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Mi regreso del Infierno – Sobreviviente del Cartucho Libro testimonio Alvaro Alfonso Rozo Forero – tuaresalvaro@hotmail.com Carátula: Tessarolo Publicado por PSICOCENTRAL, Depto. Editorial info@psicocentral.com Bogotá – Colombia – Junio de 2015

INTRODUCCIÓN Durante mi proceso de desdrogadicción y para generar mi proyecto de vida fui inculcado por la Doctora en Psicología para que durante mi nuevo renacer, diera un testimonio escrito sobre las causas, los pormenores, y en fin, todo lo que me indujo a estar toda mi vida dentro de los vicios y esto lo relaté de muy buen agrado con similitud de detalles, los cuales podrán leer en este libro. Me sostiene dentro de lo mío el tiempo que ya llevo sin la adicción y esto a la vez me retroalimenta dándome muchas fuerzas para seguir como voy. Para mí y para cualquiera de nosotros que lleguemos hasta esta altura del proceso es un alcance muy elocuente y diciente y esto de por si nos dará mucha valentía para lograr superar lo que se nos atraviese por el camino de la vida. Yo de manera cierta, me puedo dar el lujo de tener entre pecho y espalda el honor de no haber defraudado a las personas que creyeron en mí y me dieron la oportunidad de entrar a este nuevo mundo, dentro del cual encontré mucho amor de parte de todos los profesionales, puestos a nuestro servicio, además que nos aportaron cada uno a su manera los conocimientos necesarios para nuestra recuperación. Indudablemente es demasiado difícil para cualquiera de nosotros emprender este arduo camino sin tener a nuestro lado un buen acompañante, Pero ante todo uno mismo ha de contar primero que todo con el propósito muy bien definido de una enmienda total, Para poder superar todos los obstáculos y no salir uno con la de Gardel o quedarse permanentemente con escalofríos de recaídas o depresiones o cosas por el estilo. Yo lo digo porque en el trayecto de mi programa, di varias volteretas o sea que salí con cuentos chimbos o más concretamente con mentiras; el hecho era conseguir el permiso de salida, y consumir; el resto me tenía sin el menor cuidado. Mi vida la voy a dividir en tres, de la siguiente manera: una la que empecé casi diría yo desde antes de nacer, al volarme de la casa de mis abuelos a los 5 años lo cual me convirtió en un delincuente profesional y toda ella la pasé en las diferentes bandas de las que hice parte desde mi niñez. En esa vida lo único que yo hice fue pagar cárcel pues a los 6 años ya estaba preso, ya fumaba cigarrillo, marihuana, tomaba trago, este fue mi destino toda la vida, y como para complementar, en la Segunda Parte de mi vida adquirí el vicio del bazuco a los 37 años, el cual me acabó de condenar dentro de todos los vicios por el resto de mi vida hasta el momento en que empecé este tratamiento y es aquí donde se inicia la Tercera parte de mi vida luego de haber rodado todos esos años por los caminos del vicio, dentro de la peor miseria humana que vosotros os podáis imaginar pues quiero recalcar con toda propiedad de alguien que estuvo toda su vida dentro de lo peor en las puras cloacas de la muerte en vida, dentro de ollas de la lujuria la pernicia, el desenfreno, lo anormal, el


mundo de las bestias, los caníbales, donde la vida no vale nada, buscando la muerte a todo instante –pues eso es el vicio, matarse uno mismo lentamente gota a gota sin ninguna clase de salvación, porque todos los días que uno pase dentro del vicio es otro trago amargo casi de sangre putrefacta. Cómo será de tremenda la adicción que así sepa que lo van a matar si entra a la olla por vicio entra feliz a fumar y luego a morir. Lo que sé es que desde la primera consulta en su tal psicología era la primera vez que lo hacía, por eso se me grabó la fecha mayo 14 año 2005 salí muy restablecido y poco a poco me fueron dando ganas de volver a vivir. Esto que les estoy escribiendo en el día de hoy nunca creí que me pudiera ocurrir y es aquí donde comenzó mi nueva vida; viví la mayor parte de mis años convertido en toda una piltrafa y basura social, sin pensar nunca en el mañana, sin ideales, sin sueños y mucho menos ilusiones de ninguna naturaleza y sin siquiera saber qué era lo que estaba haciendo pues uno dentro del vicio solo piensa es en fumar, fumar y fumar; lo demás lo tiene sin el menor cuidado y de por sí su vida o lo que uno haga con ella le importa menos que un comino, se anda de un lado para otro sin ningún rumbo definido, solo se busca vicio, el resto no vale ni sirve para nada. Y he aquí que no fue sino empezar a dejar de consumir cuando me comencé a dar cuenta de lo lindo que es poder vivir sin ningún vicio, estar bien dentro del orden moral del bienestar corporal y mental y con una lucidez casi total dentro de todo mi ser, que me ha llenado de entusiasmo y mucha vitalidad y es en éste tiempo que he empezado a entender y comprender los alcances de lo realizado dentro de mí en el proceso de desdrogadicción; Dios con su poder supremo arrope siempre con su manto de sabiduría y bienestar total a esta gran Doctora a la cual le debo tanto de lo que soy yo en la actualidad, me inculcó y me mostró el sendero del buen camino, el cual estoy llevando de una manera bien ordenada con disciplina y esto me ha reportado un bienestar desconocido y alegre; por tal motivo todos mis compañeros que llegaron del Cartucho al ver mi cambio empezaron ellos también a sentir la dicha de la nueva vida y a seguir dentro de la disciplina de la Doctora Psicóloga. Me dejaba casi muerto en vida el hecho de tener que decir mentiras a todas las personas que me estaban ayudando en mi programa. Yo dentro de mí me decía, “estas doctoras se creen todo lo que uno les dice, pobrecitas! esto está muy bacano, buen trato, ropa limpia, buena dormida, paseos, mucha tranquilidad y lo más fenomenal: que no tengo que dar ni un solo peso”. La vida dentro de este lugar la veía yo demasiado suave y a medida que iban pasando los días me daba cuenta de lo bien que me iba sintiendo sin consumir. Yo nunca en toda mi vida había entrado a un consultorio y menos el tener que confesar con todo el desparpajo del caso, lo que uno había hecho en toda su vida, dentro del vicio; al principio yo desconfiado… ¿Será que esto es una trampa para meterme en la cárcel? Mentalmente me dije para mis adentros, –que sea lo que sea, nada pierdo y de pronto me resulta algo bueno. A medida que le iba contando mis cosas me sentía como descansado y muy bien y es aquí donde le cogí tanta fe, como decimos nosotros, que me siguió gustando decirle la verdad de todo lo que yo hacía y de sobremesa como estaba escribiendo el diario en un cuaderno que ella me regaló, me quedaba muy difícil decirle mentiras, por tal motivo intentaba seguir sus recomendaciones y ¿qué ocurrió? que cuando me vine a dar cuenta ya llevaba yo un mes sin fumar ni marihuana ni bazuco y me comenzaron a entrar unas ganas enormes de conocer este nuevo mundo y de ser alguien en la vida y según la Doctora, la única manera era dejando todos los vicios. Qué lucha por Dios, esto era muy agradable: conversar, hacer planes para el futuro, pero las ganas de fumar eran muy tremendas y es aquí donde empezó a darse la lucha entre mi deseo de consumir


y mi amor por la buena vida; el tiempo iba pasando… Unos días casi no los sentía, en cambio otros se me hacen interminables y estos son de por si los que más trato de evitar pero como cosa rara son los más frecuentes, aunque como ya los estoy dominando no me hacen mucha mella; como es lo natural los siento con mucha fuerza, pero al estar fortalecido los asimilo y los dejo pasar como pueda. Es difícil pero se logra. Lo que más me ha gustado de todo esto es que ya me quiero yo de una manera muy tremenda, tanto será mi cariño para conmigo mismo que día a día me felicito por la buena decisión que tomé para corregir mi vida, esto lo hago a diario y hasta la presente me ha dado muy buenos resultados y otra cosa que me pone más contento todavía es el ver la alegría de todos los abuelitos y abuelitas del lugar los cuales vieron el estado en que yo llegué y ahora al verme en el estado en el cual me encuentro, me felicitan y me dan muchos ánimos para seguir como voy y ni qué decir de todos los profesionales del lugar, que ya me miran y valoran mi esfuerzo trabajo y sacrificio. El cual se trasluce en mi nueva presentación personal pero dentro de todo lo que tengo ganado lo que más me encanta es el de poder verme en los lindos ojos de mis hijas, las cuales volví a ver por obra y gracia de la divina providencia. Qué hermoso es poder uno decir Doctora hágame el favor y me da un permiso para ir a visitar a mis hijas… Ni por la imaginación pensaba que esto me pudiera ocurrir; por lo mismo, amigos y amigas, los invito a tomar la mejor decisión de sus vidas: el alejamiento total de los vicios letales de la vida y el premio que me estoy ganando y que vosotros también ganaréis. Es demasiado grande para ir a botarlo solo por consumir droga, eso creo yo que no lo volveré a hacer, son tan dulces mis hijas, que me tienen completamente encantado; los domingos cuando estaba en el Albergue me venían a visitar y yo me sentí el más feliz de todos los mortales; yo al verlas tan tiernas, me entraban unas ganas enormes de tener algo para darles, pero al no tener sino mi buen comportamiento ellas me lo reciben como el mejor tesoro del mundo y me animan a seguir como voy y más cuando me dicen en medio de su linda y primorosa sonrisa, que yo soy el mejor regalo que les ha dado mi Dios pues me creían desaparecido y ahora me pueden visitar. Yo no puedo perder lo que ya tengo coronado a base de mucho sacrificio, esfuerzo y trabajo corporal y mental pues les cuento que lo que más me ha atacado es el tener que pensar a cada rato en el consumo y a la vida que yo tenía antes de llegar yo a este lugar pero el cambio es total, me siento alegre y complacido de la decisión que tomé, ahora que vivo alejado en su totalidad de los vicios letales y las malas amistades, mi cuerpo se encuentra supremamente agradecido, tanto será que en el curso de un año de tratamiento había aumentado ya 9 kilos de peso; ya siento que tengo cuerpo –antes parecía volar de lo flaco, el aire me arrastraba, mi cutis cuando empecé el tratamiento tenía un color de tonalidad morada y ya está más blanco y con muy pocos signos de haber sido un empedernido fumador de bazuco, de cigarrillo, de marihuana, y un tomatrago de tiempo completo. Les comunico que me está quedando como muy grande el poder decirles lo rico que me encuentro en este mi nuevo estado de vida, veo todo de una manera tan clara, tan pura y tan diáfana como nunca creí que esto se podría lograr y eso que hasta ahora comienzo a sentir los alcances de mi desdrogadicción; cómo será más adelante, será como todo un sueño hecho realidad, con mis hijos a mi lado así estén lejos todavía pero los siento ya muy cerca de mí, me tocará por supuesto buscar su apoyo, su acompañamiento moral y su amor muy fundamental para mi nuevo renacer, con mi


cuerpo y mi mente ya casi con plena lucidez. Respiro aires de un mejor mañana, yo sé que me falta mucho camino por recorrer ya que todo esto será hasta el final de mis días pero con lo que llevo hasta el momento me considero que voy por el buen rumbo como lo dije al comienzo; esto es el inicio de mi nueva vida, la alegría que me infunden mis nietos, esa es otra de mis grandes victorias en este campo de la desdrogadicción al recuperar el sentido del olfato, sentir el olor de niños que desprenden estos angelitos a mi lado, me trasladan a un mundo de ensueños de los cuales yo no me quiero despertar, ellos hacen parte de mi soporte en esta lucha sin cuartel contra los vicios; su ternura y su amor para con su abuelo me inducen a no claudicar y mucho menos a defraudarlos ni a ellos ni a nadie. Yo no daba un solo centavo por mi recuperación, es más, no la deseaba. Yo quería seguir mi vida dentro del vicio, llegué a este lugar con la intención de descansar, recuperarme y volver a las andanzas pero legalmente no me di cuenta cuando quedé enredado en el abrazo del bien, cuando me di cuenta, la telaraña de la buena vida ya me tenía en sus manos o sea tanta fue mi compenetración dentro del trabajo conmigo mismo que cuando me pellizqué ya estaba escribiendo un libro sobre la historia de mi vida; era actividad y terapia a la vez, pues yo escribía y escribía a mano en unos cuadernos, y en las sesiones retomábamos los escrito para hablar de ello y hacer los análisis correspondientes y posteriormente en otros momentos pasábamos parte de lo escrito al computador; ella corregía, mejoraba, para darle el perfil que ahora ustedes encuentran en este libro. La Doctora Cecilia dedicó muchos de los tiempos de su vida a esta obra, no solo la de coescribir este libro, sino la obra de mi recuperación y rehabilitación y adecuación formal para el mundo del bien. Le fui cogiendo un cariño tan tremendo a mi nueva vida que me daba mucha pena el solo pensar en que de pronto yo podría perder todo lo que estaba haciendo si llegaba a salir a fumar bazuco, de esta manera fue pasando el tiempo y cuando ya me di cuenta del mismo ya llevaba más de cuatro meses sin consumir; lógico que yo ya había caído en dos oportunidades y fue por puro vicio, pues les soy completamente franco lo hice con el ánimo de no volver a este lugar y de dejar todo botado pues no soportaba tanto martirio pero después de la segunda salida quedé tan decaído por haber perdido a mi mujer de esa época quien por su locura de Juventud perdió la oportunidad de corregir su vida y yo me comprometí de todo corazón a enmendar la mía para olvidarme por completo de ella y de todo mi funesto pasado. Me hice el loco y volví a ingresar al programa como si nada hubiera pasado, y lo que más me gustó fue que no me dijeron nada, antes por el contrario se preocuparon mucho por mi salud y redoblaron sus esfuerzos por mi recuperación; yo al ver estos detalles de todos los profesionales y el ánimo que me volvió a inculcar la Doctora Psicóloga, me dije para mis adentros: –“pobrecitas todas estas buenas Doctoras parecen mejor que mil mamás, yo como que me ajuicio mejor de una buena vez, no sea que me pase lo que me pasó cuando salí del Hospital de Santa Clara”, donde estuve hospitalizado por el término de tres meses por una neumonía crónica debido al vicio del bazuco que me dejó como herencia una enfermedad ya incurable en mis dos pulmones llamada EPOC pues este vicioso empedernido, el día que me dieron de alta del hospital, me fui derechito para el Cartucho a fumar bazuco por espacio de tres días, por lo cual los pulmones me volvieron a fallar y al querer retornar en ese hospital no me recibieron por vicioso, fui dejado en plena calle como un perro viejo sin fuerzas, dormí tapado con unas hojas de un periódico en el antejardín de una casa desocupada esperando la muerte pero hasta ella me rehuía; solo estaba presente la fiebre, el frío y mi abandono total al borde de la locura y la desesperación luego de descansar un poco, ya de madrugada saqué


mis últimas fuerzas salí a la calle paré un taxi le pedí me llevara al hospital de Chapinero allí mostré mi carnet del Sisbén donde me recibieron y me salvaron la vida. Es que hay muchos días como el de hoy que al empezar los veo como muy bonitos, pero a medida que va pasando el mismo, por algún motivo comienzo a sentir como un malestar extraño, demasiado molesto porque en realidad uno no sabe lo que tiene hasta que se le despierta con toda la grandeza del caso la fiera de la adicción y esta viene siempre con mucha fuerza y con unas ganas de derrotarlo a uno como sea, no se quiere dar por vencida. La anterior es una pequeña anécdota de mi vida real ahora que estoy dando fe de mi desdrogadicción y siguiendo dentro de mí un orden establecido, para poder de esta manera sentir el placer de la vida, y disfrutarla procurando desarrollar algo dentro del lugar donde me encuentre, sea lo que sea, leer, trabajar en alguna actividad, estudiar, escribir, comunicarme, visitar instituciones educativas para con mi testimonio favorecer a los niños, niñas jóvenes, y sociedad en general.

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EL HOGAR PERDIDO… UNA RUTA EQUIVOCADA Voy a dejar transcurrir la pluma libremente y con la mente en blanco rodeado de un sin fin de problemas baladís, simples o no, unos con más sentido común que otros, al fin y al cabo son cosas que oscurecen la mente. ¿Saben una cosa? No encuentro el motivo para poder explicarles lo que pienso decir, hasta llego a sentirme desmotivado para escribir pero de todas maneras lo voy a hacer. Voy a explicarles la causa de mi inercia mental; ocurre que desde mi niñez me han hecho siempre falta si no son 5 centavos para el peso, entonces es menos de un centavo; cuando he creído que alcancé mi objetivo me queda haciendo falta menos de una milésima para lograr dicho cometido. Me especifico, en todos los segmentos de mi vida, trabajo, amor, juegos dinero, familia y similares, no pude alcanzar nada por completo y es así como pasé toda mi vida. Mis padres putativos fueron padrinos de la mafia, pistoleros profesionales, viciosos empedernidos mujeriegos, jugadores del naipe y de las trampas y de toda clase de negocios oscuros. Al empezar a escribir este libro, en esta nueva etapa de mi vida, al llegar la oscuridad en estos lares, mi yo habituado al vicio no se quiere adaptar a una buena vida; va cayendo la tarde en este lugar, el transcurso de otro día que acaba más largo que una semana sin carne y el comienzo de la noche, donde rondan con frecuencia los fantasmas del pasado me hacen evocar las grandes noches de francachela, derroche de vino, mujeres y vicios, y con lujo de detalles veo las noches más amargas de mi vida, como fueron el dormir casi empelota dentro de un calabozo, teniendo como cobija el plato de comida y como almohada el pocillo de aguade panela pues eran los únicos implementos que se podían tener en el patio 6 de la Picota. Si con esto no logro apaciguar el ente del vicio, entonces me sacó a colación mis noches en las cuales acurrucado en una zanja con el agua al cuello, veía pasar mis enemigos con pistola en mano, a altas horas de la noche para acabar con mi existencia. Me veo mentalmente en la olla del cartucho, donde luego de haberme gastado cualquier cantidad de dinero en vicio y sin tener ya ni una mísera moneda para un cigarrillo y mucho menos para un trasporte ya que no se podía salir a la calle a altas horas de la madrugada a no ser con escoltas ya que al ser atracado y no tener dinero sería cosido a puñaladas y si era la policía moriría con un tiro de gracia en la nuca y recogido y enterrado como “NN”. Total tocaba tirarme en el piso, como un perro pulguiento, taparme con una cobija vieja y maloliente y hacinado como un ñero más, alrededor de personajes inenarrables. Llenos de llagas y enfermedades crónicas y pestilentes perras con sus crías que aullaban por física hambre, la misma de todos nosotros, ratones amaestrados fumadores de marihuana y comedores de bazuco se limpiaban sus hocicos en las bocas de los más dormidos que en veces amanecían sin casi labios o pedazos de su cuerpo que pasaban al estómago de estos roedores carnívoros. Solo así, de esta manera, me estoy acostumbrando al buen dormir temprano en una cama pulcramente limpia y deseada por mi nuevo ser. Aun así, muy a regañadientes, mi cuerpo no se ha podido acostumbrar a este modelo de vida y hay noches que parezco un bombillo de comisaría, pues debido al vicio consumido durante más de 54 años, mi cuerpo experimenta un estado de excitación nerviosa, por lo que las primeras noches fueron de un insomnio total. De todas maneras, yo seguiré luchando en este bello entorno hasta lograr mi Meta, la cual es no recaer en el consumo de cualquier vicio letal por el resto de mi vida.


Un día decidí irme de la casa de mis abuelos, me puse a buscar a una señora de las que mi papá llevaba a casa de mi abuela, quien en medio de sus pachangas se había encariñado y compadecido, por las cosas que me hacían vivir siendo un niño; me había anotado su dirección en una cartilla Charry de mi uso y donde aparecía escrito mi nombre, con la letra de mi abuelita que era quien me la había regalado, porque yo tenía muchos deseos de aprender a leer y escribir y como aun no iba a la escuela, en una ocasión me anotó la dirección; era del barrio Las Cruces en Bogotá y me había dicho que si un día me iba de la casa me fuera para donde ella, así que realicé infructuosamente la búsqueda pero por mi edad y por la oscuridad, nunca la pude encontrar. Era una noche lluviosa, fría, oscura, había caminado durante muchas horas, el frío congelaba mi cuerpo, el hambre punzaba mi estómago, me invadía el cansancio, tenía sueño y al pasar por la Iglesia de Las Cruces, vi en el atrio a una Señora andrajosa con un costal y perros que la rodeaban; era el único ser humano que se encontraba a mi alcance, quise acercarme a ella en busca de calor y protección, pero al verme se fue despavorida, tal vez por temor a que yo me le pegara y no pudiera después deshacerse de mí. Yo estaba mojado, entumecido y con un hambre tremenda y veía a la gente que pasaba con indiferencia, sin siquiera mirarme; yo recordaba con vehemencia a mis abuelos, a mi mamá, a mis hermanitos, porque en esa situación lo que más anhelaba era un hogar, una cama donde dormir, el cariño de los seres queridos y yo ahí solito y tan desprotegido sentía que el mundo se me acababa. Pensaba en todos ellos mientras me sentaba en el atrio, me puse a llorar y entre pensamiento y llanto pasaron los minutos, las horas, me quedé dormido pero por el frío y la incomodidad no podía conciliar el sueño de manera profunda. De pronto, desperté en los brazos de un señor gordo peludo y feo, parecía un mico con abrigo, sombrero y una ruana blanca en la mano con la que me envolvió y me dijo “venga para acá mi niño linditico, aquí está su pa’ Salomón que lo va a querer mucho. Son muchos mal nacidos…cómo van a botar un niño así a la calle” y casi sin darme cuenta me quedé dormido profundamente. No sé cuánto tiempo dormí, solo recuerdo al despertar estar rodeado de varios señores, quizás seis, que me miraban con alegría, me alzaban, me besaban, me pasaban de mano en mano, se reían unos, otros sacaban sus revólveres, muy contentos y daban tiros al aire, pues me había salvado de morir de mi primera pulmonía y según pa’ Salomón, había estado como 4 días al cuidado de las curanderas del barrio las Brisas, en donde ellos tenían su guarida, porque estos señores eran los integrantes de una banda de delincuentes. Esta fue la primera vez que pa’ Salomón salvó mi vida y fui considerado por todos ellos como un milagro, por lo que empezaron a verme como una mara o como talismán de buena suerte, lo que definiría mi vida y mi destino, ya no solo dentro Del vicio, sino dentro de la delincuencia. Nunca olvidaré ese día en que vi por primera vez esa cantidad de hombres peludos y barbados como también el porte esbelto, hermoso y elegante de Madame, una bella mujer alemana, y su señor esposo, alto, blanco, de porte adusto, militar, de trato afable y educado, que me pasaban entre ellos de mano en mano como un trofeo de guerra y como un símbolo del triunfo de la vida sobre la muerte. A partir de ese momento viví con ellos, me quisieron y protegieron a su manera, me dieron cariño ternura y comida y como eran delincuentes profesionales en diferentes campos de la delincuencia, me capacitaron en ese difícil y exclusivo arte, y se convirtieron como en unos padres, aunque el más cercano era pa’ Salomón. Me ponían cada día tareas sencillas, acordes con las actividades que


ellos realizaran. Con el transcurso del tiempo mientras ellos jugaban cartas o dominó era yo el encargado de armar sus cachos de marihuana con todas las de la ley, o sea lo que daba el cuero de lado a lado que era el papel blanco casi de seda que venía en las cajetillas de Piel Roja, yo les veía disfrutarla y se complacían en brindarme cigarrillos, lo que era un espectáculo que ellos disfrutaban, pues a mi corta edad lo fumaba con un gran arte y gusto. Parado en la ventana de la casa de mis nuevos padres, veía yo pasar a los niños y niñas cogidos de la mano y todos sonrientes, con sus maletas nuevas de estudio y sus loncheras, sus uniformes limpios y sus zapatos y botas bien relucientes, contentos los iba viendo ir y venir de la escuela que quedaba cerca al lugar en que yo me encontraba. Dentro de mí me decía “¿Qué tendré yo, que no me llevan a la escuela como a esos niños?; yo quiero ir, quiero salir a la calle, jugar con ellos, con niños de mi edad ¿Por qué no tengo yo un juguete, un carrito o un tren como los niños de la casa del frente?” Pa’ Salomón a su manera me dio la siguiente explicación: “Veamos mi niño lindo: para poder ponerlo en la escuela tiene que tener papá y mamá, la fe de bautismo, la partida de matrimonio de sus padres y la dirección de donde vive. Como no tiene nada de eso no puede entrar a ninguna escuela, pues esos son los mandatos del gobierno y nosotros no podemos ir en contra de ellos; resulta que tanto Usted como yo no tenemos padres que nos quieran, por eso nos toca querernos lo mejor que podamos. Como ya se ha dado cuenta mijo, Usted nos pertenece a todos nosotros y para que no le vaya a pasar nada, es que no lo dejamos salir a la calle, pues hay gente muy mala que le hace daño a los niños como tú, que no tiene papá ni mamá, o sea que son solos en el mundo, igual que nosotros; es por lo mismo que lo vamos a educar como podamos pero aquí, con todos pues usted es nuestro ángel y nosotros somos diablos, por lo mismo es algo de lo cual no queremos ni podemos desprendernos por nada del mundo. Yo ya hablé con el jefe para que le traigan un profesor que le enseñe hasta inglés, porque lo vamos a traer de una universidad única y exclusivamente para que me le enseñe todo lo que él sabe y me lo ponga al día.” Con mi llanto y mis lágrimas cayendo entre la changua fui desayunando al lado de pa’ Salomón que como cosa rara lloraba casi más que yo y les cuento que esto me dolió mucho y con el dorso de mi manita le sequé sus lágrimas y le di un beso en la mejilla. Le dije bueno pa’, no lloremos más, yo le prometo que no vuelvo a llorar y no quiero que sumercé lo haga por mi culpa. Desde ese día en verdad creo que no volví a llorar y quise mucho a mi pa’ Salomón. Así, que con el trascurrir de los días llegó mi profesor particular y entre todos me habían comprado mi maleta con mis primeros libros entre los que recuerdo tanto la cartilla Charry, la Alegría de Leer, el catecismo del padre Astete, la geografía, la historia patria y la matemática de Baldor; el cuaderno de dibujo y mis lápices de colores, tinta roja y tinta azul con mis respectivas plumas. Las primeras tareas las hice en compañía de pa’ Salomón. Siempre pensaba secretamente en mi mamá y mis hermanos, los recordaba y extrañaba mucho y así fui creciendo en las ciencias de este siniestro mundo de la vida malsana y formándome un futuro incierto e impropio de mi niñez, por la falta de un hogar establecido. Así transcurrió mi niñez, sin amigos de mi edad, solo entre hampones y mis juguetes eran sus revólveres, pues le quitaban las balas y me los daban para que aprendiera a manejarlos y si no, me daban la Thompson que era una ametralladora del jefe.


Gracias a mis clases particulares, a mi gran capacidad mental y a mis ansias de conocer el mundo a los 7 años ya sabía leer y hacer operaciones matemáticas; por esto fui requerido a mis padres putativos, por el dueño de un establecimiento comercial a quien llamaban el Turco, concretamente un granero del barrio Las Brisas, en el oriente de Bogotá, para que le colaborara contestando el teléfono y en los ratos de mucha congestión le ayudara a despachar y hacer las cuentas que consistían en sumar y despachar mercados y para mí era muy fácil. Serían más o menos las 3:30 de la tarde cuando una señora llegó con una lista de mercado y me dijo: “Alvarito, es que ahora vienen dos policías con mi marido preso para llamar a la comisaría pues lo cogieron con dos talegos de marihuana y lo tienen esposado; entonces con esta lista de mercado llene dos bolsas de esas similares a los talegos que le cogieron y mientras tanto yo los distraigo para que como pueda cambie las bolsas del mercado por las de marihuana”. Dicho y hecho; con lista en mano comencé mi labor de preparar el mercado: arroz, lenteja, fríjol, chocolate, pasta, arveja y los dejé listos detrás del mostrador porque sabía que al llegar al lado del teléfono, el policía dejaría los dos talegos con la marihuana cerca de los que yo tenía preparados. Para posibilitar el cambio trasladé el teléfono de sitio, lo que me daba más espacio para la acción que iba a desarrollar. Cabe anotar que en esa época, año 1951, solo había un teléfono por barrio. En el momento de aparecer el esperado personaje, venían dos policías y el caballero de marras esposado y el otro agente traía las bolsas. Al llegar al Granero me pidieron prestado el teléfono para llamar a la comisaría, dar conocimiento del proceder y pedir una patrulla para el traslado del preso y la mercancía incautada a lo cual accedí con el mayor gusto y mientras un policía hacia la llamada, el otro, para evitar que la muchedumbre le arrebatara las bolsas con la marihuana, las dejó dentro del mostrador facilitando mi labor de cambio. En vista de la situación y mientras la mujer del detenido hablaba con el otro policía, entreteniéndolo yo cogí las bolsas de marihuana y me introduje hacia el solar de la casa donde se las entregué a un personaje del barrio que me estaba esperando el cual se marchó muy orondo con las bolsas. La llegada de la patrulla fue todo un acontecimiento. Al entrar el capitán al granero fue saludado militarmente y puesto en conocimiento del decomiso que había efectuado el policía, quien con todo orgullo del deber cumplido le mostró el cuerpo del delito. Cuál sería su sorpresa cuando al destapar dichos talegos supuestamente llenos de marihuana, todo lo que aparecía era el mercado que yo había preparado. No salían de su asombro los mencionados policías, mucho menos el capitán quien tenía que contener su ira y le reclamaba al policía por tal hecho. El policía, mirando desconcertado a su alrededor puso sus ojos sobre mí y empezó a decir que tenía que ser el niño el que había cambiado las bolsas, a lo cual el capitán incrédulo lo increpaba que cómo se le ocurría; pero el policía se mantenía en su versión, razón por la que me llevaron a la comisaría de la calle 10 con carrera 4 para que diera mi versión. La verdad es que no me daba plena cuenta de nada, me sentía como feliz, contento de ver cómo los policías estaban muy molestos y pendientes de mí, yo era como todo un rey que les había ganado y no sentía ni el frío del lúgubre lugar en el que me encontraba ni el miedo, estaba tranquilo porque por mi corta edad no me daba cuenta del lugar en el que me encontraba y yo me mantenía en mi versión, negando que hubiera alguna participación mía. Sentado en un banco de madera como los de las iglesias observé cómo soltaban al señor que habían cogido con la marihuana, el cual salió de allí sonriente casi al anochecer, en compañía de su mujer, quien al pasar por mi lado me entregó una cobija, una toalla y un cuchillo y me dijo que ellos estarían afuera pendientes de mí, que no fuera a decir la verdad pues yo era todo un hombre y los hombres no son sapos, que para nada le fuera a comentar a nadie lo que había pasado en la tienda. Fui llevado a un patio oscuro y con olores muy fétidos donde se encontraban dentro de los calabozos varios


presos y presas que saldrían en horas de la mañana para sus diferentes destinos y comentaban sus casos y sus salados por estar detenidos. Yo les servía de sparring ya que les pasaba cosas y cosas por las rendijas de sus calabozos; a medida que llegaba la noche yo esperaba ansiosamente la llegada de mi pa’ Salomón o el jefe para que me sacaran de allí y me llevaran a lo que ya era mi hogar. Ya estaba muy oscuro cuando el guardia de turno me llamó y me abrió la puerta y al salir: qué sorpresa!!!, no lo podía creer… Allí estaban mi madrecita y mi padre, alto, rojo de la ira, con su inseparable abrigo, su impecable vestido de paño, su sombrero de copa y su humeante cigarrillo en la mano; casi grito de felicidad al ver a mi madre pero la voz de mi padre me interrumpió al expresarme su furia por la humillación y el descrédito que le estaba haciendo pasar: –“pendejo de mierda esto es lo que me merezco por ser tu padre, que seas todo un alcahuete de marihuaneros y ladrones… Diga la verdad! o que lo metan en una colonia para toda la vida” y se me vino encima como una fiera que donde me deje coger me mata. Su rabia era mucha y me refugié en los brazos de mi madrecita y ella como pudo en medio de sus lágrimas me protegió, entre sus amorosos brazos y todo su ser, me decía con palabras dulces, cariñosas y tiernas que dijera la verdad y saldría con ellos para la casa, que ya nunca más me iban a dejar solito que yo para nada necesitaba trabajar y que llevaban todo el tiempo de la vida buscándome desde que me había ido. Las palabras de mi mamá se estrellaban en mi nueva coraza formada por mis nuevos padres y les dije en voz alta que yo para nada era Mentiroso, que por qué no creían en mi palabra, que no me daba miedo para nada sus tales cárceles y me mantuve en lo dicho con anterioridad. Por ello en lugar de apaciguar acrecenté más la rabia de mi padre por lo que él dijo que me dejaran ahí hasta que dijera la verdad y al marcharse no sabía que solo volvería a saber de ellos hasta muchos años después. No sé ni cómo explicarles lo que sentí cuando ellos salieron, iracundo mi padre y llorando mi madre y yo para un calabozo en espera de que llegara la patrulla que me llevaría al amparo de niños. No lloré en ese momento, me sentía fuerte, todo un hombre, y más con mi cuchillo, mi toalla y mi cobija; mi madre no me había traído nada pues ella pensaba era llevarme con ella para la casa; todo esto era muy nuevo para mí y yo solo esperaba que llegaran mis amigos de la banda a llevarme con ellos y mucho más al ver que se marchaban mis padres, quienes parecieron simplemente como una ilusión pequeñita, como si fueran una visión. Ya dentro de la patrulla me sentí muy débil, sin saber para dónde me llevaban, sin mis padres putativos y con la sorpresa de haber visto a mi mamá pero perderla de inmediato y las lágrimas bañaron mi rostro, mi llanto brotaba con fuerza sin que yo lo pudiera detener, era como si a medida que yo lloraba, los recuerdos de mis padres, mis abuelos, mis hermanos y demás familiares los fuera borrando para siempre; me daba plena cuenta de que yo había obrado mal pero forzado por los mayores de la tienda y por lo mismo no me podía ya echar para atrás, pero lo que no me imaginaba era que ese error había cambiado para siempre el rumbo de mi vida y por lo mismo estaría condenado a vivir dentro de la delincuencia. En la patrulla iba con dos policías y una trabajadora social que había llegado de carrera pues no me podían dejar en la comisaría toda la noche. ¿Si ven lo que me costó en la vida hacer este favor? Tener que entrar a la delincuencia, pues aquí empieza la carrera delictiva que conocerán en adelante, sin contacto con mis padres ni con mi familia en general, ya que los contactos que tuve luego, fueron efímeros. Tengo grabada en mi memoria el recuerdo del vestido con el que fue a la comisaria, sastre de paño color azul, con su falda hasta debajo de la rodilla al estilo de la moda de la época, blusa blanca cual pétalo de rosa y su abrigo de paño del mismo color que le daban una presentación de reina, lo que era ella ya que descendía de reyes chibchas; llevaba su cabello café suelto, con ondas hermosas que le llegaban hasta la cintura dándole un tinte majestuoso, sus lágrimas bañaban su bellísimo rostro y parecían


mares dentro de mi corazón tan frio y extraño en esa aciaga tarde y noche de mi total rompimiento y separación, de ellos y todos mis seres queridos. La verdad yo no esperaba todo esto… que las cosas salieran así, yo lo miraba y lo pensaba de otra manera, que tal vez en la horas de la mañana mis padres me acogerían de nuevo, pero tuve que esperar 20 años para verlos de nuevo, especialmente a mi madre y hermanos. Si yo hubiera sido franco, sincero, leal… El Redentor, a cargo de los Padres Terciarios Capuchinos en la calle 13 con carrera 38, de Bogotá, era un lugar lúgubre y frío, como una nevera grande parecido a una bodega de ganado y me encontré de frente con el mal, confinado en esta correccional de menores, vi violar a varios niños por muchachos mayores que nosotros, pues allí había muchos con más de 20 años. “Córrase para allá chino y cuénteme por qué lo trajeron acá” me dijo uno de ellos… e intentó hacer lo mismo conmigo, pero gracias a mi valor y mi hombría, luego de feroz batalla, a puñaladas salí airoso de ese trance con mi primera medalla al valor y mi primera condecoración al honor: una puñalada en el pecho cerca al corazón. Mi sangre caliente que salía a borbotones bañaba mi cuerpo y me alejaba de este mundo el cual estaba empezando a conocer. A raíz de esto, me trasladaron los frailes afanosamente a la enfermería, sitio desde el cual fui rescatado por mis Padres putativos para salir huyendo en medio de una balacera infernal por tierra rumbo a Girardot, allí en una casita de Flandes, a orillas del rio magdalena fui muy bien cuidado por una familia de pescadores que había sido bien remunerada por mis benefactores, los cuales se mostraron muy orgullosos y felices de mi comportamiento al no delatarlos. Supongo que al volver mis padres a buscarme se encontraron con la sorpresa de que ya no estaba allí y ahí es donde se presenta el rompimiento definitivo porque era difícil que me encontraran en el lugar al que la banda me había llevado para mi recuperación. ¿Si se dan cuenta? No había cumplido yo 7 años y por la falta del calor de un hogar ya había estado preso, fui herido y de sobremesa huir y esto es solo el comienzo… Entonces analicen no más lo que implica no tener el calor de un hogar: llevar por el resto de la vida una existencia diferente a la normal; me explico: nunca se duerme o se come a la hora corriente, pues son otros parámetros de vida, se está en una situación de abandono moral y desamparo familiar lo que conduce a vivir en tinieblas aun estando de día; no es lo mismo estar al amparo de unos padres que cuidan a su hijo que estar completamente al amparo de personas sin juicio y comprensión respecto a lo que es la crianza y el orden social, ya que así amanece uno tirado como un trapo sucio o un zapato viejo de cualquier forma en un andén o hasta dentro de caneca de basura, pues eso es lo que significa vivir acosado por las tinieblas del mal. Por lo tanto les recomiendo a los que los tienen que los conserven y los quieran pues con ellos tienen un futuro y un porvenir por pobre que sea, asegurado y tranquilo, feliz y en armonía familiar. –“Bien chino ya se alentó”. Salimos… “guarden bien los fierros y la tartamuda (metralleta) pues salimos al amanecer para Bogotá. Tenemos harto trabajo y hay que aprovechar la oportunidad. Bueno, como usted ya está bien se va con el chofer y nos esperan en la plaza”. Dicho y hecho; siempre se empieza por la primera vez... Recuerdo con nitidez éste mi primer viaje en carro de Girardot a Bogotá. Salimos más o menos a las 10:30 de la noche, un día jueves a principios de diciembre de 1952. Apoltronado en el asiento trasero del automóvil Dodge 1948, con placas falsas, no sé cuánto tiempo esperamos con el chofer a que llegara el resto de la banda, creo que dormí profundamente durante algunas horas y solo desperté tiritando de frío, pa’ Salomón hizo parar el vehículo a la orilla de la carretera y echó los fierros rápidamente en un costal. Yo estaba temblando, el frio me tenía medio bobo, seguía echando de menos a mi Mamá y a mis hermanitos y me quedé


dormido. Solo vine a despertar cuando pa’ tomándome en sus brazos parecidos a garlanchas o a palas, con acento cariñoso, pues llegó a ser más que un padre para mí, me depositó tiernamente a la orilla de la carretera en una tienda cerca de Fontibón. Bajó el costal con los fierros y dándome dos billetes de cinco pesos me dijo: “procure cuando pasen unos arrieros que le suban el costal a una mula y cuando pase el retén yo lo estaré esperando a la entrada de Fontibón. Siempre muestra tranquilidad”. Envuelto en la ruana de él y sentado en un bulto de papas con un pocillo de chocolate en mis manos entumecidas por el frío, me tomé dicho elemento con fruición; al fin ya amaneciendo pasaron los arrieros, algo hablaron con el dueño de la tienda, uno de ellos me alzó en sus brazos y me depositó junto con mi costal en el lomo de una mula, y así en medio de la yeguada y con la lluvia calándome las armas y la metralleta. Ilesos pasamos el retén; luego de avanzar por la calle que era un completo lodazal, divisé el carro, fui bajado de la noble bestia como un héroe y emprendimos la marcha para el centro de Bogotá donde a ellos, los mayores, les esperaba su trabajo. Le quise entregar los 10 pesos que me dio para los muleros, quienes no me los habían recibido pero él me dijo: “Son tuyos, tú te los ganaste, guárdalos para ti”. Y con los billetes apretujados volví a recordar a mi mamá y lo contenta que se hubiera puesto con esos 10 pesos para un mercado. Esta banda que se había convertido en mi familia era reconocida temida y muy respetada por otras bandas y especialmente por la policía como la Banda de la Pesada, por la desproporción inigualable del tamaño de sus componentes, elevada estatura y obesidad, así como por la frialdad destreza y certeza de todos sus actos. Nuestro Dodge 48 estaba adaptado de una manera muy práctica a las características de este descomunal peso, los mecánicos eran de lo mejor, y mi jefe pagaba parecido al rey Midas al que le servía bien... Al que le servía mal, lo mandaba para la otra vida. Eran especialistas en toda clase de actos que requirieran de una banda organizada bien compuesta y dispuesta a todo, llámense atracos bancarios, asaltos a joyerías, residencias, secuestros extorsivos o similares. Contrabandistas profesionales, no le tenían miedo ni a la misma muerte, pues siempre esta agrupación la llevó como estandarte o lema de sus acciones, y por lo mismo actuaban sin temor a lo que se presentara. Esta insignia de la muerte estaba representada en esta organización por una calavera y una hoz. Los integrantes de la banda eran: (…) (…) (…)


LA ADICCIÓN Y SUS CONSECUENCIAS Solamente debo agregar que existen anécdotas sobre la desproporción que tiene la persona adicta acerca de los valores de las cosas en su vida. Lean este ejemplo clásico: “Ay papi, mira ese señor, pobrecito, se está mojando”. Esas palabras dichas por un niño de 7 años camino al colegio de la mano de su padre, le entristecieron de tal manera que se acercó y llamó al ñero, que estaba envuelto con un plástico de bolsa de basura y tenía como colchón un cartón más húmedo y mojado que el mismo pavimento, pues había estado lloviendo. Al despertarse y levantar el plástico, el buen hombre casi se desmaya pues aquello era como cuando alguien acaba de salir del infierno; era como un chimpancé de cara redonda, ojos de espanto y una barba de por lo menos 30 años, lo mismo que un cabello ensortijado y largo, relleno de aceite y grasa, de la misma apariencia que su vestido el cual parecía que hubiera salido de una caneca de aceite por los años que llevaba sin quitárselo de encima; su traje brillaba por el mismo mugre que lo corroía. Pasados los primeros segundos y luego de aclimatarse con dicho espécimen humano, con una voz casi inaudible le socorrió con un billete de $10 mil pesos y le dijo: “tenga buen hombre, para que se coma un buen desayuno y procure ponerse una muda de ropa”; a lo cual repostó dicho ñero ya con el billete en sus manos y con su sonrisa siniestra: “¡Cuál desayuno! si yo con esto tengo por lo menos para 10 bichas”. El buen hombre no entendió lo que quiso decir este ñero, y con su hijo de la mano se alejó. ¿Se dan cuenta entonces de las preferencias de este poseimiento cuando se prefiere el vicio a una buena comida y una buena muda de ropa? Se llega a tal estado de incapacidad mental que solo se piensa en el vicio, siendo todo lo demás inocuo e innecesario, pues el único motivo de sus dichas diarias es conseguir el dinero a como dé lugar para calmar su adicción, sin importarle ni su vestir, ni su comer, ni su persona, pues su mente no tolera nada diferente a lo que incluso antes de dormirse está pensando; y tan pronto se levante estará pensando: en llenar su Pipa y sus pulmones del vicio que lo corroe hasta lo más profundo de su ser. Es el colmo que un ser humano prefiera el vicio a una buena cama, pero es así de sencillo: para el adicto es mejor su vicio y prefiere dormir a la intemperie que en una cama con cobijas en una pieza en cualquier hotel del sector, que no vale más de $3.000 pesos. Esta verdad la puedo corroborar, porque dentro del transcurso de la vida tuve trato con miles de personajes de esta índole e idiosincrasia. Y óigase bien, en mis conversaciones con todos ellos durante mis frecuentes estadías en las cárceles del país, la promesa de cada uno era de no volverlo hacer. Yo, siempre caracterizado por mi gran nivel de realismo, franqueza innata para decir las cosas con exactitud y sentido lógico, les repostaba que mientras uno estuviera preso decía la misma carreta y por esto yo consideraba estas promesas como expresiones de fariseo. Es muy pero muy difícil que la persona nacida y criada dentro del crimen vaya a dejar este estilo de vida, así diga lo contrario, pues sus parámetros mentales, sus posibilidades, sus alternativas hacia otras formas de vivir, no existen en su realidad, no son concebidas por esa persona. Creo sin embargo que si alguien cambiara tendría que romper una mentalidad que es justamente lo que resulta casi imposible, pues las distorsiones mentales que se aprendieron no permiten la entrada de ideas sanas en el cerebro. Hubo ocasiones en las que vi a algunos miembros de mi familia con foto en mano, buscándome en las diferentes ollas del cartucho, pero debido a mi absoluta descomposición física, al descuido


personal en lo que respecta al cuidado de mi cabello, mi piel, mi barba, mi vestido, era irreconocible para ellos; además, la vergüenza que siente el adicto al ser reconocido en ese estado por cualquier familiar lo inhiben de una manera absoluta a presentarse ante ellos. Yo me hacia el desentendido y no le prestaba atención a sus requerimientos y seguía en la rutina propia de mi consumo y mis conductas. Creo que para el familiar es mejor no verlo a uno así pues podría hasta morirse de ataque al ver el estado al que uno llega, o en el transcurso del tiempo morirse de pena moral por no poder olvidar ese estado de degeneramiento total de alguien a quien se ha querido tanto. Hoy que en realidad los necesito y me hacen falta para tener a alguien a mi lado con mi misma sangre, la ley de la vida me paga con la misma moneda que yo les pagué a ellos, o sea no tener a nadie; pero debido a la costumbre de la soledad voy a procurar asimilarla en estos días tan aciagos y de una nostalgia tremenda y un aislamiento casi irreal, pues aun estando acompañado en el entorno, fuera de mi musa nadie tiene alcances mentales suficientes para comprender mi situación. Si yo no estuviera escribiendo, les soy sincero, no estaría aquí; pero quiero que las generaciones futuras y todo aquel que tenga la oportunidad de leer estas líneas, comprendan el mal irreversible a que conduce cualquier conducta funesta para los intereses de una familia limpia, tales como tomar el camino equivocado, bien sea el de la delincuencia o el vicio. Si incurren en ello, si es que como yo llegan a esta edad, van a estar más solos que la soledad y a no ser queridos por nadie en este planeta y a ser repudiados por la familia por el resto de su vida, pues ellos nunca van a olvidar los malos momentos causados por la pérdida de la claridad mental y de la sana sensibilidad, que hacen que uno actúe lleno de caprichos egoístas, indecentes y funestos, desde el absoluto individualismo, insolidaridad, desconsideración y pérdida de interés por la cosas importantes para la familia. Aunque no quiero seguir recordando tantos hechos dolorosos, consecuencia de mis conductas de antaño, y quiero evitar generar más dolores en el espíritu vulnerable que me acompaña estos días, sin embargo les recalco que cualquier vicio que cojan va a ser muy difícil de dejar, pues esto no es cuento de niños, son hechos reales de hombres de pelo en pecho a los que he visto llorando peor que niños y pidiendo perdón, pero ya es muy tarde pues han agotado la paciencia de cualquier persona que estuviese dispuesta a estar a su lado. Por otra parte, se han condenado a muerte por el solo hecho de haber inculcado el vicio a menores inocentes, hijos de capos o de alguna persona sana del sector del Cartucho, quienes no perdonan esta ignominia, afrenta intensa que cobran con la vida. (…) (…) (…)


BOMBAS Y DESTRUCCIÓN DURANTE LA POSESIÓN DE URIBE A las 3:30 de la tarde del 7 de agosto del 2002, me encontraba en lo que quedó de la casa que parecía un pueblo, en mi habitación en el segundo piso, con abundantes bichas de bazuco, a pesar de lo cual me dio por abastecerme de algunas más, por lo cual mandé a un joven a que me hiciera el mandado. Al ver que no regresaba pronto, y como algo contrario a mi costumbre, salí de mi pieza a buscarlo; llegado a la puerta, vi que entraba mi mandadero quien me replicó “uy, Perdóneme patrón por la demora pero estaban los rayas (policías) ahí y hasta ahora se fueron”. Yo nunca he dudado de la palabra de las personas a mi servicio, pero era tanta la rabia que yo tenía, que le dije que se salvaría sólo si yo comprobaba la veracidad de lo que él afirmaba. Nos fuimos los tres, porque me hice acompañar por mi mano derecha, guardaespaldas y compañero inseparable de más de mil batallas. Era flaco, más o menos de mi estampa, pero con una sagacidad tremenda. Yo lo había criado desde su nacimiento y por lo tanto me decía papá. Él contaba con 40 años pues había nacido en 1960, en las mejores épocas de mi bonanza económica, cuando había heredado dinero de Pá Salomón, y desde los primeros meses de su vida lo había tomado en adopción. Era, pues, mi amigo del alma. Luego de haber salido de la casa y al confirmar que los rayas estaban por ahí cerca, resolví que él se entrara con el personaje a quien yo había mandado a hacer el cruce, pues se me había metido en la cabeza ir personalmente hasta Gancho Azul. Entonces en voz baja le pasé el fierro y le dije éstas que serían las últimas palabras que le dirigí: “tome mijo, llévese esto para la pieza y espéreme allí; si me demoro fúmese lo que le doy y en la mesita de noche hay más, por si me encuentro con alguien en Gancho Azul”. A las tres y media de la tarde de ese día, dicha casa se encontraba hasta los topes, colmadas todas sus localidades, en todas las piezas y los pasillos, llena de ñeros y gente de diferente catadura, todos empecinados en labores como la de consumir y en sus respectivos juegos de cartas, dado, cajita, cara y sello o similares o en su tomata de Chamberlain o sea el clásico alcohol con gaseosa o agua, el cual no les hace ni cosquillas; válgame decir que dentro de las casas adyacentes y en los frentes de ellas y las aceras había cantidad de ñeros. Iba ya pasando por el denominado “container de la muerte”, lugar en el que se guardaban las basuras del sector y la mayoría de muertos que eran arrojados en bolsas de basura y de ahí su denominación. Ya iba a llegar a Gancho Azul cuando escuché un estallido impresionante, que me elevó por los aires como una hoja de papel; vine a caer como a 8 metros de distancia de donde estaba, dentro del container. Fue tal mi sorpresa, así como el susto desmesurado de mi vida, y alcancé al oír el siguiente estallido; salí volando y solo vi al caer cómo se me venía encima un poste de la luz, el que pegó primero en el container, razón por la cual pasó cerca de mi cabeza como si nada. A mi lado caían palos, tejas, puertas, pedazos de seres humanos e infinidad de cosas, pero en esos momentos solo pensé en mi hijo adoptivo. Al tratar de ponerme en pie para ir corriendo a ese lugar, vine a darme cuenta que mi pierna estaba atascada y aprisionada por diferentes escombros, de mi cara y mi cabeza manaba sangre en abundancia, igualmente presentaba cortadas en una mano. Luego de bregar por unos momentos y con el estruendo de los ñeros a mi lado, que buscaban como locos mi revólver –que según ellos yo tenía a mi lado– fui sacado por los miembros de socorro y atendido dentro de una de las ambulancias. En vista de que las heridas eran leves me di mañas y me salí presuroso de la misma para evitar que mi nombre quedara reseñado.


Al voltear la esquina pude comprobar con horror lo ocurrido. Habían caído dos bombas que acabaron con la cuadra y lo que a su alrededor se encontraba; fue tal la magnitud del desastre, que de lo que fue la casa mía que parecía un pueblo y sus alrededores no quedó ni el nombre, no quedó nada en pie, solo escombros. No se veían sino cuerpos diseminados, lo mismo que se escuchaban llantos y gritos de personas que eran sacados de debajo de los escombros por sus propios compañeros o el personal de socorro. ¡No podía dar crédito a lo que estaban viendo mis ojos! La onda expansiva acabó con todo el sector como si hubiera sido hecho de papel. Como pude fui caminando hacia donde supuse que había quedado mi habitación pero era tal el grado de destrucción de ese lugar, que resolví alejarme dejando atrás tanta desolación tristeza, ruina y muerte. Fue una locura colectiva la que se vivió en ese nefasto día en el que vi tal cantidad de cuerpos mutilados que ustedes ni se pueden imaginar. El gobierno dijo que eran 70 u 80 muertos; la cantidad fue superior a esta cifra, pero a mí no me interesaban las cuentas del Estado. Lo que me interesa es dejar constancia de este hecho de características destructivas inmisericordes de esta población de ñeros, pues no hay forma de clarificar por qué se desviaron dichos artefactos más de quinientos metros del destino original que era el palacio de gobierno. El solo hecho de narrar estos datos ha producido un gran dolor en todo mi ser, pues fue mucho lo que yo perdí ese día, por la cantidad de seres humanos, pues a mí el dinero nunca me interesó en definitiva pues lo malgastaba a diario; solo que al recordar la cantidad de amigos caídos como fieras me lleva a un estado de postración; pero el deseo de que estos hechos sean conocidos, me ha dado fuerzas para continuar con el relato, para poder plasmar esto con nitidez. Que mi Dios tenga en su santa paz a la cantidad de personas muertas incluyendo a mi hijo putativo y que esta destrucción haya sido para el bien de la sociedad. Luego de caminar como un sonámbulo en medio de ese barullo de palos, tejas y restos humanos fui llamado por mi compadre Roberto Arias para que le ayudara a levantar una descomunal viga o travesaño de las que se usaban en las construcciones antiguas. Me quedé ahí parado. Debido al golpe que recibí en la cabeza, actuaba como un sonámbulo pues no tomaba plena conciencia de lo que estaba presenciando. Veía escenas como esta: un ñero con la pipa en la mano levantaba los escombros con su otra mano, en busca de cualquier cosa de valor y en medio del caos y dolor reinante se veía en él y en muchos que se encontraban en el sector, la falta de respeto por los compañeros muertos; y así, en medio del enjambre de multitud de policías, bomberos, voluntarios, socorristas, radio, prensa y TV, tenían el desparpajo y el cinismo crónico de un vicioso empedernido de contestar las preguntas con su inseparable pipa en la mano y, ante la incredulidad de muchos, le echaban su respectiva dosis y se la fumaban delante de las personas como la cosa más natural del mundo. Válgame decir que todos los que estaban entregados a diferentes actividades de ayuda, apenas si prestaban atención a estos detalles tan inicuos pero de gran importancia para el bien común, pues ahí queda demostrado que el dolor, sea ajeno o propio, no le interesa a un vicioso, así se esté acabando el mundo, mientras este personaje tenga su consumo, no le llama la atención nada más. Estando en estas me agarró del brazo mi compadre y me dijo: “valor mijo para lo que vas a ver pero es necesario que te acerques allí”. Estaba tan sonámbulo que me había alejado media cuadra sin darme cuenta y así, caminando suavemente por entre escombros, llegué al lugar en que se encontraban los fiscales; luego de las preguntas de rigor, me fue mostrado el cuerpo de mi hijo


putativo de crianza al que reconocí inmediatamente. Él había quedado con su rostro con una tranquilidad increíble pues daba la impresión de no estar muerto; pero debido a los destrozos de su cuerpo, la realidad era esa. Por tal motivo delegué todo lo concerniente a su entierro en mi compadre, y desde ese mismo momento me desentendí de todo hasta la presente. Él estuvo pendiente de mí por más de 40 años; su pérdida fue y será para mi algo irreparable, me destrozó por completo mi vida y fue tal vez el preludio de mi actual rehabilitación. No sé ni qué camino tomaron los sobrevivientes, pues cada uno de nosotros se ubicó en diferentes lugares. Estos son hechos verídicos acaecidos en mi vida y como lo pueden apreciar, sigo siendo cubierto por el manto de Dios, pues de esta manera protegió mi vida nuevamente de los avatares del destino, que día a día nos tiene reservadas sorpresas inesperadas para probar nuestra fuerza mental y dar fe del poder de Dios entre nosotros. Mucho carisma, ánimo y fe es mi mayor deseo y que la superación personal brille día a día en cada uno de ustedes en las diferentes actividades de la vida y que de estas enseñanzas saquen sus conclusiones y actúen como a bien tengan, siempre y cuando sea para el bien común y procurando no caer en las garras de ningún vicio, para que esa mala decisión no los lleve a estos lugares de muerte, pues esto es lo que queda de estar sometido a las presiones del vicio. Finalmente se logró la terminación del Cartucho, es decir, la demolición total de las construcciones que ya se encontraban bastante deterioradas por las acciones vandálicas de sus residentes y el desalojo de sus tétricos personajes en abril del 2.005 dando paso a la construcción del parque El Tercer Milenio. Esto llevó a que todos nosotros fuéramos desperdigados por la ciudad, algunos a otras ollas, otros buscando cualquier antejardín o espacio para armar sus cambuches, generando rechazo, y un malestar generalizado y una angustia sin límites en los habitantes bogotanos que vieron y palparon y están con ese dilema de gravedad; en todos los barrios y ambientes de la capital ya les toca convivir con los ñeros; el vicio está carcomiendo nuestras sociedades actuales en todo el mundo; qué pesar! Y lo más inquietante es que cada día avanza y avanza más y más. Luego de deambular dentro del Cartucho por un término de 32 años en sus principales ollas y lugares, y ante la demolición total de su estructura, fuimos sacados como escoria o basura de ese lugar cantidad de seres humanos hacia otro punto de la ciudad, lugar permitido por la policía para continuar con nuestra muerte en vida, es decir, el vicio. En los primeros días de abril de 2005 fuimos sacados para Paloquemao y a este lugar llegó un Coronel de la Policía de origen costeño, el cual nos dijo que íbamos a ser trasladados hacia el Matadero antiguo de Bogotá y fue por lo mismo que todos organizamos la singular “marcha de la vela”: con cantos alegóricos a nuestro traslado, fuimos avanzando por la carrera 30 rumbo al lugar que nos había destinado el citado Coronel, y así en medio de las tanquetas de la policía llegamos a la carrera 31 con calle 13. La ciudadanía se encontraba reaccionando en franco rechazo hacia nosotros, personajes espeluznantes que salían del Cartucho y empezaban a desparramarse por las diferentes zonas de la ciudad, por lo cual las comunidades de los diferentes barrios se organizaron para evitar que algunos de nosotros empezáramos a merodear por sus alrededores y especialmente se escuchaba el grito social de negación a que nos fueran a ubicar en zonas cercanas a los barrios. Nadie quería que fuéramos sus vecinos, y en los noticieros ese era el tema central. Finalmente la Alcaldía encontró un lugar temporal en el cual alojarnos que fue el antiguo Matadero, que al encontrarse en zona industrial no iba a despertar los ánimos ya alterados de los ciudadanos de bien.


Al llegar a ese lugar, la sorpresa del coronel fue enorme, pues las llaves de los portones no se encontraban, ante lo cual nos dio una orden perentoria: “yo respondo por todos ustedes; si no están las llaves tumben la puertas que yo respondo por todo, pues recibí una orden de la Alcaldía de dejarlos en este lugar y aquí quedan en su casa, con la protección de la policía y el amparo de la Alcaldía”. Entre todos los ñeros procedimos a tumbar tres puertas que resguardaban el predio. Ya dentro del mencionado lote fuimos tomando posesión del lugar, que estaba en completo abandono pues era el Matadero antiguo, y cada cual con su cambuche incorporado, lo fue tendiendo en el lugar que más le conviniera. Luego de esto entró una delegación de policías, los cuales nos proveyeron de carpas para que nos acomodáramos de una forma mejor. Yo estaba más desprotegido y confundido que nunca; tuve que darme cuenta claramente de que había acabado en el trayecto de mi vida con todas las riquezas económicas y humanas que un día tuve, y ahora sin dinero, sin un lugar al cual ir a vivir, mis amigos y conocidos de antaño que ya no querían saber nada de mí, rehuían mi presencia y mi contacto, me había quedado solo con mi pasado, con un profundo vacío dentro de mí, pero esto finalmente no me importaba y no me iba a dejar doblegar por nada. Por tal motivo logré acomodar mis huesos o lo que quedaba de mi cuerpo en la calle 6 con carrera 12, en una casa del barrio San Bernardo que había sido de mi Banda y estaba nombre de un testaferro en donde había empezado a ir desde tres hacía tres años atrás en compañía de otros compañeros porque había sido derruida; pero ésta se había convertido en toda una siniestra olla y ya estaba en extinción de dominio, total estaba en la completa inmunda. Fui coautor de una iniciativa que presenté a la Alcaldía mayor de Bogotá para que nos trasladaran para un sitio digno de seres humanos tanto a los viciosos como a los dueños de las ollas y para todos los habitantes del cartucho que estábamos en ese momento y en esa situación, en la que propuse la carnetización y estimular un proyecto de resocialización. El señor Alcalde mayor de esa época, Dr. Luis Eduardo Garzón, nos escuchó y fuimos llevados en toda una significativa marcha de protección al Matadero antiguo de Bogotá; creo que llegamos allí unas 4.000 personas entre indigentes, ñeros, malandrines, jíbaros, ex propietarios de viviendas y mafiosos que requerían ser reubicados; y también una gran cantidad de personas en pobreza absoluta que aprovechaban la ocasión para ser protegidos, en fin, todos esperando lo que iba a hacer la Alcaldía, pues se entendía que llegar al Matadero era solo una estación. Al tener que pasar las noches en el lugar acordado, teniendo que asimilar el cierre del Cartucho que había sido mi lugar de estancia por más de 32 años, ahora, de día y de noche veía a las personas que daban los carnets y consejos y nos animaban de buena voluntad a que aceptáramos el apoyo Distrital por el proyecto “Bogotá sin indiferencia” del Alcalde Luis Eduardo Garzón. El haber salido del Cartucho implicó para mí una derrota inexplicable como si me hubieran cortado las manos, algo muy difícil de asimilar, y entonces yo no sabía ni qué camino coger, ni para dónde irme; me sentía abatido y derrotado y al ver a mis antiguos compañeros que se iban para otros lugares de la ciudad y fuera de ella, me daban ganas de salir corriendo pero no con ellos, no sabía para dónde. Estaba confundido y a la vez observé claramente la circunstancia a la que había llegado de soledad, desazón, culpabilidad, pobreza acérrima mirando el pasado y dándome cuenta de este presente incierto. Claro que esto no impedía que yo fumara con más ímpetu, amor y a cuerpo de Rey, pues había recibido muy buenas dádivas de los mafiosos y vicio a granel ya que yo era el doctor que les hacía todas sus triquiñuelas y para más que les conseguí ese sitio fenomenal para sus ventas a nivel mundial. Pues mucha gente de la sociedad venía a regalarnos cosas y dinero que


aprovechábamos para seguir convirtiéndolo en humo como lo había hecho en el transcurso de mi vida. En todas estas estaba y yo de ninguna manera pensaba cambiar mi estilo de vida ni renunciar a mis vicios del cigarrillo, el licor y bazuco, la marihuana y las máquinas pues los consideraba indispensables, como si fueran mi sangre y mi aire y no resistía ni en pensamiento un día de mi vida sin ellos. Estando algunos de los que salimos del Cartucho en carpas que nos habían instalado dentro del Matadero para no quedar a la intemperie, venían trabajadores sociales del Bienestar Social a sugerirnos e intentar convencernos para que aceptáramos la protección y yo no podía creer que me fuera a ir para un lugar de protección, razón por la que esquivaba la invitación de los funcionarios. Luego de estas entrevistas y acompañado por José Ruiz, un ñero viejo de larga barba blanca, al conversar con el señor Alcalde de esa época el doctor Garzón, me invitó nuevamente de manera muy cordial a no quedarme por fuera, me decía que yo ideé y planifiqué ese programa; cómo me iba a quedar por fuera y no hacer parte del mismo; y me recomendó al Sr. Pulido para que nos ubicara en el Centro de Desarrollo Social Bosque Popular. Comenzaron a carnetizarnos y a poner a cada ñero una manilla, pero yo rechacé el procedimiento pues esto es un trauma psíquico para mí; me parece denigrante que lo marquen a uno como ganado; por eso dentro de mis principios nunca me ha gustado ser carnetizado como ñero o indigente. Eso quizás por la falta de un concepto de orden en mi vida y por la actitud de prevención que me hacía encontrar en las propuestas signos amenazantes para mi vida. (…) (…) (…)


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Mi Regreso Del Infierno - sobreviviente del Cartucho  

Fragmentos del libro Mi Regreso Del Infierno - sobreviviente del Cartucho. Autorizado por el autor.

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