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Kingston, Jamaica, a 6 de mayo de 1834

Señor Presidente del Estado Ecuatoriano General Juan José Flores Señor: spero que esta llegue a manos de usted por ser de esta isla, pues de Bogotá escribí a usted muchas, sin tener la más pequeña contestación: ya se ve, mi mala letra es conocida, y dirigida a usted sería peor: creerían que decía algo de política. Se habrán desengañado. ¿Qué tengo yo que hacer con la política? Yo amé al Libertador; muerto, lo venero, y por esto estoy desterrada por Santander. Crea usted, mi amigo, que le protesto con mi carácter franco que soy inocente, menos en quitar del castillo de la plaza el retrato del Libertador. Visto que nadie lo hacía, creí que era mi deber y de esto no me arrepiento. Y suponiendo esto delito, ¿no hubo una Ley de Olvido, dada por la Convención? ¿O me puso a mí fuera de esta ley? Dicen también que mi casa era el punto de reunión de todos los descontentos. General: crea usted que yo no vivía en la sabana para que hubiesen estos cabido; a mí me visitaban algunos amigos, mas yo omitía por innecesario el preguntarles si estaban contentos o descontentos. A más de esto, habrían dicho que era una malcriada. Sobre que tuve parte en El Santuario, señor, es una tamaña calumnia: yo estuve en Guaduas, tres días de Bogotá (y la acción fue en Funza cerca de la capital) y a más, picada por una culebra malsana dos veces. Si hubiese estado bien, quién sabe si monto en mi caballo y me voy de cuenta de genio y nada más, pues usted no ignora que nada puede hacer una pobre mujer como yo; pero Santander no piensa así, me da un valor imaginario, dice que soy capaz de todo y se engaña miserablemente. Lo que soy es un formidable carácter, amiga de mis amigos y enemiga de mis enemigos, y de nadie con la fuerza que de este

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Las mas hermosas cartas entre Manuela y Simón  
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