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Cruzar fronteras, construir encuentros La columna del H. Gustavo Ramírez Barba

Cruzar las fronteras sociales “El cual [Jesucristo], siendo de condición divina, no retuvo ávidamente el ser igual a Dios. Sino que se despojó de sí mismo tomando condición de siervo haciéndose semejante a los hombres y apareciendo en su porte como hombre”. (1) La tendencia gregaria del ser humano es la manifestación de su naturaleza social. En virtud de esa naturaleza y de su expresión vital, los seres humanos se “agregan” entre sí y forman comunidades, sociedades de varios tipos: familiares, tribales, étnicas, religiosas, ideológicas, económicas, etc. Ideal o teóricamente, estas sociedades están organizadas conforme al principio de la igualdad. En las sociedades occidentales, esta igualdad ha sido establecida de conformidad con la tradición judeo-cristiana, según la cual el ser humano ha sido creado a imagen y semejanza de Dios, tal y como lo afirma el Génesis. (2) Esta misma tradición inspiró también la Declaración Universal de los Derechos Humanos, aprobada por la ONU y reconocida por prácticamente todas las naciones del mundo. (3) A la luz de lo dicho hasta ahora, pudiera parecer innecesario hablar de cruzar fronteras sociales, a nosotros, que nos gloriamos de vivir en sociedades democráticas en las que son reconocidos legalmente los derechos de todos. ¿Debemos plantearnos la necesidad? Lamentablemente, el mismo relato fundante ha sido utilizado –mediante interpretaciones sesgadas que benefician solo a algunos– para justificar la creación de barreras, de fronteras entre los integrantes de las sociedades: fronteras raciales que hacen a unos superiores a otros (blanco-negro), fronteras religiosas (creyentes-infieles; fieles-herejes), etc. Esta forma de pensar ha originado estructuras sociales profundamente arraigadas y muy difíciles de erradicar; por ejemplo, el sistema de castas, la servidumbre, la esclavitud y, más recientemente, las clases socioeconómicas. A pesar de que contamos con relatos, principios y leyes que sustentan la igualdad entre los seres humanos, desafortunadamente, esta igualdad ha sido en no pocos casos una pretensión, más que una experiencia; ha sido “letra” más que vida; en suma, un ideal, una utopía. Por siglos, los seres humanos estaban condenados a permanecer en la clase social en la que habían nacido. El nacimiento era el gran determinador de la calidad de vida y la muerte de cada persona. La Revolución Francesa y otras revoluciones sociales han igualmente luchado por cambiar este orden pero, lamentablemente, fracasaron, puesto que el resultado ha sido el surgimiento de otro sistema igualmente discriminador, aunque ya no en función de nacimiento o títulos nobiliarios, sino de ideología, posición, posesiones y relaciones. Es sin duda por esto que el escritor británico George Orwell produjo la famosa –y más bien cínica– sentencia: “Todos somos iguales pero algunos son más iguales que otros” (4). El reconocimiento de la igualdad de todos los seres humanos, de su dignidad y el respeto a sus derechos ha sido objeto de una larga historia que incluye capítulos gloriosos y hechos

Asociados 18  

Revista de Formación del Distrito lasallano de Argentina - Paraguay

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