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El año pasado funcionó en nuestra Casa Joven un taller de cuentos e historias. Una tarde se nos ocurrió hacer un juego para estimular la escritura convirtiendo personas del barrio en personajes fantásticos. Partimos de varias tarjetas con consignas y restricciones, y esto es lo que salió: cuentos colectivos y muchas risas. Como dice otro personaje del barrio: “¡Hay churro bolito cuentooo!”

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Estaba el Congo bailando conga en Bohomer. En el piso blanco había un bonobón envuelto en una bombacha que en realidad era una bomba. Estaba su búho esperándolo afuera con un Bran-

ca. El búho le avisó al Congo que había bondi afuera. Arrancaron a los botellazos. Huyeron en bote hasta el barco que era el bingo y jugaron billar toda la noche busqueando bagullos y haciendo baruyo. Se ganaron “Baruyeros de bronce”. La bomba hizo boom en Bohemer y la explosión hizo mucho brillo. Burlándose estaba el burro borracho bailando cumbia villera y tomando vodka. Desde el barco miraba las burras en bikini que estaban en la playa (en realidad eran palmeras). El barco llegó a Bahía Blanca. El brillo del día los despertó y el burro borracho seguía escabiando y el búho lloraba en penas por su búha busca, que lo dejó por un búho basurero.

En este caso, la tarjeta exigía que el relato estuviera conformado de oraciones con al menos tres palabras con la letra b. Antes de comenzar a escribir hicimos una lista con más de cien palabras con b, entre risas y “sos un bruto: vela va con v corta”. Ah, El Congo es un conocido cartonero del barrio Aeropuerto.


¿Y el Congo? El Congo disfrutaba la plata del premio “baruyeros de bronce” en las playas de Brasil. Abrió su propio billar, vendía vino en botellas que había cirujeado en un basurero de Barrio Aeropuerto. ¿Y el Burro? El burro borracho se encontró un billete de lotería. Se robó una bicicleta haciendo wily, agarró un barrilete y se fue a pescar una ballena. No pescó una ballena, pero sí pescó a Nemo. ¿Y el Búho? En el bar veía el partido del Barcelona, tomando Brandi del pico. Borracho, se cansó de llorar por su búha y se le caía la baba mirando búhas en bombacha por la tv. Le escribió una carta a su búha, burlándose de su traición. Por Yei, Aaron, Agus, El Viruta, Agustina y Omar

Alejandro, mientras otros nos quedábamos con “El burro borracho”, escribió el siguiente relato con siete medios de transporte: Una noche en Tenochtitlán un alfarero iba a vender vasijas en un camión, pero los detectives averiguaban qué había en esas vasijas. ¡Nadie lo sabía! Una tarde pasó un helicóptero por arriba del techo de la casa de Don Tito, el hombre más anciano del pueblo. Él siempre viajaba en bicicleta y a veces en ómnibus para ir a hacer los mandados. Esa misma tarde, los detectives habían descubierto qué llevaba en las vasijas el alfarero. Lo siguieron en un cuatriciclo y descubrieron que vendía merca. Era un narco el pibe. Ya estaba oscureciendo cuando un auto pisó una tortuga y le arrancó los sesos por los ojos. Al otro día, el alfarero cayó en cana en una prisión de una isla alejada de la civilización, que las patrullas y los tanques la cuidaban por todos lados. Al otro día supieron que Don Tito había asesinado a su mujer. Él desapareció. Nadie supo jamás de él. Otra tarde, ya más aceitados en esto de escribir, nos animamos a competir. Dos grupos, dos tarjetas y dos cuentos como resultado. Va el primero:

El investigador encuentra letras de cumbia: “mentiroso, corazón mentiroso, te vas a arrepentir cuando esté con otro” Encuentra el cadáver ¿quién sería? Recorre la escena del crimen. Muchos cabellos largos, los ojos abiertos como mirando a la nada misma. Luego le informa a Romero que no sabe quién es el homicida. Romero se vuelve loco recordando los mejores momentos que vivió. Él le peinaba los cabellos con ternura, salían a dar largos paseos en las tardes de otoño, enjabonaba su cuerpo suavemente hasta que apareció en sus vidas ÉL. Él conquistó su corazón. Ya no paseaban ni peinaba sus cabellos largos, ni enjabonaba su cuerpo. Al día siguiente, el investigador encuentra una carta:

Esta tarjeta pedía incluir como personajes a Romero, al almacenero del barrio, a un caballo y a un astronauta. El relato debía tener además una estación de trenes, una hinchada de fútbol y dos estrofas de una letra de cumbia.

pág. 17 · La Pulseada · n˚107 · marzo 2013

Después del relato del burro borracho vino “La venganza de la búha”. Pero ése es otro relato…


periodismo de barro

“Mi enamorado, desde que llegaste me impactó tus blancas vestiduras. Tu sonrisa extraterrestre brillaba con esa verde luz entre tus dientes. Espero nunca separarme de vos y ser feliz como en este momento.” Romero descubrió quién había sido, sabía que iba a estar en la bombonera jugando con River. A David Trezegué le encantaba la mortadela. Cuando salió Romero le pidió una foto. Al día siguiente, en las noticias salió que había muerto Trezegué en manos de un loco que quería vengarse por la muerte de su caballo. Romero fue en cana y su mujer se casó con un astronauta.

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Por Selene, Natanael y Ana

Estábamos investigando horroroso asesinato rápidamente porque el tiempo se agotaba. Ya había pasado casi una semana del asesinato del cóndor y temíamos que el King Kong vuelva a matar a alguien. Encontramos una persona que nos pudo ayudar a investigar todo el crimen. Su nombre nadie lo conocía, pero era llamado “el Boxeador”. La ayuda del Boxeador no era gratuita, a cambio quería el gran diamante que King Kong le había robado al cóndor cuando lo mató. Nosotros le dijimos que sí, aunque sabíamos que no íbamos a dejar que se robe la joya. El Boxeador nos dijo dónde quedaba el escondite secreto del King Kong y nosotros fuimos allí para atraparlo. Cuando llegamos al lugar, que estaba muy oscuro, vimos en una punta de la habitación al King Kong sentado. Fuimos hacia él y nos sorprendimos de encontrarlo amordazado en una silla. Cuando le quitamos la venda de la boca, nos gritó “huyan, es una trampa”, pero ya era demasiado tarde. Se escuchó el estruendo de la puerta que se cerraba. En la oscuridad escuchamos una risa diabólica de una voz que conocíamos. Era el Boxeador. King Kong no era el culpable, había sido el Boxeador. Mató al cóndor porque quería su diamante pero éste se lo había dado a King Kong, por eso el Boxeador había secuestrado a King Kong pero no lo quería matar. Ya sabíamos que el culpable era el Boxeador, pero ¿por qué nos había llevado hasta allí? ¿Para qué nos quería? El diamante estaba dentro de un cofre y para abrirlo era necesario poner un código en números romanos que abría el cofre. El Boxeador no

conocía los números romanos y nosotros sí, por eso nos necesitaba. La clave era el año de nacimiento del cóndor en números romanos. Nosotros pusimos la clave mientras el Boxeador nos presionaba con un arma. Cuando se abrió el cofre, hubo un fuerte destello de luz blanca y el Boxeador empujó a todos porque quería el diamante para él solo. En ese momento el lugar donde estaban, una cueva dentro de una montaña empezó a temblar y derrumbarse. Nosotros corrimos para escapar pero el Boxeador se quedó para agarrar el diamante, pero éste se había puesto tan pesado que el Boxeador apenas podía correr con él y antes de poder escapar una roca tapó la entrada y luego la montaña se le derrumbó encima. Las siguientes semanas los rescatistas empezaron a rescatar los cuerpos de entre los escombros. El cadáver del Boxeador fue hallado unos cuantos metros más abajo pero no hubo rastros del King Kong ni del diamante... ¿FIN? Por Omar, Juan Andrés, Javier y Agustín

Esta tarjeta requería incluir como personajes a King Kong, a un boxeador y un cóndor. Y en la escritura las cinco primeras palabras debían tener cuatro o más sílabas.


Baruyo