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Las viejas fábricas Soledad Bustos Avellaneda - Argentina Mirando dirección sur, el Riachuelo a los pies y Barracas casi de siesta a mis espaldas, Avellaneda aparece quietísima. La brisa divinamente cálida, el cielo azul límpido y las parrillas de medio tanque en las esquinas, que, esperando a los clientes del mediodía, huelen a ensueño. El Hotel de los Inmigrantes, muy abandonado en la otra orilla, aún exulta gran galantería y belleza, con sus paredes de ladrillos a la vista y algunos postigones olvidados que se balancean en las ventanas. Esta urbe se origina incipientemente en 1817 con el asentamiento y el desarrollo del primer pueblo, que, asociado a los saladeros, se sitúa en las tierras linderas a la desembocadura del Riachuelo. Los saladeros abrieron el camino en una posición ideal con salida al río. Se carneaba la res en el lugar y se salaba y secaba la carne que luego se exportaba a Brasil, las Antillas y los Estados Unidos. Esta industria fue eventualmente abolida por problemas sanitarios y de contaminación, lo que dio lugar en 1880 a un nuevo resurgir de la zona con la instalación de modernas fábricas de tejidos, de productos químicos y alimenticios, con una concentración de más de 9000 establecimientos en los años 40. Aun hoy no es difícil imaginar la actividad en las calles, los camiones que cargaban y despachaban mercaderías, el ruido de las maquinarias de las fábricas y silos y las voces de aquellos que trabajaban y vivían en la zona. Testigos de esa época son los edificios ya vacíos de las Barracas de Nietos de Joaquín Pujol, Diament consignaciones, Barraca San Jacinto o los silos de Molinos Río de la Plata. Los años se suceden en sus frentes, portones y ventanas, con estilos que hablan del 1900, con sus elegantes curvas, o de los años 30, donde las fabulosas líneas de las ventanas y paredes se estructuran y simplifican. Las viejas fábricas y barracas forman aún parte de la identidad de Avellaneda y de su pasado industrial. Son testigos reales de un tiempo febril de producción con espíritu emprendedor y cierto optimismo en el futuro. Un futuro posible, pleno de ideas, planes y orgullo nacional. Inevitablemente, los polos industriales se diversifican, y muchas fábricas se mudan del lugar. Otras simplemente cierran sus puertas. Los edificios permanecen hoy clausurados, abandonados o en ruinas. Los techos, derrumbados; los cristales, rotos; las puertas, arrumbadas. Algunos están en la actualidad ocupados ilegalmente, y numerosas familias han construido viviendas dentro de los esqueletos de estas fábricas. Ignorados por las autoridades y fuera de un marco de legalidad, esta villa vive en condiciones precarias y lamentables. Sin embargo, es posible que los nuevos vecinos que se apropian de los edificios y cambian su uso estén dando un renovado sentido y significado a este barrio a lo largo del Riachuelo. Sólo se espera que el futuro refleje, en cierto grado, aquellos años pasados con más dignidad y trabajo.

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1- hotel de los inmigrantes 2- nietos de joaquín pujol 3- fábrica molinos río de la plata © soledad bustos

Soledad Bustos es artista plástica. Nació en Avellaneda y vive en Londres. www.solebustos.com

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La Tundra - Issue 08  

Contenidos: Buika, entrevista exclusiva. Pinta London 2013: Alejandro Zaia. Radar urbano: Help Juarez!, las fábricas de Avellaneda y telarañ...

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