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Domingo 24.04.11 IDEAL

CULTURAS C s

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Madres y musas Un libro descubre a las mujeres que dieron a luz a 40 grandes de la pintura Posaron para sus hijos y así conocemos sus rostros, pero ¿quién se esconde tras personas como Elizabeth Aubert o María Picasso? :: PILAR MANZANARES MADRID. Dicen que madre no hay más que una, aunque sea la del cordero, y a pesar de que en la Real Academia Española aparezca en primer lugar ‘hembra que ha parido’, cosa que no discutiremos, la palabra promete que es mucho más que ese acto casi circunstancial. Por supuesto no hablaremos aquí de nuestras madres, sino de otras que por el arte de sus hijos se conservan en pinacotecas del mundo entero. Hablamos solo de sus retratos, aquellos para los que con paciencia posaron sin percibir sueldo alguno como sí hicieran otras musas. Rara vez se pintan jóvenes y a menudo aparecen como viudas, como bien señala Juliet Heslewood, autora del libro ‘Cuarenta grandes artistas retratan a sus madres’ (Blume). No es raro, dado que ni los pintores eran tan niños cuando ya empuñaban con arte sus pinceles ni los 40 años de ahora se corresponden con los de antaño. Como buenos hijos, y a pesar del realismo de la mayoría de los rostros pintados –nada idealizados–, los artistas mostraban una tendencia a elevar la escala social de sus madres, algo que casi siempre lograban a través de los ropajes. Un ejemplo es el del pintor ruso Alexey Venetsianov, que alcanzó una gran popularidad por sus imágenes de campesinos rusos y sus escenas cotidianas en el campo, pero que «retrató a su propia madre luciendo sedas de colores relucientes y el tocado de una mujer que, gracias a su hijo, había alcanzado una posición social más elevada que la que tenía al nacer», señala Heslewood. Durero ya decía que el retrato «conserva el aspecto de la persona después de su muerte» y, por esa eternidad, pintó a su progenitora tan solo unos meses antes de que falleciera, con su rostro enjuto, huesudo, marcado de arrugas y con unos ojos que miran fijos a ninguna parte.

‘Condesa Alphonse de TolouseLautrec’. 1883, de Henri de Tolouse-Lautrec. :: MUSÈE DE TOLOUSELAUTREC

‘La madre del artista’. 18631866, de Édouard Manet. :: ISABELLA STEWART GARDNER MUSEUM

‘Anna Cornelia Van Gogh-Carbentus’. 1888, de Vincent Van Gogh. :: THE NORTON SIMON MUSEUM

convirtió, en el retrato que su hijo Paul le dedicó, en una mujer de labios gruesos y nariz ancha por el deseo del artista de hacer hincapié en su ascendencia peruana. «El día Aunque hayamos dicho que la del funeral de su madre, (Paul Cézamayoría, como el pintor alemán, nne) no pudo ir con la procesión eran realistas, nos encontramos porque tenía que pintar. Y, sin emotros retratos en los que cualquier bargo, nadie la quiso más ni lloró parecido con la realidad es pura su pérdida más que él», recordaba coincidencia, afortunadamente. Tal el pintor Émile Bernard. es el caso del ‘Retrato de la madre Elizabeth Aubert, hija de un todel artista’ que Juan Gris pintó en rero, es la mujer que cose tranqui1912 y en el que, fruto del cubismo, la mientras escucha a su hija Marie su progenitora se convierte en una en el lienzo ‘Muchacha al piano’. bella serie de planos cruzados en Una mujer que en 1839 dio a luz a tonos marrones y grises. Pero más sus dos bebés, Paul y Matie, antes allá de sus cuadros y de las caras que de casarse con el padre, Louis-Aua ellos se asoman, se esconden unas guste Cézanne, con quien había mujeres que de algún modo influ- mantenido una relación secreta. yeron a los que hoy tenemos por Una madre que siempre confió en genios de la pintura. que su hijo tendría éxito a pesar de las dudas de su marido, incapaz de entender que una persona pudiera Los dos de Arles Vincent van Gogh y Paul Gauguin, trabajar con otra intención que no los dos únicos miembros de una co- fuera la de hacerse rico. Un fiel apomunidad de artistas que ‘el loco del yo que, junto a su hija, consiguió pelo rojo’ quiso crear en Arles, al sur convencer al esposo de que Cézade Francia, coincidieron en pintar nne no estaba hecho para las Leyes, a sus madres a partir de unas foto- sino para estudiar pintura en París. grafías. Pero no serían ellos quieEl mismo apoyo, aunque quizás nes se ciñeran a aquellas imágenes por diferentes motivos, prestó Adètan grises. Así el primero decidió le Zoë Tapié de Céleyran, condesa pintar a Anna Cornelia van Gogh- de Toulouse Lautrec, a su vástago. Carbentus como la veía en su me- Cuando el matrimonio de Adèle enmoria y destacada sobre un fondo tró en crisis, ella centró toda su verde. Ese mismo año, ella, que no atención en la religión y en el cuihabía aparecido hasta entonces en dado de su hijo Henri quien, no pulos óleos de su hijo, volvía a estar diendo practicar otras actividades presente en ‘Recuerdos del más deportivas, se centró jardín de Etten’, del que 40 GRANDES en la pintura. Aunque los ARTISTAS Van Gogh decía: «El uso de- RETRATAN A SUS temas que eligió, ese munliberado del color, el viole- MADRES do de chicas de vida alegre, ta oscuro teñido con el Autora: Juliet no fueron del agrado de su Heslewood. amarillo limón de las dalias Editorial Blume. familia, se ve en los retrame sugiere la personalidad 97 páginas. tos que de su madre hizo de mi madre». la especial sensibilidad que Por su parte, Alime Mahacia ella sentía. Fueran rie-Chazal, hija de la célecomo fueran, batalladoras bre escritora y pensadora o dóciles, todas compartían feminista Flora Tristán y algo en común: el amor de niña de la que Georges sus hijos, ya que de otro Sand escribió que poseía «el modo quizás jamás hubiéaspecto de un ángel», se ramos conocido sus caras.

La mujer que dio el apellido a Picasso :: P. MANZANARES MADRID. Fue de su madre, María Picasso López, de donde tomó su nombre artístico Pablo Ruiz. Contaba doña María que la primera palabra del genio malagueño fue «piz», de lápiz, quizás por eso ni ella ni su padre, profesor de dibujo, pudieron disuadirle de convertirse en artista. Desde la cuna estaba claro cuál iba a ser el destino del malagueño. Si Picasso comentó que todos los hombres de sus obras eran, en cierto modo, representaciones de su padre, no fue así con su madre, la primera de las muchas mujeres

que posarían para sus pinturas. Sencilla, con ojos amables y abundante cabello, como la solía retratar su hijo, solo un rasgo disgustaba al pintor: «Doña María era de baja estatura (se dice que a Picasso le avergonzaba que, cuando estaba sentada, los pies no le llegaban al suelo). No obstante la viuda del artista, Jacqueline, afirmó que, aunque a él le incomodaba el aspecto poco agraciado de su madre ambos tenían una relación llana», cuenta la autora del libro que descubre quiénes eran aquellas mujeres que engendraron a cuarenta de los grandes de la pintura.


40 artistas retratan a sus madres - ideal de granada