Issuu on Google+

Yo no soy escritora. No pretendo serlo, ni lo seré nunca. No soy novelista, ni cronista, ni periodista, ni ensayista, ni literata. Sólo soy una mujer que se le ha escaldado el corazón con la partida de dos personajes fundamentales en mi formación. Entiendo de las transiciones, comprendo los procesos, y acepto la dialéctica de la vida, pero hoy no quiero comprender nada. Hoy mi librero está de luto, y yo estoy de duelo. Lo único que me queda, es expresar por ambos en escrito, las lágrimas que me atacaron ayer y hoy. Serán palabras saladas en su honor, palabras simples, de una mujer simple que tanto los ha admirado. Saramago, y sus párrafos interminables, sus abundantes puntos y seguido, sus escasos puntos y aparte, sus comas, sus dos puntos, y su uso especial de las minúsculas para escribir un nombre propio, no necesitaba usar signos de admiración o de interrogación para lo obvio de su escritura. Fue y será el tierno incomprendido por muchos, el de la literatura barata para otros, o el izquierdoso comunoide de Europa. Para mí, ha sido un maestro en la enseñanza de la condición humana y un reto a mi lectura. Alguna vez hice una cola para verlo en una charla que mantendría con Ricardo Rocha y después firmaría libros. Su presencia larga y serena me hizo entender la voluntad de su redacción. Después en otra sala del lugar, él esperaba pacientemente en un escritorio a que cada uno de los que estábamos ahí pasáramos a que nos diera un autógrafo. En un fondo rosa casi neón, su perfil suave y elegante se dibujaba al mismo tiempo que su firma en los libros. Yo sólo traía un folder, sí, un pinche folder. Me sentía tan indigna porque olvidé el libro que hubiera querido que me firmara: La flor más grande del mundo, un cuento para niños. Quería ése por si algún día tenía un hijo. Pero ni el libro fue firmado, ni yo he tenido hijos. El folder está en mi librero desde entonces, de vez en cuando lo saco para seguir el trazo de su firma, para sentirme mejor en caso de tristeza inexplicable, para recordar que alguna vez estreché su mano. La mano de un grande. Monsiváis, mi querido vecino del rumbo de la Portales. Su amor por la crónica sobre la contrariedad más emblemática que tengo en la vida: la Ciudad de México, me marcó. Crecí leyéndolo, crecí escuchándolo, aprendiendo de él y regocijándome de su ironía. Elegante para pendejear políticos, impecable para expresar su inconformidad, puntual y redundante al mismo tiempo. Entre ronroneos, pelajes ocultando su cara, o colas de gatos hablaba sobre política. Lo mismo daba si los felinos se trepaban en sus hombros o se echaban en sus piernas, él hacía uso de los adjetivos magistralmente mientras acariciaba a uno de sus mininos. Admirable su humildad. Lo quiero. Ridículo, absurdo o exagerado, pero lo quiero. De él tengo un autógrafo también que le concedió a mi madre en el Sanborns de Coyoacán y dice así: “A Sandra con cariño le dedico esta caligrafía melancólica. Su amigo instantáneo, Carlos Monsiváis”. A veces en mis caminatas hacia casa de Charly, logré ver a un ser con pelos blancos y alborotados caminar por la calle y leyendo al mismo tiempo, iba sumergido en la locura de la lectura. Me gusta pensar que era él, que maquinaba más crónicas y que destilaba energía que habría de alcanzarme y hacerme sonreír.


Ambos entrañables, fundamentales en mi educación, ambos que ya no están. Ambos que ya no escribirán más para nosotros. Tan míos en sus líneas y tan de todos en el olor de las páginas de sus libros. Hoy no entiendo de ciclos de la vida, hoy sólo sé que extrañaré la seguridad que me hacía sentir que en este mundo aún habían hombres como ellos: inteligentes, humildes, honestos, serenos, luchadores sociales, sensibles, valientes, dedicados, entregados, apasionados, verdaderos caballeros en pleno siglo XXI. Si bien no todos coincidían en ideas con ellos, por lo menos siempre fueron hombres de propuestas. A ellos les dedico mi nostalgia, mi respeto, mi reconocimiento, mi sincero y humilde homenaje a través de estas insípidas líneas. Definitivamente sus lecturas también han hecho que yo sea lo que soy ahora, muy agradecida estoy. Los dos decidieron largarse a ver crecer lechugas por debajo de la tierra (diría Armando Jiménez, El gallito Inglés), y nosotros por acá seguiremos viendo crecer la impunidad y la injusticia ¿se podría hacer al menos el intento por hacerle honor a sus ejemplos? Los invito a invitar a leer, eso ayudaría mucho a mover las ideas. Por amor a la humanidad que lo único malo que tiene es la gente sin lectura.


Yo no soy escritora