitia. Sin embargo, releyendo sus Instrucciones para vivir en México, la ausencia de la zona oriente también fue notoria. De las antologías de crónicas que consulté apareció una joyita que compré por cinco pesos en una librería de viejo, recopilada por Juan Helguera, productor por muchos años del programa "La guitarra en el mundo" en Radio UNAM, que incluía, entre otros, a Ermilo Abreu Gomez, Juan de la Cabada, Emilio Carballido, Carlos Illescas, Renato Leduc, Guillermo Jordán. Ninguno alude al Oriente. Pensando que el Oriente es una zona bravía, festiva, nocturna, pensé que podría encontrar crónicas en textos que aludieran a las disipaciones del alma. Fui primero a Los bajos fondos de Sergio González y luego a Sitios de rompe y rasga en la Ciudad de México de Armando Jiménez: ambos textos privilegian, nuevamente, la zona centro, y colonias como la Guerrero, la Santa María la Ribera, la Roma, la Obrera. Llegó el fin de semana y decidí descansar en mi búsqueda, aquéllos fueron días de "El Salón Palacio" en la calle de Rosales en la Guerrero y "La Cucaracha" en Gante casi esquina con Madero. Allí encontré lo que buscaba (parodiando a Homero Simpson: en las cantinas se encuentran todas las respuestas). Los cronistas de Oriente estaban sentados a mi diestra y a mi siniestra: Por supuesto, mis buenos amigos Arturo Trejo Villafuerte, Mauricio Carrera, Francisco Conde Ortega, Emiliano Pérez Cruz, y


otros tránsfugas de Oriente, Xorge del Campo, César Benítez Torres. Éste último, recientemente compiló el Primer Encuentro de Cronistas de la Ciudad de México, publicado por el Instituto Politécnico Nacional con el título De Tenochtitlán al siglo XX, antología que centralmente se centraba en el más céntrico de todos los centros de la ciudad. Incluso los amigos arriba citados escribían sobre otros lugares que no era precisamente orientales. De 38 crónicas, una reproducía una persecución policial por las colonias de San Felipe, Magdalena Mixhuca, Coyuya y otras. El título mismo de esta crónica "El rostro oculto del Distrito Federal", escrita por Humberto Ríos Navarrete, alude al desconocimiento de los que sucede en el lado este de este monstruo urbano. La otra crónica, "Orígenes del Santuario de Nuestra Señora de Guadalupe", aunque pertenece un poco más al norte citadino, la escribió Horacio Sentíes, quien es cronista de la Delegación que abarca la mayoría de las colonias consideradas de Oriente: Gustavo A. Madero. La búsqueda de Oriente continuó. Por lo que decidí abocarme expresamente a los textos de quienes consideraba escritores orientales. El más cercano e inmediato fue Arturo Trejo, conocedor y vividor de todas la ciudades de la ciudad de México, pero que siempre ha conservado su vena bondojinense, a pesar de que nació en Ixmiquilpan, Hidalgo: Nos orillan a vender, a mendigar, pero yo siempre fui un trabajador orgulloso y si no cedí de joven con lo que yo consideré me correspondía, ahora menos de viejo. Venderé periódicos, voy a dar grasa, pero micasa seguirá siendo mi casa y a ver cómo le hago pero voy a seguir pagando el cargadísimo predial porque la colonia Bondojito no es una zona residencial. ("¡Mexicanos al grito de gol!") Hasta la fecha Arturo vive en la Calle Oriente # equis, entre Eduardo Molina e Inguarán. Los orientales son muy orgullosos de sus colonias. Las defienden, las reivindican, las hacen suyas. Como el caso del cuento, luego novela de


Mauricio Carrera, Marilyn Monroe y otros personajes, cuyo protagonista, después de vivir muchos años en Estados Unidos, lo que más añora es su país, su colonia (Obregón, metro Mixhuca), sus cuates: Sí, qué tiempos aquellos. Memorables y de relajo. La palomilla reunida: Lucas, el zotaco, el chaleco y el morsa. El voy derecho no me quito y si me pegan me desquito. O derecha, derecha como decíamos -y volteábamos a ver pasar a una muchacha-, o izquierda, izquierda, y no faltaba quien, a señas o chiquita: ¡con esa boca comes? nos dijera de nuestra mama, o de lo que nos íbamos a enfermar o a estirar la pata, aunque también -la mayoría, claro- se sonreían con nuestras gracias y algunas hasta nos daba su teléfono y de paso sus medidas. Esta atmósfera siempre popular, los mercados y los antojitos, la fiesta y ligue callejeros, la banda en la tiendita de la esquina, la cascarita de fut, las chelas en la banqueta, el albur, los apodos, el lenguaje lúdico, son elementos tan de esta literatura. En algunas crónicas de los escritores del este, aparecen personajes y/o narradores que tienen un sobrenombre permanente: Julio Bello Galán, Licenciado Carnitas, Satán Patrañas, La Malurbe, Homero Fajardo, etc. La banda , la palomilla, los cuates, la flota, son referencias constantes en nuestros escritores. La solidaridad a flor de piel, juntos para el desmadre o para buscar chamba, juntos para la peda y también para los préstame-pal-chivo, juntos para la madriza contra los de la otra colonia o para defenderse de la tira o hazme un paro, que ya entambaron a mi carnal. Meses atrás, posiblemente años, Julio Bello Galán había sido levantado, como a las diez de la noche, de La esquina de los hombres solos -Norte 76 y Victoria- por una patrulla que lo llevó, solo y su alma de poeta, a la quinceava delegación. Julio recordaba que los demás cuates alcanzaron a correr; sólo él, más borracho, fue alcanzado por la justicia. Tampoco recordaba si aún existía la quince;


allá en Eduardo Molina, cerca de la Unidad Morelos del IMSS pero en la acera contraria; sólo recordaba que allí cio por vez primera esa mirada. ("Por sus miradas los conoceréis" de Francisco Conde Ortega) Este sentido de carnalidad, de cuatachismo, se encuentra muy presente en los textos del coetáneo geográfico de Paco Conde, el nezahualcoyita nacido en Santa María la Ribera, Emiliano Pérez Cruz, quien caminando desde La Candelaria hasta Chapultepec o en bicicleta desde Ciudad Neza hasta la Ciudad Universitaria, así de ciudad a ciudad, se hizo dueño de las calles, de las grandes avenidas, de los edificios céntricos, del espacio urbano que le trazó una identidad propia, como la de su literatura. Nezayork, Minezota, Nezahualodo, Nezahuapolvo, Nezahualpillos, la ciudad de la eterna polvareda, la ciudad de los rascasuelos, es ya parte del Oriente de la ciudad. Es tan hijastra de la ciudad, tan media hermana, tan chilanga por adopción. Toma la mitad de tiempo llegar del Centro histórico a la Ciudad del Coyote Hambriento, que a las delegaciones Xochimilco, Cuajimalpa o Milpa Alta. Además, como señala Conde Ortega, Neza "ya no es un dormitorio, Nezayork es la ciudad de la alegría". Sobre esta ciudad, forzado clon de nuestra mal urbe, transcribo un fragmento de la crónica del autor del cuento sobre la pobreza, el desmadre y la soledad de las zonas marginadas, que leí hace ya algunos años y que hoy sé, indudablemente, que también es literatura. Esta crónica "Fe de bautizo" es fiel retrato de lo que el homo chilangus tiene de provinciano, de santo inocente que aparenta agresividad, una violencia a la que la misma urbanidad lo ha orillado; además es reflejo del sentido festivo que el defeño pobre, con sangre prehispánica, le otorga a la más jodona de sus novias: la muerte: El velorio era muy tranquilo; no había que llorarle tanto al angelito. Claro que las mamás estaban destrozadas,


aunque para muchas familias muy numerosoas era "una boca menos que mantener; así lo quiso Dios". Al otro día era el cafecito, el pan. El almuerzo con tamales antes de irse al panteón... La procesión tenía que caminar del kilómetro 9 al 17... El Río Churubusco se desbordaba e invadía esa zona, donde ahora es la conia El Sol. El cortejo avanzaba sobre El Bordo, cruzaba baldíos y baldío; no se contrataba carroza y la caja la cargaba el papá al hombro. No faltaba quien montara el ataúd a una bicicleta. El Oriente siempre me ha seguido. La ciudad nos vive, nos persigue, nos devora. He vivido y sobrevivido en Netzahualcóyotl y Aragón, nací en La Michoacana, colonia poco conocida, que tiene como vecinas circunferentes a la Morelos, Tepito, 20 de noviembre, Cuchilla del Tesoro, entre otras joyitas. Aquí tuve a mis primeras novias que me echaron a perder, aquí conocí a mis primeros amigos que me enseñaron a salvarme de los peligros de la ciudad, aquí viven mis nuevos amigos que me han enseñado a salvarme de los peligros de la literatura. Por si fuera poco, trabajo, en el Oriente, en una Preparatoria del Gobierno del Distrito Federal, el cual pretendió, desde un principio, ubicar todos sus planteles de bachillerato en zonas marginadas; e Iztapalapa sí que lo es. El modelo educativo de estas preparatorias es (al menos, esa fue la intención inicial de su currícula) acercar a los alumnos a la literatura a través de textos que reflejen su realidad, recreando y enriqueciendo su competencia lingüística. Como Emiliano Pérez Cruz, mis alumnos orientales al leer a El Buscón o a El Lazarillo se identifican viendo cómo esos chavos de hace siglos se fletaban diario para sobrevivir en un contexto pobre y gandalla, social y económicamente. Como yo, los alumnos leen "Todos tienen premio, todos" del autor susodicho, y "El mariscal de campo" de Juan Villoro, ubicados en su cercano Oriente, donde los protagonistas se parten la madre en torbellinos y trombas de marginación social, desempleo, agresión,



Fantasiofrenia i