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La Sombra 13 Alfonso Aguado, Luis Benítez, Aaron Coleman, J. Antonio Llera, Juan Carlos Mestre, Ruth Miguel Franco, Vicente Luis Mora, Wislawa Szymborska...

La Sombra n.º 13. Año VII. Junio de 2010. ISSN: 1697-8714

Leer a Marcos Ana (por Santos Jiménez), Miguel Hernández (Jorge Urrutia), Nordbrandt (Vega Cerezo). Homenaje a Laura Gallego.


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Editorial Casa encendida Alfonso Aguado: “Poemas desde mi jardín” Luis Benítez: “La renga” Aaron Coleman: “Opening” J. C. Mestre y J. A. Llera: Keats y Kafka Ruth Miguel Franco: “Litofanía” Vicente Luis Mora: “Calle Pozo” Wislawa Szymborska: Tres poemas

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Hada cibernética Gonzalo Escarpa: “Poesía visual” Daniel Orviz: Videopoema “Niña de la Cueva” Sandrasindemo: Videopoema “Lascrima”

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Ensayo Vega Cerezo: Adondequiera que Nordbrandt Santos Jiménez: Palabras para Marcos Ana Jorge Urrutia: Prólogo a Obra poética completa de Miguel Hernández

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La sombra más joven Guillermo Digiuni, Ainat Fees, Iván Fernández, Roberto Ferrer, Nephtalí González, Óscar González, Juan Manuel Pérez, Vilma Osorio, María Ramos, Xiwaka. Nadia Cortina, Elena Martín, Paloma Sánchez. Especial Laura Gallego

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Libros amigos

La sombra, nº. 13. Año VII. Junio de 2010. Revista semestral de poesía. ISSN: 1697-8714 www.lasombradelmembrillo.com Consejo de Redacción: Isabel Castells, Lidia Campo, Marta Contento, Nadia Cortina, Elena Martín, José G. Moya, María Pérez, Paloma Sánchez, Anabel Sánchez Sierra, Adrián del Saz. Cabecera: Jose Gil Romero. Ilustración de portada: “Vertold”, de El Desatascador de Gigantes, cortesía de Javier Botet. Dirección: Juan Antonio Cardete y Arantxa Oteo. IES Antonio López (Getafe, España)

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Editorial Cuando llega la última pieza del puzle que es una revista, todo tiene sentido (tantas batallas aparentemente sin sentido en nuestro recorrido vital diario...). En este caso, una de las últimas piezas de este número 13 de nuestra Sombra ha sido un mensaje nada menos que del último Premio Nacional de Poesía, Juan Carlos Mestre, que nos regala bálsamo contra la indiferencia con cumplidos como estos: "muchas gracias por el poema espléndido de Llera, la delicadeza de vuestra página... todo adquiere en vuestras manos una súbita cualidad de bien, y de no ser por el pudor que ello implica pondría aquí aplausos a vuestro trabajo; los pongo a pesar de todo sabiendo que los traduciréis a abrazos fraternos, a gratitud de la misma verdad con la que está hecha vuestra belleza sin sombra". Cómo añadir nada más. Tan solo recordar la emoción de encontrar nuevos talentos en el camino. Por ejemplo, el de Javier Botet, excelente ilustrador, Frankenstein genial en la reciente versión escénica de Gustavo Tambascio. De su proyecto personal El Desatascador de Gigantes, Botet nos ha permitido rescatar para nuestra portada 13 este Vertold, "animal de carga pacífico y dócil óptimo en expediciones por su bajo consumo y alto rendimiento. Su mayor fuente de energía es el cariño y en general toda muestra de amor". Según Eduardo Punset, nuestro máximo divulgador científico hoy en día, "la reforma educativa de los próximos cincuenta años a escala mundial se caracterizará por una reforma radical de la profesión de maestro…¿Cuál será su misión en el futuro?… ¿Pertrechar las mentes de sus estudiantes? No. Reformar sus corazones." En esa dirección sigue avanzando nuestra Sombra.

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Casa encendida Alfonso Aguado POEMAS DESDE MI JARDÍN

4 Formo parte de estos árboles, de estas plantas. Tumbado sobre la hierba y las hojas caídas me doy a las cochinillas y a los ciempiés. A mi izquierda mil campanillas me saludan, dos grajillas desde la higuera y un viejo tronco con carcoma. Sigue sin peces la pecera y yo sin la esperanza de volver a verla.

6 Llegará el día en que una plaga de langostas devorará el verde de la vida. Las malvas crecerán en mi cuerpo repletas de chinches. Me pintarán de amarillo. El jardín será un cementerio donde los escarabajos deambularán a sus anchas. El color verde de las chinches hediondas reinará. Y la luz de las luciérnagas será la única luz.

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22 No necesito viajar. El viaje está en uno mismo. Mi jardín es un barco. Con él viajo a las estrellas. Alfombras voladoras son las hojas de mi higuera. Un manzano tengo para pecar y suficientes lienzos para plasmar el color de todos los viajes. El cuervo que llevo dentro es capaz de entonar todos los sonidos del mundo. Vivo creyendo vivir todas las vidas. Me siento mi indispensable amigo.

36 Grama, petunia, lluvia de oro, desencanto. Agarrado a la belleza, la inspiración con su atuendo ocre llueve en mi cabeza versos de azafrán. Todo se impregna de un amarillo tedioso. Garra, mujer, hojas caídas, lloros. Abrazado a la rama verde, sobre el bulbo de los lirios espero el lila de su flor para dar contraste al ámbar de mi existencia.

Alfonso Aguado Ortuño (1954) es un valenciano de Picassent de mente y mirada inquieta. Con ascendientes en el mundo de la creación (música, pintura, teatro, literatura), su formación en Ciencias Empresariales ha terminado sucumbiendo ante su pasión por el arte. Artista plástico y visual, su necesidad de crear abarca también el territorio de la poesía. Nuestra Biblioteca de la Sombra ya publicó su libro Otra poesía. Ahora en papel, Aguado publica su tercer poemario, Poemas desde mi jardín (Elche, Ediciones Frutos del Tiempo, 2010), pleno de sabio manejo del lenguaje para cantar la fusión con la naturaleza hecha entraña cotidiana. Para profundizar en sus obras: www.alfonsoaguado.com www.librodearena.com/alfonsoaguado http://alfonsoaguado.blogspot.com

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Luis Benítez LA RENGA Tan quemada en este mundo, como el Amor Real en una sola canción de las radios populares. Tan odiada la esclava, la negra, la fregona, que sus patrones la desfloran cada noche y ella, pendiente de aflorar en una sílaba casual, ella, la pobre, que arde –ahora– sólo en sombras. Desnudo en la cocina él juramenta, después de los whiskies, que una sola cuestión de fe todavía hay por la Tierra. Tan indefensa en sus manos de beodo brilla ética, por sobre todo ética, la inútil fragua de imágenes, la renga.

LA MOFETA DE JUAN CRISTOBAL era un niño cuando su camino se cruzó con el mío y ya llevaba tozudamente prisionero –sujetado siempre con una correa para perros– aquel hermoso animal blanco y negro al que naturalmente le daba un nombre ridículo y decía sonriente que su padre (un impúdico veterinario) le había extirpado “las glándulas de veneno” la mofeta de juan cristóbal esa bestia amputada en su traje de presidiario mordisqueaba las rosas de todos los jardines

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como si envidiara su perfume y olía cuanto encontraba tal vez buscando su propio definitivo hedor perdido para siempre era odiada por todos ya que sus garras agudas destrozaban los canteros y daban vuelta los ladrillos colocados ex profeso para caminar por ellos atravesando las calles de tierra cuando la lluvia inundaba los senderos del pueblo ello solo y la mala prensa de ser una mofeta bastan para convocar el odio de las multitudes todos alguna vez fuimos la mofeta de juan cristóbal inerme bola de pelos privada de toda arma un granjero la mató a escopetazos una tarde en que su dios el niño dormía: despertó en un sueño donde el animalito ya no existía y me vio y lloró no por el animal indefenso sino por lo que su infancia había perdido cría de otro animal más fuerte que una mofeta indefensa la culpaba sin saberlo de haberle hecho daño patas arriba junto a una cerca que se llenaba de moscas una definitiva maldad camina entre las cosas

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EN EL ARDUO ANIVERSARIO DE UNA BODA “Después de la primera muerte ya no hay otra” Dylan Thomas

Nuestra generación fue un puñado de hombres solos, una pizca de mujeres destruidas, un manojo de nadas sin zapatos, el racimo de las viñas de la ira. Yo que agonizo me permito evocarte aunque mi recuerdo te cause asco, nena, asco profundo, como causa asco la inmunda mermelada que transpiran los siempre equivocados porque aman demasiado, aunque el credo y el miserere que rezamos siempre tú y yo solos en dos noches separadas a sabiendas por nosotros –tuyo el creo solo en mí y mío entero el miserable de mí– desde entonces dicen que nunca nunca se ama demasiado: ¿o no será acaso, en lo profundo, lo que nadie puede ver, al revés el oscuro latín de lo real? Concentrado todo da pavor en el urgente fin de siglo, hay que terminarlo de un modo o de otro y éste es el fúnebre galán de la fiesta, vestido para la fecha que ya un cuarto de centuria arranca. Lástima, en september love, que no fue aquélla ni ésta mi noche de septiembre. Una sangrienta primavera baja sobre la noche del suicida y la náusea habita desde entonces cada esponsal. Creo ver a tu padre muerto con su dedo hundir la hondura a donde dio la noche, a la loca de tu madre pegándote en la cara el monograma indeleble de otra loca en su progenie. Creo ver a unos muertos celebrar la boda, mi ojo derecho –el que mira al olvido– arranca del olvido precoz

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la sonrisa que perfora la vergüenza. Mi ojo izquierdo, el que mira a la vejez, arruga del futuro, verruga de lo que fue terso, se complace en las vísperas anticipando tu rostro y el mío entre las llamas arder como dos fotografías viejas. ¿Fui el fantasma de la noche y de las noches luego felices, las noches y las tardes en que engendraste a tus hijos? ¿No fui acaso el olvido y lo reído por los esposos, cuando la burla a los que pasaban raudos en el tren, un rostro tiznado de furia asomándose desde la locomotora, el primero de los que veían desnuda a la virgen loca bailar con el idiota? Dame al menos ese miserable papel en tu vida, el del diario arrugado que se aleja por la ruta que lleva a un pueblo de cobardes la noticia titular que yo lamento. Dime, hoy muda calavera de lo que amé hasta la esquina misma del infortunio, si yo, que albergo esta pecera de imágenes donde hasta cabe Virgilio, no era entonces, en la riente oscuridad, entre los labios de la muerte que en la florida edad todas las señas tienen de la vida, sino lo ridículo y eterno donde lo llorado llora lo que no ve de sí, ese sí mismo. Mátame. Pero no de a poco, como la vida. De una palabra mátame. De una mirada sola.

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EL EXTRAVAGANTE VIAJERO, RIO ARRIBA Entonces lo vi en el agua aceitosa, regalo de la industria y del odio a lo vivo, remontando río arriba la corriente: el salmón imposible, un monstruo musculoso ornado de verdes y violetas, de naranjas y rojos, en la librea que sólo presta el deseo a los ansiosos por reproducirlo a toda costa. Insólito tornasol entre la basura del río condenado, como un hombre empecinado en encontrar el camino que le diga “soy tu vida”, un regalo para la candidez empecinada en creer, un estímulo para los músculos tensados bajo las ásperas escamas, una sobredosis de hormonas inundando el cerebro diminuto. Y esa boca abierta al deseo de respirar todavía algo más de su último día, guardaba la postrera sílaba de aquellos que no se dejan vencer ni por su propia idiotez ni por las aristas de los muelles donde nunca paran, donde jamás por cosa alguna se detienen.

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UN INSECTO EN ENERO mínima en la ventana una presencia activa apenas diferente del aire en su elemental dibujo más seis patas y dos alas que el cuerpo verde apenas una línea que atravesó millones de años en su aleteo desde los ollares de los dinosaurios hasta el sobrio y frío presente en mi ventana nunca fue más grande y jamás abundó: cuando plantas que hoy son la hierba alcanzaban alturas y redondeaban formas colosales unos pocos como él se elevaban hacia las lejanas copas con no poco esfuerzo de esas mismas delicadas membranas que frente a mí apenas mueve o que reposan allí donde refleja el todo otro vasto mundo que también le pertenece su victoria hecha de un silencio seguro como todas las cosas.

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EL COTILLÓN DE LAS TINIEBLAS Las llaves rotas, las monedas sin valor, esos teléfonos anónimos recobrados de un bolsillo, el polvo de las paredes, de los muebles, las ventanas. El polvo que cubre toda la tierra como un segundo mar, en seco. Una mancha en la ropa que continúa en la carne, un grito y después un susurro y después el silencio que a duras penas se disfraza de resto de la tarde. Un llamado sin voz, despertarse buscando un algo indefinido que a nuestro lado se desangra y difumina y que olvidamos por grados. Lo que nos amenaza desde una mosca chillando furiosa en la cortina. Una misma situación, las idénticas palabras, que cada cuatro exactos años se repiten con la morosa precisión con la que baja, de nuevo, un ascensor. Las cosas que nos miran fijamente, desde las vidrieras cerradas, cada vez que pasamos haciendo la penosa pantomima de ignorarlas. Alguien que nos observa desde un lejano edificio, exactamente cuando vemos sin oírlo que nos está diciendo algo. El compacto horror de la tortuga que nos devuelve al jurásico.

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LA PREGUNTA ¿Y el ocaso rompiéndose en oro rojo, inmutable, más allá de la historia de la poesía de Oriente y de Occidente, el ocaso de oro rojo, inalcanzable, el rojo de un astro roto fracturado contra el borde del mundo, eso que es lo único y lo primero, en lo que veo? Cuando, auténtico y entero, aquí, aunque se haya vuelto casi la noche, aquí en los versos lo requiero.

El poeta, narrador, ensayista y dramaturgo Luis Benítez nació en Buenos Aires el 10 de noviembre de 1956. Es miembro de la Academia Iberoamericana de Poesía, Capítulo de New York, (EE.UU.) con sede en la Columbia University, de la World Poetry Society (EE.UU.); de World Poets (Grecia) y del Advisory Board de Poetry Press (La India). Ha recibido el título de Compagnon de la Poèsie de la Association La Porte des Poètes, con sede en la Université de La Sorbonne, París, Francia. Miembro de la Sociedad de Escritoras y Escritores de la República Argentina. Ha recibido numerosos premios nacionales e internacionales por su obra literaria, entre ellos el Primer Premio Internacional de Poesía La Porte des Poètes (París, 1991); la Mención de Honor del Concurso Municipal de Literatura (Poesía, Buenos Aires, 1991); el Segundo Premio Bienal de la Poesía Argentina (Buenos Aires, 1992); el Primer Premio Joven Literatura (Poesía) de la Fundación Amalia Lacroze de Fortabat (Buenos Aires, 1996); el Primer Premio del Concurso Internacional de Ficción (Montevideo, 1996); el Primo Premio Tuscolorum di Poesia (Sicilia, Italia, 1996); el Tercer Premio Eduardo Mallea de Narrativa (Buenos Aires, período 1995-1997); el Primer Premio de Novela Letras de Oro (Buenos Aires, 2003); el Accesit 10éme. Concours International de Poésie (París, 2003) y el Primer Premio Internacional para Obra Publicada “Macedonio Palomino” (México, 2008). Sus 24 libros de poesía, ensayo, narrativa y teatro han sido publicados en Argentina, Chile, España, Estados Unidos, México, Venezuela y Uruguay. Obras suyas fueron traducidas al inglés, francés, alemán, italiano, holandés, griego y macedonio. Colaborador de nuestra Sombra desde hace años, nuestra Biblioteca de La Sombra tiene el privilegio de haber publicado en 2005 un libro digital con poemas suyos. Ahora nos regala este collar brillante y doloroso de magníficos poemas.

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Aaron Coleman Opening For the longest time I didn’t realize that when I was talking I was opening things, rearranging space for beings being shifted on a page on a stage in a book in a crowd in a smile in a mind in an eye. Free verse stretching to be freed verse without rehearsing the words first I heard her verbs whisper across my temples, seeking sanctuary; Queendom being the poem. Its femininity pricking my masculinity, slipping slick over skin into my eardrums ‘til I feel two tears leak and fill my dimples, my fingers stabbing sporadicallly at sound in air - I smell the salt of tears at my thresholds. I follow my dog’s nose, let it make sense of scents and lead me towards voices and noise while my mind is stuck smiling crying pleading with Osiris, the Lord of Silence, “Why?” I wonder why so easily my voice gets hoarse, studying Horus, wandering from the designated path – no – I ran wildly from it – screaming off into the distance with no shoes. The palest skin of me battered against sand and concrete until I was out of breath stopped breathing, stopped waiting for the rhythms of heartbeats unleashed the variance of my staccato bravado mezclado con ideas e idiomas nacidos encima de una onda furiosa, soplando y bailando a través de un viento tan puro tan salvaje tan bello tan beautiful so beautiful so lost and longing, alone and throbbing, believing in the open edges of nothingness, living there with Adrienne’s wild patience bleeding out my eyes - fireflies spurting from my ears if not schizophrenic then shattered consciousness out loud in cacophonous sounds bound up, in and around thoughts; they force the neck to crick, find beats in the rhythms of dandelions flitting gently in a low breeze in the thunder flush of gushing faucet water against Grandma’s plaster bathtubs in the creak of aged wooden floors lapping Baba’s paper-skinned feet in the dark. We can whisper out in the open there, in those moments talking jive maybe, to ourselves or some other. Still, listen closely to your twisted fingertips tattooing a page, but don’t stop there; notice, become aware, make ready, listen and feel yourself opening.

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(stil I wonder) are we colored or colorful? Color-filled or just accented in tint or shade or hue? You tell me ‘cause I don’t know.

(todavía me pregunto) somos de color o coloreados? Llenos de color o solamente acentuados por el tinte, la sombra o el matiz? dímelo tú porque yo no lo sé.

Aaron “Three” Coleman (1987) es un poeta de Detroit, Michigan (EEUU). Es licenciado en Psicología, Antropología y Sociología en Kalamazoo College, Michigan. A través del vehículo de la poesía Aaron intenta ayudar a convertir los ambientes del escenario, el taller, la tertulia, el aula y la “jam session” informal en una mezcla única de poesía que llega a los oídos, los ojos, y los corazones de un público diverso. En la tradición de filósofos y académicos como W.E.B. Du Bois y Paul Gilroy y de escritores come Langston Hughes, Saul Williams, y Terrance Hayes, Aaron ya ha viajado para recitar su poesía en los EEEUU, Sudáfrica, y España. Sus experiencias compartiendo y recitando con poetas de tres continentes conforman e inspiran su poesía, que viene de una perspectiva global tanto como de la Diáspora Africana. Después de su año como becario Fulbright en España durante este curso, va a quedarse en Madrid como profesor de inglés en un instituto bilingüe, donde continuará persiguiendo su sueño de llevar la poesía más cerca de la gente que todavía no ha tenido la oportunidad de darse cuenta de que la poesía es una forma de expresión abierta a todos. Su primera colección de poesía, que fue su tesis en Kalamazoo College, se titula Black is the New Black: 21st Century Middle Passages in Identity (Negro es el Negro Nuevo: Ritos de Paso en Identidad durante el Siglo XXI), ganó en 2009, entre otros, el premio universitario Maynard Owen Williams a una producción artística que se haga eco de las experiencias vividas en el extranjero.

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Juan Carlos Mestre La tumba de Keats, de Juan Carlos Mestre, es uno de los libros más plenos de los últimos veinte años. Fue escrito durante la estancia de Mestre (1997-8) como becario de la Academia de España en Roma, la ciudad que vio morir al joven poeta romántico John Keats (1795-1821). La tumba del cementerio protestante de Roma, donde está enterrado el poeta, contiene el epitafio que Keats pidió: “Here lies one whose name was writ in water” (”Aquí yace alguien cuyo nombre fue escrito en el agua”). Despreciado en su época, maltratado por la crítica, derribado por la tuberculosis, Keats es hoy considerado uno de los autores imprescindibles del Romanticismo europeo. Hemos invitado al filólogo y poeta José Antonio Llera a escribir unas líneas como homenaje a nuestro admirado libro de Mestre. De la chispa de la conjunción Mestre-Llera ha nacido el poema en prosa de Llera que publicamos aquí en el que se cruzan dos ilustres K: Kafka y Keats.

LA TUMBA DE KEATS [FRAGMENTO]

Todo el tiempo que viví, toda la geografía de desavenencias, hierros, fechas, todo el tiempo está aquí en el atardecer de este pájaro pintado por la mano del Giotto. Soy el individuo, el adicto a la melancolía al cerrar una puerta, el que se contradice y vacila, el que oye la aurora con voz de mujer que despierta, me parezco al paraguas que llevan los revendedores en las regiones húmedas, me parezco a la bruma que le brota de los ojos a las muchachas que han nacido en el campo, he dormido con la brevísima en el domicilio de la brevedad, he escrito mi nombre en la arena, la marea ha subido, ha llegado el agua, ahora puedo contemplarme en lo desaparecido hasta embellecer lo exhausto, ahora igual que un aullido mi conciencia se debilita a lo lejos como luces de una bahía, soy el individuo.

Juan Carlos Mestre, La tumba de Keats. Madrid: Hiperión, 1999. (Hay una nueva edición en Hiperión en 2007 y otra de lujo en Lunwerg –2004–, con fotografías de Robés como la que incluimos aquí por cortesía del autor).

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JoséAntonio Llera FRANZ KAFKA VISITA LA CASA DE JOHN KEATS EN ROMA Para Juan Carlos Mestre

En Roma o en Praga, Keats y Kafka manchan de sangre los pañuelos cuando tosen, abren todas las ventanas, queman alegres los sudarios. Han decidido regalar sus medicinas a los insomnes de los calabozos, a los relojeros que perdieron el pulso en las guerras. –¿Ha llegado ya la carta que esperabas, Franz? Keats escribe a su hermana en sílabas de hueso que cuenta con los dedos. Kafka calla y escucha, sin levantar la vista, arrugando entre sus manos la tinta de Milena. Los transeúntes ocultan grandes alijos de estreptomicina dentro de los vagones, mientras Keats lee a Homero por la noche, pensando en túneles y en el misterio perpetuo de las larvas. Conviene siempre regresar al cansancio de las cocheras vacías y de la fruta, adelgazar deprisa. –He limpiado los tapices, he mandado barnizar todos los muebles de la casa. Hoy iremos a remar, John.

(Inédito) José Antonio Llera, 2010.

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Ruth Miguel Franco PRIMERA ARRUGA oh la eterna oh su amor por estos frutos nada te prometí oigo en el espejo yo no te pido nada respondo más que seguir tus huellas

LITOFANÍA (AGLASUN, 2008) quién apartó la tierra quién es el sorprendido hacen falta ocho personas para mover el dedo del último Antonino, Marco Aurelio vivamos de este modo rectamente en el espacio de luz entre descensos: justo es querer ser grande saberse piedra

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LAS CRÓNICAS ENTERRADAS DE ASURBANIPAL prohibiré que entierren como a niños a aquellos que sabían unir letras deberán yacer mirando arriba sin monedas en los ojos sin ungüentos entre lengua y paladar los dedos libres sólo es verdad lo que recibe la tierra sólo dura lo que ama la tierra la invencible tendrá siempre con ella a mis cantores

AESTHETICIÉN como una piedra yo te voy a enseñar sobre el espejo a saltar dos tres veces antes de hundirte

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ÚLTIMO ENCUENTRO reventó inmunda la hybris salió el mar al encuentro de la torre que llegó a besar los cielos toda barcas se ahogó la infantería en medio del océano y Jerjes varado en Normandía lamentaba a Babel mesando sus cabellos el resto se dispersó cargó a la espalda sus cacharros de peltre y sus colchones el castigo excede la medida no entendemos tampoco los caminos

Ruth Miguel Franco (León, 1979) vive y trabaja en Italia. Ha traducido desde epistolarios visigodos hasta poetas contemporáneos (W. S. Merwin, Louise Glück). Sus textos han sido incluidos en diversas revistas (Algrano, Mombaça, Drama) y en antologías como Cuento y poesía juveniles: León, 1979-1996 (Antología), ed. Cátedra, y Voces Nuevas. Selección XXIII, ed. Torremozas. Ruth ha querido regalar a La Sombra estos inéditos que rebosan sensibilidad y cultura intensamente vivida.

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Vicente Luis Mora CALLE POZO Él se acercó despacio muy despacio mirada al suelo hacia la barra tanteaba al tacto los billetes dividía entre copas y las horas serán doce en total bourbon con cola con suerte tres horas y media hasta que llegue el sueño o el delirio y si es posible los dos ojalá no estuviera aquí sabes? me gustaría estar en la montaña entre árboles verdes como los ojos de esa mujer chimenea y alguien como ella eso quería decirle al camarero éste le trajo un bourbon pepsi cola casi aciertas le dijo en voz muy baja por si acaso éste le alcanzó la cuenta a los veinte minutos ella se rindió ya qué más daba soy sospechosa mala mujer por estar aquí a estas horas supongo que él no está para dar lecciones el tiempo es para todos para todos igual sí es martes dos de la mañana para todos oye supongo que nadie te ha invitado esta noche a una cabaña chimenea troncos árboles fosforescentes como mis pupilas por qué no vienes? él contestó sí vale bien te aceptaré esa copa y el camarero celestina muda de rostro blanco y negro entre tinieblas hoy quemarán las naves de la noche en un hogar son perdedores sí mira se van se pierden juntos

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ALTARIA MURCIA-MADRID Salimos de una zona muerta, que es como suelen llamarse en Estados Unidos a esas zonas geográficas donde no hay cobertura para los teléfonos móviles, y todos los receptores comienzan a crepitar. Avisos de disponibilidad, mensajes retrasados, noticias de llamadas perdidas, nuevas llamadas entrantes. Los bips nos sacan de nuestro sueño de tranquilidad individual y nos sitúan de nuevo en la presencia de los otros lejanos. Te he llamado, devuélveme la llamada. Te espero, necesito unos datos, pienso en ti. Dejamos de estar súbitamente en el plano sembrado de molinos eólicos y pasamos a estar en otro lugar. Madrid se introduce bruscamente en el paisaje, sus calles borran el paisaje tras las ventanas y lo sustituyen. Nuestro compañero de butaca desaparece y nuevas presencias son convocadas a través del médium portátil. Dejamos de ser nosotros y estar simplemente aquí para estar en el mundo. Suspiramos porque llegue pronto la siguiente zona muerta. De Circular. Centro (inédito)

La obra de Vicente Luis Mora (Córdoba, 1970) es referencia imprescindible para quien desee conocer la más interesante poesía, crítica y narrativa en español en el siglo XXI. Experto en nuevas tecnologías, Doctor en Literatura Española Contemporánea, Licenciado en Derecho y con estudios de Filosofía, sus críticas se han ganado el respeto de muchos (visita obligada: Diario de Lecturas). Igual interés encierra su obra poética (desde el Premio Arcipreste de Hita Mester de cibervía, 2000, hasta Tiempo, 2009, ambos libros editados por Pre-Textos) y narrativa (con Circular, “uno de los volúmenes más originales publicados en España en los últimos tiempos” según Germán Gullón; con su recientísima Alba Cromm, Seix-Barral, 2010, reflejo de su permanente actitud de investigación). Tras su implicación en numerosos talleres y proyectos culturales, en la actualidad es Director del Centro del Instituto Cervantes en Albuquerque (New Mexico, Estados Unidos). Ha tenido el tiempo y la generosidad de regalarnos estos textos para nuestra Sombra). Para saber más: http://www.vicenteluismora.com http://vicenteluismora.blogspot.com Pueden leerse las primeras páginas de Alba Cromm en esta dirección de ABC: http://www.abc.es/gestordocumental/uploads/Cultura/alba-cromm.pdf

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Wislawa Szymborska ADOLESCENTE ¿Yo, adolescente? Si de repente, aquí, ahora, se plantara ante mí, ¿tendría que saludarla como a una persona próxima, a pesar de que es para mí extraña y lejana? ¿Soltar una lágrima, besarla en la frente por el mero hecho de que tenemos la misma fecha de nacimiento? Hay tantas diferencias entre nosotras que probablemene sólo los huesos son los mismos, la bóveda del cráneo, las cuencas de los ojos. Porque ya sus ojos son como un poco más grandes, sus pestañas más largas, su estatura mayor y todo el cuerpo recubierto de una piel ceñida y tersa, sin defectos. Nos unen, es cierto, familiares y conocidos pero casi todos están vivos en su mundo, y en el mío prácticamente nadie de ese círculo común. Somos tan diferentes, pensamos y decimos cosas tan distintas. Ella sabe poco, pero con una obstinación digna de mejores causas. Yo sé mucho más, pero, a cambio, sin ninguna seguridad.

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Me muestra unos poemas escritos con una letra cuidada, clara, que no tengo ya desde hace tiempo. Leo y leo esos poemas. A lo mejor este de aquí, si lo acortáramos, y lo corrigiéramos en un par de lugares. El resto no augura nada bueno. La conversación no fluye. En su pobre reloj el tiempo es barato e impreciso. En el mío mucho más caro y exacto. Al despedirnos nada, una especia de sonrisa y ninguna emoción. Sólo cuando desaparece y olvida con las prisas la bufanda. Una bufanda de pura lana virgen, a rayas de colores, hecha a ganchillo por nuestra madre para ella. Todavía la conservo.

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IDEA Me vino a la cabeza una idea ¿para un verso?, ¿un poema? Muy bien –le digo–, quédate, hablemos. Tienes que contarme más de ti. Ella me murmura algo al oído. Ah, se trata de eso –le digo–, interesante. Desde hace mucho me preocupa ese asunto. ¿Pero un poema sobre eso? No, seguro que no. Ella me murmura algo al oído. Eso es lo que tú crees –le respondo–, sobrestimas mi capacidad y mi talento. Ni siquiera sabría cómo empezar. Ella me murmura algo al oído. Te equivocas –le digo–, un poema concentrado y breve es más difícil de escribir que uno largo. No me tortures, no insistas, porque no va a salir bien. Ella me murmura algo al oído. Como quieras, lo voy a intentar, ya que te empeñas. Pero de antemano te digo lo que va a pasar. Ya verás, lo escribo lo rompo y lo tiro a la basura. Ella me murmura algo al oído.

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Tienes razón –le digo–, finalmente hay más poetas. Otros lo harán mejor que yo. Te puedo dar nombres, direcciones. Ella me murmura algo al oído. Sí, claro que los voy a envidiar. Nosotros nos envidiamos hasta los malos poemas. Y éste quizá debería… quizá debe tener… Ella me murmura algo al oído. Exactamente, tener esos rasgos que enumeras. Así que mejor cambiemos de tema. ¿Te apetece un café? Ella solamente suspira. Comienza a desaparecer. Y desaparece.

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DIVORCIO Para los niños el primer fin del mundo de su vida. Para el gato un nuevo dueño. Para el perro una dueña nueva. Para los muebles escaleras, golpes, carga, descarga. Para las paredes claros cuadrados tras los cuadros descolgados. Para los vecinos de la planta baja un tema, una pausa en el hastío. Para el coche mejor que fueran dos. Para las novelas, la poesía –de acuerdo, llévate lo que quieras. Peor para la enciclopedia y el vídeo, ah, y para el manual de ortografía, donde tal vez se explique el tema de los dos nombres: si todavía unirlos con la conjunción “y”, o ya separarlos con un punto.

Gracias a la editorial Bartleby, los lectores hispanos podemos leer la mejor poesía que se hace en Europa no sólo en versión bilingüe, sino de modo coetáneo. Es el caso del delicioso libro de la premio Nobel Wislawa Szymborska (Kórnik, Polonia, 1923) Aquí. Bartleby ha publicado la magnífica traducción de Gerardo Beltrán y Abel A. Murcia en 2009, el mismo año de lanzamiento del libro en las librerías polacas. Por cortesía de la editorial, recogemos en nuestra Sombra tres poemas del libro. En ellos se puede disfrutar el peculiar humor de la autora, así como su capacidad de hacer sentir imaginativas y múltiples perspectivas sobre cada realidad. Toda una invitación (gracias, Nieves) a seguir leyendo a la genial Szymborska.

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Hada cibernética Poesía visual

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El genial Gonzalo Escarpa sigue meteóricamente investigando, creciendo, inventando, sin querer conformarse con un solo disfraz cómodo. En la dirección indicada bajo la imagen puede verse una muestra de su poesía visual. Desde su Red Fósforo, desde la Piscifactoría, la Escuela de Escritores, el canal Literalia TV, Escarpa se ha convertido seguramente en la voz (no atada a la letra impresa) más viva de la literatura contemporánea en español (sus actuaciones han recorrido ya medio mundo).

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CURRICULUM VITAE Tengo una alondra presa en la laringe y en el pecho una esfinge que convierte las lágrimas en hielo. Tengo un poema a medias que promete, y un sable y un caballo de juguete, y el peso abrumador de unas meninges con cada día un poco más de pelo. Y una causa perdida, y ningún rumbo, y días en que por poco me hundo y noches en que casi toco el cielo. Y un piquito de oro furibundo que va de lo vulgar a lo profundo jodiendo a los zoquetes que no entienden que por un mundo en que todo se vende yo vaya regalando caramelos. Mi ideal: Seguir entero y de una pieza incluso a final de mes. Mi insolencia: La habitual. Mi sangre: Real, limpia del sucio concepto de “limpieza”. Mi deber: Ser digno de ser tan mortal. Mi jornal: Lo que haya hoy para comer. Y mi Dios el Carnaval. Y mi patria cualquier pecho de mujer en el que apoyo la cabeza. Entre ciegos reyes y sus ciegas guerras busco mi cacho de paz, y mi verso hiere con la suavidad de la arena entre las páginas de un libro. Poco más que reseñar. En la mitad de este mundo vuelto entero del revés he elegido ser quien soy. Ser lo que ves. Y mi nombre desde hoy es LEINAD ZIVRO.

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Niña de la cueva

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Daniel Orviz (Asturias, 1976) “Daniel Orviz/Leinad Zivro abandonó su prometedora carrera como ejecutivo publicitario para entregarse por entero a la tarea de propagar el uso y disfrute de la poesía entre las masas aletargadas. Diseñador gráfico, dibujante, ilustrador, video-artista, poeta de salón o performer según le pilla, ha publicado historietas en varias publicaciones infraprofesionales, dirigido los cortos de animación “Butanito contra el muñón” y “Tokio Story”; y auto-publicado el poemario Mecánica Planetaria (2010). Su poema “Delicado gourmet” quedó finalista del renombrado concurso de poesía humorística “Jara Carrillo”, y aún levanta ovaciones cuando cada día lo declama para quien esté delante. Desde 2009 es miembro activo de la asociación poética La Vida Rima. Junto con Nacho Aldeguer ha escrito e interpretado los monólogos poéticos “Debate Combate” y “Dibeit Cambeit”, de relativo éxito en la escena underground madrileña. Actualmente desarrolla en solitario un show multimedia basado en su libro “Mecánica Planetaria”, y participa activamente de la escena Slamera española. Síguelo en su blog Novedades Increíbles.

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Lascrima

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Sandrasindemo nació por casualidad en Buenos Aires un 7 de Julio de 1974, pero dice ser madrileña y vive en la sierra Norte de esta comunidad. Investiga en poesía visual, videopoemas y otros lenguajes, aunque su obra todavía prácticamente no ha sido difundida. Hizo algunos escarceos en música “Nois art”en los 90 con “Sindrop Aut”, grupo de amigos al que dedica su blog.

http://sandrasindata.blogspot.com/

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Ensayo Adondequiera que Nordbrandt Hace meses que los versos de Nordbrandt me habitan. A veces ocurre. Ocurre que un libro, una historia, unos poemas se cuelan arrebatadamente en ti y se quedan. Sacuden, iluminan, descubren, desnudan, te atraviesan de arriba abajo, acarician, desordenan, escuecen y excitan. A veces, ocurre. La tarde que Nordbrandt y yo nos conocimos, todo aquello que debía acontecer para hacer nuestro encuentro perfecto sucedió sin ser convocado. El paseo mientras charlábamos, tu compañía, la terracita frente al mar, la calma, las copas de vino blanco y mis ansias por perder el tiempo con aquel libro. Así fue como recalaron en mí los poemas de la antología Nuestro amor es como Bizancio. Desde entonces hablo de Nordbrandt a todas horas. Henrik Nordbrandt (Copenhague, 1945) está considerado uno de los mejores poetas daneses. Galardones como el Premio Nórdico otorgado por la Academia Sueca para escritores escandinavos (1990) y conocido como “el pequeño Nobel” o el concedido por el Consejo Nórdico de Literatura (2000) avalan su obra. Estudió lenguas orientales, chino, turco y árabe en la Universidad de Copenhague aunque no llegó a obtener ningún título. Huyendo de la intolerancia que en los años sesenta dominaba la sociedad danesa, abandonó su país para trasladarse al sur de Europa. Estrechamente vinculado al Mediterráneo, su poesía recrea los diferentes escenarios donde ha vivido: Turquía, Grecia, Italia o España. En su obra el viaje es un referente constante. No como elemento lejano y fantasioso sino como algo intrínseco a su experiencia vital. Ciudades vividas, unidas al amor o al desamor como parte del proceso y sin las cuales estos sentimientos no lograrían alcanzar la profundidad que él nos descubre.

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ADONDEQUIERA QUE VAYAMOS Adondequiera que vayamos siempre llegamos demasiado tarde a aquello que una vez salimos a buscar. Y en cualquier ciudad en que nos quedamos están las casas a las que es demasiado tarde para volver los jardines en los que es demasiado tarde para pasar una noche de luna y las mujeres a las que es demasiado tarde para amar, lo que nos tortura con su intangible presencia. Y sean cualesquiera las calles que creemos conocer nos llevan más allá de los jardines floridos que andamos buscando y que difunden por toda la vecindad sus pesadas fragancias. Y cualesquiera que sean las casas a las que volvemos llegamos demasiado tarde por la noche para ser reconocidos. Y cualesquiera que sean los ríos en que nos reflejamos no nos vemos hasta que les hemos dado la espalda.

Francisco Uriz, gran conocedor de la obra de Nordbrandt y traductor de esta antología, nos habla en su prólogo del autor como un hombre que ama la partida. Un adicto al abandono de lugares o mujeres. En ocasiones, esas partidas han estado motivadas por las intromisiones de la policía turca ante la defensa que Nordbrandt ejercía de los derechos de la minoría kurda o por inconformismo, como en el caso de su salida de Dinamarca. Pero su pasión por dejarse poseer por las ciudades que habita es constante. Fuera como fuese, esos lugares le recorren con la misma intensidad con la que es acogido. El amor y el desamor son dos de los temas patentes en su obra como no podía ser de otro modo. Nordbrandt es pasión, rotundidad, y ambos sentimientos son tratados con esa fuerza en sus poemas. La cotidianidad de un gesto cobra en sus versos una belleza que lo hace excepcional. Es cercano, sencillo, y a la vez rotundo porque la poesía de Nordbrandt tiene ese algo que te sacude como un escalofrío y se queda para siempre.

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HABLO DE TI Hablo de ti y me es difícil hacerlo. Así es que hablo de que hablo de ti cuando hablo del otoño, de telarañas tan delicadas como perdidas en los surcos por novias olvidadizas de las pesadas gotas del rocío bajo el tardío sol vespertino y más tarde de las largas sombras sobre la explanada de la tormenta que sacude las copas de los tilos ya antes de que yo empiece a hablar de las estrellas y del resplandor de las estrellas en los cristales rajados de la casa que tintinean cuando ataca la helada de la noche y todos los sonidos devienen penetrantes, cuando hablo de todo esto, de todo esto que habla de ti y de lo que es tan difícil hablar. Así te hablo a ti.

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NO SON LOS ÁRBOLES FRUTALES No son los árboles frutales bajo la llovizna lo que te pone triste ni tampoco que se hayan dejado las herramientas del jardín tiradas sobre el húmedo césped. Que el otoño es melancólico, eso lo sabes pero quién puede a pesar de todo contemplar una hoja de haya purpúrea rozada por un secreto rayo de sol tardío que la hace visible sin descubrir al mismo tiempo el cesto de virutas que podridas y semihundidas parecen aludir a la ausencia de alguien o a una inminente llegada largamente esperada.

Quizás porque nuestro encuentro tuvo todo aquello que sin ser reclamado lo hizo perfecto o porque su poesía me resulta maravillosa, hace meses que no dejo de hablar de Nordbrandt.

Vega Cerezo Martín (Murcia, 1970), autora del poemario Sirena dormida (del que editamos un adelanto en nuestra Sombra), no deja pasar oportunidad para contagiar su pasión por la poesía y, en especial, por la poesía de Henrik Nordbrandt, como en este regalo que nos ha hecho para este número 13. Nuestro amor es como Bizancio Henrik Nordbrandt DeBolsillo. 368 páginas.

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Palabras para Marcos Ana «El día que le prendieron dicen que le azotaron e hicieron todo el mal tratamiento que pueden. Metiéronle en el hueco de una pared, poco más o menos que una sepultura, pero mucho más alto, sin luz. Tenía de ancho seis pies y hasta diez de largo, sin respiradero sino una saetera en lo alto de tres dedos de ancho… En toda su prisión no tuvo cama ni estera en que dormir. El suelo desnudo era su cama. Oíle decir que del frío se le habían caído las uñas de los pies. La comida que le daban era tal, según él me dijo, que cada vez que comía entendía que comía la muerte.

Le hacían ayunar y le daban disciplina de rueda muchas veces de las cuales quedaba muy lastimado. Dábanle mucho tormento los piojos en aquella áspera prisión. Un día pidió que le hiciesen la gran caridad de traerle papel y tinta porque quería escribir algunas cosas para entretenerse. Comenzó a escribir unas canciones y romances que tenía en la cabeza. Allí compuso aquellas coplas que comienzan: ¿Adónde te escondiste, amado, y me dejaste con gemido? Como el ciervo huiste habiéndome herido. Salí tras ti clamando y eras ido.»

He querido empezar con estos recuerdos del cautiverio de nuestro paisano Juan de Yepes (San Juan de la Cruz) para constatar cómo a través del tiempo se suceden y se repiten en el hombre las mismas torturas y los mismos sufrimientos. El piojo, por ejemplo, es eterno; sus incomodidades han acompañado a las personas con tal tenacidad que, como dijo de él desde la cárcel de Málaga el preso Ricardo Claros Cancela: De su fidelidad yo soy testigo: Es el único amigo Que no me ha abandonado en la desgracia. A través de chinches, piojos, humedades, oscuridad, barrotes, mal olor, mala comida, malos tratos… podríamos venir con el hombre encarcelado desde el principio de los tiempos hasta nuestros días.

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Estamos hoy aquí porque tenemos el honor de que esté con nosotros Marcos Ana para presentarnos su libro Decidme cómo es un árbol (Memoria de la prisión y de la vida) y para hablarnos de tantas otras cosas. De poesía, por ejemplo. «Di tus cosas más personales, dilas, es lo único que importa, no te avergüences, las generales están en los periódicos». Esto lo dijo Elías Canetti, y esto es lo que ha hecho Marcos Ana en su libro. Abrirnos el corazón. La vida que retrata este libro es de obligado conocimiento, ya que la mente del hombre es acomodaticia y vuelve romas las lacerantes lanzas que atravesaron el pasado. Porque este es el testimonio de uno y la historia de muchos. Esto el autor está harto de pregonarlo, acordándose siempre de sus compañeros de cautiverio y denunciando sus penalidades. Nos pide el autor en el título del libro que le digamos cómo es un árbol. Él lo sabe, lo sabía. Quien es capaz de regar con una jeringuilla una yerba nacida en la grieta del muro de la prisión manteniéndola así fresca… es porque conoce el árbol y conoce el bosque. En esa flor solitaria, como en la avecilla del otro prisionero de nuestro romance más famoso, «Que por mayo era, por mayo, / cuando hace la calor…», está contenida toda la naturaleza. Y quien la cuida, el ave, la flor… la ama y su pérdida será dolorosa: «matómela un ballestero» a la avecilla. «Estaba con la cabeza caída sobre su cuello roto y macilento…» la flor. Porque este libro Decidme cómo es un árbol es un libro de entero dolor. El hombre que está con

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nosotros ha abrazado a muchos compañeros que iban a morir. Él vivió con esa espera y esa angustia encerrado durante veintitrés años en el contraútero de las ergástulas franquistas. En su estancia en la cárcel de Porlier compartió prisión con hombres de mi pueblo que fueron fusilados en aquellos años y están enterrados en el cementerio del Este. En este libro hay escritos estremecedores como el dedicado a su madre. Escritos donde «los límites del miedo están en la dignidad y en la conciencia de cada uno» como en el titulado «La Pepa», parodia y broma macabra de la muerte tan presente y puntual: Es la Pepa una “gachí” que está de moda en Madrid Escritos poéticos, pues es el libro de un poeta, y poemas como "Mi corazón es patio", el cual mencionó Rafael Alberti y yo he abreviado licenciosamente para ustedes: La tierra es un patio cuadrado donde giran los hombres. Soñé con un mundo en paz; con trigo y besos, ríos, montes… Pero todo es patio y los hombres giran sin espacio. Nací emparedado ¿Cómo canta el árbol de la pasión y del amor…? ¿Hay puertas sin llaves? ¿Hay manos sin clavos? Todo es patio. Patio de fosa. Ni en sueños salgo ya de este patio… Hasta mi corazón desnudo tiene la forma gris de un patio. Un patio donde giran los hombres… Es fácil caer en la tentación de desmenuzar este libro, porque es auténtico, porque está lleno de verdad, porque esta persona de ojos bondadosos y de rostro sereno no ha hecho más que recordar y escribir y ha compuesto para todos nosotros un regalo, un testimonio. Él, que salió de la cárcel, de veintitrés años de cárcel, sin rencor, que ha dicho que la venganza no es un ideal político ni un fin revolucionario y que ha llevado a la práctica el vivir para los demás, con el recuerdo y el trabajo dedicado a sus compañeros en desgracia. Marcos Ana es un poeta. Él ha dicho que no sabe si su poesía tiene calidad literaria, pero que era necesaria. Y yo añado: no sólo era necesaria sino que tiene ojos, oídos, corazones que la han hecho suya.

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Eso es lo más grande para un poeta, para cualquier autor: ver en vida valorada su obra. En la coyuntura, en el fragor del siglo XX, los versos de Marcos Ana tuvieron su sitio y su labor no fue en vano. Un poeta al que homenajean otros poetas como lo hacen en el libro El árbol talado que retoña, puede sentirse satisfecho. Cuántos buenísimos poetas darían un brazo por ello. Porque escribimos para nuestros semejantes y contemporáneos, queremos que escuchen nuestro grito las personas que transitan con nosotros en el tiempo; éstas son las que nos pueden dar el amor o el consuelo que pedimos o a las que pueden servir nuestros desvelos. La posteridad. ¡Ay, la posteridad! ¿De qué le ha servido la posteridad a D. Miguel de Cervantes Saavedra si vivió despreciado por sus contemporáneos, preso también del turco ydelasEspañas,enterradonosesabedónde…?Quemaría–malditapalabra–mislibrossisupieraqueiban a ser famosos en la posteridad. De qué me va a servir a mí la posteridad. Aquí y ahora, en vida, como dicen por estos pueblos, son las buenas obras, los aplausos que se merezcan y los reconocimientos, y no cuando estemos haciendo adobes con el colodrillo. Por eso admiro y me congratulo de la fortaleza de Marcos Ana, que sobrevivió a tanto martirio del que en las cárceles franquista se moría. Porque quien resiste, gana. Y él es un resistente y un superviviente. Me he sentido por unos instantes él y en él, mirando con sus mismos ojos, observando: Oídme amigos. He visto con los ojos soñolientos algo que quiero contaros. Es la madrugada. Un preso enfrente de mí despierta. Se incorpora sobre un codo. Lía un cigarrillo. ______________________________ No sabéis lo que es un hombre sangrando y roto, en un cepo. Qué ingrata labor la de repetir y repetir por los siglos de los siglos la queja, la denuncia, el dolor: Mi corazón, clavado; mi corazón, desnudo; mi corazón, clamando; Mi corazón desnudo y al desnudo y después de tantísimo cerrojo este hombre nos dice:

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Si salgo un día a la vida mi casa no tendrá llaves. ___________________________ Que pasen los pájaros y los amigos Por favor, primero los pájaros, por respeto y «por amor de lo que vuela». Que no detenga nunca la golondrina el vuelo que pasen los pájaros, los amigos, el aire… Aire, metáfora de libertad, de vida: Es la vida, los aromas, el canto de los jilgueros, la música en el vaso azul del día… ____________________________ Pero mi aire es un patio donde giran los hombres sin espacio. Emparedado, me olvidé del mundo, del árbol, de la pasión que enciende el amor en los labios… Ya ni en sueños regreso hacia mis años libres. Volvieron los años libres. Vitalista e incansable, a grandes zancadas, viajó Marcos Ana por el mundo. Recuperando, esparciendo, recordando… ¿Qué más les puedo decir yo, cuando José Saramago ha dicho que Decidme cómo es un árbol es una lección de humanidad? Hoy está con nosotros aquí, en la Casa de la Cultura, en Arenas de San Pedro, Marcos Ana. Disfrutemos de su compañía y de su palabra. Es un superviviente y como ya dije antes, con frase rigurosa pero muy adecuada para el caso: Quien resiste, gana. Pido para él un fuerte aplauso. _________________________________ * Este texto nació con motivo de la presentación del libro de Marcos Ana Decidme cómo es un árbol, en la Casa de la Cultura de Arenas de San Pedro, 17 de abril de 2010.

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Palabras para Miguel Hernandez PALABRAS PREVIAS PARA LA OBRA POÉTICA COMPLETA DE MIGUEL HERNÁNDEZ1 (Alianza Editorial, 2010)

El tiempo pasa inexorable y se pone amarillo sobre nuestra fotografía, que habría dicho Miguel Hernández. El tiempo pasa inexorable y no es posible adivinar lo que generaciones más jóvenes entenderán de los hechos acaecidos. Ya, ni siquiera muchos comprenderán la metáfora del tiempo amarillo, porque sólo conocen fotos en color. El crítico hace, por ello, una labor de relleno, colma los huecos de la significación. Echa paletadas de una arena explicativa que busca suprimir los socavones semánticos. Pero la arena nunca alcanza a constituirse en firme sobre el que circular con la seguridad deseable. Cuando en noviembre de 1976 Leopoldo de Luis y yo publicamos la primera edición de la Obra poética completa, de Miguel Hernández, hacía justo un año que había muerto el dictador y aún no se habían desmontado los resortes coercitivos del antiguo régimen. Del poeta, después de la guerra, se habían publicado en España muy pocas cosas. Durante los dos decenios inmediatos a la guerra civil sólo aparecieron El rayo que no cesa, en 1949, Seis poemas inéditos y nueve más y una Antología poética, en 1951, la Obra escogida editada por Arturo del Hoyo en 1952 y una brevísima colección de prosas recogida por María Gracia Ifach, en 1958. Durante los años sesenta, José Luis Cano y Jacinto Luis Guereña seleccionaron antologías en 1964 y 1967 que, como la primera publicada por Leopoldo de Luis, en 1969, insistían en el tema amoroso. A mediados de los setenta Juan Cano Ballesta ofreció otra antología y Agustín Sánchez Vidal presentó su primera aproximación al mundo hernandiano, con la edición de Perito en lunas y El rayo que no cesa, los dos libros totalmente alejados de los aspectos comprometidos del poeta. Por lo tanto, la publicación por primera vez en España, y con las dificultades de acceso a los materiales que entonces existía, de la Obra poética completa constituía un indudable atrevimiento del que no se sabía cómo se iba a salir, incluso administrativamente, y un acontecimiento cultural. Desde entonces hasta el momento en que firmo estos párrafos, muchísimas son las personas, de toda clase, oficio

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o condición, que se han dirigido a mí para expresarme la importancia que tuvo para ellas aquel libro y hasta qué punto pudo marcar su adolescencia o juventud, en unos casos, o los recuerdos emocionados que llegó el libro a despertarles, en otros. Las cosas son así, pese a quien pese, y uno no puede dejar de tener conciencia de que ha sido responsable (responsabilidad compartida y no equitativamente, eso sí, con Leopoldo de Luis) de un libro histórico. No piense el lector que esta historia que acabo de resumir resulta extraña. El general Franco tuvo clara conciencia, poco después de obtener la victoria en la guerra civil, y cuando le solicitaron el indulto de la pena de muerte dictada contra Miguel Hernández, de que se estaba enfrentando con un posible mito. Parece ser que, cuando le explicaron quién era el condenado, exclamó: «Otro caso Lorca, no», temiendo que la nueva muerte represiva de otro poeta redoblase los efectos negativos internacionalmente para su régimen político que ya produjo el asesinato del granadino. De ahí que la censura sólo fuera autorizando con cuentagotas la aparición del nombre de Hernández e insistiera en autorizar únicamente un libro como El rayo que no cesa, que mostraba un poeta de tema amoroso o elegíaco, o bien el barroquismo extremo de Perito en lunas. Nos cabe hoy la duda de si aquellos críticos que publicaron dichos libros en los años de la posguerra no venían, inconscientemente tal vez, o no tan inconscientemente en algún caso, a colaborar en la estrategia de destruir la imagen combativa y, para la resistencia española del interior, modélica del poeta de Orihuela. Alianza Editorial, que en 1974 recogiese de nuevo la antología de Poemas de amor, que preparara Leopoldo de Luis, y en 1977 se

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atreviese con otra titulada Poesía y prosa de guerra y otros textos olvidados, acogió la Obra poética completa en 1982, ya con el primer gobierno socialista, cuando la supresión completa de la censura y los apoyos institucionales permitían, al fin, un trabajo más fundado críticamente y un mejor acceso a los originales del poeta. Aquella edición pudo contemplarse ya como una edición prácticamente definitiva de la obra en verso del poeta, y, de hecho, los poemas incorporados con posterioridad fundamentalmente por Sánchez Vidal, Carmen Alemany, José Carlos Rovira y nosotros mismos, sin desmerecer las contribuciones de otros estudiosos, no han aportado en verdad nada fundamental. Reeditada varias veces y agotada desde hace años, era conveniente remozarla en lo poco que resultaba imprescindible si se quería ofrecer el libro de nuevo a los lectores, y, para ello, nada mejor que al cumplirse los cien años del nacimiento del poeta. Esta edición ya no la verá Leopoldo de Luis, fallecido en noviembre de 2005, después de haber obtenido el Premio Nacional de las Letras Españolas.Tambiénelloesunsímbolo.Leopoldo había conocido personalmente a Miguel Hernández una tarde lluviosa de mayo de 1936, en Madrid. Se siguieron viendo durante el mes siguiente, y primero las vacaciones e, inmediatamente, el estallido de la guerra los alejaron un tiempo hasta que volvieron a encontrarse en agosto de 1937 en Alicante. El sábado 21 el Ateneo de aquella ciudad organizó un homenaje al poeta en el que intervino Leopoldo Urrutia (el nombre literario de Leopoldo de Luis no aparecería hasta 1942), que estaba en el hospital de Alicante, convaleciente de una herida que recibiera en la defensa de Madrid en diciembre de 1936. Dejémosle la palabra:


"Con nosotros se encontraba mi compañero de hospital Gabriel Baldrich, autor de numerosos romances de guerra [...]. En la conversación ulterior con Miguel quedó esbozada la idea de un cuaderno conjunto, expositor de poemas de los tres –algo fabuloso para nosotros dos, frente al hermano mayor y maestro que Miguel era–. Un año después aparecía en las publicaciones del Socorro Rojo, con el título de Versos en la guerra". El librito, en octavo, apareció efectivamente editado por el Socorro Rojo Internacional, en Alicante, en 1938, y se terminó de imprimir el 1 de diciembre. Curiosamente, si en la cubierta el título es, como recordaba Leopoldo de Luis (que no conservaba ejemplar alguno), Versos en la guerra, el colofón dice Versos de nuestra guerra. En noviembre de 1937 Leopoldo está ya incorporado como teniente en el frente de Extremadura y en el frente sur del Tajo, porque allí firma dos romances incluidos en su primer libro, Romances de un combatiente (del que tampoco conservaba ejemplar), publicado en Gandía, por las Ediciones «Soldado del pueblo», a final de año. No pudo, por tanto, ocuparse del librito con Hernández y Baldrich, ambos también en combate, lo que hizo que su preparación se retrasara. De hecho se recoge en él ya un poema de Leopoldo, «Barcelona bombardeada», firmado en marzo de 19382. Contaba Leopoldo de Luis que, en aquel homenaje en el Ateneo alicantino, Miguel Hernández narró una anécdota del frente. Durante una retirada, desde la cuneta, un hombre herido, imposibilitado para andar, se quejaba: «¡Me dejáis solo, compañero!». Y sigue Leopoldo, en la introducción a su libro Aproximaciones a la obra de Miguel Hernández3:

"Miguel contó cómo hubo de cargar con aquel cuerpo hasta una zona a resguardo. Pero lo trascendente era la simbolización. No hay quien te deje solo, compañero, replicaba Miguel. Y aquel hombre venía a simbolizar el pueblo español mismo, cercado por la guerra, y hasta el propio existente lanzado al acoso impío de la vida. Frente a el hombre acecha, marchamo para su segundo libro [de guerra], el no hay quien te deje solo de la solidaridad y del esfuerzo común. Toda la poesía de Miguel Hernández se impregna conmovedoramente de ese espíritu. Es una poesía fraterna y está inspirada en el amor". Hago estas referencias para que el lector actual del libro comprenda lo que necesariamente habría perdido de calor humano, de cercanía, si hubiese yo pretendido cambiar los planteamientos críticos fijadosen1982.LeopoldodeLuishablabadesdela amistad con el poeta y desde unas experiencias de juventud compartidas. Si me pidió colaboración a la hora de editar la poesía de Hernández fue para que una mirada más joven enfriase de alguna manera la emoción de quien recordaba al amigo, había colaborado modestamente junto a otros compañeros a la hora de cubrir los gastos de la lápida del nicho que albergó el cadáver y conservaba algunos manuscritos suyos. Sé bien que él quiso que la amistad no nublara su sentido crítico, pero, aun así, la proximidad vital se trasluce en muchas de las páginas que firmamos juntos. Ahora no las traiciono. Tan sólo añado alguna observación que hoy parece necesaria y, en ocasiones, ciertas referencias justas de reconocimiento a otros investigadores. Desde estas páginas iniciales, permítame el lector que rinda homenaje a quien, con tanta entrega, volcó mucho de su tiempo y de su esfuerzo

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para defender, estudiar y difundir la obra del amigo poeta querido. Él supo también transmitirme el gusto y la pasión por la poesía, el sentimiento de generosidad y la importancia de los valores democráticos. Espero que la lectura de la Obra poética completa, de Miguel Hernández, despierte en más de un lector joven, si no la vocación de poeta, sí al menos el convencimiento de que ni el testimonio, ni la expresión del dolor o la solidaridad, ni la exteriorización del sentimiento resultan inapropiados para el poema. Pasamos

por una época en la que parece que la poesía no puede ser sino exquisitez elitista que busque la suprema esencialidad, o descripción de la vida cotidiana íntima. Sin negar ninguno de los caminos posibles de la poesía, también puede ser, y lo ha sido a lo largo de toda la historia de la humanidad, compañera de vida. Por eso podía repetir Miguel Hernández a aquellos jóvenes que lo rodearon en Alicante en el verano de 1937 que el poeta es el soldado más herido. JORGE URRUTIA

_________________ 1. Texto incluido en Miguel Hernández (2010), Obra poética completa, ed. Jorge Urrutia. Madrid: Alianza editorial, págs. 27-32. Lo reproducimos en nuestra Sombra 13 gracias a la amabilidad de Dª. Valeria Ciompi, Directora de Alianza Editorial, y del Dr. Jorge Urrutia. Este libro constituye todo un monumento de nuestra época, tanto en su primera edición –cuyo contexto se indica aquí–, como en esta del centenario del nacimiento del poeta. Una lectura imprescindible en la que Urrutia nos introduce con esta magnífica pieza literaria que recuerda, en un mundo de fotos que no amarillean, los valores de la poesía. 2. De Miguel Hernández se recogen los poemas «Las manos», «Aceituneros» y «Llamo a la juventud». De Baldrich: «Romance del molino que no muele», «Romance de la tragedia feliz», «Romance negro a la luna blanca», «Romance de la Unidad proletaria» y «¡Qué suerte ser miliciano!». De Leopoldo Urruria: «Barcelona bombardeada», «Fragmentos de la carta de una madre a su hijo combatiente», «A un voluntario», «¡Durruti!» y «Romances en la muerte de Federico García Lorca». El librito lleva ilustraciones de González Santana, Manuel Albert, Abad Miró, Melchor Aracil y Tomás Ferrándiz. 3. Leopoldo de Luis: Aproximaciones a la obra de Miguel Hernández, Madrid: Ediciones Libertarias, 1994, p. 15.

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La sombra más joven Guillermo Digiuni

DE VIDA (aliteración) Por lo dado y lo anonadado y lo lúgubre y la legumbre. Tras los pasos y el peso del marcapasos a coro y sin decoro caro y en la cara con la primera piedra que se pierde en la hiedra el finado fino sin fin ni faena o pena de poner la pana al costado sin costo que cuesta, se acuesta bajo la luz azul de luciérnagas en el barro que borra el barrio los recuerdos sin cuerda los gemidos sin gema las carcajadas con sus carcasas ajadas el doblón del diablo dobla el Ángel y su gélido gel ambos en los tambos de ámbar nos invitan a evitar la levita nos alejan del catalejo de laja nos llaman sobre llamas en llama nos echan según los hechos. Pasamos por lo que somos y pesa al andar por el andén sin tramar el extremo del tramo en delirios de lira con lirios debido a la seda que da sed (de vida) debido a los hombre con hambre (de vida).

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(LA) MÚSICA ¿Dónde fue que te perdí que te vi por última vez? Un mal matrimonio, un noviazgo turbulento tal vez Un error de cálculo, un domingo siete o martes trece quizás Una luz en el camino equivocado Un viaje a Ítaca no programado Yaces dentro de mi ser, lo saben los dioses, y aúllas como lobos hambrientos, desgarrando mis entrañas, insultando sin pudor al alba, llorando desconsoladamente de espaldas al ocaso. ¿Cuándo fue que te mentí que me miraste de reojo? Un mal consejo, una frase fuera de lugar sin duda Un tren sólo de ida, un día lluvioso o nublado. Una historia que no vale la pena contar… Una herida que me hace ser.

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NUESTROS FRUTOS Dolor, tenacidad y hiel. Náusea, voracidad y aplomo. Me resisto a bucear en lo profundo. El miedo me carcome y paraliza. El placebo del pisotón y la subida, las aguas que llevo conmigo, las burbujas y el barro original… Porque siempre soy otro y vuelvo a ser yo mismo. Porque las fusión de las dos mitades es, claro está, un enorme sismo. Porque este largo viaje, estéril sería si no te llevo conmigo. Enséñame a pulir el grafito, a colar el plomo, a respetar mi propio sello. Tu grandeza no se funda en el temor a que tenemos sino en tu aplomo infinito en nuestros frutos que son vuestros.

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JUNGFRAU ¿Cómo es posible, niño de oro, rostro de joven Buda, samaritano de vocación no elegida? ¿Cuál es la fórmula para integrar la tensión entre los opuestos? ¿Un tercer elemento, acaso? diosa sutilmente perfumada, Virgen niña de la más honda de mis desdichas, ¿por qué pago tan cara tu sonrisa? ¿Por qué me apuñalas sin pudor ni clemencia, una y otra vez, constante, disciplinada, indolente? ¿Qué hay más allá de la ciencia?, te pregunto, y como respuesta recibo la brisa sobre el ondear de tus cabellos. Tu virginal percepción de lo concreto, tu noción inmaculada de lo inanimado, tu desapasionada objetividad sobre lo animado, ¿encierra una cábala, un misterio, acaso un dilema que no podrá jamás ser resuelto? la distancia razonablemente sensata congela mis entrañas, ahoga mis latidos, embriaga mi sed de vida en la quietud negligente, derrotada. Oh, racional seriedad detallista, servicial búsqueda de la humana perfección quimérica, tu karma es la cosecha, ¿por qué, insistes, entonces, en la siembra? Tu ausencia, pues, el recuerdo del ondear de tus cabellos, la lisura de tus sienes y el brillo mercurial de tu mirada impoluta, y estos versos, vaya, algo cansados, de intentar compartir tu quimérica búsqueda sin más horizonte que lo concreto y real.

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DUELE Esta mañana me he levantado, con agujas en las sienes las legañas portaban las cenizas de varias pesadillas sin crin ni ley conocida. Me he puesto en pie. Junto a la ventana lloré como un niño mientras el alba irrumpía (implacable) Ilusiones oníricas que permanecen quietas en lo oscuro. He tomado café, y en la borra temblaban resabios de sueños enojados. Acaricié mis ojos, el conducto lagrimal, mis sienes, acaricié mi propia frente …y es que envejeces un poco, cada día, y existe el temor de no despertar a tiempo …y es la rutina el cotidiano sinsabor, el continente de la memoria empujada …y es que tienes el deber de asumir el compromiso e intentar concretar tus sueños aunque sean pesadillas aunque –a veces– no duermas aunque duela (…y es que duele)

Guillermo Digiuni Morillas (Córdoba, Argentina, 1972) estudia Flauta travesera y Composición. Participó en el taller literario “Juan L. Ortiz” coordinado por Jorge Reynals (Mendoza, 1995). Ha colaborado en las revistas La Chuleta, El Chamullo, Otras Voces (Mendoza, Argentina). Coordinó el taller literario “Voces del Subsuelo” (Mendoza, 2005). EN 2010 reside en Barcelona.

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Ainat Fees Hoy te digo el precio

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AINAT FEES (Bilbao, 1981), Licenciada en Humanidades por la cooperativa Mondragón, traductora y correctora de textos, ha colaborado en distintas publicaciones: Espacioluke, Nontzeberri Revista de cultura (Bilbao), Publ&Mag Art Magazine (Portugal), (De)construir (Buenos Aires). En 2010 publicará Erantzun gabeko galderak (Libro de arte. Historia poética y narrativa acerca del artista Mikel Telleria). www.ainatfees.com

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Iván Fernández Frías ME PIERDO A Clara Me pierdo siempre en las notas de un piano siempre me pierdo en un instante notas siempre que me pierdo, siempre; como nunca antes, lo sientes y me dejas perderme, glorioso instante Laberinto de versos que no escribí nunca ante el estupor del piano que gime siempre como nunca como las primera vez que te perdiste conmigo ¿Recuerdas? La melodía nunca se pierde porque la inventamos siempre Ah! Qué glorioso instante instante expandido hacia el presente constante vital de la melodía pulso mágico del piano:siempre me sorprende Como al pianista borracho, estupefacto ante el resplandor del presente

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NUEVO AMOR Acaríciame de nuevo, reina de corazones Como por primera vez el viento acaricia tu cara Como el silencio abofetea al estruendo Como esos ojos que buscan a tientas los míos Esa mano sobre mi mano, ese labio sobre tu labio De manera cómplice, como casual, cruzamos miradas Y enseguida ¡Zas!, apartas tus luceros de los míos Apenas dejando entrever un esbozo de dulce ternura Por sorpresa, tu cabeza sobre mi hombro Ajustando nuestras frágiles respiraciones Y te hablo de mi amada, que es la luna De los rincones agolpados de llanto y vida Susurros en la noche de las hadas, Sorpresa entre instante e instante Del siempre al jamás no hay más que un rato, Un momento, una espera que se me hace insoportable

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DESTINO ACIAGO A la eternidad la llaman tristeza los hombres entre susurros, Que se alza titánica e imponente entre restos de desdichas Pues grabado en piedra dejó su nombre el infinito, Donde ahora descansa sin temor al olvido Vuelan las soledades buscando un destello de esperanza, Corren a ciegas entre cavernas manchadas de desolación. Olvidando, como siempre, sus frustraciones existenciales Pasan página de vida, ocultando su desilusión No se detienen un instante a escuchar cómo gira el planeta Ni vuelan, absortos, a los confines de la felicidad más remota, Pero como lobos protegen su guarida, cúmulo de ruinas antaño florecientes Ese Yo en mayúsculas, egoísmo consecuente de una vida ingrata Acaban traficando deseos, más allá de la ciudad verdadera, Y obedecen, como autómatas, órdenes no ordenadas De promesas de vidas mejoradas Por atisbos ostentosos de lujo y de grandeza

Iván Fernández Frías (Santander, 1985). Licenciado en Filosofía en la Universidad Complutense de Madrid. Máster de Estudios Avanzados de Filosofía con la especialidad en Metafísica. Prepara su tesis doctoral sobre la filosofía de Spinoza y el Idealismo Alemán. Su interés literario recorre territorios como la literatura clásica de Alemania y el Sturm und Drang: Goethe, Schiller, Klopstock, Novalis…

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Roberto Ferrer

BOOMERANG Recuerda: en la mano con la que señalas al culpable hay un dedo que le apunta a él y tres a ti.

LOBO He olvidado tu olor y ya no aúllo por las noches. La luna llena, el hombre vacío.

GHOST NOTES Quizás, lo que intentamos cazar se encuentre en el humo que traspiran las palabras, en la espuma de una melodía o en el polvo que flota en los sueños. Quizás, lo que buscamos no tenga forma.

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PASÓ QUE Un día probé a relacionarme con ellos, a hacer el amor con ellas. A compartir lo que llevaba dentro del bolsillo, a destapar alegrías y bajezas –las perlas de mi ostra– para que rozáramos con ternura el dorso de la vida y despuntáramos las horas con intensidad. Pasó que ellos estaban jugando. Pasó que yo iba en serio.

Roberto Ferrer Hernández (Cádiz, 1985) se ha dedicado al periodismo alternativo. Ha publicado en Diagonal, rebelion.org… Creó su propio medio de publicación semanal enmarcado en en el ámbito de Andalucía: grupodeaccionsocial.net. Su obra poética es, según sus palabras, “un revuelto de certezas y preguntas aliñadas con la visión romántica del poeta, artesano de lo real”. Para saber más: http://grimayescombros.blogspot.es/

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Nephtalí González MANUAL DEL OLVIDO (o cómo llevarte tatuada en la memoria) CRÓNICA Oficio imperdonable seguirte a todas partes pensar en ti en consonante sin visar la vida a cada instante. Menos saludable vivir en salas de espera requisitos y papeleos fotos y trámites para estar ahí en el oficio imperdonable. En tu frontera donde mi oficio pierde sentido quedo como migrante de medio cabo sin visa sin trabajo y sin consonante. Penetro en tu ciudad como extranjero signos y actitudes son en vano finalmente ni mi idioma entiendes cambio de dirección confuso solo para tomar de nuevo mi oficio imperdonable.

Nephtalí González (Nuevo Laredo, Tamaulipas, México, 1962) ha cursado y sigue cursando numerosos talleres creativos (de ahí que lo incluyamos en la sección “La sombra más joven”, por su espíritu de estudiante permanente). Ha participado en la revista virtual de literatura http://www.angelfire.com/va3/literatura/ poetas.htm. Ha editado un folleto artesanal de poemas Comprimido-0 (2009) y actualmente trabaja en la elaboración de otros dos libros de poemas en forma artesanal: Palabras Exteriores y Manual del Olvido (o cómo llevarte tatuada en la memoria).

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Óscar González Palencia FEO noche sucia, borrosa desdibujada y vacía encerrada un espejo negro, sin estrellas me desdibuja y me vacía encerrado… en un cuerpo que no es el mío de piel de polvo y grieta con los ojos vacuos los labios vacuos esparto y tierra cuarteada …no soy yo no soy yo en el sudor morboso en la duda del aliento no soy yo terso, bamboleante, lleno de agua lacio y moribundo no soy yo el rostro manchado las manos muertas, hinchadas no soy yo yo vivo de fuego soy fuego en los labios ascuas en los ojos piel de brasa y ceniza lacerante y lacerado el ocre ardiente lamiendo el alma mordiendo la puta noche sin estrellas aullando entre los árboles, anhelante azuzado por el viento

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aullando entre las farolas, devorando aullando aullando y fuego y brasa arde besa quema rompe… un espejo negro, sin estrellas y no soy yo

LITERATURA me vierto en los ojos de la madrugada desnudo con mi vida diminuta y mis letras vacías y la abrazo, le beso los labios tiernos y grises me vierto en las nubes sonrojadas al horizonte bebiendo la tierra húmeda de flores y pájaros sacudiéndome la piel revirándome un alma que pudiera ser polvo buscando no sé qué; brillante luminoso …especial dejo que el asfalto camine mis pies y me vierto al cielo malva me busco y no hay nada no quedan fuegos de artificio florituras de plástico ni pollas en mis pasos sin aliento más bellos que nunca en el tintineo efímero del torrente que parece eterno; tan monótono

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…tan suave me vierto en unas líneas de tinta sin sentido los latidos van pasando, lentos y quizás… no los supe llenar

CAFÉ un café amargura y nada más tan pura, tan dura tan reconfortante como un aliento ardiente los ojos rojos y las noches en vela …un café y el frío de la madrugada acurrucándome en su brasa bebiéndome sus posos esperando bebiéndome un sueño amargo esperando bebiéndome un amanecer ya polvoriento esperando un café humeante una caricia acre amarga, dura reconfortante

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TU RELOJ No sé qué tiene el tiempo escondido entre los pliegues de tu ropa ni sé qué tiene el tiempo arrullado y trastabilleante de tu risa juguetea con tus labios y los míos se entreteje en el aroma de tu pelo rueda por el suelo, travieso nos besa; alegre, coqueto no sé qué tiene este aire que bebo ni este café que respiro no sé qué tiene esta música ni qué estos versos sólo sé que el tiempo es un juego agazapado sobre tu piel susurrandome susurrándote sólo sé que a veces con el atardecer sobre la terraza eterno de tiempo cómplice resulta más fácil decirte que

Óscar González Palencia (Málaga, 1991), apasionado por la literatura, ha vivido también en Madrid, Mallorca y Barcelona, donde estudia ingeniería naval. Para saber más: http://root5891.blogspot.es/ http://www.fotolog.com/oceans_silence

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Juan Manuel Pérez Álvarez SENTIDO CONTRA RELATIVIDAD La verdad es una piedra en forma de pensamiento que está suspendida en el aire. Quienes la ven se preguntan, ¿cómo se mantiene sobre las cosas, cómo no cae absorbida por la gravedad, el crimen, el pecado y el error? Unos la llaman locura, otros milagro, otros argucia. Para muchos es la bestia del escándalo. La acusan, la culpan de todos los males y la condenan. Pero la piedra sigue firme en su trono de inmovilidad. Ve envejecer y renacer el mundo, ve cambiar la moda de las estaciones, ve caducar a los árboles, ve sonreír a los niños. A los que alabaron su simple desnudo sin volutas, festones ni ambages les pareció la puerta de una estrella. Cuantos la contemplan, temen o aman su serena ley. Ninguna ave argumental ha superado su clave de bóveda. Y algunos, no obstante, para negarla, vuelven los ojos hacia la oscuridad del suelo. Las ramas de los árboles y las ramas del alma crecen hacia ella persiguiendo la trascendencia de su remota y misteriosa suspensión que abraza en su sustancia el universo. La verdad es un nombre. Ese nombre es Sentimiento. La ciencia del ver, con la lente pericial y voluble de la experiencia, se sostiene en ella y la describe en infinitos ángulos que se vuelven frutos o imágenes, conceptos o interpretaciones, pero nunca alcanza la definición. A través de su invisibilidad radiante percibimos el don de lo visible.

PAISAJE DE AMOR En la selva profunda un corazón late. Desnudo de mí mismo, lejos de Alhambra y de su expansión idílica en chorros argumentales, entro en el fantasma dorado de la hojarasca. Sigiloso camina Cronos a mi lado, tocando con la cabeza mi arco. Mi piel se vuelve silencio. Mis pasos son ninfas del bosque, las sensitivas cuerdas de la lira del pensamiento. La impenetrable fortaleza de los troncos, con sus castillos de distante magnificencia, no me sorprenden en su extravagante verdor libre. Escucho el galope del caballo del viento. Está clavado el paisaje en la brújula de mi memoria. He recorrido los páramos disfrazados de ausencia persiguiendo ese latido constante como el fluir de una fuente viva. Me tropiezo con jabalíes, osos, conejos, venados, lobos, ventanas todos ellos de mi sentido, y evado como puedo sus silbos veloces. Sobrepaso la huella de las formas. Tengo sed y percibo una cascada de íntima inteligencia, pero el agua está escondida en la lejanía. ¿De quién huyo? ¿A quién persigo? ¿De qué está hecha la carne de mi deseo? Las preguntas alzan el vuelo como bandadas de aves sin respuesta. Sombras que bailan en el tumulto de la luz. Cada vez más cerca, siento el corazón latir como el de un longevo rey sobre su trono de melancolía. Me aproximo y me alejo al mismo tiempo de un centro cuyo eco es mi oído. Me detengo. Ahora estoy frente al corazón de la selva, que es la selva misma, y yo en ella.

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CARA A CARA Tu cara es la montaña de transparencia verbal que se alza en mi lengua. A lo largo del estudio de los días, voy adivinando un rasgo más de tus facciones, una línea nueva en la indefinida planicie de la extensión, que es ignorancia. Quiero mirarte cara a cara, en el intervalo definitivo en el que tu mirada y la mía se encuentren. Esa será la pradera luminosa de la comprensión. Crecen las espigas angélicas de mis cabellos, que son mis pensamientos, entre tus dedos sensoriales. Las trompetas de los elementos me impacientan, tu semilla-cúpula está enterrada en la música ideal de la ausencia. Mis huesos anhelan volar hasta el trono de tu alegría. Enemiga es la máscara de la diferencia del lecho mental de nuestra unión. En la mecánica sucesiva del sol y la luna, mas allá de las repeticiones de la máquina del tiempo, que es un perro a mis pies, busco la elegancia de tu voz. Cuento hilo a hilo los números del agua que imitan eco a eco en la floración del universo lo que tu boca dijo en la intimidad. Que esa figura de pan verdadero que salió de ti sea por siempre mi alimento, mi gloria y mi canción. Durante toda mi vida he respirado tu silencio. Ábreme la puerta a la resurrección de tu sonrisa. Para que cara a cara vea el oro pensado de tu luz, ábreme, pájaro divino y paterno, la puerta más allá de mi sueño.

TEMPLO LLENO DEL MUNDO De mi vida, que es la convergencia en mí de la de todos los hombres, yo tengo las llaves con las que abrir la puerta de la libertad. Dependiendo del giro de la mano de mi alma, se hará lo que se tenga que hacer. Pero quiero dejar el invisible final de mis días –que son los del mundo, con los que comparto existencia– en los brazos del Rey de la Mente. El final, por esencia feliz, será el dorado fruto que quede de la devastación de la flor plateada del mundo, cuyos pétalos son la apariencia que se desvanece al contacto de esa culminación. Ningún estallido, ningún triunfo, es algo más que una sucesión superpuesta, una conjunción, una cópula, una participación y un abrazo. Al fondo de la perpleja distancia está el santuario verbal de la alegría. Su única búsqueda constituye el edificio entero de la persona, desde la cúpula inteligente hasta el suelo perverso. La figura de esa masa de barro cantado podrá ser, aplicando el crisol y el marco de ese final, un pájaro de perpetuo fuego. El edificio del ser, del vivir y del sentir está hecho de todas las cosas, asumiendo en su centro la bebida embriagadora del amor. El resto, la pista de la nada en la que bailan en mitos y preceptos los átomos. El resto, la corrupción, la no existencia, la dispersión y la muerte. Confío plenamente en el paciente despertar del amanecer, en el justo final congregado en el vientre ideal de la estrella del origen, que convierte al antiguo pensamiento en recién nacido cuerpo.

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INTELIGENCIA BELLA Voy a contar lo que nunca he visto, pero siempre sentí. Se trata de un paisaje que se encuentra en el reverso del mundo. Todo cuanto veo, lo veo a través de este paisaje. Era una viña púrpura en un verde valle dividido en dos por el río de la imaginación. La estación era el verano, el mes era el de las uvas. Caía el sol sobre las hojas. Cinco vendimiadores atareados recogían los blandos racimos de las parras. En el cielo había algunas golondrinas. Un sueño azul ocupaba el firmamento. Un anciano en una silla leía. Se iban llenando con su mecánica habitual los cuévanos; se iban cargando los cuévanos en carretas; se iban desplazando las carretas hasta los lagares; y en los lagares, los mozos, riendo, alados en su juventud, pisaban las uvas. Por el suelo los pies aplastaban el bagazo desperdigado que se había separado de los racimos. Los cinco vendimiadores eran hermanos. El anciano que leía era su padre. Pero ellos, mientras trabajaban parecían abandonar a su progenitor inmóvil y distraerse en la conversación. Si alguno se indignaba contra otro, el resto de la cuadrilla le recordaba su origen, señalando al padre que parecía no ver nada. Los mozos del lugar eran jornaleros a sueldo, pero los vendimiadores eran los hijos del patrón, y solo de lejos unos a los otros se saludaban. En el mundo visible reconocí a los vendimiadores en los sentidos, a los jornaleros en los ángeles o en los pensamientos, al padre en Dios o el amor que leía a través del Verbo y en los racimos a nuestras obras que, desmenuzadas, rezumarán, por último, el licor de la alegría. [De El Grado de la Aurora]

Juan Manuel Pérez Álvarez (Ourense,1985) ha publicado los poemarios Azul y Oro/Diario Suspensivo, Vidrieras y Versiones de una Vasija.

Ha colaborado en diversas publicaciones en Internet como Letralia, Adamar, Literarte, Periódico Digital El Librepensador… Pertenece, desde el año 2010, a la Asociación Cultural Círculo Poético Ourensano.

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Vilma Osorio Hay escasez de arena en esta playa. La sal es débil y carece de un cielo que cubra las lágrimas del sol La lengua del mar está seca, el estómago de los peces rompe las rocas y los partos de las tortugas son aterradores. No existe calle que nos lleve a la calma Las olas son lentas Despierto.

A veces piensas que tocar fondo es la solución. Pero bajas y bajas tocando el ahogo y te asfixias en el descenso.

Los rincones de esta casa están quebrados, carcomidos Las hormigas escapan sin equipaje, con los ánimos rotos El olor a pasto despierta las ganas, los pies dudan, los ojos deciden. Las ardillas y la velocidad: asustan, asustan Inundan el estómago de miedos. La madera está húmeda y ennegrecida: No hay reparacion que valga.

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Una aurora tatuada en el hombro izquierdo anuncia el sol. El calor germina gota a gota amaneceres rojos-naranja. Las gotas sacian la sed y los viajes sin retorno son un círculo donde el inicio es el fin, donde el fin es un latido, una sonrisa, un abrazo. Un abrazo de lino fino, de lino blanco y perfumado. Perfumado de brisa, de orquídeas.

Lleno de música de riachuelos de riachuelos coloreados de peces de peces que son besos: besos de madres de niños dulces de dulces ecos. Ecos de libertad de fulgor y de Dios que renace de un botón de rosa. De rosa roja de rojas risas que anuncian de nuevo más vida.

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Un silencio ensordecedor perturba los laberintos que inundan la crisis de ignorar por qué existo. Y si no existo, quién escribe en este momento molinos de insurrección contra todos y todo y a la vez, pasiva. Sin voz. Sin identidad. Sin ningún reflejo en el espejo. Con huella digital transparente. Carente de latidos, colmada de fantasmas que atraviesan la espalda y se mofan de mi aspecto borroso, de mi risa forzada.

Amanezco Encarno a la luna. El menguante perturba, el creciente invade el espacio saturado de negrura negrura teñida de verde de verde pálido de pálido cielo. Y soy la inexistencia viviente. Viviente leyenda, leyenda ceniza. En el espejo se congelan los reflejos. Los reflejos de madrugada meditabunda.

Vilma Osorio (El Salvador, 1981) se formó en el Taller Literario “La Casa del Escritor” de San Salvador. Participó en el IV y V Festival Internacional de Poesía de El Salvador. Su libro Fijación de la costumbre fue editado en nuestra Biblioteca de La Sombra en 2007. Admiradora de Alfonsina Storni, Alejandra Pizarnik, Claudia Herodier, Tere Andrade…, la vida la ha llevado hasta Texas, desde donde nos ha enviado estos inéditos.

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María Ramos DURA COMO EL BRONCE huele a salchichas friéndose en la sartén entre rodajas blancas de cebolla y suena un solo frenético de saxofón mientras golpeo el teclado y pienso en nosotros como huesos inertes bajo el aire caliente de un desierto bajo la furia solemne del sol y la lluvia torrencial que asola Taiwán. tomo el dolor en las manos lo aprieto lo desgarro yo lo maldigo y lo poseo lo someto y lo tiro por el retrete con las cucarachas muertas. soy dura como el bronce nado hasta la boya más allá de las piedras y agarro la arena del fondo del mar. he pillado al vecino mirando mientras me depilaba las piernas en la terraza.

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le he enseñado el dedo y me he metido dentro mientras tú ¡maldita sea! tú ves la televisión inconmovible ante este anochecer que viene cargado de estrellas y silencio.

PÁJARO MUERTO yo no soy un pájaro muerto aunque a veces sea tan fría y parezca que todo se ha consumido bajo la pequeña piel de mi pecho. soy más, soy más, soy más que un nacimiento extendido sobre mí como una tela mojada más que una persona cualquiera y que el avance ciego de los insectos. desnuda soy una pelea de perros. destrucción no un pájaro muerto. soy quien lo contempla mientras dice ¿qué has hecho? ¡bicho estúpido! ¿por qué lo has hecho?

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buscando amor como la sangre. no soy un pájaro muerto sino el pájaro que levanta la cola y se agita en primavera el que mueve el cuello y busca a su hembra con un gusano en la boca.

CREACIÓN entonces las flores crecieron feroces y asaltaron la tierra y la durmieron y dominaron sobre ella como ojos. entonces fuimos a hundirnos en lo agresivo verde las orugas avanzan sobre nuestros brazos y tengo el útero vacío grande bajo el sol como una piel cortada adusto hueco salvo por la carne que se mueve en mí una lengua mientras dejo que todo caiga abajo abajo líquido caliente voraz abajo sin respuestas

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salvo en el centro donde pido y conozco y amo como nadie con total brutalidad masticando la forma de estos hombres de estos pequeños hombres sin fe tan cansados del peso que les culpa les amo como a polillas asustadas en la fértil tierra negra respiro respiro sobre los ángeles y el infierno.

ENTRÉGALO TODO Y JUEGA efectos adversos frecuentes: dolor de cabeza molestias vaginales aumento de peso, náuseas dolor en las mamas cambios del humor (humor depresivo e inestabilidad emocional) menstruación dolorosa problemas durante las relaciones sexuales sensación de cuerpo extraño. poco frecuentes: picor en la zona genital mareos, ansiedad diarreas y vómitos, infección urinaria o de la vejiga formación de tumores en las mamas inflamación del cuello del útero dolor de espalda

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aumento del tamaño del abdomen fatiga. raros: reacciones de hipersensibilidad ronchas en la piel, coágulos de sangre. trombosis. cáncer. efecto no adverso: esterilidad asegurada al 99%. mi cuerpo nota algunas reacciones y teme a otras pero no lo pienso y sigo intoxicándome porque ya no quiero criarle más hijos a ningún hombre.

María Ramos (Almería, 1983), reside en Sevilla desde los cuatro años. Alguno de sus textos nos lo ha hecho llegar desde Suiza, lo que puede dar idea de su nomadismo vital y su independencia de circuitos literarios o académicos locales. María define su poesía como “autobiográfica y experimental”, cuyo motor es “escribir, como medio para liberar y poseer la realidad y sus consecuencias”.

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Xiwaka más, gástate la suela ya, en otros menesteres porque cuando menos lo esperes viene dios y te sugiere viene el mundo y se muere…. vienes y te vas dejándome ese aroma a vida si por mí fuera te deconstruiría la herida o te construía una silla pero si ya no te quedan razones para estar aquí tira millas por poniente, anda y que el levante levante tu falda para ver por última vez esa piernas que tantas veces me atrapan aunque ya solo pase el tiempo yo no paso del espacio que nos ocupa perdón, el espacio que no se ocupa entre mi copa y tu culpa entre tu boca y mi chusta entre tu escote y mi mirar de lupa pero por mucho que rebusco en mi saliva no encuentro el aroma de aquel día eeee…me matarías si dijese que escupí tu recuerdo? ahora creo que tengo que decir lo siento mas, no sé si lo siento tampoco sé si me siento deja que te explique, toma asiento todo como divertimento si tengo sentimientos atados con cordeles negros esperando a que tire más el amado corcel blanco y yo? yo tirao en un banco Santander joder las chominas que hay que ver mi hipoteca se deniega porque mis poemas no son avales

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dije, no es mejor el hombre malo por vestir de traje, ni es más malo el pirata que grita abordaje se desencajó el engranaje encontró en tu contra otra cosa mejor que hacer y no era precisamente agasajar te lo avisé, mas entiendes ahora por qué te narro mis problemas? lo has entendido ya? porque perdí tu regusto de mi memoria? i don´t remember la verdad, sólo me queda una duda… sería menester de cuán dulce señora el permitir a un humilde servidor agasajarle con un polvo en un cuarto de hora? sigue habiendo frases que me desternillan: en esta habitación son dos los que sobran _ si sólo somos dos entonces la habitación es la que sobra. porque el humor ganso sigue estando a pie de página.

Miguel Sánchez Rodríguez (xiwaka) nació en Jaén. Tiene 18 años. "Empecé con 11 ó 12 años a escribir poesía, movido por la lectura de Bécquer y Machado, pero solo para mí o mis padres, no más. Después apareció en mi vida el hiphop, como una moda, pero me caló hondo permitiéndome plasmar ideas de otras formas, entrenándome al principio en batallas de gallos y creándome una disciplina competitiva, pasados unos años me calmé….descubrí la fluidez y la belleza de la improvisación pura (me defino como un cantante de jazz sin voz pero con ideas). Gracias a la música inculcada desde la cuna por mis padres pude meterme y sentir cada estilo que se me presentaba, siempre acompañado de jazz, soul, reggae, rock, metal….etc, etc. Todavía soy acérrimo del rap, pero tras mi encontronazo (porque no tiene otro nombre) con el Slam muchas cosas han cambiado y siguen cambiando, y no quiero que deje de ser así. Quiero seguir disfrutando de mis poemas, que la gente los disfrute y, por supuesto, seguir empapándome de todo lo que le rodea. En definitiva, la música que para mí es poesía, porque no existe ninguna diferencia entre ambas en mi mente. Es un hobby….puede, pero ese “hobby” me ha levantado muchas veces, me ha animado, y me ha permitido conocer, sentir sinceramente. No sé qué sería sin los libros, los versos, los discos, no sería yo. Si alguien alguna vez me ve, puede pedirme unos versos improvisados, porque...me encanta. Gracias”.

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Lágrimas en la lluvia Las nubes negras descargaban con fuerza

Extendió los brazos, dejando que el temporal la abrazase. Los días como aquellos eran lo único que aliviaba un poco su pesar. Le gustaba pasear por la ciudad fantasma, entre las paredes que habían sobrevivido al paso de los años, las antiguas casas, la mayoría ya sin techo, recordando las vidas que un día se desarrollaron en ellas, los aromas del mercado, los gritos del gentío, las risas de los niños… mientras las gotas de lluvia diluían sus propias lágrimas. Pero por mucho que llorase, no conseguiría rehacer el daño causado, por mucho que lloviese, no podría borrar las manchas de sangre de sus manos…

Era una mujer, vestida de blanco. Su atuendo podíaconfundirseconunvestidodebodaoconuna mortaja. Los bajos del vestido estaban desgarrados y manchados de barro, de modo que la blancura de latelahabíaperdidotodosuesplendor.Lasmangas no eran más de dos pedazos sueltos de gasa, y el corsé, que empezaba a resquebrajarse, había perdido gran parte de las piedras preciosas que lo adornaron.

Sus pasos la llevaron al acantilado, el mar estaba revuelto por la tempestad que se cernía sobre ella. Una vez más pensó en lanzarse a las aguas, con la fugaz esperanza de encontrar la paz. Pero sería inútil, no merecía descansar en paz, no merecía dejar de vivir en aquel cementerio gigante, que una vezfuesuhogar,aquelloeraalgoqueteníaasumido desde hacía siglos.

sobre la ciudad. Las calles parecían teñirse de gris a medida que la tormenta avanzaba. La lluvia caía y caía, sin piedad, sobre ellas, provocando que pareciesen aun más desoladas de lo que ya solían ser. Era como si el cielo y sus habitantes se empeñasen en castigar aquel montón de ruinas, al que apenas se le podía llamar ciudad. La fiereza del viento y la rabia del agua declaraban la intención de hacer que la lluvia y el mar se adueñasen de aquel olvidado pedazo de tierra. De pie, entre las casas abandonadas, una figura avanzaba lentamente, haciendo frente al temporal.

Pero todo aquello le era indiferente a la mujer, solo pendiente de continuar adelante. Su nombre era Cassandra, y caminaba sin rumbo, dejando que el agua pegase a su cuerpo las vaporosas telas que la cubrían. El cabello se había convertido en una maraña negra que había dejado de brillar hacía tanto tiempo que no alcanzaba a recordarlo. Su hermosura, que tantos habían deseado, no era más que un vano recuerdo. Sus facciones seguían siendo las mismas, idéntica nariz, boca, frente… Pero faltaba algo, ese algo que las había hecho especiales. No había alegría en ellas, solo dolor. Sus ojos, que un día fueron verdes, se habían tornado grises por las lágrimas y la lluvia. Su sonrisa, que solía ser cálida, no era más que una ilusión de tiempos pasados.

Se sentó sobre la roca, sin apenas notar su tacto helado, pues su interior hacía mucho que no sentía otra cosa que el eterno frío de la muerte. Se abrazó las piernas, tratando de evocar el calor del pasado, pero sin resultado. Y fue entonces cuando rompió a llorar, a llorar con toda su alma, estremeciéndose con el recuerdo de su vida anterior, de su vida humana. Pero de súbito se sobresaltó. Le pareció escuchar algo en la lejanía. Miró a su alrededor. Nada. Lo mismo de siempre, casas medio derruidas, lluvia y mar. Pero cuando decidió que no había sido sino el rugir del viento, volvió a escucharlo, esta vez con claridad. Eran sollozos. Su corazón, que tanto tiempo había estado marchito, dio un vuelco que la hizo quedarse sin respiración. Alguien más estaba allí, y lo más importante, compartía su dolor.

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Se levantó, echando a andar, siguiendo el sonido del llanto que, por primera vez, no era suyo. Siguió el margen del acantilado hasta la playa y allí estaba. Sentado en mitad de la arena, había alguien. Caminó en su dirección, muy despacio, desconfiada y asustada. Pero a medida que avanzaba, comprobó que se trataba de un niño pequeño, de aproximadamente tres años, que se encogía sobre si mismo. Su pelo parecía negro bajo la lluvia, pero algunos reflejos revelaban que se trataban de mechones marrón avellana. Cassandra se acercó un poco más y extendió su mano hacia el cuerpecillo del chico, que se estremecía con cada nuevo sollozo. Un instante antes de llegar a rozar el hombro del niño, se preguntó si podría hacerlo, si seguiría siendo corpórea. Después de tanto tiempo estando sola, no tenía forma de saberlo. Sin embargo, antes de quetuviesetiempoparaecharseatrás,elniñosintió su mano y se giró. Sus ojos negros atravesaron su alma como un cuchillo. Por un momento se sintió vulnerable y pequeña en su presencia. Pero entonces el niño hizo un puchero y empezó a llorar, echándole los brazos al cuello. Por un momento se quedó bloqueada, la visión del niño llorando la hería en lo más profundo de su alma, y la transportaba al peor momento de su vida. Sintió ganas de huir, de correr lejos de allí y no volver nunca más. Pero al darse la vuelta para marcharse, algo la detuvo. Quizás, solo quizás, podría ayudar a ese niño… podría ser su única ayuda. Se inclinó sobre él y le tomó en brazos. Volvió a temer que el cuerpecito del pequeño atravesase sus brazos pálidos como el mármol, pero nada de eso ocurrió. Fuese lo que fuese en lo que se había convertido, era tangible. Cargó con el niño hasta la ciudad, y se adentró en una de las pocas casas que podían ofrecer resguardo a la lluvia, que parecía amainar lentamente. Por el camino, el niño le

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aseguró que había estado jugando a ser explorador y que había acabado perdido y solo en aquella playa, con la tormenta y el mar. Una vez resguardados, Cassandra cubrió al niño con una manta hecha jirones y comenzó a acunarle. El niño bostezó, cansado. –¿Puedes contarme una historia? –preguntó con voz somnolienta. –¿Una historia? No sabría… –Puedes contarme la historia de esta ciudad – pidió el niño–. De por qué está abandonada… Las palabras del niño se clavaron como espinas en su alma. Retuvo las ganas de gritar y correr y decidió enfrentarse a ellas. Dirigió sus acuosos ojos al despiadado cielo y comenzó a hablar: –Hubo un tiempo en el que la gente de esta ciudad creía que la lluvia la provocaban las lágrimas de la princesa de los soberanos, que los ángeles del cielo se entristecían tanto al verla triste que lloraban con ella. Era una muchacha bella, conocida por su hermosura y el amor que le profesaba su pueblo. Era amable y magnánima, sin dejar de ser justa y se creía que el reino prosperaría en sus manos cuando pasase a ser la soberana. Cuando la joven se acercó a la mayoría de edad, su padre decidió que era el momento de que encontrase marido, de modo que envió la noticia de que buscaba esposo para la princesa a todos los reinos cercanos y ninguno rechazó la invitación a la fiesta de cumpleaños que se celebraba con motivo del aniversario de la joven. Cuando al fin llegó el día de la recepción, la princesa ya sabía quién sería su marido. Su padre ya lo había arreglado con el monarca del reino vecino, grande y poderoso. Sería un gran beneficio para el


reino emparentarse con un territorio así, pero ella sabía que sería infeliz en su matrimonio. Conocía bien al príncipe Héctor, y nunca le había agradado su presencia. Sin embargo, debería llevar acabo su enlace, era lo que debía hacer, para lo que la habían criado desde niña. Pero, por desgracia, entre todos los demás pretendientes la joven encontró el amor. Dos veces. Los culpables fueron dos hermanos, príncipes de un reino lejano del que nadie había oído hablar. Pese a que afirmaban ser familiares, eran como la noche y el día. El primero en el que se fijó la joven se llamaba Matt, y nada más verle comprendió que se había enamorado locamente de él. Su corazón latía con más fuerza cada vez que le miraba y sentía una especie de fuerza sobrenatural que la empujaba a sus brazos. Y lo peor era que había algo en sus ojos grises que le decía que lo sabía, algo en su sonrisa que la hacía sentir como una marioneta en sus manos, algo que le gustaba de una manera oscura y aterradora. Pensaba que nunca podría amar así a nadie más cuando reparó en Sam. Sus rasgos eran tan hermosos como los de su hermano, aunque era evidente que poseían bellezas distintas. La muchacha quedó embelesada con la forma en la que los rizos dorados del chico caían sobre sus ojos azulescomoelmar.Peroerasuformademirarla,de sonreír, lo que la hacía quedarse sin respiración, como si todo lo demás no importase. La joven princesa comprendió que los amaba a los dos, de formas distintas, pero los amaba. Y también vio que nunca llegaría a querer a Héctor de ningunadeesasmaneras.Comosucompromisono estaba anunciado oficialmente debía tener discreción y dedicarles su tiempo a todos los pretendientes acudidos, pero inevitablemente pasaba mucho más con los dos hermanos que con el resto de los príncipes.

Junto a Matt se divirtió más que en toda su vida, pero la simple sonrisa de Sam al mirarla la hacía sentir la mayor felicidad que jamás conocería. Con Matt se sentía libre, rebelde, viva. Pero junto a Sam podía ser ella misma sin miedo a nada. Matt la miraba como a una golosina que tarde o temprano fuese a deleitar, Sam parecía encontrar poesía cada vez que clavaba la vista en sus ojos verdes. Sabía que, en el fondo de su corazón, solo había sitio para uno de ellos, pero aún no tenía el valor suficiente para enfrentarse a esa verdad. Cuanto más tiempo pasaba a su lado, más crecía el amor que sentía por ellos, llegando a olvidar todo lo demás, todas sus obligaciones y discreciones. De este modo, los demás príncipes fueron comprendiendo que su petición sería denegada y el padre de la joven descubrió que su hija no deseaba cumplir sus órdenes. Sin embargo, Héctor, que ya había notado los sentimientos de su prometida, sintió crecer los celos y el odio dentro de su corazón. Un día, próxima ya la fecha en la que debía anunciar su elección, la princesa decidió hablar con los hermanos. Les confesó que ya estaba prometida, cosa que no pareció sorprenderles, y que por tanto, no podrían volver a verse. Sam sonrió de forma triste ante sus palabras y besándola en la frente la deseó lo mejor en su futuro, mientras ella sentía como si le arrancasen algo de vital importancia de su interior, dejándola vacía por dentro. Pero Matt no pareció tan resignado e intentó convencerla de que se fugase con él. Habló de forma tan encantadora y apasionada que la hizo titubear, pero al ver una solitaria lágrima en el rostro de Sam comprendió que no era lo que realmente deseaba así que, entre lágrimas, se negó a acompañar a Matt y abrazando con fuerza a Sam le confesó que a quién realmente quería era a él.

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En ese momento, un golpe en el pasillo les sobresaltó y la puerta se abrió de par en par. Allí apareció Héctor que, echando fuego por los ojos atravesó a Sam con su espada. La princesa cayó al suelo, sin querer creer lo que ocurría, mientras la risa de Matt la hacía temblar de miedo. Héctor la tiró del cabello, jurando que la obligaría a casarse con él. La joven se negó a hacerlo, asegurando que prefería morir. Héctor, loco de celos, introdujo su acero en el vientre de la princesa, mientras las lágrimas de esta manaban sin fin. Su último pensamiento antes de morir fue para Sam, sabiendo que su muerte había sido culpa suya. Cuando la noticia de estos hechos llegó a oídos del rey, sintió cómo la ilusión, la esperanza, el amor de su vida se apagaba sin su hija. El pueblo se enfureció y estalló una guerra entre los dos reinos. Pero el príncipe Héctor provenía de la ciudad con mejores soldados de todo el continente y tras una larga batalla, nadie quedó con vida en la ciudad de la princesa…Desde ese momento no ha dejado de llover sobre ella. Cassandra calló, reprimiendo un sollozo, mientras las lágrimas brotaban con todo el dolor de su corazón. –Tú eras esa princesa ¿verdad, Cassandra? – preguntó el niño. –Sí, fui la señora de esta tierra… pero de eso hace mucho tiempo –dijo, sorprendida de que conociese su nombre. –Por eso siempre llueve, porque sigues llorando –ella asintió–. ¿Lloras por haber perdido la vida? ¿El amor? –No… –la seriedad del niño era muy extraña, pero continuó hablando– Lloro por la muerte de mi familia, de mi pueblo… por todo lo que ocurrió por mi culpa. Al morir quedé ligada a la ciudad, y vi el dolor de mis padres, su muerte, la muerte de todo el mundo… y después vi la muerte de la ciudad misma,

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del lugar que tanto amaba… por eso lloro. Este es mi castigo, ver como todo lo que amo se destruye… este es mi pequeño infierno. –¿Qué habría pasado si no hubieses conocido a Sam? –Posiblemente me habría fugado con Matt, y habría terminado siendo una desgraciada. Con los años, comprendí que no era amor verdadero lo que sentía por él, y mi pasión se marchitó hace mucho. –¿Y si no hubieses conocido a ninguno de los dos? –Me habría casado con Héctor y nada de esto habría ocurrido –miró extrañada al niño, que ya no le parecía para nada un pobre chiquillo perdido. Este sonrió. –El verdadero nombre de Matt es Matchitehew, fue enviado por el averno para corromper tu alma, la cual estaba siendo considerada para entrar en la corte angelical. Si te hubieses fugado con él, ahora estarías en el verdadero infierno. Por no cumplir con su cometido y no llevar tu alma consigo, fue castigado a siglos de tortura –Cassandra abrió mucho los ojos y después sonrió. –Después de todo lo que pasó, de tanto tiempo, supongo que es la explicación más lógica que podrías haberme dado. Ya ni siquiera me extraña pero, ¿qué pasó con Sam? Murió por mi culpa… –Samael era el ángel que el cielo envió para guiarte y evitar que cayeses en la trampa de Matchitehew. Pero no cumplió bien su tarea y por ello fue castigado. Aun sigue afirmando que se enamoró de ti –el corazón de Cassandra se paró por un momento. –¿Sam? –preguntó, secándose una lágrima. El chico sonrió–. Pero, ¿qué eres tú? –Soy un querubín, mandado aquí para evaluarte. Esto era tu purgatorio y debes saber que


tu alma ya es libre –entonces, una luz encantadora apareció, y el niño se desvaneció en su interior, sonriéndola. –¡Espera! ¿Qué pasa conmigo? –preguntó, poniéndose en pie. –Ven conmigo –el susurró la sobresaltó, porque conocía esa voz, por la que tanto habría dado hacía un tiempo. Al darse la vuelta allí estaba, rodeado de oscuridad, Matt. –Ah… no, ¡no! –retrocedió, alejándose de él, pero sin atreverse a dejar de mirarle. A cada paso que daba se acercaba más a la luz, hasta que su espalda topó con un objeto blando–. No iré contigo, ya no. –Ya la has oído, largo –cada palabra estaba llena de desprecio, pero escuchar esa voz a sus espaldas hizo que en su rostro apareciese un amago de sonrisa. El demonio desapareció, dedicándoles una última mirada de odio, mientras unos brazos se cerraban alrededor de la cintura de Cassandra. –Sam –susurró, dándose la vuelta para poder observarleconclaridad,mientraslágrimas,estavez de alegría, inundaban sus ojos. Seguía tal y como le recordaba, a excepción de sus alas blancas–. Samael. Él pareció sorprenderse al escuchar su nombre completo, pero tardó poco en reaccionar estrechando su abrazo. Entonces ella recordó algo, frunciendo el ceño.

por fin ha pasado todo, ahora estás en casa –con sus últimas sílabas, Cassandra sintió un leve dolor en la espalda, y la caricia de las plumas le hizo cosquillas. Miró por encima de su hombro, asombrada y admirada del par de alas blancas que habían nacido de su espalda –Bienvenida, ahora eres un ángel, lo que siempre debiste ser. Se te conocerá como Cassiel, y serás el ángel de las lágrimas, encargada de acompañar a las almas de los reyes y soberanos – dijo, hundiendo sus dedos en el pelo de ella, y volviendo a besarla. Cassandra,ahoraCassiel,sonrióymiróalcielo. En lugar de las nubes negras que la habían acompañado durante tanto tiempo, ahora brillaba un sol radiante. Cuando contempló la ciudad se sorprendió al verla llena de vida, reconstruida y habitada por cientos de personas. Ahorapuedesavanzar,hasestadoviviendoenel día de tu muerte durante todo este tiempo. Este es el aspecto que tiene ahora tu tierra –susurró Samael a su oído. Cassiel sonrió, sin poder acabar creer que todo fuese a ir bien, que él estaría siempre a su lado, que no volvería a estar sola… Le miró a los ojos y volvió a besarle y mientras la luz se los tragaba se sintió en paz, feliz. Samael tenía razón, al fin estaba en casa.

Nadia Cortina

–Te castigaron por mi culpa… yo lo siento habrá sido terrible… –él la hizo callar, fundiéndose en un suave beso con la joven. Cuando sus labios se separaron Cassandra le sonrió–. Siempre quise que fueses mi primer beso - él le devolvió la sonrisa. Mi castigo fue verte sufrir –le susurró–. Pero

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Espejo Mírate. Te gusta observarte reflejado, ver tu propia imagen, tu franca y satisfecha sonrisa, la de quien lo tiene todo, de quien no le falta nada y se siente capaz de comerse el mundo. Pero, ¿y si te dijera que el mundo tiene un sabor amargo? Me respondes que ya lo has saboreado y puedes apreciar su gusto dulzón y fresco. Me dan ganas de reírme de lo equivocado que estás. ¿No te das cuenta de que todo lo que has conseguido acabará por no valer nada? Me intentas acallar, pero yo siempre estoy aquí, no puedo irme por mucho que lo desees. Te recuerdo tus múltiples tratos con “ellos”. Vuelves a ignorarme, como de costumbre. Finges no acordarte de nada e intentas borrarlo de tu mente. Pero aquí estoy yo para sacarlo a la luz cuantas veces haga falta. Te lo dieron todo a cambio de falsas promesas por tu parte. Y no te das cuenta de que ya empiezan a darse cuenta de lo poco ciertas que eran tus palabras. Cuando vengan a por ti, te quitarán más de lo que te ofrecieron. Mi única función es prevenirte. Y, aún así, no paro de fracasar, pues sigues sin escucharme. Pero estate tranquilo: tengo todo el tiempo del mundo. Una vaga idea comienza a rondar por tu mente. ¿Y si tengo razón? Por primera vez, dudas. No tardo en aprovecharme de tu situación para presionarte. A este paso, podré hacerte reflexionar sobre las consecuencias de tus anteriores actos antes de lo que esperaba. Porque ellos están mucho más cerca de lo que piensas. Demonios que te ofrecieron todo por falsos tratos que no tienes pensado cumplir. Y que no piensan dejarte escapar, por mucho que pienses que no tienen poder sobre ti. Empiezas a darte cuenta de tus múltiples errores. Bravo. Ya no te gusta mirarte al espejo. Éste sólo te devuelve la imagen de un hombre asustado, quien puede perderlo todo y no ganar nada ya. Porque es demasiado tarde.

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Pero no para salvarte, te recuerdo. Hay varias alternativas aún que pueden sacarte del grave aprieto en el que estás. Una de las opciones es avisar a los ángeles. Pelearían contra los demonios, los harían retroceder y los castigarían. Pero a ti también, mi intrépido amigo, pues no son compasivos con los culpables, a pesar de ser a la vez, víctima. Te niegas en redondo a tomar esa alternativa. No insisto. A mí tampoco me gusta. Sin embargo, aún quedan unas cuantas más. Tienes la brillante idea de huir con todo lo que has obtenido, pero pronto te la estropeo. Mientras tengas lo que ellos quieren, te perseguirán hasta en el infierno. Sin embargo,… … no si ya no posees nada. En cualquier otro momento, te hubieses negado a mi propuesta. Pero estás desesperado. Tu vida pende de tu decisión, como nunca antes lo había hecho. Y yo tengo la solución para salvarla. Me conviene hacerlo, pues, ¿para qué necesita un muerto una conciencia? Desapareceré en cuanto expires tu último aliento, mientras tú tendrás la opción de saber lo que es la “muerte”. Que hay más allá de la vida, de esa frontera invisible. Indeciso, vuelves a mirarte al espejo. Una calavera te devuelve la mirada. Y tomas tu decisión. La más sabia de tu vida, algo que puedo asegurar sin temor a equivocarme, pues llevo aquí desde mucho antes de que me recuerdes. Te diriges hasta el teléfono y marcas los números correctos, temblándote la mano de puro nerviosismo. Tartamudeas y lloras, sabiendo que estás a punto de perderlo todo, derrochar cada una de las posesiones que los demonios te dieron. Ignoro tu tristeza y me escabullo por los rincones más ocultos de tu mente. Mi labor ha terminado por ahora. Ya no me necesitas. Pero siempre estaré aquí para guiarte, sólo tienes que buscarme.

Elena Martín Merino, 2010.

Nadia Cortina

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Lágrimas de luna “Dime que no desaparecerás, que siempre estarás a mi lado…”, le dijo la Luna al Sol. Pero el Sol se fue… Ella, desconsolada, no paró de llorar y rogar que él volviera, pero no volvió. Cada noche en lo alto del cielo le buscaba sin parar, no dejaba de pensar en los últimos días con él y en lo feliz que pudo ser. Muchos fueron los que intentaron enamorarla. Con canciones, relatos, poesías… Pero ella sabía perfectamente quién era el dueño de su amor y aunque no estuviera a su lado, ella seguiría esperando. Las estrellas siempre la intentaban convencer de que el Sol no volvería, que se había marchado para siempre, pero ella se negaba a escuchar. *** Un día el Sol volvió. “¿Eres real?”, dijo ella con lágrimas en los ojos y él, sin mediar palabra, le tocó la cara con suavidad, esbozó una leve sonrisa de cariño y la estrechó entre sus brazos. Todo se quedó oscuro. Entonces la Luna se despertó. Sólo había sido un sueño, un sueño tan real… “Amor, todavía no es tarde, yo nunca te olvidaré”, dijo ella mirando a la profundidad del cielo. “Desiste, pequeña Luna, debes asumir que él no volverá. El amor que aguardas ya no existe, no te pertenece. El sol ya no te espera, sigue viviendo sin ti. Mientras tú te consumes entre cada lágrima, entre cada suspiro y cada noche oscura, él ya te ha olvidado. Eres un recuerdo vago en su memoria, eres algo intangible, ya no eres nada para él”, le dijo una pequeña estrella fugaz que pasaba por ahí. “Yo te puedo mostrar dónde está él y mostrarte cómo mis palabras son reales”. La Luna, asustada pero a la vez segura de sus sentimientos, cogió la mano a la estrella y esta la guió hasta donde estaba el Sol. Entonces lo vio. Vivo, reluciente, tan alegre como la última vez, admirado con todo lo de su alrededor. Entonces la Luna lo comprendió. Sus ojos se llenaron de lágrimas.

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“¿De verdad me ha olvidado?”, pensó Luna. Una sensación de ahogo la inundó, sintió como si le arrancaranelcorazóndelpecho,comosilahubieran matado. Al verla así, la estrella fugaz la estrechó entre sus brazosfuertementeyellallorósinpararensupecho. “No llores, Luna mía, yo te guiaré e iluminaré tu corazón de nuevo”. Ella negó con la cabeza y se dejó caer al suelo. “No, no puedo amar a nadie más que a él. Sí, soy un ser intangible, invisible, ya no soy nada ya para él, lo sé pero… para mí era todo. Por fin comprendo que no volverá, pero yo en lo alto del cielo cada noche le seguiréesperando,noséyaporquémotivo,peroahí estaré”.

visitarle. Pero lo que no sabía la Luna era que el Sol la amaba y que si se fue era para no hacerle daño, porque él mismo sabía que el amor que sentían mutuamente era muy frágil y no podrían mantenerlo. *** También dicen que los días de eclipse, el Sol vuelveaveralaLunaysuamorvuelveaseruno…por un momento.

Paloma Sánchez

Dicen que la Luna volvió a la oscuridad, con el corazón partido, mientras el Sol siguió brillando en lo alto del cielo sin saber que la Luna había ido a

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Especial Laura Gallego Desde nuestra revista La Sombra nació en 2009 el proyecto de construir un homenaje a la escritora Laura Gallego, que ha hecho disfrutar intensamente a tantos jóvenes lectores. El proyecto ha consistido en construir, en colaboración con la Asociación de Madres y Padres del IES Antonio López de Getafe, un Especial Laura Gallego (con creaciones diversas como las aquí reflejadas) para la revista La Sombra y una exposición con materiales creados por estudiantes, docentes, familias. El equipo de redacción de LS eligió a Laura como símbolo de una joven que a través de su esfuerzo ha hecho realidad su sueño de ser escritora; símbolo también de un homenaje a la lectura y a la fantasía (clave en sus libros) como parte esencial del ser humano. Artículo: Lidia Campo. Leer a Laura Gallego. Cuento ilustrado: Daniel Gallo (4º ESO). El hielo piedra. Ilustraciones: Clara Prieto. La leyenda del rey errante. (Contraportada). Adrián del Saz. Kirtash. Relatos originales: Elena Martín (4º ESO). La Rayuela. Aitor Herzog (4º ESO). Lavado de cerebro. Fanfic: Nadia Cortina (Bachillerato). Sola (sobre Memorias de Idhun II: Tríada). Irene Martín Herrera (4º ESO). El final. Poemas: Ingrid Fainstein Oliveri. Llanto inmenso de un dios solo. Israel García Iglesias (3º ESO). Fantasías en el olvido. Yesica Danielova Bozhinova (1º ESO). Leyenda. Cómic: David Guerrero (4º ESO). Cómo se hizo Memorias de Idhún. Fotografía: Laura Gil (Bachillerato). Estampación en tela: Taller de pintura en tela del AMPA, dirigido por Charo Nieto. Accesibles desde la web http://lasombradelmembrillo.com/VI/num/la-sombra-13/especial-laura-gallego/: Vídeo: Andrea Moreno (4º ESO). Entrevista con Laura Gallego. Presentación multimedia: Anabel Sánchez (4º ESO). Laura Gallego.

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Leer a Laura Gallego Y eso no es así. Todos tenemos problemas. Nos levantamos muy, muy temprano. Vamos al instituto. A veces llegamos pronto; otras, tarde. Después llegamos a casa. Comemos. Nos aplicamos más o menos en el estudio. Jugamos, salimos por ahí. Volvemos a casa. A cenar y a dormir. Pero continuamente nos cae alguna encima. Que si no haces los deberes, que si no recoges tu habitación, que si contestas mal cuando te hablan, que si estás enfadado siempre… Pero, ¿qué saben los adultos? Se creen que aún somos unos niños y que no tienen que darnos ninguna explicación cuando quieren que hagamos algo.

Nuestra forma de hablar, de comportarnos, de comunicarnos con el mundo es la vía de escape, muchas veces, a los problemas que pueden parecer estúpidos a ojos de los demás, pero que son realmente importantes para nosotros. Los libros que nos gusta leer hablan de esos mismos problemas, de otros muy diferentes o de la falta de ellos. Pero, ¿qué buscamos en ellos?, se preguntará alguno. Depende. A veces busco refugio; a veces, ejemplo; a veces, emociones fuertes… hay para todos los gustos.

Fragmento de tapiz del taller de pintura en tela del AMPA

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Refugio, porque necesito desaparecer del mundoporuntiempo,necesitoirmeaunlugarmuy lejano que no conoce tiempo ni espacio, que se mueva entre mundos diferentes y ver lo que les ocurre a otras personas, olvidar los problemas que tengo, saber que, a pesar de todo, no estás solo. Ejemplo, porque no sólo en la vida real la gente puede enseñarte a hacer cosas. La valentía de tu héroe de ficción puede contagiarse con facilidad, la templanza y el aguante de los que aparecen sometidos contra la maldad de sus dueños, la fortaleza de alguien que lucha por lo que quiere contra viento y marea… Emociones fuertes por que el protagonista aventurero descubra el misterio mientras tú, que te han mandado tus padres apagar la luz, lees bajo la manta, con una linterna, porque no puedes aguantar a descubrir el secreto al día siguiente.

Los libros de Laura Gallego están llenos de ficción, de aventuras, de ese revoloteo en el estómago cuando se nos acerca el chico o la chica que nos gusta. ¿Cómo reaccionará un fraile que descubre que se acaba el mundo? ¿Qué podrá hacer un ángel traicionado por su mejor amiga? ¿Y una asesina a sueldo en un mundo donde las ciudades están rodeadas por desierto y la naturaleza significa “salvaje”? ¿Cómo encontrar a un dragón y a un unicornio perdidos en la Tierra? Finis Mundi, Alas de fuego, Las hijas de Tara o Memorias de Idhún son algunos de los títulos en que podemos descubrir nuevos mundos de manos de esta joven escritora. Leer un libro no es sólo pasar la vista sobre un montón de palabras que quieren decirnos algo, sino aprender a soñar con la imaginación e intentar construir un mundo que nos ayude a comprender aquel en el que realmente vivimos.

Lidia Campo Almorox

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La Rayuela

Hacía tiempo que Lynn se había acostumbrado a jugar sola. Dejó la tiza a un lado cuando terminó de dibujar los cuadrados del suelo. Había un total de diez, formando una línea recta en la inmensa habitación, cada uno de ellos con un número marcado. El 5 y 6, así como el 8 y 9, estaban juntos, en una misma fila. Empezó a jugar. Saltó a la pata coja hacia el uno. Luego, al dos, sin bajar la pierna. Fue entonces cuando se escucharon voces en la habitación de al lado. Murmullos inaudibles. No interrumpió su juego y siguió saltando hacia la casilla número 3. Ahora sí, alguien se acercaba. –¿Creéis de verdad en la leyenda de ese vejestorio? ¡No es más que un cuento para críos! Volvamos a casa cuanto antes –replicaba una voz infantil de niño. Lynn recordó vagamente una queja parecida a la suya, de hace muchos años. No podía interrumpir su juego. Saltó hasta el número 4, desequilibrándose un poco al prestar atención, a la vez, a la respuesta de otro niño: –¡Miedica! Comprobemos si es cierta o no, si tan seguro estás. Además, ¡fijaos en esta gigantesca mansión! Podríamos hacer lo que quisiéramos y nadie nos regañaría, porque aquí no vive nadie –se oyó a otro niño. –¡Una base secreta! –propuso una voz de niña. Lynn volvió a saltar y abrió las piernas al chocar sus pies contra las casillas 5 y 6. Se felicitó a sí misma. Había sido una caída perfecta. –Pero la casa está muy vieja, podría derrumbarse… –insistió el primer niño que había hablado. “Y no hay nada divertido que hacer”, no pudo evitar pensar Lynn. Intentó concentrarse de nuevo en su juego. Al saltar a la casilla número 7, se recordó volver a ponerse a la pata coja antes de caer. Por poco tuvo que volver al principio. –¡Tonterías! ¡Eso es lo que nos dicen los adultos para que no entremos! ¡Ellos también tienen miedo de la casa encantada! –replicó la niña.

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Se oyeron pasos apresurados hacia la puerta que accedía a la habitación donde se encontraba Lynn. Ella saltó hasta las casillas 8 y 9, estirando de nuevo la pierna recogida. La voz del segundo niño se oyó demasiado cerca: –¡Demostrémosles que están muy equivocados! ¡Estoy harto de que mi papá no pare de repetirme que no me acerque aquí! Giró el pomo y abrió la puerta justo en el momento en él que Lynn terminaba su recorrido y aterrizaba sobre el número 10. Los dos niños se apresuraron a alcanzar a su amigo, quien se había quedado paralizado en el marco.

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Las paredes, antaño de color cobre, estaban desgastadas y sucias, además de cubiertas por un espantoso color rojizo que puso los pelos de punta a los niños. El suelo, cubierto ya por una capa de polvo, estaba resquebrajado, además de haber en él varios muebles, cajones u objetos caídos, la mayoría rotos. Pocos se sostenían aún en pie. Además, tablones de madera desprendidos del techo daban un aspecto más anticuado a la enorme habitación. Pero lo que más le chocó a todos fue la niña. Debía de tener alrededor de siete años, como ellos, con un rostro con claros vestigios infantiles y ojos muy claros. Tenía el pelo recogido en una larga trenza morena que caía

Tapiz del taller de pintura en tela del AMPA


por su espalda, adornada al final por un oscuro lazo. Llevaba un vestido negro, con medias y zapatos del mismo color. Parecía venir de un funeral. Salvo que un nuevo color adornaba la zona por donde debía de estar su corazón: el rojo. Incluso les dio la impresión de que aún chorreaba. Lynn, por el contrario, no se impresionó de la llegada de los niños. Se fijó en el propietario de la segunda voz que había hablado, él que iba al frente de ambos y quien había abierto la puerta. Le recordabaaunchicoquetambiénfueavisitarlaensu momento. ¿Hace cuánto fue? ¿25 ó 30 años? Para Lynn, el tiempo no pasaba, por lo que no podía saberlo con certeza. Tampoco le importaba.

El primero en gritar fue el niño que deseaba irse de allí en un principio. Dio media vuelta y salió corriendo, en cuanto tuvo una razón con fundamento para hacerlo. La niña le siguió, también muy asustada. El último sólo tardó unos segundos más en tomar la misma decisión. Nunca más volvería a cuestionar las prohibiciones que su padre le hiciera, se prometió. Lynn volvió a quedarse sola. No se sintió dolorida por haberlos asustado. Hacía tiempo que había dejado de sentir. No tardó en volver a concentrarse ensujuego.Despuésdetodo,eraloúnicoquepodía hacer hasta que su madre regresara con ella.

Elena Martín Merino, 2010.

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Lavado de cerebro –A las cinco y media, ¿no? –Sí, a las cinco y media en el bar de la esquina. –Vale, adiós. Esta fue la conversación que David y yo tuvimos por el messenger para quedar y luego ir a dar una vuelta. A las 5:35 llegué yo y allí estaba él esperándome. Fuimosalacalleprincipaladarunavueltayaver si veíamos chicas ya que estábamos muy necesitados. Cuando íbamos por el ayuntamiento le dije que me esperara en el banco ya que yo iba a mear a la esquina. Cuando volví él ya no estaba. Decidí esperarle un rato, pensé que se había encontrado con algún amigo o quizás había encontrado alguna chica. Cuando pasaron 15 minutos me empecé a preocupar y di una vuelta a la manzana a ver si le encontraba, pero no fue así. Le llame al móvil pero lo tenía apagado. Al llegar la noche, me fui a mi casa muy preocupado sin saber dónde se encontraba David. Cuando me conecté al messenger, vi que estaba conectado y le hablé. –Que pasa, David, tío, ¿dónde has estado? –Me he ido, me encontraba mal. –Haberme avisado, que estaba preocupado. –Lo siento –se disculpó. –Te noto raro, tío, David, ¿qué te pasa? –Nada, en serio, estoy bien, solo me encuentro un poco mal. –Ponme la webcam, anda, que me aburro. –No me funciona, tío. Yasíseacabolaconversación.Yolenotabamuy extraño, y como sé bastante de ordenadores, le

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mandé una serie de virus, le vi por la webcam sin que él se diera cuenta. –¡DIOOOOOOOS MÍOOOOOOO! –grité. Me encontré a David rodeado de una especie de cerebros flotantes en una nave espacial. La primera idea que se me vino a la cabeza fue llamar a la policía, pero si lo hacía David podría correr peligro. Así que decidí hablarle para averiguar alguna pista de donde se encontraba. –¿Qué haces? Porque yo me aburro más… –Nada, ver la tele. -Oye, ¿seguro que estás bien? -Sí, tío, déjame –me dijo enfadado. Yo, como ya he mencionado antes, sé bastante de ordenadores, así que averigüé desde dónde estaba escribiendo David. A los diez minutos encontré la respuesta, estaban en el polígono industrial. –¡Voy a buscarte! –le dije sin pensármelo, y apagué el ordenador sin darle tiempo a contestarme. Yo sabía que era una misión de alto riesgo, por lo tanto, tenía que llevar el equipaje necesario para estas ocasiones. Me preparé una mochila con un bocadillo, por si la misión se alargaba, una cuerda, un megáfono que tenía un spray anti-violadores, y un cuchillo jamonero por si la cosa se ponía difícil. Desaté la bici del porche, y salí lo mas rápido que pude hacia el polígono.


Según mis cálculos, estaría allí en unos quince minutos, así que tenía que darme prisa. Cuando llegué al polígono, todo parecía tranquilo. La niebla abundaba y los búhos ululaban en aquel tenebroso lugar. Tenía un poco de frío y miedo, pero todo era por salvar a David. Empecé a buscar el lugar más parecido a lo que había podido observar durante los pocos segundos que pude ver la webcam de David. Tras varios minutos buscando, oí unos susurros en una fábrica justo cuando pasaba por enfrente de ella. Me acerqué y allí estaban. Esos ”bichos raros” estaban rodeando a David, que estaba tumbado en una camilla, y le estaban haciendo como una especie de lavado de cerebro para saber sus pensamientos y guardárselos. Pensé en entrar corriendo, pero me di cuenta que si entraba tan rápido y de forma violenta, los cerebros me secuestrarían y me harían lo mismo que le estaban haciendo a David. Noteníamuchotiempo,debíapensaralgúnplan para distraer a los cerebros flotantes y entrar a recuperar a David. Se me ocurrió la idea de poner un vídeo que hicimos una vez haciendo el tonto con el móvil y activar el megáfono para que se oyera en alto, así los ”bichos raros” saldrían a por los supuestos niños a secuestrarlos y yo entraría y me llevaría a David. Recé un Padre Nuestro para que todo saliera bien.

Puse el vídeo al máximo volumen y activé el megáfono. Yo mientras me escondí en unos arbustos esperando a que salieran los cerebros, pero mi plan falló. Esperé dos minutos, pero de la fábrica no salía nadie. –¡MIERDA! –grité enfadado. Se me olvidaba que los cerebros no tenían oídos y no escuchaban nada. No aguantaba más, cogí el móvil y el megáfono del suelo, y saqué el cuchillo y el spray. Con decisión entré corriendo en la fábrica dispuesto a cortar a los cerebros por la mitad. Nada másentrardistinguícuatrofigurasflotantesyvique una se aproximaba a por mí. Cogí el cuchillo y le corté por la mitad. Al ver que yo iba armado, los tres cerebros restantes sacaron sus espadas láser y vinieron a por mí. Lancé un grito y vi que, al gritar, ellos se resintieron, como si los gritos les afectaran, pero ellos seguían con paso firme hacia mí. Pasados unos segundos volví a gritar con más fuerza aún y los cerebros se volvieron a resentir, como si una aguja estuviera clavándose en su enorme cabeza. Enunasdécimasdesegundosemeocurriósacar el megáfono. Cuando los cerebros estaban a aproximadamente un metro de mí pegué el grito más grande que haya pegado nunca con el megáfono encendido.

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Al instante del grito, los cerebros explotaron. ¡ESTABA VIVO!, pero también pringado por los asquerosos restos de esos seres repugnantes. Fui corriendo a por David y le quité los cables que tenía pegados al pecho. Élestabacasidesmayado,asíquetuvequellevarleenlabicihastalapuertadesucasamientrasélestaba más dormido que despierto. Cuando llegamos a la puerta de su casa, estaba ya más espabilado. –Oye, muchas gracias por salvarme la vida. –De nada, David, tío, para eso estoy. Me has dado un susto muy grande. –¿David? ¿Quién es David? ¿Dónde estoy? ¿Quién eres?

Aitor Herzog Rebollo (4º A)

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Sola Era noche cerrada, las lunas dibujaban extrañas sombras en el bosque, sombras amenazantes, sombras de serpientes; pero sombras al fin y al cabo. Sigilosamente, un par de figuras encapuchadas se acercaron al arroyo, levemente iluminado por los rayos lunares. Se trataba de dos muchachas, una de ellas era apenas una niña. Habían estado entrenando duro toda la tarde, con espadas y lanzas, en combate cuerpo a cuerpo, necesitaban aprender a defenderse, en especial la más pequeña. Pero aquellas sesiones las dejaban agotadas. Aquella noche habían decidido ir al río a por provisiones de agua, que ya empezaban a escasearles y para intentar relajarse un poco. La vida en las montañas era muy dura, y mucho más para ellas. –Estoy hecha polvo –dijo la pequeña mientras llenaba su orbe con agua fresca. No elevó la mirada hacia su compañera y su voz fue apenas un murmullo, pero la joven de al lado lo escuchó. Era su hermana. Esta la miró, sorprendida y encantada. Había hablado, no pudo evitar sonreír. Sin duda aquello sería un buen presagio. Desde que habían huido a las montañas, la niña no había hablado absolutamente con nadie, ni siquiera con ella, la única familia que le quedaba. Prácticamente no había abierto la boca, salvo para beber y comer la escasa carne que conseguían. Se limitaba a fijar su mirada, cargada de tristeza en cualquiera que intentase iniciar una conversación con ella. Pero últimamente la mayor había comenzado a entrever un gran vacío en los ojos de la niña. No podía culparla, después de los horrores de los que había sido testigo. –Es lo que tiene vivir con el maestro de armas de Nurgon, las espadas son su vida y quiere enseñarnos a defendernos –sonrió, acariciándole

el pelo negro como el ala de un cuervo. Debía intentar animarla, si aquello era posible, claro. Ni siquiera ella era capaz de sonreír plenamente, ¿cómo podía pedirle a la pequeña que hiciese algo que ella era incapaz de hacer? – Lo hace por nuestro propio bien, son tiempos muy difíciles, y necesitaremos todo lo que pueda enseñarnos. Habían huido hacía mucho a las montañas, y a veces parecía que su vida anterior a aquello no había sido más que un plácido sueño que terminó convertido en pesadilla. Ahora estaban en una de la cordillera de Nandelt, se movían sin rumbo fijo, con el único propósito de seguir adelante, de sobrevivir. En aquellos momentos Covan estaba en el campamento, si así podía llamarse a la hoguerita que habían improvisado aquella misma mañana. Ahora aquella era su vida, vivir como proscritos, desde la destrucción de Shia, desde la muerte de sus padres y desde su propia muerte, pues ya no eran Alae y Reesa, princesas de Shia, aquello había quedado atrás, las princesas habían muerto junto a los reyes. Ahora solo eran dos chicas huérfanas, sin hogar ni identidad, destinadas a vagar y esconderse en las montañas por miedo a ser descubiertas, identificadas y destruidas por los szish o, peor aun, por los sheks. Pero aquella posibilidad era tan aterradora que no se atrevían a plantearla. Por eso siempre estaban alerta, debían estarlo. La supervivencia era fundamental, y para sobrevivir debían estar preparadas para lo que viniese. Pero aquel día Reesa había hablado por primeravezdesdehaciamuchoysuhermanaestaba totalmente centrada en ella, había olvidado todo lo que no estuviese relacionado directamente con su hermana y con lo alegre que estaba de volver a escuchar su voz.

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Por aquel motivo no se dio cuenta de que algo se movía en la espesura, de que algunas sombras no estaban causadas por los caprichos de las lunas, hasta que ya fue demasiado tarde. Fue como cuando despiertas de un sueño sobresaltada. Las dos permanecieron confusas y despistadas por un momento y sus enemigos lo aprovecharon. Los szish salieron de la nada, el bosque los había ocultado a la perfección. Atacaron a la niña primero, esta se removió, dio patadas, codazos, incluso mordió al szish que la aprisionaba. Entre el forcejeo logro ver como Covan llegaba, echando fuego por los ojos, y le lanzaba una espada a su hermana; los vio descargar sus aceros contra los cuerpos escamosos de los szish, sin piedad, pero controlando sus emociones, directos, precisos, letales. Cuando solo dos hombres serpiente quedaban en pie, Reesa había logrado zafarse del szish que la mantenía prisionera y la batalla parecía ganada, llegó. Su descomunal sombra ocultó la luz de las lunas por un momento, mientras sobrevolaba el campo de batalla. La joven nunca llegó a saber si había estado ahí desde el principio o había llegado después, pero la sola imagen de aquella enorme serpiente la paralizó por completo comprendiendo que su recuerdo plagaría sus peores pesadillas durante años, si es que sobrevivía a aquella noche. A su lado, Covan lanzó una maldición, apretando con más fuerza la empuñadura de la espada y los szish sisearon, sabiéndose vencedores; no alcanzaba a ver a Alae. El enorme shek descendió de los alturas y dirigió directamente sus ojos irisados a Covanqueyadescargabasuespadacontraél,como si supiese lo que estaba pensando. Reesa no pudo creer lo que sucedía, de pronto el maestro de armas quedo inmóvil, como una piedra, incapaz de mover un músculo. Entonces un szish habló: –¿Le perdonamossss la vida ssseñor? – preguntó dirigiéndose al shek y mirando a Covan.

Adrian del Saz

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Era la primera vez que la chica veía a un shek de cerca y, aterrada, se pregunto cómo sería su voz, llegando a la conclusión de que no quería oírla. Por lo visto, su plegaria fue escuchada por los Seis, pues


no salió sonido alguno de la boca de la serpiente y en su cerebro tampoco se escuchó nada; es más, se diría que tan solo la oyó el szish que había preguntado. Fuese como fuese, no tocaron a Covan. Acto seguido el shek dirigió su letal mirada a la muchacha de mayor edad, que sostenía aun la espada en el aire, frente su rostro, lista para defenderse aun a sabiendas de que de nada podría servirle contra la serpiente. –No… ¡no! –murmuró la chica antes de caer inconsciente en brazos del szish más cercano. La niña observó todo esto con el terror pintado en el rostro y, sin embargo, cuando el shek se colocó delante de ella y siguió el mismo procedimiento que con su hermana, la chica no sintió miedo, sino una repulsión y un odio que la hizo temblar de ira mientras sentía cómo la serpiente se introducía en su mente; abrió mucho los ojos, intentando luchar contra los tentáculos que se estrechaban contra su cerebro, pero de nada sirvió, solo empezó a sentirse cada vez más cansada… poco después cayó inconsciente. *** Se despertó con un terrible dolor de cuello, dándose cuenta de que lo tenía en una postura rara, y se dio un leve masaje para intentar despejarse. Le dolía la cabeza también y le costó concentrarse. Lo primero que notó fue que estaba en un lugar tenuemente iluminado, húmedo, terriblemente frío y que su hermana estaba a su lado. No había despertado aun y un mal presentimiento inundó su pecho. Se lanzó sobre el cuerpo de Alae y angustiada palpó su cuello rezando por encontrar pulsaciones. Suspiró con alivio, seguía viva. Apoyó la cabeza de su hermana en su regazo y se recostó sobre la dura pared de piedra. Apenas podía ver en aquella oscuridad, pero estaba claro que se encontraban en una pequeña celda de roca.

En una de las paredes había una pequeña ventana con tres oxidados barrotes, por la que entraba la poca luz que las iluminaba. Reesa suspiró, acariciando la frente de su hermana. Al menos podía decir que estaban vivas y juntas, aunque no sabía por cuánto tiempo podría contar con eso. *** Alae estaba asomada a la diminuta ventana, aferrada a los barrotes, y sacando el rostro al exterior, como de costumbre. –¿Qué buscas? Todos los días te asomas a la ventana ¿Estás esperando un milagro acaso? preguntó secamente su hermana, con sarcasmo y desdén. –Lo cierto es que sí. Estoy esperando al dragón –contestó, sin moverse, con la voz extraña, como si estuviese muy lejos–. Algún día vendrá a rescatarnos, nos salvará. –Sabes que no es verdad, no vendrá nadie, estamos solas –dijo la joven, con amargura. –No deberías perder tan pronto la esperanza hermanita -rebatió, volviéndose y mirándola a los ojos. Reesa vio ilusión en los ojos de Alae, realmente creía lo que estaba diciendo, y se planteó si el encierro no la habría hecho perder la cabeza. Pero algo en la expresión de su hermana la tranquilizó, su seguridad, su fe. Ella también quería creer, en el fondo también lo necesitaba. La joven abrió la boca para decir algo, pero en ese preciso momento un szish abrió la puerta de golpe. Ambas quedaron deslumbradas por la luz del corredor un instante, luego el szish dijo:

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–Princessssa Alae acompañadme, osss essstán esperando–. Alae se irguió, digna, y caminó hacia la puerta. –No, Alae, no te vayas, no me dejes sola –suplicó la joven, aferrando a su hermana. –Tranquila Reesa, volveré enseguida –dijo, pero esta vez no había esa confianza de momentos antes, ambas sabían que lo más probable era que no volviesen a verse nunca. –Daossss prisssa sssangrecaliente - les espetó el guardia con desdén. Las dos sintieron el impulso de abrazarse, de no permitir a la serpiente que las separara, pero eran princesas, y en el fondo lo serían siempre, no podían permitir que su enemigo las viese flaquear de aquel modo. Por ese motivo, Alae levanto la cabeza y se irguió tan alta era cuando flanqueó la puerta con superioridad; la joven Reesa parpadeó para contener unas lágrimas que amenazaban can brotar de sus ojos antes de que ella lo permitiese, mientras observaba como su hermana abandonaba la celda. Poco después, cuando la puerta ya estaba cerrada y los pasos de Alae y el szish dejaron de oírseporelpasillo,comenzóallorar.Algodentrole decía que no volvería a ver a su hermana y lo único que pudo hacer al respecto fue encogerse sobre sí misma, abrazándose las piernas, y llorar, llorar sin parar. *** Hacía mucho que el szish se había llevado a Alae, y Reesa estaba convencida de que estaba muerta, al

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igual que de que nunca saldría de allí con vida. Sus díashabíansidodeoscuridadyamarguradesdeque su hermana fue arrancada de su lado, y la única compañía que tenía era la de una gotera, que parecía sumarle monotonía a su interminable encierro. Todo fue oscuridad y soledad hasta que, el día de año nuevo, con el Triple Plenilunio, llegó un szish. Al igual que la última vez, la luz procedente del exterior cegó a la joven, que pronto lanzó una mirada cargada de desprecio a la serpiente. –Acompañadme, princesssa Reesssa, essstán esssperando para trasssladarosss. –¿Trasladarmedónde?–contestóellaconcierta insolencia. No esss de tu incumbencia sssangracaliente – replicó el szish, estricto. Ante la poca disposición y la insolencia de la niña el guarda la cogió del brazo y tiró de ella hasta la puerta. La chica intentó escaparse del abrazo del szish por todos los medios, pero fue incapaz. Aun pataleando, fue conducida a una sala llena de szish, donde también había un hechicero humano que estaban intentando reducir a una horrible bestia. Reesa se quedó muda de terror, sintiendo que el suelo a sus pies se tambaleaba, o era ella la que no encontraba el equilibrio; el aire se negaba a llenar sus pulmones, y el estómago le daba vueltas, mientras todo su cuerpo se estremecía entre convulsiones, sin poder aguantar la imagen de la que había sido su hermana. La bestia que una vez fue Alar tenía las facciones que tan bien recordaba mezcladas con los extraños rasgos de un animal desconocido para ella. Mechones de pelo que cambiaban de color a rayas cubrían su cuerpo, su fisonomía había cambiado dejando a la vista unos colmillos afilados y amenazadores adornados por un bigote felino. No


pudo evitar sorprenderse ante la larga cola que se movía con rapidez a su espalda. Había escapado de los grilletes y estaba intentando escapar de los szish entre mordiscos y zarpazos. Entonces sucedió, fue como si de súbito algo la hiciese reaccionar y aquella bestia, su hermana, se giró para mirarla fijamente. Ahora que era consciente de su presencia se abalanzó sobre ella con un rugido que llenó de horror a la joven. –Alae espera soy yo… –tartamudeó, incapaz de moverse. Pero Alae no la escuchaba, estaba poseída por las lunas. En su frenesí no reconoció a su hermana, estaba sedienta de sangre y quería carne, jugosa carne de niña humana. Reesa, incapaz de reaccionar la miraba a los ojos, buscando en ellos algo de su hermana, sin resultado. La atacó, con los dientes por delante. La niña chilló, tapándose el rostro con las manos. Iba a matarla, lo sabía, iba a morir devorada por su hermana y no había nada que pudiese cambiarlo. Así, encogida sobre sí misma, esperó el ataque de la bestia, un ataque que nunca llegó, y no fue porque Alae la hubiese reconocido en el último momento, sino porque un szish había logrado reducirla, salvándole la vida. Pero el hombre-serpiente no bastaba para retenerla, de forma que todos sus compañeros acudieron a ayudarle. Ella no se lo pensó dos veces y se escabulló de la sala, y echó a correr, deseando no parar nunca. Gracias a todo el caos que había causado su hermana, Reesa pudo escapar de Drackwen, pero el oscuro recuerdo de aquella noche la marcaría de por vida. *** Estaba sola.

Hacía cuatro días desde su huida de Drackwen y la transformación de su hermana. Un escalofrío la recorrió al pensar en ello. En su mente solo había dos cosas: terror por haber visto a su hermana convertida en una bestia sanguinaria e irracional y odio hacia las serpientes que le habían hecho aquello, fuese lo que fuese; las mismas serpientes que habían matado a su familia, a su gente, a su tierra… Pese a que no había elegido un rumbo voluntariamente, sus pasos la llevaron de vuelta a las montañas. Extrañamente deseó que aquellos días junto a Covan y Alae regresasen, por mucho que los hubiese odiado en aquel momento, era mejor que lo que tenía ahora. Se reprendió a sí misma, debía olvidar el pasado, ya no le importaba que la matasen, pero tampoco pensaba dejarse morir. Por eso, cuando llegó a las montañas y encontró un campamento, no se escondió, al contrario, fue directamente hacia un grupo de gente, el cual estaba reunido entorno a un gran armatoste de madera que no había visto en la vida. –¡Alto intrusa! –gritó alguien cerca de ella. –¡Es un espía de las serpientes! –le contestó otro, mientras le abalanzaban sobre ella e intentaban inmovilizarla. Ella les lanzó una mirada asesina. –¡De eso nada! Antes muerta que servir a los sheks –contestó, levantando la cabeza con dignidad. –¿Quién eres y que haces en nuestro campamento? –espetó el que parecía el líder, sin retirar a sus hombres, emperrados en sujetarle por las muñecas. –Me he perdido. –Nos venderás a los sheks, no podemos dejarte ir. –¿Quién ha dicho que me quiera ir? Además, ¿por qué motivo iba a venderos? ¿Sois rebeldes, acaso? –preguntó un tanto esperanzada.

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–Sí… –dijo, cauteloso, el líder. –Quiero unirme a vosotros –dijo, sin apenas pensarlo, muy resuelta. –¿Qué motivos tienes para hacerlo? –dijo una mujer, que parecía ser hechicera. La estaba mirando de forma evaluativa, como si planease algo. –Soy shiana –contestó, simplemente, pero un matiz de odio tiñó la frase.

–Bienvenida a los Nuevos Dragones –dijo la hechicera, que esta vez la miró con algo de lástima–. Yo soy Tanawe y este es mi hermano Denyal. –Yo soy… –dudó un instante, pero comprendió que Reesa había muerto aquella noche de plenilunio a manos de su hermana. Reprimió una lágrima y miró al frente con seguridad–. Soy… Kestra. Me llamo Kestra.

Todos cruzaron una mirada de entendimiento, Shia había sido uno de los reinos que se había rebelado contra los sheks y por tanto, como castigo, ellos la habían arrasado. Había sido un castigo ejemplar, para evitar que otros reinos siguiesen su ejemplo. Nadie podía odiar tanto a las serpientes como ellos.

Nadia Cortina

Adrian del Saz

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El final La mañana nació soleada. Hacía tiempo que las cosas habían cambiado; ya no había lobos a los que temer por las noches, ni maestros que guardaran secretos. Hacía años que todo eso había desaparecido, ahora ella era el ama de la torre y dominaba perfectamente la magia; dominio que veinte años atrás nunca habría soñado alcanzar, pero, aun así, le faltaba algo…él. Al volver a pensar en sus gestos, en su pelo, en sus palabras se ruborizó y odió no haber aprovechado los años que había pasado con él, años que le dedicó a sus libros, a su formación como maga. Pero… ¿de qué servía ahora las lamentaciones? Ya no estaba. Sabía cual era la forma más rápida de llegar a él, hasta su amigo, hasta su único amor en la vida; pero no podía hacerlo. Tenía una labor, y no podía dejar a Fenris y a Martita ya que habían dado su vida por ella y se habían convertido en una familia… Dana miraba por la ventana mientras todos estos pensamientos le rondaban por la cabeza. Observaba el valle de los lobos y el lago… el lago… donde inevitablemente fijó su mirada. Un recuerdo le vino a la mente, a pesar de sus esfuerzos por retenerlo, consiguió hacerse hueco en sus pensamientos; recordó aquella noche en la que se reencontró con él, después de haberse dedicado un largo tiempo a sus estudios. Estaba tan guapo, y alto. Recodaba sus ojos azules, ojos que se quedaron clavados en ella… Entonces, abrumada por el recuerdo, retiró la cabeza de la ventana y se colocó de espaldas a ella. No podía pensar en el pasado, no quería, solo conseguiría hacerse daño, por lo que guardó sus emociones; como había hecho ya tantos años. Estuvo vuelta unos minutos, hasta que consiguió reducir la fuerza con la que esas ideas la golpeaban. Decidió que la mejor idea sería ir a la biblioteca, lo que con los años se había convertido en la mejor solución para el dolor. En su camino por los pasillos Dana se detuvo enfrente de un gran espejo en el que nunca antes había considerado como algo de vital interés, pero en esos momentos sintió un impulso a mirar su reflejo en él. Había crecido. Ya no era, ni mucho menos, la niña que fue… Sí, seguía siendo joven, pero todo lo demás había cambiado. Su cuerpo seguía siendo atractivo a los ojos de cualquier hombre, pero… había algo en ella que desde hacía veinte años atrás echaba de menos en su rostro… De repente cayó en la cuenta, su mirada…ya no tenía ese brillo y…sus labios hacía ya años que no mostraban signos de sonrisa. ¿Tanto había cambiado? Se preguntó mientras acercaba casi hechizada la mano al cristal. Otra punzada de dolor recorrió su cuerpo, los recuerdos volvieron a su cabeza... ¡NO! se dijo a sí misma y retomó su dirección en un paso rápido, más rápido, hasta que acabó corriendo por los pasillos, sin más perseguidor que ella misma. Antes de llegar a su destino, intentó componerse. Sabía que Fenris se encontraría dentro de

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la biblioteca y no quería preocuparle con sus problemas, que, a su juicio, poca utilidad tenían. Y en una cosa no se equivocaba, Fenris se encontraba dentro sumido en uno de los miles de libros de magia que con los años habían acumulado polvo. Dana siguió su procedimiento habitual, entró, ojeó unas estanterías para elegir un libro y posteriormente resguardarse en él. Pero para su propia sorpresa no encontraba ningún libro que diera con lo que ella estaba buscando, hasta que en el fondo de la estantería, detrás de un viejo tomo de cómo encontrar grillos chillones, descubrió un pequeño libro. Durante sus años en la torre Dana no había visto nada igual, no tenía nada inscrito en sus portadas y estaba revestido con cuero de color oscuro, casi negruzco. Pronto sus dudas se disiparon y escogió ese libro como la salida que estaba buscando, convirtiéndolo en su objeto de estudio. Al sentarse en la mesa y abrirlo no podía creer lo que veía, no había nada escrito en él. Su curiosidad aumentó e intentó varios conjuros para ver si el escritor de tan extraña obra había querido ocultar en un pasado algún mensaje oculto en él, pero… nada. Tras siete intentos con diversos conjuros lo dio por perdido, aun así su curiosidad no la dejaba apartarse de aquel inquietante objeto. Fenris, que había estado observando aquella escena, se acercó con una media sonrisa en la cara. Dana la conocía bien, él sabía qué era y esa sonrisa era la que siempre usaba cuando estaba a punto de demostrar su sabiduría ante su ignorancia sobre algún tema. Pero Dana estaba demasiado interesada como para sacar su ego y realmente no imaginaba lo que ese libro podía contener o cuál era su utilidad, por lo que se dejó hacer. Una vez a su lado Fenris estrechó su mano y con un simple gesto de muñeca despegó el cuero querevestíaelrevésdelacarátuladellibrodescubriendounainscripciónbajoesta.Danatomóaire y esperó la vacilación del elfo, pero Fenris se dio la vuelta y salió de la biblioteca. Este hecho la dejó desconcertada pero ahora no podía resistirse a leer lo que Fenris había puesto delante de sus ojos. Era un pequeño fragmento de una canción escrita en la lengua antigua de los duendes de la arena del tiempo. Por suerte Dana conocía bien esta lengua y sobre un papel que tenía a mano escribió su traducción: Bajo la luna ves pasar las horas pero hace ya tiempo que solo imploras por que vuelva lo que un día tuviste y sin darte cuenta perdiste. Piensa bien en cómo quieres jugar las cartas, porque de tu juego acabarás harta. Si te mientes, corres el riesgo de creértelo. Y si eso pasa, ¿hasta cuando podrás sostenerlo?

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El futuro te queda por crear, tú eliges como será. No siempre puedes escapar, pero eso ya lo sabes, ¿verdad? Dana se quedó blanca, fría, ¿quién había escrito esto?¿Cómo sabían todo eso si Dana siempre evitaba el tema? Después de estar unos minutos quieta, sin saber cómo reaccionar, una voz habló detrás de su espalda.”Es un libro que te muestra tus pensamientos más profundos, lo que te altera. Yo al ver esas líneas no puedo leer lo mismo que tú lees, yo tengo mi propios miedos, mis cosas que ocultar y para mí esas líneas reflejan todo ello. El antiguo amo de la torre quería destruirlo por el tormento que este libro le suponía, pero yo lo escondí, sabía que podía servirle de ayuda a la gente. Su función es la misma que la de un diario. Fácil, ¿no?; escribes tus preocupaciones, tus miedos, tus pensamientos y solo tú podrás leerlos. Por eso el libro está para ti en blanco, aunque que tú no hayas escrito nada en él no significa que otros no lo hayan hecho. Él solía escribir en él.” La tez de Dana volvió poco a poco a su color normal, aunque ya había identificado esa voz como la de Fenris, necesitaba verle su cara. Fenris no mostraba ningún tipo de emoción, ni siquiera estaba mirándola a ella. Tenía la vista clavada en el librillo. Antes de que Dana pudiera decir nada Fenris se dio la vuelta y volvió a salir de la biblioteca, pero esta vez Dana sabía que no iba a volver en horas. Miles de preguntas golpeaban a Dana ...¿él? ¿A quién se refería con él? No sería a…¡No, no podía ser!...o sí… Dana tenía miles de dudas. Posiblemente el libro tenía una especie de registro o algo parecido… quizás si hubiera escrito quedaría señalado en algún lado, pero… ¿cómo descubrirlo? A Dana se le hizo de noche más rápidamente de lo que ella quería. Necesitaba tiempo, no quería dormir, no podía dormir. Entonces fue en ese preciso instante cuando lo vio claro,¡la canción! Bajo la luna ves pasar las horas… los duendes de las arenas del tiempo solo salen los días en los que la luna se ve como tal, redonda, llena. Dana no pensó más. Ensilló a luna estrella aprovechando que esa noche la luna estaba más redonda de lo que en años la había visto. Cabalgó durante cuatro horas hasta llegar a la zona más sur del bosque. En esa zona unos montículos de arena formaban algo parecido a dunas. Al llegar miles de lucecitas amarillas brillaban a la vez que se movían agitadas de duna en duna. Al sentir una presencia todas las luces desaparecieron haciendo que Dana se quedara sola en medio de la noche.

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Ella no sabía qué hacer, pero una especie de impulso le hizo sacar el librillo de uno de los bolsillos de su capa. Al mostrar el libro poco a poco las pequeñas luces volvieron a aparecer y, entre todas ellas, dos se acercaban poco a poco hasta situarse a dos centímetros de Dana. Esas luces provenían del destello que la luna ejercía sobre los ojillos de esos seres, seres que como pudo apreciar, por el ejemplar que tenía delante, apenas superaban los 25 centímetros de altura. Su cara era dulce aunque su expresión era muy seria. El pequeño personaje extendió la mano haciendo así petición del libro. Dana no sabía si debía entregárselo, pero no tenía nada que perder por hacerlo, esa criatura era la única que podía decirle algoacercadeaquelartilugio.Asípuesselodioy,nadamástocarlo,lacaradeaquelduendecambió de expresión. En menos de cinco segundos mostró miles de emociones en su cara hasta que únicamente reflejó una emoción, la misma que Dana había visto en aquel espejo del pasillo… la pena. Únicamente pena que había sido causada por haber tirado su vida, por no haber estado con quien de verdad quería, por haber vivido huyendo de sí misma. Dana al verlo en la cara de aquella criatura se dio cuenta de que no podía seguir viviendo así, había visto lo que su propio reflejo no le había dejado ver, lo que todos la estaban viendo desde hacia veinte años, una Dana que hacía ya tiempo había dejado de vivir… El duende entonces abrió el cuaderno y le mostró una página. Dana reconoció esa letra, era la de Kai, la de su amado, la de la persona que nunca se había conseguido quitar de su mente. Era una carta, una carta que escribió al verse que llegaba la fecha en la que tenía que desaparecer; en esa carta le desvelaba todos sus sentimientos a Dana y relataba cada uno de los momentos que había vivido con ella a su lado desde que la conoció, destacando los momentos mas significativos para él y los hechos que habían creado en él el amor que sentía hacia la que había sido en un pasado su mejor amiga, la que rápidamente se convirtió en su única razón de seguir vagando por el mundo que ya una vez dejó como hombre. Cuando Dana levantó la vista del libro no había nadie. Se volvía a encontrar sola en medio de la noche. Lloraba, pero esta vez no de pena, sino de felicidad, ya sabía lo que debía hacer. Sin pensárselo dos veces cogió el libro y con una de las hojas que estaban fabricadas de un material tan duro como el marfil y tan cortante como una daga atravesó sus muñecas, dejando así que la sangre brotara de ella, dando un punto y final a la muerte agonizante a la que se había sometido durante veinte años, desde el momento en que todo dejó de tener sentido. Ahora podían estar juntos… por fin juntos… Irene Martín Herrera

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Llanto inmenso de un dios solo El fénix derribado, soldado del silencio, espejismo del futuro. ¡Esclavo! pájaro furioso del gris torrente de uniformes, ¡Quiero que irrumpas en mi tierra, que desgarres en mí esa música maldita! ¿Qué pena naufraga en la cumbre de esta frágil hermosura? Ya no quedan más cristales querido poeta. Sólo la certeza del recuerdo y el saber de la inocencia. __________ ¡Fénix! ángel triste de memorias resurrectas enclaustrado en esos fríos argumentos de existencia Ángel, mensajero del destierro, del silencio, del infierno… Quiero en esta tierra tus rojas alas desplegadas, La utopía de tu terrible inocencia.

Ingrid Fainstein Oliveri

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Fantasías en el olvido Los ángeles me iluminaron. La luz del mañana emergió. El querer y el perecer aparecieron de la oscuridad. Ángeles y demonios lucharon: por qué luchar, por qué morir. Quitamos vidas y almas, al anochecer morimos y al amanecer renacemos de nuestras cenizas. Luchamos por la vida; morimos por dar la vida. Por eso morimos, pues es nuestra misión, y de nuestras cenizas vida damos pues los hijos de los hijos a ellos la vida también damos. Pues el amar y el querer esperan padecer. Pues es hombre y mujer quien nace y crece, ama y siente, padece y miente. Pues son sentimientos fantasías olvidadas de un mundo de crueldades, en el que el amar es prohibición y la prohibición es el pecado de la ambición.

Israel García Iglesias (3º Diversificación)

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Leyenda De un bosque dorado, Muchas leyendas me han llegado, Pero la que más me ha gustado, Es la de un claro apaisado. Cuentan esas leyendas Que el día es divino, La noche es sagrada, Y hay magia encerrada. Cuando el sol al fin se esconde, Y la luna reina en el cielo, Llegan haditas del monte, Transportando joyas de hielo. Salen caballos plateados, presumiendo de sus cuernos dorados, Desfilan a la luz de la luna, Observados por elfas nocturnas. Se asoman sirenas del lago, Acompañadas de un gran mago, Pasan los ruiseñores, Sobrevolando las flores. Llegan dragones volando, A más Feéricas transportando, Los Sheks vuelan en alto, Para no acabarse estrellando. Yesica Danielova Bozhinova (1º ESO)

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David Guerrero

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Libros amigos Antonio Altarriba-Kim, El arte de volar. Alicante: Edicions de Ponent, 2009. Pocos libros tan arrebatadoramente conmovedores como este. En 2001, AntonioAltarribasearrojódesdelaventanadelaresidencia de ancianos en la que vivía. En ese gesto ponía fin a su vida pero, al mismo tiempo, daba principio a El arte de volar, la magistral novela gráfica que su hijo Antonio escribió a partir de aquel hecho. Con dibujos de Kim, miembro fundador del semanario satírico El Jueves, Altarriba hijo aprovecha un mazo de cuartillas escrito por su padre como germen de esta historia: todo un recorrido por la historia cotidiana de nuestro doloroso siglo XX. La obra ha recibido numerosos reconocimientos (Premio Nacional de Cataluña; mejor obra, mejor guión y mejor dibujo de autor español en la 28ª edición del Salón del Cómic de Barcelona) y excelentes críticas que lo señalan como clásico de la historieta española y un hito en la historia de este género.

Francisco Caro, Cuaderno de Boccaccio. Alcalá de Henares: Ayuntamiento, 2010. La obra poética de Francisco Caro (Piedrabuena, Ciudad Real, 1947), sigue demostrando que es una de las que hay que tener en cuenta para un cabal dibujo del mejor panorama poético español. Casi sexagenario, en 2006 publicó su primer libro, Salvo de ti, libre precisamente de los excesos de la juventud. Su última entrega, Cuaderno de Boccaccio (galardonada en el XL Premio Ciudad de Alcalá), ha merecido ya magníficas críticas como la de Carlos Javier Morales en Poesía digital (http://www.poesiadigital.es/index.php? cmd=critica&id=241). Recibido en nuestra redacción, este cuaderno atrapa desde el principio por el acierto de su envoltura (deliciosa cubierta, serena tipografía…). Y su interior no defrauda en absoluto. Nos sumerge en una invitación a juego metaliterario. Un juego de espejos, laberintos y voces que conectan narrativa y poesía, pasado y presente, Florencia y España, ficciónyrealidad,poesíayvida.MassimoNovellorecogeen1432eneste cuaderno las enseñanzas que Boccaccio Certaldo impartió a cinco jóvenes en 1373. Un libro atravesado por un sabio dominio del lenguaje, que se puede comprobar en su cierre:

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Decidles que recuerden que los amó Boccaccio, que vivir es tan sólo atravesar la niebla, que escriban siempre y cuando sea amarga su sed.

Santos Jiménez, Poemas del fuego. Salamanca: Editorial Celya, 2010. Santos Jiménez (Cuevas del Valle, Ávila, 1959) es un poeta de raza, tan auténtico como la verdad desnuda y la sencillez con que se presenta, la de un artesano de la poesía que no puede dejar pasar la oportunidad de construir una obra limpia y pura, sin artificios. Amante de su tierra, a la que está tan ligado, y moldeador de la misma en su condición de trabajador manual, llena su poesía de sensibilidad genuina y es autor de Versos y cantares en Gredos (1991), Verso a verso (1995), Las alas de la sangre (1998), Diario de un albañil (2001), Hojas de lluvia (2003), Talladas piedras, padre (2005), Hacia donde no soy (2008) y Poemas del Fuego (2010), obra esta en la que refleja su dolor por su tierra quemada y en la que une las dos más grandes experiencias y sentimientos que se pueden tener en la vida, la muerte (en este caso de un paisaje) y el amor (por un modo de vida). Ha colaborado en diversos proyectos literarios, ha publicado en varias revistas, comparte sus saberes con los alumnos de su taller y, literalmente, ha construido con sus propias manos un paraíso en su tierra, desde donde nos envía su palabra para enriquecer nuestra Sombra con su mirada. [A.Oteo]

Jordi Sierra I Fabra, La memoria de los seres perdidos. Madrid: SM (Alerta Roja), 2006. Estelaesunachicade19añostotalmentenormal,conunafamiliayunavida como la de otro cualquier joven de su edad. Todo es así hasta que descubre que toda su vida ha sido montada sobre una gran mentira. Una gran mentira que en un primer momento le asusta y se niega a creer. Pero Estela tendrá que saber la dolorosa verdad de su pasado para poder vivir su presente y seguir hacia su futuro. Esta novela trata el drama humano que supuso la dictadura en Argentina: asesinatos, torturas, secuestros, robos de bebés a personas que no defendían los mismos ideales ni pensamientos del Régimen. Dejando atrás no solo un rastro de desapariciones sino también de familias desgajadas, y

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madres y abuelas dispuestas a no rendirse y recuperar a sus familiares y cómo son ahora esos bebés convertidos en adolescentes los que buscan en su pasado. Esta no es más que una de las tantas historias que puedes encontrar. Novela donde el pasado y los sentimientos están muy presentes. Porque la esperanza todavía existe… Anabel Sánchez Sierra William Goldman, La Princesa Prometida. Madrid: Ediciones Martínez Roca, 1999. En una mágica Edad Media, la bella granjera Buttercup se enamora del mozo de labranza Westley, el cual tras la declaración de la joven, decide partir hacia América para conseguir una fortuna que le haga digno de casarse con su amada. Pero el barco en el que viajaba es asaltado por el Temible Pirata Robers, cuya reputación asegura que no deja supervivientes. Años después, Buttercup es la prometida del futuro rey de Florin, el príncipe Humperdinck. Pero, en su corazón, sigue amando a Westley. Poco antes de la boda, tres extraños mercenarios raptan a Buttercup. El grupo consta del mejor esgrimista, el gigante más fuerte y el hombre más inteligente del mundo. Sin embargo, poco después del rapto de la futura princesa, los secuestradores se dan cuenta de que están siendo seguidos por un misterioso hombre enmascarado que los vencerá en duelo de espada, combate cuerpo a cuerpo y batalla de ingenio respectivamente. “¡Hola! Me llamo Iñigo Montoya. Tú mataste a mi padre. Disponte a morir… “. “Como desees”. “Inconcebible”. Esta es la obra más reconocida de William Goldman, escritor, articulista, novelista y guionista de Illinois. Su primera novela, The Temple of God fue publicada en 1957. Tanto La Princesa Prometida como The Silent Gondoliers están escritas bajo el pseudónimo de Simon Morguestern, pero en No Way To Treat Lady firmó como Harry Longbaugh. Esta obra está impregnada de la magia de los cuentos de hadas en todos los sentidos. Desde el principio, el mismo escritor cuenta que lo que él escribe no es más que un cuento que solía leerle su padre y que, al crecer, relee y descubre que por encima de todo lo que él conocía, el libro está lleno de la historia del país del escritor, S. Morguestern. Por ello, Goldman decide “resumir” el libro de Morguestern siguiendo el cuentoquerecordaba,seleccionandosololas“partesbuenas”.Todoestoayudamuchoalhalodemisterio y magia que envuelven todo el libro, lleno de duelos, venganzas, traiciones y… amor verdadero. Nadia Cortina

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Alicia M. Uceda

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Clara Prieto


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