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TULSA, OK • 29 DE JUNIO AL 5 DE JULIO DE 2011 www.lasemanadelsur.com

ARGENTINA: Xenofobia dura de acabar Deep-Rooted Prejudice Against Immigrants atrás hijos e hijas a cargo de familiares para emplearse en hogares de clase media y alta donde se les derivan cuidados. La principal rama en la que se emplean las mujeres es el servicio doméstico. En Argentina, 58,1 por ciento de las paraguayas trabajan en ese sector y, pese a estar al cuidado de una institución preciada en este país como es la familia, suelen sufrir discriminación. (IPS)

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viene de la página A-1 El rechazo al extranjero, que no deviene del papel escrito, lo sufren miles de inmigrantes en oficinas públicas, en las calles, en los distintos empleos, en escuelas o en hospitales de Argentina, pese a que la norma les reconoce derecho a acceder a todos los servicios libremente. "Yo paso siempre por el hospital y está lleno de peruanos y paraguayos que le quitan el lugar a los argentinos", le comenta a IPS una mujer que asegura reconocer, con solo pasar por la puerta, "el acento" de los pacientes que se atienden en el centro de atención estatal de San Isidro, una localidad de la zona metropolitana de Buenos Aires.

La socióloga Corina Rodríguez Enriquez, del Centro Interdisciplinario para el Estudio de Políticas Públicas (Ciepp), selecciona otra frase de este tenor, recogida para su estudio de un taxista: "Estos negros de mierda, ¿por qué no se vuelven a su país?". Rodríguez es autora de un trabajo, aún inédito, sobre la inmigración de mujeres paraguayas en Argentina, una dinámica que ella enmarca en las "cadenas globales de cuidado" para trabajar en la atención del hogar, los hijos y los ancianos. La investigación forma parte de un proyecto de ONU Mujeres que analiza también "las cadenas de cuidado" entre inmigrantes ecuatorianas y bolivianas en España,

peruanas en Chile y nicaragüenses en Costa Rica. En América Latina, la emigración femenina pasó de 44,7 por ciento del total en 1960 a 50,5 por ciento en 2000. Esta feminización del fenómeno se acentuó a partir de los años 90 debido a las crisis económicas que sufrieron los países de origen. Rodríguez sostuvo que la transnacionalización de los cuidados deviene en un régimen injusto en el que se vulneran derechos tanto de quienes emigran como de quienes deben afrontar las cargas familiares que deja el que se va. Las emigrantes, que salen de su país de origen en busca de mejores oportunidades de empleo pero que, en general, tienen escasa calificación, suelen dejar

Discrimination against foreigners, which cannot be eradicated by words on paper, is experienced by thousands of immigrants in government offices, streets, workplaces, schools and hospitals in Argentina, in spite of the law that recognises everyone's right of free access to all public services. "I often go by the hospital, and it's full of Peruvians and Paraguayans taking the place of Argentines," a woman who says she can recognise "the accents" of patients attending the state hospital in San Isidro, in the metropolitan area of Buenos Aires, just by walking past the door, comments to IPS. Sociologist Corina Rodríguez, of the Interdisciplinary Centre for the Study of Public Policy (CIEPP), reports another such phrase from a taxi driver, that she recorded for her study: "Bloody blacks, why don't they go back to their own country?" The racist slur refers to the darker skin of indigenous or mixed ancestry Bolivians, Paraguayans and Peruvians, compared to that of many Argentines. Rodríguez is the author of an as

yet unpublished study on immigration of Paraguayan women to Argentina to work as domestics and caretakers of children and the elderly, a dynamic that she places in the context of "global care chains." Her research is part of a U.N. Women project that is also analysing the "global care chains" among Ecuadorian and Bolivian women immigrants in Spain, Peruvians in Chile and Nicaraguans in Costa Rica. In Latin America, women migrants rose from 44.7 percent of the total in 1960 to 50.5 percent in 2000. The feminisation of migration has increased sharply since the 1990s due to economic crises in migrants' countries of origin. Rodríguez says the globalisation of care work is inherently unfair, because the rights of those who migrate are violated, as well as those of the people who take on the family caring roles left behind by the departing migrants. The mainly unskilled women who go abroad in search of better employment opportunities tend to leave children behind in the care of grandparents or other relatives, to take jobs in middle and upper class homes where they often end up raising other people's children. Immigrant women mainly find jobs in domestic work. In Argentina, 58 percent of Paraguayan women are employed as domestics, and in spite of having responsibility for a family (their employer's), an institution that is highly valued in this country, they often suffer discrimination. (IPS)

Limpieza de Fukushima sobre espaldas de trabajadores JAPAN: Workers Bear Brunt of Nuke Clean-up viene de la página A-1 Desde hace cinco años, Sato es soldador de Fukushima, pero tras el desastre le asignaron la tarea de lavar vehículos de la planta. "Lavamos unos 200 automóviles con índices de radiación por encima de lo normal", dijo a IPS. Sato, de 28 años, tiene ropa aislante y es sometido a chequeos diarios para verificar su exposición a la radiación, pero igual le preocupan las consecuencias para su salud. Sin embargo, está decidido a seguir trabajando. "Los principales trabajadores afrontan peores riesgos que yo, así que trato de no pensar en eso", señaló, refiriéndose a las personas que reparan los reactores. El control indica que Sato está expuesto a unos 20 microsievert a diario, casi la misma radiación de los rayos X y muy por debajo del límite considerado peligroso de un milímetro, equivalente a 100 microsieverts. El sievert (Sv) mide la dosis de radiación

absorbida por la materia viva. Un microsievert equivale a 0,000001 Sv. Numerosos analistas opinan que trabajadores como Sato representan el compromiso que tienen sobre sus espaldas los empleados de la Tokyo Electric Power Company (Tepco) en los reactores de Fukushim así como en otras subsidiarias de la empresa. Asumieron el deber de reparar la planta dañada y detener la filtración de la radiación. "Sufren una presión mental y física enorme", explicó el profesor Takeshi Tanigawa, especialista en medicina social de la Universidad de Ehime, dedicado, además, a defender las condiciones de trabajo de los empleados de Tepco en Fukushima. Sus últimas encuestas revelaron un alto grado de estrés de los empleados por las duras condiciones de trabajo, como turnos de muchas horas y malas condiciones de vida. Otros indicadores muestran el creciente sentimiento de culpa por la contaminación de los residentes de los alrededores de la planta.

La difícil situación de los trabajadores concentró la atención del público en el último mes y comenzaron a considerarlos símbolos de la resistencia nacional, por un lado, y prueba de la inconveniencia del milagro económico de la posguerra, por otro. El Ministerio de Trabajo informó esta semana que 102 trabajadores habían estado sometidos a una radiación superior al límite fijado por el gobierno, más de 250 milisievert, lo que motivó reclamos para separarlos de sus puestos. (IPS)

E N GL I SH Sato, who has worked at the Fukushima plant for the past five years, used to be a welder, but after the disaster struck he was assigned the job of washing the plant’s various vehicles. "We wash on average around 200 vehicles that show higher than normal radiation levels," he told IPS. Wearing heavy protective gear and checked daily for radiation exposure, Sato says he worries about the effects of radiation on his health but is determined to keep working. "The main workers are battling heavier risks than myself so I try not to think of the risks I face," he explained, pointing to colleagues working directly on the repair of the Fukushima reactors. Radiation monitoring indicates Sato is exposed to around 20 microsieverts daily, roughly the same amount of radiation emitted by a single X-ray, and far less than the official danger limit of one millimetre which is equivalent to 100 microsieverts.

But Sato acknowledges the threat posed by accumulated exposure to radiation. Analysts say workers like Sato represent the commitment now shouldered by workers of the Tokyo Electric Power Company (TEPCO) at the Fukushima reactors as well as in the company’s other subsidiaries. These workers have committed to repairing the damaged plant and stopping radiation leaks. "They face huge pressure mentally and physically," explained Professor Takeshi Tanigawa, an expert on social medicine at Ehime University who has been spearheading advocacy for better working conditions for TEPCO employees in Fukushima. He told IPS that his recent surveys show workers grappling with high levels of stress as a result of tough working conditions that include long shifts and poor living standards. Other indicators point to simmering personal guilt for the radiation contamination the plant inflicted on residents of surrounding areas. The plight of Japan’s nuclear workers has grabbed the public limelight this past month, and they have been portrayed as symbols of national resilience, on the one hand, and also evidence of the downside of the country’s post-war economic miracle, on the other. This week, the Labour Ministry reported that 102 workers have been exposed to more radiation—over 250 millisieverts— than the limits stipulated by the government, leading to the recall of these men from the plant. (IPS)

La Semana del Sur  
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Edition 544

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