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La bañera - ¡Renesmee Carlie Cullen! ¡Sal ahora mismo del armario! Sin duda alguna esta niña era un terremoto. Desde que Renesmee había cumplido los seis meses de edad se había vuelto hiperactiva. Mi hija aparentaba ser una niña de casi dos años con unas habilidades nada usuales. Sus capacidades se habían desarrollado en este tiempo y, aunque todavía le quedaban cosas por aprender, el ritmo que llevaba era vertiginoso. Hacía casi media hora que estaba intentado negociar con ella para que dejase de esconderse por la casa. No es que no pudiese cogerla; es que estaba intentando no seguirla el juego. Se supone que teníamos que educar a nuestra hija. Tarea muy complicada con unos tíos y abuelos que le consentían todo. Bueno, sus abuelos no tenían tanta culpa...intentaban ayudarnos. Pero sí que había cierto duende que dificultaba mucho que no se convirtiese en una niña caprichosa. Edward había salido un rato con sus hermanos a cazar. Solíamos ir los tres juntos pero esta vez había decidido acompañarles pues hacía demasiado tiempo que no tenía un “momento de hombres”. Mientras a mí me tocaba lidiar con el pequeño ciclón que tenía por hija. Como cada noche debía bañar a Renesmee antes de acostarse. Quizá no le era tan necesario como a un humano, pero queríamos educarla como a una niña cualquiera, con sus muchas peculiaridades, claro. El problema había llegado hacía unos días. Edward y yo decidimos que tendríamos que enseñarle a disimular ante los humanos. La hiperactividad que mostraba nuestra niña no era muy buena para pasar desapercibida, así que estábamos tratando que adquiriera algunos hábitos. Éstos incluían la comida. Renesmee la toleraba y podría alimentarse sin problemas pero desde su nacimiento se había decantado por nuestra dieta; una que nunca se saltaba. Para cambiar una mínima parte eso, estábamos intentando que comiese algo de vez en cuando. Hoy era uno de los días que pertenecía al “de vez en cuando”. Ignorando el olor que desprendía, le había preparado un vaso de leche con cereales. Pensé que no sería tan desagradable. Al menos era mi desayuno de todas las mañanas cuando era humana. Por supuesto, el monstruillo no pensaba igual. En cuanto olió la comida salió corriendo a esconderse. Y era eso lo que había estado haciendo durante los últimos treinta minutos. Moviéndose como un borrón por toda la casa. - ¡Vamos, hija! No puedes estar escondiéndote toda la noche. Aún tienes que bañarte antes de irte a la cama. La única respuesta que obtenía eran risitas. Se movía a una velocidad de vértigo. Menos mal que aún no nos había alcanzado a su padre y a mí. No sabía que sería de nosotros. - Se acabó. O sales ahora mismo o... No pude acabar la frase. Edward apareció como un rayo entrando por la puerta. Seguramente nos habría oído desde afuera. - ¿Qué pasa? - A tu hija le ha dado por jugar al escondite. Todo con tal de no tomarse los cereales. Prueba tú a ver si la convences. Edward era el ojito derecho de Renesmee. Nosotras teníamos una conexión especial como toda madre e hija. Pero lo que le unía con su padre era único. Digno de admiración. - Princesa. ¿Puedes dejar de volver loca a tu madre? Si sales te prometo que hablaremos sobre los cereales. Genial. Ahora me sentía como el “poli malo”. Tan sólo unas palabras de mi marido hicieron falta para que nuestra niña saliese del armario de su habitación. Se acercó a Edward y éste la tomó en brazos dándole un beso en la frente. - Hola papi. - Hola, cielo. ¿Por qué no has hecho caso a mamá cuando te ha dicho que salieses? - Porque no quiero esa cosa. Huele mal - arrugó la nariz mientras señalaba la taza con cereales que había en la encimera de la cocina. - Lo sé, amor. Pero tienes que aprender a comer. Tendrás que hacerlo cuando te relaciones con los humanos - Renesmee hizo un puchero, mueca aprendida de su tía Alice, como no - Ahora pídele perdón a mamá. Mi hija estiró los brazos para que la cogiese y comenzó a llenarme la cara de besos. La amaba. - Lo siento, lo siento. Lo siento mucho, mami. - Ya lo sé, princesa. No pasa nada. Pero ahora tienes que hacer lo que te había mandado, ¿si? Asintió sin mucho ánimo y los tres fuimos a sentarnos en los taburetes de la encimera. Renesmee se sentó en la trona que Jacob le había hecho. Era todavía muy pequeña como para llegar a la mesa. Cuando


tuvo delante la comida, una mueca de asco recorrió su rostro. - Es que no es justo, papá... ¿Por qué yo tengo que comer y vosotros no? - Mi vida, porque tu eres medio humana. Además, a nosotros ya nos ha tocado hacerlo varias veces. Bueno, eso no era del todo cierto. En mis seis meses como vampiro todavía no había tenido que hacer el sacrificio de ingerir alimentos. Pero no iba a llevarle la contraria ahora que estaba convenciéndola. - Y si lo habéis hecho, ¿qué mas os da hacerlo de nuevo? Yo no como si vosotros no coméis. - ¡Nessie! - ¡Ay! Cómo odiaba ese apodo. Jacob se lo había puesto cuando aún estaba en mi vientre. Casi todos en la familia la llamaban así. Y por lo visto, su padre se había unido a ese “casi todos”. Le fulminé con la mirada - Lo siento, Bella. Se me ha escapado, amor. Lo dejé pasar. Ya hablaría más tarde con mi familia sobre el nombre de mi hija. Aunque mucho me temía que iba a tener que acostumbrarme. Decidí acabar con todo el asunto de los cereales de una forma justa. - Vale, princesa. Tú ganas. Nosotros tomaremos una cucharada cada uno a cambio de que el resto de la taza lo acabes tú. Los labios de mi pequeña se torcieron en una gran sonrisa a la vez que su padre abría los ojos de par en par. Una cucharada no sería para tanto... Le toqué el brazo y bajé mi escudo. “ Vamos, amor. Ya lo has hecho más veces. Es una cucharada. Además prometo recompensarte.” Esta última frase le hizo cambiar la expresión a su maravillosa sonrisa torcida. Sabía que no podría decir que no. Renesmee salió disparada hacia el mueble y nos trajo una cucharilla a cada uno. Quedó de nuevo colocada en la trona y señaló la taza. - Mami, papi. Vosotros primero. Tomé la cuchara con decisión y la hundí en la masa de cereales ya blandos por la leche. Quizá si no respiraba no sabría tanto. Cuando tuve mi ración miré a Edward para que hiciese lo mismo. Le tenía que tener vigilado para que se lo tragase. No sería la primera vez que se las ingeniaba para esconder la comida. Ambos miramos nuestras cucharas siendo incapaces de reprimir el asco. La niña tenía razón. Olía mal. - ¡Vamos! No tenemos toda la noche... - El monstruillo se llevó las manos a la cintura poniendo los brazos en jarras -no debía dejar que pasara tanto tiempo con su tía-. Era increíble, pero ahora era ella quien parecía la adulta. Abrí la boca y tragué sin darme tiempo tan siquiera a masticar. Eso era pasarse. Edward hizo el mismo gesto para después tirar la cuchara al fregadero queriendo alejarse de ella. - ¡Hecho! Ahora te toca a ti, pequeñaja. Habíamos cumplido así que Renesmee tuvo que resignarse a comer. Con una mueca de total repugnancia fue ingiriendo cada cucharada. Al contrario que nosotros, ella sí debía masticar; al fin y al cabo era medio humana. Pobrecita. - Mientras acabas eso iré a prepararte el baño. Papá te vigilará así que nada de esconder la comida. Y tú, Edward, tampoco le enseñes cómo hacerlo. Nos conocemos... - Por supuesto que no, amor - Mi marido levantó las palmas de las manos en señal de inocencia. La misma que reflejaba su cara angelical. Llené la bañera y recogí el pijama de mi hija que tan concienzudamente había elegido su tía. Alice y la moda... Al segundo ya estaba de nuevo con ellos. - Vamos, Renesmee. Es la última cucharada. Mi pequeña tragó sin rechistar. Cualquier cosa con tal de alejarse de la comida. Edward retiró la taza con una sonrisa. Habíamos conseguido convencerla. - Ahora, reina, a la bañera - Renesmee se lanzó a mis brazos. - ¿Reina? ¿He pasado de ser princesa a reina? - Tú puedes ser lo que quieras, cielo - Su padre le contestó agarrándole los carrillos algo que ella odiaba. Ese era el gesto que hacía Charlie cuando le decía lo que había crecido; lo que ocurría muy a menudo. - ¡Ay! Eso no papá - Nuestra niña cruzó los brazos con gesto de enfado. - No le hagas de rabiar, Edward. - Perdona, princesa - Renesmee pasó de mis brazos a los suyos. No podían estar enfadados. Ya veríamos si eso seguía así cuando fuese una adolescente. Llegamos al baño y, antes de que pudiese decir palabra, la pequeña ya se había quitado la ropa y estaba chapoteando en el agua. - ¡Qué rápida eres cuando te interesa!


Renesmee le contestó con una resplandeciente sonrisa. Cuando me acerqué para enjabonarle el pelo, alcanzó mi mejilla con su pequeña mano. Lo que me mostró me hizo sonreír de oreja a oreja. Se nos veía a Edward y a mí jugando junto a ella en el agua. Cuando me giré para mirar a mi marido, éste ya se estaba quitando la ropa para unirse a nuestro monstruillo. Tengo que admitir que en estos meses no me había acostumbrado ni lo más mínimo a su belleza. Ese torso desnudo era mi perdición, sin duda. Tan sólo pude morderme el labio mientras observaba como se metía en el agua. Nuestra hija al verme embobada mirando a su padre optó por salpicarme. - ¡Renesmee, para! Por supuesto su padre le siguió el juego; como siempre. Y más ahora que sabía por lo que me había quedado en ese estado. Hasta que no estuve calada y todo el suelo del baño encharcado no se decidieron a parar. - Mira, cariño. Ya no te hace falta meterte al agua. - No sé quién es más niño; si tu hija o tú. - Papá es más niño. Yo ya soy mayor, mami. - Claro que lo eres, princesa. - Dejad de ponerme como un niño y ven aquí. No me podía negar. Dejé mi ropa empapada por el suelo y me uní a ellos. La pequeña se tiró a mis brazos en cuanto entré. - ¿Ves, mami? Así no es tan aburrido bañarse. - Pero esto es una excepción. No siempre nos vamos a meter papá y yo contigo. Tienes que bañarte tú sola. - ¡No! Pero si es lo mismo, mamá...- Renesmee puso otro de sus perfectos pucheros. Menos mal que esta vez no le sirvió de mucho porque Edward me ayudó. - Cielo, mamá tiene razón pero te prometo que habrá muchas más excepciones. - ¿Muchas? - Algunas - Edward zanjó el tema. Sumergió la cabeza en el agua para mojarse el pelo, momento que usó nuestra hija para hacerle una aguadilla. Aún no tenía mucha fuerza así que le ayudé un poco. Total, no le hacía falta respirar así que no había peligro. Pero mi marido siempre se las apañaba para pillarnos desprevenidas. Estando bajo el agua aprovechó para hacerle cosquillas a Renesmee y morder mi pierna. Ambas dejamos de hacer fuerza así que pudo sacar la cabeza de nuevo. - Sois unas traidoras. - ¡Qué va, papi! Si yo estaba intentado ayudarte. Ha sido mamá. - ¡Oye, pequeñaja! Eso no se hace... - Así que ha sido tu madre... ¿y qué le podemos hacer? - Edward empezó a mirarme con los ojos entrecerrados... ¡A saber lo que se le estaba ocurriendo! Escuché como le susurraba a Renesmee un “tú ve por ahí”. Al instante mi hija estuvo a mi otro lado quedando yo en medio de ambos. Empezaron a tirar de mí hacia abajo, intentando hundirme. Edward me igualaba en fuerza así que me estaba resultando difícil resistirme. Mi niña hacía lo posible aunque no daba mucho resultado. Su padre intentó ayudar y lo consiguió, como de costumbre. Me mordió en el cuello. No muy fuerte pero sí lo suficiente para que me distrajese y acabase bajo el agua. ¡Qué graciosos estaban esa noche! Cuando salí a flote de nuevo, la risa de ambos inundaba toda la habitación. - Sois crueles. - ¿Te has ahogado, cariño? - Muy gracioso, amor. Ese mordisco ha sido jugar sucio. - Eso ha sido una caricia. Ambos nos fulminamos con la mirada. Ya le enseñaría yo lo que eran caricias en cuanto Renesmee se fuese a la cama. Un pequeño bostezo nos sacó de nuestra burbuja. Al monstruillo se le estaban acabando las pilas. La pobre se había pasado parte de la mañana jugando con Jacob y después con sus abuelos y conmigo. De hecho no sabía como estaba aguantando tanto. - Princesa, vamos a la cama. - No tengo sueño, papá - la última palabra le salió en medio de un bostezo a la vez que se restregaba los ojos con sus manitas. Edward y yo nos reímos por su empeño de mantenerse despierta. Mira que costaba cansarla... - Claro que no, cariño. Y eso no era un bostezo, ¿verdad? - Salí de la bañera llevándomela conmigo.


Su padre nos siguió y me tendió una toalla para envolver a nuestra niña. Ya estaba medio dormida así que debería ponerle yo el pijama. Cuando estuvo vestida fui a llevarla a la cama. Edward estaba recogiendo el desastre del baño. Me acerqué a él para pararle. Eso no sería nada comparado con cómo quedaría. - Amor, déjalo. Y no vacíes la bañera. - ¿Eso quiere decir que el baño va acabar peor? - Mucho peor - Le guiñé un ojo y fui a la habitación de Renesmee con ella en brazos. Al menos esta noche no se quedaría leyendo. Intentaba leerle algo antes de dormir pero desde muy pequeña me había quitado los libros para leer ella. Así no había forma de que se durmiese. Cuando la acosté, besé su frente deseándole buenas noches. La escena que tenía ante mí era la imagen de un ángel. Estaba segura. El mayor tesoro de mi vida dormía plácidamente en su cama y bajo la protección de sus padres. ¿Qué más se podía pedir? Cuando regresé al baño, Edward había encendido algunas velas alrededor de la bañera. Además la había rellenado porque, con tanto juego, apenas había quedado agua. Él me estaba esperando dentro. El sueño de toda mujer y era solo mío. Mío para toda la eternidad. Se me hinchaba el pecho de orgullo con sólo pensarlo. Me uní a él sin vacilar quedando tendida con mi espalda sobre su pecho. El calor de su abrazo era el final que necesitaba para cada día. - ¿Se ha despertado? Sus labios comenzaron a delinear mis mejillas mientras sus manos recorrían mi vientre. Mi droga. - Se ha dormido como un angelito. Estaba demasiado cansada. Recosté la cabeza en su hombro dejando el cuello expuesto. Edward no tardó en trasladar su boca a esa zona. Se sentía tan bien... - ¿Me vas a decir con que te has quedado tan absorta antes? Aunque tenía los ojos cerrados podía imaginar la sonrisa que se estaba extendiendo en la boca de mi marido. Le encantaba el efecto que tenía sobre mí. - Eres un engreído - Le contesté riendo. - ¿Yo? Tan sólo estoy tratando de averiguar en qué pensaba mi mujer. - Como si no lo supieses... Se le escapó una risita ante mi resistencia a decírselo. - Da igual. Me encanta escucharlo. Quería escucharlo, ¿no? Me di la vuelta quedando a horcajadas sobre él. Mi boca se dirigió por instinto a la suya. Nuestros labios unidos, nuestras lenguas luchando en una batalla encarnizada. Tan sólo me separé para acercarme a su oído. Tenía algo que contestarle. - ¿Quieres saber lo que me ha puesto así antes? Has sido tú, Edward Cullen. Siempre eres tú. Porque me vuelves loca y estás en cada uno de mis pensamientos. Le miré a los ojos perdiéndome en esos orbes dorados que sólo reflejaban amor. Amor mezclado con la pasión y anticipación de lo que vendría después. - Me lo tomaré como un cumplido, señora Cullen. Por cierto... ¿qué habías dicho antes sobre el baño? Me lanzó esa sonrisa torcida que creía capaz de hacer latir mi corazón de nuevo. Y yo le devolví la mía, que, estaba segura, tendría el mismo efecto en él. Porque sabíamos lo que queríamos. Y lo que queríamos era al otro. De cualquier forma y en cualquier parte. Llevé la mano ahí, justo al lugar donde sabía que perdería la cabeza. No fallé. Funcionó al igual que lo hizo su lengua en mi cuerpo. - Bella... - Fue todo lo que necesité para perderme en otra noche de caricias. Porque eso sí eran caricias y de la buenas. De las que te hacen estremecer. Las que hacen que cada célula de tu cuerpo vibre. Y las mismas que consiguen lo que creías imposible, que ames aún más a la persona que está contigo.


La bañera