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El regreso Summary: Edward consiguió que Bella permanezca humana a cambio de que el sexo apareciese en sus vidas cambiándolo todo por completo. Todo marcha como debería hasta que una mañana Bella encuentra una nota de su novio: Se ha ido. Un año, tan sólo un año había pasado desde que se marchó. Un año que a mí me había parecido toda vida. Me resigné a dejarle marchar y me di cuenta de que no le podría hacer volver demasiado tarde. Ese hueco que había dejado en mi alma se iba ensanchando cada día, ganando terreno a las únicas piezas de mi corazón que seguían intactas. Me había acostumbrado a vivir con él. ¿Conocen esa sensación que te embarga cuando presientes que algo va a salir mal? Aquello que mucha gente llama pálpito, superstición o como quieran. Te sientes nervioso, ansioso por lo que pueda ocurrir, porque no sabes desde dónde te puede venir el golpe que te derribe. Eso era lo que yo sentía desde que se había marchado él. Toda la seguridad que tenía en los demás, en mí misma se la había llevado con él. No podía acercarme demasiado a alguien porque ¿y si me hacía daño? ¿y si acababa con lo poco que quedaba de mi? No, definitivamente no me podía permitir aquello. Si me acababa consumiendo lo haría gracias a lo que él se llevó pero no porque alguien más acabase esa tarea. Él me dio la vida el día del prado y él me la quitaría. Nadie más. Otra tarde que el crepúsculo llegaba y ese sentimiento que tanto había llegado a odiar aparecía de nuevo. Esperanza. Esa palabra que todos aman y que yo había llegado a aborrecer volvía a tapar una pequeña parte de ese hueco. Él me había prometido una vez que estaría a mi lado cada vez que no fuese capaz de caminar más. Que él me sostendría y me daría el aliento que me faltaba. Y yo, tonta de mi, seguía esperándole cada vez que el día llegaba a su fin. Fue durante un crepúsculo cuando apareció por primera vez y quería creer que sería durante otro cuando vendría a buscarme, cuando estaría a mi lado ahora que me consumía por momentos. - ¡Es ahora cuando no puedo andar! ¡Necesito tu ayuda! ¡Me lo prometiste! - Chillé en vano. Mi cabeza me decía que era imposible, que no me escucharía pero mi ingenuo corazón se negaba a creerlo. Subí las escaleras sin ánimo de nada. Esta ausencia no me dejaba descansar ni durante la inconsciencia del sueño. Ni una tregua. Durante todo el día me compadecía y trataba de preguntarme qué hice mal, pero durante la noche la imponente cama me recordaba mucho más. Hacía un año ese era otro momento más del día en que disfrutar de él pero ahora no había nada. Una cama vacía, sin sentido. Nada. Sólo recuerdos que todas las noches me atacaban mientras dormía y ocupaban mis sueños, el único lugar donde no podía luchar contra ellos. Me acosté y como era de esperar el cansancio me ganó en la batalla de mantenerme despierta. Todo se volvió negro, como estaba durante todo el día pero ahora en sentido literal. Noté como alguien se acostaba a mi lado. Otro cuerpo más bajo mis sábanas que se pegaba al mío, su estómago contra mi espalda. Unas manos que envolvían mi cintura y unos labios que comenzaban a recorrer mi cuello, hombros, nuca. Las manos retiraban mi melena hacia un lado y bajaban los tirantes de mi camiseta para que los labios se abriesen paso. - Te extrañé - Su voz. No sabía si la recordaba exactamente igual o no pero no importaba. Era él. - Tardaste demasiado en volver - Le contesté aunque no con el tono que se podía esperar después de todo. Era en ese momento cuando me despertaba pero no sé si ese día estaba demasiado inspirada o es que la espera de un año había sido demasiado pero aquella noche mi imaginación fue generosa y me dejó continuar, saciar mi sed de él. Una tela de satén cubrió mis ojos. Parecía que aunque fuese mi sueño no iba a poder librarme del negro. No podía ver, estaba totalmente a su merced. Podía hacer conmigo lo que quisiese y yo se lo permitiría. No era la primera vez que sus ojos se habían convertido en los míos. Como uno solo, como un todo. Sus manos me giraron y me destaparon arrebatándome el edredón que me cubría. Levanté mis brazos y le busqué a tientas. Vacío. No estaba, al menos no en la zona que quedaba a mi alcance. - Baja las manos Bella. No voy a dejar que me toques, hoy seré yo quien lo haga. Ha pasado mucho tiempo. Demasiado. Le obedecí. Era lo que mejor sabía hacer, rendirme ante él al igual que él se rendía ante mí antes. Ahí estaba yo, tendida boca arriba en mi colchón a la voluntad del ser más especial que pueda existir, Edward Cullen. Sus dedos comenzaron a acariciar mis brazos, mis manos, entrelazando mis dedos con los suyos como lo habían estado antaño. Luego llegaron hasta mi pelo, peinándolo. Noté su cabeza al lado de la mía, le escuché


inhalar el olor de mi cabello, el mismo que le había enloquecido hasta casi perder la razón hacía tantos años. Sus labios dejaban un camino de besos desde mi melena hasta mi oreja para pasar después por el cuello, mandíbula; pero cuando iban a llegar a mi boca se alejaban. No pude con el anhelo de probar sus labios y levanté los brazos buscándolo de nuevo pero él me agarró por las muñecas y volvió a dejarlos a cada lado mi cuerpo. - He dicho que nada de tocar Bella. Pórtate bien o te ato las manos - Quería hacerle enfadar de nuevo sólo por escuchar sus voz pero lo único que conseguiría era acabar atada y eso lo haría más insoportable todavía. Volvió a llevar su boca al otro lado mi cuello mientras sus manos se colaban por debajo de mi camiseta. Mi respiración comenzó a agitarse. Aquel era un sueño demasiado vívido con el que debería lidiar al día siguiente. Sus caricias y besos me estaban provocando un deseo irrefrenable. Un calor abrasador comenzó a recorrerme el cuerpo desde mi estómago a todas y cada una de mis terminaciones acumulándose de forma aterradora en mi bajo vientre. Estaba segura que cuando me despertase debería calmarlo yo misma, la ducha fría y el pensar en otra cosa no funcionarían esa vez. - Edward por favor... - le supliqué levantando un poco la cabeza intentando buscar sus labios. Era todo lo que necesitaba, un beso. Aquello ya no era sólo anhelo, era pura y dura necesidad. Necesidad de sentirle aunque no fuese cierto. Necesidad de saber que, de alguna forma, seguía conmigo. Necesidad que me estaba haciendo perder la razón hasta el punto de que me atreví a pronunciar su nombre después de un año de silencio. Sabía que él no se podía negar cuando le suplicaba y empezó a darme pequeños besos en las comisuras de mis labios para después rozarlos por completo con los suyos. Pero sólo eso, pequeños roces que lo empeoraban todo aún más. Cuando prolongaba un poco más el roce se volvía alejar. Una dulce tortura que hacía que yo le buscara a tientas con la boca entreabierta y me lamiese los labios para saborear esos pedacitos de placer. Mi entrepierna se había empezado a humedecer en el momento en que le sentí a mi lado y estaba alcanzando límites insospechados. Sentía que mis paredes se hinchaban e hinchaban. - Bella... Sabes mucho mejor que lo que recodaba. Eres deliciosa - ¡Qué voz! Susurrándome al oído su aliento me hacía cosquillas. Por fin acerco más sus labios a los míos y su lengua los recorrió. Excitante, desesperante, tentador, dulce, húmedo... No sabía cómo describir aquello. Tantas eran las palabras que me pasaban por la cabeza pero sólo una permaneció. Imperativo. Tenía que sentir la lengua de Edward en mi boca. Quería explorar la suya, comprobar si había guardado todos los detalles en mi memoria. Cuando por fin me besó sentí como una corriente eléctrica recorría toda mi columna. Su lengua y la mía juntas, danzando al mismo ritmo dentro de nuestras bocas. Sus manos sosteniendo mi cara mientras que las mías se aferraban al edredón para no hacerle enfadar. Sólo cuando quiso volver a mirarme se separó de mí. Su respiración entrecortada dejaba que su aliento rozase mi piel. Sentía como mis pechos subían y bajaban a causa de los jadeos y como mi corazón trataba de salir corriendo de mi pecho. Era tan real. Parecía que el beso también había hecho renacer la necesidad con más fuerza que nunca en Edward porque me quitó la camiseta y llevó su lengua hasta mis pechos. Estaba tan tentada de levantar las manos y enredarlas en su cabello. Ni siquiera sabía qué llevaba puesto porque no le había podido tocar. Mis pechos se vieron invadidos por las manos de Edward, sus besos, sus caricias incluso los pequeños mordiscos que daba a mis pezones haciendo que se endurecieran de forma incontrolable. De mi boca comenzaron a salir gemidos, suspiros cuando sentía que no iba a poder aguantar mucho más. Estaba a punto de tocar el cielo. Una mano se coló por mi pantalón y no pude más que reprimir un grito. Sus dedos en mis pliegues se sentían tan dolorosamente bien. Ese era su lugar; debía serlo. Yo sólo podía levantar las caderas para aumentar el contacto con su mano mientras echaba la cabeza hacia atrás mordiendo la almohada. Tan sólo sacó la mano un momento para apartar mis pantalones y la ropa interior. No pude más cuando su boca se desplazó hasta allí. Sus dedos y su lengua entrando en mí una y otra vez me hicieron estallar. El orgasmo me invadió por completo haciendo que me corriera de forma irrefrenable. - Bella eres mi perdición - Contestó dejando al descubierto su respiración agitada. Volvió a besarme. Su sabor, mi sabor mezclados en una combinación perfecta. Éramos dos seres completamente coordinados hasta el punto de que nuestras esencias creaban una totalmente única. - Te voy a dejar un poco de libertad pero debes ser buena - Tomó mis manos y las llevó hasta su pecho. Llevaba una camiseta de manga corta pude descubrir cuando mis manos viajaron a sus brazos para subir por sus hombros hasta su rostro. No le podía ver y el perderme su cara me estaba matando pero intentaría recordarle lo mejor posible al acariciar sus facciones. Mis dedos recorrieron su frente, párpados, su nariz, aquella que tanto me gustaba cuando se juntaba con la mía o recorría mi cuello por la mañana. Sus labios entreabiertos permitiendo que su aliento rozase mi palma. No lo puede evitar y lleve el dedo pulgar por todo su contorno a lo que él respondió metiéndoselo en la boca. Yo sólo pude suspirar. Aquello era tan sensual y tan tentador. Pero


quería más, no era suficiente. Bajé las manos por su espalda las metí bajo su camiseta intentando quitársela. - Esto no está bien Bella. Es pasarse de la raya - Me reprendió. - Quiero más. Lo quiero todo - Contesté. Edward se quitó la camiseta y dejó que le acariciase el pecho. Sus turgentes pectorales, abdominales. Algo en lo que cualquier mujer caería y esa noche era sólo mío. Podría ser que aquello no fuese cierto pero no importaba. Me podía deleitar con los productos de mi imaginación que tan inspirada estaba esa noche. Cuando quise hacer lo mismo con sus pantalones sus manos me detuvieron. - Eso sí que no Bella. Paciencia. En ese momento se separó por completo de mi. Seguía en la cama. Podía notar su peso en el colchón pero no me tocaba. Escuché cómo sus pantalones caían al suelo al oír la hebilla del cinturón golpear contra él. El saber que sus pantalones ya no nos molestaban hizo que mis piernas se abrieran de forma instintiva. Le quería allí en medio y le quería ya, antes de que me volviese loca por completo. - Bella eres tan sensual, tan irresistible. Me vuelves loco amor. - Me dijo con sus labios rozando los míos y su estómago contra el mío. Arqueé la espalda, quería sentir su pecho contra los míos. Edward se rió del gesto y se enderezó alejándose. - No sabes cómo te ves así, desnuda y con las piernas abiertas para mí. Mi sexo ya estaba de nuevo invadido por la humedad e hinchado. El escucharle hablar sólo hacía que esa sensación fuese a más y más. Tenía que sentirle dentro. - Te necesito. Edward se colocó entre mis piernas y comenzó a besarme. Su erección acariciaba mi centro pero no se decidía a entrar de una vez. Aquello era desesperante. Me estaba matando con la espera. - Edward basta. No puedo más. Por favor. - Le susurré. Apenas encontraba mi voz. Por fin cedió y le pude sentir. Mi cavidad se llenó por completo. Mojada, excitada y feliz. Así me encontraba. Hacía un año que no había podido sentir eso y no sabía cómo aquella noche lo estaba haciendo pero no me importaba. Le tenía dentro. Sólo mío, sólo suya. Un placer exquisito con el que hacía demasiado tiempo que no me encontraba. Hacer el amor con el hombre que amaba. Sentir que el también me amaba a mí. Sentirme deseada y completamente satisfecha. - Dame más Edward. - Estaba tan cerca, tan cerca. No podía quedarse ahí. Ya que apenas me había dejado tocarle, quería que también disfrutara con aquello como yo. Él obedeció y comenzó a moverse aumentando el ritmo. Parecía que con cada embestida se llevaba parte de mi persona con él. Las pocas partes que no se había llevado hacía un año. Lo poco que quedaba de su Bella. Después de esa noche yo desaparecería, al menos sí la chica que él había conocido. Me quitaba la vida como yo quería. Era él y no otro. Lo peor es que por mucho que desapareciese, el dolor no lo haría de modo que sería algo con lo que debería convivir. Cuando el ritmo fue incesante, Edward se tensó anticipando lo que estaba por venir. Un clímax que nos llenó por completo a ambos de pies a cabeza. Yo chillé como nunca lo había hecho y él grito mi nombre escondiendo su cabeza en mi cuello, mordiéndolo un poco de puro placer. Se dejó caer al otro lado del colchón. Los dos jadeábamos como si acabásemos de librar la batalla de nuestra vida. El anhelo de verle me mató por completo y me quité la tela de los ojos. Le miré y ahí estaba. Mi milagro hecho realidad, mi ángel y mi demonio personal, mi hombre. Tumbado boca arriba, intentando recuperar su respiración normal. Cerré los ojos pero el cansancio me jugó una mala pasada y no me permitió volver abrirlos. Al menos mi subconsciente me había dejado verle una última vez. De nuevo el negro envolvió todos mis pensamientos. La dulce inconsciencia llegó y con ella el descanso que tanto deseaba. Aquel que había estado buscando desde que se marchó. Me hacía tanta falta tenerle junto a mí, tanta falta sus caricias. Era esa fuerza que me faltaba muchas mañanas para levantarme; el empujón que buscaban mis labios para curvarse en una sonrisa; la seguridad que necesitaba mi alma para abrirse al resto de las personas sin miedo a que la fuesen a herir; mi puerto seguro cuando había tormenta; al fin y al cabo la cura a todos mis males y sobretodo lo que haría que ese hueco que sentía se borrase por completo. El problema era que él se había marchado y el que yo siguiese teniendo esa maldita esperanza no le iba a hacer volver, no ahora que se había podido librar de mí. Si él no me quería no le obligaría a estar conmigo de esa forma pero me había prometido algo y debía haberse quedado para cumplirlo. Me valía con poder abrazarme a él cuando las cosas iban mal o saber que podía hablarle y escuchar su consejo. Pero hasta eso me había privado. Seguro que me había visto tan rendida a sus pies que creyó que no era posible que yo viviese de aquella forma. Le trataba de echar la culpa a él pero todo desencadenaba en mí. Siempre yo. Cuando me levanté por la mañana estaba sola en la cama como era de esperar pero lo que me sorprendió fue estar desnuda. ¿Mi sueño había llegado tan allá como para acabar desnudándome? Sabía que había sido muy real. Que había tenido varios orgasmos estaba claro. Había sido pensando en él así que no tenía nada de que avergonzarme, lo volvería a hacer. Lo malo es que sólo el recordarlo dolía. Parecía que mi pecho se había


convertido en cristal y con cada recuerdo éste se rompía en trocitos más y más pequeños cada vez hasta que se desquebrajase por completo. No quería levantarme, no podía. Tenía todo el cuerpo dolorido. Aunque el que no me levantase no quería decir que no me fuese a dar cuenta de mi alma y mi corazón, rotos por completo. Era verdad que el me mataría, lo había hecho. Se había llevado todo consigo. Se me había olvidado lo que era la felicidad, lo que era sonreír. Sólo podía recordar la pérdida de que nunca volvería a verle. Además ni si quiera podía llorar porque esa capacidad la había perdido meses después de que me abandonase. Cuando se llora día tras día llega un momento en que no te calma y que no puedes soltar más lágrimas. Sencillamente caes en un estado de semi-inconsciencia que permite que el dolor haga de las suyas junto con los recuerdos. Por un momento me di cuenta de que me daría igual estar en la cama o no así que decidí levantarme. Busqué mi pijama y salí de mi habitación. Cuando bajé al salón me quedé petrificada con la escena que me encontré. Por un momento me creí soñando de nuevo porque Edward miraba por la ventana de espaldas a mí. Quise correr y tirarme encima pero temía que se desvaneciese. Me acerqué poco a poco. Estaba segura que él me había oído desde que me había levantado de la cama. - Ed...¿Edward? - Me costó encontrar mi voz. - Bella. Creí que nunca te levantarías. - Dijo al darse la vuelta sonriendo. - ¿Estás aquí? - Me había vuelto loca seguro. Pero cuánto me alegraba de ello. - Estoy aquí Bella. He vuelto y no me voy a volver a marchar. Te hice un promesa y tengo que cumplirla. - ¡¡Maldito Edward Cullen!! ¡¡Debería echarte de casa ahora mismo!! - No pude contenerme de chillar. Ahora que sabía que estaba ahí conmigo que no saldría volando tenía que decirle lo que me había hecho pasar. Sabía que le dejaría volver fuese como fuese pero eso no le iba a librar de una buena. - ¿Cómo te atreviste de dejarme así todo este año? ¿Y despedirte con una nota? Si no me querías, ¿por qué has vuelto? - Déjame explicarte por favor. - Pidió él levantado las manos como si fuese a golpearle. Imponía cuando me enfadaba ¿no? - Mas te vale que tengas una buena explicación para haberme hecho pasar esto. - Tenía derecho a enfadarme con él, aunque le dejase volver aquello no dejaba de ser injusto. Ni loca le dejaría marcharse de nuevo, no si quería conservar un poco de la cordura que me quedaba. “Edward deja abandonada a Bella pero después del peor año de su vida, ella está gustosa de tenerle de vuelta”. Aborrecía esa descripción de la historia. ¿Por qué tenía que quedar yo como la tonta y débil? - Estabas en peligro y tuve que marcharme para protegerte. - ¿No querías explicación Bella? Pues toda tuya. La palabra peligro conllevaba que mi estómago se encogiese y que empezara arrepentirme de no haber tenido la boca cerrada. - ¡¿Qué?! - Fue lo único que pude decir. ¿Me estaba tomando el pelo? No me podía estar mintiendo. Edward no jugaba con esas cosas. Pero, ¿desde dónde nos atacaban esa vez? - Demetri vino a por nosotros. No quisimos dejar que llegara aquí y te encontrara. Sabía que si te decía la verdad no me dejarías marcharme y querrías venir conmigo, así que tuve que dejarte. Era la única forma de mantenerte a salvo. Tuve que sentarme en el sofá para no desplomarme allí mismo. Había estado en peligro y eso era lo que menos me importaba. Estaba feliz por muy loco que sonase aquello. El hueco de mi pecho se había tapado por completo con la esperanza; esperanza de que tendría un futuro con él, mi futuro. Lo que realmente me preocupaba era que mi novio había estado a punto de morir junto con su familia sólo por mí. El pensar que le podía haber pasado algo, que podría haber dejado de existir... ¡Esa era una idea espantosa! Edward vino a sentarse a mi lado y me cogió las manos. - Pero, ¿por qué? ¿Por qué vino a por nosotros? ¿Ahora qué hemos hecho? - Nada cielo. No has hecho nada. Estate tranquila. Lo matamos, no nos va a molestar más. - Edward ¿qué pasó? Puso cada mano en mis mejillas y me obligó a mirarle. Empezó a explicarme todo mientras controlaba que no fuese a colapsar con tanta información. - Alice tuvo una visión hace un año y vio que Demetri venía a buscarnos. Al parecer los Vulturis decidieron no actuar por el momento y a él le pareció que nos daban ventaja. Ya que sus amos no estaban dispuestos a hacer nada decidió que sería mejor actuar por su cuenta. Cuando me enteré lo primero que pensé fue en no dejar que se acercara a ti, tendría que matarme para hacerlo. Después recordé lo dispuesta que eres cuando se trata de encontrarte con vampiros sádicos y el pánico a que te pasase algo me invadió. El recuerdo de James en el salón de espejos pasó por mi mente. Lo había hecho por él y por mi madre. No era mi pasatiempo preferido ponerme un cartel en la frente que dijese: “mátame”. Menos mal que como siempre él había aparecido. - Si te decía la verdad te pondrías en peligro así que decidí marcharme y hacerte creer que ya no te


quería. Pensábamos que sería por poco tiempo. Lo que menos me podía imaginar es que Demetri tenía tanto instinto de huída. - Apretó la mandíbula al decir esto mientras miraba con odio a un punto por encima de mi cabeza. Me recorrió un escalofrío y le puse una mano en la pierna para que se calmase.- Después de días tras él, le alcanzamos. Al fin y al cabo éramos siete y él uno. Fue algo humillante que nos costase tanto cogerle. El muy maldito huyó hacia Italia y fue allí donde le cogimos. Mi padre creía que sería mejor dejarle vivo ya que había regresado pero no estaba dispuesto después de la fijación que había cogido contigo. Acabé con él aunque provocó que los Vulturis se enteraran. Esos. No sé cómo, pero aparecían en todas mis conversaciones, pensamientos, pesadillas. Desde que les había conocido cuando una tropa de neófitos, dirigida por la sádica de Victoria, nos atacó, no habían salido de mi vida. ¿Es que no desaparecerían nunca? - Vendrán a por mí. - Fue a la única conclusión que llegué. Si no habían matado a mi familia de vampiros todavía, es que vendrían por mí. Mi mirada se perdió en el vacío. No podía ver nada. - Eso no lo sabemos Bella. Pero no te va a pasar nada. No a ti. - Edward no te vas a poner en peligro por protegerme. No puedes - Le reprendí. - Ya lo creo que si. Pero ahora... ¿me dejas que acaba de explicarte? Sólo para que pueda pasar a la parte de las disculpas. - Si era por eso quizá merecía la pena escucharle. - Sí, por favor. Sigue contándome. Me recosté en el sofá dispuesta a escuchar qué había estado haciendo mi novio durante el peor año de mi vida. Nunca me había separado de él y no dudaba en el adjetivo que le había añadido a ese año. El peor, sin duda. Más me valía buscar unas cadenas suficientemente fuertes o alguna excusa muy convincente para mantenerle a mi lado. Si se volvía a marchar no estaba dispuesta a seguir con vida de esa forma, ya que no se le podía llamar vivir. No era eso lo que había estado haciendo durante estos 365 días... - Aro nos llamó. Se había enterado de la pérdida de una de sus mejores piezas de colección. Cuando llegamos nos ofreció una solución rápida, mi muerte. - Me encogí completamente al oír aquello. Solo imaginarlo me ponía los nervios a flor de piel. - Estaba claro que mi familia no lo admitiría. Emmet casi se lanzó contra la guardia para empezar la batalla que tanto estaba esperando; pero Carlise consiguió razonar con Aro. El que viviera con ellos hacía años ayudó bastante. - Carlise siempre consigue razonar. - dije, a lo que Edward me respondió con una sonrisa. - Le pidió que buscase otra solución. Ya sabes la fascinación que tiene Aro por nuestros dones así que ya te puedes imaginar cuál fue su condición. - Quedarse con Alice, Jasper y tú. - Era automática la respuesta. Aro le había ofrecido con anterioridad unirse a ellos pero Edward nunca abandonaría a su familia ni a mí, ahora que estaba en su vida. - Exacto. No me preguntes cómo pero mi padre consiguió convencerle para que el castigo fuese un tiempo a su servicio. Fijamos el plazo en un año a las órdenes de Aro, Cayo y Marco. Conseguimos ese tiempo sólo porque Alice y Jasper accedieron a incluirse en el paquete. Además mi padre no estaba dispuesto a dejarnos solos así que se quedó en Italia. Esme, Rosalie y Emmet volvieron aquí para protegerte. - ¿Han estado aquí todo este tiempo? - No lo podía creer. Cuando hacía un año había bajado a la cocina y me había encontrado la nota de Edward me puse histérica como era de esperar. Llegué a su casa pero allí no había nadie. Estaba vacía. Él se había marchado pero toda su familia también. Estuve un año sin saber de ellos. Un año en el que creí que toda nuestra historia era un sueño. El estar estaba matriculada en Dartmouth, algo que yo jamás hubiese hecho, era la prueba de que había sido real; eso y el dolor por supuesto, mi compañero. El problema que hubo en ese momento es que creía que esa relación había significado mucho más para mí que para él. Ahora que estaba con Edward a mi lado sabía que no era cierto. - Lo siento mucho Bella. No podían decirte nada. Teníamos que mantenerte a salvo. No hubieses dudado en ir a Italia a entregarte. - Si me lo hubieses explicado... - No pude hablar más, me tapó la boca con su mano. - Si te lo hubiese explicado, qué. ¿Te habrías quedado aquí? - Lo pensé por un momento antes de contestar. No había quien se tragara aquello. No lo habría hecho, estaba segura. - Vale. Hubiese ido a Italia a buscarte. - Respondí derrotada. Edward me lazó una mirada de suficiencia. Qué bien me conocía. - Bella, no fue hasta hace dos días que nos concedieron la libertad. Vine a buscarte en cuanto pude. - Pero Edward, ¿qué le dijiste de mí? ¿Por qué no han venido a buscarme? Me han tenido todo un año desprotegida, aparentemente al menos. - Porque mi padre se lo pidió. Les dijimos que ya teníamos fecha de tu transformación pero que Demetri se había adelantado y no nos quedó otra opción. El plazo que nos dio él no era el acordado con ellos. Ahora que he cumplido mi castigo, todo sigue igual. Vendrán a comprobar que te has transformado aunque Alice lo verá cuando ocurra. No temas.


Todo había vuelto a la normalidad. Él volvía a mi lado, a nuestra casa. Por fin se había acabado todo. Felicidad. Esa era la palabra. Mi presente y mi futuro volvían con él. - Amor ahora tengo que pedirte perdón. Siento haberte dejado pero no tuve más opción. Lo siento muchísimo. No te volveré a dejar nunca. ¿Podrás perdonarme algún día? - Edward vas a tener que hacer mucho más que eso para que te perdone - Le contesté con una sonrisa. No quería verle así. No podía verle sufrir. Estaba loco si pensaba que no le perdonaría. - ¿Es que no hay formas para despedirse que lo tuviste que hacer con una nota? - Cariño no podía decírtelo a la cara. Sabes que no puedo mentirte. El dejarte la nota fue la forma menos dolorosa de hacerlo para ambos. Si te lo hubiese dicho me habrías suplicado que me quedara y no podía hacerlo. ¿Me perdonarás? - Déjame que me lo piense un tiempo... - Le dije mientras me acerba a él para besarle. Me respondió estrechándome entre sus brazos. Había sido demasiado tiempo perdido. Yo acaricié su acara intentando memorizar cada detalle. El beso se fue volviendo más apasionado por momentos y ambos recorríamos nuestros cuerpos, algo con lo que llevábamos soñando tanto tiempo. Nos separábamos cuando yo necesitaba coger aire pero sus labios no abandonaban mi cuerpo. Viajaban hasta mi cuello, hombros, todo lo que estaba a su alcance. Lo que falló esa vez fue que era tan humana... Mi estómago se encargó de romper toda la magia del reencuentro. Ambos nos reímos al escuchar el gruñido. Felices y juntos de nuevo. Edward tomó mi mano y me llevó a la cocina para prepararme el desayuno. Insistí en que no era necesario pero según él, debía disculparse. Tenía todo un año que compensar. Cuando las tostadas estuvieron listas nos sentamos y yo comencé a devorar más que comer. - Bella, ¿puedo preguntarte algo? - Eres tonto Edward. Claro que puedes, no tienes que pedir permiso. - Anoche... - Mis carrillos se encendieron solamente con recordar los mejores orgasmos de mi vida y cómo él había jugado conmigo. Edward se rió ante mi reacción y me acarició la mejilla.- ¿Por qué no me echaste de tu cama? - Nuestra cama. - Le corregí con una sonrisa. - Porque pensé que era un sueño. - ¿Tienes sueños tan vívidos todas las noches? - Bromeó. - No, lo cierto es que no. Todas las noches cuando me acostaba trataba de no dormirme porque no sé cómo, pero no desaparecías ni en mi sueños. Claro está que nunca aguantaba mucho y cuando me dormía soñaba con tu regreso, con que te acostabas a mi lado como todas las noches. La única diferencia a lo de anoche es que nunca llegaba tan lejos. Edward había bajado su mirada hacia la mesa y apretaba la mandíbula y los puños. Le acaricié la mejilla y el mantuvo mi mano ahí sujetándola con la suya. - No estés triste. Me has salvado la vida, como siempre. - Te abandoné. Es algo que no me perdonaré en la vida aunque haya supuesto que sigas viva. - Cielo si vas a quedarte conmigo te quiero entero. Nada de enfados ni reproches. Sólo tú yo recuperando el tiempo perdido. Si estás mal, yo también lo estaré. Somos uno ¿recuerdas? - Le besé. No aguantaba más aquello. Necesitaba sentirle. Saber que era real y que no me abandonaría de nuevo. Me respondió el beso y comenzó abrazarme hasta que me sentó a horcajadas sobre él. No sabía si la silla aguantaría el peso. Pero no estuvimos mucho ahí. Edward me levantó con las piernas enredadas en su cintura y me llevó hasta la encimera que había en medio de la cocina sentándome encima. Nuestra bocas volvieron a juntarse ansiosas por probar todo lo que el otro nos ofrecía. - Hay demasiadas cosas que no se han utilizado en este tiempo ¿sabes? Por ejemplo esta encimera. - Le susurré al oído cuando me dio un respiro. - Entonces ya es hora de que les demos algún uso. - Contestó mientras se deshacía de mi camiseta y empezaba a masajear mis pechos. - Tengo... otras cosas en la lista...uff... como aquella alfombra del... salón - Conseguí decir entre jadeos. - Y el piano. - Añadió. En menos tiempo del que esperaba nos habíamos deshecho de la ropa y Edward abría mis piernas acariciando todo a su paso. Esta vez su necesidad era tanta que no pudo torturarme como lo había hecho la noche anterior. Entró en mi de una embestida, fuerte, segura, mientras ambos gritábamos. Allí estábamos de nuevo, haciendo el amor como iguales. Daba igual que el fuese un vampiro y yo una humana. No importaba que los reyes de su raza estuviesen buscando el momento para venir a buscarme. Ya lidiaríamos con aquello más tarde, juntos. Con él a mi lado dándome fuerzas sabía que no corría peligro, que todo saldría bien. Éramos nosotros y nadie más. Edward y Bella, dos cuerpos, un alma.


----------------------------Cuando me licencié en literatura por Dartmouth, con mucha ayuda de Edward debo añadir, supe que había llegado la hora de dar un paso más. A mi novio y a mí no nos podía ir mejor. Teníamos la casa de nuestros sueños y sobretodo al otro, nos teníamos el uno al otro. No habíamos descartado la opción de ampliar nuestra tan especial familia pero había algo que debía hacer antes: transformarme. Edward intentó persuadirme de que no era necesario. Contraatacaba con la excusa de que tardaríamos más años en adoptar un bebé pues tendría que esperar que me controlase. Pero yo estaba decidida. Si iba a tener un hijo debía de ser capaz de protegerle de todo y todos y eso no lo podría hacer si era humana. Al final él accedió y nos trasladamos a Forks de nuevo con su familia. El decir que durante la transformación me quería morir era poco. No había conocido dolor igual en mi vida. Cual fue mi sorpresa cuando desperté tres días después con mi vampiro favorito a mi lado. El amor que sentía por él no había hecho mas que crecer en esos días. Desperté en una nueva vida eterna, con un cuerpo de proporciones y capacidades perfectas y lo más importante y sorprendente de todo, con autocontrol, algo de lo que ningún neófito disfrutaba. No tardé mucho controlar todo aquello. El que no sintiese la capacidad de atacar cualquier ser humano que pasaba por mi lado ayudaba mucho. Pude volver a ver a mis padres aunque sin contarles del todo la verdad. Era lo mejor para ellos ya que el cambio era evidente. Pero lo mejor de aquella vida había llegado el día que Edward y yo decidimos que había llegado el momento de ser padres. Criaríamos a nuestro hijo en una familia feliz, muy particular eso sí. Él conocería nuestro secreto por supuesto y cuando creciese lo suficiente decidiría como quería vivir su vida. El día que la asistente social nos llamó diciendo que la adopción de Zaira estaba lista no cabía en mí de felicidad. Fuimos a recogerla al hogar infantil. Era una niña preciosa de tan sólo tres semanas de vida. Su madre había muerto en el parto y no tenía a nadie más así que le habían llevado al hogar esperando a que una familia la recogiese. Tenía unos carrillos sonrosados e hinchados que le daban una forma redondita a su cara. Si a eso le uníamos sus ojos azules le hacía la niña más guapa que había visto en mi vida. Tenía muy poquito pelo pero se podía ver el color rubio que comenzaba a tomar. Era algo tan pequeño que fue Edward quien tuvo que cogerla en un primer momento porque me daba miedo dañarla. Era mi hija, nuestra hija. Estaba observando cómo Edward se abalanzaba sobre un ciervo. La precisión de su salto, la agilidad y silencio con que lo hacía, sus movimientos felinos, todo ello era tan sensual. Una delicia para mis sentidos que disfrutaban como nunca sabiendo que era todo mío. Cuando acabó se acercó a mí y rodeó mi cintura con sus brazos. No llevaba ni una sola mancha en la camisa o la boca. Mi caza ya no resultaba tan desastrosa como al principio porque había conseguido aprender algo pero no llegaba a la perfección de Edward. Me sonrió antes de besarme. Sus ojos tenía ese brillo tan especial que revelaba totalmente lo feliz que era. Podía ver el reflejo de los míos con exactamente el mismo brillo. Mientras nos besábamos escuchamos a Zaira llorar. Llevaba un rato removiéndose en la cuna pero creíamos que se volvería a dormir. Volvimos a casa pues eran las ocho de la mañana, su hora del biberón. Cuando entramos en la habitación Edward cogió a nuestra hija envuelta en una manta para que no sintiese el frío y comenzó a tararearle una nana que le había compuesto la misma noche que la trajimos a casa. La pequeña se calmó y comenzó a mirarnos con esos ojos que te dejaban hechizado. - ¿Qué miras mi vida? ¿Te gusta ver a papá y mamá? - Le dije a mi niñita mientras me agachaba para besarle los mofletes. Era para comérsela. - La peque tiene hambre ¿a que sí Zaira? - Le decía Edward mientras la miraba con adoración. Le dejé con la niña para que la cambiase y bajé a prepararle el biberón. Media hora después estábamos sentados en la mesa de la cocina. Yo dándole el desayuno a mi niña mientras Edward nos miraba a ambas con devoción. - Gracias - Dije mirándole a los ojos - Gracias por aparecer en mi vida, por salvarme tantas veces, por quererme y por darme el mejor regalo que alguien podría desear. - Bella soy yo quien tiene que agradecerte que iluminaras mis días de esta forma y que aparecieras en mi clase de biología. Eres lo mejor que me ha pasado. Las dos. - Contestó mientras besaba la frente de nuestra pequeña Zaira. Después acercó sus labios a los míos y me besó. Era un beso tierno, cargado de todo el sentimiento del mundo, nuestros sentimientos. - Te quiero - Me dijo juntando su frente con la mía. - Yo también te quiero Edward - Contesté. - Una sola persona - Me recordó. - Para siempre. - Y nuestras bocas se volvieron a unir hasta que nos separó el sonido más hermoso que había para nosotros en ese momento, el llanto de nuestra hija.


- FIN -


El regreso