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El periodismo digno, frente al poder. Dr. Roberto Gómez Navarrete. Diciembre de 2016. 30 años de hacer periodismo social no es tarea fácil y más aún mostrar en las tres décadas contenidos ideológicos diversos en una revista de pensamiento plural, este es un llamado a esclarecer los hechos y realidades como lo dijera Iván Illich: “Preciso es enfrentar retos y enfrentarse a los hechos, nunca en ilusiones y sí, con la verdad y la realidad a cuestas”. Y es absoluta verdad: el periodismo auténtico debe ser la bandera para vivir el cambio, es también descubrir lo que el periodismo debe verter, lo que anhela la sociedad y la humanidad misma. Vicente Leñero afirmaba que el periodismo no estaba para resolver la crisis sino para decirla sin miedo, sin temor; el objetivo del periodismo es gritar lo que se esconde, lo que se oculta y simula. Así descubrir donde se manifiesta el yugo que oprime la vida social e ir en busca de la realidad a secas, la misma realidad que en nuestro medio crea conflictos y contradicciones, amén de las represalias nacidas del poder político y económico. En

suma,

se

considera

que

todo

verdadero

periodista

debe

ser

combatiente, dueño de aspiraciones inéditas y de pasiones encendidas, dueño de una mística sin rémoras, siempre haciendo alarde de su independencia personal. Entre los periodistas, muchos de ellos a pesar de sus anhelos han tenido que claudicar debido a diversas circunstancias instaladas en nuestra vida pública; otros persisten en una actitud crítica, alejados del ámbito del poder, actitud saludable para la construcción de la opinión pública, que consiste en el periodismo que ejerce la crítica como esencia para destruir los hechos perversos insertos en las cúpulas del poder. Ya que un periodista acrítico es a todas luces proclive a la simulación y conveniencia, un cómplice de la corrupción. Y precisamente la bondad de la crítica a los medios extorsionadores y corruptos dados en la entonces Dirección de Seguridad Pública y Tránsito del Estado de México, cesó de golpe al director del diario denominado “el Rumbo”, un diario de rumbos autoritarios y consecuente con la corrupción. Un periódico que

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no admitía la disensión, de ahí el linchamiento de un director como Felipe Pérez Ávila que con su demanda dio muestras de libertad de expresión como garantía democrática, y afirmaba así sus innegables derechos humanos. Han transcurrido treinta años desde aquel despido efectuado en la primera década del mes de septiembre de 1988, en que don Felipe Pérez se convirtió en desempleado. Sin embargo, como dice el adagio “no hay mal que por bien no venga”. Ante ese desacato, que no fracaso, surgió nuestra revista El Ágora, como un emblema de la libertad de expresión. Cabe anotar que la solidaridad entre sus pares se ausentó en el contexto de la represalia, con la honrosa excepción del periodista Macario Lozano Ramírez, director del diario 8Columnas. Al tiempo que una sola organización no gubernamental: el Movimiento Ecologista del Estado de México (MEEM) también alzó la voz que reprobaría aquel insulto no sólo a Pérez Ávila, más bien a la libertad de expresión mancillada. Precisamente la revista eligió el nombre de El Ágora, aludiendo a la plaza de los griegos donde la expresión de los filósofos era libre, discutían sin miedo ni temor, era un sitio donde nacía la democracia, que hoy fatalmente se falsea y se cuestiona de acuerdo a intereses y oportunidades. Los que colaboramos en la revista El Ágora deseamos que siga la ruta de la libre expresión y vehículo de opinión pública, una revista que hoy por hoy defienda la dignidad mostrando los vicios reinantes en las labores de la función pública, y de la sociedad en su conjunto en sentido democrático. Varias voces de la época contemporánea han replanteado el valor de la democracia, así Juan Villoro la liga al periodismo, es el contexto donde respecto a los periodistas se apoyan los ideales de la verdad, la libertad; descubriendo, atacando la perversidad y todos los vicios por los que habita impunemente la función y la administración pública: “Disentir no es linchar, por el contrario, es oponerse a la mentira, el soborno, la corrupción, todas patologías sociales”. Es el ideario de El Ágora desde hace treinta años y muchos más.

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