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Capítulo 7 Rato después se encuentran en el portal de Zaira. Parece que se haya convertido en rutina. Aparcar, ayudar a bajar a su compañera, ver su hermosa cara sonriéndole… Ha sido tan sólo un día pero no le importaría acabar el curso así. - ¿Valdría de algo que me molestase en preguntar si quieres subir? - No, no lo creo. Te contestaría lo mismo de ayer; por mucho que me costase… Además prefiero que no lo hagas. Mi autocontrol necesita un respiro. - ¿Tanto le tiento? Roberto se adelanta otro paso y sus cuerpos casi se tocan. La piel de Zaira puede sentir el calor. Ahora ya no es el autocontrol de Roberto el único que necesita espacio… El de ella sufre en esos momentos de claustrofobia. - Créeme, lo haces – Eso ha sido un susurro al oído al que las manos de Zaira han reaccionado cerrándose en puños. Era eso o saltar al cuello de ese hombre. Para no llevar la situación más lejos, Roberto se aparta y vuelve a su moto. Es mejor que se vaya. Cuando se está poniendo el casco, el móvil de Zaira comienza a sonar. Eso le recuerda algo… Ella puede necesitarle en cualquier momento. Vale, no es como si no tuviese a nadie más a quien recurrir…pero por lo que ha podido comprobar, no es de las chicas que dejan pasar las cosas. Está seguro de que durante el fin de semana volverá a darle vueltas al tema de Cristina. Puede que entonces sí le necesite. Mientras que él ha estado sumergido en su monólogo mental, Zaira ha colgado ya el teléfono. - ¿Algo importante? - Era del taller. Parece que mi coche ya está arreglado. Tengo que ir a recogerlo mañana por la mañana. - Qué bien… - ¡Siempre tardan días y días en arreglarlo y esta vez les ha dado por correr! – Esto… espero que te hayan arreglado bien el coche. Por si acaso… ¿Te puedo dejar mi móvil? ¡¡Qué dulce!! Zaira, contrólate y quita esa estúpida sonrisa. - ¡Claro! Ten - Le entrega su móvil para que marque el número. El poder localizarle en cualquier momento es algo bueno...muy bueno. Eso es que le gusto algo más que un poco. ¿No? - Llámame si necesitas algo. Roberto se sube a la moto antes de que acabe haciendo alguna tontería. Para cuando Zaira entra en casa, no solo no se le ha quitado la sonrisa tonta de la cara, sino que ésta se ha hecho aún mayor. Quién se lo iba a decir… ¡Con su profesor de matemáticas! Toma el mando del equipo de música y comienza a subir el volumen. En unos segundos la voz de Billy Joe en “Basket case” comienza a llenar el pequeño salón. Está feliz, muy feliz. Pero lo estará aún más cuando consiga quitarse esa ropa ajustada y los tacones y lleve puesto su enorme pijama. Cualquiera que lo viese comprobaría que en él caben dos chicas de su tamaño pero a Zaira le pierde la ropa grande para estar en casa. Todos sus pijamas son al menos dos tallas más de las que necesita. Además están guardados junto con la ropa vieja de su hermano. Para que luego digan que cuando una niña no tiene hermanas no puede heredar la ropa. Al guardar el modelito del día, algo extraño aparece en su camiseta. Zaira se acerca temerosa para verlo mejor. Una maravillosa mancha de tinta se ha extendido en el rostro que representaba el dibujo de la camiseta. Ha pasado desapercibida porque parece un lunar; pero si Erica lo viese, se daría cuenta al momento. Fue ella quien le trajo esa camiseta de Roma; elegida especialmente porque, según su criterio, la chica de la camiseta se parecía a Zaira. La podría matar si se entera que la ha estropeado… Sale corriendo hacia el fregadero de la cocina y, tras casi echar media botella de jabón, comienza a frotar como si le fuese la vida en ello. Para su mala suerte la mancha ni siquiera cambia de color y como remate, la puerta principal se abre. ¡Mierda! La única persona que además de tener llaves se adjudica el derecho a entrar cuando quiere es Erica… - ¡Zaira! Tu amiga del alma está aquí. - Hola Erica – Esconde la camiseta detrás de ella en un vago intento de que no la descubra. - Como sigas mostrando ese entusiasmo al verme no vuelvo a conseguirte más entradas para conciertos – Erica se acerca con los brazos en jarras hacia su amiga. Está rara y eso quiere decir que esconde algo - ¿Qué pasa? ¿Qué me estás ocultando? - Eres una paranoica Erica. No te estoy ocultando nada. Es sólo que no me esperaba verte… - Ya… ¿Y qué tienes ahí? - ¿Dónde? En un rápido movimiento Erica le arrebata la camiseta de las manos. - ¡Zaira López! ¿Se puede saber qué le has hecho a tu camiseta de Roma? - Esto… Es que a la chica del dibujo le ha salido una peca de tinta.


- Muy graciosa… ¿Estabas intentando quitar la tinta con jabón para lavavajillas? - No sabía qué podía echarle. - Parece que no has aprendido nada de mí en estos años. La tinta se quita con leche, cielo. - ¿Leche? ¿Pero eso no lo ensucia más? - Para eso está la lavadora. Dame el cartón de leche que vamos a dejar tu camiseta como nueva. Zaira, todavía reticente, obedece a su amiga. Sigue pensando que eso no dará resultado; aunque, pensándolo bien…ella no ha quitado nunca una mancha. Como siempre, ese pequeño duende que parece saberlo todo ha tenido razón. El lunar postizo desaparece y la camiseta está lista para meterla en la lavadora. - ¡Voliá! Te dije que saldría… Ahora que te he vuelto a sacar de un apuro…me debes una. - Erica, a ti siempre te debo alguna. - Lo sé – Esa sonrisa de suficiencia de nuevo haciendo gala en el rostro de su amiga. Feliz con su trabajo toma asiento en el sofá, lo que para ella significa acomodarse como en el suyo propio. - ¿Y cómo te lo vas a cobrar esta vez? ¿Chantajeándome con una sesión de compras? ¡O mejor! Puedes hacerme ir a algún otro sitio con Roberto… ¿Esta vez cambiaremos el concierto por la iglesia? - Noto cierto tono de resentimiento… - ¿En serio? ¿Por qué lo dices? – Zaira se sienta en el otro sofá tirándole un cojín a Erica. - ¿No me vas a perdonar nunca? Sabes que me lo acabarás agradeciendo… - Puede que lo haga, pero tienes que reconocer que te excediste. - Eso no es cierto. Tan sólo os llevé un poco al límite. Era la única forma de que avanzaseis. Si tengo que esperar a que vosotros hagáis algo me habría dado tiempo a cambiar mi armario para las siguientes diez temporadas - Pues para ser tan lentos…nos dimos mucha prisa el primer día, ¿no? - Es cierto. Todavía me sigo preguntando qué os pasó… Pero te has dado cuenta de lo que ha pasado, ¿no? – Zaira la mira sin entender de qué está hablando – Cogisteis carrerilla el primer día pero después os quedasteis estancados. - ¡No es verdad! Tan sólo es que no queremos ir tan deprisa. Hay que llevarlo con calma. - ¿Con calma? Esa palabra llega demasiado tarde, cariño. A ver… ¿Ha subido ya a casa? - No - ¿Por qué no? ¿No le has invitado? - Lo hice ayer cuando me trajo. Pero nada. - ¿Nada? ¡Por cierto! ¿Qué te trajo de dónde? - ¡Puf! La pregunta del millón. Ahora tendría que contarle toda la historia incluyendo el que se marchó con él en vez de avisar… - Hace unos días se me estropeó el coche en el aparcamiento del instituto y Roberto, muy amablemente, me trajo a casa en su moto. - ¡¿Tiene moto?¡ Pregúntale si tiene un hermano. - Erica, contrólate. - Pero qué amargada puedes ser… Dices que el te trajo del instituto… ¿Pero tú no tienes a tus padres a dos minutos de ahí? - Puede… - Zaira empieza a agachar la mirada evitando la de su amiga – Es que…en ese momento no pensé en ellos. No me acordé de ese detalle. Sencillamente me subí a la moto. - Lo que hace el amor… Hiciste bien. Ahora sólo te falta tirártelo en la cama. - ¡Erica! - Cariño, no te hagas la inocente. Te conozco. ¿O me vas a decir que no te lo has imaginado desnudo en tu cama? - Claro que no… No mucho al menos. El cojín que hace unos momentos le había lanzado a Erica se estrella ahora en la cara de Zaira. Es imposible negar lo evidente y más aún, negárselo a Erica. - Ha pasado algo más hoy. He tenido un problema con algunas alumnas. - ¿Y eso? ¿Qué ha pasado? - Me parece que se me ha presentado el primer caso de acoso. Aunque aún no ha pasado a mayores…me da miedo que alguna alumna pueda salir mal de esto. - Cielo… Esto te tiene que traer malos recuerdos. Pon todo de tu parte. Estoy segura de que no pasará nada. Tú te vas a encargar de proteger a tus alumnos. ¿Entendido? - Espero que tengas razón. Se lo he contado a Roberto y no se ha separado de mí en todo el día. - Me parece normal que le pidas consejo a él. Sabrá mucho mejor qué hacer. - No, Erica. Lo de mi alumna se lo he contado, pero no me refería a eso. - Entonces…


- Lo del instituto. Lo que me ocurrió a mí – Los ojos de Erica se quedan fijos en los de Zaira. Ella sabe todo lo que ocurrió y el mal momento que llegó a pasar su amiga – En ese curso tenía a Roberto de profesor. Enterarse después de tantos años de lo que ocurrió no le ha sentado muy bien. - Pero… ¿Le has contado todo? ¿Lo de la pelea también? - Sólo le he hablado un poco de ello. Prefiero guardarme los detalles. No quiero que se sienta culpable ni nada así. Erica toma la mano de Zaira y ambas quedan en silencio. Saben cuando Zaira debe tomarse un respiro. Este es uno de esos momentos. Al rato, ella misma vuelve a hablar. - Después de clase hemos quedado con la chica a la que habían amenazado. Hemos conseguido que nos cuente todo. Quiero que sepa que no está sola; que va a contar con nosotros cuando quiera. - Seguro que ahora lo sabe. ¿Habéis dicho algo al director? - Yo no he querido así que Roberto ha estado de acuerdo. Vamos a esperar a ver cómo va la cosa. Si ocurre algún incidente más, no tendremos otra opción que hablar de ello. - No va a pasar nada más. A esa chica no la volverán a amenazar y tú estarás bien con Roberto. Hazme caso. - ¿Y cómo sabes eso? - Soy adivina. ¿No te lo había dicho? - Seguro. - ¡Es cierto! Ahora estoy teniendo otra visión… - ¡Oh, gran pitonisa! ¿Qué ves? - Nos veo a ti y a mí preparando pasta para comer. Así que no perdamos el tiempo. ¡Vamos! Zaira no puede evitar reírse. Su amiga Erica es una loca, sí; ¿y qué? Es la mejor. Escuchándola cuando hace falta pero también siendo la primera en sacarle una sonrisa.

Después de comer en casa y pasar la tarde corrigiendo exámenes, Roberto llega a la casa familiar. Hoy es uno de esos días en los que toca visitar a sus padres y al hermano pequeño que todavía siguen manteniendo. Cada vez que le ve allí con ellos le cuesta más imaginárselo fuera de casa. ¡Pero si su madre se sigue preocupando por llevarle la merienda! Es cierto que no es culpa de Carlos. Para su madre ya fue tan duro verle marchar a él, que teme el día en que el pequeño haga lo mismo. Pero como dicen por ahí…los pichones crecen y hay que dejarlos volar. ¿O eran gorriones? ¡Da igual! El caso es que está intentando mimarlo todo lo posible para retrasar el momento. Por supuesto, como todo joven con mucho morro, Carlos no pone objeción ninguna. Le dan una habitación limpia, ropa planchada y comida; además sigue teniendo la casa de su novia para follar cuanto quiera, piensa Roberto. Eso sí es vida… - ¡Mamá! Ya he llegado. Carmen aparece por el pasillo con el delantal. Seguramente se está esmerando más que en toda la semana para hacer la cena. Por no decir que debe hacer más comida de la normal…Roberto necesita algo que no sea precocinado en su nevera. - Hola, cielo. Pasa al comedor. Tu hermano y papá están viendo la tele. Hoy toca fútbol – El ceño de su madre se frunce con esa palabra. No hay nada peor que juntar a los tres hombres de la casa, un televisor y el fútbol. Cuando esto ocurre Carmen se encierra en la cocina aunque no para de abrir la puerta cuando se escuchan los gritos de sus hijos y su marido. Una de las veces el entusiasmo fue tal que las consecuencias las acabó pagando el jarrón que había traído de su Luna de miel. Desde entonces se puso como regla avisar de los partidos para que ella pudiese despejar el salón de objetos valiosos. No le apetecía perder un recuerdo cada vez que el Barcelona, el Madrid o el Atleti marcasen un gol. Sí, cualquiera de los tres. Y es que eso de que los hijos siguen al padre en el fútbol no se había cumplido en la familia. Cada hombre de la casa seguía a un equipo lo que equivalía a un alboroto seguro. No ha sido hasta acabar el partido que la mujer se ha atrevido a empezar a poner la mesa en el salón. Puede que el pescado ya se haya enfriado pero…le da igual. ¡Que se lo coman como esté!, decide Carmen. - Roberto, hijo, ¿qué tal van las clases? – Julián decide empezar la charla familiar. Ya que las cenas o comidas en las que están todos se han reducido, Carmen decidió apagar el televisor en cada una para que pudiesen ponerse al día. “Somos una familia y como tal debemos comunicarnos”, atajó la madre de Roberto el primer día que apagó la tele mientras los tres hombres de la casa no paraban de quejarse. Les habían quitado las noticias de deportes. - Bien. De momento los chicos están tranquilos y parece que tienen ganas de trabajar. Aunque imagino que más adelante empezarán a salir los graciosos de cada clase. Ya tengo algunos fichados.


- Seguro. Está juventud de ahora está demasiado alborotada. Yo creo que es la televisión y el Internet ése – Carmen y sus comentarios con fundamento… - Bueno, mamá. No es parar tanto… - Sí, lo es y lo sabes – Roberto pone los ojos en blanco y decide concentrarse en las espinas de la lubina. Tratar de convencer a su madre es tiempo perdido. - ¿Y los compañeros? ¿Hay mucha gente nueva este curso? – Julián sabe lo que está pensando su hijo. Carmen es inflexible así que decide cambiar de tema. - La mayoría de los profesores son los de siempre aunque este año han entrado algunos nuevos – La mente de Roberto trabaja a mil por hora y sin darse cuenta no para de recordar la sonrisa de Zaira. La sonrisa, sus ojos, sus labios, sus labios hinchados por lo besos, sus muslos tan suaves al tacto, sus bragas deslizándose por esos muslos… ¡Suficiente! Si sigo por ese camino acabaré corriendo al baño como si tuviese quince años. ¡Por dios! - ¿Si? ¿Y qué tal con los nuevos? - ¡Mierda! ¿Es que mi padre me lee la mente o qué? - Pues bien, papá. Se están adaptando pero lo hacen bien – Su padre le lanza una mirada suspicaz, de esas que dicen “sé que ocultas algo”- Hay una nueva profesora de inglés que ya la conocía. - ¿En serio? ¿Y de qué? – Está claro que Julián no va a dejarlo pasar. A su hijo se le ha vuelto a poner esa cara de idiota cuando ha mencionado a los profesores. - Fue mi alumna hace seis o siete años. Se llama Zaira. - ¡Ey! ¿No fue a esa a la que te tiraste el primer día de clase en el departamento? - ¡¡¡Carlos!!! ¡Cállate la boca y sigue cenando! - ¡A la mierda! Tanto querer guardar las apariencias y llega su hermano y lo jode todo. Ha estado toda la cena callado sin atender a la conversación y ha pillado la única frase que debía ignorar. Joder… En ese momento un silencio incómodo se apodera del pequeño salón. Carlos ha decidido seguir comiendo, ha intervenido suficiente por esa noche; una intervención magistral. Carmen no aparta los ojos de su hijo mayor. ¿Que su niño ha hecho qué? ¡Imposible! Julián no para de reír; está intentando taparse con la servilleta pero es imposible. Por su parte Roberto no sabe dónde meterse… Por la temperatura de su cara debe tener las mejillas de tres tonos de rojo distintos. - Voy a por el postre – Carmen se levanta de la mesa y desaparece por el pasillo hacia la cocina. - Al final tu madre tenía razón con las comidas familiares. Hay que ponerse al día – Bromea Julián. - Papá, no tiene gracia. Y tú… ¡Bocazas!- La exclamación de Roberto va a acompañada de una colleja para su hermano. - Hijo, no te pongas así…no es para tanto. - ¿Que no? ¿Has visto la cara de mamá? - Roberto, tu madre se pasa de inocente con vosotros. Sabe lo que hay pero no quiere verlo. A ver si te crees que vosotros estáis aquí por obra del espíritu santo. - ¡Demasiados detalles! – Gritan al unísono Carlos y Roberto. - Pero mira que podéis ser ñoños… Uno con 22 y otro con 32 años y todavía andáis con las tonterías de que los padres no hacen nada en la habitación. - Papá, sabemos que hacéis algo pero no queremos saber. - Ni siquiera imaginarlo – completa Carlos. - Está bien. No diré nada más. Roberto, ¿es eso cierto? - ¿El qué? - No te hagas el tonto. Lo de la profesora. ¿Lo hicisteis? ¿En el departamento? - Esto…puede… - ¡Hijo! ¡Qué orgulloso estoy de ti! Nada de tonterías, ¡al grano! Si no viniese tu madre te daría un abrazo. - Aquí está el postre. Roberto, cariño, te he preparado las tarteras para que te las lleves. No quiero imaginar lo que comerás esta semana. A partir de ahí la noche transcurre normal. Todo lo normal que se puede después del incidente. Al menos si Zaira conoce a sus padres algún día ya tendrán una idea de quién es…

Después de un sábado tan agitado el domingo llega tranquilo, con la calma de saber que no tienes que hacer nada y que nadie te espera. Cuando llegó a su cama anoche, Zaira pensó que no podría dar un paso más. Sus pies palpitaban del cansancio y tenía un dolor de cabeza horrible. Su hermano la había llamado esa mañana proponiéndole un maravilloso día en el zoo con su sobrina. Había invitado a su madre también, así que no podía negarse. Adoraba a Laura. Esa niña era de lo más importante que había en su vida. Aunque ese


amor no impedía que algunas veces desease deshacerse de ella. No en el mal sentido, claro. Pero si devolvérsela a sus padres que son los que debían aguantarla. Era increíble lo que podía correr. ¡Correr y hablar a la vez! ¿Es eso natural si quiera? Pues para sobrina era lo más normal. No había parado de correr de un lado a otro. En un momento estaba extasiada por ir a ver a los monos. Son animales muy graciosos, así que Zaira podía entenderlo. Pero al momento siguiente había cambiado de opinión y se había decantado por las jirafas. Así estuvo durante media hora hasta que Zaira encontró el programa de actividades. La exhibición de delfines comenzaba en quince minutos así que ni siquiera preguntó cuando cogió a su sobrina del brazo y la arrastró hasta el acuario. Estaba claro que la niña había sacado la indecisión de su padre. A partir de ahí decidió visitar los animales por orden. El primero que se encontrasen sería el primero que verían. Laura había quedado tan emocionada con los delfines que tampoco prestó mucha atención al resto de bichos. Tanto para nada… Pero esa mañana de domingo era distinta. Había estado en la cama hasta la una. Aunque cuando llegó esa hora tomó el libro que sería su víctima en las próximas dos semanas y lo llevo consigo hasta el sofá. Pasó las siguientes dos horas sumergida entre las eróticas aventuras de Lulú (esa niña tan promiscua que a la que dio forma Almudena grandes). Después de una comida rápida había invertido la tarde en el primer telefilm que había pillado (nunca entendería como habiendo tantos siempre pareciesen todos iguales), en leer y, por supuesto, con su portátil. No podía negar que Internet se había convertido en su vicio. Le gustaría decir que después del sexo pero, a parte del desliz del lunes, su actividad sexual había menguado demasiado estos últimos meses. Al llegar la noche se tomó la molestia de llevar su cena a la mesa de café del salón (tampoco se podía decir que hubiese hecho un gran esfuerzo, teniendo en cuenta que lo único que separaba su cocina del salón era una barra americana). Para variar la temática de sus películas, decidió descargar “Shelter”. Era una película de temática gay. Habría que ver cómo era de interesante ver a dos hombres juntos… A las diez y media, Zaira ya ha acabado su cena y lleva algo más de media película. Tiene que admitir que el experimento está resultando ser un éxito. Nunca se había imaginado que ver a dos hombres besarse podría excitarla tanto. Sí, excitar era la palabra. Aquello era jodidamente sexy. Justamente cuando los protagonistas empiezan a discutir el móvil de Zaira vibra. Es un mensaje. La pobre tiene que hacer acopio de toda su voluntad para no ponerse a saltar como una tonta cuando lo lee. “Hola guapa. ¿Qué tal el fin de semana? Espero que lo hayas pasado bien sin preocupaciones. Estoy en una terraza tomando algo con los amigos. Sólo hablan de los hijos así que estoy marginado. Me aburro. Un beso” ¡Roberto! ¡Es Roberto! ¡Roberto! Zaira, deja de chillar mentalmente y contesta. ¡Vamos! Las manos temblorosas de Zaira comienzan a teclear. Corrige un sin fin de veces el mensaje hasta que se decide enviarlo. A estas alturas Roberto debe pensar que está en la cama. “¡Hola! El fin de semana fue muy bien. Sábado extenuante, domingo muy, muy tranquilo. Me alegra que te acuerdes de mí aunque sea cuando estás aburrido. Si no te va el tema de tus amigos empieza a hablar de sexo. Te harán caso. Un beso” Después de mandarlo se echa las manos a la cabeza. ¿De verdad ha puesto eso? ¿Qué pensará de ella? ¡Viciosa! Sólo te ha faltado ponerle en mayúsculas que no olvidas el polvo del lunes… Genial. Entre lamentación y lamentación el móvil vuelve a vibrar de nuevo y Zaira casi aterriza encima de la mesa por hacerse con él. “¡Buena idea! Esa mente calenturienta tuya me ha ayudado. Todos se han olvidado de los hijos aunque no sé que podrá salir de aquí… ¿Puedo preguntar qué haces para que hayas dicho eso? ¿Debo preocuparme?” ¡Alá! La cara de Zaira de nuevo de un rojo intenso. ¿Es que este chico puede hacerla sonrojar hasta por un mensaje? Increíble. Esta vez no duda tanto y empieza a escribir sin tanta corrección de por medio. “Si ver una película gay te parece preocupante…entonces sí, debes hacerlo. Lo siento pero mi parte pervertida se ha despertado al ver a dos chicos besándose. Nunca lo había probado. Aunque sigo prefiriendo besarlos yo misma en persona. ¿Qué tal va la velada?”


Vale, esto se está poniendo demasiado intenso. No creo que sea capaz de mirarle mañana a la cara. Y ahí está de nuevo, la respuesta. ¿Qué se le habrá ocurrido esta vez? “¿Cine gay? ¡Uh! Tendrías que ver mi cara. No me va en absoluto. Me alegra que te sigan gustando los besos con chicos en persona. ¿Eso quiere decir que me evito un rechazo? La velada se ha puesto interesante. Ahora salieron las anécdotas del instituto, ¿te suena?” En serio, ¿ese hombre quería matarla? Porque lo iba a conseguir con tanta indirecta…si se le podía llamar así. “Lo del rechazo no te lo digo. Creo que lo sabes bien. Seguro que tienes esa sonrisa pedante en la cara. ¿Las anécdotas de instituto? Yo sólo tengo las de tus exámenes suspensos…nada más. Me voy a dormir ya antes de que me dejes despierta el resto de la noche. Besos” Zaira debe cortar ya el jueguecito o acabará planteándose el sexo telefónico. De verdad que ese hombre no sabe lo que está haciendo. ¿Trataba de desvelarla? Porque lo ha conseguido. Ahora la posibilidad que dijo Erica de verle desnudo en su cama no la dejará en toda la noche. “No había sonrisa pedante. Bueno, casi. Que sepas que mis exámenes suspensos los compensaste el primer día de clase. Aunque eso no cuenta como anécdota de instituto, claro. Te dejo ya. Duerme bien. Un beso guapa” A pesar de que la película estaba captando toda su atención la última hora y media en este momento no puede dedicarle ni un segundo a la televisión. La pantalla de dos pulgadas con el mensaje de Roberto le ha ganado la batalla al plasma de cuarenta. Es mejor que se vaya a la cama e intente dejar de pensar cuanto antes. Aunque para su mente calenturienta, como ha dicho Roberto, eso resulta una misión imposible.


Vértigo 7 - Fin de semana