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Vuelta a clase Uhmm... Esas caricias. Sus manos recorren mis piernas. Se cuelan debajo de la tela. Llegan a mi estómago. La mías no se separan de su pelo. Mis dedos enredados tiran de él, atrayéndolo hacia mí. Pero... ¿qué? ¿Qué es eso? ¿De dónde sale esa canción? Can’t stay at home, can’t stay at school Old foluz say, ya poor little fool. Down the street, i’m the girl next door. I’m the fox you’ve been waiting for ¡Maldita alarma! Zaira empieza a buscar el móvil por la mesilla. Para cuando consigue encontrarlo ya suena el estribillo de la canción: Hello dady, hello mom I’m you ch ch ch cherry bomb Hello world i’m yout wild girl I’m your ch ch ch cherry bomb En cualquier otro momento no le hubiese molestado despertarse con esa canción u otra pero para una vez que soñaba algo así... ¡Por dios! ¡Era Edward Cullen! Ya no volveré a tener ese sueño de nuevo. ¡Mierda! En ese momento recapacita por un segundo. ¿Qué día es hoy? ¿Y qué hora es? Es lunes a las 7.00 de la mañana. Hoy Zaira comienza a trabajar. Tendré a 30 alumnos a mi cargo. ¡Socorro! Puede que las prácticas ahora o sirvan de mucho. Tras mucho estudio, quizás demasiado, Zaira consiguió pasar el examen de las oposiciones. Obtuvo una plaza como sustituta en un instituto del sur. Lo que no se podía creer es que ese instituto era el mismo del que ella había salido hacía seis años. El mismo donde pasó toda su adolescencia. Tenía claro que se encontraría con sus profesores pues muchos de ellos aún no se habían jubilado. Pero está vez las cosas son distintas. Ya no hay miedo a suspender, nervios por los exámenes; sino que ahora los nervios son por miedo a sus alumnos. Ambas cosas juntas. Una peligrosa combinación que hace que las piernas de Zaira no respondan como deberían. Pero debe tranquilizarse. Son niños, ¿no? Primero una ducha. Sí, una ducha caliente hará que se relaje. Después hay que elegir el modelito del día; un vestido verde atado al cuello que deja ver gran parte de su espalda y cuya falda queda por encima de la rodilla junto con unas sandalias ,verdes también, de suela de esparto. Por último una taza de café. Puede que Zaira se haya duchado y lleve más de media hora levantada pero eso no asegura que esté despierta del todo. Hasta una hora después suele seguir en un estado de somnolencia con el que sería un poco difícil controlar a tantos adolescentes juntos. Toma su maletín, su bolso y sale de casa a enfrentar sus miedos. Cuando llega al garaje y monta en su Golf comienza a sentirse más segura. Arrancar, poner su CD de Greenday al máximo volumen, dejarse llevar por cada acorde de la guitarra. La receta perfecta para acabar con las inseguridades. Al llegar al instituto debe hablar con el director. Presentarse al menos. Y ahí está Felipe. No entiende cómo pero apenas ha cambiado desde la última vez que estuvo en su despacho con sus compañeros quejándose del trato de los jefes de estudio. Qué bien se les daba aquello. Eran la clase rebelde. La que nunca se conformaba con lo que decían los profesores. Consiguieron que les castigasen a todos por ponerse en huelga. Creo que ya nos tenían miedo. ¿Me recordará Felipe? Sólo hay una forma de comprobarlo. Llama dos veces a la puerta que está entornada y entra en el despacho. - Buenos días - Buenos días. Tú eres... - Zaira. La nueva profesora de inglés. - Cierto. Perdona pero al ser el primer día de clase todavía ando un poco liado con todos los profesores nuevos que tienen que llegar. - Me lo imagino. No te preocupes. ¿Puedo tutearte? - Por supuesto. Tu cara me suena mucho... ¿nos conocemos? - Al final va a resultar que sí se acuerda de ella. - Sí. Seguramente te suene mi cara porque pasé bastante tiempo en tu despacho con el resto de mi clase quejándonos. Incluso llegaste a castigarnos a los 30 a la vez.


- Espera un momento... ¿Tú estabas en aquella clase de bachillerato que se puso en huelga? - La misma. - Eres Zaira López ¿verdad? - Zaira asiente. No sabe si sentirse orgullosa de que recuerde su apellido por aquello - El mundo realmente es un pañuelo. Así que te tenemos de nuevo con nosotros. - Eso parece. Y esta vez prometo no ponerme en huelga. - Y ambos se ríen. Parece que será divertido trabajar con sus profesores. - Pues bienvenida de nuevo. Aquí te dejo tu horario y las listas de cada clase. En unos días te daremos las listas con las fotos. Y por el momento nada más porque no es necesario que te enseñe el centro. Espero que te adaptes bien y te ganes pronto a los chicos. - Muchas gracias. Yo también lo espero. Sale del despacho con una sonrisa. Sus profesores probablemente la recuerden. ¿Quiénes seguirán dando clase? Se dirige a la sala de profesores. Debe comprobar con qué clase toca a primera hora y, por supuesto, echarle un vistazo a los libros de texto de cada curso. Cuando entra se encuentra con Luisa. Con sus gafas de leer y las gafas de sol puestas en el pelo a modo de diadema. Sigue igual que siempre. Zaira se acerca a la mesa y deja sus cosas. Como solía ocurrir cuando le daba clase, Luisa no se percata de su presencia. - Buenos días. Tengo que decir Luisa que te conservas de maravilla. No has cambiado nada. En ese momento por fin levanta la mirada de su libro. Mira a Zaira pero no parece recordar. Un momento, sus ojos se abren de repente. Su boca forma un perfecta o. Zaira sonríe de oreja a oreja. La ha recordado. - ¡Zaira! ¿Qué haces aquí? ¡Cuánto tiempo sin verte! - Hola profe. Las dos mujeres se abrazan. Es emocionante volver a reencontrarte con las personas responsables de que seas lo que hoy en día eres. Entonces te preguntas qué habría sido de ti sin ellos. Qué habría sido de Zaira si Luisa no le hubiese obligado una y otra vez a leer los clásicos. Está segura de que no lo habría hecho por su cuenta. Gracias a ella conoció lo que era la poesía, la verdadera poesía. Falta media hora para que comiencen las clases así que toman su café, el segundo para Zaira - menos mal que la cafeína no tiene apenas efecto en ella - y empiezan a hablar. Entonces aparecen más profesores. Su antiguo profesor de matemáticas, José, el de naturales que le dio clase cuando tenía doce y trece años, Rafa. Su profesor de lengua en la misma época, Fernando. Su profesora de historia, Trini. Increíble. Están casi todos. Si parecían más mayores. Todos hablan de lo buena estudiante que era hasta que cumplió los diecisiete. En ese momento le entró la “edad de la tontería”, como dicen en los pueblos. Sus notas bajaron pero consiguió aprobar todo. La prueba de ello es que ahora está allí. Dispuesta a cambiar la vida de sus alumnos. Suena la sirena y cada uno se dirige a su clase. Zaira camina hacia las escaleras. Tiene clase en tercero. De repente alguien se le echa encima. Chocan. Los papeles de una carpeta inundan el suelo. Se miran. Él avergonzado por no mirar por dónde va. Zaira con una sonrisa tonta porque él tampoco ha cambiado. Sigue igual de guapo y atractivo que cuando dejó el instituto. El profesor de matemáticas del último curso. Roberto. - Lo siento mucho. Es que venía con prisa y... - No te preocupes. Estoy bien. Aunque no podemos decir lo mismo de tu carpeta. Ambos se agachan y comienzan a recoger hojas. Los ojos de Roberto parecen tener vida propia; sin poder evitarlo se posan en las piernas de Zaira. No son largas piernas de modelo pues ella no es muy alta, pero no es necesario. Su piel blanquecina llama la atención. ¿Cómo será tocarlas? Pero Roberto, ¿en qué estás pensando? Mejor que me preocupe de recuperar mis folios y de mirar por dónde voy de ahora en adelante. Zaira se percata de su mirada. Recoge la última de las hojas y se levanta. Sin saber cómo la sangre se le ha acumulado en las mejillas. - Aquí tienes. Creo que no falta ninguna. - Muchas gracias. ¿De verdad que estás bien? ¿No te he hecho nada? - Todavía... ¡Roberto! - No, nada. En serio, sólo ha sido un empujón. - Yo...esto...¿nos hemos visto antes? - Con tan sólo esa pregunta la cara de Zaira se ilumina. Sus labios se curvan en una sonrisilla de suficiencia. Se acuerda de mí. No sabe exactamente quién soy, pero le sueno. Algo es algo... - La verdad es que sí. Me suspendiste varios exámenes. - ¿Perdona? ¿Te he dado clase? ¿Cuándo? - Pues hace unos seis años, creo. ¿Te ayudo si te digo que iba a primero de bachillerato F y que mi clase se pasaba el día en jefatura?


- ¡Claro! Zaira; eres Zaira López. ¿Verdad? - La misma. - ¡Guau! Así que ahora vuelves para vengarte de los exámenes, ¿no? - No lo había pensado pero me has dado una idea - Ambos se ríen mirándose a los ojos. Lo que no saben es que en alguna clase del instituto hay alumnos que les esperan. Cuando un niño entra por la puerta del centro respirando agitadamente para intentar llegar a tiempo a clase, Zaira y Roberto vuelven a la realidad. - Vamos a llegar tarde el primer día. - ¡Es cierto! Ya hace cinco minutos que deberíamos estar en el aula. Menuda forma de estrenarme en mi nuevo trabajo. Se despiden prometiendo que seguirán su conversación en el recreo. La promesa de un café y una buena sesión de recuerdos. Lo que no saben es que esa media hora no tendrá ninguna de las dos cosas. Cuando Zaira llega a su clase se encuentra con una veintena de quinceañeros. Son veintitrés alumnos de tercero de la ESO. La mayoría tienen entre catorce y quince años. Siempre hay algún rezagado que ha repetido y alcanza los dieciséis. No sabe cómo pero bajo la presión Zaira se crece. Ahora está segura de sí misma. Llega a su mesa, se sienta encima cruzando las piernas y saca la lista de la clase. No puede evitar que sus ojos se abran de par en par cuando descubre a uno de los chicos mirándole las piernas. ¡Pero si son unos críos! Yo a su edad estaba jugando con muñecas. ¿Tanto han cambiado las cosas? ¿Tan vieja soy? - Hola chicos. Soy Zaira y seré vuestra profesora de inglés. Espero que nos llevemos bien y todo eso... Empieza a leer los nombres de los alumnos pasando lista. Están casi todos. Tan sólo apunta dos faltas. - ¿Alguien sabe algo de Javi y Helena? - Ni idea. Son repetidores y creo que ninguno los conocemos - Le contesta un alumno de primera fila. - Gracias. Tú eras... - David. - David... Vale. Intentaré aprenderme vuestros nombres cuanto antes. Menos mal que aún tengo memoria porque sois bastantes clases. Entre normas del centro, aclaraciones sobre las evaluaciones y exámenes y explicaciones del programa del curso llega la hora del recreo. Zaira una vez más queda impresionada por sus alumnos y la capacidad que tienen para recoger sus cosas en menos de veinte segundos cuando se trata de salir al recreo o irse a casa. Claro que nunca la usarán para ir a clase. Está segura de que eso no ha cambiado en estos años. Cuando tengan que ir de una clase a otra, harán lo posible para llegar tarde y dar menos clase. Típico. Al llegar a la sala de profesores se da cuenta de que no ha podido encontrar los libros de texto de algunos cursos así que decide ir al departamento. Tras pedir la llave al mismo conserje que le hacía las fotocopias gratis a escondidas, se dirige a la tercera planta donde recuerda que estaba el departamento de inglés. No fue allí muchas veces porque esa asignatura era una de la comunes y la clase era demasiado pequeña como para que cupiesen los treinta alumnos que solían ser. Cuando llega arriba empieza a buscar puerta por puerta. No puede ser. Estaba segura de que era aquí. Baja a la segunda planta. Quizá sí que le falla la memoria. En el pasillo de la izquierda nada. ¿Y el de derecha? Están sólo las clases de cuarto pero por mirar... Llega al final del pasillo y se encuentra con el departamento de matemáticas. La puerta está entreabierta. A Zaira le puede la curiosidad y se asoma un poco. Roberto está sentado mirando algunos papeles. No puede perder esa oportunidad. Da unos pequeños golpes en la puerta y entra cerrándola tras de sí. ¿Por qué has hecho eso Zaira? Parece como si fueras a secuestrarle. Aunque es la costumbre, ¿no? - ¿Se puede? - Si ya estás dentro por qué preguntas. Tonta... - ¡Claro! ¿Cómo no? - ¿Estabas ocupado? - No. Tan sólo estaba mirando unos papeles del master. - ¿Estás haciendo un master? - Me lo estoy pensando. Lo más seguro es que lo haga pero al año que viene. Tendré que pedir unos meses de excedencia. - Eso está genial. Yo lo haré pero cuando consiga plaza fija. Ahora no puedo. No queda muy bien que la nueva pida una excedencia. - No, no quedarías muy bien. ¿Y qué haces por aquí en el recreo? Pensé que estarías tomando un café con los demás.


- Es que había otra persona que me había prometido un café y ya que no venía... - ¡Es verdad! No me estarías esperando, ¿no? Lo siento. - No te preocupes. Era una broma. La verdad es que yo tampoco me acordaba. Lo cierto es que...no te rías, por favor. - ¿Por qué iba a reírme? ¿No me irás a decir que te has perdido y por eso has aparecido aquí? Los carrillos de Zaira comienzan a teñirse de rojo. - Suena estúpido pero sí. No encuentro el departamento de inglés. No he preguntado porque creí que seguiría en el mismo sitio de la tercera planta, si es que estaba ahí. Roberto no puede aguantar la risa. Sin enterarse se ha acabado acercando a ella y ahora permanecen los dos con las caderas apoyadas en la mesa. Uno frente al otro. - Dijiste que no te reirías - Y le da aun golpe en el hombro. Roberto no puede para de reír y levanta las manos en señal de disculpa. - Lo siento. El departamento sí estaba allí pero hubo una avería con la calefacción y tuvieron que cambiarlo al otro edificio. Por no volver a trasladar las cosas decidieron dejarlo allí. - Genial. Hasta me he equivocado de edificio. Luego iré. ¿Algún otro cambio que deba saber? - Creo que no. ¡Ah! La cafetería la han cerrado. No daba suficientes beneficios y no había dinero así que... - Bueno, hay cafeterías afuera aunque el café no será tan barato - Zaira se gira dando la espalda a la mesa y empieza a mirar el departamento. Pequeño y con todas las paredes llenas de estanterías con libros. Roberto se coloca igual que ella quedando uno al lado del otro - Esto continúa igual que siempre. - Nos encargamos de cuidarlo. En un momento los dedos de Roberto, que quedan a la altura del final del vestido, comienzan a subirlo y a acariciar el muslo de Zaira. Ninguno de lo dos se mira. Zaira tiene la mirada perdida. Una sonrisa recorre sus labios al igual que los de Roberto. La caricia ahora es algo más que un roce y continúa su camino hacia arriba por debajo del vestido. Zaira es incapaz de detenerlo. Es más, quiere que llegue más y más arriba. Pero estamos en el instituto. Dentro de poco sonará la sirena y volverán los alumnos. ¿Y si nos pillan? ¡Qué morbo! Pero estas puertas sólo podían abrirse por dentro. Nadie puede entrar si no tiene llave. ¡Mierda! Los profesores. Pero no creo que entre ninguno. Apenas pasan por aquí, ¿no? Pero Roberto sube y sube su mano hasta llegar a su ropa interior. En ese momento los pensamientos de Zaira se pierden. Si entra alguien que entre pero no puedo salir de aquí con sólo esto. Quiero más. Zaira trata de ayudarle y se sube el vestido. Roberto viendo su acción se coloca frente a ella apoyándola en la mesa. Y sus bocas se unen y ya no hay marcha atrás. Las manos de Zaira enredadas en su cuello. Las de Roberto ocupadas en apartar la estorbosa tela. Él batallando, ella acariciando. Jadeos, gemidos que se pierden en el aire. Respiraciones entrecortadas por falta de oxígeno; y es que sus labios son incapaces de separarse. Parecen tener vida propia. Al fin las bragas caen al suelo. Las manos de ambos cambian de objetivo. Las de Zaira desabrochan el pantalón de Roberto. Las de él se dividen; mientras que una trabaja entre las piernas de ella, otra llega hasta uno de sus pechos. Zaira consigue liberar su erección. Roberto tiembla ante su contacto. No lo duda un momento y la toma en brazos girándola y aprisionándola contra la estantería. Un solo golpe y ya está dentro de ella. Libera una mano de su trasero para taparle la boca e impedirla chillar mientras que él ahoga su propio grito mordiéndole el hombro. Y sienten que van a colapsar en cualquier momento. Media vuelta de nuevo. Zaira siente la mesa contra su trasero a la vez que las manos de Roberto en sus pechos. Ya está aquí. Ese magnífico orgasmo les atrapa por completo y se besan temiendo no ser capaces de mantenerse en silencio. Se corren a la vez y quedan exhaustos. Zaira se abraza a Roberto entrelazando piernas y brazos a su alrededor. Esconde el rostro en su cuello intentando que su corazón deje de tratar escapar y que su respiración recupere un ritmo normal. ¡Dios! ¿Qué acaba de pasar? ¿En mi primer día de trabajo y ya me estoy tirando a un compañero? Buen comienzo Zaira. - Buena forma de conocerse - Roberto rompe el silencio. - Conocerse en profundidad. Y justo a tiempo. La sirena. Los chavales volverán del recreo. Se separan. Zaira encuentra sus bragas y se viste. Un minuto después están saliendo del departamento. Deben continuar con sus clases. Además ella ahora lo hará más relajada. Sin quererlo ha encontrado un método para liberar tensiones en el trabajo. Tres horas después la jornada acaba. Son libres hasta el día siguiente. No han vuelto a hablar. Aunque tampoco hay mucho que decirse. Zaira se dirige a su coche cuando Roberto la alcanza. - Esto...lo de antes...yo... - No te preocupes Roberto. No tenemos por qué complicarnos. Ha sido uno de los mejores polvos


que he tenido. - Lo mismo digo. No ha estado nada mal. ¿Quedamos como amigos entonces? - Claro. No hay problema. Nos vemos mañana. - Hasta mañana. Lo malo es que cuando hay una química como la suya la amistad es algo demasiado complicado, por no decir imposible. No puedes ser amigo de alguien a quien tienes miedo de tocar porque te puedes acabar acostando con él. Complicado sí. Muy complicado.

Vértigo 1 - Vuelta a clase  

La vuelta al pasado puede significar el futuro.