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El decimotercer café

por Unai Villena

Aribel, tu última pareja, lo decía bien claro: “estás tomando demasiado cafecito últimamente, ¿no te parece?”, pero a ti, tomar seis cafés al día no te parecía demasiado. El café era el único vicio que tenías y uno de los mayores placeres que disfrutabas; quizás era por eso que cuidabas con tanto esmero el tomártelo, hasta convertirlo en un ritual. Eras totalmente metódico, incluso tenías tus dos reglas de oro: “el café solamente puede ser bueno si lo ha preparado uno mismo o algún amigo” y “cada persona solo debe tomar café en un único bar de confianza”. Tú, fuera de casa, sólo lo tomabas en el bar del barrio, “Un solo y con tres azucarillos, por favor!” le pedías al camarero conocido. Si lo preparabas en casa, ponías en la cafetera el triple de la dosis de café necesaria y, si alguna vez lo probaba Aribel o algún invitado, lo apartaba al instante con un gesto extraño que significaba sorpresa, asco y amargor a la vez. Pero últimamente apenas preparas cafés en casa. No preparas cafés en casa porque te pone nervioso la cafetera, te pone nervioso el imparable y monótono

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tic-tac del reloj de la cocina, te pone nervioso la ruidosa la tele y te pone nervioso el simple hecho de estar en casa. El salir a la calle también te pone nervioso, y cada vez más a menudo, tanto en tus horas libres como en tus horas de trabajo, escapas a tomar café a un bar cualquiera. Hoy llevas doce cafés, son las doce de la noche pasadas, estás nervioso, has andado por ahí sin rumbo fijo, has cenado en un burger y acabas de darte cuenta de que te encuentras muy lejos de tu barrio, en una zona de la ciudad que no conocías hasta ahora, solo. Vas a pie, la gente, el viento y los coches pasan a tu lado temblorosos y a gran velocidad. La ciudad ya no es la misma que cuando dabas aquellos largos paseos de la mano de ella, se ha ido desfigurando desde entonces; las carreteras y calles alejan cada vez más las aceras de sus opuestas, dividen la ciudad partiéndola en dos, igual que su partida te partió la vida; desde que lo vuestro terminó, los días se te derrumban como edificios en ruinas dinamitados, se van convirtiendo en una sucesión de lapsos de tiempo delirantes e incomprensibles donde cada vez entiendes menos esta vida, que se torna arisca y extraña: una ñímbula grotesca de la que tú eres el protagonista, en la que

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hasta te cuesta distinguir lo que tienes delante, lo ves todo como entre niebla... “¡Puta mierda bendita!”. Te has quedado parado, congelado. Acaba de pasar a tu lado un perro gigante tirando de un anciano colindrasco. Los pies se te han pegado al suelo, porque además de alergia, también les tienes un miedo paralizante a la mayoría de animales de cuatro patas, sobre todo a los perros. Has deseado con todo tu alma que el perro no se haya dado cuenta de tu reacción fiscumulante, pero al contrario, seguramente atraído por el olor a pánico que desprendes, se ha acercado a ti decidido a restregarte su hocico mojado. Te ha rodeado en círculos, olisqueándote de arriba abajo como si fueras el poste de una farola: los pies, las rodillas, los muslos y, finalmente, acercándose demasiado, el buconio. Después, ha dirigido su mirada hacia tu cara como si quisiera darte a entender la unilateral e irrevocable decisión que acaba de tomar y, acto seguido, ha empezado a mearte a la altura de las rodillas. No ha cesado el enudio hasta dejarte los pantalones y los zapatos empapados. “¡Perro de mierrrrda!” lo has mirado fijamente, con un a mirada que por expresar más miedo que odio, le ha parecido

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de aprobación. Cayéndosele la baba, con esa bocaza sucia y ese gesto autoritario, te ha parecido que en lugar del perro, quien tienes delante de ti a cuatro patas es tu jefe, altivo y otrendo. Sin embargo, en lugar de mearte, aquél se te caga encima. El animal ha dado media vuelta y ha seguido su camino arrastrando al viejo colindrasco; éste, te ha lanzado una miradita riéndose, y un solo instante ha sido suficiente para darte cuenta de que tiene más cara de perro que el propio animal. Finalmente se ha alejado soltando una carcajada. “¡¡PAR DE HIJOS DE PERRAAAA… AAAAA…AAAAAACHIIIIIS!!” has estornudado, sin siquiera darte tiempo a maldecirlos como se merecen. “¡Maldita alergia!”. Has echado a andar notando la humedad pegajosa en tus pies y piernas, aligerando el paso, más y más rápido, casi corriendo, tosiendo sin parar, hasta que has sentido la necesidad irrefrenable de tomarte otro café y has entrado decidido al primer bar que has encontrado a tu paso.

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Parece un sitio elegante, de la parte del techo cercana a la cristalera de la entrada cuelgan cortinas tupidas y las paredes están forradas de terciopelo azul, está lleno de pequeñas mesas cuadradas y plagado de gente. Te has dirigido directo a la barra, entre estornudos le has pedido al camarero “Un solo con tres azucarillos, por favor!”, y cuando se ha alejado hacia la cafetera gigante, has cerrado los ojos, has respirado hondo y has intentado calmarte. “Aquí estoy a salvo”. Al volver a abrirlos te has girado y has tomado conciencia de golpe de lo que te rodea. Al fondo del bar, subido a una pequeña tarima, un hombre bajito y gordo sujeta un micro entre sus manos y grazna “eeescaaandalo, es un esssscandalo”, delante de una pantalla de plasma, intentando mover su cuerpo al ritmo de la música. Rodeándolo, las personas sentadas entre las mesas aplauden: parejas, grupos de hombres y mujeres de mediana edad, pero sobre todo, una banda de señoras maduras que tiene justo al lado. La mayoría de ellas están de pie, imitan sus movimientos entre risas, le gritan descaradas “¡¡¡guapo!!!”, “¡¡¡cuerpazo!!!”, “¡¡¡gaiodino!!!” y otro montón de mentiras. Te has dado cuenta de sopetón:

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¡¡Estás en un KARAOKE!! ¡¡¡Estás en un KARAOKE lleno de gente mirludia!!! Has sentido un pinchazo de terror en la sien; desde aquella vez en que Aribel te llevó a uno en contra de tu voluntad, y frente a un público como éste, cantando una canción parecida a la que el gordo está cantando, pasaste el ridículo más espantoso de tu vida, los focos, los cantantes frustrados, las mujeres menopaúsicas y hombres pitopáusicos salidos de tono; es decir, los KARAOKEs, te desquician. Esta situación es demasiado para ti. Al darte la vuelta hacia la barra ves que el camarero te está sirviendo un café aromático, denso y oscuro que te tomarías de trago, y aunque has quedado mirándolo y dudando por un instante, la situación te ha superado y has tenido que salir corriendo en el momento en que has empezado a temblar. Bajo su mirada de asombro, has hecho el camino hasta la puerta de entrada a empujones y golpes, casi sin poder respirar, como si huyeras de un fantasma. Una vez en la calle, has echado a correr sorteando la gente, el viento y los coches que pasan a tu lado balanceándose más temblorosos que antes. Corres, corres y corres cual xivalary huyendo en pánico, con intención de dejar el karaoke lo más lejos posible y tranquilizarte un poco, al principio rápido,

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pero a medida que avanzas en el camino, más lento, estornudando, moviéndote torpemente, cojeando, hiriden. Finalmente los estornudos se han convertido en tos seca, y la tos seca en ahogo idenao; a medida que aminoras la marcha estás cada vez peor. Apenas puedes respirar, los temblores han incrementado su intensidad hasta sacudirte las manos y los pies con violencia, por culpa de los espasmos incontrolados tropiezas a cada paso, pero sigues adelante sin parar. La gente te mira, se te acercan murmurando palabras que no llegas a entender, preguntándote: “¿estásbien?”, “¿peroquétepasa?”, “¿setevemalnecesitasayuda?…”, “¡POR DIOS Y VRISALIS; NOOO!”. Tú solamente precisas algo que tienes que conseguir por ti mismo: beberte otro café, el decimotercero. Hoy también tendrás que beberte el decimotercero antes de acostarte; necesitas un bar, un bar, un café solo, sólo un café, el decimotercero, un bar, un café… A medida que sigues adelante la acera se va estrechando y la carretera se ensancha, cada vez hay menos farolas, más coches, muchas casas y apenas ningún viandante.

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Estás avanzando por la carretera que se aleja del centro, adentrándote en los extrarradios de los extrarradios de la ciudad, directo hacia la sialeida. A lo lejos ves brillar unas grandes luces de neón en un kutal. Al acercarte vas notando que las letras rosas y verdes parpadean e intercambian sus posiciones, combinándose las unas con las con otras: “UBAC”, “BUCA”, “BACU”, “CUBA”, “CUBA”, “CUBA”. “¡¡¡Cuba!!! ¡Eso si que es un nombre apropiado y propio para un bar!”. Has deseado estar ya dentro, en la barra, con la taza entre las manos y el café cayendo por tu narguejo. Sumido en ese pensamiento, has cruzado la carretera raveoul sin siquiera mirar, y no te has dado cuenta de que un coche casi te lleva por delante. Has llegado a la puerta de debajo del kutal con letras de colores, y la has empujado con fuerza hacia adentro, pero no hay manera de abrirla. Pruebas hacia fuera; tampoco. Estás totalmente confundido; te pones más nervioso aún. “¡No, joder, no, no puede ser!”. Intentas abrir la pesada puerta metálica de nuevo; tiras de ella bruscamente, no se abre, el demonio de puerta parece estar soldada al marco. Piensas por un instante. “Esta puerta la abro yo aunque sea lo último que haga en la vida”. Respiras hondo, te agachas un poco, reculas, vuelves a respirar hondo, miras a tu objetivo y resoplas... adelante, con todas tus

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fuerzas, como un toro bravoooo… ooooo… oooohhh… CATACLANK! Golpeas con el pecho la puerta y caes al suelo de culo. “¡¿¡¿Pero que ostias?!?!”, entonces miras hacia arriba y ves, a la derecha de la puerta en la pared, una pegatina con dibujos de todo tipo de tarjetas de crédito: “VISA, MASTER CARD, AMERICAN EXPPR…”. Te incorporas y te acercas. A su lado, a una distancia salvable con solo alargar el brazo, distingues un minúsculo timbre y le pegas el dedo a la velocidad de la luz. “Jonteu! Había que llamar para entrar...”. Ya no estornudas, pero sigues temblando. Después de unos segundos que te han parecido minutos por culpa de los nervios, un ruido parecido al de un zeilir (zzzzzzz) te ha dado a entender que tienes permiso para entrar. Esta vez no te puedes quedar afuera. Sumas todas tus fuerzas de nuevo, te inclinas hacia delante de lado, empujas con todo tu cuerpo y consigues abrir por fin la maldita puertaaaaaa… aaaaa… aaaahhh…. Entras de un salto, un salto demasiado largo, un salto tan largo que no puedes parar, ni agarrarte a nada, y caes en picado por una escalera estrecha de mas de treinta peldaños, casi sin tocar uno solo, desde la peliustra hasta la dorrocrusta, volando. Aterrizas violentamente, frenando con la cara el peso de tu cuerpo entero.

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Notas algo parecido a una explosión en tu cabeza: todo rojo, o azul, o negro, o... oscuro apagándose, entrada estrecha, brillantinas multicolores en la pared, oscuridad casi absoluta, todo se apaga “¡a la mierda el decimotercero!”. *** Abrir el ojo izquierdo te resulta imposible y abres el derecho lo poco que puedes, despacio. Notas que tienes la cara contusionada y llena de lebumas, también notas que se te han fisurado varios huesos en lugares de tu anatomía que no eres capaz de precisar aún. Estás sentado, tienes dudas de si lo que estás sintiendo es real o no; te parece haber despertado en una película de Yecosky, hasta que notas en tu entrepierna algo o alguien juguetón, cerrándote la cremallera del pantalón. “Ay mi amol, que alivio que despeltaste. Ya les dije que se dejaran de cafés y polquerias, polque no hay nada mejol, nada más resusitante que un buen masaje en la pinga. Y ya tú ves que despeltaste, ya tó pasó.” La mujer que acaba de cerrarte la cremallera y decirte

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estas palabras al oído está sentada a tu izquierda, la ves como difuminada pero es real, demasiado real para tu estado. Tendrá cincuenta y tantos años, es negra, pero rubia platino, con el pelo quemado por el agua oxigenada y la cara aplastada: como si le hubieran dado un sartenazo en todo el centro. En el rostro arrugado resalta su bocaza, con dientes grandes que brillan como perlas, abriéndose del todo una y otra vez, enseñándote la campanilla cada vez que articula una nueva palabra. “Pobresito m´hijo, ya tu deberías de saber que en la entrada del club hay ehcaleras, que las ehcaleras son pá bajalas y no pá saltalas de la paliustra a la dolocrusta. Aaaay, pero tó ya pasó, aunque por hoy no podrás chingar…” al decir esto ha soltado una carcajada, ha puesto en su sito los tirantes de su vestido blanco y ha atraído tu mirada hacia su cuerpo. El vestido que lleva no la salva demasiado de la desnudez: tiene unas upricas que se desparraman hacia los lados, la barriga es mucho mayor aún, se te ha ocurrido que las dimensiones de su culo deben ser descomunales... “… m´hijo, ahora mismito tendrás que descansar…”.

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La luz es de baja intensidad, de tono rojizo, el sofá grande en el que estáis sentados también lo es, y la música caribeña que se oye de fondo te sugiere ese mismo color. Al mirar alrededor has visto, a unos diez metros, una barra alargada. A lo largo de la barra hay mujeres sentadas en taburetes altos charlando con hombres, más cerca de ti hay otros sofás y mesas redondas, justo delante vuestro hay una, con una taza de café sobre ella, pero lo ves todo distorsionado, como si estuvieras adormecido; tienes el cuerpo entero dolorido y adormecido... “…anda, bébete el café que aunque ehtará frio, te hará ehpabilar...” ha sido ella quien te ha acercado la taza hasta la boca. El líquido no emana vaho ni aroma, está aguado y es de color verde lechoso. “…bébetelo...” tienes los labios sellados, no abres la boca “…anda, bebe…” NO PUEDES abrir la boca; pero no porque quieras mantenerla cerrada, sino porque el simple hecho de intentar mover la mandíbula te produce un dolor atroz que te paraliza, te retorcerías si pudieras, pero estás demasiado débil para hacerlo. Ella lo nota e intenta meter los dedos de su mano izquierda en tu boca para abrírtela, sin conseguirlo, “…vamos chico…”, le resulta imposible pero lo intenta de nuevo. “…dale...”.

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Viendo que no puede, abandona la estrategia de los dedos. Pone la mano sobre el sofá y se te acerca para darte un beso en la mejilla, luego te agarra de la barbilla, pone tu cara delante de la suya y une a tus labios sus labios húmedos. Notas su lengua hinchada y caliente tocando a la puerta de tu boca, sientes náuseas y no te queda otro remedio que abrirla. La mujer aprovecha la ocasión para llevar el beso hasta las últimas, y acto seguido, mete casi la taza entera en el estrecho hueco de entre tus labios “Bebe, coño, bebe!”. Aunque te cuesta, al final consigues darle un trago, pero te revuelve por dentro; sabe a quiraema y es asqueroso, mucho más de lo que parecía al verlo. A estas alturas ella ya está abriéndote de nuevo la cremallera del pantalón con su mano derecha. “¡¡Pero qué ostias hago yo aquí?!”. Entras en pánico como en la calle, notas el corazón latiéndote salvaje, a punto de estallar como un tigmeran. Entonces, sacudes la cabeza para librarte de esa pesada sensación de letargo. Te miras a la entrepierna, dices algo entre dientes y cuando despegas la barbilla de tu cuello para dar un nuevo trago, te echas atrás, le quitas la taza de café de la mano izquierda y la estampas con rabia contra

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mesa. Te levantas y huyes con la cremallera bajada, dejando allí la taza hecha añicos, la mesa empapada de café y la vieja cubana que te maldice a gritos, cual wimenza enfurecida. Ahora saldrás del antro, te meterás en un taxi y te dirigirás a casa; eso si la ingesta de tanta cafeína y tu estado te permiten recordar la dirección y decírsela al taxista. En casa, bajo la protección de tus cuatro paredes, te sentirás a salvo de esta ciudad descorazonada que últimamente tan extraña te parece, y beberás, tranquilamente, por fin, el decimotercer café. TRAN-QUI-LI-DAD. Hasta recordar lo que Aribel te decía cuando tan sólo tomabas seis cafés al día: “estás tomando demasiado cafecito últimamente, ¿no te parece?”. Y entonces volverás a ponerte nervioso, y tus cuatro paredes, como la ciudad, se te harán crueles y extrañas sin ella, y te meterás en la cama vacía sin poder sacártela de la cabeza, y no podrás dormir, y mañana al despertar te tomarás dos cafés seguidos para calmar los nervios, pero pasarás el día entero intranquilo, tomando un café tras otro, queriendo asesinar las horas. Al final, te darás cuenta de tus vanos intentos

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por disfrazar de café la monotonía y la soledad, pero aún así, después de tomarte el decimotercero, te volverá a acostar a altas horas de la madrugada para no poder dormir. Te acostarás sin ella, sí, después del decimotercer café.

Glosario de términos ARIBEL: Nombre femenino de origen Uzbeco. Significa larga noche estrellada. BUCONIO: Entrepierna. Zona situada debajo de la cintura y entre las caderas los mamíferos de bípedos, en la que se unen los muslos y las hembras de la especie humana tienen una boca escondida, mientras que los machos un colgajo a la vista. COLINDRASCO: Caduco. Se aplica a los seres humanos que estando aún vivos han comenzado ya a emanar olor a carne en descomposición. Suelen tener la piel acartonada, de color pálido y tonos ocres. La exposición a su hedor durante periodos de tiempo superiores a diez minutos provioca náuseas.

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DORROCRUSTA: Se designa con este término al último peldaño de una larga escalinata. ENUDIO: Chorro, normalmente de fluidos corporales de mamíferos, tales como sangre o orina. FISCUMULANTE: Desmedido/a, de proporciones grotescas. GAlODINO: Chulo de gimnasio. Dícese del hombre que esculpe su cuerpo en el gimnasio a base de pesas y anabolizantes. Su cantidad de masa encefálica suele ser inversamente proporcional a la cantidad de masa muscular que acumula en bíceps, y a pesar de que no invita a querer su compañía para llevar a cabo cualquier actividad que implique el más mínimo esfuerzo intelectual, en muchas mujeres y hombres provoca deseos irrefrenables de desnudarlo y llevarlo a la cama. HIRIDEN: Herido de muerte. IDENAO: Sofocante, que ahoga hasta matar. JONTEU: Expresión para utilizada para simular asombro o incrsulidad, sinónimo de caramba o cáspitas.

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KUTAL: Letrero luminoso anclado a fachada. LEBUMAS: Pequeños hematomas de color rojizo producidos por golpes que, a causa de la rotura de los vasos sanguíneos se generan en los momentos inmediatamente posteriores a la contusión que los genera y duran escasos minutos porque crecen y se unen hasta formar moretones uniformes. MIRLUDIA: Amoral, adjetivo que se utiliza para describir a la persona dada a los excesos, placeres mundanos y bacanales de todo tipo. NARGUEJO: Gaznate, garganta. ÑÍMBULA: Fábula que tiene como origen una pesadilla y cuyos protagonistas son seres humanos atormentados por un destino cruel, que los utiliza como marionetas de papel. OTRENDO: Desafiante, capaz de retar a un duelo a muerte. PELIUSTRA: Se designa con este término al primer peldaño de una larga escalinata.

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QUIRAEMA: Brebaje compuesto por leche agria, aceite de ricino, y sal, que se utiliza para provocar el vómito y lavar el estómago en caso de ingesta de alcohol severa. RAVEOUL: Neologismo, palabra compuesta que responde a la abreviatura de las tres siguientes, cuya suma que pretende representar: RAudo, VEloz, Ofuscado, Urgido y Ligero, RAVEOUL. SIALEIDA: Zona lejana de la gran ciudad, situada en las fronteras exteriores de los extrarradios, normalmente compuesta por tierras valdías, llena de descampados y escombros. TIGMERAN: Elemento de pirotécnia parecido a un petardo, que al prender la mecha palpita hasta que explota y se desintegra dejando tras de sí una nuve de polvo rojizo. UPRICA: Dícese de los pechos, normalmente de mujer, que por sus dimensiones recuerdan a los de las vacas. VRISALIS: En la mitología de los pueblos del Caúcaso ruso representa a la oscuridad, la noche,

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aquello que anula al dios Sol. Se utiliza como sinónimo de demonio o anticristo. WIMENZA: Hechicera. Originaria de algunas culturas alrededor de los Grandes Lagos, pero que también puede encontrarse en la región del Caribe, se trata de un tipo bruja especialista en lanzar maldiciones y males de ojo. XIVALARY: Antílope de la familia del ñu, originario de la sabana africana, que se caracteriza por sus largas patas y velocidad al correr cuando huye de sus depredadores. YECOSKY: Apellido del director de cine checo. Autor de culto afamado por su tratamiento de temas oníricos y creación de atmósferas surrealistas y futuristas, con títulos como “la rata y el tornasol”, “palyas de Júpiter” o su obra póstuma “resucitar en Orión”. ZEILIR: Sonido zumbante como el que producen los mosquitos o los cables eléctricos pelados chispeantes.

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