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P á g i n a s C r i s t i a n a s d e L i t e r at u r a

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velas

Publicación mensual.

Año I, Núm. 7

MARZO 2010.

$10.00

de las

Poesía: Amartearde Poesía º Narrativa º Ensayo º Fotografía

Ensayo Aquaman contra Los Invasores de la jerga gigante


Editorial

Pareciera ser que todo en esta vida es un desfile de contradicciones, un perpetuo carnaval teórico y pragmático. Una

carta del tarot, la de la Fortuna, viene representada precisamente por una rueda que gira indefectiblemente dejando a unos abajo y a otros arriba, ora reyes, ora mendigos. Igualito que en el juego de la feria, un momento estamos viendo el mundo cual si fuésemos gigantes y en otro ya estamos confundidos con el olor a fritangas y el corredero de infantes. Los papeles cambian constantemente voluntaria o involuntariamente, a veces aparecen tantas contradicciones por demás sorpresivas. Pongamos por ejemplo la gota de agua que surge de una vela…, aquello es un oxímoron, un capricho de photoshop. Sin embargo, he afuera una marejada, de mar, de mundo y de papeles. Toda ella nos sobrecoge, nos choca y nos remueve, incesantemente. Vivimos, pues, cual navíos, veleros de cartón, con una candela abatida por las olas; allí, en esa melodía escondida, es posible cualquier cosa. Laudeísmo, modificando el orden de su nomenclatura por cuestiones estético-ideológicas que esperamos disciernan, dedica este número a las inmarcesibles gotas de agua que están distribuidas por todo el mundo en botellitas bonafont, en océanos y en cloacas. Ellas merecen un aplauso porque, fugaces, dibujan los límites de la tierra. Sobretodo, en ellas se cobija un pálpito de gracia divina. LAUS DEO

Contenido

Editorial Placard Paralelismos

Ensayo

Aquaman contra Los Invasores de la jerga gigante

Armarios

Poesía

Bolsa plástica cardiaca.

El Figurativo Orbe

Cuento

Yerma La Muerte de José Zacarías Mares ¿Alter ego? Limpiado con corrector Fantasmas y taxis

Sub Sole

Crítica

La noética costumbre de esperar a que un pájaro nos traiga la información

Armarios

Poesía

Amartearde.

Arcanos El mundo al revés, Cristina Carrillo.

Director: Samuel Lagunas Cerda.

Laudeístas: Cristina Carrillo. Arturo Olvera Trejo. Luis Rodrigo Almada Ugalde.

Colaboradores: Titis Malo. Tanya Almada.

Diseño: Egomustdie (Have a nice day, Inc.) Fotografías de: Carlos López (Portada) Cristina Carrillo. Samuel Lagunas.


Recomendaciones

Los ríos profundos

Autor: José María Arguedas, peruano. Tercera novela de este escritor, narra la historia de Ernesto, personaje que atraviesa en el trance de la niñez a la juventud dentro de las conf lictivas haciendas peruanas, recintos de pluralidad cultural donde la injusticia y la negligencia nunca faltan. Con esta novela de 1958 se llega a una cumbre de la literatura regionalista y se vislumbra con más fuerza varios elementos de la nueva narrativa latinoamericana.

Cine

Bodyguards and assassins

Veinte poemas para ser leídos en el tranvía.

Autor: Oliverio Girondo, argentino. En este su primer libro de poemas Girondo revela su maestría en la creación de imágenes y en la elaboración de temas cotidianos y trascendentes. Con un tono que afinaría más en su estética vanguardista e libros posteriores, Girondo realiza a través de estos poemas un ejercicio tanto crítico como humorístico donde cuestiona el ambiente cultural y artístico de su época. La obra apareció publicada en 1922.

Dirigida por: Teddy Chan, China /Hong Kong, 2009. Una película basada supuestamente en hechos históricos del nacimiento de la republica china donde el último bastión para la democracia viaja a Hong Kong huyendo de la presión del gobierno chino. Allí es perseguido por mercenarios chinos que quieren su cabeza y es protegido por guardaespaldas hongkoneses que a su vez son revolucionarios que quieren mantenerlo con vida como su única esperanza de cambio en el futuro. Bodyguards and Assassins es una película de acción con tintes históricos y con una gran calidad a nivel argumental, actoral y técnica en donde con mucho heroísmo y valentía personajes tan diferentes como carismáticos tendrán la misión que sacará adelante a su patria.

Música

Jonás.

Autor: Jonás, s. VIII a. C. El libro de Jonás relata las peripecias del profeta que llevaba el mismo nombre, quien después de recibir el llamado de Dios para ir a predicar a los Ninivitas el arrepentimiento, decide tomar un barco a Tarsis, justamente al otro lado del mapa, y es arrojado del navío, siendo comido por un gran pez y devuelto al tercer día, tras arrepentirse delante de Dios por su falta y proponerse a obedecer. El libro es una enseñanza sobre la misericordia de Dios, la disciplina a los suyos y la importancia del arrepentimiento y la obediencia.

An Ocean Between Us

Intérprete: As I Lay Dying, San diego/California, 2007. As I Lay Dying siempre ha sido una banda que puede llenar los gustos de mucho público, desde los fans del metal y del hardcore hasta personas que no son gustosas del género; son el tipo de banda que tiene suficiente empuje para tocar tanto en el Ozzfest y el Warped tour como en un Cornerstone Festival (festival de música cristiana). Es aceptado por audiencias cristianas y seculares. El cuarto álbum de estudio An Ocean Between Us continúa con el estilo agresivo, con fusiones de hardcore y metal, con poderosos riffs y una voz potente y con una buena combinación melodías. Aunque este no es el disco más agresivo o intenso, sí puede ser considerado el más diverso y con la mejor composición de canciones que han hecho hasta ahora.

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Ensayo

Aquaman contra Los Invasores

de la jerga gigante Por Samuel Lagunas

Cual nuevo Poseidón, sojuzgando el tempestuoso trepidar del océano, se yergue con parsimonia, atlante exánime, Aquaman. Despojado del atavío provisto por el padre Norris, hoy porta un elegante armani, sólo se percibe el trozo de mar que descansa en su mano cual si fuese una doncella dormida bajo el silente látigo de la noche. Con tremebundo sigilo atraviesa la puerta del juzgado número 42. Detrás de él, los antagonistas más recientes, Los Invasores de la jerga gigante. Tomemos un espejo y nos daremos cuenta de su desgarbada apariencia. –Acorde al pensamiento platónico expuesto en el Timeo, el demiurgo colocó agua y aire en el medio del fuego y la tierra y los puso en la misma relación proporcional, la relación que tenía el fuego con el aire la tenía el aire con el agua y la que tenía el aire con el agua la tenía el agua con la tierra. Sirva esto para demostrar que hasta los griegos creían en una armonía de la naturaleza que debía de ser inquebrantable. Aquí Aquaman saca un pañuelo y suena su nariz. –Por fortuna la tradición cristiana se ha percatado de algo, del empecinamiento humano por romper dicha armonía. Cierto es que aquél ha sido puesto por sobre el hogar de los seres marítimos, pero vaya, Dios les da la mano y ustedes le toman el pie y luego se

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El agua siempre ha sido elemento fundamental de las literaturas. Ha servido como hogar de múltiples criaturas míticas y fantásticas como las sirenas y monstruos como Caribdis de La Odisea y el mismo Leviatán que menciona la Biblia

quejan de que falta o de que está sucia. Con cierto pánico, el juez le pide calma y sugiere que no torne en crítica su argumentación. –La mortandad en los océanos ha aumentado debido al petróleo, a la sobreexplotación y a los desechos nucleares, orgánicos e inorgánicos, que evacúan los barcos cual si estuviesen laxados. Las estadísticas son avasalladoras. Estamos desvaneciéndonos, y ellos, insensibles y con cientos de vigas en los ojos, no modifican su actuar. Pero para no llenar este estrado con una apología colmada de lugares comunes, veamos algunas utilidades del agua en la historia. Al igual que los

Desafiando a Aquaman, Samuel Lagunas.

Al igual que la vastedad del alba, el agua también fue merecedora de culto en las primeras culturas. De ella dependían las cosechas, la pervivencia de la vida. grandes abedules, la vastedad del alba, el misterio del fuego y las mujeres, el agua también fue merecedora de culto en las primeras culturas. De ella dependían las cosechas, la pervivencia de la vida. En la cultura Dentro de la época de expansión de los Imperios si algo aterrorizaba a los viajeros era el mar, ya que múltiples naufragios acabaron con la vida de centenares de hombres que emprendían esta aventura.


Ensayo judía, distinguida por su monoteísmo, era el agua el elemento purificador y dignificador del hombre como lo atestiguan múltiples pasajes de su Escritura. Pide que uno de sus acompañantes, un divertido delfín que se revuelca en la última fila, le acerque una Biblia y él la abre. –En el libro del Éxodo capítulo 30 verso 20 se dice claramente: “Cuando entren en el tabernáculo de reunión, se lavarán con agua, para que no mueran”. Evidentemente, aquí se hace hincapié en la pureza y es el agua el medio simbólico para alcanzarla. Esto en la cultura judía. En terrenos mesoamericanos la La mar entonces volvería a tener ese encanto de mujer; así, se le cortejaría, se le iría seduciendo hasta fundirse, célicamente, en armonía. lluvia caía como respuesta a plegarias y a ritos de tremenda solemnidad que en ocasiones llegaban a involucrar sacrificios de hombres. En Egipto, el río Nilo desempeñó un rol importante dentro de los avances científicos de aquella cultura, la medición de las mareas sobretodo. Además el uso del agua para fines de cultivo era optimizado como lo atestiguan las chinampas en América. A esta instancia del discurso la mayoría de los oyentes ya bostezan, así como lo estarán haciendo los lectores que aún permanezcan. Aquaman no despegaba la mirada de sus doscientas cuartillas que había redactado la noche anterior bajo la apacible oscuridad del océano. Y siguió leyendo, irremediablemente. Los Invasores de la Jerga Gigante, ajenos sus oídos al discurso, seguían planeando nuevos ataques contra Aquaman, buques suicidas, bombardeo de basura y campañas excesivas de turismo a las remanentes playas vírgenes. –Por eso, no me he quedado de brazos cruzados y me he encrespado, aguijoneando las costas con maremotos y alargando enormes olas sobre los pueblos cercanos, o simplemente concentrando toneladas de nubes sobre ustedes para que destilen sin cesar. Ayes y lamentos nacen de sus bocas pero no titubean en continuar su pequeña empresa destructiva. ¡Ingenuos! En menos de cuarenta días podría acabar con El mar ha sido identificado como sinónimo de infinito pero también se le ha relacionado con la muerte, tal y como lo atestiguan varios poemas del poeta español Juan Ramón Jiménez.

ustedes, de súbito sepultaría sus diminutas cabezas. Un ejército de morsas irrumpe las puertas del juzgado, detrás se percibe el aleteo de los pingüinos y el enorme esfuerzo de las mantarrayas por erguirse en el suelo. Las miradas de Los Invasores se aglutinan nerviosas y buscan en sus bolsillos su armamento, la Jerga gigante. –Pero no se preocupen; por más que los empape, me está vedado arrasar satisfactoriamente con ustedes, aunque Hollywood se empecine en pintar otra cosa tomando incluso como pretexto una miserable vasija maya. Un director de Hollywood que estaba allí buscando un argumento para su nueva película agacha la cabeza y trata de pasar desapercibido. Aquaman solicita a uno de los pingüinos recién llegados que carga trabajosamente una caja de libros, le pasé un ejemplar de El viejo y el mar. –Desearía que más de ustedes miraran al mar como lo hace Hemingway, en femenino. La mar entonces volvería a tener ese encanto de mujer, esa sensualidad y ese arrebato que deslumbra a los hombres. Así, se le cortejaría, se le iría seduciendo hasta fundirse, célicamente, en armonía. Mientras Aquaman seguía con el comentario de Hemingway, las morsas se estrechaban en fraternal abrazo con algunos Invasores que, aprovechados, no dudaron en clavar una estaca, escondida bajo la Jerga, en aquella gruesa piel. Aquaman dio la espalda, arrojó su monumental ensayo y partió de regreso a casa, dejando un charco de tristeza entre la sangre.

“Aunque el hombre esté compuesto por un noventa por ciento de agua, los abstemios aún no tienen bastante”

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Bolsa plástica cardiaca. Por Arturo Olvera

Baja y sube Lento Lento Sube y baja Lento Lento Por el viento es arrastrada, La golpea con gran sadismo, La convierte en papalote, En halcón de los abismos; Y canta, Voz de sirena angustiada Voz tambor, Voz dolor, Voz metralla. Son abiertas sus manos, Son cerradas, Violentadas, Su piel se arruga y marchita, Piel vela ardiendo, Plata bruñida. Piel pluma al viento, Piel luz suicida. Sus capas, sus arterias, Sus plásticas membranas Se remueven, Se abaten conmovidas. Es velamen estampa, Marinero del mundo Golondrina viajera, Cuadro postmodernista. Y late, late fiel Y gélida y triste. Late luz Late sol Late arrullo voraz Late incendio precoz. Y la ves f lotar, Brotar de tu pecho Y volar al oriente, Arrastrada y feliz (una libélula que sale de un frasco) Y palpita su piel petróleo Y la sangre transita otra vez, Callada, por sus venas.

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Armarios


Ensayo

Yerma Por Luis Rodrigo Almada

Felipe, empujando una gran caja, sale del auto como de una madriguera, con la maestría de un escarabajo estercolero. Mi madre, gustosa, le abre cancha –ha pateado mis juguetes todos y los ha hecho a un lado–; pero no, mejor en el jardín, indica Felipe con el dedo. Su dedo que parece una oruga sobresale del

costado izquierdo de la caja, pegado al letrero de “ésta parte para arriba”. Ya es hora, son las 4:03. Yo estoy todo sudado. En realidad no me molesta, porque así brillo y me deslizo más fácilmente; pero mamá ha dicho que tengo bañarme. Papá dice que no debo tardar más de diez minutos en bañarme, cinco para tallarme, cinco para enjuagarme. Porque por cada minuto se pierden diez litros; luego, por cada litro, mueren dos niños de sed en algún lugar del mundo: “Si te tardas por lo menos diez minutos, habrás matado a tan solo veinte niños”, advierte, cada que me ve con una toalla. Otro niño extra por lavarme los dientes; en el África, tres bebés más, cuando baldeo mi bici; una familia entera por cada ciclo de la lavadora y, si baño al perro, aquello se transforma en una verdadera catástrofe. En lo que preparo mis cosas, y mi madre llena de mieles las grandes no por eso anormales orejas de Felipe, consigo obtener un último vistazo del jardín en el que yace nuestra nueva, aunque no muy grande, alberca, una serie de tubos y placas como de plástico. Normalmente, cuando Migue me invita a nadar, no puedo evitar pensar en los campos de concentración estalinistas que vimos en clase la semana pasada, aunque esta vez los hombres delgados, chupados hasta los

Páramo, Cristina Carrillo

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Cuento huesos, no son los güeros esos sino algún otro joven etíope o una señorita nigeriana –nadar de muertito adquiere todo un nuevo significado–. Sé, pese a todo, que a mi papá lo que menos le importa son los fulanitos. Sé que si no le importa es por desconocimiento y no por falta de amor, él me ama todo el tiempo, y se preocupa por mí; incluso me dice que me ama y que por amor me da de sopapos en las nalgas. Lo que a él le importa es el agua, aunque mamá diga lo contrario, que agua se escribe con ce, y que a eso es a lo que en realidad le teme, a la CEA. Debo decir que a mí, en lo particular, nada me da más miedo que el agua, ni los sopapos, y ni la tal “Cea”; y es que, aun cuando me tomo un Pau-Pau, formulo toda clase de ideas de muerte y de sequedad en mi mente y se me retuerce el estómago. Migue dice que aquello es la Yerma, así la llaman, me dice; y yo le digo que quiénes, y él dice que sus abuelos. Creo que ya perdí la cuenta, pero si no mal recuerdo, hasta la semana pasada llevaba tres mil novecientos cuarenta y tres niños acaecidos y media docena de bebés. He procurado bajar el ritmo. Ahora, por ejemplo, cuando me enjabono, cierro la llave; luego me enjuago, luego me seco, y listo. Tampoco me gusta usar gel, pero ésta es una ocasión especial. Aun así, no entiendo porque una persona cualquiera habría de meterse en el agua con todo y ropa. Frente a Migue, por ejemplo, me daría mucha pena; pero Felipe, mi hermano mayor, eso dice él, me ha inspirado una muy peculiar y misteriosa confianza desde que tengo uso de razón. Quizás tenga que ver con su mirada tranquila o con su sonrisa siempre constante y apacible, con sus canas, o con el hecho de que le guste criar borregos, y los borregos siempre son todos tranquilos y olorosos. Allí está él, parado en medio de la alberca, con el agua hasta la barriga y la corbata mojada. Qué desperdicio, hubiera dicho Papá en cualquier otra circunstancia; pero no, allí está él también, callado, como si nada. Entre tanto, Migue nos observa desde el ficus de su patio, aguardando de donde, por lo general, nos colgamos como changos todos los domingos por la tarde; aunque hoy… Hoy el agua está tibia ¿verdad, Felipe? Sí. Tápate la nariz. Pero así no podré respirar... y luego pienso antes de sumergirme, ¿es por la Yerma, verdad, que muere tanta gente? Intento decírselo, pero él no me contesta. Antes de las burbujas escucho: ¡Sepultad…! Esto último no lo entiendo.

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Pasillo de agua, Samuel Lagunas


Cuento

La Muerte de José Zacarías Mares Por Tanya Almada

–Tome un poco de agua – le dijo el Comandante de la Fuente. María Soledad Pozas tomó el vaso entre sus manos sudorosas y bebió. Su mirada se perdía en algún punto del horizonte que observaba por la pequeña ventana abierta. Estaba envuelta en un chal de seda negro, apropiado para el luto que guardaba. Su hijo, un pequeño de no más de 3 años, con los ojos grandes y llorosos, se aferraba a sus faldas, sentado en el suelo junto a la silla donde ella descansaba. Su esposo, José Zacarías Mares, había sido encontrado f lotando en el río, a varios kilómetros del pueblo. –Lo mataron –aseguró María Soledad. A José no le gustaba el agua, le tenía miedo, ¡con trabajos se bañaba cada semana! No hay manera de que se hubiera metido al río por cuenta propia. Lo ahogaron en el río, o lo golpearon hasta matarlo y lo aventaron. –Señora, con todo respeto, su marido no presentaba huellas de lucha; además, cuando lo encontraron llevaba puestos solamente sus calzones, y el resto de su ropa fue hallada kilómetros arriba, doblada junto a un árbol; todo indica que su esposo se metió a nadar y la corriente del río fue más fuerte y lo arrastró. El forense determinó muerte por ahogamiento. –¡No! –gritó la señora Pozas– ¡Le estoy diciendo que lo mataron! –Se levantó de su silla y el niño comenzó a llorar. Ella lo cargó y se paseó por el cuarto de un lado a otro mientras presentaba su teoría– Revíselo –dijo– seguro tiene por ahí un golpe en la cabeza, ¡o hasta un balazo! José no sabía nadar, ¿por qué diablos se iba a meter al río? Estoy segura de que alguien lo mató, le quitó la ropa y luego lo aventó al río, precisamente para que no sospecharan nada, ¡pero yo sé que lo mataron! –El pequeño comenzó a llorar más fuerte. –Señora Pozas, tranquila, no se altere –dijo el Comandante. En ese momento María Soledad le lanzó una mirada que le heló la sangre. Sus lágrimas se paralizaron en sus ojos, se acercó al Comandante

Sencillez, Samuel Lagunas

lentamente, con su hijo llorando aún en sus brazos, y dijo: –Usted sabe que yo llevo una amistad muy íntima con la señora esposa del Presidente Municipal, y si no quiere que su trabajo peligre, usted va a investigar el asesinato de mi esposo, va a encontrar al culpable y lo va a meter a que se pudra en la cárcel. –En ese instante, sus lágrimas volvieron a surgir. “Carajo”, pensó el oficial. La verdad era que la ahora viuda de Mares era muy, pero muy amiga de doña Josefina Rodríguez de Monzón, esposa del Presiente Municipal, don Nazareno Monzón. “Si esta vieja desesperada le hace un pancho a doña Chepita”, pensó el Comandante, “seguro me quedo sin chamba”. –Está bien, señora –dijo con toda la amabilidad y pomposidad posible–. Usted tiene el derecho a que este asunto se investigue a profundidad, a que se persiga al presunto culpable hasta las últimas consecuencias, y a que se dé solución a su petición lo más prontamente posible. Por favor, absténgase de hablar con la señora de Monzón, que yo mismo me encargaré de esta investigación. La mujer agradeció con una sonrisa fingida y salió de la oficina. Minutos después, el Comandante de la Fuente tomó su arma y fue directo al anfiteatro, donde aún yacía el cuerpo de José Zacarías. Cuando llegó a la morgue, lo recibió el Dr. Leopoldo Lagos, encargado de la autopsia. El doctor estaba seguro de su dictamen, sin embargo el Comandante lo cuestionó narrándole sus desventuras. –Señor Comandante de la Fuente –dijo el médico–, le aseguro que yo sería la última persona en interponerme en una investigación de tal importancia, al contrario, haré todo lo posible para encontrar la verdadera causa de la muerte del acribillado, apoyando así su honorable labor judicial. El Comandante de la Fuente salió del lugar satisfecho por la disposición del médico legista, pero aún algo preocupado. Su puesto estaba en la cuerda f loja hasta no encontrar al asesino de José Zacarías Mares. Por aquellos días, había llegado al pueblo un tal Moisés Rioseco, el cual se paraba todos los días junto a la fuente de la plaza central y empezaba a gritar “cosas raras” (decían los del pueblo), y siempre cargaba un librito negro con letras doradas en la tapa y

el lomo. La gente lo miraba raro, y el padrecito de la parroquia había instado a sus feligreses a no escuchar a aquél “hermano separado” (“¿separado de quién?” se preguntaban en silencio). A dos días de la muerte de José Zacarías, la señora Pozas iba caminando por la plaza y, al ver a Moisés Rioseco, recordó que tan solo hacía dos semanas había visto a su esposo acercase a él y hacerse de palabras. Rioseco había permanecido muy sereno, mientras que el ahora difunto se veía agitado al hablar con él. Después de eso, José Zacarías había permanecido 3 días sin decir palabra, y después empezó contarle “cosas raras” a su mujer. Ella, por supuesto, no le hizo caso. Entre esas cosas raras,

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Cuento Zacarías le dijo que tenía que empezar a perderle el miedo al agua si acaso quería nacer de nuevo. –-¿Nacer de nuevo? –espetó Soledad–. ¿Tas loco? Ni que te pudieras meter de nuevo en la panza de tu madre, que en paz descanse –dijo mientras se persignaba–. ¡Ya deja de juntarte con ese loco de la plaza! –Un día entenderás, mujer, y ese día, tú también querrás aventarte al río. Al recordar esa frase, la viuda de Mares se quedó helada. “¡Claro!”, pensó, “ese loco le llenó el coco de tonterías a José… ¡seguro él lo mató!”. Ni tarda ni perezosa, María Soledad acudió al comandante de la Fuente, y al ver la expresión de duda en el oficial, exclamó: –¡Le estoy diciendo que él fue! Póngase a pensar, para nacer de nuevo, uno tiene que morirse, y esa cosa del agua que tanto repetía mi marido, ¡es obvio que ese tipo lo mató! Además, “Rioseco”, ¿qué clase de apellido es ese? –Soledad comenzó a sollozar–. Comandante, si usted no puede con el caso, me veré en la necesidad de pedir a la esposa del señor Presidente Municipal que asigne a alguien más preparado. –No, no, señora, por favor –dijo de la Fuente tomando la mano de la viuda–. No hay necesidad de eso, mire, mejor vámonos al velorio de su marido, y confíe en mí, que en este momento mando un operativo para capturar al sospechoso. Pero de la Fuente no tuvo que enviar a ningún operativo, pues el mismo Moisés Rioseco se apareció en el funeral de José Zacarías para presentar sus respetos. No tuvo tiempo de acercarse a la viuda pues, al verlo, el Comandante de la Fuente se abalanzó sobre él junto con dos custodios y se lo llevaron a la jefatura. El interrogatorio no duró mucho. “¿Confiesa que usted le habló a José Zacarías Mares acerca de perderle el miedo al agua, de nacer de nuevo, y de sumergirse en el río?”, preguntó el Comandante. “Sí, yo le dije eso, pero…” “Pero nada”, Moisés Rioseco fue interrumpido. “Eso es prueba suficiente de su participación en la muerte de del acaecido. Mire que llenarle la cabeza de esas cosas y luego deslindarse del terrible acontecimiento”. Rioseco intentó defenderse, pero su esfuerzo fue en vano; el Comandante de la Fuente se había resuelto a arrestar al hombre por el homicidio de Mares. Después de poner al detenido en una celda, fue a ver al doctor Lagos. –Señor Comandante, después de un estudio exhaustivo, he encontrado que, en efecto, la causa de la muerte fue ahogamiento. Sin embargo, no hay duda de que hubo una lucha de algún tipo, pues encontré diversos hematomas, pre y post mortem, así como abrasiones en la epidermis del cadáver. En la celda de Moisés Rioseco se encontraban otros dos hombres, uno había robado una panadería, el otro había matado un pollo de una granja cercana para poder comer algo por primera vez en esa semana. Uno de ellos se acercó a él: –¿Cómo te llamas? –Moisés. Moisés Rioseco. –¿Rioseco? ¿Cómo fuiste a caer en Santa Marina de los Ríos?

Estigio, Cristina Carrillo

Moisés no respondió. Se limitó a observar el cielo azul por una pequeña rendija en la parte superior de la pared de la celda. –Bueno Moisés –habló nuevamente el preso–, ve sabiendo que en este pueblo tan tranquilo solo te pueden condenar por tres cosas: por robar, por matar, o por ser diferente. Dos días antes, un nervioso José Zacarías Mares se había parado frente al río, se había quitado la camisa y los pantalones, los había doblado meticulosamente y acomodado junto a un árbol. Después, se había acercado con cautela al río. Metió un pie, luego el otro. “Nacer de nuevo”, pensó. Se sumergió por completo en el agua, y sonrió al emerger. Al tratar de salir del río, su pie derecho resbaló a causa de la lama acumulada en las piedras. José Zacarías calló de espaldas al agua y no se pudo incorporar. El río lo arrastró y golpeó contra las rocas del fondo. “Nacer de nuevo”, siguió pensando mientras abandonaba su cuerpo.


Cuento

¿Alter ego? Limpiado con corrector. Por Titis Malo.

No pude evitarlo. Aunque ella no me veía, siempre pensé que lo hacía. Llegué a sostener firmemente, incluso, que cambiaría el rumbo de mi vida. Por eso no resistí hacerlo. No podía soportar la idea de ver que toda la realidad concebida acerca de mí podría desaparecer, o al menos haber sido modificada sólo por su mera voluntad. Algunas veces la veía con tanta ternura; ella acostada, sabía que podía estar conmigo... antes de que terminara su existencia, claro estaba. Por supuesto ella no podía decidirlo, no por sí misma. ¿Voz? ¿Voto? No, eso lo decidía yo..., sí..., sólo yo. Ella me pertenecía, no viceversa. Yo, Dimas, o… Dámaso. La mayor de las veces era Dimas, aunque me considero un verdadero Gregorio; un perfecto vigilante. Como tal, me dedicaba a atenderla con mis ojos, la contemplaba; ella, tendida sobre la mesa, o sobre la cama, cuando estábamos juntos antes de dormir, con toda libertad, como si le perteneciera algo, pero no. La casa era mía, la cama, la mesa... Naturalmente, prefería quedarse en la mesa, cerca de las libretas. Aunque sólo estuviera acostada, yo sabía que era amenazante..., como si al estar dormido, te cayera repentinamente una pared, o el techo, y..., que nada pudieras hacer debido a que tendrías los ojos cerrados y estarías desprevenido…¡Pum! Sin más te aplastaría. Así era la sensación cuando la veía... Algunas veces. En cambio yo no dejaba de consumirla con mis ojos. Parecía como si una llamarada saliera de ella, consecuencia de la intensidad con que mis luceros imperfectos la observaban sigilosamente. ¡Ella era peligrosa! ¡Podía volcar mis más profundos secretos! ¡Hablar de mí! No quería..., yo... nunca quise..., pero sí..., tal vez siempre quise. La ahorqué. ¿Cómo no hacerlo si conocía su crueldad, que, de vez en cuando, manifestaba con toda libertad? Aunque..., ingrata. Yo era quien le daba valor a su vida; es más, sin mí, ella no existía. No era nada... Sin mí, era sólo un objeto sin vida ni sentido alguno. Yo era su dueño. Estos pensamientos pasaron cuando lo hice, y, aún susurran a mis oídos: <<Sí, lo hiciste bien. Era lo correcto>>. Por eso me atreví, por eso fue inevitable hacerlo.

Una noche, me acerqué a ella, seguro no me miró. La tomé desprevenida. Con una sola mano hice todo. Comencé por apretar todo su cuerpo, después vi que era complicado, así que, aún ahorcándola, fui a la cocina, tomé un cuchillo filoso y... a la mitad. Quizás, fueron más pedazos, no lo sé. La estrangulé hasta que sus conductos internos explotaran, derramando sus líquidos constituyentes. Me llenaba de una sensación extraña, cuando todos ellos estaban en mis manos, comencé a reírme de un modo que... aún me aterra. Recordar mi rostro me es desconocido. Aún no logro entender la satisfacción frente a ese rencor y odio que guardé un tiempo hacía ella, el haberla cortado, el

Reflejos, Cristina Carrillo

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Cuento sentir todo su tibio líquido negro en mis manos, las cuales se exaltaban al sentir en las palmas el escurrimiento de esos líquidos negros, por su sangre venenosa, traidora, cruel. Esa noche salí a caminar. Acontecía un caos interno, una sumisión de diversos pensamientos que oscuramente se incorporaban, (como cuando una serpiente atrapa sigilosamente su presa), por lo cual, olvidé prestar atención al lugar o momento en el que estaba. Sólo existía lo sucedido. Arrepentido, pensaba en lo bello que era sentirla a mi lado, entre mis dedos… Sólo recuerdo que repentinamente llovió y mi ser se vio sometido, primeramente por el viento, que soplaba fuerte, como si una boca gigante apagara las velas

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Lejana, Cristina Carrillo

de un pastel, con tal magnitud de poder me empujaba el viento. Posteriormente, dominado por la lluvia que, con lágrimas enormes, anunciaba su partida. ¿Eras tú, Humberto, quien lloraba enseñándome que tú eres grande y yo no soy Dámaso? Inevitablemente, las lágrimas acariciaron una parte de mí que desconocía. Una parte que ella siempre quiso contarme, pero que rechacé, y en gran parte reaccioné como Homero, ciego. Sentí escalofríos y miedo. No sabía si quería saberlo, mucho menos aceptarlo. ¿Dejar de ser Leopoldo y Dámaso? Seguían cayendo lágrimas gigantes, cada vez más grandes. Parecía un perro mojado, con todo el pelaje escurriendo, pero era mi ropa. Así como un perro no se deja bañar, así como está lleno de suciedad… Así estuve, antes de las gotas. Mis manos, que habían estado manchadas por el acto de maldad, se limpiaron mágicamente, tal como una burbuja aparece y desaparece. De pronto, miré al cielo; permitiendo que esas lágrimas gigantes fueran cayéndome encima. Poco a poco el suelo se inundó de lágrimas del cielo (o tal vez de los ojos de Humberto). El agua estaba limpia. Decidí aceptarlo. Dejé atrás a Homero, abrí los ojos. Era Leonor. Comprendí que haber matado mi pluma negra había sido un acto de cobardía y que un día, habría otra pluma que me contaría más, escribiríamos juntos, estaría entre mis dedos acariciándola mientras plasmábamos a la par. Posterior a esa aceptación, mis ojos condensaron el aire seco que había en mí, generando –no sólo físicamente, más bien diría que el cambio fue implícito–, una aguda lágrima pequeña, pero cobijada de esperanza cromática y de fe; había encontrado el corrector para la tinta que destructiva (porque a veces destruye, otras construye), un acompañante puro, eterno. No más de Dámaso, ni de Dimas, ahora anunciaría mi nuevo nombre: Lázaro, tal vez Eusebio o Efrén. Posiblemente Justino.


Cuento

Fantasmas y taxis. Por Ego González

Son las 11:30 p.m. Había sido un mal día, ni un solo cliente, todo por culpa de la maldita lluvia que hace que la gente no quiera salir. Pensé en regresar a casa pero a estas horas ya no hay nadie, en estos días ya no hay nadie en esa casa. ¡Ah! Qué rápido crecen los hijos, un día son unos mocosos malcriados que se la pasan llorando después ya le quieren decir a uno como hacer las cosas, y al final ni se acuerdan de visitarme. Un joven me hizo la parada frente a la Facultad de Enfermería de la UAEM. Estaba junto a otros dos tipos “si los subo, éstos me van a atracar” pensé; pero al acercarme, dos de ellos se despidieron y sólo uno subió al taxi. Arranqué. El joven sacó unas hojas y se puso a leer. –¿A dónde lo llevo… o le sigo derecho?, –le pregunté. –Voy al panteón del Tepeyac. Váyase por la vialidad Metepec –me dijo sin perder atención a lo que leía. –¿Al panteón a estas horas? –Vivo cerca, ahí en la Del Prado, ¿se atreve a entrar? Y lo único que contesté fue: Al panteón iremos. La colonia Del Prado tiene mala fama, tan mala que dicen que uno entra y sale en calzones y violado. El joven no parecía ser de esa colonia se veía más riquillo –¿Apoco eres enfermero? –le pregunté ya que no lo aparentaba. –¿Y que si lo soy? –contestó retadoramente. Me sorprendió la reacción y no supe qué hacer. El joven comenzó a reír. –No soy enfermero, estudio antropología en la UNAM, estoy haciendo una Investigación de las leyendas urbanas del Estado de México, ya sabe que dicen que por las noches gente desaparece del pueblo. –Pero Toluca hace mucho que dejó de ser un pueblo –le hice ver. –Aún así las historias continúan. No sé si ha escuchado esa que dice que en la facultad de enfermería se escuchan gemidos por las noches y que las máquinas se prenden solas… y del conserje que camina por los pasillos… Empezó una larga conversación hablando de las historias de las calles, que uno escuchaba de algún amigo que a su vez la había escuchado de alguien más y que así se han pasado a lo largo de los años.

La primera que me contó fue esa del perro con cara de diablo que sale por la avenida Gómez Farías y que si uno lo ve a los ojos termina estampándose con un muro que sale de la nada. Siguió con la de la dama de blanco, en la carretera México-Toluca si te agarra la niebla, la vieja se aparece en el asiento trasero y terminas en el lago ahogado. Dijo que esa historia también la había escuchado en otros estados, en algunos era una prostituta, y en otros una monja. Lo curioso era que todas esas historias terminan distrayéndote y accidentándote. El joven se sabía muchas historias y no paraba de hablar, como si pensara que su vida dependiera de ello. Por fin llegamos al panteón. –Oiga, una última… ha escuchado esa del taxista –me dijo sonriendo nerviosamente. –Claro… –le respondí. –¿Y qué?, ¿mis historias lo entretuvieron? –Bastante. Ya ve que dicen que si el pasajero logra entretener al chofer, logra bajarse del taxi, de dónde cree que salió eso de que cada noche alguien desaparece misteriosamente. Se abrió la puerta. El joven se bajó –¿Qué es lo que lo tiene aún aquí? –me preguntó. –¡Aún no me topo al imbécil que me robó y me mató!

Adrift, Andrew Wyeth

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Crítica

La noética costumbre de esperar a que un pájaro nos traiga la información Por Samuel Lagunas

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Soy de la idea de que leer te hace viejo, como si algo de aquellos autores se te fuera acumulando entre las arterias y acelerará el borboteo de la sangre. Comparto también aquella bíblica sentencia que sugiere una íntima relación de la lectura con cierta insania, quijotesca o bovaryana podríamos decir. Es que un buen día me levanto pensando… ¿Cómo le va, señor Samsa? ¿Ya en mejor forma? No…, o quiero leer en la página 123 de algún libro el devenir de mis cuñados. ¡Cuánta confusión, cielo santo! Por eso admiro a aquellos que se mantienen incólumes ante la inf luencia de las páginas. Monumentales aletrados magníficos. Mira qué seriedad la de ellos al no tener palabras ante temas de tan pasajera trascendencia como la teoría sociológica de Weber o la fenomenología de Husserl. ¡Patrañas de elitistas!, han de pensar. Y cuánta razón. Y qué decir de la nueva novela de Elmer Mendoza o los manuscritos que Cortázar olvidó en un cajón, ¡por Dios!, ¿¡quién opina de eso!? Preferible escuchar alguna sabihonda opinión de Poniatowska en el noticiero de la noche o la travestida voz de un reportero de tv azteca que opina sobre las réplicas del terremoto. Eso sí vale la pena. Libros…, además los libros contribuyen al asesinato de la f lora de muchos ecosistemas. Llega kimberly y zaz se pone a talar árboles por doquier y al poco rato scribe contribuye al holocausto. ¿Para qué leer entonces?; cuantimás cuando hay charlas que organiza el gobierno o las universidades donde se congregan ciertas personalidades a hablar sobre un tema, si él lo sabe, para qué yo, dos personas que saben lo mismo es un desperdicio, mejor que él nomás nos diga y nosotros hacemos como que escuchamos. Posteriormente ya tendremos algo de material para algún dato erudito en una charla en el starbucks. Un pajarito me dijo que fulanito de tal dice que… Y todos quedarán, con tu comentario, atónitos, boquiabiertos.

Pero presénteme a ese pajarito que sabe tanto y que últimamente ha sido emparentado con el pajarito de los chismes y las malas lenguas. Se han de juntar en un árbol ambos para presidir los congresos bianuales de pajaritos informativos; el miembro honorario de tal asociación debe de ser aquel que buscó y buscó un poco de tierra hasta encontrarla. Y si el pájaro no nos trae nada, nosotros permanecemos en un mutismo filosófico que ya envidiaría Buda. Ya ni gandhi nos convence con su ingeniosa publicidad amarilla que destaca entre el mundo de espectaculares donde una mujer semidesnuda anuncia todo, desde lencería –lo que resulta adecuado– hasta libros para colorear. Y los conductores que ven aquella frase entre los edificios sólo sonríen y siguen su camino. He escuchado decir a alguien que leer no es para todos. No lo sé. Ante una sociedad donde un taco de frijoles escasea, quizá tengan razón; ante una sociedad donde los balazos ya no piden permiso, casi me convencen. No obstante, queda un remanso de utilidad en la lectura, a través de ella algo se nos ha de ocurrir, quizá una idea que transforme este estético caos. Siquiera leamos un panf leto de Og Mandino o una novela esotérica como las que pululan hoy día en las librerías. Algo habremos de sacar de ellas. Si hay más atrevimiento, leamos una novela de Carpentier o un poemario de Girondo; indagando en esas cabecitas, acaso nos lata una trozo de hemisferio cerebral. Porque a veces nos encasillamos al libro de cabecera y cualquier otra cosa ¡anatema sea! En ese caso, nuestro mundo se ha construido con base en anatemas, mayormente. Para pensar, ¿no? Quizá para lamentarse. Para leerse, diría yo. Ah, lo olvidaba. Más de uno habrá relacionado la palabra noética con aquel Noé de la Biblia. Error. Falta de lectura. Ya ven.

A la víspera, Cristina Carrillo


Amartearde

Armarios

Por Luis Rodrigo Almada

Adiós al arte por el arte adiós por amor a Dios a Dios el arte por el arte a Dios por amor adiós a Dios hallarte por el arte a Dios por amor a Dios adiós el harte por el arte adiós por amor a dios ¿a dios halarte por el arte? adiós por amor a Eos adiós helarte por el arte adiós por amo Ra dios adiós salarte por el lar te adió por amor Dios adiós celarte por el lar tea dio por amor Dios adiós sallarte por el arte ha días por amor a Dios a Dios sellarte por el arte a diáspora mora Dios

a di ós al arte a Dios el arte a la mar el arte al amar a Dios para amarte paramar té arte de amar amarte arde arte de amarle telar de amarre el arte de amar helarte de amar él, arte de amar él, harte de amar él, lar te dé a mar amaré el arte por Dios ¿amaré el arte? ¡Por Dios!

adiós al arte por amor al arte adiós al arte por amoral arte adiós al arte por arlarte adiós al arte por Jean Paul Sartre

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Diego Alanis.

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Mira su rostro, recién mojado, en el espejo. Apenas hace unos minutos se levantó. Muy temprano para ser domingo, pensaría cualquiera; pero él tiene cosas que atender. Ya ha prendido el calentador a estas alturas y se mira, aún con la modorra encima. Esta barba haría muy orgulloso a Wolverine, piensa al mirarse, para luego alejarse del espejo y entrar a ese cubículo de canceles, donde recibirá el agua que brota como de aquella piedra de Moisés, sólo que a ésta piedra no hay que golpearla. El agua de 28 grados centígrados le quita un poco el sueño y lo prepara para el resto del día. Todo esto lo recuerda ahora, unos minutos antes de entrar a clase, a las siete de la madrugada. Es Lunes, el día más despreciado de la semana (si los días se pudieran suicidar el Lunes ya estaría sepultado. Un minuto de silencio por el Lunes, se oiría cada semana ante la ausencia de esas veinticuatro horas), y él entra al salón a alguna clase de literatura. Ya no recuerda cuál. Pasará un rato dormitando y escuchando al docente literato, y casi literario, hablar de temas que, para las siete de la mañana, son un tanto complejos. Añora las sábanas. Añora los momentos previos en el camión, donde pudo leer un poco ese librito negro que carga consigo, e inclinar la cabeza. Está dormido, pensaron un par de muchachos que iban a la secundaria, y se burlaron, haciendo muecas, simulando un hilo de baba cayendo desde una boca abierta como la de una orca. Pero él no dormía, no entonces, aunque ahora batalla por mantenerse atento. En menos de lo que esperaba se ha terminado la clase y ha comenzado, en ese eterno goteo del tiempo, una más que ha vuelto a sucumbir, como la anterior. Piensa un poco en las clases, que mueren para luego resucitar, o que quizás nunca han vivido y sólo se levantan a veces como momias vivientes para estirar un poco los músculos forrados de telas pútridas. Ahora platica de las maestras y sus apodos y bromea con alguna chava sin nombre, compartiendo con ella la mesa blanca con letreros de Pepsi en lugares estratégicos. El día anterior, a esa misma hora, salía de la iglesia y la miraba a ella. Ella sí tenía nombre. Muchas cosas surgían en él y se miraba lejano, con su camisa negra, que le recordaba

el título de alguna canción popular de algún sujeto con un nombre muy común en plural. Simplemente después de verla y saludarla, de intercambiar algunas palabras con ella y cono los otros muchachos, iría a comer con su familia y con otros a los que también llamaba hermanos, aunque no había, en sus genes, ningún parentesco. Las clases han terminado y ya es algo tarde. Ha comido con un amigo, un sujeto que escribe algunas veces y que esta vez, como otras, lo ha citado para hablar mientras comen, o para comer mientras hablan. La clase de las cuatro no fue lo suficientemente estimulante, pero tampoco lo bastante desilusionante y, sin pena ni gloria, regresa a casa, forrado en su camisa negra. La misma de ayer…, piensa, y lee algo en su celular. Tecnología. ¿Para qué matar arbolitos del Amazonas, o mutilar la Lacandona (¡con todo el esfuerzo que hace TV Azteca por hacer sus concursitos sobre esta selva!), cuando puedes cargar un buen Libro, para leerlo con todo y lucecita y colores de fondo, y la fuente que quieras? Los domingos también hay reunión en la tarde. En la iglesia hay menos gente, pero él pasa a dirigir igual, dando la bienvenida, mientras siente el sudor acumularse en las manos y en la frente, que ha estado creciendo últimamente, a pesar del uso de Cre-C. En un rato más saldrá a jugar futbol a una canchita cercana al templo, y meterá algunos goles. De chiripa, le dirá algún hermano con algo de envidia santa. La noche se alargará un poco persiguiendo a ese balón que posee la magia de cautivar tanto a los varones mexicanos. Y aún se alargará un poco más cuando llegue a su casa a consultar alguna serie mal doblada en un canal abierto, o a ver una película donde las voces son demasiado extrañas, risibles, se diría. Y así dormirá para llegar al lunes, de vuelta a la rutina semanal. Ahora que ha llegado a su casa y platicado con su mamá, después de cenar y de ir al ciber para consultar su correo y chatear con algunos amigos, regresa a la recámara, a sumergirse en la lectura de Cien años de soledad, se acuesta en su cama, un vivo retrato de Hiroshima, o una ilustración a menor escala de algún tsunami (O surimi, recuerda él y ríe un poco); manda algún mensaje a la mujer con nombre, y un telegrama al cielo, y, poco a poco, con el pensamiento de un Mauricio a quien persiguen mariposas amarillas, Diego también se pierde en su propio Macondo.


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