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Capítulo 2 – Bella Dos minutos más y ya habrían pasado tres horas desde que se había sentado a esperar. Hacía más de un mes que se repetía lo mismo. Y hacía más de un mes que ella se había prometido no volver a esperarle, no preocuparse por él. Pero era superior a sus fuerzas. Podía ser que no le quisiese, que él fuese un canalla al que no quería volver a ver; pero la posibilidad de que le hubiese ocurrido algo la ponía enferma. Era eso lo que la mantenía en el sillón hasta la madrugada. Hasta que el que tenía por marido se dignaba a aparecer por la puerta oliendo a perfume de mujer, con carmín en el cuello y dos copas de más. Esa noche se demoró una hora más de lo acostumbrado. Como siempre, Bella apagó el televisor, se giró en el sofá y miró fijamente a la puerta hasta que ésta se abrió y dejó entrever el rostro de James. ¡Dios! Era tan guapo… Seguía igual que el primer día. Quizás más musculoso y con algo menos de pelo pero aún así, todavía podía reconocer al hombre del que se había enamorado. Aunque fuese sólo en apariencia. Tenían tantos planes juntos…tanto que hacer… Pero había fallado; hasta tal punto que no podían permanecer juntos mucho tiempo en una misma habitación. Resultaba irónico ver cómo tanto amor se había convertido en odio y resentimiento. - ¿Dónde has estado? - ¿No te cansas de hacer la misma pregunta todas las noches? - ¿Y tú no te cansas de llegar a las tantas y borracho? - Isabella, por favor… No estoy borracho. No todos tenemos tu tolerancia al alcohol. De nuevo le recordaba aquella noche. Bella jamás probaba el alcohol; no más de una cerveza con las amigas…hasta ese momento. Fue el primer día que discutió verdaderamente con James. Él había llegado tarde la noche anterior y ella no paró de interrogarle y reprocharle. No salió nada agradable de aquello. Tanto fue así, que Bella se marchó de casa. Acabó apareciendo al día siguiente en la puerta, ebria y con más de un chupetón en el cuello. La única frase que se le ocurrió decir cuando James le abrió fue: “Ahora estamos empatados”. Lo peor de todo es que después de ignorar por completo a su marido y después de verle la cara a la mañana siguiente, no había sentido arrepentimiento ninguno. Nada. Tan sólo una pena inmensa. Un pesar que llevaba en el pecho desde entonces porque todo por lo que había comprometido su vida a la de ese hombre se había ido al traste en cuestión de horas. ¿Cómo se puede tirar tanto por la borda en sólo unos segundos? ¿De verdad merece la pena un momento de éxtasis comparado con una vida junto a otra persona; una vida llena de estabilidad? Quizá sí lo mereció. Quizá su matrimonio estaba condenado al fracaso sin que hubiesen intervenido más personas. Al fin y al cabo a nadie se le podía echar la culpa más que a ellos dos. Nadie les obligó a buscar en terceros lo que no encontraban en el otro. - Gracias por recordarlo James, hacía mucho que no lo mencionabas. - Lo sé, por eso lo hice. No olvides que ahora estamos empatados, cielo – Bella no pudo reprimir el escalofrío que recorrió su cuerpo cuando escuchó a James pronunciar esa palabra en un tono tan ácido – No tienes nada que reprocharme. Quedamos al mismo nivel en el momento en que saliste por esa puerta. - Eso no es cierto. En alguno momento estuvimos empatados, pero está claro que eso fue hace mucho. - Sí, bueno… los detalles no importan. No queremos ser demasiado minuciosos en temas tan desagradables como este. James se dirigió al mueble bar del salón y se sirvió otra copa de whisky. Ahora entendía Bella porqué tanto interés en colocar un mueble bar. Cuando amueblaron la casa no tenía ni idea de que su marido tenía tanta predilección por aquella bebida escocesa. Sí, escocesa. Para el “Gran James” no valía cualquiera; aunque no aplicaba ese criterio a todo… Podía hacer una excepción cuando de hacer daño a Bella se trataba. - No entiendo porqué día tras día sigues permaneciendo en ese sofá, despierta hasta que me ves aparecer por la puerta. - Que te odie no quiere decir que no me preocupe por ti. - ¡Oh! ¡Gracias! Tu preocupación es muy importante para mí, cariño – Respondió en un tono de emoción tan fingido que se convirtió en burla – No me odiarás tanto si sigues haciéndolo. - Te aseguro que lo hago. Pero preferiría seguir mi vida después de ti sin remordimientos de conciencia porque algo te hubiese ocurrido. - Isabella, hazte a la idea de que si algo me ocurre no será culpa tuya. Todo lo que hago es bajo mi propia responsabilidad. Lo que nos pase a cada uno dejó de tener importancia el día que decidimos que esto no era suficiente – Su rostro cambió por completo al igual que su tono. Sombrío, serio, con la mirada perdida en algún punto del salón. - Nunca me pareció que esto no fuese suficiente.


- Lo hiciste. Si fuiste capaz de buscar a otro es porque era eso lo que creías. O al menos lo que sentías. - James yo me casé contigo porque era lo que quería. No necesitaba más. Fuiste tú quién decidió sustituirme. - No te equivoques, Bella. Habré estado con muchas mujeres pero jamás he intentado sustituirte. Sencillamente es algo que no conseguiré jamás – James cambió el rumbo de su mirada y sus ojos se clavaron en la castaña con una fuerza e intensidad que dolía. Escuchar esas palabras en aquel maldito momento dolía como si le atravesasen el corazón. Llegaban demasiado tarde – Yo nunca busqué algo más que esto. No entraba en mis planes porque nunca se me cruzó por la cabeza. El error que cometí no fue creer que tenía poco, si no…desear demasiado. - ¿Por qué me cuentas esto ahora? Llevo más de un mes sintiéndome como una basura, pensando que no fui lo bastante buena para mi marido, ¿y ahora tú me vienes con éstas? Deja de jugar conmigo, James – No iba a llorar. No podía hacerlo. No otra vez. James recogió su copa del mueble bar, que ya se encontraba por la mitad, y se sentó en el sillón que había junto al sofá. Bella permaneció sentada en él mirando la mesa baja y tratando con todas sus fuerzas de mantenerse entera. Aunque estuviese rota por dentro, aunque apenas quedase nada de ella. - No juego contigo. Estoy tratando de ser sincero. Siento mucho que te hayas sentido así todo este tiempo pero lo que te digo es verdad. Tú lo eras todo, Isabella. Eras mi vida entera. - ¿Entonces? ¿Por qué hiciste eso? ¿Por qué me engañaste? - No lo hice – La mandíbula de James se tensó en el momento en que pronunció las palabras. No esperaba tener que confesar aquello; pero también era cierto que no sabía nada acerca de cómo se había sentido ella. ¿De verdad lo había dicho? Aquello no era lo que Bella esperaba. No podía ser cierto. Se negaba a creer que era ella la que había comenzado esa guerra y sin ningún motivo. - Me estás mintiendo. No puedes hablar en serio – La castaña se levantó y comenzó a caminar sin rumbo por los veinte metros cuadrados de salón. Sus ojos ya no hacían ningún esfuerzo por retener las lágrimas. - Isabella, cálmate. Ya no importa. - ¿Cómo que no importa? James, ¿qué sucedió esa noche? ¡Dímelo! - Aquel día hicimos un negocio fantástico en la empresa así que los compañeros decidieron salir a celebrarlo. Era lo normal en esas ocasiones. - Recuerdo eso perfectamente. Me llamaste eufórico al salir del trabajo y yo no podía estar más feliz de ver como mi marido prosperaba – La expresión de ambos era melancólica. Ella podía recordar con total nitidez el tono de su voz; hasta se creía capaz de reproducir las mismas palabras. Él rememoraba una y otra vez la ansiedad de aquella tarde. Había pasado cada minuto después de la firma observando el reloj hasta que pudo salir a llamar a Bella. Su niña, su mujer. Ella debía saberlo. - Fuimos a cenar a uno de los mejores restaurantes. Probamos prácticamente toda la carta de vinos de modo que nuestro estado era bastante lamentable al salir. Yo estaba deseando marcharme a casa. Quería llegar y abrazarte. Tenía planeado hacerte el amor esa noche tantas veces como me fuese posible – Las manos de James picaron ante la ausencia de contacto justo en el instante en que también sus ojos seguían los pasos de los de Bella y comenzaban a ponerse cristalinos - Pero mis compañeros insistieron en que fuésemos a un bar. Acabé accediendo porque total… ¿Qué era lo peor que podría ocurrir? ¿Que llegase una hora tarde? Tendría toda la mañana para estar contigo. << ¡Qué equivocado estaba! En el momento que entré en el bar cometí el peor error de mi vida: Desaprovechar un minuto contigo. Las cosas se me escaparon de las manos. No paraban de llegar copas y más copas a nuestra mesa. Copas que no tardaban más de quince minutos en recoger. Mi estado iba empeorando por momentos hasta que decidí que había sido suficiente celebración para mí. Me levanté de la mesa y traté de salir de ese tugurio con toda la dignidad posible. El problema es que unas manos se engancharon en mi chaqueta y pasé de estar caminando hacia la salida a tener los labios de una cualquiera pegados a los míos. >> Isabella no podía dar crédito a lo que sus oídos estaban escuchando. ¿Por qué había sido capaz de decir que no la había engañado? ¡Lo estaba reconociendo! Aún así no conseguía evitar el hecho de que su marido no paraba de frotarse las manos, gesto que hacía cuando estaba nervioso. ¿Y sus ojos? ¡Dios! Esos orbes azules estaban cristalinos. - En cuanto sentí esos labios pegajosos en mi cara tuve un arranque de lucidez. Podía estar muy borracho y tener un pésimo equilibro en aquel instante, pero ni mil copas más me hubiesen hecho dudar de mis sentimientos. Te quería. Estaba jodidamente enamorado de ti y no estaba dispuesto a poner en peligro aquello. Me separé de esa mujer y salí corriendo a la calle. Cuando llegué a casa me encontraba fatal. Hacía casi seis horas que había hablado contigo y debías estar muy preocupada. Lo que no me pude imaginar es cómo terminaría mi noche de celebración.


Ella no pudo contenerse ni un momento. Comenzó a llorar y llorar. Los surcos salinos de sus mejillas se hacían más y más grandes y siempre húmedos. El pecho le dolía como si lo estuviesen quemando desde dentro. Entre sollozos consiguió hablar. - ¿Por qué no me lo dijiste? ¿Cómo…cómo fuiste capaz de guardarte todo esto? - ¿Y qué querías que hiciera? Te marchaste. Saliste corriendo después de gritarme como una histérica. No atendías a razones. No me escuchabas. En el momento en que saliste de casa intenté seguirte, pero no pude. ¡Joder, Isabella! ¡No pude! - ¿Y qué querías que hiciera? Apareciste borracho, lleno de pintalabios y apestando a perfume barato. Eso sólo podía significar una cosa. - No significaba nada – James se había levantado del asiento y su voz había pasado a ser casi un grito al igual que la de Bella. No podía ser que estuviesen teniendo esta conversación después de tanto tiempo. Ahora que todo estaba decidido – No era nada. Pero para ti fue más fácil pensar que me había marchado con otra. ¿Tan poco significaba mi amor para ti? - ¡Por supuesto que no! ¡Yo te quería! Joder, James. ¿Por qué me dejaste marchar? ¿Por qué no fuiste a por mí? ¡Yo te quería! – Bella llegó hasta la pared del salón donde se apoyó. Pero eran tan poca la fuerza que tenía su cuerpo que comenzó a deslizarse hasta quedarse en el suelo mientras repetía como una autómata: “yo te quería, yo te quería”. Ella. Isabella Swan había sido el verdugo de su matrimonio. Había acabado con él hasta dejar tan sólo polvo. ¿Y todo por qué? Por ignorancia. ¿Cómo iba ella a imaginarse que James no había hecho nada? ¡Joder! Él quería llegar a casa. Quería hacerle el amor para celebrarlo. ¿Y ella cómo se lo recompensó? Infidelidad. Ambos sabían lo que ocurrió después. Isabella desapareció durante el resto del día. No llamó a sus padres, tampoco a su hermana. Nada. La única noticia que tuvo James fue el movimiento de la tarjeta de crédito. Bella se creía una mujer despechada y lo mejor que se le ocurrió hacer fue vengarse. Simple y llana venganza para que su marido sintiese en sus carnes lo que ella había pasado. Se fue al mejor hotel de la ciudad y reservó una habitación. Después de pasar un día de compras y elegir el mejor modelo de la tienda Dior salió por la zona de pubs. No tuvo ninguna duda en lo que debía hacer cuando un apuesto joven se acercó hasta ella. Isabella tenía un objetivo y no le sobraba el tiempo. Pidieron un taxi y aparecieron en el hotel. Lo próximo de lo que fue consciente la joven fue de su estado ebrio, uno que rozaba el ridículo, su alma destrozada y el mal sabor de boca que le habían dejado los besos de alguien que no era James. Ella estaba tirada en el suelo. Cuando comprendió el alcance de sus actos no pudo más y se dejó caer hasta apoyar su cara contra él. Sus ojos dolían, sus puños dolían por la fuerza con la que los apretaba, y su corazón…ni siquiera podía sentirlo. James quedó de pie, a su lado, mirando fijamente a su mujer. Su pequeña Bella. ¿En qué la había convertido? ¿Qué habían hecho? Las lágrimas se habían comenzado a escapar en una carrera incesante por sus mejillas quedando atrapadas en sus labios unas y en sus ropas otras. Se tumbó junto a Bella sobre las frías baldosas. Ella le daba la espalda y no podía verle aunque tampoco creía que fuera consciente de algo más que su dolor. No la culpaba, pues sí era cierto que ella había comenzado aquella cadena de errores. Pero había sido él quien fue incapaz de frenarla; y por supuesto, quien mejor supo cómo continuarla. Pasó el brazo por la cintura de la que todavía era su esposa, aunque fuese por poco tiempo, y la atrajo hacia sí enredando sus piernas en las de ella. Necesitaba sentirla una última vez. Un último roce antes de que el final llegase a por ellos definitivamente. Nunca sabría lo que habría ocurrido de haberle dicho la verdad. Siempre tendrían la duda de si su amor habría sido tan fuerte como para superar aquello. ¿Le hubiese perdonado la infidelidad a su mujer? ¿Se habría convertido en un hombre celoso hasta el extremo o habría sabido olvidar? No lo sabía y lo peor de todo es que ya era demasiado tarde para comprobarlo. Su amor había caído en desgracia y ambos habían contribuido a ello. Su estupidez se convirtió en el verdugo.

El arte de tu cuerpo 2 - Bella  

Hay momentos en los que ya nada importa. En los que tan sólo quedan los sentimientos.