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Ant oni oJos ĂŠRoy uel a

Res i l i enc i a


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José Antonio Royuela

RESILIENCIA

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© Texto: Antonio José Royuela © Imagen de cubierta: Freshidea / Dollar Photo Club © Lastura www.lastura.org info@lastura.org Colección Alquisa Editado en Ocaña, Castilla La Mancha (U.E.) Mayo, 2015 Todos los derechos reservados All rights reserved

EDICIÓN DIGITAL NO VENAL Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares salvo las excepciones previstas por la ley. Si precisa fotocopiar o digitalizar algún fragmento de esta obra, contacte con info@lastura.org.

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Resiliencia

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LA CARRERA Cuando rellenó la inscripción, supo que corría para defenderse de sí mismo. El comienzo le costó más trabajo de lo que imaginó. Los cambios bruscos necesitan de un periodo de adaptación. Los músculos reclamaban más oxígeno y el corazón debía de suministrárselo aumentando el ritmo cardíaco. No quiso que los compañeros y rivales cuestionaran su interés por hacerlo bien. Era una sensación parecida al miedo que sintió durante las primeras citas amorosas con su mujer. Una vez pasadas la incertidumbre y el desasosiego iniciales, mantuvo un ritmo alto de carrera. El avituallamiento necesario, la táctica a desarrollar..., todo lo tenía estudiado. No quería quedarse en los márgenes como le había ocurrido en otras ocasiones por su facilidad para disentir. Sin embargo, su ímpetu inicial empezó a decaer. La carrera era mucho más dura de lo que pensaba. No bastaba con intentar prepararse poco tiempo atrás. La meta aún quedaba lejos y la ilusión por terminar comenzaba a resquebrajarse. Las piernas amagaban con calambres, muchos corredores pasaban de largo, como si para ellos fuese un juego de niños. Tal vez, las normas del Cross fuesen leyes impuestas para ejercer justicia.

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Fuera de allí, no ocurría lo mismo. Las bellas palabras de la legislación ocultaban los hechos injustos que había padecido. Cuando apenas le quedaba una quinta parte de trayecto recorrido para llegar a la meta, se dobló el tobillo con tal virulencia que le fue imposible alcanzarla. La melancolía de una nueva derrota se hizo patente pero, a diferencia de momentos pasados, no cayó en la facilidad de ser injusto mientras la indignación estuviera presente. En contraste con su vida, no se sentía acusado de vivir fuera de la ley sin que le hubieran dejado estar dentro.

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EL TREN DE LA VIDA El tren, solo pasa una vez en la vida. Es mentira. Quizás no te espere, pero volverá a pasar. No existe un contrato estándar. Los tres deseos del genio, que con tanto ahínco pretendes alcanzar, son una escalera de caracol a ninguna parte. Ninguna autoridad religiosa puede enterrar tus grandes pasiones. Déjate llevar por la poesía y las novelas de excitantes aventuras. Escucha el susurro del viento, el silencio de la soledad, las historias de los marinos mercantes y las de los polizones. Pon grasa a tus zapatos. Deja de lado los arquetipos y besa con fuerza incluso a los cuervos. Todo esto que te cuento es para evitar que se te pare el reloj. El andén de los trenes perdidos no está en la esquina de la tristeza, ni en la calle del tedio. Búscalo en las avenidas del arrojo. El tren siempre retornará una vez más para llevarte a la casualidad de tu vida. No le tengas miedo. Cógelo por mucho que llueva ese día.

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EXTRAÑADO Al encontramos, me contó que viajaba con una maleta de sueños a medio hacer. Me extrañó esa rara aleación de candidez y la espectacular silueta en formato vectorial de la que parecía emerger. Fui valiente y le conté que despertaba sobresaltado y con la boca llena de miedo porque pasé la infancia y gran parte de la adolescencia huyendo de las voces que me gritaban: “eres un inútil, nadie te querrá”. Me aseguró que tenía remedio para mis males. Al principio, no la creí. Llevaba veinte años en guerra contra las malditas secuelas de las voces, pero una certeza y no la sacudida habitual del corazón me llevó hasta ella. Dos mudas, poco cariño en la memoria y una ilusión interior creciente fueron las pocas pertenencias que trasladé a su domicilio. Al principio, hubo muchas horas de sexo sofocante y amor sin formas. La pasión de la carne admite variantes tanto o más afectivas que las que ofrece la horizontalidad de un colchón. Ahora podría decirse que los dos hemos cambiado nuestro desnudo. Sigo sin saber por qué le quedaban tantos sueños por realizar. Me da la sensación de que también ella acumulaba algún tipo de derrota. Por fortuna, hoy esas cicatrices tienen olor a melancolía. 10


Las voces desaparecieron en cuanto el hábito de la ternura se instaló de forma permanente. Juntos hemos aprendido que sobrevivir es una batalla diaria que necesita de altas dosis de afectividad, confianza y generosidad para contrarrestar el egoísmo y la malicia que te pueden golpear desde diferentes frentes. Todos los días me despierta con un beso en la mejilla. Abro los ojos y contemplo el fondo cálido de los suyos. De fondo suena la melodía alegre de la mañana, la ciudad gris, los gritos: “eres un inútil, nadie te querrá” o la costra de desdén que solía pasear tan solo aparecen ya como parte de un mal sueño. Lo único extraño después del beso es que es ella quien me pregunta por mis anhelos.

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LA CHOCOLATINA Como un bigote a lo antiguo, debajo de la nariz. Ese era el modo con el que papá ocultaba su labio leporino. Me encantaba cuando era él quien venía a despertarme, “güenos días, qrincesa”. Con los ojos y una sonrisa que delataban modorra, le abrazaba el cuello y le daba un beso mientras me sacaba en volandas de la cama. Camino del colegio, papá siempre me daba una chocolatina. Era nuestro secreto. Ahora es el despertador quien me desvela. Mi madre se levanta más tarde y su nuevo compañero no soporta con elegancia sus dolencias. Quizá no sea una princesa, pero a diario me compro una chocolatina.

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LAS BRAGAS Nada más desembarcar, con la maleta donde llevaba los últimos vestigios de una relación sentimental fallida, conocí a Rosa. Fue en la cafetería del aeropuerto de Heathrow. Trabajaba como camarera. Creo recordar que era venezolana. No era Rosa, la Bella del Valle de la maravillosa novela La casa de los espíritus. Tampoco creo que sus sueños tuvieran un final tan trágico como los de Rosa, la Bella del Valle. Quedamos para cenar aquella misma noche en Trafalgar Square. Me contó que un día dejaría atrás su uniforme y cogería un vuelo a ninguna parte. Al terminar de cenar, tomamos más de una copa en un bonito pub llamado: “The Sherlock Holmes”. Me pidió ir a mi hotel. Se avergonzaba del piso y la habitación que compartía con dos chicas más en la periferia de Londres. Era tímida y más religiosa de lo que estoy acostumbrado a sobrellevar, pero me encontraba muy a gusto con esta sudamericana de grandes curvas corporales. El ruido de la ducha me despertó. Su ropa, a excepción de las bragas que aún permanecían en el suelo, estaba bien colocada en una de las sillas que tenía la habitación. Pensé en proponerle que me avi13


sara cuando fuese a sacar ese billete de avión a ninguna parte. Al salir de la ducha me dijo que debía irse. Tenía el cabello húmedo y un brillo espectacular en la piel. Mientras se vestía y acicalaba, entendí que todo esfuerzo para que al menos me regalase aquellas bragas sería inútil.

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MISTERIOSA INVESTIGACIÓN Según comentan, es incorruptible. En estos momentos, investiga una misteriosa desaparición. Está convencido de la existencia de una trama mundial manejada por una élite mafiosa. En su punto de mira están los que aprovechan la movilidad de las palabras para crear mentiras. En su última rueda de prensa, leyó una nota del desaparecido: “por un instante fui feliz en el sueño, pero al despertar me encontré como si estuviera salpicado por cagadas de palomas y temiendo retornar a aquellas lejanas desgracias que me contaban mi madre y mi abuelo. Parece ser que el desaparecido se había vendido, desconociendo que uno ya nunca vuelve a ser el mismo cuando cierra semejante acuerdo. Lo que sí está suficientemente probado es el miedo que le habían inoculado. Miedo al nitrato de los cementerios, miedo al infierno, miedo a la soledad en las salas de baile que la propia jet organiza; miedo a las prohibiciones, miedo a ser un héroe, miedos y más miedos. También se escucha del caso que nos ocupa que nunca se resolverá. El que no se corrompe, aunque no ceje en la búsqueda de la verdad, tiene a un superior hechicero. El truco estrella de este consiste en 15


encerrar en una jaula hermĂŠtica los derechos del desaparecido y hacerlos invisibles. No deja rastro y no se le pueden pedir responsabilidades.

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ORO LÍQUIDO Su mujer se lo recordaba diariamente: “te va a matar, después tendré que acarrear con las consecuencias”. Sentado en el porche de su vieja casa, bajo el sol del mediodía, la copa de vino le mantenía despierto y le ayudaba a sentirse de nuevo como aquel valorado cirujano cardiovascular que un día fue. Conocía los efectos beneficiosos de esa pequeña dosis de oro líquido. No entendía a su mujer, pero aquella mañana decidió hacerle caso. Se quedó dormido en su deslucida hamaca y, al despertarse, encontró el cadáver de su señora a causa de un infarto de miocardio.

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PAREJAS Lucía y Ángel parecían más contentos que nunca. A Lucía no le extrañó que él se vistiera elegantemente para asistir a un congreso. En las reuniones de trabajo hay que dar buena imagen. Ángel destacó lo alegre que se encontraba Lucía por el encuentro con una antigua compañera. Después de muchos años, Lucía iba a reencontrarse con su amiga Eva y su pareja, a quien conoció cuando iban juntas a la universidad. La promiscuidad y el liberalismo de su amiga en la ya lejana etapa universitaria las separó, aunque nunca llegaron a perder del todo el contacto. —No se te olvide que te quiero mucho —le dijo Lucía a Ángel al despedirse. —Siempre lo tengo presente, cariño. También yo te quiero mucho —contestó Ángel. Se besaron profundamente. Un beso largo y apasionado como el de Rhett Butler y Scarlet O´Hara, en Lo que el viento se llevó. Llovía. Ángel abrió su paraguas y caminó hacia el coche aparcado frente a la casa. Lucía pidió un taxi. 18


Lucía conoció a Iván, la pareja de Eva. Un chico encantador y muy sexy. Parecían estar muy enamorados. Lucía, Eva e Iván charlaron sin parar de sus cosas y de los acontecimientos más importantes acaecidos en el tiempo que llevaban sin verse. Lucía disculpó a Ángel por no acompañarla debido a las obligaciones laborales que no había podido eludir. Terminaron de cenar. Iván propuso ir a un pub de ambiente liberal para tomar una copa, así Lucía vería por sus propios ojos algunas de las vivencias que Eva y él le habían contado, como práctica más o menos usual en sus vidas. Al principio, Lucía mostró algunas reticencias, pero la curiosidad le ganó el pulso. Aquella noche se celebraba la fiesta del trío. Eva e Iván entraron en una de las jaulas oscuras a esperar que algún chico o chica les solicitase. Mientras, Lucía aguardaba en la parte exterior junto a la barra del bar, tomando un gin tonic y observando con asombro todo lo que allí ocurría. Muchas de las parejas que ocupaban las jaulas oscuras portaban máscaras por recelo a manifestar abiertamente su imagen. Eva e Iván no tardaron en dar el visto bueno a un chico que les había requerido. Lucía se sentía incómoda. Le puso un mensaje a sus amigos diciéndoles que se marchaba. Había salido al rellano de la calle

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del local, cuando un impulso repentino la llevó dentro de nuevo. Pidió otro gin tonic y una máscara para entrar en una de las jaulas oscuras a esperar que alguna pareja atractiva la pretendiese. Lucía aceptó a una pareja que acababa de entrar. Estando dentro los tres, Lucía escuchó cómo el chico le susurraba a la chica: —Tranquila, verás cómo te agrada, no se te olvide que te quiero mucho. En ese momento, Lucía se acercó al oído del chico y con voz suave le dijo: —Siempre lo tengo presente, cariño. Yo también te quiero mucho.

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RESILIENCIA Ella no tiene habilidad ninguna para recogerse el pelo. Sin embargo, posee la capacidad de tocar el corazón de la gente sin llegar a incendiarlo. Si pudiera elegir, preferiría gozar de más pericia en sus manos. Sabe que mirar con los ojos del milagro no es suficiente. Imagina que los dedos contienen una mayor concentración de bálsamo para curar heridas, mayor capacidad de entusiasmo y más talento en el manejo de la trama de las emociones. Ha pasado mucho frío, padecido la sutileza cruel de otros y, ahora, se niega a instalarse en cualquier esquina de una precaria alianza de felicidad.

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SOLEDAD Mi padre me contaba cómo el suyo repetía: “Pocas cosas ofrece la vida mejores que la de sentarse en un parque y dejarse llevar por todo lo que allí sucede”. Para mi abuelo lo más importante era percibir el olor de muchas flores diferentes. Instalado en una realidad de amor como pocas he conocido, de las que se disfrutan sin atenuantes. Junto a mi abuela, repartía migas de pan y trocitos de fruta a las palomas que le esperaban con paciencia. Años más tarde, cuando mi abuelo instaló su jardín en aquel lugar del que nada conocemos, mi padre siguió con la costumbre de sentarse en uno de aquellos bancos de la arboleda que frecuentaba su padre. Muy distinto a mi abuelo, mi padre se casó y se arrepintió antes de la tercera luna llena posterior a su matrimonio, pero permaneció junto a mi madre hasta que yo nací. A pesar de todo, mantenía la visión poética de lo que sucede en los parques. Lo había heredado de mi abuelo. Apreciaba el rumor de la lluvia tenue sobre los árboles y la hierba. A veces solía pasear y disfrutaba de un buen picnic siempre que el trabajo se lo permitía.

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Intenté mantener la tradición a la muerte de mi padre, pero no era capaz de discernir fragancia alguna. Imagino que la ausencia de unas manos femeninas sobre mis hombros tuvo algo que ver. Tampoco fui capaz de valorar el sonido del tintineo de las hojas cuando llovía. Esto último creo que se lo debo a mi obsesión por circunscribir el amor a una realidad turbia. Desde hace años, vengo al parque. Le hablo de mis cosas a la estatua situada en el centro de un pequeño lago artificial, sin obtener respuesta alguna hasta el momento.

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OBSESIÓN Su obsesión por lucir un vestuario con estilo le acabó matando. Diseñaba sus propios bolsos, sombreros, guantes. Todo estudiado hasta el más mínimo detalle para destacar sobre los demás. Criticaba a sus padres por vestir tan miserablemente, se daba aires de grandeza al pasar junto a sus vecinos y, de camino al trabajo, miraba con cierto despotismo la indumentaria de los transeúntes. Cada mañana, ocultaba los vómitos de sangre que le originaba cambiarse en el trabajo y salir a la calle con el mono oficial de barrendero.

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TROZOS DE OTRAS VIDAS Nuestro amor de moda murió. Somos trozos de otras vidas que inmortalizan aquellas carreras de las piernas tras las piernas, los dedos dentro de la boca camino al orgasmo; destruir tu paz hasta conseguir el éxtasis líquido o ganarte, palmo a palmo, entre suspiros y algún que otro temor. A veces, los deseos son tan irreales que el cuerpo tarda en asimilarlos como ficción. El infierno no es de fuego, ni queda lejos de tu ausencia.

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SU ÚLTIMA NOCHE La pena posee una carga magnética positiva. De otra forma no la hubiese echado de menos nada más despedirse. Lo primero que dijo al subir a la habitación es que esa sería su última noche. No intuí tristeza, pero sí un fondo de terror en sus palabras. Nada me extrañó. Siempre he pensado que la vida de una prostituta debe tener una existencia pequeña y mezquina. De los que pagamos, mejor no hablo. Al terminar de follar se fue como si quisiera huir de la misma muerte. A diferencia de la Cenicienta, olvidó un Smartphone. Las efusiones sentimentales hicieron que tardase en dejar la habitación con la intención de buscarla para devolverle el móvil que parpadeaba. Una calle más abajo, encontré su cadáver rodeado de policías y fisgones. Abrí el titilar del móvil y pude ver la imagen del esqueleto empuñando una guadaña.

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FLOR DE PRIMAVERA Todo será distinto cuando acabe de llover. Desde niño esa frase nunca ha dejado de perseguirme. ¿Qué quiso decirme mi madre? No tuve una adolescencia placentera. Me turbó comprender la pérdida de la originalidad de la infancia, tenía una percepción distinta de la amistad y nunca me gustó besar en público. Hay quien dice que soy flor de primavera. ¿Acaso no es la estación donde se florece?

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En

alguna ocasión le escuché decir “estoy tan sola que ya no me echo de menos.” Tiene un precioso hijo de tres años, un compañero sentimental en alguna parte del mundo y unos padres que la repudiaron cuando decidió vivir alejada del calor del que había sido su hogar durante veintiún años. Alimentar a su bebé y la ilusión por dejar atrás todos los sueños equivocados han sido los motores desesperados que durante dos años la han sumergido en la turbia realidad de la prostitución. Hace semanas que intenta olvidar ese cercano pasado presentándose a todas las entrevistas de trabajo a su alcance. Hoy la he visto entrar en un hotel tras la entrevista para trabajar en un McDonald's ¿Quizá para firmar contrato?

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LA SABIDURÍA DE LA PIEL El socorrista demostró su pericia con el boca a boca. Cubría mis pechos con una amplia secreción de semen para poder continuar con suaves compresiones torácicas. La médica ha sido, hasta el momento, quien mejor ha manejado el juego de la excitación, dejando que se alargara la inquietud con el buen hacer de sus manos y su boca. Los pezones y el clítoris recuerdan con entusiasmo las yemas de sus dedos y la punta de su lengua. Del deportista es de quien peores recuerdos tengo. Reconozco su avaricia trituradora que tan buenas sacudidas posibilitaba y la corriente eléctrica que me inoculaban sus sucias palabras al oído mientras penetraba y asestaba precisos cachetes en las nalgas. Mi actual pareja es un político que utiliza en la cama las mismas armas que frente a su electorado. Me dejo seducir, pero la piel es otra historia, almacena la sabiduría de su experiencia. ¿Pasará igual con los votantes?

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PACTO CON EL DIABLO Javier despertó confuso y sobresaltado en una cama que no era la suya. Toda su ropa yacía esparcida sobre aquella habitación que le parecía inhóspita. Sobre la almohada, en el extremo contrario a donde se encontraba, había una nota. Algún pensamiento o sueño extraño le hizo sudar e incluso le provocó cierta taquicardia. La noche de carnavales había sido muy larga. Recordaba que, junto a sus amigos, empezó a beber muy pronto y a fumar de manera compartida algún que otro porro de maría con la sana intención de echar unas risas. Llevaba un disfraz de corsario que le había costado semanas preparar. Los corsarios surcan los mares a la caza de tesoros y, como los buenos marineros, tienen un amor en cada puerto. No había otro disfraz que abarcara mejor sus intenciones. Las calles estaban abarrotadas de gente disfrazada. Una sucesión de barras repartidas por las plazas y callejuelas más céntricas permitían a la muchedumbre agolparse alrededor de ellas para gastarse bromas mientras escuchaban música y tomaban algún aperitivo. Javier repetía a sus tres amigos que debían desinhibirse. Estaban en la fiesta de Don Carnal. Los que la celebran tienen bula para el pecado de la carne. 30


Quique era el mejor parecido de los cuatro. Orgulloso como quien se sabe portador de una singular belleza. Él nunca daría el primer paso. El premio era él. A Javier, por el contrario, le gustaba meter baza. Siempre decía que el “no” ya lo tenía, así que no dejaba una al azar. Fran y su hermano Pao, dos años más joven, tenían muchas similitudes. A los dos les gustaba cantar los cuplés y pasodobles carnavaleros por la calle. Ambos tenían novia y, aunque una cana al aire siempre sería bienvenida, su principal objetivo era otro. Tras varios intentos que no cuajaron por parte de Javier, dos chicas disfrazadas de enfermeras se acercaron a escuchar cantar a Fran y Pao. Mientras compartían cervezas, canutos y bromas, ellas eligieron ser más amigas de Quique y Fran para desazón de Javier, que vio perdida una buena oportunidad. No había transcurrido mucho tiempo cuando Quique y Fran intimaron con las ayudantes de los médicos. Todo marchaba de modo alegre. Las calles vibraban al ritmo de la música, un colorido especialmente vistoso se adueñaba de la noche. Chicos y chicas se saludaban como si se conociesen de toda la vida. Las comparsas y chirigotas amenizaban la velada creando un ambiente mágico de camaradería. Quique y Fran estaban cada vez más acaramelados con el personal sanitario. Pao cantando y charlando con cualquiera 31


que se cruzara en su camino. Era Javier, el que a pesar de simular estar pasándolo bien se sentía un poco infeliz. Él era el que más lo había intentado y, sin embargo, eran sus dos amigos quienes estaban investigando con el lenguaje de las manos los cuerpos de aquellas dos simpáticas sanitarias. Pero la noche acababa de empezar y Javier intuía que el corsario que llevaba dentro lograría alcanzar el tesoro que tanto anhelaba. Mientras paseaban por las callejuelas estrechas y empedradas del casco antiguo de la ciudad, esquivando el tropel de gente de barra en barra en busca de otra copa, se permitió el lujo de rechazar o no intimar lo suficiente con una chica agradable y llamativa, por el simple hecho de que estaba un poco gordita y sus amigos se habían reído de su cuerpo. Javier era un gilipollas, la clase de gilipollas que delante de alguien nunca aceptaría una chica poco agraciada por muy interesante que ésta fuera. Pero sin cámara de observación, se acostaba hasta con los palos de fregona. Tan gilipollas, que siempre alardeaba de su hombría ridiculizando a los homosexuales. En uno de esos trayectos, con la madrugada bien entrada y un poco borrachos, Javier se dio de bruces con el diablo. Él jamás pensó que el diablo pudiera tener unos ojos inmensos y la mirada infinita de quien se sabe dotado por la naturaleza de un glamour distinto. 32


Calzaba zapatos de tacón rojos. Le sobresalían dos apéndices rojos en la cabeza con forma de cuerno y una larga cola roja desde las nalgas. La mano derecha sujetaba un tridente rojo y negro y la izquierda un vaso de cerveza. Las piernas cubiertas por medias de seda roja y el resto del cuerpo cubierto con un vestido rojo de satén corto, a la altura de las pantorrillas muy ceñido, mostrando un cuerpo de curvas angelicales y escotado, donde unos exuberantes pechos desafiaban la fuerza de la gravedad. Sin tiempo a que su cerebro pudiese poner en orden toda aquella manifestación de poder que se exhibía delante de sus ojos, el diablo en persona le ofreció un trago del vaso de cerveza que transportaba en la mano que no sujetaba el tridente. Pao, que iba a su lado, quedó extasiado ante semejante espectáculo. Tras un magreo ocular, Javier tomó la iniciativa: —Quiero vender mi alma. He oído, que a veces el diablo las compra. ¿Es verdad? —Cierto, el pacto es de por vida y queda cerrado cuando el diablo te muerde la lengua —contestó la persona que cubría aquel disfraz tan exuberante con la seguridad de quien da sustento emocional a quien más lo necesita. Al mismo tiempo, Pao animaba el encuentro con una risa que no escondía la envidia de quien también 33


daría el alma y algo más por pactar con aquella diablesa. Pocos minutos después, llegaron Quique y Fran cogidos de las manos de sus respectivas enfermeras. No tardaron en darse cuenta de que Javier había logrado descifrar el mapa del tesoro que todo corsario guarda entre sus pertenencias. Javier hizo la ronda de presentaciones. Todos saludaron efusivamente a la nueva compañía. A estas alturas de la noche cualquier manifestación era celebrada con gran exaltación. Cada vez con más asiduidad, las parejas establecidas entre corsarios, enfermeras y el diablo conseguían escabullirse del grupo durante unos minutos para fortalecer sus lazos de amistad. Javier, acostumbrado a tomar siempre la iniciativa, se sentía el rey del mambo por los halagos que en esta ocasión recibía sin apenas esfuerzo por su parte. Quique y Fran llevaban media hora desaparecidos en el fragor de las batallas de amor. Pao empezaba a tener la sensación de que su compañía podía estar retrasando el desenlace del pacto entre un corsario y el diablo, así que decidió retirarse con pena, pero con la sensación del deber cumplido. A un amigo no se le puede fallar en determinadas ocasiones. Era muy tarde, tan tarde que era temprano. El diablo y Javier no escondían ya su deseo de comerse el uno al otro. Javier confesó que se moría de ganas 34


de besar centímetro a centímetro todo el cuerpo del mismísimo diablo. Por su parte, el diablo no se amedrentaba y le propuso acabar la noche de manera salvaje en un hostal que no quedaba lejos de donde se encontraban. —Me iré pronto. Hasta el diablo está sujeto a la esclavitud de un horario laboral —le confesó a Javier. Javier necesitó ayuda para subir las escaleras que conducían al infierno deseado de aquella habitación situada en la primera planta de un viejo edificio. Había bebido y fumado en exceso a lo largo de toda la noche. Pero él moriría con las botas puestas. Al entrar en la habitación, sin tiempo de respuesta, el diablo se echó encima de Javier, que no estaba ya casi para nada, pero que se aferró a los glúteos y pechos de aquel demonio tan atractivo. Se besaron con insidia, rieron sin buscarle demasiada explicación y follaron en la medida de sus posibilidades hasta que Damián, que así se llamaba aquella diablesa, tuvo que irse a trabajar. Antes, acostó a Javier y le dejó una nota con su nombre y número de teléfono por si no se arrepentía de haber vendido su alma al diablo.

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ÍNDICE

7 9 10 12 13 15 17 18 21 22 24 25 26 27 28 29 30

La carrera El tren de la vida Extrañado La chocolatina Las bragas Misteriosa investigación Oro líquido Parejas Resiliencia Soledad Obsesión Trozos de otras vidas Su última noche Flor de primavera En alguna ocasión La sabiduría de la piel Pacto con el diablo

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Tantolosmicrorrelatoscomolos

r e l a t o sd e An t o n i oJ o s é Ro y u e l a a t e s o r a nl af u e r z ad el od i r e c t o ,d e l e n r e d ob i e nt e j i d od el at r a mayd e l s o r p r e n d e n t efin a lt a nc a r a c t e r í s t i c o d el a sh i s t o r i a sb r e v e s . LLÜI SALLADÓ

EDICIÓN NOVENAL

Profile for Lastura Ediciones

"Resiliencia" de Antonio José Royuela  

Libro de relatos y microrrelatos de Antonio José Royuela publicado en la colección Alquisa de Lastura Ediciones.

"Resiliencia" de Antonio José Royuela  

Libro de relatos y microrrelatos de Antonio José Royuela publicado en la colección Alquisa de Lastura Ediciones.

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