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San Lorenzo Diario del AltoAragón - Lunes, 10 de agosto de 2009

Por Esther BUISÁN VALLABRIGA MAESTRA EN SITGES

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ACE unos meses, Enrique Satué, actual director del Centro de Profesores y Recursos de Huesca, me animaba a escribir un texto para este Diario, con el fin de que, a la par, sirviese de base para el guión de un documental que pretende realizar dicho Centro para celebrar el Día de la Educación del año 2010. Aceptada su idea, este discreto artículo pretende recordar el que hace ahora cuarenta años salieron de las escuelas normales, dispuestos a dar clase, los primeros maestros formados por medio del llamado Plan 67. Con total seguridad el lector se preguntará si el hecho merece ser recogido en el excelente monográfico que todos los años hace el Diario del AltoAragón para las fiestas de San Lorenzo. Si me he decidido a redactar el texto es porque, humildemente, creo que sí, porque aquellos jóvenes que, en el verano del 67, con la reválida de sexto aprobada, decidimos aprender el oficio de maestros, hemos andado un camino ilusionado sobre el que hay que meditar, máxime cuando ya llega nuestra jubilación y la hora de pasar el testigo a otros compañeros. Aquel plan de formación duró poquito, sólo cuatro cursos, pero impregnó nuestro espíritu de una buena levadura. Nació en la España del Primer Plan de Desarrollo, cuando el régimen de Franco salía de la autarquía y se veía obligado a allanar el camino que permitiese la incorporación del país a las sociedades modernas, cuando más de media nación abandonaba la azada para instalarse en los ensanches obreros de las ciudades. Como una buena parte del país, nuestras familias provenían del surco y de una horrenda guerra, y pensaban que, para nosotros, la carrera de Magisterio constituía un noble medio de emancipación. Se privaban para que nosotros “fuéramos algo”… Se esmeraron en aquella primera comunión. Comimos con los familiares más allegados en la propia casa, estrenamos reloj de pulsera, medalla del Sagrado Corazón y una hermosa pluma Parker que había que cargar de tinta con mucho cuidado. “Hija haz buena letra y anda derecha por la vida” –me decía mi madre, que no había podido aprender en la escuela del pueblo más allá de las cuatro reglas. Un día mi padre llegó a casa con una máquina de escribir Olivetti y el brillo de sus ojos me señaló que era para mí y que, con ella, me tenía que hacer “una mujer de provecho”. La televisión y la nevera aún tardarían un poco en llegar a nuestro hogar. Lo hicieron al poco de pisar el americano Neil Armstrong la luna. Por cierto que mi abuela no se lo creía y siempre estaba diciendo aquello de “adonde vamos a llegar…” Así pasaron aquellos años, extraños, a la par que grises e ilusionados… Ingreso, reválida de bachiller elemental y bachiller superior. Y, aquel verano, el anuncio de un nuevo plan de Magisterio que iba a dignificar la profesión de maestro. Era un plan de estudios prometedor, con prácticas remuneradas en el tercer año, y con la posibilidad de ac-

Plan 67

Vista general de la Escuela Normal de Huesca

ceder de modo directo al Magisterio según el expediente académico. Sonaba “la otra noche, bailando estaba con Lola”, de los Brincos, y tras los bancos del parque y de lo pudo ser el primer beso, descubrí un edificio majestuoso, de enormes ventanales, acariciados por árboles inmensos. Era la Escuela Normal que nos iba a acoger, en octubre, a buena parte del mejor alumnado de sexto de bachiller. El periódico local anunciaba el acontecimiento en boca del ministro de educación Manuel Lora Tamayo. Papá trajo a casa La Nueva España y nos leyó trozos. Recuerdo que se decía que la OCDE, el Banco Mundial y la UNESCO aconsejaban que el cambio económico en España debía ir acompañado del de la Educación y que, para mejorar ésta, había que dignificar, en todos los órdenes, la figura del maestro. Que para eso nacía el Plan 67 y se modificaba la ley de educación de 1945, ampliando la escolaridad hasta los catorce años. Por cierto, en mi escalera vivía una maestra jubilada que una mañana me susurró, mirando desconfiada hacia los lados, que aquellos estudios de Magisterio que iba a comenzar se parecían al Plan Profesional de la Segunda República que había estudiado ella. Me preguntó cuántas asignaturas iba a llevar en primero y yo le dije que catorce, que la mayor parte eran didácticas, incluidas la de Formación del Espíritu Nacional y Religión. Hizo una mueca que sólo más tarde, con el paso del tiempo, he comprendido, cuando ya como maestra destinada en Cataluña, y ella muy viejita, la entrevisté para escribir un artículo en la revista del movimiento de renovación pedagógica. El trabajito, que guardo con mucho cariño, versó sobre aquello que ella me contaba a menudo, de cómo en su juventud un grupo de maestros del Pirineo utilizaban la técnica de la imprenta en sus escuelitas. Bueno, también le dije que al final del curso, en verano, tendría que hacer un curso de capacitación en actividades de tiempo libre a través de la Sección Femenina y que los compañeros lo harían con el Frente de Juventudes. Recuerdo que ella me cogió de la mano y pronunció un críptico “amén Jesús”. Eso dijo, aunque, para nosotros, que no sabíamos de qué iba la fiesta, fue una experiencia inolvidable.

Lo hicimos en el albergue de Villanúa y por la noche nos escapábamos para cantar, reír y soñar con los chicos del pueblo. La guerra de Biafra, la de los Seis días, el Ché abatido en Bolivia, el Vietcong apuntando los fusiles chinos hacia los jóvenes americanos… Cuanto horror en aquel mundo y, nosotras, en las orillas del río Aragón, peinando inconscientemente los sueños que, en mayo del 68, harían célebres la revuelta estudiantil francesa. “En la playa escribí tu nombre y luego yo lo borré para que nadie pisara tu nombre, María Isabel”. Aquella fue la inolvidable canción del verano del 69 y yo la escuché con mi familia en Sitges. Era la primera vez que veía el mar y mi padre nos había llevado a todos, en un eterno viaje de un día, apretados en el 4L recién estrenado. No me atreví a decírselo a mi madre, pero para mis adentros me prometí que yo había de ejercer como maestra allí, bajo el resplandor mediterráneo, cerca de la universidad y los movimientos de renovación pedagógica de los que una compañera me hablaba. Por fin, llegó el último año y las prácticas de la carrera de Magisterio. El Régimen seguía en su sitio. Los americanos habían arrasado la famosa aldea de Mi-Lai. Martín Luter King y Robert Fitzgerald Kennedy habían sido asesinados. Los tanques rusos habían cercenado la primavera de Praga. En el verano, Neil Armstrong fue el primer hombre en pisar la luna. Sonaba la Ostpolitik de Willi Brandt y el mundo se dibujaba tan prometedor como desgarrado. Así era, o así me pareció a mí, hasta que me destinaron a hacer las prácticas escolares en el Colegio Pío

Fuentecita del jardín de la Escuela Normal

XII de Huesca y conocí a una maestra ya mayor que, en una semana, me contagio con el océano de su profundidad. Apenas saludarme me dijo: - “Crece con los sueños, riega las ideas y reparte para los demás su cosecha. Ese es el mejor capital que has de poseer si quieres ser buena maestra”. Llamaban a aquel ensanche el Barrio de Corea por la desconfianza local a la población emigrante. Era un barrio emergente y en aquel colegio se daba cita un profesorado mayor y tradicional, pero muy laborioso. Pronto tuve que dejar de lado las ideas de Víctor García Hoz, de la enseñanza programada americana, de la clasificación de inteligencia, del furor de la especialización y me adentré en un mundo inesperado de improvisaciones e intuiciones permanentes que siempre buscaban la mirada global, de maestro, más que de profesor de EGB. Había aprendido mucho en la Normal de maestros, pero lo que realmente me hacía crecer día a día junto a los alumnos era aquel diamante de doña Josefa que, aún hoy, me digo a mí misma a las nueve, cuando se abre el colegio: “Crece con los sueños, riega las ideas y reparte para los demás su cosecha”. Acabó el curso y llegaron los reyes para mí y mi familia. Había obtenido acceso directo y al curso siguiente comenzaría a trabajar como maestra en Fraga. El paréntesis duró un solo curso porque en mayo supe que me habían dado destino definitivo, con carácter forzoso, en el interior de la provincia de Tarragona, a cincuenta kilómetros de mi anhelado Sitges. Tuve mucha suerte porque mi amiga María fue destinada a Menorca, Asun al País Vasco y Paquita, nada más ni nada menos, que a la lejana isla de Hierro, en el fin del mundo. Eran los días de la Ley General de Educación del ministro Villar Palasí, de las miras puestas en Europa y en la Formación Profesional; el tiempo de una ley humanista, de transición, que hablaba de justicia y bienestar, igualdad de oportunidades, métodos pedagógicos flexibles adaptados al alumno y al entorno, de una ley que nos dignificó el sueldo y que, con una cierta trampa encubierta, nos convirtió en “ Profesores de EGB”. Todo aquello ocurrió hace la frio-

lera de cuarenta años y meditar hoy sobre el camino hecho no me resulta nada fácil. Sin embargo lo voy a intentar para dar sentido a este escrito. Comenzaré diciendo que durante estos años he visto pasar varias leyes de educación, la Ley General de Educación, la LOGSE, la LOCE y la LOE, sólo por citar las más nombradas. He visto como trinchaban en la educación políticos, nacionalistas, religiosos, empresarios, sindicatos y colectivos de ideología diversa y, la verdad, es que cada día veo menos consenso. También he visto cómo de modo cíclico y espasmódico la educación se impregna de modas fundamentalistas que, a veces, el tiempo y la Pedagogía desacreditan. Recuerden el método de fichas, la matemática moderna de conjuntos, la ininteligible gramática estructural y, así un eterno, etcétera. Bien, pues frente a esto yo me atrevo a afirmar que la educación es cosa de “sentido común”, aunque la tendencia de los expertos sea a teorizar sobre ella de modo ininteligible, para lo cual crean siglas y más siglas; ya se sabe: DCB, acnee, PCC, ACI, PGA… Bien, pues yo añadiré que esto de la educación es pura ecología, así de sencillito. El hecho educativo, sea aprender a sumar o a conocer el medio que nos rodea, es un proceso global, no fragmentado, en el que interviene tanto el corazón como la cabeza. Debe ser un proceso que motive y que encuentre su sentido primero en la aplicación para la vida. Enseñar no es mirar con orejeras, es leer en los ojos de los alumnos, los compañeros y las familias; es otear el amplio horizonte que va más allá de la clase, el colegio, el barrio y se adentra camino de las estrellas. No se educa señalando con un solo dedo, hemos de entrelazar los de las dos manos; los nuestros y los de los demás, para hacer un gran corro. No debemos olvidar que la clave de la enseñanza son los distintos modos de comunicación comprensiva, respetuosa y crítica. Las nuevas tecnologías, los ordenadores, quedarán a un ladito, para cuando hagan falta, supeditadas a ella. Así que en definitiva, durante estos últimos cuarenta años, he aprendido que no hay motivación y curiosidad sin autoestima, esfuerzo sin encontrar utilidad a lo que se aprende, empatía con los demás si no hay respeto y, educación en suma, si ésta no sirve para que modulemos nuestra armonía con la de los demás. Muchos años han pasado, pero parece que fue ayer. A veces, en sueños, ando por el parque de Huesca, frente a la Normal y me parece oír los dulces consejos de doña Josefa, aquellos de “crece con los sueños, riega las ideas y reparte para los demás su cosecha”. Lo hago y me tiemblan las manos porque no sé cómo pasar su testigo. Permanezco en esta zozobra hasta que me sereno, me siento en un banco y veo pasar a una chica con una carpeta bajo el brazo que dice: “Facultad de Humanidades y Educación”. La veo decidida e ilusionada y frente a mí está sentada doña Josefina que me dice: “No hay planes de formación, sólo semillas”.


Plan 67