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ESTO ES SÓLO UNA PRUEBA SEGUIR ADELANTE


Luis Fornazzari

Fragmentos tras el Drama Luis Fornazzari MD FRCPC, is a Behavioural Neurologist (Neuropsychiatry ), a graduate from de University of Chile, and a Consultant Behavioural Neurology on the Memory Disorder Clinic, and the Geriatric Mental Health Outpatient Program at St Michael Hospital. He is member of both the Division of Neurology and the Department of Psychiatry at the University of Toronto. His clinical work is dedicated to Neurodegenerative Diseases affecting the Central Nervous System, particularly Dementia. The last twenty years , he has being studying artists from a neurological point of view, the way they create their work, and how the artist’s neural networks is preserved in Diseases of the Brain. His work has being published in Neurological Journals in Canada, North America, Europe, and Latin America.


Material utilizado en la actividad desarrollada el 10 de junio de 2016 en el Emmanuel College de la Universidad de Toronto: •

Registro documental del bombardeo al Palacio de Gobierno de la República de Chile el 11 de Septiembre de 1973.

Video del artista cubano Pablo Milanés interpretando “Yo Pisaré las calles nuevamente” y el texto de la canción.

El Neurólogo y el Dictador – Video-entrevista al Dr. Luis Fornazzari a cargo del realizador chilenocanadiense Hernán Morris – Toronto, Canadá, 2015.


Fragmentos tras el Drama Tras el bombardeo a La Moneda y la posterior muerte del Presidente Salvador Allende, fueron encontrados y rescatados para la memoria colectiva sus anteojos despedazados, que hoy se han transformado, a través de la obra del artista chileno Carlos Altamirano, en una obra monumental, humanamente cálida y dramáticamente sobrecogedora. Nos ha parecido oportuno utilizar estas imágenes para acompañar el relato de la la experiencia del Dr. Luis Formazzari no sólo por estar ligadas a los acontecimientos que determinaron su exilio, sino por ser una evidencia de la capacidad de resiliencia que pueden desarrollar las personas -y los objetos-, aún cuando parezcan estar reducidos a la calidad de fragmentos.


Introducción Muchos aspectos de la vida y la trayectoria profesional del Dr. Luis Fornazzari son de especial interés y ameritan ser conocidos. Sin embargo y dadas las características de nuestro proyecto, escogimos hablar con él acerca de las razones que lo obligaron a dejar su país y su experiencia como refugiado político en el Canadá de la década del los 70’ del pasado siglo, como un caso paradigmático de la fragmentación social que sobreviene a la ocurrencia de sittuaciones de quiebre institucional dramático. La charla con él fue precedida por la visualización de 10 minutos de un informe de la televisión chilena cubriendo en vivo el bombardeo a La Moneda el 11 de septiembre de 1973.


La construcción de la alegría El golpe nos sorprendió. Teníamos dos niños muy chicos, de 3 y 6 años y esperábamos un tercero y formábamos parte de aquella corriente de esperanzas y sueños que comenzó a expandirse por todo Chile a partir del gobierno de la Unidad Popular. Aquella había sido una experiencia de alegría. El gobierno de Salvador Allende se embarcó en la tarea de cambiar a Chile a través de una revolución socialista pacífica, algo que para la época significaba una vía totalmente inexplorada. Y fue algo muy rico, lleno de música, de colores, de arte… y de mucha lectura y muchos libros… en la calle, en los microbuses. Fue la búsqueda de la justicia y de la igualdad y en esa búsqueda no había nadie excluido, viniera de donde viniera y todos quienes participamos lo vivimos con una intensidad inolvidable. Yo era un joven neurólogo y Ximena una joven anestesista que habíamos estudiado en la Universidad de Concepción, nos habíamos especializado en Valparaíso y en ese momento trabajábamos en Santiago, no sólo a nivel hospitalario, sino también en las policlínicas barriales, en el fortalecimiento y la expansión de un sistema de salud de excelencia y 100% público. Estábamos inmersos en aquella búsqueda, junto a cientos de miles de otras personas que desde sus es-


pecialidades u oficios intentaban construir un mundo mejor, con una ingenuidad propia de aquella época y con una entrega formidable, cuando el golpe nos sorprendió y nos introdujo brutalmente en una realidad que aunque había estado siempre en el horizonte de lo posible, tuvo características de salvajismo y odio que nunca habíamos imaginado.

El golpe y la incertidumbre Esa mañana corrí al Hospital para ver qué estaba pasando con los pacientes que estaban bajo mi responsabilidad en sala y con los que recibían trtamiento ambulatorio y más tarde fui derivado a otra unidad a la que se esperaba que llegaran las víctimas de los enfrentamientos entre las fuerzas golpistas y las leales al gobierno. Esos enfrentamientos nunca se produjeron en la medida que preveíamos ya que prácticamente no hubo cuerpos del ejército que no se plegaran al golpe, y cuando algunos días después finalizó el toque de queda y pude volver a casa, mi jefe en la unidad de neurología, se acercó a darme lo que finalmente fue un razonable consejo. Se trataba de un médico de derecha, pero de mente muy amplia, que estaba al tanto de la ferocidad de los militares que estaban al frente del golpe y me sugirió que pidiera un mes de licencia hasta poder estar seguro de no estar en las listas de quienes habrían de sufrir una persecución especial. Durante ese mes, con Ximena estuvimos tratando de encontrar algún sitio fuera de Santiago en donde poder desarrollar nuestras profesiones con más tranquilidad, cuando en uno de los periódicos que todavía funcionaban, apareció una nota terrible en la que no sólo se me sindicaba como activista, lo que en ese momento ya era algo infamante, sino en la que se informaba que en mi laboratorio se habían encontrado armas de guerra y explosivos, cosa que aunque por supuesto no era cierta, nos hizo entender que era el momento de irnos.


El extrañamiento y la adaptación Nos asilamos en la Embajada de Honduras y encontramos en el hondureño a un pueblo solidario y acogedor. A los dos días de llegar a Tegucigalpa comencé a trabajar en el Hospital central de la ciudad, nos incorporamos rápidamente tanto a la actividad médica como a la enseñanza en la Universidad, pero ya estaban comenzando a escucharse, como tantas veces en la castigada región centroamericana rumores de un inminente Golpe de Estado por parte de militares vinculados a los Somoza de Guatemala y a las propias fuerzas armadas de Chile. Felizmente en aquellos momentos llegaron a Tegucigalpa delegados de la autoridad canadiense para los refugiados, que nos realizaron una entrevista que recuerdo como realmente amable, y amistosa y tras la cual determinaron que Canadá nos recibiera como refugiados, lo que nos permitió llegar al aeropuerto de Toronto una tarde de agosto de 1974. Los primeros tiempos fueron duros, como lo fueron para la inmensa mayoría de quienes en aquella época llegaban desde América Latina. Fue la experiencia por la que debieron pasar no sólo chilenos, sino también argentinos, uruguayos, brasileños, peruanos… y que años después repetirían quienes llegaban desde América Central. Eso que se suele llamarse “experiencia de trabajo canadiense” hizo que en los primeros meses sólo pudiéramos conseguir empleos como auxiliares de enfermería y en una fábrica de motores eléctricos y en lo personal me tocó vivir una situación que hubiera sido humillante si en realidad no hubiera sido risible. En una oportunidad, presenté mi currículum en un hospital en el que quien estaba a cargo del sector de neurología había publicado una investigación que coincidía con otra que había publicado yo mismo en Chile. Lejos de sentirse afín con el hecho de que ambos habíamos estado trabajando en una misma línea de in-


vestigación, aquel hombre me aconsejó con sequedad que, en vista de mi acento y mi apellido, no insistiera en la neurología y buscara trabajo en la construcción. Ese tipo de actitudes, ya lo sabemos, no era la regla entonces, pero estaba muy lejos de ser la excepción. Pero lo cierto es que pese a esas experiencias que seguramente muchos sufrieron en mayor medida, en 1975 surgió la posibilidad de reiniciar mis estudios y mi formación como neurólogo en Vancouver, en donde entre ese año y 1980 vivimos un período de mucha paz, mucho estudio y mucho trabajo que nos permitió rehacer ese mundo exterior que habíamos perdido, asumir la nueva realidad y asentarnos definitivamente en Canadá. A partir de esos años y ya de regreso en Toronto, comencé a realizar interconsultas en el área de la psiquiatría, lo que me permitió interiorizarme de los aspectos neurológicos de pacientes con patologías psiquiátricas mayores, como esquizofrenia, trastorno bipolar, autismo etc. y comenzar a investigar en el campo de las enfermedades neurodegenerativas como el Parkinson, el Alzheimer y otras demencias. Ese doble interés hizo que a mi formación como neurólogo se le sumara una nueva visión neuropsiquiátrica, una neurología del comportamiento, en la que he estado inmerso y comprometido por más de 35 años.

Los fantasmas del regreso y la realidad del desarraigo La última parte de la charla con el Dr. Fornazzari estuvo precedida por la escucha de la canción “Yo pisaré las calles nuevamente”, del cubano Pablo Milanés. A partir de ella, el diálogo se enriqueció con la participación activa de los y las asistentes y se centró en otras circunstancias igualmente removedoras: con frecuencia


quienes han debido salir de sus países de origen -especialmente si lo han hecho en contra de su voluntad- han albergado el deseo y las esperanzas de volver. Sin embargo, en muchísimos casos, ese regreso se frustra. Sea por razones que tienen que ver con los lazos familiares ya creados en el país de acogida, sea porque el país al que se intenta regresar ya es un lugar ajeno al que no se puede reconocer como propio, el fantasma del regreso suele ser esquivo y evanescente, dejando a quienes quieren aferrarese a él con la manos vacías y la sensación de un doble desarraigo. Ese es un aspecto del fenómeno migratorio que usualmente no forma parte de los temas considerados relevantes o merecedores de reflexión colectiva. Pero lo es. Y es además (o debería ser) otro elemento imprescindible del diálogo intergeneracional que el Proyecto Vidas que Cuentan quiso colocar en la agenda de las preocupaciones comunitarias.

¿Conocemos y valoramos en su justa medida la experiencia de quienes muchas veces a nuestro lado y sin que lo sepamos, han deseado desde siempre poder volver a los lugares que los vieron nacer pero sin embargo deben resignarse a envejecer con ese sueño roto?


Vidasquecuentanprueba