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ESTO ES SÓLO UNA PRUEBA SEGUIR ADELANTE


Cervantes

Vejez, Juego y Literatura El 20 de Agosto de 2016, Latin@s en Toronto propuso, en la Mississauga Valley Library, un desafío inusual. Celebrando el 4º Centenario de la muerte del autor de El Ingenioso Hidalgo Don Quijote de la Mancha, la propuesta fue, en primer lugar, repasar el contexto histórico que posibilita entender al autor y su obra (el Renacimiento europeo y en particular el Siglo de Oro español) y, en segundo lugar, hacer foco en una circunstancia que vale la pena destacar siempre, pero de modo especial en el marco de un programa como Vidas que Cuentan: la novela con la que se inicia la literatura moderna surgió de la imaginación desbordada y el sentido del humor lúdico de alguien que hoy definiríamos como un “adulto muy mayor”. Pobre, castigado por la vida y enfermo... pero sin embargo poderoso y experiente.


Prรณlogo/Presentaciรณn

Marianella Collette Xxxxxxxx- Xxxxxxxxxxx Ryerson University


Loca por los libros

Antes de que los libros me atraparan -del mismo modo en que atraparon a Don Alonso Quijano-, me habían sucedido muchas cosas,… y después también. Nací en Uruguay, un pequeño país de Sud América que alguien ha definido como un lugar “tan chiquito y tan perdido, que en el mapa no se ve”, que en aquel momento estaba perdiendo la amabilidad que lo había caracterizado siempre. Mucha gente se sentía incómoda o indignada, otra gente comenzaba a sentir temor o simplemente no encontraba suficiente trabajo y mi madre y mi padre integraban alguna o todas esas categorías, por lo que siendo muy pequeña pasé a vivir en Buenos Aires, la capital de la República Argentina. La Argentina, podemos decir, es una versión enorme y más compleja, pero en esencia no muy diferente, de mi pequeño Uruguay natal. Somos y nos pasa lo mismo, con algunas diferencias de volumen e intensidad


y esa fue razón suficiente como para que, algunos años después, cuando me encontraba en esa rara etapa de la vida en la que se está dejando de ser niña, llegara con mi familia a Toronto. El lugar en el que descubrí los libros. Decir que descubrí los libros al llegar a la adolescencia no quiere decir que en mi casa no los hubiera, pero había pocos. Y por supuesto, no significa que no hubiera tenido contacto con ellos a lo largo de los años de educación formal que había transitado. Pero -me parece hoy- no me había dado cuenta. Lo que quiero trasmitir cuando digo que “descubrí los libros”, es que, en primer lugar, descubrí la emoción que se siente cuando se pasan las páginas y el mundo se ensancha y adquiere sentidos nuevos, pero en segundo lugar quiere decir que descubrí las bibliotecas. Encontré que yo podía, con sólo tener una tarjeta, llevarme a casa todos los libros que fuera capaz de leer o al menos aquellos que mi pobre nivel de inglés me permitiera comprender. Y acceder a todo eso que, sin haberlo sabido, estaba ahí para mi. Para que yo creciera y disfrutara y llorara y me llenara de asombro y fuerza. Estudié entonces, con voracidad y entusiasmo y tan desorientada y asombrada estaba por aquel universo que se ensanchaba a medida que leía y aprendía, que en algún momento dudé si lo que me interesaba eran las matemáticas o las letras. Y elegí, con toda la inocencia imaginable, las letras... ¡porque me parecía que si estudiaba matemáticas no podría más adelante conseguir un trabajo que me permitiera vivir! Porque ese era el núcleo emocional de alguien que aunque viviera en Toronto todavía guardaba muy dentro lo que sus padres habían vivido en sus lugares de origen: el miedo a no tener trabajo. La necesidad de no perder de vista nunca la posibilidad de quedar atrapada en un callejón de pobreza sin salida.


Pudo haber sido una mala decisión porque sabido es que en el mundo de hoy tiene muchas más posibilidades de progreso económico quien ha estudiado matemáticas que quien haya decidido dedicarse a las letras, pero afortunadamente no lo fue. Y digo afortunadamente no solamente porque haya podido comenzar a trabajar en la Universidad de Ryerson casi en el mismo momento en el que finalizaba mi doctorado, hace ya 20 años, sino porque la elección implicó que aquel descubrimiento y aquella locura por los libros que me llenaron la vida cuando apenas comenzaba a ser una adolescente, continuaran hasta hoy. Puedo entender entonces al manchego aquel que perdió el seso debido a la lectura de libros de caballería, y también puedo entender a su amigo Sancho, cuando sobre el final de sus aventuras, no puede aceptar que Don Quijote, decidido a olvidar sus libros, hubiera retornado a la cordura y le pide: “No se muera vuestra merced, señor mío, sino tome mi consejo y viva muchos años, porque la mayor locura que puede hacer un hombre en esta vida es dejarse morir sin más ni más, sin que nadie le mate ni otras manos le acaben que las de la melancolía. Mire, no sea perezoso, sino levántese desa cama, y vámonos al campo vestidos de pastores, como tenemos concertado: quizá tras de alguna mata hallaremos a la señora doña Dulcinea desencantada, que no haya más que ver.”


Vejez, Juego y Literatura Material utilizado en la actividad desarrollada el 20 de agosto en la Mississauga Valley Library: •

Vencidos, poema de Leon Felipe por él mismo y en versión de Joan Manue Serrat.

Música del Siglo de Oro por el Conjunto Pro Música de Rosario, Argentina.

Presentación “Mapas e Imágenes para entender El Quijote - Desde la Peste Negra hasta la derrota de la Armada Invencible - ” Latin@s en Toronto.


Introducción

¡Adiós, gracias; adiós, donaires; adiós, regocijados amigos; que yo me voy muriendo, y deseando veros presto contentos en la otra vida! Prólogo de Los trabajos de Persiles y Sigismunda

La última semana de su vida Don Miguel de Cervantes escribió el prólogo de su obra póstuma, que finaliza con las palabras de despedida que encabezan esta Introducción. Si se las lee con atención, se pueden percibir en ellas varios sentimientos entrelazados: melancolía, serenidad ante el trance que lo aguarda, agradecimiento, valor, buena voluntad, esperanza, y como si todo eso fuera poco, una pizca de humor macabro, ya que no se priva de decirle a sus amigos que espera verlos pronto. Hemos elegido esas breves líneas escritas por un hombre moribundo porque plasman lo que es la característica fundamental de su legado: un humanismo radical en el que dialogan, se interpelan y se respetan puntos de vista y sentimientos opuestos y contradictorios y, sobre todo, un escepticismo extremo pero asociado a la esperanza de que un mundo mejor no sólo es posible sino que de nuestro esfuerzo y capacidad de resistencia depende que algún día podamos alcanzarlo.


Salgo ahora, con todos mis años a cuestas... Un viejo que continúa dialogando con nosotros

Nos ha parecido pertinente introducir a Cervantes en nuestro programa de promoción del diálogo intergeneracional no sólo porque en todo el mundo se esté celebrabdo el cuarto centenario de su muerte, sino porque algunos aspectos de su vida nos pueden dar pistas acerca de lo errados que son los estereotipos que identifican a la vejez como un momento de inevitable declinación intelectual y entrega. Pero antes de seguir y para evaluar a nuestro personaje en su época de mayor brillo literario, veamos un momento cómo se describe a si mismo en el prólogo de sus Novelas Ejemplares escrito 3 años antes de su muerte: “Éste que veis aquí, de rostro aguileño, de cabello castaño, frente lisa y desembarazada, de alegres ojos y de nariz corva, aunque bien proporcionada; las barbas de plata, que no ha veinte años


que fueron de oro, los bigotes grandes, la boca pequeña, los dientes ni menudos ni crecidos, porque no tiene sino seis, y ésos mal acondicionados y peor puestos, porque no tienen correspondencia los unos con los otros; el cuerpo entre dos extremos, ni grande, ni pequeño, la color viva, antes blanca que morena; algo cargado de espaldas, y no muy ligero de pies; éste digo que es el rostro del autor de La Galatea y de Don Quijote de la Mancha , […] y de otras obras que andan por ahí descarriadas y, quizá, sin el nombre de su dueño [...] llámase comúnmente Miguel de Cervantes Saavedra. Fue soldado muchos años, y cinco y medio cautivo, donde aprendió a tener paciencia en las adversidades. Perdió en la batalla naval de Lepanto la mano izquierda de un arcabuzazo, herida que, aunque parece fea, él la tiene por hermosa, por haberla cobrado en la más memorable y alta ocasión que vieron los pasados siglos, ni esperan ver los venideros […]” Vemos a través de esta descripción a alguien ya encorvado, de caminar enlentecido por la edad, casi sin dientes, mutilado de guerra, ex-esclavo, autor de obras por cuyas ediciones -algo frecuente en la época- no recibía los beneficios que esperaba ni el crédito que merecía, pero al mismo tiempo se nos revela un hombre de mirada alegre, talante amigable, capaz de se paciente y de aprender aún de las situaciones más adversas. Alguien orgulloso de su pasado y capaz de asumir con humor el deterioro físico y los achaques de la edad. Sabemos además, por su propia boca o porque ha quedado registrado en los archivos, que tuvo una niñez difícil, que su famila -posiblemente de judíos conversos y que por lo tanto estarían siempre en


peligro de ser sospechados de herejía- debía mudarse con frecuencia de ciudad y de provincia y que su padre, cirujano de profesión, pasó un largo período de prisión por deudas. Sabemos de su exilio cuando aún era un muchacho para evitar una segura condena a galeras ya que había agredido a una persona que por estar al servicio del Rey era intocable, y conocemos que estando en Italia se alistó en la Armada con la que la cristiandad se aprestaba a enfrentar a la flota del Imperio Otomano, en una batalla que sería decisiva en la disputa por el control del Mediterráneo y por ende de toda Europa. Y podemos sospechar lo que hayan sido sus cinco años de esclavitud después de que el barco en que Miguel volvía a España tras haber sido mutilado en Lepanto fuera capturado por piratas argelinos que -al confundirlo con un personaje importantepidieron un cuantioso rescate que su familia, por supuesto, no estaba en condiciones de pagar. Existen constancian tanto de los aprietos económicos que posteriormente vivieron Cervantes, su mujer y su hija, como de su continua desesperación por conseguir empleos que le permitieran subsitir. Están registrados sus intentos por ser destinado a América con la esperanza de labrarse aquí una situación menos angustiosa, y los dos períodos de prisión a los que, al igual que su padre antes, fue condenado por no poder pagar sus deudas. E incluso sabemos que habiéndose roto en una oportunidad sus gafas, nunca pudo repararlas y debió seguir escribiendo con esa tremenda dificultad adicional. Y sobre todo, conocemos algo más: el desdén, el


desprecio y la crueldad con que lo trataban los autores de renombre de la época, como Lope de Vega, Góngora o Quevedo, el poco éxito alcanzado por sus obras y la sensación contínua de fracaso que todo eso le hacía sufrir. A Cervantes, la gloria literaria parecía estarle negada. Había comenzado a escribir siendo un hombre ya maduro, e insistió casi hasta el final en frecuentar géneros como el teatro o la poesía para los cuales quizás no estaba especialmente dotado y en reivindicar estilos clásicos ya pasados de moda, que no contaban con el favor ni del público ni de los mecenas literarios que podrían haberlo favorecido. Por otra parte, le había tocado la desgracia de ser contemporáneo y vivir en la misma ciudad que autores como Lope, cuyo retrato se dice que estaba presente cada casa de Madrid- o como Góngora, cuyas poesías y canciones estaban “en boca de todas las mujeres del reino”.

El reconocimento del fracaso como puente a la gloria La primera muestra de que aquel hombre ya entrado en la vejez después de toda una vida de demasiados esfuerzos y menguados logros se resignaba a reconocer su incapacidad para competir en su propio terreno con esas figuras a las que el público adoraba, fue que comenzara a publicar sus obras de teatro y abandonara la pretensión de que fueran representadas. La segunda, que tentara suerte con un género nuevo, llegado de Italia, aún no suficientemente desarrollado y poco valorado socialmente: la novela.


Y tan sonoro había sido su fracaso hasta ese momento y hasta tal punto había llegado su enemistad con Lope de Vega, que éste, además de definirlo como el peor escritor que hubiera conocido, parece haber sido el factor fundamental para que, al momento de publicarse la primera parte de El Quijote, nadie aceptara prologarlo, obligando a Cervantes a a hacerlo por sí mismo. El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha, escrita en dos partes, la primera en 1605 y la segunda en 1615, es la obra más publicada y traducida de la literatura universal después de la Biblia, está considerada como la primera novela moderna y el espíritu lúdico y travieso de su autor hizo posible que desarrollara mecanismos narrativos como el metarrelato y la autorreferencia, que aún hoy parecen modernos. A través de esos mecanismos, Cervantes hace continuas alusiones a la obra que está escribiendo como si hubiera sido escrita antes por alguien más, problematizando la relación entre ficción y realidad, y enriqueciendo la experiencia del lector, o nos sorprende haciendo que un personaje reconozca a otro por haber leído con anterioridad la historia en la que él mismo está inmerso, artificios de los que luego se han valido alguos de los mayores escritores contemporáneos, como -para mencionar sólo a dos de nuestra lengua- Jorge Luis Borges o Julio Cortázar. Y no sólo maravilla que aquel viejo desdentado y encorvado por los rigores de una existencia jalonada de dolores haya sido capaz de sacar de su imaginación las bases de la literatura moderna y a personajes que, como Don Quijote y Sancho, han


quedado para siempre como paradigmas de lo humano, sino que es más asombroso aún que lo supiera. Que fuera conciente de estar dándole vida a una obra imperecedera y que se burlara de quienes no habían sabido valorarlo, anticipándose a lo que sabía que dirían. En aquel prólogo de El Quijote que nadie había querido escribir para él, Cervantes comienza a relatar -fingiéndolos- el desconcierto y la angustia que siente por ello. Luego, cuando hemos comenzado a darnos cuenta de que se está burlando de sus adversarios, de las costumbres de la época, del público, de la tradición filosófica de occidente y de él mismo, nos cuenta que un amigo llega a su casa y que le pregunta qué le sucede, a lo que él le responde: “¿cómo queréis vos que no me tenga confuso el qué dirá el antiguo legislador que llaman vulgo cuando vea que, al cabo de tantos años como ha que duermo en el silencio del olvido, salgo ahora, con todos mis años a cuestas, con una leyenda seca como un esparto, ajena de invención, menguada de estilo, pobre de concetos y falta de toda erudición y doctrina”. Sólo alguien seguro del valor de lo que había escrito podía presentarlo de esa manera. Y sólo alguien que hubiera vivido lo suficiente y que hubiera sufrido con paciencia y buen talante “el silencio del olvido” podía darnos el placer que se siente cuando ya con una sonrisa y anticipando lo que vendrá, continuamos la lectura.



Vidas que cuentan prueba cervantes - sólo para corrección