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El arte de tu cuerpo Todavía podía recordar la primera vez que le vio. A medida que se acercaban a la cama no dejaban de pasarle por la cabeza las razones por las que aquello no estaba bien. Ella era una loca; o al menos eso decía su ex marido y todas sus vecinas, vivientes testigos de que las peleas habían existido. La falta de media vajilla también lo corroboraba. Pero no sólo eso. Este chico era joven; muy joven. Tenía toda la vida por delante y muchas chicas que estaban deseando hacer lo que ella se había propuesto esa noche. Una vez más el roce de los labios de Edward echó por tierra cada una de esas razones junto con todo pensamiento coherente que pudiese tener Bella. Puede que la diferencia de edad fuese mucha; o que la experiencia de la mujer superase con creces a la del chico, tanto que ésta no podría hacerle frente ni aunque viviese dos vidas. Pero no importaba. Aquello era real. Tan real como que en cada caricia sus pieles ardían y con cada beso su corazón se aceleraba avanzando un paso más hacia el colapso. Ella marcaba el ritmo. Él intentaba seguirlo. Un jadeo más significaba un sentimiento que renacía para Bella; sentimiento que creía perdido. Un nuevo roce era algo que aprender para Edward. Y es que el chico no era inocente ni mucho menos, pero sí inexperto. Un chiquillo que apenas empezaba a conocer la vida. Daba gracias al cielo a cada instante que pasaba porque no pudo encontrar mejor guía que ella para descubrir el amor, para adentrarse en cada uno de los rincones de la pasión, del cuerpo a cuerpo. Esa parte de lo físico que tanto atrae desde que se conoce y que tanto asusta al mismo tiempo. Y pensar que de haberse negado a la sugerencia de su hermana no la habría conocido… Necesitaba dinero y de todas las cosas absurdas que se pueden hacer para conseguirlo aceptó posar como modelo. En ese momento, a escasos centímetros de su cama, se sentía orgulloso de haber entrado a la clase de pintura; eufórico por haber dejado a un lado sus miedos posando para treinta alumnos. Ella había estado allí y sólo por ello no se podría arrepentir nunca. Ahora no se podía permitir desaprovechar la ocasión. Le había costado mucho que Bella le viese como algo más que un niño. Estaba dispuesto a todo por ella. No le importaba su edad ni su pasado. Le daría todo cuanto tenía con tal de que le dejase permanecer a su lado. Se lo estaba demostrando; no había tenido duda alguna a la hora de entregarle su virginidad. ¿Qué no era tan valiosa como la de una mujer? Quizá. Pero era la prueba más tangible de que la amaba con toda la confianza que eso supone. - Tienes que enseñarme a pintar – El aliento de Edward llenó el espacio entre los pechos de Bella. No podía entender cómo el conseguía formar una frase entera cuando ella, a sus treinta y tres años, era incapaz de articular palabra. Él se separó sabiendo que Bella no podría hablar mientras su lengua no abandonase su piel. Podía ser novato pero conocía el efecto que tenía sobre aquella mujer. Sus miradas se cruzaron y el desconcierto de ella se hizo patente. - ¿Por qué te interesa pintar ahora? ¿No podemos hablar de esto después? – No tendría ningún problema en enseñarle. Las clases particulares serían una excusa perfecta para estar con él; pero no entendía porqué estaba tratando ese tema cuando sus cuerpos desnudos y ardientes estaban esperando por lanzarse a aquella cama. - Prométeme que me enseñarás – Edward acunó su rostro entre sus manos. - Te lo prometo. Pero…no entiendo. ¿Por qué quieres aprender? - Necesito tener una forma de guardar esta imagen – Se separó un paso más de su cuerpo y la observó, barriendo con sus esmeraldas cada centímetro de piel hasta volver a los orbes chocolate de ella – Pintar será la forma más auténtica de guardar este recuerdo. Las palabras se atoraron en la garganta de Bella. Sollozos y varios “te quiero” pugnando por salir. No lo consiguió. Sólo fue capaz de volver a acortar la distancia entre ellos y devorar sus labios. El pecho de Edward se hinchó orgulloso. Intentando no dilatar más la espera la alzó entre sus brazos para acomodarla entre las sábanas. Estaba deseoso por experimentar aquello. ¿Qué se sentiría al estar dentro de una mujer? Mejor aún, ¿qué se sentiría al estar dentro de Bella?


Y es que ella no era cualquier mujer… Pasó de ser la profesora de arte a su amante, su diosa. Y en ese segundo, contemplando su cuerpo, no podía dudar de ello. Ella misma era puro arte.


El arte de tu cuerpo - Prólogo