Page 34

asociados 32

Cultura vocacional encrucijadas de la vida. Nos enseñaron a amar a la Iglesia y a comprometernos con el mundo. Eran los años ochenta y La Salle apostaba fuerte por una pastoral integral que recogiera todas las dimensiones de la persona, desde la pedagogía del grupo cristiano que hace proceso a lo largo del tiempo mediante experiencias significativas: las colonias y los campamentos de verano, los encuentros de oración, la Pascua Juvenil o los campos de trabajo que tenían en lo cotidiano su profundización mediante la reunión reunión semanal de grupo, la iniciación en el compromiso social y en la oración personal y de grupo. Lo atractivo de esta oferta era precisamente su exigencia, porque afectaba al resto de nuestra vida: desde las opciones vocacionales y académicas a nuestra forma de consumir o relacionarnos con las personas. Seguir a Jesús era una manera de preguntarnos por el sentido de nuestra vida y nuestro lugar en el mundo. Apenas teníamos dieciocho años. Los años noventa para nosotros empezaron en la universidad. El colegio, sin embargo, seguía siendo nuestro punto de encuentro. Algunos empezaron a ser animadores de grupos cristianos y esto generó nuevos vínculos con La Salle, pues empezamos a recibir formación en catequesis, teología y animación de tiempo libre. Todo eso con otros lasalianos de otros lugares de la geografía española y portuguesa, más allá de las fronteras de la antigua provincia religiosa de Valladolid. El proceso intuido por los hermanos entraba en una crisis de crecimiento: aquellos grupos universitarios no desembocaban en comunidades parroquiales, ni en otros movimientos comunitarios laicales ya consolidados como ADSIS, y aunque había jóvenes que decidían postularse a la vida religiosa, lo cierto es que los grupos se mantenían, se reagrupaban y las personas cada vez se sentían más identificadas con un cierto estilo de vida de grupo: reunión semanal; dos o tres días entre semana para rezar juntos; un fondo de grupo para compartir los gastos y hacer aportaciones económicas a realidades sociales de necesidad; elaboración de un proyecto personal; revisiones de vida y correcciones fraternas; fines de semana trimestrales de retiro y revisión, o actividades de compromiso en verano en realidades de pobreza. Al mismo tiempo en La Salle, en sus sucesivos Capítulos Generales y Provinciales, se apuntaba un nuevo rumbo que promovía la formación para laicos en el carisma y la espiritualidad. Nosotros teníamos la intuición de que era precisamente en La Salle donde encontraríamos nuestro lugar para compartir la fe y la misión. Aceptamos la invitación a participar de cursos y encuentros para generar reflexión sobre la misión compartida y la

nueva comunidad cristiana La Salle desde las experiencias que iban surgiendo en el Instituto; nos fuimos acercando mutuamente y sin forzar el ritmo. Los Hermanos confiaban en nosotros y nos invitaban a participar en algunas de sus estructuras, a dar nuestra voz en sus Capítulos Provinciales y Asambleas… Así fue como se fueron tejiendo vínculos de fraternidad en lo cotidiano: retiros de oración, reuniones de formación conjunta, celebración de cumpleaños, acompañamiento a hermanos mayores en estancias hospitalarias, fiestas patronales. También llegaron las experiencias internacionales de voluntariado de verano en Proyectos de Cooperación al Desarrollo en India, Perú, Togo, Nicaragua… Aquellas estancias son fundantes en nuestra historia porque allí vivimos a tiempo completo la comunidad con Hermanos de diferentes nacionalidades y lenguas pero con un mismo corazón y misma vocación. Además de animadores en los grupos cristianos de los colegios, nuestra sensibilidad por la infancia en riesgo de exclusión nos llevó suavemente hacia una de las periferias de nuestra ciudad, donde nos fuimos comprometiendo en diferentes obras sociales. Decimos suavidad porque, sin haberlo previsto, todas esas obras estaban en un mismo barrio (La Rondilla), un barrio obrero con población envejecida al que estaba llegando población extranjera desde los primeros años del nuevo siglo. Al ritmo de las emancipaciones familiares, nos fuimos instalando mayoritariamente allí y nos hicimos vecinos unos de otros, e iniciamos también una experiencia de vida bajo el mismo techo que ha durado más de quince años. A diario, al caer la tarde, rezábamos en comunidad en una de las viviendas. Fue un espacio por el que pasaron Hermanos, jóvenes, otras comunidades cristianas; y aquel lugar nos regaló cientos de encuentros con la Palabra. La Palabra alimentó nuestra inquietud por la acogida. Aquella casa se convirtió en hogar para inmigrantes; luego nos convertimos en familia acogedora de menores de edad y también, en algún momento, acogimos a mujeres maltratadas. En ese tiempo hicimos un gesto público de permanencia por el cual fuimos reconocidos como Comunidad Cristiana Lasaliana. Nuestro signo es una de las muchas experiencias de asociación que han surgido desde el Capítulo General de los Hermanos del año 2000. Es un hito importante pues propició seguir creciendo como comunidad cristiana. La experiencia de formar Comunidad junto a varios laicos y un Hermano Nuestro relato tiene un capítulo importante que comprende los años compartidos con un Hermano de

Asociados 14  

Revista de Formación del Distrito La Salle Argentina-Paraguay. Año 4. Número 14

Asociados 14  

Revista de Formación del Distrito La Salle Argentina-Paraguay. Año 4. Número 14

Advertisement